Los principales gases de la atmósfera terrestre son nitrógeno (78%), oxígeno (21%), argón (0,9%) y dióxido de carbono (0,04%). De todos ellos, el oxígeno es un oxidante (como su propio nombre indica), lo que significa que permite que otras cosas ardan. De los otros tres, ninguno arde. Afortunadamente, ninguno de ellos es inflamable. Si el aire fuera rico en un gas realmente inflamable —como el hidrógeno o el metano— la historia del planeta sería bastante más espectacular (y probablemente muy corta).
Y si ningunos es inflamable, ¿por
qué hay incendios? Porque el aire contiene oxígeno, y eso es justo lo necesario
para que un combustible (madera, gasolina, gas natural) pueda reaccionar
rápidamente y liberar energía en forma de llama. Sin oxígeno, no hay fuego. Pero
con solo oxígeno, tampoco. Y ahora vamos a lo que vamos.
El principal componente de
cualquier ser humano, el que ocupa el 61% del espacio disponible, es el
oxígeno. Parecer un tanto contrario a la intuición que estemos compuestos casi
en dos terceras partes de un gas inodoro. La razón de que no seamos livianos e
hinchables como un globo es que el oxígeno está en su mayor parte combinado con
hidrógeno (que representa otro 10 % de nosotros) para formar agua; y el agua,
como sabrá cualquiera que alguna vez haya intentado mover una piscina infantil
o simplemente caminar con la ropa empapada, resulta muy pesada.
¿De dónde sale todo oxígeno que
llena nuestro cuerpo? De la respiración. En la respiración, las cifras resultan
asombrosas, de hecho, fantásticas. En silencio y con ritmo, despiertos o
dormidos, como el que no quiere la cosa, todos los días inspiramos y espiramos
unas 20 000 veces, procesando constantemente alrededor de 12 500 litros de
aire, dependiendo de nuestra complexión y nuestro nivel de actividad. Esto
equivale a unos 7,3 millones de respiraciones anuales, o 550 millones más o
menos en el transcurso de toda una vida, y cada vez que respiramos exhalamos
unos 25 000 trillones de moléculas de oxígeno.
En términos porcentuales, resulta
que cada bocanada de aire que entra en nuestros pulmones contiene
aproximadamente un 21% de oxígeno, el mismo elemento que convierte una tea en
una antorcha, una chispa en un incendio forestal y una barbacoa mal vigilada en
un episodio traumático del verano. Y, sin embargo, aquí estamos: caminando,
leyendo, bostezando y pagando impuestos sin salir ardiendo espontáneamente. Lo
cual, pensándolo bien, es un alivio.
La pregunta es evidente: si el
oxígeno es el gran cómplice del fuego, ¿por qué no salimos ardiendo al
respirar? ¿Qué impide que cada inspiración sea una especie de ruleta rusa
térmica? Para responder hay que desmontar una confusión muy común: el oxígeno no
es el pirómano de la historia. Es más bien el amigo que sostiene la puerta
abierta.
El fuego, como los malos planes,
necesita tres cosas para prosperar. Los bomberos lo llaman el triángulo del
fuego: oxígeno, combustible y calor. Falta uno solo de esos elementos y el
incendio se viene abajo como un castillo de naipes mojados. El oxígeno, por
tanto, no basta. Es imprescindible, sí, pero inútil sin compañía. Y aquí
empieza nuestra salvación.
Empecemos por el combustible. Uno
podría pensar que el cuerpo humano, lleno de grasas, proteínas y otros
materiales orgánicos de nombre inquietantemente inflamable, es un candidato
ideal para la combustión. Pero no lo es. Principalmente porque —como he
apuntado más arriba— somos, en esencia, bolsas ambulantes de agua. Entre un 60
y un 70% de nuestro cuerpo es agua, una sustancia famosa por muchas cosas
—apagar fuegos, arruinar meriendas campestres, rebajar la leche, aguar el
güisqui— pero no por arder. El agua actúa como un formidable inhibidor: absorbe
calor, enfría tejidos y hace que cualquier intento de combustión sea tan
frustrante como tratar de encender una fogata con sopa.
Luego está el detalle crucial del
calor. Para que algo arda necesita alcanzar su temperatura de ignición, es
decir, el punto en el que sus moléculas empiezan a reaccionar violentamente con
el oxígeno. La madera necesita varios cientos de grados. La gasolina, menos,
pero aun así muchos más de los 36,5 °C que marca un termómetro humano en un
buen día. El aire que respiramos entra a temperatura ambiente y sale
ligeramente calentado, pero jamás se acerca remotamente a los niveles
necesarios para iniciar un incendio. Si nuestro interior alcanzara esas
temperaturas, el problema no sería arder, sino sobrevivir siquiera unos
segundos.
Hasta aquí, bien. Pero aún queda
el punto más interesante y el que realmente marca la diferencia entre una
persona viva y una antorcha con opiniones políticas: la respiración no es
combustión. Aunque se parezcan en los libros de química, en la práctica son
procesos muy distintos.
Cuando el oxígeno llega a
nuestras células no se dedica a reaccionar de forma descontrolada, como hace en
un incendio. En lugar de eso, participa en una exquisita coreografía bioquímica
llamada respiración celular. Todo ocurre dentro de estructuras diminutas
llamadas mitocondrias, que son, por decirlo de algún modo, centrales eléctricas
microscópicas con un estricto código de seguridad. Allí, el oxígeno ayuda a
extraer energía de los alimentos paso a paso, reacción a reacción, con la
paciencia de un contable suizo.
La clave está en la lentitud. En un fuego, la energía se libera de golpe: calor, luz, caos. En el cuerpo humano, la energía se libera a cuentagotas, en cantidades tan pequeñas que pueden ser aprovechadas para mover un músculo, transmitir un impulso nervioso o mantener caliente el café interno que llamamos metabolismo. Si esa misma energía se liberase de una sola vez, como en una llama, nos cocinaríamos desde dentro antes de tener tiempo de decir “esto no parece saludable”.
Una buena analogía es comparar la
combustión con quemar una casa para calentarse, y la respiración celular con
encender cuidadosamente una estufa y regularla con un termostato. Ambas usan la
misma fuente de energía, pero una es claramente preferible si se desea
conservar el inmueble y la vida.
También ayuda recordar que el
oxígeno que respiramos no es especialmente agresivo. La atmósfera terrestre
lleva unos 2 400 millones de años con niveles de oxígeno relativamente altos, y
si este gas tuviera tendencia a provocar incendios espontáneos, el planeta
habría sido durante eones una especie de barbacoa cósmica. El hecho de que los
bosques necesiten un rayo, una cerilla o un descuido humano para arder debería
tranquilizarnos bastante.
Curiosamente, cuando el oxígeno
sí se vuelve peligroso es cuando hay demasiado. En ambientes enriquecidos con
oxígeno —quirófanos, laboratorios, estaciones espaciales— materiales
normalmente inofensivos pueden arder con entusiasmo suicida. En esas
condiciones, una chispa minúscula puede provocar un desastre. Pero incluso
entonces, el cuerpo humano no se incendia por respirar: el problema es el
entorno, no los pulmones.
Así que podemos respirar
tranquilos salvo, claro está, si no nos llega una notificación de Hacienda.
Cada inspiración no es un acto de valentía inconsciente, sino una colaboración
cuidadosamente regulada entre química y biología. El oxígeno entra, hace su
trabajo con disciplina y se va discretamente convertido en agua y dióxido de
carbono, sin montar un espectáculo pirotécnico.
En resumen: no ardemos porque no
somos una maldita hoguera. Nos falta el calor, nos sobra el agua y, sobre todo,
tenemos un sistema exquisitamente diseñado para domar al oxígeno y obligarlo a
comportarse. El verdadero milagro no es que no nos incendiemos, sino que este
proceso funcione millones de veces al día, en silencio, sin que tengamos que
pensar en ello.
Lo inquietante no es respirar
oxígeno. Lo inquietante sería no hacerlo.
