Si hubiera que confeccionar una
lista de los científicos más extravagantes del siglo XX, Wilhelm Reich ocuparía
sin duda uno de los primeros puestos. Competiría con quienes aseguraban haber
descubierto la Atlántida o inventado máquinas de movimiento perpetuo. La
diferencia era que Reich había comenzado siendo un investigador brillante.
Nacido en 1897, estudió Medicina
en Viena y fue uno de los discípulos más prometedores de Sigmund Freud. Sin
embargo, pronto comenzó a desarrollar ideas cada vez más heterodoxas sobre la
sexualidad. Convencido de que muchas neurosis eran consecuencia de una vida
sexual insatisfactoria, publicó en 1927 La función del orgasmo, obra que marcó
el inicio de su ruptura con el psicoanálisis ortodoxo.
Exiliado primero de los círculos
psicoanalíticos y después de Europa por el ascenso del nazismo, Reich se
instaló en Estados Unidos, donde sus teorías tomaron un rumbo todavía más
sorprendente. Afirmó haber descubierto una misteriosa "energía orgónica"
presente en todos los seres vivos y diseñó un aparato destinado a acumularla:
una sencilla cabina formada por capas alternas de madera y metal en cuyo
interior los pacientes permanecían sentados durante un tiempo determinado.
Según Reich, aquel dispositivo podía aliviar trastornos psicológicos, aumentar
la potencia sexual e incluso combatir el cáncer.
Las autoridades sanitarias
estadounidenses no compartieron semejante entusiasmo. Acusado de fraude y
desacato por seguir comercializando sus acumuladores de orgón, Reich fue
condenado a prisión, donde murió en 1957.
Su extravagante invento habría
caído probablemente en el olvido de no ser porque Woody Allen lo inmortalizó en
Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo (pero nunca se atrevió a
preguntar). Allí aparecía una gigantesca máquina capaz de provocar orgasmos
instantáneos, bautizada con un nombre mucho más memorable que el original: el
orgasmotrón. La historia resulta divertida, pero detrás de ella se escondía una
pregunta extraordinariamente seria:
¿Para qué sirve realmente el
orgasmo?
En el hombre la respuesta parece
evidente. El orgasmo culmina una compleja secuencia de respuestas nerviosas,
hormonales y musculares que termina con la eyaculación. Sin ese mecanismo, los
espermatozoides no alcanzarían el aparato reproductor femenino y la
reproducción sexual sería imposible. Desde el punto de vista evolutivo, su
utilidad parece incuestionable.
Con el orgasmo femenino ocurre
algo muy distinto. Las mujeres ovulan de forma espontánea durante su ciclo
menstrual, independientemente de que mantengan relaciones sexuales. Pueden
quedarse embarazadas sin experimentar orgasmo alguno y tener hijos perfectamente
sanos. Entonces, ¿por qué la selección natural ha conservado durante millones
de años un mecanismo fisiológico tan complejo como el que desencadena un
orgasmo femenino?
Durante siglos nadie se planteó
seriamente esta cuestión porque predominaba una idea equivocada. Desde la
Antigüedad hasta bien entrado el siglo XIX se creyó que el orgasmo femenino era
imprescindible para la concepción. El historiador de la medicina Thomas Laqueur
recuerda que médicos tan influyentes como Galeno sostenían que tanto hombres
como mujeres aportaban durante el clímax una especie de "semilla"
necesaria para formar un nuevo ser.
La fisiología moderna demostró
que aquello era falso. Los estudios de William Masters y Virginia Johnson
confirmaron que el orgasmo femenino no es indispensable para la fecundación.
Además, revelaron un dato anatómico decisivo: el principal órgano responsable
del orgasmo femenino no es la vagina, sino el clítoris, una estructura
extraordinariamente rica en terminaciones nerviosas cuya función conocida es
proporcionar placer.
La cuestión, lejos de resolverse,
se volvió todavía más intrigante. Uno de los primeros en ofrecer una
explicación convincente fue el paleontólogo Stephen Jay Gould. Según él, no
todo cuanto existe en un organismo tiene necesariamente una función adaptativa.
Algunas características aparecen simplemente porque forman parte del mismo
programa de desarrollo embrionario.
El ejemplo clásico son los
pezones masculinos. Los hombres no los necesitan para alimentar a sus hijos,
pero los poseen porque durante las primeras semanas del desarrollo los
embriones masculinos y femeninos siguen exactamente el mismo plan de construcción.
Con el orgasmo femenino podría ocurrir algo parecido. El clítoris y el pene
proceden del mismo tejido embrionario y conservan una organización nerviosa muy
similar. Si el pene produce orgasmos, el clítoris también. El orgasmo femenino
sería así un subproducto del desarrollo, igual que los pezones masculinos.
La hipótesis era sofisticada y
convincente, pero dejaba algunas dudas. El orgasmo femenino implica una
respuesta fisiológica extraordinariamente compleja: aumenta la frecuencia
cardíaca, la presión arterial y la respiración; intervienen numerosas hormonas
y neurotransmisores y se producen intensas contracciones de la musculatura
pélvica. Resultaba difícil aceptar que un mecanismo tan elaborado hubiera
permanecido durante millones de años sin desempeñar ninguna función.
Durante las décadas siguientes
aparecieron diversas explicaciones. Una de las más conocidas fue la propuesta
por Robin Baker y Mark Bellis, quienes sugirieron que las contracciones del
orgasmo favorecerían la retención del semen dentro del aparato reproductor
femenino. La hipótesis alcanzó cierta popularidad en los años noventa, aunque
las pruebas experimentales nunca llegaron a ser concluyentes y hoy se considera
una posibilidad entre varias.
El verdadero cambio de
perspectiva llegó en 2016. Ese año, los biólogos evolutivos Mihaela Pavličev y
Günter P. Wagner publicaron en la revista Journal of Experimental Zoology
un artículo que proponía una explicación completamente distinta. Su objetivo no
era averiguar para qué sirve hoy el orgasmo femenino, sino cuál fue su origen
evolutivo. La clave consistía en mirar más allá de la especie humana.
Las mujeres ovulan
espontáneamente, pero muchas hembras de mamíferos —como las conejas, las gatas,
las huronas, las llamas o los camellos— solo liberan el óvulo después de la
cópula. Son especies de ovulación inducida. En ellas, el apareamiento desencadena
una cascada hormonal que culmina con la ovulación.
Pavličev y Wagner observaron que
esa respuesta neuroendocrina presenta sorprendentes semejanzas con los cambios
fisiológicos que acompañan al orgasmo femenino humano. A partir de esa
comparación propusieron una hipótesis tan sencilla como sugerente: el orgasmo
femenino sería el vestigio evolutivo de aquel antiguo reflejo que en nuestros
antepasados desencadenaba la ovulación. Cuando los primates evolucionaron hacia
una ovulación espontánea, el mecanismo perdió su función original, pero no
desapareció. Permaneció incorporado a la respuesta sexual femenina.
La idea resultaba especialmente
atractiva porque explicaba el origen del orgasmo, algo distinto de las posibles
funciones que pudiera desempeñar en la actualidad, como reforzar el vínculo de
pareja o aumentar el placer asociado a la actividad sexual. Naturalmente, una
hipótesis tan ambiciosa necesitaba ser puesta a prueba.
Tres años después, los mismos
investigadores publicaron en Proceedings of the National Academy of Sciences
un ingenioso experimento utilizando conejas, una especie de ovulación inducida.
Administraron a algunos animales fluoxetina, el principio activo del conocido
antidepresivo Prozac, uno de cuyos efectos secundarios en las personas consiste
precisamente en dificultar el orgasmo.
Si el orgasmo femenino y el
antiguo reflejo ovulatorio compartían mecanismos neuroendocrinos, interferir
con ellos debería afectar también a la ovulación de las conejas. Y eso fue
exactamente lo que observaron. Los animales tratados con fluoxetina presentaron
una reducción significativa de la ovulación inducida por la cópula. El
experimento no demostraba definitivamente la hipótesis, pero proporcionaba el
primer apoyo experimental importante a la idea de que ambos fenómenos podrían
compartir un origen evolutivo común.
Como ocurre con frecuencia en
ciencia, el debate continúa abierto. Otros investigadores han señalado que
todavía existen aspectos por aclarar y que ninguna explicación resuelve por
completo un fenómeno tan complejo. Pero precisamente ahí reside el interés de
esta historia: en mostrar cómo avanza la ciencia. Las hipótesis no se aceptan
porque resulten ingeniosas, sino porque sobreviven a los intentos de
refutarlas.
Quizá nunca lleguemos a conocer
toda la historia del orgasmo femenino. La evolución no deja manuales de
instrucciones y los biólogos deben reconstruir el pasado a partir de
comparaciones anatómicas, estudios fisiológicos y experimentos cuidadosamente
diseñados. Lo verdaderamente fascinante es que una pregunta que comenzó entre
las extravagancias de Wilhelm Reich y terminó inspirando una de las escenas más
divertidas de Woody Allen haya acabado convirtiéndose en un problema central de
la biología evolutiva.
Reich estaba completamente
equivocado acerca de la energía orgónica y de sus supuestos acumuladores. Pero
acertó, sin proponérselo, al llamar la atención sobre un fenómeno cuya
complejidad seguimos intentando comprender.
Tal vez esa sea la mejor lección de esta historia. Incluso una idea disparatada puede contener una buena pregunta. Y, en ciencia, las buenas preguntas suelen ser mucho más valiosas que las respuestas precipitadas.
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Este artículo es una actualización de otro titulado "Orgasmotrón", que publiqué el 30 de abril de 2011.

