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miércoles, 19 de agosto de 2026

LA DIETA DEL CHUCRUT: CUANDO UN ALIMENTO MILENARIO LLEGA A WASHINGTON

 

Robert F. Kennedy Jr. tiene una manera peculiar de desayunar. A las seis y media de la mañana puede sentarse ante un filete acompañado de una buena ración de chucrut. Sin pan, sin tostadas, sin fruta. Carne y col fermentada. El procedimiento parece tener incluso sus reglas: un bocado de carne, otro de chucrut. Durante algún tiempo Kennedy llegó a llevar su propio chucrut a los restaurantes, costumbre que abandonó después de descubrir que los demás comensales no compartían necesariamente su entusiasmo por el penetrante aroma de la col fermentada.

Kennedy asegura que siguiendo este régimen perdió unos nueve kilos en veinte días. Lo denomina dieta carnívora, aunque sería más exacto describirla como una peculiar combinación de carne y alimentos fermentados. Su principal inspirador es Sean O'Mara, médico estadounidense que promociona una modalidad llamada living carnivore diet. La idea ha encontrado seguidores en los círculos políticos próximos a la Administración Trump y ha adquirido un nombre mucho más comercial: steak-and-sauerkraut diet, la dieta del filete y el chucrut.

Como ocurre con muchas modas alimentarias, contiene una parte sensata, otra discutible y una tercera magníficamente diseñada para las redes sociales.

La parte sensata es el chucrut.

La fermentación nos acompaña desde hace unos ocho mil años. En China se elaboraba hacia el 7000 a. C. una bebida fermentada de arroz, miel y frutas, y milenios después sumerios, babilonios y egipcios bebían cerveza y otras bebidas fermentadas con suficiente entusiasmo para demostrar que algunas costumbres humanas poseen una extraordinaria resistencia al paso del tiempo.

Pero la fermentación nos dio bastante más que alcohol. Las levaduras producen el dióxido de carbono que hace subir la masa del pan y las bacterias lácticas generan ácido láctico, que permitió conservar alimentos mucho antes de que existieran frigoríficos. Miso, masa madre, vinagre, kimchi, chucrut, queso, kéfir y yogur son descendientes de aquellos experimentos. La humanidad aprendió a utilizar microorganismos miles de años antes de descubrir que existían.

Hubo que esperar a Pasteur para comprender que detrás de la fermentación había seres vivos y a Eduard Buchner para descubrir, en 1897, que un extracto de levaduras trituradas podía seguir fermentando azúcar aunque ya no hubiera células intactas. Aquello abrió el camino al descubrimiento de las enzimas y le proporcionó el Nobel de Química.

El chucrut es otro producto de ese viejo matrimonio entre humanos y microbios. Se obtiene dejando que bacterias lácticas fermenten los azúcares de la col en presencia de sal. Producen ácido láctico, baja el pH y la col puede conservarse durante mucho tiempo. Si después no se pasteuriza, puede llegar a nuestra mesa con microorganismos vivos.

Y eso interesa porque nuestro intestino alberga una comunidad extraordinaria de bacterias, arqueas, hongos y virus: la microbiota intestinal. No son simples pasajeros. Intervienen en la digestión, producen sustancias que utilizamos e interactúan con nuestro sistema inmunitario. Somos, en cierto sentido, un ecosistema ambulante.

Por eso la idea de que los fermentados pueden ser beneficiosos no es ninguna extravagancia. Un ensayo publicado en Cell en 2021 comparó una dieta rica en fibra con otra abundante en alimentos fermentados. En quienes aumentaron el consumo de yogur, kéfir, kimchi, chucrut y otros fermentados creció la diversidad de la microbiota intestinal y disminuyeron varios marcadores inflamatorios. Era un estudio pequeño y no convierte al chucrut en medicamento, pero proporcionó evidencia experimental interesante.

Hasta aquí, Kennedy pisa terreno bastante firme. También acierta al eliminar buena parte de los ultraprocesados y azúcares añadidos. El problema comienza cuando de ahí se concluye que debemos prescindir de legumbres, cereales integrales, frutas y buena parte de las verduras.

Precisamente muchas bacterias intestinales viven de sustancias vegetales que nosotros no podemos digerir. La fibra llega al colon, donde los microorganismos la fermentan y producen, entre otras sustancias, ácidos grasos de cadena corta beneficiosos para las células intestinales.

Ahí está la gran paradoja de la dieta del chucrut: pretende cuidar la microbiota mientras elimina buena parte de lo que la alimenta. Podemos tomar kéfir y comer lentejas. A nuestras bacterias no les importará.

El segundo problema es la carne roja. Kennedy dice consumirla unas dos veces al día. Numerosos estudios epidemiológicos han asociado un consumo elevado, especialmente de carne procesada, con mayor riesgo de cáncer colorrectal, enfermedad cardiovascular y diabetes tipo 2. Eso no significa que comerse un filete equivalga a fumarse un paquete de cigarrillos. Significa algo bastante menos espectacular: convertir la carne roja en el centro de prácticamente todas las comidas no parece una idea especialmente respaldada por la evidencia.

Y está el planeta. Los rumiantes poseen microorganismos intestinales capaces de digerir la celulosa, una formidable innovación evolutiva con un pequeño inconveniente atmosférico: durante esa fermentación producen metano, que expulsan principalmente mediante eructos. El metano es un potentísimo gas de efecto invernadero. Si añadimos estiércol, piensos, ocupación de tierras y deforestación, la carne de vacuno presenta una huella climática muy superior a la de las proteínas vegetales y a la mayoría de las demás fuentes animales. Dos filetes diarios pueden ser discutibles nutricionalmente; como modelo alimentario para millones de personas lo son también climáticamente.

Y queda la sal. Para fabricar chucrut hay que salar la col y esa sal no desaparece por cortesía cuando termina la fermentación. Una ración generosa puede aportar varios cientos de miligramos de sodio. Convertirla en acompañamiento obligatorio de dos grandes raciones diarias de carne puede elevar considerablemente su consumo.

Tampoco deberíamos dejarnos impresionar demasiado por los nueve kilos que Kennedy asegura haber perdido en veinte días. Al reducir drásticamente los hidratos de carbono se agotan las reservas de glucógeno y se pierde también el agua asociada a ellas. Después puede perderse grasa si, como suele ocurrir con una dieta muy restrictiva, acabamos comiendo menos. Nada de eso demuestra que la combinación de bistec y chucrut posea poderes metabólicos especiales.

Las dietas extremas cuentan, además, con una formidable ventaja comercial: son fáciles de explicar. «Coma una alimentación variada, predominantemente vegetal, con frutas, verduras, legumbres, cereales integrales y frutos secos; incorpore pescado y cantidades moderadas de otros productos animales y reduzca los ultraprocesados» es un consejo respaldado por décadas de investigación.

Tiene un inconveniente: resulta espantosamente aburrido.

«Coma filetes con chucrut y pierda nueve kilos en veinte días» funciona bastante mejor en Instagram.

Quizá el error fundamental de la dieta del chucrut sea uno muy común en nutrición: creer que si algo es bueno, muchísimo tiene que ser muchísimo mejor. Si los fermentados favorecen ciertos aspectos de la microbiota, desayunemos chucrut; si reducir el azúcar es conveniente, eliminemos los hidratos de carbono. La biología rara vez funciona así.

Podemos quedarnos con la parte sensata. Los alimentos fermentados nos acompañan desde los albores de la civilización. Nos dieron pan, vino, cerveza, queso, yogur, vinagre, kimchi y chucrut; condujeron a Pasteur hacia algunos de los grandes descubrimientos de la microbiología y ahora sabemos que pueden influir en el extraordinario ecosistema que llevamos dentro.

No está nada mal para una col metida en salmuera.

Pero de ahí a convertirla en compañera inseparable de dos filetes diarios hay un trecho considerable. Podemos comer yogur, kéfir, kimchi o chucrut junto con frutas, verduras, legumbres y cereales integrales, y dejar el filete para cuando realmente nos apetezca.

Después de ocho mil años fermentando alimentos, sería curioso que la gran lección que hubiéramos aprendido fuese que todo estaba inventado para acompañar un bistec.

UNA GRAN ESTAFADORA DEL CERRADO BRASILEÑO

 

Estamos acostumbrados a presentar la polinización como uno de los grandes negocios honestos de la naturaleza. La planta necesita que alguien transporte su polen y el insecto necesita comer. La flor anuncia sus mercancías mediante colores y perfumes; la abeja acude, cobra en néctar o polen y, mientras se alimenta, presta involuntariamente un servicio de mensajería. Todos ganan.

Pero la evolución no tiene ningún código de comercio. Y donde existe un sistema basado en señales y recompensas, tarde o temprano aparece alguien dispuesto a falsificar las señales y ahorrarse las recompensas.

Eso es precisamente lo que hace una orquídea sudamericana, Galeandra montana. En un estudio cuyos resultados han sido publicados en la revista Annals of Botany, un grupo de investigadores brasileños acaba de demostrar que sus flores imitan las de Jacaranda rufa, un arbusto con el que convive, para atraer a los mismos polinizadores sin ofrecerles nada a cambio. Es el primer caso de mimetismo floral batesiano demostrado formalmente en Sudamérica. El estudio se ha publicado en.

La historia ocurre en un escenario que merece presentación: el Cerrado brasileño. Cuando pensamos en la naturaleza de Brasil, la Amazonia tiende a ocupar todo el escenario, pero al sur y al este de la gran selva se extiende un territorio inmenso de unos dos millones de kilómetros cuadrados, cuatro veces la superficie de España y aproximadamente una cuarta parte de Brasil. Es el segundo gran bioma del país y la sabana tropical más rica en especies del mundo. Alberga más de 13 000 especies de plantas, además de centenares de especies de aves y mamíferos.

Llamarlo «sabana», sin embargo, puede resultar engañoso si imaginamos una interminable pradera africana. El Cerrado es un mosaico extraordinariamente variado de pastizales, matorrales, bosques abiertos, bosques de galería y formaciones arboladas. Buena parte de sus árboles y arbustos tienen troncos retorcidos, cortezas gruesas y sistemas radicales enormes, adaptaciones a una estación seca muy marcada, a suelos pobres y ácidos y, sobre todo, a un viejo conocido de estos ecosistemas: el fuego. Bajo una vegetación que a primera vista puede parecer modesta se esconde una enorme biomasa subterránea. El Cerrado es, en cierto modo, un bosque que ha decidido guardar buena parte de sí mismo bajo tierra.

También es uno de los grandes centros mundiales de biodiversidad vegetal. Y en medio de esa formidable colección de plantas viven nuestras dos protagonistas. La primera es Jacaranda rufa, una bignoniácea emparentada con los jacarandás ornamentales que llenan de flores violetas las calles de muchas ciudades cálidas. No es, sin embargo, uno de aquellos grandes árboles urbanos. J. rufa es normalmente un arbusto bajo, de hasta un par de metros, provisto de un órgano subterráneo leñoso, el xilopodio, que le permite rebrotar después de incendios y sequías. Produce vistosas inflorescencias y flores tubulares de color púrpura, con la garganta más clara, perfectamente diseñadas para llamar la atención de los insectos. Sus grandes visitantes encuentran en ellas néctar y, mientras lo buscan, entran en contacto con los órganos reproductores de la planta.

Los jacarandás constituyen un género esencialmente neotropical de unas cincuenta especies, muchas de ellas brasileñas. Sus flores, generalmente tubulares o acampanadas, están especialmente asociadas a abejas capaces de introducirse en la corola. Para un abejorro del Cerrado, una flor de Jacaranda es algo parecido al luminoso de un restaurante conocido: una señal que ha aprendido a relacionar con comida.


A, B: La especie modelo, Jacaranda rufa (Bignoniaceae); C,D: la especie imitadora, Galeandra montana (Orchidaceae) (C, D). Figura de Cardoso et al. (2026)

Y ahí se entromete Galeandra montana. Es una hermosa orquídea del Cerrado y otras formaciones brasileñas que produce flores grandes y llamativas. Pero tiene un pequeño inconveniente desde el punto de vista del cliente: no sirve nada. Ni néctar ni otra recompensa alimenticia. El establecimiento tiene fachada, iluminación y publicidad, pero la despensa está vacía.

La estrategia tiene un nombre: mimetismo batesiano. Procede del naturalista británico Henry Walter Bates, que estudió en el siglo XIX las mariposas amazónicas y observó que algunas especies comestibles se parecían extraordinariamente a otras desagradables o tóxicas. Si un depredador aprende que cierto patrón de colores significa «no me comas», cualquier especie inofensiva que consiga parecerse a la peligrosa puede beneficiarse del engaño.

Los sírfidos que parecen avispas hacen algo semejante. No tienen aguijón, pero visten de amarillo y negro. Lo mismo ocurre con numerosos insectos perfectamente indefensos que han descubierto, evolutivamente hablando, que parecer peligroso sale mucho más barato que serlo.

En las flores, la lógica es ligeramente diferente. El modelo no es peligroso, sino generoso. Una especie ofrece una recompensa real y el imitador copia sus señales publicitarias sin pagar el coste de producirla.

Las orquídeas son consumadas especialistas en estas artimañas. Algunas del género Ophrys, que tenemos muy cerca de casa, han llevado el fraude hasta extremos casi indecentes. Sus flores imitan el aspecto y, sobre todo, las señales químicas de las hembras de determinadas abejas o avispas. El macho intenta copular con la flor y se marcha sin descendencia, pero con los polinios de la orquídea pegados al cuerpo. Si vuelve a equivocarse con otra flor, la planta habrá conseguido exactamente lo que quería.

Galeandra montana utiliza un procedimiento menos erótico, pero igualmente eficaz: se hace pasar por un restaurante. Imaginemos que viajamos por una carretera desierta, llevamos horas sin comer y de pronto vemos la fachada inconfundible de una conocida cadena de restaurantes. El cartel, los colores, la puerta: todo coincide. Entramos y descubrimos que detrás de la fachada no hay restaurante alguno, sino un decorado de cartón. Nos marchamos indignados, naturalmente. El problema es que, mientras buscábamos la comida, alguien nos ha pegado un paquete a la espalda. Eso es, aproximadamente, lo que les sucede a las hembras de dos grandes abejas, Bombus morio y Xylocopa suspecta.

La orquídea dispone incluso de perfumería propia. En el labelo —el pétalo especializado característico de las orquídeas— posee unas estructuras secretoras llamadas osmóforos, capaces de producir sustancias volátiles que funcionan como atrayentes. Cuando la abeja se aproxima encuentra además una flor orientada horizontalmente, de aspecto tubular, con señales visuales semejantes a guías de néctar. Todo le dice lo mismo: aquí hay comida.

Entra.

No hay comida.

En menos de cinco segundos suele comprender que aquello es una estafa y abandona la flor. Pero cinco segundos son más que suficientes. Durante la inspección, el polinio —la masa compacta de polen característica de las orquídeas— queda adherido a su cuerpo. Si poco después la misma abeja cae en la trampa de otra Galeandra, transportará hasta ella el polen de la primera.

Demostrar que estamos ante mimetismo y no ante una semejanza casual exige bastante más que colocar fotografías de ambas flores una al lado de la otra. Y ahí reside precisamente el interés del nuevo estudio.

Hembras de Xylocopa suspecta y Bombus morio mostrando polinios de Galeandra montana depositados en la parte superior de su tórax (flecha) (A, B). Visita de una hembra de Bombus morio a G. montana (C, D). Figura de Cardoso et al. (2026).

Los investigadores compararon la forma, tamaño, orientación y coloración de las flores, pero no se limitaron a contemplarlas con ojos humanos. Analizaron sus reflectancias espectrales y modelaron cómo las percibe el sistema visual de las abejas. El resultado fue espectacular: el 81,83% de la variación de los rasgos florales de la imitadora quedaba comprendido dentro del espacio de características del modelo. Para una abeja, las dos flores se parecen mucho más de lo que quizá nos parezcan a nosotros.

Además, el engaño funciona en el momento adecuado. La floración de Galeandra montana queda incluida dentro de la temporada de floración de Jacaranda rufa. Sería absurdo disfrazarse de restaurante cuando todos los restaurantes auténticos están cerrados: los animales dejarían de asociar la señal con una recompensa. La falsificadora necesita trabajar mientras el negocio legítimo mantiene su reputación.

También coinciden geográficamente. Los modelos de distribución utilizados por los investigadores indican un solapamiento equivalente aproximadamente al 9 % de la superficie de Sudamérica, y en las localidades estudiadas ambas plantas pueden crecer separadas por apenas unos metros. Las mismas abejas visitan a las dos.

Solo existe una diferencia llamativa. Galeandra produce muchas menos flores que Jacaranda. Pero parece compensarlo haciendo que cada anuncio resulte más visible: sus flores son algo mayores, presentan una superficie frontal más grande y aparecen a mayor altura. Si no puedes permitirte veinte carteles publicitarios, coloca uno enorme encima del edificio.

El sistema, sin embargo, tiene un delicado problema matemático. Un impostor solo prospera mientras sea relativamente raro. Si hubiera más restaurantes falsos que verdaderos, los clientes aprenderían rápidamente que aquel letrero ya no significa comida y dejarían de entrar. El éxito del imitador depende, paradójicamente, de que el modelo continúe siendo abundante y honrado. La estafa funciona porque la mayoría no estafa.

Los autores sugieren además que Galeandra montana podría ser solo la primera pieza descubierta de algo mucho mayor. En el Neotrópico conviven numerosas especies de Galeandra con una extraordinaria diversidad de bignoniáceas de flores semejantes. Quizá no estemos ante un caso aislado, sino ante todo un complejo de mimetismo floral todavía por descubrir: una extensa asociación de modelos generosos e imitadores oportunistas repartida por las sabanas y bosques tropicales americanos.

Y aquí la historia vuelve inevitablemente al Cerrado. A pesar de su extraordinaria biodiversidad, este bioma ha recibido históricamente mucha menos atención internacional que la Amazonia. Aproximadamente la mitad de su vegetación original ha sido transformada, fundamentalmente por la expansión de la agricultura y la ganadería. Grandes superficies han sido convertidas en pastizales y cultivos de soja, maíz y algodón. Aunque la deforestación brasileña disminuyó en 2025, el Cerrado siguió siendo el bioma del país que perdió mayor superficie de vegetación nativa: más de 540.000 hectáreas en un solo año.

Y perder el Cerrado no significa únicamente perder determinadas especies. Significa desmontar relaciones que han tardado millones de años en construirse: una abeja que aprende que determinada forma y determinado color anuncian néctar; una jacaranda que paga por sus servicios; una orquídea que ha aprendido a falsificar el anuncio; un polinio colocado exactamente en el lugar adecuado del cuerpo del insecto; floraciones sincronizadas y señales visuales ajustadas a unos ojos que ni siquiera ven el mundo como nosotros.

Quizá por eso Galeandra montana resulta tan fascinante. No produce néctar, no recompensa a sus visitantes y vive literalmente del prestigio comercial de otra planta. Es una falsificadora, una gorrona y una estafadora. Pero hay que reconocerle una cosa: después de millones de años de evolución, ha conseguido que hasta las abejas entren en un restaurante sincocina.

martes, 18 de agosto de 2026

HIBISCUS SYRIACUS: EL HIBISCO QUE NO ES DE SIRIA

 

Los nombres científicos tienen fama de ser mucho más fiables que los nombres vulgares. Y lo son. Pero eso no significa que siempre digan la verdad. Hibiscus syriacus constituye un buen ejemplo. Uno podría deducir razonablemente que estamos ante un hibisco sirio, quizá originario de las tierras secas del Mediterráneo oriental. El propio nombre parece garantizarlo. Pues no. Nuestro protagonista procede de Asia oriental, principalmente de China, y su relación con Siria es, en el mejor de los casos, el resultado de una confusión geográfica que la nomenclatura ha conservado durante siglos.

Es un arbusto caducifolio de dos a cuatro metros de altura, a veces convertido mediante poda en un pequeño arbolito, que en verano se cubre de grandes flores blancas, rosadas, violetas, azuladas o púrpuras. Cuando muchos arbustos de nuestros jardines han terminado ya su floración primaveral, H. syriacus comienza precisamente la suya. Esa floración tardía, su resistencia al frío y su extraordinaria tolerancia a las condiciones urbanas explican que se haya convertido en uno de los hibiscos más cultivados en las regiones templadas.

El nombre Hibiscus procede del latín hibiscum o hibiscus, empleado por autores antiguos para designar una planta malvácea. La palabra parece proceder, a su vez, del griego hibískos, aunque no podemos asegurar que la planta de los griegos fuese exactamente alguno de los hibiscos que hoy incluimos en el género. Linneo recuperó el viejo nombre y lo convirtió en Hibiscus cuando estableció el género moderno.

El epíteto syriacus significa literalmente «sirio» o «procedente de Siria». Linneo publicó Hibiscus syriacus en 1753 creyendo que la planta tenía ese origen. Probablemente llegó a Europa a través de antiguas rutas comerciales desde Oriente y se cultivaba ya en jardines del Próximo Oriente cuando los botánicos europeos la conocieron. La procedencia comercial terminó confundiéndose con la procedencia natural. Hoy su área de origen se sitúa mucho más al este, fundamentalmente en China, aunque siglos de cultivo dificultan delimitar con absoluta precisión su distribución primitiva.

La planta alcanzó una especial importancia cultural en Corea, donde recibe el nombre de mugunghwa y es considerada la flor nacional de Corea del Sur. El término se relaciona con la idea de perpetuidad o de algo que florece incesantemente, una descripción bastante acertada de un arbusto capaz de producir flores nuevas durante buena parte del verano.

Aunque cada flor individual tiene una existencia breve —frecuentemente apenas uno o dos días—, la planta fabrica botones sin descanso. Es el viejo truco de muchos hibiscos: en lugar de invertir en flores particularmente longevas, mantienen una cadena de producción que hace parecer continua la floración.

La flor sencilla es una magnífica introducción a la familia Malvaceae, a la que también pertenecen las malvas, el algodón, el cacao, los baobabs y el palo borracho del que hablábamos anteriormente. Presenta cinco grandes pétalos y, en el centro, una de las estructuras más características de la familia: numerosos estambres cuyos filamentos están soldados formando una columna estaminal que rodea al estilo. Este atraviesa la columna y sobresale por encima de ella, terminando normalmente en cinco ramas estigmáticas. Es una arquitectura tan peculiar que basta mirar el centro de una flor para sospechar inmediatamente que estamos ante una malvácea.

Muchas variedades poseen además una mancha roja o púrpura en la base de los pétalos, formando un llamativo ojo central. Estas señales de color no son simple decoración. Junto con otros caracteres florales ayudan a orientar a los insectos hacia el centro de la flor, donde se encuentran el polen y el néctar. Abejas, abejorros y otros insectos visitan abundantemente los hibiscos y salen a menudo de ellos literalmente espolvoreados de polen.

Tras la fecundación, el ovario se transforma en una cápsula seca dividida en cinco compartimentos. Cuando madura se abre y libera numerosas semillas provistas de pelos. En condiciones favorables la planta puede producirlas con tanta eficacia que aparecen pequeños hibiscos espontáneamente alrededor del ejemplar cultivado.

Sus hojas son alternas, de contorno ovado o romboidal y generalmente divididas en tres lóbulos más o menos marcados, con el margen gruesamente dentado. Al llegar el otoño amarillean y caen. Esta condición caducifolia distingue inmediatamente a H. syriacus de otro hibisco omnipresente en los jardines de las zonas cálidas, H. rosa-sinensis, el hibisco chino o rosa de China.

Este último es perennifolio, tiene hojas brillantes y apenas soporta las heladas. H. syriacus, en cambio, parece bastante más modesto durante el invierno —se queda reducido a un entramado de ramas desnudas— pero puede soportar temperaturas considerablemente inferiores a cero. Por eso el primero domina en jardines tropicales y subtropicales, mientras que H. syriacus puede cultivarse perfectamente en buena parte de la Europa continental.

Hablemos ahora de los hibiscos de flores dobles, esas variedades cuyas flores parecen haber olvidado el sencillo plan de cinco pétalos y se presentan convertidas en pequeños pompones. No constituyen otra especie. Son cultivares seleccionados durante generaciones por una alteración fascinante del desarrollo floral. Una flor normal está organizada en verticilos: sépalos en el exterior, después pétalos, luego estambres y finalmente carpelos. Pero todos esos órganos son, desde un punto de vista evolutivo, modificaciones de estructuras foliares y su identidad depende de determinados genes reguladores.

En algunas mutaciones, órganos que deberían convertirse en estambres se desarrollan parcial o completamente como pétalos. El fenómeno se denomina petaloidía. Los horticultores han seleccionado y propagado esas mutaciones porque producen flores mucho más llenas. Existen así variedades semidobles, en las que todavía pueden reconocerse numerosos estambres fértiles, y variedades dobles en las que buena parte del aparato masculino se ha convertido en una masa de pétalos adicionales.

El resultado nos parece espectacular, pero desde el punto de vista de la planta tiene un inconveniente: una flor con menos estambres funcionales produce menos polen y, si la transformación afecta también a los órganos femeninos, puede llegar a ser prácticamente estéril. Además, los insectos encuentran más difícil acceder a los recursos florales. Una flor doble es, en cierto modo, una planta a la que los humanos hemos pedido que sacrifique parte de su eficacia reproductiva a cambio de satisfacer nuestro gusto por la exuberancia.

H. syriacus ha tenido también usos que van más allá de la jardinería. En Asia oriental, sus flores y hojas aparecen en diferentes tradiciones medicinales y se han investigado extractos por sus posibles propiedades antioxidantes, antiinflamatorias y antimicrobianas. Entre sus constituyentes se han identificado flavonoides, antocianinas, ácidos fenólicos, terpenoides y otros compuestos secundarios. Las antocianinas son especialmente importantes en las variedades rosadas, rojas y violáceas, pues contribuyen a la coloración de los pétalos.

Las flores y algunas otras partes de la planta se han utilizado asimismo como alimento en determinados lugares, aunque H. syriacus no debe confundirse con H. sabdariffa, la especie de la que se obtienen los cálices carnosos empleados para preparar la conocida infusión de hibisco, karkadé o agua de Jamaica. Que dos plantas se llamen hibisco no significa que puedan intercambiarse alegremente en la cocina o en el botiquín.

No se considera H. syriacus una planta de toxicidad importante para las personas en los usos habituales, y precisamente por eso se cultiva profusamente en jardines y parques. Otra cosa son los extractos concentrados y las pretendidas aplicaciones medicinales, para las que la evidencia clínica es mucho más limitada que la abundancia de afirmaciones que circulan sobre ellas.

Quizá lo más interesante de este hibisco sea que reúne varias pequeñas paradojas. Es el hibisco sirio que no procede de Siria; una planta asiática convertida en elemento habitual de los jardines europeos; un arbusto cuyas flores duran poquísimo pero que parece pasarse el verano entero floreciendo. Y los humanos hemos añadido una paradoja más. Durante millones de años la selección natural perfeccionó una flor con cinco pétalos y una magnífica columna de estambres para reproducirse eficazmente.

Llegaron los jardineros, contemplaron el resultado y decidieron que quedaría mucho mejor si los estambres fueran también pétalos.

CEIBA SPECIOSA: EL ÁRBOL QUE ENGORDA PARA SOBREVIVIR

 

Hay árboles que parecen diseñados por un botánico y otros que parecen obra de un dibujante con cierta inclinación por la exageración. Ceiba speciosa, el palo borracho, pertenece sin duda al segundo grupo. Tiene un tronco verde que se hincha hasta adquirir forma de botella, está cubierto de grandes aguijones cónicos, produce espectaculares flores rosadas que recuerdan vagamente a enormes hibiscos y, cuando sus frutos maduran, los abre para dejar escapar masas de una fibra blanca semejante al algodón. Resulta difícil pedir más extravagancias a un solo árbol.

Es originario de las regiones subtropicales de Sudamérica, principalmente Brasil, Paraguay, Bolivia, el noreste de Argentina y zonas próximas. Allí forma parte de bosques estacionales en los que la disponibilidad de agua cambia considerablemente a lo largo del año. Esa circunstancia explica su característica más llamativa: el enorme tronco abombado.

El palo borracho almacena agua en los tejidos de su tronco. Durante la estación favorable acumula reservas que puede utilizar cuando llegan los meses secos. El resultado es ese aspecto ventrudo que ha inspirado algunos de sus nombres populares. En Argentina y otros países se lo llama palo borracho porque el tronco recuerda, con algo de imaginación y bastante mala intención, el vientre prominente de un borracho. También recibe nombres como árbol botella, samohú o toborochi.

La superficie del tronco joven es además verde, y no por casualidad. La corteza contiene clorofila y puede realizar fotosíntesis. Esto resulta especialmente útil cuando el árbol pierde total o parcialmente sus hojas durante la estación seca: mientras la copa reduce la pérdida de agua, el tronco continúa captando algo de energía solar. Con los años, la corteza suele volverse más grisácea, aunque conserva durante bastante tiempo su característica tonalidad verdosa.

Y después están los aguijones. El tronco y las ramas jóvenes aparecen armados con impresionantes protuberancias cónicas que pueden alcanzar varios centímetros. Popularmente hablamos de espinas, aunque botánicamente es más preciso llamarlas aguijones, porque son prolongaciones superficiales de la corteza y no órganos transformados como las verdaderas espinas. Probablemente desempeñan una función defensiva frente a animales que podrían dañar la corteza o acceder a sus tejidos ricos en agua. Sea cual sea su eficacia actual, consiguen que abrazar un palo borracho sea una experiencia que nadie necesita repetir.

Su nombre científico cuenta también una historia. Ceiba procede de una palabra indígena antillana —generalmente relacionada con el taíno— que los españoles encontraron aplicada a grandes árboles tropicales americanos. El término pasó muy pronto al castellano y de ahí a la nomenclatura botánica. El epíteto speciosa procede del latín speciosus: «hermoso», «vistoso», «de bella apariencia». Basta verlo florecido para reconocer que, por una vez, los taxónomos no exageraron.

Pero muchos libros todavía lo llaman Chorisia speciosa. No se trata de otra especie. Durante mucho tiempo estos árboles fueron separados de Ceiba y situados en el género Chorisia, nombre dedicado al artista y naturalista Louis Choris, que participó en la expedición rusa de Otto von Kotzebue alrededor del mundo a comienzos del siglo XIX. Los estudios morfológicos y, sobre todo, moleculares demostraron después que mantener Chorisia separado dejaba a Ceiba artificialmente dividido. El palo borracho regresó entonces a un género Ceiba más amplio y hoy el nombre aceptado es Ceiba speciosa.

También ha cambiado de familia en muchos libros. Tradicionalmente se incluía en las Bombacaceae, junto con los baobabs y otros grandes árboles tropicales de troncos engrosados. La clasificación moderna ha integrado las antiguas Bombacaceae dentro de las Malvaceae. Por eso el palo borracho es, aunque a primera vista cueste creerlo, pariente de malvas, hibiscos, algodón y cacao. Los baobabs continúan siendo parientes bastante cercanos, lo que ayuda a explicar cierto parecido de familia en esos troncos desmesurados preparados para afrontar períodos secos.

Las hojas son palmadamente compuestas, generalmente con cinco a siete folíolos que parten de un mismo punto como los dedos de una mano. Durante parte de la estación seca pueden caer, y entonces sucede algo espectacular: el árbol puede florecer casi desnudo. Las enormes flores, de unos diez o más centímetros de diámetro, quedan expuestas sobre las ramas con muy pocas hojas que les disputen protagonismo.

Las flores presentan cinco pétalos, generalmente rosados o violáceos hacia los extremos y mucho más claros, incluso blanquecinos o amarillentos, cerca del centro. Los estambres forman una estructura característica alrededor de los órganos reproductores, un rasgo que recuerda su parentesco con otras malváceas. La floración atrae numerosos visitantes, entre ellos insectos y aves nectarívoras, que actúan como polinizadores.

Después aparece otro de los trucos del palo borracho. El ovario fecundado se transforma en una gran cápsula ovoide, verde al principio y parda cuando madura. Al abrirse descubre numerosas semillas oscuras envueltas en una masa extraordinariamente blanca y sedosa. A simple vista parece algodón.

Pero tampoco esta vez las apariencias cuentan toda la verdad. El algodón comercial, producido por especies del género Gossypium, está formado por largos pelos que nacen de la superficie de las propias semillas. En Ceiba speciosa, la fibra —conocida como paina o kapok en sentido amplio— procede de pelos del interior del fruto. Es ligera, hidrófoba y muy flotante.

Estas propiedades hicieron que las fibras de diversas ceibas y árboles emparentados se utilizaran tradicionalmente para rellenar almohadas, colchones, cojines y salvavidas. No son tan apropiadas para hilar como el algodón porque sus fibras son lisas, quebradizas y se adhieren mal unas a otras. Antes de que los materiales sintéticos conquistaran este mercado, sin embargo, la extraordinaria flotabilidad de estas fibras las hacía particularmente útiles para chalecos y dispositivos de salvamento.

El árbol tuvo otros usos tradicionales. Su madera, ligera y relativamente blanda, se ha empleado en objetos sencillos y recipientes, mientras que distintas partes de la planta aparecen en la medicina popular sudamericana. La corteza y las hojas se han utilizado en preparados contra inflamaciones, fiebre y otras dolencias. Los análisis fitoquímicos han detectado flavonoides, compuestos fenólicos, terpenoides y otros metabolitos con actividad biológica experimental, pero Ceiba speciosa no es una planta medicinal de eficacia clínica bien establecida, por lo que conviene separar la tradición etnobotánica de los usos terapéuticos demostrados.

Tampoco se considera un árbol especialmente tóxico. Eso no significa que sus semillas, corteza o extractos deban consumirse alegremente. La composición química varía entre órganos y los estudios sobre seguridad son mucho más limitados que los disponibles para plantas alimentarias convencionales. En un parque urbano, en cualquier caso, el riesgo más evidente sigue estando a la vista: los grandes aguijones del tronco.

Hoy el palo borracho vive una segunda existencia como árbol ornamental. Se planta en ciudades de clima mediterráneo y subtropical porque soporta bien el calor y cierta sequía, crece con relativa rapidez y ofrece una floración espectacular. En España puede verse en parques y jardines de muchas localidades de las costas mediterránea y atlántica meridional y también en lugares protegidos del interior. Un ejemplar adulto en flor difícilmente pasa inadvertido.

Y quizá ahí radique el encanto de Ceiba speciosa. Cada una de sus rarezas tiene una explicación bastante sensata. El tronco hinchado almacena agua; su color verde permite seguir fotosintetizando cuando faltan las hojas; los aguijones proporcionan defensa; la pérdida estacional del follaje reduce el consumo de agua; las grandes flores atraen polinizadores y las fibras del fruto ayudan a dispersar las semillas.

Contemplado pieza por pieza, todo resulta perfectamente razón able.Es al juntar las piezas cuando aparece ese árbol imposible, barrigudo, verde, espinoso, cubierto de flores rosas y capaz de producir su propio algodón.

Y entonces uno comprende por qué Linneo no necesitó describirlo. Bastaba una palabra: speciosa.

lunes, 17 de agosto de 2026

CENTRANTHUS RUBER: LA HIERBA DE SAN JORGE QUE CONQUISTA LOS MUROS

 

Hay plantas que necesitan tierra profunda, riego cuidadoso y un jardinero pendiente de ellas. Centranthus ruber parece considerar todo eso una muestra innecesaria de comodidad. Le basta una grieta en un muro, el borde de una carretera o un montón de piedras donde cualquier jardinero sensato concluiría que no puede crecer nada. Allí instala sus raíces, levanta sus tallos y, desde la primavera hasta bien entrado el verano, se cubre de inflorescencias rosadas, rojas o, en algunas variedades, blancas.

En España la conocemos como valeriana roja, centranto rojo, milamores o hierba de San Jorge, aunque ninguno de esos nombres resulta tan revelador como el científico. Centranthus procede del griego kentron, «aguijón» o «espuela», y anthos, «flor»: literalmente, flor con espolón. Basta mirar una flor de cerca para comprenderlo. De la base de su pequeña corola tubular sale hacia atrás una prolongación estrecha en la que se acumula el néctar. El epíteto ruber es latino y significa sencillamente «rojo», por el color habitual de sus flores. El nombre Centranthus ruber fue publicado por de Candolle en 1805, aunque Linneo había descrito antes la planta como Valeriana rubra.

Y eso nos conduce a una cuestión interesante. Durante mucho tiempo se incluyó entre las valerianas y todavía la llamamos valeriana roja, pero no pertenece al género Valeriana. Sí es una pariente bastante próxima. La clasificación moderna incluye Centranthus y Valeriana dentro de la familia Caprifoliáceas, aunque los libros antiguos —y no tan antiguos— las situaban en una familia independiente, Valerianáceas. Es uno de esos pequeños cambios que la filogenia molecular ha ido introduciendo en nuestros manuales: las antiguas valerianáceas no han desaparecido, sino que han quedado integradas dentro de una familia más amplia.

Centranthus ruber es una planta perenne, aunque no particularmente longeva, que forma matas de tallos erectos y algo carnosos capaces de alcanzar alrededor de un metro. Las hojas son opuestas, enteras, de color verde azulado; las inferiores tienen pecíolo, mientras que las superiores abrazan parcialmente el tallo. Pero lo verdaderamente interesante aparece cuando nos acercamos a las flores.

Cada una mide apenas alrededor de un centímetro. La corola forma un tubo que remata en cinco lóbulos desiguales y posee un solo estambre fértil, una característica bastante llamativa. Hacia atrás se prolonga el espolón que da nombre al género. Cientos de esas pequeñas flores se agrupan en densos ramilletes terminales y consiguen que, contempladas desde lejos, parezcan una única gran superficie coloreada.

El espolón no es un adorno. En su fondo se encuentra el premio que la planta ofrece a sus visitantes: el néctar. Para alcanzarlo hace falta disponer de una espiritrompa suficientemente larga, de modo que las flores son frecuentadas sobre todo por mariposas y polillas, aunque también reciben otros insectos capaces de aprovecharlas. La arquitectura floral establece así una especie de control de acceso: cualquiera puede posarse sobre la inflorescencia, pero no todos llegan al fondo de la despensa.

La planta es originaria de la región mediterránea, desde el sur de Europa y el norte de África hasta zonas de Asia occidental. En ese ambiente su comportamiento resulta perfectamente comprensible. Está preparada para soportar insolación intensa, sequía estival y suelos pobres y pedregosos. Sus hojas algo carnosas almacenan agua y sus raíces encuentran refugio en fisuras donde otras especies tienen dificultades para establecerse. Por eso es tan característica de paredes antiguas, canteras, taludes ferroviarios y roquedos.

Su capacidad para vivir con casi nada explica también su éxito como ornamental. Se cultiva desde hace siglos en jardines europeos y se ha llevado después a numerosos países de clima templado. Y allí ha demostrado una característica que los jardineros conocen bien: una vez instalada, produce semillas con entusiasmo.

Después de la floración se forman pequeños frutos secos, cada uno con una sola semilla, coronados por un penacho plumoso procedente del cáliz. Cuando madura, ese penacho se despliega y convierte el fruto en un diminuto paracaídas que el viento puede transportar lejos de la planta madre. Es un mecanismo parecido, aunque botánicamente distinto, al de los vilanos de los dientes de león.

La combinación resulta formidable: tolerancia a la sequía, capacidad para crecer en suelos miserables, floración abundante y semillas aerotransportadas. En su región natal convierte a C. ruber en una eficaz colonizadora de lugares alterados. Fuera de ella puede convertirla en un problema. Se ha naturalizado en Gran Bretaña, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica y América del Norte, entre otras regiones, y en algunos lugares, especialmente en zonas costeras de Estados Unidos, está considerada especie invasora porque coloniza hábitats naturales y compite con la vegetación autóctona.

Su condición de «valeriana» ha favorecido además cierta confusión sobre sus propiedades medicinales. La auténtica valeriana medicinal es principalmente Valeriana officinalis, cuya raíz y rizoma contienen compuestos —entre ellos ácidos valerénicos— relacionados con sus efectos sobre el sistema nervioso y que explican su empleo tradicional como sedante. Centranthus ruber es otra cosa.

Eso no significa que carezca de historia medicinal. Sus raíces y otras partes de la planta se han empleado tradicionalmente como sedantes suaves, antiespasmódicos y remedios populares contra el nerviosismo, probablemente por analogía con las valerianas verdaderas. Se han identificado en el género iridoides y otros metabolitos secundarios, pero la información farmacológica disponible es mucho menor que para Valeriana officinalis. No parece prudente, por tanto, trasladar automáticamente a la hierba de San Jorge las propiedades medicinales demostradas o propuestas para su pariente.

Más curiosa todavía es su historia alimentaria. Las hojas jóvenes se han consumido tradicionalmente como verdura, crudas en ensalada o cocinadas, especialmente en algunas regiones mediterráneas. Tienen un sabor algo amargo y no parece que vayan a destronar a la lechuga, pero recuerdan que muchas de las plantas que hoy consideramos exclusivamente ornamentales tuvieron antiguamente usos mucho más variados. Las raíces también aparecen citadas como alimento en algunas fuentes etnobotánicas, aunque su consumo nunca alcanzó gran importancia.

No se considera una planta de elevada toxicidad. Como ocurre con tantas especies medicinales y comestibles tradicionales, eso tampoco convierte cualquier preparación concentrada en inocua ni justifica atribuirle las propiedades farmacológicas de Valeriana officinalis. En este caso, la principal precaución probablemente no sea química, sino ecológica: conviene impedir su dispersión en lugares donde pueda escapar del jardín y colonizar ambientes naturales.

Puede que sea precisamente esa facilidad para escapar lo que mejor define a C. ruber. Nosotros la plantamos cuidadosamente en un macizo y ella parece preferir la pared de enfrente. Le proporcionamos tierra fértil y riego y termina germinando en la junta de dos piedras. Queremos decidir dónde debe vivir y la planta lleva millones de años desarrollando sus propios criterios inmobiliarios.

Por eso, cuando encontremos una valeriana roja creciendo en una grieta imposible, conviene acercarse. Allí veremos las pequeñas flores con su espolón lleno de néctar, las mariposas que introducen en él la espiritrompa y, poco después, los frutos preparando sus paracaídas.

Todo lo necesario para conquistar el siguiente muro.

domingo, 16 de agosto de 2026

JASMINUM GRANDIFLORUM: EL LLAMADO JAZMÍN ESPAÑOL

 

Hay pocas fragancias vegetales tan fáciles de reconocer como la del jazmín. Basta que llegue una bocanada desde una tapia al caer la tarde para que casi cualquiera identifique la planta, aunque quizá no sepa exactamente qué planta está identificando. Porque bajo el nombre de jazmín cultivamos especies muy diferentes, algunas pertenecientes al género Jasminum y otras que ni siquiera son parientes cercanas. Y, para complicar las cosas, dos de los jazmines verdaderos más frecuentes en nuestros jardines, Jasminum grandiflorum y Jasminum officinale, se parecen tanto que llevan siglos intercambiándose nombres.

Nuestro protagonista es Jasminum grandiflorum, conocido como jazmín español, jazmín real o jazmín de España. Lo de español resulta algo engañoso, porque la especie no se originó aquí. Su área nativa se sitúa mucho más al este, desde el noreste de África y Arabia hasta regiones del sur de Asia, aunque su cultivo antiquísimo hace difícil reconstruir con precisión su historia biogeográfica. Lo que sí sabemos es que encontró en la península ibérica un clima magnífico y una larga tradición jardinera que terminó asociándolo estrechamente con España y, sobre todo, con los jardines mediterráneos.

El nombre Jasminum tiene una historia tan viajera como la propia planta. Procede en último término del persa yāsamin, que pasó al árabe yāsamīn y de allí a las lenguas europeas. Nuestro «jazmín», el francés jasmin, el italiano gelsomino y el inglés jasmine son descendientes, más o menos transformados, de aquella palabra persa. El epíteto grandiflorum es mucho más transparente: procede del latín grandis, grande, y flos, floris, flor. Significa sencillamente «de flores grandes». Linneo describió la especie con ese nombre en 1762.

Y flores grandes tiene, al menos comparadas con las de muchos de sus parientes. Son blancas, tubulares, con cinco lóbulos extendidos —a veces alguno más— y nacen reunidas en grupos terminales. Los capullos suelen mostrar por fuera una delicada tonalidad rosada que desaparece cuando la flor se abre. Las hojas son opuestas y compuestas, normalmente con cinco a nueve folíolos, y los tallos largos y flexibles se apoyan sobre muros, rejas y otras plantas. No es una trepadora en el sentido estricto de una vid: carece de zarcillos y raíces adhesivas. Sencillamente se encarama sobre lo que encuentra y agradece que alguien le proporcione una estructura donde apoyarse.

El problema empieza cuando colocamos a su lado Jasminum officinale, el jazmín común. A primera vista podrían pasar perfectamente por hermanos gemelos. Ambos son oleáceas —parientes, por tanto, de olivos, fresnos y aligustres—, tienen hojas pinnadas, largos tallos sarmentosos y flores blancas intensamente perfumadas. No es extraño que los nombres comunes se mezclen en viveros, jardines y páginas de Internet.

Pero hay diferencias. Jasminum grandiflorum suele tener flores mayores, con lóbulos relativamente anchos, y capullos marcadamente rosados. Sus folíolos tienden también a ser algo más anchos. J. officinale, por el contrario, suele presentar flores algo menores, lóbulos más estrechos y puntiagudos y hojas con cinco a nueve folíolos relativamente estrechos. Existen, además, diferencias de porte y comportamiento que pueden resultar más útiles para el jardinero que unos cuantos milímetros de corola.

J. officinale procede de una extensa región asiática y soporta generalmente mejor el frío. Puede perder las hojas durante el invierno y rebrotar en primavera después de heladas que causarían problemas a un grandiflorum. Este último está más a gusto con inviernos suaves, veranos cálidos y mucho sol. En buena parte de la España mediterránea se encuentra, por tanto, como en casa. En una zona continental fría conviene pensárselo antes de dejarlo completamente expuesto.

La otra gran diferencia está en el perfume. Describir olores con palabras siempre tiene algo de intentar explicar un cuadro por teléfono, pero el de J. grandiflorum suele considerarse más cálido, dulce y afrutado. Y esta característica le ha proporcionado una segunda vida mucho más allá de la jardinería.

El jazmín español es una de las grandes plantas de la perfumería. Sus flores se recolectan para obtener absoluto de jazmín, un producto extraordinariamente aromático y costoso. Tradicionalmente se utilizó la técnica del “enfleurage”, que consistía en colocar flores frescas sobre grasas capaces de absorber lentamente sus sustancias volátiles. Actualmente predominan otros métodos de extracción. Para obtener una cantidad pequeña de esencia hacen falta enormes cantidades de flores, recolectadas además con cuidado porque buena parte de su aroma se pierde rápidamente después de cortarlas.

Su perfume no depende de una sola sustancia, sino de una orquesta química. Entre sus componentes aparecen acetato de bencilo, benzoato de bencilo, linalol, indol, cis-jasmona, metil jasmonato y farnesol, entre muchos otros. El indol resulta particularmente curioso: en concentraciones elevadas posee un olor desagradable, incluso fecal, mientras que en cantidades diminutas contribuye a esa profundidad cálida y casi animal característica del jazmín. La perfumería, como la cocina, demuestra que algunos ingredientes que uno jamás probaría por separado pueden resultar indispensables en la mezcla.

Las jasmonas merecen también atención. Su nombre procede precisamente del jazmín, pero hoy sabemos que ellas y los jasmonatos son mucho más que sustancias aromáticas. Actúan como importantes señales químicas de las plantas y participan en respuestas frente a heridas, herbívoros y otros tipos de estrés. Una molécula que nosotros apreciamos porque contribuye a un perfume puede formar parte, para la planta, de un sistema de alarma.

Las flores de Jasminum grandiflorum poseen además una larga historia en las medicinas tradicionales de Asia. Se han utilizado en preparados para aliviar inflamaciones, molestias digestivas y trastornos de la piel, y se les han atribuido propiedades sedantes y antiespasmódicas. Los análisis fitoquímicos han identificado flavonoides, iridoides, terpenoides y otros compuestos biológicamente activos. Como ocurre tantas veces, que una planta tenga sustancias farmacológicamente interesantes no significa que cualquier preparación casera sea un medicamento de eficacia y seguridad demostradas. El uso moderno verdaderamente importante del jazmín sigue siendo ornamental y, sobre todo, en perfumería.

Y luego están los jazmines que no son jazmines. La confusión popular es enorme porque hemos convertido «jazmín» casi en una descripción de aspecto o de olor. Llamamos jazmín azul a Plumbago auriculata, jazmín de Chile a Mandevilla laxa, jazmín estrellado a Trachelospermum jasminoides, solano jazminoide a Solanum laxum y jazmín de noche, entre otros nombres, a Cestrum nocturnum. Pertenecen a familias tan distintas como Plumbaginaceae, Apocynaceae y Solanaceae. Algunos tienen flores blancas; otros son trepadores; varios huelen maravillosamente. Ninguna de esas circunstancias los convierte en Jasminum.

No es simple pedantería botánica distinguirlos. Un Trachelospermum, un Cestrum y un Jasminum pueden requerir cuidados diferentes y contienen compuestos químicos diferentes; incluso su posible toxicidad es distinta. Los nombres comunes son magníficos para conversar, pero bastante malos para identificar plantas. Precisamente por eso Linneo y sus sucesores nos legaron esos incómodos nombres latinos que a veces parecen empeñados en complicarnos la vida.

Así que la próxima vez que alguien nos enseñe una tapia cubierta de flores blancas y anuncie orgullosamente «este es mi jazmín», podemos hacer dos cosas. La primera es acercarnos, mirar las hojas y las flores e intentar averiguar de qué especie se trata.

La segunda, probablemente más agradable, es acercarnos igualmente, aspirar profundamente y disfrutar del perfume.

MIRABILIS JALAPA: LA FLOR QUE SABE QUÉ HORA ES

 

Pocas plantas llevan reloj. El dondiego de noche parece llevar uno incorporado. Durante buena parte del día permanece discretamente verde, como si no tuviera nada especial que enseñar, pero cuando avanza la tarde comienza a desplegar sus trompetas amarillas, blancas, rosadas, rojas o magenta. Al mismo tiempo libera un perfume dulce que se intensifica al anochecer. A la mañana siguiente las flores se marchitan y el espectáculo queda aplazado hasta la tarde.

De ahí proceden muchos de sus nombres populares. En español es dondiego de noche, buenas tardes, maravilla o jazmín de tarde; en inglés, four o'clock flower, la flor de las cuatro. No conviene tomarse demasiado en serio la puntualidad: no espera necesariamente a que un reloj marque las cuatro. La apertura depende de su reloj circadiano, modulado por la luz y la temperatura. Lo importante es que ha elegido trabajar en el turno de tarde y noche.

Mirabilis jalapa pertenece a las Nyctaginaceae, la misma familia de la buganvilla, y comparte con ella algunas extravagancias botánicas. Si en Bougainvillea aquello que llamamos flores son sobre todo brácteas coloreadas, el dondiego nos prepara otra pequeña trampa: sus flores no tienen pétalos. La vistosa trompeta coloreada que parece una corola está formada por el perianto, tradicionalmente interpretado como un cáliz petaloide. En su base hay además un involucro de cinco brácteas soldadas que puede confundirse fácilmente con un cáliz. La familia parece haberse especializado en hacer que las piezas florales suplanten unas a otras.

La planta es una herbácea perenne con una gruesa raíz tuberosa que le permite rebrotar después de perder la parte aérea. Sus tallos muy ramificados pueden superar el metro de altura y llevan hojas opuestas, enteras y generalmente ovadas. Las flores duran apenas una noche, pero se producen en tal cantidad que la floración puede prolongarse durante meses. Después queda un pequeño fruto oscuro, rugoso y casi negro que cualquiera que haya cultivado dondiegos habrá recogido alguna vez creyendo que era una semilla. Botánicamente, es un antocarpo que envuelve el verdadero fruto.

El nombre científico merece detenerse un momento. Linneo publicó Mirabilis jalapa en 1753. Mirabilis es una palabra latina que significa «admirable», «maravillosa» o «sorprendente», y alude a la extraordinaria variabilidad cromática de sus flores. Una misma planta puede producir flores de colores diferentes e incluso flores rayadas o salpicadas de varios colores. Los botánicos europeos ya la conocían como una «maravilla» mucho antes de que Linneo formalizara el nombre.

Jalapa encierra una historia más complicada. El nombre remite a Xalapa —tradicionalmente escrita Jalapa—, la ciudad mexicana de Veracruz cuyo topónimo procede del náhuatl. Pero durante siglos existió además una droga purgante llamada jalapa, obtenida de una planta mexicana de raíz tuberosa. Los primeros botánicos europeos confundieron unas plantas con otras y se creyó que nuestro dondiego producía aquella famosa droga. No era así. La auténtica jalapa medicinal procede de una convolvulácea, actualmente conocida como Ipomoea purga. Linneo heredó parte de aquella confusión y la dejó perpetuada en el nombre Mirabilis jalapa.

También hay que corregir otro pequeño error histórico escondido en uno de sus nombres ingleses: “marvel of Peru”. El dondiego no es esencialmente peruano. Su área nativa aceptada actualmente se extiende desde México hasta Nicaragua, aunque siglos de cultivo han conseguido naturalizarlo en buena parte de las regiones cálidas y templadas del planeta. España está entre ellas.

La apertura nocturna no es un capricho. Las flores producen fragancias que atraen insectos crepusculares y nocturnos, entre ellos esfíngidos, mariposas capaces de mantenerse suspendidas frente a una flor mientras introducen su larga espiritrompa en el tubo floral. Es una hermosa división de los turnos de trabajo: mientras muchas flores cierran cuando disminuye la luz, Mirabilis abre el establecimiento y perfuma el aire para anunciar que acaba de comenzar el servicio de noche.

Sus colores, como los de la buganvilla, tampoco dependen principalmente de antocianinas. Las Nyctaginaceae pertenecen a las Caryophyllales y producen betalainas, divididas fundamentalmente en betacianinas rojizas y violetas y betaxantinas amarillas. Esa química explica buena parte de la extraordinaria paleta del dondiego.

Y precisamente sus colores llevaron a Mirabilis jalapa a los libros de genética. A comienzos del siglo XX, Carl Correns, uno de los tres investigadores que redescubrieron independientemente las leyes de Mendel, estudió plantas de dondiego con hojas variegadas, algunas verdes, otras blancas y otras mezcladas. Descubrió algo desconcertante: el aspecto de la descendencia dependía de qué rama de la planta materna proporcionara el óvulo y no seguía las proporciones mendelianas esperadas.

La explicación estaba fuera del núcleo. Los cloroplastos poseen su propio ADN y se transmiten en Mirabilis fundamentalmente a través del óvulo. Correns había tropezado así con uno de los primeros ejemplos clásicos de herencia citoplasmática, demostrando que no toda la información hereditaria se comportaba como los genes cromosómicos que Mendel había estudiado en los guisantes. Una modesta planta de jardín ayudó a ampliar nada menos que nuestra idea de dónde reside la herencia.

El dondiego tiene además una larga historia medicinal. En México y otras regiones se han empleado tradicionalmente hojas y raíces contra inflamaciones, heridas y diversos trastornos digestivos, y la raíz se utilizó también como purgante. Se han aislado numerosos metabolitos —flavonoides, compuestos fenólicos, triterpenos, esteroles y proteínas con actividad biológica— que explican el interés farmacológico que continúa despertando la especie. Pero una tradición medicinal no equivale a eficacia clínica demostrada.

Hay aquí, además, motivos para la prudencia. La raíz y las semillas contienen sustancias biológicamente activas y las preparaciones concentradas pueden producir efectos gastrointestinales indeseables. El uso histórico como purgante es precisamente una advertencia: una planta capaz de provocar una respuesta fisiológica intensa no se convierte por ello en un medicamento doméstico seguro. Conviene, por tanto, disfrutar del dondiego principalmente con los ojos y la nariz.

Porque pocos habitantes de nuestros jardines ofrecen tantas pequeñas lecciones juntas. Mirabilis jalapa nos enseña que una flor vistosa puede carecer de pétalos, que una planta mexicana puede llamarse maravilla del Perú, que un error farmacéutico puede sobrevivir durante siglos dentro de un nombre científico y que la herencia genética no termina en los cromosomas.

Y cada tarde, mientras nosotros miramos el reloj para comprobar que el día se acaba, el dondiego hace justamente lo contrario.

Abre.