El 15 de febrero de 1989, el
general Borís Grómov cruzó a pie el puente de la Amistad sobre el Amu Daria,
que separaba Afganistán de la entonces república soviética de Uzbekistán. Era
el comandante del 40.º Ejército y, según la escenografía preparada para la
ocasión, el último soldado soviético que abandonaba Afganistán. Al otro lado lo
esperaba su hijo Maxim con un ramo de flores.
La escena era magnífica,
aunque tenía algo de teatro: Grómov había pasado la noche anterior en Termez,
ya en territorio soviético, y regresó de madrugada a Afganistán para
representar ante las cámaras su salida definitiva. Hasta las derrotas necesitan
una buena fotografía.
«No queda ni un solo soldado
soviético detrás de mí», declaró Grómov. Después de nueve años de guerra, unos
15 000 militares soviéticos muertos y una catástrofe incomparablemente mayor
para los afganos, Moscú regresaba a casa.
Treinta y dos años después,
el 30 de agosto de 2021, el mayor general estadounidense Chris Donahue subió a
un avión C-17 en el aeropuerto de Kabul. Una fotografía tomada con visión
nocturna lo convirtió en el último militar estadounidense que abandonaba Afganistán.
Esta vez no hubo puente, flores ni hijo esperando. Detrás quedaban veinte años
de guerra y, de nuevo, los islamistas.
Entre las dos imágenes cabe
buena parte de la historia moderna de Afganistán y una de las mayores paradojas
de la Guerra Fría: Estados Unidos contribuyó decisivamente a financiar y armar
la yihad que derrotó a los soviéticos. Décadas después tuvo que enviar a sus
propios soldados a combatir en el mismo país contra un movimiento islamista
nacido del mundo que aquella guerra había ayudado a crear.
Conviene hacer desde el
principio una precisión. Estados Unidos no armó a «los talibanes» para combatir
a los soviéticos. Los talibanes no existían entonces. Surgieron como
organización hacia 1994, cinco años después de la retirada soviética. Lo que
Washington financió fueron los muyahidines, un conjunto heterogéneo de
guerrillas afganas, muchas de ellas islamistas, que luchaban contra el gobierno
comunista de Kabul y contra el Ejército Rojo. La diferencia importa, aunque no
elimina la relación entre una cosa y otra.
La historia había comenzado
en abril de 1978, cuando el Partido Democrático Popular de Afganistán,
comunista y estrechamente relacionado con Moscú, tomó el poder mediante la
llamada Revolución de Saur. Afganistán era entonces uno de los países más
pobres y tradicionales del planeta. El nuevo régimen decidió transformarlo a
velocidad revolucionaria: reforma agraria, alfabetización, secularización,
educación femenina, modificación de las leyes matrimoniales y ataque a algunas
estructuras tribales y religiosas.
Varias de aquellas reformas
podían parecer razonables desde Kabul o Moscú. El problema fue intentar
imponerlas mediante decretos, purgas, detenciones y ejecuciones a una sociedad
rural que apenas reconocía la autoridad del Estado. La rebelión se extendió
rápidamente.
Para la Unión Soviética
aquello constituía un problema formidable. Afganistán compartía una larga
frontera con varias repúblicas soviéticas de población mayoritariamente
musulmana. Moscú veía cómo un régimen aliado se desmoronaba mientras sus
dirigentes comunistas se asesinaban entre ellos. En septiembre de 1979,
Hafizullah Amin desplazó y mandó matar al presidente Nur Muhammad Taraki. Los
soviéticos desconfiaban profundamente de Amin y temían perder el control de un
país situado en su frontera meridional.
Por eso invadieron
Afganistán en diciembre de 1979. No existen buenas pruebas de la explicación,
tan popular entonces, según la cual Moscú pretendía atravesar Afganistán para
alcanzar el océano Índico o apoderarse del petróleo del golfo Pérsico. Su objetivo
inmediato era bastante menos grandioso: evitar el hundimiento de un gobierno
comunista vecino y mantener Afganistán dentro de la órbita soviética.
La operación comenzó con
contundencia. Fuerzas especiales soviéticas asaltaron el palacio presidencial,
mataron a Amin e instalaron a Babrak Karmal. Moscú creyó que podría estabilizar
rápidamente la situación. Era uno de esos cálculos que parecen razonables
durante las primeras cuarenta y ocho horas de una guerra. Los soviéticos
descubrieron pronto el inconveniente fundamental de Afganistán: ocupar Kabul no
significa controlar Afganistán.
Los muyahidines dominaban
amplias zonas rurales, conocían las montañas, podían confundirse con la
población y disponían de una retaguardia casi imposible de eliminar al otro
lado de la frontera pakistaní. Además, la llegada del Ejército Rojo proporcionó
a una rebelión dispersa un argumento formidable. Ya no se luchaba solamente
contra unos comunistas afganos que querían cambiar las costumbres del país. Se
combatía contra extranjeros ateos que habían invadido una tierra musulmana.
Entonces apareció Estados
Unidos. Washington ya había autorizado antes de la invasión soviética una
modesta ayuda clandestina a los insurgentes. Después de diciembre de 1979,
aquella ayuda se transformó gradualmente en una de las mayores operaciones
encubiertas de la Guerra Fría: la Operación Cyclone de la CIA.
El mecanismo tenía una
peculiaridad que tendría enormes consecuencias. Los estadounidenses
proporcionaban dinero y armas, pero buena parte de su distribución quedaba en
manos de Pakistán y especialmente de su servicio de inteligencia, el ISI.
Arabia Saudí aportó también grandes cantidades de dinero. Pakistán favoreció
particularmente a determinadas organizaciones islamistas y la guerra comenzó a
adquirir cada vez más el carácter de una yihad internacional contra el
comunismo.
Llegaron miles de
voluntarios extranjeros. Entre ellos estaba un joven saudí extraordinariamente
rico llamado Osama Bin Laden. No hay pruebas sólidas de que la CIA financiara
directamente a Bin Laden, como tantas veces se ha repetido. No hacía falta.
Afganistán se había convertido en un gigantesco ecosistema internacional de
combatientes, predicadores, armas, dinero, madrasas y organizaciones islamistas
que tenían un enemigo común.
La estrategia estadounidense
era impecable desde el punto de vista de la Guerra Fría. Después de Vietnam,
Washington tenía la oportunidad de devolver el favor. Cada helicóptero
soviético derribado, cada convoy atacado y cada año adicional de guerra aumentaban
el precio que Moscú debía pagar por sostener a su aliado.
La entrega a los muyahidines
de misiles antiaéreos Stinger a partir de 1986 se convirtió en el
símbolo de aquella intervención. Los guerrilleros podían ahora amenazar
seriamente a helicópteros y aviones que hasta entonces habían disfrutado de una
gran superioridad. Pero los Stinger no ganaron por sí solos la guerra. El
problema soviético era más profundo.
El Ejército Rojo podía ganar
batallas, ocupar ciudades, destruir aldeas y controlar las principales
carreteras. Lo que no podía hacer era convertir esas victorias militares en un
Afganistán estable. Cada operación terminaba y los guerrilleros regresaban.
Pakistán seguía proporcionando refugio. Las bajas aumentaban. La guerra costaba
cada vez más y nadie podía explicar satisfactoriamente cómo terminarla.
Cuando Mijaíl Gorbachov
llegó al poder en 1985 heredó lo que él mismo acabaría describiendo como una
«herida sangrante». Decidió salir. La retirada comenzó en 1988 y terminó con el
general Grómov cruzando el Amu Daria en febrero de 1989.
Estados Unidos había ganado
aquella partida. Afganistán, no. El gobierno comunista de Mohammad Najibullah
consiguió resistir todavía tres años, pero se derrumbó en 1992, después de
desaparecer la Unión Soviética y con ella la ayuda que lo mantenía. Los
muyahidines entraron en Kabul y comenzaron inmediatamente a combatirse entre
ellos. Las distintas facciones bombardearon la capital, saquearon territorios y
dividieron el país entre señores de la guerra. La población que había soportado
la invasión soviética tuvo que soportar ahora a sus libertadores.
De aquel desastre surgieron
los talibanes. Aparecieron alrededor de Kandahar en 1994. Su nombre procede de talib,
estudiante, porque muchos de sus miembros habían pasado por madrasas islámicas,
especialmente en Pakistán. Prometían acabar con los señores de la guerra,
desarmar a los bandidos, hacer seguras las carreteras y restaurar el orden.
Después de tantos años de violencia, aquello bastó para conseguirles
inicialmente cierto apoyo.
Pakistán desempeñó un papel
decisivo en su ascenso. En apenas dos años los talibanes conquistaron gran
parte del país y en septiembre de 1996 entraron en Kabul. Entonces Afganistán
descubrió el precio de aquel orden.
Los talibanes establecieron
el Emirato Islámico y aplicaron una interpretación extremadamente rigorista de
la sharía. Las mujeres fueron expulsadas en gran medida del trabajo y de
la enseñanza, se impusieron estrictas normas de vestimenta y conducta, se prohibieron
numerosas formas de música y entretenimiento y los castigos corporales y las
ejecuciones públicas pasaron a formar parte del paisaje político. Afganistán se
convirtió además en refugio de Al Qaeda y de Osama Bin Laden.
Después llegaron el 11 de
septiembre de 2001, la invasión estadounidense, la caída del primer Emirato
talibán y veinte años de otra guerra que tampoco consiguió construir un Estado
afgano capaz de sostenerse por sí mismo. En agosto de 2021 los talibanes
regresaron a Kabul.
La historia no describe un
círculo perfecto. Estados Unidos no creó a los talibanes ni les entregó
directamente los Stinger con los que se combatió a los soviéticos. Pero
tampoco puede borrarse la genealogía. Para derrotar a su adversario durante la
Guerra Fría, Washington, junto con Pakistán y Arabia Saudí, financió y armó
masivamente una insurgencia en la que el islamismo radical desempeñaba un papel
fundamental. Cuando los soviéticos se marcharon, el interés occidental por
Afganistán se evaporó mucho más rápidamente que las armas, los combatientes y
las redes creadas durante la guerra.
El 15 de febrero de 1989,
Grómov cruzó el puente convencido de que dejaba atrás una guerra perdida. El 30
de agosto de 2021, Donahue subió al último avión estadounidense dejando
Afganistán en manos de los talibanes. Entre ambos transcurrieron treinta y dos
años. Cambiaron las superpotencias, los uniformes y las razones declaradas para
combatir. Afganistán permaneció allí, esperando al siguiente imperio convencido
de que esta vez sería diferente.
