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viernes, 3 de abril de 2026

¡NO HAY NADA MEJOR QUE LA REMOLACHA!.... O ESO DICEN

 


En torno a la remolacha hay una publicidad exagerada sobre ella misma o sobre los jugos, polvos o chuches masticables elaborados con ella. "Aumenta la energía de forma natural", "mejora la circulación", "aumenta la claridad mental", "desintoxica el cuerpo", "mejora la resistencia" y "reduce la inflamación" son algunas de las afirmaciones un tanto hiperbólicas. Aunque algunas de ellas pueden tener algo de cierto, en cuanto a densidad nutricional, la remolacha es superada fácilmente por la col rizada, las espinacas, el berro o el brócoli. Sin embargo, esto no significa que la remolacha carezca de valor nutricional. La remolacha es rica en nitratos (NO₃⁻ ) que sí ofrecen algunos beneficios potenciales.

¡Pero hombre de Dios! ¿No advertiste hace poco a tus lectores que debemos evitar las carnes procesadas porque contienen nitratos? ¿Acaso la posible formación de nitrosaminas cancerígenas a partir de nitratos no es la razón por la que la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC) clasificó las carnes procesadas en su Categoría 1A, reservada para sustancias conocidas por causar cáncer en humanos? ¿Cómo es posible entonces que los nitratos sean tan repudiados en el jamón o el tocino, pero bendecidos en la remolacha?

¡Ay, amigo: todo depende del entorno donde se encuentren los nitratos!

No existe evidencia científica alguna de que los nitratos presentes de forma natural en las verduras causen cáncer. Todo lo contrario. Numerosos estudios vinculan el consumo de verduras con un menor riesgo de cáncer. Este de The Lancet y este otro de Nature son dos de las recopilaciones más citadas y relevantes. Sin embargo, la situación es diferente cuando se trata de nitratos añadidos a la carne procesada para prevenir el botulismo, una enfermedad potencialmente mortal causada por la toxina botulínica, producida por la bacteria Clostridium botulinum. Estas bacterias son omnipresentes, pero solo producen su toxina en condiciones anaeróbicas, como dentro de una salchicha. ¡Y vaya toxina! Tan solo un gramo de toxina botulínica es suficiente para matar a millones de personas.

Los nitratos no son efectivos para prevenir la liberación de la toxina del Clostridium botulinum. Sin embargo, los nitritos (NO₂⁻ ) sí lo son. Resulta que las bacterias presentes de forma natural en la carne pueden convertir los nitratos en nitritos, que son los conservantes. Este paso se puede evitar, y generalmente se hace, añadiendo nitritos directamente a la carne. No obstante, existe un problema, ya sea que los nitritos se añadan directamente o provengan de los nitratos. Los nitritos tienen la capacidad de reaccionar con las aminas presentes de forma natural en la carne para formar nitrosaminas cancerígenas.

Eso explica por qué los estudios han demostrado que consumir unos cincuenta gramos de carne procesada al día durante toda la vida aumenta el riesgo de cáncer colorrectal en un 18%. Sin embargo, esto no es tan alarmante como parece. La incidencia de cáncer colorrectal en la población es de aproximadamente un 5%, y si se incrementa en un 18%, llega al 6%. Esto significa que si cien personas consumen cincuenta gramos de carne procesada al día, una de ellas desarrollará cáncer debido al consumo de nitrosaminas. A nivel individual, un riesgo de uno entre cien es pequeño, pero se vuelve significativo cuando se aplica a una población.

¿Por qué no surge este problema al consumir vegetales ricos en nitratos, como la remolacha? La remolacha acumula una cantidad significativa de nitratos del suelo, pero carece de microorganismos que los conviertan en nitritos. Incluso si se produjera alguna conversión, la remolacha, a diferencia de la carne, no contiene el tipo de aminas necesarias para la formación de nitrosaminas. Además, la remolacha también contiene vitamina C y diversos polifenoles que inhiben la formación de nitrosaminas. Esta es también la razón por la que el ácido ascórbico (vitamina C) o el eritrobato de sodio, un compuesto muy similar, se añaden comúnmente a la carne procesada.

Volvamos ahora a la remolacha. Cuando se ingieren los nitratos que contiene, las enzimas de la saliva los convierten en nitritos que, al no tener aminas con las que reaccionar, se transforman en óxido nítrico en el estómago, la sustancia química a la que se atribuyen los beneficios de los nitratos de la remolacha.

Y es que el óxido nítrico dilata los vasos sanguíneos, lo que reduce la presión arterial y mejora el flujo sanguíneo, dos factores que pueden resultar en una ligera mejora de la resistencia durante la actividad física y, quizás, una recuperación muscular algo más rápida. Varios estudios lo confirman, pero todos señalan que el efecto es pequeño.

En cuanto a las pruebas que respaldan las afirmaciones de que la remolacha, el jugo de remolacha, el polvo de remolacha o las chuches de remolacha pueden "desintoxicar el cuerpo", "mejorar la cognición" o "aumentar la energía vital", simplemente no existen salvo en la calenturienta mente de algunos publicistas.

Lo único que podemos afirmar es que una o dos tazas de jugo de remolacha al día no harán milagros, pero podrían influir positivamente en la presión arterial y la resistencia. Claro que eso no es algo de lo que aferrarse ciegamente.

NO, LA CARA OCULTA DE LA LUNA NO ESTÁ A OSCURAS

 

Mientras escribo este artículo en la mañana del Viernes Santo, la nave Artemis II se prepara para abandonar la órbita terrestre y emprender su giro, también orbital, alrededor de la Luna. Una vez que tome la órbita lunar y haga su previsto movimiento alrededor de nuestro satélite, será la primera vez que unos seres humanos observen entera la llamada “cara oculta de la Luna”.

¿Por qué desde la Tierra vemos siempre la misma faz de la Luna? Respuesta: por el “doble movimiento sincronizado” que ejecuta la Luna alrededor de la Tierra al tiempo que rota alrededor de sí misma. Para tratar de explicarlo, haré un viaje a mi infancia.

Trayectoria de Artemis II. Los astronautas orbitarán la Tierra durante aproximadamente 24 horas para revisar su nave espacial y luego encenderán los motores de sus cohetes para poner rumbo a la Luna. El viaje durará tres días, y la superficie lunar se irá haciendo cada vez más grande a través de las ventanas de la cápsula a medida que se acerquen. Al llegar, sobrevolarán la cara oculta de la Luna mediante la asistencia gravitatoria, vislumbrando regiones lunares nunca vistas por el ser humano, y luego emprenderán el viaje de regreso a casa, que durará tres días. Redibujado a partir de un esquema de Nature.

Cuando de niños “bailábamos” el trompo por las calles de Granada aún sin asfaltar, si lo hacíamos con la suficiente habilidad (lo que no se lograba siempre) el trompo ejecutaba un doble giro. Por un lado, giraba en un movimiento de rotación alrededor de su propio eje. Por otro lado, iba trasladándose hasta realizar uno o más giros completos alrededor del lanzador.

Por tanto, si el trompo hubiera tenido ojos, habría visto sucesivamente el frente, los costados y la espalda del lanzador, mientras que este lo perdería de vista salvo que, como solíamos hacer, nos giráramos alrededor de nuestro propio eje. Sustituyamos ahora el trompo por la Luna y al lanzador por la Tierra y, después de exponer las respectivas velocidades de desplazamiento, podremos entender la sincronía y la asincronía de los tres movimientos implicados: dos de la Luna (rotación sobre sí misma y traslación alrededor de la Tierra) y uno de rotación de la Tierra sobre sí misma). No, no se me olvida que la Tierra gira también alrededor del Sol en un movimiento de traslación que dura algo más de 365 días, pero este viaje no influye en absoluto en lo que ahora nos ocupa: la cara oculta de la Luna.

Con el Sol iluminando desde la derecha, en esta foto del módulo del Artemis I puede verse que la cara "oscura" de la Luna está perfectamente iluminada.

Aunque la Tierra realiza su movimiento de traslación alrededor del Sol a una velocidad escalofriante (107 000 km/h), rota sobre sí misma a una velocidad más de sesenta veces inferior (1 700 km/h), lo que hace que cualquier punto de la superficie terrestre haga un giro completo cada 24 horas. El movimiento de la Tierra es independiente de los movimientos de la Luna, es decir, unos y otros son asincrónicos. Para comprobarlo, mire la imagen superior izquierda de este video que presenta en tiempo real los movimientos de la Luna a lo largo de 2023.

En cambio, ambos movimientos lunares son sincrónicos, porque su velocidad de traslación es la misma que la de rotación: la Luna da una vuelta completa alrededor de su eje en aproximadamente 27,32 días (mes sidéreo), el mismo tiempo que emplea en completar una órbita de traslación alrededor de la Tierra. Gracias a esa sincronización vemos siempre la misma cara de la Luna y, de paso, le dimos la oportunidad a Pink Floyd para crear uno de sus mejores discos, The dark side of the Moon. Por si con el ejemplo del trompo no he explicado bien los movimientos relativos de la Tierra y su satélite, vean este vídeo tan breve como didáctico.

El próximo mes de octubre se cumplirán 67 años desde que la sonda espacial soviética Luna 3 envió a la Tierra las primeras imágenes de la cara oculta. Cuando llegaron aquellas imágenes en blanco y negro, los astrónomos descubrieron que en ese lado inexplorado había valles, montañas y cráteres, pero ninguno de los muchos mares inertes característicos de la cara lunar visible.

En este video puede ver el lado oculto de la Luna desde su polo meridional filmado por la cámara de una de las naves gemelas GRAIL, lanzadas por la NASA en 2012.

Cuando en 1959 se dieron a conocer las primeras imágenes del lado oscuro de la Luna (entonces le llamaron oscuro porque no se conocía, no porque la luz del Sol no llegara hasta allí; hubiera sido más exacto llamarle oculto, pero así son las cosas) los astrónomos se dieron cuenta a la primera, como lo hubiéramos hecho usted y yo sin mayores conocimientos de Astronomía, de que, en ese lado desconocido por estar siempre de espaldas a nuestro planeta, había valles, montañas y cráteres, pero ninguno de los extensos mares inertes que caracterizan la cara visible. Un misterio al que llamaron, vaya usted a saber por qué, el de Tierras Altas Lunares.

Aunque no fuera uno de los de Fátima, el meritado misterio tardó décadas en desvelarse. En esas estaban, devanándose los sesos para desvelar tamaño arcano, cuando unos astrónomos de la Universidad de Pensilvania lo desvelaron en un artículo publicado en 2014 en la revista The Astrophysical Journal que les dejo en este enlace para que se entretengan. Por no aburrirles mucho, lo que se concluía en aquel artículo era que, como consecuencia de su formación, la ausencia de mares en el pynkfloydiano lado se debe a una diferencia en el espesor de la corteza originada desde el mismo momento de su formación lunar.

La historia comienza hace 4 500 millones de años, cuando Theia, un objeto sideral del tamaño de Marte, chocó violentamente contra la Tierra. En aquel colosal Armagedón, capas externas de la Tierra y de Theia salieron disparadas hacia el espacio; con el tiempo algunas de ellas se ensamblaron y formaron la Luna. Ni qué decir tiene que después del enorme impacto Tierra y Luna estaban muy calientes. La Tierra y Theia no solo se derritieron; partes de ellas se convirtieron en vapor, creando un disco de roca, magma y vapor alrededor de nuestro mundo.

La Luna, de tamaño mucho más pequeño, se enfrió más rápidamente. La Tierra, todavía caliente a más de 2 500 grados centígrados, emitía calor hacia el lado próximo de la Luna. El lado contrario, más alejado de aquella Tierra en ebullición, se enfrió lentamente, mientras que el que miraba hacia nuestro planeta se mantenía fundido, creando una diferencia de temperatura entre las dos caras, un fenómeno térmico que cualquiera puede comprobar arrimando el trasero a las resistencias de una estufa.

Esa diferencia fue decisiva para la formación de la capa más externa de la Luna, la corteza, que contiene altas concentraciones de aluminio y calcio. Como la cara ahora visible estaba todavía demasiado caliente, ambos elementos se condensaron preferentemente en la atmósfera de la relativamente fresca parte que ahora permanece oculta.

Cientos de millones de años más tarde, aluminio y calcio se combinaron con los silicatos en el manto lunar para formar un tipo de feldespatos que, a modo de armadura o cáscara, formaron la corteza lunar. Por eso, la corteza de la cara oculta, que como consecuencia de la mayor concentración de aluminio y calcio posee más feldespatos, es más gruesa.

Actualmente la Luna, ya completamente fría, no está fundida bajo superficie, pero cuando comenzó a formarse y sufría el impacto de grandes meteoritos, debajo de su corteza yacía un océano de magma hipercalentado a presión comparable al que existe en el manto terrestre y que aflora en superficie por las placas tectónicas y con la erupción de los volcanes.

Los impactos de los meteoritos sobre la antigua Luna todavía recalentada liberaron grandes mantos de lava basáltica que formaron los característicos mares lunares de la cara visible. Los meteoritos también golpearon la cara oculta, pero como la corteza era allí demasiado gruesa, resistió los impactos sin que brotaran grandes coladas de basalto magmático; por eso, esa cara lunar está repleta de valles, cráteres y montañas, pero casi falta de mares.

Para otro día dejo en el aire la respuesta a otra pregunta: ¿por qué los cráteres lunares son tan redondos?

jueves, 2 de abril de 2026

UN CÁLCULO SENCILLO PARA EVALUAR LA CALIDAD DE TU DIETA

 


A todos nos gustaría comer de forma saludable. Un simple cálculo puede determinar si vamos por buen camino.

Desde hace unos 300 000 años, los humanos hemos comido prácticamente todo lo que parecía comestible. Plantas, cereales, frutas, partes de cualquier criatura que camine, vuele, nade o se arrastre, han pasado por el aparato digestivo del Homo sapiens. Podría pensarse que con toda esa experiencia ya habríamos descubierto qué tipo de dieta es beneficiosa para la salud.

Pero que más quisiéramos. Aquí estamos, 300 000 años después, hablando de dietas bajas en carbohidratos, dietas cetogénicas, dietas carnívoras, dietas bajas en grasas, dietas veganas, dietas flexitarianas, dietas de ayuno intermitente y un sinfín de otras. Aunque todas tienen sus fieles seguidores, el mayor aplauso que genera la comunidad científica se centra en la "dieta mediterránea".

Perfecto, pero hay un problema. Hay veintiún países alrededor del Mediterráneo y cada uno tiene su propia forma de comer. Los españoles no comen como los libaneses, y la baguette francesa no es como una hogaza manchega. Entonces, ¿de qué demonios hablamos cuando hablamos de esa quimérica y soñada “dieta mediterránea” que los expertos defienden con tanto entusiasmo? ¿Y por qué tamaña afición?

La esperanza de vida en la región mediterránea suele ser unos años mayor que en Estados Unidos (por poner un sitio donde se come rematadamente mal), aunque esto se aplica principalmente a países del sur de Europa como España, Italia y Grecia. Estos países presentan una menor incidencia de enfermedades cardíacas y obesidad, y su población goza de una mejor salud metabólica, lo que se traduce en niveles óptimos de cinco indicadores clave evaluados sin necesidad de medicación: circunferencia de la cintura, glucosa en ayunas, triglicéridos, colesterol HDL y presión arterial. La alimentación es un factor importante, pero las personas que viven en la región mediterránea también caminan más, tienen mayor interacción social y, en general, acceso a una atención médica de calidad.

Partiendo de la base de que la dieta influye, la pregunta es qué comen realmente los “mediterráneos”. En general, consumimos muchas verduras, frutas, cereales integrales, legumbres, frutos secos, semillas y pescado. Ingerimos poca carne roja, cantidades moderadas de lácteos (principalmente yogur), aves y huevos. Nuestra principal fuente de grasa es el aceite de oliva. Sin embargo, el secreto de la dieta mediterránea podría no estar en lo que comemos, sino en lo que no comemos. Evitamos los alimentos ultraprocesados y los carbohidratos refinados, las carnes procesadas y las bebidas azucaradas. Este patrón alimentario reduce el colesterol LDL y la presión arterial, disminuye los marcadores de inflamación y favorece una mayor sensibilidad a la insulina y una mayor saciedad, lo que se traduce en una menor ingesta calórica.

Sin embargo, para determinar con certeza los beneficios de la dieta mediterránea se necesitan más que estudios observacionales. Se requieren estudios aleatorios y rigurosos, como el ensayo "Predimed", realizado en España entre 2003 y 2011, que analizó a 7 500 adultos con alto riesgo de enfermedad cardíaca repartidosen tres grupos. Un grupo siguió la dieta mediterránea con aceite de oliva virgen extra, otro grupo consumió la dieta mediterránea con frutos secos adicionales y el tercero siguió una dieta de control baja en grasas. Tras cinco años, los grupos que siguieron la dieta mediterránea presentaron un 30% menos de eventos cardiovasculares graves (infartos, accidentes cerebrovasculares o muertes cardiovasculares). ¡Impresionante!

¿Y el cáncer? No hay diferencias drásticas, pero algunos tipos de cáncer, como el de colon y el de mama, tienen una incidencia algo menor en los países mediterráneos que en Estados Unidos. Esto podría deberse al mayor consumo de fibra y antioxidantes provenientes de las verduras. Hay otro aspecto de la salud que merece la pena considerar en relación con la dieta mediterránea: la salud mental.

Podemos hacernos una idea de esto a partir de un estudio que analizó la adherencia a la dieta "MIND", que se cree que es beneficiosa para el cerebro. La dieta MIND combina la dieta mediterránea y la dieta "DASH" (Enfoques Dietéticos para Detener la Hipertensión). Los investigadores siguieron a 1 600 adultos mayores de 60 años que habían completado cuestionarios de frecuencia de consumo de alimentos y se habían sometido a resonancias magnéticas cada cuatro años. Su dieta se evaluó en función del "Sistema de Puntuación MIND", que otorga puntos según la cantidad de porciones de alimentos "saludables para el cerebro" durante una semana y resta puntos por las porciones de alimentos "perjudiciales para el cerebro". Los alimentos saludables son verduras de hoja verde, otras verduras, bayas, frutos secos, aceite de oliva, cereales integrales, pescado, aves, frijoles, legumbres y vino. Los alimentos poco saludables son carne y productos cárnicos, mantequilla y margarina, queso, pasteles y dulces, comida rápida y frita. 

Grupos saludables para el cerebro

 

Verduras de hojas verdes

Seis o más raciones semanales

Otras verduras

Una o más raciones diarias

Frutos secos

Cinco o más veces semanales

Frutas del bosque o berries,

Dos o más veces semanales

Legumbres

Tres o más raciones semanales

Cereales integrales

Tres o más raciones semanales

Pescados (no fritos)

Una ración a la semana

Pollo

Dos raciones semanales

Aceite de oliva

Un punto si es el aceite más usado

Vino

Un vasito al día

Grupos perjudiciales para el cerebro

 

Carnes rojas y sus derivados

Menos de cuatro raciones semanales

Mantequilla y margarina

Menos de una cucharada al día

Queso

Menos de una ración a la semana

Pastas y dulces

Menos de cinco piezas semanales

Comidas rápidas y frituras

Menos de una ración a la semana

Interpretación del marcador

 

Adhesión* alta

8,5 a 15 puntos

Adhesión moderada

6,5 a 8,5

Adhesión baja

0 a 6,5

*En el año 2003 la OMS definió el término “adhesión” como «el grado en el que la conducta de un paciente, en relación con la toma de medicación, el seguimiento de una dieta o la modificación de hábitos de vida, se corresponde con las recomendaciones acordadas con el profesional sanitario».

 Ahora observa la tabla anterior y, para calcular la adhesión a la dieta MIND, suma un punto por cada alimento saludable para el cerebro o alimento poco saludable. Por ejemplo, si consumes seis o más porciones de verduras de hoja verde a la semana, te sumas un punto. Si consumes solo tres porciones, obtienes medio punto. Si consumes menos de cuatro porciones de carne roja a la semana, obtienes un punto. Hay quince categorías, por lo que el número máximo de puntos sería quince.

Los participantes que siguieron el programa MIND con mayor rigor presentaron menor atrofia cerebral y menor pérdida de materia gris, que es esencial para la memoria y la cognición. Lamentablemente, los investigadores no realizaron pruebas de memoria para determinar si una menor atrofia cerebral se asociaba con una mejor memoria. La atrofia cerebral y la pérdida de materia gris también están relacionadas con la enfermedad de Alzheimer, y se ha demostrado que incluso una adhesión moderada al programa MIND reduce el riesgo de padecerla en aproximadamente un 35%, mientras que una adhesión elevada puede reducirlo hasta en un 50%.

Creo que este sistema de puntuación también serviría para evaluar el riesgo de enfermedades cardíacas, cáncer y diabetes. Mi única objeción es que se le asigne un punto por una copa de vino al día. No creo que haya evidencia que lo justifique. Sugiero, en cambio, añadir un punto por no consumir alcohol. En cualquier caso, haz el cálculo y si obtienes una puntuación superior a nueve, tienes una dieta razonablemente buena.

Sin embargo, recuerda que lo que importa es el estilo de vida en su conjunto, así que cualquiera que piense que vivirá más tiempo añadiendo aceite de oliva a su ensalada o comiendo yogur en lugar de helado está completamente equivocado.

miércoles, 1 de abril de 2026

ESCARABAJOS QUE POLINIZAN ORQUÍDEAS

 

Disa bivalvata

Los escarabajos y las orquídeas son dos de los grupos de organismos vivos más diversos de la Tierra. A los coleópteros, vulgo escarabajos, no les ha ido nada mal. Aparecieron sobre la faz de la Tierra hace 280 millones de años y se expandieron por todo el mundo siguiendo la explosión evolutiva de las plantas con semillas a partir del Cretácico. Hoy, este orden de insectos acorazados contiene más especies que cualquier otro en todo el reino animal, unas 375 000, lo que significa que tiene tantas especies como las plantas vasculares o los hongos y 66 veces más especies que los mamíferos.

Por su parte, la familia de las orquídeas. Con más de 25 000 especies conocidas, constituyen uno de los grupos de con mayor diversidad entre las plantas con flores. Entre otros factores, si un grupo presenta un expediente con tanto éxito evolutivo es porque su estrategia vital lo ha dotado de una gran capacidad de resistencia y de resiliencia, es decir, de resistir a la adversidad y de recuperarse después de haber sufrido algún tipo de daño.

Por lo tanto, cabría esperar que escarabajos y orquídeas compartieran una larga e interesante historia evolutiva. Sin embargo, no parece ser así.

Durante décadas, las orquídeas han sido consideradas las reinas de la polinización. Sus flores son obras maestras de precisión, generalmente polinizadas por ágiles insectos como abejas y mariposas. Los escarabajos, en cambio, tienen mala fama. A menudo se les describe como torpes, pesados y más interesados en masticar pétalos que en transportar cuidadosamente el polen.

El polen de las orquídeas se agrupa en densos haces llamados polinias, y muchos científicos creían que los escarabajos no eran lo suficientemente delicados como para manejar un sistema tan refinado. Sin embargo, esta idea ha comenzado a cambiar. En los últimos veinte años, los investigadores han descubierto que algunas especies de orquídeas, de hecho, son polinizadas por escarabajos. Especies como Satyrium microrrhynchum y Luisia teres han demostrado que los escarabajos pueden ser transportadores de polen leales y sorprendentemente eficaces.

Aun así, persistían preguntas clave. ¿Son los escarabajos realmente buenos transportando polen entre diferentes plantas o causan principalmente autopolinización? ¿Y presentan las orquídeas rasgos claros que indiquen una adaptación a los escarabajos?

Para responder a estas preguntas, Steven D. Johnson y su equipo centraron su atención en Disa elegans, una rara orquídea sudafricana que florece solo después de los incendios. En los paisajes del matorral surafricano, el fynbos, propensos a los incendios donde crece, se habían observado escarabajos visitando sus flores, pero nadie había comprobado científicamente si estaban cumpliendo su función correctamente.

Disa elegans y sus visitantes florales. (A) Plantas con flores en un humedal. (B) Inflorescencia. (C) Escarabajo hembra Trichostetha capensis transportando una gran carga de polinias. (D) Escarabajo T. signata con una gran carga de polinias alimentándose del néctar en los pétalos. (E) Escarabajo Lepithrix sp. alimentándose de néctar. (F) Hormiga Camponotus niveosetosus alimentándose de néctar. (G) Vista lateral de una flor disecada con los sépalos retirados, mostrando gotas de néctar en el labelo y los pétalos (p = pétalo, a = antera, r = rostelo, s = estigma, l = labelo). Barras de escala: A = 10 cm, B = 10 mm, C = 5 mm, D = 5 mm, E = 10 mm, F = 5 mm, G = 5 mm. Fuente: Johnson et al. 2025.

Los investigadores observaron las flores en el campo durante más de cuarenta horas, capturando e identificando a cada visitante y examinando qué insectos transportaban polinias. Además, midieron la forma y el color de las flores, analizaron el volumen del néctar y la concentración de azúcares, recolectaron y decodificaron la composición química del aroma floral, rastrearon el movimiento del polen mediante tintes de colores y realizaron polinizaciones manuales controladas para determinar cómo la autopolinización influía en la producción de semillas.

Descubrieron que casi todos los visitantes eficaces de Disa elegans eran escarabajos. Los más comunes eran Trichostetha capensis y Trichostetha signata, junto con un escarabajo más pequeño del género Lepithrix. Muchos T. capensis y T. signata llevaban polinias de orquídeas adheridos a su tórax, justo donde se esperaría que se adhirieran las almohadillas adhesivas de la flor. Algunos escarabajos no solo llevaban uno o dos manojos de polen, sino docenas. Otros insectos aparecían ocasionalmente, pero rara vez se marchaban con polen adherido.

Las flores parecen estar perfectamente adaptadas a estos escarabajos. La mayoría de las especies del género Disa ocultan su néctar en el interior de un tubo estrecho llamado espolón. Disa elegans, en cambio, hace algo diferente: deposita gotas de néctar muy diluido abiertamente sobre las superficies planas de sus pétalos y labelo.

Este pequeño detalle marca una gran diferencia. Los escarabajos tienen piezas bucales cortas y se alimentan con amplios movimientos de barrido. No están adaptados para alcanzar el interior de los tubos florales profundos, como las abejas o las mariposas. Al ofrecer néctar a la vista, la orquídea facilita la alimentación de los escarabajos y la hace menos atractiva para otros insectos.

Las flores también desprenden un aroma afrutado rico en linalol y benzoato de metilo. El linalol es un compuesto aromático conocido por estimular las antenas de los escarabajos, actuando casi como una señal que indica que hay alimento. Unas marcas de color amarillo brillante y granate guían a los escarabajos hacia el néctar, posicionando sus cuerpos de manera que recogen y depositan el polen con sorprendente precisión.

Y el sistema funciona. Entre la mitad y casi todas las flores de las plantas analizadas recibieron polen, y aproximadamente el 11 por ciento del polen extraído de las flores terminó en el estigma. Esta eficiencia rivaliza con la de muchas orquídeas polinizadas por abejas.

Los escarabajos también transportaron polen a pocos metros, a veces saltándose varias plantas, lo que produjo un patrón de dispersión similar al de otras especies polinizadas por insectos. Alrededor del 30 por ciento del polen depositado provenía de la misma planta, un nivel de autopolinización común en las orquídeas. Sin embargo, esto no representa un problema, ya que las flores autopolinizadas y las polinizadas cruzadamente produjeron semillas igualmente sanas.

En conjunto, estos hallazgos revelan una verdad innegable: los escarabajos no son visitantes descuidados que deambulan torpemente entre flores delicadas. Son socios eficientes y confiables. Los llamados aristócratas del mundo vegetal han forjado una exitosa alianza con insectos que la ciencia subestimó en el pasado.

lunes, 30 de marzo de 2026

LOS ASTRONAUTAS MEAN SU PROPIOS HUESOS

 

Hay frases que parecen escritas por un guionista con demasiado tiempo libre y muy poca supervisión científica. “Los astronautas mean sus huesos” es una de ellas. Uno imagina a un grupo de físicos de la NASA mirando resignados a un periodista entusiasta mientras este busca un titular llamativo. Sin embargo, como ocurre a menudo en biología, esa señora discreta que es la realidad tiene la mala costumbre de darle la razón a las metáforas más extravagantes.

Todo empieza con un detalle aparentemente inocente: la ausencia de peso. En la Tierra, cada vez que nos levantamos, caminamos o simplemente permanecemos de pie, nuestros huesos soportan una carga constante. Es una presión silenciosa, continua, tan cotidiana que ni siquiera la percibimos. Pero nuestros huesos sí. De hecho, dependen de ella. Son estructuras vivas, dinámicas, en perpetuo estado de reforma, como un edificio que nunca termina de construirse ni de demolerse del todo.

En ese edificio trabajan dos equipos con intereses opuestos. Por un lado están los osteoblastos, que construyen huesos nuevos sin parar. Por otro, los osteoclastos, que los desmantelan con la eficacia de una empresa de derribos. En condiciones normales, ambos grupos mantienen un equilibrio razonable. Se destruye lo viejo, se construye lo nuevo, y el conjunto se mantiene firme, elegante y, sobre todo, funcional.

Pero cuando uno se marcha al espacio, ese equilibrio empieza a resquebrajarse con una rapidez sorprendente. En la microgravedad de la Estación Espacial Internacional, los huesos dejan de tener una función esencial: sostener el cuerpo frente a la gravedad. Y el organismo, que es práctico hasta rozar lo tacaño, toma nota de inmediato. ¿Para qué mantener una estructura costosa si ya no hace falta?

La respuesta del cuerpo es tan lógica como inquietante: empieza a desmantelar el esqueleto. Los osteoclastos se vuelven más activos, los osteoblastos pierden fuelle, y el calcio que estaba cuidadosamente almacenado en los huesos se libera al torrente sanguíneo. Es como si alguien decidiera desmontar una catedral piedra a piedra porque, de pronto, ha dejado de haber feligreses.


Ahora bien, el calcio en sangre es útil hasta cierto punto, pero no en exceso. El organismo no es amigo de los excedentes, y menos cuando se trata de minerales que pueden causar problemas. Así que los riñones entran en escena con la eficiencia de un servicio de limpieza meticuloso. Filtran ese calcio sobrante y lo envían, sin ceremonia ni nostalgia, hacia la orina.

Y ahí es donde la frase cobra sentido. Porque, en efecto, parte del calcio que formaba los huesos acaba abandonando el cuerpo por la vía urinaria. No es que los astronautas estén orinando fémures en miniatura, pero sí están eliminando, de forma literal, los componentes minerales de su esqueleto. Es una imagen poco elegante, pero científicamente impecable.

La magnitud del fenómeno tampoco ayuda a tranquilizar a nadie. Se estima que un astronauta puede perder alrededor de un 1% de densidad ósea por cada mes que pasa en el espacio. Dicho así parece poco, pero conviene ponerlo en perspectiva. En la Tierra, una persona con osteoporosis puede tardar años en experimentar una pérdida comparable. En órbita, el proceso se acelera como si el cuerpo tuviera prisa por deshacerse de lo que considera superfluo.

Las zonas más afectadas son, como cabría esperar, aquellas que en la Tierra soportan mayor carga: la columna vertebral, la cadera, los huesos largos de las piernas. Es decir, justo las partes que más nos definen como criaturas terrestres. En el espacio, estas regiones se convierten en un lujo innecesario y el organismo actúa en consecuencia.

Las consecuencias no se hacen esperar. Por un lado, está el riesgo evidente de fracturas al regresar a la Tierra, donde la gravedad reaparece sin anunciarse. Un esqueleto debilitado no recibe así como así ese reencuentro. Por otro, el exceso de calcio en la orina aumenta la probabilidad de desarrollar cálculos renales, una dolencia que ya es desagradable en condiciones normales, pero que en el contexto de una misión espacial adquiere tintes francamente inoportunos.

Y, como si esto fuera poco, la pérdida ósea no viene sola. Los músculos, liberados también de la tiranía gravitatoria, empiezan a atrofiarse con una eficacia digna de encomio. El cuerpo humano, cuando se le da la oportunidad, parece inclinado a ahorrar energía por todos los medios posibles, incluso a costa de su propia integridad estructural.

Ante este panorama, uno podría pensar que la exploración espacial es, en esencia, una forma muy cara de descalcificarse. Pero, por supuesto, los ingenieros y los médicos de las agencias espaciales no se han quedado a  verlas venir. En la Estación Espacial Internacional los astronautas siguen rutinas de ejercicio que harían sudar a un atleta olímpico. Corren sujetos con arneses, pedalean en bicicletas estáticas y utilizan máquinas de resistencia diseñadas para imitar, de manera ingeniosa, los efectos de la gravedad.

A esto se suma una dieta cuidadosamente controlada, suplementos de vitamina D y calcio, y una vigilancia médica constante que roza lo obsesivo. Cada hueso, cada músculo, cada molécula parece estar bajo escrutinio, como si el cuerpo humano fuera un experimento ambulante —que, en cierto modo, lo es.

Y aun así, el problema no desaparece del todo. La microgravedad sigue siendo un entorno profundamente antinatural para un organismo que ha evolucionado durante millones de años bajo la influencia constante de la gravedad terrestre. Es, en esencia, una negociación desigual entre la biología y la física, y la biología no siempre sale ganando.

Lo maravilloso de todo esto, quizá, es que revela hasta qué punto estamos adaptados a nuestro planeta. Tendemos a pensar en el espacio como la última frontera, un escenario de aventuras y descubrimientos. Pero el verdadero desafío no está solo en llegar allí, sino en sobrevivir sin deshacernos, literalmente por el camino.

Así que la próxima vez que alguien mencione, con cierta sorna, que los astronautas “mean sus huesos”, conviene resistir la tentación de corregirlo con excesiva rapidez. Porque, en el fondo, esa frase contiene una certeza inquietante: fuera de la Tierra, incluso algo tan sólido y aparentemente permanente como el esqueleto humano se convierte en una estructura provisional, susceptible de ser desmontada, filtrada y, finalmente, eliminada.

No es una imagen especialmente heroica, pero sí profundamente reveladora. Después de todo, el espacio no solo pone a prueba nuestra tecnología. También pone en evidencia, con una nitidez rayana con la crueldad, los límites de nuestra propia naturaleza.

ESCENARIO INTERNACIONAL UN LUNES DE PASIÓN

 

Hay lunes que se escriben solos. Basta abrir cuatro periódicos internacionales, dejar que el café se enfríe y aceptar que el mundo, en determinados momentos, adquiere una coherencia inquietante. Este podría ser uno de ellos: un lunes de pasión, en el que las piezas del tablero de Oriente Medio parecen encajar con una lógica cruda en la que el petróleo vuelve a ser argumento, excusa y botín.

Mientras columnas de tropas estadounidenses se desplazan hacia la península arábiga —uno de esos escenarios bélicos recurrentes en los que Washington suele entrar con determinación y salir con el rabo entre las piernas—, el relato empieza a afinarse. No tanto por lo que ocurre sobre el terreno como por lo que se dice, o se deja entrever, en los grandes diarios anglosajones, que siguen siendo el mejor sismógrafo del poder occidental.

En ese registro, la figura de Donald Trump reaparece con su estilo reconocible: directo, desacomplejado y peligrosamente transparente. En una entrevista en Financial Times que busca fijar balance, deja caer una idea que, en otro tiempo, habría provocado un terremoto diplomático inmediato: el objetivo último en Irán no sería tanto la estabilidad regional ni la contención nuclear como el control de los recursos. El petróleo, en su formulación más elemental. La isla de Kharg —pieza clave en la exportación iraní— aparece en el horizonte como objetivo táctico, descrito con una ligereza que recuerda más a una operación inmobiliaria que a una intervención militar.

No es tanto lo que dice como cómo lo dice. La guerra, en ese discurso, se despoja de retórica moral y se presenta como una transacción. Tomar o no tomar. Entrar o no entrar. Evaluar el coste. Medir la oportunidad. Y, sobre todo, ignorar las advertencias internas, calificadas con desdén, en un momento en el que el precio del crudo escala y amenaza con reordenar la economía global.

Sin embargo, la otra cara del espejo la ofrecen los propios medios que orbitan alrededor del poder estadounidense: The Wall Street Journal y The New York Times. Allí el tono cambia. Se habla de escenarios, de hipótesis operativas, de movimientos discretos que apuntan a algo más que una guerra aérea. La posibilidad de una intervención sobre el terreno —quirúrgica en su planteamiento, imprevisible en sus consecuencias— empieza a circular con naturalidad. Fuerzas especiales desplegadas, rutas energéticas en riesgo, mercados nerviosos. El guion se vuelve reconocible.

Y, sin embargo, hay un tercer relato, menos visible pero quizás más decisivo. Llega desde Londres, desde The Economist, a través de un amplio reportaje con el tono analítico de quien mira la guerra no como un choque de bloques, sino como un sistema de incentivos. Según esa lectura, el conflicto no está debilitando al régimen iraní, sino reforzándolo. No lo está empobreciendo, sino enriqueciendo. La Guardia Revolucionaria —columna vertebral del poder— emerge más fuerte, más centralizada, más imprescindible.

La paradoja es casi perfecta: mientras en Washington se insinúa un cambio de régimen, en Teherán el sistema parece haber encontrado una nueva forma de estabilidad, basada en la adaptación. Las sanciones se sortean, los flujos de petróleo se reconfiguran y el dinero circula por canales cada vez más opacos. China aparece en ese reportaje como actor silencioso pero determinante, absorbiendo la mayor parte del crudo iraní y proporcionando la arquitectura financiera necesaria para sostener el circuito. No es una alianza formal, pero funciona como tal.

Europa, mientras tanto, observa y calcula. La Comisión Europea prepara medidas para amortiguar el impacto de unos precios energéticos que ya tensionan economías y gobiernos. Se habla de ayudas, de flexibilización normativa, de intervenciones puntuales. Pero también, y esto es más significativo, de revisar algunas de las grandes apuestas estratégicas de los últimos años.

La posibilidad de reabrir eldebate sobre la explotación de recursos en el Ártico —territorio hasta ahora protegido por compromisos climáticos— indica hasta qué punto la urgencia energética puede alterar prioridades. Las grandes petroleras presionan, los equilibrios cambian y el discurso verde empieza a mostrar fisuras. La seguridad de suministro vuelve a imponerse como argumento central, desplazando —aunque sea temporalmente— la narrativa de la transición ecológica.

En paralelo, las grandes economías coordinan posiciones. El G7 se reúne, explora opciones, tantea medidas que en otro contexto serían excepcionales: liberar reservas estratégicas, intervenir precios, estabilizar mercados. No se esperan anuncios inmediatos, pero el mero hecho de que estas herramientas estén sobre la mesa indica el grado de preocupación.

Todo ocurre al mismo tiempo. Esa es la clave. No hay una única historia, sino varias que se entrelazan: la ambición explícita de Washington, la resiliencia pragmática de Teherán, el cálculo estratégico de Pekín y la incertidumbre creciente de Bruselas. Cada actor juega su partida, pero todos comparten tablero.

Y en medio, el petróleo. Siempre el petróleo. Como en los viejos mapas del siglo XX, marcando rutas, definiendo alianzas, justificando movimientos. Cambian los nombres, cambian los discursos, pero la lógica persiste con una obstinación casi geológica.

La vida sigue, por supuesto. Siempre sigue. Pero lo hace con esa sensación de deriva controlada, de equilibrio inestable que puede romperse en cualquier momento. Quizá lo más inquietante no sea lo que está pasando, sino la naturalidad con la que empieza a contarse. Como si todo formara parte de un guion ya conocido.

Y tal vez ahí resida la verdadera novedad de este lunes: en la desaparición del disimulo. En la vuelta a una franqueza brutal, donde las razones se dicen en voz alta y el poder deja de fingir que actúa por algo distinto a sus propios intereses. Un lunes de pasión, sí. Pero sin redención a la vista.

EL ÁRTICO Y LA FRAGILIDAD DE LAS PROMESAS CLIMÁTICAS EUROPEAS

 

Hay lugares en el mundo que funcionan mejor como idea que como territorio. El Ártico es uno de ellos. Durante años, la Unión Europea (UE) lo ha tratado como si fuera ambas cosas: un espacio físico sometido a tensiones geopolíticas muy concretas y, al mismo tiempo, un símbolo útil para explicar una ambición moral. Proteger el Ártico era, en ese relato, una forma de proteger algo más grande: la coherencia de una política climática que aspiraba a ser ejemplar.

El problema de las ideas es que, tarde o temprano, se cruzan con la realidad.

Una noticia publicada por Financial Times sugiere que ese cruce ya ha ocurrido. Bruselas estaría reconsiderando, al menos de manera informal, su posición respecto a la explotación de petróleo y gas en el Ártico. No porque haya cambiado de opinión sobre el cambio climático —nadie en la Comisión Europea se ha vuelto negacionista de repente—, sino porque han cambiado las circunstancias. Y las circunstancias, en política energética, suelen tener la mala costumbre de imponerse a las convicciones.

Conviene recordar, para no exagerar ni simplificar, que la famosa “prohibición” europea sobre el Ártico nunca fue exactamente eso. No existía un veto legal, ni una norma vinculante capaz de detener plataformas petrolíferas a miles de kilómetros de Bruselas. Lo que había era una propuesta: una moratoria internacional, una invitación a otros países para que dejaran bajo tierra los hidrocarburos de una de las regiones más frágiles del planeta. Era una apuesta diplomática, ambiciosa en el papel y bastante más incierta en la práctica.

La UE no controla el Ártico. No decide lo que ocurre en las aguas de Rusia, ni en las de Noruega, ni en las de Estados Unidos. Su influencia se limita a la persuasión, al ejemplo y, en el mejor de los casos, a la presión económica. La idea de un “santuario ártico” dependía, por tanto, de una suma de voluntades ajenas. Era más un proyecto que una realidad.

Y, sin embargo, funcionaba. Funcionaba como relato. Europa podía presentarse como una potencia normativa, dispuesta a liderar la transición energética no solo dentro de sus fronteras, sino también en los márgenes del mapa. El Ártico era perfecto para eso: lejano, vulnerable y cargado de simbolismo. Hasta que dejó de ser lejano.

En los últimos años, la energía ha regresado al centro de la política con una fuerza que muchos daban por superada. Las crisis de suministro, las tensiones internacionales y la volatilidad de los mercados han devuelto al gas y al petróleo un protagonismo incómodo. De repente, conceptos que parecían destinados a los manuales —seguridad energética, dependencia exterior, diversificación de fuentes— han vuelto a ocupar titulares y reuniones de urgencia.

En ese contexto, el argumento de las grandes petroleras resulta tan simple como eficaz: si Europa quiere garantizar su suministro, necesita más fuentes de energía, no menos. Y el Ártico, con sus reservas aún sin explotar, aparece como una opción tentadora. Según recoge el Financial Times, la presión del sector se ha intensificado en Bruselas con una idea que no admite demasiados matices: no puede haber seguridad energética europea sin energía ártica.

Es un argumento discutible, pero no trivial. Porque introduce una jerarquía de prioridades en la que el corto plazo pesa más que el largo. Y porque obliga a elegir entre dos objetivos que, sobre el papel, eran compatibles: reducir emisiones y garantizar el suministro. Cuando la teoría se enfrenta a la urgencia, la compatibilidad suele romperse por el lado más débil.

Ahí es donde entra en escena InfluenceMap, una organización que se dedica a seguir el rastro del lobby climático. Su diagnóstico, citado también por el diario británico, es bastante claro: la industria de los combustibles fósiles está aprovechando la inestabilidad geopolítica para reposicionar su discurso. Ya no se trata solo de defender el petróleo y el gas como fuentes de energía, sino de presentarlos como herramientas de estabilidad, casi como un mal necesario frente a la incertidumbre.

La estrategia tiene algo de déjà vu. Cada crisis energética de las últimas décadas ha venido acompañada de una rehabilitación temporal de los combustibles fósiles. La diferencia es que ahora esa rehabilitación choca con compromisos climáticos mucho más explícitos y con una opinión pública, al menos en Europa, más sensibilizada.

El Ártico, en este contexto, deja de ser un símbolo abstracto para convertirse en un caso práctico. Explotar sus recursos implicaría asumir riesgos evidentes: accidentes en condiciones extremas, impactos sobre ecosistemas muy sensibles y, sobre todo, la contradicción de extraer más combustibles fósiles en una región que ya está sufriendo de manera acelerada sus efectos. El calentamiento allí no es una metáfora: es medible, visible y, en muchos aspectos, irreversible.

Pero también implica otra cosa, menos visible y quizá más decisiva: aceptar que la transición energética no es lineal. Que puede haber retrocesos, matices, excepciones. Que incluso los compromisos más ambiciosos están sujetos a revisión cuando cambian las condiciones de partida.

El paralelismo que establece Financial Times con decisiones adoptadas en Estados Unidos bajo la presidencia de Donald Trump no es tanto una acusación como una advertencia. En su momento, la apertura de zonas protegidas en Alaska para la explotación energética se interpretó como un giro abrupto, casi ideológico. Lo que sugiere ahora el caso europeo es algo más sutil: que ese tipo de decisiones no siempre responde a un cambio de principios, sino a una reinterpretación de las prioridades.

Europa no está, de momento, perforando el Ártico. Ni siquiera ha anunciado oficialmente que vaya a hacerlo. Lo que está ocurriendo es menos espectacular y, por eso mismo, más relevante: se está revisando el marco mental en el que esa posibilidad se consideraba inaceptable.

Y ahí es donde aparece la verdadera cuestión. No tanto si la Unión Europea va a autorizar o no nuevas explotaciones —algo que, en cualquier caso, dependería de terceros países—, sino si está dispuesta a mantener una posición de liderazgo climático cuando ese liderazgo entra en conflicto con intereses inmediatos.

El Ártico nunca fue un santuario en sentido jurídico. Era, más bien, una aspiración compartida por instituciones y organizaciones ecologistas: la idea de que al menos una parte del planeta podía quedar al margen de la lógica extractiva. Una especie de línea roja trazada sobre el mapa.

Lo que sugiere la información reciente es que esa línea empieza a difuminarse. No con un gesto brusco, sino mediante una serie de ajustes, matices y reconsideraciones que, acumulados, pueden cambiar el resultado final.

Quizá no haya que dramatizar. La política, al fin y al cabo, consiste en gestionar contradicciones. Pero tampoco conviene ignorar el significado de esos pequeños desplazamientos. Porque, en cuestiones climáticas, la diferencia entre una promesa firme y una promesa revisable puede medirse en décadas. Y el Ártico, como suele ocurrir con los lugares que funcionan mejor como idea que como territorio, no tiene tantas.