Las orquídeas europeas tienen muchos talentos, pero quizá el más inesperado sea haber dado a la ciencia uno de los nombres más anatómicamente explícitos del reino vegetal.
El género Orchis debe su
nombre directamente al griego órkhis, que significa “testículo”. No es
una metáfora moderna ni una travesura etimológica descubierta por estudiantes
aburridos de biología. Los primeros naturalistas llamaron así a estas plantas
porque sus tubérculos subterráneos aparecen normalmente en pares redondeados y
carnosos, con un parecido anatómico tan evidente que ni siquiera Linneo intentó
suavizarlo con alguna elegante perífrasis latina. En otras palabras: buena
parte de la botánica europea descansa sobre una observación que cualquier
adolescente habría hecho exactamente igual.
La consecuencia inevitable fue
que durante siglos las orquídeas quedaron asociadas a toda clase de
supersticiones masculinas. Según la antigua doctrina renacentista de las
signaturas, que sostenía que Dios dejaba pistas visuales sobre el uso medicinal
de las plantas, una raíz con aspecto de órgano masculino debía necesariamente
servir para tratar problemas masculinos. El razonamiento científico era
aproximadamente tan sólido como pensar que una nuez mejora la memoria porque
parece un cerebro, pero eso jamás detuvo a la medicina antigua, que durante
milenios avanzó impulsada principalmente por la imaginación y un optimismo
suicida.
Así fue como las especies de Orchis
acabaron convertidas en afrodisíacos oficiales de medio Mediterráneo. Sus
tubérculos se secaban, se molían y daban lugar al famoso salep, una
bebida espesa y ligeramente viscosa muy popular en el Imperio Otomano. El salep
tenía reputación de restaurar la virilidad y aumentar la energía sexual, aunque
probablemente su principal mérito consistía en aportar calorías y estar
caliente en invierno. Pero cuando una planta se llama literalmente “testículo”,
las expectativas populares se disparan inevitablemente.
La imaginación colectiva fue
todavía más lejos. Como muchas especies poseen dos tubérculos de tamaño
desigual —uno viejo y arrugado, otro joven y lleno de reservas— surgió la
creencia de que comer uno u otro influía en el sexo de los futuros hijos. Algunos
herbarios medievales ofrecen instrucciones minuciosas sobre qué tubérculo debía
consumir cada miembro de la pareja dependiendo de si deseaban niño o niña.
Leyéndolos hoy, uno tiene la sensación de que gran parte de la farmacología
medieval consistía en personas muy serias inventando cosas con absoluta
convicción.
Detalles de la flor del género Ophrys. 1-2, O. apifera de frente y perfil. 3, O. tenthredinifera. 4, despiece de la misma flor. 5, ampliación de una polinia de la misma especie.
Y sin embargo, bajo toda esa
acumulación de malentendidos anatómicos, las orquídeas escondían algunos de los
mecanismos evolutivos más sofisticados del planeta.
Darwin quedó fascinado por ellas.
Pasó años estudiando sus sistemas de polinización y descubrió estructuras tan
complejas que parecían diseñadas por un ingeniero ligeramente trastornado.
Algunas especies engañan sexualmente a los insectos imitando hembras de abeja;
otras lanzan paquetes de polen como diminutas catapultas; algunas obligan al
polinizador a recorrer auténticos laberintos vegetales. Las orquídeas no
seducen a los insectos: los manipulan psicológicamente.
Y entre todas ellas hay una
especialmente extraña: Orchis anthropophora.
El nombre puede traducirse
aproximadamente como “la orquídea que lleva hombrecitos”. Proviene del griego ánthropos
—hombre— y phoros —portador—, porque cada una de sus flores parece una
pequeña figura humana suspendida boca abajo. Y no hace falta demasiada
imaginación para verlo. El labelo forma algo parecido a unas piernas abiertas;
los lóbulos laterales parecen brazos; arriba queda una especie de cabeza
cubierta por un casco vegetal. Una inflorescencia completa recuerda a una fila
de acróbatas microscópicos realizando ejercicios gimnásticos para un público de
hormigas. Es difícil contemplarla sin sonreír. Parece menos una planta que un
experimento humorístico de la evolución.
Inflorescencias y detalle floral de Orchis anthropophora
Los botánicos del siglo XVIII,
que pasaban cantidades alarmantes de tiempo observando flores con lupas,
quedaron fascinados por estas semejanzas. Y hay algo profundamente humano en
ello. Solemos imaginar a los naturalistas antiguos como figuras solemnes rodeadas
de herbarios polvorientos, pero muchos parecían escolares brillantes incapaces
de resistirse a un parecido absurdo. Uno observaba dos tubérculos y pensaba
inmediatamente en anatomía masculina. Otro miraba las flores y veía
hombrecillos danzando. Luego ambos traducían sus ocurrencias al griego clásico
y las convertían en latín científico para toda la eternidad.
De modo que hoy seguimos paseando
por praderas mediterráneas llenas de plantas cuyo nombre significa literalmente
“testículo” y que producen flores conocidas como “las que llevan hombres”.
Y quizá eso sea lo más
extraordinario de la historia. La ciencia suele presentarse como una actividad
fría y rigurosa, pero muchas veces empieza exactamente igual que empiezan los
chistes: alguien mira algo raro y dice “eso parece otra cosa”. Después llega el
latín, las monografías y las sociedades botánicas. Pero en el fondo sigue
estando la misma sorpresa infantil.
Las orquídeas europeas, vistas de
cerca, tienen el raro talento de recordárnoslo.






