Cuando un incendio forestal
aparece en televisión, las imágenes suelen ser siempre las mismas. Llamas de
decenas de metros de altura. Helicópteros descargando agua. Vecinos observando
con angustia cómo el humo devora el horizonte. Y después, inevitablemente, la
imagen final: un paisaje negro y silencioso que parece el decorado de una
película postapocalíptica.
Es difícil contemplar una escena
así y no concluir que el fuego es uno de los grandes enemigos de la naturaleza.
Sin embargo, la naturaleza mediterránea lleva millones de años sin compartir
del todo esa opinión.
El verano de 2025 fue
especialmente duro en la península ibérica. Más de 650 000 hectáreas resultaron
afectadas por incendios forestales. Muchos de ellos fueron tan extensos e
intensos que recibieron el calificativo de megaincendios, una palabra que suena
más propia de una película de catástrofes que de un informe científico. Las
olas de calor asociadas al cambio climático (al menos en lo que refiere a su frecuencia)
favorecieron una temporada particularmente agresiva y reforzaron una idea muy
extendida: que el fuego destruye inevitablemente la biodiversidad.
Pero la ecología rara vez es tan
sencilla. Gran parte de los ecosistemas mediterráneos pertenecen a una
categoría sorprendente: son ecosistemas pirófilos. La palabra significa
literalmente “amigos del fuego”. No solo toleran los incendios, en cierto modo
los necesitan.
Durante millones de años los
incendios recurrentes moldearon el paisaje. Muchas plantas desarrollaron
mecanismos extraordinarios para sobrevivir a ellos. Algunas almacenan semillas
capaces de resistir temperaturas extremas. Otras rebrotan desde raíces o cepas
aparentemente muertas. Hay especies cuyos ciclos vitales dependen directamente
de los espacios abiertos creados por las llamas. Incluso numerosos animales
encuentran oportunidades en los paisajes recién quemados.
Por supuesto, esto no significa
que cualquier incendio sea beneficioso. La frecuencia, la intensidad, la
extensión y la época del año importan mucho. Un pequeño incendio cada varias
décadas no tiene los mismos efectos que un megaincendio de miles de hectáreas
impulsado por temperaturas extremas y vientos violentos.
Ahora hay que plantear una
pregunta que rara vez ocupa titulares: ¿qué es exactamente lo que se está
quemando? Cuando los medios hablan de incendios suelen mencionar las causas de
ignición —una negligencia, un rayo o una acción intencionada— y las condiciones
meteorológicas. Pero pocas veces se presta atención al combustible.
Y en un incendio, el combustible
lo es todo. No todas las formaciones vegetales arden igual. Algunas generan
fuegos relativamente moderados y otras se comportan como si estuvieran
diseñadas para alimentar un lanzallamas gigante.
Un reciente
estudio dirigido por Fernando Ojeda, catedrático de Botánica de la
Universidad de Cádiz, ha puesto el foco en una transformación paisajística que
comenzó hace décadas y cuyos efectos siguen presentes hoy: la sustitución
masiva de brezales y matorrales mediterráneos por plantaciones de pino resinero
(Pinus pinaster).
La historia comienza con una idea
aparentemente razonable. A mediados del siglo XX, amplias extensiones de
matorral del oeste peninsular eran consideradas terrenos degradados. Carecían
de árboles, producían poca madera y crecían sobre suelos pobres. Para muchos
gestores forestales de la época, aquellos paisajes parecían terrenos baldíos
que necesitaban ser mejorados.
Y así comenzó una gigantesca
campaña de forestación. Miles de hectáreas de brezales fueron cubiertas con
pinos y eucaliptos. Entre las coníferas, el gran protagonista fue el pino
resinero. La elección parecía impecable. Era una especie autóctona, crecía
deprisa y prometía beneficios económicos gracias a la producción de madera y
resina.
Lo que pocos previeron fue que
aquellas plantaciones terminarían convirtiéndose en uno de los combustibles más
eficaces para alimentar los incendios del futuro. La paradoja es fascinante. El
pino resinero es una especie nativa. Sin embargo, décadas de selección
artificial orientada a maximizar su crecimiento y productividad han producido
árboles extraordinariamente eficientes para colonizar el territorio. Tan
eficientes que, en algunos lugares, se comportan casi como una especie
invasora.
| Brezales mixtos de Calluna vulgaris en Campoo, Cantabria. |
Mientras tanto, los antiguos
brezales —conocidos en Andalucía occidental como herrizas— seguían siendo
incomprendidos. A primera vista no impresionan demasiado. Son extensiones de
brezos, jaras y aulagas que cubren sierras y crestas desde Galicia hasta el
Estrecho de Gibraltar. Carecen del prestigio estético de un bosque maduro. No
inspiran calendarios de naturaleza ni campañas turísticas.
Pero albergan una biodiversidad
extraordinaria y poseen una cualidad aún más notable: una enorme resiliencia
frente al fuego. Cuando una herriza arde, la mayoría de sus especies están
preparadas para recuperarse. Sus semillas sobreviven. Sus raíces rebrotan. Sus
poblaciones vuelven a ocupar el terreno. En una o dos décadas, el ecosistema
puede recuperar buena parte de su estructura original.
Los pinares artificiales
funcionan de otra manera. Acumulan grandes cantidades de biomasa combustible en
troncos, ramas y copas. Cuando arden, la intensidad del fuego puede alcanzar
niveles tan altos que el suelo se calienta hasta destruir semillas, raíces y
microorganismos. El incendio deja de ser una perturbación ecológica natural y
se convierte en un episodio capaz de comprometer la recuperación del
ecosistema.
Y la historia no termina ahí. Después
del fuego, el pino resinero suele reaparecer con sorprendente rapidez. Miles de
plántulas colonizan el terreno quemado e incluso invaden áreas vecinas de
brezal o bosque. Es una especie que parece haber aprendido a aprovechar las
catástrofes que ella misma contribuye a intensificar.
Todo esto conduce a una
conclusión incómoda. Quizá hemos pasado demasiado tiempo pensando que cualquier
paisaje sin árboles es un paisaje degradado. La cultura occidental siente una
evidente debilidad por los bosques. Los árboles nos parecen nobles. Los
matorrales, en cambio, suelen recibir calificativos poco amables: monte bajo,
maleza o incluso monte sucio.
La ecología moderna está
demostrando que esa visión resulta engañosa. Muchos matorrales mediterráneos
son auténticos refugios de biodiversidad. No son etapas provisionales que
esperan convertirse en bosque. Son ecosistemas completos, funcionales y
adaptados a convivir con el fuego desde mucho antes de que aparecieran los primeros
ingenieros forestales.
Los ecólogos utilizan un concepto
particularmente hermoso para describir esta realidad: pirodiversidad. Un
paisaje donde algunas zonas ardieron hace dos años, otras hace diez y otras
llevan décadas sin incendiarse contiene una gran variedad de hábitats. Cada uno
favorece especies distintas. En otras palabras, la diversidad de incendios
genera diversidad biológica.
La pirodiversidad produce biodiversidad. Quizá esa sea la lección más sorprendente de todas. Los incendios que amenazan pueblos y personas deben combatirse siempre. Nadie discute eso. Pero cuando observamos la naturaleza, conviene recordar que el fuego no es necesariamente un intruso. En muchos rincones del Mediterráneo forma parte del paisaje desde hace millones de años.
A veces, el verdadero problema no es el fuego. Es haber olvidado qué clase de paisaje existía antes de plantar millones de árboles donde nunca debieron estar.

