Si mencionas el 11 de septiembre,
cualquier estadounidense sabrá al instante a qué te refieres. Lo mismo ocurre
con Pearl Harbor. La mayoría de los estadounidenses saben vagamente que durante
la Guerra de 1812 los británicos bombardearon Fort McHenry e incendiaron la
Casa Blanca. Pero si mencionas Columbus, Nuevo México, te mirarán con cara de
desconcierto. Sin embargo, el 9 de marzo de 1916, el líder revolucionario
mexicano José Doroteo Arango Arámbula —más conocido en la historia como Pancho
Villa— lideró un ataque sorpresa contra Columbus que dejó dieciocho
estadounidenses y ochenta mexicanos muertos. En cuestión de días, casi 7 000
soldados estadounidenses cruzaron la frontera hacia México en busca de Villa,
en lo que se convertiría en uno de los capítulos más sombríos de la historia
militar de Estados Unidos: la Expedición
Punitiva.
El desierto de Nuevo México tiene
algo de escenario detenido en el tiempo. Las gasolineras parecen decorados, los
perros duermen bajo los porches y el viento levanta polvo con una paciencia que
podría contarse en siglos. En el centro de Columbus, un pueblo de menos de dos
mil habitantes, hay un museo minúsculo con un letrero que parece una ironía del
destino: Pancho Villa State Park. Me detuve allí una mañana de marzo,
justo en el aniversario del ataque. Del aire emanaba un aroma a arena caliente
y a nostalgia.
En las paredes del pequeño museo
cuelgan fotografías en sepia de hombres a caballo, casas ardiendo y soldados en
pijama. Cuesta imaginar que aquí, en este lugar tan silencioso, ocurrió la
última invasión extranjera del territorio continental de Estados Unidos.
Sucedió el 9 de marzo de 1916, cuando unos quinientos jinetes cruzaron la
frontera desde México, liderados por un hombre que para algunos era un héroe y
para otros un bandido: Francisco “Pancho” Villa.
A las cuatro de la madrugada,
mientras el pueblo dormía, los primeros disparos despertaron a la guarnición
del 13º Regimiento de Caballería. Las llamas iluminaron los establos y las
fachadas de madera. Algunos soldados apenas tuvieron tiempo de calzarse las
botas antes de devolver el fuego. Villa había prometido tomar el pueblo y
castigar a los “gringos traidores” que, según él, lo habían abandonado en su
guerra contra los federales mexicanos. El ataque duró apenas una hora. Cuando
amaneció, diecisiete estadounidenses y más de ochenta villistas yacían muertos
entre el polvo. El pequeño Columbus, de repente, era un nombre en los titulares
de todo el país.
Durante meses, la frontera había
sido un hervidero. El gobierno de Woodrow Wilson había reconocido al presidente
Venustiano Carranza, el enemigo de Villa, y con ello lo había condenado al
aislamiento. El caudillo del norte, que antes contaba con la simpatía de
Washington, se sintió traicionado. En su lógica de guerra y orgullo, decidió
devolver el golpe donde más dolía: en suelo estadounidense.
Lo que siguió fue la respuesta
más rápida y aparatosa que podía imaginarse. Wilson ordenó una Expedición
Punitiva: diez mil hombres al mando del general John J. Pershing, con la orden
de capturar a Villa “vivo o muerto”. Fue una operación colosal para la época:
camiones, motocicletas, aviones —los primeros utilizados por el Ejército
estadounidense— y una columna interminable de mulas, caballos y soldados
cruzando el desierto de Chihuahua.
Pershing, un militar metódico y
obstinado, avanzó más de quinientos kilómetros tierra adentro, persiguiendo un
fantasma. Villa se desvanecía entre los montes, protegido por la geografía y
por la simpatía de los campesinos. A veces, cuando los soldados llegaban a un
poblado, encontraban los restos de una fogata aún tibia o el eco de una
carcajada en la sierra. Decían que Villa dormía con un ojo abierto y que podía
oír el galope de sus perseguidores a kilómetros de distancia.
La persecución se prolongó
durante casi un año. Pershing construyó caminos, levantó campamentos y probó
nuevas tácticas de abastecimiento, pero nunca logró acorralar a su enemigo. Los
aviones Curtiss JN-3 que sobrevolaban el desierto se estrellaban con
frecuencia por culpa de las tormentas de arena. Los camiones se quedaban
varados en los arroyos secos. El ejército más moderno del mundo estaba
aprendiendo, a base de golpes, que el desierto mexicano no se deja conquistar.
Mientras tanto, la frontera se
convirtió en una línea de nervios. Los periódicos hablaban del “loco del norte”
y del peligro mexicano; en México, la incursión de Pershing se veía como una
violación intolerable de la soberanía nacional. Las tensiones estuvieron a
punto de provocar una guerra abierta. Pero en 1917 Estados Unidos entró en la
Primera Guerra Mundial, y Wilson ordenó el regreso de las tropas. Villa seguía
vivo.
Aquel fracaso militar se olvidó
pronto, pero el episodio dejó una huella profunda. Fue la última vez que un
ejército extranjero cruzó armas en suelo estadounidense, y la primera en que
Estados Unidos usó aviones en una operación de combate. También fue el ensayo
de una nueva doctrina: la guerra moderna, mecanizada y mediática. Pershing
aprendería mucho en el desierto de Chihuahua; un año después, aplicaría esas
lecciones en los campos de Francia. Entre los jóvenes oficiales que
participaron en la expedición estaba un tal George S. Patton, que en esa
campaña realizó su primer combate y su primera fotografía posando junto a tres
villistas muertos.
De Villa quedó el mito. Para
unos, fue un vengador popular; para otros, un criminal de frontera. Nació
pobre, trabajó de bandolero, se volvió revolucionario, general y, finalmente,
fugitivo. Tenía carisma, sentido teatral y un talento innato para la guerra
irregular. En los noticieros de la época —que él mismo ayudó a filmar— aparecía
siempre erguido, con su gran sombrero y una sonrisa entre desafiante y
divertida. Era el Robin Hood del desierto, el caudillo que desafiaba a los
poderosos, aunque a veces no supiera muy bien por qué.
En Columbus, los viejos aún
cuentan historias. Dicen que los villistas confundieron una tienda de abarrotes
con el cuartel, que los caballos se asustaron con el silbido de las
locomotoras, que algunos soldados estadounidenses se defendieron disparando desde
debajo de las camas. También dicen que Villa había jurado vengarse de un
comerciante local que lo había estafado con la venta de armas defectuosas.
Nadie lo sabe a ciencia cierta, pero en esta frontera los mitos pesan tanto
como los hechos.
Caminar por el pueblo hoy es una
experiencia extraña. Las calles están casi vacías. Frente al museo se alza una
torre con un cartel que dice Camp Furlong Historic Site, donde Pershing
instaló su cuartel general hace más de un siglo. Unas fotos muestran a los
primeros pilotos del ejército, posando junto a sus biplanos de lona y madera.
En una vitrina se conserva la silla de montar de un soldado y una moneda
doblada por una bala: reliquias de un tiempo en que el polvo y el miedo eran
casi la misma cosa.
Al caer la tarde, el sol
convierte el horizonte en una línea de fuego. El desierto parece no tener fin.
Pienso en aquel amanecer de 1916: en los disparos, los caballos, el fuego, el
desconcierto. En Villa alejándose hacia el sur, perdiéndose en las sierras,
mientras Pershing ordenaba perseguirlo hasta el fin del mundo. Pienso también
en cómo esa historia, mínima y trágica, fue al mismo tiempo el último eco de
las viejas guerras de frontera y el primer rumor del siglo moderno.
A veces, los lugares más tranquilos son los que esconden los rugidos más antiguos. Columbus, con su gasolinera, su parque estatal y su museo silencioso dedicado a Pancho Villa, es uno de ellos. Aquí, donde el viento no ha dejado de soplar desde entonces, todavía se siente algo del vértigo de aquella madrugada en la que un hombre cruzó la línea para recordarle a un imperio que su frontera no era invulnerable.



