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jueves, 22 de octubre de 2026

EL GRANADO, UNA MULTITUD BAJO LA MISMA PIEL

 

Aspectos botánicos de Punica granatum. A. Rama florida. Flor: sección longitudinal (1), estambres (2), polen (3), cortes del ovario a diferentes alturas (4 y 5), y extremo del estilo con estigma (6). La rama principal representa una forma de flor doble. B. Rama fructificada con fruto y semilla: granada en sección longitudinal y transversal (7 y 8); semilla con sarcotesta (9), secciones de la semilla (10, longitudinal y 11, tranversal), semilla sin la parte carnosa (12), y embrión (13). Modificada a partir de la láminas originales de Köhler's Medizinal-Pflanzen, dominio público.

Hay frutas que se entregan sin condiciones y otras que exigen una pequeña negociación. La granada pertenece al segundo grupo. Antes de comer hay que abrir una cubierta correosa, separar tabiques, rescatar granos y aceptar que alguno termine en el suelo o deje una señal indeleble en la camisa. A cambio, ofrece una de las arquitecturas más sorprendentes de la frutería: centenares de pequeñas reservas de zumo empaquetadas bajo una misma piel. Ahora que los granados vuelven a cargarse de frutos, merece la pena detenerse ante ellos con algo más que un cuchillo.

El granado, Punica granatum, es un arbusto o arbolillo caducifolio, frecuentemente espinoso, de hojas simples, enteras y por lo común opuestas. Su nombre conserva una antigua geografía comercial. Punica remite a lo púnico, a Cartago y a los cartagineses, asociados por los romanos con aquel fruto que llamaban malum punicum, manzana púnica. El epíteto granatum, relacionado con el latín granum, alude a su abundancia de granos. En dos palabras científicas quedaron reunidos los comerciantes del Mediterráneo y el contenido de su mercancía.

Durante mucho tiempo el granado tuvo familia propia, las punicáceas. La clasificación actual lo incluye en las litráceas, Lythraceae, una familia a la que también pertenecen las salicarias y el árbol de Júpiter de nuestros jardines. El nombre aceptado sigue siendo el que publicó Linneo en 1753. Los cambios han afectado a sus relaciones de parentesco, no a su identidad. Su aspecto familiar puede hacernos olvidar que cada árbol reúne una historia evolutiva bastante más larga que nuestra costumbre de cultivarlo.

La flor anuncia el fruto con una precisión admirable. Sobre un receptáculo en forma de copa se dispone un cáliz grueso, rojizo y persistente, acompañado por pétalos delicados, generalmente escarlatas, y numerosos estambres. Los pétalos parecen hechos de papel arrugado; el cáliz tiene la consistencia de un objeto destinado a durar. Y dura: sus lóbulos permanecen en el extremo de la granada madura, formando esa pequeña corona que permite reconocerla incluso en un dibujo infantil.

Sin embargo, no todas las flores del mismo árbol tienen idéntico porvenir. El granado produce flores hermafroditas, con ovario bien desarrollado, y otras funcionalmente masculinas, cuyo aparato femenino no completa su desarrollo. Las primeras suelen presentar una base más abultada, semejante a una pequeña vasija; las segundas, más estrecha, recuerdan una campana. También existen formas intermedias. Una flor caída no es necesariamente una promesa de fruta malograda: puede haber cumplido su función aportando polen.

El ovario ocupa una posición ínfera, integrado en la parte inferior de la estructura floral. Su organización interna es poco corriente: los compartimentos se distribuyen en niveles superpuestos. En los inferiores, los óvulos se insertan hacia el eje central; en los superiores, su disposición parece parietal, próxima a las paredes. Esta organización ayuda a entender por qué una granada abierta no ofrece la simetría sencilla de una naranja. Los tabiques y las agrupaciones de semillas dibujan un interior más complicado, que se aprecia mejor comparando un corte transversal con otro longitudinal.

El fruto, un original en el universo polimorfo de los frutos, recibe el nombre botánico de balausta. Su cubierta resistente protege numerosas semillas, separadas por tabiques membranosos de color claro. Pero la verdadera sorpresa está en lo que comemos. En un melocotón, la carne procede de la pared del ovario. En la granada, la parte jugosa pertenece a la propia cubierta de la semilla: es la sarcotesta. Cada grano entero es, por tanto, una semilla con una envoltura externa carnosa y un interior más duro. En textos comerciales se habla con frecuencia de «arilos», aunque sarcotesta describe con mayor precisión su origen anatómico.

La diferencia puede parecer una exquisitez de botánicos, pero cambia nuestra manera de mirar el plato. Cuando desgranamos una granada no estamos apartando semillas para alcanzar la pulpa: estamos reuniendo semillas para comérnoslas. El árbol ha convertido su envoltura en una recompensa apetecible. El color tampoco es una obligación uniforme: según la variedad, los granos pueden ser muy rojos, rosados o casi blanquecinos.

También su historia merece algún cuidado. El cultivo es antiquísimo y su origen se sitúa en Asia occidental y regiones próximas. En un poema escrito en un papiro del Antiguo Egipto del año 1150 a. C., conocido como «Papiro Erótico de Turín», se equiparan las granadas con los senos femeninos. Desde Oriente próximo el granado se extendió por el Mediterráneo mediante contactos e intercambios entre pueblos. Atribuir su llegada a la península ibérica a los bereberes del siglo X retrasa demasiado el calendario: las investigaciones arqueobotánicas documentan la incorporación de frutales como el granado al este peninsular durante el primer milenio antes de nuestra era, en el contexto de los contactos con los fenicios. La agricultura andalusí heredó y enriqueció una tradición anterior.

Conviene ser igualmente prudentes con la afirmación de que la ciudad de Granada recibió su nombre del fruto. La asociación es antigua, poderosa y visible en su heráldica, pero el origen del topónimo no está resuelto mediante esa semejanza. La arabista María Jesús Viguera ha defendido una interpretación relacionada con el color rojo de la tierra y las construcciones. El emblema resulta indiscutible; la etimología exige más cautela que un escudo.

La medicina tradicional utilizó preparaciones del granado contra diarreas y parásitos intestinales. Su riqueza en taninos ayuda a explicar la astringencia y usos como el curtido y la tinción. Sin embargo, la corteza de raíz y tronco contiene alcaloides, entre ellos la peletierina, que explican tanto su antiguo empleo antihelmíntico como sus riesgos. La experiencia histórica incluye remedios eficaces contra un organismo que tampoco eran inocuos para quien los tomaba.

Tanto para babilonios, chinos y europeos cristianos, la granada representó eternidad y resurrección, un símbolo de mediación entre la vida y la muerte. En especial, gracias a su dualidad como alimento y medicamento, distintos pueblos han empleado este fruto de color rojo púrpura, probablemente domesticado en Irán y en Afganistán, para regular el estómago y los intestinos, reducir la fiebre, detener el sangrado, así como para evitar tener hijos. En el siglo II, el médico griego Sorano de Éfeso, considerado uno de los padres de la ginecología, escribió seis recetas de anticonceptivos que contenían granada. Su colega, el bizantino Aecio de Amida del siglo VI, sugirió que un hombre podría frotar su pene con corteza de granada antes del coito para evitar la concepción.

Algunos eruditos cristianos la han considerado un símbolo tanto de la castidad de María como de la resurrección de Jesús. La fruta fue usada en los ritos zoroastrianos como símbolo de prosperidad e inmortalidad del alma. Inanna, una diosa adorada por los sumerios como la «señora de la fertilidad y la sexualidad», fue representada en vasijas del 3100 a. C. rodeada de granadas, quizá debido a sus numerosas semillas prominentes. Los eruditos chinos durante el período de las Seis Dinastías —entre los años 222 y 589— se referían a las flores de granada como «flores de longevidad». Y no extraña que, junto con el bastón de Asclepio —Esculapio, para los romanos—, el caduceo —unión del báculo y la serpiente— y la cruz roja, la granada aparezca frecuentemente en la iconografía médica.

La investigación moderna estudia sus compuestos, pero una actividad antioxidante o antiproliferativa en el laboratorio no demuestra, como pretenden algunos y se explica en los herbolarios, que comer granadas prevenga o cure el cáncer. Los estudios en personas apuntan a posibles reducciones de la presión arterial y pequeñas disminuciones de la glucemia; no permiten atribuirle beneficios generales ni efectos claros sobre los lípidos sanguíneos. La fruta puede formar parte de una alimentación saludable sin cargar con las obligaciones de un medicamento.

Quedan usos más placenteros y menos discutibles: comer los granos frescos, incorporarlos a ensaladas, preparar salsas, postres o zumos. La granadina tradicional transforma ese zumo en jarabe. Y queda, sobre todo, el gesto de abrir una granada en otoño. Bajo una cubierta discreta aparece una multitud luminosa, cuidadosamente alojada en sus compartimentos. Después de conocer su anatomía, cuesta verla como una fruta corriente; después de probarla, tampoco parece necesario pedirle milagros.

miércoles, 21 de octubre de 2026

ANTROPOCENO: CUANDO NUESTRAS COSAS PESARON MÁS QUE LA VIDA

 

Restos de plástico y otros residuos sobre la arena y en un pequeño talud. La imagen ilustra la incorporación de materiales humanos al paisaje; por sí sola no permite determinar su antigüedad ni identificar un límite geológico. Foto de M. Korhan Ertura en una zona costera del Mar Negro, NW de Turquía. 

En la fotografía hay dunas, cielo azul y un pequeño corte en la arena. También aparecen restos de plástico esparcidos por la superficie y objetos que asoman en el talud. No sabemos dónde se tomó la imagen ni cuándo llegaron los residuos. La fotografía no permite fechar un estrato, pero sí reconocer una aportación muy nuestra al paisaje. El viento y el agua llevan mucho tiempo trabajando con granos minerales y restos de organismos. Nosotros hemos ampliado el catálogo con envases. La naturaleza no los había echado en falta.

La escena invita a hablar del Antropoceno, una palabra que describe la magnitud de la transformación humana del planeta. Antes conviene corregir una confusión: no es una época geológica oficialmente reconocida. Seguimos en el Holoceno, iniciado hace unos 11 700 años, dentro del Cuaternario y de la era Cenozoica. En marzo de 2024 se ratificó el rechazo de una propuesta para formalizar el Antropoceno como nueva época. El término sigue siendo útil, pero carece de casilla propia en la escala internacional.

La discusión no consistía en decidir si dejamos huella, sino en cómo convertir esa transformación en una unidad geológica. La propuesta situaba el comienzo en los años cincuenta del siglo XX, con señales de las pruebas nucleares como marcador. Entre las objeciones estaban las raíces mucho más antiguas de nuestra influencia y su desarrollo desigual. Podemos discutir dónde colocar la frontera sin dejar de reconocer que estamos cambiando el paisaje. La basura de una playa no necesita esperar el resultado de una votación para resultar preocupante.

Una manera sorprendente de medir nuestra presencia consiste en pesarla. No a nosotros, sino a nuestras cosas: edificios, carreteras, puentes, máquinas y objetos. En diciembre de 2020, un equipo del Instituto Weizmann encabezado por Emily Elhacham publicó en Nature una comparación entre esa masa antropogénica y la biomasa mundial. Estimó que ambas se igualaban alrededor de 2020, con una incertidumbre de seis años. Por una vez, la noticia no se refería a cuánto dinero valían nuestras pertenencias, sino a cuánto marcaban en una balanza imaginaria.

La cifra rondaba los 1,1 billones de toneladas de masa seca. La precisión importa: se descontó el agua de los seres vivos, y el inventario principal de objetos fabricados consideraba los que seguían en uso. No debemos imaginar un pesaje literal ni un instante exacto en el que una última carretilla de hormigón inclinó el planeta. Se trata de estimaciones globales. Su interés reside en el orden de magnitud: la acumulación material de nuestra civilización había adquirido una escala comparable a la del conjunto de los organismos.

En ese conjunto, los animales ocupan menos espacio del que les concede nuestra imaginación. La biomasa está dominada por las plantas, y los microorganismos aportan cantidades importantes que rara vez aparecen en las postales de naturaleza. Un bosque no es simplemente el escenario donde viven ciervos y pájaros: los árboles son una parte fundamental de su masa viva. Pensar en toneladas obliga a corregir nuestro reparto habitual de protagonistas. La biosfera se parece menos a un desfile de grandes mamíferos que a una inmensa arquitectura vegetal acompañada de habitantes invisibles.

También nos equivocamos al imaginar qué llena el platillo artificial. Pensamos en móviles y botellas, pero el grueso del inventario corresponde a materiales de construcción. Nuestra presencia más pesada está en el suelo que pisamos, en los cimientos y en las infraestructuras que apenas vemos. Los objetos pequeños dominan nuestra atención porque los compramos y los tiramos con frecuencia. El aparcamiento donde dejamos el coche, en cambio, parece formar parte del paisaje desde siempre. Esa familiaridad lo vuelve casi invisible, aunque materialmente resulte difícil encontrar algo menos ligero.

El estudio calculaba unos 35 000 millones de toneladas de masa antropogénica en 1900. Para el lustro anterior a su publicación estimaba una acumulación anual de unos 30.000 millones. El crecimiento observado se aproximaba a una duplicación cada veinte años. Conviene mantener esas cifras en su fecha: describen la investigación de 2020, no una medición actualizada a este año. Incluso así, muestran hasta qué punto una variación anual puede alcanzar dimensiones que antes exigían reunir todo un inventario histórico de construcciones y objetos.

Para dar escala al resultado, el equipo comparó la masa de las construcciones e infraestructuras de Nueva York con la de todos los peces del mundo. También señaló que la masa de los plásticos rondaba el doble de la masa seca de todos los animales. Son comparaciones deliberadamente desconcertantes. No significan que el plástico pese más que toda la vida: los animales son solo una pequeña parte de ella. Tampoco permiten medir por sí solas el daño ambiental, que depende de dónde se encuentra cada material y de qué hace allí.

Una tonelada de materiales destinados a llevar agua potable y otra convertida en objetos innecesarios pueden sumar lo mismo, pero no merecen idéntica valoración. La balanza no distingue una necesidad de un despilfarro. Ese juicio exige preguntar para qué construimos, cuánto tiempo servirá lo construido y si podría repararse o aprovecharse mejor. El estudio ofrece una medida de escala, no una condena de toda infraestructura. Precisamente porque necesitamos viviendas, hospitales y redes de saneamiento, importa pensar cómo obtener esos servicios con un uso más sensato de los materiales.

Además, no hemos creado esa materia de la nada. La hemos extraído, transportado y transformado. El planeta no pesa más porque levantemos una autopista; lo que cambia es la organización de sus materiales y el funcionamiento de los lugares afectados. Una montaña, una cantera y un firme de carretera no son equivalentes desde el punto de vista de quienes viven allí. Decir que todo sigue en la Tierra resulta una respuesta bastante pobre para explicar lo que le ha ocurrido a un paisaje.

La fotografía nos devuelve a otro detalle decisivo: los residuos. El inventario principal del estudio no los incluía, pero excluirlos de una cuenta no los expulsa del planeta. «Tirar» es un verbo engañoso: describe el final de nuestra relación con un objeto, no el final de su existencia. Después de tirarlo continúa en alguna parte. Puede que dejemos de verlo desde la ventana de casa y vuelva a aparecer en una playa. Nuestra comodidad tiene un radio de acción menor que el de nuestros materiales.

Tampoco ese «nosotros» implica una responsabilidad idéntica para todos. Las medias planetarias no explican quién decide qué se produce, quién obtiene sus beneficios ni quién convive con los residuos. Por eso recoger basura, siendo necesario, no agota la respuesta. También cuentan la duración y reparación de los objetos, las decisiones de construcción y las posibilidades reales de reutilizar materiales. Pedir al paseante que cuide la playa tiene sentido; suponer que sus buenos modales resolverán por sí solos el problema atribuye unas facultades extraordinarias a la bolsa de recogida.

No sabemos qué fragmentos de la fotografía resistirán ni si alguno llegará a formar parte de un registro duradero. Sería excesivo presentarlos como fósiles del futuro. Basta verlos como lo que ya son: restos de decisiones humanas mezclados con la arena. El Antropoceno puede seguir fuera del calendario oficial, pero la pregunta que plantea está aquí, a nuestros pies. Antes de discutir cómo nos recordará la Tierra, quizá convenga decidir qué merece la pena dejarle.

EL HAMBRE DE LA POSGUERRA NO CAYÓ DEL CIELO

 

Un amable lector de mi último artículo en estas mismas páginas, El alquiler, una máquina de aumentar la desigualdad, me plantea una pregunta: «¿Sabes por qué en España se pasó hambre y necesidad durante el primer franquismo? ¿Básicamente, porque la producción agraria quedó reducida prácticamente a cero? Es una respuesta que está intrínsecamente unida al asunto que apuntas».

No termino de entender qué relación causal propone entre aquella hambruna y el mercado del alquiler actual, pero la pregunta histórica merece una respuesta. También una primera precisión: la producción agraria sufrió un importante retroceso, pero no quedó reducida prácticamente a cero. Y entre producir menos alimentos y explicar quién pasa hambre hay unas cuantas cuestiones que conviene examinar.

Para orientarse contamos con una bibliografía considerable. Me apoyaré en tres obras complementarias: Autarquía y mercado negro. El fracaso económico del primer franquismo, 1939–1959, coordinada por Carlos Barciela; La economía política del franquismo (1940–1970). Dirigismo, mercado y planificación, de Manuel Jesús González; y Productores disciplinados y minorías subversivas, de Carme Molinero y Pere Ysàs. La primera analiza los mecanismos del fracaso autárquico; la segunda, las decisiones y los cambios de política económica; la tercera, las condiciones y la capacidad de respuesta de los trabajadores. Leídas conjuntamente, permiten entender que el hambre tuvo causas económicas, sociales y políticas.

La Guerra Civil dejó un país profundamente empobrecido. Se habían perdido vidas, haciendas, medios de transporte y capacidad productiva. Muchas familias quedaron deshechas; otras perdieron a quienes aportaban sus ingresos por la muerte, el exilio o la prisión. Los problemas de abastecimiento se sumaron a una pobreza rural que venía de lejos. Sería absurdo minimizar semejante herencia, pero también lo sería utilizarla como explicación suficiente de cuanto ocurrió después. La guerra terminó en 1939; la escasez, las cartillas y la necesidad continuaron durante muchos años. Explicar esa duración obliga a estudiar cómo se administró la posguerra.

El régimen eligió la autarquía: aspiraba a que España se bastara con sus propios recursos y redujera su dependencia del exterior. La autosuficiencia podía sonar magnífica en un discurso patriótico, pero resultaba bastante menos convincente cuando había que abonar un campo, mover un tractor o alimentar una ciudad. España necesitaba importar fertilizantes, combustibles, maquinaria, materias primas y alimentos. Restringir esas compras dificultaba atender las necesidades inmediatas y, al mismo tiempo, producir más en el futuro. La falta de divisas añadía obstáculos, pero la voluntad autárquica fue una elección del régimen, no una obligación impuesta íntegramente desde fuera.

La intervención agraria complicó todavía más las cosas. El Estado regulaba precios, entregas y circulación de productos básicos. Cuando el precio oficial resultaba poco remunerador, el agricultor tenía incentivos para ocultar parte de la cosecha o venderla por otros canales. Eso no significa que todos los productores actuaran igual ni que dispusieran de las mismas oportunidades. Un pequeño campesino que intentaba alimentar a su familia no ocupaba la misma posición que un gran propietario con capacidad para almacenar y contactos para negociar. Pero el funcionamiento del sistema favorecía que una parte de los alimentos escapara al abastecimiento oficial.

Así creció el estraperlo. Los productos que faltaban en los comercios podían encontrarse por otras vías, a precios muy superiores. Cuanto menos llegaba al circuito regulado, más insuficiente resultaba el suministro y mayor era la dependencia del mercado negro. La escasez se convirtió en una oportunidad de negocio para quienes podían aprovecharla. El hambre de unos convivía con las ganancias de otros: no todos los españoles atravesaron la posguerra desde el mismo lado del mostrador. Los estudios reunidos por Barciela permiten seguir ese vínculo entre política agraria, mercados intervenidos y deterioro de las condiciones de vida.

El racionamiento pretendía repartir productos escasos, pero una cartilla no era una despensa. Establecido en 1939 y mantenido hasta 1952, daba acceso a determinadas cantidades de alimentos sin garantizar que fueran suficientes ni que llegaran con regularidad. Para completar la alimentación había que buscar recursos adicionales: pequeños cultivos, intercambios, ayuda familiar, compras clandestinas. Quien tenía dinero podía pagar los precios del estraperlo. Quien dependía de un jornal exiguo debía estirar unas raciones que no se estiraban indefinidamente. El derecho a comprar una cantidad de pan servía de poco cuando esa cantidad no alcanzaba.

Aquí está una de las claves de la cuestión: para pasar hambre no es necesario que los alimentos desaparezcan. Basta con que una familia no pueda conseguir los que necesita. La producción importa, por supuesto, pero también importan los salarios, los precios y las condiciones de distribución. Dos hogares podían vivir en la misma calle, tener cerca los mismos campos y atravesar experiencias alimentarias muy diferentes. La disponibilidad de comida en un país y la posibilidad de comer de sus habitantes están relacionadas, aunque no sean exactamente lo mismo.

La dictadura había eliminado, además, los instrumentos con los que los trabajadores podían defender colectivamente sus condiciones de vida. Sin sindicatos libres ni derecho de huelga, su capacidad para reclamar mejores salarios quedó severamente limitada. A esa subordinación se añadía la situación de los represaliados y sus familias: perder al principal sostén económico, sufrir una depuración o encontrar obstáculos para obtener empleo podía convertir la pobreza en indigencia. La disciplina laboral del franquismo tuvo consecuencias materiales que se medían también en la mesa de las casas. Este es el terreno que permite comprender el trabajo de Molinero e Ysàs.

También contaban las relaciones personales y políticas. En una economía de permisos, cupos y controles, disponer de contactos facilitaba acceder a recursos y oportunidades. El pequeño estraperlo de subsistencia podía ser perseguido mientras operaciones de mayor alcance encontraban protección o tolerancia. Conviene, por tanto, desconfiar de esa imagen de una nación que sufrió unida y por igual una desgracia inevitable. La investigación histórica muestra que la miseria y la represión socioeconómica contribuyeron a la desmovilización de una población para la que conseguir comida podía ocupar buena parte de la jornada.

Nada de esto obliga a negar las dificultades internacionales. La Segunda Guerra Mundial alteró el comercio y los transportes; después, la vinculación de Franco con las potencias fascistas contribuyó al aislamiento de su régimen. España quedó fuera del Plan Marshall. Hubo también sequías y malas cosechas, circunstancias particularmente dañinas en una agricultura vulnerable. Pero reconocer estos factores no equivale a aceptar que expliquen por sí solos la hambruna. El hambre precedió al aislamiento posterior a 1945, y la política interna condicionó la capacidad para afrontar cada dificultad. La propaganda insistió en la guerra y en la «pertinaz sequía», explicaciones muy convenientes para unas autoridades que preferían presentarse como víctimas de las circunstancias.

Vuelvo, pues, a la pregunta del lector. En España se pasó hambre porque se produjo menos, pero también porque se obstaculizó la recuperación, se administró deficientemente el abastecimiento y millones de personas carecieron de ingresos y de capacidad de defensa. No encuentro una relación causal directa que permita trasladar aquella explicación al alquiler actual. Sí aparece una cuestión común, mucho más general: para comprender la privación hay que preguntar cuánto existe, cómo se distribuye y quién puede pagarlo. La guerra dejó muchas mesas vacías; las decisiones de la posguerra contribuyeron a que tardaran demasiado en volver a llenarse.

domingo, 18 de octubre de 2026

UN GIGANTE ENTRE LOS HONGOS: EL REY QUE SE ESCONDÍA BAJO TIERRA

 

Uno tiende a imaginar que los seres vivos pendientes de descubrir son pequeños, escurridizos y difíciles de distinguir sin ayuda de un microscopio. Una bacteria, un insecto diminuto, un hongo que apenas deja una mancha sobre una hoja. Por eso resulta especialmente satisfactorio enterarse de que los bosques todavía pueden reservarnos un hongo de hasta medio metro y más de dos kilos. La naturaleza, que no tiene ninguna obligación de ajustarse a nuestras expectativas, acaba de proporcionar un ejemplo en la provincia china de Yunnan.

Su nombre es Dianjunus rex, y lo de rex, rey en latín, alude a su imponente aspecto. El nombre del género combina una referencia al antiguo reino de Dian, situado en el territorio de la actual Yunnan, con la palabra china jūn, hongo. Pero la verdadera sorpresa del estudio, publicado en septiembre de 2026 en Frontiers in Fungal Biology, no es que sus autores hayan encontrado una especie grande. Es que han identificado un linaje tan diferenciado que proponen para él un género y una familia nuevos: Dianjunus y Dianjunaceae.

Para comprender el descubrimiento conviene empezar por una distinción que el lenguaje cotidiano suele pasar por alto. Un hongo no es solamente la estructura que vemos sobresalir del suelo. Buena parte de su cuerpo está formada por filamentos, las hifas, que constituyen una red llamada micelio. Lo que llama nuestra atención suele ser su aparato reproductor. En este caso, las grandes estructuras reciben el nombre de estromas: masas de tejido fúngico que alojan numerosas cavidades donde se producen las esporas. No estamos, por tanto, ante un champiñón desmesurado, con sombrero y láminas, sino ante una arquitectura reproductora diferente.

Los ejemplares descritos presentan formas variables: algunos recuerdan a gruesos dedos; otros se ensanchan, se aplanan o se ramifican como una mano irregular. Su superficie tiene una cubierta fibrosa y pulverulenta, inicialmente blanquecina y después amarillenta, salpicada por los puntos oscuros de las aberturas reproductoras. El tamaño total alcanza los 50 centímetros, aunque aquí hay una precisión importante: esa medida incluye una prolongación enterrada. La descripción distingue una porción fértil de 10 a 20 centímetros y una parte subterránea estéril que puede medir entre 20 y 30. El ejemplar más pesado, formado por dos lóbulos, alcanzó aproximadamente 2,2 kilos.

Tampoco conviene proclamarlo sin matices campeón mundial de los hongos. Su tamaño resulta extraordinario dentro de su grupo, pero el propio trabajo recuerda que otro ascomiceto, Engleromyces goetzei, puede formar sobre los bambúes masas de unos 30 centímetros de diámetro y alrededor de 3,2 kilos. Los récords biológicos requieren especificar qué medimos: altura, diámetro, peso o extensión del organismo completo. Dianjunus rex no necesita ganar todas esas competiciones para constituir un descubrimiento excepcional.

Pertenece a los ascomicetos, hongos cuyas esporas sexuales se forman dentro de unas células microscópicas llamadas ascas, algo así como pequeños sacos reproductores. En Dianjunus, estas se encuentran dentro de cavidades alojadas en el estroma. La paradoja es atractiva: el gigante necesita producir estructuras de varios centímetros para fabricar y dispersar esporas que apenas miden entre 12 y 17 micrómetros de longitud. Además, esas esporas presentan una característica útil para reconocerlo: una hendidura de germinación con forma de S. A escala microscópica, el rey lleva su propia firma.

Ahora bien, ni el tamaño ni una espora singular bastan para justificar una familia nueva. Los investigadores combinaron el estudio de su anatomía con comparaciones de cuatro regiones del ADN y análisis de centenares de genes. El resultado fue consistente: los ejemplares formaban una rama propia dentro del orden Xylariales, próxima a la familia Graphostromataceae, pero claramente diferenciada de ella. Esta coincidencia entre los caracteres observables y la información genética sostiene la propuesta taxonómica. No se trata simplemente de conceder categoría familiar a un hongo porque haya crecido mucho.

La investigación añade una dimensión temporal. Sus cálculos sitúan la separación de este linaje respecto a sus parientes en torno a los 65 millones de años, cerca del comienzo del Paleoceno y de la gran reorganización ecológica posterior a la extinción del final del Cretácico. Es una asociación sugerente, pero debe interpretarse con prudencia: el intervalo estimado abarca aproximadamente entre 50 y 80 millones de años. No demuestra que la extinción originara el linaje, ni que la especie actual haya permanecido inalterada desde entonces. Lo que se estima es la antigüedad de una bifurcación del árbol evolutivo, no la edad de los ejemplares encontrados.

Resulta también interesante preguntarse sobre su alimentación. Los investigadores encontraron las estructuras reproductoras vinculadas a raíces y madera de árboles muertos o moribundos, entre ellos robles. Esa relación apunta hacia el aprovechamiento de tejidos vegetales, pero su genoma ofrece un resultado inesperado: posee un repertorio relativamente reducido de genes para enzimas que actúan sobre carbohidratos, en comparación con varios parientes descomponedores. Llama especialmente la atención la escasez de determinadas enzimas que degradan pectinas, componentes de las paredes celulares vegetales. Un gigante, al parecer, no necesita llevar consigo la caja de herramientas más abundante.

Estromas de Dianjunus rex en el campo. (a, c, d, f) Estromas adheridos a las raíces del huésped. (b, e, g, h) Estromas alrededor de la planta huésped. (i) Peso total de los estromas bilobulados más grandes. Fuente

A partir de esas pistas, los autores plantean una hipótesis: el hongo podría pasar una primera etapa dentro de tejidos vivos, de manera discreta, y cambiar después a una vida descomponedora cuando muere el hospedador. Esa transición permitiría aprovechar recursos para construir sus grandes estromas. También proponen que una menor inversión en ciertas enzimas degradativas podría favorecer la asignación de recursos a la formación de tejido fúngico. Son explicaciones posibles, no mecanismos demostrados: los genes permiten formular preguntas sobre su modo de vida, pero todavía hace falta observar y experimentar para responderlas.

El descubrimiento deja así algo más valioso que una fotografía sorprendente. Amplía las formas conocidas de un grupo de hongos, identifica una rama evolutiva hasta ahora inadvertida y abre preguntas sobre cómo un organismo construye semejante aparato reproductor. También recuerda que describir la biodiversidad sigue siendo una tarea elemental y profundamente incompleta. Incluso en un bosque recorrido por personas pueden quedar seres vivos sin nombre científico, sin historia reconstruida y sin lugar reconocido en el árbol de la vida. Algunos son microscópicos. Otros pesan dos kilos y llevan una parte considerable de su secreto enterrada.

AHORRAR PARA LA VEJEZ CUANDO APENAS SE PUEDE PAGAR EL PRESENTE

 

Para ahorrar hay que disponer de algo que no sea necesario gastar. La observación parece demasiado elemental para un debate económico, pero convendría colocarla al comienzo de cualquier propuesta sobre pensiones. Después de pagar el alquiler o la hipoteca, comprar comida, mantener la casa y desplazarse al trabajo, muchas personas apenas conservan margen para afrontar un imprevisto. Pedirles que, además, acumulen un capital para su jubilación exige explicar de dónde saldrá el dinero. La educación financiera puede enseñar a administrarlo. Fabricarlo queda fuera de sus competencias.

La cuestión viene a cuento del Programa económico y de vivienda de Vox. En su página 38, dentro del apartado dedicado a reducir el gasto público, propone capitalizar un fondo público de pensiones con criterios de rentabilidad privada y avanzar hacia un sistema mixto tomando Suecia como referencia. También plantea una exención fiscal sin límite cuantitativo para el ahorro personal destinado a la jubilación, siempre que se cobre después de jubilarse. El documento anuncia una transformación importante, pero apenas desarrolla su funcionamiento.

Conviene precisar qué dice y qué deja abierto. Habla de un fondo público, por lo que no sería correcto atribuirle sin más una sustitución de las pensiones por planes privados. Tampoco concreta que ese fondo se organice mediante cuentas individuales. Sin embargo, quedan pendientes las preguntas fundamentales: cuánto dinero recibirá, de dónde procederá, qué prestación garantizará y quién asumirá los riesgos. La palabra «mixto» permite muchas combinaciones; por sí sola no explica ninguna.

Antes de discutir las rentabilidades futuras hay, por tanto, dos cuestiones bastante menos vistosas: cuánto esfuerzo adicional se exigirá a quienes trabajan y cómo se seguirán pagando las pensiones actuales si una parte de las cotizaciones deja de financiarlas. Son problemas distintos, aunque ambos conducen al mismo lugar: alguien tiene que aportar el dinero.

Si se mantienen las cotizaciones que sostienen las pensiones públicas y se añade una aportación obligatoria a un fondo, habrá que repartir ese esfuerzo. Si lo soporta el trabajador, dispondrá de menos salario para sus gastos. Si corresponde a la empresa, aumentará su desembolso directo. Si el Estado subvenciona las aportaciones, necesitará recursos públicos. Cabe combinar las fórmulas, pero ninguna convierte el ahorro en gratuito. Prometer simultáneamente grandes rebajas fiscales para los más ricos, como dice el Programa de Vox, obliga, además, a explicar con especial cuidado cómo se financiarán esas ayudas.

Se puede imponer el ahorro a quien no logra ahorrar voluntariamente, descontándolo antes de que cobre. Lo que no puede evitarse es que ese descuento reduzca sus recursos disponibles respecto a una situación sin esa aportación. La cuenta para la vejez aumenta mientras el presupuesto del presente se estrecha. Que el dinero siga perteneciendo al trabajador no permite utilizarlo simultáneamente para pagar el alquiler.

Además, una misma aportación no representa el mismo sacrificio para todos. Quien tiene ingresos holgados puede reducir gastos prescindibles; quien llega justo debe recortar necesidades o renunciar a su pequeño colchón para emergencias. Un instrumento de ahorro puede resultar útil como complemento para quien dispone de margen. Presentarlo como remedio general para salarios insuficientes confunde la herramienta con los recursos necesarios para utilizarla.

Puesto que se invoca a Suecia, conviene mirar algo más que su sistema de pensiones. Según la comparación de Eurostat para 2022, el salario mediano bruto por hora era de 19,30 euros en Suecia y de 11 euros en España. La mediana deja a la mitad de los trabajadores por debajo y a la otra mitad por encima. La diferencia nominal rondaba el 75%; al ajustar por los distintos niveles de precios, se reducía aproximadamente al 29%. El ajuste acorta la distancia, pero no la borra.

Otro indicador resulta aún más cercano a la economía doméstica. Según Eurostat, en 2025 el 37,8 % de la población española no podía afrontar un gasto imprevisto con sus propios recursos, frente al 24,9 % de la sueca. Casi cuatro de cada diez personas aquí; una de cada cuatro allí. La prueba utiliza una cantidad adaptada a cada país, pero permite comparar la falta de un colchón económico. No demuestra cuánto podría ahorrar cada trabajador; sí impide dar por supuesta una capacidad generalizada de ahorro adicional.

También conviene recordar que Suecia conserva un componente público mayoritario de reparto. De los derechos anuales equivalentes al 18,5 % de los ingresos computables, 16 puntos corresponden a ese componente y 2,5 a la parte invertida en fondos. A ello se añaden pensiones laborales complementarias y mecanismos públicos de protección. Invocar el modelo sueco exige explicar qué piezas se quieren trasladar y con qué salarios, financiación y garantías.

La segunda pregunta afecta a quienes ya estamos jubilados y a quienes lo estarán durante la transición. Algunas críticas al sistema español mezclan su sostenibilidad con un reproche personal: los pensionistas cobramos más de lo que aportamos y, por tanto, defender nuestras prestaciones sería reclamar un privilegio a costa de hijos y nietos. Pero yo no estoy cobrando de una hucha donde hayan permanecido intactas mis cotizaciones.

No existe una cartilla con la etiqueta «Manuel Peinado» en la que mi dinero haya estado dormitando durante medio siglo, esperando a que me jubilase para empezar a sacar billetes. Mientras trabajaba, mis cotizaciones contribuían a pagar las pensiones de los jubilados de entonces. Las de los trabajadores actuales contribuyen a pagar las de hoy, incluida la mía. Ese es el principio del reparto: un compromiso entre generaciones, no una cuenta de ahorro individual.

Esto no vuelve irrelevante la relación entre aportaciones y prestaciones. Se puede y se debe estudiar el equilibrio financiero del sistema, su justicia y cómo distribuye los esfuerzos entre generaciones. Lo que resulta engañoso es presentar la diferencia entre lo cotizado y lo percibido como si probara, por sí sola, que un pensionista está retirando de una cuenta ajena más dinero del que le pertenece. Ese razonamiento confunde dos formas distintas de organizar la protección de la vejez.

Precisamente porque las cotizaciones actuales financian prestaciones actuales, destinarlas parcialmente a acumular capital abre un problema inmediato. El dinero desviado deja de estar disponible para pagar las pensiones, pero los jubilados siguen necesitando su prestación todos los meses. Durante un periodo prolongado habrá que atender los compromisos del sistema de reparto y formar, a la vez, el capital del nuevo componente.

Ese es el coste de la transición. Puede cubrirse mediante impuestos, deuda, otros ingresos o ajustes presupuestarios. Cada opción reparte el esfuerzo de manera diferente. Si el fondo se financia con recursos adicionales, la cuestión será conseguirlos; si recibe cotizaciones existentes, habrá que compensar el hueco. Una propuesta que describa los rendimientos esperados y omita esta factura deja sin explicar una parte fundamental de su funcionamiento.

Tampoco hace falta una catástrofe bursátil para que aparezcan dificultades. Un fondo puede obtener rendimientos positivos y seguir siendo insuficiente para financiar una jubilación larga. Los salarios bajos generan aportaciones pequeñas; el desempleo interrumpe su acumulación; los cuidados no remunerados tampoco producen capital por sí solos. Sin mecanismos compensatorios, las desigualdades de la vida laboral llegan a la jubilación incorporadas al saldo.

El programa añade otra propuesta: permitir que los jóvenes anticipen parte de su futura pensión para comprar una vivienda. La idea enlaza dos necesidades reales, pero deja pendiente cómo se calcularía ese anticipo y qué consecuencias tendría para la prestación posterior. Resolver el acceso a una casa comprometiendo recursos de la vejez exige explicar quién asumirá la diferencia.

Nada de esto demuestra que cualquier sistema mixto sea inviable ni convierte el reparto en un mecanismo ajeno a los problemas demográficos y económicos. Demuestra que una reforma debe explicar sus aportaciones, sus garantías, sus costes y sus riesgos. Antes de pedir a la gente que reserve más dinero para mañana, conviene comprobar cuánto necesita para vivir hoy. Y antes de prometer rentabilidad, presentar las cuentas: el alquiler se paga con dinero disponible y la vejez no debería sostenerse sobre una promesa.

viernes, 16 de octubre de 2026

VOX Y LA JUBILACIÓN EN MANOS DE LA BOLSA

 

En Nomadland, la película dirigida por Chloé Zhao que ganó el Óscar en 2021, Frances McDormand interpreta a Fern, una mujer de sesenta y tantos años que vive en una furgoneta y recorre Estados Unidos encadenando empleos temporales. Trabaja empaquetando mercancías en los almacenes de Amazon, limpia aseos en campamentos y acepta cualquier ocupación que le permita seguir adelante. No es una aventurera que haya decidido abandonar las comodidades de la vida moderna. Es una mujer que, después de trabajar durante décadas, no tiene dinero suficiente para disfrutar de una jubilación digna.

La película está inspirada en País nómada, un extraordinario libro de la periodista Jessica Bruder, que pasó varios años conviviendo con estadounidenses, muchos de ellos mayores, obligados a transformar sus vehículos en viviendas y buscarse la vida en un mercado laboral poco considerado con las canas. Entre sus protagonistas hay personas que perdieron sus casas durante la crisis inmobiliaria, trabajadores cuyos ahorros se evaporaron, enfermos arruinados por las facturas médicas y jubilados cuya pensión apenas alcanza para sobrevivir. Son los náufragos de una prosperidad que les prometió una vejez tranquila y terminó dejándolos aparcados en un descampado.

Bruder recuerda que las pensiones públicas estadounidenses nacieron para evitar situaciones semejantes. Durante la Gran Depresión de los años treinta, millones de trabajadores quedaron desempleados y los mayores encontraron prácticamente imposible regresar al mercado laboral. Franklin D. Roosevelt comprendió que había que hacer algo. En 1935 impulsó la Ley de Seguridad Social, que estableció un sistema contributivo de pensiones de vejez financiado mediante cotizaciones de trabajadores y empleadores. Había nacido uno de los pilares fundamentales del Estado social estadounidense.

Durante décadas, los economistas describieron la jubilación estadounidense mediante la metáfora de un taburete de tres patas: la Seguridad Social pública, las pensiones proporcionadas por las empresas y los ahorros personales. Si las tres funcionaban razonablemente bien, el jubilado podía sentarse sin miedo a terminar en el suelo. Pero los taburetes también se rompen.

Desde los años ochenta, numerosas empresas comenzaron a sustituir sus pensiones de prestación definida por planes de aportación definida, entre ellos los famosos 401(k), llamados así por el apartado de la legislación fiscal que los regula. La diferencia parece técnica, pero es trascendental. Antes, la empresa se comprometía a pagar una pensión determinada al trabajador jubilado. Con el nuevo sistema, trabajador y empresa ingresan cantidades en una cuenta individual que se invierten en los mercados financieros.

El cambio se presentó como una conquista de la libertad individual. Cada trabajador podría decidir cómo invertir su dinero y beneficiarse de la prosperidad bursátil. Las empresas, mientras tanto, se liberaban de buena parte de sus obligaciones de garantizar pensiones vitalicias. Lo que para unas suponía una reducción de responsabilidades, para otros se convirtió en una transferencia de riesgos.

Entonces llegó la hecatombe de 2008. La crisis de las hipotecas basura estadounidenses desencadenó un terremoto financiero que arrastró bancos, aseguradoras, fondos de inversión y bolsas de medio mundo. Los planes 401(k) no estaban necesariamente invertidos en aquellas hipotecas tóxicas, pero buena parte de su patrimonio dependía de unos mercados que se desplomaron.

Según el Employee Benefit Research Institute, el saldo medio de los planes 401(k) de los participantes analizados cayó un 34,8% durante 2008. Un trabajador que hubiera acumulado 300 000 dólares podía encontrarse, al terminar el año, con unos 195 600. Había perdido más de cien mil dólares sin haber hecho nada distinto de ahorrar para su jubilación.

Llevan diciendo que las pensiones están en peligro desde 1983 y nunca aciertan. Es simplemente un mensaje alarmista para privatizar el sistema de pensiones y hacerle el negocio a la banca.

El desastre fue especialmente cruel con quienes estaban a punto de retirarse. Un trabajador de cuarenta años todavía disponía de tiempo para esperar la recuperación de los mercados. Uno de sesenta y cinco, quizá no. Si además había perdido su empleo, podía verse obligado a vender sus inversiones depreciadas para pagar las facturas. Cuando la Bolsa se recuperó, muchos ya no tenían dinero invertido suficiente para beneficiarse de la subida.

No todos los titulares de los 401(k) quedaron arruinados. Muchos trabajadores que conservaron sus empleos y siguieron cotizando recuperaron sus pérdidas. Pero esa recuperación demuestra, precisamente, que el sistema favorece a quienes pueden permitirse esperar y castiga a quienes necesitan sus ahorros durante una crisis.

Y aquí es donde esta historia estadounidense comienza a tener interés para los españoles.

Hace unos días, José María Figaredo, diputado y portavoz económico de Vox, declaró que el sistema español de pensiones es «un zombi» y que está «quebrado». Su partido propone reformarlo mediante un modelo mixto que combine el reparto con la capitalización individual, semejante, según sus palabras, al de algunos países europeos. No ha propuesto expresamente copiar el 401(k) estadounidense, pero la experiencia norteamericana constituye una advertencia que merece examinarse.

La diferencia entre ambos sistemas es sencilla. En el de reparto, las cotizaciones de los trabajadores actuales financian las pensiones de los jubilados actuales. Existe un compromiso colectivo entre generaciones. En el de capitalización, el dinero se acumula en cuentas individuales y se invierte para financiar la futura jubilación de sus titulares. Ambos sistemas pueden combinarse, pero no distribuyen de la misma manera los riesgos.

Supongamos que un trabajador español cotiza durante cuarenta años y destina parte de sus aportaciones a un fondo de inversión. Si las bolsas suben, sus ahorros aumentan. Si se desploman cuando está a punto de jubilarse, disminuyen. La pregunta no es si las inversiones pueden resultar rentables a largo plazo, porque naturalmente pueden serlo. La pregunta es quién responde cuando dejan de serlo.

Hay otra cuestión que rara vez aparece en las propuestas formuladas con grandes palabras y escasos números. Si parte de las cotizaciones que hoy sirven para pagar las pensiones se desvía hacia cuentas individuales, ¿de dónde saldrá el dinero para seguir pagando a los jubilados actuales? Las pensiones no pueden suspenderse durante treinta años mientras los trabajadores jóvenes acumulan capital. Esa transición tiene un coste que alguien deberá financiar.

Tampoco conviene confundir los problemas reales de nuestro sistema con su supuesta quiebra. España envejece, la generación del baby boom se jubila y la relación entre cotizantes y pensionistas plantea dificultades que requieren reformas. Negarlo sería irresponsable. Pero afirmar que un sistema público de reparto está quebrado como si fuera una empresa insolvente simplifica una cuestión mucho más compleja. Su sostenibilidad depende de decisiones económicas, demográficas, laborales y fiscales.

La capitalización individual, además, reproduce las desigualdades de la vida laboral. Quien cobra mucho puede ahorrar mucho; quien encadena empleos precarios, desempleo y salarios bajos apenas consigue acumular patrimonio. Quien interrumpe su carrera para cuidar familiares también parte con desventaja. Si la pensión pública pierde peso y el ahorro individual gana protagonismo, esas diferencias se trasladan a la vejez.

Naturalmente, esto no significa que todo fondo de pensiones sea perjudicial ni que cualquier sistema mixto conduzca al desastre. Algunos modelos europeos incorporan garantías y mecanismos colectivos de protección muy distintos de los estadounidenses. Por eso, antes de proclamar las virtudes de una reforma, habría que explicar qué porcentaje de las cotizaciones se capitalizaría, quién administraría los fondos, qué comisiones cobraría, quién asumiría las pérdidas y qué pensión mínima quedaría garantizada.

Porque una cosa es ofrecer a los trabajadores la posibilidad de complementar su jubilación mediante inversiones y otra muy distinta obligarlos a depender de ellas para conservar su nivel de vida.

En Nomadland, los protagonistas no discuten sobre capitalización, reparto o sostenibilidad actuarial. Tienen preocupaciones más inmediatas: encontrar un empleo, reparar la furgoneta, pagar una factura médica o descubrir dónde dormirán la noche siguiente. Muchos habían trabajado toda su vida. Algunos habían tenido casas, profesiones estables y ahorros. No todos llegaron a aquella situación por las mismas causas, pero compartían una experiencia: la seguridad económica que creían haber construido había resultado mucho más frágil de lo que imaginaban.

La película termina sin ofrecer grandes soluciones. Sus personajes continúan desplazándose por carreteras interminables, buscando trabajos temporales y lugares donde aparcar. Es difícil contemplarlos sin preguntarse qué clase de prosperidad permite que una persona trabaje durante cuarenta años y tenga que seguir haciéndolo a los setenta para sobrevivir.

Quizá antes de importar determinadas fórmulas de jubilación convendría recordar que las pensiones públicas nacieron precisamente para evitar que la vejez dependiera exclusivamente de la fortuna, de los mercados o de la generosidad ajena. 

Al fin y al cabo, una sociedad puede aceptar que sus ciudadanos arriesguen sus ahorros en la Bolsa. Lo que debería pensarse mucho más es si también quiere que se jueguen allí el derecho a envejecer.

EL ÁRBOL PULPO: UNA SELVA ESCONDIDA EN UNA MACETA

 

Grupos de flores de Schefflera actinophylla. Fuente

Hay plantas que pasan años en un salón sin revelar su verdadera personalidad. Las regamos, les quitamos el polvo y acabamos creyendo que su destino natural consiste en acompañar un sofá. La familiar cheflera, también conocida como “árbol pulpo”, es un buen ejemplo de esa domesticación de nuestra mirada. En una maceta ofrece hojas brillantes y una discreta apariencia tropical; en condiciones favorables se convierte en un árbol de considerable tamaño, levanta sobre la copa unos brazos rojizos y organiza alrededor de sus flores y frutos un concurrido intercambio con los animales. El nombre de árbol pulpo empieza entonces a parecer mucho más apropiado que el de planta de interior.

La especie conocida tradicionalmente como Schefflera actinophylla procede del norte de Australia y del sur de Nueva Guinea. Pertenece a las araliáceas, la familia de la hiedra y del ginseng, una parentela que reúne trepadoras, hierbas y árboles de aspecto muy diverso. Su ambiente originario son los bosques tropicales húmedos, donde la disponibilidad de agua permite mantener el follaje durante todo el año. El ejemplar que sobrevive junto a una ventana conserva, por tanto, la arquitectura de una planta nacida para otro escenario.

Lo primero que llama la atención son sus hojas. Conviene detenerse en ellas porque contienen una pequeña trampa visual: cada una de las piezas verdes que parecen hojas independientes es, en realidad, un folíolo. Varios folíolos alargados, coriáceos y de margen entero parten de un punto común, al final de un largo pecíolo, como los dedos de una mano abierta o las varillas de un paraguas. Los botánicos llaman palmaticompuesta a esta disposición. De ella procede otro nombre popular, árbol paraguas, y también el epíteto actinophylla, formado a partir de las voces griegas que aluden al rayo y a la hoja. La botánica y la imaginación cotidiana repararon aquí en la misma geometría.

El parentesco entre las piezas se comprueba buscando dónde nace la yema que puede producir una nueva rama. Está en la axila de la hoja completa, junto al tallo, y no en la base de cada folíolo. Esta observación, que parece un ejercicio de manual, cambia la manera de mirar la planta: lo que tomábamos por un ramillete resulta ser una sola hoja de considerable complejidad. En botánica, contar hojas exige a veces algo más que contar superficies verdes.

La transformación más espectacular llega con la floración. Sobre el follaje aparecen largos ejes rojizos que irradian desde los extremos de las ramas y llevan numerosas flores pequeñas agrupadas a lo largo de su recorrido. El parecido con los brazos de un pulpo explica el nombre del árbol, aunque la planta no se siente obligada a respetar los ocho apéndices del animal. La vistosidad pertenece al conjunto: cada flor es diminuta; reunidas y elevadas sobre la copa, forman una señal que se distingue a distancia.

Esa exhibición tiene destinatarios. Las flores ofrecen néctar y atraen a aves nectarívoras, además de insectos. En Australia las visitan aves comedoras de néctar; en los países donde se cultiva pueden incorporarse otros comensales. Un árbol llevado a otro continente conserva sus recursos y su calendario biológico, pero cambia parte del público. Para aprovechar una fuente de alimento no siempre hace falta compartir una larga historia evolutiva con quien la proporciona. Las relaciones ecológicas también se improvisan.

Después de las flores llegan los frutos carnosos, oscuros al madurar, que atraen a aves frugívoras. El intercambio tiene ahora otra consecuencia: al transportar las semillas, los animales permiten que la descendencia abandone las inmediaciones de la planta madre. Néctar y pulpa sostienen dos momentos diferentes del ciclo reproductivo. Una visita puede contribuir a la polinización; otra puede llevar una semilla hasta un lugar donde germinar. La inmovilidad del árbol se compensa con la movilidad de sus visitantes.

Algunas semillas acaban en lugares poco habituales para el nacimiento de un árbol: una horquilla, una grieta de la corteza o una acumulación de restos vegetales sobre otro tronco. La especie puede establecerse allí como epífita, es decir, utilizando otra planta como soporte. Sus raíces pueden descender hasta alcanzar el suelo y ampliar entonces su acceso al agua y a los nutrientes. Ese comienzo elevado permite ocupar un espacio distinto del suelo forestal, donde también se amontonan competidores.

Conviene distinguir esa manera de vivir del parasitismo. Una planta epífita no extrae por ello la savia del árbol que la sostiene: mantiene su propia fotosíntesis y obtiene los recursos mediante sus raíces. Eso no convierte necesariamente la convivencia en inocua. Al crecer puede aumentar la competencia y la carga sobre el soporte. Las raíces envolventes del árbol pulpo recuerdan a las de ciertas higueras estranguladoras, aunque el parecido no debe hacernos confundir sus respectivas familias botánicas.

La combinación de cultivo ornamental, dispersión animal y capacidad de establecerse en distintos emplazamientos tiene una consecuencia menos decorativa. En Florida y Hawái el árbol pulpo ha invadido ambientes naturales y puede formar masas densas. También causa problemas en sectores de Queensland situados fuera de su distribución originaria. Esto último ofrece una lección especialmente útil: una especie puede ser autóctona en una parte de un país e introducida en otra. Las fronteras administrativas sirven de poco para definir la pertenencia a un ecosistema.

El árbol pulpo guarda, además, una última sorpresa en su etiqueta. El nombre que lo hizo popular, Schefflera actinophylla, es hoy un sinónimo de Heptapleurum actinophyllum, la denominación aceptada por el repertorio de Kew. El cambio se publicó en 2020 y responde a una revisión profunda de aquel gran género tropical. Bajo Schefflera (nombre que crearon en 1775 Johann Reinhold Forster y su hijo Georg, los naturalistas que participaron en el segundo viaje de James Cook, en honor de Johann Peter Ernst von Scheffler (1739–1810), médico y naturalista alemán) se habían reunido plantas que no constituían un único linaje evolutivo: el parecido externo había resultado más convincente que el parentesco real. Los estudios filogenéticos obligaron a reorganizar el conjunto y a recuperar Heptapleurum para uno de sus grandes grupos.

Las etiquetas de los viveros tardarán en ponerse de acuerdo con los herbarios, y probablemente seguiremos llamándola cheflera durante mucho tiempo. Entretanto, basta contemplar uno de estos árboles en flor para devolverle su historia natural. Detrás del follaje lustroso de una conocida planta doméstica hay un habitante de bosques tropicales, capaz de empezar la vida sobre otro árbol y de alimentar con néctar y frutos a visitantes que transportan polen o semillas. La maceta contiene sus raíces; nuestra costumbre de verla en ella contiene, con bastante más eficacia, la imaginación.