| Huernia x mccoyi |
Vivir en los grandes desiertos
del sur de África —el Namib y el Kalahari— no parece una actividad
especialmente recomendable para una planta. Allí los inviernos pueden ser más
fríos que en muchas regiones europeas, las heladas aparecen con sorprendente
frecuencia y la lluvia tiene una costumbre desconcertante: desaparecer durante
meses, a veces durante años. Sin embargo, precisamente en esos paisajes donde
uno esperaría encontrar poco más que piedras y resignación prospera una de las
colecciones botánicas más extravagantes del planeta.
Entre esas rarezas destacan unas
plantas sudafricanas de la antigua familia de las asclepiadáceas, unas criaturas
tan extrañas que parecen diseñadas por un comité de biólogos con sentido del
humor. Son plantas suculentas, es decir, organismos que han decidido resolver
el problema de la sequía convirtiéndose en depósitos vivientes de agua.
La idea es bastante simple: si no
puedes confiar en que llueva, conviértete en un bidón. Los cactus
americanos hicieron eso con gran éxito. Algunas euforbias
africanas y canarias copiaron el diseño hasta el punto de parecer cactus
disfrazados. Y entre las asclepiadáceas, géneros
como Stapelia, Huernia u Orbea, llevaron el concepto
un paso más allá: almacenaron agua, eliminaron casi por completo las hojas y
transformaron sus tallos en unas estructuras gruesas y carnosas capaces de
sobrevivir meses enteros bajo un sol capaz de freír lagartijas.
Las hojas, en realidad, son un
lujo peligroso en un desierto. Pierden agua con una alegría suicida. Por eso
estas plantas prescindieron de ellas y delegaron la fotosíntesis en los tallos.
Son tallos rechonchos, angulosos, a veces cubiertos de pequeños dientes,
rellenos de un tejido esponjoso que funciona como una reserva hidráulica.
Además, las suculentas están
admirablemente impermeabilizadas. Su epidermis posee una gruesa capa cérea —la
cutícula— que les da ese aspecto grisáceo o verde azulado tan elegante. Vistas
de cerca parecen muebles recién barnizados. El problema es que esa “pintura
impermeable” también dificulta el intercambio de gases. Las plantas necesitan
absorber dióxido de carbono y expulsar oxígeno, y para hacerlo utilizan unos
diminutos poros llamados estomas.
Abrir los estomas durante el día,
en pleno desierto, equivaldría a salir a correr con abrigo de lana en agosto.
Así que estas plantas desarrollaron una estrategia ingeniosa: abren sus estomas
solo de noche, cuando el aire es más fresco y húmedo y la pérdida de agua
resulta mucho menor. Mientras la mayoría de las plantas duermen, las suculentas
hacen vida nocturna.
Pero sobrevivir no basta. Una
planta puede ser un prodigio de ingeniería hidráulica y aun así fracasar
miserablemente si no logra reproducirse. Y aquí es donde las asclepiadáceas
dejan de ser simplemente admirables para convertirse en algo francamente
delirante.
Cada primavera austral, tras las
primeras lluvias, amplias zonas de Sudáfrica explotan en una orgía floral de
dimensiones bíblicas. El paisaje árido se cubre de millones de flores de todos
los colores imaginables. Para un insecto polinizador aquello debe parecer una
mezcla entre Las Vegas y un bufé libre. El problema es que, cuando todas las
plantas florecen al mismo tiempo, destacar se vuelve difícil.
Así que las asclepiadáceas
tomaron una decisión radical: renunciaron
a competir por la belleza y optaron por el mal olor. Sus flores no intentan
atraer mariposas delicadas ni abejas refinadas. Ellas apuntan directamente a
las moscas carroñeras, esos insectos de gustos culinarios bastante
cuestionables. Para seducirlas producen flores que parecen trozos de carne en
descomposición. Algunas presentan colores púrpuras y amarillentos, superficies
verrugosas y una textura sospechosamente carnosa. Pero el detalle definitivo es
el olor: un hedor intenso a cadáver putrefacto.
La flor no solo parece un animal
muerto. Huele exactamente como uno. Las moscas llegan encantadas, convencidas
de haber encontrado el lugar ideal para depositar sus huevos. Se pasean sobre
la flor explorando aquella prometedora montaña de podredumbre… y mientras tanto
hacen exactamente lo que la planta espera de ellas: transportar polen.
Naturalmente, las moscas salen
perdiendo. Cuando las larvas nacen descubren que aquello no es un cadáver sino
una flor tramposa sin una sola molécula comestible. Pero la evolución, que
suele ser despiadada, considera eso un problema secundario.
Las flores de estas plantas son
obras maestras de complejidad mecánica. En la mayoría de las flores el polen es
un polvo suelto que se desprende fácilmente. Las asclepiadáceas, en cambio,
empaquetan el polen en pequeñas bolsas llamadas polinias, un sistema tan
sofisticado que solo comparten con las orquídeas. El procedimiento recuerda a
una trampa medieval.
Mientras las moscas caminan sobre
la flor, una pata —o incluso la trompa— puede deslizarse accidentalmente por
una estrecha ranura. Entonces el insecto intenta liberarse tirando hacia arriba
y, sin saberlo, extrae el polinario, un complejo aparato formado por dos
polinias unidas a una especie de pinza central. A partir de ese momento la
mosca vuela de flor en flor cargando pequeños paquetes de polen colgando de las
patas como si fueran adornos navideños grotescos.
Una de las especies más
llamativas es Orbea variegata, conocida como “flor estrella”. Crece en
la árida costa sudafricana y produce flores de hasta ocho centímetros,
amarillentas y cubiertas de manchas granates, con un aspecto tan sospechoso que
uno siente el impulso de comprobar si algo murió cerca. Los tallos apenas se
elevan unos centímetros del suelo, pero las flores resultan imposibles de
ignorar. Especialmente para las moscas.
La historia no termina ahí. El
polinario que transporta el insecto cambia de posición mientras se seca,
girando lentamente hasta colocarse en el ángulo perfecto para encajar en otra
flor. El mecanismo funciona literalmente como una llave entrando en una cerradura.
Cuando finalmente la polinia encuentra la ranura adecuada, queda atrapada
dentro de la cámara estigmática y comienza la fecundación.
Todo este proceso —el olor a cadáver, las moscas engañadas, las trampas mecánicas y las piezas giratorias— ocurre silenciosamente a ras de suelo en algunos de los ambientes más hostiles de la Tierra. Y quizá eso sea lo más extraordinario de todo. Porque cuando uno piensa en la evolución suele imaginar algo solemne y elegante. Pero basta observar una humilde Stapelia apestando bajo el sol africano para comprender que la naturaleza también posee un sentido del humor bastante retorcido.






