Hay a quien le gusta crujir los dedos. Se calcula que aproximadamente una de cada cuatro personas lo
hace con cierta frecuencia. Algunos entrelazan las manos y hacen sonar todos
los nudillos de una vez. Otros doblan un dedo cada vez con mucho esmero. Hay
quien asegura que el gesto le ayuda a concentrarse antes de una reunión y quien
es incapaz de pasar una hora sin repetirlo.
Naturalmente, casi todos hemos
oído la misma advertencia.
—No hagas eso. De mayor tendrás
artritis.
La frase suele proceder de
madres, abuelas o profesores y pertenece a esa colección de certezas familiares
que incluye «no leas con poca luz o te quedarás ciego» o «espera dos horas
después de comer antes de bañarte». Se repite con tanta convicción que uno
termina aceptándola sin preguntarse jamás si alguien la ha comprobado.
Lo curioso es que, durante buena
parte del siglo XX, la propia ciencia tampoco sabía explicar con seguridad qué
ocurría dentro de una articulación cuando sonaba aquel crack.
Anatomistas, reumatólogos, físicos e ingenieros discutieron durante décadas
sobre un fenómeno que cualquiera puede reproducir en cinco segundos delante de
ellos. Parecía una cuestión trivial, pero escondía un pequeño misterio de la
física.
Las articulaciones sinoviales
—las de los dedos, las rodillas, las caderas o los hombros— son una de las
obras maestras de la evolución. Los extremos de los huesos están recubiertos
por un cartílago extraordinariamente liso y bañados por un líquido viscoso, el
líquido sinovial, que actúa al mismo tiempo como lubricante, amortiguador y
sistema de nutrición del cartílago. Gracias a él podemos mover una rodilla
millones de veces a lo largo de la vida con un desgaste sorprendentemente
pequeño.
Todo ese sofisticado mecanismo
suele funcionar en silencio. O casi. Basta tirar ligeramente de un dedo para
que aquella maquinaria perfectamente engrasada produzca un chasquido que puede
oírse desde el otro extremo de la habitación. Durante muchos años la
explicación parecía evidente. El líquido sinovial contiene gases disueltos,
sobre todo nitrógeno, oxígeno y dióxido de carbono. Al separar rápidamente las
superficies articulares, la presión disminuiría y esos gases formarían una burbuja
que inmediatamente explotaría. El sonido correspondería precisamente a esa
explosión.
Era una hipótesis tan razonable
que apenas fue cuestionada. El problema era que nadie había conseguido observar
directamente el fenómeno. El interior de una articulación mide apenas unos
milímetros y todo sucede en una fracción de segundo. Era como intentar explicar
un relámpago disponiendo únicamente de una fotografía tomada antes de la
tormenta y otra después.
Los primeros experimentos
revelaron un dato muy interesante. Cuando se aplicaba una fuerza creciente para
separar un dedo, llegaba un momento en que la resistencia desaparecía de forma
brusca y sonaba el característico crack. Aquella curva de fuerzas llamó
la atención de los ingenieros porque recordaba extraordinariamente a un
fenómeno bien conocido en hidráulica: la cavitación.
La cavitación aparece cuando la
presión de un líquido cae tan deprisa que los gases disueltos dejan de
permanecer invisibles y forman pequeñas cavidades. Es exactamente lo que sucede
al destapar una botella de agua con gas. Mientras permanece cerrada, el dióxido
de carbono continúa disuelto; al desaparecer la presión, miles de burbujas
aparecen casi instantáneamente.
Algo parecido parecía ocurrir
dentro de nuestros nudillos. Cuando las superficies articulares se separan
apenas unos milímetros, aumenta el volumen de la cavidad, disminuye la presión
y los gases forman una diminuta burbuja. La explicación parecía perfecta. Solo
tenía un inconveniente: nadie sabía si el sonido se producía cuando la burbuja
nacía... o cuando desaparecía.
El misterio permaneció sin
resolver durante casi setenta años. La solución llegó en 2015 desde la
Universidad de Alberta (Canadá), cuando el investigador Greg Kawchuk y su
equipo utilizaron una resonancia magnética capaz de obtener imágenes casi
continuas mientras un voluntario se hacía crujir un dedo dentro del escáner.
Las
imágenes mostraron algo inesperado. En el instante exacto del chasquido
aparecía una pequeña cavidad oscura en el interior de la articulación: la
burbuja acababa de formarse. Pero había un detalle desconcertante. La burbuja
seguía allí después del sonido. Aquel sencillo detalle obligó a abandonar una
explicación aceptada durante décadas. Si la burbuja permanecía visible varios
segundos, el crack no podía deberse a su completa desaparición. El
fenómeno era bastante más complejo de lo que todos habían imaginado.
Durante algún tiempo pareció que
el enigma había quedado resuelto. Sin embargo, la ciencia rara vez se conforma
con una explicación cuando todavía quedan detalles por aclarar. En 2018, los
investigadores V. Chandran Suja y Alain Barakat desarrollaron un
modelo matemático que refinaba la interpretación de las imágenes obtenidas
por Kawchuk. Según sus cálculos, el sonido no procede de la desaparición de la
burbuja, sino de un colapso parcial que ocurre inmediatamente después de su
formación. La cavidad se contrae de forma extremadamente rápida, genera la onda
sonora y, después, permanece estable durante algunos segundos, exactamente como
mostraba la resonancia magnética.
Es un magnífico ejemplo de cómo
progresa la ciencia. La resonancia había mostrado qué ocurría dentro de la
articulación; la física intentó explicar cómo ocurría. Lejos de contradecirse,
ambos trabajos terminaron complementándose. La nueva explicación resolvió
además otra curiosidad que cualquiera puede comprobar en casa. Después de
hacerse crujir un dedo, resulta imposible repetir inmediatamente el chasquido.
Podemos tirar una y otra vez del mismo nudillo y no sucederá nada. Solo
transcurridos unos quince o veinte minutos volverá a producirse el
característico crack.
La razón es sencilla. La burbuja
formada durante la cavitación no desaparece de inmediato. Poco a poco, los
gases vuelven a disolverse en el líquido sinovial hasta que la articulación
recupera las condiciones necesarias para repetir el proceso. Es el tiempo que
tarda, por así decirlo, en «recargarse».
Muchas personas describen además
una agradable sensación de alivio después del chasquido. Todo indica que no
procede del sonido, sino del ligero estiramiento de la cápsula articular y de
la estimulación de receptores nerviosos sensibles a la tensión. Es una
sensación parecida a la que experimentamos cuando nos desperezamos al
levantarnos por la mañana.
Pero volvamos a la advertencia de
nuestras madres y abuelas: ¿produce realmente artritis hacerse crujir los
dedos? La respuesta es, con bastante seguridad, no.
La historia más conocida la
protagonizó Donald Unger, un médico estadounidense que decidió comprobar
personalmente aquella creencia. Durante cincuenta años hizo sonar los nudillos
de la mano izquierda varias veces al día, mientras dejaba completamente tranquila
la derecha. En 1998, en el
número 41(5) de Arthritis & Rheumatism, publicó el resultado de
aquel extravagante experimento: ambas manos presentaban un estado prácticamente
idéntico y no existía ninguna diferencia atribuible a la costumbre de hacerse
crujir los dedos.
Naturalmente, un solo sujeto no
basta para resolver una cuestión médica. Sin embargo, estudios epidemiológicos
posteriores, realizados con grupos mucho más amplios, tampoco han encontrado
una relación convincente entre esta costumbre y la aparición de artritis o
artrosis. Algunos trabajos han sugerido una ligera disminución de la fuerza de
prensión en quienes realizan el gesto de forma muy frecuente, pero la evidencia
es débil y no ha podido confirmarse de manera consistente.
Eso sí, conviene distinguir entre
los distintos ruidos articulares. El crack limpio e indoloro de un
nudillo suele deberse a la cavitación del líquido sinovial y, por sí solo,
carece de importancia clínica. Otros chasquidos pueden originarse cuando un
tendón cambia bruscamente de posición al deslizarse sobre un hueso. En cambio,
una crepitación acompañada de dolor, inflamación o pérdida de movilidad puede
indicar un problema articular que merece atención médica. En realidad, el mejor
indicador nunca ha sido el ruido, sino el dolor.
La historia, sin embargo, aún
guarda un último giro. La cavitación que en nuestros dedos produce un inocente
chasquido puede convertirse en un fenómeno extraordinariamente violento. Los
ingenieros la conocen bien porque deteriora lentamente las hélices de los
barcos y las turbinas hidráulicas: el colapso de millones de diminutas burbujas
acaba erosionando incluso el acero.
Y la naturaleza, como tantas
veces, decidió aprovechar ese mismo principio físico. La gamba pistola (Alpheus), un pequeño
crustáceo tropical, posee una enorme pinza que funciona como un diminuto cañón
hidráulico. Al cerrarla genera una burbuja de cavitación que colapsa casi
instantáneamente produciendo una onda de choque capaz de aturdir o matar a sus
presas. Durante ese brevísimo instante se alcanzan presiones enormes y
temperaturas de varios miles de grados, acompañadas incluso por un diminuto
destello luminoso, un fenómeno denominado sonoluminiscencia.
Resulta difícil imaginar que el
mismo principio físico responsable del discreto crack de nuestros
nudillos pueda convertirse, bajo el agua, en un arma de caza. Quizá esa sea la
lección más hermosa de esta historia. Durante décadas, anatomistas, físicos e
ingenieros discutieron apasionadamente sobre el comportamiento de una burbuja
que vive menos de un segundo y mide apenas unos milímetros. Parecía un problema
insignificante, pero terminó demostrando que incluso los gestos más cotidianos
pueden esconder una física extraordinariamente sofisticada.
La próxima vez que alguien haga
sonar los nudillos antes de una reunión o de una partida de ajedrez, la mayoría
apenas prestará atención. Usted, en cambio, sabrá que acaba de escuchar el eco
de una diminuta burbuja nacida en el interior de una articulación. Un fenómeno
tan cotidiano que casi pasa desapercibido y, al mismo tiempo, tan fascinante
que necesitó cerca de setenta años de investigación para que pudiéramos
entenderlo.