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jueves, 25 de junio de 2026

BIODIVERSIDAD: CÓMO FABRICAR UN BOSQUE… Y PERDER LA NATURALEZA

 

Hay una curiosa tendencia humana a creer que la naturaleza es como una habitación desordenada: basta con colocar las cosas en filas rectas para que todo funcione mejor. Si un valle tiene árboles, pensamos que más árboles solo pueden ser una buena noticia. Si una montaña parece desnuda, la llenamos de verde. Y si ese verde, además, crece deprisa, produce buena madera y luce estupendamente en las fotografías aéreas, tanto mejor. Resulta difícil imaginar una idea más razonable. También resulta difícil imaginar una idea que haya producido tantos errores.

El gran ecólogo Aldo Leopold escribió en 1949 una frase que todavía hoy debería aparecer grabada a la entrada de todos los ministerios de medio ambiente del planeta: «Mantener cada pieza es la primera regla de la inteligencia ecológica». Lo extraordinario es que escribió aquello mucho antes de que existieran las herramientas para demostrarlo. Leopold intuía que la naturaleza era más parecida a un reloj suizo que a un almacén de piezas intercambiables. Uno puede quitar un pequeño engranaje y el reloj quizá siga funcionando durante un tiempo. El problema llega mucho después.

Algo así ocurrió en los Alpes italianos. En los años treinta, el régimen de Benito Mussolini decidió emprender una de aquellas grandes obras que tanto gustaban a los gobiernos convencidos de que la naturaleza necesita disciplina. Muchas laderas alpinas sufrían erosión y desprendimientos, así que la solución parecía evidente: plantar árboles. Millones de árboles.

La especie elegida fue la pícea noruega (Picea abies), una conífera elegante, de crecimiento rápido y madera excelente. Era el candidato perfecto para quien contemple un bosque con la misma mirada con la que un contable contempla una hoja Excel. En pocas décadas, praderas alpinas y bosques autóctonos fueron sustituidos por extensas plantaciones de abetos alineados con la precisión de un desfile militar. Desde la distancia, el resultado parecía magnífico. Las montañas se habían vuelto verdes. ¿Qué podía salir mal?

La respuesta ha tardado casi un siglo en llegar. Lo ha hecho en un artículo publicado en la revista Ecology. Un equipo dirigido por el ecólogo Gianalberto Losapio decidió estudiar dos zonas próximas al lago de Como donde aquellas plantaciones todavía dominan el paisaje. Compararon tres mundos vecinos: los bosques artificiales de pícea, los bosques caducifolios originales y los antiguos pastizales alpinos. Durante meses identificaron plantas, insectos y las propiedades del suelo, convencidos de que, después de noventa años, el bosque habría alcanzado algún tipo de equilibrio.

Encontraron exactamente lo contrario. En las parcelas ocupadas por las píceas aparecían, por término medio, apenas siete especies de plantas. En los bosques naturales había casi diecinueve. En las praderas alpinas, treinta y siete. Es decir, la diversidad vegetal se había reducido a menos de la mitad respecto al bosque original y a una cuarta parte de la que existía en los pastizales subalpinos.

Lo más llamativo es que, visto desde fuera, nadie habría sospechado nada. El bosque seguía siendo verde. Alto. Frondoso. Incluso hermoso. Era un poco como esos decorados del Oeste construidos en Hollywood: fachadas impecables que esconden edificios sin habitaciones detrás.

El problema es que plantar millones de ejemplares de una sola especie no equivale a reconstruir un bosque. Equivale a fabricar una plantación. La diferencia parece semántica, pero es enorme. Un bosque es una comunidad extraordinariamente complicada donde miles de especies llevan millones de años negociando quién vive junto a quién, quién florece primero, quién aprovecha la sombra, quién recicla las hojas caídas y quién alimenta a quién. Cuando todo eso se sustituye por una única especie repetida hasta el horizonte, la naturaleza pierde complejidad del mismo modo que una biblioteca perdería interés si todos sus libros fueran idénticos.

La propia biología de la pícea agravó el problema. Mientras hayas, arces o castaños dejan caer sus hojas durante el invierno y permiten que el sol alcance el suelo justo cuando muchas plantas alpinas necesitan florecer, la pícea conserva sus agujas todo el año. Bajo su copa apenas entra luz. No se trata de una competición justa entre especies. Es una prohibición permanente. Muchas plantas sencillamente dejan de existir porque nunca reciben la breve primavera luminosa para la que evolucionaron.

Tampoco el suelo escapó a la transformación. Durante décadas, las agujas acumuladas fueron acidificándolo lentamente. Los investigadores encontraron más carbono orgánico, lo que podría parecer una buena noticia, salvo porque ese carbono permanecía allí precisamente porque los microorganismos trabajaban cada vez menos. La materia orgánica se descomponía con lentitud, el reciclaje de nutrientes se ralentizaba y el bosque empezaba a comportarse como una ciudad donde los camiones de la basura hubieran dejado de pasar. Los residuos se acumulan, pero nadie diría que eso mejora el funcionamiento de la ciudad.

Los científicos analizaron además algo mucho más difícil de apreciar que el simple número de especies: las funciones ecológicas. No basta con contar habitantes; importa saber qué hace cada uno. En las plantaciones descubrieron que muchos de esos oficios habían desaparecido. Había menos especialistas, menos redundancia y menos capacidad para responder a enfermedades, sequías o plagas. El bosque seguía allí, sí, pero funcionaba peor.

Quizá el descubrimiento más sorprendente fue comprobar que, después de noventa años, la naturaleza ni siquiera había conseguido inventar un ecosistema nuevo. Nadie esperaba encontrar exactamente el bosque original, pero al menos cabía imaginar una comunidad diferente, adaptada a las nuevas condiciones. No ocurrió. No aparecieron especies propias de los bosques boreales ni surgió un equilibrio alternativo. Lo único que encontraron fue una versión empobrecida del antiguo bosque: las mismas especies de siempre, solo que muchas menos.

Los insectos del suelo parecían resistir algo mejor, probablemente porque pueden desplazarse con relativa facilidad entre hábitats cercanos. Sin embargo, incluso allí las alteraciones químicas del suelo sugerían que buena parte de la vida microscópica llevaba décadas cambiando silenciosamente. Todo esto podría parecer un episodio curioso de la historia forestal italiana si no fuera porque el mundo entero continúa haciendo exactamente lo mismo.

Hoy numerosos programas internacionales de reforestación miden su éxito por el número de árboles plantados. Es un indicador sencillo, barato y muy fotogénico. Los gobiernos anuncian millones de nuevos árboles, las empresas presumen de compensar emisiones y todos parecen satisfechos. El problema es que plantar árboles no siempre significa recuperar un bosque. Según diversos estudios, aproximadamente la mitad de las grandes superficies comprometidas para restauración forestal en el mundo consisten en monocultivos, muchas veces de especies ajenas al lugar.

Los Alpes italianos recuerdan que los errores ecológicos tienen una desagradable costumbre: tardan décadas en hacerse visibles. Durante noventa años aquellos bosques parecieron un éxito. Solo ahora sabemos que bajo aquella alfombra verde la biodiversidad se había ido evaporando lentamente, especie tras especie, generación tras generación.

Leopold tenía razón. La naturaleza no funciona porque haya muchos árboles. Funciona porque cada pieza, incluso la más pequeña y aparentemente insignificante, sigue ocupando el lugar que tardó millones de años en encontrar. Y descubrir que falta una pieza suele ocurrir cuando ya es demasiado tarde para volver a colocarla.

LAS TRES MANTAS DEL CEREBRO

 

Hay personas que salen de casa con casco para montar en bicicleta. Otras se ponen sombrero para protegerse del sol. Y luego está el cerebro, que decidió hace cientos de millones de años que ninguna de esas medidas era suficiente. El órgano más complicado que conocemos —unos 86 000 millones de neuronas, cientos de billones de conexiones y un consumo energético equivalente al de una bombilla de veinte vatios— vive encerrado dentro de una fortaleza de hueso y, por si acaso, envuelto en tres delicadas membranas. Es como guardar el violín Stradivarius más valioso del mundo dentro de una caja fuerte, meter la caja fuerte en una caja acolchada y, finalmente, envolverlo todo en plástico de burbujas.

La ilustración muestra ese sistema defensivo con un detalle arquitectónico. Vista en sección, la cabeza parece una sofisticada lasaña biológica en la que cada capa cumple una misión muy concreta. No sobra ninguna. Si quitáramos cualquiera de ellas, descubriríamos enseguida que la evolución no era tan derrochadora como a veces parece.

La primera línea de defensa es el cráneo, una obra maestra de ingeniería que solemos dar por sentada. Cuando uno toca su propia cabeza, tiene la sensación de estar palpando una sola pieza de hueso. En realidad, el cráneo es un rompecabezas formado por más de veinte huesos unidos mediante suturas, unas juntas dentadas tan precisas que recuerdan las ensambladuras de un carpintero japonés. En los recién nacidos esas uniones todavía permanecen abiertas; son las famosas fontanelas, esas zonas blandas que aterrorizan a los padres primerizos y permiten que la cabeza pueda deformarse ligeramente durante el parto. Con el tiempo las piezas se sueldan y forman una caja extraordinariamente resistente y, al mismo tiempo, sorprendentemente ligera gracias a su estructura esponjosa interna.

Sin embargo, incluso el mejor casco tiene sus límites. El cerebro no está pegado al hueso como un cuadro a una pared. Necesita cierto margen para respirar, recibir sangre y soportar pequeños movimientos sin golpearse constantemente contra el interior del cráneo. Ahí entra en escena la segunda protagonista de nuestra historia: la duramadre.

Si el nombre parece salido de una novela de fantasía medieval, no es casualidad. Dura mater significa literalmente "madre dura", un término heredado de los anatomistas medievales que, curiosamente, tradujeron una expresión árabe. Y el nombre le hace justicia. Es una membrana gruesa, resistente y sorprendentemente fuerte. Si el cerebro fuera un ordenador portátil, la duramadre sería esa funda rígida que uno compra después de haber pagado una fortuna por el aparato.

Pero la duramadre no se limita a envolver. También construye. Sus pliegues forman auténticos tabiques interiores que mantienen el cerebro en su sitio cuando corremos, saltamos o hacemos algo tan cotidiano como agachar la cabeza para atarnos los zapatos. Además, alberga los grandes senos venosos, enormes canales por los que regresa hacia el corazón la sangre que ha alimentado al encéfalo. Es decir, además de guardaespaldas, hace de ingeniera civil.

Después llega probablemente la más elegante de las tres membranas: la aracnoides. Su nombre procede del griego aráchne, araña, porque bajo el microscopio presenta una red de finísimas trabéculas que recuerdan a una tela de araña. No es una comparación poética, pero sí extraordinariamente precisa.

Lo realmente fascinante de esta capa no es la membrana en sí, sino el espacio que deja por debajo. Ese hueco, llamado espacio subaracnoideo, está lleno de líquido cefalorraquídeo. Este líquido transparente constituye una de las ideas más brillantes que ha tenido la evolución. El cerebro pesa alrededor de kilo y medio cuando lo sostenemos en la mano, pero flotando dentro de ese líquido su peso efectivo se reduce a apenas unos cincuenta gramos. Es un extraordinario ejemplo de flotación biológica.

Resulta difícil exagerar la importancia de este detalle. Sin ese baño permanente, el propio peso del cerebro aplastaría lentamente las regiones inferiores contra la base del cráneo. En cierto sentido, todos llevamos nuestro cerebro suspendido en una pequeña piscina privada.

El líquido cefalorraquídeo tampoco permanece quieto. Se produce continuamente en unos diminutos plexos dentro de los ventrículos cerebrales, circula alrededor del cerebro y de la médula espinal, recoge productos de desecho, amortigua impactos y finalmente vuelve al torrente sanguíneo. Es un servicio de mantenimiento las veinticuatro horas del día. Mientras usted lee estas líneas, su organismo está fabricando aproximadamente medio litro de este líquido, aunque nunca llega a acumular tanto porque se renueva constantemente.

La última capa, pegada íntimamente al cerebro, recibe el delicado nombre de piamadre. Si la duramadre es una armadura y la aracnoides una hamaca suspendida sobre agua, la piamadre sería una sábana finísima perfectamente ajustada al colchón.

Esta membrana sigue con una fidelidad casi obsesiva todos los pliegues, surcos y circunvoluciones de la corteza cerebral. Allí donde el cerebro se hunde, ella se hunde; donde asciende, asciende con él. No deja un solo milímetro sin cubrir. Además, acompaña a las arterias y venas que penetran en el tejido nervioso, formando una especie de delicado embalaje para los vasos sanguíneos que alimentan las neuronas.

Lo curioso es que, durante siglos, los anatomistas conocían perfectamente la existencia de estas tres capas, pero apenas tenían idea de para qué servían exactamente. Era como descubrir el complejo sistema de tuberías de un rascacielos sin comprender todavía cómo funciona el agua corriente. Sólo en las últimas décadas hemos empezado a entender hasta qué punto participan en la inmunidad cerebral, en la circulación del líquido cefalorraquídeo e incluso en la eliminación nocturna de sustancias potencialmente tóxicas mediante el llamado sistema glinfático.

Y aquí aparece una de esas paradojas que tanto gustan a la biología. Solemos imaginar el cerebro como un órgano completamente aislado del resto del cuerpo, protegido por la famosa barrera hematoencefálica. Sin embargo, esas membranas son también lugares de intenso tráfico biológico. Células inmunitarias, vasos linfáticos descubiertos hace apenas unos años y complejos sistemas de drenaje trabajan continuamente en una actividad frenética que hasta hace muy poco permanecía oculta.

Todo ello para proteger un órgano extraordinariamente frágil. El cerebro tiene aproximadamente la consistencia de un flan muy blando. Si pudiéramos sostenerlo desnudo entre las manos, descubriríamos que se deforma con una facilidad inquietante. Resulta casi milagroso que una estructura tan delicada sea capaz de sobrevivir durante décadas soportando carreras, caídas, estornudos violentos, montañas rusas y, en algunos casos, partidos de rugby.

Quizá esa sea la enseñanza más interesante de esta aparentemente sencilla ilustración. Cuando pensamos en inteligencia solemos imaginar neuronas disparando impulsos eléctricos, recuerdos almacenados o ideas brillantes. Pero nada de eso existiría sin estas humildes capas protectoras que rara vez aparecen en los libros de divulgación.

La evolución comprendió algo mucho antes que nosotros: crear una máquina prodigiosa es solo la mitad del trabajo. La otra mitad consiste en envolverla con suficiente cuidado para que llegue intacta al día siguiente. Y pocas máquinas han sido embaladas con tanta elegancia como el cerebro humano.

CRITICAR A LOS JUECES RESULTA IMPRESCINDIBLE PARA UNA DEMOCRACIA

 

Cuentan que en una ocasión durante los años difíciles de la Transición el entonces presidente Adolfo Suárez dijo: «Se han quedado fuera del sistema». Cuando le preguntaron a quiénes se refería, respondió: «Los jueces y los periodistas se han quedado fuera del sistema, no admiten la crítica».

Con esta cita, José María Calero, abogado y fiscal en excedencia, cierra el argumento de su artículo Criticar a los jueces, que constituye una defensa del derecho de los ciudadanos a criticar las resoluciones judiciales y, al mismo tiempo, una reflexión sobre los límites del papel institucional de los jueces cuando hablan como colectivo.

La idea central del artículo es que afirmar que una resolución judicial es errónea, absurda o incluso un disparate forma parte del ejercicio legítimo de la libertad de expresión. Criticar una sentencia no supone atacar el Estado de derecho; al contrario, constituye uno de los mecanismos de control democrático sobre el poder.

Una parte importante del artículo se dedica a distinguir entre el poder judicial como función del Estado y los jueces considerados colectivamente. El autor sostiene que el poder público debe estar sometido a crítica constante y que el poder judicial no puede ser una excepción. Los jueces no constituyen un «poder» como colectivo.

Cada juez ejerce jurisdicción únicamente en los asuntos que le corresponden. Un juez individual puede adoptar decisiones jurisdiccionales de enorme trascendencia, pero «los jueces», como colectivo, no dictan sentencias ni ejercen poder jurisdiccional conjunto.

El poder judicial es un poder difuso y distribuido, no un órgano unitario como el Gobierno o el Parlamento. Por ello considera incorrecto que asociaciones judiciales o portavoces hablen como si representaran un supuesto poder colectivo comparable al Ejecutivo o al Legislativo.

El autor afirma que la crítica a las decisiones judiciales comienza dentro del propio sistema mediante los recursos ante tribunales superiores, pero no termina ahí. Sostiene que también existe una crítica pública externa, ejercida por ciudadanos, periodistas, abogados o académicos, que resulta imprescindible para una democracia.

Incluso cuando esa crítica resulte dura, áspera o utilice expresiones muy contundentes, forma parte de la libertad de expresión siempre que no constituya otros delitos (como injurias en determinadas circunstancias). La formación de una opinión pública libre requiere precisamente que puedan discutirse las resoluciones judiciales.

Decir que una resolución judicial es un disparate no infringe ninguna ley, es ejercer la libertad de expresión. El autor explica que cuando un ciudadano califica una sentencia de «disparate» no está incumpliendo la ley por el mero hecho de expresar ese juicio de valor. Para Calero, ese tipo de opiniones contribuyen al control democrático del ejercicio del poder.

El artículo también subraya que los jueces, como ciudadanos, no pierden su libertad de expresión. Pueden manifestar sus opiniones, incluso participar en tertulias o intervenir públicamente, aunque el ejercicio de esa libertad debe ser compatible con las obligaciones derivadas de su cargo.

No obstante, el autor distingue claramente entre un juez que opina como ciudadano y un juez que pretende hablar en nombre del conjunto de la judicatura. En este último caso considera que aparece un problema institucional. Por eso, una parte relevante del artículo cuestiona la actuación de determinadas asociaciones profesionales de jueces.

Las asociaciones nacieron para defender condiciones laborales y profesionales, pero algunas han terminado actuando como si representaran institucionalmente al poder judicial, lo que conduce a una especie de «poder judicial colectivo» que carece de legitimidad constitucional. Añade además que esas asociaciones han prestado poca atención a los problemas materiales de la carrera judicial mientras incrementaban su protagonismo en debates políticos.

Calero critica también una idea muy extendida según la cual cualquier crítica intensa a los jueces debilita automáticamente la confianza de los ciudadanos en la Justicia. Recuerda que durante décadas el Consejo General del Poder Judicial reaccionaba frente a críticas públicas invocando precisamente esa necesidad de preservar la confianza.

Frente a ello Calero sostiene que la confianza en las instituciones no se protege limitando el debate, sino que se fortalece permitiendo una crítica libre y abierta. Porque el auténtico riesgo para la credibilidad de la Justicia no es la existencia de críticas, sino impedir que puedan formularse.

Calero cierra su argumento subrayando que ninguna institución democrática debería situarse al margen de la crítica pública. La legitimidad del poder judicial no exige inmunidad frente al debate ciudadano, sino precisamente lo contrario: aceptar que sus decisiones puedan ser discutidas con libertad, incluso de forma muy severa, como ocurre con cualquier otro poder público.

TERREMOTOS DE VENEZUELA: POR QUÉ LA GUAIRA ESTABA EN EL PEOR LUGAR POSIBLE

Mapa geomorfológico costa afuera y de fallas activas en el margen norte de Venezuela. La línea azul punteada corresponde a cañones submarinos. La ruptura de grandes sismos está representada por la línea gruesa para los megaterremotos de 1812 y 1900; la línea punteada corresponde a la ruptura del sismo de 1967. Fuente: Colón-Useche et al. (2021).

Hay terremotos que sorprenden por su magnitud y otros que lo hacen por el lugar donde ocurren. Los recientes seísmos que sacudieron el litoral central de Venezuela pertenecen claramente a la segunda categoría. Aunque las magnitudes registradas —7,2 y 7,5 en un intervalo de apenas unos segundos— fueron muy elevadas, la explicación de la devastación sufrida por La Guaira no reside únicamente en esos números. La clave está bajo el mar, en una estructura geológica poco conocida por el gran público: la falla de San Sebastián.

Paradójicamente, una de las ciudades más castigadas se encuentra prácticamente sobre el límite entre dos placas tectónicas, aunque ese límite apenas sea visible porque discurre bajo las aguas del mar Caribe.

Un país situado entre dos placas

La mayor parte de los grandes terremotos que ocupan las portadas de los periódicos tienen lugar en zonas de subducción, donde una placa oceánica se hunde lentamente bajo otra continental. Chile, Perú, Japón o Indonesia son ejemplos clásicos de este tipo de tectónica.

Venezuela, sin embargo, presenta una situación muy distinta. La región septentrional del país marca el contacto entre la placa Sudamericana y la placa del Caribe. Ambas no convergen frontalmente, sino que se deslizan lateralmente una respecto de la otra. El movimiento relativo es de aproximadamente dos centímetros al año, una velocidad comparable al crecimiento de una uña.

Puede parecer insignificante, pero esa deformación se acumula durante décadas o siglos. Las rocas permanecen bloqueadas hasta que la tensión supera su resistencia mecánica. Entonces se produce la ruptura y la energía acumulada se libera en cuestión de segundos en forma de terremoto.

Geodinámica actual del margen norte de Venezuela a lo largo del límite de placas Caribe y Suramérica. La primera placa muestra un desplazamiento lateral derecho respecto a Suramérica. En el rectángulo rojo se encierra la falla de San Sebastián (FSS). El resto de las siglas corresponde a diferentes provincias tectónicas, a fallas activas cuando empiezan por “F” y a los golfos de Cariaco (GC) i de Paria (GP). Fuente: Colón-Useche et al. (2021).

La gran cicatriz del litoral venezolano

La principal responsable de ese movimiento es la falla de San Sebastián. Se trata de una enorme fractura de la corteza terrestre que se extiende de oeste a este paralela a la costa venezolana, como parte del sistema tectónico Boconó-San Sebastián-El Pilar. A diferencia de otras grandes fallas continentales, buena parte de su recorrido discurre bajo el mar Caribe, muy próxima al litoral.

Vista sobre un mapa, la falla corre prácticamente frente a ciudades como Choroní, Puerto Cabello, La Guaira, Maiquetía y Cabo Codera antes de continuar hacia el este. Eso significa que algunos de los núcleos urbanos más poblados del país se encuentran extremadamente cerca de una de las estructuras sísmicas más activas del norte de Sudamérica.

Una falla semejante a la de San Andrés

La falla de San Sebastián pertenece al tipo denominado falla de deslizamiento horizontal o strike-slip. En este tipo de fallas no existe un hundimiento significativo de una placa bajo otra. Ambas masas rocosas simplemente se desplazan lateralmente. El ejemplo más conocido es la falla de San Andrés, en California.

En términos muy simplificados, puede imaginarse como dos enormes bloques de roca que permanecen trabados durante años mientras intentan deslizarse en sentidos opuestos. Cuando el rozamiento deja de ser suficiente para mantenerlos inmóviles, ambos bloques se desplazan bruscamente unos metros y generan un terremoto. Ese mecanismo explica por qué los terremotos asociados a estas fallas suelen producir intensas sacudidas locales, aunque rara vez alcanzan las magnitudes extremas características de las zonas de subducción.

La Guaira: una ciudad sobre el límite entre placas

Uno de los aspectos más llamativos del reciente terremoto es la distribución de los daños. La Guaira concentró una parte muy importante de los edificios colapsados y de las víctimas. La explicación no requiere recurrir a ninguna circunstancia excepcional: la ciudad estaba prácticamente encima del segmento de falla que rompió.

La intensidad de un terremoto depende no solo de su magnitud, sino también de la distancia al plano de ruptura. Cuando el epicentro se encuentra muy próximo a una población y el foco es superficial, las aceleraciones del terreno pueden alcanzar valores extraordinariamente elevados. En esos casos los edificios reciben las ondas sísmicas con muy poca atenuación. Es exactamente la situación que parece haberse producido en este episodio.

Un terremoto extraordinariamente superficial

Los estudios preliminares indican que la ruptura tuvo lugar a una profundidad de apenas unos diez kilómetros. En términos geológicos, eso significa prácticamente la superficie. Los terremotos profundos liberan su energía tras recorrer decenas o centenares de kilómetros de roca, lo que amortigua parcialmente las vibraciones. En cambio, cuando el foco se sitúa a tan poca profundidad, la energía alcanza las ciudades próximas casi sin perder intensidad.

Esta circunstancia ayuda a comprender por qué una falla de deslizamiento horizontal pudo causar una destrucción tan considerable.

El fenómeno más inusual: un doblete sísmico

Sin embargo, existe otro elemento que convierte este episodio en especialmente interesante desde el punto de vista científico. Los dos terremotos principales ocurrieron separados por apenas treinta y nueve segundos. No se trató del patrón habitual de terremoto principal seguido de una réplica, sino de lo que los sismólogos denominan un doblete sísmico: dos rupturas de gran magnitud que se producen casi consecutivamente.

La diferencia puede parecer académica, pero sus consecuencias son importantes. El primer terremoto debilita las estructuras, genera grietas y modifica el equilibrio de numerosos edificios. Antes de que estos hayan terminado siquiera de oscilar, llega una segunda sacudida todavía más intensa que encuentra las construcciones ya parcialmente dañadas. Ese mecanismo multiplica el riesgo de colapso.

Los dobletes sísmicos son relativamente raros y constituyen uno de los aspectos que más interés científico han despertado tras este episodio.

¿Habría sido peor si hubiese existido subducción?

La pregunta surge de forma natural. Si la falla de San Sebastián hubiese sido una zona de subducción semejante a la costa chilena, probablemente el potencial destructivo habría sido aún mayor. Las zonas de subducción pueden producir terremotos de magnitud superior a 9, capaces de romper cientos de kilómetros de fondo oceánico y generar tsunamis devastadores.

En una falla de deslizamiento horizontal ese riesgo disminuye considerablemente porque apenas existe desplazamiento vertical del fondo marino. Eso no significa que estos terremotos sean benignos. Las aceleraciones del terreno pueden ser extremadamente violentas, especialmente cerca de la ruptura, pero sus efectos suelen concentrarse en un área más limitada y raramente originan grandes tsunamis.

En cierto sentido, la naturaleza de la falla evitó una catástrofe potencialmente todavía mayor. Una amenaza conocida desde hace siglos. La falla de San Sebastián no es una estructura recién descubierta. Forma parte del paisaje geológico venezolano desde hace millones de años y ha generado algunos de los terremotos más importantes de la historia del país.

Entre ellos destaca el gran terremoto de 1812, que devastó Caracas durante la guerra de Independencia y causó decenas de miles de víctimas. Diversos estudios modernos consideran que la ruptura de un segmento de la falla de San Sebastián desempeñó un papel fundamental en aquel desastre. También el terremoto de San Narciso, ocurrido en 1900, se atribuye actualmente a esta misma estructura.

Estos antecedentes muestran que la falla libera periódicamente la tensión acumulada entre las placas del Caribe y Sudamérica.

Una lección geológica

Los terremotos recuerdan que la superficie terrestre está lejos de ser estática. Mientras las ciudades crecen, las carreteras se multiplican y los puertos amplían sus instalaciones, las placas tectónicas continúan desplazándose con una lentitud imperceptible. Ese movimiento no puede detenerse. Lo único que puede modificarse es la vulnerabilidad de las construcciones.

La ingeniería sísmica moderna ha demostrado que edificios correctamente diseñados pueden resistir aceleraciones muy superiores a las que destruyen estructuras antiguas o deficientemente construidas. Por ello, la magnitud de un terremoto nunca determina por sí sola el número de víctimas.

En el caso de La Guaira confluyeron varios factores excepcionalmente desfavorables: una ciudad situada prácticamente sobre una gran falla activa, una ruptura muy superficial, un doblete sísmico poco frecuente y un parque edificatorio de resistencia desigual. La geología explica el origen del fenómeno; la ingeniería y la planificación urbana determinan, en gran medida, sus consecuencias.

Quizá esa sea la principal enseñanza que deja este terremoto. Las grandes fallas pueden permanecer silenciosas durante décadas e incluso siglos, dando la impresión de que el peligro ha desaparecido. En realidad, ocurre exactamente lo contrario: durante ese largo silencio la energía continúa acumulándose lentamente bajo nuestros pies. Cuando finalmente se libera, lo hace en unos pocos segundos capaces de cambiar para siempre el paisaje de una ciudad.

lunes, 22 de junio de 2026

EL EXTRAÑO CASO DE LOS MATORRALES QUE ECHABAN DE MENOS EL FUEGO (O DE CÓMO LA PIRODIVERSIDAD FAVORECE LA BIODIVERSIDAD)

 

Cuando un incendio forestal aparece en televisión, las imágenes suelen ser siempre las mismas. Llamas de decenas de metros de altura. Helicópteros descargando agua. Vecinos observando con angustia cómo el humo devora el horizonte. Y después, inevitablemente, la imagen final: un paisaje negro y silencioso que parece el decorado de una película postapocalíptica.

Es difícil contemplar una escena así y no concluir que el fuego es uno de los grandes enemigos de la naturaleza. Sin embargo, la naturaleza mediterránea lleva millones de años sin compartir del todo esa opinión.

El verano de 2025 fue especialmente duro en la península ibérica. Más de 650 000 hectáreas resultaron afectadas por incendios forestales. Muchos de ellos fueron tan extensos e intensos que recibieron el calificativo de megaincendios, una palabra que suena más propia de una película de catástrofes que de un informe científico. Las olas de calor asociadas al cambio climático (al menos en lo que refiere a su frecuencia) favorecieron una temporada particularmente agresiva y reforzaron una idea muy extendida: que el fuego destruye inevitablemente la biodiversidad.

Pero la ecología rara vez es tan sencilla. Gran parte de los ecosistemas mediterráneos pertenecen a una categoría sorprendente: son ecosistemas pirófilos. La palabra significa literalmente “amigos del fuego”. No solo toleran los incendios, en cierto modo los necesitan.

Durante millones de años los incendios recurrentes moldearon el paisaje. Muchas plantas desarrollaron mecanismos extraordinarios para sobrevivir a ellos. Algunas almacenan semillas capaces de resistir temperaturas extremas. Otras rebrotan desde raíces o cepas aparentemente muertas. Hay especies cuyos ciclos vitales dependen directamente de los espacios abiertos creados por las llamas. Incluso numerosos animales encuentran oportunidades en los paisajes recién quemados.

Por supuesto, esto no significa que cualquier incendio sea beneficioso. La frecuencia, la intensidad, la extensión y la época del año importan mucho. Un pequeño incendio cada varias décadas no tiene los mismos efectos que un megaincendio de miles de hectáreas impulsado por temperaturas extremas y vientos violentos.

Ahora hay que plantear una pregunta que rara vez ocupa titulares: ¿qué es exactamente lo que se está quemando? Cuando los medios hablan de incendios suelen mencionar las causas de ignición —una negligencia, un rayo o una acción intencionada— y las condiciones meteorológicas. Pero pocas veces se presta atención al combustible.

Y en un incendio, el combustible lo es todo. No todas las formaciones vegetales arden igual. Algunas generan fuegos relativamente moderados y otras se comportan como si estuvieran diseñadas para alimentar un lanzallamas gigante.

Un reciente estudio dirigido por Fernando Ojeda, catedrático de Botánica de la Universidad de Cádiz, ha puesto el foco en una transformación paisajística que comenzó hace décadas y cuyos efectos siguen presentes hoy: la sustitución masiva de brezales y matorrales mediterráneos por plantaciones de pino resinero (Pinus pinaster).

La historia comienza con una idea aparentemente razonable. A mediados del siglo XX, amplias extensiones de matorral del oeste peninsular eran consideradas terrenos degradados. Carecían de árboles, producían poca madera y crecían sobre suelos pobres. Para muchos gestores forestales de la época, aquellos paisajes parecían terrenos baldíos que necesitaban ser mejorados.

Y así comenzó una gigantesca campaña de forestación. Miles de hectáreas de brezales fueron cubiertas con pinos y eucaliptos. Entre las coníferas, el gran protagonista fue el pino resinero. La elección parecía impecable. Era una especie autóctona, crecía deprisa y prometía beneficios económicos gracias a la producción de madera y resina.

Lo que pocos previeron fue que aquellas plantaciones terminarían convirtiéndose en uno de los combustibles más eficaces para alimentar los incendios del futuro. La paradoja es fascinante. El pino resinero es una especie nativa. Sin embargo, décadas de selección artificial orientada a maximizar su crecimiento y productividad han producido árboles extraordinariamente eficientes para colonizar el territorio. Tan eficientes que, en algunos lugares, se comportan casi como una especie invasora.

Brezales mixtos de Calluna vulgaris en Campoo, Cantabria.

Mientras tanto, los antiguos brezales —conocidos en Andalucía occidental como herrizas— seguían siendo incomprendidos. A primera vista no impresionan demasiado. Son extensiones de brezos, jaras y aulagas que cubren sierras y crestas desde Galicia hasta el Estrecho de Gibraltar. Carecen del prestigio estético de un bosque maduro. No inspiran calendarios de naturaleza ni campañas turísticas.

Pero albergan una biodiversidad extraordinaria y poseen una cualidad aún más notable: una enorme resiliencia frente al fuego. Cuando una herriza arde, la mayoría de sus especies están preparadas para recuperarse. Sus semillas sobreviven. Sus raíces rebrotan. Sus poblaciones vuelven a ocupar el terreno. En una o dos décadas, el ecosistema puede recuperar buena parte de su estructura original.

Los pinares artificiales funcionan de otra manera. Acumulan grandes cantidades de biomasa combustible en troncos, ramas y copas. Cuando arden, la intensidad del fuego puede alcanzar niveles tan altos que el suelo se calienta hasta destruir semillas, raíces y microorganismos. El incendio deja de ser una perturbación ecológica natural y se convierte en un episodio capaz de comprometer la recuperación del ecosistema.

Y la historia no termina ahí. Después del fuego, el pino resinero suele reaparecer con sorprendente rapidez. Miles de plántulas colonizan el terreno quemado e incluso invaden áreas vecinas de brezal o bosque. Es una especie que parece haber aprendido a aprovechar las catástrofes que ella misma contribuye a intensificar.

Todo esto conduce a una conclusión incómoda. Quizá hemos pasado demasiado tiempo pensando que cualquier paisaje sin árboles es un paisaje degradado. La cultura occidental siente una evidente debilidad por los bosques. Los árboles nos parecen nobles. Los matorrales, en cambio, suelen recibir calificativos poco amables: monte bajo, maleza o incluso monte sucio.

La ecología moderna está demostrando que esa visión resulta engañosa. Muchos matorrales mediterráneos son auténticos refugios de biodiversidad. No son etapas provisionales que esperan convertirse en bosque. Son ecosistemas completos, funcionales y adaptados a convivir con el fuego desde mucho antes de que aparecieran los primeros ingenieros forestales.

Los ecólogos utilizan un concepto particularmente hermoso para describir esta realidad: pirodiversidad. Un paisaje donde algunas zonas ardieron hace dos años, otras hace diez y otras llevan décadas sin incendiarse contiene una gran variedad de hábitats. Cada uno favorece especies distintas. En otras palabras, la diversidad de incendios genera diversidad biológica.

La pirodiversidad produce biodiversidad. Quizá esa sea la lección más sorprendente de todas. Los incendios que amenazan pueblos y personas deben combatirse siempre. Nadie discute eso. Pero cuando observamos la naturaleza, conviene recordar que el fuego no es necesariamente un intruso. En muchos rincones del Mediterráneo forma parte del paisaje desde hace millones de años. 

Los matorrales y brezales no son “monte sucio” ni etapas de vegetación degradadas, sino valiosos reservorios de biodiversidad que no deben forestarse artificialmente, y donde el fuego actúa como un elemento natural indispensable para su estructura y funcionalidad.

A veces, el verdadero problema no es el fuego. Es haber olvidado qué clase de paisaje existía antes de plantar millones de árboles donde nunca debieron estar.

¿POR QUÉ EN LA ACTUAL OLA DE CALOR LAS TEMPERATURAS MÁS ALTAS SE ALCANZARÁN EN EL NORTE DE ESPAÑA?

 

La ola de calor que ha arrancado este domingo continúa este lunes con una situación de estabilidad y entrada de aire cálido del sur que mantendrá las temperaturas extremas en gran parte de la Península y Baleares, llegando a alcanzarse temperaturas de hasta 42ºC en zonas interiores del País Vasco, Cantabria y el valle del Ebro, y estarán activos avisos por calor en catorce comunidades, según la previsión de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet).

La razón principal es que esta ola de calor tiene una configuración atmosférica poco habitual, que favorece especialmente al norte peninsular y al valle del Ebro, en lugar de concentrar los máximos extremos únicamente en Andalucía o Extremadura. Para crear esa extraña situación hay que considerar varios factores.

En primer lugar, la entrada de aire sahariano muy cálido. Una masa de aire procedente del norte de África está cubriendo toda la Península. Eso eleva las temperaturas en todas las regiones, pero por sí solo no explica por qué el norte se recalienta más.

En segundo lugar, la dorsal africana está situada de forma que el máximo calentamiento se desplaza al noreste. La dorsal (una zona de altas presiones en altura) favorece cielos despejados, subsidencia del aire y fuerte insolación. En este episodio, el ascenso térmico más acusado se está produciendo en el cuadrante nordeste y la cornisa cantábrica oriental.

En tercer lugar, el efecto foehn en la vertiente cantábrica. Cuando el viento llega desde el sur y atraviesa la Cordillera Cantábrica, desciende hacia la costa norte más seco y caliente. Este fenómeno puede disparar las temperaturas en zonas del País Vasco, Cantabria o el norte de Navarra hasta valores impropios de la región, incluso superiores a los de muchas áreas del sur peninsular.

En el norte de España el proceso ocurre en varias fases al chocar los vientos con barreras como la Cordillera Cantábrica o los Pirineos. El viento del norte o noroeste sopla desde el mar Cantábrico, cargado de humedad, y se ve obligado a subir por la ladera de la montaña (barlovento). Al subir, el aire se enfría y el vapor de agua se condensa, provocando lluvias constantes.

Una vez que el aire supera la cima y desciende por la ladera opuesta (sotavento), ha perdido toda su humedad. Al descender, este aire seco se comprime y se calienta rápidamente, elevando la temperatura de forma drástica en muy pocas horas. Las zonas más altas y orientadas al mar actúan como muro. Mientras la vertiente norte registra lluvias y fresco, las laderas orientadas al sur o valles interiores experimentan un clima mucho más cálido y soleado.

Este viento (localmente conocido en zonas próximas como viento sur) puede disparar los termómetros y es uno de los factores principales detrás de fenómenos como las noches tropicales o veranos inusualmente calurosos en el Cantábrico.

En la Península Ibérica, las cordilleras más propensas a provocar este efecto son las orientadas oeste-este, perpendiculares a los vientos del norte y noreste del Cantábrico. Éstas cordilleras retienen el aire húmedo, y sus caras de barlovento son húmedas, como las caras norte de la cordillera Cantábrica, Pirineos, cabecera del Ebro y el sistema Central; a sotavento, el aire es seco, responsable del ya mencionado desierto de Los Monegros, parapetado tras los Pirineos, las secas llanuras de Castilla y León, tras la Cordillera Cantábrica, y la región de Madrid situada tras el sistema central. 

Existen otras cordilleras que frenan el aire húmedo del océano Atlántico por el oeste, como la sierra de Gredos, cuyo clima varía enormemente dependiendo de la vertiente: el lado solano es cálido y el lado umbrío es más húmedo. Los montes de Toledo sirven a su vez de parapeto a las llanuras de La Mancha, otorgando la aridez característica a esta región.

En cuarto lugar, el valle del Ebro actúa como una "olla térmica". Una olla térmica es una región geográfica donde el aire caliente tiende a acumularse y permanecer atrapado, igual que el calor se concentra dentro de una olla cubierta. El fenómeno suele producirse en depresiones, valles amplios o cuencas rodeadas por montañas. Durante los episodios anticiclónicos, el aire cálido llega a estas zonas, pero los relieves circundantes dificultan su dispersión. Además, el suelo se calienta intensamente bajo cielos despejados y transmite ese calor al aire, reforzando el efecto.

En verano, la situación puede agravarse durante varios días consecutivos. Las noches apenas refrescan, el calor acumulado durante el día no logra disiparse y las temperaturas aumentan progresivamente. Por eso muchas de las máximas más altas de España no se registran necesariamente en las zonas más meridionales, sino en determinadas cuencas interiores.

La gran olla térmica española es el valle del Ebro, donde Zaragoza alcanza con frecuencia temperaturas superiores a 40 °C. También actúan como ollas térmicas la depresión del Guadalquivir (especialmente Córdoba, Sevilla y Jaén), la cuenca del Guadiana en Extremadura, la Hoya de Lleida, la cuenca de Granada y algunos valles interiores de Castilla y León.

Durante las olas de calor, estas regiones combinan tres factores muy eficaces para fabricar temperaturas extremas: abundante insolación, escasa ventilación y una topografía que dificulta la renovación del aire. El resultado es una acumulación progresiva de calor que convierte estas cuencas en auténticos hornos naturales.

Por su parte, el sur ya parte de temperaturas muy altas. En Andalucía occidental y Extremadura seguirá haciendo muchísimo calor, pero en algunos momentos la diferencia respecto a lo normal será menor que en el norte. Meteorológicamente, lo llamativo es que zonas como el País Vasco, Cantabria o Galicia interior puedan acercarse a 40 °C, algo mucho más excepcional para su clima habitual.

En resumen: no es que el sur se haya enfriado, sino que esta vez la combinación de aire sahariano, dorsal africana y vientos del sur favorece especialmente al norte y al valle del Ebro, donde se esperan algunas de las anomalías térmicas más extraordinarias del episodio. De hecho, el interior del País Vasco está bajo los avisos más severos y algunas zonas cantábricas podrían acercarse o superar los 40 °C.

¿QUÉ ES LA CÚPULA DE CALOR QUE GOLPEA EUROPA?

 

Una intensa ola de calor azotó ayer domingo gran parte de Europa. Las temperaturas cercanas a los 40 °C, han provocado alertas a nivel nacional, interrupciones en el transporte y señales de estrés para la vida silvestre y en los lugares turísticos más concurridos.

La ola de calor del 21 de junio, solsticio de verano en el hemisferio norte y, por lo general, el inicio de los tres meses más calurosos del año, generó preocupación por la aparición temprana y persistente de condiciones extremas.

Tras varios días con temperaturas superiores a los 35 °C, las autoridades italianas emitieron una alerta roja para el 21 de junio en ocho ciudades, entre ellas Bolonia, Florencia, Milán y Turín. La agencia meteorológica española AEMET emitió alertas rojas y naranjas en varias regiones, advirtiendo de temperaturas superiores a los 39 o 40 °C en gran parte de la península ibérica y Mallorca, y afirmó que la ola de calor duraría al menos hasta mediados de semana.

El calor extremo ha comenzado a perturbar las infraestructuras. La red ferroviaria francesa se ha visto "fuertemente afectada" por las altas temperaturas, que corren el riesgo de dañar las líneas eléctricas aéreas y de provocar la dilatación de las vías. La SNCF, el equivalente francés de ADIF, ha movilizado 3 500 empleados para supervisar la red y otros 2 000 para realizar reparaciones de emergencia. La SNCF ha cancelado 71 trenes interurbanos en rutas clave.

En Alemania, donde las temperaturas ya han alcanzado los 38 °C, el servicio meteorológico DWD advirtió de fuertes tormentas eléctricas en las regiones orientales, incluida Berlín, donde las intensas lluvias interrumpieron el festival al aire libre Fête de la Musique.

Los organizadores tuvieron que evacuar las instalaciones del Abierto de Berlín debido a las fuertes lluvias y los vientos intensos, mientras los aficionados esperaban la final individual del torneo de tenis entre Jessica Pegula de Estados Unidos y Linda Noskova de la República Checa.

El "anticiclón africano" y la “cúpula de calor”

El aumento repentino de las temperaturas se debe a una masa de aire caliente que se desplaza hacia el norte desde el Sahara, alimentada por un fuerte sistema de alta presión conocido como el "anticiclón africano". Según los meteorólogos, este sistema está creando una denominada "cúpula de calor", que atrapa el aire caliente sobre Europa occidental y central y permite que las temperaturas aumenten día tras día.

El llamado anticiclón africano no es una estructura única y permanente, sino una región de altas presiones subtropicales asociada al enorme cinturón atmosférico que rodea la Tierra aproximadamente entre los 20 y 35 grados de latitud. Sobre el norte de África, especialmente sobre el Sáhara, este sistema adquiere una intensidad extraordinaria durante el verano.

Para entenderlo conviene imaginar la atmósfera como una gigantesca cinta transportadora. Cerca del ecuador, el aire muy caliente asciende. Una parte de ese aire viaja hacia el norte en altura y termina descendiendo sobre las regiones subtropicales. Ese descenso continuo genera zonas de alta presión. El Sáhara se encuentra precisamente bajo una de ellas. Por tanto, lo importante no es tanto la presión en superficie como lo que ocurre en altura. El aire que desciende se comprime al acercarse al suelo. Es el mismo principio que hace que una bomba de bicicleta se caliente cuando la usamos repetidamente.

Por eso el anticiclón africano actúa como una inmensa fábrica de aire caliente y seco.

La expresión "cúpula de calor" se ha popularizado en los últimos años porque describe muy bien el fenómeno. Imaginemos una campana de cristal colocada sobre una ciudad en verano. El aire caliente queda atrapado debajo y no puede escapar fácilmente. La atmósfera hace algo parecido. Cuando una dorsal anticiclónica muy potente se instala sobre una región el aire desciende continuamente; al descender, se comprime y se recalienta. Al mismo tiempo, las nubes tienen dificultades para formarse, el Sol calienta sin obstáculos durante muchas horas y el suelo se recalienta y transmite aún más calor al aire.

Es un círculo vicioso. Cuanto más caliente está el aire, más difícil resulta desalojarlo. Los meteorólogos hablan de una "cúpula" porque, en los mapas de altura, la masa de aire cálido forma una especie de abombamiento atmosférico. No es una cúpula física, claro, sino una región donde el aire es más grueso y cálido que en los alrededores.

¿Por qué el aire caliente queda atrapado? La clave está en la estabilidad atmosférica. Normalmente, una masa de aire caliente asciende y puede mezclarse con capas superiores más frescas. Pero bajo un anticiclón fuerte ocurre lo contrario: el aire superior también es cálido. El resultado es que la atmósfera se vuelve muy estable, como si estuviera estratificada. Es parecido a poner una tapa sobre una olla. El aire caliente que se genera cerca del suelo tiene dificultades para ascender y dispersarse. Día tras día el calor se acumula.

¿Qué relación tiene con España? Durante muchas olas de calor ibéricas, una extensión de la dorsal africana se desplaza hacia la Península. A veces, además, arrastra aire sahariano cargado de polvo. Cuando eso sucede, España queda situada bajo el borde o el centro de esa cúpula cálida.

Si además soplan vientos del sur, como ocurre en la actual situación, el calor africano se combina con fenómenos locales como el efecto föhn en la Cordillera Cantábrica o la acumulación de aire cálido en el valle del Ebro. Por eso puede darse una paradoja aparente: mientras Andalucía alcanza temperaturas muy altas, algunas zonas del norte experimentan anomalías todavía más extraordinarias para su clima habitual.

Si hay que explicarlo en una sola frase yo diría que el anticiclón africano funciona como una enorme tapa atmosférica que obliga al aire a descender, calentarse y secarse; cuando esa tapa se extiende sobre España, forma una "cúpula de calor" que atrapa el aire recalentado cerca del suelo e impide que el calor escape.

Esa es la razón por la que, durante ciertos episodios estivales, el mapa de temperaturas parece haberse vuelto loco y ciudades del Cantábrico pueden acercarse a valores que normalmente asociamos al interior de Andalucía.

Pero este asunto, merece otro artículo.