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jueves, 11 de junio de 2026

EL ANESTÉSICO DEL MATALOBOS

 

Matalobos (Aconitum napellus)

Hay plantas que parecen haber sido creadas para inspirar confianza. La manzanilla transmite serenidad incluso antes de que uno la convierta en infusión. La lavanda huele a ropa limpia y a vacaciones en la Provenza. La menta tiene la honestidad aromática de quien nunca ha ocultado sus intenciones a nadie. El caso del acónito es muy diferente.

El acónito posee una belleza sospechosa. Sus flores, agrupadas en espigas de un azul violáceo intenso, recuerdan pequeñas capuchas medievales o los cascos de ciertos guerreros antiguos. De ahí algunos de sus nombres populares: capuchón de monje, casco de Júpiter. Pero otros apelativos resultan mucho menos tranquilizadores: matalobos, hierba de los lobos o, en inglés, wolfsbane. No son exageraciones poéticas.

Hace algún tiempo, al elaborar una lista con una decena de las plantas más venenosas del mundo para este mismo blog, incluí sin vacilar al género Aconitum. Pocas especies vegetales han acumulado una reputación tan temible. Sus alcaloides figuran entre los tóxicos naturales más potentes conocidos, y bastan cantidades minúsculas para desencadenar alteraciones cardíacas potencialmente mortales. Durante siglos, cazadores y guerreros impregnaron con sus extractos las puntas de flechas destinadas a abatir lobos, osos y otros animales de gran tamaño.

Por eso resulta tan desconcertante descubrir que esta asesina botánica pudo haber desempeñado también un papel compasivo: aliviar el dolor humano. La historia comienza en una tumba de la dinastía Ming. Investigadores que estudiaban el ajuar funerario de Xia Quan, enterrado entre 1348 y 1411 en Jiangyin, al este de China, analizaron unas tijeras y unas pinzas quirúrgicas halladas entre sus pertenencias. Los instrumentos presentaban restos de un óxido rojizo adherido a pequeñas hendiduras y zonas difíciles de limpiar. En apariencia, no parecía gran cosa: apenas una costra microscópica acumulada durante más de seis siglos.

Sin embargo, los análisis químicos revelaron una sorpresa extraordinaria. Los residuos contenían compuestos orgánicos compatibles con la aconitina, uno de los principales alcaloides presentes en plantas del género Aconitum.

De pronto, aquellas tijeras dejaban de ser simples piezas arqueológicas. Se convertían en testigos silenciosos de una práctica médica olvidada. La aconitina es, en términos estrictamente farmacológicos, una molécula terrible. Actúa sobre los canales de sodio de las membranas celulares, especialmente en neuronas y fibras musculares. Dichos canales funcionan como diminutas compuertas eléctricas imprescindibles para la transmisión de impulsos nerviosos. La aconitina las mantiene abiertas más tiempo del debido, alterando el delicado equilibrio electroquímico del organismo. El resultado puede comenzar con hormigueos alrededor de la boca, sensación de calor o entumecimiento, para progresar hacia náuseas, debilidad muscular y peligrosas arritmias cardíacas.

Los toxicólogos la conocen bien. Los pacientes intoxicados suelen describir una combinación inquietante de adormecimiento y consciencia preservada, como si el propio sistema nervioso comenzara a comportarse de manera caprichosa. En dosis suficientes, la muerte puede sobrevenir por fibrilación ventricular. Y, sin embargo, ahí estaban aquellas tijeras.

Los textos médicos chinos ofrecen una posible explicación. Los médicos Ming conocían la peligrosidad del acónito, pero también sabían que determinados procedimientos reducían considerablemente su toxicidad. Las raíces eran sometidas a complejos procesos de lavado, hervido y procesamiento destinados a disminuir la concentración de alcaloides activos. Aplicados tópicamente sobre la piel, esos preparados podían inducir un entumecimiento local suficiente para facilitar pequeñas intervenciones quirúrgicas: escisiones, drenajes o la retirada de tejido enfermo.

La imagen resulta fascinante. Mientras buena parte de Europa medieval todavía contemplaba la cirugía con una mezcla de resignación y valentía estoica —la anestesia general no llegaría hasta el siglo XIX—, un cirujano chino podía estar impregnando cuidadosamente sus instrumentos con derivados de una de las plantas más peligrosas del planeta para aliviar el sufrimiento de sus pacientes. No deja de ser una extraordinaria paradoja. Pero quizá no debería sorprendernos tanto.

La historia de la medicina está llena de sustancias que habitan peligrosamente la frontera entre el remedio y el veneno. La adormidera nos proporcionó la morfina, probablemente el analgésico más eficaz jamás descubierto, y también algunas de las formas más devastadoras de dependencia. La dedalera, utilizada para tratar ciertas enfermedades cardíacas, contiene glucósidos capaces de desencadenar intoxicaciones graves. Incluso el tejo, árbol asociado durante siglos a cementerios y toxicidad, acabó proporcionando el paclitaxel, uno de los fármacos antitumorales más importantes del siglo XX.

La naturaleza parece incapaz de distinguir entre la compasión y la crueldad. Somos nosotros quienes trazamos esa línea. El propio acónito posee una biografía extraordinaria. Los antiguos griegos afirmaban que había brotado de la espuma caída de las fauces de Cerbero cuando Hércules arrastró al perro del inframundo hasta la superficie. Algunos filólogos creen que su nombre deriva de akone, «piedra», en alusión a los terrenos rocosos donde prospera; otros prefieren relacionarlo con términos vinculados a la muerte, una interpretación menos académica pero difícilmente discutible.

Distribuido por regiones templadas del hemisferio norte, el género Aconitum comprende más de doscientas especies adaptadas a montañas húmedas y bosques frescos. Sus flores continúan adornando jardines de medio mundo, probablemente porque la humanidad nunca ha sabido resistirse del todo a aquello que puede matarla. El hallazgo descrito por Ling y sus colaboradores posee, además, otra virtud: obliga a revisar nuestros prejuicios sobre la medicina antigua.

Aconitum napellus. Izquierda: detalles de la flor despiezada. Centro: porte general. Derecha: esquema de una sección de la flor de la que se han eliminado los pétalos laterales para mostrar el ovario y los estambres.

Existe cierta arrogancia moderna al imaginar que nuestros antepasados actuaban guiados únicamente por supersticiones y casualidades afortunadas. La realidad suele ser más interesante. Trabajaban mediante ensayo y error, sí, pero acumulaban observaciones durante generaciones enteras. Aprendían qué dosis resultaban peligrosas, qué preparaciones reducían la toxicidad y qué aplicaciones merecían conservarse. No disponían de ensayos clínicos aleatorizados ni de agencias reguladoras.

Disponían de memoria. Y esa memoria colectiva, transmitida a través de tratados, maestros y aprendices, permitió a los cirujanos Ming domesticar —aunque fuera parcialmente— uno de los venenos vegetales más temibles conocidos. Quizá ésa sea la enseñanza más hermosa de esta historia. Las flores azuladas del acónito siguen siendo tan peligrosas hoy como hace seiscientos años. La aconitina continúa figurando entre los alcaloides naturales más tóxicos. Pero unas microscópicas manchas rojizas adheridas a unas tijeras enterradas en una tumba china nos recuerdan que la medicina nació muchas veces precisamente ahí, en la frontera incierta entre el miedo y la necesidad.

El mismo veneno que mataba lobos podía aliviar el dolor humano. Todo dependía de quién lo manejara, cuánto utilizara y cuánto hubiera aprendido de quienes le precedieron. Y sospecho que ninguna definición de medicina ha logrado mejorar todavía esa vieja y humilde fórmula.

EL LARGO VIAJE DESDE PASTEUR HASTA EL IBUPROFENO

 

Una de las cosas más desconcertantes de la ciencia es que nunca parece saber adónde va. Uno imagina a los científicos avanzando con determinación, como exploradores victorianos que despliegan mapas y sextantes antes de dirigirse hacia un objetivo concreto. En realidad, la mayor parte del tiempo se parecen más a personas que han salido a comprar pan y acaban descubriendo América.

La historia del ibuprofeno, por ejemplo, empieza en una bodega francesa del siglo XIX y termina en el cajón del cuarto de baño de casi cualquier casa del planeta. Entre ambos extremos aparecen cristales diminutos, un joven obsesivo llamado Louis Pasteur y un premio Nobel holandés que imaginó la forma del átomo de carbono sin haber visto jamás uno.

Durante el siglo XIX, Francia fue escenario de numerosos descubrimientos en estereoquímica gracias a prestigiosos físicos, químicos y cristalógrafos. Entre ellos, Louis Pasteur es sin duda el padre de la quiralidad molecular, un hallazgo que algunos han atribuido a la casualidad. Pero no olvidemos que, en el campo de la observación, la suerte solo favorece a las mentes preparadas, y que las musas suelen aparecer cuando estás trabajando.

Según cuenta la leyenda, en 1848 Louis Pasteur, un joven investigador asociado de la École Normale Supérieure de París, observaba cristales de la sal doble de sodio y amonio del ácido tartárico bajo un microscopio. Para su sorpresa, notó que cada cristal tenía una pequeña faceta en uno de sus bordes, orientada a veces hacia la derecha y a veces hacia la izquierda. Podía separarlas manualmente con unas pinzas. Aquella fue la primera resolución quiral artificial en la historia de la ciencia. Desde la década de 1950 y el desastre de la talidomida en bebés (otro ejemplo de quiralidad), la quiralidad ha sido predominante en el desarrollo de compuestos biológicamente activos.

Hace algún tiempo tuve ocasión de visitar la tumba de Pasteur en París. Había acudido al Instituto Pasteur con una idea bastante ingenua de lo que iba a encontrar. Pasteur es uno de esos personajes que llegan hasta nosotros convertidos en una caricatura de sí mismos: el sabio bondadoso que salva a la humanidad de la rabia, inventa la pasteurización y probablemente acaricia vacas agradecidas durante sus ratos libres. De ahí el título que más tarde di al relato de aquella visita: No busques vacas en la tumba de Pasteur. Porque no las hay.

La tumba es sorprendente. Está situada en una cripta de inspiración bizantina, recargada de mosaicos dorados y símbolos religiosos. Más que el lugar de descanso de un científico parece la sepultura de un emperador oriental o de un santo medieval. En las paredes se representan los grandes hitos de su vida: la lucha contra la rabia, los trabajos sobre las enfermedades del gusano de seda, las investigaciones sobre vacunas. Todo ello contribuye a reforzar la impresión de que Pasteur fue una especie de héroe providencial cuya carrera siguió una línea recta hacia la gloria.

Sin embargo, mientras contemplaba aquellos mosaicos pensé que faltaba una escena. Quizá porque resulta mucho menos espectacular que salvar niños mordidos por perros rabiosos. La escena mostraría a un joven de veinticinco años inclinado sobre una mesa, separando pacientemente pequeños cristales con unas pinzas. Aquella escena acabaría siendo tan trascendental como todas las demás.

En 1848, mucho antes de convertirse en el sabio de los libros de texto, Louis Pasteur estudiaba unas sales derivadas del ácido tartárico. El ácido tartárico era una sustancia conocida desde hacía siglos porque aparecía adherida a las paredes de las cubas de vino. Los químicos sabían que sus disoluciones desviaban el plano de la luz polarizada. También conocían otra sustancia, el llamado ácido racémico o paratartárico, que poseía exactamente la misma composición química y prácticamente las mismas propiedades. Sin embargo, ocurría algo desconcertante: no desviaba la luz.

Aquello no tenía sentido. Pasteur observó los cristales con detenimiento y descubrió que algunos presentaban pequeñas facetas orientadas hacia la derecha, mientras que otros las tenían orientadas hacia la izquierda. Eran imágenes especulares unas de otras, como nuestras manos. Separó ambos tipos uno a uno. Era un trabajo de una paciencia incompatible con el temperamento moderno. Hoy abandonaríamos la tarea a los tres minutos para consultar el teléfono móvil.

Cuando disolvió cada grupo por separado comprobó que una solución desviaba la luz hacia un lado y la otra hacia el contrario. Mezcladas, ambas anulaban mutuamente sus efectos. Sin saberlo, Pasteur había descubierto la quiralidad molecular.

La palabra "quiral" procede del griego cheir, mano. Y es una palabra magnífica porque explica de inmediato el problema. Tus manos son casi idénticas. Tienen cinco dedos, nudillos, uñas y un pulgar colocado aproximadamente en el mismo sitio. Pero no son superponibles. No puede colocarse un guante derecho en la mano izquierda sin experimentar notables dificultades sociales (parecerás tonto) y anatómicas. Algo parecido ocurre con algunas moléculas.

Décadas más tarde, un joven químico holandés llamado Jacobus Henricus van 't Hoff propuso una explicación audaz. Sugirió que los cuatro enlaces del carbono apuntaban hacia los vértices de un tetraedro. A partir de esa disposición espacial era posible generar moléculas que fueran imágenes especulares no superponibles. Había nacido la estereoquímica moderna. La idea parecía extravagante. Después de todo, nadie había visto un átomo. Pero funcionaba. Y funcionaba tan bien que Van 't Hoff obtuvo en 1901 el primer Premio Nobel de Química de la historia.

Gracias a todo aquello comprendimos que la naturaleza no sólo depende de qué átomos forman una molécula, sino también de cómo están colocados en el espacio. Dos sustancias con idéntica fórmula pueden comportarse de manera radicalmente distinta.

(A) Cristales hemiédricos de tartratos dobles de sodio y amonio. (B) estructuras químicas de ácidos tartáricos enantioméricos. Pasteur describió la faceta (en rojo) que permite visualizar las imágenes especulares de los cristales. (C) El ibuprofeno, al igual que otros derivados de 2-arilpropionato (incluyendo ketoprofeno, flurbiprofeno, naproxeno, etc.), contiene un carbono quiral en la posición α (alfa-) del propionato.

Y aquí es donde entra el ibuprofeno. Si uno observa la estructura química del ibuprofeno descubrirá que posee un carbono asimétrico. Es decir, también existe en dos versiones especulares: una "diestra" y otra "zurda". Los químicos las llaman enantiómeros.

Durante años el medicamento se comercializó como una mezcla de ambas. Mitad de una, mitad de otra. Más tarde se descubrió que el verdadero protagonista del alivio del dolor era principalmente uno de esos enantiómeros, denominado S-ibuprofeno. El otro, R-ibuprofeno, era mucho menos eficaz, aunque el organismo humano tiene la elegante costumbre de convertir parte de él en la versión activa.

Todo esto significa que cada vez que tomamos un ibuprofeno estamos aprovechando un conocimiento que comenzó con un joven francés clasificando cristales de residuos vinícolas. Uno acude a la tumba de Pasteur esperando encontrar la historia de las vacunas y sale pensando en analgésicos. Toma un comprimido para aliviar un dolor de cabeza sin sospechar que debe parte de su eficacia a unos depósitos cristalinos recogidos de barriles de vino hace casi dos siglos. La ciencia está llena de estas conexiones improbables.

Tal vez por eso desconfío cuando alguien exige que toda investigación tenga una utilidad inmediata. El problema es que nunca sabemos cuál será esa utilidad. Cuando Pasteur manipulaba aquellos cristales nadie imaginaba antibióticos, resonancias magnéticas o antiinflamatorios. Ni siquiera existían los automóviles. Él sólo intentaba resolver un enigma diminuto.

La próxima vez que abras el botiquín y saques un ibuprofeno, piensa por un momento en ello. Piensa en el ácido tartárico que se acumulaba en las cubas de vino, en unas pinzas manejadas con infinita paciencia, en un holandés que imaginó tetraedros invisibles y en la fastuosa cripta parisina donde descansa un hombre que quizá nunca sospechó hasta qué punto aquel pasatiempo juvenil acabaría infiltrándose en la vida cotidiana de miles de millones de personas.

No es mala compañía para un dolor de cabeza. Y desde luego resulta mucho más interesante que contemplar vacas.

domingo, 7 de junio de 2026

LAS MADRESELVAS DEL DOCTOR LONITZER

 

Lonicera japonica

Hay plantas que parecen haber sido diseñadas por un jardinero romántico. Trepan por muros imposibles, se encaraman a los árboles, perfuman el aire de las noches de verano y atraen a las polillas como si fueran faroles encendidos. Las madreselvas, agrupadas en el género Lonicera, pertenecen a esa distinguida categoría de vegetales que parecen más interesados en la poesía que en la botánica. Sin embargo, detrás de su apariencia sentimental se esconde una historia evolutiva notable.

El nombre Lonicera fue acuñado por Linneo en 1753 para honrar al médico y botánico alemán Adam Lonitzer (1528-1586), latinizado como Lonicerus, autor de uno de los herbarios más influyentes del Renacimiento. Como suele ocurrir en botánica, el homenaje sobrevivió al homenajeado y hoy millones de jardineros conocen el nombre de Lonitzer sin sospechar que en Fráncfort, en el siglo XVI, existió un médico protestante con ese apellido.

Una familia de trepadoras

El género comprende unas doscientas especies distribuidas principalmente por las regiones templadas del hemisferio norte. Algunas son arbustos erguidos, pero cuando pensamos en una madreselva solemos imaginar su forma más característica: una liana leñosa que se enrolla sobre cualquier soporte disponible.

Las hojas son uno de los rasgos más fáciles de reconocer. Aparecen siempre opuestas, es decir, nacen enfrentadas dos a dos en cada nudo del tallo. Son simples, enteras y generalmente ovaladas. En varias especies las hojas superiores llegan incluso a soldarse alrededor del tallo formando una especie de disco verde que parece atravesado por la rama.

La tendencia a producir tallos volubles es una de las señas de identidad del género. La planta no invierte recursos en construir un tronco robusto; prefiere utilizar la arquitectura ajena. Allí donde encuentra un arbusto, una alambrada o un árbol, comienza a retorcerse y ascender. Es una estrategia extraordinariamente económica: otros pagan la factura estructural y la madreselva disfruta de la luz.

Flores diseñadas para visitantes especializados

Las flores constituyen la verdadera obra maestra del género. Cada flor es hermafrodita y completa, con cáliz, corola, androceo y gineceo plenamente desarrollados. Sin embargo, no presentan la simetría radial de una jara o una rosa. Son zigomorfas, es decir, poseen una única línea de simetría. El tubo corolino se prolonga en un estrecho embudo que termina en dos labios desiguales.

La corola está formada por cinco pétalos soldados. Del tubo sobresalen habitualmente los cinco estambres, a menudo muy visibles, cargados de polen. El gineceo deriva de tres carpelos soldados, aunque externamente suele apreciarse como una estructura única coronada por un largo estilo.

Pero el detalle más interesante se encuentra en el fondo de ese tubo floral. Allí, ocultos a varios centímetros de la entrada, se localizan los nectarios. El néctar está tan profundamente escondido que pocos insectos pueden alcanzarlo. Esto no es un accidente. Es una invitación selectiva. Las madreselvas pertenecen al grupo de plantas que muestran un marcado síndrome de lepidopterofilia, es decir, adaptación a la polinización por mariposas y polillas.

Imagine una noche cálida de junio. El jardín parece dormido. Entonces las flores de madreselva comienzan a liberar fragancias dulces, intensas y complejas. No lo hacen por capricho. Las polillas nocturnas están despertando. Sus largas espiritrompas pueden llegar al fondo del tubo corolino para alcanzar el néctar. Mientras lo hacen, los estambres y el estigma rozan la cabeza o el tórax del insecto. La recompensa es una bebida azucarada; el precio, transportar polen de una flor a otra.

Por eso tantas especies presentan tubos corolinos largos, nectarios profundos, flores claras, visibles en la penumbra y perfumes intensos emitidos al atardecer o durante la noche. Esa es una combinaciónque lleva millones de años funcionando con excelentes resultados.

Bayas atractivas y peligrosas

Tras la fecundación, el ovario se transforma en una baya carnosa. Dependiendo de la especie puede ser roja, anaranjada, negra o azulada. Las aves son las principales dispersoras. Para un mirlo o una curruca, una baya roja brillante equivale a un cartel luminoso que dice "comida gratis". Las semillas sobreviven al tránsito digestivo y aparecen depositadas lejos de la planta madre.

Para los seres humanos, sin embargo, la historia es distinta. La mayoría de las especies de Lonicera producen frutos que contienen compuestos irritantes y saponinas. La ingestión de cantidades apreciables puede provocar náuseas, vómitos, diarreas y dolor abdominal. Las intoxicaciones graves son raras, pero las bayas no deben considerarse comestibles.

Existen algunas excepciones célebres, como Lonicera caerulea (la madreselva azul), cultivada por sus frutos comestibles en Asia y el norte de Europa. Sin embargo, la regla general para las madreselvas ornamentales sigue siendo sencilla: admirarlas sí; comerlas no.

Las reinas de los jardines

Las cuatro especies de Lonicera más cultivadas en jardinería

Pocas plantas trepadoras han conquistado tantos jardines europeos. Entre las especies más cultivadas destacan Lonicera periclymenum, la clásica madreselva de los bosques atlánticos, extraordinariamente perfumada; L. japonica, vigorosa y semiperenne, aunque invasora en numerosos países; L. caprifolium, de grandes flores fragantes; L. etrusca, muy apreciada en jardinería mediterránea, y L. nitida, utilizada más como seto compacto que como trepadora.

Muchas de ellas pueden cubrir una pérgola en pocos años y perfumar un jardín entero durante las noches estivales.

Las madreselvas ibéricas

Las especies nativas de la Península Ibérica y Baleares pueden identificarse con una clave simplificada:

1a. Arbustos trepadores, con tallos volubles; corola claramente bilabiada, con tubo largo: 2

1b. Arbustos no trepadores; flores siempre por pares; corola campanulada o bilabiada, pero con tubo corto: 7

Trepadoras

2a. Flores dispuestas simplemente por pares en las axilas foliares: 3

2b. Flores agrupadas en inflorescencias condensadas terminales: 4

3a. Envés de las hojas densamente tomentoso-blanquecino; flores de 24–28 mm: L. biflora.

3b. Envés glabro o casi glabro; flores mayores, de 32–35 mm (naturalizada, no nativa): L. japonica.

4a. Inflorescencias no pedunculadas; hojas persistentes: 5

4b. Inflorescencias claramente pedunculadas; hojas caedizas: 6

5a. Estilo peloso; estambres poco sobresalientes: L. implexa.

5b. Estilo sin pelos; estambres muy sobresalientes: L. splendida.

6a. Hojas próximas a la inflorescencia soldadas por la base (connatas), generalmente obtusas: L. etrusca.

6b. Hojas próximas a las flores libres, agudas, no connatas: L. periclymenum.

Arbustos no trepadores

7a. Corola casi actinomorfa, campanulada; hojas prácticamente sésiles: L. pyrenaica.

7b. Corola claramente zigomorfa y bilabiada; hojas pecioladas: 8

8a. Flores prácticamente sin pedúnculo; fruto amarillo-anaranjado en la madurez: L. arborea.

8b. Flores sostenidas por pedúnculos bien desarrollados; fruto rojo o negro: 9

9a. Corola pequeña (7–9 mm); bayas negras: L. nigra.

9b. Corola mayor de 9 mm; bayas rojas o rojo-purpúreas: 10

10a. Pedúnculos largos, normalmente superiores a 25 mm; anteras de más de 3 mm; frutos vecinos frecuentemente soldados formando una estructura única: L. alpigena.

10b. Pedúnculos generalmente inferiores a 20 mm; anteras menores de 3 mm; frutos soldados solo por la base: L. xylosteum.

Seis especies de Lonicera nativas de la Península ibérica

Al final, las madreselvas son una demostración de que la evolución también puede producir elegancia. Sus hojas opuestas obedecen a una rigurosa geometría; sus flores son sofisticadas máquinas de polinización; sus perfumes son mensajes químicos enviados a la oscuridad. Y mientras las polillas revolotean alrededor de ellas en las noches de verano, el viejo Adam Lonitzer continúa recibiendo, sin saberlo, uno de los homenajes botánicos más fragantes del mundo.

Las otras cuatro especies de Lonicera nativas de la Península ibérica

viernes, 5 de junio de 2026

LAS CÉLULAS CAR-T O EL BOTÓN DE REINICIO CONTRA LAS ENFERMEDADES AUTOINMUNES

 

Durante la mayor parte de la historia de la medicina los médicos han contemplado el sistema inmunitario con una mezcla de admiración y resignación. Admiración porque es una de las máquinas más complejas jamás construidas por la naturaleza. Resignación porque, cuando decide estropearse, resulta extraordinariamente difícil convencerlo de que vuelva a comportarse.

El sistema inmunitario es algo así como un ejército de varios billones de soldados que patrullan nuestro cuerpo día y noche. Reconocen bacterias, virus, hongos y cualquier otro intruso que parezca sospechoso. Lo hacen con una eficacia asombrosa. En condiciones normales, uno puede pasar años sin pensar en ellos, del mismo modo que rara vez piensa en el alcantarillado de una ciudad mientras todo funciona correctamente.

El problema aparece cuando algunos de esos soldados empiezan a disparar contra sus propios ciudadanos. Eso es, en esencia, una enfermedad autoinmune.

En el lupus, por ejemplo, el sistema inmunitario ataca articulaciones, piel, riñones o prácticamente cualquier órgano que encuentre a su paso. En la enfermedad de Graves, dirige sus armas contra la glándula tiroides. En la esclerosis sistémica puede provocar cicatrices internas. Hay más de ochenta enfermedades autoinmunes conocidas y, en conjunto, afectan a cientos de millones de personas en todo el mundo.

Durante décadas, el tratamiento consistió en una estrategia relativamente simple: bajar el volumen del sistema inmunitario. Si el ejército se había vuelto loco, la solución parecía ser suministrar fármacos que lo adormecieran. Corticoides, inmunosupresores, anticuerpos monoclonales... Todos ellos han salvado innumerables vidas. Pero tienen un inconveniente evidente. Reducen la actividad de las células problemáticas, sí, pero también la de muchas células perfectamente inocentes. Es como apagar la electricidad de una ciudad entera porque una farola parpadea.

Por eso, cuando algunos investigadores empezaron a plantear la posibilidad de reiniciar completamente el sistema inmunitario, la idea sonó más a ciencia ficción que a medicina. Y sin embargo, en eso estamos ahora.

La historia comenzó en un lugar inesperado: los cánceres de la sangre. A principios de este siglo, varios grupos de investigación desarrollaron una tecnología denominada CAR-T. El nombre parece el de un personaje de ciencia ficción, pero sus siglas responden a las siglas en inglés de “linfocito T con receptor antigénico quimérico”. La palabra “quimérico” (chimeric) no tiene nada que ver con las quimeras en el sentido de "ilusiones", sino con la criatura mitológica griega, la Quimera, que estaba formada por partes de distintos animales.

En biología, un elemento "quimérico" es aquel que combina componentes procedentes de orígenes diferentes. Y eso es exactamente lo que ocurre aquí. El receptor CAR es una construcción artificial diseñada por ingenieros genéticos que combina una parte externa inspirada en los anticuerpos (que reconoce una molécula concreta) y una parte interna procedente de los mecanismos de activación de los linfocitos T. Es, por decirlo de alguna forma, una especie de híbrido biológico construido con piezas que la evolución nunca había reunido por su cuenta.

El término sintetiza un proceso extraordinario. Los médicos extraen linfocitos T del propio paciente, los envían a un laboratorio y allí los modifican genéticamente. Después los devuelven al organismo convertidos en una especie de fuerzas especiales capaces de reconocer y destruir células concretas.

En algunos tipos de leucemia y linfoma, los resultados fueron tan espectaculares que muchos pacientes considerados incurables entraron en remisión. Era uno de esos momentos en que la medicina consigue algo que, pocos años antes, habría parecido un milagro.

Entonces ocurrió algo aún más interesante. Los investigadores observaron que las células CAR-T eran particularmente eficaces eliminando ciertos linfocitos B, unas células inmunitarias responsables de fabricar anticuerpos. Y aquí es donde aparece el giro argumental. Muchas enfermedades autoinmunes están impulsadas precisamente por linfocitos B defectuosos que producen anticuerpos contra el propio organismo.

De repente, alguien formuló una pregunta aparentemente sencilla: ¿Y si utilizamos las células CAR-T para eliminar esos linfocitos equivocados? La respuesta resultó sorprendente. En los primeros pacientes con lupus grave, las células CAR-T destruyeron prácticamente toda la población de linfocitos B. Durante un tiempo, el organismo quedó casi vacío de ellos. A primera vista, aquello parecía una mala noticia. Pero entonces sucedió algo inesperado.

Meses después comenzaron a aparecer nuevos linfocitos B que parecían comportarse normalmente. Ni atacaban los riñones, ni las articulaciones, ni la piel. Era como si el sistema inmunitario hubiera olvidado sus antiguas malas costumbres. Los investigadores empezaron a utilizar una expresión que hasta entonces parecía reservada a los informáticos: «reinicio inmunológico».

La comparación es bastante adecuada. Todos hemos tenido alguna vez un ordenador que funciona de manera extraña. Las ventanas se bloquean. Los programas dejan de responder. Aparecen errores absurdos. Finalmente, alguien sugiere la solución universal: apagarlo y volverlo a encender.

En ocasiones, para sorpresa de todos, funciona. Lo que las células CAR-T parecen estar haciendo es algo parecido. No intentan corregir cada error individual. No persiguen cada anticuerpo defectuoso. No buscan una por una todas las células problemáticas. Simplemente eliminan una parte importante del sistema y permiten que vuelva a construirse desde cero.

Lo asombroso es que los primeros resultados sugieren que el nuevo sistema puede ser más sensato que el anterior. Por supuesto, la realidad es más complicada que una metáfora informática. El procedimiento sigue siendo caro, complejo y potencialmente peligroso. Las células deben extraerse del paciente, modificarse en instalaciones especializadas y reintroducirse semanas después. Además, las CAR-T pueden provocar efectos secundarios graves, incluyendo tormentas inflamatorias capaces de requerir cuidados intensivos.

Nadie está sugiriendo que esta terapia sea una solución sencilla, pero sí podría convertirse en una solución profunda, lo que significa una diferencia enorme. Hasta ahora, la mayoría de los tratamientos autoinmunes funcionaban como un contrato de alquiler. Mientras el paciente tomaba el medicamento, la enfermedad permanecía razonablemente controlada. Cuando dejaba de hacerlo, los problemas reaparecían.

Las CAR-T aspiran a algo más parecido a una reforma estructural. Los médicos empiezan a preguntarse si una única intervención podría proporcionar años de remisión, o quizá incluso décadas. Todavía no lo sabemos, porque os estudios son escasos, el seguimiento es relativamente corto. Los científicos son, por naturaleza, prudentes cuando algo parece demasiado bueno para ser cierto, pero los resultados obtenidos hasta ahora han sido suficientemente impresionantes como para generar una enorme expectación.

Además, el interés no se limita al lupus. La enfermedad de Graves, ciertas formas de artritis, la esclerodermia, diversas miopatías inflamatorias y otras patologías autoinmunes están empezando a entrar en el radar de los investigadores.

La lógica es siempre la misma. Si la enfermedad depende de células inmunitarias que han aprendido una lección equivocada, quizá sea posible expulsar a esos alumnos problemáticos del aula y dejar que una nueva generación empiece de nuevo. Es una idea extraordinariamente ambiciosa.

Durante siglos, la medicina ha avanzado añadiendo herramientas. Más fármacos, más procedimientos, más intervenciones. Las CAR-T representan algo diferente, porque no intentan añadir una nueva pieza a la maquinaria, sino que tratan de convencer a la maquinaria de reconstruirse a sí misma.

Si los resultados actuales se mantienen durante la próxima década, es posible que los historiadores de la medicina recuerden este momento como el inicio de una nueva era en el tratamiento de las enfermedades autoinmunes. Una era en la que los médicos dejaron de preguntarse cómo silenciar un sistema inmunitario rebelde y comenzaron a preguntarse algo mucho más audaz:

¿Y si simplemente lo reiniciamos?

CRÓNICAS AMERICANAS: UN PASEO POR EL MARCHITO Y PÚTRIDO BARRIO DE GANGS OF NEW YORK

Una serie de decisiones equivocadas del Consistorio de Nueva York condujeron a que una laguna natural de Manhattan, Collect Pond, fuera desecada y sellada de mala manera en 1811; luego, sobre el vaso recrecido con áridos de la antigua laguna se levantó un barrio para gente acomodada y aporofóbica que llevaba el nombre de su parque central,  Paradise Square.

Al poco tiempo, los problemas sanitarios surgidos como consecuencia del deficiente sellado de la laguna hicieron que todas las familias acomodadas que pudieron permitirse el lujo de mudarse abandonaran el barrio a su suerte. Comenzó una gentrificación al revés: el antiguo barrio residencial fue inmediatamente ocupado por los más pobres de los pobres: esclavos liberados y emigrantes europeos y asiáticos.

Apenas veinte años después, en la década de 1830, Paradise Square se había convertido en el famoso Five Points representado en el grabado de 1827 de George Catlin que encabeza este artículo, uno de los barrios neoyorquinos históricamente más míseros, conflictivos y peligrosos, que sirvió de escuela a muchos criminales de principios del siglo XX, como Lucky Luciano y Al Capone, cuyas carreras comenzaron entre las pandillas que deambulaban por el barrio extorsionando a los residentes y dirigiendo redes de apuestas y prostitución.

El crimen era solo la mitad de la historia de Five Points: la alta densidad de población y el mal drenaje de las aguas subterráneas que alimentaban Collect Pond habían convertido el barrio en un pestilente lodazal idóneo para favorecer el brote de enfermedades. A lo largo del siglo XIX, casi todos los focos de cólera de Nueva York se originaban allí.

Five Points estaba comprendido entre las cinco calles que dieron nombre al vecindario: Mulberry, Anthony, Cross, Orange y la desaparecida Little Water Street. En la década de 1840, los inmigrantes judíos de origen alemán establecieron el primer distrito étnico de Nueva York en la calle Baxter, mientras que los afroamericanos manumitidos fueron llegando poco a poco a medida que huían al norte de la línea Mason-Dixon hasta parar en la estación del Underground Railroad, situada en el 36 de la calle Lispenard. Una placa histórica situada en la fachada de la cafetería La Colombe Torrefaction recuerda hoy que allí estuvo la estación.

Cada uno de la mayoría de los edificios de Five Points albergaba más de mil personas en uns "viviendas", que eran básicamente los peores habitáculos de Nueva York, unos cuchitriles de una habitación, muchas veces del tamaño de las despensas de las mansiones de Broadway. Los edificios se hundían lentamente en la marisma enterrada y se inclinaban como bloques borrachos.

Las calles eran callejones lóbregos, encharcados y poco iluminados donde ladrones y atracadores asaltaban a los transeúntes. Dentro de los edificios la seguridad no era mucho mejor. Del edificio de la antigua Old Brewery, reconvertido en viviendas, se decía que jamás había pasado una noche sin que alguien fuera víctima de un asesinato.

Charles Dickens se atrevió a entrar en el barrio en 1842, y, como escribió en su American Notes, salió con una impresión nada benévola:

«Sumerjámonos en la zona de Five Points. Este es el lugar donde unas callejuelas estrechas se desvían a izquierda y derecha apestando a suciedad... Casas en ruinas, abiertas a la calle, por cuyas amplias grietas en las paredes otras ruinas amenazan la vista, como si el mundo del vicio y la miseria no tuviera nada más que mostrar. Viviendas atroces que deben su reputación al robo y al asesinato. Todo lo inmundo, lo decadente y lo corrupto se halla aquí».

Pero la cúspide de su notoriedad como barrio violento y marginal llegó en las décadas de 1880 y 1890, cuando pandillas despiadadas como los Conejos Muertos inmortalizados por Martin Scorcese en Gangs of New York se echaron enloquecidas a las calles luchando por hacerse con los negocios turbios de los sórdidos callejones laterales. A pesar de ello, esas temibles condiciones no impedían que la burguesía neoyorquina participara en un pasatiempo nuevo y moderno, el slumming, que consistía en un tour guiado en el que familias y parejas de clase alta, con la nariz tapada con pañuelos perfumados, desfilaban por el barrio para contemplar la miseria a su alrededor. 

En 1880, los esfuerzos por erradicar la delincuencia lograron que se demoliese Five Points. Fue una victoria pírrica, porque la gente simplemente se mudó al vecino Lower East Side. El Lower East Side experimentó una profunda remodelación después de la publicación en 1890 de How the Other Half Lives (Cómo vive la otra mitad), un libro de Jacob Riis que fue un retrato revelador de la vida en los barrios bajos que agitó a los reformadores de finales del siglo XIX. A los cuatro años de la aparición del libro, el ayuntamiento había derribado casi todas las viviendas del barrio sobre las que hoy se extiende el Civic Center, donde se levantan muchos edificios oficiales.

En 1897, Calvert Vaux, el paisajista que había diseñado Central Park, dirigió una operación de remodelación del barrio reemplazando gran parte de las viviendas marginales por Columbus Park, el nombre que recibiría en 1911. La llegada de una nueva ola de inmigrantes asiáticos a principios del siglo XX acabó poco a poco con lo que quedaba de la diversidad étnica de Five Points, que pronto se convirtió en un sector más del creciente Chinatown.

En 1991, mientras trabajaban en una parcela destinada a un nuevo edificio federal en el Civic Center, los trabajadores dieron con los restos de un antiguo cementerio africano. El camposanto albergaba entre diez y veinte mil sepulturas. En 2006, el sitio de excavación fue declarado monumento nacional, y en 2007 se erigió un monumento conmemorativo.

Aunque ya no se puedan encontrar tugurios por allí y no se perciba el hedor a turba podrida y basura mezclada con los olores de desechos humanos, sangre y pólvora, uno todavía puede darse un tranquilo paseo por las calles de los antaño terroríficos Five Points. Simplemente, hay que dirigirse a Columbus Park.

jueves, 4 de junio de 2026

PANCHO VILLA EN COLUMBUS

 

Si mencionas el 11 de septiembre, cualquier estadounidense sabrá al instante a qué te refieres. Lo mismo ocurre con Pearl Harbor. La mayoría de los estadounidenses saben vagamente que durante la Guerra de 1812 los británicos bombardearon Fort McHenry e incendiaron la Casa Blanca. Pero si mencionas Columbus, Nuevo México, te mirarán con cara de desconcierto. Sin embargo, el 9 de marzo de 1916, el líder revolucionario mexicano José Doroteo Arango Arámbula —más conocido en la historia como Pancho Villa— lideró un ataque sorpresa contra Columbus que dejó dieciocho estadounidenses y ochenta mexicanos muertos. En cuestión de días, casi 7 000 soldados estadounidenses cruzaron la frontera hacia México en busca de Villa, en lo que se convertiría en uno de los capítulos más sombríos de la historia militar de Estados Unidos: la Expedición Punitiva.

El desierto de Nuevo México tiene algo de escenario detenido en el tiempo. Las gasolineras parecen decorados, los perros duermen bajo los porches y el viento levanta polvo con una paciencia que podría contarse en siglos. En el centro de Columbus, un pueblo de menos de dos mil habitantes, hay un museo minúsculo con un letrero que parece una ironía del destino: Pancho Villa State Park. Me detuve allí una mañana de marzo, justo en el aniversario del ataque. Del aire emanaba un aroma a arena caliente y a nostalgia.

En las paredes del pequeño museo cuelgan fotografías en sepia de hombres a caballo, casas ardiendo y soldados en pijama. Cuesta imaginar que aquí, en este lugar tan silencioso, ocurrió la última invasión extranjera del territorio continental de Estados Unidos. Sucedió el 9 de marzo de 1916, cuando unos quinientos jinetes cruzaron la frontera desde México, liderados por un hombre que para algunos era un héroe y para otros un bandido: Francisco “Pancho” Villa.

A las cuatro de la madrugada, mientras el pueblo dormía, los primeros disparos despertaron a la guarnición del 13º Regimiento de Caballería. Las llamas iluminaron los establos y las fachadas de madera. Algunos soldados apenas tuvieron tiempo de calzarse las botas antes de devolver el fuego. Villa había prometido tomar el pueblo y castigar a los “gringos traidores” que, según él, lo habían abandonado en su guerra contra los federales mexicanos. El ataque duró apenas una hora. Cuando amaneció, diecisiete estadounidenses y más de ochenta villistas yacían muertos entre el polvo. El pequeño Columbus, de repente, era un nombre en los titulares de todo el país.

Durante meses, la frontera había sido un hervidero. El gobierno de Woodrow Wilson había reconocido al presidente Venustiano Carranza, el enemigo de Villa, y con ello lo había condenado al aislamiento. El caudillo del norte, que antes contaba con la simpatía de Washington, se sintió traicionado. En su lógica de guerra y orgullo, decidió devolver el golpe donde más dolía: en suelo estadounidense.

Lo que siguió fue la respuesta más rápida y aparatosa que podía imaginarse. Wilson ordenó una Expedición Punitiva: diez mil hombres al mando del general John J. Pershing, con la orden de capturar a Villa “vivo o muerto”. Fue una operación colosal para la época: camiones, motocicletas, aviones —los primeros utilizados por el Ejército estadounidense— y una columna interminable de mulas, caballos y soldados cruzando el desierto de Chihuahua.

Pershing, un militar metódico y obstinado, avanzó más de quinientos kilómetros tierra adentro, persiguiendo un fantasma. Villa se desvanecía entre los montes, protegido por la geografía y por la simpatía de los campesinos. A veces, cuando los soldados llegaban a un poblado, encontraban los restos de una fogata aún tibia o el eco de una carcajada en la sierra. Decían que Villa dormía con un ojo abierto y que podía oír el galope de sus perseguidores a kilómetros de distancia.

La persecución se prolongó durante casi un año. Pershing construyó caminos, levantó campamentos y probó nuevas tácticas de abastecimiento, pero nunca logró acorralar a su enemigo. Los aviones Curtiss JN-3 que sobrevolaban el desierto se estrellaban con frecuencia por culpa de las tormentas de arena. Los camiones se quedaban varados en los arroyos secos. El ejército más moderno del mundo estaba aprendiendo, a base de golpes, que el desierto mexicano no se deja conquistar.

Mientras tanto, la frontera se convirtió en una línea de nervios. Los periódicos hablaban del “loco del norte” y del peligro mexicano; en México, la incursión de Pershing se veía como una violación intolerable de la soberanía nacional. Las tensiones estuvieron a punto de provocar una guerra abierta. Pero en 1917 Estados Unidos entró en la Primera Guerra Mundial, y Wilson ordenó el regreso de las tropas. Villa seguía vivo.

Aquel fracaso militar se olvidó pronto, pero el episodio dejó una huella profunda. Fue la última vez que un ejército extranjero cruzó armas en suelo estadounidense, y la primera en que Estados Unidos usó aviones en una operación de combate. También fue el ensayo de una nueva doctrina: la guerra moderna, mecanizada y mediática. Pershing aprendería mucho en el desierto de Chihuahua; un año después, aplicaría esas lecciones en los campos de Francia. Entre los jóvenes oficiales que participaron en la expedición estaba un tal George S. Patton, que en esa campaña realizó su primer combate y su primera fotografía posando junto a tres villistas muertos.

De Villa quedó el mito. Para unos, fue un vengador popular; para otros, un criminal de frontera. Nació pobre, trabajó de bandolero, se volvió revolucionario, general y, finalmente, fugitivo. Tenía carisma, sentido teatral y un talento innato para la guerra irregular. En los noticieros de la época —que él mismo ayudó a filmar— aparecía siempre erguido, con su gran sombrero y una sonrisa entre desafiante y divertida. Era el Robin Hood del desierto, el caudillo que desafiaba a los poderosos, aunque a veces no supiera muy bien por qué.

En Columbus, los viejos aún cuentan historias. Dicen que los villistas confundieron una tienda de abarrotes con el cuartel, que los caballos se asustaron con el silbido de las locomotoras, que algunos soldados estadounidenses se defendieron disparando desde debajo de las camas. También dicen que Villa había jurado vengarse de un comerciante local que lo había estafado con la venta de armas defectuosas. Nadie lo sabe a ciencia cierta, pero en esta frontera los mitos pesan tanto como los hechos.

Caminar por el pueblo hoy es una experiencia extraña. Las calles están casi vacías. Frente al museo se alza una torre con un cartel que dice Camp Furlong Historic Site, donde Pershing instaló su cuartel general hace más de un siglo. Unas fotos muestran a los primeros pilotos del ejército, posando junto a sus biplanos de lona y madera. En una vitrina se conserva la silla de montar de un soldado y una moneda doblada por una bala: reliquias de un tiempo en que el polvo y el miedo eran casi la misma cosa.

Al caer la tarde, el sol convierte el horizonte en una línea de fuego. El desierto parece no tener fin. Pienso en aquel amanecer de 1916: en los disparos, los caballos, el fuego, el desconcierto. En Villa alejándose hacia el sur, perdiéndose en las sierras, mientras Pershing ordenaba perseguirlo hasta el fin del mundo. Pienso también en cómo esa historia, mínima y trágica, fue al mismo tiempo el último eco de las viejas guerras de frontera y el primer rumor del siglo moderno.

A veces, los lugares más tranquilos son los que esconden los rugidos más antiguos. Columbus, con su gasolinera, su parque estatal y su museo silencioso dedicado a Pancho Villa, es uno de ellos. Aquí, donde el viento no ha dejado de soplar desde entonces, todavía se siente algo del vértigo de aquella madrugada en la que un hombre cruzó la línea para recordarle a un imperio que su frontera no era invulnerable.

miércoles, 3 de junio de 2026

LOS EUROPEOS Y LA BIODIVERSIDAD: UNA PREOCUPACIÓN CADA VEZ MÁS CONSCIENTE*

 

La biodiversidad tiene un problema de imagen. La palabra aparece en discursos políticos, informes científicos y documentos internacionales con una frecuencia creciente, pero sigue sonando abstracta. Para muchos ciudadanos, resulta más fácil imaginar el cambio climático que la biodiversidad. El primero se traduce en olas de calor, incendios o inundaciones. La segunda parece esconderse detrás de una definición académica. Sin embargo, el último Eurobarómetro especial sobre biodiversidad publicado el 3 de junio por la Comisión Europea muestra que esa distancia entre concepto y realidad se está reduciendo. Los europeos no solo han oído hablar cada vez más de biodiversidad, sino que la consideran una cuestión esencial para su salud, su economía y su calidad de vida.

La encuesta, realizada entre febrero y marzo de 2026 a casi 26 500 ciudadanos de los veintisiete Estados miembros, ofrece una fotografía muy interesante de cómo percibe la población europea la crisis de la naturaleza. Y la primera conclusión es clara: la biodiversidad ha dejado de ser un asunto reservado a especialistas. El 83% de los europeos afirma haber oído hablar del término, frente al 71% registrado en 2018. Más significativo todavía es que el 55% asegura conocer su significado, catorce puntos más que hace ocho años.

Los países nórdicos encabezan el nivel de conocimiento. Suecia, Dinamarca y los Países Bajos presentan porcentajes cercanos a la universalidad. En el extremo opuesto aparecen Rumanía, Chequia y Letonia, donde todavía una parte importante de la población declara no haber oído nunca la palabra. El patrón educativo es igualmente revelador: cuanto mayor es el nivel de formación, mayor es el conocimiento del concepto. Entre quienes prolongaron sus estudios más allá de los veinte años, siete de cada diez saben qué significa biodiversidad; entre quienes abandonaron la educación tempranamente, apenas algo más de una cuarta parte.

Pero el conocimiento del término es solo el comienzo. Lo verdaderamente interesante es comprobar cómo perciben los europeos las amenazas que afectan a la naturaleza. Aquí emerge una visión bastante amplia y sofisticada de los problemas ambientales. La contaminación del aire, del suelo y del agua aparece como la principal amenaza para la biodiversidad. El 94% de los encuestados considera que supone un riesgo importante para la naturaleza. Muy cerca figuran los desastres provocados por el ser humano, como vertidos de petróleo o accidentes industriales, señalados por el 92%.

También existe una conciencia muy extendida sobre el impacto de la transformación del territorio. Nueve de cada diez europeos consideran que la conversión de espacios naturales en áreas urbanas, agrícolas o industriales amenaza la biodiversidad. Una proporción similar señala la fragmentación causada por carreteras, infraestructuras energéticas o canales de transporte. Estas respuestas sugieren que los ciudadanos comprenden que la pérdida de biodiversidad no depende únicamente de la contaminación visible, sino también de cambios acumulativos en el uso del suelo y en la estructura de los ecosistemas.

El cambio climático ocupa asimismo una posición central. El 87% considera que representa una amenaza para la biodiversidad. Aunque este porcentaje sigue siendo extraordinariamente alto, el informe detecta una ligera disminución respecto a mediciones anteriores, asociada más a una moderación en la intensidad de la preocupación que a una pérdida de interés. Dicho de otro modo: los europeos siguen viendo el clima como un problema fundamental, aunque menos personas utilizan las categorías más alarmistas para describirlo.

Resulta igualmente llamativo que actividades tradicionalmente vinculadas al desarrollo económico aparezcan identificadas como factores de riesgo. El 85% considera que la agricultura intensiva, la silvicultura intensiva y la sobrepesca dañan la biodiversidad. Incluso las especies invasoras, un problema menos visible para la opinión pública, son percibidas como una amenaza por el 77% de los encuestados.

Si las amenazas generan consenso, las razones para actuar lo hacen todavía más. El Eurobarómetro revela uno de los niveles de acuerdo más elevados registrados en cualquier encuesta europea reciente. El 96 % afirma que existe una responsabilidad moral de cuidar la naturaleza. La biodiversidad aparece así no solo como una cuestión práctica, sino también ética. La protección de los ecosistemas se percibe como un deber colectivo.

Muy cerca de esa motivación moral aparecen razones mucho más tangibles. El 95 % considera que la salud y el bienestar dependen de la naturaleza. El mismo porcentaje vincula la biodiversidad con la capacidad de afrontar el cambio climático y con el desarrollo económico a largo plazo. Además, el 93% reconoce que la producción de alimentos, materiales y medicamentos depende directamente de la diversidad biológica.

Estos datos sugieren un cambio profundo en la percepción social. Durante mucho tiempo, la conservación de la naturaleza fue presentada como una actividad casi romántica destinada a proteger paisajes, animales emblemáticos o espacios salvajes. Hoy la mayoría de los europeos parece contemplarla como una cuestión mucho más pragmática: la biodiversidad es vista como una infraestructura esencial que sostiene la salud pública, la economía y la estabilidad climática.

La encuesta también pregunta qué esperan los ciudadanos de las instituciones europeas. La prioridad más citada es restaurar ecosistemas degradados y reparar los daños causados por las actividades humanas. Más de la mitad de los encuestados considera que esta debe ser la principal línea de actuación de la Unión Europea. La restauración ecológica aparece incluso por delante de la creación de nuevas áreas protegidas.

La segunda prioridad consiste en incorporar la biodiversidad a la planificación de infraestructuras y grandes inversiones. Es decir, los europeos no solo quieren proteger espacios concretos, sino que desean que la naturaleza forme parte de las decisiones económicas desde el principio. También reclaman una mejor aplicación de las normas ya existentes, una mayor información pública y más investigación científica sobre las causas y consecuencias de la pérdida de biodiversidad.

A nivel local, el mensaje es igualmente significativo. Los ciudadanos consideran fundamental que existan ayudas económicas suficientes para quienes deben aplicar las medidas de conservación. También reclaman reglas claras para las empresas, participación de las comunidades locales y un reparto equitativo de los costes y beneficios asociados a la protección ambiental. La conservación aparece así vinculada a la idea de justicia y de viabilidad práctica.

Uno de los capítulos más interesantes del informe se refiere a la red Natura 2000, el gran sistema europeo de espacios protegidos. Aunque la notoriedad de esta red ha aumentado desde 2018, todavía existe un importante déficit de conocimiento. Solo el 42% de los europeos ha oído hablar de Natura 2000, mientras que el 58% sigue sin conocerla.

Paradójicamente, cuando se pregunta por las funciones que deberían cumplir las áreas protegidas, el apoyo es abrumador. El 96% considera que son importantes para evitar la destrucción de espacios valiosos y el 95% para proteger especies amenazadas. Más del 90 % cree que contribuyen a garantizar agua limpia, aire limpio, producción alimentaria, calidad de vida y adaptación al cambio climático. Incluso la idea de que estas áreas favorecen el desarrollo socioeconómico local obtiene el respaldo del 87% de los encuestados.

Finalmente, el Eurobarómetro aborda uno de los conflictos clásicos de la política ambiental: la tensión entre desarrollo económico y conservación. La respuesta es contundente. Casi la mitad de los europeos considera que los proyectos económicos que destruyen espacios protegidos deberían prohibirse. Otro 40% solo los aceptaría cuando exista un interés público muy importante y siempre que el daño ambiental sea plenamente compensado. Apenas un 9 % cree que el desarrollo económico debe prevalecer sobre la conservación de la naturaleza.

En conjunto, el estudio dibuja una Europa que percibe la biodiversidad como una cuestión estratégica. No se trata únicamente de proteger especies raras o paisajes pintorescos. Para la inmensa mayoría de los ciudadanos, la biodiversidad está vinculada a la salud, la economía, la alimentación, el bienestar y la estabilidad climática. Quizá el dato más importante no sea ninguno de los porcentajes individuales, sino el consenso general que emerge de ellos. En una Unión Europea cada vez más diversa y políticamente fragmentada, pocas cuestiones reúnen niveles de acuerdo cercanos al noventa por ciento.

La biodiversidad sigue siendo un concepto complejo. Pero, a juzgar por este Eurobarómetro, cada vez menos europeos la perciben como una abstracción y cada vez más la entienden como aquello que realmente es: la red invisible que sostiene la vida cotidiana.

* Resumen basado en el informe Special Eurobarometer 571: Attitudes of Europeans towards biodiversity (2026).