Hay algo discretamente revolucionario en los árboles nuevos. No hacen ruido ni inauguran nada, pero cambian el paisaje con una paciencia que ningún urbanista puede igualar. En la recién remodelada plaza de los Cuatro Caños han plantado once ejemplares de Parrotia persica. Once iraníes, podría decirse, instalados en el corazón de una ciudad castellana poco acostumbrada a este tipo de presencias.
No es una
elección habitual: el arbolado urbano español se repite con cierta monotonía
—plátanos, tilos, acacias— y solo de vez en cuando se cuela alguna rareza bien
escogida. Esta lo es, y mucho. Porque la parrotia no es solo un árbol
ornamental de otoño brillante, sino un superviviente de una historia mucho más longeva
y ancestral que cualquier plaza.
El nombre del género, Parrotia,
tiene una etimología que encierra ya una pequeña historia científica: fue
dedicado al naturalista alemán Friedrich Parrot, viajero y explorador del
Cáucaso en el siglo XIX, una figura que encarna bien esa tradición de botánicos
que no solo clasificaban plantas, sino que recorrían territorios exóticos y
peligrosos en una insaciable búsqueda de plantas en las que perpetuar su propio
nombre asociado a ellas. La especie persica, por su parte, remite a
Persia, es decir, al territorio de la actual Irán, donde el árbol encuentra su
hogar natural. Ese origen no es un simple dato geográfico: es la clave de todo
lo demás.
El género Parrotia,
encuadrado en la familia Hamamelidaceae, es extraordinariamente pequeño y, en
cierto modo, solitario. Solo cuenta con dos especies vivas: la ya mencionada P.
persica, en el suroeste de Asia, y Parrotia subaequalis, en el este
de China. Entre ambas se abre una distancia de miles de kilómetros que hoy
parece inexplicable, pero que en realidad es el vestigio de un mundo
desaparecido.
Durante el Terciario, amplias
zonas del hemisferio norte estaban cubiertas por bosques templados húmedos que
se extendían de manera casi continua desde Europa hasta Asia oriental. En ese
escenario, los antepasados de Parrotia no estaban aislados, sino
integrados en un vasto corredor forestal. El enfriamiento global y las
glaciaciones fragmentaron ese tapiz vegetal, reduciéndolo a refugios dispersos.
Lo que vemos hoy —Irán por un lado, China por otro— es el resultado de esa ruptura,
un ejemplo clásico de disyunción paleogeográfica que fascinó ya en el siglo XIX
a naturalistas como Darwin o Wallace.
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| El Imperio aqueménida hacia el 500 a. de C. Se muestra la división en satrapías en tiempos de Darío I. La satrapía de Hircania estaba situada inmediatamente al sur del Caspio. |
Si Parrotia ha sobrevivido en Irán no es por casualidad, sino gracias a un enclave muy particular: una región en la franja meridional del mar Caspio, en los dominios de la antigua satrapía de Hircania. Allí, en las provincias de Gilan, Mazandarán y Golestán, el paisaje contradice todos los estereotipos asociados al país. Frente al interior árido y continental, Hircania es una banda verde, húmeda, casi exuberante, donde las precipitaciones son abundantes y el clima tiene rasgos casi subtropicales.
Los actuales bosques hircánicos con
parrotias funcionan como auténticos refugios terciarios, es decir, como lugares
donde las condiciones ambientales han cambiado menos que en las regiones
circundantes, permitiendo la persistencia de linajes antiguos. En ese contexto,
P. persica forma parte de comunidades forestales complejas junto a
hayas, robles y otros caducifolios, integrada en un ecosistema que es, en sí
mismo, un archivo viviente del pasado.
Desde el punto de vista botánico, la parrotia conserva rasgos que refuerzan esa impresión de antigüedad. Como otros miembros de las Hamamelidaceae, presenta flores sin pétalos, discretas, en las que destacan únicamente los estambres rojizos que aparecen a finales del invierno, antes de la foliación. Este tipo de estructura floral, relativamente simple, se interpreta a menudo como un carácter primitivo dentro de las plantas con flores leñosas.
No hay aquí grandes estrategias de seducción visual, sino
un equilibrio entre polinización por viento y por insectos que recuerda a
estadios evolutivos tempranos. A ello se suma una madera extraordinariamente
densa —de ahí el nombre de “árbol del hierro” con el que se acostumbra a
denominarlos— que sugiere una estrategia de crecimiento lenta y resistente, más
orientada a la permanencia que a la conquista rápida del espacio.
Quizá por eso los once ejemplares plantados en los Cuatro Caños tienen algo de promesa. No solo embellecerán la plaza con el paso de los años, sino que introducirán en el paisaje cotidiano una historia que se remonta a millones de años, a bosques que unían continentes y a climas que ya no existen. Son, en cierto modo, fragmentos de Hircania trasladados a Alcalá, pequeñas cápsulas de tiempo enraizadas en el presente. Y aunque quienes pasen cerca de ellos no conozcan su nombre ni su origen, esos árboles seguirán haciendo lo que han hecho siempre: resistir, crecer lentamente y, llegado el otoño, recordar con sus hojas encendidas que el pasado nunca desaparece del todo.


