Después de descubrir
que mi espuma de Crackdol contenía un pequeño jardín botánico, unos amigos
me hablaron del bálsamo del tigre. El nombre supone una mejora considerable en
el departamento de intimidación: donde otros productos ofrecen alivio, este
moviliza a un gran depredador. Uno imagina que cualquier contractura, al
enterarse, considerará seriamente retirarse. Sin embargo, basta leer la
composición para comprobar que el felino tiene una participación estrictamente
publicitaria. Dentro hay mentol, alcanfor, aceites de plantas aromáticas y una
base untuosa que permite extender el conjunto sin convertir el cuarto de baño
en una destilería.
El tigre puede respirar
tranquilo: el fabricante confirma que el producto no contiene ingredientes
animales. Su nombre procede de Aw Boon Haw, uno de los empresarios que lo
popularizaron, cuyo nombre se traduce como «tigre gentil». Resulta una elección
comercial afortunada. «Bálsamo del empresario gentil» habría tenido
dificultades para conquistar las farmacias. El animal aporta fuerza, velocidad
y exotismo; las plantas se ocupan de la química.
Aunque solemos describirlo
como un antiguo ungüento chino, su biografía comercial es más viajera. Según la
historia de la compañía, sus antecedentes se encuentran en la botica que Aw Chu
Kin, un practicante de medicina china, se estableció en Rangún, en la actual
Myanmar, durante el siglo XIX. Sus hijos desarrollaron el negocio, lanzaron la
marca Tiger Balm en 1909 y trasladaron su expansión a Singapur en 1926.
Hay, por tanto, tradición china, una botica birmana y una formidable iniciativa
empresarial. La evocación de recetas imperiales pertenece al relato de la
marca; la trayectoria moderna tiene nombres, fechas y fábricas.
La caja que tengo delante
corresponde al ungüento rojo. Su lista empieza con Petrolatum y Synthetic Wax:
vaselina y cera sintética. El jardín oriental se asienta, por tanto, sobre una
infraestructura industrial perfectamente contemporánea. La vaselina proporciona
una base grasa y la cera contribuye a darle consistencia. Gracias a ellas, los
componentes aromáticos pueden repartirse sobre la piel y permanecer allí. Son
ingredientes poco adecuados para decorar un cartel con montañas y pagodas, pero
muy útiles para impedir que el remedio se comporte como un perfume derramado.
A continuación aparece el
mentol, un viejo conocido de quienes hemos experimentado el prodigio de beber
agua después de un caramelo de menta. El agua sigue a la misma temperatura,
pero parece recién extraída de un fiordo. La explicación está en TRPM8, una
proteína de las neuronas sensoriales que funciona como canal iónico y responde
al frío. El mentol también puede activarla: modifica la actividad de esas
terminaciones y desencadena una señal de frescor sin necesidad de enfriar el
tejido en la misma medida que sugeriría la sensación. Hemos aplicado una
molécula; el sistema nervioso informa de un cambio meteorológico.
La etiqueta incluye asimismo
aceite de Mentha arvensis, una menta de la familia de las lamiáceas.
Conviene distinguir la planta, su aceite esencial y el mentol: el aceite es una
mezcla de sustancias, mientras que el mentol es una molécula concreta que puede
incorporarse por separado. Enumerar ambos no equivale a mencionar dos veces
exactamente lo mismo. Tampoco permite averiguar de dónde procede el mentol
añadido: su nombre químico no lleva incorporado un certificado de nacimiento
vegetal.
El alcanfor introduce otro
aroma inconfundible. Su fuente vegetal clásica es el alcanforero, Cinnamomum
camphora, un árbol asiático de las lauráceas, la misma familia del laurel.
Sin embargo, también puede obtenerse industrialmente, y la palabra Camphor impresa
en esta caja no resuelve su procedencia. Su interés va más allá del olor: en
experimentos con células y neuronas se ha observado que actúa sobre canales
sensoriales como TRPV1, relacionado con el calor doloroso y con la respuesta a la
capsaicina de las guindillas. Puede activarlo y después reducir su
respuesta mediante desensibilización. Es una interacción farmacológica real,
aunque un experimento celular no nos diga cuánto contribuye al alivio de una
rodilla humana.
El resultado de combinar
estas sustancias puede ser una sucesión de frescor, calor y hormigueo. Los
preparados de este tipo se describen como contrairritantes: generan estímulos
cutáneos capaces de modificar la percepción del dolor. El término suena a discusión
entre vecinos, pero tiene un significado farmacológico preciso. Mentol y
alcanfor figuran entre los ingredientes contemplados por la normativa
estadounidense para determinados analgésicos externos, dentro de
concentraciones establecidas. Eso respalda su uso como sustancias activas; no
demuestra automáticamente la eficacia de cualquier mezcla que los contenga.
La expedición botánica
continúa con el aceite de cajeput, identificado en el envase mediante la
aparatosa denominación Melaleuca Leucadendron Cajuputi Oil. Los
nombres de ingredientes conservan a veces nomenclaturas que harían suspirar a
un taxónomo. El cajeput se asocia a melaleucas como Melaleuca cajuputi,
árboles de las mirtáceas emparentados con los eucaliptos. Tampoco conviene
confundir su aceite con el llamado aceite del árbol del té: compartir género o
familia no convierte dos extractos en productos intercambiables. En este tarro,
el cajeput forma parte de la mezcla aromática característica que declara el
fabricante.
Después llega la casia, Cinnamomum
cassia, pariente del alcanforero y fuente de una de las especias
comercializadas como canela. Su aceite contribuye al olor y al color
característicos del bálsamo rojo. La distinción entre rojo y blanco tiene así
una explicación bastante más concreta que una supuesta diferencia de
temperamento entre tigres. El fabricante atribuye a la incorporación del aceite
de casia la tonalidad de esta variedad y advierte de su capacidad para manchar
la ropa. La botánica aplicada también tiene consecuencias para la colada.
En la lista aparece además Cinnamal, el cinamaldehído, una de las moléculas responsables del aroma de la canela. Actúa sobre TRPA1, otro canal sensorial que responde a diversas sustancias irritantes. La cocina y el botiquín comparten más protagonistas de los que parece: algunas moléculas que hacen interesante una especia también pueden estimular terminaciones nerviosas. La experiencia depende de la dosis, la mezcla y el lugar de aplicación. Que una sustancia perfume un arroz con leche no significa que la piel la reciba siempre con entusiasmo.

Las plantas más significactivas que forman parte del bálsamo de tigre. 1, Cinnamomum camphora; 2, Mentha aquatica; 3, Melaleuca cajuputi; 4, Syzigium aromaticum; 5, Cinnamomum cassia.
El aceite de Eugenia caryophyllus aporta el clavo de olor. Bajo ese nombre figura el árbol conocido actualmente como Syzygium aromaticum, otra mirtácea. Los clavos de cocina son sus botones florales secos: pequeñas flores detenidas antes de abrirse y convertidas en especia. Su aceite es rico en eugenol, una sustancia de larga relación con la odontología. En experimentos se ha comprobado que el eugenol modifica la actividad de canales sensoriales, entre ellos TRPA1. Esa actividad ayuda a comprender su interés, pero no autoriza a imaginar que atraviesa la piel para anestesiar selectivamente un músculo sobrecargado.
La segunda mitad de la
etiqueta parece el reparto de una película química: limoneno, pineno,
terpineol, cariofileno, cumarina, carvona, eugenol, acetato de eugenilo y
varios nombres más. No debemos interpretar cada uno como una planta adicional
ni como una dosis terapéutica independiente. Los aceites esenciales son mezclas
complejas y parte de esas moléculas puede llegar formando parte de ellos. La
lista, por sí sola, no aclara cuáles se han añadido separadamente ni cuánto hay
de cada una. El salicilato de metilo también figura, pero sin porcentaje sería
aventurado atribuirle un papel analgésico importante. El BHT, por su parte, es
un antioxidante que ayuda a proteger la fórmula del deterioro: también los
aromas necesitan mantenimiento.
¿Alivia el bálsamo del
tigre? Puede proporcionar alivio temporal de dolores musculares leves, que es
precisamente el uso declarado para el ungüento rojo en su presentación
británica. La combinación tiene una explicación sensorial plausible, pero esta
etiqueta no aporta concentraciones ni permite repartir el mérito entre sus
componentes. Sentir calor tampoco demuestra que el músculo se haya calentado en
profundidad, que una inflamación esté desapareciendo o que un tendón se repare
más deprisa. Una tregua en las molestias puede ser útil sin convertirse por
ello en una reparación del tejido.
La misma química que
estimula la piel puede irritarla. Debe respetarse el etiquetado de la
presentación concreta, evitar ojos, mucosas y piel lesionada, y lavarse las
manos después de aplicarlo. Tampoco conviene añadir una manta eléctrica o
cubrir la zona con vendajes apretados para «potenciar» el efecto: se han
comunicado quemaduras con analgésicos tópicos de este tipo. Una sensación
moderada de calor o frescor forma parte de su funcionamiento; dolor intenso,
ampollas o irritación importante son motivos para suspenderlo. La antigüedad de
una receta no vuelve impermeable la epidermis.
Lo más interesante del tarro
acaba siendo su reunión de mundos. Una menta, árboles aromáticos de Asia,
botones florales que también sazonan guisos y una base de vaselina terminan
participando en nuestra relación con el dolor. Las plantas produjeron su química
durante una historia evolutiva en la que nuestras sobrecargas musculares no
figuraban entre las prioridades. Nosotros aprendimos a extraerla, formularla y
venderla en pequeños envases. El tigre, entretanto, ocupa la caja con una
expresión de autoridad impecable: lleva más de un siglo cobrando en prestigio
por un trabajo que hacen las moléculas.






