La ciencia es una disciplina
extraordinariamente eficiente... siempre que uno no le pregunte si sabe adónde
va. La mayor parte del tiempo avanza como un excursionista que sale a buscar
una cascada y termina encontrando una catedral romana, un meteorito o un oso.
Los científicos tienen incluso una palabra para esa curiosa costumbre de
tropezar con tesoros inesperados: serendipia.
La lista de descubrimientos
nacidos por accidente es tan larga que uno empieza a sospechar que la
planificación está sobrevalorada. Alexander Fleming no buscaba antibióticos
cuando una colonia de moho invadió sus cultivos bacterianos. Roy Plunkett nopretendía inventar el teflón mientras experimentaba con nuevos refrigerantes.
Los investigadores que desarrollaban el sildenafilo esperaban obtener un
medicamento para la angina de pecho y acabaron revolucionando un campo de la
medicina situado bastante más al sur del corazón. La ciencia parece tener un
extraño sentido del humor: responde con frecuencia a preguntas que nadie había
formulado.
La aspirina tampoco iba a escapar
a esta tradición. A comienzos de 2025, un grupo de investigadores de la
Universidad de Cambridge trabajaba en uno de los grandes enigmas de la
oncología moderna. No intentaban descubrir un nuevo medicamento contra el
cáncer ni mejorar ninguno de los ya existentes. Su objetivo era mucho más
básico y, precisamente por ello, mucho más importante: comprender cómo consigue
el sistema inmunitario localizar y destruir las escasas células tumorales que
logran escapar del tumor primario antes de que funden una metástasis.
La pregunta era crucial. El tumor
original rara vez es el auténtico verdugo. En la inmensa mayoría de los casos,
lo que termina causando la muerte del paciente son esas diminutas avanzadillas
celulares que abandonan su lugar de origen, sobreviven a un viaje
extraordinariamente hostil por la sangre o los vasos linfáticos y, finalmente,
consiguen establecer una nueva colonia en un órgano distante. La metástasis es
el verdadero enemigo, y entender por qué unas células logran escapar mientras
otras son eliminadas constituye una de las grandes prioridades de la
investigación oncológica.
Los investigadores de Cambridge
seguían el rastro de esas células fugitivas cuando se toparon con un viejo
conocido de los hematólogos: una pequeña molécula llamada tromboxano A₂, o
simplemente TXA₂. Su trabajo consiste en ayudar a las plaquetas a formar
coágulos cuando nos hacemos una herida. Parecía un actor secundario en una
historia sobre inmunología. Sin embargo, cuanto más profundizaban en su
función, más evidente resultaba que aquella modesta molécula escondía un
segundo empleo del que nadie sospechaba.
Fue entonces cuando la historia
dio un inesperado giro de guion. Resultó que el TXA₂ actuaba también como una
especie de freno para determinados linfocitos T citotóxicos, las unidades de
élite del sistema inmunitario especializadas en identificar y destruir células
anormales, incluidas las cancerosas. No los paralizaba por completo, pero sí
reducía su eficacia en el preciso momento en que debían interceptar las células
tumorales que comenzaban a diseminarse.
Aquello era interesante por sí
mismo, pero aún faltaba la pieza decisiva del rompecabezas. ¿Quién bloquea la
producción de tromboxano A₂? La respuesta llevaba más de un siglo guardada en
millones de botiquines domésticos: la aspirina.
Durante décadas, epidemiólogos de
medio mundo habían observado un fenómeno desconcertante. Las personas que
tomaban aspirina durante largos periodos —generalmente por motivos
cardiovasculares— parecían presentar una menor incidencia de determinados cánceres,
especialmente del colorrectal. Más llamativo todavía era que algunos pacientes
ya diagnosticados desarrollaban menos metástasis y mostraban una supervivencia
ligeramente superior.
Los estudios se acumulaban. Los
metaanálisis reforzaban la asociación. Sin embargo, todos tropezaban con el
mismo obstáculo: nadie entendía realmente por qué ocurría aquello. En ciencia,
descubrir que dos fenómenos están relacionados resulta emocionante. Descubrir
el mecanismo que los une es cuando empieza de verdad la diversión.
La explicación apareció,
inesperadamente, mientras nadie estaba buscándola. La aspirina bloquea de forma
irreversible una enzima denominada ciclooxigenasa-1 (COX-1) presente en las
plaquetas. Sin esa enzima, las plaquetas dejan de fabricar tromboxano A₂.
Durante más de medio siglo, los médicos pensaron que ese era simplemente el motivo
por el que la sangre tardaba un poco más en coagular y por el que la aspirina
prevenía infartos e ictus. Ahora sabemos que esa misma interrupción puede tener
una consecuencia inesperada: al desaparecer el TXA₂, los linfocitos T recuperan
parte de su capacidad para perseguir y destruir las células tumorales antes de
que logren instalarse en otro órgano.
La aspirina no ataca directamente
al cáncer. Ni envenena las células tumorales, ni las obliga a suicidarse, ni
impide que aparezcan. Lo que hace es algo mucho más elegante: deja de estorbar
al sistema inmunitario. Es como si una patrulla policial recibiera
constantemente órdenes equivocadas por la radio para reducir la vigilancia en
una zona especialmente conflictiva. La aspirina, simplemente, apaga ese canal
de interferencias. Los agentes siguen siendo los mismos. Las armas son las
mismas. Lo único que cambia es que ahora pueden hacer su trabajo.
Esta explicación ayuda a
comprender por qué los beneficios observados parecen concentrarse especialmente
en la prevención de las metástasis y no tanto en impedir la formación del tumor
primario. También explica por qué el efecto solo aparece tras un uso prolongado
y por qué resulta mucho más evidente en determinados tipos de cáncer que en
otros.
La historia de la aspirina ya era
extraordinaria mucho antes de este descubrimiento. Todo comenzó, en realidad,
con un árbol. Desde la Antigüedad se sabía que las infusiones preparadas con
corteza de sauce aliviaban el dolor y reducían la fiebre. Hipócrates ya las
recomendaba varios siglos antes de Cristo, aunque naturalmente ignoraba cuál
era el principio activo responsable de aquellos efectos.
Hubo que esperar hasta el siglo
XIX para que los químicos aislaran la salicina y, posteriormente, el ácido
salicílico. El problema era que aquel compuesto resultaba muy eficaz... pero
también extraordinariamente desagradable para el estómago. En 1897, el químico
Felix Hoffmann, que trabajaba para Bayer y buscaba un tratamiento mejor
tolerado para el reumatismo de su padre, acetiló el ácido salicílico obteniendo
el ácido acetilsalicílico. Había nacido uno de los medicamentos más famosos de
todos los tiempos.
Desde entonces, la aspirina ha
sido analgésico, antipirético, antiinflamatorio y antiagregante plaquetario. Ha
aliviado dolores de cabeza, reducido fiebres, prevenido infartos e ictus y
salvado probablemente millones de vidas. Pocas moléculas pueden presumir de un
currículo semejante. Y, sin embargo, todavía seguía guardando secretos.
Eso ocurre con más frecuencia de
lo que imaginamos. Los medicamentos son como viejos conocidos con los que
llevamos décadas compartiendo mesa sin haber llegado nunca a preguntarles de
dónde vienen o qué hicieron antes de conocernos. Creemos saberlo todo sobre
ellos porque forman parte del paisaje cotidiano, hasta que un descubrimiento
inesperado revela que llevaban años desempeñando un segundo trabajo del que
nadie tenía noticia.
Naturalmente, conviene no sacar
conclusiones precipitadas. Este hallazgo no significa que todo el mundo deba
comenzar a tomar una aspirina diaria. El medicamento no está exento de riesgos.
Al dificultar la coagulación aumenta la probabilidad de hemorragias digestivas
y, en menor medida, de hemorragias cerebrales. En personas jóvenes y sanas esos
riesgos pueden superar cualquier posible beneficio. Por eso las recomendaciones
actuales siguen insistiendo en que el tratamiento solo debe iniciarse cuando
existe una indicación médica concreta y una valoración individual del
equilibrio entre riesgos y beneficios.
Además, quedan numerosas
preguntas abiertas. ¿Qué tumores responden realmente a este mecanismo? ¿Cuál es
la dosis óptima? ¿Durante cuánto tiempo habría que administrarla? ¿Podría
potenciar la eficacia de las inmunoterapias actuales? Diversos ensayos clínicos
internacionales intentan responder ahora a esas cuestiones.
Lo verdaderamente fascinante es
que una de las moléculas más estudiadas de toda la farmacología haya esperado
más de ciento veinte años para revelar uno de sus trucos más interesantes. No
está nada mal para un medicamento que muchos consideran poco más que un simple
remedio contra el dolor de cabeza.
Quizá esa sea la enseñanza más
hermosa de esta historia. La ciencia no solo descubre cosas nuevas; también
vuelve una y otra vez sobre las antiguas para hacerles preguntas diferentes. Y,
de vez en cuando, una molécula centenaria responde con una sorpresa que nadie
esperaba.
Es posible que dentro de unos
años este descubrimiento conduzca a nuevas estrategias para impedir la
metástasis o inspire fármacos capaces de potenciar el sistema inmunitario sin
aumentar el riesgo de hemorragia. O quizá no. La investigación tiene la mala
costumbre de negarse a seguir los guiones que escribimos para ella.
Lo único que parece seguro es que
los investigadores de Cambridge salieron a estudiar cómo unas células
inmunitarias perseguían a otras células cancerosas y regresaron con una
explicación largamente buscada sobre uno de los medicamentos más famosos de la
historia.
Una vez más, la serendipia había
hecho de las suyas.