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lunes, 3 de agosto de 2026

ECLIPSE SOLAR: LAS PERLAS DE BAILY Y EL ANILLO DE DIAMANTE

 


El próximo 12 de agosto el cielo ofrecerá uno de los espectáculos más extraordinarios que puede contemplar un ser humano: un eclipse total de Sol. Durante unos pocos minutos, la Luna ocultará por completo el disco solar y el día se transformará en un inquietante crepúsculo. Descenderá la temperatura, cambiará el comportamiento de algunos animales y, donde la meteorología acompañe, será posible contemplar la delicada corona solar extendiéndose alrededor de un disco negro suspendido en el cielo.

Sin embargo, la totalidad no llega de forma brusca. Justo antes de que el Sol desaparezca por completo, y de nuevo en el instante en que reaparece, ocurre un fenómeno tan fugaz que muchos observadores primerizos ni siquiera llegan a percibirlo. Durante apenas uno o dos segundos, el borde del Sol se fragmenta en una hilera de diminutos puntos luminosos que parecen un collar de perlas. Son las cuentas de Baily, uno de esos pequeños prodigios que convierten un eclipse en una experiencia inolvidable.

Su nombre procede del astrónomo inglés Francis Baily, quien las describió con gran detalle tras observar el eclipse del 15 de mayo de 1836. No fue el primero en verlas, pero sí quien comprendió que aquel curioso collar de luces merecía una explicación científica y dejó una descripción tan precisa que el fenómeno acabó llevando su nombre.

Lo fascinante es que esas perlas no pertenecen realmente al Sol. Tampoco son un efecto óptico producido por nuestra vista. En realidad, son un retrato instantáneo del relieve de la Luna.

Desde la Tierra solemos imaginar nuestro satélite como un disco perfectamente redondo y de borde limpio. Es una ilusión. La Luna está cubierta por montañas que alcanzan varios kilómetros de altura, inmensos cráteres excavados por impactos y profundos valles abiertos hace miles de millones de años. Ese paisaje abrupto hace que su silueta no sea completamente regular.

Mientras la Luna avanza lentamente delante del Sol, va ocultando la brillante fotosfera solar. Cuando apenas queda una estrechísima franja de Sol visible, la mayor parte de la luz ya ha desaparecido. Sin embargo, algunos rayos todavía consiguen atravesar los valles del borde lunar. Cada valle deja escapar un pequeño haz de luz y, visto desde la Tierra, cada uno de esos haces aparece como un diminuto punto brillante. El resultado es un collar de perlas luminosas que rodea parcialmente el borde de la Luna.

Lo extraordinario es que estamos contemplando simultáneamente dos mundos separados por unos 150 millones de kilómetros. La luz procede del Sol, pero la forma que adopta está esculpida por las montañas y los valles de la Luna. Durante unos instantes, el paisaje lunar se dibuja utilizando la propia luz solar como si fuera un pincel.

El fenómeno dura muy poco porque la Luna se desplaza continuamente respecto al Sol. Conforme avanza, unos valles dejan de permitir el paso de la luz mientras otros permanecen abiertos durante unas décimas de segundo más. El collar cambia de forma casi continuamente hasta que finalmente solo queda una única cuenta especialmente brillante. Entonces sucede uno de los momentos más esperados por cualquier aficionado a la astronomía: el anillo de diamante.

En ese instante, la delicada corona solar ya rodea completamente la silueta oscura de la Luna, pero todavía sobrevive una última perla de Baily. El contraste es tan intenso que parece una joya incrustada en un anillo de plata. Un segundo después, ese último destello desaparece y comienza la totalidad. Al finalizar el eclipse ocurre exactamente el proceso inverso: primero reaparece el diamante y enseguida vuelve a descomponerse en un collar de pequeñas cuentas luminosas.

Durante mucho tiempo, estas perlas fueron algo más que una curiosidad estética. Antes de la era espacial constituían una valiosa herramienta científica. Registrando con precisión el instante en que aparecía o desaparecía cada una de ellas, los astrónomos podían deducir el perfil exacto del borde de la Luna. Era una forma sorprendentemente eficaz de cartografiar un mundo situado a casi cuatrocientos mil kilómetros de distancia.

Hoy las sondas espaciales han medido el relieve lunar con una precisión extraordinaria. Conocemos la posición de montañas, cráteres y valles hasta el punto de que es posible calcular con bastante exactitud cuántas cuentas de Baily aparecerán durante un eclipse, dónde lo harán y cuánto tiempo permanecerán visibles. Paradójicamente, aquello que en el siglo XIX ayudó a descubrir la forma de la Luna es ahora un fenómeno que podemos predecir gracias a ese mismo conocimiento.

Las cuentas de Baily también nos recuerdan que un eclipse total no consiste simplemente en que «la Luna tapa el Sol». Si ambos astros fueran esferas perfectamente lisas, el borde solar desaparecería de golpe. El hecho de que la luz se extinga poco a poco, escapando durante unos instantes por una sucesión de valles, es una consecuencia directa de la geología de nuestro satélite. En cierto modo, las montañas lunares escriben los últimos compases de la luz antes de que llegue la oscuridad.

Quizá por eso muchos veteranos de los eclipses afirman que esos dos o tres segundos son incluso más emocionantes que la propia totalidad. En ese brevísimo intervalo se concentra una tensión difícil de describir. El cielo se oscurece rápidamente, la temperatura comienza a descender, el paisaje adquiere un aspecto irreal y el Sol parece resistirse a desaparecer, dejando escapar sus últimos destellos por las grietas del horizonte lunar.

Si el próximo 12 de agosto tienes la fortuna de situarte bajo la estrecha banda de totalidad, procura no limitarte a esperar la oscuridad. Observa atentamente los segundos finales. Verás cómo el borde del Sol se rompe en una cadena de pequeñas perlas de luz. No son un efecto especial ni una ilusión óptica. Son los últimos rayos de nuestra estrella atravesando los valles de un mundo situado a casi cuatrocientos mil kilómetros de distancia. Y cuando la última de esas perlas se extinga, sabrás que acaba de comenzar uno de los espectáculos más sobrecogedores que puede contemplar un ser humano.

POR QUÉ NO PUEDO REABRIR LA PUERTA DEL FRIGORÍFICO

 Respuesta rápida: porque se oponen cien kilos de aire.

Hay objetos domésticos que parecen poseer un extraño sentido del humor. Uno de ellos es el frigorífico. Todos hemos vivido la escena. Abrimos la puerta para sacar la leche, una pieza de fruta o una botella de agua, la cerramos y, apenas dos segundos después, descubrimos que hemos olvidado un par de huevos. Tiramos otra vez del tirador... y la puerta se resiste con una determinación impropia de un electrodoméstico. Durante unos instantes parece como si alguien estuviera sujetándola desde dentro. Hay que esperar un poco para que, de repente, vuelva a abrirse con absoluta normalidad.

Solemos aceptar este pequeño desafío cotidiano con la misma resignación con la que aceptamos que el mando a distancia desaparezca misteriosamente entre los cojines del sofá o que un calcetín tenga la maldita costumbre de ocultarse en la lavadora. Sin embargo, detrás de esa puerta obstinada se esconde una de las leyes más elegantes de la física y un dato que resulta que se antoja increíble: el verdadero responsable no es el frigorífico, sino toda la atmósfera terrestre.

Para comprenderlo conviene empezar por una idea que rara vez ocupa nuestros pensamientos. Vivimos en el fondo de un océano. No de agua, sino de aire. Sobre nuestras cabezas se eleva una columna atmosférica de decenas de kilómetros de altura que pesa muchísimo. Tanto que, sobre cada centímetro cuadrado de cualquier superficie, ejerce una fuerza equivalente aproximadamente al peso de un kilogramo.

La primera reacción suele ser de incredulidad. Si realmente el aire empuja con semejante intensidad, ¿cómo es posible que no acabemos aplastados? La respuesta es sencilla. La presión actúa por igual en todas las direcciones. El aire presiona nuestro cuerpo desde fuera, mientras los líquidos y gases del interior ejercen una presión equivalente hacia el exterior. Ambas fuerzas se compensan con tanta perfección que vivimos toda nuestra existencia sin ser conscientes de ellas.

Solo advertimos su existencia cuando ese equilibrio se rompe. Eso es exactamente lo que ocurre dentro de un frigorífico. Al abrir la puerta, parte del aire frío escapa al exterior y es sustituido por el aire de la cocina, bastante más caliente. Puede parecer un detalle insignificante, pero ese aire recién llegado posee una característica fundamental: sus moléculas se desplazan más deprisa. En realidad, eso es precisamente la temperatura. Cuanto más caliente está un gas, mayor es la velocidad media de sus moléculas. Y cuanto más deprisa se mueven, con mayor fuerza golpean las paredes del recipiente que las contiene. Esos incontables impactos microscópicos son los que producen la presión que ejerce un gas.

Cuando cerramos la puerta sucede algo muy interesante. El aire cálido queda atrapado en el interior y empieza a enfriarse inmediatamente al entrar en contacto con las paredes, el evaporador y los alimentos, que se encuentran a apenas unos pocos grados sobre el punto de congelación. Al enfriarse, las moléculas pierden velocidad. Ya no chocan con las paredes con la misma energía y, como consecuencia, la presión interior disminuye.

Lo importante es que esa disminución solo ocurre dentro del frigorífico. Fuera, la presión atmosférica continúa siendo exactamente la misma. De repente aparece una pequeña diferencia entre ambas presiones y toda la atmósfera terrestre comienza a empujar la puerta contra el marco. No es el frigorífico quien tira de ella hacia dentro. Es el aire exterior quien la mantiene cerrada.

La diferencia puede parecer una cuestión puramente semántica, pero cambia por completo nuestra forma de imaginar el fenómeno. Solemos pensar que el interior del frigorífico «absorbe» la puerta, cuando en realidad no existe ninguna fuerza misteriosa actuando desde dentro. Todo el trabajo lo realiza el aire que nos rodea y cuyo peso solemos olvidar porque convivimos con él desde el día en que nacemos.

Los cálculos teóricos son sorprendentes. Si el frigorífico fuera absolutamente hermético y el aire pasara instantáneamente de la temperatura de una cocina, pongamos que unos veinte grados, a los cuatro grados del interior sin que entrara ni saliera una sola molécula de aire, la diferencia de presión podría llegar a ejercer sobre una puerta corriente una fuerza cercana al peso de una persona adulta. Naturalmente, eso nunca ocurre en un frigorífico doméstico.

Las juntas de goma nunca son completamente estancas. Siempre existe alguna pequeña fuga que permite la entrada gradual de aire hasta igualar las presiones. Además, el aire caliente nunca sustituye por completo al aire frío, el enfriamiento requiere algunos segundos y una parte del vapor de agua que acompaña al aire de la cocina se condensa sobre las superficies frías, modificando ligeramente el proceso. Todos esos factores reducen mucho la diferencia de presión. Aun así, durante unos instantes la fuerza puede equivaler perfectamente al peso de diez, quince o incluso veinte kilogramos, suficiente para que la puerta parezca bloqueada.

Existe además un error muy extendido. Muchas personas creen que el fenómeno tiene relación con el compresor del frigorífico, como si este aspirara el aire del interior y creara una especie de vacío. Es una explicación intuitiva, pero incorrecta. El compresor nunca entra en contacto con el aire que respiramos cuando abrimos la puerta. Su única misión consiste en hacer circular un fluido refrigerante por un circuito completamente cerrado. El aire del compartimento permanece siempre separado de ese sistema.

Quizá en hechos como estos resida la verdadera belleza de la ciencia. Nos acostumbramos tanto a los objetos cotidianos que dejamos de interrogarlos. Un frigorífico acaba siendo únicamente un armario frío donde guardamos los yogures y las verduras. Sin embargo, basta una puerta que se resiste durante unos instantes para descubrir que ese electrodoméstico está poniendo en escena una lección magistral sobre la presión atmosférica, el movimiento de las moléculas y el comportamiento de los gases. 

La próxima vez que el frigorífico parezca que se niega a abrirse, recuerda que no estás luchando contra una cerradura especialmente eficaz ni contra un mecanismo oculto. Estarás intentando vencer, aunque solo sea durante unos instantes, el empuje silencioso de toda la atmósfera terrestre. Y no deja de ser una idea fantástica que una de las demostraciones más elegantes de la física pueda esconderse, discretamente, detrás de una simple puerta de frigorífico.

MERCROMINA: CUANDO LAS HERIDAS SE TEÑÍAN DE "COLORAO"

 

Hay recuerdos de la infancia que tienen color. El del primer pupitre era marrón oscuro. El del balón de reglamento era blanco con pentágonos negros. Y el de las rodillas despellejadas era de un rojo intenso, casi escarlata. Bastaba una caída jugando al fútbol, una carrera demasiado ambiciosa por una cuesta o un patinazo sobre el asfalto para que el ritual comenzara siempre de la misma manera: un poco de agua, alguna lágrima —más de indignación que de dolor— y la aparición, casi ceremonial, de un pequeño frasco de mercromina.

Era “colorá”, no roja. La sangre es roja. La mercromina era “colorá”. Aquel líquido “colorao” formaba parte del paisaje doméstico tanto como la aspirina o el termómetro de mercurio. Vivía en el botiquín del cuarto de baño, junto a unas vendas, un rollo de esparadrapo y unas tijeras que jamás cortaban bien. Su misión era sencilla: desinfectar cualquier rasguño digno de ese nombre. Nosotros solo sabíamos dos cosas. La primera era que escocía. La segunda, que escocía bastante menos que el alcohol, cuya sola visión bastaba para provocar una retirada estratégica del paciente.

La mercromina —o mercurocromo, como también se la conocía— llegó a convertirse en uno de los antisépticos más populares del siglo XX. Durante décadas fue el remedio de primeros auxilios por excelencia para las pequeñas heridas de la vida cotidiana. Su éxito fue tal que, en muchos hogares, "echar mercromina" terminó convirtiéndose en sinónimo de desinfectar una herida, del mismo modo que "poner una tirita" acabó designando cualquier apósito adhesivo, aunque no perteneciera a esa marca.

Su historia comenzó en 1918, cuando el médico estadounidense Hugh H. Young y varios químicos vinculados a la Universidad Johns Hopkins desarrollaron un nuevo compuesto con propiedades antisépticas. Lo bautizaron como Mercurochrome, un nombre que combinaba dos de sus características más llamativas: la presencia de mercurio en la molécula y el intenso color que la distinguía de cualquier otro medicamento del botiquín.

Ese color no era un simple capricho estético. Tenía una utilidad muy práctica. Permitía comprobar de un vistazo qué parte de la herida había quedado cubierta por el antiséptico. Hoy estamos acostumbrados a productos transparentes, pero en una época en la que las condiciones de higiene eran mucho más precarias, ver literalmente por dónde había pasado el desinfectante ofrecía una tranquilizadora sensación de seguridad. El problema era que la piel permanecía teñida durante varios días, de modo que un niño con las rodillas completamente rojas exhibía involuntariamente el historial de todas sus aventuras recientes.

Aunque muchos la recuerdan simplemente como "ese líquido rojo", la mercromina tenía detrás una química bastante sofisticada. Su principio activo era la merbromina, un compuesto organomercúrico. Aquí conviene detenerse un momento, porque la palabra mercurio suele despertar una alarma inmediata, y no sin motivo. El mercurio es uno de los metales pesados más tóxicos que existen. Sin embargo, no todas las formas químicas del mercurio se comportan de la misma manera.

El mercurio que contenía la mercromina no era mercurio metálico libre, como el de los antiguos termómetros, ni tampoco metilmercurio, el compuesto responsable de graves intoxicaciones alimentarias como la tristemente célebre enfermedad de Minamata. En la merbromina, el mercurio formaba parte de una molécula orgánica mucho más compleja, cuyas propiedades toxicológicas eran diferentes. Aplicada sobre pequeñas heridas, la absorción por la piel era escasa y el riesgo para el paciente se consideraba muy bajo.

¿Por qué, entonces, terminó desapareciendo? La respuesta ilustra muy bien cómo evoluciona la medicina. Durante buena parte del siglo XX bastaba con demostrar que un producto parecía funcionar y que no producía efectos adversos evidentes. Los estándares actuales son mucho más exigentes. Hoy se requieren ensayos clínicos rigurosos que demuestren no solo que un medicamento es razonablemente seguro, sino también que resulta realmente eficaz y que ofrece ventajas frente a las alternativas disponibles.

A medida que avanzaban los estudios toxicológicos, las autoridades sanitarias comenzaron además a adoptar una política cada vez más restrictiva respecto al uso del mercurio. Aunque la cantidad presente en la mercromina era pequeña y el riesgo de una aplicación ocasional sobre una rozadura era muy reducido, la situación cambiaba cuando el producto se utilizaba repetidamente o sobre quemaduras y superficies extensas de piel lesionada, donde la absorción podía aumentar. En paralelo, fueron apareciendo antisépticos más eficaces y mejor estudiados, como la povidona yodada y, posteriormente, la clorhexidina.

En 1998, la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) retiró a la merbromina la consideración de medicamento de venta libre "generalmente reconocido como seguro y eficaz". La decisión no respondía a una oleada de intoxicaciones ni a un descubrimiento repentino de que el producto fuera peligroso. Simplemente, ya no cumplía los criterios científicos modernos y existían alternativas mejores. Poco a poco, la mercromina fue desapareciendo de las farmacias de numerosos países, aunque en otros continuó comercializándose durante algunos años más o fue sustituida por formulaciones que conservaban el color rojo, pero ya no contenían mercurio.

Resulta curioso comprobar hasta qué punto aquel color marcó nuestra percepción de las heridas. Durante generaciones enteras, una rozadura parecía no estar correctamente atendida si no adquiría inmediatamente un tono rojo brillante. Muchos niños llegaban incluso a presumir de sus manchas escarlatas como si fueran medallas obtenidas en el campo de batalla de los recreos. Cuanto mayor era la superficie teñida, mayor parecía la heroicidad de la caída.

También es llamativo que recordemos con tanta claridad el escozor de la mercromina cuando, objetivamente, era bastante más suave que el alcohol etílico que tantas veces se utilizaba como alternativa. Nuestra memoria tiene una curiosa habilidad para exagerar ciertos recuerdos sensoriales. Quizá porque la anticipación del dolor resultaba peor que el dolor mismo, bastaba ver acercarse el frasco rojo para empezar a lamentarse antes incluso de que el algodón tocara la piel.

Hoy sabemos, además, que el propio concepto de desinfectar pequeñas heridas ha cambiado. Para la mayoría de las abrasiones superficiales basta un lavado cuidadoso con agua corriente y jabón, eliminar la suciedad y mantener la zona limpia y protegida. Los antisépticos siguen teniendo su papel, pero ya no se consideran imprescindibles en todas las heridas menores. La medicina moderna ha aprendido que, muchas veces, el mejor aliado de la cicatrización no es el producto más llamativo, sino una limpieza adecuada y dejar que el propio organismo haga su trabajo.

La historia de la mercromina es, en realidad, la historia de muchos medicamentos. No desaparecen necesariamente porque un día descubramos que eran peligrosos o inútiles. A veces simplemente envejecen. La ciencia avanza, aparecen estudios más rigurosos, se desarrollan alternativas mejores y aquello que durante décadas parecía insustituible acaba ocupando un lugar en los museos... o en la memoria colectiva.

domingo, 2 de agosto de 2026

¿QUIÉN DECIDIÓ QUE UNA BOTELLA DE VINO TUVIERA 750 MILILITROS?

 

Hace unos meses, durante una comida con unos amigos, alguien descorchó una botella de Rioja. Uno de los amigos, un reconocido tocapelotas, se puso de pie, enarboló una botella de buen Rioja y, sin apartar la vista de la etiqueta, lanzó una de esas preguntas que parecen una ocurrencia sin importancia, pero que tienen la extraña capacidad de estropear una sobremesa. «Oye, ¿por qué las botellas de vino tienen 750 mililitros? ¿Por qué no un litro?»

Hubo unos segundos de silencio. Alguien aventuró que sería por tradición. Otro sugirió que quizá fuera una antigua medida francesa. Un tercero, con la seguridad de quien jamás ha dejado que la ignorancia estropee una buena explicación, aseguró que era porque esa era exactamente la cantidad que podía soplar un artesano cuando fabricaba las botellas de vidrio.

Todos asentimos con gesto convencido. Sonaba perfectamente razonable. Y, sin embargo, probablemente no sea cierto.

Lo maravilloso de las preguntas aparentemente insignificantes es que suelen conducir a lugares inesperados. La capacidad de una botella de vino parece un detalle tan irrelevante que casi nadie se ha parado a pensar en ella. Aceptamos los 750 mililitros con la misma naturalidad con la que aceptamos que una docena tenga doce unidades o que las semanas tengan siete días. Pero si hoy alguien inventara el vino desde cero, ¿de verdad elegiría una botella de tres cuartos de litro? Lo lógico sería un litro, medio litro o cualquier otra cantidad decimal.

Sin embargo, millones de botellas salen cada año de las bodegas de medio mundo con exactamente la misma capacidad. Lo curioso es que nadie sabe con absoluta certeza por qué.

La explicación más popular es también la más pintoresca. Durante siglos las botellas se fabricaban una a una soplando vidrio fundido. Según esta historia, un maestro vidriero podía insuflar aproximadamente tres cuartos de litro de aire antes de quedarse sin aliento, de modo que, sin proponérselo, acabó fijando el tamaño de las botellas. Es una imagen irresistible: el comercio mundial del vino dependiendo de la capacidad pulmonar de un hombre con las mejillas hinchadas frente a un horno a más de mil grados.

Tiene un pequeño problema. Los historiadores del vidrio no encuentran pruebas que la respalden. Las botellas antiguas eran cualquier cosa menos uniformes. Algunas apenas alcanzaban medio litro; otras superaban holgadamente el litro. Si la capacidad pulmonar hubiera sido el factor determinante, cabría esperar una regularidad que simplemente nunca existió.

La explicación que hoy convence a la mayoría de los historiadores resulta bastante menos romántica, pero mucho más reveladora. Hay que cruzar el canal de la Mancha.

Durante los siglos XVIII y XIX, los vinos franceses —sobre todo los de Burdeos— se exportaban masivamente a Gran Bretaña. Los británicos, como es bien sabido, nunca han sentido demasiado entusiasmo por las unidades de medida sencillas. Mientras el resto del mundo acabó abrazando el sistema métrico, ellos seguían hablando de pintas, onzas, yardas y galones.

El galón imperial contenía 4,546 litros. Y entonces apareció una solución extraordinariamente práctica. Seis botellas de 750 mililitros sumaban cuatro litros y medio, una cantidad muy próxima a un galón imperial. La diferencia era suficientemente pequeña para el comercio de la época, mientras que las cuentas se simplificaban enormemente. Los impuestos, las facturas y el transporte dejaban de ser un quebradero de cabeza.

A partir de ahí comenzó un efecto dominó. Si una unidad comercial eran seis botellas, una caja de madera podía contener doce, es decir, dos galones aproximadamente. Esa caja resultaba manejable para dos personas y suficientemente resistente para viajar miles de kilómetros sin que las botellas acabaran convertidas en un mosaico de cristales y vino.

Las barricas tradicionales de Burdeos, con unos 225 litros de capacidad, encajaban casi milagrosamente en el sistema. De una barrica podían obtenerse exactamente 300 botellas de 750 mililitros, o lo que es lo mismo, veinticinco cajas completas de doce botellas. Cuando un formato consigue que las barricas, las cajas, los barcos, los almacenes y la contabilidad hablen el mismo idioma, deja de ser un simple recipiente para convertirse en un estándar.

Y eso fue exactamente lo que ocurrió. Lo más sorprendente es que durante mucho tiempo no existió ninguna norma que obligara a utilizar ese tamaño. En distintos lugares de Europa convivían botellas de capacidades diversas. Fue el comercio internacional el que, poco a poco, fue eliminando esa diversidad. Finalmente, durante el siglo XX, la legislación terminó oficializando una costumbre que llevaba generaciones funcionando.

Es un fenómeno mucho más frecuente de lo que imaginamos. Nos gusta pensar que las grandes normas nacen porque un grupo de expertos se reúne alrededor de una mesa y decide cuál es la mejor solución posible. La realidad suele ser bastante más prosaica. Miles de personas toman durante décadas pequeñas decisiones prácticas porque son cómodas, eficientes o simplemente porque nadie tiene una razón poderosa para hacer otra cosa. Cuando todo el mundo acaba actuando igual, aparece una ley que convierte esa costumbre en obligación.

Ha ocurrido con el tamaño del papel, con el ancho de las vías del tren, con la disposición de las teclas del ordenador... y también con las botellas de vino. Así que la próxima vez que alguien descorche una botella de Rioja y empiece a llenar las copas, quizá merezca la pena retrasar unos segundos el primer brindis.

Después de todo, esa botella no contiene tres cuartos de litro porque un enólogo hiciera un cálculo especialmente brillante ni porque un rey lo decretara hace siglos. Lo más probable es que sea el resultado de una larga cadena de decisiones prácticas tomadas por comerciantes, vidrieros, transportistas, bodegueros y funcionarios que nunca imaginaron que, doscientos años después, alguien se preguntaría por qué demonios una botella de vino no contiene un litro.

VENTOSIDADES. LLAMÉMOSLES VENTOSIDADES

 

Pocas funciones biológicas han sufrido una persecución social tan implacable como las ventosidades. Bostezar en público puede parecer descortés, estornudar obliga apenas a pedir disculpas y toser suele despertar compasión. Sin embargo, basta con que alguien deje escapar un pedo en un ascensor para que el ambiente se llene de vergüenza, miradas evasivas y sospechosos silencios. Y eso resulta paradójico, porque todos los seres humanos, sin excepción, producimos gases intestinales. Es una consecuencia inevitable de estar vivos.

Quizá convenga empezar aclarando los términos. En medicina, una ventosidad es simplemente la expulsión de gases intestinales por el ano. La flatulencia, en sentido estricto, hace referencia a la presencia o acumulación excesiva de esos gases en el aparato digestivo, aunque en el lenguaje cotidiano ambas palabras se utilizan como sinónimos. El viejo y castizo pedo, por su parte, tiene la virtud de ser perfectamente comprendido sin necesidad de explicación alguna.

Francisco de Quevedo, que parecía incapaz de encontrar un asunto indigno de convertirse en literatura, dedicó varios poemas a las ventosidades. En uno de los más conocidos, atribuido tradicionalmente a su pluma, comienza con un verso inolvidable: «Pedo es el clarín del culo». Solo Quevedo era capaz de convertir una función fisiológica en una maniobra militar. El pedo no era para él una simple emanación, sino el toque de trompeta que anunciaba la batalla. Nadie escapaba a su humor escatológico porque, al fin y al cabo, hasta los más poderosos compartían esa humilde condición.

Lo cierto es que la preocupación por las ventosidades es mucho más antigua que la literatura del Siglo de Oro. Hace casi dos mil quinientos años, Hipócrates, considerado el padre de la medicina, pensaba que los gases retenidos alteraban el equilibrio del organismo y eran responsables de diversos trastornos. Para facilitar su expulsión recomendaba plantas como el hinojo, el anís o el cilantro. Hoy sabemos que aquellas plantas son carminativas, es decir, favorecen la expulsión de los gases al relajar la musculatura del aparato digestivo.

La idea de que un pedo es poco más que aire maloliente tampoco es del todo correcta. Cada día producimos entre medio litro y dos litros de gases intestinales y los expulsamos, por término medio, entre diez y veinte veces. Lo sorprendente es que casi todo ese volumen carece de olor. Está formado principalmente por nitrógeno, dióxido de carbono e hidrógeno y, en algunas personas, pequeñas cantidades de metano.

Los verdaderos culpables de la mala fama de las ventosidades son unas pocas moléculas sulfuradas —como el sulfuro de hidrógeno, el metanotiol o el dimetilsulfuro— presentes en cantidades ínfimas pero suficientes para que nuestro olfato las detecte de inmediato. Buena parte de esos gases son, además, un producto inevitable del trabajo de la microbiota intestinal, el inmenso ejército de bacterias que fermenta los restos de alimentos que nosotros no podemos digerir. En cierto modo, las ventosidades son el precio que pagamos por disfrutar de un intestino sano.

Aun así, durante mucho tiempo el problema no fue la biología, sino la etiqueta. Según una antigua tradición, probablemente apócrifa pero demasiado buena para no ser contada, el emperador Claudio supo de un senador que sufrió intensos dolores por reprimir sus gases durante un banquete. Tan preocupado quedó que llegó a considerar la posibilidad de promulgar un edicto autorizando a los comensales a aliviar discretamente la presión intestinal sin temor a ofender a sus anfitriones. No sabemos si la historia ocurrió realmente, pero sí revela que, hace casi dos mil años, los romanos ya debatían el mismo dilema que seguimos afrontando hoy: cómo conciliar una necesidad fisiológica con las buenas maneras.

Durante siglos el principal enemigo de las ventosidades no fue el olor, sino el decoro. Sin embargo, la Ilustración encontró una forma muy distinta de abordar el problema. En 1781, Benjamin Franklin escribió uno de los ensayos más extravagantes de toda su producción. Lo tituló Fart Proudly («Tírate pedos con orgullo») y en él lamentaba que la ciencia hubiera sido capaz de producir perfumes deliciosos sin encontrar todavía una manera de conseguir que las ventosidades olieran igual de bien.

Franklin proponía, no sin ironía, que los investigadores descubrieran «alguna droga saludable, mezclable con nuestros alimentos o salsas, que hiciera las descargas naturales del viento no solo inocuas, sino tan agradables como los perfumes». Si la química era capaz de transformar sustancias nauseabundas en aromas delicados, ¿por qué no podía hacer exactamente lo contrario? La propuesta era humorística, pero encerraba una intuición notable: el problema no era producir menos gases, sino eliminar el olor. No deja de resultar admirable que uno de los padres fundadores de Estados Unidos dedicara parte de su talento científico a un asunto que seguimos discutiendo, dos siglos y medio después, en los ascensores.

Hubo que esperar casi cien años para que alguien encontrara una solución aparentemente razonable. A finales del siglo XVIII, el químico germano-ruso Johann Tobias Lowitz descubrió que el carbón vegetal tratado adecuadamente poseía una extraordinaria capacidad para retener las sustancias responsables del color, el sabor y el olor de muchos líquidos. Aquello revolucionó procesos como la purificación del agua y el refinado del azúcar y, con el tiempo, dio origen al carbón activado moderno.

No es difícil comprender por qué los médicos pensaron que aquel material podía servir también para combatir las ventosidades. El carbón activado posee una estructura extraordinariamente porosa capaz de retener muchas de las moléculas responsables del mal olor. Sobre el papel parecía el remedio perfecto.

En la práctica, sin embargo, el resultado fue bastante menos brillante. Administrado por vía oral, el carbón activado apenas conseguía reducir el olor de las ventosidades, producía estreñimiento, teñía las heces de negro e interfería con la absorción de algunos medicamentos. El supuesto remedio terminaba siendo casi tan molesto como la enfermedad.

Alguien tuvo una idea mucho más ingeniosa. Si el carbón no funcionaba demasiado bien antes de que los gases abandonaran el organismo, ¿por qué no colocarlo justamente en el punto de salida? Así nació uno de los inventos más insólitos de la historia reciente. En 1997, el estadounidense Chester Weimer patentó una ropa interior dotada de un filtro reemplazable de carbón activado que obligaba a los gases a atravesarlo antes de escapar al exterior. La inspiración no surgió en un laboratorio, sino en el salón de su propia casa. Su esposa, enferma de Crohn, sufría frecuentes ventosidades de olor especialmente intenso y Weimer decidió fabricar una solución doméstica que terminó convirtiéndose en una patente.

El invento llamó tanto la atención que en 2001 recibió el Premio Ig Nobel de Biología, esos peculiares galardones que distinguen investigaciones que, según su lema, «primero hacen reír y luego hacen pensar». Es difícil imaginar un invento más apropiado para un Ig Nobel. Sin embargo, detrás de la sonrisa había un problema médico muy real para miles de personas.

Vanvera del Museo de las Máquinas Sexuales de Praga.

Mucho antes de que Weimer registrara su patente ya circulaba la historia de un curioso artefacto conocido como vanvera, del que todavía hoy puede contemplarse un llamativo ejemplar en el Museo de las Máquinas Sexuales de Praga. Aunque muchos historiadores dudan de que llegara a utilizarse realmente y algunos consideran que podría tratarse de una recreación moderna inspirada en antiguas descripciones, la idea resulta irresistible: una especie de embudo de cuero unido a una bolsa con hierbas aromáticas destinada a amortiguar el sonido y perfumar discretamente las ventosidades.

Sea auténtica o no la historia de la vanvera, resulta reconfortante comprobar que, desde Hipócrates hasta Benjamin Franklin, desde un emperador romano hasta un inventor premiado con un Ig Nobel, la humanidad lleva casi dos mil quinientos años intentando resolver exactamente el mismo problema. No sabemos si algún día conseguiremos cumplir el deseo de Franklin y expulsar ventosidades con aroma de perfume. Mientras tanto, quizá lo más sensato sea aceptar que pocas funciones biológicas han inspirado tanta inventiva para ocultar algo que, inevitablemente, nos iguala a todos.

LA FECUNDACIÓN: MUCHO MÁS QUE UNA CARRERA

 

Hay historias científicas que sobreviven mucho tiempo después de haber dejado de ser del todo ciertas. Una de ellas es la de la fecundación humana. Casi todos hemos crecido con la misma imagen: millones de espermatozoides se lanzan a una carrera desesperada hacia un óvulo inmóvil. Solo el más rápido, el más fuerte o el más resistente alcanza la meta y consigue fecundarlo. El óvulo, mientras tanto, permanece quieto, esperando al vencedor como una princesa encerrada en una torre.

Yo mismo recurrí hace años a esa metáfora en un artículo sobre la extraordinaria odisea de los espermatozoides. Era una forma sencilla y eficaz de explicar un proceso enormemente complejo. Pero la ciencia tiene la saludable costumbre de corregir sus propias simplificaciones. Hoy sabemos que aquella carrera existe, sí, pero que está muy lejos de ser una competición atlética. En realidad, la fecundación se parece mucho más a una conversación. Una conversación química en la que participan el aparato reproductor femenino, el óvulo y los propios espermatozoides.

La diferencia es importante. Porque en una carrera basta con correr más deprisa. En una conversación, en cambio, hay que entenderse.

La primera sorpresa es que los millones de espermatozoides que salen en cada eyaculación jamás tuvieron posibilidades reales de llegar al óvulo. La inmensa mayoría queda eliminada casi desde el principio. El ambiente ácido de la vagina destruye una gran cantidad de ellos. Después aparece el cuello del útero, cuya mucosidad constituye mucho más que una simple puerta de entrada.

Durante la mayor parte del ciclo menstrual ese moco es espeso y prácticamente infranqueable. Solo alrededor de la ovulación cambia de estructura. Se vuelve mucho más fluido y organiza una especie de red microscópica de canales orientados que facilitan el paso de los espermatozoides más móviles. No es un peaje abierto a cualquiera. Es un filtro biológico extraordinariamente sofisticado. Los espermatozoides lentos, deformes o con movimientos erráticos tienen muchas menos probabilidades de atravesarlo.

La selección continúa en el útero. Durante años se pensó que este órgano desempeñaba un papel casi pasivo, una simple sala de tránsito hacia las trompas de Falopio. Hoy sabemos que sus contracciones ayudan a transportar los espermatozoides y que las células del sistema inmunitario presentes en el aparato reproductor femenino eliminan muchos de ellos. Solo una pequeña fracción consigue alcanzar las trompas.

Los espermatozoides todavía no están preparados, porque abandonan los testículos incapaces de fecundar. Una vez en el aparato reproductor femenino, los espermatozoides deben experimentar una serie de cambios bioquímicos y fisiológicos, conocidos en conjunto como capacitación. Dicho de otra manera, el propio aparato reproductor femenino termina de "ponerlos a punto". Durante ese proceso cambia la composición de su membrana, aumenta la entrada de calcio y el movimiento de la cola se vuelve mucho más vigoroso y caótico, un patrón denominado hiperactivación. Solo entonces adquieren la capacidad de atravesar las envolturas que rodean al óvulo.

Resulta curioso. El espermatozoide suele presentarse como el héroe activo de esta historia, cuando en realidad necesita que el organismo femenino complete su entrenamiento antes de poder desempeñar su función. Mientras tanto, el óvulo tampoco permanece esperando. 

Solemos decir que "el óvulo atrae a los espermatozoides", pero eso no es del todo exacto. Según el conocimiento actual, quien desempeña el papel principal es el complejo cúmulo-ovocito, formado por el ovocito y el cúmulo oóforo que lo envuelve. Las células del cúmulo secretan buena parte de los quimioatrayentes —especialmente progesterona— y crean un microambiente que selecciona, guía y prepara a los espermatozoides para la fecundación. El óvulo participa activamente en ese diálogo, pero no actúa en solitario.


La imagen tradicional de una multitud desordenada chocando con el óvulo empieza a resquebrajarse. No llegan simplemente porque nadan deprisa. Llegan porque reciben instrucciones químicas. Y aquí aparece uno de los descubrimientos más sugestivos de los últimos años. En el laboratorio puede observarse cómo los espermatozoides modifican su trayectoria cuando detectan esas señales químicas. Es como si dejaran de nadar al azar y comenzaran a seguir un rastro invisible.

En 2020, un grupo de investigadores estudió el líquido folicular que rodea al óvulo de distintas mujeres y analizó cómo respondían a él los espermatozoides de diferentes hombres. El resultado fue sorprendente. Algunos líquidos foliculares atraían con mayor intensidad el esperma de determinados individuos, mientras que otros resultaban más atractivos para espermatozoides distintos.

No significa que el óvulo "elija" conscientemente un padre, como a veces proclaman titulares demasiado entusiastas. La naturaleza no toma decisiones deliberadas. Pero sí sugiere que existe una compatibilidad bioquímica entre gametos que va mucho más allá del simple azar. Los biólogos evolutivos denominan a este fenómeno «elección críptica femenina». La expresión puede sonar novelesca, pero describe una idea sencilla: parte de la selección reproductiva puede producirse después del apareamiento mediante mecanismos fisiológicos invisibles para nosotros.

En otras palabras, no basta con llegar hasta el óvulo. También hay que resultar químicamente compatible con él. La conversación continúa incluso en el instante decisivo.

Cuando un espermatozoide consigue fusionarse con la membrana del óvulo, este responde de manera fulminante. Miles de diminutos gránulos situados bajo su superficie liberan enzimas que modifican la zona pelúcida, la envoltura que lo rodea. En cuestión de segundos desaparecen los puntos de unión que permitían el acceso a otros espermatozoides. La puerta se cierra.

No hay ninguna guerra ni una decapitación química de los competidores, como a veces se afirma en las redes sociales. Simplemente, el óvulo cambia sus cerraduras. Los demás espermatozoides continúan vivos durante un tiempo, pero ya no pueden entrar. Es un mecanismo elegantísimo. Si dos espermatozoides penetraran en el mismo óvulo, el embrión recibiría un número incorrecto de cromosomas y el desarrollo sería inviable. El bloqueo de la polispermia es, probablemente, uno de los sistemas de seguridad más rápidos y eficaces de toda la biología.

Todo esto obliga también a revisar una vieja discusión sobre el lenguaje de la ciencia. Durante buena parte del siglo XX era habitual encontrar descripciones en las que el espermatozoide aparecía como un conquistador que perforaba las defensas del óvulo, mientras este desempeñaba un papel casi decorativo. Aquellas metáforas reflejaban tanto las limitaciones del conocimiento como la forma de contar la biología de la época.

Las investigaciones actuales dibujan un panorama muy distinto. El aparato reproductor femenino no constituye el escenario donde se desarrolla la acción: forma parte de la acción. Selecciona, modifica, orienta, protege y condiciona. El óvulo tampoco es un premio inmóvil al final de una carrera, sino una célula extraordinariamente activa que intercambia señales químicas con los espermatozoides y desencadena respuestas decisivas en el momento de la fecundación.

Quizá la metáfora deportiva nunca fue la adecuada. Imaginemos, en cambio, una orquesta. Los espermatozoides ponen el movimiento. El aparato reproductor femenino marca el ritmo, filtra quién puede seguir tocando y afina a los intérpretes. El óvulo introduce las últimas notas, reconoce las señales adecuadas y, cuando la partitura está completa, cierra el concierto para que nadie más pueda incorporarse.

Durante décadas nos fascinó la épica de una carrera con millones de participantes y un único vencedor. Era una buena historia. Pero la naturaleza rara vez elige el camino más simple. La fecundación no es el triunfo del espermatozoide más veloz ni el capricho de un óvulo todopoderoso. Es el resultado de un diálogo molecular extraordinariamente complejo, en el que cada participante escucha, responde y modifica el comportamiento de los demás.

Y, como ocurre con las mejores conversaciones, el desenlace depende mucho menos de quién habla más alto que de que todos sean capaces de entender el mismo lenguaje.

sábado, 1 de agosto de 2026

¿POR QUÉ TODOS LOS CUERPOS CELESTES (O CASI TODOS) SON ESFÉRICOS?

 

Si alguien nos pidiera dibujar un planeta, todos haríamos prácticamente lo mismo: trazar un círculo. Después añadiríamos océanos, continentes, nubes o quizá unos anillos si se trata de Saturno, pero el primer gesto sería siempre idéntico. Nadie dibuja un planeta con forma de cubo, de pirámide o de patata.

Lo curioso es que el resto de la naturaleza parece sentir una marcada preferencia por las formas irregulares. Las montañas tienen perfiles caprichosos, las costas son un laberinto de entrantes y salientes, los árboles crecen como les viene en gana y hasta una humilde piedra conserva bultos y aristas después de pasar miles de años rodando por el lecho de un río. La perfección geométrica rara vez aparece en el mundo natural. Entonces, ¿por qué casi todos los grandes cuerpos celestes son esféricos?

La respuesta suele resumirse en una sola palabra: gravedad. Es correcta, pero apenas explica nada. Decir que los planetas son redondos por culpa de la gravedad equivale a afirmar que los aviones vuelan gracias a la aerodinámica. Es cierto, pero lo interesante es comprender qué ocurre entre bastidores.

Estamos acostumbrados a pensar en la gravedad como una fuerza que hace caer las cosas. Una manzana cae del árbol, un vaso se precipita al suelo y nosotros mismos volvemos a poner los pies en la Tierra después de un salto. Sin embargo, esa es una visión demasiado doméstica. La gravedad no solo hace caer los objetos: intenta reunir toda la materia alrededor de un mismo centro. Y, sobre todo, siente una profunda aversión por las esquinas.

Imaginemos un planeta recién formado cuya superficie estuviera sembrada de montañas descomunales y profundos abismos. Cada roca de esas montañas está siendo atraída hacia el centro del planeta. Cuanto más alta es una montaña, mayor es el peso que soportan sus cimientos. Si el planeta es lo bastante grande, llegará un momento en que la roca dejará de comportarse como un sólido completamente rígido. No ocurrirá en un año ni en un siglo. Harán falta millones de años. Pero, sometido a presiones gigantescas, incluso el granito acaba deformándose lentamente.

La gravedad no necesita explosivos ni terremotos para eliminar las esquinas. Le basta con esperar. Rebaja poco a poco las montañas, rellena las depresiones y va acercando toda la superficie a una distancia semejante del centro. Trabaja con una paciencia de la que ningún escultor podría presumir. Al fin y al cabo, dispone de miles de millones de años.

Sin embargo, la gravedad no siempre gana esa batalla. Si así fuera, todos los cuerpos del Sistema Solar serían redondos, y sabemos que no es cierto. Basta con echar un vistazo a las fotografías tomadas por las sondas espaciales para descubrir un auténtico catálogo de extravagancias. El asteroide Eros parece una barra de pan; Itokawa recuerda a dos patatas pegadas entre sí; Arrokoth, fotografiado por la sonda New Horizons más allá de Plutón, tiene el aspecto de un muñeco de nieve aplastado. Incluso Fobos, la mayor luna de Marte, dista mucho de parecer una esfera.

En realidad, la mayor parte de los cuerpos del Sistema Solar no son esféricos. Lo extraordinario no es encontrar una patata cósmica; lo extraordinario es que algunos mundos hayan conseguido borrar casi todas sus esquinas. La explicación es sencilla: esos pequeños cuerpos apenas sienten su propia gravedad. Sobre la Tierra, una montaña de cinco kilómetros ejerce una presión colosal sobre las rocas que tiene debajo. En un asteroide de apenas unas decenas de kilómetros de diámetro, una montaña semejante apenas pesa. La gravedad es tan débil que resulta incapaz de obligar a las rocas a deslizarse y suavizar el relieve. Las aristas permanecen prácticamente intactas durante miles de millones de años.

Cuerpos celestes no esféricos. 1, Fobos, una de las lunas de Marte, recuerda más a una roca que a una esfera. 2, el asteroide Eros parece un cacahuete. 3, Itokawa tiene aspecto de patata. Todos ellos son demasiado pequeños para que su gravedad venza la rigidez de la roca.

Existe, por tanto, un tamaño a partir del cual las reglas cambian. Cuando un cuerpo alcanza aproximadamente entre 500 y 700 kilómetros de diámetro —la cifra depende de si está formado por roca o por hielo—, la gravedad termina venciendo a la rigidez del material. Los geólogos saben que, sometidas a presiones suficientes y durante periodos inmensos, incluso las rocas más duras fluyen lentamente, casi como una miel extraordinariamente espesa. Es un movimiento imposible de apreciar en una vida humana, pero más que suficiente para remodelar un planeta.

A partir de ese momento, las esquinas empiezan a tener los días contados. Los astrónomos llaman a ese estado equilibrio hidrostático. El nombre parece sacado de un tratado de ingeniería, pero la idea es muy simple: la superficie acaba situándose prácticamente a la misma distancia del centro en todas las direcciones. Pero aún queda la pregunta más interesante de todas. ¿Por qué precisamente una esfera?

La respuesta pertenece más a la geometría que a la astronomía. Entre todas las formas capaces de encerrar un mismo volumen, la esfera necesita la menor superficie. Es la solución más eficiente. Al adoptar esa forma, la materia queda, por término medio, lo más cerca posible del centro de gravedad y el sistema alcanza un estado de menor energía. La naturaleza tiende espontáneamente hacia esos estados porque son los más estables.

Curiosamente, una gota de agua flotando en la Estación Espacial Internacional también adopta una forma esférica, aunque por una razón completamente distinta. Allí apenas interviene la gravedad; quien manda es la tensión superficial. Sin embargo, el resultado es idéntico. Dos fenómenos físicos sin relación aparente llegan a la misma conclusión: cuando la naturaleza puede elegir libremente una forma, las esquinas suelen desaparecer.

Naturalmente, las esferas del universo no son perfectas. La Tierra está ligeramente achatada por los polos. Su radio ecuatorial supera al polar en unos 21 kilómetros, una diferencia que apenas representa un 0,3 % de su tamaño. Vista desde varios millones de kilómetros de distancia seguiría pareciendo una esfera impecable.

El responsable de esa pequeña deformación es la rotación. Al girar sobre sí mismo, un planeta tiende a abombarse por el ecuador, igual que una masa de pizza se ensancha cuando el pizzero la hace girar sobre sus manos. En la Tierra el efecto es discreto, pero en Júpiter y Saturno resulta mucho más evidente porque ambos completan una vuelta sobre sí mismos en apenas diez horas. Saturno está tan achatado que su diámetro ecuatorial supera al polar en casi un diez por ciento.

Existe incluso un caso extremo. El planeta enano Haumea gira una vez cada cuatro horas, tan deprisa que ha dejado de parecer una esfera para adoptar una forma semejante a un balón de rugby. Es una excepción que confirma la regla: incluso el universo tiene dificultades para borrar las esquinas cuando un mundo gira demasiado deprisa.

Hay otro detalle que suele pasar inadvertido. El Everest nos parece gigantesco porque lo contemplamos desde su base. Sin embargo, sus 8 849 metros representan poco más de una milésima parte del radio terrestre. Si nuestro planeta tuviera el tamaño de una naranja, el Everest apenas sería una rugosidad perceptible al tacto. Quizá por eso los astronautas describen la Tierra como una esfera sorprendentemente lisa. Desde el espacio desaparecen las cordilleras, los valles y los acantilados que tanto nos impresionan sobre el terreno.

Ese es, en el fondo, el verdadero secreto. El universo no nació lleno de esferas. Comenzó siendo un lugar extraordinariamente caótico, poblado de cuerpos con las formas más caprichosas. Muchos de ellos siguen ahí, vagando entre los planetas como fósiles de aquella época en la que las esquinas aún dominaban el paisaje.

Pero cuando un mundo alcanza el tamaño suficiente, la gravedad comienza un trabajo tan lento que ningún ser humano podría llegar a percibirlo. Año tras año, milenio tras milenio, rebaja las cumbres, rellena las depresiones y acerca cada roca un poco más al centro. Al final, después de cientos o miles de millones de años, las esquinas desaparecen.

No porque el universo adore las esferas, sino porque posee una fuerza infinitamente paciente que ha descubierto que son la forma más sencilla, estable y eficiente de organizar la materia. Quizá esa sea una de las lecciones más elegantes que nos ofrece la naturaleza: allí donde nosotros vemos montañas eternas y aristas inmutables, el universo solo ve imperfecciones temporales a las que, tarde o temprano, acabará pasando la lima.