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lunes, 22 de junio de 2026

EL EXTRAÑO CASO DE LOS MATORRALES QUE ECHABAN DE MENOS EL FUEGO (O DE CÓMO LA PIRODIVERSIDAD FAVORECE LA BIODIVERSIDAD)

 

Cuando un incendio forestal aparece en televisión, las imágenes suelen ser siempre las mismas. Llamas de decenas de metros de altura. Helicópteros descargando agua. Vecinos observando con angustia cómo el humo devora el horizonte. Y después, inevitablemente, la imagen final: un paisaje negro y silencioso que parece el decorado de una película postapocalíptica.

Es difícil contemplar una escena así y no concluir que el fuego es uno de los grandes enemigos de la naturaleza. Sin embargo, la naturaleza mediterránea lleva millones de años sin compartir del todo esa opinión.

El verano de 2025 fue especialmente duro en la península ibérica. Más de 650 000 hectáreas resultaron afectadas por incendios forestales. Muchos de ellos fueron tan extensos e intensos que recibieron el calificativo de megaincendios, una palabra que suena más propia de una película de catástrofes que de un informe científico. Las olas de calor asociadas al cambio climático (al menos en lo que refiere a su frecuencia) favorecieron una temporada particularmente agresiva y reforzaron una idea muy extendida: que el fuego destruye inevitablemente la biodiversidad.

Pero la ecología rara vez es tan sencilla. Gran parte de los ecosistemas mediterráneos pertenecen a una categoría sorprendente: son ecosistemas pirófilos. La palabra significa literalmente “amigos del fuego”. No solo toleran los incendios, en cierto modo los necesitan.

Durante millones de años los incendios recurrentes moldearon el paisaje. Muchas plantas desarrollaron mecanismos extraordinarios para sobrevivir a ellos. Algunas almacenan semillas capaces de resistir temperaturas extremas. Otras rebrotan desde raíces o cepas aparentemente muertas. Hay especies cuyos ciclos vitales dependen directamente de los espacios abiertos creados por las llamas. Incluso numerosos animales encuentran oportunidades en los paisajes recién quemados.

Por supuesto, esto no significa que cualquier incendio sea beneficioso. La frecuencia, la intensidad, la extensión y la época del año importan mucho. Un pequeño incendio cada varias décadas no tiene los mismos efectos que un megaincendio de miles de hectáreas impulsado por temperaturas extremas y vientos violentos.

Ahora hay que plantear una pregunta que rara vez ocupa titulares: ¿qué es exactamente lo que se está quemando? Cuando los medios hablan de incendios suelen mencionar las causas de ignición —una negligencia, un rayo o una acción intencionada— y las condiciones meteorológicas. Pero pocas veces se presta atención al combustible.

Y en un incendio, el combustible lo es todo. No todas las formaciones vegetales arden igual. Algunas generan fuegos relativamente moderados y otras se comportan como si estuvieran diseñadas para alimentar un lanzallamas gigante.

Un reciente estudio dirigido por Fernando Ojeda, catedrático de Botánica de la Universidad de Cádiz, ha puesto el foco en una transformación paisajística que comenzó hace décadas y cuyos efectos siguen presentes hoy: la sustitución masiva de brezales y matorrales mediterráneos por plantaciones de pino resinero (Pinus pinaster).

La historia comienza con una idea aparentemente razonable. A mediados del siglo XX, amplias extensiones de matorral del oeste peninsular eran consideradas terrenos degradados. Carecían de árboles, producían poca madera y crecían sobre suelos pobres. Para muchos gestores forestales de la época, aquellos paisajes parecían terrenos baldíos que necesitaban ser mejorados.

Y así comenzó una gigantesca campaña de forestación. Miles de hectáreas de brezales fueron cubiertas con pinos y eucaliptos. Entre las coníferas, el gran protagonista fue el pino resinero. La elección parecía impecable. Era una especie autóctona, crecía deprisa y prometía beneficios económicos gracias a la producción de madera y resina.

Lo que pocos previeron fue que aquellas plantaciones terminarían convirtiéndose en uno de los combustibles más eficaces para alimentar los incendios del futuro. La paradoja es fascinante. El pino resinero es una especie nativa. Sin embargo, décadas de selección artificial orientada a maximizar su crecimiento y productividad han producido árboles extraordinariamente eficientes para colonizar el territorio. Tan eficientes que, en algunos lugares, se comportan casi como una especie invasora.

Brezales mixtos de Calluna vulgaris en Campoo, Cantabria.

Mientras tanto, los antiguos brezales —conocidos en Andalucía occidental como herrizas— seguían siendo incomprendidos. A primera vista no impresionan demasiado. Son extensiones de brezos, jaras y aulagas que cubren sierras y crestas desde Galicia hasta el Estrecho de Gibraltar. Carecen del prestigio estético de un bosque maduro. No inspiran calendarios de naturaleza ni campañas turísticas.

Pero albergan una biodiversidad extraordinaria y poseen una cualidad aún más notable: una enorme resiliencia frente al fuego. Cuando una herriza arde, la mayoría de sus especies están preparadas para recuperarse. Sus semillas sobreviven. Sus raíces rebrotan. Sus poblaciones vuelven a ocupar el terreno. En una o dos décadas, el ecosistema puede recuperar buena parte de su estructura original.

Los pinares artificiales funcionan de otra manera. Acumulan grandes cantidades de biomasa combustible en troncos, ramas y copas. Cuando arden, la intensidad del fuego puede alcanzar niveles tan altos que el suelo se calienta hasta destruir semillas, raíces y microorganismos. El incendio deja de ser una perturbación ecológica natural y se convierte en un episodio capaz de comprometer la recuperación del ecosistema.

Y la historia no termina ahí. Después del fuego, el pino resinero suele reaparecer con sorprendente rapidez. Miles de plántulas colonizan el terreno quemado e incluso invaden áreas vecinas de brezal o bosque. Es una especie que parece haber aprendido a aprovechar las catástrofes que ella misma contribuye a intensificar.

Todo esto conduce a una conclusión incómoda. Quizá hemos pasado demasiado tiempo pensando que cualquier paisaje sin árboles es un paisaje degradado. La cultura occidental siente una evidente debilidad por los bosques. Los árboles nos parecen nobles. Los matorrales, en cambio, suelen recibir calificativos poco amables: monte bajo, maleza o incluso monte sucio.

La ecología moderna está demostrando que esa visión resulta engañosa. Muchos matorrales mediterráneos son auténticos refugios de biodiversidad. No son etapas provisionales que esperan convertirse en bosque. Son ecosistemas completos, funcionales y adaptados a convivir con el fuego desde mucho antes de que aparecieran los primeros ingenieros forestales.

Los ecólogos utilizan un concepto particularmente hermoso para describir esta realidad: pirodiversidad. Un paisaje donde algunas zonas ardieron hace dos años, otras hace diez y otras llevan décadas sin incendiarse contiene una gran variedad de hábitats. Cada uno favorece especies distintas. En otras palabras, la diversidad de incendios genera diversidad biológica.

La pirodiversidad produce biodiversidad. Quizá esa sea la lección más sorprendente de todas. Los incendios que amenazan pueblos y personas deben combatirse siempre. Nadie discute eso. Pero cuando observamos la naturaleza, conviene recordar que el fuego no es necesariamente un intruso. En muchos rincones del Mediterráneo forma parte del paisaje desde hace millones de años. 

Los matorrales y brezales no son “monte sucio” ni etapas de vegetación degradadas, sino valiosos reservorios de biodiversidad que no deben forestarse artificialmente, y donde el fuego actúa como un elemento natural indispensable para su estructura y funcionalidad.

A veces, el verdadero problema no es el fuego. Es haber olvidado qué clase de paisaje existía antes de plantar millones de árboles donde nunca debieron estar.

¿POR QUÉ EN LA ACTUAL OLA DE CALOR LAS TEMPERATURAS MÁS ALTAS SE ALCANZARÁN EN EL NORTE DE ESPAÑA?

 

La ola de calor que ha arrancado este domingo continúa este lunes con una situación de estabilidad y entrada de aire cálido del sur que mantendrá las temperaturas extremas en gran parte de la Península y Baleares, llegando a alcanzarse temperaturas de hasta 42ºC en zonas interiores del País Vasco, Cantabria y el valle del Ebro, y estarán activos avisos por calor en catorce comunidades, según la previsión de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet).

La razón principal es que esta ola de calor tiene una configuración atmosférica poco habitual, que favorece especialmente al norte peninsular y al valle del Ebro, en lugar de concentrar los máximos extremos únicamente en Andalucía o Extremadura. Para crear esa extraña situación hay que considerar varios factores.

En primer lugar, la entrada de aire sahariano muy cálido. Una masa de aire procedente del norte de África está cubriendo toda la Península. Eso eleva las temperaturas en todas las regiones, pero por sí solo no explica por qué el norte se recalienta más.

En segundo lugar, la dorsal africana está situada de forma que el máximo calentamiento se desplaza al noreste. La dorsal (una zona de altas presiones en altura) favorece cielos despejados, subsidencia del aire y fuerte insolación. En este episodio, el ascenso térmico más acusado se está produciendo en el cuadrante nordeste y la cornisa cantábrica oriental.

En tercer lugar, el efecto foehn en la vertiente cantábrica. Cuando el viento llega desde el sur y atraviesa la Cordillera Cantábrica, desciende hacia la costa norte más seco y caliente. Este fenómeno puede disparar las temperaturas en zonas del País Vasco, Cantabria o el norte de Navarra hasta valores impropios de la región, incluso superiores a los de muchas áreas del sur peninsular.

En el norte de España el proceso ocurre en varias fases al chocar los vientos con barreras como la Cordillera Cantábrica o los Pirineos. El viento del norte o noroeste sopla desde el mar Cantábrico, cargado de humedad, y se ve obligado a subir por la ladera de la montaña (barlovento). Al subir, el aire se enfría y el vapor de agua se condensa, provocando lluvias constantes.

Una vez que el aire supera la cima y desciende por la ladera opuesta (sotavento), ha perdido toda su humedad. Al descender, este aire seco se comprime y se calienta rápidamente, elevando la temperatura de forma drástica en muy pocas horas. Las zonas más altas y orientadas al mar actúan como muro. Mientras la vertiente norte registra lluvias y fresco, las laderas orientadas al sur o valles interiores experimentan un clima mucho más cálido y soleado.

Este viento (localmente conocido en zonas próximas como viento sur) puede disparar los termómetros y es uno de los factores principales detrás de fenómenos como las noches tropicales o veranos inusualmente calurosos en el Cantábrico.

En la Península Ibérica, las cordilleras más propensas a provocar este efecto son las orientadas oeste-este, perpendiculares a los vientos del norte y noreste del Cantábrico. Éstas cordilleras retienen el aire húmedo, y sus caras de barlovento son húmedas, como las caras norte de la cordillera Cantábrica, Pirineos, cabecera del Ebro y el sistema Central; a sotavento, el aire es seco, responsable del ya mencionado desierto de Los Monegros, parapetado tras los Pirineos, las secas llanuras de Castilla y León, tras la Cordillera Cantábrica, y la región de Madrid situada tras el sistema central. 

Existen otras cordilleras que frenan el aire húmedo del océano Atlántico por el oeste, como la sierra de Gredos, cuyo clima varía enormemente dependiendo de la vertiente: el lado solano es cálido y el lado umbrío es más húmedo. Los montes de Toledo sirven a su vez de parapeto a las llanuras de La Mancha, otorgando la aridez característica a esta región.

En cuarto lugar, el valle del Ebro actúa como una "olla térmica". Una olla térmica es una región geográfica donde el aire caliente tiende a acumularse y permanecer atrapado, igual que el calor se concentra dentro de una olla cubierta. El fenómeno suele producirse en depresiones, valles amplios o cuencas rodeadas por montañas. Durante los episodios anticiclónicos, el aire cálido llega a estas zonas, pero los relieves circundantes dificultan su dispersión. Además, el suelo se calienta intensamente bajo cielos despejados y transmite ese calor al aire, reforzando el efecto.

En verano, la situación puede agravarse durante varios días consecutivos. Las noches apenas refrescan, el calor acumulado durante el día no logra disiparse y las temperaturas aumentan progresivamente. Por eso muchas de las máximas más altas de España no se registran necesariamente en las zonas más meridionales, sino en determinadas cuencas interiores.

La gran olla térmica española es el valle del Ebro, donde Zaragoza alcanza con frecuencia temperaturas superiores a 40 °C. También actúan como ollas térmicas la depresión del Guadalquivir (especialmente Córdoba, Sevilla y Jaén), la cuenca del Guadiana en Extremadura, la Hoya de Lleida, la cuenca de Granada y algunos valles interiores de Castilla y León.

Durante las olas de calor, estas regiones combinan tres factores muy eficaces para fabricar temperaturas extremas: abundante insolación, escasa ventilación y una topografía que dificulta la renovación del aire. El resultado es una acumulación progresiva de calor que convierte estas cuencas en auténticos hornos naturales.

Por su parte, el sur ya parte de temperaturas muy altas. En Andalucía occidental y Extremadura seguirá haciendo muchísimo calor, pero en algunos momentos la diferencia respecto a lo normal será menor que en el norte. Meteorológicamente, lo llamativo es que zonas como el País Vasco, Cantabria o Galicia interior puedan acercarse a 40 °C, algo mucho más excepcional para su clima habitual.

En resumen: no es que el sur se haya enfriado, sino que esta vez la combinación de aire sahariano, dorsal africana y vientos del sur favorece especialmente al norte y al valle del Ebro, donde se esperan algunas de las anomalías térmicas más extraordinarias del episodio. De hecho, el interior del País Vasco está bajo los avisos más severos y algunas zonas cantábricas podrían acercarse o superar los 40 °C.

¿QUÉ ES LA CÚPULA DE CALOR QUE GOLPEA EUROPA?

 

Una intensa ola de calor azotó ayer domingo gran parte de Europa. Las temperaturas cercanas a los 40 °C, han provocado alertas a nivel nacional, interrupciones en el transporte y señales de estrés para la vida silvestre y en los lugares turísticos más concurridos.

La ola de calor del 21 de junio, solsticio de verano en el hemisferio norte y, por lo general, el inicio de los tres meses más calurosos del año, generó preocupación por la aparición temprana y persistente de condiciones extremas.

Tras varios días con temperaturas superiores a los 35 °C, las autoridades italianas emitieron una alerta roja para el 21 de junio en ocho ciudades, entre ellas Bolonia, Florencia, Milán y Turín. La agencia meteorológica española AEMET emitió alertas rojas y naranjas en varias regiones, advirtiendo de temperaturas superiores a los 39 o 40 °C en gran parte de la península ibérica y Mallorca, y afirmó que la ola de calor duraría al menos hasta mediados de semana.

El calor extremo ha comenzado a perturbar las infraestructuras. La red ferroviaria francesa se ha visto "fuertemente afectada" por las altas temperaturas, que corren el riesgo de dañar las líneas eléctricas aéreas y de provocar la dilatación de las vías. La SNCF, el equivalente francés de ADIF, ha movilizado 3 500 empleados para supervisar la red y otros 2 000 para realizar reparaciones de emergencia. La SNCF ha cancelado 71 trenes interurbanos en rutas clave.

En Alemania, donde las temperaturas ya han alcanzado los 38 °C, el servicio meteorológico DWD advirtió de fuertes tormentas eléctricas en las regiones orientales, incluida Berlín, donde las intensas lluvias interrumpieron el festival al aire libre Fête de la Musique.

Los organizadores tuvieron que evacuar las instalaciones del Abierto de Berlín debido a las fuertes lluvias y los vientos intensos, mientras los aficionados esperaban la final individual del torneo de tenis entre Jessica Pegula de Estados Unidos y Linda Noskova de la República Checa.

El "anticiclón africano" y la “cúpula de calor”

El aumento repentino de las temperaturas se debe a una masa de aire caliente que se desplaza hacia el norte desde el Sahara, alimentada por un fuerte sistema de alta presión conocido como el "anticiclón africano". Según los meteorólogos, este sistema está creando una denominada "cúpula de calor", que atrapa el aire caliente sobre Europa occidental y central y permite que las temperaturas aumenten día tras día.

El llamado anticiclón africano no es una estructura única y permanente, sino una región de altas presiones subtropicales asociada al enorme cinturón atmosférico que rodea la Tierra aproximadamente entre los 20 y 35 grados de latitud. Sobre el norte de África, especialmente sobre el Sáhara, este sistema adquiere una intensidad extraordinaria durante el verano.

Para entenderlo conviene imaginar la atmósfera como una gigantesca cinta transportadora. Cerca del ecuador, el aire muy caliente asciende. Una parte de ese aire viaja hacia el norte en altura y termina descendiendo sobre las regiones subtropicales. Ese descenso continuo genera zonas de alta presión. El Sáhara se encuentra precisamente bajo una de ellas. Por tanto, lo importante no es tanto la presión en superficie como lo que ocurre en altura. El aire que desciende se comprime al acercarse al suelo. Es el mismo principio que hace que una bomba de bicicleta se caliente cuando la usamos repetidamente.

Por eso el anticiclón africano actúa como una inmensa fábrica de aire caliente y seco.

La expresión "cúpula de calor" se ha popularizado en los últimos años porque describe muy bien el fenómeno. Imaginemos una campana de cristal colocada sobre una ciudad en verano. El aire caliente queda atrapado debajo y no puede escapar fácilmente. La atmósfera hace algo parecido. Cuando una dorsal anticiclónica muy potente se instala sobre una región el aire desciende continuamente; al descender, se comprime y se recalienta. Al mismo tiempo, las nubes tienen dificultades para formarse, el Sol calienta sin obstáculos durante muchas horas y el suelo se recalienta y transmite aún más calor al aire.

Es un círculo vicioso. Cuanto más caliente está el aire, más difícil resulta desalojarlo. Los meteorólogos hablan de una "cúpula" porque, en los mapas de altura, la masa de aire cálido forma una especie de abombamiento atmosférico. No es una cúpula física, claro, sino una región donde el aire es más grueso y cálido que en los alrededores.

¿Por qué el aire caliente queda atrapado? La clave está en la estabilidad atmosférica. Normalmente, una masa de aire caliente asciende y puede mezclarse con capas superiores más frescas. Pero bajo un anticiclón fuerte ocurre lo contrario: el aire superior también es cálido. El resultado es que la atmósfera se vuelve muy estable, como si estuviera estratificada. Es parecido a poner una tapa sobre una olla. El aire caliente que se genera cerca del suelo tiene dificultades para ascender y dispersarse. Día tras día el calor se acumula.

¿Qué relación tiene con España? Durante muchas olas de calor ibéricas, una extensión de la dorsal africana se desplaza hacia la Península. A veces, además, arrastra aire sahariano cargado de polvo. Cuando eso sucede, España queda situada bajo el borde o el centro de esa cúpula cálida.

Si además soplan vientos del sur, como ocurre en la actual situación, el calor africano se combina con fenómenos locales como el efecto föhn en la Cordillera Cantábrica o la acumulación de aire cálido en el valle del Ebro. Por eso puede darse una paradoja aparente: mientras Andalucía alcanza temperaturas muy altas, algunas zonas del norte experimentan anomalías todavía más extraordinarias para su clima habitual.

Si hay que explicarlo en una sola frase yo diría que el anticiclón africano funciona como una enorme tapa atmosférica que obliga al aire a descender, calentarse y secarse; cuando esa tapa se extiende sobre España, forma una "cúpula de calor" que atrapa el aire recalentado cerca del suelo e impide que el calor escape.

Esa es la razón por la que, durante ciertos episodios estivales, el mapa de temperaturas parece haberse vuelto loco y ciudades del Cantábrico pueden acercarse a valores que normalmente asociamos al interior de Andalucía.

Pero este asunto, merece otro artículo.

domingo, 21 de junio de 2026

LA HUMANINA, EL PÉPTIDO QUE SALIÓ DE LA BASURA

 

Si uno hubiera preguntado a un biólogo en la década de 1990 para qué servía el ADN mitocondrial, probablemente habría recibido una respuesta breve y contundente: producir energía. Las mitocondrias eran las centrales eléctricas de la célula, pequeñas fábricas encargadas de transformar la glucosa en el combustible químico que mantiene encendido el organismo. Su ADN, diminuto comparado con el que alberga el núcleo celular, parecía contener únicamente las instrucciones necesarias para ese trabajo.

Era una visión ordenada, elegante y, como ocurre con frecuencia en biología, incompleta.

La historia comenzó en un lugar inesperado: el cerebro de un paciente con enfermedad de Alzheimer. A finales del siglo XX, el profesor Ikuo Nishimoto, de la Universidad de Keio en Tokio, observó algo intrigante. El Alzheimer no dañaba todas las regiones cerebrales por igual. El hipocampo —esa pequeña estructura con forma de caballito de mar donde se consolidan los recuerdos— sufría una devastación considerable relacionada con la acumulación de proteínas beta-amiloides, características de la enfermedad de Alzheimer. Sin embargo, el lóbulo occipital, encargado del procesamiento visual, parecía resistir mucho mejor el ataque.

Aquello le sugirió una idea sencilla pero poderosa. Tal vez el lóbulo occipital fabricaba alguna sustancia protectora. Nishimoto examinó tejido cerebral obtenido tras una autopsia y logró aislar una molécula desconocida. Era un péptido de apenas veinticuatro aminoácidos. Cuando lo añadió a cultivos de neuronas y las expuso a proteínas beta-amiloides tóxicas, las células sobrevivieron. Nishimoto razonó que el lóbulo occipital debía producir algún tipo de factor protector que le permitiera resistir

Era un resultado extraordinario. El investigador bautizó la molécula como humanina, un nombre deliberadamente emotivo. Esperaba que algún día pudiera ayudar a preservar aquello que la enfermedad de Alzheimer destruye con tanta crueldad: la memoria, la identidad y, en cierto modo, la propia humanidad.

La sorpresa llegó después. Los péptidos se producen siguiendo instrucciones codificadas en el ADN. Lo lógico habría sido encontrar el gen correspondiente en el núcleo celular. Pero no estaba allí. Procedía de las mitocondrias. Aquello resultaba tan inesperado como descubrir que el armario empotrado de una casa alberga una orquesta sinfónica.

Durante décadas se había asumido que el ADN mitocondrial era un conjunto de instrucciones especializadas para la producción de energía. Sin embargo, parecía contener mensajes ocultos. Genes diminutos que nadie había visto porque nadie había pensado buscarlos.

Uno de los científicos fascinados por este hallazgo fue el gerontólogo Pinchas Cohen, de la Universidad del Sur de California. Cohen confirmó que la humanina no era una rareza exclusiva de algunas neuronas. Todas las células del cuerpo parecían producirla. Más aún: la liberaban al torrente sanguíneo.

Las mitocondrias dejaban de ser simples centrales energéticas para convertirse en algo parecido a glándulas endocrinas microscópicas. Era una revolución conceptual.

En experimentos con animales, la humanina mostró efectos sorprendentes. Reducía la inflamación, mejoraba la sensibilidad a la insulina, disminuía la formación de placas arteriales e incluso aumentaba la fuerza muscular. Durante un tiempo pareció posible que aquella pequeña molécula estuviera señalando un nuevo camino hacia el tratamiento de enfermedades relacionadas con el envejecimiento.

Pero la biología tiene una larga tradición de arruinar las mejores expectativas. La humanina resultó ser extraordinariamente inestable. En el organismo se degradaba en cuestión de minutos. Además, surgió una preocupación inquietante: si impedía que las células murieran, ¿podría también ayudar a sobrevivir a células cancerosas?

Cohen decidió abandonar su desarrollo farmacológico. Muchos investigadores habrían pasado página. Él decidió hacer lo contrario. Si el ADN mitocondrial escondía un péptido como la humanina, ¿qué más podría ocultar?

Durante años, los genetistas habían utilizado la expresión «ADN basura» para referirse a grandes regiones del genoma cuyo propósito parecía desconocido. El término siempre tuvo algo de arrogante. Equivalía a entrar en una biblioteca gigantesca, no entender el idioma de la mayoría de los libros y concluir que debían ser inútiles.

Cohen comenzó a revisar sistemáticamente el genoma mitocondrial en busca de secuencias similares. Y encontró otra. La llamó MOTS-c. El nombre procede de una expresión técnica tan aparatosa —«Marco de lectura abierto mitocondrial del ARN ribosomal 12S subtipo c»— que casi parece diseñada para justificar el acrónimo.

Afortunadamente, MOTS-c (pronunciado "motzi") suena bastante mejor. Este nuevo péptido era aún más pequeño que la humanina: apenas dieciséis aminoácidos. Pero poseía una característica interesante. No impedía la muerte celular. En consecuencia, desaparecía gran parte de la preocupación relacionada con el cáncer.

Lo que hacía era diferente. Cuando una célula se expone a MOTS-c, comienza a comportarse como si estuviera atravesando una época difícil como una hambruna, una maratón o cualquier otra situación en la que el estado fisiológico se activa cuando una célula percibe escasez de recursos y pasa de un modo de crecimiento a un modo de supervivencia. Los procesos costosos se ralentizan. Las prioridades cambian. La energía deja de gastarse alegremente y pasa a invertirse en mantenimiento, reparación y supervivencia.

Es una estrategia ancestral que prácticamente todos los organismos han utilizado desde que apareció la vida en la Tierra. Los resultados en animales fueron llamativos. Los ratones alimentados con dietas ricas en grasa ganaban menos peso, acumulaban menos grasa en el hígado, regulaban mejor la glucosa. Además, podían correr durante más tiempo en una cinta de ejercicio.

La molécula comenzó a recibir una descripción muy atractiva para los titulares periodísticos: «mimético del ejercicio». Era una expresión peligrosa. Cada vez que la ciencia descubre algo que imita una pequeña parte de los beneficios del ejercicio físico, alguien concluye que hemos inventado una forma de evitar el ejercicio físico. La historia nunca termina bien.

Sin embargo, los resultados despertaron enorme interés en el campo de la gerontología. Los investigadores observaron que los niveles de MOTS-c tienden a disminuir con la edad. También comprobaron que activa vías metabólicas relacionadas con la resistencia al estrés celular, especialmente una conocida como AMPK, una especie de interruptor maestro que ayuda a las células a gestionar la energía cuando escasea.

Era tentador imaginar que aquel péptido formaba parte de los mecanismos que conectan metabolismo, envejecimiento y longevidad. La tentación, naturalmente, se adelantó a las pruebas. Cohen fundó una empresa para desarrollar el compuesto. En un pequeño ensayo clínico, veinte personas con sobrepeso recibieron inyecciones diarias durante un mes.

Los resultados fueron modestos. No perdieron peso. Sí mostraron algunas mejoras en parámetros metabólicos, incluyendo niveles de glucosa y ciertas enzimas hepáticas. Era suficiente para justificar investigaciones posteriores, pero no para proclamar una revolución médica.

En esos momentos apareció un competidor inesperado. La semaglutida (Ozempic). Mientras MOTS-c requería inyecciones diarias y acumulaba resultados prometedores pero preliminares, Ozempic y sus parientes comenzaron a transformar el tratamiento de la obesidad y la diabetes con una eficacia muy superior y una administración semanal.

El interés comercial se evaporó. La empresa de Cohen acabó sucumbiendo. Internet, sin embargo, tenía otros planes. Como suele ocurrir, los estudios en ratones se transformaron en certezas en foros de biohackers. Surgieron vendedores que ofrecían MOTS-c como herramienta antienvejecimiento, potenciador deportivo y supuesto secreto de longevidad. Sin embargo, es poco probable que lo que estén comprando sea humanina, dado que esta molécula es notoriamente inestable.

La situación se volvió aún más curiosa cuando la Agencia Mundial Antidopaje decidió incluir el péptido en su lista de sustancias prohibidas por su potencial para mejorar la resistencia física. Nada impulsa tanto la popularidad de una sustancia como prohibirla.

Hoy, más de una década después de su descubrimiento, MOTS-c sigue ocupando una posición peculiar. Es una molécula fascinante desde el punto de vista científico. Ha contribuido a demostrar que las mitocondrias son mucho más que centrales energéticas. Ha revelado que el supuesto ADN basura escondía mensajes biológicos importantes. Y ha abierto nuevas preguntas sobre cómo se comunican las células, cómo envejecemos y por qué algunos organismos gestionan mejor que otros los periodos de estrés metabólico.

Lo que aún no ha demostrado es ser la llave de la longevidad humana. Quizá algún día se convierta en un medicamento útil. Quizá acabe siendo una curiosidad biológica más, una pieza interesante de un rompecabezas mucho mayor. La historia de la medicina está llena de moléculas que parecían destinadas a cambiar el mundo y terminaron ocupando apenas una nota a pie de página.

Pero incluso si MOTS-c nunca llega a convertirse en fármaco, ya ha logrado algo notable. Ha recordado a los científicos una lección que la naturaleza repite una y otra vez: cuando creemos que hemos identificado toda la maquinaria importante de la vida, suele aparecer una pequeña molécula escondida en lo que llamábamos basura para demostrarnos que todavía no entendemos del todo cómo funciona el universo que llevamos dentro.

De momento, las inyecciones de 'MOTS-c' pueden hacerte vivir más tiempo… si eres un ratón.

sábado, 20 de junio de 2026

JOHN RILEY, EL HOMBRE QUE CAMBIÓ DE BANDERA

 

En algún lugar del norte de México, bajo un sol que parecía decidido a derretir el mundo, un soldado irlandés observaba cómo avanzaban las tropas estadounidenses. Las conocía bien. Había marchado con ellas. Había comido con ellas. Había vestido su uniforme. Y en ese momento se preparaba para dispararles.

Se llamaba John Riley, y su historia tiene algo que incomoda a todos los patriotas. Porque los patriotas prefieren las líneas rectas: héroes y villanos, leales y traidores, buenos y malos. Riley fue algo más difícil de clasificar.

Nació hacia 1805 en Irlanda, probablemente en el condado de Galway. Era una época complicada para ser irlandés. La isla formaba parte del Reino Unido, la pobreza era una vieja compañera de viaje y el futuro parecía reservado para otros. Como millones de compatriotas, Riley decidió probar suerte al otro lado del Atlántico. Estados Unidos se presentaba entonces como una tierra de oportunidades. También era una tierra de prejuicios.

La historia oficial norteamericana suele recordar el siglo XIX como una época de expansión y optimismo. Lo fue para algunos. Para otros, no tanto. Los inmigrantes irlandeses, especialmente los católicos, ocupaban uno de los peldaños más bajos de la escala social. Eran vistos como pobres, ignorantes, alcohólicos y sospechosamente leales al Papa de Roma.

En muchas ciudades aparecían carteles que anunciaban puestos de trabajo con una condición sencilla y brutal: No Irish Need Apply: No se necesitan irlandeses.

Riley acabó enrolándose en el ejército estadounidense. Era una salida frecuente para los recién llegados. El uniforme garantizaba comida, una paga modesta y cierta estabilidad. A cambio había que aceptar disciplina, marchas interminables y oficiales que, en muchos casos, despreciaban a los soldados irlandeses. El ejército era su salida más frecuente: el ochenta por ciento de los soldados rasos del 7º de Caballería que murieron a las órdenes de Custer en Little Big Horn, eran emigrantes irlandeses.

Mientras Riley aprendía a sobrevivir en los cuarteles, Estados Unidos miraba hacia el sur. El país vivía los años del llamado Destino Manifiesto, aquella idea según la cual los estadounidenses tenían casi la obligación moral de extenderse desde el Atlántico hasta el Pacífico. Era una mezcla de ambición territorial, convicción religiosa y confianza nacional que resultó muy útil para justificar conquistas.

México poseía entonces enormes territorios en el norte: Texas, California, Arizona, Nuevo México y otras regiones inmensas y poco pobladas. Washington las observaba con creciente interés. Cuando estalló la guerra entre Estados Unidos y México en 1846, muchos estadounidenses la vieron como una empresa gloriosa. Otros la consideraron un robo a gran escala.

Entre estos últimos estaba John Riley. No fue el único. Pero sí el más famoso. Las razones de su deserción siguen siendo objeto de discusión. Probablemente hubo varias. La discriminación religiosa desempeñó un papel importante. También el maltrato dentro del ejército. Y quizá existiera un elemento moral difícil de medir: Riley veía cómo soldados protestantes invadían un país mayoritariamente católico.

En cualquier caso, cruzó las líneas y se presentó ante las autoridades mexicanas. No llegó solo. Otros inmigrantes europeos comenzaron a seguir el mismo camino. Irlandeses en su mayoría, aunque también alemanes, polacos, franceses e italianos. Muchos eran católicos. Muchos estaban cansados de ser ciudadanos de segunda categoría.

Así nació el famoso Batallón de San Patricio. La unidad llevaba una bandera verde. En ella aparecía San Patricio y un arpa dorada, símbolos inequívocamente irlandeses. Aquellos hombres combatían para México, pero no habían dejado de ser irlandeses. Era una situación extraordinaria.

La historia estadounidense estaba llena de inmigrantes que luchaban por Estados Unidos. Los hombres de San Patricio hicieron exactamente lo contrario. Y además combatieron muy bien. Su especialidad era la artillería. Durante varias batallas demostraron una resistencia feroz. Los oficiales mexicanos descubrieron pronto que aquellos desertores eran algunos de los soldados más disciplinados y eficaces de todo el ejército.

La guerra avanzó inexorablemente hacia el corazón de México. Las tropas estadounidenses, dirigidas por Winfield Scott, desembarcaron en Veracruz y emprendieron una campaña que hoy sigue estudiándose en academias militares de todo el mundo. Ciudad tras ciudad, México entero fue cayendo en manos estadounidenses.

En agosto de 1847 llegó uno de los episodios decisivos. La Batalla de Churubusco. Los San Patricios defendían un convento fortificado en las afueras de Ciudad de México. Durante horas resistieron ataques superiores en número y armamento. Cuando los mandos mexicanos intentaron rendirse, algunos miembros del batallón rompieron varias veces las banderas blancas para seguir luchando.

No era precisamente el comportamiento habitual de hombres que habían cambiado de bando buscando una vida fácil. Finalmente fueron derrotados. Muchos murieron. Otros fueron capturados. Entonces comenzó la parte más oscura de la historia. Las autoridades estadounidenses consideraban a aquellos hombres desertores y traidores. La mayoría fueron sometidos a consejos de guerra. Decenas recibieron condenas a muerte.

Las ejecuciones se realizaron con una teatralidad deliberada. En septiembre de 1847, varios grupos de prisioneros fueron ahorcados en distintos lugares. El episodio más conocido ocurrió mientras la bandera estadounidense ascendía sobre el castillo de Castillo de Chapultepec. Los condenados permanecieron con la soga al cuello esperando la señal. Cuando la bandera llegó a la cima, las trampillas se abrieron.

Era un mensaje. La deserción tenía un precio. John Riley evitó la horca por una cuestión técnica. Había abandonado el ejército antes de la declaración formal de guerra entre ambos países. Aun así, recibió un castigo ejemplar. Fue azotado públicamente. Después marcaron su rostro con una letra D, de deserter. Según algunas versiones, el soldado encargado de grabar la marca lo hizo mal la primera vez y tuvo que repetir el procedimiento en la otra mejilla.

La historia resulta tan cruel que parece inventada. Sin embargo, el siglo XIX tenía una capacidad especial para convertir la humillación en ceremonia. Tras la guerra, Estados Unidos obtuvo un territorio gigantesco. California, Nevada, Utah y grandes partes de otros estados cambiaron de soberanía. México perdió aproximadamente la mitad de su territorio.

John Riley desapareció lentamente de la historia. Murió en México en 1850. Ni siquiera los detalles de su fallecimiento están completamente claros. No dejó memorias. No escribió grandes manifiestos políticos. No fundó ningún movimiento. Simplemente desapareció.

Pero los personajes incómodos suelen regresar. Con el paso de los años, México convirtió a Riley y a sus hombres en símbolos de resistencia frente a la invasión extranjera. Varias calles llevan su nombre. Existen monumentos en su honor. Cada septiembre se celebran actos conmemorativos.

En Estados Unidos la memoria fue diferente. Durante mucho tiempo los San Patricios aparecieron poco más que como traidores. La realidad, probablemente, es menos cómoda para todos. Riley no fue un santo. Tampoco un demonio. Era un inmigrante pobre atrapado entre dos países, dos lealtades y dos visiones del mundo. Vivió en una época en la que la nacionalidad era algo más difuso de lo que solemos imaginar. Los pasaportes apenas importaban. Las identidades eran móviles. La supervivencia pesaba más que las banderas.

Por eso su historia sigue fascinando. Porque obliga a formular una pregunta para la que no existe respuesta definitiva. Si un hombre abandona un ejército que considera injusto para combatir junto a quienes cree que tienen razón, ¿es un traidor? O, dicho de otra manera: ¿La lealtad se debe a una bandera o a la propia conciencia?

John Riley pasó el resto de su vida cargando con esa pregunta. Y, ciento setenta años después, sigue sin estar claro quién ganó realmente aquella discusión.

EL JABONERO CHINO, EL ÁRBOL QUE ANUNCIA EL VERANO

 

Koelreuteria paniculata. Palacio Niels, Toulouse. Foto de Didier Descouens

Hay árboles que pasan inadvertidos durante buena parte del año y que, de pronto, parecen recordar a la ciudad que las estaciones siguen existiendo. En Alcalá de Henares, uno de esos árboles es el jabonero chino o árbol de los farolillos (Koelreuteria paniculata). Durante décadas ha sido un discreto heraldo del verano. Cuando sus copas comenzaban a cubrirse de flores amarillas, sabíamos que la primavera estaba llegando a su fin. Más tarde aparecían los curiosos frutos inflados que cuelgan de las ramas como pequeños farolillos de papel. Este año, sin embargo, el calendario botánico parece haberse adelantado. El verano meteorológico llegó antes de tiempo y muchos ejemplares ya lucen frutos cuando apenas debería estar concluyendo la floración.

Pocos árboles ornamentales combinan de forma tan eficaz interés paisajístico, historia y singularidad botánica.

Un invitado llegado de Oriente

Koelreuteria paniculata es originario del este de Asia, especialmente del norte y centro de China, Corea y algunas regiones de Japón. En su lugar de origen se cultiva desde hace milenios y forma parte de una larga tradición cultural y ornamental.

Europa lo conoció relativamente tarde. Fue introducido en San Petersburgo hacia 1750 y llegó a Inglaterra en 1763. Desde allí comenzó una lenta expansión por jardines botánicos y parques europeos. Durante el siglo XIX se convirtió en una especie apreciada por los paisajistas debido a su resistencia al calor, a la contaminación urbana y a la espectacular combinación de flores y frutos. Hoy forma parte habitual del arbolado urbano de numerosas ciudades españolas, especialmente en áreas de clima mediterráneo y continental suave.

Un árbol de aspecto elegante y algo indisciplinado

El jabonero chino es un árbol caducifolio de tamaño medio que suele alcanzar entre 10 y 15 metros de altura, aunque algunos ejemplares excepcionales pueden superar los 20 metros. Su copa presenta una forma redondeada e irregular, con una proyección de entre 10 y 12 metros de diámetro.

El tronco suele ser único y está cubierto por una corteza rugosa de color marrón claro, recorrida por estrías longitudinales y pequeñas punteaduras ocres. Las ramas crecen abundantemente en disposición casi horizontal y adoptan trayectorias sinuosas que confieren al árbol una apariencia algo desgarbada durante la juventud.

Las hojas son alternas y compuestas imparipinnadas. Cada hoja puede medir entre 25 y 40 centímetros y está formada por entre siete y quince folíolos de forma oblongo-ovalada, margen serrado y color verde oscuro. Durante la brotación primaveral presentan tonalidades rojizas o cobrizas especialmente atractivas.

Aspectos botánicos de Koelreuteria paniculata. Imágenes

Una lluvia de flores amarillas

La principal razón de su popularidad ornamental aparece en pleno verano, cuando aparecen las flores agrupadas en grandes panículas terminales de forma piramidal que pueden alcanzar los 35 centímetros de longitud. Desde cierta distancia la copa parece cubierta por nubes amarillas.

Cada flor mide aproximadamente un centímetro de diámetro y posee cuatro pétalos desiguales de color amarillo intenso. La base de los pétalos suele mostrar manchas rojizas o anaranjadas que actúan como guías para los insectos polinizadores. Ocho estambres sobresalen claramente de la corola, otorgando a las flores un aspecto ligero y delicado.

La floración suele (quizás debería escribir “solía”) producirse entre julio y agosto, precisamente cuando la mayoría de los árboles ornamentales ya han terminado su espectáculo floral. Esta circunstancia convierte al jabonero chino en una especie especialmente valiosa para aportar color durante los meses más cálidos, sin olvidar, claro está, que las flores son visitadas por numerosas abejas y otros insectos polinizadores.

Los famosos farolillos

Si las flores llaman la atención, los frutos son aún más singulares. Tras la polinización aparecen unas cápsulas infladas de forma cónica o triangular de entre cuatro y cinco centímetros de longitud. Al principio son verdes, pero conforme avanza el verano adquieren tonalidades rosadas, pajizas y finalmente marrón claro.

Estas cápsulas están formadas por tres valvas delgadas y papiráceas que recuerdan a pequeños farolillos orientales suspendidos entre las ramas. De ahí procede uno de sus nombres populares más extendidos: árbol de los farolillos. En el interior de cada cápsula se encuentran varias semillas esféricas de color marrón oscuro, brillantes y muy duras.

Los frutos permanecen durante buena parte del otoño e incluso durante el invierno, proporcionando interés ornamental cuando la mayoría de los árboles ya han perdido cualquier atractivo estacional.

La historia escondida en su nombre

El nombre científico encierra una pequeña historia europea. El género Koelreuteria fue dedicado al botánico alemán Joseph Gottlieb Kölreuter (1733-1806), pionero en el estudio de la hibridación vegetal y una de las figuras más importantes de la botánica experimental del siglo XVIII. El epíteto específico paniculata procede del latín panicula, que significa “panícula” o “racimo ramificado”, en referencia a sus grandes inflorescencias.

Sus nombres comunes también tienen una explicación interesante. “Árbol de los farolillos” alude directamente a sus frutos inflados y translúcidos. “Jabonero chino” hace referencia a la abundancia de saponinas presentes en toda la planta, especialmente en las semillas. Las saponinas son compuestos naturales que producen espuma al mezclarse con agua. Durante siglos se utilizaron como detergente y limpiador natural, de forma parecida a como se empleaban otras plantas jaboneras en diferentes partes del mundo.

Uno de los cinco árboles conmemorativos de China

En China el jabonero posee una larga historia cultural. Se cultiva desde hace más de tres mil años y tradicionalmente se incluía entre los llamados “cinco árboles conmemorativos”. Se plantaban junto a templos, tumbas, academias y edificios importantes como símbolo de permanencia, memoria y prosperidad. Eran especies asociadas a acontecimientos relevantes o a personajes dignos de recuerdo, formando parte del paisaje cultural chino de manera semejante a como los robles o los tilos han desempeñado funciones simbólicas en Europa.

Las semillas, duras y brillantes, se utilizaban para fabricar collares, rosarios y objetos decorativos. Las flores servían para obtener tintes amarillos empleados en tejidos y también tenían aplicaciones medicinales dentro de la farmacopea tradicional china. Incluso las hojas llegaron a consumirse durante épocas de escasez alimentaria y hambrunas, aunque nunca constituyeron un alimento habitual.

Un árbol hermoso pero delicado

A pesar de su resistencia al calor y a la sequía una vez establecido, el jabonero chino presenta algunas debilidades.

Su madera es blanda, fibrosa y relativamente poco duradera. Las ramas viejas pueden romperse con facilidad durante temporales o bajo cargas excesivas. Tampoco tolera bien las podas severas. Los grandes cortes cicatrizan mal y favorecen la aparición de pudriciones internas. Por ello los especialistas recomiendan realizar únicamente podas ligeras de formación durante los primeros años de vida y evitar intervenciones drásticas cuando el árbol alcanza la madurez.

Durante los tres o cuatro primeros años tras la plantación necesita riegos regulares para desarrollar un sistema radicular profundo. Una vez establecido soporta razonablemente bien los veranos secos característicos de gran parte de España.

Un aliado para las ciudades

Desde el punto de vista paisajístico reúne numerosas virtudes. Su brotación rojiza en primavera, la espectacular floración amarilla estival, los llamativos frutos persistentes y la coloración otoñal amarilla garantizan interés visual durante gran parte del año. Además, no presenta problemas significativos relacionados con alergias, una característica especialmente apreciada en el arbolado urbano moderno.

Puede utilizarse como ejemplar aislado, formando grupos o en alineaciones de calles pequeñas y medianas. Su mantenimiento es relativamente bajo y su tolerancia al calor lo convierte en una excelente opción para jardines mediterráneos.

Quizá no posea la majestuosidad de un plátano de sombra ni la elegancia perfecta de un tilo. De joven incluso parece algo desordenado, como si aún estuviera decidiendo qué forma quiere adoptar. Pero cuando llega julio y la copa se cubre de flores doradas, el jabonero chino recuerda por qué lleva más de dos siglos conquistando parques y jardines europeos.

Y mientras sus farolillos comienzan ya a colgar de las ramas en este verano adelantado, vuelve a cumplir su antigua función de calendario viviente. Porque mucho antes de que existieran las aplicaciones meteorológicas, algunos árboles ya nos avisaban de que la estación había cambiado.

viernes, 19 de junio de 2026

LA REPÚBLICA SILENCIOSA DE LAS HORMONAS

 

Si los seres humanos fuéramos una nación, el sistema nervioso sería el gobierno visible. Sería el presidente dando discursos, los ministros entrando y saliendo de edificios oficiales, las sirenas, los comunicados urgentes y los titulares de los periódicos. Todo muy aparatoso.

Las hormonas, en cambio, serían la administración secreta. No salen en las fotografías. No pronuncian discursos. No inauguran autopistas. Sin embargo, son ellas las que consiguen que el país funcione.

Hay quien se piensa que las hormonas eran poco más que sustancias relacionadas con la adolescencia, los cambios de humor y ciertas conversaciones incómodas entre padres e hijos. No es sólo eso: gobiernan prácticamente todo: el crecimiento, el hambre, el sueño, la reproducción, el metabolismo, la presión arterial, el estrés y hasta la velocidad con la que gastamos energía mientras estamos sentados sin hacer nada.

La imagen que acompaña este artículo resume admirablemente el asunto. En el centro aparece una pequeña estructura cerebral formada por el hipotálamo y la hipófisis. No parecen gran cosa. Ocupan un espacio ridículo dentro del cráneo. Sin embargo, constituyen uno de los centros de mando más extraordinarios de toda la naturaleza.

La historia comienza en el hipotálamo. El nombre significa literalmente «debajo del tálamo», lo que demuestra que los anatomistas, cuando no sabían cómo llamar algo, simplemente describían dónde estaba, lo cual, sin duda es muy útil. El hipotálamo pesa apenas unos gramos, pero actúa como un director de orquesta obsesivamente atento.

Controla la temperatura corporal. Vigila la cantidad de agua disponible. Supervisa el nivel de energía. Detecta el estrés. Comprueba si estamos dormidos o despiertos. Y, cuando considera que algo necesita atención, envía instrucciones químicas a la hipófisis.

La hipófisis —también llamada glándula pituitaria— es una especie de central de distribución hormonal. Durante mucho tiempo los médicos la llamaron «la glándula maestra», una descripción bastante apropiada. Desde allí parten mensajes químicos hacia prácticamente todos los rincones del organismo.

Lo sorprendente es que el sistema funciona mediante cantidades diminutas de sustancias. Una hormona puede ejercer efectos enormes en concentraciones tan pequeñas que resultarían invisibles incluso si se disolvieran en una piscina olímpica. Es como si el gobierno de un país pudiera administrarse utilizando una sola cucharadita de tinta.

Una de las primeras órdenes que salen de la hipófisis es la hormona del crecimiento, conocida por las siglas GH. En la ilustración aparece dirigiéndose hacia huesos, músculos y órganos. Su trabajo consiste en coordinar el crecimiento y regular el metabolismo. Durante la infancia ayuda a convertir a un bebé de tres kilos en un adolescente desgarbado. En la edad adulta sigue ocupándose de reparar tejidos y gestionar recursos. Sin ella, el cuerpo sería una obra de construcción abandonada.

Otro mensaje importante es la hormona estimulante de la tiroides, o TSH. La tiroides tiene forma de mariposa y descansa discretamente sobre la tráquea. A simple vista parece un órgano bastante anodino, pero produce hormonas capaces de determinar la velocidad a la que funciona todo el organismo. Si la tiroides trabaja demasiado, uno se siente como si hubiera tomado veinte cafés. El corazón se acelera, el metabolismo se dispara y el cuerpo consume energía con entusiasmo excesivo. Si trabaja poco, ocurre lo contrario. El mundo entero parece moverse dentro de una piscina de melaza.

La producción de las hormonas tiroideas está controlada por otra hormona, la TSH (hormona estimulante de la tiroides) que se sintetiza en la glándula hipofisaria que está ubicada en la base del cerebro

Lo fascinante es que la hipófisis no ordena simplemente a la tiroides que produzca hormonas. También escucha las respuestas. Cuando hay suficiente cantidad circulando por la sangre, reduce las órdenes. Cuando hay poca, las aumenta. Es un ejemplo clásico de retroalimentación negativa, una de los conceptos más interesantes de la biología.

No muy lejos de allí encontramos las hormonas LH y FSH, encargadas de regular ovarios y testículos. Las siglas suenan como matrículas de automóvil, pero controlan algunos de los procesos más trascendentales de la existencia. Gracias a ellas se producen óvulos y espermatozoides. También estimulan la fabricación de estrógenos, progesterona y testosterona. Es decir, sin estas discretas señales químicas la especie humana tendría un problema demográfico considerable.

Más abajo en la figura aparecen las glándulas suprarrenales. Su nombre describe perfectamente dónde están: encima de los riñones. Estas pequeñas estructuras producen cortisol, una hormona célebre porque interviene en la respuesta al estrés. Cuando nuestros antepasados se encontraban con un tigre dientes de sable, el cortisol ayudaba a movilizar recursos para sobrevivir.

Hoy seguimos produciendo cortisol, aunque normalmente en respuesta a correos electrónicos, reuniones de trabajo o declaraciones de Hacienda. El cuerpo aún no ha comprendido del todo que un plazo administrativo no suele intentar devorarnos.

La parte posterior de la hipófisis alberga otro conjunto de maravillas. Una es la oxitocina, famosa por su papel en el parto y en los vínculos afectivos. La otra es la vasopresina o ADH, que ayuda a los riñones a conservar agua.

La mayoría de nosotros apenas pensamos en ello, pero nuestros riñones están tomando decisiones hidráulicas extraordinariamente complejas cada minuto del día. Filtran unos ciento ochenta litros de líquido diarios y luego recuperan casi todo. La vasopresina es uno de los gestores encargados de que no terminemos deshidratados después de una noche de sueño.

Todo este entramado puede parecer una colección de sistemas independientes, pero en realidad constituye una sola red. La figura lo muestra bien. Cada hormona sale hacia un órgano diferente, pero todas proceden del mismo centro regulador y todas se comunican entre sí. Es menos parecido a una empresa y más parecido a Internet.

Diagrama que muestra los efectos de la hormona GLP-1 (glucagón tipo 1) en varios órganos del cuerpo. El GLP-1 y otras hormonas como el péptido YY (PYY) ayudan a regular el azúcar en sangre a través del páncreas. También indican a nuestro cerebro que has comido lo suficiente y ordenan a tu estómago y a tus intestinos que reduzcan su motilidad, es decir, que ralenticen el movimiento de los alimentos a lo largo del tracto digestivo para permitir la digestión. Este sistema es el llamado freno de colon o freno ileal. Fuente.

La señal hormonal llega a una célula. La célula posee un receptor específico. El receptor activa una cascada de reacciones químicas. Los genes se encienden o se apagan. Las enzimas modifican el metabolismo. Los tejidos responden.  Todo eso ocurre continuamente y a velocidades vertiginosas.

Mientras leísa el párrafo anterior, miles de millones de moléculas hormonales circularon por tu organismo transportando información. Y aquí aparece la idea más importante de todas: las hormonas no buscan producir efectos espectaculares. Buscan equilibrio. La biología rara vez aspira a máximos. Prefiere los puntos intermedios. No quiere la temperatura más alta ni la más baja. Quiere exactamente 37 grados. No quiere demasiada glucosa ni muy poca. Quiere la cantidad adecuada. No quiere exceso de agua ni escasez. Quiere el equilibrio preciso.

Las hormonas son las funcionarias invisibles encargadas de mantener ese delicado compromiso. Lo hacen con una eficacia asombrosa. Resulta tentador pensar que somos individuos autónomos que tomamos decisiones racionales mientras caminamos por el mundo. Pero, observada desde cierta distancia, la experiencia humana parece más bien el resultado de billones de células intercambiando mensajes químicos bajo la supervisión de un puñado de glándulas diminutas escondidas en lugares estratégicos.

La verdadera maravilla no es que tengamos hormonas. La maravilla es que una red molecular tan compleja, formada por señales invisibles y cantidades infinitesimales de sustancias químicas, consiga mantenernos vivos durante décadas sin que apenas nos demos cuenta de que existe. Hasta que falla.

Y entonces descubrimos que las auténticas gobernantes del cuerpo nunca fueron los músculos, ni los huesos, ni siquiera el cerebro consciente. Eran aquellas silenciosas moléculas mensajeras que llevaban toda la vida trabajando en la sombra.