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miércoles, 20 de mayo de 2026

NOSTALGIA EQUÍVOCA DE LOS BISONTES

 


Llevamos años reintroduciendo al bisonte europeo en la península ibérica. El problema es que quizás nunca la habitó.

Hay animales que despiertan una emoción inmediata. El bisonte es uno de ellos. Basta ver una fotografía de uno de esos enormes bóvidos avanzando entre la niebla para que algo ancestral se active en nuestra imaginación: Altamira, las cavernas, la Europa salvaje, un continente todavía cubierto de bosques y hielo. El problema comienza cuando la nostalgia sustituye a la biología. 

España lleva años jugueteando con la idea de “reintroducir” el bisonte europeo (Bison bonasus) en distintos puntos de la península. La palabra reintroducir es importante, porque sugiere el regreso de una especie propia, expulsada injustamente y ahora recuperada gracias a la conciencia ecológica moderna. Suena noble. El inconveniente es que cada vez hay más científicos convencidos de que el bisonte europeo jamás formó parte de la fauna ibérica.

Los animales pintados en Altamira probablemente no eran bisontes europeos modernos, sino bisontes esteparios, una especie distinta (Bison priscus), extinguida hace miles de años junto con el ecosistema en el que vivía: la llamada “estepa del mamut”. Aquella Europa fría y seca del Paleolítico desapareció mucho antes de que existieran ni España ni los ecologistas ni las redes sociales. Pretender restaurarla soltando bisontes en fincas mediterráneas tiene algo de parque temático prehistórico.

El problema de muchos proyectos modernos de renaturalización es que confunden la conservación con la escenografía. Se intenta reconstruir una imagen romántica de la naturaleza más que un ecosistema funcional y científicamente coherente. Y el bisonte, con su tamaño descomunal y su poderosa carga simbólica, resulta perfecto para eso. Es el equivalente ecológico de poner una locomotora de vapor en la plaza del pueblo: atrae visitantes, queda bien en las fotografías y produce una agradable sensación de regreso al pasado. Pero la naturaleza no funciona por sensaciones.

Un grupo de cuarenta investigadores de veinticinco universidades europeas publicó recientemente un trabajo en el que desaconsejan claramente la introducción del bisonte europeo en España. Sus argumentos son difíciles de ignorar. El animal está adaptado a climas más fríos y húmedos, necesita asistencia humana constante en ambientes mediterráneos y no cumple mejor que las especies autóctonas las funciones ecológicas que se le atribuyen, como reducir matorral o prevenir incendios.

De hecho, esa es una de las partes más curiosas del asunto. España ya posee excelentes herbívoros adaptados a su territorio: ciervos, corzos, caballos semisalvajes, cabras montesas y una larguísima tradición ganadera extensiva. Pensar que un animal procedente de Europa oriental va a resolver mágicamente problemas ecológicos mediterráneos parece más una campaña publicitaria que un plan de conservación.

Además, hay algo intelectualmente inquietante en todo esto. La introducción de especies exóticas suele considerarse un error gravísimo en conservación. Hemos pasado décadas intentando controlar daños provocados por animales y plantas trasladados fuera de su área natural. Sin embargo, cuando la especie es grande, carismática y fotogénica, algunas reglas parecen flexibilizarse misteriosamente.

Ahora bien, oponerse a la reintroducción del bisonte en libertad no significa estar en contra del animal. Ni mucho menos. El bisonte puede tener perfectamente un lugar en España como ganado. Y eso no debería escandalizar a nadie. Al contrario: probablemente sea el enfoque más honesto y sensato.

Estados Unidos ofrece un ejemplo muy interesante. Allí el bisonte americano estuvo al borde de la extinción en el siglo XIX, pero hoy existen cientos de miles de ejemplares gracias, sobre todo, a ranchos privados y explotaciones ganaderas. Su carne se comercializa como un producto premium: más magra que la vacuna, rica en proteínas y asociada a una imagen de sostenibilidad y tradición. El bisonte dejó de ser únicamente un símbolo romántico del Oeste para convertirse también en un negocio rentable.

Y no hay contradicción en ello. La historia demuestra que muchas especies sobreviven mejor cuando poseen un valor económico claro. El ganado vacuno no necesita campañas emocionales para evitar su desaparición porque forma parte de una cadena productiva estable. El bisonte americano, paradójicamente, encontró parte de su salvación convirtiéndose también en recurso ganadero.

Quizá eso mismo podría ocurrir aquí. Criar bisontes en grandes fincas cerradas, como explotación cárnica o ganadería extensiva especializada, es una idea perfectamente defendible. Incluso interesante desde el punto de vista económico y gastronómico. España tiene experiencia en explotaciones extensivas de alta calidad y existe un mercado creciente para carnes diferenciadas. El animal podría integrarse como un bovino singular, del mismo modo que se crían wagyu japoneses o búfalos italianos. 

Lo que resulta difícil de justificar es vender esa actividad como una restauración ecológica de la naturaleza ibérica. Porque entonces ya no estamos hablando de ganadería, sino de mitología. Y las mitologías son peligrosas cuando empiezan a sustituir a la ciencia.

JOHN JACOB ASTOR, EL HOMBRE QUE COMPRÓ MANHATTAN ANTES QUE NADIE

 


Durante buena parte del siglo XIX, el hombre más rico de Estados Unidos no fue un banquero de Wall Street ni un magnate del ferrocarril. Fue un inmigrante alemán que comenzó vendiendo instrumentos musicales y terminó construyendo un imperio de pieles, barcos y solares neoyorquinos. Su nombre era John Jacob Astor, y durante décadas simbolizó mejor que nadie esa mezcla de ambición, intuición y oportunismo que acompañó el nacimiento económico de Estados Unidos.

Astor nació en 1763 en la pequeña localidad alemana de Walldorf, en el Palatinado, una región pobre y fragmentada del Sacro Imperio. Su familia no pertenecía a la aristocracia ni al gran comercio. Su padre era carnicero y vendedor ambulante. Como tantos europeos del siglo XVIII, los Astor miraban hacia América como quien mira hacia una tierra prometida donde todavía era posible reinventarse.

Los primeros miembros de la familia llegaron al continente antes que él. Uno de sus hermanos emigró primero a Londres y otro se instaló en Nueva York. John Jacob siguió el mismo camino. Pasó unos años en Inglaterra trabajando en la fabricación y venta de instrumentos musicales, flautas y pianos sobre todo, y aprendiendo inglés con una disciplina casi obsesiva. Finalmente, en 1784, apenas terminada la Guerra de Independencia estadounidense, embarcó hacia Nueva York.

El país que encontró era todavía poco más que una franja atlántica de ciudades pequeñas y caminos embarrados. Manhattan no era la capital financiera del mundo, sino una isla irregular donde convivían comerciantes, marineros, tabernas y huertos. Astor llegó prácticamente sin dinero y comenzó trabajando en aquello que conocía: la venta de instrumentos musicales junto a su hermano. Pero entendió muy pronto que el verdadero negocio no estaba en las partituras, sino en las pieles.

La moda europea había convertido el sombrero de castor en un símbolo de elegancia masculina, y Norteamérica estaba llena de castores. Astor empezó comprando pieles a cazadores y comerciantes locales para revenderlas en Europa. Era un negocio duro, dependiente de rutas larguísimas, tribus indígenas, guerras y estaciones climáticas, pero extraordinariamente rentable. Además, Astor poseía dos virtudes decisivas: una enorme capacidad logística y una absoluta falta de sentimentalismo comercial.

Mientras otros comerciantes se limitaban a pequeñas operaciones regionales, él imaginó una red continental. Aprovechó el vacío dejado por las compañías británicas tras la independencia y empezó a extender sus contactos por el interior del continente. En pocos años ya comerciaba en los Grandes Lagos, el valle del Misuri y las rutas canadienses. Tras la compra de Luisiana en 1803 comprendió algo fundamental: Estados Unidos acabaría expandiéndose hacia el Pacífico, y quien controlara las rutas comerciales del Oeste controlaría el futuro.

De esa intuición nació la Pacific Fur Company y el proyecto de Astoria, el primer gran puesto comercial estadounidense en la costa del Pacífico. Astor soñaba con construir una cadena comercial transcontinental que conectara Nueva York con China mediante pieles, barcos y puertos oceánicos. El plan era extraordinariamente moderno para su época: una mezcla de geopolítica, comercio global y expansión territorial.

La expedición resultó un desastre épico. Los hombres enviados por Astor —Wilson Price Hunt, Robert Stuart y otros exploradores y tramperos— atravesaron un continente apenas cartografiado entre hambre, naufragios, motines y errores estratégicos. Washington Irving convertiría aquella aventura en el libro Astoria (1836), una de las primeras grandes epopeyas literarias del Oeste americano. Aunque la empresa perdió el control del fuerte durante la Guerra de 1812, Astor ya había aprendido algo más importante que el comercio de pieles: el verdadero dinero no estaba en los castores, sino en la tierra.

A partir de entonces comenzó la segunda transformación de su fortuna. Mientras la mayoría seguía viendo Manhattan como una ciudad limitada al extremo sur de la isla, Astor empezó a comprar terrenos agrícolas mucho más al norte. Adquiría solares, granjas y parcelas enteras que en aquel momento parecían alejadas del centro urbano. Lo hacía con una paciencia infinita: compraba, esperaba y volvía a comprar.

Su intuición fue prodigiosa. Nueva York creció exactamente en la dirección que él había previsto. Los caminos rurales se convirtieron en avenidas; las granjas en barrios residenciales; los descampados en algunas de las calles más caras del planeta. Astor comprendió antes que nadie que el verdadero negocio de una ciudad en expansión no consiste en construir edificios, sino en poseer el suelo sobre el que otros acabarán construyéndolos.

Cuando murió en 1848, era probablemente el hombre más rico de Estados Unidos. Su fortuna equivaldría hoy a varios miles de millones de dólares. Pero más importante aún: había fundado una dinastía.

Durante el resto del siglo XIX, los Astor se convirtieron en una de las grandes familias aristocráticas de Nueva York. Sus mansiones marcaron la edad dorada de la ciudad, la Gilden Age, y su apellido acabó unido a hoteles, bibliotecas y obras filantrópicas. El célebre Waldorf Astoria de Nueva York nació precisamente de dos ramas rivales de la familia.

La saga también conoció tragedias. El descendiente más famoso de Astor fue probablemente John Jacob Astor IV, bisnieto del fundador, inventor, empresario y una de las personas más ricas del mundo a comienzos del siglo XX. Murió en el hundimiento del RMS Titanic en 1912. Su muerte contribuyó a convertir el apellido Astor en parte de la mitología de la alta sociedad estadounidense.

Con el paso del tiempo, la fortuna familiar se fragmentó entre múltiples herederos. Los Astor actuales ya no poseen un imperio comparable al del siglo XIX, aunque algunas ramas conservan importantes patrimonios e inversiones inmobiliarias. Parte de la riqueza histórica terminó dispersándose en fundaciones, herencias, impuestos y divisiones familiares. Hoy el apellido sobrevive sobre todo vinculado a negocios financieros, propiedades, actividades culturales y filantropía, más como símbolo histórico de la vieja aristocracia neoyorquina que como dinastía dominante.

Sin embargo, la verdadera herencia de John Jacob Astor no es únicamente económica. Fue uno de los primeros hombres que entendió el Oeste americano no como una aventura romántica, sino como un sistema logístico y comercial. Antes que muchos políticos y militares, comprendió que Estados Unidos acabaría extendiéndose de océano a océano. Y mientras otros seguían soñando con nutrias, bisontes y castores, él ya estaba comprando Manhattan.

lunes, 18 de mayo de 2026

FUNES, RAIN MAN Y OTROS PRODIGIOS MEMORÍSTICOS

 

En la primera página de Funes el memorioso, Borges describe a un muchacho uruguayo incapaz de olvidar nada. Ireneo Funes recuerda la forma exacta de cada nube que ha visto, la disposición precisa de cada hoja de cada árbol y la posición de las manchas en una pared cualquier martes de hacía veinte años. El problema es que, después de un accidente de caballo, el pobre Funes ya no puede pensar. Porque pensar —descubre Borges— consiste precisamente en olvidar diferencias, resumir, simplificar, generalizar. Para Funes, cada perro visto a las tres y cuarto de la tarde es un perro distinto del mismo perro visto a las tres y veinte. Su memoria absoluta lo condena a un universo insoportablemente detallado.

Décadas después, Hollywood fabricó una versión más amable de aquella pesadilla en Rain Man. Dustin Hoffman interpreta a Raymond Babbitt, un hombre autista capaz de memorizar directorios telefónicos, contar instantáneamente cientos de palillos derramados en el suelo y calcular probabilidades en Las Vegas con la misma facilidad con que otros deciden si les apetece sopa. La película convirtió el síndrome savant en un fenómeno cultural: de pronto, millones de personas empezaron a sospechar que detrás de cada individuo extraño podía esconderse un calculador prodigioso o un Mozart encerrado en un cuerpo socialmente torpe.

La realidad, naturalmente, es más complicada, más rara y bastante más fascinante. El término “savant” procede del francés y significa simplemente “sabio”. Durante el siglo XIX, los médicos europeos utilizaban expresiones menos elegantes y bastante más brutales, como idiot savant, para describir a personas con discapacidades intelectuales severas que, sin embargo, poseían habilidades extraordinarias en campos muy concretos. La combinación desconcertaba a los neurólogos victorianos. ¿Cómo podía alguien incapaz de vestirse solo tocar una sonata de Liszt tras escucharla una única vez? ¿Cómo podía una persona que apenas sabía sumar calcular mentalmente qué día de la semana cayó el 12 de octubre de 1746?

La ciencia, cuando se encuentra algo que no entiende, suele reaccionar de dos maneras: inventa una teoría grandiosa o mira hacia otro lado. Durante mucho tiempo hizo ambas cosas.

Uno de los primeros casos célebres fue el de Thomas Fuller, un esclavo africano del siglo XVIII conocido como “el calculador de Virginia”. Fuller no sabía leer ni escribir, pero respondía en segundos a preguntas imposibles. Cuando alguien le preguntó cuántos segundos había vivido un hombre de setenta años, diecisiete días y doce horas, Fuller respondió: “2 210 500 800”. El interrogador creyó haber encontrado un error y empezó a corregirlo, hasta que Fuller añadió con calma: “Olvidó contar los años bisiestos”.

Thomas Fuller, un hombre esclavizado del siglo XVIII, pasó a la historia como la “Calculadora de Virginia”. No por títulos académicos ni libros publicados, sino por una capacidad matemática fuera de lo común.

En el siglo XIX le tocó vivir a Blind Tom Wiggins, quizá el savant musical más extraordinario de la historia. Nació esclavo en Georgia, era ciego, apenas hablaba y parecía vivir en una nube de sonidos incomprensibles. Pero podía reproducir al piano cualquier pieza tras escucharla una sola vez, incluso si la interpretación original contenía errores. Tocaba piezas simultáneamente con las manos mientras cantaba otra melodía distinta. Algunos espectadores aseguraban que era como ver a tres músicos atrapados en un solo cuerpo.

Kim Peek fue el hombre que inspiró Rain Man. Peek no era autista —detalle que Hollywood omitió alegremente—, sino una persona con graves anomalías cerebrales congénitas. Carecía de cuerpo calloso, la gran autopista neuronal que conecta ambos hemisferios cerebrales. Tenía dificultades para abotonarse la camisa, pero había memorizado unos doce mil libros. Leía la página izquierda con el ojo izquierdo y la derecha con el derecho, terminando cada doble página en apenas diez segundos. Recordaba mapas enteros, calendarios completos y datos históricos absurdamente específicos. Era el tipo de hombre al que uno podía preguntar qué tiempo hizo en Toledo el día de la coronación de Alfonso XIII y obtener una respuesta razonablemente aproximada.

Blind Tom Wiggins (izda.) y Kim Peet.

El síndrome savant tiene una curiosa predilección por ciertas habilidades. La música aparece constantemente. También el cálculo de calendarios, la memoria fotográfica, el dibujo arquitectónico y la capacidad de contar objetos de manera instantánea. El artista británico Stephen Wiltshire puede sobrevolar una ciudad en helicóptero durante media hora y luego dibujarla con precisión casi cartográfica, ventana por ventana, calle por calle, como si Londres hubiese contratado a una cámara de seguridad con lápices.

Durante mucho tiempo, la neurología trató estos casos como si fueran fenómenos de feria ligeramente embarazosos. En el siglo XIX abundaban las explicaciones espirituales. Algunos médicos pensaban que aquellas personas poseían una especie de compensación divina: Dios, al quitarles ciertas facultades, les otorgaba otras. Más adelante llegó la frenología, esa disciplina hoy felizmente muerta que intentaba explicar la personalidad palpando bultos en el cráneo. Luego aparecieron teorías psicoanalíticas, casi siempre capaces de explicar cualquier cosa excepto los hechos observables.

La situación empezó a cambiar en la segunda mitad del siglo XX, cuando los neurólogos dejaron de preguntarse “¿cómo es posible?” y comenzaron a preguntarse “¿qué parte del cerebro está haciendo esto?”.

Aquí entra en escena uno de los personajes más interesantes de esta historia: Darold Treffert, psiquiatra estadounidense que dedicó décadas al estudio de los savants. Treffert reunió centenares de casos y llegó a una conclusión importante: aquellas habilidades no eran magia, sino capacidades humanas normales liberadas de restricciones normales. Según él, el cerebro savant no inventa funciones nuevas; simplemente accede de manera inusual a mecanismos que todos poseemos en estado latente.

La neurología moderna sospecha que el fenómeno tiene mucho que ver con una extraña redistribución de recursos cerebrales. En muchos savants existe daño o alteración en el hemisferio izquierdo —el lado más asociado con el lenguaje, la abstracción y la categorización— y una compensación parcial del hemisferio derecho, más relacionado con el procesamiento visual, espacial y musical. Es como si el cerebro, tras perder al gerente general, dejara que departamentos normalmente secundarios tomasen el control.

El neurólogo australiano Allan Snyder llevó esta idea a un terreno inquietante. Snyder sostiene que todos los cerebros humanos almacenan cantidades inmensas de información sensorial detallada, pero normalmente el cerebro filtra esos datos para construir una visión simplificada y funcional del mundo. En otras palabras: todos llevamos un pequeño Funes dentro de la cabeza, pero afortunadamente nuestro cerebro lo mantiene encerrado en el sótano.

Según esta teoría, el savant sería alguien cuyo sistema de filtrado funciona de manera distinta. En lugar de quedarse con conceptos generales —“árbol”, “cara”, “edificio”— percibe detalles crudos y específicos con intensidad extraordinaria. Eso explicaría por qué muchos savants dibujan ciudades con exactitud fotográfica o identifican patrones numéricos invisibles para el resto de nosotros.

Snyder incluso realizó experimentos utilizando estimulación magnética transcraneal para inhibir temporalmente ciertas áreas del hemisferio izquierdo en voluntarios normales. Algunos participantes mostraron mejoras sorprendentes en tareas de dibujo, detección de errores o cálculo rápido. Durante unos minutos, parecían acercarse ligeramente a capacidades savant. La idea de que cualquiera de nosotros pueda esconder un matemático prodigioso detrás de una pequeña interferencia electromagnética es profundamente perturbadora y muy borgiana.

No todos los científicos están convencidos. El cerebro humano es un objeto demasiado complicado para admitir explicaciones simples, y muchos investigadores creen que el síndrome savant probablemente agrupa fenómenos distintos bajo una misma etiqueta. Además, la cultura popular ha exagerado enormemente su frecuencia. La mayoría de las personas vestirseautistas no poseen talentos extraordinarios, y la mayoría de savants no son genios universales, sino individuos con habilidades muy específicas coexistiendo con enormes dificultades cotidianas.

Aun así, el fenómeno sigue siendo una de las grandes provocaciones intelectuales de la neurología. Porque obliga a replantearse preguntas incómodas: ¿qué significa realmente inteligencia? ¿Cuánto conocimiento permanece oculto en un cerebro normal? ¿Y cuánto de lo que llamamos “comprender” consiste simplemente en ignorar detalles?

Borges lo entendió antes que los neurólogos. Funes no era un superhombre. Era alguien incapaz de escapar del peso insoportable de la realidad. Recordaba demasiado. Percibía demasiado. Sabía demasiado sobre cada instante individual del mundo. Y por eso mismo no podía pensar.

Quizá el cerebro humano no sea, después de todo, una máquina diseñada para conocerlo todo, sino una máquina diseñada para olvidar casi todo y sobrevivir gracias a ello.

WEIMAR: UNA LECCIÓN OLVIDADA O DE CÓMO LA DEMOCRACIA SUCUMBE A FUEGO LENTO

 

El presidente Paul von Hindenburg, a la izquierda, y Adolf Hitler viajan en un coche descapotable durante un desfile en Berlín, Alemania, en mayo de 1933 (crédito de la foto: desconocido/Archivo Federal Alemán). El ultraconservador Hindenburg fue uno de los grandes urdidores de la trama que llevó a Hitler al poder.

Salvando las distancias históricas, la estrategia de Vox para integrarse en los gobiernos autonómicos del PP recuerda a la seguida por los nazis durante la República de Weimar: una incorporación progresiva a los gobiernos regionales de los länder desde la que fueron ampliando su influencia política y electoral hasta convertirse en la fuerza más votada en las elecciones federales de 1932 y facilitar así la llegada de Hitler al poder.

Los abstencionistas de izquierdas harían bien en leer Irresponsables: ¿quién llevó a Hitler al poder?, del historiador francés Johann Chapoutot (Alianza, 2026), un esclarecedor análisis de los años convulsos que precedieron al nombramiento de Hitler como canciller del Reich el 30 de enero de 1933.

Hay libros de historia que explican el pasado y libros que, además, consiguen inquietar el presente. El libro de Chapoutot pertenece claramente a la segunda categoría. No es un libro sobre Hitler entendido como monstruo aislado, ni una biografía más del dictador alemán, ni tampoco una crónica lineal del hundimiento de la República de Weimar. Es, sobre todo, una investigación sobre las élites conservadoras que creyeron poder domesticar a la extrema derecha y acabaron entregándole el poder.

El mérito principal del libro reside precisamente ahí: desplazar el foco desde el fanático hacia los respetables. Chapoutot no pregunta únicamente cómo pudo triunfar el nazismo, sino quiénes abrieron la puerta y por qué lo hicieron. La respuesta desmonta una explicación tranquilizadora muy extendida: la idea de que Hitler llegó al poder gracias a una especie de hipnosis colectiva o a un arrebato irracional de las masas alemanas. El historiador francés sostiene algo más perturbador: Hitler no conquistó el poder por asalto, sino mediante pactos, cálculos y cobardías de políticos conservadores, empresarios, aristócratas y burócratas que pensaron que podrían utilizarlo en beneficio propio.

La historia comienza en una Alemania agotada por la inflación, la humillación nacional derivada del Tratado de Versalles y el trauma de la Gran Depresión. La República de Weimar aparece como un régimen frágil, permanentemente asediado por extremistas de izquierda y derecha, pero también minado desde dentro por unas élites nostálgicas del del kaiser Guillermo II que jamás aceptaron del todo el nuevo régimen democrático republicano. Chapoutot describe con gran precisión ese ambiente de agotamiento democrático: el desprecio hacia el parlamentarismo, la obsesión por el orden y el miedo al comunismo fueron creando un terreno fértil para soluciones autoritarias.

Uno de los aspectos más interesantes del libro es cómo muestra la normalización gradual del nazismo. En retrospectiva tendemos a imaginar a Hitler como una figura evidentemente monstruosa desde el principio, pero Chapoutot recuerda que durante años muchos conservadores lo consideraron un agitador ignorante y vulgar pero útil. Les desagradaba su retórica populista y su estética plebeya, pero admiraban su capacidad para movilizar masas contra la izquierda. Pensaban que podrían integrarlo en coaliciones conservadoras, rodearlo de ministros “serios” y neutralizar sus impulsos más radicales.

La frase que resume esa mentalidad pertenece a Franz von Papen, uno de los personajes centrales del libro y quizá el más irresponsable de todos. Cuando aceptó facilitar el nombramiento de Hitler como canciller en enero de 1933, Papen aseguró a sus allegados: “En dos meses lo tendremos arrinconado”. La historia demostró que ocurrió exactamente lo contrario.

Chapoutot retrata a Papen, Hindenburg, Schleicher y otros dirigentes conservadores no como villanos caricaturescos, sino como hombres convencionales atrapados en una mezcla de arrogancia y ceguera política. No querían necesariamente una dictadura nazi; muchos de ellos despreciaban personalmente a Hitler. Lo que querían era destruir la democracia parlamentaria y restaurar un orden autoritario tradicional. Creyeron que podían servirse de los nazis para alcanzar ese objetivo sin asumir las consecuencias. El resultado fue que los nazis terminaron devorándolos a ellos también.

El libro tiene además la virtud de desmontar otra simplificación habitual: que el ascenso nazi fue inevitable. Chapoutot insiste en que hubo múltiples momentos en los que la historia pudo haber tomado otro rumbo. Hitler perdió elecciones importantes, sufrió divisiones internas y atravesó fases de debilidad política. Nada estaba escrito de antemano. Precisamente por eso el papel de las élites conservadoras resulta tan decisivo. Fueron ellas quienes, en un contexto de crisis, eligieron destruir los mecanismos democráticos creyendo que así preservarían sus privilegios.

La escritura de Chapoutot es ágil, elegante y muy francesa en el mejor sentido: combina erudición con claridad narrativa y evita el tono académico pesado. Aunque el libro está sólidamente documentado, nunca se convierte en una sucesión tediosa de fechas y nombres. Al contrario, avanza casi como un thriller político en el que el lector conoce el desenlace, pero asiste con fascinación al encadenamiento de errores, ambiciones y cálculos equivocados que conducen al desastre.

Especialmente brillante resulta el modo en que el autor describe el deterioro gradual de las normas democráticas. La democracia no cae de golpe; se erosiona lentamente mediante excepciones justificadas por la urgencia, el miedo o el pragmatismo. Ocurrió lo que está ocurriendo ahora en España. Primero se toleran discursos extremistas porque “no gobernarán nunca”. Después se aceptan pactos puntuales porque “es necesario frenar a un enemigo mayor”. Más tarde se normalizan cesiones institucionales porque “el sistema necesita estabilidad”. Cuando llega el momento decisivo, buena parte de la sociedad ya se ha acostumbrado a convivir con lo intolerable.

Esa es, inevitablemente, la dimensión contemporánea del libro. Chapoutot evita los paralelismos simplistas y no sostiene que la historia se repita mecánicamente. No dice que cualquier partido populista sea nazi ni que Europa esté al borde de un nuevo 1933. Pero sí lanza una advertencia muy clara sobre la fragilidad de las democracias y sobre la irresponsabilidad de quienes creen poder instrumentalizar a la extrema derecha para objetivos coyunturales.

La gran lección del libro quizá sea precisamente esa: los movimientos autoritarios rara vez llegan solos al poder. Necesitan aliados respetables que los legitimen, los normalicen y los introduzcan en las instituciones. Y esos aliados suelen convencerse de que mantienen el control hasta que dejan de tenerlo.

Leer Irresponsables: ¿quién llevó a Hitler al poder? en la actualidad produce una inquietud particular porque obliga a abandonar la comodidad moral con la que normalmente contemplamos el pasado. Resulta tranquilizador imaginar que nosotros habríamos reconocido inmediatamente el peligro y actuado en consecuencia. Chapoutot demuestra que las cosas fueron mucho más ambiguas. Muchos contemporáneos de Hitler no se consideraban enemigos de la democracia; simplemente creían que podían sacrificar una parte de ella para salvar el resto.

Nunca funciona así. Por eso este libro importa tanto. No porque ofrezca analogías fáciles ni porque permita etiquetar al adversario político de turno como fascista, sino porque recuerda algo esencial: las democracias rara vez mueren asesinadas desde fuera. Lo más frecuente es que se suiciden lentamente, convencidas de que aún controlan la situación.

BOTÁNICA PARA ACRÓBATAS: LA EXTRAÑA HISTORIA DE LAS PLANTAS DEL AIRE

 

Tillandsia recurvata creciendo en el tendido eléctrico que cruza el desierto costero de Vizcaíno en Baja California (México)

Las tillandsias parecen, a primera vista, el resultado de un experimento botánico llevado a cabo por alguien que había dormido poco y leído demasiado a Julio Verne. Cuelgan de los árboles como barbas de viejo, se agarran a los cables eléctricos como si fueran pájaros vegetales y aparecen incrustadas en peñascos donde ninguna planta sensata intentaría vivir. Algunas parecen erizos secos; otras, medusas vegetales suspendidas en el aire. Y, sin embargo, ahí están: vivas, floreciendo y reproduciéndose con una tranquilidad que irritaría profundamente a cualquier geranio doméstico.

El género Tillandsia pertenece a la gran familia de las bromeliáceas, las mismas plantas a las que pertenece la piña tropical, lo cual ya es, de entrada, un parentesco inesperado. Cuesta imaginar que la fortachona piña y esas esbeltas marañas grises colgando de un cable telefónico sean primas cercanas, pero la botánica tiene la desagradable costumbre de recordarnos continuamente que nuestras intuiciones sirven de muy poco.

Las bromeliáceas son monocotiledóneas, un vasto linaje de plantas con flores que incluye a las gramíneas, las orquídeas, los lirios y las palmeras. Durante mucho tiempo, los botánicos consideraron las monocotiledóneas como una especie de gran cajón de sastre para plantas con un solo cotiledón —esa primera hoja embrionaria que emerge de la semilla—, hojas con nervaduras paralelas y flores organizadas en múltiplos de tres. Hoy, gracias a la filogenia molecular, sabemos que forman un grupo evolutivo coherente que surgió hace más de cien millones de años, probablemente cuando los dinosaurios todavía dominaban los continentes y las flores comenzaban apenas a inventarse.

Dentro de ese linaje, las bromeliáceas representan una extravagancia americana. Son casi exclusivamente originarias del Nuevo Mundo y alcanzaron una diversificación particularmente exuberante en los bosques tropicales de Sudamérica y Centroamérica. Las tillandsias, sin embargo, llevaron la extravagancia un poco más lejos que sus parientes.

La mayoría de las plantas considera las raíces algo esencial. Las raíces fijan la planta al suelo, absorben agua, extraen nutrientes y, en general, cumplen el tipo de funciones básicas que uno espera de un órgano vegetal respetable. Las tillandsias decidieron simplificar el asunto. Muchas especies apenas utilizan las raíces para otra cosa que sujetarse. Algunas ni siquiera se molestan demasiado en desarrollarlas. En lugar de vivir pendientes del suelo, se especializaron en capturar humedad directamente del aire.

Esto parece magia, pero es simplemente física microscópica aplicada con notable elegancia evolutiva. Las hojas de las tillandsias están cubiertas por estructuras diminutas llamadas tricomas peltados. Bajo el microscopio parecen pequeños escudos plateados o discos solares en miniatura. Son células modificadas capaces de absorber rápidamente agua procedente de la lluvia, de la niebla o incluso del rocío nocturno. Cuando el ambiente es seco, esos tricomas se cierran y reflejan la luz solar, dando a muchas especies ese característico color gris plateado que hace pensar en una planta deshidratada. Cuando la humedad aumenta, los tricomas se abren y funcionan como una especie de esponja biológica ultrarrápida.

(a) Tillandsia landbeckii en el desierto de Atacama de Chile. (b) T. aeranthos. (c) Vista superficial de la densa capa de tricomas peltados de T. aeranthos. Nótese la organización característica en bandas 4:8:16 de las células del escudo central. (d) Micrografía de transmisión de una sección delgada de un tricoma de T. aeranthos. Nótense las paredes externas gruesas de las células del escudo central, las células alares delgadas, la célula del domo y las dos células del pie que conectan el tricoma con el mesófilo de la hoja. (e) Imagen de fluorescencia compuesta del tricoma mostrado en d. Las paredes celulares de las células del escudo central y la epidermis se resaltan por su propia autofluorescencia (verde y azul), mientras que la cutícula está marcada con tinte Sudán 3 (fucsia). Las células alares delgadas son invisibles debido a su mínima autofluorescencia. (f) Diagrama de la estructura del tricoma. Las células vivas se muestran en azul, mientras que las células muertas tienen su lumen mostrado en blanco. Imágenes

Es un sistema tan eficiente que algunas especies pueden sobrevivir prácticamente alimentándose de niebla. En los desiertos costeros de Perú y Chile existen tillandsias que viven en dunas aparentemente estériles donde apenas llueve nunca. Obtienen el agua de las neblinas oceánicas. Uno contempla esos paisajes y tiene la impresión de que cualquier organismo vivo debería pedir disculpas por existir allí. Pero las tillandsias prosperan.

Tillandsia in situ. (a, b). Montículos de T. landbeckii (Pampa Camarones 1 010 m). (c). T. marconae creciendo junto a T. landbeckii (Pampa Dos Cruces 1000 m). (d). T. virescens, especie saxícola, colgada de una roca (Pukara de Copaquilla 3000 m). Todas las fotos del desierto de Atacama en Chile. Fotos.

Naturalmente, una planta que vive suspendida en el aire tiene ciertos problemas logísticos. El primero es el agua. El segundo, los nutrientes. El tercero, no salir volando en cuanto sopla viento. Para resolver el asunto de los nutrientes, las tillandsias aprovechan cualquier cosa: polvo atmosférico, restos orgánicos, minerales disueltos en la lluvia, excrementos de aves, insectos muertos y partículas microscópicas arrastradas por el viento. Son, en cierto modo, recicladoras aéreas. Un ecosistema portátil especializado en vivir de las sobras del planeta.

Y en cuanto a no salir volando, bueno, algunas sí salen volando. Muchas especies producen semillas provistas de penachos sedosos semejantes a diminutos paracaídas. Cuando la cápsula madura se abre, el viento dispersa cientos de semillas que pueden acabar adheridas a ramas, cortezas, postes telefónicos o tejados. Es un sistema extraordinariamente democrático: cualquier superficie razonablemente estable puede convertirse en hogar.

Por eso uno encuentra tillandsias creciendo sobre casi cualquier cosa. En Latinoamérica es frecuente verlas colonizando tendidos eléctricos con un entusiasmo que probablemente no estaba contemplado por los ingenieros de la compañía eléctrica. A veces cuelgan en masas tan densas que los cables parecen haber desarrollado barba.

La más célebre de todas es probablemente T. usneoides, el llamado “musgo español”, que ni es musgo ni es español. Cubre los árboles del sur de Estados Unidos con largas cortinas grises que convierten los pantanos de Luisiana en escenarios góticos de apariencia ligeramente sobrenatural. Los colonizadores franceses pensaban que aquellas marañas recordaban las largas barbas de los conquistadores españoles, y de ahí surgió el nombre. La pobre planta no tuvo ocasión de opinar.


Tillandsia cyanea

Botánicamente, las flores de las tillandsias son quizá lo más sorprendente de todo, porque aparecen como explosiones de color en organismos que, el resto del año, parecen trozos de cuerda seca. Muchas especies producen inflorescencias intensamente rosadas, rojas, anaranjadas o púrpuras. Las flores individuales suelen ser tubulares y trilobuladas, como corresponde a una monocotiledónea respetable, y están adaptadas a polinizadores muy específicos.

En América tropical, los colibríes desempeñan un papel crucial. Sus picos largos y lenguas extensibles encajan perfectamente con las flores tubulares de numerosas tillandsias. Algunas especies han evolucionado colores rojos brillantes porque los colibríes distinguen especialmente bien esas tonalidades. Otras dependen de polillas nocturnas y producen flores blancas y fragantes que se abren al anochecer. Hay incluso especies polinizadas por murciélagos. La evolución vegetal, cuando dispone de tiempo suficiente, acaba convirtiéndose en una especie de ingeniería barroca.

Filogenéticamente, las tillandsias son particularmente interesantes porque ilustran hasta qué punto la epifitia —la vida sobre otras plantas— ha surgido repetidamente en distintos grupos vegetales. Las orquídeas hicieron algo parecido. También muchos helechos y aráceas. Pero las tillandsias llevaron la reducción radical de las raíces y la dependencia atmosférica a un extremo pocas veces visto entre las plantas vasculares. Y lo hicieron con tanto éxito que hoy existen más de seiscientas especies distribuidas desde el sur de Estados Unidos hasta Argentina.

No todas son grises y colgantes. Algunas forman rosetas compactas capaces de almacenar agua; otras parecen estrellas espinosas; algunas producen hojas finísimas como cabellos y otras recuerdan pequeños pulpos vegetales. Los coleccionistas modernos las adoran porque permiten decorar una casa sin necesidad aparente de macetas, tierra ni sentido común horticultural.

La consecuencia inevitable ha sido una pequeña fiebre mundial por las “plantas del aire”. Hay personas que las colocan dentro de bombillas viejas, suspendidas en estructuras geométricas de metal o pegadas a conchas marinas. Las tillandsias soportan estas extravagancias con admirable paciencia, probablemente porque, desde su punto de vista evolutivo, vivir en una lámpara de diseño escandinavo no es tan diferente de vivir sobre una rama seca en Oaxaca.

Al final, eso es quizá lo más fascinante de estas plantas: parecen haber abolido la relación tradicional entre vegetal y suelo. Mientras la mayor parte del reino vegetal permanece firmemente anclada a la tierra, las tillandsias viven como acróbatas botánicos suspendidos entre el cielo y el polvo, alimentándose del aire mismo.

Son, en cierto modo, plantas que aprendieron a flotar sin despegar jamás.

domingo, 17 de mayo de 2026

LA FARMACIA SECRETA DE LOS MURCIÉLAGOS Y LA MALA PRENSA DE UNOS ANIMALES EXTRAORDINARIOS

 

Hay animales que han tenido la desgracia de tropezar con la literatura equivocada. Los lobos tuvieron a Perrault. Los tiburones tuvieron a Spielberg. Y los murciélagos tuvieron a Bram Stoker. Desde entonces, millones de personas siguen viendo en ellos poco más que ratones alados especializados en transmitir enfermedades, enredarse en el pelo de las señoras y protagonizar películas de serie B.

Es una injusticia notable, porque los murciélagos, lejos de ser criaturas siniestras, constituyen uno de los grupos zoológicos más útiles del planeta. Son polinizadores, dispersores de semillas, ingenieros ecológicos, productores de fertilizante natural y, además, una especie de ejército nocturno que trabaja gratis cada noche eliminando cantidades industriales de insectos. Y por si eso fuera poco, algunos de ellos han terminado colaborando —sin saberlo— con la neurología moderna y la investigación farmacéutica.

Los murciélagos llevan en la Tierra unos cincuenta millones de años. Son los únicos mamíferos que han conquistado el vuelo verdadero, y lo hicieron desarrollando una ingeniería biológica que todavía asombra a los físicos. Sus alas no son alas, exactamente, sino manos hipertrofiadas: una membrana finísima de piel tensada entre dedos descomunalmente largos. Un murciélago es, anatómicamente, una mano que aprendió a volar.

Y luego está el asunto del radar. Mucho antes de que los británicos inventaran el suyo para detectar bombarderos alemanes, los murciélagos ya navegaban en la oscuridad mediante ecolocalización. Emiten ultrasonidos y construyen una imagen acústica del mundo a partir del eco. Gracias a ello son capaces de detectar un mosquito del tamaño de una lenteja en mitad de la noche mientras vuelan a toda velocidad y esquivan ramas, cables y compañeros de colonia.

Lo verdaderamente extraordinario es la eficacia del sistema. Un solo murciélago insectívoro puede consumir centenares de insectos en una noche. Algunas estimaciones hablan de entre quinientos y mil mosquitos nocturnos en apenas unas horas de actividad. Y determinadas especies llegan a ingerir cada noche hasta el equivalente a su propio peso corporal en insectos.

Cuando uno multiplica eso por una colonia entera, las cifras se vuelven absurdas. En ciertas cuevas de Texas viven colonias de millones de individuos capaces de devorar entre 45 y 250 toneladas de insectos por noche. No es una metáfora: toneladas.

Desde el punto de vista agrícola, esto equivale a disponer de una gigantesca flota aérea de insecticidas biológicos trabajando todas las noches sin salario, sin combustible y sin contaminar acuíferos. Polillas, escarabajos, grillos, mosquitos y otros insectos potencialmente dañinos desaparecen gracias a ellos antes de reproducirse masivamente. Diversos estudios han mostrado que donde faltan murciélagos aumentan de forma notable las poblaciones de artrópodos y los daños en los cultivos.

Y, sin embargo, seguimos persiguiéndolos a escobazos. Parte del problema es que los murciélagos sufren una extraordinaria campaña de desprestigio evolutivo. Son nocturnos, tienen dientes pequeños y visibles, cuelgan boca abajo y algunas especies —muy pocas— beben sangre. Todo eso resulta fatal para las relaciones públicas.

En realidad, de las más de mil cuatrocientas especies conocidas de murciélagos, apenas tres son hematófagas. Tres. Todas pertenecen a América Latina y se alimentan fundamentalmente de sangre de aves o ganado. El más conocido es Desmodus rotundus, un animal bastante menos terrorífico de lo que sugieren las novelas góticas.

Su técnica alimentaria es tan refinada que parece diseñada por un cirujano vascular, una especie de doctor Jekyll con inclinaciones criminales. El murciélago aterriza cerca de la víctima, realiza una pequeña incisión casi indolora con los dientes y comienza a lamer la sangre que fluye. El detalle importante es que la sangre no coagula. Y no coagula porque la saliva del murciélago contiene una sofisticada combinación de anticoagulantes, vasodilatadores y compuestos anestésicos desarrollados por la selección natural durante millones de años.

Y aquí es donde la historia se vuelve inesperadamente médica. Los investigadores descubrieron que la saliva de estos murciélagos contenía moléculas extraordinariamente eficaces para impedir la coagulación sanguínea. Una de ellas recibió el apropiadísimo nombre de draculina. Otra, más famosa aún, fue la desmoteplasa, una enzima derivada de la saliva de Desmodus rotundus capaz de disolver coágulos sanguíneos.

La neurología se interesó inmediatamente por el asunto. El gran problema del ictus isquémico consiste en que una arteria cerebral queda bloqueada por un trombo. Cada minuto mueren millones de neuronas privadas de oxígeno. La idea de utilizar una sustancia inspirada en la saliva de un murciélago vampiro para destruir esos coágulos parecía salida de una novela de Michael Crichton, pero durante años la desmoteplasa fue estudiada como posible tratamiento para accidentes cerebrovasculares agudos.

Los resultados clínicos fueron variables y el compuesto no terminó convirtiéndose en el tratamiento estándar, pero abrió nuevas líneas de investigación sobre trombolíticos más seguros y específicos. Y todo gracias a un pequeño mamífero nocturno que solo intentaba cenar tranquilamente una vaca dormida. No deja de ser una ironía deliciosa: el mismo animal que durante siglos simbolizó la enfermedad y la muerte terminó proporcionando pistas para combatirlas.

Y no es el único servicio que prestan. Muchos murciélagos tropicales son además polinizadores fundamentales. Sin ellos desaparecerían o disminuirían numerosas plantas nocturnas. Los agaves, por ejemplo, dependen en gran medida de murciélagos nectarívoros. De modo que una parte apreciable de la industria del tequila existe gracias a unos mamíferos voladores que la mayoría de la gente considera poco menos que demonios con alas.

Otros dispersan semillas a enormes distancias y ayudan a regenerar selvas enteras. En algunos bosques tropicales, buena parte de las semillas que llegan al suelo han pasado antes por el aparato digestivo de un murciélago.

Incluso sus excrementos resultan valiosos. El guano de murciélago fue durante décadas un fertilizante muy cotizado por su riqueza en nitrógeno y fósforo. Algunas cuevas norteamericanas llegaron a explotarse industrialmente para extraer toneladas de él.

Todo esto convierte a los murciélagos en uno de esos raros casos en que la naturaleza parece trabajar simultáneamente para la agricultura, la ecología y la medicina. Y, aun así, basta que uno aparezca revoloteando una noche de verano para que media familia salga huyendo como si hubiera regresado la peste negra.

Tal vez el verdadero problema de los murciélagos sea simplemente estético. Un panda come bambú y parece un peluche diplomático. Un murciélago cuelga cabeza abajo mostrando los dientes y parece un ministro de Hacienda. La biología tiene esas injusticias.

EL HOMBRE QUE EXPRIMÍA VEJIGAS PARA FABRICAR REFRESCOS

 

Hubo un tiempo en que las burbujas eran cosa de brujería. No una brujería especialmente emocionante —nadie invocaba demonios ni aparecían machos cabríos lujuriosos—, pero sí una forma de magia hidroterapéutica que llevaba a miles de personas a viajar durante días para beber agua que hacía “pssssst” al salir de la roca. En el siglo XVIII, si uno sufría de gota, melancolía, artritis, cálculos renales o simplemente de una vaga sensación victoriana de decadencia espiritual, lo recomendable era acudir a un balneario como Mondariz o Lanjarón y beber litros de agua naturalmente carbonatada mientras se paseaba con aire enfermo bajo una columnata de hierro forjado.

El razonamiento médico era impecablemente nebuloso. Las aguas burbujeaban; por tanto, algo extraordinario debían contener. Y si además olían ligeramente a azufre y sabían como si alguien hubiese lavado monedas en ellas, mucho mejor. En aquella época, cuanto más desagradable sabía un remedio, más probabilidades había de que los médicos lo considerasen milagroso.

El problema, naturalmente, era logístico. Las fuentes minerales tenían la molesta costumbre de encontrarse justo donde brotaban. Si uno vivía lejos de Lanjarón, no podía beneficiarse de sus famosas aguas salvo que estuviera dispuesto a cruzar España en carruaje, algo incómodo incluso para quienes no sufrían artritis.

Entonces apareció Joseph Priestley. Priestley es recordado sobre todo por haber descubierto el oxígeno, aunque, de manera muy británica, pasó buena parte de su vida sin aceptar del todo que lo hubiese descubierto. También era teólogo, filósofo, polemista político y poseedor de una curiosidad científica tan hiperactiva que hoy probablemente habría tenido un canal de YouTube donde explotaría sandías en nombre de la química experimental.

Vivía cerca de una cervecería y observaba fascinado las burbujas que ascendían desde los toneles de fermentación. Aquello era dióxido de carbono, aunque entonces se llamaba “aire fijo”, un nombre que suena menos a gas químico y más a algo que un fontanero victoriano cobraría muy caro por reparar. Priestley sabía que las aguas minerales naturales debían sus burbujas a ese mismo gas y se preguntó si podría fabricarlas artificialmente.

La idea era brillante. Ponerla en práctica resultó menos elegante. Joseph Black ya había demostrado que el dióxido de carbono podía obtenerse haciendo reaccionar tiza con ácido sulfúrico. Priestley construyó entonces un dispositivo que parecía diseñado por alguien que hubiese aprendido ingeniería leyendo novelas de piratas: un recipiente de vidrio para generar gas, conectado a una vejiga de cerdo y, desde allí, a una botella invertida llena de agua. La vejiga se apretaba manualmente para forzar el gas a atravesar el líquido.

Conviene detenerse un momento a apreciar la escena. Uno de los grandes científicos de la Ilustración, futuro descubridor del oxígeno, sentado junto a una vejiga de cerdo inflada, exprimiéndola para meter burbujas en agua. La historia de la ciencia tiene muchos momentos gloriosos. También tiene esto.

El resultado fue aceptable. El agua burbujeaba. Se le podían añadir sales para imitar composiciones minerales naturales y producir algo parecido a un agua medicinal embotellada. Priestley estaba encantado y convencido de que su invento podía incluso prevenir el escorbuto. Llegó a persuadir a James Cook para que llevase agua carbonatada en su segundo viaje alrededor del mundo, lo cual resulta especialmente curioso porque Cook ya sabía perfectamente que el chucrut prevenía el escorbuto. Pero quizá pensó que el repollo fermentado tenía un problema de relaciones públicas.

El siguiente capítulo de esta historia pertenece al doctor escocés John Nooth, quien examinó el invento de Priestley y llegó a una conclusión inquietante: el agua tenía un sospechoso sabor a orina. Nooth creyó identificar el culpable: la vejiga de cerdo utilizada para almacenar el gas. Decidió entonces diseñar un aparato completamente de vidrio para evitar cualquier matiz urinario en la experiencia terapéutica.

Priestley reaccionó con la serenidad habitual de los hombres ilustrados del siglo XVIII: acusó públicamente a los sirvientes de Nooth de haber orinado en el agua por diversión. Es difícil no sentir ternura ante estas disputas científicas antiguas. Hoy los investigadores se insultan mediante artículos de revisión por pares y mensajes pasivo-agresivos en X. En 1770 bastaba con insinuar que el mayordomo del colega se dedicaba a mearse en las muestras.

Finalmente, Priestley reconoció que el aparato de Nooth era mejor. Y entonces llegó Jacob Schweppe. Schweppe, relojero e inventor suizo, tuvo la intuición verdaderamente revolucionaria: si la gente estaba dispuesta a pagar por agua con burbujas, quizá aquello podía convertirse en negocio. Mejoró el sistema, añadió bombas de presión y comenzó la producción industrial de agua carbonatada. Había nacido la industria moderna de los refrescos.

En la Gran Exposición de Londres de 1851, el público fue recibido por una gigantesca fuente de agua carbonatada Schweppes. El Imperio Británico dominaba los mares, construía locomotoras, tendía cables telegráficos submarinos y, además, era capaz de fabricar agua que eructaba. No está mal para una civilización obsesionada con hervir verduras hasta destruirlas.

Hoy las aguas con gas viven un curioso renacimiento. Mucha gente sensata evita los refrescos azucarados y se pasa al agua carbonatada natural o artificial. Lo cual, inevitablemente, ha despertado nuevas inquietudes sobre su seguridad. Cada generación necesita encontrar algo cotidiano que temer. Hubo épocas en que preocupaban las novelas, luego la electricidad, después el microondas y ahora las burbujas.

La química real, sin embargo, es poco dada a dramatizar. El dióxido de carbono disuelto forma ácido carbónico, sí, pero el agua permanece tan poco tiempo en contacto con los dientes que el riesgo para el esmalte es mínimo. Para sufrir daños importantes probablemente habría que cepillarse los dientes con agua Perrier ocho horas al día.

También apareció hace unos años un estudio con uno de esos títulos científicos que parecen escritos por una inteligencia artificial especialmente nerviosa: “El dióxido de carbono en las bebidas carbonatadas induce la liberación de grelina y aumenta el consumo de alimentos en ratas macho: implicaciones en la aparición de la obesidad”. La grelina, para quien no frecuente el poco placentero oficio de leer revistas de endocrinología, es una hormona relacionada con el apetito. El estudio sugería que las ratas macho que bebían bebidas carbonatadas comían más.

¿Qué conclusiones podemos extraer de esa publicación? Pues ni más ni menos que en el improbable caso de que usted crie ratas macho sedentarias con problemas de sobrepeso, quizá debería mantenerlas alejadas del sifón. En humanos, la evidencia es muchísimo menos convincente. El efecto secundario más frecuente del agua con gas sigue siendo el mismo desde tiempos de Priestley: la liberación socialmente inoportuna de dióxido de carbono por ambos extremos del aparato digestivo.

Y eso nos devuelve al punto de partida. Las supuestas propiedades milagrosas del agua carbonatada probablemente eran exageradas. No cura la artritis, no devuelve la vitalidad perdida y tampoco convierte a nadie en un atleta alpino de anuncio escandinavo. Pero tampoco parece ser el enemigo químico que algunos imaginan.

Lo verdaderamente transformador no fue su efecto medicinal, sino económico. Toda la industria moderna de refrescos nació de aquella obsesión ilustrada por imitar las aguas minerales de un balneario alemán. Coca-Cola, Pepsi, la gaseosa de limón del bar de la esquina y esa lata fluorescente que promete sabor “tropical nuclear” existen gracias a un clérigo inglés que exprimía vejigas de cerdo llenas de dióxido de carbono.

La historia de la ciencia rara vez decepciona.