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jueves, 13 de agosto de 2026

NO, LOS ANIMALES NO «SE VUELVEN LOCOS» DURANTE UN ECLIPSE

 

Mientras millones de personas mirábamos ayer al cielo protegidos por gafas especiales y pendientes de que la Luna se colocara delante del Sol, a nuestro alrededor estaba ocurriendo otro experimento bastante menos espectacular, pero biológicamente cautivador. Los pájaros, las abejas, los perros, las vacas y los insectos no sabían que había un eclipse. Tampoco tenían ninguna razón para saberlo. Lo único que percibieron fue que, a una hora completamente inadecuada, la luz comenzó a desaparecer y el mundo empezó a comportarse como si estuviera anocheciendo.

Cada vez que ocurre un eclipse reaparecen las mismas historias. Los animales se inquietan, los pájaros dejan de cantar, las vacas regresan al establo y los perros «se vuelven locos». Esto último pertenece más al folclore que a la zoología. Los animales no enloquecen durante los eclipses. Lo que hacen es algo mucho más interesante: intentan interpretar un conjunto de señales ambientales que, durante unos minutos, dejan de concordar entre sí.

Los seres vivos llevan cientos de millones de años evolucionando en un planeta extraordinariamente previsible en una cosa: después del día viene la noche y después de la noche vuelve el día. Esa alternancia ha quedado incorporada a nuestra fisiología en forma de ritmos circadianos. Pero el reloj interno no trabaja solo. Se pone continuamente en hora mediante señales externas, de las cuales la luz es una de las más importantes. Un eclipse introduce de repente una información absurda en el sistema: el reloj interno dice que son las dos de la tarde mientras los ojos anuncian que está llegando la noche.

Las observaciones son antiguas, pero durante mucho tiempo fueron poco más que anécdotas. Uno de los primeros grandes intentos de reunirlas tuvo lugar durante el eclipse total que atravesó Nueva Inglaterra el 31 de agosto de 1932. Una legión de observadores recogió centenares de testimonios sobre aves, mamíferos e insectos. Aquello tenía mucho de ciencia ciudadana antes de que inventáramos el término, aunque también presentaba un problema evidente: si uno pregunta a cientos de personas qué cosa extraordinaria hizo su perro durante un eclipse, probablemente acabará reuniendo una formidable colección de perros haciendo cosas extraordinarias. La ciencia moderna necesitaba comparar lo ocurrido durante el eclipse con el comportamiento normal de los mismos animales.

Un buen ejemplo llegó con el eclipse total del 11 de agosto de 1999. Investigadores turcos observaron durante seis horas gallinas, patos de Pekín, gaviotas, cuervos, gorriones, vacas, caballos y abejas. Cuando llegó la totalidad, entre las 14:37 y las 14:39, las gallinas se agruparon y permanecieron silenciosas e inquietas. Las gaviotas dejaron de volar; cuervos y gorriones se reunieron en los árboles y dejaron de cantar. Vacas y caballos quedaron casi inmóviles, olfatearon el aire y movieron nerviosamente cabezas y colas. En las colmenas apenas se escuchaba un ligero zumbido. Dos minutos después, el Sol regresó y el mundo volvió a resultar comprensible.

Pero uno de los experimentos naturales más interesantes ocurrió durante el gran eclipse norteamericano del 21 de agosto de 2017. Adam Hartstone-Rose y sus colaboradores estudiaron 17 grupos de vertebrados en el Riverbanks Zoo de Columbia, Carolina del Sur. La precaución importante fue observarlos también durante los días anteriores, a las mismas horas, para disponer de un comportamiento de referencia. Cuando llegó el eclipse, alrededor de tres cuartas partes de los grupos estudiados modificaron su conducta.

Algunos hicieron exactamente lo que cabría esperar si alguien hubiera adelantado varias horas el reloj. Elefantes africanos, gorilas y dragones de Komodo se dirigieron hacia lugares relacionados con sus rutinas nocturnas. Los flamencos se agruparon alrededor de los juveniles. Las jirafas mostraron comportamientos poco habituales y algunas comenzaron a correr. Los monos aulladores alteraron sus vocalizaciones. Hubo respuestas compatibles con la llegada de la noche y otras que los investigadores clasificaron como aparente ansiedad o conductas novedosas. No existía, por tanto, un «comportamiento de eclipse» común a todas las especies.

Las tortugas gigantes de Galápagos habían pasado las horas anteriores dedicadas a actividades de lo más normal. Cuando comenzó el eclipse total se hicieron más activas, se agruparon y dos de ellas empezaron a aparearse. Es difícil saber qué conclusión filosófica debemos extraer de aquello, salvo quizá que ante la aparente desaparición del Sol las tortugas gigantes prefieren ocuparse de lo verdaderamente importante.

Aquel mismo eclipse permitió realizar un experimento aún más sofisticado con las abejas. Investigadores y centenares de voluntarios distribuyeron pequeños micrófonos cerca de flores en 16 localidades situadas en la franja del eclipse, desde Oregón hasta Misuri. La idea era registrar el zumbido producido por los insectos en vuelo. Las abejas continuaron trabajando mientras avanzaba la fase parcial. La iluminación disminuía, pero ellas seguían volando. Entonces llegó la oscuridad total y prácticamente se hizo el silencio. Entre todos los puntos de muestreo se detectó un solo zumbido durante esos instantes. Cuando regresó la luz, las abejas reanudaron sus asuntos.

Las aves ofrecen quizá el caso más interesante porque gran parte de su jornada está organizada por la luz. El amanecer no significa simplemente que ya pueden ver. Es una señal que pone en marcha alimentación, desplazamientos, territorialidad y, sobre todo, uno de los acontecimientos acústicos más extraordinarios de la naturaleza: el coro del alba.

El eclipse total norteamericano del 8 de abril de 2024 permitió estudiarlo con una precisión que los naturalistas de 1932 no habrían podido imaginar. Los investigadores combinaron grabaciones acústicas automatizadas con más de 10 000 observaciones realizadas por ciudadanos y analizaron alrededor de 100 000 vocalizaciones. Más de la mitad de las especies estudiadas modificaron sus ritmos de actividad. Pero lo más deslumbrante ocurrió después de la totalidad. Cuando reapareció el Sol, muchas aves comenzaron a comportarse como si estuviera amaneciendo. Una noche de apenas cuatro minutos había sido suficiente para desencadenar algo parecido a un segundo coro del alba.

Eso nos lleva al verdadero interés biológico de los eclipses. Los animales no poseen un interruptor que diga DÍA por un lado y NOCHE por el otro. Su comportamiento resulta de integrar información procedente del reloj circadiano, la intensidad de la luz, la temperatura, el viento, los sonidos de otros animales y muchas otras señales. Durante un eclipse algunas de ellas coinciden y otras se contradicen.

Además, la oscuridad no es el único cambio. Al desaparecer temporalmente buena parte de la radiación solar, el suelo y el aire comienzan a enfriarse. Pueden modificarse las corrientes de convección y el viento. Para un ave planeadora, la disminución de las térmicas puede ser tan importante como la pérdida de luz. Para un insecto, unos pocos grados de diferencia pueden alterar considerablemente la actividad. El eclipse no apaga simplemente una lámpara: durante unos minutos modifica una pequeña porción del sistema físico sobre el que los animales han construido sus rutinas.

También explica por qué las observaciones son a veces contradictorias. Hay animales que reaccionan mucho, otros apenas lo hacen y algunos parecen no enterarse de nada. En el eclipse africano de 2001 se describieron facóqueros, cocodrilos, cebras y leones que continuaron con su vida sin ofrecer el espectáculo que quizá esperaban los observadores.

Eso es precisamente lo que cabría esperar de la evolución. Una abeja cuya actividad depende estrechamente de la iluminación tiene buenas razones para responder rápidamente a la oscuridad. Un animal cuya rutina depende menos de ella puede limitarse a esperar acontecimientos. Tampoco debemos olvidar nuestra tendencia a buscar comportamientos extraordinarios precisamente porque estamos viviendo un acontecimiento extraordinario. Un perro que ladra durante un eclipse resulta misterioso. El mismo perro ladrando el martes anterior es ni más ni menos un perro.

Por eso conviene desterrar la idea de que durante los eclipses los animales «se vuelven locos». No lo hacen. En general siguen reglas perfectamente razonables que la selección natural ha afinado durante millones de años. El problema es que, durante unos minutos, el universo les proporciona información equivocada.

Ayer nosotros sabíamos lo que estaba ocurriendo. Habíamos consultado horarios, mapas y previsiones meteorológicas. Sabíamos cuándo desaparecería el Sol y cuándo regresaría. Los animales no disponían de esa ventaja. Para un pájaro, el día comenzó a convertirse inesperadamente en noche y, poco después, aquella noche imposible terminó en un nuevo amanecer.

Entonces volvió la luz, las abejas regresaron a las flores, los pájaros retomaron sus asuntos y el mundo recuperó sus horarios. Solo nosotros sabíamos que la Luna había tenido algo que ver.

LA EXTRAÑA VIDA DE LA LETRA X

 

Hay letras que parecen destinadas a llevar una existencia laboriosa pero gris. La A tiene muchísimo trabajo, pero poca personalidad. La E aparece por todas partes con la discreción de un funcionario eficiente. La X, en cambio, apenas trabaja y, cuando lo hace, suele ser para anunciar que algo raro está ocurriendo.

Una X puede ser una incógnita, un rayo capaz de atravesar nuestro cuerpo, un cromosoma, un lugar marcado en un mapa del tesoro, una película poco recomendable para niños o un expediente relacionado con extraterrestres. Si alguien bautiza algo como Proyecto X, Laboratorio X o Plan X, nadie espera encontrar detrás una asociación de vecinos dedicada al cultivo de geranios.

¿Cómo ha conseguido una letra relativamente rara convertirse en la representante universal de lo desconocido? La culpa, al menos en parte, es de las matemáticas.

Hoy nos parece perfectamente natural escribir una ecuación como x + 5 = 12. Hasta un niño comprende que x representa algo que todavía no conocemos y que debemos averiguar. Pero durante la mayor parte de la historia de la humanidad las matemáticas no funcionaron así. Los antiguos egipcios resolvían problemas algebraicos sin utilizar letras para las cantidades desconocidas. En el papiro Rhind, escrito hacia el siglo XVI antes de nuestra era, aparece una palabra que podríamos traducir aproximadamente como «montón» para designar aquello cuyo valor había que descubrir.

Los babilonios tampoco necesitaban equis. Utilizaban palabras que significaban longitud, anchura, área o volumen, incluso cuando las cantidades buscadas no tenían nada que ver con la geometría. Durante siglos el álgebra fue esencialmente retórica: los problemas se escribían y resolvían mediante palabras. Una ecuación que hoy despachamos en una línea podía ocupar entonces un párrafo bastante respetable.

Los matemáticos fueron introduciendo abreviaturas y símbolos poco a poco. Diofanto de Alejandría, que vivió probablemente en el siglo III, utilizó una notación abreviada para representar la cantidad desconocida. Los matemáticos indios hicieron algo parecido y los sabios del mundo islámico desarrollaron extraordinariamente el álgebra. De hecho, nuestra propia palabra procede del árabe al-jabr, que aparece en el título de una obra del gran matemático persa Al-Juarismi. De su nombre procede también, después de un considerable viaje lingüístico, nuestra palabra algoritmo.

En torno a la X circula una historia especialmente bonita. Según ella, los matemáticos árabes llamaban shay, «cosa», a la cantidad desconocida. Cuando sus obras comenzaron a traducirse, ciertas dificultades para representar los sonidos árabes habrían acabado conduciendo hasta la letra griega ji (χ), y finalmente hasta nuestra x.

Es una explicación irresistible. También tiene el inconveniente de que probablemente no sea cierta, o al menos de que no existen pruebas históricas suficientes para contarla con la seguridad con que suele repetirse. Las buenas historias tienen esa molesta tendencia a sobrevivir mejor que las pruebas.

Para encontrar a un responsable más fiable debemos esperar hasta René Descartes. En 1637 publicó su Discurso del método, acompañado de varios ensayos, entre ellos La Géométrie. Allí empleó las primeras letras del alfabeto —a, b, c— para las cantidades conocidas y las últimas —x, y, z— para las variables desconocidas.

Descartes no inventó el álgebra ni fue el primero en utilizar letras, pero su influencia fue enorme. La costumbre se extendió y la x acabó instalada en millones de pizarras. Cuatro siglos después continúa allí, esperando pacientemente que alguien averigüe cuánto vale. Una vez convertida en símbolo de lo desconocido, la letra estaba preparada para una segunda carrera.

En 1895, el físico alemán Wilhelm Conrad Röntgen estaba experimentando con tubos de rayos catódicos cuando observó una radiación capaz de atravesar materiales opacos y producir imágenes de los huesos de una mano. No sabía qué era. Como buen físico y, probablemente, como hombre que no deseaba perder la tarde buscando nombres, la llamó radiación X. El nombre provisional resultó definitivo.

Röntgen recibió en 1901 el primer Premio Nobel de Física y los rayos X revolucionaron la medicina. Pero hicieron algo más por nuestra protagonista: reforzaron definitivamente la asociación entre la equis y aquello cuya naturaleza ignoramos. Una X ya no era solamente una cantidad desconocida. También podía ser una cosa desconocida.

Desde entonces la letra ha prosperado en ese territorio. Los genetistas hablan del cromosoma X, aunque en este caso su nombre no nació, como suele creerse, porque tuviera forma de equis. El cromosoma fue denominado X por Hermann Henking a finales del siglo XIX porque se comportaba como un elemento peculiar cuya función todavía no estaba clara. De nuevo aparecía nuestra letra favorita cada vez que alguien encontraba algo que no sabía muy bien qué demonios era.

También marcamos con una X aquello cuya localización queremos señalar. «X marca el lugar» se convirtió en una expresión inseparable de mapas, piratas y tesoros enterrados, aunque probablemente los piratas históricos pasaran bastante menos tiempo dibujando mapas con cruces de lo que Hollywood nos ha hecho creer. La imagen es tan poderosa que basta dibujar una X sobre un mapa para que inmediatamente parezca que debajo debe haber algo.

La letra adquirió además cierta reputación de peligrosa. Durante décadas, una clasificación X indicaba que una película contenía material destinado exclusivamente a adultos. El uso terminó asociando la letra con lo sexualmente explícito, hasta el punto de que XXX se convirtió en una especie de superlativo internacional de lo prohibido. Resulta difícil imaginar que tres aes consecutivas hubieran tenido el mismo éxito.

Después llegaron la cultura popular y la publicidad. Malcolm Little se convirtió en Malcolm X para representar mediante aquella letra el apellido africano que la esclavitud había borrado de su historia familiar. La Generación X recibió un nombre deliberadamente indefinido para una generación que parecía difícil de caracterizar. The X-Files convirtió la letra en sinónimo de expedientes secretos, conspiraciones gubernamentales y extraterrestres con una preocupante afición por visitar Estados Unidos.

Incluso la Navidad tiene su X. La abreviatura inglesa Xmas no nació de ninguna conspiración moderna para expulsar a Cristo de Christmas, como se afirma de vez en cuando. La X procede de la letra griega χ, inicial de Christós, Cristo, y su utilización como abreviatura tiene siglos de antigüedad.

Pocas letras han conseguido semejante currículum. Quizá parte de su éxito se deba incluso a su aspecto. La X es geométricamente rotunda. Son dos líneas que se cruzan, una señal que puede significar «aquí», «no pasar», «incorrecto», «eliminar» o «buscar esto». Se reconoce desde lejos y se dibuja con dos movimientos. Hasta quien no sabe escribir puede hacer una cruz.

Pero seguramente pesa todavía más la herencia de cuatro siglos de matemáticas. Generaciones enteras aprendieron desde niños que x era aquello que desconocíamos y debíamos encontrar. Esa asociación terminó escapando de las ecuaciones y contaminó nuestra imaginación. Por eso tenemos rayos X, expedientes X, proyectos X, planetas X y sustancias X. Cuando ignoramos qué es algo, dónde está, de dónde procede o incluso cómo llamarlo, siempre podemos recurrir a ella.

La pobre A trabaja muchísimo más. Pero nunca le encomiendan secretos. La X, en cambio, lleva cuatrocientos años viviendo de lo que no sabemos.

¿POR QUÉ MÉXICO SE ESCRIBE CON X?

 

Hay países que han tenido que defender sus fronteras, su independencia, sus recursos naturales y hasta su cocina. México, además, ha tenido que defender una letra.

La última batalla de esta guerra ortográfica se produjo hace apenas unos meses y tuvo como protagonista a Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, que viajó a México dispuesta a reivindicar la Conquista, el mestizaje y, muy especialmente, a Hernán Cortés. La visita terminó convertida en una considerable tormenta política. Claudia Sheinbaum respondió a las declaraciones de la dirigente madrileña, Ayuso acusó al Gobierno mexicano de hostilidad y acabó cancelando parte de su agenda. En medio de aquel intercambio apareció una vieja conocida: la jota.

Ayuso escribió Méjico. No cometió, conviene decirlo desde el principio, ninguna falta de ortografía. La Real Academia Española admite Méjico, mejicano y mejicanismo. Pero recomienda las grafías con x, que son las utilizadas en México y mayoritarias en todo el mundo hispánico. La cuestión interesante no consiste, por tanto, en decidir si Méjico está bien o mal escrito. Consiste en preguntarse por qué alguien decide utilizar precisamente esa forma cuando visita un país cuyos 130 millones de habitantes escriben el nombre de su nación con x.

Porque entonces la ortografía empieza a convertirse en política. El asunto tiene además una deliciosa paradoja histórica. En algunos ambientes de la derecha española, la jota se reivindica como una forma genuinamente española frente a una equis asociada al indigenismo, a la corrección política o, recurriendo a una palabra que actualmente sirve para casi todo, a lo woke. El problema es que, si de lo que se trata es de reivindicar a Hernán Cortés y la España de los conquistadores, la letra apropiada es precisamente la X.

Para entenderlo tenemos que regresar al castellano que se hablaba cuando Cortés desembarcó en las costas mexicanas. A comienzos del siglo XVI nuestra lengua sonaba bastante diferente de la actual. Entre otras cosas, poseía un sonido fricativo parecido al sh del inglés show. Aquel sonido se escribía con x.

Por eso nuestros antepasados escribían dixo, traxo o Quixote. Y por eso, cuando los españoles intentaron trasladar al alfabeto latino las palabras que escuchaban a los hablantes de náhuatl, utilizaron la x para representar un sonido que su propio idioma poseía. Escribieron Mexico, inicialmente sin nuestra tilde moderna, porque esa era la solución ortográfica natural para un español del siglo XVI.

La x de México, por tanto, no es una ocurrencia nacionalista posterior a la independencia, ni una corrección indigenista introducida para borrar las huellas españolas. La pusieron allí los propios españoles. Lo que ocurrió después fue que cambió el español.

Durante los siglos XVI y XVII tuvo lugar una profunda reorganización de las consonantes de nuestra lengua. Aquel sonido semejante a sh fue desplazándose hacia la parte posterior de la boca hasta acabar convertido en el sonido velar que hoy representamos normalmente mediante j o mediante g cuando es delante de e e i. La escritura fue adaptándose al cambio. Dixo se convirtió en dijo, traxo en trajo y Quixote en Quijote.

México, sin embargo, conservó su x. La Real Academia Española intentó poner orden en 1815. Si aquellas palabras ya se pronunciaban con el sonido de la jota, razonaron los académicos, parecía lógico escribirlas con jota. La reforma sustituyó muchas antiguas equis y, siguiendo ese criterio, México debía convertirse en Méjico. El calendario histórico no pudo ser más inoportuno. Seis años después, en 1821, México consumaba su independencia de España.

A partir de entonces, una cuestión que en principio era puramente ortográfica comenzó a adquirir otro significado. Para los mexicanos, la x formaba parte del nombre con el que se reconocían a sí mismos. Resultaba difícil explicarles que una institución situada a nueve mil kilómetros de distancia había decidido que estaban escribiendo incorrectamente el nombre de su propio país. México siguió escribiendo México.

Y la x fue adquiriendo algo que ninguna letra posee al nacer: historia. Se convirtió en una pequeña señal de identidad nacional. No porque los mexicanos hubieran inventado esa grafía, sino precisamente porque la habían heredado. Las lenguas están llenas de estos fósiles. Conservamos letras que ya no pronunciamos, pronunciaciones que no coinciden con la escritura y palabras que llevan adheridos siglos de historia sin que pensemos en ello cuando las utilizamos.

El caso mexicano ni siquiera está solo. Ahí están Oaxaca y Xalapa, que conservan igualmente antiguas equis y se pronuncian con el sonido de nuestra jota. Son supervivientes ortográficos de aquel castellano que cruzó el Atlántico hace cinco siglos.

La Academia Española tardó mucho tiempo en aceptar plenamente la realidad. Durante buena parte de los siglos XIX y XX mantuvo su preferencia por la jota. Con el tiempo, y dentro de una concepción cada vez más panhispánica de la lengua, terminó reconociendo lo evidente: los nombres propios también pertenecen a quienes los llevan. Hoy admite las dos grafías, pero recomienda expresamente México, mexicano y mexicanismo.

Por eso resulta tan peculiar que la cuestión haya resucitado ahora ligada precisamente a la reivindicación de Hernán Cortés. Se puede discutir durante años sobre la Conquista de México. Se puede hablar de violencia, alianzas indígenas, epidemias, mestizaje, evangelización, destrucción, intercambio cultural o nacimiento de una nueva sociedad. Es un proceso histórico gigantesco y extraordinariamente complejo que difícilmente cabe en las consignas políticas del siglo XXI. Pero sobre la x podemos estar bastante más seguros:

Cuando Hernán Cortés vivía, se escribía México.

Más aún: aquella x pertenecía al castellano que hablaban y escribían los conquistadores. Si Cortés pudiera regresar y tuviera que elegir entre México y Méjico, la segunda forma probablemente le resultaría bastante más extraña que la primera. Reivindicar la jota como homenaje a la España del siglo XVI tiene algo de viajar al Siglo de Oro vestido con una camiseta del Real Madrid porque uno considera que es indumentaria tradicional castellana.

Naturalmente, nadie debería convertir una variante ortográfica legítima en motivo de escándalo. Un español puede escribir Méjico con la tranquilidad de contar con el respaldo del diccionario. Otra cosa es utilizar deliberadamente esa jota como afirmación política frente a quienes escriben México. En ese momento ya no estamos hablando de ortografía, sino de identidad.

Y las identidades tienen la incómoda costumbre de no dejarse corregir con un diccionario. Quizá esa sea la parte más interesante de toda esta historia. Las palabras cambian, viajan y terminan significando mucho más de lo que significaban cuando nacieron. Una x utilizada por los escribanos españoles para representar un sonido indígena acabó atravesando la Conquista, la evolución fonética del castellano, las reformas de la Academia y la independencia de México hasta convertirse en una minúscula seña nacional.

Cinco siglos después, seguimos discutiendo por ella. Quienes quieran reivindicar a Hernán Cortés pueden hacerlo. Pero si pretenden además escribir como en tiempos de Hernán Cortés, tendrán que resignarse a usar la equis.

LO QUE LA LUNA NOS DEJA VER DEL SOL

 

Mi amigo Luis Monje es fotógrafo científico, que es una manera bastante modesta de decir que sabe hacer con una cámara cosas que los demás apenas sabemos imaginar. Durante el eclipse de ayer consiguió la fotografía que acompaña estas líneas. Es una imagen soberbia, no solo por su belleza, sino porque reúne en un único fotograma varias cosas que normalmente permanecen ocultas bajo el resplandor del Sol. La Luna ocupa casi toda la escena como un enorme disco negro. Alrededor de su borde aparece un finísimo arco rojo, salpicado aquí y allá por pequeñas llamaradas, mientras que en la parte inferior derecha una cuchillada de luz blanca parece abrirse paso entre ambos astros. Es difícil pedirle más a una fotografía.

La imagen tiene además algo paradójico. El Sol es el objeto más visible de nuestra vida cotidiana y, al mismo tiempo, uno de los que peor podemos mirar. Está ahí todos los días, ocupa el centro de nuestro sistema planetario y proporciona prácticamente toda la energía de la que depende la vida, pero intentar observarlo directamente es una pésima idea. Su superficie visible, la fotosfera, emite tanta luz que oculta las regiones mucho más tenues situadas por encima de ella. Sabemos que están ahí, pero normalmente no podemos verlas, del mismo modo que resulta difícil distinguir una luciérnaga situada junto a un reflector de estadio.

Entonces aparece la Luna.

Una de las coincidencias más afortunadas de la astronomía consiste en que el Sol tiene un diámetro unas cuatrocientas veces mayor que el de la Luna, pero también se encuentra aproximadamente cuatrocientas veces más lejos. Como consecuencia, ambos presentan desde la Tierra casi el mismo tamaño aparente. Cuando la geometría es la adecuada, la Luna puede cubrir con extraordinaria precisión el disco solar. Durante unos minutos se convierte así en el mejor “coronógrafo” que la naturaleza podría haber construido: tapa la parte deslumbrante del Sol y permite contemplar lo que normalmente permanece escondido.

Eso es precisamente lo que ha captado Luis. El finísimo arco rojo que rodea buena parte del disco lunar es la cromosfera, una región de la atmósfera solar situada inmediatamente por encima de la fotosfera. Tiene varios miles de kilómetros de espesor, una insignificancia comparada con los casi 1,4 millones de kilómetros de diámetro del Sol, y recibe su nombre precisamente por el color que exhibe durante los eclipses. Chroma significa color en griego.

Su tonalidad rojiza procede en buena medida del hidrógeno. Los átomos de este elemento, excitados por las enormes cantidades de energía presentes en la atmósfera solar, emiten intensamente en una longitud de onda de 656,3 nanómetros, la célebre línea H-alfa, situada en la región roja del espectro visible. Con la fotosfera descubierta jamás apreciaríamos ese delicado resplandor. Basta que la Luna apague durante unos instantes el reflector para que aparezca la luciérnaga.

La cromosfera es, además, un lugar bastante extraño. Uno podría suponer que, a medida que nos alejamos de la superficie del Sol, la temperatura debería disminuir. Al principio así sucede: desde los aproximadamente 5.800 grados kelvin de la fotosfera desciende hasta poco más de 4 000. Pero después cambia de opinión y comienza a aumentar. En las regiones superiores de la cromosfera alcanza decenas de miles de grados y, más arriba, en la corona, supera el millón. Explicar cómo la atmósfera solar llega a estar mucho más caliente que la superficie que tiene debajo fue durante décadas uno de los grandes problemas de la física solar. Hoy sabemos que los campos magnéticos y las ondas que transportan energía desempeñan un papel fundamental, aunque los detalles siguen siendo objeto de investigación.

La fotografía muestra también otra maravilla. En distintos puntos del borde rojo sobresalen pequeñas lenguas de fuego. Una especialmente visible aparece hacia la derecha; otra, mucho menor, se distingue en la parte superior. Son protuberancias solares, gigantescas estructuras de plasma que se elevan sobre la superficie y quedan suspendidas y modeladas por los campos magnéticos del Sol.

Conviene desconfiar aquí de nuestros ojos. En la fotografía parecen pequeñas irregularidades, casi rebabas en el borde de una moneda. En realidad, pueden extenderse durante decenas o incluso cientos de miles de kilómetros. La Tierra tiene 12 742 kilómetros de diámetro, de modo que algunas de aquellas delicadas llamitas rojas podrían albergar varias Tierras sin mayores dificultades. Gracias al Sol podemos convertir nuestras referencias habituales de tamaño en algo ridículo.

El plasma de una prominencia es más frío y denso que el material que la rodea. Cuando lo observamos contra el disco solar mediante determinados filtros aparece oscuro y hablamos entonces de un filamento; cuando la misma estructura sobresale por el borde del Sol y la vemos contra la negrura del espacio, brilla y recibe el nombre de prominencia. No son, por tanto, dos fenómenos distintos, sino dos maneras de contemplar la misma cosa.

Queda por explicar la espectacular llamarada blanca y amarilla de la parte inferior derecha. Ahí estamos viendo algo completamente diferente. La Luna ha dejado de cubrir —o todavía no ha terminado de cubrir— una pequeñísima porción de la fotosfera. Y basta esa rendija para comprender hasta qué punto es brillante la superficie solar. La intensidad es tan superior a la de la cromosfera que la cámara queda saturada y registra una franja blanca rodeada de amarillo y naranja.

En las proximidades del contacto total pueden aparecer además las llamadas perlas de Baily que comenté en un artículo anterior. El borde de la Luna no es perfectamente liso. Está formado por montañas, cráteres y valles. Cuando apenas queda una fracción del Sol por cubrir, su luz atraviesa algunos de esos valles mientras las montañas lunares la bloquean en otros puntos. Desde la Tierra vemos entonces una sucesión de puntos luminosos, como las cuentas de un collar que se extinguen una tras otra. Cuando queda una última región brillante acompañada por la corona aparece el famoso «anillo de diamantes».

La fotografía de Luis parece corresponder precisamente a uno de esos instantes próximos al comienzo o al final de la totalidad. Es un momento fugaz. Unos segundos antes o después, la escena sería completamente distinta. Con el Sol enteramente oculto, la protagonista pasaría a ser la corona, la región más externa de la atmósfera solar, una envoltura extraordinariamente tenue que se prolonga millones de kilómetros hacia el espacio.

La corona es blanca, delicada y fantasmal, y su forma cambia siguiendo el campo magnético solar. Durante los periodos de gran actividad tiende a extenderse en muchas direcciones; cerca del mínimo solar adopta estructuras más alargadas alrededor del ecuador. Es también el lugar del que parte el viento solar, ese flujo continuo de protones, electrones y otras partículas que atraviesa el sistema solar y que, cuando interacciona con el campo magnético terrestre, puede acabar produciendo auroras a cientos de millones de kilómetros de su lugar de origen.

Todo eso está normalmente escondido detrás de algo que vemos todos los días. Me parece que por eso los eclipses impresionan tanto. No consisten simplemente en que un objeto pase delante de otro. Durante unos minutos alteran las reglas de iluminación con las que hemos vivido desde que nacimos. El cielo se oscurece, la temperatura desciende, los pájaros callan, otros animales modifican su comportamiento y aparece ante nuestros ojos una estrella que de pronto ya no se parece al pequeño disco amarillo que dibujábamos de niños.

La fotografía de Luis captura precisamente ese cambio de identidad. En ella aparecen tres mundos superpuestos: delante, la Luna, completamente negra; detrás, la fotosfera, reducida a una rendija cegadora; entre ambas visualmente, aunque perteneciente al Sol, la delicada cromosfera roja con sus monstruosas prominencias. Más allá estaría la corona, demasiado tenue para dominar esta exposición.

Lo extraordinario es que todo ocurre porque un satélite de apenas 3 474 kilómetros de diámetro se ha colocado durante unos minutos en el lugar exacto. La Luna no hace que el Sol cambie. Simplemente tapa aquello que normalmente nos impide verlo.

A veces, para descubrir algo, no hace falta iluminarlo mejor. Basta con apagar la luz.

martes, 11 de agosto de 2026

¿POR QUÉ LAS CASAS DE NUEVA YORK TIENEN ESCALERAS?

 

El tramo de la calle 70 comprendido entre la Quinta Avenida y Park Avenue, en el corazón del Upper East Side, produce en el visitante una sensación peculiar. Nueva York continúa rugiendo a pocas manzanas de distancia, pero allí parece haber recibido instrucciones de comportarse. Los árboles están cuidadosamente alineados, las fachadas mantienen una conversación arquitectónica que dura desde hace más de un siglo y los porteros aparecen y desaparecen con esa discreción profesional propia de quienes han aprendido a no sorprenderse por nadie.

Por allí vive Woody Allen. El detalle tiene cierto interés porque Allan Stewart Konigsberg nació hace noventa años en un Brooklyn que representaba casi exactamente lo contrario. El Brooklyn de su infancia era un hervidero de inmigrantes, tiendas familiares, niños jugando al stickball, radios sonando a través de las ventanas y bloques de ladrillo con escaleras de incendios. Entre aquel Brooklyn y esta calle 70 hay unos pocos kilómetros y casi toda una historia social de Nueva York: del ruido obrero al silencio del dinero, del apartamento familiar a la townhouse, del muchacho judío de Midwood al cineasta que convirtió Manhattan en escenario de sus neurosis.

Cuando uno pasea por esas calles del Upper East Side —o por Greenwich Village, Chelsea, Harlem, Brooklyn Heights o Park Slope— acaba fijándose en una característica curiosa de muchas casas antiguas. La puerta principal no está al nivel de la acera. Para llegar hasta ella hay que subir una escalinata bastante pronunciada, generalmente flanqueada por balaustradas de piedra o barandillas de hierro. Es el famoso stoop, una palabra que los neoyorquinos heredaron del neerlandés stoep, escalón o porche.

No se trata de un capricho ornamental. Esos escalones son fósiles arquitectónicos de una ciudad desaparecida.

La imagen más característica corresponde a las llamadas brownstones, aunque conviene aclarar un pequeño equívoco. Una brownstone no es, en sentido estricto, un tipo de casa, sino una casa revestida con brownstone: una arenisca de color pardo rojizo, relativamente blanda y fácil de tallar. Durante el siglo XIX se convirtió en uno de los materiales predilectos de la burguesía urbana estadounidense. Buena parte de la que llegó a Nueva York procedía de las enormes canteras de Portland, Connecticut, desde donde los bloques podían transportarse por agua hasta la ciudad. Durante algunas décadas aquella piedra fue casi un uniforme de respetabilidad.

Las hileras de casas que hoy consideramos tan pintorescas fueron levantadas sobre todo durante la gran expansión urbana de mediados y finales del siglo XIX. Solían ocupar parcelas estrechas y profundas, lo que obligaba a aprovechar cada metro cuadrado. La solución consistía en construir varios pisos y disponer debajo de la planta principal un semisótano parcialmente enterrado. La cocina, las despensas, el carbón y buena parte de la actividad del servicio podían quedar abajo. La familia y sus invitados accedían por otra puerta situada encima.

Así nació uno de los elementos más reconocibles del paisaje neoyorquino: la escalinata que conducía directamente al parlor floor, la planta noble. La separación tenía ventajas prácticas. Proporcionaba al piso principal ventanas más altas respecto a la acera, mejor iluminación y mayor intimidad. El semisótano ayudaba a aislar las habitaciones principales de la humedad y permitía disponer de dependencias domésticas con ventanas y cierta ventilación. Había además una entrada independiente bajo el stoop, destinada al servicio y las mercancías. La familia entraba por arriba; el carbón y los alimentos lo hacían por abajo. La arquitectura explicaba la jerarquía social sin necesidad de colocar ningún cartel.

Existía otra razón que hoy resulta difícil apreciar cuando contemplamos esas mismas calles asfaltadas y ocupadas por automóviles silenciosos. El Nueva York del siglo XIX olía. Olía muchísimo. Los caballos constituían el sistema circulatorio de la ciudad. Transportaban personas, mercancías, alimentos y basura. Tiraban de carruajes, tranvías y carros de reparto. Allí donde hay decenas de miles de caballos ocurre algo que los cuadros románticos de la época suelen omitir: los caballos producen estiércol. Mucho estiércol. También orinan, levantan polvo y necesitan establos que generan todavía más residuos.

Añadamos lluvia. Una calle sin pavimentar o mal pavimentada, recorrida durante todo el día por caballos y ruedas de hierro, podía transformarse en una mezcla de barro, estiércol, orina, basura y agua estancada. Los carruajes salpicaban las fachadas; los cascos golpeaban el pavimento; las ruedas chirriaban; vendedores, cocheros y repartidores gritaban. Antes de los motores de combustión, Nueva York ya padecía tráfico y contaminación. Solo que la contaminación era biodegradable.

Las autoridades conocían el problema. En el último tercio del siglo XIX las ordenanzas sanitarias regulaban la acumulación y retirada del estiércol de los establos. La ciudad tardó décadas en organizar un servicio eficaz de limpieza viaria y todavía a mediados del XIX las condiciones sanitarias de muchas calles eran deplorables.

Ahora imaginemos que vivimos allí en 1870. No existe aire acondicionado. En verano necesitamos abrir las ventanas. Tampoco tenemos cristales dobles ni aislamiento acústico. Delante de nuestra casa pasan durante todo el día caballos y carruajes. Las ruedas atraviesan charcos de una composición que preferimos no analizar. En esas circunstancias, colocar el salón tres metros por encima de la calle empieza a parecer menos una extravagancia victoriana que una excelente idea.

La altura no eliminaba los olores ni el ruido, pero proporcionaba distancia. También protegía las habitaciones principales de salpicaduras, polvo y miradas. Las grandes ventanas del parlor floor podían abrirse sin convertir el salón en una prolongación inmediata de la acera. La escalinata funcionaba como una pequeña frontera vertical entre la intimidad doméstica y una ciudad extraordinariamente activa y no siempre demasiado limpia.

Conviene no atribuirlo todo al estiércol. Las casas elevadas existían antes de que el tráfico ecuestre neoyorquino alcanzara sus mayores dimensiones y el modelo respondía también a una tradición arquitectónica. El semisótano elevado permitía aprovechar mejor las parcelas, iluminar las dependencias inferiores, separar servicio y representación y proteger la vivienda de la humedad. El stoop era a la vez una solución constructiva, doméstica y social. La suciedad de la calle hizo que todas esas ventajas resultaran todavía más valiosas.

Hacia finales del siglo XIX empezó a ponerse de moda otro modelo, la llamada American Basement house, en la que la entrada principal descendía al nivel de la calle y el salón ocupaba por encima todo el ancho de la fachada. Algunas casas antiguas perdieron entonces sus stoops y recibieron nuevas entradas a ras de suelo. La modernidad empezaba a desmontar el mundo que los había hecho necesarios.

Los caballos fueron desapareciendo. Llegaron el automóvil, el alcantarillado moderno, la pavimentación generalizada, mejores sistemas de recogida de basura y nuevas formas de construir. Muchas cocinas abandonaron los sótanos, desapareció buena parte del servicio doméstico y numerosas escalinatas fueron demolidas. Otras sobrevivieron y terminaron protegidas porque, cuando una solución práctica deja de ser necesaria y consigue durar lo suficiente, adquiere una nueva categoría: patrimonio histórico.

Por eso resulta tan interesante pasear hoy por una calle de brownstones. Estamos contemplando algo más que fachadas bonitas. El semisótano recuerda dónde trabajaba el servicio; la puerta inferior señala por dónde entraban las provisiones; el gran salón elevado revela dónde se recibía a las visitas; las ventanas altas hablan de una época sin aire acondicionado y los escalones conservan la distancia que una familia respetable deseaba mantener entre su alfombra y el barro de Manhattan.

Volvamos entonces a la calle 70. El Manhattan que rodea hoy la casa de Woody Allen parece construido precisamente para que nada moleste. Los coches pasan amortiguados, las aceras están limpias y Central Park comienza unos metros más allá. Tras las fachadas restauradas hay climatización, aislamiento acústico y ventanas que pueden permanecer cerradas durante todo agosto.

Sin embargo, las escalinatas siguen allí. Ya no protegen a nadie de los cascos de los caballos ni de las ruedas que lanzan barro contra las fachadas. Tampoco necesitan separar al propietario del carbonero que entra por el semisótano. Han sobrevivido a aquello para lo que fueron construidas y ahora cumplen otra función: contar la historia.

Nueva York posee monumentos que todo el mundo fotografía: el Empire State, el puente de Brooklyn, la Estatua de la Libertad. Tiene también otros mucho más modestos que se pisan sin prestarles atención. A veces basta subir ocho escalones de una vieja casa de piedra rojiza para descubrir bajo los pies una ciudad entera que ya no existe.

Una ciudad que hacía mucho más ruido y, sobre todo, olía bastante peor.

¿QUÉ QUIERE UNA ORCA CUANDO TE OFRECE UN PESCADO?

 

Imagine que está en una pequeña embarcación, en algún lugar frío del océano. El mar está tranquilo, las montañas se pierden entre nubes bajas y, de pronto, aparece junto al barco una orca. Esto ya sería suficiente para mejorar una mañana que hasta entonces solo había ofrecido agua, frío y quizá un café mediocre. El animal se aproxima y entonces descubre que lleva algo en la boca. Es un pez. La orca lo suelta junto a la embarcación y se queda allí. No se marcha ni se come el pez. Flota cerca y espera.

Uno puede imaginar la incomodidad del momento. Cuando alguien nos ofrece un canapé sabemos aproximadamente qué se espera de nosotros. Con una orca de cinco toneladas que acaba de depositar un salmón a nuestros pies, las normas de urbanidad son menos claras. ¿Hay que cogerlo? ¿Devolverlo? ¿Dar las gracias? La situación resulta aún más desconcertante si, al no aceptar el presente, la orca recoge el pez y vuelve a dejarlo delante de nosotros. Entonces surge una sospecha: quizá no seamos nosotros quienes estamos observando a la orca. Quizá sea ella la que está observándonos.

Durante años aparecieron relatos de encuentros parecidos en lugares muy alejados. Una orca se aproximaba a una embarcación y dejaba una presa; otra hacía algo semejante ante un buceador; alguna llegó a depositar comida junto a una persona situada en la orilla. Jared Towers, Ingrid Visser y Vanessa Prigollini decidieron reunir los casos que podían documentarse y examinarlos con criterios científicos. El resultado fue un estudio publicado en 2026 con un título espléndido: Testing the waters: Attempts by wild killer whales (Orcinus orca) to provision people (Homo sapiens). “Testing the Waters” significa «probar las aguas», pero también «tantear el terreno», averiguar qué ocurre antes de decidir qué hacer.

Los investigadores reunieron treinta y cuatro episodios registrados durante unas dos décadas, correspondientes a seis poblaciones de orcas distribuidas por cuatro océanos. Para admitir un caso no bastaba con que a una orca se le hubiera caído un pescado cerca de alguien. El animal debía aproximarse por iniciativa propia y colocar ante la persona una presa u otro objeto. Veintiún encuentros ocurrieron con personas que estaban en embarcaciones, once con personas dentro del agua y dos con personas situadas en tierra. Participaron machos y hembras, jóvenes y adultos, de modo que no podía atribuirse todo a alguna extravagancia juvenil.

El menú fue considerable. Las orcas presentaron organismos pertenecientes a dieciocho especies: peces, mamíferos, aves, invertebrados, un reptil e incluso un alga. Algunas eran presas enteras que podían comerse. No parecía, por tanto, que los animales se limitaran a tirar las sobras de la cena.

Lo más interesante sucedía después. Las orcas no dejaban el objeto y desaparecían, sino que solían permanecer cerca atendiendo a la reacción humana. Cuando la persona no aceptaba la presa, algunas la recuperaban y, en ciertos casos, volvían a presentarla. Esa secuencia —acercarse, soltar, esperar, observar y a veces repetir— convierte una curiosidad zoológica en un problema de comportamiento animal. Una cosa es que a una orca se le caiga un salmón. Otra muy distinta es que lo deje delante de usted y permanezca allí pendiente de lo que hace con él.

Conviene contener el entusiasmo porque nuestra especie posee una facilidad extraordinaria para atribuir intenciones humanas a los animales. Decimos que un perro siente culpa, que un gato nos trae un ratón como regalo o que un cuervo se venga de quien lo ha molestado. Algunas de esas interpretaciones pueden contener parte de verdad; otras reflejan nuestra irresistible costumbre de encontrar pequeños seres humanos escondidos dentro de los demás animales.

Por eso los autores hablan con prudencia de intentos de provisioning, “aprovisionamiento”, y no sostienen que las orcas hayan decidido alimentar a la humanidad. Sin embargo, la hipótesis no surge de la nada. Las orcas comparten alimento entre ellas, son cazadoras cooperativas y viven en sociedades complejas. Una presa no siempre pertenece en exclusiva al individuo que la captura: puede repartirse y formar parte de una relación social.

Además, hemos descubierto que no existe una única manera de ser orca. Diferentes poblaciones comen presas distintas y utilizan técnicas de caza diferentes. Algunas persiguen salmones; otras cazan mamíferos marinos. Hay orcas que provocan olas coordinadas para hacer caer focas de las placas de hielo y otras que se aproximan a las playas hasta quedar casi varadas para capturar lobos marinos. Los jóvenes observan, practican y aprenden de los adultos. Si aceptamos una definición biológica de cultura como información y comportamiento transmitidos socialmente, podemos hablar sin demasiado escándalo de culturas de orcas.

Incluso tienen modas. En 1987 algunas orcas residentes del Pacífico comenzaron a llevar salmones muertos sobre la cabeza. La ocurrencia se extendió a otros individuos y después desapareció. Décadas más tarde volvió a observarse. Resulta difícil encontrarle una ventaja adaptativa, a menos que los salmones posean alguna propiedad como sombreros que nosotros desconocemos. Como ocurre entre los humanos, no toda cultura necesita producir una catedral o mejorar la captura de focas.

Compartir una presa con nosotros resulta así menos extravagante. Una orca acostumbrada a repartir alimento podría extender ocasionalmente esa conducta hacia otro ser con el que interactúa. Aunque existe una explicación todavía más sugerente: puede que el pescado no sea un regalo, sino un experimento.

Las orcas son animales curiosos y nosotros constituimos una considerable rareza en su mundo. Aparecemos sobre embarcaciones, producimos sonidos, arrojamos objetos al agua y a veces nos sumergimos vestidos con equipos incomprensibles. Para un animal acostumbrado a reconocer individuos y prestar atención al comportamiento ajeno, los humanos debemos de ser difíciles de ignorar.

Desde esa perspectiva, dejar un pescado junto a una persona y esperar adquiere otro significado. No sería «he traído esto para que comas», sino algo parecido a «veamos qué haces con esto». El objeto serviría para provocar una reacción. Si el humano no responde, la orca lo recupera; si responde, obtiene información. La repetición observada en algunos encuentros resulta especialmente sugerente porque indica que la reacción del destinatario tenía importancia.

Esto conduce hacia un terreno delicado. Los psicólogos comparados llaman “teoría de la mente” a la capacidad de atribuir a otros individuos conocimientos, deseos o intenciones diferentes de los propios. Demostrarla en animales es extraordinariamente difícil. Sabemos que las orcas cooperan, coordinan movimientos, reconocen individuos, aprenden unas de otras y adaptan su conducta a la de sus compañeros. Todo ello exige una gran capacidad para anticipar el comportamiento ajeno, aunque no demuestre que posean una teoría de la mente semejante a la nuestra.

Tampoco podemos descartar el juego. Los cetáceos juegan con objetos, algas, animales y entre ellos. Una presa puede ser alimento, juguete y objeto social. Nuestra necesidad de clasificar cada conducta como caza, juego, regalo o investigación quizá diga más sobre nosotros que sobre las orcas. Podemos ofrecer una aceituna a un amigo para que pruebe un sabor desconocido y estar al mismo tiempo compartiendo comida, divirtiéndonos y observando su reacción. No hay razón para exigir que una orca tenga una sola motivación.

Los treinta y cuatro episodios deben interpretarse además con prudencia. Son pocos, ocurrieron durante muchos años y proceden de encuentros oportunistas, no de un experimento diseñado de antemano. Existe también un sesgo inevitable: las personas recuerdan, fotografían y cuentan el día en que una orca les ofrece un pez; nadie escribe un informe sobre las miles de ocasiones en que una orca pasa junto a una embarcación y no ofrece absolutamente nada. El estudio demuestra que la conducta existe, pero no sabemos con qué frecuencia ocurre ni qué proporción de orcas la practica.

Aun así, estos encuentros tienen el mérito de invertir una perspectiva a la que estamos demasiado acostumbrados. Seguimos ballenas, fotografiamos aves, ponemos cámaras a los lobos y diseñamos pruebas para averiguar cuánto comprende un chimpancé. Somos, en nuestra imaginación, el naturalista situado fuera del escenario mientras las demás especies representan la obra.

Una orca que se aproxima con un pez introduce una pequeña grieta en esa cómoda distribución de papeles. Deja la presa, se aparta y espera. Nosotros miramos a la orca tratando de averiguar qué pretende. La orca nos mira esperando averiguar qué vamos a hacer. Durante unos segundos hay dos grandes mamíferos sociales, inteligentes y curiosos separados por la superficie del océano, y cada uno parece estar estudiando al otro.

Por eso, es posible que la pregunta más interesante de aquellos encuentros no sea por qué las orcas quisieron darnos de comer. Es posible que ni siquiera quisieran hacerlo. La pregunta verdaderamente perturbadora es otra: después de siglos dedicados a averiguar hasta qué punto los animales nos comprenden, puede que alguna orca haya decidido realizar el experimento contrario.

Y nosotros, sin saberlo, éramos el animal de laboratorio.

lunes, 10 de agosto de 2026

LA GALLINA HEREDÓ EL ESTÓMAGO DE LOS DINOSAURIOS

 

Hay comportamientos animales que resultan perfectamente razonables hasta que uno se detiene a pensar en ellos. Una gallina que escarba el suelo pertenece a esa categoría. Picotea aquí y allá, encuentra una semilla, captura algún insecto y, de vez en cuando, recoge cuidadosamente una piedrecilla y se la traga. Una piedra no contiene proteínas ni vitaminas y aporta una cantidad de calorías que puede redondearse cómodamente a cero. Sin embargo, la gallina sabe lo que hace.

La explicación comienza con una carencia anatómica evidente: las gallinas no tienen dientes. Tampoco los tienen ninguna de las aproximadamente once mil especies de aves actuales. Esto plantea un problema porque los dientes son instrumentos extraordinariamente útiles para reducir los alimentos antes de enviarlos al aparato digestivo. Una gallina, en cambio, se traga un grano de trigo prácticamente como lo encuentra.

Para compensarlo posee una maquinaria digestiva formidable. El alimento puede almacenarse temporalmente en el buche y pasa después al proventrículo, el estómago glandular, donde comienza el tratamiento químico mediante ácido y enzimas. Pero la verdadera trituración ocurre a continuación, en la molleja, una cámara provista de paredes musculares extraordinariamente potentes.

Las piedrecillas ingeridas voluntariamente, los gastrolitos, permanecen durante algún tiempo dentro de ella. Al contraerse la molleja, chocan unas contra otras y contra el alimento, rompiendo semillas y triturando fibras vegetales. Los músculos proporcionan la fuerza y las piedras hacen de muelas. En cierto sentido, una gallina lleva los dientes en el estómago.

El continuo roce desgasta los gastrolitos. Sus aristas desaparecen y se hacen cada vez más lisos y redondeados hasta que terminan avanzando por el aparato digestivo y deben ser sustituidos por otros. Los criadores proporcionan por eso grit a las aves que no pueden conseguir grava por sí mismas.

Hasta aquí, todo parece una curiosa solución de las aves al inconveniente de carecer de dientes. Pero la historia se vuelve mucho más interesante cuando formulamos una pregunta: ¿qué apareció antes, la pérdida de los dientes o el molino estomacal?

Porque las aves son dinosaurios. Más exactamente, constituyen el único linaje superviviente de los dinosaurios terópodos, el grupo al que pertenecieron animales como Velociraptor o Tyrannosaurus. Y cuando los paleontólogos comenzaron a excavar esqueletos de dinosaurios encontraron algo familiar: acumulaciones de piedras precisamente donde había estado el abdomen.

Durante décadas se interpretaron como indicio de herbivoría. Si las aves comedoras de plantas utilizan piedras para triturar vegetales, parecía lógico pensar que un dinosaurio con gastrolitos hacía lo mismo. Encontrarlos equivalía casi a descubrir los restos fosilizados de una ensalada.

Había un inconveniente. Los cocodrilos y algunas aves carnívoras también tragan piedras. Y se han encontrado gastrolitos en dinosaurios inequívocamente depredadores como Tarbosaurus, un enorme tiranosáurido asiático que difícilmente necesitaba un molino para preparar una ensalada de helechos.

La solución al enigma fue maravillosamente sencilla. Si una piedra pasa semanas dentro de una máquina que la golpea continuamente contra otras piedras, debería acabar mostrando las consecuencias. Quizá lo importante no fuera encontrar gastrolitos, sino observar su forma.

Un equipo internacional de investigadores estudió 104 individuos de 46 especies actuales de aves y cocodrilos y comparó la forma de sus gastrolitos con la musculatura del estómago. El resultado, publicado en Paleobiology en 2026, fue muy claro: cuanto más musculoso era el estómago, más redondeadas eran las piedras. Una molleja potente no solo tritura semillas; también pule las herramientas con las que trabaja.

Esto permite convertir una humilde piedra en una especie de registro de actividad digestiva. Un gastrolito redondeado no demuestra directamente que el animal fuera herbívoro; demuestra que estuvo dentro de un estómago que ejercía una intensa acción abrasiva.

Los investigadores aplicaron después el método a 29 especímenes fósiles de 16 especies de dinosaurios y encontraron algo inesperado. Herbívoros indiscutibles como Psittacosaurus y Haya, y saurópodos como Diplodocus, tenían gastrolitos predominantemente angulosos. Sus estómagos no eran grandes molinos. Los ornitisquios solucionaban el problema con aparatos masticadores eficaces. Los saurópodos, con escasa capacidad de masticación, probablemente confiaban en enormes aparatos digestivos donde los microorganismos fermentaban lentamente el material vegetal. Cuando uno pesa varias decenas de toneladas puede permitirse llevar consigo una planta de fermentación.

Los terópodos contaban otra historia. En Caudipteryx, Jeholornis, Archaeorhynchus o Limusaurus aparecieron gastrolitos redondeados. Allí sí había trabajado un estómago musculoso. Limusaurus resulta particularmente interesante. Los jóvenes poseían dientes, pero los adultos los perdían. Al desaparecer la maquinaria trituradora de la boca, aumentaba la importancia del procesamiento digestivo. La evolución había encontrado dos lugares donde instalar un molino: podía mantenerlo en la cabeza, mediante dientes y músculos mandibulares, o trasladarlo al abdomen.

Gastrolitos en un espécimen  de Caudipteryx zoui, hallado en Beipiao, Liaoning (China). Crédito: Tiouraren (Y.-C. Tsai) / Wikimedia Commons

La reconstrucción evolutiva sitúa un estómago musculoso al menos en la base de los Maniraptoriformes, un linaje de terópodos que acabaría incluyendo a las aves. La innovación existía ya hace unos 150 millones de años y pudo facilitar que varios grupos redujeran o perdieran sus dientes. Si el alimento podía triturarse después de ser tragado, la boca quedaba parcialmente liberada de esa tarea.

Las consecuencias quizá fueron más profundas. Reducir dientes, mandíbulas y musculatura masticadora podía disminuir el peso y las exigencias estructurales del cráneo. Los investigadores sugieren que esa reorganización pudo contribuir a facilitar la expansión relativa del cerebro y los órganos sensoriales durante la evolución aviana, aunque la hipótesis todavía no está demostrada. Las aves, desde luego, no perdieron los dientes simplemente porque hubieran inventado la molleja: la evolución rara vez ofrece explicaciones tan cómodas.

Lo fascinante es que las piedras hayan conservado la huella de aquel proceso. Un gastrolito que pasó meses chocando con sus compañeros dentro de una poderosa molleja acabó redondeándose. Enterrado junto al esqueleto, fosilizó algo más que una piedra: conservó indirectamente el funcionamiento del estómago de un dinosaurio.

Y eso nos devuelve a la gallina. La vemos picotear tranquilamente en un corral y tragarse de vez en cuando una piedrecilla. Nada parece especialmente grandioso. Sin embargo, dentro de su abdomen funciona una máquina cuya historia comenzó cuando los dinosaurios dominaban el planeta. La molleja se contrae, las piedras chocan, los granos se rompen y los gastrolitos pierden lentamente sus aristas. La gallina no tuvo que inventar una solución para vivir sin dientes. La heredó de los dinosaurios.

Quizá por eso convenga mirar con algo más de respeto a la próxima gallina que encontremos comiéndose una piedra. Si permanece suficiente tiempo en su molleja, saldrá más redonda de lo que entró. A veces la evolución deja esqueletos gigantescos. Otras veces escribe su historia puliendo una piedra.