Ponga una moneda sobre la mesa.
Ahora intente recogerla sin utilizar el pulgar. Descubrirá enseguida que una
operación aparentemente trivial se convierte en un ejercicio torpe y
frustrante. Si insiste en el experimento, pruebe después a abotonarse una camisa,
abrir un tarro de mermelada o escribir unas palabras con un bolígrafo. En pocos
minutos llegará a una conclusión inevitable: nunca había apreciado realmente la
importancia de uno de los mayores inventos de la evolución.
Las manos forman parte de nuestra
vida cotidiana hasta el punto de que hemos dejado de verlas. Las utilizamos
miles de veces al día sin prestarles la menor atención. Sin embargo, pocas
estructuras del cuerpo humano encierran una historia evolutiva tan extraordinaria.
En apenas veintisiete huesos, decenas de músculos y un intrincado sistema de
tendones y nervios se esconde el resultado de casi cuatrocientos millones de
años de experimentación biológica.
A primera vista, la mano parece
una herramienta muy simple: una palma y cinco dedos. Pero esa simplicidad es
engañosa. La evolución no construyó cinco dedos iguales, como probablemente
habría hecho un ingeniero empeñado en simplificar el diseño. Fabricó cinco
especialistas, cada uno con una longitud, una movilidad y una función
distintas.
El pulgar es, sin duda, el
protagonista. Gracias a una articulación extraordinariamente móvil puede girar
sobre la palma y enfrentarse a cualquiera de los otros dedos. Los anatomistas
llaman a esa capacidad «oposición», un término poco llamativo que describe una
de las innovaciones más importantes de nuestra historia evolutiva. Sin ella
sería casi imposible sujetar una aguja, escribir con un lápiz, manejar unas
pinzas o recoger la moneda del experimento inicial.
Durante mucho tiempo se creyó que
el pulgar oponible era una característica exclusivamente humana. Hoy sabemos
que no es cierto. Los chimpancés y otros grandes simios también lo poseen. Lo
realmente singular de nuestra especie no es la existencia del pulgar, sino la
combinación entre su extraordinaria movilidad y la longitud relativamente corta
de los demás dedos. Esa combinación permite alternar dos tipos de agarre
completamente distintos: uno muy potente para levantar objetos pesados y otro
extremadamente preciso para manipular objetos diminutos.
Los demás dedos tampoco están ahí
por casualidad. El dedo medio, generalmente el más largo, constituye el
auténtico eje de la mano y distribuye las fuerzas durante la mayoría de los
movimientos. El anular trabaja junto a él cuando necesitamos ejercer potencia.
El índice sacrifica parte de esa fuerza para ganar precisión y libertad de
movimiento, convirtiéndose en el especialista de las tareas delicadas.
Y luego está el meñique,
probablemente el dedo más injustamente tratado del cuerpo humano. Solemos
considerarlo casi un adorno, pero basta inmovilizarlo tras una lesión para
descubrir lo mucho que dependemos de él. Los especialistas en cirugía de la
mano saben que aporta una parte muy importante de la fuerza total de prensión.
Su posición amplía la superficie de contacto con los objetos y evita que muchos
de ellos roten o escapen durante el agarre. Como ocurre tantas veces en
biología, el elemento aparentemente menos importante resulta ser una pieza
esencial del conjunto.
Todo ello podría hacer pensar que
la mano humana constituye una obra perfecta de ingeniería. La realidad es
bastante más interesante. Nuestra mano no es perfecta. Es un compromiso
evolutivo. Debe ser suficientemente fuerte para levantar una maleta, bastante
delicada para enhebrar una aguja, capaz de lanzar una piedra con precisión,
trepar por una cuerda, acariciar un rostro o interpretar un concierto de piano.
Ningún ingeniero diseñaría una herramienta destinada a cumplir con eficacia
tareas tan diferentes. La evolución, en cambio, no tuvo más remedio que
hacerlo.
Para comprender cómo surgió esa
herramienta hay que retroceder unos cuatrocientos millones de años, cuando
nuestros remotos antepasados todavía vivían en el agua. Aquellos vertebrados no
tenían manos, sino aletas. Durante millones de generaciones, la evolución fue
modificando lentamente su estructura hasta convertirlas en extremidades capaces
de sostener el cuerpo sobre tierra firme.
Uno de los fósiles más célebres
de esa transición es Tiktaalik, un pez descubierto en el Ártico canadiense que
conservaba escamas y branquias, pero cuyo esqueleto ya incluía huesos
equivalentes a nuestro húmero, radio y cúbito. No caminaba como un anfibio
moderno, pero tampoco nadaba como un pez corriente. Era uno de esos magníficos
experimentos evolutivos que anuncian un cambio de era.
Todavía más sorprendente fue
descubrir que los primeros vertebrados terrestres no tenían necesariamente
cinco dedos. Algunas especies poseían siete e incluso ocho. Durante mucho
tiempo se creyó que la pentadactilia era una especie de ley de la naturaleza.
Hoy sabemos que no. Los cinco dedos son, en buena medida, un accidente
evolutivo. Una de aquellas líneas tuvo más éxito que las demás y terminó
convirtiéndose en la antepasada común de anfibios, reptiles, aves y mamíferos.
Nosotros conservamos ese diseño porque descendemos de aquellos supervivientes.
Mucho después, los primeros
primates transformaron aquellas primitivas manos en excelentes herramientas
para trepar por los árboles. Sus dedos se hicieron más flexibles, las uñas
sustituyeron a las garras y el pulgar fue ganando independencia respecto a los
demás. Cuando millones de años más tarde aparecieron los primeros
representantes del género Homo, aquella mano arborícola estaba preparada para
iniciar una nueva aventura: fabricar herramientas.
Durante mucho tiempo se pensó que
nuestros antepasados comenzaron a fabricar útiles porque ya poseían una mano
moderna. Hoy muchos investigadores creen que ambas cosas evolucionaron al mismo
tiempo. Las manos ligeramente más precisas permitían construir herramientas un
poco mejores, esas herramientas aumentaban las posibilidades de supervivencia y
la selección natural favorecía a quienes tenían mayor destreza manual. Mano y
cerebro fueron perfeccionándose mutuamente durante cientos de miles de
generaciones.
Pero la evolución solo explica
una parte de la historia. La otra comienza mucho antes del nacimiento. Un
conjunto de genes dirige el crecimiento de los huesos, determina la longitud
relativa de cada dedo y organiza la compleja arquitectura de tendones y articulaciones.
Después, a lo largo de la vida, la práctica termina de modelar el resultado.
Cada vez que aprendemos a escribir, tocar un instrumento o manejar una
herramienta, el cerebro reorganiza sus conexiones nerviosas y convierte
nuestros movimientos en gestos cada vez más precisos.
Quizá esa sea la característica
más extraordinaria de la mano humana. No es únicamente una estructura
anatómica. Es una herramienta que mejora con el uso. Ningún pianista nace
sabiendo interpretar a Chopin ni ningún cirujano llega al mundo preparado para
realizar un trasplante. La combinación de evolución, desarrollo embrionario y
aprendizaje convierte a nuestras manos en uno de los ejemplos más brillantes de
colaboración entre la biología y la experiencia.
Volvamos, para terminar, a la
moneda que dejamos sobre la mesa. Ahora recójala entre el pulgar y el índice.
El gesto apenas dura un segundo y el cerebro lo ejecuta sin esfuerzo
consciente. Sin embargo, detrás de ese movimiento aparentemente insignificante
se esconden cuatrocientos millones de años de historia evolutiva. Cada vez que
estrechamos una mano, escribimos una palabra o levantamos una taza de café,
ponemos en funcionamiento una maquinaria biológica cuya historia comenzó cuando
nuestros antepasados todavía respiraban bajo el agua.
Pocas partes del cuerpo resumen
de forma tan elocuente la historia de la evolución como una mano abierta. La
contemplamos todos los días y, precisamente por eso, hemos dejado de verla.
Quizá merezca la pena detenerse un instante a observarla. Es, literalmente, una
obra maestra que llevamos al final del brazo.

