Hay una curiosa tendencia humana
a creer que la naturaleza es como una habitación desordenada: basta con colocar
las cosas en filas rectas para que todo funcione mejor. Si un valle tiene
árboles, pensamos que más árboles solo pueden ser una buena noticia. Si una
montaña parece desnuda, la llenamos de verde. Y si ese verde, además, crece
deprisa, produce buena madera y luce estupendamente en las fotografías aéreas,
tanto mejor. Resulta difícil imaginar una idea más razonable. También resulta
difícil imaginar una idea que haya producido tantos errores.
El gran ecólogo Aldo Leopold
escribió en 1949 una frase que todavía hoy debería aparecer grabada a la
entrada de todos los ministerios de medio ambiente del planeta: «Mantener cada
pieza es la primera regla de la inteligencia ecológica». Lo extraordinario es
que escribió aquello mucho antes de que existieran las herramientas para
demostrarlo. Leopold intuía que la naturaleza era más parecida a un reloj suizo
que a un almacén de piezas intercambiables. Uno puede quitar un pequeño
engranaje y el reloj quizá siga funcionando durante un tiempo. El problema
llega mucho después.
Algo así ocurrió en los Alpes
italianos. En los años treinta, el régimen de Benito Mussolini decidió
emprender una de aquellas grandes obras que tanto gustaban a los gobiernos
convencidos de que la naturaleza necesita disciplina. Muchas laderas alpinas
sufrían erosión y desprendimientos, así que la solución parecía evidente:
plantar árboles. Millones de árboles.
La especie elegida fue la pícea
noruega (Picea abies), una conífera elegante, de crecimiento rápido y
madera excelente. Era el candidato perfecto para quien contemple un bosque con
la misma mirada con la que un contable contempla una hoja Excel. En pocas
décadas, praderas alpinas y bosques autóctonos fueron sustituidos por extensas
plantaciones de abetos alineados con la precisión de un desfile militar. Desde
la distancia, el resultado parecía magnífico. Las montañas se habían vuelto
verdes. ¿Qué podía salir mal?
La respuesta ha tardado casi un
siglo en llegar. Lo ha hecho en un artículo
publicado en la revista Ecology. Un equipo dirigido por el ecólogo
Gianalberto Losapio decidió estudiar dos zonas próximas al lago de Como donde
aquellas plantaciones todavía dominan el paisaje. Compararon tres mundos
vecinos: los bosques artificiales de pícea, los bosques caducifolios originales
y los antiguos pastizales alpinos. Durante meses identificaron plantas,
insectos y las propiedades del suelo, convencidos de que, después de noventa
años, el bosque habría alcanzado algún tipo de equilibrio.
Encontraron exactamente lo
contrario. En las parcelas ocupadas por las píceas aparecían, por término
medio, apenas siete especies de plantas. En los bosques naturales había casi
diecinueve. En las praderas alpinas, treinta y siete. Es decir, la diversidad
vegetal se había reducido a menos de la mitad respecto al bosque original y a
una cuarta parte de la que existía en los pastizales subalpinos.
Lo más llamativo es que, visto
desde fuera, nadie habría sospechado nada. El bosque seguía siendo verde. Alto.
Frondoso. Incluso hermoso. Era un poco como esos decorados del Oeste
construidos en Hollywood: fachadas impecables que esconden edificios sin habitaciones
detrás.
El problema es que plantar
millones de ejemplares de una sola especie no equivale a reconstruir un bosque.
Equivale a fabricar una plantación. La diferencia parece semántica, pero es
enorme. Un bosque es una comunidad extraordinariamente complicada donde miles
de especies llevan millones de años negociando quién vive junto a quién, quién
florece primero, quién aprovecha la sombra, quién recicla las hojas caídas y
quién alimenta a quién. Cuando todo eso se sustituye por una única especie
repetida hasta el horizonte, la naturaleza pierde complejidad del mismo modo
que una biblioteca perdería interés si todos sus libros fueran idénticos.
La propia biología de la pícea
agravó el problema. Mientras hayas, arces o castaños dejan caer sus hojas
durante el invierno y permiten que el sol alcance el suelo justo cuando muchas
plantas alpinas necesitan florecer, la pícea conserva sus agujas todo el año.
Bajo su copa apenas entra luz. No se trata de una competición justa entre
especies. Es una prohibición permanente. Muchas plantas sencillamente dejan de
existir porque nunca reciben la breve primavera luminosa para la que
evolucionaron.
Tampoco el suelo escapó a la
transformación. Durante décadas, las agujas acumuladas fueron acidificándolo
lentamente. Los investigadores encontraron más carbono orgánico, lo que podría
parecer una buena noticia, salvo porque ese carbono permanecía allí precisamente
porque los microorganismos trabajaban cada vez menos. La materia orgánica se
descomponía con lentitud, el reciclaje de nutrientes se ralentizaba y el bosque
empezaba a comportarse como una ciudad donde los camiones de la basura hubieran
dejado de pasar. Los residuos se acumulan, pero nadie diría que eso mejora el
funcionamiento de la ciudad.
Los científicos analizaron además
algo mucho más difícil de apreciar que el simple número de especies: las
funciones ecológicas. No basta con contar habitantes; importa saber qué hace
cada uno. En las plantaciones descubrieron que muchos de esos oficios habían
desaparecido. Había menos especialistas, menos redundancia y menos capacidad
para responder a enfermedades, sequías o plagas. El bosque seguía allí, sí,
pero funcionaba peor.
Quizá el descubrimiento más
sorprendente fue comprobar que, después de noventa años, la naturaleza ni
siquiera había conseguido inventar un ecosistema nuevo. Nadie esperaba
encontrar exactamente el bosque original, pero al menos cabía imaginar una
comunidad diferente, adaptada a las nuevas condiciones. No ocurrió. No
aparecieron especies propias de los bosques boreales ni surgió un equilibrio
alternativo. Lo único que encontraron fue una versión empobrecida del antiguo
bosque: las mismas especies de siempre, solo que muchas menos.
Los insectos del suelo parecían
resistir algo mejor, probablemente porque pueden desplazarse con relativa
facilidad entre hábitats cercanos. Sin embargo, incluso allí las alteraciones
químicas del suelo sugerían que buena parte de la vida microscópica llevaba
décadas cambiando silenciosamente. Todo esto podría parecer un episodio curioso
de la historia forestal italiana si no fuera porque el mundo entero continúa
haciendo exactamente lo mismo.
Hoy numerosos programas
internacionales de reforestación miden su éxito por el número de árboles
plantados. Es un indicador sencillo, barato y muy fotogénico. Los gobiernos
anuncian millones de nuevos árboles, las empresas presumen de compensar
emisiones y todos parecen satisfechos. El problema es que plantar árboles no
siempre significa recuperar un bosque. Según diversos estudios, aproximadamente
la mitad de las grandes superficies comprometidas para restauración forestal en
el mundo consisten en monocultivos, muchas veces de especies ajenas al lugar.
Los Alpes italianos recuerdan que
los errores ecológicos tienen una desagradable costumbre: tardan décadas en
hacerse visibles. Durante noventa años aquellos bosques parecieron un éxito.
Solo ahora sabemos que bajo aquella alfombra verde la biodiversidad se había
ido evaporando lentamente, especie tras especie, generación tras generación.
Leopold tenía razón. La naturaleza no funciona porque haya muchos árboles. Funciona porque cada pieza, incluso la más pequeña y aparentemente insignificante, sigue ocupando el lugar que tardó millones de años en encontrar. Y descubrir que falta una pieza suele ocurrir cuando ya es demasiado tarde para volver a colocarla.
