| Ejemplares de Pyrus calleryana "Chanticleer" recién plantados en los nuevos alcorques de la remodelada plaza de las Siete Esquinas |
Hay decisiones urbanísticas que
uno acepta con resignación —la desaparición de una panadería decente, por
ejemplo— y otras que, sin previo aviso, le obligan a replantearse su relación
con el aire que respira. En el centro de Alcalá, el Ayuntamiento ha optado por
lo segundo. En un loable intento de embellecer la ciudad, ha plantado unos
árboles encantadores, de esos que en los catálogos de jardinería aparecen
fotografiados con luz dorada y familias felices paseando debajo. Se trata de un
peral ornamental conocido en ambientes científicos como Pyrus calleryana,
un nombre que suena a compositor barroco pero que, en la práctica, tiene
bastante más que ver con el desconcierto ciudadano que con la música.
El árbol, hay que reconocerlo, es
una preciosidad. En primavera estalla en una nube de flores blancas que parecen
recién lavadas y planchadas por un ángel particularmente meticuloso. Es
pequeño, ordenado, resistente y, en teoría, perfecto para la vida urbana. Llegó
a Europa en el siglo XIX, cortesía de Joseph-Marie Callery, un jesuita francés
con nombre de personaje secundario en novela decimonónica, que fue el primero
que en el siglo XIX envió ejemplares a Europa desde Asia, y desde entonces ha
hecho carrera como árbol decorativo ejemplar. Incluso tuvo un pasado respetable
como patrón para injertar perales comestibles. Todo en su currículum es
impecable… salvo un pequeño detalle que, por alguna razón, no suele incluirse
en los folletos publicitarios de los viveros.
Huele.
Y no de esa manera vaga y poética
con la que solemos hablar de los jardines en primavera. No es el tipo de olor
que uno describiría como “floral” o “embriagador” sin exponerse a una
intervención familiar. Es, más bien, un olor que divide a la población en dos
grandes grupos: los que creen que huele a semen y los que están convencidos de
que huele a pescado podrido. Hay también un tercer grupo, reducido pero feliz,
formado por quienes —como yo— perdieron parte del olfato tras la COVID y ahora
observan el debate con la misma serenidad con la que se contempla una discusión
sobre vinos caros: con respeto, pero desde una cómoda ignorancia.
La cuestión no es baladí. Pasear
por el casco histórico se ha convertido en una especie de experimento
sociológico. Los vecinos se acercan, bajan la voz como si fueran a revelar un
secreto de Estado y preguntan: “¿Usted también lo nota?”. A partir de ahí, la
conversación deriva inevitablemente hacia descripciones que uno no esperaba
escuchar a plena luz del día y, desde luego, no junto a un árbol que parece
salido de un anuncio de colonia.
Lo fascinante es que todo esto
tiene una explicación perfectamente razonable, lo cual demuestra, una vez más,
que la naturaleza es mucho menos delicada de lo que solemos imaginar. El peral
de Callery no huele así por capricho ni por una maldad botánica innata. Lo hace
porque necesita atraer polinizadores, y no todos los insectos son tan refinados
como las abejas. Algunos, como ciertas moscas y escarabajos, sienten una
profunda afinidad por los aromas que nosotros asociamos con la descomposición,
el vómito o, en efecto, el semen. Para ellos, ese perfume es una invitación
irresistible, algo así como un cartel luminoso que dice “buffet libre”.
El secreto está en las aminas
volátiles, unas moléculas que, explicadas de forma sencilla, son parientes
cercanas del amoníaco. Estas sustancias aparecen en contextos que rara vez
inspiran poesía: materia en descomposición, fluidos corporales y, en general,
cualquier cosa que uno preferiría no analizar demasiado. El árbol las produce
con la misma naturalidad con la que nosotros producimos sudor, y el resultado
es ese aroma inconfundible que ha dado lugar a todo tipo de apodos, algunos de
ellos francamente difíciles de repetir en público sin un mínimo de rubor.
Pero la historia no termina ahí,
porque el olfato humano es un instrumento extraordinariamente caprichoso. No
olemos sustancias puras, sino cócteles complejos de compuestos que nuestro
cerebro interpreta con una mezcla de biología y experiencia personal. Es decir,
no solo olemos: recordamos, asociamos, juzgamos. Para algunos, ese aroma
evocará algo concreto y desagradable; para otros, algo distinto, pero
igualmente poco apetecible. Y luego están los que, por alguna razón cultural o
incluso sentimental, pueden encontrarle un matiz casi tolerable, del mismo modo
que hay quien disfruta del olor de ciertos quesos que, objetivamente, parecen
haber pasado por una experiencia traumática.
La culpa, en gran medida, la
tienen las rutas que sigue la información olfativa en nuestro cerebro. A
diferencia de otros sentidos, el olfato tiene una línea directa con regiones
implicadas en la memoria y las emociones, como el hipocampo y la amígdala. Por
eso un simple olor puede transportarnos a la infancia o provocarnos un rechazo
instantáneo. Es un sistema primitivo, eficaz y, en ocasiones, cruelmente
sincero. Si algo huele a peligro —o a comida en mal estado— nuestro cerebro no
se detiene a debatirlo: simplemente activa la alarma.
Y aquí es donde la historia del
peral ornamental se cruza con una pregunta incómoda: ¿deberíamos seguir
plantándolo? Desde un punto de vista estrictamente botánico, el árbol tiene más
sombras que luces. No solo es una especie invasora en muchos lugares, capaz de
escapar del cultivo y colonizar cunetas y campos con entusiasmo poco
civilizado, sino que además aporta este inesperado componente olfativo que,
siendo honestos, no mejora precisamente la experiencia urbana.
La planificación del arbolado en
una ciudad es un asunto mucho más complejo de lo que parece. No se trata solo
de elegir algo bonito y resistente, sino de encontrar un equilibrio entre
funcionalidad, ecología y convivencia humana. Los árboles deben dar sombra,
amortiguar el viento, contribuir a la biodiversidad y, a ser posible, no
provocar debates incómodos entre desconocidos en plena calle. También hay que
tener en cuenta el espacio disponible, las infraestructuras subterráneas y ese
concepto fascinante llamado microclima, que puede convertir una esquina soleada
en una trampa de sombra perpetua.
Luego están los detalles más
sutiles, esos que no siempre aparecen en los informes técnicos pero que acaban
teniendo una importancia decisiva. Las alergias, por ejemplo, han ganado
protagonismo en los últimos años, y con razón. También se consideran factores
como la presencia de espinas o la caída de frutos, que pueden convertir un
paseo tranquilo en una experiencia ligeramente peligrosa. Y, aunque parezca
increíble, el olor no siempre figura entre los criterios principales, pese a
que algunas ciudades han demostrado que puede ser un elemento decisivo.
Valencia y muchas localidades andaluzas, por ejemplo, han apostado por naranjos
que perfuman las calles de una forma mucho más conciliadora.
Por supuesto, el peral de Callery
no es el peor de los casos. Existe toda una categoría de árboles urbanos que
parecen diseñados para poner a prueba nuestra paciencia. El ailanto, sin ir más
lejos, no solo desprende un olor discutible, sino que además puede causar
irritaciones cutáneas y tiene la inquietante capacidad de dificultar el
crecimiento de otras plantas a su alrededor, como si fuera un vecino
particularmente hostil.
En comparación, nuestro peral
protagonista es casi entrañable. Un poco incómodo, sí, pero con buenas
intenciones. Como ese invitado que llega a una cena con entusiasmo desbordante
y un perfume imposible, y al que nadie se atreve a decir nada porque, en el
fondo, cae bien.
Quizá esa sea la lección final de
esta historia: que la naturaleza, incluso cuando se cuela en la ciudad con las
mejores credenciales, no siempre encaja en nuestras expectativas de orden y
armonía. A veces trae consigo recordatorios bastante explícitos de su lado más
pragmático, ese en el que la supervivencia importa más que la estética y donde
el perfume ideal no es el que agrada a los humanos, sino el que atrae a una
mosca con criterio discutible.
Mientras tanto, en Alcalá, la primavera ha llegado con
toda su belleza… y con un ligero matiz que invitará a algunos a caminar un poco más
deprisa.