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sábado, 16 de mayo de 2026

PEKÍN DOMESTICA A TRUMP

 

Trump llegó a Pekín con el gesto habitual de los hombres que se saben observados. Ese modo suyo de caminar como si avanzara hacia un plató y no hacia una reunión diplomática. Durante años ha convertido la política internacional en un espectáculo de dominación personal: el apretón de manos interminable a Macron, el recibimiento glacial a Zelenski, las fotografías en el Despacho Oval donde parece más un propietario que un presidente. Pero en China ocurrió algo extraño. Allí, en medio de salones silenciosos, lacados rojos y ceremonias medidas al milímetro, Donald Trump pareció de pronto menos expansivo, menos teatral, casi contenido. Como si hubiese comprendido que había entrado en un escenario diseñado por otro.

Quizá eso fue lo más interesante de la visita. Porque más allá de los comunicados triunfales, de los “acuerdos fantásticos” y de las fotografías sonrientes, el viaje dejó la sensación de que Estados Unidos y China están intentando algo muy delicado: competir sin romperse mutuamente el cuello. Una coexistencia armada. Una tregua incómoda entre dos potencias que desconfían profundamente la una de la otra, pero que al mismo tiempo saben que ya no pueden permitirse una guerra económica total.

Trump, fiel a sí mismo, presentó el viaje como un éxito extraordinario. Habló de acuerdos “beneficiosos para ambos países”, aseguró que Pekín quiere comprar petróleo estadounidense, soja y hasta doscientos aviones Boeing, aunque los chinos, prudentemente, evitaron confirmar cifras concretas. En el universo político de Trump los detalles técnicos nunca son importantes. Lo importante es la narrativa. Y la narrativa era clara: el gran negociador había vuelto a domesticar la relación con China.

Pekín, sin embargo, contó otra historia. Xi Jinping utilizó la visita para proyectar exactamente la imagen que más interesa hoy al Partido Comunista chino: estabilidad, control y paciencia estratégica. Frente al estilo impulsivo de Washington, China quiso aparecer como la potencia adulta de la sala. No hubo grandes anuncios formales ni tratados espectaculares. Hubo algo más chino: señales, gestos, símbolos cuidadosamente calculados.

Uno de los mensajes centrales fue Irán. Trump y Xi coincidieron públicamente en que Teherán no debe obtener armas nucleares y en la necesidad de mantener abierto el estrecho de Ormuz. La coincidencia no es menor. China es el principal comprador de petróleo iraní y posee una capacidad de influencia sobre Teherán que Occidente jamás ha conseguido. Pekín dejó entrever que podría ejercer cierta presión, aunque sin comprometerse demasiado. China nunca regala influencia gratuitamente. La acumula. La administra. La convierte en moneda diplomática.

Pero el momento realmente importante de la visita llegó con Taiwán. Xi lanzó allí el mensaje más duro de todo el encuentro. Advirtió que una mala gestión del asunto podría conducir a “choques e incluso conflictos”. En lenguaje diplomático chino eso equivale prácticamente a un golpe sobre la mesa. Pekín considera Taiwán una línea roja absoluta y quiso recordárselo a Trump en público y delante de las cámaras.

Lo notable fue el tono del presidente estadounidense. Acostumbrado a la confrontación verbal, esta vez evitó el choque directo. No hubo bravatas ni amenazas. Trump elogió constantemente a Xi, habló de una “relación muy fuerte” y llegó incluso a insinuar un “futuro fantástico juntos”. Escucharlo era casi desconcertante. El mismo hombre que suele humillar a sus interlocutores parecía ahora practicar una cortesía casi reverencial.

Tal vez porque intuía algo elemental: Xi Jinping no es Emmanuel Macron ni un dirigente europeo vulnerable a las oscilaciones políticas internas. Xi gobierna como un emperador moderno respaldado por el aparato entero del Estado chino y por una economía que, pese a sus problemas, sigue siendo decisiva para el capitalismo global.

Y precisamente ahí apareció el verdadero protagonista del viaje: el dinero. La delegación estadounidense parecía más una convención de Davos que una misión diplomática. Elon Musk, Tim Cook, Jensen Huang, ejecutivos de Boeing, BlackRock, Visa, Mastercard, Goldman Sachs, Meta. El corazón empresarial de Estados Unidos aterrizó junto a Trump en Pekín. Aquello revelaba una realidad incómoda para ambos países: la rivalidad estratégica no ha destruido todavía la dependencia económica mutua.

El caso de Jensen Huang, fundador de Nvidia, fue especialmente simbólico. Nvidia se ha convertido en uno de los epicentros de la guerra tecnológica entre Washington y Pekín por el control de los semiconductores y la inteligencia artificial. Sin embargo, allí estaba Huang recorriendo Pekín, dejándose fotografiar mientras probaba fideos tradicionales chinos. La escena parecía banal, casi turística, pero encerraba un mensaje profundo: incluso en medio de la confrontación tecnológica, las élites económicas estadounidenses siguen necesitando China.

Y China lo sabe perfectamente.

Por eso el banquete de Estado tuvo tanta importancia. Las cenas diplomáticas no son simples cenas. Son teatro político. Xi recibió a Trump en lugares cargados de simbolismo, incluidos espacios reservados a muy pocos líderes extranjeros, como Zhongnanhai o las inmediaciones del Templo del Cielo. Todo estaba diseñado para transmitir continuidad histórica, poder sereno y sofisticación imperial.

Trump habló de conversaciones “extremadamente positivas y productivas”. Xi se mantuvo más sobrio, casi distante. Pero permitió algo fundamental: que las imágenes mostrasen armonía.

Los mercados entendieron inmediatamente el mensaje. Si Musk, Cook o los directivos de Boeing siguen sentándose a cenar en Pekín, entonces la ruptura total entre ambas potencias todavía está lejos. La economía global continúa demasiado entrelazada para soportar un desacoplamiento absoluto.

Sin embargo, bajo toda esa cortesía flotaba una sensación extraña. Como si Trump hubiese comprendido, quizá por primera vez en mucho tiempo, que estaba frente a alguien imposible de intimidar.

En Washington Trump domina el espacio físico. Interrumpe, invade, exagera. Pero en Pekín el espacio pertenecía a Xi Jinping. A su ceremonial. A su tempo lento. A esa manera china de ejercer el poder sin levantar apenas la voz.

Y por eso las imágenes resultaron tan reveladoras. El Trump acostumbrado a ser adulado parecía, de pronto, un invitado disciplinado. Casi un gatito diplomático ante un líder chino tan corpulento como él y muchísimo más paciente.

Puede que ahí resida la verdadera conclusión del viaje.

No en los acuerdos comerciales difusos ni en las promesas sobre Boeing, sino en una constatación psicológica: Trump descubrió que hay escenarios donde el espectáculo deja de funcionar y donde el poder no necesita gritar para imponerse.

EL CANSANCIO WOKE

 

Woke empezó siendo una expresión positiva dentro de la cultura afroamericana para describir conciencia social. Hoy se usa sobre todo en guerras culturales y debates políticos, a menudo como término polémico o despectivo. Por eso, cuando alguien dice “eso es woke”, casi siempre conviene preguntar qué quiere decir exactamente.

A veces las guerras civiles no necesitan trincheras. Les basta con X (Twitter para entendernos), una universidad privada y un actor secundario despedido por un tuit escrito en 2011. Cada uno de estos elementos tiene un simbolismo. Twitter representa la indignación instantánea, la viralidad y el juicio público permanente. La universidad privada simboliza el mundo intelectual o progresista donde muchas de las discusiones hoy llamadas wokistas nacen o se sofisticaron. El actor secundario despedido por un tuit de 2011 alude a la llamada “cultura de la cancelación”: personas castigadas años después por comentarios antiguos que hoy se consideran ofensivos.

Estados Unidos lleva años librando una de esas guerras civiles. No deja demasiados muertos, aunque sí abundantes damnificados, y sus combatientes rara vez pisan el mismo territorio mental. La línea del frente atraviesa redacciones, campus universitarios, platós de televisión, supermercados orgánicos y, sobre todo, teléfonos móviles. A un lado está el woke. Al otro, el antiwoke. Y en medio, como un vendedor de biblias en un incendio, aparece Donald Trump.

El término woke nació con buenas intenciones. Procedía del viejo inglés afroamericano y significaba algo bastante razonable: permanecer despierto ante las injusticias. Estar alerta. No mirar hacia otro lado. Durante años la palabra tuvo una dignidad tranquila, casi sindical. Pero en Estados Unidos ninguna palabra permanece tranquila mucho tiempo. Acabó absorbida por el gigantesco parque temático ideológico del país y se convirtió en otra cosa: una mezcla de progresismo cultural, activismo identitario, corrección política y fervor moral capaz de discutir durante tres semanas sobre el peinado apropiado para una sirena de dibujos animados.

El antiwokismo apareció poco después, como aparecen siempre las contrarreformas: cansado, enfadado y convencido de estar defendiendo la civilización occidental del colapso absoluto provocado por estudiantes de sociología y ejecutivos de plataformas televisivas. Su crecimiento fue meteórico porque comprendió algo elemental: casi todo el mundo tolera que le suban los impuestos; muy poca gente soporta que le expliquen cómo debe hablar.

Ahí entró Trump. Trump entendió antes que nadie que la política norteamericana ya no consistía en discutir presupuestos federales sino emociones culturales. Mientras los viejos republicanos hablaban de déficit y libre mercado, él hablaba de banderas, hamburguesas, villancicos y periodistas arrogantes. Descubrió que millones de estadounidenses sentían que el país empezaba a parecerse demasiado a un seminario universitario dirigido por recursos humanos.

Trump ofreció una revancha emocional. El trumpismo tiene mucho de eso: una insurrección sentimental contra una parte de la élite cultural estadounidense. No importa demasiado si el votante vive en Ohio o en Arizona; lo importante es que sospecha que alguien, en alguna universidad de la Costa Este, considera problemático el chiste que acaba de hacer durante una barbacoa. Trump convirtió esa irritación difusa en identidad política.

Los progresistas más militantes cometieron, además, el error clásico de las religiones jóvenes: la pureza doctrinal. En ciertos ambientes norteamericanos empezó a desarrollarse una vigilancia moral agotadora. Libros infantiles revisados como si escondieran códigos nucleares. Profesores investigados por frases ambiguas. Comediantes obligados a pedir disculpas públicas por bromas que en 1997 les habrían valido un contrato televisivo. Hubo algo profundamente puritano en todo aquello, y Estados Unidos, país fundado por puritanos, reconoce inmediatamente el olor de sus viejas obsesiones.

Naturalmente, el antiwokismo exageró hasta el delirio. Acabó viendo conspiraciones marxistas en películas de superhéroes y dictaduras bolcheviques en los formularios escolares. Algunos gobernadores republicanos parecían convencidos de que el principal problema nacional no era la deuda pública ni la sanidad, sino las drag queens leyendo cuentos infantiles en bibliotecas municipales. El debate se volvió tan histérico que uno tenía la impresión de que el Imperio Romano no cayó por los bárbaros, sino por el lenguaje inclusivo.

Lo fascinante es que ambos bandos se necesitan. El woke militante necesita al trumpista enfurecido para demostrar que el fascismo acecha tras cada camioneta con pegatina patriótica. Y el trumpismo necesita a algún estudiante progresista explicando los pronombres no binarios para confirmar que Occidente se encuentra al borde del abismo. Son ecosistemas complementarios. Se alimentan mutuamente con una eficacia casi ecológica.

Entre tanto ruido queda una mayoría silenciosa bastante desconcertada. Gente que cree que el racismo existe, pero no desea asistir a seminarios de deconstrucción lingüística. Personas que consideran razonable respetar minorías sin necesidad de reinterpretar toda la historia universal como una reunión de villanos coloniales. Ciudadanos que sospechan, quizá con razón, que tanto el woke extremo como el antiwoke profesional son industrias culturales extraordinariamente rentables.

Porque al final todo esto también es negocio. Las cadenas de televisión viven del escándalo. Las redes sociales viven de la indignación. Los políticos viven del miedo. Y las guerras culturales son perfectas porque nunca terminan. Siempre habrá un nuevo motivo para enfadarse: una estatua, una película, una mascota deportiva, un disfraz de Halloween o un emoji sospechoso.

Estados Unidos descubrió hace tiempo que las batallas culturales producen más audiencia que las económicas. Nadie organiza manifestaciones multitudinarias por el sistema de alcantarillado. Pero basta cambiar el género de un personaje de ficción para que el país parezca al borde de otra guerra de Secesión.

Trump no creó ese clima, pero supo explotarlo mejor que nadie. Entendió que millones de personas no querían únicamente menos impuestos o gasolina barata. Querían sentirse culturalmente defendidas. Querían dejar de pedir disculpas. Querían reírse otra vez de los chistes antiguos sin mirar alrededor antes de pronunciarlos.

Y así Estados Unidos terminó atrapado en una discusión interminable donde todos hablan de libertad mientras vigilan cuidadosamente las palabras de los demás. Un país que inventó Hollywood y el jazz convertido en una gigantesca asamblea universitaria permanentemente ofendida.

Probablemente dentro de veinte años nadie recordará exactamente qué significaba woke. Pero el cansancio cultural que lo rodea quizá siga ahí. Porque las guerras culturales nunca desaparecen del todo. Solo cambian de uniforme.

viernes, 15 de mayo de 2026

BELEÑO NEGRO: LA PLANTA QUE HACÍA VOLAR A LAS BRUJAS

 

Beleño negro o hierba mora (Hyoscyamus niger) en la fortaleza de Suomenlinna, cerca de Helsinki, Finlandia. Foto de Anneli Salo. 

Las solanáceas son una familia botánica con problemas de personalidad. En un extremo producen patatas, tomates, berenjenas y pimientos; en el otro, plantas capaces de provocar delirios, amnesias, alucinaciones y alguna que otra conversación con el demonio. Pocas familias vegetales han contribuido tanto al progreso de la cocina y, simultáneamente, al desarrollo histórico de la brujería europea. Uno puede cenar tranquilamente una tortilla de patatas mientras contempla, a escasos metros, un beleño negro creciendo en una cuneta con aspecto de conocer secretos desagradables.

El beleño negro, Hyoscyamus niger, pertenece precisamente a esa rama sombría de las solanáceas. Toda la planta es tóxica. Hojas, semillas, raíces y flores contienen alcaloides tropánicos como la hiosciamina y la escopolamina, sustancias que actúan sobre el sistema nervioso con la eficacia brutal de una ganzúa química. La hiosciamina es además precursora de la atropina, célebre compuesto utilizado todavía hoy en medicina para dilatar pupilas, tratar ciertas bradicardias o combatir intoxicaciones concretas. Lo fascinante —y alarmante— es que las mismas moléculas que permitieron avances farmacológicos notables también podían convertir una sobremesa medieval en una experiencia metafísica de consecuencias inciertas.

Porque el beleño posee una larga carrera médica y criminal a partes iguales. Durante siglos se empleó para aliviar dolores dentales, combatir el insomnio, tratar espasmos, calmar ataques asmáticos o sedar a pacientes con delirium tremens. La antigua farmacopea mantenía con estas plantas una relación muy parecida a la de un domador con un tigre hambriento: mientras todo saliera bien, el espectáculo resultaba admirable; cuando salía mal, el desenlace era rápido y bastante educativo para los espectadores.

El efecto del beleño negro no es exactamente una alucinación convencional. Las descripciones históricas coinciden una y otra vez en sensaciones de ligereza extrema, flotación o vuelo. El sujeto intoxicado siente que abandona el suelo con una perseverancia tan sólida que resulta inútil discutirlo. Esto explica buena parte de la reputación mágica de la planta. Durante siglos formó parte de ungüentos y pócimas atribuidos a hechiceras y brujas, normalmente acompañado de otras amables especies de la familia como la belladona, la copa de oro y el estramonio, además de invitados externos igualmente poco recomendables, como la cicuta. La teoría moderna sostiene que muchos relatos medievales de vuelos nocturnos y aquelarres probablemente nacieron menos de Satanás y más de la absorción cutánea de alcaloides tropánicos.

Lo cierto es que la química de las solanáceas tiene algo de teatral. La misma familia vegetal que alimentó a media Europa con la patata también produjo algunas de las plantas más peligrosas del continente. La patata, por ejemplo, pertenece a la especie Solanum tuberosum, el pimiento al género Capsicum y el tomate a la especie Solanum lycopersicum. Las tres, como su compadre el tabaco (Nicotiana tabacum) contienen asimismo alcaloides defensivos, aunque en concentraciones mucho menores y generalmente inocuas en los frutos maduros. Las plantas no producen estas sustancias pensando en la humanidad; las producen porque no desean ser comidas por insectos, mamíferos o cualquier criatura con malas intenciones. Nosotros simplemente aprendimos, a base de siglos de ensayo y error, qué partes podían cocinarse sin terminar viendo ángeles o notarios celestiales.

El género Hyoscyamus posee un aspecto característico y ligeramente inquietante. Son plantas robustas, cubiertas de pelos glandulosos que les proporcionan una textura pegajosa y un olor desagradable, mezcla de tabaco viejo, establo húmedo y medicina caducada. No parecen plantas amistosas. El beleño negro, en particular, presenta hojas grandes, blandas y sinuosas, con un tono verde oscuro algo enfermizo. Sus flores son extraordinarias: amarillentas, atravesadas por venas púrpuras o violáceas que recuerdan pequeñas redes capilares. Hay algo anatómico en ellas, como si la flor hubiese sido diseñada por un estudiante de medicina obsesionado con las disecciones.

Botánicamente, distinguir el beleño negro del beleño blanco, Hyoscyamus albus, no resulta demasiado complicado una vez conocidos algunos detalles. El beleño blanco suele presentar flores más claras y uniformes, de amarillo pálido o crema, sin el marcado reticulado violáceo que convierte a H. niger en una especie tan reconocible. También tiene un aspecto general más limpio y luminoso, si semejante adjetivo puede aplicarse a una planta venenosa. El beleño negro, por el contrario, parece siempre ligeramente sucio, sombrío, como si hubiera dormido vestido bajo la lluvia.

Las hojas ofrecen también pistas útiles. En H. niger suelen ser más oscuras, viscosas y densamente pubescentes. La planta entera transmite una impresión pegajosa y áspera. H. albus, mucho más frecuente en ambientes mediterráneos cálidos y secos, posee un porte algo más delicado y menos agresivo visualmente. Ambos, sin embargo, comparten cierta predilección por terrenos removidos, ruinas, corrales abandonados y bordes de caminos. Son plantas de lugares marginales, como si sospecharan que la civilización humana no termina de apreciarlas. Y quizá tengan razón.

La literatura sobre los beleños es inmensa. De Materia medica, el tratado escrito por Dióscorides, ya les dedicaba extensas observaciones hace casi dos mil años. Desde entonces, médicos, herboristas, botánicos, toxicólogos y aficionados a lo oculto no han dejado de escribir sobre ellos. Hay plantas útiles; hay plantas bellas; y luego están las plantas que parecen arrastrar una biografía. El beleño negro pertenece claramente a esta última categoría.

Hoy sigue creciendo en descampados y cunetas europeas, silencioso y casi ignorado. Los automóviles pasan junto a él sin sospechar que esa hierba pegajosa formó parte de rituales mágicos, anestesias primitivas y pesadillas medievales. Mientras tanto, sus parientes domésticos continúan llenando cocinas de salsa de tomate, pimientos asados y purés de patata. Las solanáceas nunca eligieron entre alimentar a la humanidad o intoxicarla. Decidieron hacer ambas cosas al mismo tiempo, quizá porque la naturaleza, a diferencia de nosotros, jamás ha visto contradicción alguna entre el remedio y el veneno.

jueves, 14 de mayo de 2026

LOS HOMBRECILLOS DE LOS TESTÍCULOS

Las orquídeas europeas tienen muchos talentos, pero quizá el más inesperado sea haber dado a la ciencia uno de los nombres más anatómicamente explícitos del reino vegetal.

El género Orchis debe su nombre directamente al griego órkhis, que significa “testículo”. No es una metáfora moderna ni una travesura etimológica descubierta por estudiantes aburridos de biología. Los primeros naturalistas llamaron así a estas plantas porque sus tubérculos subterráneos aparecen normalmente en pares redondeados y carnosos, con un parecido anatómico tan evidente que ni siquiera Linneo intentó suavizarlo con alguna elegante perífrasis latina. En otras palabras: buena parte de la botánica europea descansa sobre una observación que cualquier adolescente habría hecho exactamente igual.

La consecuencia inevitable fue que durante siglos las orquídeas quedaron asociadas a toda clase de supersticiones masculinas. Según la antigua doctrina renacentista de las signaturas, que sostenía que Dios dejaba pistas visuales sobre el uso medicinal de las plantas, una raíz con aspecto de órgano masculino debía necesariamente servir para tratar problemas masculinos. El razonamiento científico era aproximadamente tan sólido como pensar que una nuez mejora la memoria porque parece un cerebro, pero eso jamás detuvo a la medicina antigua, que durante milenios avanzó impulsada principalmente por la imaginación y un optimismo suicida.

Así fue como las especies de Orchis acabaron convertidas en afrodisíacos oficiales de medio Mediterráneo. Sus tubérculos se secaban, se molían y daban lugar al famoso salep, una bebida espesa y ligeramente viscosa muy popular en el Imperio Otomano. El salep tenía reputación de restaurar la virilidad y aumentar la energía sexual, aunque probablemente su principal mérito consistía en aportar calorías y estar caliente en invierno. Pero cuando una planta se llama literalmente “testículo”, las expectativas populares se disparan inevitablemente.

La imaginación colectiva fue todavía más lejos. Como muchas especies poseen dos tubérculos de tamaño desigual —uno viejo y arrugado, otro joven y lleno de reservas— surgió la creencia de que comer uno u otro influía en el sexo de los futuros hijos. Algunos herbarios medievales ofrecen instrucciones minuciosas sobre qué tubérculo debía consumir cada miembro de la pareja dependiendo de si deseaban niño o niña. Leyéndolos hoy, uno tiene la sensación de que gran parte de la farmacología medieval consistía en personas muy serias inventando cosas con absoluta convicción.

Detalles de la flor del género Ophrys. 1-2, O. apifera de frente y perfil. 3, O. tenthredinifera. 4, despiece de la misma flor. 5, ampliación de una polinia de la misma especie.

Y sin embargo, bajo toda esa acumulación de malentendidos anatómicos, las orquídeas escondían algunos de los mecanismos evolutivos más sofisticados del planeta.

Darwin quedó fascinado por ellas. Pasó años estudiando sus sistemas de polinización y descubrió estructuras tan complejas que parecían diseñadas por un ingeniero ligeramente trastornado. Algunas especies engañan sexualmente a los insectos imitando hembras de abeja; otras lanzan paquetes de polen como diminutas catapultas; algunas obligan al polinizador a recorrer auténticos laberintos vegetales. Las orquídeas no seducen a los insectos: los manipulan psicológicamente.

Y entre todas ellas hay una especialmente extraña: Orchis anthropophora.

El nombre puede traducirse aproximadamente como “la orquídea que lleva hombrecitos”. Proviene del griego ánthropos —hombre— y phoros —portador—, porque cada una de sus flores parece una pequeña figura humana suspendida boca abajo. Y no hace falta demasiada imaginación para verlo. El labelo forma algo parecido a unas piernas abiertas; los lóbulos laterales parecen brazos; arriba queda una especie de cabeza cubierta por un casco vegetal. Una inflorescencia completa recuerda a una fila de acróbatas microscópicos realizando ejercicios gimnásticos para un público de hormigas. Es difícil contemplarla sin sonreír. Parece menos una planta que un experimento humorístico de la evolución.

Inflorescencias y detalle floral de Orchis anthropophora

Los botánicos del siglo XVIII, que pasaban cantidades alarmantes de tiempo observando flores con lupas, quedaron fascinados por estas semejanzas. Y hay algo profundamente humano en ello. Solemos imaginar a los naturalistas antiguos como figuras solemnes rodeadas de herbarios polvorientos, pero muchos parecían escolares brillantes incapaces de resistirse a un parecido absurdo. Uno observaba dos tubérculos y pensaba inmediatamente en anatomía masculina. Otro miraba las flores y veía hombrecillos danzando. Luego ambos traducían sus ocurrencias al griego clásico y las convertían en latín científico para toda la eternidad.

De modo que hoy seguimos paseando por praderas mediterráneas llenas de plantas cuyo nombre significa literalmente “testículo” y que producen flores conocidas como “las que llevan hombres”.

Y quizá eso sea lo más extraordinario de la historia. La ciencia suele presentarse como una actividad fría y rigurosa, pero muchas veces empieza exactamente igual que empiezan los chistes: alguien mira algo raro y dice “eso parece otra cosa”. Después llega el latín, las monografías y las sociedades botánicas. Pero en el fondo sigue estando la misma sorpresa infantil.

Las orquídeas europeas, vistas de cerca, tienen el raro talento de recordárnoslo.

miércoles, 13 de mayo de 2026

CUANDO DESCUBRES QUE TU EPIDURAL NO ERA UNA EPIDURAL

 

Hace apenas un par de días pasé por una intervención quirúrgica de urología. Nada dramático, aunque sí de esas operaciones que obligan a reconciliarse con una evidencia incómoda: llega un momento en la vida en que uno empieza a tener más conversaciones sobre esfínteres que sobre literatura o política internacional.

La experiencia, sin embargo, fue extraordinariamente interesante. Tan interesante me pareció que, dos días antes de entrar en el hospital, durante un sábado destemplado, escribí un artículo sobre Fidel Pagés, el médico militar español que desarrolló la anestesia epidural en los años veinte del siglo pasado. Yo estaba convencido de que aquello era exactamente lo que me iban a administrar.

Pero entonces intervino la realidad, que suele tener forma de amigo anestesista. Por un lado, comprobé que, después de la intervención, de la que me recuperé rápidamente y con la mente despejada, mis piernas estaban insensibles, signo inequívoco de que la anestesia había ido algo más allá de una epidural.

Luego, mi buen amigo el doctor Miguel Ángel García Díaz, anestesista del Hospital Universitario Príncipe de Asturias, me escribió un guasap con la mezcla perfecta de cortesía profesional y compasión pedagógica que utilizan los médicos cuando un paciente cree haber entendido algo leyendo la Anatomía Básica de Gray. Me explicó que, en realidad, lo que me habían puesto no era una epidural, sino una anestesia intradural o raquídea.

Naturalmente, mi primera reacción fue pensar que aquello era una distinción semántica sin demasiada importancia, algo parecido a discutir si un percebe es un crustáceo o una pequeña maldición marina. Pero resulta que no. La diferencia existe, y es considerable.

La anestesia epidural consiste en introducir el anestésico en el espacio epidural, es decir, fuera de la duramadre, la membrana que envuelve la médula espinal. La intradural, en cambio, atraviesa esa membrana y deposita el fármaco directamente en el líquido cefalorraquídeo. Dicho de forma menos anatómica: la epidural se queda en el vestíbulo y la intradural entra directamente en el salón. De hecho, estrictamente hablando y por ser precisos, muchas veces decimos “intradural” por simplificar, pero anatómicamente el anestésico queda en el espacio subaracnoideo.

La consecuencia práctica es importante. La epidural suele utilizarse sobre todo con finalidad analgésica: disminuye el dolor, pero permite conservar parte de la sensibilidad y, en ocasiones, cierta movilidad. Por eso es la técnica clásica en muchos partos. La intradural, en cambio, produce una anestesia mucho más intensa, rápida y profunda. No es simplemente “me duele menos”. Es más bien “de cintura para abajo ha desaparecido la civilización”.

Confieso que la experiencia resulta fascinante. Uno permanece bastante despierto, oye conversaciones, distingue el ruido metálico del instrumental quirúrgico, percibe incluso movimientos vagos y presiones remotas, pero el cuerpo ha dejado de obedecer. Hay algo profundamente filosófico en intentar mover una pierna y descubrir que la pierna, democráticamente, ha decidido abstenerse.

La anestesia raquídea tiene además una elegancia técnica extraordinaria. Requiere cantidades pequeñas de anestésico y actúa en apenas minutos. Entiendo perfectamente por qué es tan utilizada en cirugía urológica, cesáreas y operaciones de miembros inferiores. Aunque debo reconocer que, desde la perspectiva del paciente, toda la sofisticación neurofisiológica puede resumirse en una sola idea: “qué maravilla no sentir nada”.

En mi caso, la intervención consistió en el implante de un artilugio considerado el tratamiento de referencia para ciertos tipos de problemas que sufrimos a quienes hace años se nos extirpó la próstata y con ella un cáncer. El dispositivo —una maravilla de ingeniería biomédica— reproduce artificialmente la función del esfínter uretral natural mediante un sistema hidráulico implantado completamente dentro del cuerpo.

Es una de esas tecnologías médicas que recuerdan hasta qué punto vivimos ya en el futuro. Hay personas caminando tranquilamente por la calle con pequeñas bombas hidráulicas implantadas en el cuerpo y nadie parece impresionarse demasiado.

Mientras investigaba sobre el procedimiento, descubrí algo menos futurista y bastante más terrenal: su precio en Estados Unidos. Las cifras varían enormemente según el hospital, seguro médico y complicaciones asociadas, pero distintas fuentes sitúan el coste total de una implantación de un artilugio así entre unos 10.000 y 25.000 dólares, y eso sin incluir todos los gastos hospitalarios asociados, que bien podrían duplicar el coste. Algunos paquetes quirúrgicos privados superan incluso los 44.000 dólares.

Y aquí es donde conviene detenerse un momento. Viajo con frecuencia a Estados Unidos y admiro muchísimas cosas de aquel país: sus paisajes, sus bibliotecas, sus diners de carretera, sus librerías imposibles y esa capacidad tan norteamericana de convertir cualquier cosa —incluido un donut— en un objeto de deseo. Pero también he visto allí algo que en Europa a veces olvidamos: el miedo económico a enfermar.

He conocido estadounidenses que retrasan pruebas médicas por miedo a la factura. Personas con seguros excelentes que aun así pagan miles de dólares de su bolsillo. Familias que consideran una hospitalización como un desastre financiero comparable a una inundación doméstica o a un incendio parcial de la vivienda.

Por eso, después de esta experiencia, siento una gratitud enorme hacia la sanidad pública española. Mi agradecimiento hacia los urólogos, anestesistas, enfermeras, auxiliares, celadores y personal administrativo que hicieron su trabajo con una profesionalidad y una humanidad impecables. Hacia quienes me atendieron en el Hospital Universitario Ramón y Cajal y a quienes me atienden habitualmente en el Hospital Universitario Príncipe de Asturias con eficacia, paciencia y una sonrisa a cualquier hora.

Y también hacia algo mucho menos popular: los impuestos. Porque conviene recordarles a ciertos antisociales fiscales —esos que hablan de los impuestos como si fueran una conspiración bolchevique diseñada para arruinar propietarios de SUV híbridos— que la sanidad pública no aparece por generación espontánea. No brota de los árboles. No la financian los unicornios.

La pagan los contribuyentes. Y gracias a eso, un ciudadano puede entrar en un hospital, ser operado con tecnología sofisticadísima, anestesiado por profesionales excelentes, cuidado durante días y salir de allí pensando en recuperarse… en lugar de preguntarse cómo demonios va a pagar una factura de veinte mil euros.

No es poca cosa.

domingo, 10 de mayo de 2026

ISRAEL Y JUDÁ: LA VIEJA FRACTURA DE UNA TIERRA ETERNA

 
La  historia de Israel y Palestina suele explicarse como un conflicto moderno, pero en realidad hunde sus raíces en fracturas políticas, religiosas y territoriales que comenzaron hace casi tres mil años. Sin embargo, conviene tener cuidado con las comparaciones históricas simples: los conflictos antiguos no explican por sí solos la tragedia actual, aunque sí ayudan a entender por qué esta tierra concentra tantas memorias, símbolos y heridas acumuladas.

Tras el reinado de Salomón, alrededor del siglo X a. C., el reino hebreo que habían consolidado David y su hijo comenzó a desmoronarse desde dentro. Lo que parecía un Estado fuerte escondía tensiones profundas: impuestos elevados, trabajos forzados para sostener grandes construcciones y una creciente sensación de desigualdad entre las tribus del norte y la élite de Jerusalén.

Cuando murió Salomón, su hijo Roboam heredó el trono. Tuvo la oportunidad de aliviar la presión sobre el pueblo, pero eligió exactamente lo contrario. Según la tradición bíblica, respondió a las demandas populares prometiendo cargas todavía más duras. Aquella decisión encendió la chispa.

Diez tribus del norte se rebelaron y proclamaron rey a Jeroboam I. Así nació el Reino de Israel, con capital primero en Siquem y más tarde en Samaria. El sur quedó convertido en el Reino de Judá, centrado en Jerusalén y gobernado por la dinastía davídica.

La ruptura no fue únicamente política. También se convirtió en una fractura cultural y religiosa. Ambos reinos comenzaron a desarrollar identidades distintas, compitieron por la legitimidad espiritual y se enfrentaron repetidamente en guerras que terminaron debilitándolos a los dos.

Uno de esos episodios ocurrió hacia el siglo VIII a. C., cuando el conflicto entre Amasías y Joás terminó con la derrota de Judá. Jerusalén fue saqueada parcialmente y parte de las riquezas del Templo acabaron en manos del reino del norte. Aquella escena resulta reveladora: pueblos emparentados histórica y religiosamente destruyéndose entre sí mientras las grandes potencias regionales observaban alrededor.

Y precisamente esas potencias acabarían aprovechando la división.

En el año 722 a. C., el Imperio asirio conquistó el Reino de Israel. Muchas de sus élites fueron deportadas y nació el mito de las “diez tribus perdidas”. Más de un siglo después, en 586 a. C., el Imperio babilónico destruyó Jerusalén y el Primer Templo. Judá cayó también, y parte de su población fue llevada al exilio en Babilonia, en lo que hoy sería Irak.

Aquellas derrotas marcaron profundamente la memoria judía. El exilio, la pérdida de la tierra y la destrucción del Templo se convirtieron en elementos centrales de la identidad histórica y religiosa del pueblo judío durante siglos.

Pero la región nunca dejó de ser un territorio compartido y disputado. Pasaron por allí persas, griegos, romanos, bizantinos, árabes musulmanes, cruzados, otomanos y británicos. Jerusalén terminó siendo sagrada para judíos, cristianos y musulmanes al mismo tiempo, algo que la convirtió en un lugar único y, también, extremadamente vulnerable al conflicto.

En la época moderna, especialmente desde finales del siglo XIX, surgió el sionismo, un movimiento político que defendía la creación de un hogar nacional judío en Palestina, entonces parte del Imperio otomano. Muchos judíos europeos, perseguidos por el antisemitismo, comenzaron a emigrar allí. Al mismo tiempo, la población árabe palestina desarrolló su propia conciencia nacional y vio aquellas migraciones con creciente preocupación.

La tragedia del Holocausto aceleró todo. Tras la Segunda Guerra Mundial, la ONU propuso dividir el territorio en dos Estados, uno judío y otro árabe. El liderazgo judío aceptó el plan; gran parte del liderazgo árabe lo rechazó, considerándolo injusto. En 1948 nació el Estado de Israel y estalló la primera guerra árabe-israelí.

Para los israelíes, aquello fue la guerra de independencia. Para los palestinos, la Nakba —la catástrofe—, porque cientos de miles de personas huyeron o fueron expulsadas de sus hogares.

Desde entonces, la región ha vivido guerras, atentados, ocupaciones militares, terrorismo, desplazamientos y ciclos continuos de violencia. Israel sufrió ataques de países vecinos y de grupos armados; los palestinos vivieron ocupación, pérdida de territorios y una situación cada vez más dura en lugares como Gaza y Cisjordania.

La situación actual es especialmente dolorosa. Los ataques de Hamás contra civiles israelíes el 7 de octubre de 2023 provocaron una enorme conmoción en Israel y desencadenaron una respuesta militar devastadora sobre Gaza. Miles de civiles han muerto, ciudades enteras han quedado destruidas y el sufrimiento humano alcanza niveles difíciles de describir.

Pero reducir el conflicto a una idea de “venganza histórica” puede resultar peligroso. Ni los israelíes actuales son los antiguos reinos bíblicos, ni los palestinos son Babilonia o Asiria. Las sociedades modernas son mucho más complejas. Hay israelíes que desean convivencia y palestinos que también la desean; hay extremismos en ambos lados y generaciones enteras atrapadas entre el miedo, el trauma y el odio acumulado.

La historia enseña algo importante: cuando dos pueblos convierten el pasado en una herida imposible de cerrar, el sufrimiento tiende a repetirse. Ya ocurrió con Israel y Judá en la Antigüedad. La división interna debilitó a ambos hasta hacerlos vulnerables frente a fuerzas mayores.

Hoy, después de milenios de guerras, exilios y destrucciones, la gran pregunta sigue siendo la misma: si la memoria servirá para comprender el dolor ajeno o únicamente para justificar nuevas tragedias.

LOS MICROBIOS QUE ENVENENARON LA TIERRA… Y NOS DIERON LA VIDA

 

Hubo un tiempo en que la Tierra olía mal. Muy mal. No había bosques, ni flores, ni pájaros, ni siquiera ese desagradable vecino microscópico que nos provoca catarros cada invierno. El planeta era una esfera inhóspita de volcanes, mares turbios y cielos color herrumbre donde el oxígeno, ese gas que hoy damos por sentado y que utilizamos con la misma inconsciencia con que abrimos una ventana, apenas existía. Respirar allí habría sido tan recomendable como inhalar el contenido de un tubo de escape. Y, sin embargo, en aquel escenario digno de una refinería petroquímica administrada por demonios, surgieron unos organismos diminutos que cambiaron el destino del mundo con una eficacia que haría palidecer de envidia a cualquier emperador, profeta o inventor de Silicon Valley.

Los responsables fueron las cianobacterias, unas criaturas microscópicas tan simples que vistas al microscopio producen la impresión de haber sido diseñadas por un funcionario con prisas. No tenían núcleo, ni órganos internos, ni nada que sugiriera sofisticación biológica. Pero poseían una habilidad revolucionaria: capturar luz solar y fabricar alimento mediante fotosíntesis. Como subproducto liberaban oxígeno. Y eso, hace más de 2.400 millones de años, equivalía a fabricar veneno industrial.

Hoy sabemos que aquellas bacterias construyeron estructuras minerales llamadas estromatolitos, palabra derivada del griego stroma —colchón— y lithos —piedra—, aunque “cojines rocosos” no hace justicia a su extraña belleza. Son montículos laminados de carbonato formados lentamente por colonias microbianas que atrapan sedimentos y precipitan minerales. Parecen piedras corrientes. De hecho, la mayoría de la gente pasaría junto a uno sin dedicarle más atención que a una alcantarilla. Pero en realidad constituyen las ruinas fósiles de la civilización más antigua del planeta.

Durante unos tres mil millones de años dominaron la Tierra con una perseverancia geológica que resulta casi ofensiva. Mientras los continentes chocaban, los océanos se abrían y las montañas nacían y desaparecían, aquellos organismos siguieron ahí, acumulando capas microscópicas con la paciencia de un contable inmortal. Los estromatolitos representan las evidencias directas más antiguas de vida conocidas. Algunos fósiles australianos tienen más de 3.400 millones de años, aunque los descubrimientos más recientes en Groenlandia y Quebec han insinuado rastros biológicos todavía más antiguos, lo que ha desencadenado una de esas deliciosas guerras científicas en las que personas extremadamente inteligentes discuten durante décadas sobre unas piedras viscosas.

Lo extraordinario es que aquellos seres minúsculos provocaron la primera gran catástrofe ecológica de la historia. Los paleontólogos modernos la llaman la Gran Oxidación. El nombre suena a producto quitamanchas, pero fue un apocalipsis químico de dimensiones planetarias. El oxígeno liberado por las cianobacterias comenzó a acumularse lentamente en océanos y atmósfera. Al principio era absorbido por minerales ricos en hierro y por gases volcánicos reductores, pero llegó un momento en que el planeta se saturó y el oxígeno empezó a quedar libre en el aire.

Para casi todos los organismos existentes aquello fue una calamidad absoluta. Vivían felices en un mundo anaerobio donde el oxígeno resultaba letal. Y lo cierto es que sigue siéndolo. El oxígeno es una molécula extraordinariamente reactiva. Oxida, corroe y destruye tejidos. Nuestros propios glóbulos blancos lo utilizan como arma química contra bacterias invasoras. Respiramos una sustancia tóxica únicamente porque llevamos cientos de millones de años aprendiendo a sobrevivir a ella. La vida compleja no nació gracias a un entorno amable, sino gracias a una larga adaptación a un gas venenoso.

Pero aquel desastre abrió posibilidades inéditas. El oxígeno permitió obtener mucha más energía metabólica que las fermentaciones anaerobias primitivas. Y, además, en las capas altas de la atmósfera comenzó a formarse ozono, una molécula compuesta por tres átomos de oxígeno que actuó como escudo contra la radiación ultravioleta. Hasta entonces la superficie terrestre era un lugar tan hospitalario como una sartén solar. Con la aparición de la capa de ozono, la vida pudo aventurarse fuera del agua sin desintegrarse instantáneamente bajo el Sol.

Todo lo que vino después —helechos gigantescos, dinosaurios, mamíferos, jirafas, dentistas, inspectores de Hacienda y aficionados al pádel— fue consecuencia indirecta de aquellas bacterias primitivas.

A veces tendemos a imaginar la evolución como una especie de escalera ascendente hacia formas cada vez más complejas, pero durante la inmensa mayor parte de la historia terrestre el planeta perteneció exclusivamente a los microbios. Si la historia de la Tierra se condensara en un solo día, los seres humanos apareceríamos apenas unos segundos antes de medianoche. Los estromatolitos, en cambio, habrían estado presentes desde la madrugada. Y continúan aquí.

Hasta comienzos de los años sesenta se pensaba que los estromatolitos eran únicamente fósiles. Luego ocurrió uno de esos descubrimientos científicos que parecen escritos por un novelista especialmente inspirado. En Shark Bay, una remota bahía del oeste australiano donde el agua es tan salada que pocos organismos sobreviven, se encontraron estromatolitos vivos. Era como descubrir una colonia activa de trilobites paseando por Benidorm.

Desde entonces han aparecido otros enclaves extraordinarios. Uno de los más fascinantes está en Cuatro Ciénegas, en el desierto mexicano de Chihuahua, un lugar tan improbable que parece inventado por un director artístico. Allí, en lagunas turquesas rodeadas de yesos blancos y montañas áridas, prosperan comunidades microbianas cuya genealogía se hunde casi hasta el origen mismo de la vida. Algunos científicos consideran Cuatro Ciénegas uno de los mejores análogos modernos de la Tierra primitiva. Otros simplemente se quedan mirando el agua en silencio, que probablemente sea la reacción más sensata.

Incluso en España seguimos encontrando huellas de aquel mundo perdido. En 2010, investigadores del Instituto Geológico y Minero identificaron en la cueva cántabra de El Soplao abundantes formaciones negras que resultaron ser estromatolitos fósiles. Hay algo maravillosamente perturbador en entrar en una cueva y descubrir que esas rocas oscuras son, en realidad, el residuo mineralizado de organismos que vivieron cuando ni siquiera existían animales.

Richard Fortey escribió una vez que, si el mundo comprendiera de verdad sus maravillas, los estromatolitos serían tan famosos como las pirámides de Gizeh. Tiene razón. Porque contemplarlos equivale a mirar directamente hacia el pasado profundo. No un pasado histórico, ni arqueológico, ni siquiera paleontológico en el sentido habitual, sino un pasado casi incomprensible, situado tan lejos de nosotros que el cerebro apenas logra procesarlo.

Y, sin embargo, todo empezó allí: en esas películas bacterianas aparentemente insignificantes que burbujeaban bajo el sol precámbrico. Las pequeñas burbujas que aún hoy ascienden desde algunos estromatolitos vivos contienen el mismo oxígeno que desencadenó una extinción masiva y, simultáneamente, hizo posible todas las demás formas de vida compleja. Son las exhalaciones de unos organismos microscópicos que transformaron un planeta muerto en uno habitable.

No está mal para unas bacterias sin núcleo.