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domingo, 25 de octubre de 2026

BÁLSAMO DEL TIGRE: UNA SELVA EN EL BOTIQUÍN

 

Después de descubrir que mi espuma de Crackdol contenía un pequeño jardín botánico, unos amigos me hablaron del bálsamo del tigre. El nombre supone una mejora considerable en el departamento de intimidación: donde otros productos ofrecen alivio, este moviliza a un gran depredador. Uno imagina que cualquier contractura, al enterarse, considerará seriamente retirarse. Sin embargo, basta leer la composición para comprobar que el felino tiene una participación estrictamente publicitaria. Dentro hay mentol, alcanfor, aceites de plantas aromáticas y una base untuosa que permite extender el conjunto sin convertir el cuarto de baño en una destilería.

El tigre puede respirar tranquilo: el fabricante confirma que el producto no contiene ingredientes animales. Su nombre procede de Aw Boon Haw, uno de los empresarios que lo popularizaron, cuyo nombre se traduce como «tigre gentil». Resulta una elección comercial afortunada. «Bálsamo del empresario gentil» habría tenido dificultades para conquistar las farmacias. El animal aporta fuerza, velocidad y exotismo; las plantas se ocupan de la química.

Aunque solemos describirlo como un antiguo ungüento chino, su biografía comercial es más viajera. Según la historia de la compañía, sus antecedentes se encuentran en la botica que Aw Chu Kin, un practicante de medicina china, se estableció en Rangún, en la actual Myanmar, durante el siglo XIX. Sus hijos desarrollaron el negocio, lanzaron la marca Tiger Balm en 1909 y trasladaron su expansión a Singapur en 1926. Hay, por tanto, tradición china, una botica birmana y una formidable iniciativa empresarial. La evocación de recetas imperiales pertenece al relato de la marca; la trayectoria moderna tiene nombres, fechas y fábricas.

La caja que tengo delante corresponde al ungüento rojo. Su lista empieza con Petrolatum y Synthetic Wax: vaselina y cera sintética. El jardín oriental se asienta, por tanto, sobre una infraestructura industrial perfectamente contemporánea. La vaselina proporciona una base grasa y la cera contribuye a darle consistencia. Gracias a ellas, los componentes aromáticos pueden repartirse sobre la piel y permanecer allí. Son ingredientes poco adecuados para decorar un cartel con montañas y pagodas, pero muy útiles para impedir que el remedio se comporte como un perfume derramado.

A continuación aparece el mentol, un viejo conocido de quienes hemos experimentado el prodigio de beber agua después de un caramelo de menta. El agua sigue a la misma temperatura, pero parece recién extraída de un fiordo. La explicación está en TRPM8, una proteína de las neuronas sensoriales que funciona como canal iónico y responde al frío. El mentol también puede activarla: modifica la actividad de esas terminaciones y desencadena una señal de frescor sin necesidad de enfriar el tejido en la misma medida que sugeriría la sensación. Hemos aplicado una molécula; el sistema nervioso informa de un cambio meteorológico.

La etiqueta incluye asimismo aceite de Mentha arvensis, una menta de la familia de las lamiáceas. Conviene distinguir la planta, su aceite esencial y el mentol: el aceite es una mezcla de sustancias, mientras que el mentol es una molécula concreta que puede incorporarse por separado. Enumerar ambos no equivale a mencionar dos veces exactamente lo mismo. Tampoco permite averiguar de dónde procede el mentol añadido: su nombre químico no lleva incorporado un certificado de nacimiento vegetal.

El alcanfor introduce otro aroma inconfundible. Su fuente vegetal clásica es el alcanforero, Cinnamomum camphora, un árbol asiático de las lauráceas, la misma familia del laurel. Sin embargo, también puede obtenerse industrialmente, y la palabra Camphor impresa en esta caja no resuelve su procedencia. Su interés va más allá del olor: en experimentos con células y neuronas se ha observado que actúa sobre canales sensoriales como TRPV1, relacionado con el calor doloroso y con la respuesta a la capsaicina de las guindillas. Puede activarlo y después reducir su respuesta mediante desensibilización. Es una interacción farmacológica real, aunque un experimento celular no nos diga cuánto contribuye al alivio de una rodilla humana.

El resultado de combinar estas sustancias puede ser una sucesión de frescor, calor y hormigueo. Los preparados de este tipo se describen como contrairritantes: generan estímulos cutáneos capaces de modificar la percepción del dolor. El término suena a discusión entre vecinos, pero tiene un significado farmacológico preciso. Mentol y alcanfor figuran entre los ingredientes contemplados por la normativa estadounidense para determinados analgésicos externos, dentro de concentraciones establecidas. Eso respalda su uso como sustancias activas; no demuestra automáticamente la eficacia de cualquier mezcla que los contenga.

La expedición botánica continúa con el aceite de cajeput, identificado en el envase mediante la aparatosa denominación Melaleuca Leucadendron Cajuputi Oil. Los nombres de ingredientes conservan a veces nomenclaturas que harían suspirar a un taxónomo. El cajeput se asocia a melaleucas como Melaleuca cajuputi, árboles de las mirtáceas emparentados con los eucaliptos. Tampoco conviene confundir su aceite con el llamado aceite del árbol del té: compartir género o familia no convierte dos extractos en productos intercambiables. En este tarro, el cajeput forma parte de la mezcla aromática característica que declara el fabricante.

Después llega la casia, Cinnamomum cassia, pariente del alcanforero y fuente de una de las especias comercializadas como canela. Su aceite contribuye al olor y al color característicos del bálsamo rojo. La distinción entre rojo y blanco tiene así una explicación bastante más concreta que una supuesta diferencia de temperamento entre tigres. El fabricante atribuye a la incorporación del aceite de casia la tonalidad de esta variedad y advierte de su capacidad para manchar la ropa. La botánica aplicada también tiene consecuencias para la colada.

En la lista aparece además Cinnamal, el cinamaldehído, una de las moléculas responsables del aroma de la canela. Actúa sobre TRPA1, otro canal sensorial que responde a diversas sustancias irritantes. La cocina y el botiquín comparten más protagonistas de los que parece: algunas moléculas que hacen interesante una especia también pueden estimular terminaciones nerviosas. La experiencia depende de la dosis, la mezcla y el lugar de aplicación. Que una sustancia perfume un arroz con leche no significa que la piel la reciba siempre con entusiasmo.

Las plantas más significactivas que forman parte del bálsamo de tigre. 1, Cinnamomum camphora; 2, Mentha aquatica; 3, Melaleuca cajuputi; 4, Syzigium aromaticum; 5, Cinnamomum cassia.

El aceite de Eugenia caryophyllus aporta el clavo de olor. Bajo ese nombre figura el árbol conocido actualmente como Syzygium aromaticum, otra mirtácea. Los clavos de cocina son sus botones florales secos: pequeñas flores detenidas antes de abrirse y convertidas en especia. Su aceite es rico en eugenol, una sustancia de larga relación con la odontología. En experimentos se ha comprobado que el eugenol modifica la actividad de canales sensoriales, entre ellos TRPA1. Esa actividad ayuda a comprender su interés, pero no autoriza a imaginar que atraviesa la piel para anestesiar selectivamente un músculo sobrecargado.

La segunda mitad de la etiqueta parece el reparto de una película química: limoneno, pineno, terpineol, cariofileno, cumarina, carvona, eugenol, acetato de eugenilo y varios nombres más. No debemos interpretar cada uno como una planta adicional ni como una dosis terapéutica independiente. Los aceites esenciales son mezclas complejas y parte de esas moléculas puede llegar formando parte de ellos. La lista, por sí sola, no aclara cuáles se han añadido separadamente ni cuánto hay de cada una. El salicilato de metilo también figura, pero sin porcentaje sería aventurado atribuirle un papel analgésico importante. El BHT, por su parte, es un antioxidante que ayuda a proteger la fórmula del deterioro: también los aromas necesitan mantenimiento.

¿Alivia el bálsamo del tigre? Puede proporcionar alivio temporal de dolores musculares leves, que es precisamente el uso declarado para el ungüento rojo en su presentación británica. La combinación tiene una explicación sensorial plausible, pero esta etiqueta no aporta concentraciones ni permite repartir el mérito entre sus componentes. Sentir calor tampoco demuestra que el músculo se haya calentado en profundidad, que una inflamación esté desapareciendo o que un tendón se repare más deprisa. Una tregua en las molestias puede ser útil sin convertirse por ello en una reparación del tejido.

La misma química que estimula la piel puede irritarla. Debe respetarse el etiquetado de la presentación concreta, evitar ojos, mucosas y piel lesionada, y lavarse las manos después de aplicarlo. Tampoco conviene añadir una manta eléctrica o cubrir la zona con vendajes apretados para «potenciar» el efecto: se han comunicado quemaduras con analgésicos tópicos de este tipo. Una sensación moderada de calor o frescor forma parte de su funcionamiento; dolor intenso, ampollas o irritación importante son motivos para suspenderlo. La antigüedad de una receta no vuelve impermeable la epidermis.

Lo más interesante del tarro acaba siendo su reunión de mundos. Una menta, árboles aromáticos de Asia, botones florales que también sazonan guisos y una base de vaselina terminan participando en nuestra relación con el dolor. Las plantas produjeron su química durante una historia evolutiva en la que nuestras sobrecargas musculares no figuraban entre las prioridades. Nosotros aprendimos a extraerla, formularla y venderla en pequeños envases. El tigre, entretanto, ocupa la caja con una expresión de autoridad impecable: lleva más de un siglo cobrando en prestigio por un trabajo que hacen las moléculas.

ANTES DE PLANTAR UN GIRASOL, CONSULTE CON EL PÉNDULO

 

Hasta hace unos días creía que para cultivar un girasol hacían falta una semilla, tierra, agua y cierta disposición a aceptar que los pájaros se quedaran con el resultado. Era una visión ingenua de la agricultura. Una fotografía que circula por las redes sociales me ha revelado que, antes de sembrar, conviene realizar una inspección del tráfico de energías invisibles que atraviesa la parcela. Al parecer, uno puede abonar correctamente, regar con sensatez y elegir una exposición soleada, pero como coloque la semilla en una intersección cósmica, el girasol acabará pagando las consecuencias de una decisión urbanística que nadie le consultó.

La fotografía muestra dos capítulos de girasol sobre la hierba. El de la izquierda es aproximadamente circular y tiene ese aspecto ordenado que permite a las empresas de semillas seguir en el negocio. El de la derecha presenta una deformación considerable. Hasta ahí llega la información que proporciona la imagen. El texto que la acompaña, sin embargo, ha completado ya la investigación, descartado las explicaciones botánicas y localizado al culpable: el segundo girasol creció sobre una «geopatía», concretamente en un cruce de líneas de Hartmann y Curry. Para evitar semejante desgracia recomienda explorar el terreno con varillas de cobre o con un péndulo de cuarzo. Yo habría empezado examinando la planta, pero reconozco que el cuarzo proporciona una entrada en escena mucho más distinguida.

Las líneas de Hartmann y Curry son unas supuestas redes que recorrerían la Tierra y cuyos cruces resultarían perjudiciales para los seres vivos. Sus defensores les atribuyen una capacidad notable para intervenir en nuestra existencia sin dejarse identificar de manera fiable mediante mediciones físicas reproducibles. Esto constituye una ventaja extraordinaria. Un hongo puede acabar retratado al microscopio, una carencia de hierro puede ponerse de manifiesto mediante un análisis y un suelo encharcado tiene la vulgaridad de estar mojado. Las energías perjudiciales, en cambio, conservan una discreción que ya quisieran muchos delincuentes.

Conviene aclarar que la Tierra posee campos y fenómenos físicos perfectamente reales. Tiene campo magnético, radiactividad natural y procesos eléctricos que pueden estudiarse con instrumentos. La dificultad comienza cuando alguien toma prestado ese vocabulario para presentar unas redes cuya existencia no ha sido demostrada con pruebas sólidas y reproducibles. «Energía» es una palabra especialmente afortunada: en física exige definiciones, unidades y cálculos; en ciertos anuncios puede atravesar una vivienda, bloquear un chakra y estropear una lechuga sin necesidad de concretar nada. Es una cantidad considerable de trabajo para un sustantivo.

Para localizar esasinfluencias se recurre a la radiestesia, práctica iniciática y esotérica que permite sostener unas varillas o un péndulo y obtener respuestas de sus movimientos. Y los movimientos existen, desde luego. Lo que no se ha demostrado es que constituyan un sistema fiable para detectar aquello que se busca. Pequeños movimientos involuntarios de las manos pueden amplificarse y desplazar el instrumento: es el llamado efecto ideomotor. No hace falta que quien sostiene las varillas intente engañar a nadie. Puede estar completamente convencido de lo que observa. Nuestro organismo es capaz de producir una respuesta y nuestra mente de recibirla como si acabara de llegar del subsuelo.

Este detalle resulta menos espectacular que una corriente telúrica, pero tiene una virtud considerable: permite comprender por qué el instrumento parece responder a las expectativas de su propietario. Si uno sospecha que bajo el dormitorio pasa algo perjudicial, puede acabar viendo cómo las varillas confirman sus temores. Es una atención al cliente exquisita. Los análisis de laboratorio, por desgracia, carecen de esa delicadeza y a menudo entregan resultados que contradicen lo que habíamos decidido de antemano.

Volvamos al girasol, que lleva varios párrafos esperando a que alguien se interese por su anatomía. Lo que solemos llamar su flor es en realidad una inflorescencia, un capítulo formado por numerosas flores pequeñas, dispuestas sobre un receptáculo común. La organización de ese conjunto depende del desarrollo de tejidos de crecimiento que, como cualquier otro sistema biológico, pueden presentar alteraciones. Una de ellas es la fasciación, capaz de producir tallos aplanados o ensanchados e inflorescencias con formas extrañas. La botánica conoce desde hace mucho estas extravagancias, aunque ha cometido el error publicitario de darles nombres que no prometen armonizar el comedor.

El ejemplar de la fotografía presenta una deformación compatible con una alteración de ese tipo. Compatible, conviene subrayarlo: una imagen aislada no permite confirmar el diagnóstico ni identificar su causa. Las fasciaciones pueden relacionarse con factores genéticos, lesiones de los tejidos de crecimiento o determinados agentes infecciosos, entre otras posibilidades. Para averiguar qué ocurrió habría que examinar el ejemplar y conocer sus condiciones de cultivo. Es un procedimiento algo más laborioso que señalar una intersección invisible, pero ofrece la posibilidad de aprender algo sobre el girasol.

La naturaleza produce irregularidades con una despreocupación admirable. Hace flores con piezas de más, tallos retorcidos y frutos que parecen haber sido diseñados durante una discusión. Quienes trabajamos con plantas sabemos que la simetría es una tendencia, no una obligación contractual. Sin embargo, basta con que aparezca una estructura especialmente rara para que alguien descubra una conspiración bajo sus raíces. La planta puede llevar semanas desarrollándose de manera anómala; la explicación sobrenatural llega en un instante y ya viene redactada para compartirla.

El mensaje añade que las plantas cultivadas en esos cruces pueden enfermar y «contaminar a las demás». Aquí el girasol pasa de víctima de una mala ubicación a amenaza para el vecindario. Una malformación, sin embargo, no equivale por sí misma a una enfermedad transmisible. Para hablar de contagio habría que identificar un agente capaz de propagarse. Algunas alteraciones del crecimiento pueden tener causas infecciosas; otras, no. Esa distinción exige investigar, una actividad que las explicaciones universales procuran ahorrarnos.

La fotografía tampoco cuenta cuántas plantas había, si ambas pertenecían a la misma variedad, dónde crecieron ni qué trato recibieron. No sabemos si se seleccionaron dos ejemplares entre cientos precisamente porque ofrecían el contraste deseado. Con dos girasoles y libertad para inventar sus antecedentes podríamos demostrar casi cualquier cosa: los efectos de la música barroca, las consecuencias de discutir cerca del semillero o la superioridad agronómica de felicitar a las plantas por su cumpleaños. La imagen seguiría siendo la misma. Solo tendríamos que cambiar el pie de foto.

Comprobar la afirmación requeriría un experimento bastante comprensible. Primero, quienes aseguran detectar las líneas tendrían que marcar su posición sin conocer los resultados de otros observadores. Después habría que cultivar suficientes plantas en las zonas señaladas y en zonas de comparación, controlar las condiciones relevantes y evaluar los resultados sin que quien los juzga supiera dónde había crecido cada ejemplar. Si el efecto existe y es tan importante como se anuncia, debería aparecer de forma consistente. Las energías podrían seguir siendo invisibles; sus consecuencias tendrían que dejarse contar.

Entretanto, para plantar un árbol continúa siendo útil estudiar el suelo, el drenaje, la disponibilidad de agua y el espacio que necesitarán sus raíces y su copa. Son asuntos modestos que rara vez provocan entusiasmo en las redes, pero tienen la ventaja de afectar al árbol. Si el péndulo se mueve, quizá nos esté ofreciendo una interesante demostración sobre nuestros músculos y nuestras expectativas. Antes de atribuirle información sobre el terreno convendría pedirle que superase una prueba en la que nadie pudiera indicarle, siquiera involuntariamente, la respuesta.

Lo más irónico de toda esta historia es que el girasol deforme sí merece nuestra curiosidad. Examinar cómo se organizó su capítulo, qué cambió durante su desarrollo y por qué sus flores terminaron distribuidas de aquella manera podría enseñarnos algo fascinante. En su lugar, lo han tendido sobre la hierba y lo han convertido en el anuncio de un servicio de inspección de parcelas con cuarzo. Después de pasarse la vida fabricando materia orgánica con luz solar, el pobre ha terminado haciendo publicidad de unas líneas que nadie ha demostrado que existan. Hay carreras vegetales que merecían un final mejor.

sábado, 24 de octubre de 2026

QUERIDAS SEÑORAS: USTEDES SE MERECEN TODOS LOS DERECHOS QUE TENÍAN CON FRANCO

 Carta abierta a tres mujeres que levantan el brazo sosteniendo una bandera franquista

Queridas señoras:

He visto una fotografía en la que aparecen ustedes tres, sonrientes, con gafas de sol, una de ellas tocada con un elegante sombrero y todas levantando el brazo derecho ante una bandera con el águila de San Juan, el escudo que presidió buena parte de la dictadura franquista. Parecen estar pasando una mañana estupenda. Y, como no hay razón para suponer que ignoran lo que llevan entre las manos, he pensado que quizá les gustaría recordar algunas de las ventajas que el régimen del general Franco reservaba a las mujeres españolas.

Permítanme que las felicite por su entusiasmo y que les proponga un programa reivindicativo a la altura de sus nostalgias. Porque eso de agitar banderas está muy bien, pero las convicciones, cuando son verdaderamente profundas, deben traducirse en propuestas concretas. Y ustedes tienen por delante un catálogo de derechos perdidos que merece la pena recuperar.

Empecemos por algo elemental: la obediencia al marido. Durante buena parte del franquismo, el Código Civil establecía que el marido debía proteger a la mujer y esta obedecer al marido. Una distribución de responsabilidades verdaderamente admirable por su sencillez. Él mandaba y ella obedecía. Se evitaban así esas discusiones matrimoniales tan desagradables en las que ambos cónyuges pretenden tener opiniones propias.

Por eso, queridas señoras, deberían exigir la recuperación de la licencia marital, aquella institución jurídica que obligaba a las mujeres casadas a obtener la autorización de sus maridos para realizar numerosos actos civiles y económicos. ¿Qué necesidad tiene una mujer de abrir una cuenta bancaria, firmar determinados contratos o disponer de sus bienes sin consultar antes al cabeza de familia? La independencia económica está sobrevalorada y, además, genera una cantidad considerable de papeleo.

Naturalmente, también habría que devolver al marido su antigua autoridad para fijar el domicilio conyugal. El artículo 58 del Código Civil obligaba a la esposa a seguirlo donde él decidiera establecer la residencia, con determinadas excepciones judiciales. Imaginen qué tranquilidad. Nada de discutir si conviene vivir en Madrid, en Cuenca o en Albacete. El marido elegía el destino y la mujer preparaba las maletas.

Pasemos al trabajo, ese invento que ha complicado extraordinariamente la existencia femenina. Durante los primeros decenios del franquismo, numerosas reglamentaciones laborales dificultaban o impedían que las mujeres casadas continuaran trabajando. En determinados sectores existía la llamada excedencia forzosa por matrimonio, una fórmula que permitía retirar a la mujer del empleo y devolverla a su ocupación natural: atender al esposo y criar a los hijos. Las reformas posteriores fueron eliminando esas restricciones, pero ustedes podrían reivindicar su restablecimiento. Al fin y al cabo, si una mujer tiene marido, ¿para qué necesita también una nómina?

Conviene recuperar asimismo las limitaciones profesionales. La Ley de 1961 todavía excluía a las mujeres de la carrera judicial y fiscal, entre otras ocupaciones. Aquella prohibición se suprimió en 1966, cuando el propio régimen reconoció que los supuestos motivos para proteger la sensibilidad femenina habían quedado superados. Una lástima. Imaginen el disgusto que debió de causar a quienes consideraban que una mujer podía soportar perfectamente los dolores del parto, pero no las responsabilidades de un juzgado.

En materia salarial también hay mucho terreno que recuperar. Aunque la legislación franquista terminó reconociendo formalmente el principio de igual retribución por trabajos de igual valor, las desigualdades laborales persistieron. Sería coherente que ustedes defendieran una remuneración inferior para las mujeres, no vaya a ser que una esposa gane más que su marido y se altere el orden natural de las cosas.

Pero donde verdaderamente brillaba aquel sistema era en la familia. El marido ocupaba una posición jurídica predominante y la patria potestad correspondía prioritariamente al padre. Las sucesivas reformas fueron desmontando aquella desigualdad. ¿No les parece una injusticia que hoy una madre pueda participar en pie de igualdad en las decisiones sobre sus hijos? ¿Qué será lo próximo? ¿Que los niños descubran que sus madres también tienen criterio?

Por supuesto, habría que recuperar la indisolubilidad del matrimonio. La dictadura derogó la legislación republicana sobre el divorcio y España no volvió a disponer de una ley de divorcio hasta 1981. Si un matrimonio fracasaba, los esposos podían separarse en determinadas circunstancias, pero no disolver el vínculo para contraer otro matrimonio. Eso sí que era defender la familia: mantener jurídicamente unidos a dos seres humanos incluso cuando ya no podían soportarse.

También deberían reclamar el regreso de los delitos de adulterio y amancebamiento, despenalizados en 1978. La legislación castigaba de forma diferente la infidelidad femenina y la masculina. Una mujer casada cometía adulterio por mantener relaciones sexuales con otro hombre; para castigar al marido por amancebamiento se exigían circunstancias específicas, como mantener una amante en el domicilio conyugal o hacerlo notoriamente fuera de él. Una magnífica demostración de que la moral podía ser universal en los sermones y bastante selectiva en los tribunales.

Y ya que hablamos de moral, no olvidemos la sexualidad. La legislación penal castigaba la difusión y comercialización de anticonceptivos hasta su reforma en 1978. El Estado consideraba oportuno intervenir en asuntos que hoy pertenecen a la intimidad de las personas. Sería estupendo recuperar aquella tutela, porque pocas cosas expresan mejor la libertad que un Gobierno decidiendo qué puede hacer una mujer con su propio cuerpo.

Las madres solteras merecen un capítulo especial. Durante el franquismo soportaron una intensa estigmatización social, agravada por la discriminación jurídica de los hijos nacidos fuera del matrimonio. La condición matrimonial de los padres determinaba diferencias en los derechos de los hijos. También aquí la democracia introdujo reformas decisivas. Qué tiempos aquellos en los que un niño podía comenzar su existencia con menos derechos por una circunstancia sobre la que no había tenido la menor posibilidad de opinar.

No quisiera terminar sin recordarles la educación femenina. La Sección Femenina de Falange desempeñó un papel fundamental en la difusión del ideal de esposa y madre abnegada. La formación doméstica, la costura, la cocina, la puericultura y las enseñanzas morales ocupaban un lugar destacado en aquel proyecto educativo, acompañado de una enseñanza habitualmente separada por sexos. Además, el Servicio Social femenino impuso a numerosas mujeres una prestación obligatoria cuyo cumplimiento era necesario para acceder a determinados empleos, títulos y trámites administrativos.

¿No sienten nostalgia? En lugar de perder el tiempo estudiando ingeniería, medicina o física nuclear, las muchachas podían prepararse para la elevada responsabilidad de conseguir que la camisa del marido estuviera impecablemente planchada. Y si alguna manifestaba inclinaciones científicas, siempre podía aplicar sus conocimientos al cálculo de las proporciones adecuadas para un buen cocido.

Queridas señoras, comprenderán que no se puede recuperar una época escogiendo solamente sus banderas, sus himnos y sus desfiles. También hay que aceptar sus leyes, sus prohibiciones y sus jerarquías. El franquismo no fue una colección de estampas antiguas con uniformes vistosos y brazos levantados. Fue una dictadura que estableció un determinado orden político, social y familiar, en el que las mujeres ocuparon durante décadas una posición jurídicamente subordinada.

Ignoro qué piensan ustedes realmente sobre el trabajo femenino, el divorcio, la independencia económica o la igualdad ante la ley. Una fotografía no permite averiguarlo. Tal vez defiendan todos esos derechos y consideren perfectamente compatible hacerlo con la exhibición de símbolos franquistas. En ese caso, la contradicción histórica merecería, cuando menos, alguna explicación.

Porque, si lo que desean recuperar es la España de Franco, quizá deberían comenzar por formular sus reivindicaciones con la claridad que merece una causa tan importante:

¡Queremos volver a necesitar permiso de nuestros maridos para trabajar, contratar y administrar nuestros bienes! ¡Queremos que ellos decidan dónde vivimos! ¡Queremos recuperar las restricciones profesionales, la desigualdad familiar y la autoridad marital! ¡Queremos que el Estado vuelva a decidir sobre nuestra sexualidad y nuestro matrimonio! ¡Queremos educar a nuestras hijas para obedecer y servir!

Y, sobre todo, queridas señoras, no olviden la reivindicación que resume admirablemente todo el programa:

¡PORQUE NO QUEREMOS DECIDIR SOBRE NUESTRAS VIDAS!

¡QUEREMOS QUE DECIDAN POR NOSOTRAS!

Reciban un cordial saludo y mis mejores deseos. Eso sí, si consiguen recuperar íntegramente aquel ordenamiento jurídico, recuerden pedir autorización a sus maridos antes de responder a esta carta. No vaya a ser que tanta independencia termine por estropearles la nostalgia.

viernes, 23 de octubre de 2026

LA PARRA VIRGEN: CINCO DEDOS PARA ENCENDER EL OTOÑO

 

Aspectos btánicos de Partenocissus quinquefolia. 1, aspecto otoñal de las hojas (foto de Luis Monje). 2, extremo de un zarcillo convertido el disco adhesivo adherido a una pared (foto de AnRo0002. 3, frutos (fotos de RA Nonenmacher). 4, grupos de flores (foto deAnRo0002. 

Durante buena parte del año, la parra virgen se dedica a una tarea bastante discreta: cubrir aquello que encuentra a su paso. Una tapia, una verja o el tronco de un árbol pueden acabar bajo una cortina de hojas verdes sin que nadie se detenga a examinar a la responsable. Pero llega el otoño y la discreción termina. El verde se transforma en escarlata, carmesí y púrpura, y aquella pared que apenas merecía una mirada se convierte durante unas semanas en uno de los mejores espectáculos del jardín. La protagonista es Parthenocissus quinquefolia, una trepadora cuya historia natural resulta tan interesante como su vestuario.

Aunque la llamemos parra, sus frutos no sirven para vendimiar. Pertenece a las vitáceas, la misma familia que la vid, pero ocupa una rama distinta de ese parentesco. También se conoce como parra de Virginia, aunque su distribución natural desborda ampliamente ese territorio: según el catálogo botánico de Kew, se extiende desde el sureste de Canadá hasta El Salvador y alcanza distintas islas del ámbito caribeño. Estamos ante una liana americana que hemos incorporado a los jardines por su vigor, su capacidad para cubrir superficies y su extraordinario color otoñal.

Su identificación empieza por una pequeña corrección que permite mirar mejor cualquier planta. Lo que a primera vista parecen cinco hojas reunidas son, en realidad, los cinco folíolos de una sola hoja compuesta. Todos parten de un punto común, como los dedos de una mano abierta: por eso se dice que la hoja es palmaticompuesta. Cada folíolo posee su propio limbo, con el margen dentado y el extremo generalmente puntiagudo. En los brotes jóvenes pueden aparecer hojas con solo tres folíolos, pero el patrón habitual de cinco explica el epíteto quinquefolia.

Este detalle ayuda a distinguirla de otra parra virgen muy cultivada, Parthenocissus tricuspidata. En esta última, las hojas características son simples y suelen presentar tres lóbulos: el limbo continúa de un lóbulo al siguiente. En P. quinquefolia, por el contrario, los cinco folíolos están separados. Para reconocerlas no hace falta esperar al otoño ni examinar sus flores con una lupa; basta con comprobar si tenemos delante una lámina recortada o varias láminas independientes reunidas en una misma hoja.

La segunda lección aparece al observar cómo sube por una pared. Una planta trepadora ahorra buena parte de la inversión necesaria para sostenerse: utiliza una estructura ajena para elevar sus hojas hacia la luz. La parra virgen lleva esa estrategia a la práctica mediante zarcillos ramificados cuyos extremos desarrollan pequeños discos adhesivos. Gracias a ellos puede sujetarse a superficies donde una planta que necesitase enroscarse alrededor de una rama tendría serias dificultades. 

A menudo se llama «ventosas» a esos discos, pero la palabra induce a imaginar un mecanismo equivocado. No se sujetan creando un vacío, como una ventosa de baño. Su procedimiento se parece más al de un pegamento biológico. El contacto con el soporte desencadena cambios en las células superficiales del extremo del zarcillo y la producción de sustancias adhesivas. Entre sus componentes se han identificado pectinas y otros polisacáridos, es decir, moléculas formadas por cadenas de azúcares. El conjunto establece una unión resistente con el sustrato y acaba reforzándose mediante lignificación. Un modesto zarcillo resuelve así un problema de materiales que cualquier fabricante de adhesivos reconocería inmediatamente. 

Mientras las hojas se llevan las miradas, las flores pasan casi inadvertidas. Son pequeñas, verdosas y aparecen agrupadas entre finales de primavera y comienzos del verano. Miradas de cerca, sin embargo, muestran una organización precisa: cinco pétalos que se curvan hacia atrás y cinco estambres con anteras amarillas. Su escaso protagonismo ornamental no significa que carezcan de función ecológica. Son visitadas por insectos y constituyen el comienzo de la siguiente fase del ciclo: la formación de los frutos.

Estos son pequeñas bayas que, al madurar, adquieren un color azul oscuro, casi negro, frecuentemente cubierto por una tenue película cérea. Los pedicelos y los ejes que las sostienen pueden enrojecer, de modo que la planta compone un contraste llamativo incluso después de perder las hojas. Las aves consumen los frutos y contribuyen a dispersar las semillas. Para la parra, conseguir que un animal transporte su descendencia es otra forma de desplazarse sin abandonar el sitio.

Conviene, eso sí, no confundir un alimento para aves con un alimento para personas. Las bayas no son comestibles para nosotros. Los tejidos de la planta contienen cristales de oxalato cálcico, algunos con forma de diminutas agujas, llamados ráfides, que pueden lesionar e irritar los tejidos con los que entran en contacto. El manejo de la planta también provoca irritación cutánea en algunas personas sensibles. El parentesco con la vid permite explicar muchas semejanzas botánicas, pero no convierte estos frutos en pequeñas uvas.

El gran espectáculo llega cuando la hoja se aproxima al final de su vida. Durante los meses de crecimiento domina la clorofila, imprescindible para captar la energía luminosa que alimenta la fotosíntesis. Al avanzar la senescencia otoñal, esa maquinaria se desmantela y el verde pierde intensidad. Entonces cobran protagonismo otros pigmentos. Los carotenoides aportan amarillos y anaranjados; las antocianinas producen los rojos y púrpuras que asociamos con las parras vírgenes. El color que vemos depende de la combinación de esos pigmentos y del estado de cada hoja.

No se trata simplemente de que el frío pinte las hojas, ni de que todas cambien a la vez siguiendo un calendario exacto. Esta especie desarrolla pronto su coloración púrpura y roja y también pierde pronto el follaje. Por eso merece la pena observarla durante varias semanas: una misma planta puede ofrecer hojas todavía verdes junto a otras encendidas, antes de que los tallos queden desnudos. El espectáculo es breve precisamente porque forma parte de una despedida.

En el jardín, su principal virtud exige también cierta vigilancia: crece con enorme vigor. Puede sobrepasar los diez metros, extenderse por el suelo y ocupar vegetación vecina. No es una planta parásita que extraiga alimento de los árboles sobre los que trepa, pero una cobertura excesiva puede perjudicarlos al sombrear sus hojas. Conviene proporcionarle espacio y controlar los brotes que se dirigen hacia donde no deben. Sus discos se adhieren con fuerza y pueden dejar restos; al arrancarlos de superficies pintadas es posible desprender también parte de la pintura.

La próxima vez que encontremos una fachada cubierta de parra virgen, podemos detenernos en tres detalles: los cinco folíolos reunidos como una mano, los pequeños discos con los que se pega al soporte y las bayas oscuras que esperan a las aves. El otoño añadirá después su propia explicación en rojo. Bajo aquella cortina vegetal hay una planta que ha aprendido a subir sin construir un tronco monumental, a viajar confiando sus semillas a otros y a convertir la retirada anual de sus hojas en el momento más visible de su existencia.

jueves, 22 de octubre de 2026

EL GRANADO, UNA MULTITUD BAJO LA MISMA PIEL

 

Aspectos botánicos de Punica granatum. A. Rama florida. Flor: sección longitudinal (1), estambres (2), polen (3), cortes del ovario a diferentes alturas (4 y 5), y extremo del estilo con estigma (6). La rama principal representa una forma de flor doble. B. Rama fructificada con fruto y semilla: granada en sección longitudinal y transversal (7 y 8); semilla con sarcotesta (9), secciones de la semilla (10, longitudinal y 11, tranversal), semilla sin la parte carnosa (12), y embrión (13). Modificada a partir de la láminas originales de Köhler's Medizinal-Pflanzen, dominio público.

Hay frutas que se entregan sin condiciones y otras que exigen una pequeña negociación. La granada pertenece al segundo grupo. Antes de comer hay que abrir una cubierta correosa, separar tabiques, rescatar granos y aceptar que alguno termine en el suelo o deje una señal indeleble en la camisa. A cambio, ofrece una de las arquitecturas más sorprendentes de la frutería: centenares de pequeñas reservas de zumo empaquetadas bajo una misma piel. Ahora que los granados vuelven a cargarse de frutos, merece la pena detenerse ante ellos con algo más que un cuchillo.

El granado, Punica granatum, es un arbusto o arbolillo caducifolio, frecuentemente espinoso, de hojas simples, enteras y por lo común opuestas. Su nombre conserva una antigua geografía comercial. Punica remite a lo púnico, a Cartago y a los cartagineses, asociados por los romanos con aquel fruto que llamaban malum punicum, manzana púnica. El epíteto granatum, relacionado con el latín granum, alude a su abundancia de granos. En dos palabras científicas quedaron reunidos los comerciantes del Mediterráneo y el contenido de su mercancía.

Durante mucho tiempo el granado tuvo familia propia, las punicáceas. La clasificación actual lo incluye en las litráceas, Lythraceae, una familia a la que también pertenecen las salicarias y el árbol de Júpiter de nuestros jardines. El nombre aceptado sigue siendo el que publicó Linneo en 1753. Los cambios han afectado a sus relaciones de parentesco, no a su identidad. Su aspecto familiar puede hacernos olvidar que cada árbol reúne una historia evolutiva bastante más larga que nuestra costumbre de cultivarlo.

La flor anuncia el fruto con una precisión admirable. Sobre un receptáculo en forma de copa se dispone un cáliz grueso, rojizo y persistente, acompañado por pétalos delicados, generalmente escarlatas, y numerosos estambres. Los pétalos parecen hechos de papel arrugado; el cáliz tiene la consistencia de un objeto destinado a durar. Y dura: sus lóbulos permanecen en el extremo de la granada madura, formando esa pequeña corona que permite reconocerla incluso en un dibujo infantil.

Sin embargo, no todas las flores del mismo árbol tienen idéntico porvenir. El granado produce flores hermafroditas, con ovario bien desarrollado, y otras funcionalmente masculinas, cuyo aparato femenino no completa su desarrollo. Las primeras suelen presentar una base más abultada, semejante a una pequeña vasija; las segundas, más estrecha, recuerdan una campana. También existen formas intermedias. Una flor caída no es necesariamente una promesa de fruta malograda: puede haber cumplido su función aportando polen.

El ovario ocupa una posición ínfera, integrado en la parte inferior de la estructura floral. Su organización interna es poco corriente: los compartimentos se distribuyen en niveles superpuestos. En los inferiores, los óvulos se insertan hacia el eje central; en los superiores, su disposición parece parietal, próxima a las paredes. Esta organización ayuda a entender por qué una granada abierta no ofrece la simetría sencilla de una naranja. Los tabiques y las agrupaciones de semillas dibujan un interior más complicado, que se aprecia mejor comparando un corte transversal con otro longitudinal.

El fruto, un original en el universo polimorfo de los frutos, recibe el nombre botánico de balausta. Su cubierta resistente protege numerosas semillas, separadas por tabiques membranosos de color claro. Pero la verdadera sorpresa está en lo que comemos. En un melocotón, la carne procede de la pared del ovario. En la granada, la parte jugosa pertenece a la propia cubierta de la semilla: es la sarcotesta. Cada grano entero es, por tanto, una semilla con una envoltura externa carnosa y un interior más duro. En textos comerciales se habla con frecuencia de «arilos», aunque sarcotesta describe con mayor precisión su origen anatómico.

La diferencia puede parecer una exquisitez de botánicos, pero cambia nuestra manera de mirar el plato. Cuando desgranamos una granada no estamos apartando semillas para alcanzar la pulpa: estamos reuniendo semillas para comérnoslas. El árbol ha convertido su envoltura en una recompensa apetecible. El color tampoco es una obligación uniforme: según la variedad, los granos pueden ser muy rojos, rosados o casi blanquecinos.

También su historia merece algún cuidado. El cultivo es antiquísimo y su origen se sitúa en Asia occidental y regiones próximas. En un poema escrito en un papiro del Antiguo Egipto del año 1150 a. C., conocido como «Papiro Erótico de Turín», se equiparan las granadas con los senos femeninos. Desde Oriente próximo el granado se extendió por el Mediterráneo mediante contactos e intercambios entre pueblos. Atribuir su llegada a la península ibérica a los bereberes del siglo X retrasa demasiado el calendario: las investigaciones arqueobotánicas documentan la incorporación de frutales como el granado al este peninsular durante el primer milenio antes de nuestra era, en el contexto de los contactos con los fenicios. La agricultura andalusí heredó y enriqueció una tradición anterior.

Conviene ser igualmente prudentes con la afirmación de que la ciudad de Granada recibió su nombre del fruto. La asociación es antigua, poderosa y visible en su heráldica, pero el origen del topónimo no está resuelto mediante esa semejanza. La arabista María Jesús Viguera ha defendido una interpretación relacionada con el color rojo de la tierra y las construcciones. El emblema resulta indiscutible; la etimología exige más cautela que un escudo.

La medicina tradicional utilizó preparaciones del granado contra diarreas y parásitos intestinales. Su riqueza en taninos ayuda a explicar la astringencia y usos como el curtido y la tinción. Sin embargo, la corteza de raíz y tronco contiene alcaloides, entre ellos la peletierina, que explican tanto su antiguo empleo antihelmíntico como sus riesgos. La experiencia histórica incluye remedios eficaces contra un organismo que tampoco eran inocuos para quien los tomaba.

Tanto para babilonios, chinos y europeos cristianos, la granada representó eternidad y resurrección, un símbolo de mediación entre la vida y la muerte. En especial, gracias a su dualidad como alimento y medicamento, distintos pueblos han empleado este fruto de color rojo púrpura, probablemente domesticado en Irán y en Afganistán, para regular el estómago y los intestinos, reducir la fiebre, detener el sangrado, así como para evitar tener hijos. En el siglo II, el médico griego Sorano de Éfeso, considerado uno de los padres de la ginecología, escribió seis recetas de anticonceptivos que contenían granada. Su colega, el bizantino Aecio de Amida del siglo VI, sugirió que un hombre podría frotar su pene con corteza de granada antes del coito para evitar la concepción.

Algunos eruditos cristianos la han considerado un símbolo tanto de la castidad de María como de la resurrección de Jesús. La fruta fue usada en los ritos zoroastrianos como símbolo de prosperidad e inmortalidad del alma. Inanna, una diosa adorada por los sumerios como la «señora de la fertilidad y la sexualidad», fue representada en vasijas del 3100 a. C. rodeada de granadas, quizá debido a sus numerosas semillas prominentes. Los eruditos chinos durante el período de las Seis Dinastías —entre los años 222 y 589— se referían a las flores de granada como «flores de longevidad». Y no extraña que, junto con el bastón de Asclepio —Esculapio, para los romanos—, el caduceo —unión del báculo y la serpiente— y la cruz roja, la granada aparezca frecuentemente en la iconografía médica.

La investigación moderna estudia sus compuestos, pero una actividad antioxidante o antiproliferativa en el laboratorio no demuestra, como pretenden algunos y se explica en los herbolarios, que comer granadas prevenga o cure el cáncer. Los estudios en personas apuntan a posibles reducciones de la presión arterial y pequeñas disminuciones de la glucemia; no permiten atribuirle beneficios generales ni efectos claros sobre los lípidos sanguíneos. La fruta puede formar parte de una alimentación saludable sin cargar con las obligaciones de un medicamento.

Quedan usos más placenteros y menos discutibles: comer los granos frescos, incorporarlos a ensaladas, preparar salsas, postres o zumos. La granadina tradicional transforma ese zumo en jarabe. Y queda, sobre todo, el gesto de abrir una granada en otoño. Bajo una cubierta discreta aparece una multitud luminosa, cuidadosamente alojada en sus compartimentos. Después de conocer su anatomía, cuesta verla como una fruta corriente; después de probarla, tampoco parece necesario pedirle milagros.

miércoles, 21 de octubre de 2026

ANTROPOCENO: CUANDO NUESTRAS COSAS PESARON MÁS QUE LA VIDA

 

Restos de plástico y otros residuos sobre la arena y en un pequeño talud. La imagen ilustra la incorporación de materiales humanos al paisaje; por sí sola no permite determinar su antigüedad ni identificar un límite geológico. Foto de M. Korhan Ertura en una zona costera del Mar Negro, NW de Turquía. 

En la fotografía hay dunas, cielo azul y un pequeño corte en la arena. También aparecen restos de plástico esparcidos por la superficie y objetos que asoman en el talud. No sabemos dónde se tomó la imagen ni cuándo llegaron los residuos. La fotografía no permite fechar un estrato, pero sí reconocer una aportación muy nuestra al paisaje. El viento y el agua llevan mucho tiempo trabajando con granos minerales y restos de organismos. Nosotros hemos ampliado el catálogo con envases. La naturaleza no los había echado en falta.

La escena invita a hablar del Antropoceno, una palabra que describe la magnitud de la transformación humana del planeta. Antes conviene corregir una confusión: no es una época geológica oficialmente reconocida. Seguimos en el Holoceno, iniciado hace unos 11 700 años, dentro del Cuaternario y de la era Cenozoica. En marzo de 2024 se ratificó el rechazo de una propuesta para formalizar el Antropoceno como nueva época. El término sigue siendo útil, pero carece de casilla propia en la escala internacional.

La discusión no consistía en decidir si dejamos huella, sino en cómo convertir esa transformación en una unidad geológica. La propuesta situaba el comienzo en los años cincuenta del siglo XX, con señales de las pruebas nucleares como marcador. Entre las objeciones estaban las raíces mucho más antiguas de nuestra influencia y su desarrollo desigual. Podemos discutir dónde colocar la frontera sin dejar de reconocer que estamos cambiando el paisaje. La basura de una playa no necesita esperar el resultado de una votación para resultar preocupante.

Una manera sorprendente de medir nuestra presencia consiste en pesarla. No a nosotros, sino a nuestras cosas: edificios, carreteras, puentes, máquinas y objetos. En diciembre de 2020, un equipo del Instituto Weizmann encabezado por Emily Elhacham publicó en Nature una comparación entre esa masa antropogénica y la biomasa mundial. Estimó que ambas se igualaban alrededor de 2020, con una incertidumbre de seis años. Por una vez, la noticia no se refería a cuánto dinero valían nuestras pertenencias, sino a cuánto marcaban en una balanza imaginaria.

La cifra rondaba los 1,1 billones de toneladas de masa seca. La precisión importa: se descontó el agua de los seres vivos, y el inventario principal de objetos fabricados consideraba los que seguían en uso. No debemos imaginar un pesaje literal ni un instante exacto en el que una última carretilla de hormigón inclinó el planeta. Se trata de estimaciones globales. Su interés reside en el orden de magnitud: la acumulación material de nuestra civilización había adquirido una escala comparable a la del conjunto de los organismos.

En ese conjunto, los animales ocupan menos espacio del que les concede nuestra imaginación. La biomasa está dominada por las plantas, y los microorganismos aportan cantidades importantes que rara vez aparecen en las postales de naturaleza. Un bosque no es simplemente el escenario donde viven ciervos y pájaros: los árboles son una parte fundamental de su masa viva. Pensar en toneladas obliga a corregir nuestro reparto habitual de protagonistas. La biosfera se parece menos a un desfile de grandes mamíferos que a una inmensa arquitectura vegetal acompañada de habitantes invisibles.

También nos equivocamos al imaginar qué llena el platillo artificial. Pensamos en móviles y botellas, pero el grueso del inventario corresponde a materiales de construcción. Nuestra presencia más pesada está en el suelo que pisamos, en los cimientos y en las infraestructuras que apenas vemos. Los objetos pequeños dominan nuestra atención porque los compramos y los tiramos con frecuencia. El aparcamiento donde dejamos el coche, en cambio, parece formar parte del paisaje desde siempre. Esa familiaridad lo vuelve casi invisible, aunque materialmente resulte difícil encontrar algo menos ligero.

El estudio calculaba unos 35 000 millones de toneladas de masa antropogénica en 1900. Para el lustro anterior a su publicación estimaba una acumulación anual de unos 30.000 millones. El crecimiento observado se aproximaba a una duplicación cada veinte años. Conviene mantener esas cifras en su fecha: describen la investigación de 2020, no una medición actualizada a este año. Incluso así, muestran hasta qué punto una variación anual puede alcanzar dimensiones que antes exigían reunir todo un inventario histórico de construcciones y objetos.

Para dar escala al resultado, el equipo comparó la masa de las construcciones e infraestructuras de Nueva York con la de todos los peces del mundo. También señaló que la masa de los plásticos rondaba el doble de la masa seca de todos los animales. Son comparaciones deliberadamente desconcertantes. No significan que el plástico pese más que toda la vida: los animales son solo una pequeña parte de ella. Tampoco permiten medir por sí solas el daño ambiental, que depende de dónde se encuentra cada material y de qué hace allí.

Una tonelada de materiales destinados a llevar agua potable y otra convertida en objetos innecesarios pueden sumar lo mismo, pero no merecen idéntica valoración. La balanza no distingue una necesidad de un despilfarro. Ese juicio exige preguntar para qué construimos, cuánto tiempo servirá lo construido y si podría repararse o aprovecharse mejor. El estudio ofrece una medida de escala, no una condena de toda infraestructura. Precisamente porque necesitamos viviendas, hospitales y redes de saneamiento, importa pensar cómo obtener esos servicios con un uso más sensato de los materiales.

Además, no hemos creado esa materia de la nada. La hemos extraído, transportado y transformado. El planeta no pesa más porque levantemos una autopista; lo que cambia es la organización de sus materiales y el funcionamiento de los lugares afectados. Una montaña, una cantera y un firme de carretera no son equivalentes desde el punto de vista de quienes viven allí. Decir que todo sigue en la Tierra resulta una respuesta bastante pobre para explicar lo que le ha ocurrido a un paisaje.

La fotografía nos devuelve a otro detalle decisivo: los residuos. El inventario principal del estudio no los incluía, pero excluirlos de una cuenta no los expulsa del planeta. «Tirar» es un verbo engañoso: describe el final de nuestra relación con un objeto, no el final de su existencia. Después de tirarlo continúa en alguna parte. Puede que dejemos de verlo desde la ventana de casa y vuelva a aparecer en una playa. Nuestra comodidad tiene un radio de acción menor que el de nuestros materiales.

Tampoco ese «nosotros» implica una responsabilidad idéntica para todos. Las medias planetarias no explican quién decide qué se produce, quién obtiene sus beneficios ni quién convive con los residuos. Por eso recoger basura, siendo necesario, no agota la respuesta. También cuentan la duración y reparación de los objetos, las decisiones de construcción y las posibilidades reales de reutilizar materiales. Pedir al paseante que cuide la playa tiene sentido; suponer que sus buenos modales resolverán por sí solos el problema atribuye unas facultades extraordinarias a la bolsa de recogida.

No sabemos qué fragmentos de la fotografía resistirán ni si alguno llegará a formar parte de un registro duradero. Sería excesivo presentarlos como fósiles del futuro. Basta verlos como lo que ya son: restos de decisiones humanas mezclados con la arena. El Antropoceno puede seguir fuera del calendario oficial, pero la pregunta que plantea está aquí, a nuestros pies. Antes de discutir cómo nos recordará la Tierra, quizá convenga decidir qué merece la pena dejarle.

EL HAMBRE DE LA POSGUERRA NO CAYÓ DEL CIELO

 

Un amable lector de mi último artículo en estas mismas páginas, El alquiler, una máquina de aumentar la desigualdad, me plantea una pregunta: «¿Sabes por qué en España se pasó hambre y necesidad durante el primer franquismo? ¿Básicamente, porque la producción agraria quedó reducida prácticamente a cero? Es una respuesta que está intrínsecamente unida al asunto que apuntas».

No termino de entender qué relación causal propone entre aquella hambruna y el mercado del alquiler actual, pero la pregunta histórica merece una respuesta. También una primera precisión: la producción agraria sufrió un importante retroceso, pero no quedó reducida prácticamente a cero. Y entre producir menos alimentos y explicar quién pasa hambre hay unas cuantas cuestiones que conviene examinar.

Para orientarse contamos con una bibliografía considerable. Me apoyaré en tres obras complementarias: Autarquía y mercado negro. El fracaso económico del primer franquismo, 1939–1959, coordinada por Carlos Barciela; La economía política del franquismo (1940–1970). Dirigismo, mercado y planificación, de Manuel Jesús González; y Productores disciplinados y minorías subversivas, de Carme Molinero y Pere Ysàs. La primera analiza los mecanismos del fracaso autárquico; la segunda, las decisiones y los cambios de política económica; la tercera, las condiciones y la capacidad de respuesta de los trabajadores. Leídas conjuntamente, permiten entender que el hambre tuvo causas económicas, sociales y políticas.

La Guerra Civil dejó un país profundamente empobrecido. Se habían perdido vidas, haciendas, medios de transporte y capacidad productiva. Muchas familias quedaron deshechas; otras perdieron a quienes aportaban sus ingresos por la muerte, el exilio o la prisión. Los problemas de abastecimiento se sumaron a una pobreza rural que venía de lejos. Sería absurdo minimizar semejante herencia, pero también lo sería utilizarla como explicación suficiente de cuanto ocurrió después. La guerra terminó en 1939; la escasez, las cartillas y la necesidad continuaron durante muchos años. Explicar esa duración obliga a estudiar cómo se administró la posguerra.

El régimen eligió la autarquía: aspiraba a que España se bastara con sus propios recursos y redujera su dependencia del exterior. La autosuficiencia podía sonar magnífica en un discurso patriótico, pero resultaba bastante menos convincente cuando había que abonar un campo, mover un tractor o alimentar una ciudad. España necesitaba importar fertilizantes, combustibles, maquinaria, materias primas y alimentos. Restringir esas compras dificultaba atender las necesidades inmediatas y, al mismo tiempo, producir más en el futuro. La falta de divisas añadía obstáculos, pero la voluntad autárquica fue una elección del régimen, no una obligación impuesta íntegramente desde fuera.

La intervención agraria complicó todavía más las cosas. El Estado regulaba precios, entregas y circulación de productos básicos. Cuando el precio oficial resultaba poco remunerador, el agricultor tenía incentivos para ocultar parte de la cosecha o venderla por otros canales. Eso no significa que todos los productores actuaran igual ni que dispusieran de las mismas oportunidades. Un pequeño campesino que intentaba alimentar a su familia no ocupaba la misma posición que un gran propietario con capacidad para almacenar y contactos para negociar. Pero el funcionamiento del sistema favorecía que una parte de los alimentos escapara al abastecimiento oficial.

Así creció el estraperlo. Los productos que faltaban en los comercios podían encontrarse por otras vías, a precios muy superiores. Cuanto menos llegaba al circuito regulado, más insuficiente resultaba el suministro y mayor era la dependencia del mercado negro. La escasez se convirtió en una oportunidad de negocio para quienes podían aprovecharla. El hambre de unos convivía con las ganancias de otros: no todos los españoles atravesaron la posguerra desde el mismo lado del mostrador. Los estudios reunidos por Barciela permiten seguir ese vínculo entre política agraria, mercados intervenidos y deterioro de las condiciones de vida.

El racionamiento pretendía repartir productos escasos, pero una cartilla no era una despensa. Establecido en 1939 y mantenido hasta 1952, daba acceso a determinadas cantidades de alimentos sin garantizar que fueran suficientes ni que llegaran con regularidad. Para completar la alimentación había que buscar recursos adicionales: pequeños cultivos, intercambios, ayuda familiar, compras clandestinas. Quien tenía dinero podía pagar los precios del estraperlo. Quien dependía de un jornal exiguo debía estirar unas raciones que no se estiraban indefinidamente. El derecho a comprar una cantidad de pan servía de poco cuando esa cantidad no alcanzaba.

Aquí está una de las claves de la cuestión: para pasar hambre no es necesario que los alimentos desaparezcan. Basta con que una familia no pueda conseguir los que necesita. La producción importa, por supuesto, pero también importan los salarios, los precios y las condiciones de distribución. Dos hogares podían vivir en la misma calle, tener cerca los mismos campos y atravesar experiencias alimentarias muy diferentes. La disponibilidad de comida en un país y la posibilidad de comer de sus habitantes están relacionadas, aunque no sean exactamente lo mismo.

La dictadura había eliminado, además, los instrumentos con los que los trabajadores podían defender colectivamente sus condiciones de vida. Sin sindicatos libres ni derecho de huelga, su capacidad para reclamar mejores salarios quedó severamente limitada. A esa subordinación se añadía la situación de los represaliados y sus familias: perder al principal sostén económico, sufrir una depuración o encontrar obstáculos para obtener empleo podía convertir la pobreza en indigencia. La disciplina laboral del franquismo tuvo consecuencias materiales que se medían también en la mesa de las casas. Este es el terreno que permite comprender el trabajo de Molinero e Ysàs.

También contaban las relaciones personales y políticas. En una economía de permisos, cupos y controles, disponer de contactos facilitaba acceder a recursos y oportunidades. El pequeño estraperlo de subsistencia podía ser perseguido mientras operaciones de mayor alcance encontraban protección o tolerancia. Conviene, por tanto, desconfiar de esa imagen de una nación que sufrió unida y por igual una desgracia inevitable. La investigación histórica muestra que la miseria y la represión socioeconómica contribuyeron a la desmovilización de una población para la que conseguir comida podía ocupar buena parte de la jornada.

Nada de esto obliga a negar las dificultades internacionales. La Segunda Guerra Mundial alteró el comercio y los transportes; después, la vinculación de Franco con las potencias fascistas contribuyó al aislamiento de su régimen. España quedó fuera del Plan Marshall. Hubo también sequías y malas cosechas, circunstancias particularmente dañinas en una agricultura vulnerable. Pero reconocer estos factores no equivale a aceptar que expliquen por sí solos la hambruna. El hambre precedió al aislamiento posterior a 1945, y la política interna condicionó la capacidad para afrontar cada dificultad. La propaganda insistió en la guerra y en la «pertinaz sequía», explicaciones muy convenientes para unas autoridades que preferían presentarse como víctimas de las circunstancias.

Vuelvo, pues, a la pregunta del lector. En España se pasó hambre porque se produjo menos, pero también porque se obstaculizó la recuperación, se administró deficientemente el abastecimiento y millones de personas carecieron de ingresos y de capacidad de defensa. No encuentro una relación causal directa que permita trasladar aquella explicación al alquiler actual. Sí aparece una cuestión común, mucho más general: para comprender la privación hay que preguntar cuánto existe, cómo se distribuye y quién puede pagarlo. La guerra dejó muchas mesas vacías; las decisiones de la posguerra contribuyeron a que tardaran demasiado en volver a llenarse.