Bienvenidos a Saint-Pierre,
Martinica. Año 1902. El ron corre por las destilerías, los cafés imitan a París
y el Monte Pelée vigila desde el norte con esa elegancia distraída de los
volcanes dormidos. La ciudad presume de ser el “París del Caribe”. Tiene
teatro, comercio, periódicos, política. Tiene, sobre todo, confianza. Y
entonces empiezan a bajar las serpientes.
Antes del fuego, bajaron las
serpientes. Es una frase que suena a profecía bíblica, pero ocurrió en 1902, en
Saint-Pierre, la capital cultural y económica de Martinica. La ciudad se hacía
llamar el París del Caribe. Tenía teatro, comercio, cafés y una vida urbana
orgullosa de sí misma. Sobre ella se alzaba el Monte Pelée, una presencia casi
decorativa en el horizonte. Una montaña elegante, cubierta de vegetación, con
un pasado volcánico demasiado lejano para inquietar a nadie. Y sin embargo,
cuando el volcán empezó a despertar, quienes primero lo comprendieron no fueron
los científicos ni los políticos, sino los animales.
A comienzos de mayo la montaña
emitía ceniza y gases. El suelo vibraba con pequeños temblores. Hubo un flujo
de lodo que destruyó una fábrica azucarera y mató a varias decenas de personas.
La señal estaba ahí, pero no encajaba en el imaginario colectivo del desastre.
No había ríos de lava descendiendo con solemnidad clásica, como en las
ilustraciones del Vesubio. No había un espectáculo claro que justificara el
pánico. Había humo, rumores y cierta incomodidad en el aire. Y luego estaban
las serpientes.
La especie en cuestión, la fer-de-lance
de Martinica, vivía en las laderas boscosas del Pelée. Sensibles a los cambios
térmicos y químicos, comenzaron a descender cuando el suelo se calentó y los
gases volcánicos alteraron su hábitat. No fue un acto de clarividencia, sino de
fisiología. El entorno se volvió inhabitable y la única dirección posible era
cuesta abajo. En pocos días, los barrios periféricos de Saint-Pierre
registraron una invasión insólita. Se hablaría después de miles de serpientes;
las cifras reales son difíciles de precisar, pero hubo decenas de mordeduras y
alrededor de cincuenta muertes. Para los habitantes de la ciudad, aquello debió
de ser profundamente inquietante: abrir la puerta y encontrar reptiles
venenosos en la calle, como si la montaña estuviera expulsando algo que ya no
podía contener.
Bothrops lanceolatus, la víbora fer-de-lance de Martinica,
La imagen es poderosa porque
parece un aviso simbólico: primero la plaga, luego el fuego. Pero lo que
ocurrió no pertenece al registro de lo sobrenatural. Fue un fenómeno físico y
biológico. El volcán liberaba dióxido de azufre y dióxido de carbono; el suelo
se calentaba; la microfauna se desplazaba. Las serpientes reaccionaban a
cambios que el cuerpo humano no percibe sin instrumentos. Mientras en los
despachos se discutía la conveniencia de evacuar o no la ciudad —con elecciones
próximas y una economía que no quería detenerse—, la montaña ya estaba
reconfigurando su entorno de forma tangible.
A las 7:52 de la mañana, del 8 de
mayo de 1902, tres días antes de que se celebraban las elecciones, el Monte
Pelée liberó una nube piroclástica. No fue una colada de lava lenta y visible,
sino una avalancha de gas sobrecalentado, ceniza y fragmentos de roca que
descendió a cientos de kilómetros por hora y a temperaturas cercanas a los mil
grados. En menos de dos minutos, Saint-Pierre dejó de existir. Murieron cerca
de treinta mil personas. La ciudad que había discutido si debía preocuparse fue
borrada antes de terminar el desayuno.
Lo que siguió transformó la
ciencia. Hasta entonces, la vulcanología europea estaba moldeada por el modelo
del Vesubio: explosiones, ceniza, lava. Pelée obligó a reconocer otra forma de
violencia geológica. El geólogo Alfred Lacroix acuñó el término nuée ardente
para describir aquella corriente ardiente que no era humo ligero ni roca
líquida, sino una masa densa y devastadora que se comportaba como un fluido
turbulento pegado al suelo. La noción de flujo piroclástico —hoy central en la
evaluación del riesgo volcánico— nació de esa catástrofe. La ciencia avanzó
porque fracasó antes.
En retrospectiva, resulta difícil
no ver en las serpientes una metáfora incómoda. No eran oráculos, pero sí
indicadores. Respondían a variaciones físicas que anticipaban un cambio mayor.
Su huida no fue una predicción consciente del desastre final; fue la
consecuencia directa de un sistema que ya estaba desestabilizado. La tragedia
de Saint-Pierre ilustra algo que a menudo olvidamos: los desastres no comienzan
con el estruendo final, sino con alteraciones sutiles en el equilibrio de un
entorno.
Desde entonces, la relación entre
comportamiento animal y fenómenos geológicos ha fascinado a investigadores y
cronistas. Hay informes de ganado inquieto antes de terremotos, de aves que
alteran sus rutas migratorias, de peces que abandonan ciertas zonas costeras.
La evidencia científica es prudente: los animales no “predicen” el futuro en un
sentido místico. Pero viven más cerca de los parámetros físicos del mundo.
Detectan vibraciones de baja frecuencia, cambios en la composición del aire,
variaciones térmicas mínimas. Lo que para nosotros es invisible hasta que se
vuelve catastrófico, para ellos puede ser una molestia inmediata.
En 1902 no existían redes de
sensores ni sistemas sofisticados de monitoreo volcánico. Existían, en cambio,
serpientes que abandonaban la montaña. La ciudad pudo interpretarlo como un
episodio molesto, una anomalía desagradable que requería control sanitario. Era
más fácil pensar en una plaga que en un sistema volcánico reorganizándose bajo
tierra. Más fácil discutir sobre orden público que replantear la seguridad de
toda una urbe.
Cuando la nube ardiente
descendió, las serpientes ya no estaban allí. Habían huido días antes, guiadas
por una lógica elemental: sobrevivir. La ciudad, en cambio, permaneció. La
ironía no es que los animales supieran más que los humanos, sino que estaban
más atentos a su entorno inmediato. La biología reaccionó con rapidez; la
política y la cultura, no.
La historia de Saint-Pierre suele
contarse como una tragedia volcánica o como un ejemplo de negligencia
administrativa. Ambas lecturas son válidas. Pero también es la historia de una
desconexión entre sociedad y entorno. En un mundo que empezaba a confiar cada
vez más en su capacidad técnica y en su estabilidad institucional, la
naturaleza recordó que sus señales no siempre adoptan la forma que esperamos. A
veces no es una columna de lava visible, sino un cambio en el comportamiento de
criaturas que viven a ras del suelo.
Antes del fuego, bajaron las
serpientes. No como advertencia divina, sino como consecuencia física de un
sistema que estaba cambiando. La ciudad no las escuchó porque no sabía cómo
traducir ese lenguaje. Y tal vez esa sea la lección más duradera: el desastre
no siempre llega sin aviso. A veces se anuncia en formas que preferimos
interpretar como anécdotas, molestias o exageraciones. Solo después, cuando la
ceniza se enfría, comprendemos que eran los primeros síntomas de algo mucho
mayor.