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lunes, 30 de marzo de 2026

LOS ASTRONAUTAS MEAN SU PROPIOS HUESOS

 

Hay frases que parecen escritas por un guionista con demasiado tiempo libre y muy poca supervisión científica. “Los astronautas mean sus huesos” es una de ellas. Uno imagina a un grupo de físicos de la NASA mirando con resignación a un periodista entusiasta mientras este busca un titular llamativo. Sin embargo, como ocurre a menudo en biología, la realidad —esa señora discreta— tiene la mala costumbre de darle la razón a las metáforas más extravagantes.

Todo empieza con un detalle aparentemente inocente: la ausencia de peso. En la Tierra, cada vez que nos levantamos, caminamos o simplemente permanecemos de pie, nuestros huesos soportan una carga constante. Es una presión silenciosa, continua, tan cotidiana que ni siquiera la percibimos. Pero nuestros huesos sí. De hecho, dependen de ella. Son estructuras vivas, dinámicas, en perpetuo estado de reforma, como un edificio que nunca termina de construirse ni de demolerse del todo.

En ese edificio trabajan dos equipos con intereses opuestos. Por un lado están los osteoblastos, que construyen hueso nuevo con entusiasmo casi inmobiliario. Por otro, los osteoclastos, que lo desmantelan con la eficacia de una empresa de derribos. En condiciones normales, ambos grupos mantienen un equilibrio razonable. Se destruye lo viejo, se construye lo nuevo, y el conjunto se mantiene firme, elegante y, sobre todo, funcional.

Pero cuando uno se marcha al espacio, ese equilibrio empieza a resquebrajarse con una rapidez sorprendente. En la microgravedad de la Estación Espacial Internacional, los huesos dejan de tener una función esencial: sostener el cuerpo frente a la gravedad. Y el organismo, que es práctico hasta rozar lo tacaño, toma nota de inmediato. ¿Para qué mantener una estructura costosa si ya no hace falta?

La respuesta del cuerpo es tan lógica como inquietante: empieza a desmantelar el esqueleto. Los osteoclastos se vuelven más activos, los osteoblastos pierden fuelle, y el calcio que estaba cuidadosamente almacenado en los huesos se libera al torrente sanguíneo. Es como si alguien decidiera desmontar una catedral piedra a piedra porque, de pronto, ha dejado de haber feligreses.


Ahora bien, el calcio en sangre es útil hasta cierto punto, pero no en exceso. El organismo no es amigo de los excedentes, y menos cuando se trata de minerales que pueden causar problemas. Así que los riñones entran en escena con la eficiencia de un servicio de limpieza meticuloso. Filtran ese calcio sobrante y lo envían, sin ceremonia ni nostalgia, hacia la orina.

Y ahí es donde la frase cobra sentido. Porque, en efecto, parte del calcio que formaba los huesos acaba abandonando el cuerpo por la vía urinaria. No es que los astronautas estén orinando fémures en miniatura, pero sí están eliminando, de forma literal, los componentes minerales de su esqueleto. Es una imagen poco elegante, pero científicamente impecable.

La magnitud del fenómeno tampoco ayuda a tranquilizar a nadie. Se estima que un astronauta puede perder alrededor de un 1% de densidad ósea por cada mes que pasa en el espacio. Dicho así parece poco, pero conviene ponerlo en perspectiva. En la Tierra, una persona con osteoporosis puede tardar años en experimentar una pérdida comparable. En órbita, el proceso se acelera hasta adquirir un aire casi impaciente, como si el cuerpo tuviera prisa por deshacerse de lo que considera superfluo.

Las zonas más afectadas son, como cabría esperar, aquellas que en la Tierra soportan mayor carga: la columna vertebral, la cadera, los huesos largos de las piernas. Es decir, justo las partes que más nos definen como criaturas terrestres. En el espacio, estas regiones se convierten en un lujo innecesario, y el organismo actúa en consecuencia.

Las consecuencias no se hacen esperar. Por un lado, está el riesgo evidente de fracturas al regresar a la Tierra, donde la gravedad reaparece sin pedir disculpas. Un esqueleto debilitado no recibe con entusiasmo ese reencuentro. Por otro, el exceso de calcio en la orina aumenta la probabilidad de desarrollar cálculos renales, una dolencia que ya es desagradable en condiciones normales, pero que en el contexto de una misión espacial adquiere tintes francamente inoportunos.

Y, como si esto fuera poco, la pérdida ósea no viene sola. Los músculos, liberados también de la tiranía gravitatoria, empiezan a atrofiarse con una eficacia casi admirable. El cuerpo humano, cuando se le da la oportunidad, parece inclinado a ahorrar energía por todos los medios posibles, incluso a costa de su propia integridad estructural.

Ante este panorama, uno podría pensar que la exploración espacial es, en esencia, una forma muy cara de descalcificarse. Pero, por supuesto, los ingenieros y médicos de las agencias espaciales no se han quedado de brazos cruzados. En la Estación Espacial Internacional los astronautas siguen rutinas de ejercicio que harían sudar a un atleta olímpico. Corren sujetos con arneses, pedalean en bicicletas estáticas y utilizan máquinas de resistencia diseñadas para imitar, de manera ingeniosa, los efectos de la gravedad.

A esto se suma una dieta cuidadosamente controlada, suplementos de vitamina D y calcio, y una vigilancia médica constante que roza lo obsesivo. Cada hueso, cada músculo, cada molécula parece estar bajo escrutinio, como si el cuerpo humano fuera un experimento ambulante —que, en cierto modo, lo es.

Y aun así, el problema no desaparece del todo. La microgravedad sigue siendo un entorno profundamente antinatural para un organismo que ha evolucionado durante millones de años bajo la influencia constante de la gravedad terrestre. Es, en esencia, una negociación desigual entre la biología y la física, y la biología no siempre sale ganando.

Lo fascinante de todo esto, quizá, es que revela hasta qué punto estamos adaptados a nuestro planeta. Tendemos a pensar en el espacio como la última frontera, un escenario de aventuras y descubrimientos. Pero el verdadero desafío no está solo en llegar allí, sino en sobrevivir sin deshacernos por el camino, literalmente.

Así que la próxima vez que alguien mencione, con cierta sorna, que los astronautas “mean sus huesos”, conviene resistir la tentación de corregirlo con excesiva rapidez. Porque, en el fondo, esa frase contiene una verdad incómoda: fuera de la Tierra, incluso algo tan sólido y aparentemente permanente como el esqueleto humano se convierte en una estructura provisional, susceptible de ser desmontada, filtrada y, finalmente, eliminada.

No es una imagen especialmente heroica, pero sí profundamente reveladora. Después de todo, el espacio no solo pone a prueba nuestra tecnología. También pone en evidencia, con una claridad casi cruel, los límites de nuestra propia naturaleza.

ESCENARIO INTERNACIONAL UN LUNES DE PASIÓN

 

Hay lunes que se escriben solos. Basta abrir cuatro periódicos internacionales, dejar que el café se enfríe y aceptar que el mundo, en determinados momentos, adquiere una coherencia inquietante. Este podría ser uno de ellos: un lunes de pasión, en el que las piezas del tablero de Oriente Medio parecen encajar con una lógica cruda en la que el petróleo vuelve a ser argumento, excusa y botín.

Mientras columnas de tropas estadounidenses se desplazan hacia la península arábiga —uno de esos escenarios bélicos recurrentes en los que Washington suele entrar con determinación y salir con el rabo entre las piernas—, el relato empieza a afinarse. No tanto por lo que ocurre sobre el terreno como por lo que se dice, o se deja entrever, en los grandes diarios anglosajones, que siguen siendo el mejor sismógrafo del poder occidental.

En ese registro, la figura de Donald Trump reaparece con su estilo reconocible: directo, desacomplejado y peligrosamente transparente. En una entrevista en Financial Times que busca fijar balance, deja caer una idea que, en otro tiempo, habría provocado un terremoto diplomático inmediato: el objetivo último en Irán no sería tanto la estabilidad regional ni la contención nuclear como el control de los recursos. El petróleo, en su formulación más elemental. La isla de Kharg —pieza clave en la exportación iraní— aparece en el horizonte como objetivo táctico, descrito con una ligereza que recuerda más a una operación inmobiliaria que a una intervención militar.

No es tanto lo que dice como cómo lo dice. La guerra, en ese discurso, se despoja de retórica moral y se presenta como una transacción. Tomar o no tomar. Entrar o no entrar. Evaluar el coste. Medir la oportunidad. Y, sobre todo, ignorar las advertencias internas, calificadas con desdén, en un momento en el que el precio del crudo escala y amenaza con reordenar la economía global.

Sin embargo, la otra cara del espejo la ofrecen los propios medios que orbitan alrededor del poder estadounidense: The Wall Street Journal y The New York Times. Allí el tono cambia. Se habla de escenarios, de hipótesis operativas, de movimientos discretos que apuntan a algo más que una guerra aérea. La posibilidad de una intervención sobre el terreno —quirúrgica en su planteamiento, imprevisible en sus consecuencias— empieza a circular con naturalidad. Fuerzas especiales desplegadas, rutas energéticas en riesgo, mercados nerviosos. El guion se vuelve reconocible.

Y, sin embargo, hay un tercer relato, menos visible pero quizás más decisivo. Llega desde Londres, desde The Economist, a través de un amplio reportaje con el tono analítico de quien mira la guerra no como un choque de bloques, sino como un sistema de incentivos. Según esa lectura, el conflicto no está debilitando al régimen iraní, sino reforzándolo. No lo está empobreciendo, sino enriqueciendo. La Guardia Revolucionaria —columna vertebral del poder— emerge más fuerte, más centralizada, más imprescindible.

La paradoja es casi perfecta: mientras en Washington se insinúa un cambio de régimen, en Teherán el sistema parece haber encontrado una nueva forma de estabilidad, basada en la adaptación. Las sanciones se sortean, los flujos de petróleo se reconfiguran y el dinero circula por canales cada vez más opacos. China aparece en ese reportaje como actor silencioso pero determinante, absorbiendo la mayor parte del crudo iraní y proporcionando la arquitectura financiera necesaria para sostener el circuito. No es una alianza formal, pero funciona como tal.

Europa, mientras tanto, observa y calcula. La Comisión Europea prepara medidas para amortiguar el impacto de unos precios energéticos que ya tensionan economías y gobiernos. Se habla de ayudas, de flexibilización normativa, de intervenciones puntuales. Pero también, y esto es más significativo, de revisar algunas de las grandes apuestas estratégicas de los últimos años.

La posibilidad de reabrir eldebate sobre la explotación de recursos en el Ártico —territorio hasta ahora protegido por compromisos climáticos— indica hasta qué punto la urgencia energética puede alterar prioridades. Las grandes petroleras presionan, los equilibrios cambian y el discurso verde empieza a mostrar fisuras. La seguridad de suministro vuelve a imponerse como argumento central, desplazando —aunque sea temporalmente— la narrativa de la transición ecológica.

En paralelo, las grandes economías coordinan posiciones. El G7 se reúne, explora opciones, tantea medidas que en otro contexto serían excepcionales: liberar reservas estratégicas, intervenir precios, estabilizar mercados. No se esperan anuncios inmediatos, pero el mero hecho de que estas herramientas estén sobre la mesa indica el grado de preocupación.

Todo ocurre al mismo tiempo. Esa es la clave. No hay una única historia, sino varias que se entrelazan: la ambición explícita de Washington, la resiliencia pragmática de Teherán, el cálculo estratégico de Pekín y la incertidumbre creciente de Bruselas. Cada actor juega su partida, pero todos comparten tablero.

Y en medio, el petróleo. Siempre el petróleo. Como en los viejos mapas del siglo XX, marcando rutas, definiendo alianzas, justificando movimientos. Cambian los nombres, cambian los discursos, pero la lógica persiste con una obstinación casi geológica.

La vida sigue, por supuesto. Siempre sigue. Pero lo hace con esa sensación de deriva controlada, de equilibrio inestable que puede romperse en cualquier momento. Quizá lo más inquietante no sea lo que está pasando, sino la naturalidad con la que empieza a contarse. Como si todo formara parte de un guion ya conocido.

Y tal vez ahí resida la verdadera novedad de este lunes: en la desaparición del disimulo. En la vuelta a una franqueza brutal, donde las razones se dicen en voz alta y el poder deja de fingir que actúa por algo distinto a sus propios intereses. Un lunes de pasión, sí. Pero sin redención a la vista.

EL ÁRTICO Y LA FRAGILIDAD DE LAS PROMESAS CLIMÁTICAS EUROPEAS

 

Hay lugares en el mundo que funcionan mejor como idea que como territorio. El Ártico es uno de ellos. Durante años, la Unión Europea (UE) lo ha tratado como si fuera ambas cosas: un espacio físico sometido a tensiones geopolíticas muy concretas y, al mismo tiempo, un símbolo útil para explicar una ambición moral. Proteger el Ártico era, en ese relato, una forma de proteger algo más grande: la coherencia de una política climática que aspiraba a ser ejemplar.

El problema de las ideas es que, tarde o temprano, se cruzan con la realidad.

Una noticia publicada por Financial Times sugiere que ese cruce ya ha ocurrido. Bruselas estaría reconsiderando, al menos de manera informal, su posición respecto a la explotación de petróleo y gas en el Ártico. No porque haya cambiado de opinión sobre el cambio climático —nadie en la Comisión Europea se ha vuelto negacionista de repente—, sino porque han cambiado las circunstancias. Y las circunstancias, en política energética, suelen tener la mala costumbre de imponerse a las convicciones.

Conviene recordar, para no exagerar ni simplificar, que la famosa “prohibición” europea sobre el Ártico nunca fue exactamente eso. No existía un veto legal, ni una norma vinculante capaz de detener plataformas petrolíferas a miles de kilómetros de Bruselas. Lo que había era una propuesta: una moratoria internacional, una invitación a otros países para que dejaran bajo tierra los hidrocarburos de una de las regiones más frágiles del planeta. Era una apuesta diplomática, ambiciosa en el papel y bastante más incierta en la práctica.

La UE no controla el Ártico. No decide lo que ocurre en las aguas de Rusia, ni en las de Noruega, ni en las de Estados Unidos. Su influencia se limita a la persuasión, al ejemplo y, en el mejor de los casos, a la presión económica. La idea de un “santuario ártico” dependía, por tanto, de una suma de voluntades ajenas. Era más un proyecto que una realidad.

Y, sin embargo, funcionaba. Funcionaba como relato. Europa podía presentarse como una potencia normativa, dispuesta a liderar la transición energética no solo dentro de sus fronteras, sino también en los márgenes del mapa. El Ártico era perfecto para eso: lejano, vulnerable y cargado de simbolismo. Hasta que dejó de ser lejano.

En los últimos años, la energía ha regresado al centro de la política con una fuerza que muchos daban por superada. Las crisis de suministro, las tensiones internacionales y la volatilidad de los mercados han devuelto al gas y al petróleo un protagonismo incómodo. De repente, conceptos que parecían destinados a los manuales —seguridad energética, dependencia exterior, diversificación de fuentes— han vuelto a ocupar titulares y reuniones de urgencia.

En ese contexto, el argumento de las grandes petroleras resulta tan simple como eficaz: si Europa quiere garantizar su suministro, necesita más fuentes de energía, no menos. Y el Ártico, con sus reservas aún sin explotar, aparece como una opción tentadora. Según recoge el Financial Times, la presión del sector se ha intensificado en Bruselas con una idea que no admite demasiados matices: no puede haber seguridad energética europea sin energía ártica.

Es un argumento discutible, pero no trivial. Porque introduce una jerarquía de prioridades en la que el corto plazo pesa más que el largo. Y porque obliga a elegir entre dos objetivos que, sobre el papel, eran compatibles: reducir emisiones y garantizar el suministro. Cuando la teoría se enfrenta a la urgencia, la compatibilidad suele romperse por el lado más débil.

Ahí es donde entra en escena InfluenceMap, una organización que se dedica a seguir el rastro del lobby climático. Su diagnóstico, citado también por el diario británico, es bastante claro: la industria de los combustibles fósiles está aprovechando la inestabilidad geopolítica para reposicionar su discurso. Ya no se trata solo de defender el petróleo y el gas como fuentes de energía, sino de presentarlos como herramientas de estabilidad, casi como un mal necesario frente a la incertidumbre.

La estrategia tiene algo de déjà vu. Cada crisis energética de las últimas décadas ha venido acompañada de una rehabilitación temporal de los combustibles fósiles. La diferencia es que ahora esa rehabilitación choca con compromisos climáticos mucho más explícitos y con una opinión pública, al menos en Europa, más sensibilizada.

El Ártico, en este contexto, deja de ser un símbolo abstracto para convertirse en un caso práctico. Explotar sus recursos implicaría asumir riesgos evidentes: accidentes en condiciones extremas, impactos sobre ecosistemas muy sensibles y, sobre todo, la contradicción de extraer más combustibles fósiles en una región que ya está sufriendo de manera acelerada sus efectos. El calentamiento allí no es una metáfora: es medible, visible y, en muchos aspectos, irreversible.

Pero también implica otra cosa, menos visible y quizá más decisiva: aceptar que la transición energética no es lineal. Que puede haber retrocesos, matices, excepciones. Que incluso los compromisos más ambiciosos están sujetos a revisión cuando cambian las condiciones de partida.

El paralelismo que establece Financial Times con decisiones adoptadas en Estados Unidos bajo la presidencia de Donald Trump no es tanto una acusación como una advertencia. En su momento, la apertura de zonas protegidas en Alaska para la explotación energética se interpretó como un giro abrupto, casi ideológico. Lo que sugiere ahora el caso europeo es algo más sutil: que ese tipo de decisiones no siempre responde a un cambio de principios, sino a una reinterpretación de las prioridades.

Europa no está, de momento, perforando el Ártico. Ni siquiera ha anunciado oficialmente que vaya a hacerlo. Lo que está ocurriendo es menos espectacular y, por eso mismo, más relevante: se está revisando el marco mental en el que esa posibilidad se consideraba inaceptable.

Y ahí es donde aparece la verdadera cuestión. No tanto si la Unión Europea va a autorizar o no nuevas explotaciones —algo que, en cualquier caso, dependería de terceros países—, sino si está dispuesta a mantener una posición de liderazgo climático cuando ese liderazgo entra en conflicto con intereses inmediatos.

El Ártico nunca fue un santuario en sentido jurídico. Era, más bien, una aspiración compartida por instituciones y organizaciones ecologistas: la idea de que al menos una parte del planeta podía quedar al margen de la lógica extractiva. Una especie de línea roja trazada sobre el mapa.

Lo que sugiere la información reciente es que esa línea empieza a difuminarse. No con un gesto brusco, sino mediante una serie de ajustes, matices y reconsideraciones que, acumulados, pueden cambiar el resultado final.

Quizá no haya que dramatizar. La política, al fin y al cabo, consiste en gestionar contradicciones. Pero tampoco conviene ignorar el significado de esos pequeños desplazamientos. Porque, en cuestiones climáticas, la diferencia entre una promesa firme y una promesa revisable puede medirse en décadas. Y el Ártico, como suele ocurrir con los lugares que funcionan mejor como idea que como territorio, no tiene tantas.

domingo, 29 de marzo de 2026

MI MUY QUERIDO AMIGO AZAÑA

 

Hay libros que llegan con el ruido de una actualidad impostada y otros que lo hacen como una puerta que se abre hacia atrás, hacia un tiempo donde las palabras todavía tenían peso específico y el papel era algo más que un soporte: era un campo de batalla íntimo. Mi muy querido amigo Azaña, cuidadosamente editado por Jesús Cañete Ochoa, pertenece a esta segunda categoría. No es solo un volumen de cartas; es un pequeño archivo sentimental de la inteligencia española, una conversación sostenida durante dos décadas que van de 1918 a 1939, es decir, desde el final de una guerra europea hasta el derrumbe de un país.

Uno abre el libro y tiene la sensación de que alguien ha dejado encendida una lámpara en una habitación antigua. Allí están las voces. No las impostadas de los discursos ni las pulidas de los artículos, sino las verdaderas, las que se deslizan con confianza entre amigos. Y en el centro de esa constelación aparece Manuel Azaña, todavía joven, todavía secretario del Ateneo, todavía sin saber que su destino sería encarnar una de las tragedias más complejas de la historia española.

Entre todas las cartas, hay una que ha llamado la atención con la fuerza de una profecía inquietante. Está fechada en Salamanca, en la víspera de Navidad de 1918, y la firma Miguel de Unamuno. En ella, con esa mezcla de clarividencia y arrebato que le caracterizaba, escribe que Cataluña acabará separándose de España y constituyéndose en un Estado independiente. No lo dice como quien lanza una hipótesis, sino como quien anuncia una evidencia inevitable. Lo curioso no es tanto la predicción —que hoy resuena con ecos contemporáneos— como el tono: una especie de fatalismo histórico, casi bíblico, apoyado en un recorrido por la decadencia española desde los tiempos de Felipe IV.

Azaña tenía entonces 38 años y seguramente leyó aquella carta con el interés que se reserva a los maestros, pero sin sospechar que ese “problema catalán” acabaría siendo uno de los nudos de su propia vida política. En esas líneas ya se adivina, como en un boceto apenas esbozado, la diferencia que más tarde los separaría: Unamuno, inclinado a elevar la cuestión a un plano casi metafísico o internacional; Azaña, empeñado en devolverla al terreno más ingrato y concreto de la política.

Veinte años después, cuando la República ya era una experiencia vivida y no una ilusión, el propio Azaña lamentaría la deriva del nacionalismo catalán con palabras que hoy suenan ásperas: hablaba de desafección, de abusos, de fracasos. No estaba solo en ese diagnóstico. En aquellas décadas, la cuestión territorial no era un asunto marginal ni un capricho ideológico, sino una preocupación compartida por intelectuales y políticos de muy distinto signo. Desde posiciones diversas, todos parecían intuir que España era una realidad difícil de sostener y aún más difícil de reformar.

El libro, sin embargo, no es un tratado sobre el problema catalán, aunque ese tema lo atraviese como un hilo persistente. Es, sobre todo, una galería de retratos en movimiento. Valle-Inclán, con su teatralidad de genio excéntrico; Victoria Kent, firme y lúcida; Juan Ramón Jiménez, siempre a medio camino entre la poesía y la economía doméstica; Antonio Machado, que en una carta de 1922 adjunta un poema y agradece con ironía las cincuenta pesetas que le pagan, como si el dinero fuera una anécdota y no una necesidad.

Hay algo profundamente humano en esos intercambios. Los grandes nombres se vuelven de repente cercanos, casi vulnerables. Hablan de conferencias que no pueden impartir, de colaboraciones periodísticas, de pequeñas miserias económicas, de proyectos que esperan ver la luz. Y en medio de todo eso, Azaña aparece como un eje discreto, un interlocutor constante, alguien que escucha y responde, que teje una red de complicidades intelectuales sin saber que algún día esa red se convertirá en una carga.

A medida que avanzan los años, las cartas cambian de tono. La literatura va cediendo terreno a la política, como si el país mismo obligara a sus escritores a abandonar la metáfora para entrar en la realidad. A partir de 1930, la correspondencia refleja el vértigo de la historia: la llegada de la República, las tensiones internas, las elecciones, las crisis, la guerra. Ya no se trata solo de ideas, sino de decisiones. Ya no se escribe desde la tranquilidad del gabinete, sino desde la urgencia de los acontecimientos.

Y luego llega el silencio del exilio, que no es un silencio completo, sino una forma distinta de hablar. Una de las cartas más conmovedoras es la que envía Santiago Casares Quiroga desde Francia en diciembre de 1939. La guerra civil ha terminado, pero otra guerra acaba de empezar en Europa. Casares describe su vida en Bretaña con una mezcla de melancolía y extraña serenidad: el mar abierto, las rocas, el viento, las gaviotas. Dice que ha recuperado el apetito, que ha engordado, que tiene un aspecto saludable, casi juvenil. Uno no sabe si leer esas líneas como un consuelo o como una forma elegante de ocultar el desarraigo.

Hay en esa carta una imagen que resume todo el libro: un hombre que ha sido varias veces ministro y presidente del Gobierno que vio estallar el golpe de Estado de 1936 que acabó con su carrera, conviviendo con las gaviotas en un rincón del mundo. La historia, que suele presentarse como una sucesión de hechos grandiosos, aparece aquí reducida a su dimensión más íntima: la de quienes la vivieron y la padecieron.

También está la decisión de no marcharse a México, donde tantos exiliados encontraron refugio, sino quedarse en Europa, a las puertas de otra catástrofe. Una decisión que, según cuenta el editor, tuvo que ver con la voluntad de su hija, María Casares, que acabaría convirtiéndose en una gran actriz del cine francés. Es un detalle menor, casi anecdótico, pero introduce una nota de futuro en medio de tanta ruina, como si la vida se empeñara en abrirse camino incluso en las circunstancias más adversas.

El mérito de esta edición no está solo en la selección de las cartas, muchas de ellas inéditas, sino en la capacidad de devolverlas a su contexto sin asfixiarlas con erudición. Cada documento ha sido analizado por especialistas (el propio Cañete edita la carta de Antonio Machado) que aportan claves sin interferir en la lectura, como si supieran que lo importante no es lo que se dice sobre las cartas, sino lo que las cartas dicen por sí mismas.

Detrás de este trabajo hay también una pequeña historia de archivos y rescates: documentos que pasaron de manos privadas a instituciones públicas, que durmieron durante años en carpetas olvidadas y que ahora reaparecen para recordarnos que la memoria no es un lujo, sino una necesidad.

Al cerrar el libro, uno tiene la impresión de haber asistido a una conversación interrumpida. No porque falten palabras, sino porque sabemos cómo termina la historia. Azaña morirá en el exilio, lejos de ese país que intentó comprender y gobernar. Muchos de sus corresponsales correrán una suerte similar o peor. Y sin embargo, en esas cartas no hay solo tragedia. Hay también inteligencia, ironía, afecto, discrepancia. Hay vida.

Quizá por eso este libro importa. Porque nos recuerda que la historia no es una abstracción, sino una suma de voces concretas, de cartas escritas a mano, de pensamientos que buscan a otro pensamiento. Y porque, en medio del ruido contemporáneo, leer esas palabras es como escuchar, por un momento, el latido de un tiempo en el que escribir una carta era una forma de estar y de vivir en el mundo.

EL FALSO BAMBÚ DE JAPÓN Y SU LARGO VIAJE HASTA ALCALÁ DE HENARES

 

En la reciente remodelación de la Plaza de los Cuatro Caños y de la avenida de Guadalajara, se ha plantado con notable profusión el llamado bambú sagrado, Nandina domestica. Es una planta discreta, de esas que no buscan protagonismo inmediato: hojas finas, casi filigranas, tallos esbeltos, florecillas blancas tachonadas de gualda, bayas rojas en invierno. Y, sin embargo, como ocurre con algunas especies bien escogidas, basta seguir el hilo de su nombre para que el paisaje urbano se abra a una historia inesperada, que no tiene tanto que ver con la jardinería como con una pequeña isla artificial en Japón y con uno de los llamados apóstoles de Linneo.

Aquella isla era Dejima, un enclave minúsculo en la bahía de Nagasaki donde, durante el periodo de aislamiento japonés, se concentraba toda la presencia europea. Era poco más que un recinto del tamaño de un campo de fútbol, unido a tierra firme por un estrecho paso vigilado, en el que los funcionarios del shogunato controlaban cada movimiento de los extranjeros. Los europeos —casi exclusivamente empleados de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales— no podían internarse libremente en el país, ni relacionarse sin supervisión con la población local. Japón había decidido cerrar sus fronteras, pero no del todo: Dejima era una rendija, una concesión mínima al comercio y al conocimiento exterior, cuidadosamente contenida.


En ese espacio restringido recaló, en 1775, el botánico sueco Carl Peter Thunberg, uno de los discípulos más notables de Carl Linnaeus, esos “apóstoles” que el maestro enviaba por el mundo para recolectar, describir y nombrar plantas siguiendo el nuevo sistema de nomenclatura binomial. Thunberg llegó a Japón como médico de la compañía neerlandesa, porque no había otra forma de entrar en el país: había que hacerse pasar por holandés. Su vida en Dejima estuvo sujeta a las mismas restricciones que la de cualquier europeo, pero supo aprovechar los márgenes del sistema con una mezcla de tenacidad y oportunismo científico.

La ocasión decisiva llegó cuando logró acompañar a la delegación comercial en uno de sus viajes oficiales hasta la corte del caudillo local, el shogun. No podía apartarse de las rutas establecidas ni explorar libremente el territorio, pero incluso así, recorriendo caminos y márgenes de cultivo, encontró materia suficiente para su trabajo botánico. Fue en esos trayectos donde observó repetidamente un arbusto de aspecto ligero, con pequeñas flores y hojas delicadamente divididas, que los guías japoneses conocían por un nombre derivado del chino: “Nandin”, la “planta del sur”. A su regreso a Europa, Thunberg incorporó esa planta a su obra botánica y formalizó su descripción en latín, adoptando ese mismo nombre para el género: Nandina.

El género Nandina resulta singular por una razón poco frecuente: es monoespecífico. Toda su identidad se concentra en una única especie, Nandina domestica, lo que lo convierte en un linaje aislado dentro de la familia Berberidaceae. El epíteto domestica no alude tanto a una domesticación en sentido agrícola como a su presencia habitual en jardines y entornos habitados en Asia oriental. La etimología completa encierra así un doble origen: por un lado, la adopción de un nombre popular japonés; por otro, la latinización propia de la botánica linneana, que convierte esa voz vernácula en categoría científica.

Nandina domestica: Flores (izquierda y bayas (derecha)

Desde el punto de vista morfológico, Nandina domestica es un arbusto perennifolio o semicaducifolio que puede alcanzar hasta tres metros de altura, aunque en jardinería suele mantenerse más bajo. Presenta un porte erecto, poco ramificado, con tallos lisos que recuerdan superficialmente a los del bambú, una semejanza puramente aparente que explica su nombre común pero no implica parentesco alguno. Sus hojas son uno de sus rasgos más distintivos: grandes, alternas y compuestas, dos o tres veces pinnadas, con foliolos elípticos o lanceolados de margen entero. Este grado de división confiere al follaje una textura ligera, casi aérea, que cambia además de color con la edad y la estación: tonos rojizos en los brotes jóvenes o en el envejecimiento, verdes en la madurez.

La floración se organiza en panículas terminales abiertas, compuestas por numerosas flores pequeñas, hermafroditas, de color blanco o ligeramente rosado. Cada flor presenta varios sépalos dispuestos en espiral y seis pétalos que, tras abrirse, se repliegan hacia atrás, acompañados por seis estambres y un único ovario. Contempladas de una en una no son flores llamativas, pero en conjunto aportan una ligereza acorde con el resto de la planta. Tras la floración se desarrollan los frutos, unas bayas globosas de color rojo brillante, de pocos milímetros de diámetro, que pueden persistir durante meses en la planta y que constituyen uno de sus principales atractivos ornamentales.

Estas bayas, sin embargo, introducen un matiz menos evidente: contienen compuestos como el cianuro de hidrógeno y diversos alcaloides, lo que las hace potencialmente tóxicas para algunos animales livianos, aunque en general no representan un riesgo significativo para los humanos en condiciones normales, salvo que alguien sea tan insensato como para zamparse un kilo. Como en tantas otras plantas ornamentales, la belleza convive con una química defensiva que forma parte de su estrategia evolutiva. Al mismo tiempo, las aves consumen estos frutos sin verse afectadas y actúan como dispersoras de las semillas, asegurando la propagación de la especie.

Nandina domestica: Flores (izquierda y bayas (derecha)

La historia de Nandina domestica es, en definitiva, la de un cruce improbable entre aislamiento y circulación. Por un lado, un país cerrado al exterior, donde los extranjeros apenas podían salir de una isla vigilada; por otro, un botánico que, aprovechando los resquicios del sistema, logró observar, recolectar y nombrar una parte de su flora. Que hoy esta planta crezca con naturalidad en una plaza de Alcalá de Henares es el resultado de esa cadena de acontecimientos: de Dejima, de Thunberg, de la red global de corresponsales de Linneo y de la posterior difusión de especies ornamentales por Europa.

Quizá por eso el bambú sagrado tiene algo de paradoja. Su aspecto ligero, casi doméstico, contrasta con la complejidad de la historia que lleva consigo. No es un bambú, no es especialmente sagrado y, sin embargo, encierra en su nombre y en su presencia la memoria de un mundo en el que conocer una planta implicaba atravesar océanos, negociar permisos y observar con atención los márgenes de los caminos. Hoy basta con plantar un ejemplar en una avenida.

Pero el gesto, aunque parezca sencillo, sigue conectando lugares lejanos: una isla japonesa, un botánico sueco y una plaza castellana donde, sin saberlo, crecen los resultados de aquella expedición.

sábado, 28 de marzo de 2026

UNA ISLA, UN PUENTE Y EL MUNDO: JAPÓN ANTES Y DESPUÉS DE SHŌGUN

 

Vista de Dejima en la bahía de Nagasaki. Biombo por Kawahara Keiga c. 1836

Durante un tiempo, Japón decidió cerrar la puerta. No de golpe ni por capricho, sino tras un periodo de tanteo, de curiosidad y de creciente desconfianza hacia un mundo exterior que llegaba en forma de comerciantes, misioneros y armas de fuego. Ese proceso, que a menudo se resume de manera simplificada como “el aislamiento japonés”, es, en realidad, una historia más matizada, llena de transiciones, tensiones políticas y decisiones estratégicas. Y es precisamente en ese momento de incertidumbre donde se sitúa la acción de la serie Shōgun, una ficción que, con mayor o menor licencia narrativa, recrea el instante en que Japón aún no había decidido del todo si abrirse al mundo o contenerlo.

Para entender ese dilema conviene empezar por una palabra: shōgun. El término designa al “generalísimo”, el jefe militar que, durante largos periodos de la historia japonesa, ejerció el poder efectivo por encima del emperador. El sistema político resultante, el shogunato, no era una monarquía en sentido europeo ni una simple dictadura militar, sino una estructura compleja en la que el emperador conservaba una autoridad simbólica mientras el shōgun gobernaba de facto, apoyado en una red de señores feudales —los daimios— y en una estricta jerarquía social. El más decisivo de estos gobernantes fue Tokugawa Ieyasu, cuya victoria en la batalla de Sekigahara marcó el inicio de un largo periodo de estabilidad política bajo el shogunato Tokugawa.

Pero antes de ese cierre ordenado hubo un tiempo de apertura. A mediados del siglo XVI, Japón entró en contacto con europeos —primero portugueses, luego españoles, más tarde neerlandeses e ingleses— que llegaron atraídos por el comercio y las oportunidades estratégicas en Asia. Trajeron consigo armas de fuego, que los japoneses adoptaron con rapidez, y también el cristianismo, difundido por misioneros como Francisco Javier. Durante varias décadas, la presencia europea fue tolerada e incluso aprovechada por algunos daimios, que veían en esos contactos una vía para reforzar su poder.

Sin embargo, esa relación comenzó a inquietar a las autoridades japonesas. El cristianismo no era solo una religión, sino también una posible vía de influencia política extranjera. Las potencias ibéricas no eran meros socios comerciales: eran imperios que habían colonizado vastos territorios en América y Asia. Japón observaba lo ocurrido en Filipinas y entendía que la evangelización podía ser el preludio de la dominación. A medida que el poder se concentraba en manos de líderes como Tokugawa Ieyasu y sus sucesores, la percepción del riesgo aumentó.

Es en ese punto donde la ficción de Shōgun se vuelve especialmente interesante. El personaje de John Blackthorne, inspirado en el navegante inglés William Adams, encarna ese momento de contacto todavía abierto, en el que un europeo podía integrarse —aunque fuera de forma excepcional— en las estructuras de poder japonesas. La serie muestra un país en tensión, donde las distintas facciones evalúan qué hacer con esos recién llegados: si aprovechar su conocimiento o expulsarlos antes de que sea demasiado tarde.

La decisión final fue progresiva, pero contundente. A lo largo del siglo XVII, el shogunato Tokugawa implantó una serie de medidas que culminaron en el sistema conocido como sakoku, literalmente “país cerrado”. Se prohibió a los japoneses salir al extranjero, se restringió la entrada de extranjeros y se expulsó a los misioneros cristianos. El comercio no desapareció, pero quedó severamente controlado. Japón no se aisló completamente del mundo, pero redujo sus contactos a un mínimo cuidadosamente regulado.

Ese mínimo se materializó en un lugar concreto: Dejima, una pequeña isla artificial en la bahía de Nagasaki que se convirtió en el único punto de contacto oficial entre Japón y Europa. Allí se confinó a los comerciantes extranjeros, principalmente neerlandeses, bajo la supervisión de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales. Dejima no era un puerto abierto ni una colonia, sino un espacio controlado hasta el extremo: un puente la conectaba con tierra firme, y ese puente era, en la práctica, una frontera vigilada.

Los europeos que vivían en Dejima no podían moverse libremente por Japón. Sus actividades estaban reguladas, sus contactos limitados, sus movimientos registrados. Era una presencia tolerada, pero contenida, como si el país hubiera decidido mantener una conversación con el exterior sin permitirle entrar en casa. Y, sin embargo, esa pequeña rendija bastó para que circularan ideas, conocimientos y objetos. A través de los neerlandeses se desarrolló el rangaku, o “estudios holandeses”, que permitió a los japoneses acceder a saberes occidentales en campos como la medicina, la astronomía o la cartografía.

Visto desde hoy, el aislamiento japonés no fue tanto un cierre absoluto como una forma sofisticada de control. Japón seleccionó qué quería del exterior y en qué condiciones. Rechazó la influencia religiosa y política, pero mantuvo el intercambio comercial y científico en una escala que podía gestionar. Fue, en cierto modo, una estrategia de soberanía frente a un mundo en expansión.

La serie Shōgun captura el instante previo a esa decisión, cuando todo estaba aún en juego. En sus intrigas políticas, en sus diálogos tensos, en la mirada recelosa hacia los extranjeros, se percibe el proceso por el cual Japón pasó de la curiosidad al cálculo y del cálculo al cierre. Lo que en la ficción aparece como conflicto dramático fue, en la historia, una transformación profunda del país y de su relación con el mundo.

Quizá por eso la imagen de Dejima resulta tan poderosa. Una isla artificial, construida para contener el contacto, resume mejor que cualquier tratado la lógica del sakoku. No es una muralla que separa por completo, sino un filtro que deja pasar lo necesario y detiene lo demás. Y es también el escenario donde algunos europeos —como el botánico sueco que describió Nandina domestica— lograron, de manera excepcional, asomarse a un país que había decidido observar el mundo desde la distancia.

Entre la apertura inicial y el aislamiento posterior hay, en definitiva, una historia de decisiones políticas tomadas en un momento crítico. Shōgun la dramatiza; la historia la confirma. Y en medio de ambas queda esa imagen persistente: un puente estrecho que conecta una isla con tierra firme, vigilado en ambos extremos, por el que solo pasa lo que Japón, en cada momento, decide dejar pasar.

UN AUSTRALIANO OCULTO EN LA CALLE GIL DE ANDRADE

Oculto en un jardín vecinal entre los números 1 y 3 de la calle Gil de Andrade crece uno de los árboles singulares de Alcalá de Henares. Este árbol australiano merecería un atento cuidado por las autoridades municipales.

Hay árboles que se dejan entender de un vistazo y otros que parecen jugar a despistar. Brachychiton populneus pertenece claramente al segundo grupo. A cierta distancia, su silueta no llama especialmente la atención: copa amplia, tronco recto, un aire funcional, casi anodino. Pero basta acercarse un poco, mirar con algo de paciencia, para descubrir que en ese mismo árbol conviven hojas distintas, como si dos especies hubieran decidido compartir cuerpo. Unas son simples, enteras, de contorno ovalado o lanceolado; otras, en cambio, se abren en lóbulos, a veces tres, a veces cinco, con una geometría que recuerda vagamente a una mano extendida. No es una anomalía ni una rareza puntual, sino una estrategia: dimorfismo foliar, o, en términos más precisos, heterofilia.

Este juego de formas es solo la puerta de entrada a una historia natural más amplia, la del género Brachychiton, un grupo de árboles casi exclusivamente australianos que pertenecen hoy a la familia Malvaceae, aunque durante mucho tiempo ocuparon una familia propia, Sterculiaceae, que compartían con el cacao. Como suele ocurrir con estos cambios taxonómicos, no se trata de una simple reorganización de nombres, sino de una manera distinta de entender los parentescos. Brachychiton se mueve en una zona intermedia, tanto en su clasificación como en su biología: ni plenamente tropical ni estrictamente xerófilo, ni completamente convencional en su forma ni del todo extravagante. Es un género que parece adaptado a la incertidumbre.

El nombre Brachychiton procede del griego: brachys, que significa “corto”, y chiton, “túnica” o “vestidura”. La referencia no está en el porte del árbol ni en sus hojas, sino en algo mucho más discreto: la cubierta de las semillas, envueltas en una especie de arilo o vello que actúa como protección. Es una etimología típica de la botánica clásica, donde lo esencial no siempre coincide con lo visible. En el caso de la especie que nos ocupa, populneus, el epíteto latino significa literalmente “semejante a un álamo”, en alusión a esas hojas simples que, en determinadas fases, recuerdan a las del género Populus. La ironía es que esa semejanza es solo parcial y, sobre todo, inconstante: el propio árbol se encarga de desmentirla produciendo, en otras ramas o en otros momentos, hojas completamente distintas.

El género Brachychiton comprende unas treinta especies, la mayoría endémicas de Australia, con alguna extensión hacia Nueva Guinea. Es un producto claro de la historia evolutiva de ese continente, marcado por un prolongado aislamiento y por condiciones ambientales exigentes: suelos antiguos y pobres en nutrientes, lluvias irregulares, estaciones secas prolongadas y una recurrencia notable de incendios. En ese escenario, los árboles no pueden permitirse estrategias basadas en la abundancia constante; deben, más bien, ser capaces de resistir, almacenar, esperar.

El árbol botella australiano Brachychiton rupestris. Foto

Algunas especies del género lo hacen de manera espectacular. Brachychiton rupestris, por ejemplo, desarrolla troncos abombados que funcionan como auténticos depósitos de agua, lo que le ha valido el nombre común de “árbol botella”. Es una forma de suculencia leñosa, una solución convergente con la de ciertas plantas africanas o americanas, que permite atravesar periodos de sequía almacenando reservas durante las épocas favorables. Otras especies, como Brachychiton acerifolius, optan por una estrategia distinta: una floración explosiva, de un rojo intenso, que transforma el árbol en una llamarada visible desde lejos, atrayendo a aves polinizadoras en momentos clave del año. Entre estos extremos se sitúa Brachychiton populneus, menos espectacular en apariencia, pero extraordinariamente versátil.

Su área de distribución abarca amplias zonas del este y el interior de Australia, donde crece tanto en bosques abiertos como en sabanas arboladas e incluso en paisajes más secos. Esta amplitud ecológica ya sugiere una notable capacidad de adaptación, y es ahí donde el dimorfismo foliar adquiere sentido. Las hojas simples, enteras, suelen aparecer en ramas adultas o en condiciones más estables y secas. Son más coriáceas, con menor superficie relativa, y probablemente más eficientes a la hora de reducir la pérdida de agua por transpiración. Las hojas lobuladas, en cambio, son más frecuentes en brotes juveniles o en periodos de crecimiento activo, cuando el agua no es un recurso tan limitante. Su mayor superficie y su forma recortada pueden facilitar la captación de luz y la disipación del calor, optimizando la fotosíntesis en condiciones favorables.

Este tipo de heterofilia no es exclusivo de Brachychiton populneus, pero en él resulta especialmente evidente y funcional. No se trata solo de una transición entre hojas juveniles y adultas, sino de una respuesta plástica a las condiciones del entorno. El árbol no está “programado” para producir un único tipo de hoja, sino que dispone de un repertorio y lo utiliza según convenga. Es, en cierto modo, una estrategia de flexibilidad: en un clima impredecible, donde las lluvias pueden variar de un año a otro, la capacidad de ajustar la morfología foliar puede marcar la diferencia entre crecer y sobrevivir a duras penas.

Aspectos botánicos de B. populneus. 1: flores. 2: hojas trifoliadas basales. 3: hojas superiores rombiformes; en algunas de ellas se aprecia un vestigio de trifoliación. 4: grupo de frutos. 5: detalle del fruto, un folículo abierto que muestra las semillas en su interior. 5: grupo de semillas con su característica pilosidad basal.

La historia natural de Brachychiton populneus no se agota, sin embargo, en sus adaptaciones fisiológicas. Como ocurre con muchas plantas australianas, su relación con los seres humanos —en este caso, con los pueblos aborígenes— es antigua y significativa. El kurrajong, como se lo conoce comúnmente, ha sido utilizado tradicionalmente por sus semillas, que pueden consumirse tras un procesado adecuado para eliminar sustancias potencialmente tóxicas, y por su corteza fibrosa, útil para fabricar cuerdas y otros utensilios. Incluso sus raíces jóvenes, ricas en agua, han sido empleadas como recurso en situaciones de escasez. Este conjunto de usos subraya una idea recurrente en la historia natural: que las adaptaciones de una especie no solo la insertan en un ecosistema, sino también en una red cultural.

Desde el punto de vista botánico, el género Brachychiton presenta flores relativamente simples, a menudo sin pétalos diferenciados, con un cáliz que asume funciones atractivas. Este rasgo, heredado de la antigua Sterculiaceae, puede interpretarse como una solución menos especializada que la de otros grupos de angiospermas, aunque no por ello menos eficaz. En el caso de Brachychiton populneus, las flores son discretas, de tonos verdosos o crema, sin la espectacularidad de otras especies del género. Es una estrategia coherente con su ecología: no necesita grandes despliegues para atraer polinizadores en entornos donde la competencia floral puede ser menor.

En las últimas décadas, Brachychiton populneus ha salido de Australia y se ha incorporado, con cierta timidez, a la jardinería de regiones mediterráneas y subtropicales. Su resistencia a la sequía, su tolerancia a suelos pobres y su capacidad para soportar condiciones urbanas lo convierten en un candidato interesante para el arbolado de calles y parques. Sin embargo, su aspecto relativamente discreto juega en su contra frente a especies más vistosas. Quizá sea un árbol que exige una mirada más atenta, menos inmediata, para ser apreciado.

Y es ahí donde vuelve a cobrar sentido su dimorfismo foliar. En un mundo donde tendemos a clasificar y simplificar, Brachychiton populneus introduce una pequeña dosis de ambigüedad. Nos obliga a mirar dos veces, a aceptar que una misma entidad puede adoptar formas distintas sin dejar de ser la misma. No es una extravagancia gratuita, sino el reflejo de una estrategia evolutiva afinada durante millones de años en un continente exigente. 

Al final, ese árbol que parece anodino desde lejos resulta ser cualquier cosa menos simple. Bajo su copa conviven soluciones distintas a un mismo problema, decisiones morfológicas que responden a cambios en el clima, en la edad del individuo, en la disponibilidad de recursos. Es, en cierto modo, un recordatorio de que la naturaleza rara vez apuesta por una única respuesta. Y de que, a veces, la mejor manera de sobrevivir no es elegir una forma, sino conservar la capacidad de cambiarlas.