Hay plantas cuyo nombre conocemos
antes que la planta. La hierbaluisa es una de ellas. Basta con rozar una hoja
entre los dedos para comprender por qué lleva más de dos siglos instalada en
jardines, cocinas y botiquines domésticos: inmediatamente aparece un
intensísimo olor a limón. Lo curioso es que la planta no tiene ningún
parentesco cercano con los limoneros. El aroma es simplemente uno de esos casos
en los que la evolución ha llegado por caminos diferentes a soluciones químicas
parecidas.
La hierbaluisa, Aloysia
citrodora, pertenece a las Verbenaceae, familia en la que encontramos
verbenas, lantanas y otros arbustos y hierbas, muchos de ellos aromáticos. Es
originaria de Sudamérica, fundamentalmente de regiones de Argentina, Paraguay,
Bolivia, Perú y Chile, desde donde fue llevada a Europa por los españoles a
finales del siglo XVIII. El clima mediterráneo le sentó estupendamente y hoy
resulta difícil imaginar algunos jardines tradicionales españoles sin aquel
arbusto aparentemente anodino que, en cuanto se toca, huele como si alguien
acabara de pelar un limón.
Su nombre científico ha dado
bastantes tumbos. La especie fue descrita por el botánico español Antonio Paláu
a finales del siglo XVIII como Aloysia citrodora. Durante mucho tiempo
fue conocida también como Lippia citriodora y Aloysia triphylla,
nombres que todavía aparecen en libros de jardinería, herbolarios e incluso
publicaciones científicas viejunas. Aloysia homenajea a María Luisa de
Parma, esposa de Carlos IV, mientras que citrodora procede del latín y
significa, muy apropiadamente, «que huele a limón».
Es un arbusto caducifolio o
semicaducifolio que, si el clima le resulta favorable, puede alcanzar dos o
incluso tres metros de altura. Sus ramas son largas y relativamente delgadas y
las hojas, lanceoladas, de unos cinco a diez centímetros, aparecen opuestas o
frecuentemente agrupadas de tres en tres. De ahí procede precisamente el
antiguo epíteto triphylla, «de tres hojas». Presentan el margen
ligeramente dentado y una superficie algo áspera.
Las flores son pequeñas,
blanquecinas o ligeramente violáceas, aparecen reunidas durante el verano en
largas inflorescencias terminales. Las flores tienen cuatro sépalos y otros
tantos pétalos que forman una corola ligeramente bilabiada, con cuatro pétalos soldados
en un tubo rematado por cuatro lóbulos, los dos inferiores más desarrollados La
hierbaluisa no ha invertido demasiado en publicidad visual. Su especialidad
está en otra parte. Está en las hojas.
Si observamos su superficie con
suficiente aumento encontraremos diminutas estructuras glandulares en las que
se produce y almacena el aceite esencial. Cuando rompemos esos reservorios al
frotar una hoja, liberamos una compleja mezcla de sustancias volátiles que
alcanza inmediatamente nuestro olfato. Entre sus componentes más
característicos se encuentran los isómeros geranial y neral, que juntos
constituyen el citral, además de limoneno, 1,8-cineol, geraniol y otros
terpenos cuya proporción varía con el origen de la planta, la estación y las
condiciones de cultivo.
El citral es el gran responsable
del profundo aroma a limón. También aparece, como cabría esperar, en el aceite
esencial de numerosas plantas de aroma cítrico, desde la citronela hasta la
hierba limón. La hierbaluisa constituye así una buena advertencia contra
nuestra tendencia a clasificar las plantas por el olor: que dos especies huelan
igual no significa que sean parientes, sino que pueden haber aprendido
independientemente a fabricar moléculas semejantes.
Pero la química de Aloysia
citrodora no termina en el perfume. Sus hojas contienen también flavonoides
y diversos compuestos fenólicos. Entre ellos destaca el verbascósido —también
llamado acteósido—, un compuesto químico ampliamente distribuido en las plantas
y estudiado por sus propiedades antioxidantes y antiinflamatorias.
Mucho antes de que nadie supiera
qué era el citral o dibujara la estructura química del verbascósido, las hojas
ya se utilizaban en la medicina tradicional sudamericana y, después, europea.
Su aplicación más extendida ha sido probablemente como digestiva. Una infusión
de hierbaluisa después de una comida abundante constituye uno de esos remedios
domésticos que han pasado de generación en generación. Se ha utilizado contra
digestiones pesadas, gases y espasmos gastrointestinales, amén de por sus
supuestos efectos sedantes suaves, para combatir el nerviosismo y favorecer el
sueño.
Aquí conviene establecer la
habitual frontera entre tradición y farmacología. Que una planta se haya
utilizado durante siglos no demuestra por sí solo que todas las propiedades que
se le atribuyen estén demostradas clínicamente. Existen estudios experimentales
interesantes sobre algunos componentes de A. citrodora, pero las pruebas
clínicas son bastante más limitadas. Una taza de hierbaluisa puede ser una
bebida agradable y probablemente útil como digestivo suave; convertirla en
remedio para una larga lista de enfermedades es otra cuestión.
Su aceite esencial merece todavía
más prudencia. Como ocurre con muchos aceites esenciales, es una preparación
enormemente concentrada que no equivale a beber una infusión. Puede irritar
piel y mucosas y no debe ingerirse indiscriminadamente.
La cocina también descubrió
pronto sus posibilidades. Las hojas frescas o secas sirven para aromatizar
infusiones, almíbares, cremas, helados, bizcochos, macedonias y licores.
Introducir unas hojas en leche caliente antes de preparar una crema proporciona
un aroma cítrico sorprendentemente limpio sin añadir una gota de zumo de limón.
En perfumería y cosmética, su aceite esencial ha sido apreciado precisamente
por esa fragancia fresca, aunque su coste y la disponibilidad de otras fuentes
de citral han limitado su utilización industrial.
Cultivarla resulta relativamente
sencillo. Le gustan el sol, los suelos bien drenados y los veranos cálidos.
Tolera razonablemente la sequía una vez establecida, pero lleva bastante peor
las heladas fuertes. En climas fríos puede perder completamente las hojas
durante el invierno y ofrecer durante meses el poco alentador aspecto de un
manojo de ramas secas. Conviene no precipitarse con las tijeras: cuando llega
la primavera suele demostrar que estaba bastante más viva de lo que parecía.
La hierbaluisa carece de las
extravagancias sexuales de otras plantas suramericanas (estoy pensando en las
orquídeas sin ir más lejos: no captura insectos, no fabrica frutos
espectaculares ni necesita engañar a nadie. Su gran invento evolutivo cabe en
unas cuantas moléculas invisibles. Un poco de citral almacenado en miles de
glándulas microscópicas ha bastado para que un arbusto sudamericano cruzara el
Atlántico, entrara en nuestros jardines y terminara en nuestras tazas.
Y quizá ahí resida su mayor
encanto. Podemos pasar junto a una hierbaluisa sin prestarle atención. Pero
basta rozar una hoja. De pronto, un arbusto verde bastante discreto se
convierte en una pequeña perfumería vegetal y el aire, durante unos segundos, huele
intensamente a limón.


