Salimos de St Helens sabiendo que
nos espera una de las jornadas más largas del viaje: unos 320 kilómetros hasta
Port Arthur, en el extremo de la península de Tasman. Sobre el mapa puede
parecer simplemente un traslado hacia el sur, pero en realidad es un recorrido
entre dos Tasmanias. Durante buena parte del día iremos bordeando una costa, la
oriental de Tasmania, salpicada de playas casi desiertas, bosques y enormes
espacios abiertos; al final nos espera uno de los lugares más sombríos de la
historia australiana. Pasaremos de la naturaleza casi intacta a una de las
grandes creaciones del sistema penitenciario británico.
La primera parada es Marion Bay,
una larga playa abierta al océano junto a una reserva natural. Desde la
plataforma del mirador se contempla una de esas costas tasmanas que producen
una extraña sensación de vacío: kilómetros de arena, dunas, vegetación baja y
un océano que parece no terminar nunca. Resulta difícil imaginar, viendo
semejante paisaje, que nos estamos acercando a una región cuyo nombre provocó
durante décadas auténtico terror entre los convictos de Van Diemen’s Land.
La carretera continúa hacia el
sur hasta alcanzar la península de Tasman, donde la geología empieza a
encargarse del espectáculo. Desde el Tasman National Park Lookout aparecen los
grandes acantilados de dolerita que caracterizan esta costa, paredes casi
verticales contra las que golpea el Pacífico. Poco después hacemos una parada
de naturaleza muy distinta en Tasmanian Devil Unzoo. Los demonios de Tasmania
son animales nocturnos y bastante poco colaboradores con los fotógrafos, de
modo que un centro dedicado a su conservación ofrece muchas más posibilidades
de contemplarlos de cerca que cualquier paseo por el bosque. Después de haber
hablado tantas veces de ellos antes del viaje, verlos aquí tiene algo de
presentación oficial.
Seguimos hasta Tasman Arch, donde
el océano lleva miles de años dedicándose a la demolición de la costa. Las olas
explotan fracturas de la roca, agrandan cuevas, perforan paredes y terminan
creando arcos, simas y columnas aisladas. El paisaje recuerda por momentos a
algunos sectores del Algarve portugués, aunque aquí todo parece más abrupto y
bastante menos domesticado. Tasman Arch es lo que queda del techo de una enorme
cueva marina; cerca aparecen otras formas igualmente espectaculares, como
Devil's Kitchen, que muestran distintas fases del mismo proceso erosivo.
Todavía nos queda Fortescue Bay,
una ensenada protegida dentro del Tasman National Park. Después de los
acantilados y arcos de roca, sorprende encontrar una playa de arena clara y
aguas turquesas rodeada de bosque. Es uno de esos lugares donde Tasmania parece
empeñada en demostrar que puede combinar en pocos kilómetros una costa casi
subantártica con colores que uno asociaría al Mediterráneo. Pero a estas
alturas del día el paisaje empieza a adquirir otro significado, porque nos
encontramos ya dentro de la península que los británicos convirtieron en una
gigantesca prisión natural.
Para entender Port Arthur hay que
mirar primero el mapa. La península de Tasman está unida al resto de Tasmania
por Eaglehawk Neck, una lengua de tierra extraordinariamente estrecha. El mar
cierra ambos lados y los acantilados dificultan cualquier intento de rodearla.
Los administradores penitenciarios británicos comprendieron enseguida las
ventajas del lugar: para impedir la fuga de los presos no necesitaban construir
una muralla alrededor de decenas de kilómetros de territorio. La geografía ya
había hecho casi todo el trabajo.
Ellos añadieron lo que faltaba. En
Eaglehawk Neck instalaron guardias y una línea de perros encadenados colocados
a intervalos de modo que cualquiera que intentara atravesar el istmo fuera
detectado. Incluso se situaron perros sobre plataformas mar adentro para
ampliar la vigilancia. Con el tiempo se difundió también la historia de que las
aguas estaban infestadas de tiburones. Probablemente la amenaza resultaba más
útil que los propios escualos: para un preso recién llegado de Inglaterra
bastaba con creerla.
Cuando finalmente llegamos a Port
Arthur, el primer desconcierto es que el lugar es hermoso. Extraordinariamente
hermoso. Una bahía tranquila penetra entre colinas cubiertas de vegetación;
grandes árboles rodean jardines y edificios de piedra, y el agua parece más
apropiada para una residencia de descanso que para uno de los establecimientos
penitenciarios más temidos del Imperio británico. Si se desconociera su
historia, sería fácil imaginar que aquellas ruinas pertenecieron a una finca
aristocrática. Pocos lugares demuestran mejor que el paisaje carece de memoria
moral.
Port Arthur comenzó en 1830 como
una explotación maderera en la que trabajaban convictos, pero pronto adquirió
una función mucho más siniestra. Aquí fueron enviados sobre todo hombres que
habían vuelto a delinquir después de haber sido deportados a Australia. Eran
presos que ya estaban presos, condenados que habían cometido un nuevo delito en
la colonia. Gran Bretaña los había enviado al otro extremo del mundo y, una vez
allí, todavía había encontrado un lugar más remoto al que enviarlos.
Durante las décadas siguientes
Port Arthur se convirtió en una pequeña ciudad organizada alrededor del castigo
y del trabajo. Llegó a albergar presos, soldados, funcionarios, médicos,
capellanes y familias; hubo talleres, hospital, iglesia, astilleros y edificios
administrativos. Los convictos talaban árboles, fabricaban zapatos, trabajaban
la madera, construían barcos y levantaban buena parte de los edificios que
ahora contemplamos convertidos en ruinas.
El más reconocible es la enorme
Penitentiary, frente a cuya fachada vacía cuesta imaginar el aspecto original.
Curiosamente, el edificio no fue construido para encerrar presos, sino como
molino de harina y granero. Una parte de su maquinaria se accionaba mediante
una gran rueda de pasos —una treadwheel— movida por convictos que
caminaban durante horas. El molino resultó poco eficaz y el edificio acabó
transformado en penitenciaría, con dormitorios y celdas para centenares de
hombres. Lo que nació para moler trigo terminó moliendo vidas.
Pero quizá la parte más
inquietante de Port Arthur no tenga que ver con cadenas, azotes ni trabajos
agotadores. A mediados del siglo XIX las teorías penitenciarias estaban
cambiando. Algunos reformadores comenzaron a sostener que el castigo físico era
primitivo y que existía un método más civilizado para corregir al delincuente:
actuar sobre su mente.
Así nació aquí la Separate
Prison. El sistema se basaba en el aislamiento. Los presos permanecían
solos en sus celdas, trabajaban solos y tenían prohibido hablar entre ellos.
Cuando salían podían llevar capuchas para impedir que reconocieran a otros
reclusos. Incluso la capilla fue diseñada con compartimentos individuales desde
los cuales cada preso podía ver al predicador sin ver a sus compañeros. No se
pretendía simplemente impedir conversaciones; se buscaba que el individuo
quedara a solas con su conciencia, reflexionara sobre sus pecados y terminara
reformándose.
La idea se presentaba como
humanitaria porque sustituía buena parte del castigo corporal por disciplina
psicológica. Tenía un pequeño inconveniente: el cerebro humano soporta bastante
mal el aislamiento prolongado. Algunos presos desarrollaron graves trastornos
mentales. La reforma penitenciaria había realizado un descubrimiento que el
siglo XX confirmaría muchas veces: no hace falta golpear a una persona para
destrozarla.
Mientras recorremos los edificios
resulta fácil olvidar que Port Arthur no fue únicamente una colección de
celdas. Era una sociedad en miniatura, con jerarquías que acompañaban a sus
habitantes incluso después de muertos. Frente a la costa se encuentra una
pequeña isla cubierta de árboles cuyo nombre no necesita demasiadas
explicaciones: Isle of the Dead, la Isla de los Muertos.
Allí fueron enterradas más de mil
personas relacionadas con el establecimiento. También en el cementerio
funcionaba la estructura social de la colonia. Funcionarios, militares y otras
personas libres podían recibir lápidas que identificaban sus tumbas; muchos
convictos fueron enterrados en sepulturas sin marcar. La burocracia
penitenciaria británica, que había clasificado a aquellos hombres desde que
embarcaron en Inglaterra, continuaba clasificándolos bajo tierra.
Port Arthur cerró finalmente en
1877. Tasmania llevaba ya más de veinte años sin llamarse Van Diemen’s Land y
trataba de dejar atrás su reputación penitenciaria. El propio asentamiento fue
rebautizado como Carnarvon, como si cambiarle el nombre pudiera cambiar también
lo ocurrido allí. No funcionó. A finales del siglo XIX comenzaron a llegar
visitantes precisamente porque querían conocer la antigua prisión. El lugar que
Tasmania había querido olvidar terminó convertido en uno de sus principales
monumentos históricos.
Al caer la tarde llegamos a
nuestro alojamiento, el Port Arthur Motor Inn, prácticamente junto al conjunto
histórico. Después de 320 kilómetros, playas salvajes, demonios, acantilados,
arcos marinos y cárceles, no parece el momento adecuado para buscar sutilezas
gastronómicas. La Seafood Platter para dos reúne gambas, pescado fresco,
vieiras, calamares, salmón ahumado de Tasmania y ostras, acompañados de patatas
y ensalada de col. Con un Sauvignon Blanc tasmano, constituye una forma
bastante eficaz de resumir también la parte comestible de la isla.
Desde allí Port Arthur queda casi
enfrente. Las ruinas que durante el día reciben visitantes van quedando en
silencio mientras oscurece sobre la bahía. Es difícil entonces no pensar en los
hombres que estuvieron encerrados allí hace casi dos siglos, muchos por delitos
que hoy apenas merecerían una breve condena. Habían cruzado medio planeta para
cumplir su pena en Van Diemen’s Land y, después de volver a delinquir, habían
descubierto que incluso en el fin del mundo existía un lugar todavía más
apartado.
Lo más extraño es que ese lugar,
contemplado ahora desde la otra orilla con una copa de vino tasmano delante,
sigue siendo de una belleza extraordinaria.
Quizá esa sea la última crueldad
de Port Arthur.