En los últimos años hemos
asistido a una extraña transformación cultural: hemos conseguido que personas
capaces de rematar un balón de cabeza a ciento veinte kilómetros por hora o de
entrevistar a un premio Nobel de Literatura sin pestañear terminen opinando con
aplomo sobre bioquímica molecular. Es uno de los grandes misterios
contemporáneos, comparable a las líneas de Nazca o a la persistencia de las
sandalias con calcetines.
La última víctima de esta
epidemia epistemológica ha sido la crema solar. Marcos Llorente, futbolista con
opiniones terraplanistas cuya musculatura parece diseñada por ingenieros
aeronáuticos alemanes, y Pablo Motos, que lleva años conduciendo un programa de
televisión donde las hormigas de peluche poseen aparentemente más cautela
científica que algunos invitados humanos, decidieron recientemente sembrar
dudas sobre el uso de protectores solares. La tesis, en resumidas cuentas,
sería algo así: el sol no es tan malo, las cremas solares quizá sí, y nuestros
antepasados no necesitaban untarse factor 50 para perseguir mamuts.
Este argumento tiene un problema
fundamental: la esperanza de vida de aquellos antepasados rara vez les permitía
llegar a una edad suficiente para desarrollar un melanoma diagnosticable por un
dermatólogo colegiado. Muchos morían antes por infecciones dentales, osos o
golpes particularmente desafortunados con piedras.
La cuestión importante es que el
Sol, aunque resulte agradable, poético y estupendo para las fotografías de
Instagram, es también un pequeño reactor termonuclear situado a ciento
cincuenta millones de kilómetros que lleva aproximadamente 4 600 millones de
años disparando radiación en todas direcciones. Parte de esa radiación es
inocua; otra parte no tanto.
La peligrosa para nosotros se
llama radiación ultravioleta. Y aquí es donde la biología molecular entra en
escena con la severidad de un inspector de Hacienda. El ADN, esa elegante doble
hélice descrita por James Watson y Francis Crick, funciona razonablemente bien
siempre que sus componentes permanezcan ordenados. El problema es que la
radiación ultravioleta (UV), especialmente
la UVB (la fracción más dañina de la UV), posee la desagradable costumbre
de alterar químicamente ciertas bases del ADN, sobre todo las pirimidinas:
timina y citosina.
En circunstancias normales, dos
timinas (T) vecinas deberían permanecer discretamente separadas, como
ingleses en un ascensor. Pero la radiación UV puede provocar que se unan
formando dímeros de timina, una especie de soldadura molecular completamente
inapropiada. Un químico lo expresaría así:
La célula, al encontrarse con es
alteración molecular, comprende que algo va mal. Es como descubrir que dos
páginas de una enciclopedia se han pegado con mermelada.
Afortunadamente poseemos sistemas
de reparación extraordinariamente sofisticados. Las nucleasas, unas enzimas
especializadas, recorren el ADN inspeccionando daños, cortan la zona defectuosa
y la reemplazan usando la hebra intacta como plantilla. Es una operación de
mantenimiento molecular tan asombrosa que uno casi siente deseos de enviar una
carta de agradecimiento a sus nucleasas.
El problema es que el sistema no
es perfecto. A veces el daño escapa a la reparación. A veces la célula copia el
ADN antes de arreglarlo. Y a veces una mutación aparentemente insignificante
afecta justo a un gen encargado de controlar la división celular. Entonces
comienza una lotería biológica extraordinariamente desagradable que puede
tardar décadas en manifestarse.
Eso es lo inquietante del
melanoma: no aparece normalmente porque alguien olvidó ponerse crema una tarde
concreta en Benidorm. Surge tras años de daño acumulativo, mutaciones sucesivas
y errores celulares progresivos. El cáncer es, en esencia, estadística
molecular. Y aquí conviene aclarar algo importante. Los defensores del “sol
natural” suelen decir una cosa técnicamente cierta pero profundamente engañosa:
necesitamos sol.
Claro que lo necesitamos. También
necesitamos sodio, pero nadie recomienda beber agua de mar. La radiación solar
permite sintetizar vitamina D, regula ritmos circadianos y tiene efectos
psicológicos beneficiosos. El problema aparece cuando se transforma una
necesidad biológica razonable en una especie de culto místico al astro rey.
El cuerpo humano posee mecanismos
protectores naturales, sí. La melanina es uno de ellos. Broncearse es,
literalmente, una reacción defensiva frente al daño. La piel no se oscurece
porque esté celebrando el verano; se oscurece porque percibe agresión molecular.
Es como si alguien alabara el color rojizo de una quemadura diciendo: “Mira qué
maravillosamente adaptado está el tejido inflamado”.
Las cremas solares actúan como
una solución bastante ingeniosa. Sus moléculas absorben o dispersan la
radiación ultravioleta antes de que alcance el ADN. Algunas convierten la
energía UV en calor inocuo; otras la reflejan parcialmente mediante partículas
minerales como óxido de zinc o dióxido de titanio.
No son mágicas. No bloquean el
100% de la radiación. No convierten a nadie en un vampiro inmune al cáncer.
Pero reducen significativamente el daño acumulativo. Y eso,
epidemiológicamente, importa muchísimo.
Lo fascinante es que hemos
llegado a un momento histórico en el que millones de personas desconfían más de
un fotoprotector aprobado por agencias regulatorias que de una estrella de
plasma capaz de vaporizar instantáneamente toda la vida terrestre si decidiera
aumentar ligeramente su emisión energética.
Hay algo casi romántico en esta
preferencia moderna por lo “natural”. La cicuta era natural. El arsénico
también. Un tiburón es extraordinariamente natural y, sin embargo, uno
preferiría no abrazarlo. El problema de internet es que ha democratizado el
acceso a la información y simultáneamente ha democratizado la producción de
disparates. Hoy cualquiera puede leer dos artículos sobre estrés oxidativo y
sentirse preparado para corregir a generaciones enteras de dermatólogos.
Y sin embargo la ciencia del daño
solar no es precisamente nueva. Sabemos desde hace décadas que la radiación UV
produce mutaciones específicas en el ADN. De hecho, los genetistas reconocen la
“firma” del daño ultravioleta igual que un criminólogo reconoce una huella
dactilar.
La piel conserva memoria. Cada
quemadura infantil queda archivada silenciosamente en millones de células.
Décadas después, una de ellas puede decidir independizarse de las normas
colectivas y convertirse en un tumor.
Nada de esto significa que debamos vivir escondidos en sótanos aplicándonos crema solar cada veinte minutos mientras contemplamos el exterior con terror victoriano. El Sol sigue siendo maravilloso. Un paseo bajo la luz de la mañana continúa siendo una de las mejores experiencias humanas disponibles sin receta médica. Pero convertir la protección solar en una conspiración moderna parece una idea particularmente absurda en un planeta cuya principal fuente energética funciona mediante reacciones nucleares incontroladas.
Y quizá convenga recordar algo elemental: cuando dermatólogos, oncólogos, bioquímicos y genetistas llevan décadas coincidiendo en una recomendación, probablemente sea prudente escucharlOs antes que a un futbolista iletrado (e iluminado) o a un presentador acompañado de hormigas parlantes.