El punto de partida de la extraordinaria novela de William Ospina El año del verano que nunca llegó es la
erupción del volcán indonesio Tambora en 1815, que provocó desastres naturales
por todo el mundo y convirtió 1816 en el famoso "año sin verano". En
Ginebra, junto al lago Lemán, en la Villa Diodati, durante tres noches de junio
que duraron tres días, varios jóvenes diletantes románticos reunidos en torno a
Lord Byron jugaron a escribir el relato más terrorífico que pudieran imaginar.
Dos escritores desconocidos hasta entonces crearon sendas obras eternas: William
Polidori creó El vampiro, antecesor
del Drácula de Bram Stoker, y Mary Shelley, el genial Frankenstein.
¿Qué provocó la caída del Imperio Romano? El gran historiador Edward
Gibbon estaba harto de la cuestión. Decía que, en lugar de especular sobre los
motivos del largo y lento colapso de Roma entre los siglos III y VII d.C (según
a quién se le pregunte) deberíamos maravillarnos sobre todo de que hubiese
durado tanto tiempo. A pesar de ello, algo mantiene a los historiadores
fascinados con la caída de Roma.
Las explicaciones propuestas incluyen el envenenamiento masivo con
plomo (una explicación clásica ya descartada por la mayoría de la comunidad
científica) y el decaimiento moral (una explicación difícil de probar). Una
teoría revisionista muy influyente sostiene que Roma nunca desapareció, sino
que simplemente se transformó en una nueva sociedad irreconocible para los
paganos: la cristiana. En respuesta a esta interpretación de
"transformación", los historiadores han insistido más recientemente
en que la antigüedad tardía se caracterizó sobre todo por la violencia, la
muerte y el colapso económico, una idea defendida en el libro de 2005 de Bryan
Ward-Perkins La caída de Roma y el fin de
la civilización.
Fuera lo que fuese, en el año 536 d.C. Europa tuvo un año más que malo,
horrible. Según los autores de un artículo
publicado el pasado 14 de noviembre en la revista Antiquity, la caída del Imperio Romano pudo
haberse iniciado por una década de hambruna y plagas que comenzó ese año. Todo
comenzó cuando una misteriosa niebla barrió el continente ocultando la luz
solar con una bruma azulada que, durante 18 meses, dejó a Europa, a Oriente
Medio y a partes de Asia sumida en tinieblas las 24 horas del día. «Porque
el sol emitió su luz sin brillo, como la luna, durante todo el año»,
escribió el historiador bizantino Procopio. Las temperaturas en el verano de
536 cayeron de 1,5 °C a 2,5 °C, dando inicio a la década más fría en los
últimos 2300 años. Las cosechas se perdieron desde Irlanda a China y el hambre
se desató.
Los que soportaron esa larga y fría noche se enfrentaron a tiempos aún
más duros en 541, cuando un espantoso brote de peste bubónica conocido como la
plaga de Justiniano asoló las tierras mediterráneas como un apocalíptico
Armagedón y mató a 100 millones de personas. La bacteria que según otro
artículo publicado en PLOS
Pathogens causó la plaga, Yersinia
pestis, se ha relacionado con al menos dos de las pandemias más
devastadoras de la historia escrita. Una, la Gran Plaga, que se prolongó desde
los siglos XIV al XVII, incluyó la espantosa Peste Negra, que pudo haber matado
a casi dos tercios de Europa a mediados del siglo XIV. Otra, una plaga moderna,
que comenzó en China a mediados del siglo XIX azotó el mundo en los siglos XIX
y XX, extendiéndose por África, América, Australia, Europa y Asia.
A pesar de todo lo que saben los arqueólogos sobre la devastación que
comenzó en 536, los científicos aún no estaban seguros de por qué la misteriosa
nube de la fatalidad se cebó sobre Europa. Ahora, un grupo internacional de científicos
encabezado por el profesor de historia medieval de Harvard Michael McCormick y
el glaciólogo Paul Mayewski, del Climate Change Institute de la Universidad de Maine,
piensa que finalmente ha descubierto la respuesta. En el estudio publicado en Antiquity, el equipo analizó un antiguo
núcleo de hielo de 75 metros extraído de los Alpes suizos que contiene más de
2.000 años de lecciones de historia microscópica. Partículas de polvo, metal y
elementos aerotransportados congelados a varios niveles del núcleo sugieren
cómo cambió la atmósfera en Europa a lo largo de los últimos dos milenios: el
nuevo estudio revela que una erupción volcánica masiva en Islandia precedió
directamente al comienzo de los días más oscuros de Europa.
Un núcleo de hielo de 72 metros perforado en el glaciar Colle Gnifetti en los Alpes suizos guarda más de 2000 años de lluvia de volcanes, tormentas y contaminación humana. Foto. |
Desde que algunos
estudios de los anillos de crecimiento de árboles publicados en la
década de 1990 sugirieron que los veranos alrededor del año 540 fueron
inusualmente fríos, los investigadores han buscado la causa. Hace tres años,
los núcleos de hielo polar de Groenlandia y la Antártida dieron una pista.
Cuando un volcán entra en erupción, arroja azufre, bismuto y otras sustancias a
la atmósfera, donde forman un velo de aerosol que refleja la luz del sol hacia
el espacio, enfriando el planeta. Al combinar el registro de hielo de estos
rastros químicos con el registro de anillos de árboles, un equipo dirigido por
Michael Sigl descubrió que casi todos los veranos inusualmente fríos de los
últimos 2.500 años fueron precedidos por una erupción volcánica. Una erupción
masiva, sugirió el equipo en
un artículo publicado en 2013, se desató a finales de 535 o
principios de 536, que fue seguida por otra en 540. El equipo de Sigl concluyó
que el doble golpe volcánico, cuyo origen situaron en Norteamérica, explicaba
la prolongada oscuridad y el frío.
El nuevo estudio recoge investigaciones previas de varios de los
coautores del artículo, que en 2015 utilizaron un láser para realizar
cortes ultrafinos del núcleo de hielo alpino para su análisis químico. En cada
una de las muestras, aproximadamente 50.000 por cada metro del núcleo, cada una
de las cuales representa tan solo unos pocos días o semanas de nevadas a lo
largo de la historia, se analizaron una docena de elementos atmosféricos
específicos atrapados en el núcleo. El análisis permitió al equipo localizar
tormentas, erupciones volcánicas y conocer la contaminación desde hace 2.000
años.
Al observar las muestras que datan de la primavera de 536 encontraron
dos fragmentos microscópicos de vidrio volcánico, que luego relacionaron con
rocas volcánicas de Islandia, lo que descartaba el origen norteamericano. Según
los investigadores, estos fragmentos transportados tan lejos son la evidencia
de una erupción volcánica masiva que arrojó un monstruoso penacho de ceniza en
el aire sobre el hemisferio Norte y viajó a lomos de los vientos hacia el
sur de Europa hasta encapotar el cielo durante más de un año.
El equipo también encontró evidencias de dos erupciones posteriores en
los años 540 y 547. Según los investigadores, la contaminación combinada de
este triple golpe volcánico hizo más algo más que ocultar el Sol y enfriar la
Tierra: bien pudo haber preparado a Europa para un período de muerte y
decadencia que duró cien años.
Afortunadamente, la cadena de días terribles, horribles, muy malos y
malos de Europa finalmente terminó. En el año 640, las muestras del núcleo de
hielo alpino mostraron signos de un nuevo tipo de contaminación en el aire: el
plomo, liberado en el cielo durante un auge de la fundición de plata. Según los
historiadores, una demanda renovada de plata representó una economía que renació
en la oscuridad de una Europa hambrienta y enferma, y el surgimiento de una
nueva clase mercantil lista para el comercio de metales preciosos. ©
Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.