| Epipedobates tricolor. Dominio público a través de Wikipedia |
Hay historias que parecen
concebidas por un novelista británico con debilidad por los detalles
improbables. Un opositor ruso muere en una prisión ártica y, meses después, algunos gobiernos europeos sostienen que en su organismo apareció una toxina procedente
de una pequeña rana tropical sudamericana. No un agente nervioso de laboratorio
con nombre impronunciable y pedigrí de Guerra Fría, sino una molécula
descubierta en la piel brillante de un anfibio ecuatoriano. El protagonista
humano es Alexéi Navalni; la sustancia, la epibatidina; el escenario final, una
colonia penal en el hielo siberiano. Si la geografía tuviera sentido del humor,
probablemente habría intentado algo menos exagerado.
Navalni ya había sobrevivido en
2020 a un envenenamiento con un agente del grupo Novichok, en un capítulo que
parecía pertenecer al manual clásico del espionaje químico. Esta vez, sin
embargo, la acusación difundida por varios gobiernos europeos introduce un
elemento más desconcertante: la detección de epibatidina en análisis
toxicológicos posteriores a su muerte. Su viuda, Yulia Navalnaya, ha respaldado
públicamente estas conclusiones y pedido una investigación internacional
exhaustiva. Rusia rechaza las acusaciones. La diplomacia se tensa. Y, mientras
tanto, conviene mirar con calma a la auténtica protagonista microscópica.
La epibatidina fue aislada en
1992 a partir de la piel de la Epipedobates tricolor, una rana pequeña,
de colores vivos, que habita en Ecuador. Su descubrimiento se produjo en el
marco de investigaciones impulsadas por los National Institutes of Health, en
los cuales los científicos llevaban tiempo examinando las secreciones cutáneas
de las ranas venenosas neotropicales. Estas especies, popularmente conocidas
como ranas dardo, habían intrigado a la comunidad científica por una razón
sencilla: las comunidades indígenas del Chocó y otras regiones amazónicas
impregnaban con su veneno las puntas de las cerbatanas. Si algo puede derribar
a un mono a decenas de metros, probablemente tenga interés farmacológico.
Y lo tenía. La epibatidina
resultó ser un analgésico extraordinariamente potente. En modelos animales,
superaba con creces a la morfina —hasta doscientas veces más potente en ciertos
ensayos— y lo hacía sin actuar sobre los receptores opioides clásicos. En plena
preocupación por la dependencia asociada a los opiáceos, aquello sonaba a
revolución terapéutica. Un analgésico no opioide, potente y potencialmente
libre de adicción. Las revistas científicas se animaron. Los laboratorios
empezaron a diseñar análogos. Durante un tiempo, la pequeña rana ecuatoriana
parecía destinada a aliviar el dolor humano a escala planetaria.
La euforia duró poco. La
epibatidina no sólo era potente; era peligrosamente indiscriminada. Su
mecanismo de acción explica tanto su atractivo como su letalidad. La molécula
se une con gran afinidad a los receptores nicotínicos de acetilcolina, que
están distribuidos por todo el sistema nervioso central y periférico, en la
unión neuromuscular y en el sistema nervioso autónomo. Dicho sin rodeos: actúa
sobre interruptores eléctricos fundamentales para el control del movimiento, la
respiración y el ritmo cardíaco.
Al unirse a estos receptores, la
epibatidina los activa de manera intensa y prolongada. La primera fase puede
incluir hipertensión, taquicardia, sudoración, náuseas y vómitos. Luego
sobreviene el caos: convulsiones, parálisis muscular, arritmias graves, depresión
respiratoria. La línea que separa la analgesia experimental del colapso
fisiológico es extremadamente fina. Hablamos de microgramos. No miligramos, no
gotas visibles: microgramos. La diferencia entre una dosis “interesante” y una
dosis potencialmente mortal puede ser mínima. No existe un antídoto específico.
El tratamiento, si se llega a tiempo, consiste en ventilación mecánica, control
de arritmias y soporte vital intensivo.
Este perfil toxicológico hizo que
la epibatidina, pese a su brillo científico inicial, quedara descartada como
fármaco. Se desarrollaron derivados menos tóxicos, pero ninguno alcanzó el
equilibrio deseado entre eficacia y seguridad. La molécula original pasó a
ocupar un lugar curioso en los manuales: ejemplo perfecto de cómo la naturaleza
puede producir compuestos de enorme potencia que resultan, para el uso humano,
demasiado peligrosos.
E. tricolor comparada con una moneda de medio euro. Wikipedia.
Aquí es donde la biología se
cruza con la política. Las ranas venenosas no fabrican necesariamente estos
alcaloides desde cero. En muchos casos, los acumulan a partir de su dieta,
especialmente de ciertos insectos. En cautividad, al cambiar su alimentación,
pierden buena parte de su toxicidad. Son, en cierto modo, intermediarias
químicas de la selva. Que una molécula asociada a este delicado equilibrio
ecológico aparezca en un caso de presunto envenenamiento político resulta, como
mínimo, simbólicamente perturbador.
Desde el punto de vista técnico,
la epibatidina puede sintetizarse en laboratorio; no es necesario capturar
ranas en la Amazonía. Pero no es un compuesto industrial de uso común ni forma
parte de los arsenales químicos clásicos. Su detección en un organismo humano
sería, en principio, extraordinaria. No es algo que se encuentre por accidente
en el agua potable ni en un medicamento mal etiquetado. Su mera presencia
obliga a formular preguntas.
En
mi blog he escrito en alguna ocasión sobre estas ranas y sobre la mezcla
casi literaria de inocencia cromática y potencia letal que encarnan. Son
pequeñas, brillantes, casi decorativas. Parecen diseñadas por un ilustrador
infantil con predilección por los colores saturados. Y, sin embargo, su piel
puede albergar sustancias capaces de alterar de forma radical la fisiología
humana. En el siglo XIX, algunos ilusionistas europeos incluían ranas en sus
espectáculos, tragándolas ante el público como demostración de audacia. Con
especies locales no había mayor peligro. Con una rana dardo sudamericana, el
número habría adquirido un dramatismo involuntario.
Una rana que cabe en la palma de
la mano, una molécula que pesa microgramos, un laboratorio en Maryland que
celebra un hallazgo prometedor, y décadas después un debate diplomático entre
potencias europeas. La biología rara vez se limita a los márgenes exóticos de
los documentales; a veces irrumpe en los titulares internacionales.
Más allá de sus implicaciones
políticas y jurídicas, el caso de Navalni nos recuerda también la doble cara de
la investigación biomédica. La exploración de la biodiversidad ha proporcionado
antibióticos, antitumorales y analgésicos. Pero ese mismo arsenal químico
natural puede convertirse en herramienta de daño si se desvía de su contexto
original. La selva no distingue entre farmacología y toxicología; esa
distinción la imponemos nosotros.
Que el veneno de una rana
ecuatoriana termine vinculado a una muerte en el Ártico ruso es, en términos
geográficos, una enorme ironía. Del calor húmedo de los bosques tropicales al
frío extremo de una colonia penal. De los insectos que alimentan a un anfibio
diminuto a los laboratorios capaces de sintetizar su alcaloide. El trayecto es
improbable, pero no imposible.
Al final, la historia encierra
una lección inquietante. La naturaleza no produce sustancias “malvadas”;
produce moléculas eficaces. Somos nosotros quienes decidimos cómo utilizarlas.
La epibatidina nació como promesa analgésica, fue descartada por su
peligrosidad y hoy reaparece en un contexto que mezcla ciencia, diplomacia y
tragedia. Y todo ello gracias a una rana de colores brillantes que, en su
entorno natural, sólo pretendía evitar que alguien la mordiera.
La próxima vez que vea una
fotografía de una rana tropical y piense que es poco más que un adorno
viviente, recuerde que en su piel puede esconderse una química capaz de detener
un corazón humano. Y que, en ocasiones, la distancia entre la selva y la política
internacional es mucho más corta de lo que imaginamos.
