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domingo, 28 de junio de 2026

LA ASPIRINA Y EL POLICÍA DESPISTADO

 

La ciencia es una disciplina extraordinariamente eficiente... siempre que uno no le pregunte si sabe adónde va. La mayor parte del tiempo avanza como un excursionista que sale a buscar una cascada y termina encontrando una catedral romana, un meteorito o un oso. Los científicos tienen incluso una palabra para esa curiosa costumbre de tropezar con tesoros inesperados: serendipia.

La lista de descubrimientos nacidos por accidente es tan larga que uno empieza a sospechar que la planificación está sobrevalorada. Alexander Fleming no buscaba antibióticos cuando una colonia de moho invadió sus cultivos bacterianos. Roy Plunkett nopretendía inventar el teflón mientras experimentaba con nuevos refrigerantes. Los investigadores que desarrollaban el sildenafilo esperaban obtener un medicamento para la angina de pecho y acabaron revolucionando un campo de la medicina situado bastante más al sur del corazón. La ciencia parece tener un extraño sentido del humor: responde con frecuencia a preguntas que nadie había formulado.

La aspirina tampoco iba a escapar a esta tradición. A comienzos de 2025, un grupo de investigadores de la Universidad de Cambridge trabajaba en uno de los grandes enigmas de la oncología moderna. No intentaban descubrir un nuevo medicamento contra el cáncer ni mejorar ninguno de los ya existentes. Su objetivo era mucho más básico y, precisamente por ello, mucho más importante: comprender cómo consigue el sistema inmunitario localizar y destruir las escasas células tumorales que logran escapar del tumor primario antes de que funden una metástasis.

La pregunta era crucial. El tumor original rara vez es el auténtico verdugo. En la inmensa mayoría de los casos, lo que termina causando la muerte del paciente son esas diminutas avanzadillas celulares que abandonan su lugar de origen, sobreviven a un viaje extraordinariamente hostil por la sangre o los vasos linfáticos y, finalmente, consiguen establecer una nueva colonia en un órgano distante. La metástasis es el verdadero enemigo, y entender por qué unas células logran escapar mientras otras son eliminadas constituye una de las grandes prioridades de la investigación oncológica.

Los investigadores de Cambridge seguían el rastro de esas células fugitivas cuando se toparon con un viejo conocido de los hematólogos: una pequeña molécula llamada tromboxano A₂, o simplemente TXA₂. Su trabajo consiste en ayudar a las plaquetas a formar coágulos cuando nos hacemos una herida. Parecía un actor secundario en una historia sobre inmunología. Sin embargo, cuanto más profundizaban en su función, más evidente resultaba que aquella modesta molécula escondía un segundo empleo del que nadie sospechaba.

Fue entonces cuando la historia dio un inesperado giro de guion. Resultó que el TXA₂ actuaba también como una especie de freno para determinados linfocitos T citotóxicos, las unidades de élite del sistema inmunitario especializadas en identificar y destruir células anormales, incluidas las cancerosas. No los paralizaba por completo, pero sí reducía su eficacia en el preciso momento en que debían interceptar las células tumorales que comenzaban a diseminarse.

Aquello era interesante por sí mismo, pero aún faltaba la pieza decisiva del rompecabezas. ¿Quién bloquea la producción de tromboxano A₂? La respuesta llevaba más de un siglo guardada en millones de botiquines domésticos: la aspirina.

Durante décadas, epidemiólogos de medio mundo habían observado un fenómeno desconcertante. Las personas que tomaban aspirina durante largos periodos —generalmente por motivos cardiovasculares— parecían presentar una menor incidencia de determinados cánceres, especialmente del colorrectal. Más llamativo todavía era que algunos pacientes ya diagnosticados desarrollaban menos metástasis y mostraban una supervivencia ligeramente superior.

Los estudios se acumulaban. Los metaanálisis reforzaban la asociación. Sin embargo, todos tropezaban con el mismo obstáculo: nadie entendía realmente por qué ocurría aquello. En ciencia, descubrir que dos fenómenos están relacionados resulta emocionante. Descubrir el mecanismo que los une es cuando empieza de verdad la diversión.

La explicación apareció, inesperadamente, mientras nadie estaba buscándola. La aspirina bloquea de forma irreversible una enzima denominada ciclooxigenasa-1 (COX-1) presente en las plaquetas. Sin esa enzima, las plaquetas dejan de fabricar tromboxano A₂. Durante más de medio siglo, los médicos pensaron que ese era simplemente el motivo por el que la sangre tardaba un poco más en coagular y por el que la aspirina prevenía infartos e ictus. Ahora sabemos que esa misma interrupción puede tener una consecuencia inesperada: al desaparecer el TXA₂, los linfocitos T recuperan parte de su capacidad para perseguir y destruir las células tumorales antes de que logren instalarse en otro órgano.

La aspirina no ataca directamente al cáncer. Ni envenena las células tumorales, ni las obliga a suicidarse, ni impide que aparezcan. Lo que hace es algo mucho más elegante: deja de estorbar al sistema inmunitario. Es como si una patrulla policial recibiera constantemente órdenes equivocadas por la radio para reducir la vigilancia en una zona especialmente conflictiva. La aspirina, simplemente, apaga ese canal de interferencias. Los agentes siguen siendo los mismos. Las armas son las mismas. Lo único que cambia es que ahora pueden hacer su trabajo.

Esta explicación ayuda a comprender por qué los beneficios observados parecen concentrarse especialmente en la prevención de las metástasis y no tanto en impedir la formación del tumor primario. También explica por qué el efecto solo aparece tras un uso prolongado y por qué resulta mucho más evidente en determinados tipos de cáncer que en otros.

La historia de la aspirina ya era extraordinaria mucho antes de este descubrimiento. Todo comenzó, en realidad, con un árbol. Desde la Antigüedad se sabía que las infusiones preparadas con corteza de sauce aliviaban el dolor y reducían la fiebre. Hipócrates ya las recomendaba varios siglos antes de Cristo, aunque naturalmente ignoraba cuál era el principio activo responsable de aquellos efectos.

Hubo que esperar hasta el siglo XIX para que los químicos aislaran la salicina y, posteriormente, el ácido salicílico. El problema era que aquel compuesto resultaba muy eficaz... pero también extraordinariamente desagradable para el estómago. En 1897, el químico Felix Hoffmann, que trabajaba para Bayer y buscaba un tratamiento mejor tolerado para el reumatismo de su padre, acetiló el ácido salicílico obteniendo el ácido acetilsalicílico. Había nacido uno de los medicamentos más famosos de todos los tiempos.

Desde entonces, la aspirina ha sido analgésico, antipirético, antiinflamatorio y antiagregante plaquetario. Ha aliviado dolores de cabeza, reducido fiebres, prevenido infartos e ictus y salvado probablemente millones de vidas. Pocas moléculas pueden presumir de un currículo semejante. Y, sin embargo, todavía seguía guardando secretos.

Eso ocurre con más frecuencia de lo que imaginamos. Los medicamentos son como viejos conocidos con los que llevamos décadas compartiendo mesa sin haber llegado nunca a preguntarles de dónde vienen o qué hicieron antes de conocernos. Creemos saberlo todo sobre ellos porque forman parte del paisaje cotidiano, hasta que un descubrimiento inesperado revela que llevaban años desempeñando un segundo trabajo del que nadie tenía noticia.

Naturalmente, conviene no sacar conclusiones precipitadas. Este hallazgo no significa que todo el mundo deba comenzar a tomar una aspirina diaria. El medicamento no está exento de riesgos. Al dificultar la coagulación aumenta la probabilidad de hemorragias digestivas y, en menor medida, de hemorragias cerebrales. En personas jóvenes y sanas esos riesgos pueden superar cualquier posible beneficio. Por eso las recomendaciones actuales siguen insistiendo en que el tratamiento solo debe iniciarse cuando existe una indicación médica concreta y una valoración individual del equilibrio entre riesgos y beneficios.

Además, quedan numerosas preguntas abiertas. ¿Qué tumores responden realmente a este mecanismo? ¿Cuál es la dosis óptima? ¿Durante cuánto tiempo habría que administrarla? ¿Podría potenciar la eficacia de las inmunoterapias actuales? Diversos ensayos clínicos internacionales intentan responder ahora a esas cuestiones.

Lo verdaderamente fascinante es que una de las moléculas más estudiadas de toda la farmacología haya esperado más de ciento veinte años para revelar uno de sus trucos más interesantes. No está nada mal para un medicamento que muchos consideran poco más que un simple remedio contra el dolor de cabeza.

Quizá esa sea la enseñanza más hermosa de esta historia. La ciencia no solo descubre cosas nuevas; también vuelve una y otra vez sobre las antiguas para hacerles preguntas diferentes. Y, de vez en cuando, una molécula centenaria responde con una sorpresa que nadie esperaba.

Es posible que dentro de unos años este descubrimiento conduzca a nuevas estrategias para impedir la metástasis o inspire fármacos capaces de potenciar el sistema inmunitario sin aumentar el riesgo de hemorragia. O quizá no. La investigación tiene la mala costumbre de negarse a seguir los guiones que escribimos para ella.

Lo único que parece seguro es que los investigadores de Cambridge salieron a estudiar cómo unas células inmunitarias perseguían a otras células cancerosas y regresaron con una explicación largamente buscada sobre uno de los medicamentos más famosos de la historia.

Una vez más, la serendipia había hecho de las suyas.

EL IMPERIO QUE JEFFERSON NUNCA QUISO GOBERNAR

 

Cuando pensamos en la expansión de Estados Unidos solemos imaginar una línea recta que avanza inexorablemente desde el Atlántico hasta el Pacífico. Es la imagen popular del Destino Manifiesto, esa doctrina del siglo XIX según la cual los estadounidenses estaban llamados, casi por mandato divino, a ocupar todo el continente. Sin embargo, esa visión no pertenecía a Thomas Jefferson. Al menos no al Jefferson de los primeros años del siglo XIX, cuando ocupó la tercera presidencia entre 1801 y 1809.

Paradójicamente, el hombre que compró Luisiana y patrocinó la expedición de Lewis y Clark nunca estuvo convencido de que un único país pudiera extenderse de un océano al otro. Su proyecto era más ambicioso desde el punto de vista geográfico, pero también mucho más modesto desde el punto de vista político: Jefferson no soñaba con unos Estados Unidos gigantescos. Soñaba con una familia de repúblicas.

La idea puede resultar extraña hoy, pero en el siglo XVIII era casi un lugar común entre los pensadores políticos. Inspirado por las ideas de Montesquieu, Jefferson compartía la convicción de que las repúblicas sólo podían sobrevivir si conservaban un tamaño relativamente reducido. Una comunidad demasiado extensa terminaría fragmentándose en intereses regionales incompatibles, se alejaría de sus ciudadanos y acabaría degenerando en una monarquía o en una dictadura. La libertad necesitaba proximidad; la virtud cívica, una escala humana.

Ese razonamiento explica una aparente contradicción que desconcierta a muchos historiadores. Jefferson era un expansionista convencido, pero desconfiaba profundamente de los grandes Estados. La compra de Luisiana en 1803 llevó esa contradicción al límite. Con un solo tratado, Estados Unidos duplicó su superficie. Aquel inmenso territorio planteaba una pregunta inevitable: ¿cómo podía gobernarse desde Washington una extensión tan colosal? Jefferson no tenía una respuesta administrativa, sino política. Creía que, tarde o temprano, surgirían nuevas repúblicas independientes, todas ellas nacidas del mismo tronco.

La primera ocuparía los estados atlánticos. La segunda se desarrollaría al oeste del Misisipi. Más adelante podrían aparecer otras todavía más occidentales. No serían naciones rivales, sino hermanas. Por eso escribió una de sus frases más reveladoras: «Los futuros habitantes de los Estados del Atlántico y de Misisipi serán nuestros hijos.»

La expresión suele interpretarse como una simple metáfora afectuosa, pero encierra un auténtico programa político. Jefferson imaginaba que esas futuras repúblicas compartirían la lengua inglesa, las instituciones republicanas, la tradición constitucional y una cultura política común. Serían Estados distintos, pero miembros de una misma familia. A esa visión la llamó Empire of Liberty, el «Imperio de la Libertad».

La expresión parece un oxímoron. ¿Cómo puede existir un imperio basado en la libertad? Para Jefferson, la palabra «imperio» no significaba dominación territorial ejercida desde una metrópoli, sino expansión de un modelo político. No imaginaba un emperador gobernando desde Washington, sino una constelación de repúblicas libres extendiéndose gradualmente por el continente y cerrando el paso a las monarquías europeas.

En ese contexto, el Misisipi no debía convertirse necesariamente en una frontera definitiva. Era, sobre todo, el eje a partir del cual irían naciendo nuevos Estados. El gran río separaría inicialmente dos comunidades políticas, pero también serviría de vínculo entre ellas. La historia, sin embargo, siguió un camino muy distinto.

La expedición de Meriwether Lewis y William Clark (1804-1806) demostró que el continente era mucho más accesible de lo que muchos habían imaginado. Por eso, a partir de Jefferson, los sucesivos presidentes fueron abriendo las puertas a nuevos estados que se incorporaron en una cascada interminable. Entre el fin del mandato de Jefferson y 1840 se incorporaron ocho nuevos estados.

Hacia la década de 1840 apareció una idea mucho más rotunda: el Destino Manifiesto. Ya no se trataba de una familia de repúblicas, sino de un único Estado destinado a extenderse desde el Atlántico hasta el Pacífico. La visión de Jefferson fue sustituida por otra mucho más centralizadora y expansiva.

Resulta fascinante comprobar cómo una misma expansión territorial pudo inspirar dos proyectos políticos casi opuestos. Uno concebía el continente como un mosaico de repúblicas hermanas; el otro, como un único país de dimensiones continentales.

Hoy, cuando miramos un mapa de Estados Unidos, damos por inevitable el resultado final. Sin embargo, nada había de inevitable en 1803, el año en el que Jefferson firmó la compra de Luisiana. Durante unos años existió la posibilidad —perfectamente razonable a ojos de Jefferson— de que Norteamérica acabara poblada por varias repúblicas anglófonas, unidas por la cultura y la libertad, pero políticamente independientes.

Quizá sea ésta una de las mayores paradojas de la historia estadounidense: el presidente que más contribuyó a ensanchar el territorio nacional nunca estuvo completamente convencido de que ese inmenso territorio debiera permanecer unido bajo un solo gobierno. Su auténtica ambición no consistía en crear el país más grande del mundo, sino en sembrar el continente de repúblicas libres. Ese era, para él, el verdadero significado del Imperio de la Libertad.

LA PRIMERA MUJER QUE CAMINÓ COMO UNA MUJER

 

Si observamos caminar a una mujer desde cierta distancia, solemos percibir un movimiento de las caderas más marcado que en un hombre. La explicación popular suele atribuirlo a una especie de balanceo deliberado, casi coqueto. La anatomía y la paleontología cuentan una historia mucho menos romántica y mucho más interesante.

El día que Lucy dio sus primeros pasos nadie estaba allí para aplaudirla. No había fotógrafos, ni periodistas, ni científicos tomando notas en una libreta. Ni siquiera había otros humanos. Lo único que la rodeaba era un mosaico de sabanas salpicadas de árboles, ríos estacionales y animales que hoy solo conocemos por los fósiles. Sin embargo, aquellos pasos, aparentemente insignificantes, iniciaron una revolución silenciosa cuyos efectos todavía se manifiestan cada vez que caminamos por una acera, subimos una escalera o atravesamos un paso de peatones.

Lucy nunca llegó a saber que acabaría siendo la australopiteca más famosa de la historia. Tampoco podía imaginar que, más de tres millones de años después de su muerte, millones de personas conocerían su nombre. Cuando fue descubierta en 1974 en el valle etíope del Awash por el paleoantropólogo Donald Johanson y su equipo, conservaba alrededor del 40% del esqueleto, una proporción extraordinaria para un fósil tan antiguo. Aquellos huesos permitieron reconstruir con un detalle hasta entonces inimaginable cómo era un homínido que había vivido hacía unos 3,2 millones de años. Y entre todas las preguntas que surgieron al contemplarlos, una destacaba sobre las demás: ¿cómo caminaba Lucy?

Durante décadas se discutió si aquellos pequeños homínidos eran simples simios que ocasionalmente se erguían o auténticos bípedos. La respuesta fue apareciendo pieza a pieza, hueso a hueso. La posición del agujero occipital indicaba que la cabeza descansaba sobre una columna prácticamente vertical. La curvatura lumbar recordaba ya a la nuestra. Las rodillas podían mantenerse bajo el centro del cuerpo. El pie poseía un dedo gordo alineado con los demás, en lugar de separado como un pulgar prensil. Todo parecía apuntar en la misma dirección: Lucy caminaba sobre dos piernas de manera habitual.

Pero la auténtica protagonista de esta historia no era la columna, ni el pie, ni siquiera las rodillas. Era un anillo de hueso de apenas unos centímetros de grosor que cambiaría para siempre el destino de nuestra especie: la pelvis.

Resulta curioso que la pelvis apenas aparezca en las conversaciones cotidianas. Hablamos del corazón como símbolo del amor, del cerebro como sede de la inteligencia y de las manos como herramientas de la civilización. La pelvis, en cambio, permanece discretamente escondida bajo la ropa, como si desempeñara un papel secundario. Nada más lejos de la realidad. Si hubiera que señalar la estructura anatómica que hizo posible la humanidad tal como la conocemos, probablemente habría que empezar por ella.

En los grandes simios actuales la pelvis es alta y estrecha. Ese diseño resulta magnífico para trepar y desplazarse entre las ramas, pero es bastante ineficaz para caminar largas distancias sobre dos piernas. En nuestros antepasados ocurrió exactamente lo contrario. La pelvis se fue acortando, ensanchando y curvando hasta convertirse en una compleja plataforma capaz de sostener el peso del tronco sobre una sola pierna durante cada paso.

Porque caminar, aunque no lo parezca, consiste precisamente en eso: en una sucesión de caídas controladas. Cada vez que avanzamos, durante una fracción de segundo todo nuestro cuerpo descansa únicamente sobre una pierna. Si la pelvis no estuviera diseñada para mantener el equilibrio, el tronco se desplomaría hacia el lado contrario con cada zancada. La locomoción humana sería un espectáculo ridículo.

Aquí entran en escena unos músculos de los que casi nadie ha oído hablar: los glúteos medios. Mientras un pie permanece apoyado en el suelo, estos músculos trabajan silenciosamente para impedir que la pelvis bascule en exceso. Lo hacen miles de veces al día sin pedir reconocimiento alguno. Si dejan de funcionar, como ocurre en determinadas enfermedades neurológicas o lesiones del nervio glúteo superior, aparece la característica marcha de Trendelenburg: el cuerpo oscila exageradamente de un lado a otro para compensar la pérdida de estabilidad. Basta observar a uno de estos pacientes durante unos segundos para comprender la extraordinaria ingeniería que normalmente pasa inadvertida.

Sin embargo, la evolución todavía tenía reservado un problema mucho más difícil. A medida que el cerebro de nuestros antepasados aumentaba de tamaño, también lo hacía la cabeza de los recién nacidos. La pelvis debía seguir siendo suficientemente estrecha para caminar con eficacia, pero al mismo tiempo necesitaba un canal del parto cada vez más amplio. Era como intentar diseñar un coche de carreras que también sirviera para transportar un piano de cola.

La solución fue uno de los compromisos anatómicos más ingeniosos —y más incómodos— de toda la evolución humana. La pelvis femenina se hizo más ancha que la masculina. Las cavidades donde encajan los fémures quedaron más separadas y estos comenzaron a inclinarse hacia la línea media del cuerpo. Esa convergencia recibe el nombre de ángulo Q, aunque la mayoría de las personas jamás haya oído hablar de él. Lo importante es que modifica sutilmente la mecánica de la marcha.

Aquí aparece un fenómeno que todos hemos visto miles de veces sin preguntarnos nunca su origen. Si observamos caminar a una mujer desde cierta distancia, solemos percibir un movimiento de las caderas más marcado que en un hombre. La explicación popular suele atribuirlo a una especie de balanceo deliberado, casi coqueto. La anatomía cuenta una historia mucho menos romántica y mucho más interesante.

Ese movimiento no es un adorno. Es una consecuencia inevitable de la arquitectura de la pelvis y de la forma en que los músculos estabilizan el cuerpo durante el apoyo sobre una sola pierna. La pelvis rota ligeramente, el tronco compensa ese desplazamiento y el centro de gravedad permanece exactamente donde debe estar: encima del pie que sostiene el peso del cuerpo. Todo ocurre con una precisión casi matemática y con un gasto mínimo de energía.

Lo fascinante es que nuestro cerebro detecta esas diferencias con enorme facilidad. Los psicólogos han realizado experimentos sorprendentes colocando pequeñas luces únicamente sobre las articulaciones de una persona —hombros, caderas, rodillas y tobillos— para filmarlas caminando en una habitación completamente oscura. Los observadores no veían rostros, ropa ni rasgos físicos; solo una docena de puntos luminosos moviéndose en la oscuridad. Aun así, eran capaces de identificar si quien caminaba era un hombre o una mujer con una precisión muy superior a la esperada por azar. Nuestro cerebro parece llevar millones de años perfeccionando un sofisticado detector de patrones de marcha.

¿Y Lucy?

Esa es quizá la pregunta más sugerente de todas. Si pudiéramos traerla al presente, vestirla con unos vaqueros, una camiseta y unas zapatillas deportivas, probablemente llamaría la atención por su escasa estatura, sus brazos relativamente largos o su pequeño cráneo. Pero hay un aspecto que quizá nos resultaría sorprendentemente familiar. Es muy posible que reconociera, en los rasgos esenciales de su locomoción, la misma estrategia biomecánica que utiliza hoy cualquier mujer al caminar por una avenida.

No exactamente igual, por supuesto. Lucy conservaba adaptaciones para trepar a los árboles y su marcha debía de diferir en muchos detalles de la nuestra. Pero el principio fundamental ya estaba allí: una pelvis remodelada para sostener el cuerpo erguido, unos músculos capaces de estabilizarla durante cada paso y unas piernas diseñadas para recorrer largas distancias con un coste energético extraordinariamente bajo.

Cada vez que una mujer cruza una plaza con la compra, pasea a su perro o camina apresurada para no perder el autobús, está utilizando una solución anatómica que comenzó a perfeccionarse hace más de tres millones de años. El ligero movimiento de sus caderas no es un gesto aprendido ni una extravagancia de la moda. Es el eco lejano de una innovación evolutiva que permitió a nuestros antepasados abandonar definitivamente el bosque y conquistar el mundo.

sábado, 27 de junio de 2026

LA ÚLTIMA PLANTA QUE INTRIGÓ A DARWIN HA FLORECIDO EN CUATRO CAÑOS

 

En un alcorque de Cuatro Caños, bajo una de las parrotias recién plantadas, ha aparecido un visitante inesperado. La última vez lo había visto en el viaje enloquecido con el que, empujado por el viento, volaba por las praderas próximas a North Platte, Nebraska. Verlo ahora, tan cerca de mi casa, me ha traído el recuerdo que une a esta planta con Charles Darwin.

A principios de abril de 1882, Darwin escribió una de las últimas cartas de su vida. Tenía setenta y tres años, llevaba tiempo soportando una enfermedad cardíaca que lo obligaba a limitar su actividad y sabía que las fuerzas empezaban a abandonarlo. Después de haber revolucionado la biología con la teoría de la evolución por selección natural, cualquiera imaginaría que sus últimas inquietudes científicas estarían relacionadas con el origen del ser humano, las orquídeas, las plantas insectívoras o alguno de los muchos asuntos que habían ocupado sus investigaciones durante medio siglo.

Sin embargo, aquella carta iba dirigida a un joven botánico estadounidense, James Edward Todd, al que le pedía con una sencillez casi conmovedora que, si le era posible, le enviara unas semillas de Solanum rostratum. Acababa de leer el trabajo que Todd había publicado sobre aquella discreta solanácea de las praderas norteamericanas y deseaba cultivarla en Down House, su casa cercana a Londres, para observar personalmente sus flores. Las semillas nunca llegaron a tiempo. Nueve días después, el 19 de abril de 1882, Darwin fallecía sin haber podido satisfacer aquella última curiosidad científica: hasta el último momento Darwin siguió convencido de que la naturaleza siempre escondía algún secreto nuevo para quien estuviera dispuesto a mirar con suficiente atención.

La intuición de Darwin era acertada. S. rostratum constituye una de las demostraciones más brillantes de cómo la evolución puede ir resolviendo, uno tras otro, los problemas que plantea la existencia de una planta. Cada rasgo de su anatomía parece responder a una pregunta distinta. ¿Cómo evitar ser devorada? ¿Cómo atraer polinizadores sin malgastar recursos? ¿Cómo dispersar las semillas a grandes distancias? ¿Cómo colonizar nuevos territorios?

En conjunto, la especie parece un catálogo de soluciones evolutivas acumuladas durante millones de años de ensayo y error. No es extraño que hoy haya dejado de ser una curiosidad botánica para convertirse en uno de los organismos modelo con los que los biólogos estudian la evolución de las flores y las relaciones entre plantas e insectos.

El primer desafío consiste, naturalmente, en sobrevivir. Una planta no puede huir cuando aparece un herbívoro ni esconderse detrás de una roca. Debe permanecer inmóvil mientras vacas, ciervos, conejos o insectos deciden si merece la pena convertirla en la siguiente comida. S. rostratum afronta este problema con una contundencia que raya la exageración. Toda su superficie está armada. Los tallos aparecen cubiertos de largas espinas amarillentas; los pecíolos también; los nervios principales de las hojas exhiben aguijones igualmente afilados, e incluso el cáliz que envuelve al fruto termina transformándose en una auténtica jaula de púas. La sensación es que la planta desconfía profundamente del mundo y ha decidido fortificarse hasta donde le permite la anatomía.

Sin embargo, la evolución rara vez deposita toda su confianza en una única estrategia. Si algún animal decide soportar los pinchazos, encontrará una segunda línea defensiva mucho menos visible, pero probablemente más eficaz. Como muchas otras solanáceas, la especie sintetiza alcaloides esteroidales, entre ellos solanina, solasonina y solamargina, compuestos de sabor desagradable y potencialmente tóxicos que disuaden a numerosos herbívoros. Primero intenta convencer al atacante de que busque un alimento más cómodo; si eso no basta, procura que la experiencia resulte inolvidable.

Una vez resuelto el problema de no ser comida, aparece otro igual de importante: ¿cómo abandonar el lugar donde uno nació cuando está condenado a vivir enraizado? Muchas plantas confían esta tarea al viento mediante semillas provistas de vilanos; otras recurren al agua o seducen a los animales con frutos apetitosos. S. rostratum decidió no limitarse a una sola posibilidad. Al finalizar el verano, el tallo se seca y se vuelve quebradizo hasta desprenderse de la raíz. A partir de ese momento la planta entera se convierte en una esfera rodante impulsada por el viento. 

Es el fenómeno que los botánicos denominan estepicursor. Mientras rueda por praderas, cunetas o terrenos abiertos va liberando lentamente miles de semillas, distribuyéndolas a lo largo de un recorrido que puede alcanzar centenares de metros e incluso varios kilómetros si el viento sopla con suficiente intensidad. Es una solución tan sencilla que casi parece una broma de la evolución: si no puedes caminar, conviértete tú mismo en el vehículo. Pero, como ocurre tantas veces en biología, la planta tampoco deposita toda su confianza en este procedimiento. También produce pequeñas bayas que pueden ser consumidas por distintos animales, añadiendo una segunda vía de dispersión. Diversificar siempre ha sido una buena estrategia, tanto para un inversor como para una planta.

La reproducción constituye, sin embargo, el aspecto que convirtió a S. rostratum en objeto de la curiosidad de Darwin. A cierta distancia, sus flores amarillas no parecen especialmente diferentes de las de otras muchas solanáceas. Sólo cuando se observan de cerca comienza a advertirse que algo resulta extraño. Los cinco estambres no son iguales. Cuatro permanecen agrupados y son relativamente pequeños, mientras que el quinto es mucho más largo, aparece separado de los demás y ocupa una posición extravagante.

Un abejorro (Bombus terrestris) se acerca a una flor de Solanum rostratum listo para comenzar la polinización vibratoria. Foto.

Durante mucho tiempo aquella asimetría desconcertó a los botánicos. Hoy sabemos que representa uno de los ejemplos más refinados de heteranteria, un fenómeno en el que distintos estambres de una misma flor se especializan en funciones diferentes. Los cuatro estambres menores producen el polen que las abejas recolectarán como alimento para sus larvas. El quinto, en cambio, está diseñado para depositar polen sobre una región muy concreta del cuerpo del insecto, desde donde podrá ser transportado hasta otra flor. El polen de ambos tipos de anteras es viable; lo que cambia no es su fertilidad, sino el papel ecológico que desempeña. La planta, por decirlo de algún modo, paga a sus visitantes, pero procura que la mayor parte del capital reproductor no termine almacenado en las corbículas de una abeja.

Lo verdaderamente ingenioso es que ni siquiera ese polen resulta fácil de obtener. Las anteras permanecen cerradas y sólo presentan un diminuto poro en su extremo. Para que el polen salga no basta con que un insecto se pose sobre la flor. Hace falta una técnica muy concreta que sólo dominan determinadas abejas y abejorros. Estos insectos se aferran a los estambres con las mandíbulas y las patas, desacoplan los músculos que normalmente utilizan para volar y convierten su tórax en un pequeño vibrador capaz de producir cientos de oscilaciones por segundo.

La flor entera comienza entonces a zumbar y el polen sale despedido por los poros como si alguien estuviera agitando un salero microscópico. Este fenómeno, conocido como polinización por vibración, constituye uno de los mecanismos de polinización más sofisticados del reino vegetal. Las especies incapaces de producir esas vibraciones abandonan la flor con las patas prácticamente vacías. La recompensa existe, pero sólo para quienes saben abrir la cerradura.

Posición de un abejorro forrajero (Bombus terrestris audax) en flores de Solanum rostratum en dos orientaciones: horizontal (A) y colgante (B). Fotos.

Como si esta colección de ingenios no fuera suficiente, S. rostratum desempeña además un papel ecológico de enorme importancia en los agroecosistemas. La planta actúa como hospedadora natural del escarabajo de la patata (Leptinotarsa decemlineata), uno de los insectos fitófagos más conocidos del mundo. Gracias a ella, las poblaciones del coleóptero pueden mantenerse vivas incluso cuando los campos de patatas han desaparecido temporalmente del paisaje. Desde el punto de vista agrícola, esto supone un inconveniente considerable, ya que facilita la persistencia de una plaga extremadamente voraz. Desde la perspectiva del insecto, en cambio, representa una estrategia de supervivencia admirable. La evolución no entiende de buenos ni malos; únicamente favorece a quienes consiguen dejar descendencia.

Quizá por eso S. rostratum ha logrado extenderse muy lejos de las praderas donde evolucionó. Originaria de Norteamérica, hoy forma parte de la flora de amplias regiones de Europa, Asia, África, Australia y Sudamérica. Ha colonizado terrenos alterados, márgenes de caminos, campos de cultivo, vías férreas y solares urbanos con una eficacia extraordinaria. Su éxito no depende de una única adaptación milagrosa, sino de la suma de muchas pequeñas ventajas que, combinadas, forman un conjunto extraordinariamente eficaz. Espinas, alcaloides, plantas rodadoras, frutos para los animales, flores especializadas, polinización por vibración y una notable capacidad para convivir con el ser humano constituyen las piezas de un mismo rompecabezas evolutivo.

Es posible que Darwin nunca llegara a imaginar todas las respuestas que hoy conocemos sobre aquella planta cuyas semillas esperaba con impaciencia. Sin embargo, comprendió algo esencial: la grandeza de la evolución rara vez se manifiesta únicamente en los organismos más espectaculares. Con frecuencia se esconde en especies humildes que pasan inadvertidas para casi todo el mundo.

Basta detenerse unos minutos al borde de un camino para descubrir que una planta cubierta de espinas puede encerrar una colección de soluciones biológicas más ingeniosas que muchas de las máquinas construidas por nuestra propia especie. Quizá esa sea la razón por la que, hasta el último momento de su vida, Darwin siguió buscando respuestas en las flores más corrientes. Había aprendido que la naturaleza nunca desperdicia una buena idea y que, cuando una de ellas funciona, acaba escribiéndola pacientemente en el lenguaje silencioso de la evolución.

jueves, 25 de junio de 2026

BIODIVERSIDAD: CÓMO FABRICAR UN BOSQUE… Y PERDER LA NATURALEZA

 

Hay una curiosa tendencia humana a creer que la naturaleza es como una habitación desordenada: basta con colocar las cosas en filas rectas para que todo funcione mejor. Si un valle tiene árboles, pensamos que más árboles solo pueden ser una buena noticia. Si una montaña parece desnuda, la llenamos de verde. Y si ese verde, además, crece deprisa, produce buena madera y luce estupendamente en las fotografías aéreas, tanto mejor. Resulta difícil imaginar una idea más razonable. También resulta difícil imaginar una idea que haya producido tantos errores.

El gran ecólogo Aldo Leopold escribió en 1949 una frase que todavía hoy debería aparecer grabada a la entrada de todos los ministerios de medio ambiente del planeta: «Mantener cada pieza es la primera regla de la inteligencia ecológica». Lo extraordinario es que escribió aquello mucho antes de que existieran las herramientas para demostrarlo. Leopold intuía que la naturaleza era más parecida a un reloj suizo que a un almacén de piezas intercambiables. Uno puede quitar un pequeño engranaje y el reloj quizá siga funcionando durante un tiempo. El problema llega mucho después.

Algo así ocurrió en los Alpes italianos. En los años treinta, el régimen de Benito Mussolini decidió emprender una de aquellas grandes obras que tanto gustaban a los gobiernos convencidos de que la naturaleza necesita disciplina. Muchas laderas alpinas sufrían erosión y desprendimientos, así que la solución parecía evidente: plantar árboles. Millones de árboles.

La especie elegida fue la pícea noruega (Picea abies), una conífera elegante, de crecimiento rápido y madera excelente. Era el candidato perfecto para quien contemple un bosque con la misma mirada con la que un contable contempla una hoja Excel. En pocas décadas, praderas alpinas y bosques autóctonos fueron sustituidos por extensas plantaciones de abetos alineados con la precisión de un desfile militar. Desde la distancia, el resultado parecía magnífico. Las montañas se habían vuelto verdes. ¿Qué podía salir mal?

La respuesta ha tardado casi un siglo en llegar. Lo ha hecho en un artículo publicado en la revista Ecology. Un equipo dirigido por el ecólogo Gianalberto Losapio decidió estudiar dos zonas próximas al lago de Como donde aquellas plantaciones todavía dominan el paisaje. Compararon tres mundos vecinos: los bosques artificiales de pícea, los bosques caducifolios originales y los antiguos pastizales alpinos. Durante meses identificaron plantas, insectos y las propiedades del suelo, convencidos de que, después de noventa años, el bosque habría alcanzado algún tipo de equilibrio.

Encontraron exactamente lo contrario. En las parcelas ocupadas por las píceas aparecían, por término medio, apenas siete especies de plantas. En los bosques naturales había casi diecinueve. En las praderas alpinas, treinta y siete. Es decir, la diversidad vegetal se había reducido a menos de la mitad respecto al bosque original y a una cuarta parte de la que existía en los pastizales subalpinos.

Lo más llamativo es que, visto desde fuera, nadie habría sospechado nada. El bosque seguía siendo verde. Alto. Frondoso. Incluso hermoso. Era un poco como esos decorados del Oeste construidos en Hollywood: fachadas impecables que esconden edificios sin habitaciones detrás.

El problema es que plantar millones de ejemplares de una sola especie no equivale a reconstruir un bosque. Equivale a fabricar una plantación. La diferencia parece semántica, pero es enorme. Un bosque es una comunidad extraordinariamente complicada donde miles de especies llevan millones de años negociando quién vive junto a quién, quién florece primero, quién aprovecha la sombra, quién recicla las hojas caídas y quién alimenta a quién. Cuando todo eso se sustituye por una única especie repetida hasta el horizonte, la naturaleza pierde complejidad del mismo modo que una biblioteca perdería interés si todos sus libros fueran idénticos.

La propia biología de la pícea agravó el problema. Mientras hayas, arces o castaños dejan caer sus hojas durante el invierno y permiten que el sol alcance el suelo justo cuando muchas plantas alpinas necesitan florecer, la pícea conserva sus agujas todo el año. Bajo su copa apenas entra luz. No se trata de una competición justa entre especies. Es una prohibición permanente. Muchas plantas sencillamente dejan de existir porque nunca reciben la breve primavera luminosa para la que evolucionaron.

Tampoco el suelo escapó a la transformación. Durante décadas, las agujas acumuladas fueron acidificándolo lentamente. Los investigadores encontraron más carbono orgánico, lo que podría parecer una buena noticia, salvo porque ese carbono permanecía allí precisamente porque los microorganismos trabajaban cada vez menos. La materia orgánica se descomponía con lentitud, el reciclaje de nutrientes se ralentizaba y el bosque empezaba a comportarse como una ciudad donde los camiones de la basura hubieran dejado de pasar. Los residuos se acumulan, pero nadie diría que eso mejora el funcionamiento de la ciudad.

Los científicos analizaron además algo mucho más difícil de apreciar que el simple número de especies: las funciones ecológicas. No basta con contar habitantes; importa saber qué hace cada uno. En las plantaciones descubrieron que muchos de esos oficios habían desaparecido. Había menos especialistas, menos redundancia y menos capacidad para responder a enfermedades, sequías o plagas. El bosque seguía allí, sí, pero funcionaba peor.

Quizá el descubrimiento más sorprendente fue comprobar que, después de noventa años, la naturaleza ni siquiera había conseguido inventar un ecosistema nuevo. Nadie esperaba encontrar exactamente el bosque original, pero al menos cabía imaginar una comunidad diferente, adaptada a las nuevas condiciones. No ocurrió. No aparecieron especies propias de los bosques boreales ni surgió un equilibrio alternativo. Lo único que encontraron fue una versión empobrecida del antiguo bosque: las mismas especies de siempre, solo que muchas menos.

Los insectos del suelo parecían resistir algo mejor, probablemente porque pueden desplazarse con relativa facilidad entre hábitats cercanos. Sin embargo, incluso allí las alteraciones químicas del suelo sugerían que buena parte de la vida microscópica llevaba décadas cambiando silenciosamente. Todo esto podría parecer un episodio curioso de la historia forestal italiana si no fuera porque el mundo entero continúa haciendo exactamente lo mismo.

Hoy numerosos programas internacionales de reforestación miden su éxito por el número de árboles plantados. Es un indicador sencillo, barato y muy fotogénico. Los gobiernos anuncian millones de nuevos árboles, las empresas presumen de compensar emisiones y todos parecen satisfechos. El problema es que plantar árboles no siempre significa recuperar un bosque. Según diversos estudios, aproximadamente la mitad de las grandes superficies comprometidas para restauración forestal en el mundo consisten en monocultivos, muchas veces de especies ajenas al lugar.

Los Alpes italianos recuerdan que los errores ecológicos tienen una desagradable costumbre: tardan décadas en hacerse visibles. Durante noventa años aquellos bosques parecieron un éxito. Solo ahora sabemos que bajo aquella alfombra verde la biodiversidad se había ido evaporando lentamente, especie tras especie, generación tras generación.

Leopold tenía razón. La naturaleza no funciona porque haya muchos árboles. Funciona porque cada pieza, incluso la más pequeña y aparentemente insignificante, sigue ocupando el lugar que tardó millones de años en encontrar. Y descubrir que falta una pieza suele ocurrir cuando ya es demasiado tarde para volver a colocarla.

LAS TRES MANTAS DEL CEREBRO

 

Hay personas que salen de casa con casco para montar en bicicleta. Otras se ponen sombrero para protegerse del sol. Y luego está el cerebro, que decidió hace cientos de millones de años que ninguna de esas medidas era suficiente. El órgano más complicado que conocemos —unos 86 000 millones de neuronas, cientos de billones de conexiones y un consumo energético equivalente al de una bombilla de veinte vatios— vive encerrado dentro de una fortaleza de hueso y, por si acaso, envuelto en tres delicadas membranas. Es como guardar el violín Stradivarius más valioso del mundo dentro de una caja fuerte, meter la caja fuerte en una caja acolchada y, finalmente, envolverlo todo en plástico de burbujas.

La ilustración muestra ese sistema defensivo con un detalle arquitectónico. Vista en sección, la cabeza parece una sofisticada lasaña biológica en la que cada capa cumple una misión muy concreta. No sobra ninguna. Si quitáramos cualquiera de ellas, descubriríamos enseguida que la evolución no era tan derrochadora como a veces parece.

La primera línea de defensa es el cráneo, una obra maestra de ingeniería que solemos dar por sentada. Cuando uno toca su propia cabeza, tiene la sensación de estar palpando una sola pieza de hueso. En realidad, el cráneo es un rompecabezas formado por más de veinte huesos unidos mediante suturas, unas juntas dentadas tan precisas que recuerdan las ensambladuras de un carpintero japonés. En los recién nacidos esas uniones todavía permanecen abiertas; son las famosas fontanelas, esas zonas blandas que aterrorizan a los padres primerizos y permiten que la cabeza pueda deformarse ligeramente durante el parto. Con el tiempo las piezas se sueldan y forman una caja extraordinariamente resistente y, al mismo tiempo, sorprendentemente ligera gracias a su estructura esponjosa interna.

Sin embargo, incluso el mejor casco tiene sus límites. El cerebro no está pegado al hueso como un cuadro a una pared. Necesita cierto margen para respirar, recibir sangre y soportar pequeños movimientos sin golpearse constantemente contra el interior del cráneo. Ahí entra en escena la segunda protagonista de nuestra historia: la duramadre.

Si el nombre parece salido de una novela de fantasía medieval, no es casualidad. Dura mater significa literalmente "madre dura", un término heredado de los anatomistas medievales que, curiosamente, tradujeron una expresión árabe. Y el nombre le hace justicia. Es una membrana gruesa, resistente y sorprendentemente fuerte. Si el cerebro fuera un ordenador portátil, la duramadre sería esa funda rígida que uno compra después de haber pagado una fortuna por el aparato.

Pero la duramadre no se limita a envolver. También construye. Sus pliegues forman auténticos tabiques interiores que mantienen el cerebro en su sitio cuando corremos, saltamos o hacemos algo tan cotidiano como agachar la cabeza para atarnos los zapatos. Además, alberga los grandes senos venosos, enormes canales por los que regresa hacia el corazón la sangre que ha alimentado al encéfalo. Es decir, además de guardaespaldas, hace de ingeniera civil.

Después llega probablemente la más elegante de las tres membranas: la aracnoides. Su nombre procede del griego aráchne, araña, porque bajo el microscopio presenta una red de finísimas trabéculas que recuerdan a una tela de araña. No es una comparación poética, pero sí extraordinariamente precisa.

Lo realmente fascinante de esta capa no es la membrana en sí, sino el espacio que deja por debajo. Ese hueco, llamado espacio subaracnoideo, está lleno de líquido cefalorraquídeo. Este líquido transparente constituye una de las ideas más brillantes que ha tenido la evolución. El cerebro pesa alrededor de kilo y medio cuando lo sostenemos en la mano, pero flotando dentro de ese líquido su peso efectivo se reduce a apenas unos cincuenta gramos. Es un extraordinario ejemplo de flotación biológica.

Resulta difícil exagerar la importancia de este detalle. Sin ese baño permanente, el propio peso del cerebro aplastaría lentamente las regiones inferiores contra la base del cráneo. En cierto sentido, todos llevamos nuestro cerebro suspendido en una pequeña piscina privada.

El líquido cefalorraquídeo tampoco permanece quieto. Se produce continuamente en unos diminutos plexos dentro de los ventrículos cerebrales, circula alrededor del cerebro y de la médula espinal, recoge productos de desecho, amortigua impactos y finalmente vuelve al torrente sanguíneo. Es un servicio de mantenimiento las veinticuatro horas del día. Mientras usted lee estas líneas, su organismo está fabricando aproximadamente medio litro de este líquido, aunque nunca llega a acumular tanto porque se renueva constantemente.

La última capa, pegada íntimamente al cerebro, recibe el delicado nombre de piamadre. Si la duramadre es una armadura y la aracnoides una hamaca suspendida sobre agua, la piamadre sería una sábana finísima perfectamente ajustada al colchón.

Esta membrana sigue con una fidelidad casi obsesiva todos los pliegues, surcos y circunvoluciones de la corteza cerebral. Allí donde el cerebro se hunde, ella se hunde; donde asciende, asciende con él. No deja un solo milímetro sin cubrir. Además, acompaña a las arterias y venas que penetran en el tejido nervioso, formando una especie de delicado embalaje para los vasos sanguíneos que alimentan las neuronas.

Lo curioso es que, durante siglos, los anatomistas conocían perfectamente la existencia de estas tres capas, pero apenas tenían idea de para qué servían exactamente. Era como descubrir el complejo sistema de tuberías de un rascacielos sin comprender todavía cómo funciona el agua corriente. Sólo en las últimas décadas hemos empezado a entender hasta qué punto participan en la inmunidad cerebral, en la circulación del líquido cefalorraquídeo e incluso en la eliminación nocturna de sustancias potencialmente tóxicas mediante el llamado sistema glinfático.

Y aquí aparece una de esas paradojas que tanto gustan a la biología. Solemos imaginar el cerebro como un órgano completamente aislado del resto del cuerpo, protegido por la famosa barrera hematoencefálica. Sin embargo, esas membranas son también lugares de intenso tráfico biológico. Células inmunitarias, vasos linfáticos descubiertos hace apenas unos años y complejos sistemas de drenaje trabajan continuamente en una actividad frenética que hasta hace muy poco permanecía oculta.

Todo ello para proteger un órgano extraordinariamente frágil. El cerebro tiene aproximadamente la consistencia de un flan muy blando. Si pudiéramos sostenerlo desnudo entre las manos, descubriríamos que se deforma con una facilidad inquietante. Resulta casi milagroso que una estructura tan delicada sea capaz de sobrevivir durante décadas soportando carreras, caídas, estornudos violentos, montañas rusas y, en algunos casos, partidos de rugby.

Quizá esa sea la enseñanza más interesante de esta aparentemente sencilla ilustración. Cuando pensamos en inteligencia solemos imaginar neuronas disparando impulsos eléctricos, recuerdos almacenados o ideas brillantes. Pero nada de eso existiría sin estas humildes capas protectoras que rara vez aparecen en los libros de divulgación.

La evolución comprendió algo mucho antes que nosotros: crear una máquina prodigiosa es solo la mitad del trabajo. La otra mitad consiste en envolverla con suficiente cuidado para que llegue intacta al día siguiente. Y pocas máquinas han sido embaladas con tanta elegancia como el cerebro humano.

CRITICAR A LOS JUECES RESULTA IMPRESCINDIBLE PARA UNA DEMOCRACIA

 

Cuentan que en una ocasión durante los años difíciles de la Transición el entonces presidente Adolfo Suárez dijo: «Se han quedado fuera del sistema». Cuando le preguntaron a quiénes se refería, respondió: «Los jueces y los periodistas se han quedado fuera del sistema, no admiten la crítica».

Con esta cita, José María Calero, abogado y fiscal en excedencia, cierra el argumento de su artículo Criticar a los jueces, que constituye una defensa del derecho de los ciudadanos a criticar las resoluciones judiciales y, al mismo tiempo, una reflexión sobre los límites del papel institucional de los jueces cuando hablan como colectivo.

La idea central del artículo es que afirmar que una resolución judicial es errónea, absurda o incluso un disparate forma parte del ejercicio legítimo de la libertad de expresión. Criticar una sentencia no supone atacar el Estado de derecho; al contrario, constituye uno de los mecanismos de control democrático sobre el poder.

Una parte importante del artículo se dedica a distinguir entre el poder judicial como función del Estado y los jueces considerados colectivamente. El autor sostiene que el poder público debe estar sometido a crítica constante y que el poder judicial no puede ser una excepción. Los jueces no constituyen un «poder» como colectivo.

Cada juez ejerce jurisdicción únicamente en los asuntos que le corresponden. Un juez individual puede adoptar decisiones jurisdiccionales de enorme trascendencia, pero «los jueces», como colectivo, no dictan sentencias ni ejercen poder jurisdiccional conjunto.

El poder judicial es un poder difuso y distribuido, no un órgano unitario como el Gobierno o el Parlamento. Por ello considera incorrecto que asociaciones judiciales o portavoces hablen como si representaran un supuesto poder colectivo comparable al Ejecutivo o al Legislativo.

El autor afirma que la crítica a las decisiones judiciales comienza dentro del propio sistema mediante los recursos ante tribunales superiores, pero no termina ahí. Sostiene que también existe una crítica pública externa, ejercida por ciudadanos, periodistas, abogados o académicos, que resulta imprescindible para una democracia.

Incluso cuando esa crítica resulte dura, áspera o utilice expresiones muy contundentes, forma parte de la libertad de expresión siempre que no constituya otros delitos (como injurias en determinadas circunstancias). La formación de una opinión pública libre requiere precisamente que puedan discutirse las resoluciones judiciales.

Decir que una resolución judicial es un disparate no infringe ninguna ley, es ejercer la libertad de expresión. El autor explica que cuando un ciudadano califica una sentencia de «disparate» no está incumpliendo la ley por el mero hecho de expresar ese juicio de valor. Para Calero, ese tipo de opiniones contribuyen al control democrático del ejercicio del poder.

El artículo también subraya que los jueces, como ciudadanos, no pierden su libertad de expresión. Pueden manifestar sus opiniones, incluso participar en tertulias o intervenir públicamente, aunque el ejercicio de esa libertad debe ser compatible con las obligaciones derivadas de su cargo.

No obstante, el autor distingue claramente entre un juez que opina como ciudadano y un juez que pretende hablar en nombre del conjunto de la judicatura. En este último caso considera que aparece un problema institucional. Por eso, una parte relevante del artículo cuestiona la actuación de determinadas asociaciones profesionales de jueces.

Las asociaciones nacieron para defender condiciones laborales y profesionales, pero algunas han terminado actuando como si representaran institucionalmente al poder judicial, lo que conduce a una especie de «poder judicial colectivo» que carece de legitimidad constitucional. Añade además que esas asociaciones han prestado poca atención a los problemas materiales de la carrera judicial mientras incrementaban su protagonismo en debates políticos.

Calero critica también una idea muy extendida según la cual cualquier crítica intensa a los jueces debilita automáticamente la confianza de los ciudadanos en la Justicia. Recuerda que durante décadas el Consejo General del Poder Judicial reaccionaba frente a críticas públicas invocando precisamente esa necesidad de preservar la confianza.

Frente a ello Calero sostiene que la confianza en las instituciones no se protege limitando el debate, sino que se fortalece permitiendo una crítica libre y abierta. Porque el auténtico riesgo para la credibilidad de la Justicia no es la existencia de críticas, sino impedir que puedan formularse.

Calero cierra su argumento subrayando que ninguna institución democrática debería situarse al margen de la crítica pública. La legitimidad del poder judicial no exige inmunidad frente al debate ciudadano, sino precisamente lo contrario: aceptar que sus decisiones puedan ser discutidas con libertad, incluso de forma muy severa, como ocurre con cualquier otro poder público.