Mientras millones de personas
mirábamos ayer al cielo protegidos por gafas especiales y pendientes de que la
Luna se colocara delante del Sol, a nuestro alrededor estaba ocurriendo otro
experimento bastante menos espectacular, pero biológicamente cautivador. Los
pájaros, las abejas, los perros, las vacas y los insectos no sabían que había
un eclipse. Tampoco tenían ninguna razón para saberlo. Lo único que percibieron
fue que, a una hora completamente inadecuada, la luz comenzó a desaparecer y el
mundo empezó a comportarse como si estuviera anocheciendo.
Cada vez que ocurre un eclipse
reaparecen las mismas historias. Los animales se inquietan, los pájaros dejan
de cantar, las vacas regresan al establo y los perros «se vuelven locos». Esto
último pertenece más al folclore que a la zoología. Los animales no enloquecen
durante los eclipses. Lo que hacen es algo mucho más interesante: intentan
interpretar un conjunto de señales ambientales que, durante unos minutos, dejan
de concordar entre sí.
Los seres vivos llevan cientos de
millones de años evolucionando en un planeta extraordinariamente previsible en
una cosa: después del día viene la noche y después de la noche vuelve el día.
Esa alternancia ha quedado incorporada a nuestra fisiología en forma de ritmos
circadianos. Pero el reloj interno no trabaja solo. Se pone continuamente en
hora mediante señales externas, de las cuales la luz es una de las más
importantes. Un eclipse introduce de repente una información absurda en el
sistema: el reloj interno dice que son las dos de la tarde mientras los ojos
anuncian que está llegando la noche.
Las observaciones son antiguas,
pero durante mucho tiempo fueron poco más que anécdotas. Uno de los primeros
grandes intentos de reunirlas tuvo lugar durante el eclipse total que atravesó Nueva
Inglaterra el 31 de agosto de 1932. Una legión de observadores recogió
centenares de testimonios sobre aves, mamíferos e insectos. Aquello tenía mucho
de ciencia ciudadana antes de que inventáramos el término, aunque también
presentaba un problema evidente: si uno pregunta a cientos de personas qué cosa
extraordinaria hizo su perro durante un eclipse, probablemente acabará
reuniendo una formidable colección de perros haciendo cosas extraordinarias. La
ciencia moderna necesitaba comparar lo ocurrido durante el eclipse con el
comportamiento normal de los mismos animales.
Un buen ejemplo llegó con el
eclipse total del 11 de agosto de 1999. Investigadores
turcos observaron durante seis horas gallinas, patos de Pekín, gaviotas,
cuervos, gorriones, vacas, caballos y abejas. Cuando llegó la totalidad, entre
las 14:37 y las 14:39, las gallinas se agruparon y permanecieron silenciosas e
inquietas. Las gaviotas dejaron de volar; cuervos y gorriones se reunieron en
los árboles y dejaron de cantar. Vacas y caballos quedaron casi inmóviles,
olfatearon el aire y movieron nerviosamente cabezas y colas. En las colmenas
apenas se escuchaba un ligero zumbido. Dos minutos después, el Sol regresó y el
mundo volvió a resultar comprensible.
Pero uno de los experimentos
naturales más interesantes ocurrió durante el gran eclipse norteamericano del
21 de agosto de 2017. Adam
Hartstone-Rose y sus colaboradores estudiaron 17 grupos de vertebrados en
el Riverbanks Zoo de Columbia, Carolina del Sur. La precaución importante fue
observarlos también durante los días anteriores, a las mismas horas, para
disponer de un comportamiento de referencia. Cuando llegó el eclipse, alrededor
de tres cuartas partes de los grupos estudiados modificaron su conducta.
Algunos hicieron exactamente lo
que cabría esperar si alguien hubiera adelantado varias horas el reloj.
Elefantes africanos, gorilas y dragones de Komodo se dirigieron hacia lugares
relacionados con sus rutinas nocturnas. Los flamencos se agruparon alrededor de
los juveniles. Las jirafas mostraron comportamientos poco habituales y algunas
comenzaron a correr. Los monos aulladores alteraron sus vocalizaciones. Hubo
respuestas compatibles con la llegada de la noche y otras que los
investigadores clasificaron como aparente ansiedad o conductas novedosas. No
existía, por tanto, un «comportamiento de eclipse» común a todas las especies.
Las tortugas gigantes de
Galápagos habían pasado las horas anteriores dedicadas a actividades de lo más
normal. Cuando comenzó el eclipse total se hicieron más activas, se agruparon y
dos de ellas empezaron a aparearse. Es difícil saber qué conclusión filosófica
debemos extraer de aquello, salvo quizá que ante la aparente desaparición del
Sol las tortugas gigantes prefieren ocuparse de lo verdaderamente importante.
Aquel mismo eclipse permitió
realizar un
experimento aún más sofisticado con las abejas. Investigadores y centenares
de voluntarios distribuyeron pequeños micrófonos cerca de flores en 16
localidades situadas en la franja del eclipse, desde Oregón hasta Misuri. La
idea era registrar el zumbido producido por los insectos en vuelo. Las abejas
continuaron trabajando mientras avanzaba la fase parcial. La iluminación
disminuía, pero ellas seguían volando. Entonces llegó la oscuridad total y
prácticamente se hizo el silencio. Entre todos los puntos de muestreo se
detectó un solo zumbido durante esos instantes. Cuando regresó la luz, las
abejas reanudaron sus asuntos.
Las aves ofrecen quizá el caso
más interesante porque gran parte de su jornada está organizada por la luz. El
amanecer no significa simplemente que ya pueden ver. Es una señal que pone en
marcha alimentación, desplazamientos, territorialidad y, sobre todo, uno de los
acontecimientos acústicos más extraordinarios de la naturaleza: el coro del
alba.
El eclipse total
norteamericano del 8 de abril de 2024 permitió estudiarlo con una precisión
que los naturalistas de 1932 no habrían podido imaginar. Los investigadores
combinaron grabaciones acústicas automatizadas con más de 10 000 observaciones
realizadas por ciudadanos y analizaron alrededor de 100 000 vocalizaciones. Más
de la mitad de las especies estudiadas modificaron sus ritmos de actividad.
Pero lo más deslumbrante ocurrió después de la totalidad. Cuando reapareció el
Sol, muchas aves comenzaron a comportarse como si estuviera amaneciendo. Una
noche de apenas cuatro minutos había sido suficiente para desencadenar algo
parecido a un segundo coro del alba.
Eso nos lleva al verdadero
interés biológico de los eclipses. Los animales no poseen un interruptor que
diga DÍA por un lado y NOCHE por el otro. Su comportamiento resulta de integrar
información procedente del reloj circadiano, la intensidad de la luz, la
temperatura, el viento, los sonidos de otros animales y muchas otras señales.
Durante un eclipse algunas de ellas coinciden y otras se contradicen.
Además, la oscuridad no es el
único cambio. Al desaparecer temporalmente buena parte de la radiación solar,
el suelo y el aire comienzan a enfriarse. Pueden modificarse las corrientes de
convección y el viento. Para un ave planeadora, la disminución de las térmicas
puede ser tan importante como la pérdida de luz. Para un insecto, unos pocos
grados de diferencia pueden alterar considerablemente la actividad. El eclipse
no apaga simplemente una lámpara: durante unos minutos modifica una pequeña
porción del sistema físico sobre el que los animales han construido sus
rutinas.
También explica por qué las
observaciones son a veces contradictorias. Hay animales que reaccionan mucho,
otros apenas lo hacen y algunos parecen no enterarse de nada. En el eclipse
africano de 2001 se describieron facóqueros, cocodrilos, cebras y leones que
continuaron con su vida sin ofrecer el espectáculo que quizá esperaban los
observadores.
Eso es precisamente lo que cabría
esperar de la evolución. Una abeja cuya actividad depende estrechamente de la
iluminación tiene buenas razones para responder rápidamente a la oscuridad. Un
animal cuya rutina depende menos de ella puede limitarse a esperar
acontecimientos. Tampoco debemos olvidar nuestra tendencia a buscar
comportamientos extraordinarios precisamente porque estamos viviendo un
acontecimiento extraordinario. Un perro que ladra durante un eclipse resulta
misterioso. El mismo perro ladrando el martes anterior es ni más ni menos un
perro.
Por eso conviene desterrar la
idea de que durante los eclipses los animales «se vuelven locos». No lo hacen.
En general siguen reglas perfectamente razonables que la selección natural ha
afinado durante millones de años. El problema es que, durante unos minutos, el
universo les proporciona información equivocada.
Ayer nosotros sabíamos lo que
estaba ocurriendo. Habíamos consultado horarios, mapas y previsiones
meteorológicas. Sabíamos cuándo desaparecería el Sol y cuándo regresaría. Los
animales no disponían de esa ventaja. Para un pájaro, el día comenzó a convertirse
inesperadamente en noche y, poco después, aquella noche imposible terminó en un
nuevo amanecer.
Entonces volvió la luz, las
abejas regresaron a las flores, los pájaros retomaron sus asuntos y el mundo
recuperó sus horarios. Solo nosotros sabíamos que la Luna había tenido algo que
ver.