Hace apenas un par de días pasé
por una intervención quirúrgica de urología. Nada dramático, aunque sí de esas
operaciones que obligan a reconciliarse con una evidencia incómoda: llega un
momento en la vida en que uno empieza a tener más conversaciones sobre
esfínteres que sobre literatura o política internacional.
La experiencia, sin embargo, fue
extraordinariamente interesante. Tan interesante me pareció que, dos días antes
de entrar en el hospital, durante un sábado destemplado, escribí un artículo
sobre Fidel Pagés, el médico militar español que desarrolló la anestesia
epidural en los años veinte del siglo pasado. Yo estaba convencido de que
aquello era exactamente lo que me iban a administrar.
Pero entonces intervino la
realidad, que suele tener forma de amigo anestesista. Por un lado, comprobé que,
después de la intervención, de la que me recuperé rápidamente y con la mente
despejada, mis piernas estaban insensibles, signo inequívoco de que la
anestesia había ido algo más allá de una epidural.
Luego, mi buen amigo el doctor
Miguel Ángel García Díaz, anestesista del Hospital Universitario Príncipe de
Asturias, me escribió un guasap con la mezcla perfecta de cortesía profesional
y compasión pedagógica que utilizan los médicos cuando un paciente cree haber
entendido algo leyendo la Anatomía Básica de Gray. Me explicó que, en realidad,
lo que me habían puesto no era una epidural, sino una anestesia intradural o
raquídea.
Naturalmente, mi primera reacción
fue pensar que aquello era una distinción semántica sin demasiada importancia,
algo parecido a discutir si un percebe es un crustáceo o una pequeña maldición
marina. Pero resulta que no. La diferencia existe, y es considerable.
La anestesia epidural consiste en
introducir el anestésico en el espacio epidural, es decir, fuera de la
duramadre, la membrana que envuelve la médula espinal. La intradural, en
cambio, atraviesa esa membrana y deposita el fármaco directamente en el líquido
cefalorraquídeo. Dicho de forma menos anatómica: la epidural se queda en el
vestíbulo y la intradural entra directamente en el salón. De hecho,
estrictamente hablando y por ser precisos, muchas veces decimos “intradural”
por simplificar, pero anatómicamente el anestésico queda en el espacio
subaracnoideo.
La consecuencia práctica es
importante. La epidural suele utilizarse sobre todo con finalidad analgésica:
disminuye el dolor, pero permite conservar parte de la sensibilidad y, en
ocasiones, cierta movilidad. Por eso es la técnica clásica en muchos partos. La
intradural, en cambio, produce una anestesia mucho más intensa, rápida y
profunda. No es simplemente “me duele menos”. Es más bien “de cintura para
abajo ha desaparecido la civilización”.
Confieso que la experiencia
resulta fascinante. Uno permanece bastante despierto, oye conversaciones,
distingue el ruido metálico del instrumental quirúrgico, percibe incluso
movimientos vagos y presiones remotas, pero el cuerpo ha dejado de obedecer.
Hay algo profundamente filosófico en intentar mover una pierna y descubrir que
la pierna, democráticamente, ha decidido abstenerse.
La anestesia raquídea tiene
además una elegancia técnica extraordinaria. Requiere cantidades pequeñas de
anestésico y actúa en apenas minutos. Entiendo perfectamente por qué es tan
utilizada en cirugía urológica, cesáreas y operaciones de miembros inferiores.
Aunque debo reconocer que, desde la perspectiva del paciente, toda la
sofisticación neurofisiológica puede resumirse en una sola idea: “qué maravilla
no sentir nada”.
En mi caso, la intervención
consistió en el implante de un artilugio considerado el tratamiento de
referencia para ciertos tipos de problemas que sufrimos a quienes hace años se
nos extirpó la próstata y con ella un cáncer. El dispositivo —una maravilla de
ingeniería biomédica— reproduce artificialmente la función del esfínter uretral
natural mediante un sistema hidráulico implantado completamente dentro del
cuerpo.
Es una de esas tecnologías
médicas que recuerdan hasta qué punto vivimos ya en el futuro. Hay personas
caminando tranquilamente por la calle con pequeñas bombas hidráulicas
implantadas en el cuerpo y nadie parece impresionarse demasiado.
Mientras investigaba sobre el
procedimiento, descubrí algo menos futurista y bastante más terrenal: su
precio en Estados Unidos. Las cifras varían enormemente según el hospital, seguro
médico y complicaciones asociadas, pero distintas fuentes sitúan el coste total
de una implantación de un artilugio así entre unos 10.000 y 25.000 dólares, y
eso sin incluir todos los gastos hospitalarios asociados, que bien podrían
duplicar el coste. Algunos paquetes quirúrgicos privados superan incluso los 44.000
dólares.
Y aquí es donde conviene
detenerse un momento. Viajo con frecuencia a Estados Unidos y admiro muchísimas
cosas de aquel país: sus paisajes, sus bibliotecas, sus diners de
carretera, sus librerías imposibles y esa capacidad tan norteamericana de
convertir cualquier cosa —incluido un donut— en un objeto de deseo. Pero
también he visto allí algo que en Europa a veces olvidamos: el miedo económico
a enfermar.
He conocido estadounidenses que
retrasan pruebas médicas por miedo a la factura. Personas con seguros
excelentes que aun así pagan miles de dólares de su bolsillo. Familias que
consideran una hospitalización como un desastre financiero comparable a una
inundación doméstica o a un incendio parcial de la vivienda.
Por eso, después de esta
experiencia, siento una gratitud enorme hacia la sanidad pública española. Mi
agradecimiento hacia los urólogos, anestesistas, enfermeras, auxiliares,
celadores y personal administrativo que hicieron su trabajo con una
profesionalidad y una humanidad impecables. Hacia quienes me atendieron en el
Hospital Universitario Ramón y Cajal y a quienes me atienden habitualmente en el Hospital
Universitario Príncipe de Asturias con eficacia, paciencia y una sonrisa a cualquier
hora.
Y también hacia algo mucho menos
popular: los impuestos. Porque conviene recordarles a ciertos antisociales
fiscales —esos que hablan de los impuestos como si fueran una conspiración
bolchevique diseñada para arruinar propietarios de SUV híbridos— que la sanidad
pública no aparece por generación espontánea. No brota de los árboles. No la
financian los unicornios.
La pagan los contribuyentes. Y
gracias a eso, un ciudadano puede entrar en un hospital, ser operado con
tecnología sofisticadísima, anestesiado por profesionales excelentes, cuidado
durante días y salir de allí pensando en recuperarse… en lugar de preguntarse
cómo demonios va a pagar una factura de veinte mil euros.
No es poca cosa.






