Hay momentos en los que uno
descubre que el cerebro es mucho más imaginativo que la realidad. Me ocurrió
hace unos años, conduciendo por una carretera secundaria de Wyoming, uno de
esos estados norteamericanos donde la distancia se mide más por horas que por
kilómetros y donde la palabra "horizonte" adquiere un significado
completamente distinto al que conocemos en Europa.
Había salido de Laramie con
dirección a Medicine Bow. Desde allí tomé la carretera 487 hacia el norte,
rumbo a Casper. El paisaje era el habitual de aquellas inmensas llanuras
elevadas: colinas suaves cubiertas de artemisa (Artemisia tridentata
subsp. wyomingensis), cercados interminables, algún rebaño disperso y un
cielo tan grande que parecía haberse tragado media Tierra. De pronto, a mi
izquierda apareció una montaña con una forma imposible. No parecía una montaña.
Parecía una pirámide.
No una de esas elevaciones
vagamente triangulares a las que nuestra imaginación acaba otorgando un
parecido razonable con las egipcias. No. Aquello tenía proporciones casi
perfectas. Una base ancha, cuatro laderas que convergían hacia un vértice y una
silueta tan geométrica que durante unos segundos me pareció estar contemplando
una construcción humana abandonada en mitad del Oeste americano.
Naturalmente, seguí conduciendo.
La lógica suele imponerse cuando uno lleva unos cuantos miles de kilómetros
recorriendo Estados Unidos. Si alguien hubiera construido una pirámide en
Wyoming, probablemente aparecería en todas las guías turísticas. Sin embargo,
la imagen quedó archivada en algún rincón de la memoria hasta hace unas
semanas, cuando encontré por internet una noticia sorprendente.
Un equipo de investigadores, decía el texto, había utilizado tecnología LiDAR para escanear Horse Peak, una
montaña cercana a Casper con una llamativa forma piramidal. Bajo la superficie
habían descubierto los restos de una inmensa ciudad de más de doce mil años de
antigüedad, con avenidas perfectamente alineadas, pirámides escalonadas,
edificios monumentales e incluso un complejo deportivo. Aquello obligaría a
reescribir toda la historia de América.
La noticia era fascinante.
También era completamente falsa. Bastaba llegar al último párrafo para
encontrar la pista definitiva. El supuesto periodista concluía que seguiría
informando "siempre que el antiguo Wi-Fi continuara funcionando".
Difícil imaginar una confesión más elegante de que todo el relato era una
broma. Sin embargo, durante unos minutos estuve dispuesto a creerlo. Y eso
resulta mucho más interesante que la propia montaña.
Nuestro cerebro es
extraordinariamente eficaz reconociendo patrones. Tan eficaz, de hecho, que con
frecuencia encuentra formas donde solo existe el azar. Vemos caras en las
nubes, animales en las manchas de humedad, figuras humanas en la corteza de los
árboles y pirámides en montañas erosionadas. Este fenómeno tiene incluso un
nombre: pareidolia. Se trata de una estrategia evolutiva muy rentable. Para un
cazador paleolítico era preferible confundir una roca con un león que confundir
un león con una roca.
Horse Peak no necesita ninguna
civilización perdida para explicar su aspecto. Es el resultado de uno de los
escultores más pacientes que existen: la erosión. Gran parte de Wyoming está
formada por gruesas acumulaciones de sedimentos depositados hace decenas de
millones de años en antiguos mares, ríos, deltas y llanuras aluviales. Aquellas
capas de areniscas, limolitas y arcillas fueron elevadas por los movimientos
tectónicos asociados al nacimiento de las Montañas Rocosas. Desde entonces, el
viento, la lluvia, las heladas y los ríos han trabajado sin descanso sobre
ellas.
Pero la erosión nunca actúa de
manera uniforme. Algunas rocas resisten mejor que otras. Las areniscas
compactas soportan durante mucho más tiempo el ataque de la intemperie que las
arcillas blandas situadas por debajo. Poco a poco, las capas inferiores se desgastan,
las superiores conservan durante algún tiempo su integridad y el relieve acaba
adoptando formas sorprendentemente geométricas.
Así nacen los buttes, esas
montañas aisladas tan características del oeste americano. Son los últimos
supervivientes de antiguas mesetas que han ido desapareciendo alrededor. Desde
lejos presentan perfiles tan regulares que cuesta aceptar que no hayan sido
diseñados con escuadra y cartabón. Horse Peak pertenece precisamente a esa
familia. Lo curioso es que el paisaje que la rodea potencia todavía más la
ilusión.
En Europa resulta casi imposible
contemplar una montaña completamente aislada. Siempre hay bosques, pueblos,
carreteras, torres eléctricas o edificios que proporcionan una escala visual.
En Wyoming no ocurre eso. Durante kilómetros solo existen matorrales bajos y
suaves ondulaciones del terreno. Cuando aparece una elevación solitaria
dominando el horizonte, nuestro cerebro carece de referencias para estimar su
tamaño y su distancia.
A ello se suma otro fenómeno
menos conocido. El aire seco de las grandes altiplanicies occidentales es
extraordinariamente transparente. Estamos acostumbrados a que la humedad
atmosférica difumine los objetos lejanos y les otorgue un tono azulado. En Wyoming
esa neblina apenas existe. Montañas situadas a treinta o cuarenta kilómetros
parecen encontrarse a la vuelta de la siguiente curva. Si creemos que un objeto
está mucho más cerca de lo que realmente está, inevitablemente también lo
imaginamos mucho más grande.
No es casualidad que tantos
viajeros recuerden haber visto pirámides, castillos o fortalezas naturales
recorriendo Arizona, Utah, Colorado o Wyoming. El paisaje occidental juega
constantemente con nuestra percepción.
Quizá por eso prosperan con tanta
facilidad las leyendas sobre civilizaciones desaparecidas, astronautas
ancestrales y monumentos construidos por pueblos misteriosos. Basta una montaña
con un perfil llamativo y una fotografía tomada con teleobjetivo para que
internet haga el resto. El falso descubrimiento de Horse Peak es solo un
ejemplo más de una larga tradición que comenzó mucho antes de las redes
sociales.
Durante siglos, cualquier
formación geológica que recordara vagamente una construcción humana fue
atribuida a gigantes, atlantes, egipcios, fenicios o visitantes
extraterrestres. La explicación geológica, en cambio, suele parecer menos
emocionante. No hay sacerdotes mayas en Wyoming. No existen pirámides ocultas
bajo la artemisa. Solo millones de años de sedimentación, levantamientos
tectónicos y erosión paciente.
Y, sin embargo, sospecho que la
realidad resulta mucho más asombrosa. Construir la Gran Pirámide de Guiza
exigió unas pocas décadas de trabajo humano. Modelar Horse Peak ha requerido
decenas de millones de años de lluvia, viento, hielo y gravedad actuando sin
descanso. Ningún arquitecto habría aceptado un plazo semejante. La naturaleza,
en cambio, jamás tiene prisa.
Aquel día seguí conduciendo hacia
Casper convencido de haber visto una pirámide. Hoy sé que contemplaba una
simple montaña sedimentaria. Curiosamente, el paisaje ha perdido misterio, pero
ha ganado profundidad. Porque la verdadera maravilla no consiste en imaginar
una ciudad olvidada bajo la roca, sino en comprender que una combinación de
agua, viento y tiempo ha sido capaz de esculpir una forma tan perfecta que,
incluso en pleno siglo XXI, un viajero todavía puede mirar hacia el horizonte
de Wyoming y preguntarse, durante unos segundos, si los antiguos egipcios
decidieron construir una pirámide en medio del salvaje Oeste.
Aunque no vi una pirámide, algo mucho más interesante: una montaña capaz de engañar a mi cerebro y, unos años después, una noticia capaz de engañar al de miles de personas. Las dos eran fruto de la misma debilidad humana: nuestra irresistible tendencia a encontrar patrones, incluso cuando la naturaleza y las redes sociales solo nos ofrecen roca, viento... y una buena historia.