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viernes, 13 de febrero de 2026

POR QUÉ RESPIRAMOS Y NO SALIMOS ARDIENDO

 

Los principales gases de la atmósfera terrestre son nitrógeno (78%), oxígeno (21%), argón (0,9%) y dióxido de carbono (0,04%). De todos ellos, el oxígeno es un oxidante (como su propio nombre indica), lo que significa que permite que otras cosas ardan. De los otros tres, ninguno arde. Afortunadamente, ninguno de ellos es inflamable. Si el aire fuera rico en un gas realmente inflamable —como el hidrógeno o el metano— la historia del planeta sería bastante más espectacular (y probablemente muy corta).

Y si ningunos es inflamable, ¿por qué hay incendios? Porque el aire contiene oxígeno, y eso es justo lo necesario para que un combustible (madera, gasolina, gas natural) pueda reaccionar rápidamente y liberar energía en forma de llama. Sin oxígeno, no hay fuego. Pero con solo oxígeno, tampoco. Y ahora vamos a lo que vamos.

El principal componente de cualquier ser humano, el que ocupa el 61% del espacio disponible, es el oxígeno. Parecer un tanto contrario a la intuición que estemos compuestos casi en dos terceras partes de un gas inodoro. La razón de que no seamos livianos e hinchables como un globo es que el oxígeno está en su mayor parte combinado con hidrógeno (que representa otro 10 % de nosotros) para formar agua; y el agua, como sabrá cualquiera que alguna vez haya intentado mover una piscina infantil o simplemente caminar con la ropa empapada, resulta muy pesada.

¿De dónde sale todo oxígeno que llena nuestro cuerpo? De la respiración. En la respiración, las cifras resultan asombrosas, de hecho, fantásticas. En silencio y con ritmo, despiertos o dormidos, como el que no quiere la cosa, todos los días inspiramos y espiramos unas 20 000 veces, procesando constantemente alrededor de 12 500 litros de aire, dependiendo de nuestra complexión y nuestro nivel de actividad. Esto equivale a unos 7,3 millones de respiraciones anuales, o 550 millones más o menos en el transcurso de toda una vida, y cada vez que respiramos exhalamos unos 25 000 trillones de moléculas de oxígeno.

En términos porcentuales, resulta que cada bocanada de aire que entra en nuestros pulmones contiene aproximadamente un 21% de oxígeno, el mismo elemento que convierte una tea en una antorcha, una chispa en un incendio forestal y una barbacoa mal vigilada en un episodio traumático del verano. Y, sin embargo, aquí estamos: caminando, leyendo, bostezando y pagando impuestos sin salir ardiendo espontáneamente. Lo cual, pensándolo bien, es un alivio.

La pregunta es evidente: si el oxígeno es el gran cómplice del fuego, ¿por qué no salimos ardiendo al respirar? ¿Qué impide que cada inspiración sea una especie de ruleta rusa térmica? Para responder hay que desmontar una confusión muy común: el oxígeno no es el pirómano de la historia. Es más bien el amigo que sostiene la puerta abierta.

El fuego, como los malos planes, necesita tres cosas para prosperar. Los bomberos lo llaman el triángulo del fuego: oxígeno, combustible y calor. Falta uno solo de esos elementos y el incendio se viene abajo como un castillo de naipes mojados. El oxígeno, por tanto, no basta. Es imprescindible, sí, pero inútil sin compañía. Y aquí empieza nuestra salvación.

Empecemos por el combustible. Uno podría pensar que el cuerpo humano, lleno de grasas, proteínas y otros materiales orgánicos de nombre inquietantemente inflamable, es un candidato ideal para la combustión. Pero no lo es. Principalmente porque —como he apuntado más arriba— somos, en esencia, bolsas ambulantes de agua. Entre un 60 y un 70% de nuestro cuerpo es agua, una sustancia famosa por muchas cosas —apagar fuegos, arruinar meriendas campestres, rebajar la leche, aguar el güisqui— pero no por arder. El agua actúa como un formidable inhibidor: absorbe calor, enfría tejidos y hace que cualquier intento de combustión sea tan frustrante como tratar de encender una fogata con sopa.

Luego está el detalle crucial del calor. Para que algo arda necesita alcanzar su temperatura de ignición, es decir, el punto en el que sus moléculas empiezan a reaccionar violentamente con el oxígeno. La madera necesita varios cientos de grados. La gasolina, menos, pero aun así muchos más de los 36,5 °C que marca un termómetro humano en un buen día. El aire que respiramos entra a temperatura ambiente y sale ligeramente calentado, pero jamás se acerca remotamente a los niveles necesarios para iniciar un incendio. Si nuestro interior alcanzara esas temperaturas, el problema no sería arder, sino sobrevivir siquiera unos segundos.

Hasta aquí, bien. Pero aún queda el punto más interesante y el que realmente marca la diferencia entre una persona viva y una antorcha con opiniones políticas: la respiración no es combustión. Aunque se parezcan en los libros de química, en la práctica son procesos muy distintos.

Cuando el oxígeno llega a nuestras células no se dedica a reaccionar de forma descontrolada, como hace en un incendio. En lugar de eso, participa en una exquisita coreografía bioquímica llamada respiración celular. Todo ocurre dentro de estructuras diminutas llamadas mitocondrias, que son, por decirlo de algún modo, centrales eléctricas microscópicas con un estricto código de seguridad. Allí, el oxígeno ayuda a extraer energía de los alimentos paso a paso, reacción a reacción, con la paciencia de un contable suizo.

Las mitocondrias son orgánulos que se encuentran en todas las células eucariotas en las que cumplen una función muy importante: mediante la respiración, transforman la energía en formas utilizables para impulsar reacciones celulares. Esto dicho en otras palabras, es que forman ATP (la “gasolina celular”) a partir de otras moléculas como son los ácidos grasos y los azúcares o hidratos de carbono.

La clave está en la lentitud. En un fuego, la energía se libera de golpe: calor, luz, caos. En el cuerpo humano, la energía se libera a cuentagotas, en cantidades tan pequeñas que pueden ser aprovechadas para mover un músculo, transmitir un impulso nervioso o mantener caliente el café interno que llamamos metabolismo. Si esa misma energía se liberase de una sola vez, como en una llama, nos cocinaríamos desde dentro antes de tener tiempo de decir “esto no parece saludable”.

Una buena analogía es comparar la combustión con quemar una casa para calentarse, y la respiración celular con encender cuidadosamente una estufa y regularla con un termostato. Ambas usan la misma fuente de energía, pero una es claramente preferible si se desea conservar el inmueble y la vida.

También ayuda recordar que el oxígeno que respiramos no es especialmente agresivo. La atmósfera terrestre lleva unos 2 400 millones de años con niveles de oxígeno relativamente altos, y si este gas tuviera tendencia a provocar incendios espontáneos, el planeta habría sido durante eones una especie de barbacoa cósmica. El hecho de que los bosques necesiten un rayo, una cerilla o un descuido humano para arder debería tranquilizarnos bastante.

Curiosamente, cuando el oxígeno sí se vuelve peligroso es cuando hay demasiado. En ambientes enriquecidos con oxígeno —quirófanos, laboratorios, estaciones espaciales— materiales normalmente inofensivos pueden arder con entusiasmo suicida. En esas condiciones, una chispa minúscula puede provocar un desastre. Pero incluso entonces, el cuerpo humano no se incendia por respirar: el problema es el entorno, no los pulmones.

Así que podemos respirar tranquilos salvo, claro está, si no nos llega una notificación de Hacienda. Cada inspiración no es un acto de valentía inconsciente, sino una colaboración cuidadosamente regulada entre química y biología. El oxígeno entra, hace su trabajo con disciplina y se va discretamente convertido en agua y dióxido de carbono, sin montar un espectáculo pirotécnico.

En resumen: no ardemos porque no somos una maldita hoguera. Nos falta el calor, nos sobra el agua y, sobre todo, tenemos un sistema exquisitamente diseñado para domar al oxígeno y obligarlo a comportarse. El verdadero milagro no es que no nos incendiemos, sino que este proceso funcione millones de veces al día, en silencio, sin que tengamos que pensar en ello.

Lo inquietante no es respirar oxígeno. Lo inquietante sería no hacerlo.

miércoles, 11 de febrero de 2026

VÓRTICE POLAR Y TREN DE BORRASCAS: POR QUÉ EL ÁRTICO ESTÁ INFLUYENDO EN LAS LLUVIAS EN ESPAÑA

 

En meteorología hay pocas expresiones tan sugerentes como “tren de borrascas”. Evoca puntualidad ferroviaria, orden, casi disciplina atmosférica. Pero lo que estamos viendo este invierno no tiene nada de apacible: una sucesión de sistemas profundos cruzando la Península, dejando lluvias persistentes, ríos crecidos y paraguas en fatiga crónica. Y, en medio del parte del tiempo, aparece un invitado aparentemente lejano: el vórtice polar. La pregunta es inevitable. ¿De verdad lo que ocurre sobre el Polo Norte puede estar influyendo en que en España no deje de llover?

España vive una de esas temporadas en que las borrascas no vienen solas, sino en cadena. No es un episodio aislado. Es un patrón. Las bajas presiones atlánticas encuentran una autopista abierta hacia la Península y la recorren una tras otra. Para entender por qué, hay que levantar la vista muy por encima de las nubes.

El vórtice polar ártico no es una tormenta gigantesca, ni un ciclón permanente. Es una vasta banda de vientos del oeste que se forma cada invierno en la estratosfera, entre 16 y 48 kilómetros de altura, sobre el Polo Norte. Allí arriba, encierra el aire más frío del hemisferio. Cuanto más rápido gira, más aislado queda ese aire helado. Cuando el vórtice es fuerte y compacto, el frío permanece confinado en el Ártico. El sistema es estable.

Figura 1. Imagen de los cambios experimentados por el vórtice polar de enero tomada por un satélite de la NASA. Observa en la barra de abajo que las temperaturas más frías (por debajo de 0 ºC) corresponden a los colores que van del blanco al azul intenso. Las más cálidas aparecen de colores ocres.

Conviene no confundirlo con la corriente en chorro. El jet stream circula mucho más abajo, en la troposfera, entre 8 y 14 kilómetros sobre la superficie. Es la gran autopista de vientos rápidos que separa el aire polar del aire templado. Y es la que guía las borrascas. El vórtice vive arriba. El chorro, más abajo. Pero están conectados.

Si el vórtice está fuerte, el chorro tiende a ser más recto y rápido. Circula de oeste a este con menos ondulaciones. Las borrascas siguen trayectorias más septentrionales. España puede quedar al margen. En cambio, cuando el vórtice se debilita, la historia cambia.

Ese debilitamiento no ocurre por capricho. Grandes ondulaciones atmosféricas, llamadas ondas planetarias, pueden ascender desde la troposfera hasta la estratosfera y perturbar el vórtice. Si el empujón es intenso, el sistema se deforma, se desplaza o incluso se divide. En los casos más llamativos se produce un calentamiento súbito estratosférico: en pocos días, la temperatura en la estratosfera polar aumenta de forma abrupta. El vórtice pierde fuerza. Empieza a tambalearse.

Los efectos no se notan de inmediato en superficie. Pueden tardar días o semanas. Pero cuando la perturbación desciende hacia capas más bajas, la corriente en chorro suele volverse más sinuosa. Aparecen grandes meandros, profundas vaguadas y dorsales persistentes. Bajo esas vaguadas, el aire frío se desplaza hacia latitudes medias. Y las borrascas encuentran nuevas rutas.

Figura 2. Cuando el vórtice polar ártico es especialmente intenso y estable (globo de la izquierda), impulsa la corriente en chorro polar, en la troposfera, a desplazarse hacia el norte. El aire polar más frío permanece en el Ártico. Cuando el vórtice se debilita, se desplaza o se divide (globo de la derecha), la corriente en chorro polar suele ondularse considerablemente formando meandros, que permiten que el aire cálido inunde el Ártico y que el aire polar descienda hacia las latitudes medias. Gráfico de NOAA Climate.gov, adaptado del original de NOAA.gov.

Eso es lo que ha sucedido este invierno. Tras un episodio de calentamiento súbito estratosférico en enero, el vórtice se debilitó y se desplazó. El chorro adoptó un trazado más ondulado. En ese nuevo dibujo atmosférico, la península ibérica quedó en la senda de las bajas presiones atlánticas.

No es que el vórtice “mande” una borrasca concreta hacia España. No funciona como un mando a distancia. Lo que hace es modificar la configuración general de la circulación atmosférica. Cambia el tablero. Y en ese tablero inclinado, las borrascas tienden a descender de latitud.

Cuando una vaguada del chorro se instala cerca de la península, el flujo húmedo del Atlántico tiene vía libre. Las bajas presiones se suceden. La inestabilidad se prolonga. Así nace el llamado tren de borrascas: no como un fenómeno aislado, sino como la consecuencia de un patrón atmosférico favorable a su repetición.

La relación entre el vórtice polar y las lluvias en España es, por tanto, indirecta pero poderosa. Vórtice fuerte, chorro más recto, borrascas al norte. Vórtice alterado, chorro ondulado, borrascas más al sur. Lo que ocurre a treinta kilómetros de altura puede terminar influyendo en algo tan cotidiano como decidir si hoy toca paraguas.

La siguiente pregunta es inevitable: ¿estos episodios serán más frecuentes en el futuro?

Aquí la respuesta exige prudencia. Sabemos que el Ártico se está calentando más rápido que la media global, un fenómeno conocido como amplificación ártica. Al reducirse el contraste térmico entre el ecuador y el polo, algunos investigadores sostienen que la corriente en chorro podría debilitarse y ondularse con mayor facilidad. Un chorro más ondulado favorecería bloqueos persistentes y episodios extremos en latitudes medias.

Sin embargo, los modelos climáticos no muestran una señal inequívoca. Algunos estudios apuntan a que los calentamientos súbitos estratosféricos podrían volverse algo más frecuentes. Otros no encuentran cambios significativos. La estratosfera es compleja. Y la variabilidad natural —oscilaciones como la Oscilación del Atlántico Norte o fenómenos como El Niño y La Niña— sigue desempeñando un papel importante.

Donde sí hay mayor consenso es en otro aspecto: en un clima más cálido, los impactos pueden intensificarse. Un aire más templado contiene más vapor de agua. Un océano más cálido aporta más energía a las borrascas. Aunque no aumente la frecuencia de las perturbaciones del vórtice, las lluvias asociadas a determinados patrones podrían ser más abundantes o persistentes.

El debate científico no enfrenta creencias, sino mecanismos. ¿Está la amplificación ártica alterando de forma sistemática la dinámica del chorro? ¿O seguimos observando sobre todo la variabilidad natural de un sistema caótico? La respuesta definitiva aún no está cerrada.

Mientras tanto, el resultado es tangible. El vórtice se debilita. El chorro se ondula. Las borrascas descienden de latitud. Y España se moja. El Polo Norte puede parecer remoto, pero cuando su equilibrio atmosférico se altera, el eco llega hasta nuestras calles, convertido en lluvia constante y cielos grises.

La atmósfera no es un dominó que cae en línea recta. Es una red de conexiones invisibles. Y a veces basta un pequeño desequilibrio en el Ártico para que, semanas después, tengamos que volver a buscar el paraguas.

EL AZÚCAR, UN VILLANO TAN DAÑINO COMO EL TABACO

 

Hubo un tiempo en que el azúcar era un lujo casi exótico. En la España de la posguerra, las cartillas de racionamiento mantenían a raya los dulces y un caramelo podía tener el valor simbólico de un anillo de compromiso. Cuando en 1952 desaparecieron las restricciones, el país se lanzó a la repostería con el entusiasmo de quien ha pasado años mirando escaparates. El consumo se duplicó en poco tiempo.

Décadas más tarde, la ciencia empezó a mirar atrás. Aquellos niños —los que crecieron soñando con pasteles y los que nacimos poco después, ya entre montañas de chuches— se convirtieron sin saberlo en participantes de un experimento nutricional a escala continental. Un estudio publicado en Nature analizó a los británicos que, por pura circunstancia histórica, habían pasado sus primeros mil días de vida —desde el embarazo hasta los dos años— bajo estrictas restricciones de azúcar tras la Segunda Guerra Mundial. Resultado: un 14% menos de insuficiencia cardiaca en la edad adulta. No es una cifra pequeña. Es la diferencia entre una vida con marcapasos y otra con paseos tranquilos.

Antes, Science ya había revelado que esos mismos niños presentaban, décadas después, un 35% menos de diabetes tipo 2 y un 20% menos de hipertensión. El British Medical Journal añadió datos cardiovasculares: menos infartos, menos ictus. Otros equipos han observado beneficios en hígado graso y enfermedades respiratorias. En otras palabras: lo que comiste antes de aprender a hablar puede estar negociando hoy con tu cardiólogo.

De dulce capricho a problema global

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha decidido tratar el azúcar con la misma severidad retórica que antes reservaba al tabaco. En 2025 lanzó la iniciativa “3 by 35”, proponiendo gravar con impuestos contundentes el tabaco, el alcohol y las bebidas azucaradas para evitar millones de muertes prematuras.

En Europa, el sistema Nutriscore endureció su algoritmo contra el azúcar añadido. En Estados Unidos, las nuevas guías dietéticas 2026–2030 desaconsejan por primera vez cualquier cantidad de azúcar añadido en menores de diez años. La ofensiva política es clara: el dulce ha dejado de ser inocente.

Y el problema es que está en todas partes. El adulto europeo medio consume entre 90 y 100 gramos diarios de azúcares totales. De ellos, unos 35–45 gramos son azúcares libres o añadidos. Traducido a cucharaditas: entre ocho y once cada día. La OMS recomienda idealmente no superar los 25 gramos. Es decir, la mayoría vamos un par de cucharadas por delante de lo prudente.

En Estados Unidos la cifra es aún mayor; en Alemania y Países Bajos ronda los cien gramos diarios; España se queda algo por debajo (76 g/día de azúcares totales), pero no tanto como para tirar cohetes. Somos golosos discretos.

El azúcar invisible

Reducir las ingestas sería más fácil si el azúcar no practicara el arte del camuflaje. Se esconde bajo más de sesenta alias: dextrosa, maltosa, jarabe de maíz, concentrado de zumo de fruta, néctar de agave, melaza…. Si un fabricante reparte el dulzor en cuatro nombres distintos, ninguno aparece en primer lugar en la etiqueta.

El consumidor lee “harina de trigo” y se siente a salvo. Mientras tanto, el azúcar camuflado sonríe desde el tercer, cuarto y quinto puesto. Está en el pan de molde, en las salsas de tomate, en embutidos, en aliños, en sopas instantáneas. Es el polizón con más éxito de la industria alimentaria.

Fuentes de fructosa

Glucosa y fructosa: primos desiguales

Conviene aclarar un detalle bioquímico. El azúcar de mesa, la sacarosa, está formado por glucosa y fructosa a partes iguales. La glucosa es el combustible universal de nuestras células. El cerebro la adora. Nuestro cuerpo sabe fabricarla a partir de casi cualquier carbohidrato. Es, por decirlo así, el combustible estándar del organismo.

La fructosa, en cambio, es otra historia. No es esencial. Durante la mayor parte de nuestra evolución la obteníamos en pequeñas cantidades de la fruta o de la miel. El hígado es quien debe procesarla, y lo hace con un entusiasmo parecido al que muestra frente al alcohol: puede manejarla, sí, pero ni indefinidamente ni en exceso.

Cuando la industria añade azúcar a todo —desde yogures hasta kétchup— está añadiendo también fructosa innecesaria en cantidades que ninguno de nuestros ancestros cazadores-recolectores habría imaginado.

La vieja batalla científica

Que el azúcar no fuera tan inocente se sospechaba desde hace medio siglo. En el Londres de los años setenta, el nutricionista John Yudkin publicó Pure, White and Deadly: How Sugar Is Killing Us and What We Can Do to Stop It (Puro, blanco y mortal. Cómo el azúcar nos está matando y qué podemos hacer para detenerlo), un libro en el que señalaba al azúcar como motor de obesidad, diabetes y enfermedad cardiaca. Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, Ancel Keys defendía que las grasas saturadas eran el gran enemigo, apoyándose en su influyente Estudio de los Siete Países.

Keys ganó la batalla mediática. Las guías dietéticas estadounidenses de 1980 recomendaron reducir la grasa. La industria respondió con entusiasmo creativo: si quitamos grasa, añadamos azúcar para que el yogur no sepa a cartón mojado. Así nacieron los productos “low fat” rebosantes de fructosa enmascarada en jarabe de maíz.

Años después se supo que el lobby azucarero había financiado informes que minimizaban los riesgos del azúcar y desviaban la atención hacia las grasas. Yudkin quedó relegado durante décadas. La historia tiene algo de tragedia griega, con azúcar en vez de coro.

Hoy el consenso científico es bastante claro: un consumo elevado de azúcares añadidos contribuye de forma significativa a obesidad, diabetes tipo 2, hígado graso no alcohólico y enfermedad cardiovascular. No es el único factor —la vida moderna ofrece un generoso menú de sedentarismo y exceso calórico—, pero es uno de los más consistentes.

Calorías que no llenan

Las bebidas azucaradas son el ejemplo más contundente. Un refresco aporta una cantidad formidable de azúcar sin producir saciedad. El cuerpo no registra esas calorías líquidas como comida real. En 2020 se atribuyeron globalmente millones de casos nuevos de diabetes y enfermedad cardiovascular al consumo de estas bebidas.

Estudios recientes indican además que el azúcar líquido es más dañino que el sólido. Un zumo de naranja, despojado de la fibra de la fruta entera, se comporta metabólicamente más como un refresco que como una naranja. Sin fibra que frene la absorción, la glucosa irrumpe en sangre como una ola que obliga al páncreas a responder con descargas repetidas de insulina. Con el tiempo, el sistema se vuelve menos sensible. Es lo que llamamos resistencia a la insulina, antesala de la diabetes.

Hay indicios también de que el exceso de azúcar promueve procesos inflamatorios y altera la respuesta inmunitaria. Algunos especialistas recomiendan moderarlo en enfermedades como psoriasis o trastornos intestinales crónicos. No es una panacea inversa, pero tampoco un actor neutral.

¿Podríamos vivir sin azúcar añadido?

La respuesta rotunda es sí. Durante la mayor parte de la historia humana, el azúcar refinado era un lujo escaso. Nuestro organismo no necesita azúcar añadido para funcionar. Necesita energía, que puede obtener de carbohidratos complejos, proteínas o incluso grasas.

El problema es cultural y económico. El azúcar es barato, mejora el sabor, prolonga la vida útil de los productos y genera fidelidad gustativa desde edades tempranas. Es un aliado formidable para la industria. Pero los datos del “experimento del racionamiento” con el que comencé este artículo nos recuerdan algo casi herético en tiempos de pastelitos fluorescentes: menos azúcar en los primeros años de vida se asocia con menos enfermedad décadas después. No es una teoría conspirativa ni una moda pasajera. Es epidemiología con paciencia histórica.

domingo, 8 de febrero de 2026

EL INCONSISTENTE PLEITO DEL POLLO ASADO

 

En Estados Unidos hay demandas que parecen escritas por guionistas con demasiado tiempo libre. En el famoso caso Pearson v. Chung, también conocido como el caso de los "pantalones de cincuenta y cuatro millones de dólares ", un caso civil de 2007 decidido en el Tribunal Superior del Distrito de Columbia en el que Roy Pearson, entonces juez de derecho administrativo , demandó a su establecimiento de limpieza en seco por cincuenta y cuatro millones millones de dólares en daños y perjuicios después de que la tintorería supuestamente hubiera perdido sus pantalones, lo que —según su propietario— le causó graves daños en su autoestima y en su vida vida profesional. Pearson perdió el caso y la posterior apelación.

Y también existió el litigio Stambovsky v. Ackley, en el que un comprador demandó porque la casa que había adquirido venía, según la dueña anterior, con fantasmas incorporados. El tribunal no entró en cuestiones paranormales, pero sí en algo más jurídico: si la vivienda había sido públicamente anunciada como encantada, no cabía alegar engaño.

Ese es el paisaje cultural en el que prosperan pleitos que, vistos desde fuera, suenan extravagantes pero que casi siempre giran en torno a algo concreto: la distancia entre lo que el consumidor cree estar comprando y lo que realmente compra. El último episodio tiene como protagonista al pollo asado de supermercado y a dos ingredientes —fosfatos y carragenina— señalados como supuestos “conservantes tóxicos”. Sin embargo, cuando uno abandona el folclore judicial y entra en el terreno de la química y la fisiología, la discusión cambia de foco: ni los fosfatos ni la carragenina son conservantes, ni son tóxicos en las cantidades autorizadas.

Dos mujeres en California han demandado a la cadena de supermercados Costco (unas 640 tiendas en Estados Unidos) alegando que su famoso pollo asado, etiquetado como “sin conservantes”, contiene fosfato de sodio y carragenina. Según la demanda, eso constituiría publicidad engañosa. Pero conviene empezar por lo básico: los conservantes son sustancias añadidas para inhibir el crecimiento de bacterias, mohos u hongos y prolongar la vida útil del alimento. Entre ellos se encuentran benzoatos, sorbatos, propionatos, nitritos, nitratos o sulfitos. Los fosfatos y la carragenina no desempeñan esa función antimicrobiana. No son, pues, conservantes.

De hecho, resulta curioso que la palabra “conservante” se haya convertido casi en sinónimo de veneno. Los conservantes no se añaden por capricho, sino para prevenir intoxicaciones alimentarias. Microorganismos como Salmonella, Listeria, Campylobacter, E. coli o Clostridium perfringens no son invenciones retóricas, sino causas muy reales de enfermedades. La seguridad alimentaria moderna se basa precisamente en equilibrar riesgos y beneficios.

¿Para qué se emplean entonces los fosfatos en el pollo asado? La respuesta es tecnológica, no conspirativa. Tras el sacrificio del animal, las proteínas musculares se contraen y expulsan agua. Los fosfatos estabilizan la red proteica, elevan ligeramente el pH y favorecen la retención de agua. El resultado es una carne más jugosa, con menor pérdida de peso durante la cocción y textura más tierna. No hay nada misterioso en ello.

Además, el fosfato no es una sustancia ajena al organismo. Es esencial para la vida. Participa en la formación de huesos y dientes, en la regulación del equilibrio ácido-base y en procesos celulares fundamentales. Las moléculas que sostienen nuestra existencia —ADN, ARN y ATP— contienen grupos fosfato. Sin ellos, no habría transmisión de información genética ni producción de energía.

Lo obtenemos de forma natural en carnes, lácteos, legumbres, frutos secos y cereales integrales. Es cierto que el fosfato añadido como aditivo se absorbe con mayor eficiencia que el fosfato natural ligado a proteínas o fitatos vegetales. Pero incluso una ración generosa de pollo asado que aporte 300 o 400 miligramos no supone un riesgo para personas con función renal normal. Los riñones regulan con notable eficacia la concentración de fosfato en sangre, eliminando el exceso por la orina.

La hiperfosfatemia —niveles elevados en sangre— es un problema real, pero se observa casi exclusivamente en pacientes con enfermedad renal crónica. En estos casos sí es necesario controlar la ingesta. Para la población general, el fosfato dietético no representa un peligro en el contexto de una alimentación equilibrada.

La carragenina, el segundo ingrediente cuestionado, es un polisacárido (es decir, una cadena de azúcares) extraído de algas rojas. Se utiliza como agente gelificante y estabilizante por su capacidad para retener agua y mejorar la textura. Su uso en alimentos tiene décadas de historia, aunque la tradición no sustituye a la evidencia científica. La seguridad de la carragenina alimentaria ha sido evaluada repetidamente por agencias reguladoras internacionales.

Desde el punto de vista fisiológico, la carragenina apenas se digiere en el intestino delgado. Se comporta de manera similar a una fibra dietética y llega en gran parte intacta al colon, donde puede ser parcialmente fermentada por la microbiota. No actúa como conservante ni como agente antimicrobiano.

¿De dónde surge entonces la acusación de que provoca inflamación o cáncer? De una confusión recurrente entre la carragenina alimentaria y los llamados poligeenanos. Los poligeenanos son fragmentos de bajo peso molecular obtenidos por degradación ácida de la carragenina en condiciones de laboratorio muy agresivas. Algunos de estos compuestos, administrados en altas dosis a animales de experimentación, han inducido inflamación intestinal y tumores. Pero los poligeenanos no están autorizados como aditivos y no son equivalentes a la carragenina alimentaria.

Lo fundamental es que la carragenina ingerida no se transforma en poligeenanos en el aparato digestivo humano en condiciones normales. La degradación que produce esos fragmentos ocurre bajo circunstancias experimentales específicas que no reproducen el entorno fisiológico. Confundir ambos compuestos es mezclar dos sustancias distintas bajo un mismo nombre.

Si hay un componente del pollo asado que merece atención nutricional, no es exótico ni químicamente complejo. Es el sodio. Una porción de un cuarto de kilo puede contener alrededor de mil miligramos, una cantidad significativa si se considera que muchas guías recomiendan no superar los 1 500–2 300 miligramos diarios. El exceso de sodio se asocia con hipertensión arterial y mayor riesgo cardiovascular, un problema de salud pública ampliamente documentado.

Retirar la piel puede reducir ligeramente la ingesta de sodio y también disminuir la exposición a compuestos formados durante el tostado intenso. Pero el debate relevante no está en los fosfatos ni en la carragenina, sino en la carga total de sal dentro de una dieta ya de por sí rica en alimentos procesados.

La demanda contra Costco probablemente se resolverá en el terreno de la semántica regulatoria: qué se entiende exactamente por “conservante” y si la etiqueta puede inducir a error. Desde el punto de vista toxicológico, la acusación carece de fundamento sólido. Ni el fosfato de sodio ni la carragenina cumplen la función de conservar el alimento evitando el crecimiento microbiano, ni representan un riesgo para la población general en las cantidades empleadas.

En última instancia, el episodio ilustra una tendencia contemporánea: el uso del lenguaje de la toxicología sin atender a la dosis, al contexto y a la evidencia acumulada. Se demonizan nombres químicos que suenan extraños mientras se ignoran factores dietéticos con impacto probado. Y así, entre etiquetas difíciles de leer, influencers ignorantes y alarmistas y demandas llamativas, el verdadero problema —la ingesta excesiva de sodio— queda relegado a un discreto segundo plano.

jueves, 5 de febrero de 2026

CUANDO LA MONTAÑA ERUCTA: LLUVIAS, CALIZA Y EXPLOSIONES SUBTERRÁNEAS EN GRAZALEMA

 

Hay lugares donde la lluvia cae. Y luego está Grazalema, donde la lluvia parece organizarse como los monzones tropicales. Este pequeño enclave de la sierra gaditana lleva décadas compitiendo en el arte de acumular precipitaciones, y cuando el cielo decide ponerse serio, el pueblo deja de ser simplemente un lugar pintoresco para convertirse en un laboratorio geológico en tiempo real.

La noche del 4 se escucharon dos fuertes explosiones y hoy otras tantas alrededor de las 13 horas. Lo que ha ocurrido con esas explosiones subterráneas y la evacuación no es, aunque lo parezca, una extravagancia de la naturaleza. Es el comportamiento perfectamente lógico —aunque espectacular— de un paisaje construido con roca caliza, agua infiltrándose y física básica haciendo su trabajo con entusiasmo.

Para entender lo que está pasando hay que imaginar el suelo no como una superficie sólida, sino como una especie de queso gruyère gigantesco. La roca caliza, que domina en muchas sierras mediterráneas, es un material extraordinariamente hospitalario con el agua. Está formada por carbonato cálcico, un compuesto que, con paciencia y unas gotas de acidez natural presentes en el agua de lluvia, se disuelve con una facilidad sorprendente. Durante miles o millones de años, el agua que se infiltra por grietas diminutas va ampliando esos conductos, creando túneles, cavidades, galerías y auténticos sistemas de cuevas subterráneas. Este tipo de paisaje recibe un nombre técnico muy elegante: relieve kárstico, aunque en la práctica significa que el subsuelo está lleno de autopistas acuáticas invisibles.

Cuando llueve con normalidad, el agua se filtra lentamente, desciende por las fisuras de la roca y acaba almacenándose en acuíferos, que no son otra cosa que depósitos naturales subterráneos. Estos acuíferos funcionan como esponjas geológicas: absorben el agua, la almacenan y la liberan poco a poco alimentando manantiales, ríos o pozos. Todo muy civilizado y perfectamente compatible con la vida humana.

El problema comienza cuando la lluvia deja de comportarse como lluvia y pasa a actuar como una descarga masiva de líquido sobre una estructura que, aunque fascinante, tiene límites físicos muy concretos. En episodios de precipitaciones extremas, el suelo se satura con rapidez. La roca caliza, con todas sus grietas y cavidades, empieza a llenarse de agua a una velocidad que supera su capacidad de drenaje. Es entonces cuando entra en escena un fenómeno particularmente interesante: el acuífero confinado o acuífero a presión.

Un acuífero confinado es, simplificando mucho, un depósito de agua atrapado entre capas de roca relativamente impermeables. A diferencia de los acuíferos abiertos, donde el agua está en contacto directo con la atmósfera, aquí el líquido queda encerrado y sometido a presiones superiores a la presión atmosférica. Es como si el agua estuviera almacenada dentro de una botella geológica gigantesca, comprimida y esperando una salida.

Durante lluvias extremas, el agua continúa infiltrándose y aumentando esa presión interna. Si encuentra una fisura, un conducto antiguo o incluso el punto débil de una construcción humana (las instalaciones eléctricas, por ejemplo), el agua puede ascender violentamente hacia la superficie. De ahí que en algunos episodios aparezca brotando por paredes, suelos o sótanos con una determinación que suele pillar por sorpresa a los propietarios de las viviendas afectadas.

Pero el fenómeno más desconcertante para quienes lo escuchan son los ruidos. Esas explosiones o retumbos que se han descrito en Grazalema tienen una explicación tranquilizadora desde el punto de vista científico. En los sistemas kársticos, no solo circula agua. También existe aire atrapado en cavidades subterráneas. Cuando el agua invade rápidamente esos espacios, comprime el aire como si fuera un pistón natural. Si la presión alcanza un punto crítico, el aire puede liberarse de golpe, generando ondas sonoras y vibraciones que se perciben en superficie como explosiones. La montaña, literalmente, eructa.

Este proceso no implica necesariamente que se esté produciendo un colapso estructural inmediato del terreno, aunque sí indica que el sistema subterráneo está funcionando al límite de su capacidad hidráulica. Y eso explica por qué las autoridades suelen optar por evacuaciones preventivas como han hecho hoy. El agua bajo presión puede reactivar conductos antiguos, abrir nuevas vías de circulación o debilitar cavidades existentes, incrementando el riesgo de hundimientos localizados o filtraciones imprevisibles.

El comportamiento de la roca caliza añade otro ingrediente a esta mezcla geológica. A diferencia de materiales más compactos como el granito, la caliza no solo se fractura: evoluciona químicamente con el agua. Cada episodio de lluvia intensa no solo transporta agua, sino que también modifica lentamente la arquitectura interna del subsuelo. Es un proceso lento a escala humana, pero perfectamente activo en cada tormenta.

Curiosamente, el mismo fenómeno que provoca estos episodios espectaculares es el responsable de algunos de los paisajes más hermosos del planeta. Las cuevas con estalactitas, los cañones estrechos y los manantiales cristalinos son productos directos de esa relación íntima entre agua y caliza. La naturaleza, como suele ocurrir, combina la belleza con una cierta inclinación por el dramatismo.

La paradoja es que los acuíferos kársticos son extraordinariamente valiosos para el abastecimiento de agua potable. Son reservas naturales de enorme capacidad, pero también son sistemas extremadamente dinámicos y, por tanto, difíciles de predecir. Funcionan más como redes de tuberías naturales que como depósitos homogéneos. El agua puede desplazarse rápidamente por conductos estrechos y aparecer a kilómetros de distancia en cuestión de horas.

Durante episodios de lluvias excepcionales, este comportamiento se intensifica. El agua no solo se infiltra: circula, presiona, redistribuye fuerzas internas y, ocasionalmente, encuentra salidas inesperadas. Las paredes que supuran agua, los suelos que rezuman humedad y los retumbos subterráneos forman parte del mismo mecanismo hidráulico.

Desde el punto de vista científico, lo que ocurre en lugares como Grazalema es un recordatorio espectacular de que el paisaje no es estático. Bajo nuestros pies existe un sistema activo, en constante transformación, que responde con sorprendente rapidez a cambios meteorológicos extremos. Vivimos sobre un entramado geológico que, en circunstancias normales, pasa completamente desapercibido. Pero cuando la lluvia se vuelve insistente, ese mundo subterráneo decide participar en la conversación.

En cierto modo, los episodios como el actual son una lección de humildad hidrológica. Nos recuerdan que las montañas no son bloques inertes, sino organismos geológicos con circulación interna, presiones, conductos y, ocasionalmente, una tendencia bastante teatral a manifestarse mediante ruidos que harían palidecer a cualquier vecino que no esté familiarizado con la fontanería subterránea del planeta.

La buena noticia es que estos fenómenos están bastante bien estudiados y forman parte del comportamiento natural de los sistemas kársticos. La mala noticia es que siguen siendo imprevisibles en detalle, lo que obliga a tratar cada episodio con prudencia. Cuando la montaña empieza a respirar agua y a expulsar aire comprimido, lo sensato suele ser apartarse y dejar que la física haga su trabajo.

Al final, lo que ocurre en Grazalema no es un misterio, sino un espectáculo geológico que recuerda algo bastante sencillo: el agua, cuando decide moverse, siempre encuentra el camino. Y si no lo encuentra, suele fabricarlo.

PLURIBUS Y EL NACIMIENTO DEL PLACERPUNK: EL FUTURO DONDE NADIE QUIERE REBELARSE

 


A finales de año, cuando el calendario ya empieza a oler a recuento y a promesas que nadie cumplirá, hubo gente que organizó su semana alrededor de algo tan antiguo como esperar un capítulo de televisión. No era exactamente nostalgia, aunque tenía algo de eso. Era más bien la sensación de asistir a un fenómeno raro: una serie que parecía hablarnos del futuro mientras nos describía, con una precisión inquietante, el presente. Pluribus, la distopía firmada por Vince Gilligan para Apple TV+, consiguió ese efecto extraño que solo logran algunas ficciones: convertir el entretenimiento en un espejo ligeramente deformado donde uno reconoce su propia cara, aunque preferiría no hacerlo.

La premisa es sencilla, casi elegante en su perversidad. Un virus de origen desconocido conecta a la humanidad en una mente colmena, el concepto que define a una inteligencia colectiva donde múltiples individuos actúan como una única entidad interconectada, compartiendo pensamientos y acciones sin apenas individualidad. No hay destrucción, no hay hordas violentas ni ciudades en ruinas. Todo lo contrario.

La infección vírica llegada desde quién sabe dónde, convierte a las personas en seres pacíficos, eficientes y, sobre todo, felices. La humanidad alcanza un grado de armonía que Tomás Moro habría firmado sin pestañear. La singularidad individual desaparece, pero nadie parece echarla de menos. Los infectados son vecinos modélicos, atentos, sonrientes, impecablemente civilizados. Cortan el césped, te preguntan si has dormido bien, llenan tu despensa, se anticipan a tus necesidades con una amabilidad mirífica.

La única grieta en ese paraíso es Carol, interpretada por Rhea Seehorn, que se aferra a su individualidad con la obstinación de quien protege el último fósil de una especie extinguida. Seehorn compone un personaje lleno de fragilidad y determinación, una mujer que no lucha contra un régimen brutal sino contra un sistema que la observa con ternura y una paciencia que resulta infinitamente más inquietante que cualquier amenaza explícita.

Hay algo hipnótico en su interpretación, quizá porque encarna una forma de resistencia que ya no consiste en enfrentarse al poder, sino en negarse a diluirse en él. Y lo hace, además, con la serenidad luminosa de sus espléndidos cincuenta años, que en su caso parecen funcionar como un instrumento dramático más que como una cifra biográfica.

La serie encaja con precisión en ese concepto que Fredric Jameson atribuía a la ciencia ficción cuando hablaba del extrañamiento: la capacidad de alejar lo suficiente la realidad para que podamos verla con nitidez. Pluribus no pretende anticipar el futuro. Lo que hace es exagerar apenas unas cuantas tendencias del presente hasta convertirlas en una imagen perfectamente reconocible. Como los espejos del callejón del Gato, la serie deforma para revelar.

Para entender por qué ese mundo de armonía obligatoria resulta tan perturbador conviene repasar cómo han evolucionado nuestras pesadillas colectivas. Durante buena parte del siglo XX, el miedo al futuro estuvo ligado al dolor físico y a la opresión visible. En la Metrópolis de Fritz Lang, los trabajadores eran literalmente devorados por la maquinaria industrial. Era el terror de una época que acababa de descubrir hasta dónde podía llegar la explotación del cuerpo humano en nombre del progreso. Décadas después, Orwell imaginó en 1984 un sistema donde el control se ejercía mediante la vigilancia y el castigo, un mundo donde el poder no necesitaba disimular su brutalidad porque el miedo era su principal herramienta política.

Los años ochenta trasladaron esa angustia hacia la tecnología autónoma. Las distopías industriales dieron paso a universos donde las máquinas y las corporaciones sustituían al Estado como fuerza dominante. Aquellas ficciones estaban impregnadas del pánico nuclear de la Guerra Fría y del temor a que nuestras propias creaciones adquirieran conciencia. Luego llegó el cyberpunk, con ciudades saturadas de neón, lluvia interminable y corporaciones omnipotentes que no necesitaban ejercer violencia porque controlaban el sistema que permitía la vida cotidiana.

A finales del milenio, el terror se desplazó del cuerpo a la mente. La angustia ya no era ser explotado físicamente, sino vivir en una realidad fabricada, en una simulación tan convincente que hacía imposible distinguir entre libertad y engaño. La opresión se volvió psicológica.

Pluribus introduce un giro más radical todavía. Si las distopías clásicas mostraban sistemas que dominaban mediante el dolor o el engaño, la serie propone un modelo donde el control se ejerce a través del bienestar. Para describir esa mutación, quizá convenga adoptar un neologismo: placerpunk. Si el dieselpunk reflejaba el miedo industrial y el cyberpunk la ansiedad tecnológica, el placerpunk define un universo donde la dominación adopta la forma del confort absoluto.

En ese escenario, el enemigo no viste uniforme ni empuña armas. Se presenta con bordes redondeados, colores suaves y un lenguaje cuidadosamente diseñado para no incomodar. La coerción desaparece bajo una capa de cordialidad institucional. Los ciudadanos se convierten en miembros de comunidad, los trabajadores en colaboradores, los problemas en oportunidades de mejora. La violencia no desaparece, simplemente se vuelve pasivo-agresiva.

Ahí reside la trampa política que la serie describe con precisión quirúrgica. En las distopías tradicionales, el enemigo era visible. Podía señalarse al policía, al burócrata o al robot asesino. En el placerpunk, la colmena no castiga a los disidentes: los cuida. La presión social surge de la mayoría sonriente que insiste, con infinita paciencia, en que la resistencia es innecesaria. Es el terror de ser la única persona sobria en una fiesta donde todos te animan, con entusiasmo genuino, a que disfrutes más y más.

El sufrimiento colectivo puede convertirse en semilla de rebelión. El sufrimiento individual, en cambio, suele interpretarse como un problema personal. El sistema queda exonerado. Si alguien no es feliz en un mundo diseñado para garantizar la felicidad, la conclusión parece evidente: el error está en el individuo.

Aunque Pluribus cristaliza esta estética, la imagen profética del placerpunk quizá apareciera antes en WALL·E. Batallón de limpieza. En la nave Axiom, los humanos viven rodeados de comodidades, desplazándose en sillones flotantes mientras sistemas automatizados satisfacen cada necesidad. No hay cadenas ni látigos. Hay smoothies personalizados y pantallas envolventes. Aquellos pasajeros no son esclavos: son bebés tecnológicos convencidos de ejercer control sobre su existencia.

El gran acierto de Pluribus consiste en señalar que la mayor amenaza del siglo XXI tal vez no sea la tecnología hostil, sino la tecnología excesivamente complaciente. Un sistema capaz de anticipar nuestros deseos hasta el punto de volver incómoda la libertad. En el cyberpunk, el ser humano luchaba desesperadamente por conservar su humanidad frente a la máquina. En el placerpunk, la entrega voluntariamente a cambio de no tener que esforzarse demasiado. Y cuando algo falla, no se rebela: se queja como un cliente insatisfecho.

La serie sugiere que el fin del mundo podría no llegar con explosiones ni colapsos espectaculares. Podría adoptar una forma mucho más seductora. Será amable, eficiente, estéticamente agradable. Tendrá música suave y un servicio de atención al usuario impecable. Lo verdaderamente aterrador no será que nos obliguen a aceptarlo, sino que nos hará sentir culpables si decidimos resistirnos. Y quizá ese sea el verdadero triunfo del placerpunk: lograr que la libertad parezca una molestia y la sumisión un servicio premium.

lunes, 2 de febrero de 2026

LA MADERA QUE SE BEBÍA LA LUZ

Durante casi medio milenio, los botánicos buscaron la “verdadera” identidad del Lignum nephriticum, una misteriosa maravilla que confundió a los científicos pioneros de la ciencia moderna.

Hubo un tiempo —un tiempo largo, testarudo, de casi quinientos años— en que la ciencia europea se vio superada por un vaso de agua. No por el agua en sí, que era corriente y transparente, sino por lo que ocurría cuando alguien introducía en ella un trozo de madera americana de aspecto inofensivo. Entonces el líquido empezaba a brillar en azul, como si alguien hubiese disuelto un pedazo de crepúsculo. No hervía, no olía raro, no hacía espuma. Simplemente emitía luz. Y nadie sabía por qué.

A esa madera se la conocía como Lignum nephriticum: la madera del riñón. El nombre prometía salud urinaria y serenidad interior, pero lo que ofrecía, sobre todo, era perplejidad.

Transportada en las bodegas de los barcos españoles que regresaban de la Nueva España cargados de cacao, grana cochinilla, plumas, rumores y exageraciones, la misteriosa madera llegó a Europa en el siglo XVI. Los chamanes indígenas ya lo utilizaban como remedio para las dolencias renales, y los boticarios europeos —siempre dispuestos a creer que cualquier cosa exótica era mejor— lo aceptaron con entusiasmo. Se vendía en astillas, se maceraba en agua y se bebía con fe.

Pero pronto alguien se dio cuenta de algo inquietante: el agua cambiaba de color. Y no de una manera educada, predecible, alquímica. No se volvía roja como el vino ni amarilla como el azafrán. Se volvía azul, a veces verde, a veces casi invisible, dependiendo de la luz, del fondo, del recipiente y —parecía— del humor del universo.

La historia del Lignum nephriticum comienza en 1569, cuando el médico sevillano Nicolás Monardes, encargado de supervisar las muestras botánicas llegadas de la América colonial, publicó sus observaciones sobre una madera extraordinaria de Nueva España (México), conocida por tratar afecciones renales y urinarias, a la que llamó «palo para los males de los riñones y de orina». Monardes, aunque nunca visitó México, describió la preparación y los efectos de la madera con gran detalle:

Toman la madera y la cortan en muchas astillas finas, tantas como sea posible y no muy grandes, las ponen en agua clara de una fuente... Después de media hora empieza a verse un color azul celeste muy claro, y se vuelve cada vez más azul, aunque la madera es blanca.

La conexión con México se vio reforzada por relatos directos basados en encuentros con el uso indígena de la madera en México. El misionero franciscano español Bernardino de Sahagún, el primero en describir Lignum nephriticum,  lo identificó por su nombre en náhuatl, coatl, y escribió: «Una medicina que colorea el agua de azul; su jugo es medicinal para la orina».

Ilustración del coatl por Bernardino de Sahagún. Wikimedia Commons

Francisco Hernández de Toledo, médico de la corte que dirigió la primera expedición científica a las Américas en 1570, también describió una madera de México que se creía que poseía poderes místicos:

 Su agua, con la que se han infusionado trozos del tronco de la planta, adquiere un color azul celeste y, si se bebe, sus propiedades curativas son numerosas: “refresca y alivia los riñones y la vejiga, alivia la acidez de la orina, apaga la fiebre…”

Estos relatos cimentaron la asociación entre el Lignum nephriticum y la flora mexicana, y el término coatl sirvió como puente lingüístico entre los sistemas de conocimiento indígenas y europeos.

Pero entonces sobrevino la confusión. En su ambiciosa Historia plantarum universalis, publicada unas décadas más tarde de la de Monardes, el botánico suizo Johann Bauhin ofreció un relato paralelo, aunque intrigantemente diferente. Bauhin describió una copa, «de casi un palmo de diámetro y de una belleza inusual», hecha de madera rojiza. Al sumergir en agua virutas de la misma madera que la copa, el espectáculo resultante fue aún más llamativo:

Las virutas remojadas en agua lo colorearon en poco tiempo de un maravilloso azul y amarillo; en la luz anversa (reflejada) exhibía de una manera hermosa los colores cambiantes del ópalo, de modo que variaba como esa gema desde un naranja brillante, amarillo y rojo hasta un púrpura resplandeciente y verde mar.

Tanto Monardes como Bauhin creían haber encontrado una especie de madera única, capaz de transformar el agua en un espectro de colores. Sin embargo, sus descripciones divergían: la madera de Monardes era blanca y producía un tono azul, mientras que la de Bauhin era rojiza y producía un caleidoscopio de colores.

Durante siglos, el misterio se mantuvo gracias a un error botánico de proporciones respetables, que perduró hasta principios del siglo XX cuando finalmente el botánico estadounidense William Safford resolvió el misterio. Safford estableció sin lugar a discusión que los bosques descritos por Monardes y Bauhin no eran una, sino dos especies distintas: Eysenhardtia polystacha, endémica de México, y Pterocarpus indicus, un árbol nativo del archipiélago filipino. Solo esta última brillaba con luz propia.

Flores de Eysenhardtia polystachya. Wikimedia Commons

Pero mucho antes del hallazgo de Safford, en una época en que la mayoría de los líquidos hacían exactamente lo que se esperaba de ellos, aquello era intolerable. El enigma de aquel extraño leño acabó inevitablemente en manos de los sabios. Aquellos caballeros del siglo XVII que llevaban pelucas imponentes, escribían en latín y se dedicaban a descubrir las leyes fundamentales del cosmos sin despeinarse (en parte gracias a los pelucones).

Uno de ellos fue Robert Boyle, químico, aristócrata y fundador involuntario de la ciencia moderna. Boyle era un hombre meticuloso, obsesionado con los experimentos repetibles y profundamente escéptico ante lo maravilloso. Precisamente por eso, después de dejarlo patidifuso, el Lignum nephriticum lo obsesionó.

Boyle observó que el agua teñida por la madera cambiaba de color según el ángulo de observación. Que el azul era más intenso si el recipiente se colocaba sobre un fondo oscuro. Que parecía apagarse y encenderse según la luz ambiental. Aquello no encajaba con nada conocido. No era pigmentación. No era reflexión. No era un truco del ojo. Era… algo. Lo peor era que funcionaba siempre.

El fenómeno también llegó a oídos de Isaac Newton, un hombre que no tenía tiempo para tonterías, pero sí una obsesión patológica por la luz. Newton había demostrado que la luz blanca podía descomponerse en colores mediante un prisma. Había puesto orden en el arcoíris. Había domado al espectro. Y entonces apareció este vaso de agua azul que no obedecía a sus leyes, que juzgaba tan perfectas que debían justificarlo todo.

El Lignum nephriticum no se dejaba explicar por refracción ni por dispersión. No producía color al dividir la luz, sino al transformarla. Newton, prudentemente, pasó de puntillas e hizo mutis por el foro. A otro perro con ese hueso, debió pensar. A veces el silencio de los genios es la mejor prueba de su desconcierto.

La confusión permitió que el fenómeno fuera tan intermitente como desconcertante. Algunos experimentadores no veían nada. Otros veían demasiado. La ciencia, que ya entonces era bastante susceptible, empezó a desconfiar del asunto. El Lignum nephriticum fue relegado poco a poco a la categoría de curiosidad. Algo digno de un gabinete barroco, pero no de una teoría seria. Y así, sin hacer ruido, desapareció.

Flores del árbol Pterocarpus indicus. Foto

Hubo que esperar hasta el siglo XIX para que alguien pusiera nombre a lo que llevaba siglos ocurriendo en silencio: fluorescencia, un fenómeno físico por el cual una sustancia absorbe luz de alta energía —normalmente ultravioleta o azul— y la reemite casi de inmediato como luz de menor energía, visible para el ojo humano.

A escala molecular, la fluorescencia ocurre cuando un electrón es excitado a un estado energético superior y, al regresar a su estado fundamental, libera el exceso de energía en forma de fotón. El proceso es extremadamente rápido —del orden de nanosegundos— y cesa casi instantáneamente cuando se retira la fuente de excitación, lo que distingue la fluorescencia de otros fenómenos luminosos como la fosforescencia.

El Lignum nephriticum había estado haciendo exactamente eso desde el primer día. La madera contiene un flavonoide —la matlalina— que se disuelve en el agua y se comporta como un traductor óptico: recibe energía que no vemos y nos la devuelve en un azul delicado, casi tímido. No era magia. No era alquimia. Era física moderna antes de la física moderna.

Hoy, el Lignum nephriticum se menciona en los libros como una nota al pie culta, una rareza histórica. Pero su historia encierra una lección inquietante: la naturaleza no espera a que tengamos las palabras adecuadas para comportarse como le da la gana. Durante siglos, la fluorescencia existió sin nombre, sin teoría y sin permiso. Simplemente sucedía. Y los humanos, tan orgullosos de sus sistemas y clasificaciones, no sabían qué hacer con ella.

Quizá por eso aquella desconcertante madera terminó olvidada. No porque fuera falsa, sino porque era demasiado verdadera. Y todo empezó —como tantas cosas importantes— con alguien mirando dentro de un vaso y pensando: “Esto no debería estar pasando”.