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viernes, 6 de noviembre de 2026

AUSTRALIA: LA CARRETERA SUMERGIDA

 

Cuando el Spirit of Tasmania soltó amarras del puerto de Geelong aún no despuntaba la noche. El sol acababa de situarse sobre el horizonte y en la bahía de Port Phillip quedaba esa luz azulada que apenas dura unos minutos y que parece resistirse a admitir que el día ha terminado. Apoyado en la cubierta de popa veía cómo el muelle comenzaba a alejarse lentamente. Las luces del puerto se reflejaban sobre el agua oscura formando largas columnas temblorosas y, mucho más allá, hacia el noreste, el perfil luminoso de Melbourne empezaba a dibujarse contra el cielo como una constelación caída sobre la tierra.

Siempre me ha gustado observar ese instante preciso en el que un barco deja de pertenecer al puerto y empieza a pertenecer al mar. Al principio apenas ocurre nada. Los remolinos de la hélice se ensanchan lentamente y la línea del muelle parece permanecer inmóvil. Pero, de pronto, uno advierte que la distancia aumenta, que las farolas se transforman en diminutos puntos amarillos y que el horizonte empieza a abrirse. Las luces de Melbourne ya no acompañan al viajero. Poco a poco quedan atrás, suspendidas sobre la costa, hasta confundirse con las estrellas.

En apenas unas horas el ferry abandonará la protección relativa de la bahía y entrará en el estrecho de Bass, uno de los tramos de mar con peor reputación de Australia. Allí confluyen las aguas del océano Índico y las del Pacífico mientras los persistentes Roaring Forties —los «Cuarenta Rugientes»— empujan enormes masas de agua alrededor del planeta sin encontrar apenas continentes que frenen su carrera. El resultado suele ser un oleaje corto, incómodo y desordenado, muy distinto del balanceo largo y casi hipnótico del océano abierto.

En esta noche de noviembre el barco comenzó a moverse con decisión poco después de abandonar Port Phillip Heads. No era un temporal, ni mucho menos, pero sí el suficiente oleaje para recordar a los pasajeros que el estrecho de Bass nunca regala una travesía completamente tranquila. El casco crujía de vez en cuando mientras cortaba las olas, los motores mantenían un zumbido grave y constante y las cubiertas exteriores fueron quedando vacías conforme el viento ganaba fuerza y el aire adquiría ese olor limpio y salobre de los mares australes.

Sin embargo, mientras observaba la oscuridad desde la cubierta, me di cuenta de que todos estábamos mirando el lugar equivocado. Creíamos navegar sobre un brazo de mar cuando, en realidad, navegábamos sobre una llanura. Bajo el casco del ferry, oculto por apenas unas decenas de metros de agua, no siempre había existido un estrecho. Hace solo unos doce mil años, un instante desde el punto de vista geológico, entre Tasmania y el continente australiano se extendía una inmensa planicie recorrida por ríos, salpicada de lagunas y cubierta por praderas. Si hubiera podido arrojar un ancla capaz de atravesar el agua y el tiempo, no habría tocado el fondo del mar, sino el suelo de un paisaje desaparecido.

Aquella llanura tenía un nombre que hoy casi nadie recuerda: la llanura de Bass. Por ella caminaron generaciones de canguros, wombats, emús, demonios de Tasmania y tilacinos. También la recorrieron los primeros australianos, que podían desplazarse desde el actual estado de Victoria hasta Tasmania sin construir una embarcación ni mojarse los pies. El estrecho que aquella noche hacía oscilar suavemente el ferry no existía. En su lugar había una inmensa carretera natural que unía dos territorios que entonces formaban una sola tierra.

¿Dónde fue a parar semejante paisaje? La respuesta hay que buscarla en la última glaciación. Hace unos veinte mil años una enorme cantidad de agua permanecía atrapada en gigantescos casquetes de hielo que cubrían Canadá, el norte de Europa y Siberia. Al faltar toda esa agua en los océanos, el nivel del mar era unos ciento veinte metros más bajo que el actual. Puede parecer una diferencia pequeña, pero bastó para cambiar el mapa del mundo. Gran Bretaña estaba unida al continente europeo, Australia y Nueva Guinea formaban un único continente conocido como Sahul y entre Victoria y Tasmania se extendía una vasta llanura donde hoy navegan los ferris.

Luego el clima comenzó a calentarse. Los glaciares retrocedieron lentamente y el agua volvió al océano. No fue una inundación catastrófica, sino un proceso tan pausado que ningún ser humano llegó a percibirlo durante su vida. Generación tras generación, el mar fue ocupando las zonas bajas, los ríos se transformaron en estuarios y la costa retrocedió unos metros cada siglo. Hasta que, finalmente, el océano terminó por cubrir la llanura de Bass y Tasmania quedó convertida en una isla.

Aquel brazo de mar que ahora hacía balancear el Spirit of Tasmania no era, por tanto, un accidente geográfico cualquiera. Era la cicatriz visible de un cambio climático natural que transformó para siempre la historia de Australia. Y sus consecuencias iban mucho más allá de modificar un mapa. Cambiaron el destino de animales... y también el de las personas.

El aislamiento no afectó por igual a todas las especies. Algunas desaparecieron de Tasmania antes incluso de que el mar terminara de cerrar el paso; otras encontraron en la isla un refugio frente a cambios que, miles de años después, las borrarían del continente. El ejemplo más conocido es el del demonio de Tasmania, que en otro tiempo vivió en buena parte de Australia y hoy solo sobrevive en la isla que terminó dándole nombre. Algo parecido ocurrió con el tilacino o lobo marsupial. Durante milenios campó por la Australia continental, pero cuando las condiciones cambiaron al norte encontró en Tasmania un último refugio protegido por aquella barrera de agua. Allí sobrevivió hasta bien entrado el siglo XX, cuando la persecución humana acabó extinguiendo a una de las criaturas más extraordinarias que ha conocido la evolución.

No solo quedaron aislados los animales. También los seres humanos. Los antepasados de los aborígenes tasmanos habían llegado caminando cuando la llanura de Bass todavía existía. Después, el océano fue cerrando lentamente aquel corredor terrestre hasta convertirlo en un estrecho infranqueable. No hubo un día concreto en que Tasmania se separara de Australia. La ruptura ocurrió tan despacio que ninguna generación llegó a contemplarla completa. Los nietos cazaban donde habían cazado sus abuelos, pero el mar ocupaba ya una parte del camino. Siglos después, los senderos habían desaparecido bajo las aguas y los territorios del norte se habían convertido en un recuerdo transmitido de padres a hijos.

Mientras pensaba en todo ello, el Spirit of Tasmania seguía avanzando hacia el sur. El ferry subía lentamente sobre una ola y descendía después con un golpe sordo que recorría todo el casco. En los pasillos los pasajeros caminaban con esa ligera inclinación lateral que uno adopta sin darse cuenta cuando el suelo decide no permanecer quieto. El estrecho de Bass tiene fama de incómodo precisamente porque es poco profundo. En el océano abierto las olas pueden desarrollar largas ondulaciones; aquí el fondo las comprime, las desordena y las vuelve mucho más bruscas. Si a ello se suman los vientos procedentes de las latitudes australes, se entiende por qué este tramo de mar inspira tanto respeto a los navegantes.

Sin embargo, aquella agitación hacía todavía más intensa una sensación difícil de explicar. Cada balanceo parecía recordar que bajo nosotros permanecían enterrados antiguos cauces fluviales, humedales y senderos recorridos durante miles de generaciones. Nosotros necesitábamos un moderno ferry de casi doscientos metros de eslora para salvar una distancia que, durante la última glaciación, cualquier cazador podía recorrer simplemente caminando.

En algún momento de la madrugada el movimiento del barco empezó a suavizarse. Cuando salí de nuevo a cubierta el cielo comenzaba a aclararse por el este. Primero apareció una tenue franja gris; después, un resplandor rosado fue separando el mar del horizonte hasta que una línea de costa oscura empezó a dibujarse delante de la proa. Tasmania emergía lentamente entre la bruma como si acabara de desprenderse del continente durante la noche.

Las luces de Devonport fueron haciéndose más nítidas mientras el ferry reducía velocidad y entraba en aguas protegidas. Después de varias horas de mar abierto, el río Mersey parecía un remanso. Los pasajeros regresaban a sus vehículos con el inevitable aspecto de quien ha dormido poco y se prepara para empezar una nueva aventura. Yo, en cambio, seguía pensando en la travesía.

Cuando el Spirit of Tasmania atracó poco después del amanecer, comprendí que el verdadero viaje no había sido entre Geelong y Devonport. Había consistido en atravesar doce mil años de historia de la Tierra. Los mapas nos acostumbran a pensar que los continentes, las islas y los mares han ocupado siempre el mismo lugar. La geología cuenta una historia muy distinta. Hace apenas un suspiro, en términos geológicos, habría podido recorrer a pie el trayecto que acababa de hacer en ferry. 

Desde entonces, cada vez que observo un mapa recuerdo que no es una representación definitiva del planeta, sino una simple fotografía tomada en un instante de su larguísima historia. Bajo las aguas del estrecho de Bass sigue existiendo una carretera invisible. Ya no la recorren canguros, tilacinos ni cazadores aborígenes. Sobre ella navega, cada noche, un ferry lleno de viajeros que, sin sospecharlo, cruzan uno de los paisajes desaparecidos más fascinantes de la Tierra.

AUSTRALIA: BLACK SPUR DRIVE: UNA CATEDRAL DE EUCALIPTOS

 

Después de abandonar Melbourne y dejar atrás Healesville, la carretera comienza a estrecharse y retorcerse. Apenas hay una transición que permita prepararse. Un momento antes conduzco entre espacios abiertos y, de pronto, la Maroondah Highway se introduce en el bosque de Black Spur como si atravesara la puerta de una catedral. Los troncos de los fresnos de montaña se levantan rectos y pálidos a ambos lados del asfalto, tan altos que sus copas parecen pertenecer a otro piso del mundo. Bajo ellos, los helechos arborescentes inclinan sus frondas sobre los taludes y la carretera se sumerge, curva tras curva, bajo una bóveda vegetal que apenas deja pasar el cielo.

El paisaje me parece nuevo y, al mismo tiempo, extrañamente familiar. Me recuerda las carreteras entre árboles gigantes del Sequoia National Park, en California, donde el automóvil se convierte en un artefacto diminuto, y también Cathedral Grove, en la isla canadiense de Vancouver, donde el bosque se cierra entre enormes cedros rojos y tsugas. John Steinbeck sintió algo semejante al atravesar los bosques californianos que narró en Viajes con Charley: «Las secuoyas, una vez vistas, dejan una huella o crean una visión que permanece para siempre». Junto a árboles que ya llevaban siglos creciendo cuando nacimos, resulta difícil seguir considerándonos el centro de la creación.

Los gigantes de Black Spur no son secuoyas, sino fresnos de montaña, Eucalyptus regnans. Su nombre común resulta engañoso: no son fresnos, sino eucaliptos, aunque eucaliptos con ciertos delirios de grandeza. E. regnans es la planta con flores más alta del mundo. Algunos ejemplares actuales superan los ochenta metros y los gigantes históricos pudieron rebasar ampliamente los cien. Sus troncos, rectos y blanquecinos en la parte superior, se elevan por encima de un sotobosque que, en cualquier otro lugar, parecería por sí solo un bosque completo.

Black Spur Drive recorre unos treinta kilómetros entre Healesville y Narbethong. Se encuentra en el sector occidental de las Yarra Ranges, una de las estribaciones meridionales de la Gran Cordillera Divisoria australiana. No son montañas jóvenes y afiladas como los Alpes. Australia lleva demasiado tiempo siendo erosionada para permitirse semejantes alardes. Son elevaciones antiguas y redondeadas que interceptan los vientos húmedos procedentes del océano. Las lluvias abundantes, las nieblas y las temperaturas relativamente frescas han creado aquí un mundo que parece poco australiano para quien haya imaginado el continente como una interminable sucesión de desiertos rojizos.

Para los wurundjeri, propietarios tradicionales de estas tierras, las montañas y los cursos superiores del Yarra forman parte de un paisaje cultural recorrido y cuidado durante incontables generaciones. El propio nombre de Black Spur conserva un siniestro episodio de la colonización. La ruta fue conocida como The Blacks’ Spur porque por ella pasaron aborígenes desplazados desde el norte de Victoria hacia Coranderrk, la reserva establecida cerca de Healesville en 1863. Bajo el nombre pintoresco de una carretera turística se oculta, por tanto, una historia bastante menos pintoresca de desposesión y confinamiento.

La impresión catedralicia del bosque se debe a su organización en pisos. Arriba se encuentra el dosel de los grandes eucaliptos. Mucho más abajo crecen acacias plateadas (Acacia dealbata), pomaderris avellanos (Pomaderris aspera) y helechos arborescentes, principalmente Dicksonia antarctica y Cyathea australis. En las vaguadas más húmedas aparecen retazos de selva templada fresca, con hayas mirto (Nothofagus cunninghamii), sasafrás austral (Atherosperma moschatum), musgos, líquenes y troncos caídos que se descomponen con una lentitud majestuosa.

El paisaje actual es el resultado de una historia turbulenta de crecimiento, tala, incendios y regeneración. Grandes extensiones fueron explotadas por la industria maderera durante los siglos XIX y XX; otras ardieron en los incendios del Viernes Negro de 1939 y del Sábado Negro de 2009. El bosque que se contempla desde la carretera contiene rodales maduros, masas de edades diferentes y zonas regeneradas después del fuego. Esa mezcla resulta fundamental para su biodiversidad.

El fresno de montaña mantiene con el fuego una relación particularmente arriesgada. A diferencia de muchos eucaliptos, no suele rebrotar después de un incendio intenso. Los árboles adultos mueren, pero sus cápsulas liberan las semillas sobre un suelo despejado, iluminado y enriquecido por las cenizas. Puede germinar entonces una multitud de plántulas, de las que solo unas pocas llegarán a convertirse en gigantes.

La estrategia funciona si transcurre suficiente tiempo entre dos grandes incendios. Si el fuego regresa antes de que la nueva generación haya producido semillas, el bosque puede no recuperarse. Decir que estos eucaliptos están adaptados al fuego no significa que sean invulnerables a él. El fuego es al mismo tiempo su verdugo y su jardinero, una relación cada vez más peligrosa a medida que el cambio climático aumenta las temperaturas y acorta los intervalos entre incendios.

La coexistencia de árboles jóvenes, maduros, envejecidos y muertos crea una extraordinaria diversidad de refugios. Los ejemplares viejos desarrollan cavidades donde se alojan murciélagos, búhos, loros y marsupiales arborícolas. Incluso después de caer, los troncos continúan proporcionando alimento y cobijo a hongos, insectos y animales terrestres. En estos bosques, una buena vivienda puede tardar más de un siglo en construirse y pasar después por docenas de inquilinos.

El más célebre es el pósum de Leadbeater, Gymnobelideus leadbeateri, emblema faunístico de Victoria y especie en peligro crítico. Es un pequeño marsupial nocturno que necesita precisamente lo que ofrecen los bosques de edades mezcladas: árboles viejos con huecos donde descansar y vegetación más joven en la que alimentarse. La tala y los incendios han fragmentado buena parte de ese mosaico. Es muy improbable que veamos alguno desde la carretera, pero quizá haya uno durmiendo en una cavidad sobre nuestras cabezas, completamente indiferente a nuestro entusiasmo.

También viven aquí planeadores mayores (Petauroides volans) y planeadores de vientre amarillo (Petaurus australis), capaces de lanzarse desde las copas extendiendo la membrana situada entre sus extremidades. Comparten el territorio con pósums de cola anillada (Pseudocheirus peregrinus) y de cola de cepillo (Trichosurus vulpecula), wombats comunes (Vombatus ursinus), wallabies de pantano (Wallabia bicolor), equidnas de hocico corto (Tachyglossus aculeatus) y numerosas especies de murciélagos. En el conjunto del Yarra Ranges National Park se han registrado alrededor de cuarenta mamíferos nativos. De día, el bosque puede parecer silencioso; por la noche se convierte en una ciudad vertical cuyos habitantes trepan, planean y se persiguen en la oscuridad.

El parque proporciona además hábitat a unas 120 especies de aves. Entre ellas se encuentran el búho hollín (Tyto tenebricosa), el búho poderoso (Ninox strenua) y el búho ladrador (Ninox connivens), llamado así porque su voz puede confundirse con el ladrido de un perro. También aparecen cacatúas negras de cola amarilla (Zanda funerea), loros rey australianos (Alisterus scapularis), rosellas carmesí (Platycercus elegans), azores grises (Tachyspiza novaehollandiae) y petirrojos rosados (Petroica rodinogaster). Parks Victoria señala asimismo la presencia de catorce plantas raras o amenazadas. Estas cifras corresponden al conjunto del parque, no exclusivamente al corredor de Black Spur, pero permiten comprender la riqueza del territorio atravesado por la carretera.

Uno de los primeros en advertir el poder visual de estos bosques fue John William Lindt. Nacido en Fráncfort en 1845, llegó a Australia siendo joven y terminó convertido en uno de los fotógrafos más importantes del país. Durante la década de 1880 tomó numerosas imágenes de Black Spur. Sus fotografías de eucaliptos gigantes, barrancos cubiertos de helechos y coches de caballos empequeñecidos bajo los árboles circularon ampliamente y ayudaron a convertir la zona en destino turístico.

En 1895 se instaló allí, en una propiedad llamada The Hermitage, donde construyó su residencia, un estudio y varios alojamientos para huéspedes. En el jardín intervino su amigo Ferdinand von Mueller, el gran botánico que había dirigido el Real Jardín Botánico de Melbourne. Lindt guiaba excursiones por el bosque, mostraba fotografías con una linterna mágica y entretenía a sus visitantes con historias de viajes. Murió en The Hermitage en febrero de 1926, mientras los incendios asolaban la región. El hombre que había dedicado su vida a fotografiar aquellos bosques terminó rodeado por el elemento que periódicamente los destruye y los renueva.

Cuando conduzco por Black Spur Drive no atravieso, pues, un decorado inmutable. Circulo por un bosque vivo, construido por la lluvia, el tiempo, el fuego y la lucha de millones de organismos por ocupar un poco de luz. Las curvas obligan a avanzar despacio, lo cual es una suerte. Steinbeck tenía razón: ciertos árboles dejan una visión que permanece para siempre. Ante los fresnos de montaña de Black Spur, uno recupera durante unos minutos la noción correcta de su tamaño y de su importancia en el mundo. No es una experiencia humillante. Al contrario: pocas cosas resultan tan reconfortantes como descubrir que el universo puede seguir funcionando perfectamente sin concedernos el papel protagonista.

martes, 3 de noviembre de 2026

AUSTRALIA: LAS MONTAÑAS QUE LOS RÍOS CONSTRUYERON AL REVÉS

 

Salgo de Sídney hacia el oeste siguiendo una carretera que parece condenada a no abandonar nunca la ciudad. El área metropolitana se extiende por la llanura de Cumberland entre autopistas, urbanizaciones y centros comerciales hasta que los edificios empiezan a escasear, aparecen los eucaliptos y comienza la subida hacia las Blue Mountains.

La ruta tiene bastante más historia de la que su aspecto moderno permite sospechar. En 1813, Gregory Blaxland, William Charles Wentworth y William Lawson emprendieron la búsqueda de un paso a través de aquellas montañas que cerraban por el oeste la colonia de Sídney. No fueron los primeros seres humanos que las recorrieron: los pueblos aborígenes llevaban decenas de miles de años habitándolas. Fueron los primeros europeos que consiguieron cruzar con éxito la barrera y alcanzar Mount York. Tardaron dieciocho días.

La clave consistió en dejar de buscar el camino por los valles. Los cursos de agua se internaban en gargantas que acababan convertidas en trampas. Blaxland y sus compañeros siguieron las crestas y divisorias. Al llegar a Mount York contemplaron hacia el oeste un territorio abierto que prometía los pastos que la colonia necesitaba desesperadamente.

Aquella ruta acabaría transformándose en uno de los grandes corredores hacia el interior de Australia. La actual Great Western Highway sigue aproximadamente el itinerario de los exploradores y atraviesa Glenbrook, Blaxland, Springwood, Lawson, Wentworth Falls, Leura y Katoomba. Los propios nombres convierten la carretera en una especie de monumento geográfico a la expedición. En algunos tramos, el espacio entre escarpes y laderas sigue siendo tan reducido que construir una carretera moderna resulta un desafío.

Desde Sídney hasta Katoomba hay unos cien kilómetros. Al llegar descubro que el nombre de «montañas» concedido a las Blue Mountains resulta un tanto generoso. No encuentro una cordillera como los Alpes, los Pirineos o nuestra Sierra de Guadarrama. Ante mí se extienden enormes superficies elevadas terminadas bruscamente en precipicios, plataformas de arenisca, gargantas y valles encerrados entre paredes casi verticales. Las Blue Mountains son, en esencia, una meseta profundamente diseccionada por la erosión. Su espectacularidad no procede tanto de lo que las fuerzas geológicas levantaron como de todo lo que el agua consiguió llevarse después.

Para comprenderlas hay que retroceder más de doscientos millones de años. Durante el Pérmico y, sobre todo, el Triásico, enormes cantidades de sedimentos se acumularon en la cuenca de Sídney. Antiguos ríos transportaron arenas que quedaron enterradas, compactadas y cementadas hasta convertirse en las poderosas areniscas que hoy forman los escarpes.

La región experimentó después levantamientos relacionados con la evolución del margen oriental australiano. Aquellas capas sedimentarias quedaron elevadas formando grandes plataformas. Entonces comenzaron a trabajar los verdaderos escultores de las Blue Mountains: los ríos.

Durante millones de años, el agua aprovechó fracturas y zonas débiles, profundizó los cauces y excavó enormes valles y cañones. Los materiales más blandos cedieron antes; las capas resistentes de arenisca permanecieron formando cornisas y precipicios. Miramos una plataforma aislada y pensamos que vemos una montaña levantada sobre el paisaje cuando, muchas veces, contemplamos exactamente lo contrario: un fragmento de la antigua superficie que la erosión todavía no ha conseguido eliminar.

Tres agujas de arenisca constituyen, las Three  Sisters, cerca de Katoomba, Nueva Gales del Sur

Las famosas Three Sisters, cerca de Katoomba, son un magnífico ejemplo. Sus tres agujas de arenisca no fueron empujadas desde abajo. Son restos de una masa rocosa recortada por el agua, las fracturas y los derrumbes. Existen, en cierto sentido, porque todo lo que las rodeaba ha desaparecido.

Algo semejante ocurre con las cascadas. En Wentworth Falls, los cursos de agua recorren superficies relativamente suaves hasta encontrarse con el borde de la meseta y precipitarse hacia los valles excavados centenares de metros más abajo. De ahí esa combinación de horizontales interminables y paredes verticales que define el paisaje.

Las alturas tampoco son extraordinarias: los puntos más elevados apenas superan los 1 200-1 300 metros. Basta asomarse, no obstante, desde Echo Point al Jamison Valley para comprender que la altura absoluta importa poco cuando uno tiene ante sí centenares de metros de precipicio y un bosque que parece no terminar nunca.

Ese bosque explica la segunda mitad del nombre. Desde los miradores, las masas forestales lejanas adquieren una tonalidad azul grisácea. La explicación popular atribuye el fenómeno a los aceites volátiles liberados por millones de eucaliptos. El mecanismo es más complejo. La vegetación emite compuestos orgánicos volátiles que contribuyen a formar aerosoles; junto con el vapor de agua y otras partículas, dispersan la luz y producen esa bruma azulada que parece llenar los valles.

Para un botánico, lo verdaderamente extraordinario no es el color de los eucaliptos, sino su diversidad. El Greater Blue Mountains alberga más de noventa especies en sentido amplio. Los cambios de altitud, suelo, humedad, exposición y frecuencia de incendios crean un mosaico que va desde bosques abiertos y secos hasta comunidades húmedas protegidas en el fondo de las gargantas.

En los terrenos expuestos dominan las formaciones esclerófilas. Las hojas duras, la resistencia a la sequía y las adaptaciones al fuego son características recurrentes. Junto a los eucaliptos aparecen Banksia, Grevillea, Hakea, Acacia y muchas otras plantas que componen esa flora australiana reconocible incluso para quien no sepa ponerles nombre.

El panorama cambia en los barrancos húmedos. Allí disminuye la insolación, aumenta la humedad y el fuego penetra con menor frecuencia. Aparecen helechos arborescentes, musgos, lianas y bosques húmedos que conservan algo del aspecto de las antiguas formaciones gondwánicas. En pocos kilómetros puede pasarse de un matorral seco expuesto al sol a una garganta umbría que parece pertenecer a otro continente.

No entraré ahora en uno de los habitantes vegetales más extraordinarios de la región, Wollemia nobilis. Su descubrimiento en 1994 y la increíble supervivencia de su linaje merecen una historia propia.

La fauna refleja la misma diversidad. Canguros y wallabíes ocupan las zonas apropiadas para el pastoreo; los wombats excavan sus madrigueras; los equidnas recorren el suelo buscando hormigas y termitas. En los árboles viven possums y marsupiales planeadores, entre ellos petauros. También sobreviven especies más difíciles de observar, como el quol de cola moteada.

Las aves aportan una banda sonora inequívocamente australiana. Cacatúas, loros, mieleros, pájaros lira y cucaburras ocupan distintos estratos del bosque. El pájaro lira merece mención aparte por su extraordinaria capacidad para imitar sonidos y por la cantidad de hojarasca que remueve mientras busca pequeños invertebrados.

Toda esa comunidad vive bajo la influencia de otro gran escultor australiano: el fuego. Muchos eucaliptos rebrotan después de los incendios gracias a yemas protegidas bajo la corteza o lignotubérculos subterráneos. En otras plantas, el calor o las sustancias presentes en el humo favorecen la germinación. Eso no convierte cualquier incendio en beneficioso: su frecuencia e intensidad determinan si el fuego renueva el ecosistema o lo destruye.

Al final resulta difícil decidir qué ha venido uno a ver a las Blue Mountains. La respuesta inicial serían las montañas. Después de recorrerlas, ya no parece tan evidente. Hace más de doscientos millones de años, antiguos ríos depositaron las arenas que acabarían convertidas en roca. Mucho después, otros ríos comenzaron a excavar esa misma roca. Entre ambos acontecimientos, el continente se desplazó, el clima cambió y una flora dominada por eucaliptos colonizó plataformas, laderas y barrancos.

En 1813 Blaxland, Wentworth y Lawson necesitaron dieciocho días para encontrar una ruta a través de aquel laberinto. Yo he llegado desde Sídney cómodamente sentado en un coche, siguiendo en buena parte el camino que ellos ayudaron a revelar a los europeos. La carretera hace que el viaje parezca fácil. El paisaje explica por qué no lo fue.

Porque las Blue Mountains no son tanto una cordillera levantada hacia el cielo como una inmensa meseta que los ríos llevan millones de años desmontando pieza a pieza. Cuando uno contempla desde Katoomba aquel océano azul de eucaliptos encerrado entre paredes de arenisca, comprende que todavía les queda mucho trabajo por hacer.

sábado, 31 de octubre de 2026

¿QUÉ DEMONIOS ES EXACTAMENTE UN CANGURO?

 

Llevo unos días viajando por Australia y hay una distinción que, pese a conocerla desde hace mucho tiempo, resulta mucho más llamativa cuando uno la escucha sobre el terreno. Los australianos hablan de kangaroos y wallabies con la naturalidad con que nosotros distinguimos un caballo de un burro. Este es un canguro, aquel es un wallabí. Ninguna duda. El problema aparece cuando uno intenta averiguar exactamente dónde termina uno y empieza el otro.

La respuesta es que, en realidad, no existe una frontera zoológica precisa entre canguros y wallabíes. Ambos pertenecen a la familia Macropodidae, nombre que procede del griego makrós, grande, y poús, podós, pie. «Los de los pies grandes» es una descripción bastante aceptable para unos animales cuyas extremidades posteriores parecen haber sido diseñadas por alguien que empezó el trabajo por los pies y después tuvo que acomodar apresuradamente el resto del cuerpo.

Los macropódidos comprenden alrededor de setenta especies de marsupiales distribuidas por Australia, Nueva Guinea y algunas islas próximas. Entre ellos encontramos animales enormes, como el canguro rojo, machos adultos de casi dos metros y que excepcionalmente pueden acercarse a los noventa kilos, junto a criaturas que apenas superan el tamaño de un conejo. Para poner algún orden en semejante variedad, los humanos hemos decidido llamar «canguros» a unos, «wallabíes» a otros, «pademelones» a algunos más y «canguros arborícolas» a los que, desafiando nuestras expectativas, decidieron subirse a los árboles.

El problema es que la evolución nunca recibió una copia de nuestra clasificación. La palabra canguro se reserva habitualmente para unas pocas especies grandes. Entre ellas se encuentran el canguro rojo (Osphranter rufus), los canguros grises oriental y occidental (Macropus giganteus y M. fuliginosus) y el canguro antilopino (Osphranter antilopinus). Son animales de espacios abiertos, con enormes extremidades posteriores, pies extraordinariamente largos y una cola musculosa que actúa como estabilizador durante el salto y como apoyo cuando se desplazan despacio.

Los wallabíes, por regla general, son macropódidos menores. Suelen tener el cuerpo más compacto, patas y pies proporcionalmente más cortos y una anatomía mejor adaptada para moverse entre bosques, matorrales o terrenos rocosos. En lugar de recorrer grandes espacios abiertos mediante saltos largos y eficientes, muchos necesitan girar, frenar y esquivar árboles, rocas y arbustos.

Hasta aquí parece sencillo: grande, canguro; pequeño, wallabí. Por desgracia, la naturaleza siente escaso respeto por las explicaciones sencillas. Hay wallabíes grandes y canguros pequeños, y existen especies que reciben nombres comunes diferentes pese a estar estrechamente emparentadas.

El asunto se complica todavía más con los wallaroos, cuyo nombre inglés parece inventado por alguien incapaz de decidirse entre wallaby y kangaroo. En realidad, eso es casi exactamente lo que ocurrió: el término procede de una palabra aborigen, aunque su semejanza con ambos nombres resulta irresistible. Los wallaroos presentan, además, un tamaño y aspecto intermedios, como si estuvieran empeñados en demostrar que nuestras categorías no les preocupan demasiado.

También están los pademelones, pequeños y rechonchos habitantes de bosques densos. En Tasmania me encuentro con Thylogale billardierii, el pademelón tasmano, que a primera vista podría pasar por un wallabí de tamaño reducido. Posee patas posteriores potentes, una cola robusta y el mismo sistema básico de locomoción. Desde el punto de vista evolutivo, todos pertenecen al mismo gran experimento australiano.

Ese experimento consiste en desplazarse dando saltos. El salto de los grandes canguros es una de las formas de locomoción más extraordinarias entre los mamíferos. A velocidades moderadas resulta sorprendentemente económico. Los enormes tendones de las patas posteriores funcionan como resortes: almacenan energía cuando el animal aterriza y la liberan durante el siguiente salto. Conforme aumenta la velocidad, el coste energético no crece como cabría esperar. Para un animal que debe recorrer grandes distancias por las llanuras australianas buscando pastos y agua, semejante mecanismo constituye una ventaja formidable.

La cola participa también en el sistema, aunque su función resulta todavía más curiosa cuando el animal deja de saltar. Al avanzar lentamente mientras pasta, el canguro apoya las extremidades anteriores y la cola en el suelo, adelanta las patas posteriores y repite el movimiento. En esa marcha de cinco apoyos, la cola funciona casi como una extremidad adicional. Un canguro tiene oficialmente cuatro patas, pero en determinadas circunstancias parece desplazarse como si la evolución le hubiera concedido una quinta.

Los wallabíes utilizan el mismo principio mecánico, adaptado a otra escala y a otros ambientes. Sus saltos suelen ser más cortos y su menor tamaño facilita las maniobras en vegetación cerrada. La diferencia entre ambos, por tanto, no consiste únicamente en pesar más o menos. Refleja también distintas especializaciones dentro de un mismo diseño corporal.

Comparten, además, una característica mucho más profunda: todos son marsupiales. Tras una gestación muy breve, las hembras paren crías diminutas y extraordinariamente inmaduras que trepan hasta el marsupio y se fijan a una mama. Allí continúan durante meses un desarrollo que los mamíferos placentarios realizamos en gran parte dentro del útero. Una hembra de canguro puede llevar simultáneamente una cría grande que entra y sale de la bolsa, otra pequeña adherida a una mama e incluso mantener un embrión en pausa hasta que las circunstancias permitan continuar su desarrollo. Comparado con semejante organización, nuestro sistema reproductivo resulta casi convencional.

Queda entonces la pregunta inicial: ¿qué demonios es exactamente un canguro?

La respuesta estricta resulta menos satisfactoria de lo esperado. «Canguro» no designa una categoría taxonómica equivalente a una familia o un género. Es un nombre común aplicado por tradición a determinados macropódidos, sobre todo a los de mayor tamaño. «Wallabí» tampoco define una unidad evolutiva única. Son etiquetas útiles para describir diferentes formas corporales y modos de vida dentro de una familia extraordinariamente diversa.

Un canguro no es, por tanto, simplemente un wallabí grande, aunque esa definición funcione bastante bien durante los primeros cinco minutos de conversación. Tampoco un wallabí es un canguro pequeño y mucho menos, como alguna vez se oye, un canguro joven. Cada especie nace, crece y muere siendo lo que es.

Después de unos días en Australia empiezo a comprender por qué los australianos no parecen tener ningún problema con el asunto. No necesitan una definición filogenética cada vez que un macropódido cruza la carretera. Lo miran y saben si es un canguro, un wallabí o un pademelón, del mismo modo que nosotros distinguimos sin consultar un tratado de zoología un gorrión de una paloma.

El problema surge cuando el biólogo pregunta dónde está exactamente la frontera. Entonces la naturaleza ofrece una de sus respuestas favoritas. La frontera la hemos puesto nosotros.

jueves, 29 de octubre de 2026

DE LAS PRADERAS DE OKLAHOMA A LAS CALLES DE MELBOURNE



Hay viajes que comienzan mucho antes de comprar un billete de avión. El mío a Melbourne empezó, sin que yo lo supiera, en 1832, cuando Washington Irving emprendió una expedición por las praderas norteamericanas acompañado de un joven aristócrata europeo y su preceptor. Casi dos siglos después, uno de aquellos viajeros ha vuelto a cruzarse en mi camino.


Uno puede viajar hasta las antípodas convencido de que va a descubrir un mundo nuevo y encontrarse con un viejo conocido. Es una de esas bromas que la geografía y la historia gastan a quienes todavía creemos que el planeta es lo bastante grande como para no tropezarnos continuamente con las mismas personas.

 

 En mi caso, el encuentro se produjo en Melbourne, una ciudad australiana de amplias avenidas, tranvías, parques magníficos y una notable afición a recordar a sus personajes ilustres poniéndoles nombre a las principales arterias del centro se llama La Trobe Street. También llevan su nombre una universidad y diversos edificios e instituciones. Nada sorprendente en una ciudad que conserva en su nomenclátor un resumen de su historia colonial. Lo inesperado fue descubrir que aquel La Trobe era alguien con quien yo había pasado bastantes horas años atrás, aunque él llevara muerto desde 1875.

 

La explicación tiene que ver con Washington Irving, el escritor estadounidense al que debemos, entre otras obras, La leyenda de Sleepy Hollow, Rip Van Winkle y, cómo no, Los Cuentos de la Alhambra. Hace años traduje para Errata Naturae su libro A Tour on the Prairies, publicado en español como La frontera salvaje. Aquella traducción me obligó a acompañar a Irving por las praderas de lo que hoy es Oklahoma, entre caballos, bosques, ríos, cazadores, indígenas y una colección de personajes que parecían salidos de una novela de aventuras. Entre ellos estaba Charles La Trobe.

 

En 1832, Irving tenía cuarenta y nueve años y acababa de regresar a Estados Unidos después de una larga estancia europea. Aquel otoño se incorporó a una expedición por territorios situados al oeste de los asentamientos estadounidenses, en una región que entonces formaba parte del llamado Territorio Indio. No era una excursión para turistas que deseaban fotografiar bisontes desde un todoterreno. Los caminos eran precarios o inexistentes, las noches se pasaban al aire libre y las posibilidades de acabar perdido, enfermo o despeñado eran bastante superiores a las de encontrar una cama limpia.

 

En aquella aventura participaron dos europeos. Uno era el joven conde Albert de Pourtalès, miembro de una familia aristocrática de origen suizo. El otro era Charles Joseph La Trobe, que lo acompañaba como preceptor, mentor y supervisor de sus andanzas. La Trobe tenía treinta y un años, una educación cosmopolita y una curiosidad por la naturaleza que lo convertía en un compañero especialmente adecuado para explorar territorios desconocidos.

 

La figura del preceptor de un aristócrata merece una explicación. Las familias acomodadas europeas confiaban frecuentemente la educación de sus hijos a hombres cultos que los acompañaban durante sus viajes, vigilaban sus lecturas, corregían sus modales y procuraban que adquirieran conocimientos sin adquirir demasiadas malas costumbres. Era una profesión que exigía paciencia y cierta disposición a soportar las ocurrencias de muchachos convencidos de que el mundo había sido creado para su entretenimiento. Ignoro cuánto necesitaba vigilancia el joven Pourtalès, pero llevarlo a las praderas americanas parece una manera bastante original de completar su formación.


La Trobe no era un simple acompañante. Era un observador interesado por la geología, la botánica, los animales y las costumbres de los pueblos que encontraba. Dibujaba, tomaba notas y poseía esa curiosidad enciclopédica característica de los naturalistas del siglo XIX, cuando todavía resultaba posible interesarse seriamente por las plantas, los insectos, las montañas y la organización política de un país sin que nadie exigiera elegir una especialidad.

 

Irving observaba aquel mundo con ojos de escritor. Le interesaban los paisajes, pero también los caracteres humanos, las conversaciones junto al fuego y las pequeñas rivalidades entre cazadores. El resultado fue A Tour on the Prairies, publicado en 1835, un libro que combina relato de viajes, observación naturalista y un humor discreto. La Trobe también escribió sobre sus experiencias americanas en The Rambler in North America, publicado ese mismo año. Dos hombres que recorrieron parte del mismo territorio y lo contemplaron desde perspectivas diferentes.

 

Ninguno podía imaginar que, pocos años después, el joven preceptor terminaría desempeñando un papel fundamental en la historia de una ciudad situada al otro lado del planeta. En 1839, La Trobe fue nombrado superintendente del distrito de Port Phillip, dependiente de Nueva Gales del Sur. Llegó acompañado de su familia y una casa prefabricada, solución razonable para instalarse donde casi todo estaba todavía por construir. Melbourne apenas tenía cuatro años como asentamiento europeo permanente y crecía rápidamente sobre territorios habitados desde hacía milenios por pueblos aborígenes, especialmente los wurundjeri y los boon wurrung de la nación kulin.

 

En 1851, cuando Victoria se separó administrativamente de Nueva Gales del Sur, La Trobe se convirtió en su primer vicegobernador. Aquel mismo año comenzaron los grandes descubrimientos de oro que transformaron la colonia. Llegaron miles de inmigrantes, se multiplicaron las actividades comerciales y Melbourne inició un crecimiento vertiginoso. Gobernar semejante explosión demográfica debió de resultar bastante menos placentero que perseguir mariposas por Oklahoma.

 

Sin embargo, lo que más me interesa de La Trobe no es su carrera administrativa, sino su condición de naturalista. Entre sus iniciativas destaca el impulso que dio a la creación del Real Jardín Botánico de Melbourne, establecido en 1846 junto al río Yarra. Fue él quien eligió su emplazamiento. Años después, Ferdinand von Mueller, uno de los grandes botánicos del siglo XIX, contribuiría decisivamente a su desarrollo científico. Para alguien que ha dedicado buena parte de su vida profesional a los jardines botánicos, descubrir que uno de sus promotores había compartido aventuras con Washington Irving constituye una coincidencia especialmente grata.

 

Irving dejó un retrato revelador de La Trobe. Lo describió como botánico, geólogo, coleccionista de escarabajos y mariposas, músico y dibujante. Añadía que era un cazador infatigable, aunque no siempre afortunado. La observación tiene esa ironía afectuosa característica del escritor: su compañero parecía dispuesto a interesarse por cualquier cosa que encontrara en el camino, aunque no necesariamente a cobrar las piezas que perseguía.

 

Mientras pienso en todo esto, recuerdo las horas que pasé traduciendo La frontera salvaje. Traducir un libro de viajes tiene algo de expedición sedentaria. Uno no atraviesa ríos ni duerme bajo las estrellas, pero acaba familiarizándose con los compañeros del narrador, sus manías y sus pequeñas desventuras. Durante aquella traducción, La Trobe era para mí un personaje secundario de una aventura americana. Jamás imaginé que acabaría encontrándomelo en Australia.


La coincidencia tiene otra dimensión. Irving escribiría también, publicado en 1837, a partir de los relatos de Benjamin Bonneville, explorador de las Montañas Rocosas y del territorio de Oregón. Todos pertenecían a aquel universo de viajeros, comerciantes y naturalistas que alimentó la literatura de la frontera norteamericana. Una frontera cuya expansión tuvo consecuencias devastadoras para muchas naciones indígenas, como también ocurrió con la colonización europea de Australia.

 

Y aquí estoy, en Melbourne, a miles de kilómetros de Oklahoma y casi doscientos años después de aquella cabalgada, descubriendo que una calle lleva el nombre de un hombre al que conocí entre las páginas de un libro que tuve la fortuna de traducir. Quizá pasee por el Jardín Botánico que contribuyó a crear. Me gustará imaginarlo examinando una planta desconocida o persiguiendo un escarabajo.

 

Los viajes sirven para descubrir lugares nuevos, pero a veces ofrecen una recompensa más inesperada: permiten reencontrarse con personas que uno creía haber dejado definitivamente entre las páginas de un libro. Charles La Trobe murió hace más de ciento cincuenta años. Yo lo conocí en las praderas de Oklahoma y he vuelto a encontrarlo en las calles de Melbourne. No está mal para alguien que nunca llegó a saber que acabaría formando parte de mi historia.

miércoles, 28 de octubre de 2026

PEQUEÑAS PARADOJAS DE UN VIAJE A LAS ANTÍPODAS

 

En el primer tramo de mi viaje a Australia, estaba examinando los horarios de los vuelos cuando descubrí algo que me pareció un tanto inquietante. Según mis billetes de Etihad Airways, había salido de Madrid el martes 27 de octubre a las 9:45 de la mañana y llegaría a Melbourne el miércoles 28 a las 16:45. Entre ambos momentos habían transcurrido treinta y una horas. Sin embargo, sumando los dos vuelos y la escala en Abu Dabi, el viaje duraba exactamente veintiuna. Me faltaban diez horas y, por más que repasaba las cuentas, no conseguía encontrarlas.

No es que me preocupe especialmente cumplir años. A determinadas edades, lo verdaderamente preocupante es cumplirlos demasiado deprisa. Pero una cosa es aceptar el inexorable transcurso del tiempo y otra consentir que te arrebaten diez horas de existencia mientras estás distraído intentando dormir en un asiento de clase turista. Lo menos que cabría esperar es alguna advertencia en el billete o una compensación económica, aunque solo fuera en forma de un bocadillo.

La explicación, naturalmente, está en los husos horarios. La Tierra gira sobre sí misma una vez cada veinticuatro horas y, como tiene la forma aproximada de una esfera, sus habitantes no pueden disfrutar simultáneamente del mediodía. Cuando en Madrid estamos desayunando, en Australia llevan horas ocupados en sus asuntos y probablemente están pensando en la cena. Para organizar semejante desbarajuste, la humanidad decidió dividir el planeta en veinticuatro franjas horarias. Después llegaron las fronteras políticas, los horarios de verano y las conveniencias administrativas, y consiguieron complicar lo que ya parecía suficientemente complicado.

El 27 de octubre, Madrid estará en horario de invierno y Melbourne en pleno horario de verano austral. La diferencia entre ambas ciudades será de diez horas. Eso significa que cuando yo despegue de Barajas a las 9:45, en Melbourne serán ya las 19:45. Los australianos habrán vivido diez horas de martes que para mí todavía no han sucedido. No sé cómo lo consiguen, pero me parece una ventaja competitiva considerable.

Mi primera escala será en Abu Dabi, donde aterrizaré a las 19:35, hora local. En realidad, habrán transcurrido solamente seis horas y cincuenta minutos desde que salí de Madrid. Las otras tres horas las habrá aportado generosamente la geografía. Después de una escala de una hora, volveré a embarcar y pasaré otras trece horas y diez minutos en el aire hasta llegar a Melbourne.

Cuando finalmente ponga los pies en Australia serán las 16:45 del miércoles, pero en Madrid apenas serán las 6:45 de la mañana. Mi organismo, que no entiende de convenciones internacionales, estará convencido de que acaba de amanecer mientras los australianos estarán terminando su jornada. No es extraño que el cuerpo proteste. Se le exige que desayune cuando debería cenar, que duerma cuando debería estar despierto y que acepte todo ello como si fuera la cosa más natural del mundo. Los médicos llaman a ese desajuste jet lag, una expresión bastante elegante para describir la situación de una persona cuyo cerebro, estómago y reloj de pulsera han dejado de ponerse de acuerdo.

Pero mis diez horas desaparecidas son una insignificancia comparadas con lo que les ocurre a algunos viajeros que cruzan el océano Pacífico. Allí se encuentra la línea internacional de cambio de fecha, una frontera imaginaria que discurre aproximadamente por el meridiano 180 y que tiene una propiedad extraordinaria: al atravesarla hacia el oeste hay que adelantar el calendario un día entero; al hacerlo hacia el este, hay que retrasarlo. Uno puede acostarse un martes y despertarse un jueves sin haber disfrutado del miércoles, lo que, dependiendo de las obligaciones previstas para ese día, puede constituir una desgracia o una bendición.

Bill Bryson, en su libro En las antípodas, cuenta que salió de Los Ángeles un 3 de enero y llegó a Sídney el día 5, después de catorce horas de vuelo. El 4 de enero había desaparecido de su calendario. Bryson se preguntaba adónde había ido a parar aquel día y consideraba que las compañías aéreas deberían advertir a sus clientes de que determinados trayectos pueden ocasionar una pérdida temporal de existencia. No parece una exigencia desmesurada. Las aerolíneas advierten de las dimensiones permitidas del equipaje de mano, de la prohibición de fumar y hasta de la conveniencia de abrocharse el cinturón, pero guardan un silencio bastante sospechoso sobre la posibilidad de que desaparezca un miércoles entero.

Mi caso es menos espectacular. No cruzaré la línea internacional de cambio de fecha y no perderé ningún día completo. En realidad, tampoco perderé diez horas. Durante mi viaje transcurrirán exactamente veintiuna, tanto para mí como para cualquier persona que permanezca tranquilamente en Madrid. La diferencia es que los relojes de Melbourne estarán diez horas adelantados. El tiempo no habrá cambiado; lo único que habrá cambiado será la manera de medirlo. Es algo parecido a expresar una distancia en kilómetros o en millas: el camino sigue siendo el mismo, aunque las cifras sean distintas. La diferencia es que nadie se siente diez kilómetros más viejo por cambiar de unidad de medida.

Afortunadamente, el viaje de regreso promete reparar el aparente atropello. El lunes 16 de noviembre despegaré de Melbourne a las 18:05 y aterrizaré en Madrid el martes 17 a las 7:25 de la mañana, después de hacer otra escala en Abu Dabi. Según los relojes de los aeropuertos, entre la salida y la llegada habrán transcurrido solamente trece horas y veinte minutos. Sin embargo, habré pasado veintitrés horas y veinte minutos viajando. Las diez horas desaparecidas en la ida habrán reaparecido durante el regreso, como si alguien las hubiera encontrado olvidadas en un cajón.

Lo extraordinario es que las compañías aéreas consiguen devolverme esas horas sin necesidad de acelerar el avión, alterar la rotación terrestre ni infringir una sola ley de la física. Basta con viajar hacia el oeste. Los husos horarios irán retrasando progresivamente la hora local respecto a la australiana y, cuando llegue a Madrid, el reloj me habrá devuelto exactamente lo que me adelantó en el viaje de ida. No recuperaré diez horas de juventud, desde luego, pero reconocerán que resulta reconfortante pensar que uno puede recobrar algo que daba por perdido.

Hay, sin embargo, un detalle que convierte esta restitución en una operación comercial bastante discutible. El regreso durará casi dos horas más que la ida. Mientras que para llegar a Australia pasaré veinte horas en el aire, para volver necesitaré veintiuna horas y cincuenta y cinco minutos. La explicación está principalmente en los vientos dominantes del oeste, que en las latitudes medias suelen soplar de oeste a este. Cuando un avión vuela a favor de esos vientos, aumenta su velocidad respecto al suelo; cuando los encuentra de frente, disminuye. Las rutas reales atraviesan regiones con vientos diferentes, pero el principio explica por qué un mismo trayecto puede durar bastante más en un sentido que en otro.

De modo que la geografía me devuelve las diez horas que aparentemente me había robado, pero la meteorología se queda con casi dos en concepto de comisión. No conozco muchas operaciones en las que para recuperar diez horas haya que invertir veintitrés, pero supongo que las compañías aéreas podrían defenderlas alegando que uno ha disfrutado durante todo ese tiempo de sus servicios.

El asunto tiene todavía otra peculiaridad. Aunque en la ida viaje hacia el este y en la vuelta hacia el oeste, no estaré acelerando ni frenando la rotación terrestre. El avión, antes de despegar, ya participa del movimiento de la Tierra, igual que la atmósfera que lo rodea. Si no fuera así, bastaría con elevarse en un globo y esperar tranquilamente a que Australia pasara por debajo, un sistema de transporte que habría revolucionado la industria turística y arruinado a las compañías aéreas hace mucho tiempo.

Así que el balance de mi aventura temporal será bastante equilibrado. En la ida, los relojes adelantarán diez horas; en la vuelta, las retrasarán. Habré envejecido exactamente lo que duren los viajes, ni un minuto más ni uno menos, aunque mi organismo probablemente tarde varios días en convencerse de ello. La ciencia ofrece una explicación impecable, pero no consigue eliminar del todo la sensación de que hay algo sospechoso en un sistema que permite salir de un aeropuerto y llegar a otro cuando el calendario parece haber corrido más deprisa que el avión. 

En cualquier caso, he decidido no presentar ninguna reclamación. Si bastara con viajar hacia el oeste para recuperar años de vida, las compañías aéreas habrían descubierto el negocio más rentable de la historia. Y, conociéndolas, seguramente cobrarían un suplemento por cada año recuperado.

domingo, 25 de octubre de 2026

BÁLSAMO DEL TIGRE: UNA SELVA EN EL BOTIQUÍN

 

Después de descubrir que mi espuma de Crackdol contenía un pequeño jardín botánico, unos amigos me hablaron del bálsamo del tigre. El nombre supone una mejora considerable en el departamento de intimidación: donde otros productos ofrecen alivio, este moviliza a un gran depredador. Uno imagina que cualquier contractura, al enterarse, considerará seriamente retirarse. Sin embargo, basta leer la composición para comprobar que el felino tiene una participación estrictamente publicitaria. Dentro hay mentol, alcanfor, aceites de plantas aromáticas y una base untuosa que permite extender el conjunto sin convertir el cuarto de baño en una destilería.

El tigre puede respirar tranquilo: el fabricante confirma que el producto no contiene ingredientes animales. Su nombre procede de Aw Boon Haw, uno de los empresarios que lo popularizaron, cuyo nombre se traduce como «tigre gentil». Resulta una elección comercial afortunada. «Bálsamo del empresario gentil» habría tenido dificultades para conquistar las farmacias. El animal aporta fuerza, velocidad y exotismo; las plantas se ocupan de la química.

Aunque solemos describirlo como un antiguo ungüento chino, su biografía comercial es más viajera. Según la historia de la compañía, sus antecedentes se encuentran en la botica que Aw Chu Kin, un practicante de medicina china, se estableció en Rangún, en la actual Myanmar, durante el siglo XIX. Sus hijos desarrollaron el negocio, lanzaron la marca Tiger Balm en 1909 y trasladaron su expansión a Singapur en 1926. Hay, por tanto, tradición china, una botica birmana y una formidable iniciativa empresarial. La evocación de recetas imperiales pertenece al relato de la marca; la trayectoria moderna tiene nombres, fechas y fábricas.

La caja que tengo delante corresponde al ungüento rojo. Su lista empieza con Petrolatum y Synthetic Wax: vaselina y cera sintética. El jardín oriental se asienta, por tanto, sobre una infraestructura industrial perfectamente contemporánea. La vaselina proporciona una base grasa y la cera contribuye a darle consistencia. Gracias a ellas, los componentes aromáticos pueden repartirse sobre la piel y permanecer allí. Son ingredientes poco adecuados para decorar un cartel con montañas y pagodas, pero muy útiles para impedir que el remedio se comporte como un perfume derramado.

A continuación aparece el mentol, un viejo conocido de quienes hemos experimentado el prodigio de beber agua después de un caramelo de menta. El agua sigue a la misma temperatura, pero parece recién extraída de un fiordo. La explicación está en TRPM8, una proteína de las neuronas sensoriales que funciona como canal iónico y responde al frío. El mentol también puede activarla: modifica la actividad de esas terminaciones y desencadena una señal de frescor sin necesidad de enfriar el tejido en la misma medida que sugeriría la sensación. Hemos aplicado una molécula; el sistema nervioso informa de un cambio meteorológico.

La etiqueta incluye asimismo aceite de Mentha arvensis, una menta de la familia de las lamiáceas. Conviene distinguir la planta, su aceite esencial y el mentol: el aceite es una mezcla de sustancias, mientras que el mentol es una molécula concreta que puede incorporarse por separado. Enumerar ambos no equivale a mencionar dos veces exactamente lo mismo. Tampoco permite averiguar de dónde procede el mentol añadido: su nombre químico no lleva incorporado un certificado de nacimiento vegetal.

El alcanfor introduce otro aroma inconfundible. Su fuente vegetal clásica es el alcanforero, Cinnamomum camphora, un árbol asiático de las lauráceas, la misma familia del laurel. Sin embargo, también puede obtenerse industrialmente, y la palabra Camphor impresa en esta caja no resuelve su procedencia. Su interés va más allá del olor: en experimentos con células y neuronas se ha observado que actúa sobre canales sensoriales como TRPV1, relacionado con el calor doloroso y con la respuesta a la capsaicina de las guindillas. Puede activarlo y después reducir su respuesta mediante desensibilización. Es una interacción farmacológica real, aunque un experimento celular no nos diga cuánto contribuye al alivio de una rodilla humana.

El resultado de combinar estas sustancias puede ser una sucesión de frescor, calor y hormigueo. Los preparados de este tipo se describen como contrairritantes: generan estímulos cutáneos capaces de modificar la percepción del dolor. El término suena a discusión entre vecinos, pero tiene un significado farmacológico preciso. Mentol y alcanfor figuran entre los ingredientes contemplados por la normativa estadounidense para determinados analgésicos externos, dentro de concentraciones establecidas. Eso respalda su uso como sustancias activas; no demuestra automáticamente la eficacia de cualquier mezcla que los contenga.

La expedición botánica continúa con el aceite de cajeput, identificado en el envase mediante la aparatosa denominación Melaleuca Leucadendron Cajuputi Oil. Los nombres de ingredientes conservan a veces nomenclaturas que harían suspirar a un taxónomo. El cajeput se asocia a melaleucas como Melaleuca cajuputi, árboles de las mirtáceas emparentados con los eucaliptos. Tampoco conviene confundir su aceite con el llamado aceite del árbol del té: compartir género o familia no convierte dos extractos en productos intercambiables. En este tarro, el cajeput forma parte de la mezcla aromática característica que declara el fabricante.

Después llega la casia, Cinnamomum cassia, pariente del alcanforero y fuente de una de las especias comercializadas como canela. Su aceite contribuye al olor y al color característicos del bálsamo rojo. La distinción entre rojo y blanco tiene así una explicación bastante más concreta que una supuesta diferencia de temperamento entre tigres. El fabricante atribuye a la incorporación del aceite de casia la tonalidad de esta variedad y advierte de su capacidad para manchar la ropa. La botánica aplicada también tiene consecuencias para la colada.

En la lista aparece además Cinnamal, el cinamaldehído, una de las moléculas responsables del aroma de la canela. Actúa sobre TRPA1, otro canal sensorial que responde a diversas sustancias irritantes. La cocina y el botiquín comparten más protagonistas de los que parece: algunas moléculas que hacen interesante una especia también pueden estimular terminaciones nerviosas. La experiencia depende de la dosis, la mezcla y el lugar de aplicación. Que una sustancia perfume un arroz con leche no significa que la piel la reciba siempre con entusiasmo.

Las plantas más significactivas que forman parte del bálsamo de tigre. 1, Cinnamomum camphora; 2, Mentha aquatica; 3, Melaleuca cajuputi; 4, Syzigium aromaticum; 5, Cinnamomum cassia.

El aceite de Eugenia caryophyllus aporta el clavo de olor. Bajo ese nombre figura el árbol conocido actualmente como Syzygium aromaticum, otra mirtácea. Los clavos de cocina son sus botones florales secos: pequeñas flores detenidas antes de abrirse y convertidas en especia. Su aceite es rico en eugenol, una sustancia de larga relación con la odontología. En experimentos se ha comprobado que el eugenol modifica la actividad de canales sensoriales, entre ellos TRPA1. Esa actividad ayuda a comprender su interés, pero no autoriza a imaginar que atraviesa la piel para anestesiar selectivamente un músculo sobrecargado.

La segunda mitad de la etiqueta parece el reparto de una película química: limoneno, pineno, terpineol, cariofileno, cumarina, carvona, eugenol, acetato de eugenilo y varios nombres más. No debemos interpretar cada uno como una planta adicional ni como una dosis terapéutica independiente. Los aceites esenciales son mezclas complejas y parte de esas moléculas puede llegar formando parte de ellos. La lista, por sí sola, no aclara cuáles se han añadido separadamente ni cuánto hay de cada una. El salicilato de metilo también figura, pero sin porcentaje sería aventurado atribuirle un papel analgésico importante. El BHT, por su parte, es un antioxidante que ayuda a proteger la fórmula del deterioro: también los aromas necesitan mantenimiento.

¿Alivia el bálsamo del tigre? Puede proporcionar alivio temporal de dolores musculares leves, que es precisamente el uso declarado para el ungüento rojo en su presentación británica. La combinación tiene una explicación sensorial plausible, pero esta etiqueta no aporta concentraciones ni permite repartir el mérito entre sus componentes. Sentir calor tampoco demuestra que el músculo se haya calentado en profundidad, que una inflamación esté desapareciendo o que un tendón se repare más deprisa. Una tregua en las molestias puede ser útil sin convertirse por ello en una reparación del tejido.

La misma química que estimula la piel puede irritarla. Debe respetarse el etiquetado de la presentación concreta, evitar ojos, mucosas y piel lesionada, y lavarse las manos después de aplicarlo. Tampoco conviene añadir una manta eléctrica o cubrir la zona con vendajes apretados para «potenciar» el efecto: se han comunicado quemaduras con analgésicos tópicos de este tipo. Una sensación moderada de calor o frescor forma parte de su funcionamiento; dolor intenso, ampollas o irritación importante son motivos para suspenderlo. La antigüedad de una receta no vuelve impermeable la epidermis.

Lo más interesante del tarro acaba siendo su reunión de mundos. Una menta, árboles aromáticos de Asia, botones florales que también sazonan guisos y una base de vaselina terminan participando en nuestra relación con el dolor. Las plantas produjeron su química durante una historia evolutiva en la que nuestras sobrecargas musculares no figuraban entre las prioridades. Nosotros aprendimos a extraerla, formularla y venderla en pequeños envases. El tigre, entretanto, ocupa la caja con una expresión de autoridad impecable: lleva más de un siglo cobrando en prestigio por un trabajo que hacen las moléculas.