En meteorología hay pocas
expresiones tan sugerentes como “tren de borrascas”. Evoca puntualidad
ferroviaria, orden, casi disciplina atmosférica. Pero lo que estamos viendo
este invierno no tiene nada de apacible: una sucesión de sistemas profundos
cruzando la Península, dejando lluvias persistentes, ríos crecidos y paraguas
en fatiga crónica. Y, en medio del parte del tiempo, aparece un invitado
aparentemente lejano: el vórtice polar. La pregunta es inevitable. ¿De verdad
lo que ocurre sobre el Polo Norte puede estar influyendo en que en España no
deje de llover?
España vive una de esas
temporadas en que las borrascas no vienen solas, sino en cadena. No es un
episodio aislado. Es un patrón. Las bajas presiones atlánticas encuentran una
autopista abierta hacia la Península y la recorren una tras otra. Para entender
por qué, hay que levantar la vista muy por encima de las nubes.
El vórtice polar ártico no es una
tormenta gigantesca, ni un ciclón permanente. Es una vasta banda de vientos del
oeste que se forma cada invierno en la estratosfera, entre 16 y 48 kilómetros
de altura, sobre el Polo Norte. Allí arriba, encierra el aire más frío del
hemisferio. Cuanto más rápido gira, más aislado queda ese aire helado. Cuando
el vórtice es fuerte y compacto, el frío permanece confinado en el Ártico. El
sistema es estable.
Conviene no confundirlo con la
corriente en chorro. El jet stream circula mucho más abajo, en la
troposfera, entre 8 y 14 kilómetros sobre la superficie. Es la gran autopista
de vientos rápidos que separa el aire polar del aire templado. Y es la que guía
las borrascas. El vórtice vive arriba. El chorro, más abajo. Pero están
conectados.
Si el vórtice está fuerte, el
chorro tiende a ser más recto y rápido. Circula de oeste a este con menos
ondulaciones. Las borrascas siguen trayectorias más septentrionales. España
puede quedar al margen. En cambio, cuando el vórtice se debilita, la historia
cambia.
Ese debilitamiento no ocurre por
capricho. Grandes ondulaciones atmosféricas, llamadas ondas planetarias, pueden
ascender desde la troposfera hasta la estratosfera y perturbar el vórtice. Si
el empujón es intenso, el sistema se deforma, se desplaza o incluso se divide.
En los casos más llamativos se produce un calentamiento súbito estratosférico:
en pocos días, la temperatura en la estratosfera polar aumenta de forma
abrupta. El vórtice pierde fuerza. Empieza a tambalearse.
Los efectos no se notan de
inmediato en superficie. Pueden tardar días o semanas. Pero cuando la
perturbación desciende hacia capas más bajas, la corriente en chorro suele
volverse más sinuosa. Aparecen grandes meandros, profundas vaguadas y dorsales
persistentes. Bajo esas vaguadas, el aire frío se desplaza hacia latitudes
medias. Y las borrascas encuentran nuevas rutas.
Eso es lo que ha sucedido este
invierno. Tras un episodio de calentamiento súbito estratosférico en enero, el
vórtice se debilitó y se desplazó. El chorro adoptó un trazado más ondulado. En
ese nuevo dibujo atmosférico, la península ibérica quedó en la senda de las
bajas presiones atlánticas.
No es que el vórtice “mande” una
borrasca concreta hacia España. No funciona como un mando a distancia. Lo que
hace es modificar la configuración general de la circulación atmosférica.
Cambia el tablero. Y en ese tablero inclinado, las borrascas tienden a
descender de latitud.
Cuando una vaguada del chorro se
instala cerca de la península, el flujo húmedo del Atlántico tiene vía libre.
Las bajas presiones se suceden. La inestabilidad se prolonga. Así nace el
llamado tren de borrascas: no como un fenómeno aislado, sino como la
consecuencia de un patrón atmosférico favorable a su repetición.
La relación entre el vórtice
polar y las lluvias en España es, por tanto, indirecta pero poderosa. Vórtice
fuerte, chorro más recto, borrascas al norte. Vórtice alterado, chorro
ondulado, borrascas más al sur. Lo que ocurre a treinta kilómetros de altura
puede terminar influyendo en algo tan cotidiano como decidir si hoy toca
paraguas.
La siguiente pregunta es
inevitable: ¿estos episodios serán más frecuentes en el futuro?
Aquí la respuesta exige
prudencia. Sabemos que el Ártico se está calentando más rápido que la media
global, un fenómeno conocido como amplificación ártica. Al reducirse el
contraste térmico entre el ecuador y el polo, algunos investigadores sostienen
que la corriente en chorro podría debilitarse y ondularse con mayor facilidad.
Un chorro más ondulado favorecería bloqueos persistentes y episodios extremos
en latitudes medias.
Sin embargo, los modelos
climáticos no muestran una señal inequívoca. Algunos estudios apuntan a que los
calentamientos súbitos estratosféricos podrían volverse algo más frecuentes.
Otros no encuentran cambios significativos. La estratosfera es compleja. Y la
variabilidad natural —oscilaciones como la Oscilación
del Atlántico Norte o fenómenos como El
Niño y La Niña— sigue desempeñando un papel importante.
Donde sí hay mayor consenso es en
otro aspecto: en un clima más cálido, los impactos pueden intensificarse. Un
aire más templado contiene más vapor de agua. Un océano más cálido aporta más
energía a las borrascas. Aunque no aumente la frecuencia de las perturbaciones
del vórtice, las lluvias asociadas a determinados patrones podrían ser más
abundantes o persistentes.
El debate científico no enfrenta
creencias, sino mecanismos. ¿Está la amplificación ártica alterando de forma
sistemática la dinámica del chorro? ¿O seguimos observando sobre todo la
variabilidad natural de un sistema caótico? La respuesta definitiva aún no está
cerrada.
Mientras tanto, el resultado es
tangible. El vórtice se debilita. El chorro se ondula. Las borrascas descienden
de latitud. Y España se moja. El Polo Norte puede parecer remoto, pero cuando
su equilibrio atmosférico se altera, el eco llega hasta nuestras calles,
convertido en lluvia constante y cielos grises.
La atmósfera no es un dominó que cae en línea recta. Es una red de conexiones invisibles. Y a veces basta un pequeño desequilibrio en el Ártico para que, semanas después, tengamos que volver a buscar el paraguas.


