| Papaver orientale |
Hay plantas que nacen con
vocación de escándalo y otras que, aun perteneciendo a la misma familia,
prefieren limitarse a decorar la mesa sin meterse en conversaciones incómodas.
Las amapolas, en general, pertenecen a la primera categoría. Durante siglos han
sido responsables de aliviar dolores insoportables, provocar adicciones
igualmente insoportables y, de paso, alimentar imperios, guerras y tratados
comerciales que nunca salieron del todo bien. Y, sin embargo, en medio de esa
reputación tan poco decorativa aparece una figura desconcertante: Papaver
orientale, la amapola oriental, que parece haber decidido participar en la
historia solo como espectadora bien vestida.
Lo curioso es que, a primera
vista, cuesta distinguirla de sus parientes más comprometidas. Tiene los mismos
pétalos que parecen hechos de papel de seda, esa fragilidad que sugiere que la
flor podría desintegrarse si alguien estornuda cerca, y el mismo aire
ligeramente sospechoso de todas las amapolas, como si supieran algo que
nosotros ignoramos. Pero basta compararla con su prima más célebre, la Papaver
somniferum, para darse cuenta de que estamos ante una impostora en el mejor
sentido de la palabra.
La amapola del opio —Papaver somniferum,
literalmente “la que induce el sueño”— no es una planta, sino una industria con
raíces. Su cápsula, esa especie de pequeño globo verde, contiene un látex
lechoso que, convenientemente manipulado, ha producido morfina, codeína y una
colección de sustancias que han permitido a la humanidad soportar el dolor… y,
en no pocas ocasiones, empeorarlo. Es una planta organizada, eficiente, casi
empresarial. Uno podría imaginarla llevando contabilidad.
La amapola oriental, en cambio,
parece más interesada en causar impresión que en generar beneficios. Sus flores
son más grandes, más exageradas, de un rojo que no pide permiso. Si P. somniferum
es una fábrica, P. orientale es un cartel luminoso. Y, como todos
los carteles luminosos, promete mucho más de lo que entrega.
Porque aquí viene el detalle
verdaderamente intrigante: químicamente, la amapola oriental no es inocente.
Contiene alcaloides, como todas las buenas amapolas que se precien. Entre ellos
aparecen nombres con cierto aire de novela policíaca —tebaína, oripavina— que
sugieren actividad, movimiento, quizá incluso una vida secreta. Pero luego uno
mira más de cerca y descubre que la planta apenas produce morfina y que su
látex, si es que uno se toma la molestia de buscarlo, no tiene nada de
espectacular. Es como encontrar una caja fuerte perfectamente diseñada… vacía.
No es que la planta no tenga
interés. La tebaína, por ejemplo, es una de esas sustancias que la industria
farmacéutica observa con atención porque sirve como punto de partida para
sintetizar ciertos analgésicos modernos. Pero eso ocurre en laboratorios sofisticados,
con batas blancas y presupuestos generosos. En el jardín de casa, P.
orientale se limita a florecer con una dignidad impecable y a retirarse
después, como si supiera que su papel ha terminado.
Esa retirada, por cierto,
desconcierta bastante al jardinero novato. La planta aparece en primavera con
entusiasmo, despliega sus flores como si estuviera inaugurando un teatro y, en
cuanto termina la función, desaparece en gran medida. No muere, claro. Simplemente
se repliega bajo tierra, dejando un hueco que uno tiende a interpretar como
abandono. Es una estrategia curiosa: causar una impresión inolvidable y luego
marcharse antes de que alguien empiece a hacer preguntas.
Si uno amplía el foco y añade a
la ecuación a la humilde amapola silvestre, Papaver rhoeas, el contraste
se vuelve aún más interesante. P. rhoeas no aspira a nada en particular.
Crece donde puede, normalmente en suelos alterados, como si tuviera un talento
especial para aparecer allí donde alguien ha removido la tierra, ya sea un
agricultor o una guerra. Es ligera, efímera y, en cierto modo, honesta. No
pretende curar ni impresionar. Se limita a estar.
De modo que tenemos tres amapolas
que, vistas desde cierta distancia, parecen la misma flor repetida tres veces,
pero que en realidad representan tres maneras completamente distintas de estar
en el mundo. Una coloniza el desorden, otra lo organiza en forma de comercio
global y la tercera lo ignora elegantemente desde un macizo de jardín.P. rhoeas
Lo fascinante es que, pese a esas
diferencias, comparten una base común. Todas hablan el mismo idioma químico,
todas producen alcaloides y todas, en algún momento de su evolución, han
explorado la posibilidad de convertirse en algo más que una simple flor. P.
somniferum llevó esa posibilidad hasta sus últimas consecuencias. P.
orientale, en cambio, parece haber decidido que ya era suficiente con ser
hermosa.
Y ahí reside, probablemente, su
mayor rareza. En una familia botánica famosa por sus excesos, la amapola
oriental representa la moderación. No porque no pueda hacer más, sino porque,
por alguna razón evolutiva que se nos escapa, ha optado por no hacerlo. Es la
versión vegetal de alguien que hereda una fortuna, conoce todos los vicios
posibles… y decide dedicarse a la jardinería.
Vista así, casi resulta
tranquilizadora. Después de todo, no todas las amapolas tienen que cambiar el
curso de la historia. Algunas pueden limitarse a hacer lo que mejor saben:
abrirse durante unos días, deslumbrar a quien pase cerca y desaparecer con una
discreción que, en el fondo, es otra forma de elegancia.
