Las orquídeas tienen cierta
tendencia al exceso. No les basta con producir una flor razonablemente bonita,
ofrecer un poco de néctar y esperar a que aparezca una abeja. A lo largo de
unos ochenta millones de años de evolución han inventado trampas, perfumes,
imitaciones de insectos, falsos reclamos sexuales y mecanismos capaces de pegar
paquetes de polen en lugares muy concretos del cuerpo de sus visitantes.
Algunas engañan a sus polinizadores sin ofrecerles recompensa alguna; otras
imitan el aspecto o el olor de una hembra de insecto. Y unas cuantas han
llevado la perfumería hasta extremos que harían palidecer a cualquier
fabricante francés. Entre estas últimas se encuentra Stanhopea insignis.
Conviene empezar por la familia.
Orchidaceae es una de las mayores familias de angiospermas: comprende alrededor
de 30 000 especies silvestres, a las que los horticultores han añadido decenas
de miles de híbridos y cultivares. Hay orquídeas desde las regiones árticas
hasta los trópicos, aunque es en los bosques tropicales donde alcanzan su
diversidad más exuberante. Muchas son epífitas, palabra que a veces conduce a
un equívoco: vivir encima de un árbol no significa parasitarlo. El árbol
proporciona domicilio, no manutención. La orquídea obtiene agua y nutrientes de
la lluvia, de la atmósfera y de la materia orgánica que se acumula entre las
ramas.
Lo verdaderamente extraordinario
está en las flores. Una flor de orquídea posee normalmente tres sépalos y tres
pétalos, pero uno de estos últimos, el labelo, se ha transformado en una
estructura especializada que puede servir de pista de aterrizaje, reclamo
visual, trampa o guía. Los órganos masculinos y femeninos se encuentran
reunidos en una columna y el polen no suele viajar en granos sueltos, como
ocurre en tantas otras plantas, sino agrupado en masas llamadas polinios. Todo
el conjunto funciona como una pequeña máquina destinada a conseguir que el
visitante adecuado se lleve el polen y lo deposite exactamente donde conviene.
Stanhopea insignis pertenece
a uno de los linajes americanos que han convertido esa maquinaria en auténtica
ingeniería floral. Es originaria de los bosques húmedos de Brasil y vive como
epífita sobre los árboles. Forma pseudobulbos ovoides, órganos engrosados que
almacenan agua y nutrientes, cada uno coronado normalmente por una gran hoja
plegada, de nervios muy marcados.
El género Stanhopea fue
bautizado en honor de Philip Henry Stanhope, cuarto conde Stanhope, aristócrata
británico aficionado a la ciencia y presidente de la Medico-Botanical Society
de Londres. El epíteto insignis procede del latín y significa «notable»,
«distinguido» o «extraordinario». En esta ocasión los botánicos no exageraron.
Lo primero que sorprende de una Stanhopea florida es que lass flores aparecen por debajo de la planta. La inflorescencia
crece hacia abajo, atraviesa la maraña de raíces y restos vegetales sobre la
que vive y termina colgando en el vacío. Este detalle ha causado algún disgusto
a cultivadores principiantes que, después de instalar cuidadosamente su
ejemplar en una maceta convencional, descubren que la inflorescencia intenta
atravesar obstinadamente el fondo. Por eso las Stanhopea se cultivan en
cestas abiertas o recipientes de rejilla. No es una extravagancia del
jardinero: es la única manera de permitir que la planta haga lo que lleva
millones de años haciendo.
Y entonces aparecen las flores.
Una flor de S. insignis parece diseñada por alguien que considerase
demasiado sencilla una orquídea normal. Los tres sépalos son grandes,
extendidos y carnosos, de color crema, amarillo pálido o marfil, generalmente cubiertos
por numerosas manchas rojizas, púrpuras o cárdenas. Los dos pétalos laterales
son también extendidos o recurvados y están asimismo maculados. Entre unos y
otros forman una envoltura abierta alrededor de lo verdaderamente
extraordinario: el tercer pétalo, convertido en labelo.
En Stanhopea el labelo ha
sufrido tal transformación que cuesta reconocer en él un pétalo. Está dividido
funcionalmente en tres regiones: hipoquilo, mesoquilo y epiquilo. El hipoquilo,
situado en la base, es grueso, carnoso y profundamente cóncavo, casi como un
pequeño saco, intensamente pigmentado de rojizo o púrpura y salpicado de
manchas oscuras. Y no está ahí solo para adornar. En su superficie aparecen
osmóforos pluricelulares, tejidos especializados en fabricar y liberar las
sustancias aromáticas que convierten la flor en una pequeña perfumería colgada
de un árbol.
A continuación aparece el
mesoquilo, mucho más estrecho y provisto de dos prolongaciones laterales
curvadas que recuerdan unos cuernos. Finalmente encontramos el epiquilo, la
parte distal del labelo, más ancha, aproximadamente ovalada y deprimida en el centro.
Cavidades, estrechamientos y cuernos producen esa desconcertante arquitectura
tridimensional que caracteriza a las Stanhopea. Pero tampoco estamos
ante una extravagancia decorativa: esa geometría condiciona los movimientos del
visitante dentro de la flor.
Sobre el labelo se arquea la
columna, larga y robusta, en la que se reúnen los órganos reproductores
masculinos y femeninos, otra de las peculiaridades de las orquídeas. El polen
tampoco se libera como una polvareda de granos independientes. Está empaquetado
en masas compactas, los polinios, que forman parte de un polinario provisto de
estructuras adhesivas capaces de fijarlo al cuerpo del insecto. Tenemos ya
preparada la máquina. Solo falta que llegue quien ha de ponerla en
funcionamiento.
Y ahí entran en escena unos
personajes extraordinarios: los machos de las abejas euglosinas, conocidas
precisamente como «abejas de las orquídeas». Son insectos tropicales, a menudo
de brillantes colores metálicos, que presentan un comportamiento insólito. Los
machos recorren el bosque buscando sustancias aromáticas. Cuando encuentran una
fuente adecuada, raspan los compuestos olorosos con las patas anteriores y los
transfieren después a unas cavidades especializadas de las patas posteriores,
donde van acumulando una auténtica colección de perfumes.
No lo hacen para alimentarse. Las
fragancias parecen desempeñar un papel importante en el cortejo y la
comunicación sexual, aunque todavía se investigan algunos detalles de su
función. El macho de euglosina es, por decirlo de alguna manera, un perfumista
compulsivo: recorre el bosque reuniendo ingredientes para elaborar su
particular tarjeta de presentación olorosa.
La Stanhopea se aprovecha
de esa afición. Sus osmóforos, unas células especializdas, producen mezclas de
compuestos volátiles —entre ellos diversos terpenos y sustancias aromáticas—
que atraen poderosamente a determinadas especies de abejas. El insecto llega,
se posa sobre la flor y comienza a recoger perfume. Pero la arquitectura del labelo,
con su saco basal, sus estrechamientos y sus característicos cuernos, restringe
sus movimientos y lo obliga a seguir un recorrido muy concreto. En algún
momento pierde pie o debe atravesar un paso estrecho y entra en contacto con la
columna. Entonces el polinario queda pegado a su cuerpo.
La abeja se marcha con su perfume
y con un equipaje que no había solicitado. Si visita después otra flor
compatible, la posición exacta del polinario favorece que este entre en
contacto con el estigma. La orquídea ha conseguido así transportar de una flor
a otra una cantidad considerable de polen sin pagar siquiera en néctar: la
recompensa ha sido perfume.
La relación es aún más refinada
porque distintas especies de orquídeas producen combinaciones aromáticas
diferentes y atraen a distintas especies de euglosinas. La química contribuye
así al aislamiento reproductivo: aunque varias orquídeas compartan el mismo
bosque, pueden recurrir a diferentes mensajeros perfumados.
La belleza tiene, sin embargo,
fecha de caducidad. Las flores de S. insignis duran apenas unos días. La
planta ha invertido en ellas tamaño, formas extravagantes y una intensa
producción de sustancias volátiles, pero no necesita mantener semejante
despliegue durante semanas. En el bosque tropical importa llamar rápidamente la
atención del polinizador adecuado. Una vez cumplido el objetivo, mantener
abierta una flor tan costosa sería despilfarrar recursos.
A diferencia de muchas plantas de
esta serie, S. insignis carece de una historia importante como planta
medicinal, alimentaria o industrial. Su principal utilización ha sido
ornamental. Desde el siglo XIX, cuando las grandes orquídeas tropicales
comenzaron a llegar a los invernaderos europeos, las Stanhopea
despertaron fascinación entre los coleccionistas, precisamente por sus flores
colgantes, su aspecto extravagante y sus perfumes.
Quizá sea mejor así. No todas las
plantas tienen que servirnos para comer, curarnos, vestirnos o fabricar
muebles. Algunas son interesantes simplemente porque muestran hasta dónde puede
llegar la evolución cuando dispone de tiempo suficiente.
S. insignis ha convertido un pétalo en perfumería y pista de obstáculos, y una flor entera en un preciso mecanismo de transporte. La abeja llega buscando unas gotas de aroma y sale llevando a sus espaldas el futuro reproductivo de la planta. Ella cree que está haciendo la compra en una perfumería del bosque. La orquídea, mientras tanto, acaba de contratar un servicio de mensajería.


