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Aspectos botánicos de Punica granatum. A.
Rama florida. Flor: sección longitudinal (1), estambres (2), polen (3), cortes
del ovario a diferentes alturas (4 y 5), y extremo del estilo con estigma (6).
La rama principal representa una forma de flor doble. B. Rama fructificada con
fruto y semilla: granada en sección longitudinal y transversal (7 y 8); semilla
con sarcotesta (9), secciones de la semilla (10, longitudinal y 11, tranversal),
semilla sin la parte carnosa (12), y embrión (13). Modificada a partir de la
láminas originales de Köhler's
Medizinal-Pflanzen, dominio público. |
Hay
frutas que se entregan sin condiciones y otras que exigen una pequeña
negociación. La granada pertenece al segundo grupo. Antes de comer hay que
abrir una cubierta correosa, separar tabiques, rescatar granos y aceptar que
alguno termine en el suelo o deje una señal indeleble en la camisa. A cambio,
ofrece una de las arquitecturas más sorprendentes de la frutería: centenares de
pequeñas reservas de zumo empaquetadas bajo una misma piel. Ahora que los
granados vuelven a cargarse de frutos, merece la pena detenerse ante ellos con
algo más que un cuchillo.
El
granado, Punica granatum, es un arbusto o arbolillo caducifolio,
frecuentemente espinoso, de hojas simples, enteras y por lo común opuestas. Su
nombre conserva una antigua geografía comercial. Punica remite a lo
púnico, a Cartago y a los cartagineses, asociados por los romanos con aquel
fruto que llamaban malum punicum, manzana púnica. El epíteto granatum,
relacionado con el latín granum, alude a su abundancia de granos. En dos
palabras científicas quedaron reunidos los comerciantes del Mediterráneo y el
contenido de su mercancía.
Durante
mucho tiempo el granado tuvo familia propia, las punicáceas. La clasificación
actual lo incluye en las litráceas, Lythraceae, una familia a la que también
pertenecen las salicarias y el árbol de Júpiter de nuestros jardines. El nombre
aceptado sigue siendo el que publicó Linneo en 1753. Los cambios han afectado a
sus relaciones de parentesco, no a su identidad. Su aspecto familiar puede
hacernos olvidar que cada árbol reúne una historia evolutiva bastante más larga
que nuestra costumbre de cultivarlo.
La
flor anuncia el fruto con una precisión admirable. Sobre un receptáculo en
forma de copa se dispone un cáliz grueso, rojizo y persistente, acompañado por
pétalos delicados, generalmente escarlatas, y numerosos estambres. Los pétalos
parecen hechos de papel arrugado; el cáliz tiene la consistencia de un objeto
destinado a durar. Y dura: sus lóbulos permanecen en el extremo de la granada
madura, formando esa pequeña corona que permite reconocerla incluso en un
dibujo infantil.
Sin
embargo, no todas las flores del mismo árbol tienen idéntico porvenir. El
granado produce flores hermafroditas, con ovario bien desarrollado, y otras
funcionalmente masculinas, cuyo aparato femenino no completa su desarrollo. Las
primeras suelen presentar una base más abultada, semejante a una pequeña
vasija; las segundas, más estrecha, recuerdan una campana. También existen
formas intermedias. Una flor caída no es necesariamente una promesa de fruta
malograda: puede haber cumplido su función aportando polen.
El
ovario ocupa una posición ínfera, integrado en la parte inferior de la
estructura floral. Su organización interna es poco corriente: los
compartimentos se distribuyen en niveles superpuestos. En los inferiores, los
óvulos se insertan hacia el eje central; en los superiores, su disposición
parece parietal, próxima a las paredes. Esta organización ayuda a entender por
qué una granada abierta no ofrece la simetría sencilla de una naranja. Los
tabiques y las agrupaciones de semillas dibujan un interior más complicado, que
se aprecia mejor comparando un corte transversal con otro longitudinal.
El
fruto, un original en el universo polimorfo de los frutos, recibe el nombre
botánico de balausta. Su cubierta resistente protege numerosas semillas,
separadas por tabiques membranosos de color claro. Pero la verdadera sorpresa
está en lo que comemos. En un melocotón, la carne procede de la pared del ovario.
En la granada, la parte jugosa pertenece a la propia cubierta de la semilla: es
la sarcotesta. Cada grano entero es, por tanto, una semilla con una envoltura
externa carnosa y un interior más duro. En textos comerciales se habla con
frecuencia de «arilos», aunque sarcotesta describe con mayor precisión su
origen anatómico.
La
diferencia puede parecer una exquisitez de botánicos, pero cambia nuestra
manera de mirar el plato. Cuando desgranamos una granada no estamos apartando
semillas para alcanzar la pulpa: estamos reuniendo semillas para comérnoslas.
El árbol ha convertido su envoltura en una recompensa apetecible. El color
tampoco es una obligación uniforme: según la variedad, los granos pueden ser
muy rojos, rosados o casi blanquecinos.
También
su historia merece algún cuidado. El cultivo es antiquísimo y su origen se
sitúa en Asia occidental y regiones próximas. En un poema escrito en un papiro
del Antiguo Egipto del año 1150 a. C., conocido como «Papiro Erótico de Turín»,
se equiparan las granadas con los senos femeninos. Desde Oriente próximo el
granado se extendió por el Mediterráneo mediante contactos e intercambios entre
pueblos. Atribuir su llegada a la península ibérica a los bereberes del siglo X
retrasa demasiado el calendario: las investigaciones arqueobotánicas documentan
la incorporación de frutales como el granado al este peninsular durante el
primer milenio antes de nuestra era, en el contexto de los contactos con los
fenicios. La agricultura andalusí heredó y enriqueció una tradición anterior.
Conviene
ser igualmente prudentes con la afirmación de que la ciudad de Granada recibió
su nombre del fruto. La asociación es antigua, poderosa y visible en su
heráldica, pero el origen del topónimo no está resuelto mediante esa semejanza.
La arabista María Jesús Viguera ha defendido una interpretación relacionada con
el color rojo de la tierra y las construcciones. El emblema resulta
indiscutible; la etimología exige más cautela que un escudo.
La
medicina tradicional utilizó preparaciones del granado contra diarreas y
parásitos intestinales. Su riqueza en taninos ayuda a explicar la astringencia
y usos como el curtido y la tinción. Sin embargo, la corteza de raíz y tronco
contiene alcaloides, entre ellos la peletierina, que explican tanto su antiguo
empleo antihelmíntico como sus riesgos. La experiencia histórica incluye
remedios eficaces contra un organismo que tampoco eran inocuos para quien los
tomaba.
Tanto
para babilonios, chinos y europeos cristianos, la granada representó eternidad
y resurrección, un símbolo de mediación entre la vida y la muerte. En especial,
gracias a su dualidad como alimento y medicamento, distintos pueblos han empleado
este fruto de color rojo púrpura, probablemente domesticado en Irán y en
Afganistán, para regular el estómago y los intestinos, reducir la fiebre,
detener el sangrado, así como para evitar tener hijos. En el siglo II, el
médico griego Sorano de Éfeso, considerado uno de los padres de la ginecología,
escribió seis recetas de anticonceptivos que contenían granada. Su colega, el
bizantino Aecio de Amida del siglo VI, sugirió que un hombre podría frotar su
pene con corteza de granada antes del coito para evitar la concepción.
Algunos
eruditos cristianos la han considerado un símbolo tanto de la castidad de María
como de la resurrección de Jesús. La fruta fue usada en los ritos zoroastrianos
como símbolo de prosperidad e inmortalidad del alma. Inanna, una diosa adorada
por los sumerios como la «señora de la fertilidad y la sexualidad», fue
representada en vasijas del 3100 a. C. rodeada de granadas, quizá debido a sus
numerosas semillas prominentes. Los eruditos chinos durante el período de las
Seis Dinastías —entre los años 222 y 589— se referían a las flores de granada
como «flores de longevidad». Y no extraña que, junto con el bastón de Asclepio
—Esculapio, para los romanos—, el caduceo —unión del báculo y la serpiente— y
la cruz roja, la granada aparezca frecuentemente en la iconografía médica.
La
investigación moderna estudia sus compuestos, pero una actividad antioxidante o
antiproliferativa en el laboratorio no demuestra, como pretenden algunos y se
explica en los herbolarios, que comer granadas prevenga o cure el cáncer. Los
estudios en personas apuntan a posibles reducciones de la presión arterial y
pequeñas disminuciones de la glucemia; no permiten atribuirle beneficios
generales ni efectos claros sobre los lípidos sanguíneos. La fruta puede formar
parte de una alimentación saludable sin cargar con las obligaciones de un
medicamento.
Quedan usos más placenteros y menos discutibles: comer los granos frescos, incorporarlos a ensaladas, preparar salsas, postres o zumos. La granadina tradicional transforma ese zumo en jarabe. Y queda, sobre todo, el gesto de abrir una granada en otoño. Bajo una cubierta discreta aparece una multitud luminosa, cuidadosamente alojada en sus compartimentos. Después de conocer su anatomía, cuesta verla como una fruta corriente; después de probarla, tampoco parece necesario pedirle milagros.








