Un embalse puede parecer lleno y,
sin embargo, no estarlo. Puede alcanzar la cota que figura en los mapas, cubrir
las mismas orillas y ofrecer desde la carretera esa tranquilizadora extensión
de agua azul que tanto gusta fotografiar a los políticos durante las sequías.
Pero bajo la superficie puede esconder varios metros de arena, limo y arcilla.
El agua llega y se marcha; el barro se queda.
Un estudio publicado en agosto
de 2026 en Nature Communications
ha puesto cifras a ese envejecimiento invisible. Abigail C. Eckland y sus
colaboradores analizaron 57 117 embalses de Estados Unidos y calcularon que en
2025 contenían 63,8 kilómetros cúbicos de sedimentos. En términos de masa, unos
61 300 millones de toneladas. Todo ese material ocupa un espacio que antes
estaba disponible para almacenar agua.
La pérdida conjunta representa el
7,7% de la capacidad original estadounidense, pero el promedio disimula una
situación muy desigual. La pérdida mediana de cada embalse alcanza el 20% y 24 407
instalaciones —el 43% de las estudiadas— han perdido más de una cuarta parte de
su capacidad. Los grandes embalses, que concentran buena parte del volumen
nacional, se conservan relativamente mejor y rebajan el promedio. Miles de
pequeñas presas antiguas se encuentran, en cambio, mucho más colmatadas. Para
2050, los autores proyectan que los sedimentos ocuparán 83 kilómetros cúbicos,
equivalentes al 10% de la capacidad inicial.
El estudio se titula emplea un
modelo denominado RATTES. La idea general es sencilla, aunque su desarrollo
matemático no lo sea tanto. Los investigadores reunieron mediciones de
sedimentación de 904 embalses y las utilizaron para averiguar qué variables
explicaban mejor la velocidad con la que se llenaban de materiales. Entre ellas
se encuentran la superficie de la cuenca que aporta sedimentos, el caudal, la
capacidad del embalse, su edad y la eficiencia con la que la presa retiene las
partículas transportadas por el río.
RATTES incorpora, además, algo que
otros modelos suelen pasar por alto: las presas no funcionan aisladamente. Una
presa situada aguas arriba retiene parte de los sedimentos que, de otro modo,
terminarían en el siguiente embalse. La construcción o retirada de una presa
modifica, por tanto, la cantidad de cuenca que continúa aportando materiales a
las instalaciones situadas aguas abajo. El modelo reconstruye esa red y calcula
cómo varían con el tiempo la capacidad y la eficiencia de retención. Tanto el código completo de RATTES
como las estimaciones de
sedimentación y pérdida de capacidad para Estados Unidos han sido
publicados por sus autores.
¿Podría hacerse algo semejante en
España? Una reproducción completa de RATTES exigiría disponer de una red
nacional homogénea de batimetrías, aportaciones, características de las cuencas
y conexiones entre todas las presas. No tenemos todavía esa información con el
grado de detalle estadounidense. Sí contamos, sin embargo, con datos
suficientes para elaborar una primera estimación modelizada inspirada en su
planteamiento: utilizar observaciones españolas para calibrar tasas por
cuencas, distribuirlas después entre las presas según su antigüedad y comparar
el resultado con el obtenido en Estados Unidos.
Para ello he utilizado el Inventario de Presas Españolas de la
Sociedad Española de Presas y Embalses, que recoge 1 226 presas con su
nombre, vertiente hidrográfica, capacidad y año de terminación. Como
comprobación adicional he consultado el Inventario
de Presas y Embalses del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto
Demográfico, que reúne información técnica, geográfica y administrativa
sobre estas infraestructuras.
La suma bruta de las capacidades
del inventario técnico supera los 60 000 hectómetros cúbicos, porque un
inventario de presas no coincide exactamente con un inventario de vasos: puede
haber diques auxiliares, capacidades repetidas e infraestructuras que no forman
parte del sistema utilizado para calcular las reservas nacionales. Por eso he conciliado
esos datos con los 56 039 hectómetros cúbicos de capacidad máxima que emplea
actualmente el Ministerio. Esta cifra procede de la revisión efectuada al
comienzo del año hidrológico 2023-2024, cuando se incorporaron dos nuevos
embalses y se actualizaron las capacidades de otros quince después de realizar
trabajos batimétricos, según explica el informe
de seguimiento de la sequía y la escasez del MITECO.
La fuente fundamental para
calibrar comparativamente el modelo ha sido el trabajo de Rafael Cobo,
investigador del Centro de Estudios Hidrográficos del CEDEX, publicado en 2008
en Ingeniería
del Agua con el título «Los
sedimentos de los embalses españoles». Cobo reunió información de 121
embalses españoles, aunque finalmente utilizó 109 porque en algunos casos las
antiguas mediciones de capacidad eran demasiado imprecisas. Los embalses
estudiados sumaban 17 000 hectómetros cúbicos y sus cuencas ocupaban
aproximadamente el 45% del territorio nacional.
A partir de las batimetrías y de
la diferencia entre la capacidad original y la observada, Cobo calculó tasas de
aterramiento para las principales cuencas. Estimó que en 2003 los embalses
españoles habían perdido 4 335 hectómetros cúbicos, un 8,4% de la capacidad
considerada. Si las tasas se mantenían, en 2025 la pérdida alcanzaría 6 384
hectómetros cúbicos, el 12,4%, y en 2050 llegaría a 8 843, el 17,1%.
Mi modelización parte de esas
tasas por cuenca, pero no se limita a multiplicar toda España por un único
porcentaje. Cada presa recibe una tasa anual correspondiente a su vertiente y
la pérdida se calcula teniendo en cuenta su edad. Las capacidades se ajustan
después para que su suma coincida con los 56 039 hectómetros cúbicos oficiales.
En el norte, Galicia y los archipiélagos, donde la muestra de Cobo no permitía
obtener una tasa suficientemente representativa, hemos utilizado
provisionalmente como referencia el 7,7% calculado por el estudio estadounidense basado
en RATTES.
El resultado central indica que
los embalses españoles podrían contener en 2026 unos 6 738 hectómetros cúbicos
de sedimentos. Representan aproximadamente el 12% de su capacidad nominal.
Dicho de otra manera, aunque oficialmente podamos almacenar 56 039 hectómetros
cúbicos, la capacidad efectiva se situaría alrededor de 49 300. Son casi 6,8
kilómetros cúbicos de barro, arena y grava ocupando el lugar en el que creemos
que cabe agua.
Como toda estimación modelizada,
el resultado debe expresarse con una horquilla. En un escenario bajo, la
pérdida sería de unos 4 717 hectómetros cúbicos, el 8,4% de la capacidad. En el
escenario alto alcanzaría 8 760 hectómetros cúbicos, el 15,6%. Esta horquilla
no constituye un intervalo de confianza estadístico, sino dos escenarios
obtenidos reduciendo o aumentando en un 30% las tasas centrales. La estimación
no pretende sustituir las batimetrías: indica el orden de magnitud más
verosímil con la información disponible y permite señalar dónde convendría
medir primero.
Las diferencias entre cuencas son
considerables. El Guadiana aparece con unos 1 567 hectómetros cúbicos de
sedimentos y una pérdida cercana al 19,5%. El Ebro habría acumulado alrededor
de 1 542 hectómetros cúbicos y perdido el 17,3%. En el conjunto del
Guadalquivir y la vertiente atlántica andaluzael modelo ha estimado unos 1376
hectómetros cúbicos, equivalentes al 12,8%. El Duero se situaría en torno a
673; el Tajo, en 601; el Júcar, en 272; y el Segura, en 136.
El modelo identifica además unas
99 presas cuya pérdida podría superar el 25% de la capacidad original. No
significa que haya medido directamente esa reducción en todas ellas. Significa
que, por su edad y por la tasa calculada para su cuenca, constituyen candidatas
prioritarias para realizar levantamientos batimétricos. Confundir una
predicción con una medición sería tan incorrecto como ignorar la predicción
hasta que las tomas de agua empiecen a atascarse.
La coincidencia con el precedente
del CEDEX resulta tranquilizadora y preocupante al mismo tiempo. Cobo proyectó
una pérdida del 12,4% para 2025. El modelo que he empleado, que redistribuye
las tasas entre más de mil presas y reconcilia las capacidades con el
inventario actual, obtiene un 12%. Dos aproximaciones distintas conducen
prácticamente al mismo lugar. Para 2050, mi proyección alcanza 9 631
hectómetros cúbicos, el 17,2%, casi exactamente el porcentaje previsto por
Cobo.
Hay que recordar, por último, que
los sedimentos no desaparecen: están en el lugar equivocado. Antes de
levantarse las presas, una parte viajaba río abajo, renovaba las riberas,
alimentaba humedales y terminaba en estuarios y deltas. Su retención reduce la
capacidad de los embalses y priva de materiales a las costas. La Confederación Hidrográfica del Ebro
reconoce la alteración del transporte de sedimentos como uno de los grandes
problemas del sistema fluvial, y el delta constituye el ejemplo español más
evidente de una llanura que se hunde y retrocede mientras millones de toneladas
permanecen atrapadas aguas arriba.
Durante las sequías discutimos con extraordinaria precisión si los
embalses se encuentran al 37,2 o al 38,1%. La primera pregunta debería ser
otra: ¿el porcentaje de qué capacidad? Porque es posible que llevemos décadas
calculando con minuciosidad cuánta agua hay en unos recipientes cuyo tamaño
real desconocemos. Bajo el agua, mientras tanto, el barro continúa haciendo su trabajo con una
paciencia admirable.

