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jueves, 4 de junio de 2026

PANCHO VILLA EN COLUMBUS

 

Si mencionas el 11 de septiembre, cualquier estadounidense sabrá al instante a qué te refieres. Lo mismo ocurre con Pearl Harbor. La mayoría de los estadounidenses saben vagamente que durante la Guerra de 1812 los británicos bombardearon Fort McHenry e incendiaron la Casa Blanca. Pero si mencionas Columbus, Nuevo México, te mirarán con cara de desconcierto. Sin embargo, el 9 de marzo de 1916, el líder revolucionario mexicano José Doroteo Arango Arámbula —más conocido en la historia como Pancho Villa— lideró un ataque sorpresa contra Columbus que dejó dieciocho estadounidenses y ochenta mexicanos muertos. En cuestión de días, casi 7 000 soldados estadounidenses cruzaron la frontera hacia México en busca de Villa, en lo que se convertiría en uno de los capítulos más sombríos de la historia militar de Estados Unidos: la Expedición Punitiva.

El desierto de Nuevo México tiene algo de escenario detenido en el tiempo. Las gasolineras parecen decorados, los perros duermen bajo los porches y el viento levanta polvo con una paciencia que podría contarse en siglos. En el centro de Columbus, un pueblo de menos de dos mil habitantes, hay un museo minúsculo con un letrero que parece una ironía del destino: Pancho Villa State Park. Me detuve allí una mañana de marzo, justo en el aniversario del ataque. Del aire emanaba un aroma a arena caliente y a nostalgia.

En las paredes del pequeño museo cuelgan fotografías en sepia de hombres a caballo, casas ardiendo y soldados en pijama. Cuesta imaginar que aquí, en este lugar tan silencioso, ocurrió la última invasión extranjera del territorio continental de Estados Unidos. Sucedió el 9 de marzo de 1916, cuando unos quinientos jinetes cruzaron la frontera desde México, liderados por un hombre que para algunos era un héroe y para otros un bandido: Francisco “Pancho” Villa.

A las cuatro de la madrugada, mientras el pueblo dormía, los primeros disparos despertaron a la guarnición del 13º Regimiento de Caballería. Las llamas iluminaron los establos y las fachadas de madera. Algunos soldados apenas tuvieron tiempo de calzarse las botas antes de devolver el fuego. Villa había prometido tomar el pueblo y castigar a los “gringos traidores” que, según él, lo habían abandonado en su guerra contra los federales mexicanos. El ataque duró apenas una hora. Cuando amaneció, diecisiete estadounidenses y más de ochenta villistas yacían muertos entre el polvo. El pequeño Columbus, de repente, era un nombre en los titulares de todo el país.

Durante meses, la frontera había sido un hervidero. El gobierno de Woodrow Wilson había reconocido al presidente Venustiano Carranza, el enemigo de Villa, y con ello lo había condenado al aislamiento. El caudillo del norte, que antes contaba con la simpatía de Washington, se sintió traicionado. En su lógica de guerra y orgullo, decidió devolver el golpe donde más dolía: en suelo estadounidense.

Lo que siguió fue la respuesta más rápida y aparatosa que podía imaginarse. Wilson ordenó una Expedición Punitiva: diez mil hombres al mando del general John J. Pershing, con la orden de capturar a Villa “vivo o muerto”. Fue una operación colosal para la época: camiones, motocicletas, aviones —los primeros utilizados por el Ejército estadounidense— y una columna interminable de mulas, caballos y soldados cruzando el desierto de Chihuahua.

Pershing, un militar metódico y obstinado, avanzó más de quinientos kilómetros tierra adentro, persiguiendo un fantasma. Villa se desvanecía entre los montes, protegido por la geografía y por la simpatía de los campesinos. A veces, cuando los soldados llegaban a un poblado, encontraban los restos de una fogata aún tibia o el eco de una carcajada en la sierra. Decían que Villa dormía con un ojo abierto y que podía oír el galope de sus perseguidores a kilómetros de distancia.

La persecución se prolongó durante casi un año. Pershing construyó caminos, levantó campamentos y probó nuevas tácticas de abastecimiento, pero nunca logró acorralar a su enemigo. Los aviones Curtiss JN-3 que sobrevolaban el desierto se estrellaban con frecuencia por culpa de las tormentas de arena. Los camiones se quedaban varados en los arroyos secos. El ejército más moderno del mundo estaba aprendiendo, a base de golpes, que el desierto mexicano no se deja conquistar.

Mientras tanto, la frontera se convirtió en una línea de nervios. Los periódicos hablaban del “loco del norte” y del peligro mexicano; en México, la incursión de Pershing se veía como una violación intolerable de la soberanía nacional. Las tensiones estuvieron a punto de provocar una guerra abierta. Pero en 1917 Estados Unidos entró en la Primera Guerra Mundial, y Wilson ordenó el regreso de las tropas. Villa seguía vivo.

Aquel fracaso militar se olvidó pronto, pero el episodio dejó una huella profunda. Fue la última vez que un ejército extranjero cruzó armas en suelo estadounidense, y la primera en que Estados Unidos usó aviones en una operación de combate. También fue el ensayo de una nueva doctrina: la guerra moderna, mecanizada y mediática. Pershing aprendería mucho en el desierto de Chihuahua; un año después, aplicaría esas lecciones en los campos de Francia. Entre los jóvenes oficiales que participaron en la expedición estaba un tal George S. Patton, que en esa campaña realizó su primer combate y su primera fotografía posando junto a tres villistas muertos.

De Villa quedó el mito. Para unos, fue un vengador popular; para otros, un criminal de frontera. Nació pobre, trabajó de bandolero, se volvió revolucionario, general y, finalmente, fugitivo. Tenía carisma, sentido teatral y un talento innato para la guerra irregular. En los noticieros de la época —que él mismo ayudó a filmar— aparecía siempre erguido, con su gran sombrero y una sonrisa entre desafiante y divertida. Era el Robin Hood del desierto, el caudillo que desafiaba a los poderosos, aunque a veces no supiera muy bien por qué.

En Columbus, los viejos aún cuentan historias. Dicen que los villistas confundieron una tienda de abarrotes con el cuartel, que los caballos se asustaron con el silbido de las locomotoras, que algunos soldados estadounidenses se defendieron disparando desde debajo de las camas. También dicen que Villa había jurado vengarse de un comerciante local que lo había estafado con la venta de armas defectuosas. Nadie lo sabe a ciencia cierta, pero en esta frontera los mitos pesan tanto como los hechos.

Caminar por el pueblo hoy es una experiencia extraña. Las calles están casi vacías. Frente al museo se alza una torre con un cartel que dice Camp Furlong Historic Site, donde Pershing instaló su cuartel general hace más de un siglo. Unas fotos muestran a los primeros pilotos del ejército, posando junto a sus biplanos de lona y madera. En una vitrina se conserva la silla de montar de un soldado y una moneda doblada por una bala: reliquias de un tiempo en que el polvo y el miedo eran casi la misma cosa.

Al caer la tarde, el sol convierte el horizonte en una línea de fuego. El desierto parece no tener fin. Pienso en aquel amanecer de 1916: en los disparos, los caballos, el fuego, el desconcierto. En Villa alejándose hacia el sur, perdiéndose en las sierras, mientras Pershing ordenaba perseguirlo hasta el fin del mundo. Pienso también en cómo esa historia, mínima y trágica, fue al mismo tiempo el último eco de las viejas guerras de frontera y el primer rumor del siglo moderno.

A veces, los lugares más tranquilos son los que esconden los rugidos más antiguos. Columbus, con su gasolinera, su parque estatal y su museo silencioso dedicado a Pancho Villa, es uno de ellos. Aquí, donde el viento no ha dejado de soplar desde entonces, todavía se siente algo del vértigo de aquella madrugada en la que un hombre cruzó la línea para recordarle a un imperio que su frontera no era invulnerable.

miércoles, 3 de junio de 2026

LOS EUROPEOS Y LA BIODIVERSIDAD: UNA PREOCUPACIÓN CADA VEZ MÁS CONSCIENTE*

 

La biodiversidad tiene un problema de imagen. La palabra aparece en discursos políticos, informes científicos y documentos internacionales con una frecuencia creciente, pero sigue sonando abstracta. Para muchos ciudadanos, resulta más fácil imaginar el cambio climático que la biodiversidad. El primero se traduce en olas de calor, incendios o inundaciones. La segunda parece esconderse detrás de una definición académica. Sin embargo, el último Eurobarómetro especial sobre biodiversidad publicado el 3 de junio por la Comisión Europea muestra que esa distancia entre concepto y realidad se está reduciendo. Los europeos no solo han oído hablar cada vez más de biodiversidad, sino que la consideran una cuestión esencial para su salud, su economía y su calidad de vida.

La encuesta, realizada entre febrero y marzo de 2026 a casi 26 500 ciudadanos de los veintisiete Estados miembros, ofrece una fotografía muy interesante de cómo percibe la población europea la crisis de la naturaleza. Y la primera conclusión es clara: la biodiversidad ha dejado de ser un asunto reservado a especialistas. El 83% de los europeos afirma haber oído hablar del término, frente al 71% registrado en 2018. Más significativo todavía es que el 55% asegura conocer su significado, catorce puntos más que hace ocho años.

Los países nórdicos encabezan el nivel de conocimiento. Suecia, Dinamarca y los Países Bajos presentan porcentajes cercanos a la universalidad. En el extremo opuesto aparecen Rumanía, Chequia y Letonia, donde todavía una parte importante de la población declara no haber oído nunca la palabra. El patrón educativo es igualmente revelador: cuanto mayor es el nivel de formación, mayor es el conocimiento del concepto. Entre quienes prolongaron sus estudios más allá de los veinte años, siete de cada diez saben qué significa biodiversidad; entre quienes abandonaron la educación tempranamente, apenas algo más de una cuarta parte.

Pero el conocimiento del término es solo el comienzo. Lo verdaderamente interesante es comprobar cómo perciben los europeos las amenazas que afectan a la naturaleza. Aquí emerge una visión bastante amplia y sofisticada de los problemas ambientales. La contaminación del aire, del suelo y del agua aparece como la principal amenaza para la biodiversidad. El 94% de los encuestados considera que supone un riesgo importante para la naturaleza. Muy cerca figuran los desastres provocados por el ser humano, como vertidos de petróleo o accidentes industriales, señalados por el 92%.

También existe una conciencia muy extendida sobre el impacto de la transformación del territorio. Nueve de cada diez europeos consideran que la conversión de espacios naturales en áreas urbanas, agrícolas o industriales amenaza la biodiversidad. Una proporción similar señala la fragmentación causada por carreteras, infraestructuras energéticas o canales de transporte. Estas respuestas sugieren que los ciudadanos comprenden que la pérdida de biodiversidad no depende únicamente de la contaminación visible, sino también de cambios acumulativos en el uso del suelo y en la estructura de los ecosistemas.

El cambio climático ocupa asimismo una posición central. El 87% considera que representa una amenaza para la biodiversidad. Aunque este porcentaje sigue siendo extraordinariamente alto, el informe detecta una ligera disminución respecto a mediciones anteriores, asociada más a una moderación en la intensidad de la preocupación que a una pérdida de interés. Dicho de otro modo: los europeos siguen viendo el clima como un problema fundamental, aunque menos personas utilizan las categorías más alarmistas para describirlo.

Resulta igualmente llamativo que actividades tradicionalmente vinculadas al desarrollo económico aparezcan identificadas como factores de riesgo. El 85% considera que la agricultura intensiva, la silvicultura intensiva y la sobrepesca dañan la biodiversidad. Incluso las especies invasoras, un problema menos visible para la opinión pública, son percibidas como una amenaza por el 77% de los encuestados.

Si las amenazas generan consenso, las razones para actuar lo hacen todavía más. El Eurobarómetro revela uno de los niveles de acuerdo más elevados registrados en cualquier encuesta europea reciente. El 96 % afirma que existe una responsabilidad moral de cuidar la naturaleza. La biodiversidad aparece así no solo como una cuestión práctica, sino también ética. La protección de los ecosistemas se percibe como un deber colectivo.

Muy cerca de esa motivación moral aparecen razones mucho más tangibles. El 95 % considera que la salud y el bienestar dependen de la naturaleza. El mismo porcentaje vincula la biodiversidad con la capacidad de afrontar el cambio climático y con el desarrollo económico a largo plazo. Además, el 93% reconoce que la producción de alimentos, materiales y medicamentos depende directamente de la diversidad biológica.

Estos datos sugieren un cambio profundo en la percepción social. Durante mucho tiempo, la conservación de la naturaleza fue presentada como una actividad casi romántica destinada a proteger paisajes, animales emblemáticos o espacios salvajes. Hoy la mayoría de los europeos parece contemplarla como una cuestión mucho más pragmática: la biodiversidad es vista como una infraestructura esencial que sostiene la salud pública, la economía y la estabilidad climática.

La encuesta también pregunta qué esperan los ciudadanos de las instituciones europeas. La prioridad más citada es restaurar ecosistemas degradados y reparar los daños causados por las actividades humanas. Más de la mitad de los encuestados considera que esta debe ser la principal línea de actuación de la Unión Europea. La restauración ecológica aparece incluso por delante de la creación de nuevas áreas protegidas.

La segunda prioridad consiste en incorporar la biodiversidad a la planificación de infraestructuras y grandes inversiones. Es decir, los europeos no solo quieren proteger espacios concretos, sino que desean que la naturaleza forme parte de las decisiones económicas desde el principio. También reclaman una mejor aplicación de las normas ya existentes, una mayor información pública y más investigación científica sobre las causas y consecuencias de la pérdida de biodiversidad.

A nivel local, el mensaje es igualmente significativo. Los ciudadanos consideran fundamental que existan ayudas económicas suficientes para quienes deben aplicar las medidas de conservación. También reclaman reglas claras para las empresas, participación de las comunidades locales y un reparto equitativo de los costes y beneficios asociados a la protección ambiental. La conservación aparece así vinculada a la idea de justicia y de viabilidad práctica.

Uno de los capítulos más interesantes del informe se refiere a la red Natura 2000, el gran sistema europeo de espacios protegidos. Aunque la notoriedad de esta red ha aumentado desde 2018, todavía existe un importante déficit de conocimiento. Solo el 42% de los europeos ha oído hablar de Natura 2000, mientras que el 58% sigue sin conocerla.

Paradójicamente, cuando se pregunta por las funciones que deberían cumplir las áreas protegidas, el apoyo es abrumador. El 96% considera que son importantes para evitar la destrucción de espacios valiosos y el 95% para proteger especies amenazadas. Más del 90 % cree que contribuyen a garantizar agua limpia, aire limpio, producción alimentaria, calidad de vida y adaptación al cambio climático. Incluso la idea de que estas áreas favorecen el desarrollo socioeconómico local obtiene el respaldo del 87% de los encuestados.

Finalmente, el Eurobarómetro aborda uno de los conflictos clásicos de la política ambiental: la tensión entre desarrollo económico y conservación. La respuesta es contundente. Casi la mitad de los europeos considera que los proyectos económicos que destruyen espacios protegidos deberían prohibirse. Otro 40% solo los aceptaría cuando exista un interés público muy importante y siempre que el daño ambiental sea plenamente compensado. Apenas un 9 % cree que el desarrollo económico debe prevalecer sobre la conservación de la naturaleza.

En conjunto, el estudio dibuja una Europa que percibe la biodiversidad como una cuestión estratégica. No se trata únicamente de proteger especies raras o paisajes pintorescos. Para la inmensa mayoría de los ciudadanos, la biodiversidad está vinculada a la salud, la economía, la alimentación, el bienestar y la estabilidad climática. Quizá el dato más importante no sea ninguno de los porcentajes individuales, sino el consenso general que emerge de ellos. En una Unión Europea cada vez más diversa y políticamente fragmentada, pocas cuestiones reúnen niveles de acuerdo cercanos al noventa por ciento.

La biodiversidad sigue siendo un concepto complejo. Pero, a juzgar por este Eurobarómetro, cada vez menos europeos la perciben como una abstracción y cada vez más la entienden como aquello que realmente es: la red invisible que sostiene la vida cotidiana.

* Resumen basado en el informe Special Eurobarometer 571: Attitudes of Europeans towards biodiversity (2026).

martes, 2 de junio de 2026

LA AVISPA QUE NUNCA FUE AVISPA

 

La primera vez que alguien ve una Sesia apiformis suele cometer el mismo error. La observa durante unos segundos, aprecia las franjas amarillas y negras del abdomen, las alas transparentes, el vuelo nervioso y decidido, y llega inmediatamente a una conclusión aparentemente razonable: es una avispa. Pero no: lo curioso es que S. apiformis ha dedicado millones de años a provocar exactamente esa reacción.

No, no es una avispa. Ni siquiera pertenece al mismo orden de insectos. Las avispas son himenópteros, parientes de las abejas y las hormigas. S. apiformis, en cambio, es un lepidóptero. Es decir, una mariposa. Más concretamente, una polilla. Una polilla que ha construido toda su estrategia de supervivencia alrededor de una mentira extraordinariamente convincente.

La naturaleza suele presentarse como un escenario de competencia feroz donde sobreviven los más fuertes, los más rápidos o los mejor adaptados. Sin embargo, si uno examina la cuestión con cierto detenimiento, descubre que el engaño también ocupa un lugar destacado. Muchas especies han prosperado no porque sean especialmente peligrosas, sino porque han logrado convencer a otros animales de que lo son. S. apiformis constituye uno de los ejemplos más elegantes de esta estrategia.

Su aspecto recuerda tanto al de una avispa que incluso observadores experimentados pueden equivocarse a primera vista. Las alas son transparentes porque han perdido gran parte de las escamas que normalmente cubren las alas de las mariposas. El cuerpo presenta los colores característicos de muchos himenópteros defensivos. Incluso el comportamiento contribuye al engaño. A diferencia de la mayoría de las polillas, que prefieren la discreción de la noche, esta especie suele volar durante el día, cuando su disfraz puede apreciarse perfectamente.

La cuestión es por qué merece la pena realizar semejante esfuerzo evolutivo. La respuesta nos lleva a uno de los conceptos más fascinantes de la biología: el mimetismo batesiano. El nombre procede de Henry Walter Bates, un naturalista inglés que pasó más de una década explorando la cuenca amazónica durante el siglo XIX. Bates observó algo que en principio parecía desconcertante. Algunas especies de mariposas perfectamente inofensivas se parecían muchísimo a otras que resultaban desagradables o peligrosas para los depredadores. Tras años de observación llegó a una conclusión brillante. Si un pájaro aprende que un determinado patrón de colores está asociado a una mala experiencia, cualquier animal que copie ese patrón obtiene protección gratuita.

Es una idea tan sencilla que casi parece obvia una vez explicada. Supongamos que un joven pájaro intenta capturar una avispa y descubre, de forma dolorosamente memorable, que las avispas poseen aguijón. A partir de entonces tenderá a evitar cualquier insecto que presente un aspecto similar. En ese momento entra en escena S. apiformis. Aunque carece de aguijón, veneno y cualquier capacidad ofensiva comparable, se beneficia de la reputación ajena. El depredador no se detiene a realizar análisis taxonómicos. Ve franjas amarillas y negras, recuerda una experiencia desagradable y decide buscar el almuerzo en otra parte.

Resulta difícil no admirar una estrategia tan económica. Mientras las auténticas avispas invierten energía en producir veneno y desarrollar mecanismos de defensa, S. apiformis se limita a copiar el uniforme. Sin embargo, el aspecto adulto representa sólo una pequeña parte de su existencia. La mayor parte de su vida transcurre lejos de la vista, en un mundo oscuro y silencioso que pocas personas llegan a contemplar. Cuando una hembra emerge como adulta, dispone de muy poco tiempo. Tras aparearse, deposita alrededor de dos mil huevos cerca de la base de troncos de chopos o junto a raíces gruesas. Es una cifra impresionante. Los insectos suelen compensar una elevada mortalidad juvenil produciendo cantidades enormes de descendencia, y S. apiformis no constituye una excepción.

Sesia apiformis. A y B, una pareja de adultos apareándose. C, una larva en el interior de una galería excavada en un tronco. Fuente.

De esos huevos nacen pequeñas orugas que rápidamente buscan refugio bajo la corteza. A partir de ese momento desaparecen del mundo visible. Los chopos se convierten en su hogar. Y también en su alimento.

La larva comienza a excavar galerías en la madera, avanzando lentamente por tejidos que para la mayoría de los animales resultarían tan apetecibles como una estantería. Sin embargo, la evolución ha producido organismos capaces de aprovechar recursos verdaderamente insospechados. Durante meses, y finalmente durante años, la oruga se alimenta y crece en el interior del árbol.

Porque ahí reside otra de las peculiaridades de esta especie. Su ciclo vital no se completa en unas pocas estaciones. Necesita al menos dos años para desarrollarse completamente. En ocasiones incluso más. Mientras tanto, las galerías se multiplican. Para el árbol, esta actividad no resulta inocua. Los túneles perforan tejidos conductores encargados de transportar agua y nutrientes. Es algo parecido a lo que ocurriría si alguien se dedicara a perforar sistemáticamente las tuberías y el cableado de un edificio. El resultado no suele ser una destrucción inmediata, pero sí un debilitamiento progresivo.

Los chopos afectados pueden crecer peor, deformarse o perder estabilidad. Cuando las galerías alcanzan la base del tronco o las raíces principales, el problema adquiere una dimensión mecánica. Un árbol aparentemente sano puede convertirse en una estructura vulnerable frente a vientos intensos. En plantaciones forestales, esta circunstancia tiene una importancia económica considerable.

Resulta curioso observar cómo la misma especie puede despertar admiración y preocupación al mismo tiempo. Desde la perspectiva de un entomólogo, S. apiformis es una obra maestra de la evolución. Desde la perspectiva de un gestor forestal, puede convertirse en una molestia bastante seria.

A mitad de su desarrollo aproximadamente, la oruga construye una estructura que podría describirse como una pequeña habitación de serrín. Utilizando fragmentos de madera excavada y restos vegetales, fabrica un capullo oscuro en cuyo interior se transformará en crisálida. Allí permanece inmóvil mientras se desarrolla uno de los procesos más extraordinarios de la naturaleza.

Siempre me ha parecido sorprendente que aceptemos la metamorfosis con tanta naturalidad. Una oruga entra en una cámara cerrada y, semanas después, emerge convertida en algo completamente distinto. Si el fenómeno no ocurriera todos los días, probablemente ocuparía un lugar destacado entre los mayores misterios biológicos del planeta.

Algo más de un mes después de la formación de la crisálida llega el momento culminante. El nuevo adulto rompe el capullo y avanza por la galería excavada durante años. Poco antes de emerger, la crisálida suele desplazarse hacia la salida, de modo que cuando la mariposa aparece al exterior deja tras de sí una exuvia vacía asomando por el orificio. Quien conozca el detalle puede recorrer una chopera y descubrir fácilmente los indicios de su presencia.

Entonces ocurre la transformación final. La falsa avispa abandona el árbol. Extiende las alas. Las deja endurecerse al sol. Y comienza una vida adulta que apenas durará unas semanas. Las hembras suelen permanecer cerca del tronco emitiendo feromonas que los machos detectan mediante antenas extraordinariamente sensibles. Después del apareamiento, la hembra deposita sus huevos y el ciclo vuelve a comenzar.

Todo ello para producir una criatura que vive tan poco tiempo que apenas llega a disfrutar de su elaborado disfraz. Y quizá ahí resida la mayor lección de la historia. Cuando pensamos en la evolución solemos imaginar colmillos, garras, velocidad o fuerza. Sin embargo, la naturaleza también premia otras habilidades. A veces la mejor estrategia no consiste en ser peligroso. Basta con parecerlo.

S. apiformis no posee aguijón. No produce veneno. No representa amenaza alguna para quienes la observan revolotear entre los chopos durante una mañana de verano. Sin embargo, millones de años de selección natural han convertido a esta modesta polilla en una de las impostoras más convincentes del mundo animal.

Es una mariposa que logró sobrevivir gracias a una reputación que nunca le perteneció. Quizá no exista definición más elegante del engaño evolutivo.

DOGOR, EL CACHORRO QUE DORMÍA BAJO EL HIELO

 

Hay algo profundamente desconcertante en las fotografías de Dogor. Uno espera que un animal muerto hace dieciocho mil años tenga aspecto de fósil. Espera huesos, fragmentos, quizá un cráneo deformado por el tiempo. Lo que no espera es encontrarse con un cachorro que parece haberse quedado dormido hace apenas una hora.

Sin embargo, eso es exactamente lo que muestran las imágenes. Allí está, tendido sobre una mesa de laboratorio, con las patas recogidas bajo el cuerpo y el hocico apoyado en una superficie blanca. El pelaje sigue cubriendo su cabeza. Los dientes conservan su forma perfecta. La nariz parece húmeda incluso cuando sabemos que no puede estarlo. Hay algo tan familiar en su aspecto que el cerebro tarda unos segundos en aceptar la verdad: este pequeño animal murió cuando gran parte del hemisferio norte aún estaba dominada por glaciares.

Dogor se halló en Yakutia, una inmensa región del noreste de Siberia donde la naturaleza posee una peculiar relación con el tiempo. Allí se encuentra uno de los mayores depósitos de permafrost del planeta, una capa de suelo permanentemente congelado que en algunos lugares lleva decenas de miles de años sin descongelarse por completo. Si la mayor parte de la Tierra funciona como una máquina extraordinariamente eficiente para reciclar organismos muertos, Siberia constituye una excepción. El frío detiene los procesos biológicos, ralentiza la actividad bacteriana y convierte el subsuelo en una especie de archivo natural donde algunos cadáveres permanecen almacenados durante milenios.

Los paleontólogos han recuperado de ese gigantesco congelador mamuts lanudos, rinocerontes peludos, potros prehistóricos e incluso cachorros de león de las cavernas. Pero Dogor posee algo que muchos de esos hallazgos no tienen. Resulta inmediatamente cercano. Un mamut pertenece a un mundo remoto y exótico. Un cachorro, en cambio, pertenece al nuestro.

Quizá por eso la historia atrajo tanta atención desde el principio. Los investigadores determinaron que tenía aproximadamente dos meses de edad cuando murió. Era poco más que un bebé. Había vivido apenas unas semanas cuando algún accidente, enfermedad o circunstancia desconocida puso fin a su vida. Después llegó el frío. Luego la tierra. Más tarde el hielo. Y finalmente una espera de dieciocho mil años.

Durante ese tiempo ocurrieron casi todas las cosas que solemos llamar Historia con mayúsculas. Se derritieron los grandes glaciares. Surgió la agricultura. Nacieron ciudades, imperios y religiones. Se inventó la escritura. Se construyeron pirámides, murallas y catedrales. Aparecieron reyes, filósofos, conquistadores y científicos. Civilizaciones enteras se elevaron y desaparecieron. Mientras tanto, Dogor permanecía inmóvil bajo el suelo congelado de Siberia, ajeno a todo ello.

Lo más fascinante vino después de su descubrimiento. A primera vista parecía un cachorro de perro o de lobo, pero distinguir entre ambos no es tan sencillo como podría parecer. Los perros proceden de los lobos y, especialmente durante los primeros meses de vida, las diferencias pueden ser muy sutiles. Además, Dogor vivió en una época particularmente interesante.

Hace dieciocho mil años el proceso de domesticación del perro todavía era un asunto abierto. Los científicos siguen debatiendo cuándo ocurrió exactamente, dónde comenzó y cuántas veces pudo repetirse en distintos lugares. Lo que sí parece claro es que algunas poblaciones de lobos ya estaban iniciando un camino evolutivo que acabaría conduciendo a una de las alianzas más exitosas de toda la historia biológica.

Ningún otro animal ha compartido nuestro destino de manera tan íntima. Los perros acompañaron a grupos humanos cuando aún eran cazadores-recolectores. Estuvieron presentes mucho antes de que existieran las primeras ciudades. Nos ayudaron a cazar, vigilar campamentos, transportar cargas y explorar territorios desconocidos. Durante miles de años formaron parte de nuestra vida cotidiana hasta convertirse, probablemente, en la única especie capaz de interpretar espontáneamente muchas de nuestras expresiones y gestos.

Por eso la identidad de Dogor resultaba tan importante. Si se trataba de un perro muy antiguo, podía aportar información extraordinaria sobre los orígenes de esa relación. Si era un lobo, también podía ayudar a comprender el contexto evolutivo del que surgieron los primeros perros.

Los investigadores recurrieron al ADN esperando una respuesta clara. Lo que obtuvieron inicialmente fue algo mucho más interesante: incertidumbre. Y es que los primeros análisis genéticos no permitieron clasificarlo de manera concluyente. Dogor parecía situarse en una zona difusa donde las categorías modernas empezaban a perder nitidez. Durante un tiempo nadie pudo afirmar con seguridad si estaban observando un perro extremadamente primitivo o un lobo perteneciente a una población desaparecida.

Aquella duda inspiró incluso su nombre. Los científicos decidieron llamarlo Dogor, una palabra que en lengua yakuta significa «amigo». La elección era perfecta. No decía perro. No decía lobo. Decía amigo. Lo que, de algún modo, resumía el verdadero significado del hallazgo.

Porque Dogor parecía encontrarse exactamente en la frontera donde comenzó una de las historias más extraordinarias jamás protagonizadas por dos especies distintas. En algún lugar de Eurasia, hace miles de años, ciertos lobos empezaron a acercarse a los campamentos humanos. Tal vez acudían atraídos por restos de comida. Quizá descubrieron que la proximidad de las personas ofrecía ventajas inesperadas. Tal vez fueron los propios humanos quienes comprendieron que aquellos animales podían convertirse en aliados útiles.

Nadie sabe exactamente cómo sucedió. La prehistoria raras veces conserva actas de sus acontecimientos más importantes. Lo que sí sabemos es el resultado. Aquellos primeros acercamientos acabaron transformando a ambas especies. Los lobos que iniciaron ese camino dieron origen a los perros. Los humanos obtuvieron compañeros, guardianes y colaboradores que terminarían acompañándolos por todo el planeta.

Con el tiempo, nuevas técnicas de secuenciación genética resolvieron finalmente el misterio. Dogor era un lobo. Pero la respuesta no disminuyó el interés del descubrimiento. Más bien lo reforzó. Ahora sabíamos que aquel cachorro pertenecía a una población que vivió muy cerca del momento en que algunos de sus parientes estaban empezando a recorrer la senda hacia la domesticación. No era el primer perro. Era algo casi igual de valioso: un testigo de aquel mundo.

Sin embargo, sospecho que la razón por la que Dogor sigue fascinándonos tiene poco que ver con la genética. La ciencia explica por qué es importante. Las fotografías explican por qué es inolvidable. Cuando observamos su rostro no vemos una especie ni una secuencia de ADN. Vemos un individuo. Un cachorro concreto que tuvo una madre concreta y una vida breve en un paisaje dominado por el hielo. Vemos a un animal que probablemente jugó, exploró y durmió exactamente igual que lo haría cualquier cachorro actual.

La mayoría de los fósiles nos hablan de extinciones, cambios climáticos y evolución. Dogor nos habla de algo mucho más sencillo y mucho más cercano: la infancia. Y quizá por eso resulta tan conmovedor.

Dieciocho mil años deberían ser una distancia imposible de salvar. Sin embargo, basta una mirada a ese pequeño rostro congelado para que desaparezcan los milenios. De pronto comprendemos que, mucho antes de las ciudades, de la escritura y de la historia registrada, ya existían cachorros capaces de despertar exactamente la misma ternura que despiertan hoy.

Un pequeño lobo murió en Siberia cuando el mundo todavía pertenecía a los mamuts. El hielo conservó su cuerpo durante miles de generaciones. Y ahora, gracias a una improbable combinación de azar, geología y paciencia, podemos contemplar una de las miradas más antiguas que sobreviven de aquel mundo desaparecido.

No es la mirada de un perro. Todavía no. Pero es la mirada de un animal que se encontraba extraordinariamente cerca del comienzo de una amistad que cambiaría para siempre la historia de dos especies.

sábado, 30 de mayo de 2026

EL PLÁTANO ES UN MANDÓN

 

Alguien me comentó una vez, con la misma expresión conspirativa que suelen adoptar quienes conocen dónde se encuentra exactamente el Santo Grial o saben qué restaurante sirve la mejor tortilla de patatas de Madrid, que si colocaba unos plátanos maduros entre otras frutas inmaduras lograría que estas madurasen mucho más deprisa.

La afirmación parecía una de esas supersticiones domésticas destinadas a sobrevivir eternamente en la frontera entre la sabiduría popular y la magia. Era como poner una cebolla cortada en la habitación para curar un resfriado o dejar una cuchara dentro de una botella de cava para que no pierda el gas. Sin embargo, en esta ocasión el consejo resultó ser completamente cierto.

Y, como suele ocurrir cuando uno empieza a investigar algo aparentemente sencillo, descubrí que detrás de aquel humilde plátano se escondía una de las historias más extraordinarias de la biología: resulta que las plantas hablan.

No hablan mucho, es verdad. No mantienen conversaciones filosóficas ni discuten sobre política internacional. Tampoco parecen especialmente interesadas en intercambiar recetas de cocina. Pero se envían mensajes constantemente mediante sustancias químicas que funcionan como auténticas órdenes internas. El plátano, en particular, es una especie de jefe autoritario, un mandón.

Cuando madura comienza a liberar un gas llamado etileno. El nombre suena a producto de limpieza industrial, pero en realidad es una hormona vegetal. Flota por el aire y llega hasta las frutas vecinas, donde provoca una cascada de reacciones bioquímicas.

El mensaje podría resumirse así:

—Ya es hora. Madurad.

Y las demás frutas obedecen. Los almidones empiezan a transformarse en azúcares. Los tejidos se ablandan. Aparecen aromas nuevos. Los colores cambian. En pocos días un aguacate duro como una piedra se convierte en algo untable y delicioso. Los plátanos no son los campeones absolutos del etileno. Las manzanas maduras producen cantidades muy importantes, y en almacenes de fruta se utilizan cámaras especiales donde se controla la concentración de etileno para acelerar o retrasar la maduración según convenga.

Lo verdaderamente asombroso es que las plantas llevan utilizando este sistema desde hace millones de años. Durante mucho tiempo nadie sospechó que el etileno fuese una hormona. A finales del siglo XIX algunos botánicos observaron que las plantas crecían de forma extraña cerca de las farolas de gas de las ciudades. Los tallos se deformaban y las hojas caían prematuramente. Finalmente se descubrió que el culpable era una pequeña cantidad de etileno presente en el gas de alumbrado.

Aquello condujo a una conclusión sorprendente: las plantas estaban respondiendo a una molécula gaseosa que actuaba como señal biológica. Era como descubrir que los árboles escuchaban mensajes de radio. Sin embargo, el etileno es solo uno de los integrantes de una plantilla extraordinariamente compleja.

Las plantas poseen toda una colección de hormonas, cada una especializada en tareas concretas. Las auxinas, por ejemplo, son las responsables de muchos fenómenos relacionados con el crecimiento. Fueron descubiertas gracias a una serie de experimentos tan elegantes como sencillos realizados por Charles Darwin y su hijo Francis. Los Darwin observaron que las plántulas se inclinaban hacia la luz. Algo en la punta de la planta detectaba la iluminación y enviaba una señal al resto del organismo.

Aquella señal resultó ser una hormona. Las auxinas permiten que una planta sepa hacia dónde crecer. También participan en la formación de raíces, en el desarrollo de frutos y en numerosos procesos de organización interna. Son algo así como los arquitectos del reino vegetal.

También están las giberelinas, con una personalidad bastante distinta. Su especialidad consiste en impulsar el crecimiento rápido. Si una planta pudiera tomar bebidas energéticas, probablemente contendrían giberelinas. En determinadas circunstancias pueden provocar que los tallos se alarguen de forma espectacular. También participan en la germinación de las semillas.

Gracias a ellas, una semilla enterrada bajo tierra recibe la orden de despertar y germinar; es un acontecimiento notable si se piensa en ello. Una estructura aparentemente inerte que ha permanecido inmóvil durante meses o años recibe una señal química y, de pronto, decide convertirse en una planta, y todo eso sin cerebro, sin sistema nervioso y sin una sola neurona.

Otra hormona fascinante es la citoquinina. Su función principal consiste en estimular la división celular. Allí donde una planta necesita producir nuevas células suelen aparecer las citoquininas, que también retrasan el envejecimiento de las hojas. En cierto sentido funcionan como el equivalente vegetal de una crema antienvejecimiento, aunque considerablemente más eficaz que cualquiera de las que aparecen anunciadas en revistas.

El ácido abscísico es otra hormona de nombre un tanto retorcido. Como cabría esperar de un nombre tan sibilino, posee un carácter más sombrío. Mientras otras hormonas promueven crecimiento, expansión y desarrollo, el ácido abscísico suele intervenir cuando pintan bastos. Si llega una sequía o si la planta detecta estrés, aumenta su concentración. Si es necesario cerrar los estomas para evitar pérdidas de agua, allí aparece él. Podría describirse como el responsable de gestión de crisis. Mientras las demás hormonas organizan fiestas de crecimiento, el ácido abscísico se dedica a revisar protocolos de emergencia.

Y aún queda una más especialmente interesante: el jasmonato. El nombre parece corresponder a un personaje secundario de una novela victoriana, pero en realidad es una hormona relacionada con la defensa. Cuando un insecto comienza a devorar una hoja, la planta puede producir jasmonatos. Estos activan mecanismos defensivos e incluso inducen la fabricación de sustancias desagradables para el atacante.

Lo más extraordinario es que algunas plantas envían señales químicas al aire para advertir a sus vecinas, es decir, una planta atacada puede emitir compuestos volátiles que provocan que otras plantas cercanas preparen sus defensas. El concepto de un bosque intercambiando avisos de peligro sigue pareciendo ligeramente inquietante.

Uno imagina un grupo de robles comunicándose discretamente:

—Atención. Hay orugas en el sector norte.

—Recibido.

—Incrementad taninos.

Todo ello sin producir un solo sonido audible.

Cuanto más aprende uno sobre las plantas, más difícil resulta seguir considerándolas simples decorados verdes. Carecen de cerebro, pero perciben luz, gravedad, humedad, temperatura y contacto físico. Detectan heridas. Reconocen estaciones. Evalúan riesgos. Intercambian señales químicas. Coordinan respuestas complejas que implican miles de genes.

Y lo hacen con una lentitud tan extrema que durante siglos los humanos simplemente no nos dimos cuenta. Si un león tarda diez segundos en reaccionar, apreciamos inmediatamente su comportamiento. Si un roble tarda tres semanas, pensamos que no está haciendo nada. Pero está ocupadísimo.

El plátano de nuestra historia inicial es una magnífica demostración de ello. Mientras permanece en el frutero parece limitarse a existir con una coloración ligeramente amarillenta. Sin embargo, está emitiendo moléculas de etileno de manera continua. Está enviando mensajes químicos al entorno. Está influyendo en el comportamiento de otras frutas. Está participando en una conversación biológica invisible.

Y todo ello mientras nosotros creemos que está sentado tranquilamente esperando convertirse en batido. Quizá esa sea una de las lecciones más agradables de la botánica. La naturaleza rara vez es tan simple como parece. Un plátano no es únicamente un plátano. Es una fábrica química autónoma capaz de coordinar procesos biológicos complejos mediante señales moleculares que llevan funcionando desde mucho antes de que aparecieran los mamíferos, los dinosaurios o prácticamente cualquier cosa que consideremos familiar.

La próxima vez que vea un plátano maduro junto a unas peras verdes recordaré aquella conversación. Y admitiré que el consejo era correcto. Aunque sospecho que la explicación real resulta bastante más interesante que la superstición. Como suele ocurrir en ciencia, la verdad no solo era cierta.

Era muchísimo más extraña.

TRIPLE CERO Y PROBIÓTICA: LA LARGA MARCHA DE LA CERVEZA HACIA LA VIRTUD

 

Hay una antigua regla no escrita según la cual la cerveza sabe mejor cuanto menos se parezca a un producto farmacéutico. Nadie entra en un bar y pide una lager con aroma a laboratorio. Nadie brinda por el amor, la amistad o la victoria de su equipo favorito levantando un frasco de cultivo bacteriano. Durante miles de años, la cerveza ha ocupado un lugar muy concreto en la historia humana: ha sido una bebida para celebrar, conversar, olvidar, recordar o simplemente acompañar una tapa de aceitunas.

Por eso resulta un poco desconcertante descubrir que una de las innovaciones más recientes del mundo cervecero consiste en añadir microorganismos vivos a una cerveza para mejorar la microbiota intestinal.

Es el tipo de noticia que habría dejado perplejo a un monje medieval. Imaginemos a uno de aquellos pacientes benedictinos que pasaban los inviernos elaborando cerveza en monasterios alemanes. Tras una vida dedicada a perfeccionar maltas y lúpulos, aparece un viajero del futuro y le explica que dentro de unos siglos la gente comprará cerveza porque contiene bacterias beneficiosas. Probablemente habría pensado que se trataba de una broma. Y, sin embargo, aquí estamos.

La cerveza ha tenido una carrera extraordinaria. Empezó siendo una especie de sopa fermentada en Mesopotamia. Más tarde se convirtió en el combustible líquido de Europa. En algunos lugares era más seguro beber cerveza que agua. Durante siglos acompañó exploradores, soldados, marineros y campesinos. Sobrevivió a guerras, epidemias y prohibiciones. Lo que nadie esperaba es que terminara colaborando con la microbiología.

La historia comienza con una tendencia que ya lleva años avanzando: la desaparición gradual del alcohol. Durante generaciones, las cervezas sin alcohol fueron consideradas una especie de castigo social. Tenían fama de parecerse a la cerveza del mismo modo que el chope al Cinco Jotas.

Pero la tecnología mejoró. Los fabricantes aprendieron a eliminar el alcohol conservando gran parte del aroma y del sabor. Después eliminaron buena parte de los azúcares. Luego redujeron las calorías. Finalmente apareció la llamada cerveza triple cero: sin alcohol, sin azúcar y con muy pocas calorías. Una bebida tan virtuosa que parece diseñada por un comité de nutricionistas.

El proceso de elaboración de la Ambar Triple Zero Tostada, la primera marca de estas características que ha aparecido en el mercado y se ha vuelto mi preferida, tiene algo de truco de prestidigitador científico. Todo comienza con el mosto, que es el líquido dulce obtenido al mezclar agua caliente con malta de cebada (el grano de cebada germinado y triturado) durante la elaboración de la cerveza. Ese mosto contiene los azúcares que servirán de alimento a las levaduras. En esta cerveza la fermentación se lleva hasta el final, de modo que prácticamente todos esos azúcares se transforman en alcohol.

Después ocurre la parte más ingeniosa: el alcohol recién producido se elimina mediante un sistema de destilación a alto vacío y baja temperatura. Al trabajar en condiciones de vacío, el alcohol puede evaporarse a temperaturas mucho más bajas de lo habitual, evitando que el calor destruya los aromas y matices de la cerveza. El resultado es una base sin alcohol y sin azúcares residuales, que conserva buena parte del sabor, el cuerpo y el aroma originales. Y, lo que es más importante para esta historia, crea el entorno adecuado para incorporar probióticos viables sin que estos encuentren azúcares que los despierten antes de tiempo.

Hasta aquí todo parecía seguir una lógica comprensible. Menos alcohol, menos calorías, más consumidores. Pero entonces alguien debió de mirar aquella cerveza impecablemente saludable y pensar:

—Todavía no es suficientemente saludable.

Y ahí entraron los probióticos. Los probióticos son bacterias o microorganismos que pueden contribuir al equilibrio de la microbiota intestinal, ese inmenso ecosistema de seres diminutos que vive en nuestro aparato digestivo y que, según los científicos, influye en una cantidad sorprendente de procesos biológicos.

Durante buena parte del siglo XX la humanidad dedicó enormes esfuerzos a eliminar bacterias de todas partes. Desinfectamos superficies. Esterilizamos instrumentos. Inventamos jabones antibacterianos. Convertimos la palabra «bacteria» en sinónimo de amenaza. Ahora hemos empezado a comprarlas voluntariamente.

Las encontramos en yogures, kéfires, suplementos nutricionales y bebidas funcionales. El siguiente paso lógico parecía ser incorporarlas a una cerveza. Y eso es exactamente lo que ha ocurrido.

La dificultad técnica era considerable. La cerveza no suele ser un entorno especialmente amable para los microorganismos vivos. El alcohol puede resultar problemático. También determinados procesos de elaboración. Además, las bacterias deben sobrevivir al almacenamiento y posteriormente al paso por el estómago, que no es precisamente un spa de bienestar microbiano.

La solución fue utilizar una cepa bacteriana capaz de formar esporas. Las esporas son una de las invenciones más impresionantes de la evolución. Son algo así como cápsulas de supervivencia biológica. Cuando las condiciones se vuelven difíciles, ciertas bacterias se encapsulan y esperan pacientemente tiempos mejores.

Es una estrategia admirable. Algunas personas intentan afrontar las dificultades mudándose de ciudad o cambiando de trabajo. Estas bacterias simplemente se convierten en esporas. Gracias a ello pueden sobrevivir dentro de una cerveza y despertar más tarde cuando alcanzan el intestino.

Naturalmente, para que todo funcione es importante que la cerveza no contenga azúcar residual. Si hubiera azúcares disponibles, las bacterias podrían activarse antes de tiempo. De modo que la ausencia de azúcar ya no es solo una cuestión de calorías. También forma parte de la logística interna de los microorganismos.

Llegados a este punto, uno empieza a sospechar que la cerveza moderna está realizando más cálculos que un satélite meteorológico. Lo curioso es que toda esta sofisticación tecnológica se aplica a un producto cuya misión original era sentarse tranquilamente sobre una mesa mientras dos amigos discutían de fútbol.

Hay algo entrañablemente absurdo en ello. Durante milenios la humanidad ha intentado mejorar la cerveza haciéndola más sabrosa. Hoy intenta mejorarla haciéndola más saludable. Y quién sabe qué vendrá después. Tal vez aparezcan cervezas enriquecidas con omega-3. Cervezas con fibra. Cervezas con antioxidantes. Cervezas que monitoricen la presión arterial. Cervezas capaces de sincronizarse con el teléfono móvil y recordarnos las citas médicas. No parece imposible. La frontera entre alimento, suplemento nutricional y producto tecnológico se vuelve cada año un poco más borrosa.

Mientras tanto, la nueva cerveza probiótica ocupa una posición fascinante en medio de ese territorio difuso. Conserva el aspecto de una cerveza. Huele a cerveza. Se sirve como cerveza. Pero también contiene microorganismos seleccionados cuidadosamente por especialistas en microbiología. Ha sido diseñada para cuidar algo tan complejo como la microbiota intestinal. Y puede que sea la primera vez en la historia que alguien abre una lata de cerveza pensando simultáneamente en el lúpulo y en las esporas bacterianas.

Lo cual constituye una frase que ningún sumerio, ningún monje medieval y probablemente ningún tabernero del siglo XIX habría entendido. Y quizá ahí reside su encanto. Porque la cerveza siempre ha sido un espejo de la sociedad que la produce. Hubo una época en que reflejaba la agricultura. Más tarde reflejó la industrialización. Hoy refleja nuestra obsesión contemporánea por la salud, la nutrición y el bienestar digestivo.

La pregunta es si, después de tantos siglos de evolución, sigue siendo simplemente cerveza. O si hemos llegado al momento en que debemos formular una cuestión completamente nueva: ¿es una cerveza o una bebida funcional

viernes, 29 de mayo de 2026

CRÓNICA DE UN INMENSO BOSQUE A LA DERIVA

 

Aunque un análisis de más de 300 000 especies vegetales —el 90% de todas las plantas terrestres conocidas— revela que la mayor parte de la diversidad vegetal del planeta no surgió por migraciones entre continentes, algunas viajaron… y mucho. La dipterocarpáceas se cuentan entre las más viajeras.

Hay árboles que parecen diseñados por un arquitecto con delirios de grandeza. Las dipterocarpáceas son así. Uno las imagina primero como árboles corrientes —tronco, ramas, hojas, el repertorio habitual— hasta que descubre que algunas alcanzan casi cien metros de altura, lo que equivale, aproximadamente, a colocar un bosque encima de otro bosque y luego añadir un edificio de treinta pisos por puro capricho botánico. En las selvas del sudeste asiático, estas criaturas vegetales dominan el paisaje con la misma autoridad con la que las catedrales medievales dominaban las ciudades europeas. Debajo de ellas viven orangutanes, insectos, aves y millones de organismos que dependen de su sombra y de sus frutos. Y, sin embargo, durante mucho tiempo nadie entendió del todo de dónde habían salido.

Lo extraordinario no era solo su tamaño. Era su pasaporte. Porque las dipterocarpáceas —nombre derivado del griego di (“dos”), pteron (“ala”) y karpós (“fruto”), en referencia a sus frutos alados— son, en teoría, africanas. O, más exactamente, descendientes de plantas que crecían en Gondwana, aquel inmenso supercontinente meridional que reunía África, India, Sudamérica, Australia y la Antártida cuando los dinosaurios todavía eran dueños del planeta. Lo desconcertante era explicar cómo un grupo de árboles incapaces de sobrevivir al agua salada terminó convirtiéndose en el amo absoluto de las selvas asiáticas.

Las semillas de las dipterocarpáceas no son precisamente aventureras. No poseen la vocación oceánica de los cocos ni el espíritu temerario de algunas plantas capaces de atravesar continentes flotando durante semanas. Las suyas necesitan germinar deprisa y el agua marina las mata con notable eficacia. Así que cruzar océanos parecía tan improbable como enviar un soufflé por correo internacional. Y, sin embargo, lo habían hecho.

Resolver el misterio exigió algo que la ciencia hace extraordinariamente bien cuando dispone de tiempo suficiente: reunir fragmentos absurdamente dispersos y convertirlos en una historia coherente. En este caso, los fragmentos incluían granos de polen fosilizados, placas tectónicas errantes, análisis genéticos y decenas de millones de años de paciencia geológica.

Caracteres generales de algunas dipterocarpáceas. A Rama fructífera a la mitad de su tamaño natural; 1 Botón floral, tamaño natural; 2 Flor, ídem; 3 Pétalos, separados, ídem; 4 Pistilo con estambres, algo reducido de tamaño; 5 Lo mismo sin estambres, ídem; 6 Lo mismo con ovario en sección longitudinal, ídem; 7 Estambres, ídem; 8 Ovario en sección transversal, tamaño natural; 9 Nuez en sección longitudinal, ídem; 10 Fruto, con la parte anterior del cáliz retirada, ídem; 11 Nuez germinando, ídem; 12 y 13 Cáscaras de nuez, ídem. Las figuras 1 a 8 corresponden a Dipterocarpus trinervis, las restantes figuras a D. retusus. Fuente

La disciplina encargada de semejante rompecabezas se llama biogeografía, que suena como una asignatura optativa diseñada para vaciar aulas universitarias, pero que en realidad es una de las ramas más detectivescas de la ciencia. Los biogeógrafos intentan averiguar por qué ciertos seres vivos están donde están y cómo llegaron allí. Para ello combinan fósiles, genética, anatomía y geología con la esperanza de que, tarde o temprano, todas las piezas encajen sin provocar un colapso intelectual colectivo.

Los fósiles son especialmente útiles porque tienen la costumbre admirable de no discutir. En 2022, unos investigadores encontraron en Sudán del Sur granos de polen pertenecientes a dipterocarpáceas que databan del final del Cretácico, hace entre 72 y 66 millones de años. Era una noticia importante, porque aquellos eran los fósiles más antiguos conocidos de la familia y aparecían en África, no en Asia. Esto suponía un problema interesante.

Hoy existen unas quinientas especies de dipterocarpáceas en el sudeste asiático. En África apenas sobreviven una veintena y en Sudamérica una sola especie solitaria, como un cuñado olvidado en una reunión familiar gigantesca. Durante décadas, muchos botánicos pensaron que aquello implicaba necesariamente un origen asiático. Parecía lógico: donde hay más especies suele estar el origen del grupo. Pero la lógica evolutiva tiene la molesta costumbre de resultar equivocada justo cuando uno empieza a sentirse cómodo con ella.

Los datos genéticos comenzaron a sugerir otra cosa. Poco a poco, y gracias a nuevos fósiles y mejores técnicas moleculares, fue imponiéndose una idea más extravagante pero también más convincente: las dipterocarpáceas habían nacido en Gondwana y viajado hacia Asia montadas sobre la India como pasajeros vegetales de un continente a la deriva.

Y aquí es donde la historia adquiere un tono encantadoramente absurdo. Hace más de cien millones de años, India no estaba donde está hoy. Era una enorme isla continental desprendida de África y Madagascar que navegaba lentamente hacia el norte a través de un océano desaparecido llamado Neotetis. Durante millones de años avanzó como una gigantesca balsa tectónica cargada de plantas y animales. Finalmente, hace unos cincuenta millones de años, chocó con Asia. El impacto levantó el Himalaya, alteró el clima global y creó una autopista biológica entre dos mundos antes separados.

Las dipterocarpáceas hicieron el viaje completo. No cruzaron mares flotando heroicamente ni aprovecharon corrientes oceánicas milagrosas. Simplemente permanecieron donde estaban mientras el continente entero se desplazaba miles de kilómetros. Es una estrategia migratoria muy eficiente si uno dispone de cuarenta millones de años y ninguna prisa particular.

Lo fascinante es que, una vez alcanzado el sudeste asiático, las dipterocarpáceas prosperaron de manera espectacular. Algo en aquellas selvas húmedas les sentó extraordinariamente bien. Crecen rápido, producen enormes cantidades de frutos de forma sincronizada y establecen alianzas subterráneas con hongos micorrícicos que ayudan a sus raíces a absorber nutrientes. Son, en términos ecológicos, competidores despiadadamente eficaces.

Muchas selvas asiáticas actuales existen literalmente gracias a ellas. Organizan la estructura del bosque, regulan la luz que llega al suelo y alimentan a innumerables especies. Los orangutanes encuentran refugio entre sus ramas. Miles de insectos dependen de sus ciclos de fructificación. Incluso la química del suelo cambia bajo su influencia.

Migración de las dipterocarpáceas a lo largo del tiempo y de la colisión indo-asiática, incluyendo Myanmar. Modificado a partir de Nicolas Gentis (2026).

Pero no todos los viajeros gondwánicos tuvieron tanta suerte. Los fósiles encontrados en Myanmar revelan que otros árboles procedentes del antiguo hemisferio sur también alcanzaron Asia. Había parientes de los eucaliptos australianos y árboles relacionados con el género Cola, el mismo que acabaría dando nombre a cierta bebida azucarada responsable de innumerables crisis de cafeína modernas. Sin embargo, muchos de estos linajes desaparecieron de la región hace millones de años, probablemente víctimas de los cambios climáticos del Mioceno.

La historia evolutiva está llena de estas tragedias silenciosas. Algunos grupos encuentran un lugar perfecto y florecen. Otros llegan demasiado pronto, demasiado tarde o simplemente no consiguen adaptarse. La naturaleza no reparte premios por el esfuerzo.

Mientras tanto, los animales seguían trayectorias completamente distintas. Curiosamente, durante buena parte de la historia reciente de la Tierra, los grandes mamíferos tendieron a expandirse desde Eurasia hacia otros continentes. Rinocerontes, jirafas, cebras, felinos y numerosos primates llegaron a África desde el norte. Solo los elefantes parecen haber sido verdaderamente africanos desde el principio. Europa también sufrió sus propias convulsiones biológicas. Hace unos 34 millones de años ocurrió un episodio conocido como la Gran Ruptura, durante el cual desaparecieron numerosos mamíferos europeos y fueron reemplazados por inmigrantes asiáticos como hámsteres, castores y rinocerontes. Resulta reconfortante saber que las crisis migratorias existen desde hace decenas de millones de años.

Todo esto podría parecer una curiosidad paleobotánica destinada a impresionar en cenas académicas especialmente largas, pero tiene consecuencias muy reales. Comprender cómo las especies respondieron a antiguos cambios climáticos ayuda a prever cómo reaccionarán ahora. Y eso importa mucho, porque las dipterocarpáceas atraviesan tiempos difíciles.

Más del 65% de sus especies están amenazadas por la deforestación, la tala intensiva y la expansión de plantaciones de palma aceitera. Lo cual significa que árboles capaces de sobrevivir al viaje de Gondwana, a la deriva continental y a decenas de millones de años de transformaciones planetarias podrían sucumbir finalmente ante excavadoras y motosierras.

Sería una ironía geológica bastante amarga. Porque, al fin y al cabo, estos gigantes asiáticos son también fósiles vivientes de una Tierra desaparecida. Cada dipterocarpácea contiene en su historia el recuerdo de océanos extinguidos, continentes errantes y selvas ancestrales anteriores incluso al Himalaya. Son monumentos biológicos a una época en la que el planeta entero aún estaba aprendiendo dónde colocar sus continentes.