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martes, 1 de septiembre de 2026

LA CAJA QUE TENÍA 4 294 MILLONES DE COMBINACIONES Y NO NECESITABA ELECTRICIDAD

 

Hay imágenes que llegan a las redes sociales con todos los ingredientes necesarios para provocar un pequeño ataque de asombro. Una caja de aspecto oriental, cubierta de arabescos, una cerradura con varios cilindros y, sobre ella, un titular formidable: «Año 1200. 4 294 millones de combinaciones. Y no tenía electricidad». Debajo se añade que un ladrón que ensayara una combinación por segundo tardaría más de 126 años en probarlas todas, que la caja fue construida en el Imperio selyúcida y que hoy se conserva en el Museo Benaki de Atenas.

Es difícil resistirse. Una caja fuerte medieval con más de cuatro mil millones de combinaciones parece uno de esos objetos que inevitablemente terminan acompañados por la pregunta: «¿Cómo pudieron construir esto hace ochocientos años?». La respuesta es bastante sencilla: porque nuestros antepasados no eran idiotas. Pero hay otra cuestión más interesante. ¿Es verdadera la historia?

Lo mejor es empezar por las malas noticias. La caja de la fotografía no es la caja original. La pieza auténtica que inspira la imagen se conserva en The David Collection de Copenhague, no en el Museo Benaki de Atenas. Y ni siquiera se conserva la caja completa. Como se puede comprobar con la fotografía, el museo danés la describe prudentemente como «fragmento de una caja con cerradura de combinación». Está fabricada en latón fundido y martilleado, con incrustaciones de plata y cobre, mide 4,4 centímetros de alto por 23,5 de ancho y 18,5 de fondo y lleva el número de inventario 1/1984. La espectacular caja de la imagen viral, por tanto, es una recreación moderna.

La auténtica caja de Muhammad ibn Hamid al-Asturlabi al-Isfahani. Ejemplar de The David Collection, Copenhague

Hasta aquí podría parecer que nos encontramos ante otro de los innumerables bulos históricos que circulan por internet. Pero ocurre algo bastante divertido: cuando quitamos los adornos falsos, la historia verdadera resulta aún mejor.

La pieza está fechada con extraordinaria precisión. Una inscripción indica el año 597 de la Hégira, correspondiente al año 1200-1201 de nuestra era, y señala también a su constructor: Muhammad ibn Hamid al-Asturlabi al-Isfahani. El apellido profesional “al-Asturlabi” proporciona una pista magnífica: Muhammad era fabricante de astrolabios; al-Isfahani indica su vinculación con la ciudad iraní de Isfahán. Estamos, pues, ante un artesano especializado en algunos de los instrumentos de precisión más sofisticados de su época.

Y ahora viene la parte sorprendente: los 4 294 millones de combinaciones son ciertos. La cerradura tiene cuatro pares de discos giratorios, es decir, ocho discos, cada uno de los cuales admite dieciséis posiciones. No hace falta ninguna electrónica para obtener una cifra gigantesca. Basta la aritmética:

16⁸ = 4 294 967 296

Cuatro mil doscientos noventa y cuatro millones novecientas sesenta y siete mil doscientas noventa y seis configuraciones posibles. Es exactamente la cifra que proporciona el propio museo. Cuando los ocho elementos quedaban colocados en la posición adecuada, se liberaba una placa metálica interior conectada al tirador exterior y al mecanismo de cierre.

La electricidad, naturalmente, no pinta nada aquí. Un candado de combinación moderno tampoco necesita electricidad. Lo extraordinario no consiste en que un hombre del año 1200 consiguiera fabricar un aparato «digital» sin disponer de enchufe, sino en que comprendiera perfectamente cómo multiplicar posibilidades mediante una sucesión de elementos mecánicos independientes.

La imagen viral tropieza, sin embargo, con las matemáticas cuando asegura que probar todas las combinaciones a razón de una por segundo requeriría «más de 126 años». Requeriría algo más: 4 294 967 296 segundos equivalen aproximadamente a 136 años.

Y eso suponiendo un ladrón admirablemente disciplinado, capaz de trabajar veinticuatro horas al día durante siglo y pico, sin dormir, comer, ir al baño, equivocarse ni repetir una combinación. En promedio tampoco tendría que probarlas todas: si la combinación correcta estuviera situada al azar, cabría esperar encontrarla aproximadamente a mitad del recorrido. Eso deja la jornada laboral del ladrón en unos 68 años, que continúa siendo una perspectiva profesional poco atractiva.

Pero tampoco debemos caer en la tentación contraria y convertir aquella cerradura en el equivalente medieval de un sistema criptográfico moderno. Las 4 294 967 296 configuraciones constituyen el espacio matemático de combinaciones posibles; no demuestran que un ladrón necesitara realmente recorrerlas una por una. Las cerraduras mecánicas pueden atacarse aprovechando holguras, escuchando o sintiendo el movimiento de las piezas, observando el mecanismo, desmontándolo o, llegado el caso, aplicando el ancestral procedimiento consistente en romper la caja. Una contraseña informática y una cerradura de latón no ofrecen necesariamente la misma seguridad porque ambas tengan unos cuantos miles de millones de configuraciones.

Lo verdaderamente interesante aparece cuando situamos el objeto en su época. Apenas unos años después, en 1206 de la fecha grabada en la caja de Muhammad ibn Hamid, el ingeniero Badīʿ al-Zamān al-Jazarī terminó su célebre Libro del conocimiento de ingeniosos dispositivos mecánicos, uno de los grandes tratados tecnológicos de la Edad Media. Trabajaba para la corte artúquida en Diyarbakir, en la actual Turquía, y su libro describía relojes, autómatas, mecanismos hidráulicos, máquinas para elevar agua y toda clase de ingenios.

Entre ellos aparece algo que nos resulta muy familiar: una cerradura de combinación para un cofre. El sistema descrito por al-Jazarí empleaba letras árabes. La cerradura disponía de cuatro grupos y utilizaba doce letras para establecer la combinación. Mediante discos y muescas, solamente una determinada alineación permitía liberar el mecanismo. Todavía más interesante es que al-Jazarí no afirmó haber inventado el principio. Al referirse a cerraduras anteriores deja claro que otros artesanos ya habían utilizado sistemas semejantes.

Eso cambia completamente nuestra manera de mirar la pieza de Isfahán. Muhammad ibn Hamid no era necesariamente un genio solitario que una mañana de 1 200 inventó de la nada la cerradura de combinación. Al-Jazarí trabajaba a cientos de kilómetros y conocía mecanismos semejantes prácticamente en las mismas fechas. La proximidad cronológica hace poco probable que uno copiara al otro. Todo apunta a que ambos participaban de una tradición tecnológica mucho más amplia. La propia David Collection señala que el principio constituía entonces un conocimiento compartido y que sus antecedentes pueden remontarse a las culturas mediterráneas de la Antigüedad.

Y ahí está quizá la parte más interesante de toda la historia. Tenemos cierta tendencia a imaginar la tecnología como una escalera que empieza con hombres medievales bastante torpes, continúa con Leonardo da Vinci, acelera con la Revolución Industrial y desemboca felizmente en nosotros, que hemos inventado el teléfono móvil y podemos sentirnos satisfechos. La historia real es mucho menos ordenada. Las técnicas nacen, viajan, se perfeccionan, desaparecen, reaparecen y atraviesan culturas y civilizaciones.

El mundo islámico medieval desempeñó un papel fundamental en esa circulación del conocimiento. Matemáticos, astrónomos, médicos, artesanos e ingenieros heredaron conocimientos griegos, persas, indios y romanos, los desarrollaron y produjeron otros nuevos. El tratado de al-Jazarí es una muestra extraordinaria de esa cultura mecánica: no se limita a imaginar máquinas, sino que explica cómo construirlas y hacerlas funcionar. Su obra, terminada en el año 1206 de nuestra era, constituye uno de los testimonios fundamentales de la ingeniería medieval.

La pequeña cerradura de Muhammad ibn Hamid pertenece a ese mismo mundo. Por eso resulta innecesario convertirla en un misterio. No necesitaba electricidad, desde luego, como tampoco la necesita el cerrojo de nuestra puerta. No era una caja imposible de abrir. No está en Atenas. Ni siquiera conservamos la magnífica caja que aparece en la ilustración.

Lo que conservamos es bastante mejor: un fragmento de latón construido en Isfahán hace más de ocho siglos por un fabricante de astrolabios, provisto de ocho discos capaces de generar exactamente 4 294 967 296 combinaciones.

La imagen viral intenta maravillarnos exagerando la historia. Cometió un error innecesario. Bastaba con contar la verdad.

¿POR QUÉ SE OSCURECEN LAS MANZANAS?

 

Una manzana recién cortada tiene algo de prodigio doméstico: durante unos minutos conserva la blancura limpia de su pulpa y, sin que nadie haya hecho nada más que dejarla sobre un plato, empieza a adquirir el aspecto de una patata que hubiera pasado una mala noche. No se ha estropeado de golpe ni se ha vuelto venenosa. Ha comenzado una reacción química.

Mientras la manzana está entera, sus células mantienen una ordenada separación de tareas. En unos compartimentos se almacenan compuestos fenólicos —sustancias vegetales muy abundantes, relacionadas con el sabor, el color y la defensa de la planta—; en otros se encuentra una enzima llamada polifenol oxidasa. Y fuera de la fruta, naturalmente, está el oxígeno del aire. Los tres actores viven bastante tranquilos mientras la piel de la manzana y las paredes de sus células permanecen intactas.

El cuchillo lo cambia todo. Al cortar, morder, rallar o golpear una manzana, se rompen muchas células microscópicas. La polifenol oxidasa y los compuestos fenólicos, antes separados, pueden encontrarse. El aire entra en los tejidos expuestos y aporta oxígeno. Entonces la enzima acelera la oxidación de los compuestos fenólicos y los transforma en quinonas, unas moléculas muy reactivas. Estas se unen entre sí y con otros componentes del tejido hasta formar pigmentos pardos, emparentados químicamente con las melaninas. La pulpa se vuelve morena ante nuestros ojos.

La figura resume muy bien esa pequeña catástrofe celular. Lo que parece una fruta inmóvil contiene, en realidad, compartimentos, membranas, moléculas y enzimas que trabajan a una escala demasiado pequeña para que podamos verlas. El corte no inventa la reacción: simplemente pone en contacto a quienes hasta entonces se mantenían educadamente separados.

La polifenol oxidasa no es una rareza exclusiva de las manzanas. Está presente en muchas frutas y verduras, y participa en mecanismos de defensa de las plantas. Una herida puede ser la puerta de entrada de microorganismos o herbívoros; los productos de esta oxidación pueden resultar poco agradables o dificultar el ataque. Desde el punto de vista de la planta, que su tejido herido se oscurezca tiene cierta lógica. Desde el nuestro, es una molestia estética: nadie compra con entusiasmo una bandeja de gajos de manzana del color de una suela vieja.

No todas las manzanas se comportan igual. Hay variedades que se oscurecen con rapidez y otras que mantienen la pulpa clara durante bastante más tiempo. Depende de la cantidad y clase de compuestos fenólicos que contienen, de la actividad de sus enzimas y de la acidez de la pulpa. También influye el estado de madurez, el almacenamiento previo y, por supuesto, la temperatura. La relación no siempre es sencilla: una manzana con muchos compuestos fenólicos no tiene por qué ser necesariamente la que antes se ponga parda; importa también qué enzimas posee y cómo reaccionan entre sí. Un estudio comparativo de variedades de manzano explica bien esa combinación de factores.

Conviene despejar una sospecha frecuente. Que la manzana se oscurezca no significa, por sí solo, que esté podrida. Es un cambio químico provocado por la exposición al aire, no una señal automática de descomposición microbiana. Otra cosa es que, si se deja durante mucho tiempo a temperatura ambiente, pueda perder frescura, textura y aroma, o acabar contaminándose. Pero una rodaja que se ha puesto algo morena sigue siendo perfectamente comestible.

La cocina ha encontrado desde hace siglos maneras de retrasar el proceso. La más conocida consiste en rociar la superficie con zumo de limón. Su eficacia tiene dos explicaciones. Por un lado, el ácido cítrico baja el pH y dificulta la actividad de la polifenol oxidasa; por otro, la vitamina C o ácido ascórbico actúa como antioxidante y puede devolver temporalmente las quinonas a formas menos coloreadas. No es magia: cuando el ácido ascórbico se consume, el pardeamiento puede reanudarse.

Guardar la manzana cortada en el frigorífico ayuda por una razón más prosaica: el frío ralentiza las reacciones enzimáticas. Sumergir brevemente los trozos en agua fría limita, mientras están sumergidos, el contacto directo con el oxígeno; y conservarlos después en un recipiente bien cerrado reduce la cantidad de aire disponible. Una fina capa de miel o de jarabe puede ejercer además de barrera parcial, aunque añade sabor y azúcar, de modo que no siempre es la solución más deseable.

La industria alimentaria emplea el mismo principio a mayor escala. Las manzanas cortadas que aparecen tan blancas y optimistas en los envases no han sido educadas para resistir la adversidad: suelen tratarse con sustancias antioxidantes o acidulantes y envasarse en atmósferas con poco oxígeno. La investigación busca fórmulas eficaces que mantengan la calidad sin recurrir a aditivos que el consumidor no quiera encontrar en la etiqueta. Una revisión reciente sobre el pardeamiento de productos de manzana repasa estas estrategias.

La próxima vez que una manzana cortada empiece a perder su blancura, merece la pena mirarla con algo menos de reproche. No está fracasando como merienda. Está ofreciendo una demostración didáctica de química: células rotas, oxígeno, enzimas, moléculas fenólicas y pigmentos que se ensamblan en cuestión de minutos. Pocas lecciones de ciencia de los alimentos caben tan cómodamente en una tabla de cocina.

EL UNIVERSO QUE NOS ATRAVIESA

 

Hay mañanas en que uno se levanta con la sensación de que el mundo conspira contra él. Puede ser el despertador, que ha sonado con puntualidad de funcionario prusiano; puede ser el café, que sabe a posguerra; puede ser una rodilla que se obstina en recordar al propietario que no tiene ya veinte años. Es razonable, en tales circunstancias, concluir que el universo nos está haciendo algo.

La verdad es más impresionante: el universo nos está atravesando.

Mientras usted lee estas líneas, unos cien billones de neutrinos procedentes del Sol pasan cada segundo por su cuerpo. No rozan la piel ni piden permiso. Entran por la frente, por la nuca o por un codo; cruzan huesos, pulmones, recuerdos de infancia y una eventual preocupación por el colesterol; salen por el lado opuesto y continúan su viaje. Algunos atraviesan luego el suelo, el centro de la Tierra y el océano Pacífico sin experimentar el menor contratiempo. Cuesta mucho abrir una puerta con una bolsa de la compra, pero hay partículas nacidas en el centro del Sol capaces de cruzar el planeta entero sin detenerse.

Los neutrinos son los visitantes más discretos de la naturaleza. No poseen carga eléctrica y su masa es diminuta, aunque no nula. Interaccionan con la materia mediante la fuerza nuclear débil, que tiene un nombre de una sinceridad poco frecuente en física. Por eso un neutrino puede cruzar una lámina de plomo, una montaña o la Tierra entera con una serenidad envidiable. No son imposibles de detener, desde luego. Lo que ocurre es que haría falta una barrera de plomo de unos cuantos años luz de espesor para tener garantías razonables de que alguno se dignara a chocar con algo.

El Sol fabrica la inmensa mayoría de los neutrinos que nos atraviesan. En su interior, cuatro núcleos de hidrógeno acaban fusionándose para formar uno de helio. En el proceso se libera la energía que mantiene encendida la estrella y permite que aquí abajo crezcan encinas, tomates y civilizaciones. Los fotones creados en el núcleo solar tardan decenas o centenares de miles de años en abrirse paso hasta la superficie, rebotando sin cesar entre átomos. Luego recorren los 150 millones de kilómetros que nos separan del Sol en poco más de ocho minutos. Los neutrinos, en cambio, salen casi directamente del núcleo y tardan esos mismos ocho minutos en llegar a nosotros. Son telegramas enviados desde el corazón del Sol.

La humanidad tardó bastante en enterarse de que recibía semejante correspondencia. Wolfgang Pauli propuso la existencia del neutrino en 1930 para resolver un problema de contabilidad energética en la desintegración beta. Era una solución tan arriesgada que, en una célebre carta de aquel año, escribió haber dado con un «remedio desesperado» para salvar la ley de conservación de la energía. Pauli llamó inicialmente a su partícula «neutrón». Cuando James Chadwick descubrió en 1932 el neutrón verdadero, Enrico Fermi bautizó la partícula de Pauli como neutrino, «pequeño neutro» en italiano.

En los años sesenta, Raymond Davis Jr. instaló, en una mina de Dakota del Sur, un tanque para buscar neutrinos solares. Contenía 615 toneladas de tetracloroetileno, el líquido empleado en la limpieza en seco. Era una idea difícil de vender a un vecino prudente: se trataba de esperar a que un neutrino solar chocara con un átomo de cloro y lo convirtiera en argón. Davis encontraba poquísimos. Tan pocos que durante décadas pareció que el Sol enviaba menos neutrinos de los previstos o, alternativa menos tranquilizadora, que los físicos no entendían ni el Sol ni los neutrinos.

La solución resultó ser más elegante: los neutrinos cambian de identidad durante el viaje. Existen tres “sabores” —electrónico, muónico y tau— y pueden oscilar de uno a otro. El observatorio SNO, en Canadá, demostró en 2002 que el Sol producía el flujo esperado de neutrinos de boro-8, pero que sólo una parte llegaba a la Tierra como neutrinos electrónicos. Los demás se habían transformado en neutrinos muónicos o tauónicos. Los neutrinos no faltaban: sencillamente se habían disfrazado.

Que cien billones atraviesen un cuerpo cada segundo no significa que el organismo reciba cien billones de golpes. Casi todos pasan de largo. Sus interacciones son tan improbables y tan poco energéticas que carecen de consecuencias sanitarias apreciables. No hay razón para ponerse un casco de plomo para desayunar ni para culpar a una mala mañana de una conspiración del astro rey.

Los neutrinos no son los únicos embajadores del exterior. También nos llega una lluvia de rayos cósmicos. El nombre engaña, porque no son rayos como los de una linterna, sino sobre todo protones y núcleos atómicos que viajan por el espacio a velocidades próximas a la de la luz. Algunos proceden del Sol; muchos llegan desde explosiones estelares, campos magnéticos gigantescos y regiones próximas a agujeros negros supermasivos.

Al alcanzar la atmósfera, esas partículas no llegan normalmente al suelo. Chocan con núcleos de nitrógeno u oxígeno a gran altura y desencadenan una cascada de piones, kaones, electrones, fotones, neutrinos y otras partículas. La atmósfera funciona como un gigantesco laboratorio de física de partículas, aunque con una política de seguridad bastante laxa y sin un solo cartel que indique la salida de emergencia.

De esta lluvia secundaria, los muones son los que más claramente nos afectan, en el sentido literal de que pasan por nosotros. Son parientes pesados del electrón: tienen la misma carga eléctrica negativa, pero una masa 207 veces mayor. Viven, cuando están quietos, apenas 2,2 microsegundos: demasiado poco para caer desde las capas altas de la atmósfera. Pero viajan casi a la velocidad de la luz y, gracias a la relatividad de Einstein, su reloj interno transcurre más despacio visto desde la Tierra. Esa pequeña trampa relativista les permite llegar hasta el nivel del mar.

La cifra habitual es aproximadamente un muón por centímetro cuadrado y minuto sobre una superficie horizontal. Una mano extendida recibe, por tanto, del orden de uno o dos cada segundo; un cuerpo humano, según tamaño, postura, altitud y latitud, es atravesado por decenas o centenares en ese tiempo. No los notamos, aunque son partículas cargadas y sí interaccionan con la materia. En una cámara de niebla dejan un fino rastro blanco, como una estela de avión que sólo durase una fracción de segundo.

En tierra firme, la radiación cósmica constituye una parte menor de la radiación natural de fondo. Un milisievert —mSv— es una milésima de sievert, la unidad que expresa la dosis de radiación ionizante recibida y permite estimar su efecto biológico. Según la estimación clásica de Naciones Unidas, la radiación cósmica aporta en promedio 0,39 mSv anuales, dentro de una exposición natural total de 2,4 mSv. Una reevaluación reciente de UNSCEAR sitúa el promedio total cerca de 3 mSv, sobre todo por una revisión al alza de la contribución del radón que respiramos en interiores.

La dosis cósmica aumenta con la altitud y la latitud. Hay menos atmósfera protectora en una montaña y el campo magnético terrestre desvía peor las partículas cargadas cerca de los polos. En los viajes en avión, a diez o doce kilómetros de altura, los neutrones y otras partículas secundarias cobran más importancia. Para un pasajero ocasional no supone un problema sanitario relevante; para las tripulaciones, que acumulan cientos de horas de vuelo, es una exposición profesional que se estima y vigila.

Todo esto sería una curiosidad cósmica de sobremesa si las partículas no sirvieran para algo. Pero sirven. Los muones atraviesan mucha roca. Si se coloca un detector bajo una montaña, una pirámide o un volcán, se registran más muones allí donde hay huecos o materiales menos densos. Es una radiografía natural que no requiere rayos X: la hace gratis el universo, con la parsimonia propia de los procedimientos gratuitos.

En 2017, el proyecto ScanPyramids empleó detectores de muones para descubrir una gran cavidad sobre la Gran Galería de la pirámide de Keops. El llamado Big Void mide al menos treinta metros de longitud y tiene una sección comparable a la de aquella galería. No sabemos para qué sirvió. Pero una partícula creada en una colisión atmosférica pudo revelar, sin taladrar la piedra, un secreto que llevaba milenios encerrado en uno de los edificios más examinados del mundo.

Los neutrinos de alta energía hacen algo todavía más atrevido: permiten observar regiones del cosmos opacas para la luz. Por eso grandes detectores de hielo antártico y agua profunda buscan preferentemente partículas que parecen llegar desde abajo, después de haber atravesado la Tierra. El planeta elimina así buena parte del fondo de muones producido en la atmósfera. IceCube, enterrado en el hielo de la Antártida, ocupa aproximadamente un kilómetro cúbico y reúne más de cinco mil módulos ópticos. No ve neutrinos directamente: espera a que uno choque, de cuando en cuando, con un núcleo del hielo y produzca un breve destello azul de radiación Cherenkov.

No vivimos separados del universo, protegidos por una frontera nítida entre lo de aquí y lo de allá fuera. Somos un episodio local de una historia física que comenzó hace 13.800 millones de años. Los átomos de nuestro cuerpo se forjaron en estrellas antiguas; la energía que calienta nuestra piel procede del Sol; y, mientras tanto, una lluvia de partículas nos conecta con su núcleo, con explosiones estelares y con fenómenos que ocurren en galaxias lejanas.

Los neutrinos seguirán pasando mientras uno lee el periódico, discute con el banco o busca las gafas que lleva puestas. Quizá resulte reconfortante saber que el universo no es un decorado situado sobre nuestras cabezas. Está aquí. Nos atraviesa a cada segundo. Y continúa su camino. 

lunes, 31 de agosto de 2026

PRIMERO EL PETRÓLEO; LAS URNAS YA SI ESO

 

Donald Trump anunció hace unos días que Estados Unidos había conseguido el control de 65 000 millones de barriles de petróleo venezolano. Lo dijo con ese sentido de la medida que le ha permitido construir edificios dorados, poner su apellido en letras de tres metros y tratar la política internacional como una negociación entre propietarios de casinos. Según Trump, se trata del mayor acuerdo petrolero de la historia. Puede que lo sea. También puede que no. De momento, ni siquiera conocemos el contrato.

Conviene empezar por una precisión: los 65 000 millones de barriles no existen todavía en forma de petróleo utilizable. Están bajo tierra. Son una estimación de las reservas contenidas en 17 campos venezolanos cuya explotación sería encomendada a una nueva sociedad mixta. Estados Unidos controlaría el 55% de esa empresa y tendría derecho a comprar parte del crudo a precio de coste. A cambio, inversores privados aportarían capital y tecnología para reparar una industria asentada sobre las mayores reservas probadas oficialmente reconocidas, buena parte de ellas formadas por crudo extrapesado, caro y difícil de explotar.

Delcy Rodríguez, presidenta interina de Venezuela por la curiosa vía de no haber sido elegida nunca para ese cargo, asegura que el petróleo seguirá perteneciendo a Venezuela. Trump dice que el acuerdo «duplica con creces las reservas estadounidenses». Las dos afirmaciones no pueden ser ciertas al mismo tiempo, salvo que se aplique la flexible contabilidad política según la cual una cosa pertenece a Venezuela cuando habla Delcy y a Estados Unidos cuando habla Donald.

La información disponible indica que Washington no ha comprado los 65 000 millones de barriles. Ha obtenido el control mayoritario de una empresa con derechos de explotación sobre los yacimientos. La parte venezolana recibiría inversiones, impuestos, cánones por la explotación y una participación en los beneficios. Rodríguez calcula que el Estado ingresará 209 000 millones de dólares. Trump, por su parte, afirma que todo se hará «sin coste para el contribuyente estadounidense». Los contribuyentes venezolanos no han sido mencionados, quizá porque nadie les ha preguntado.

Hay también cierta confusión sobre la duración. Caracas habla de un acuerdo de 25 años. Fuentes estadounidenses describen una concesión de cien. A una producción de 1,5 millones de barriles diarios harían falta unos 119 años para extraer los 65 000 millones. Es posible que los redactores del contrato dominen una aritmética desconocida en el resto del mundo. O que la cifra se haya elegido porque 65 000 millones impresiona bastante más que «ya veremos cuánto sale».

Trump ha anunciado además que utilizará petróleo venezolano para llenar la Reserva Estratégica de Estados Unidos. Lo ha llamado «un regalo de Venezuela al pueblo estadounidense». Regalar petróleo después de que el destinatario haya enviado tropas, capturado al presidente de tu país y advertido a su sucesora de que podría correr una suerte todavía peor constituye una modalidad de generosidad poco estudiada. Se parece a esas ocasiones en que alguien entrega la cartera a un hombre armado y este agradece el obsequio.

Para justificar la operación, Trump ha repetido que Venezuela robó el petróleo estadounidense. Es falso, aunque contiene los restos de dos historias reales mezcladas hasta hacerlas irreconocibles.

La primera ocurrió en 1976. Venezuela llevaba décadas aumentando su control sobre el negocio petrolero. La Ley de Hidrocarburos de 1943 había elevado los impuestos y establecido la futura reversión de las concesiones. El sistema conocido como fifty-fifty permitió después que aproximadamente la mitad de los beneficios quedara en el país. En 1971 se aceleró la reversión al Estado de los bienes vinculados a las concesiones.

Carlos Andrés Pérez promulgó la ley nacionalizadora en agosto de 1975 y Petróleos de Venezuela (PDVSA) asumió la industria el 1 de enero de 1976. No fue una confiscación nocturna ejecutada por una patrulla de revolucionarios. Fue una operación preparada, aprobada por ley y respaldada por casi todo el espectro político venezolano. El Gobierno estadounidense la conocía con antelación y sus propios documentos diplomáticos la consideraban inevitable.

Las empresas extranjeras recibieron compensaciones por algo más de 1 000 millones de dólares. Venezuela utilizó el valor contable neto de las instalaciones, no el valor fabuloso de todos los beneficios que las compañías esperaban obtener en el futuro. A las empresas les habría gustado cobrar más, como suele suceder a quienes cobran, pero aceptaron el arreglo. Creole, filial de Exxon, recibió cerca de la mitad. Varias compañías continuaron trabajando para PDVSA mediante contratos de asistencia técnica y comercial. Fue una nacionalización, no un robo.

La segunda historia corresponde a Hugo Chávez. En 2007 obligó a que los grandes proyectos de la Faja del Orinoco pasaran a ser empresas mixtas controladas al menos en un 60 % por PDVSA. Chevron, BP, Total, Statoil y Eni aceptaron las nuevas condiciones o negociaron compensaciones. Total, Statoil y Eni recibieron conjuntamente alrededor de 1 800 millones de dólares.

ExxonMobil y ConocoPhillips rechazaron las ofertas y recurrieron al arbitraje internacional. Exxon consiguió laudos por unos 1 600 millones. ConocoPhillips obtuvo en 2019 una indemnización de 8 700 millones, más intereses y gastos. Venezuela ha discutido y retrasado esos pagos, y todavía existen deudas pendientes. Pero los acreedores son las compañías afectadas, no el Gobierno estadounidense. Los tribunales les reconocieron dinero, no la propiedad sobre una quinta parte del petróleo venezolano.

Presentar el nuevo acuerdo como una reparación histórica equivale a que el dueño de un bar cobre una deuda apropiándose de la finca donde se cultiva la cebada cervecera. La operación actual no restituye unos barriles que pertenecieran antes a Estados Unidos. Concede derechos nuevos sobre recursos venezolanos a una sociedad dominada por Washington. Y los concede un gobierno que depende para sobrevivir del país beneficiario del contrato.

Todo esto sería menos perturbador si el desembarco estadounidense hubiera conducido a la democratización prometida. Cuando las fuerzas especiales capturaron a Nicolás Maduro el pasado 3 de enero, la Administración Trump habló de libertad, transición y elecciones legítimas. Maduro había usurpado casi con certeza la victoria de Edmundo González en los comicios de 2024. Había razones más que sobradas para exigir el final de su régimen. Otra cosa es que existieran razones jurídicas para bombardear el país, capturar a su presidente y trasladarlo a una cárcel de Nueva York.

Marco Rubio presentó entonces un programa de tres fases. Primero, estabilización. Después, recuperación económica, con acceso de las compañías estadounidenses al mercado venezolano. Finalmente, transición democrática y elecciones libres. El orden tenía la claridad de una lista de prioridades: primero se estabilizaba el país, luego entraban las petroleras y, cuando todo estuviera convenientemente dispuesto, se permitiría votar a los venezolanos.

Han transcurrido ocho meses. No hay elecciones convocadas, calendario electoral ni fecha aproximada. Delcy Rodríguez, antigua vicepresidenta de Maduro y figura principal del mismo aparato chavista, sigue al frente del Gobierno. Conserva buena parte de las instituciones, las fuerzas armadas, los tribunales y los organismos electorales que sostuvieron al régimen anterior.

Trump declaró el 24 de julio que Venezuela «todavía no está preparada» para celebrar elecciones. Añadió que Delcy estaba haciendo «un trabajo fantástico» y destacó la cantidad de petróleo que Estados Unidos estaba obteniendo. Es difícil resumir con mayor economía el cambio de objetivos.

Ha habido excarcelaciones, una ley de amnistía y conversaciones con algunos sectores de la oposición. Pero las organizaciones de derechos humanos denuncian que muchas liberaciones han sido parciales, sometidas a restricciones o sustituidas por arrestos domiciliarios. A comienzos de agosto quedaban más de 380 presos políticos. La misión internacional de la ONU advirtió ya en marzo que el aparato represivo continuaba funcionando y que altos cargos vinculados a violaciones de los derechos humanos seguían en puestos de poder. Desde la captura de Maduro se habían producido, además, decenas de detenciones por motivos políticos.

Washington no ha desmontado el chavismo. Ha llegado a un acuerdo con él. Maduro era hostil, imprevisible y poco rentable; Delcy Rodríguez es disciplinada, negociadora y abre los campos petrolíferos. La diferencia ideológica parece haber impresionado mucho menos a Trump que la diferencia comercial.

La democracia no ha desaparecido del discurso oficial. Sigue allí, conservada para una tercera fase que llegará cuando Venezuela esté preparada. Nadie explica quién decidirá que lo está ni por qué un pueblo capaz de votar en 2024 necesita ahora la autorización de Washington para volver a hacerlo.

El petróleo, mientras tanto, dispone ya de campos, porcentajes, previsiones de inversión y planes para llenar la Reserva Estratégica estadounidense. Las elecciones disponen de una palabra: algún día.

No resulta difícil averiguar cuál de las dos cosas motivó realmente la operación.

domingo, 30 de agosto de 2026

LA FONTANERÍA DEL CEREBRO Y LA CURA DEL ALZHEIMER

En 2019, el cirujano chino Qingping Xie abrió el cuello de una mujer que oía un ruido que nadie más podía escuchar. Padecía tinnitus, un zumbido producido sin que haya campana, mosquito ni vecino utilizando un taladro. Se sospechaba que alguna estructura comprimía los nervios relacionados con la audición. Xie se dispuso a aliviarla, una tarea delicada porque el cuello es uno de esos lugares donde la anatomía parece haber guardado todos sus cables, tuberías y conductos en el mismo cajón.

Durante la operación observó que algunas estructuras linfáticas profundas estaban aumentadas de tamaño o funcionaban de manera anómala. Xie era especialista en microcirugía reconstructiva y aplicó una técnica utilizada para tratar el linfedema: conectó pequeños vasos linfáticos y tejido ganglionar con venas cercanas, creando un atajo por el que la linfa pudiera drenar directamente en la circulación sanguínea. 

Según contaría después, la mujer mejoró del tinnitus, pero añadió algo inesperado: también se sentía mentalmente más despejada. No era un resultado obtenido en un ensayo clínico, sino la impresión de una paciente. Las versiones de la historia tampoco coinciden en todos los detalles —unas sitúan la operación en 2018 y otras en 2019—, pero la observación llevó a Xie a hacerse una pregunta sorprendente: ¿podía el drenaje linfático del cuello influir en el funcionamiento del cerebro?

Durante mucho tiempo se creyó que el sistema nervioso central carecía de vasos linfáticos. El tejido cerebral propiamente dicho, en efecto, no posee una red comparable a la de otros órganos. Eso planteaba un problema fundamental: el cerebro consume alrededor de una quinta parte de la energía del organismo y produce continuamente residuos metabólicos. Las células degradan parte de ellos, otros atraviesan la barrera hematoencefálica y algunos pasan al líquido cefalorraquídeo, pero faltaba una explicación completa de cómo eran evacuados.

En 2012, el equipo de la neurocientífica Maiken Nedergaard describió en ratones el llamado sistema glinfático. El líquido cefalorraquídeo penetra por los espacios que rodean las arterias, intercambia sustancias con el líquido intersticial y favorece la salida de solutos por vías asociadas a los vasos sanguíneos. En el proceso intervienen los astrocitos, células gliales cuyas prolongaciones envuelven los vasos y contienen canales de agua denominados acuaporinas 4.

El sistema glinfático no es una red de tuberías anatómicas, sino un modelo funcional de circulación de líquidos por los espacios perivasculares y extracelulares. Su funcionamiento exacto continúa siendo objeto de debate, pero en 2024 se demostró mediante contraste que los espacios perivasculares también actúan como vías de circulación del líquido cefalorraquídeo en el cerebro humano.

Quedaba por localizar el desagüe. En 2015, dos equipos independientes identificaron verdaderos vasos linfáticos en las meninges. El trabajo más conocido, dirigido por Jonathan Kipnis y publicado en Nature, describió una red situada principalmente en la duramadre, junto a los senos venosos. Aquellos vasos transportaban líquido, macromoléculas y células inmunitarias hacia los ganglios cervicales.

No es completamente exacto decir que se descubrió «el sistema linfático del cerebro». El tejido nervioso continúa careciendo de capilares linfáticos. Los vasos se encuentran en las membranas que lo envuelven y reciben parte del material movilizado desde su interior. El sistema glinfático actuaría como servicio de recogida; los vasos linfáticos meníngeos constituirían una de las conducciones de salida.

Cuando Xie observó las anomalías linfáticas de su paciente, estos descubrimientos acababan de transformar la neuroanatomía. Si los residuos procedentes del cerebro terminaban en los ganglios cervicales profundos y éstos funcionaban peor con la edad, quizá fuera posible construir una derivación que facilitara su salida. Para hacerlo necesitaba unir vasos de menos de un milímetro. Afortunadamente, la técnica ya existía.

Las primeras anastomosis entre vasos linfáticos y venas se ensayaron en la década de 1960 y comenzaron a utilizarse clínicamente para tratar el linfedema en los años setenta. El gran perfeccionamiento llegó en la década de 1990 gracias al cirujano japonés Isao Koshima, pionero de la supermicrocirugía, que permite disecar y unir vasos sanguíneos, vasos linfáticos y fascículos nerviosos de entre 0,3 y 0,8 milímetros. Koshima aplicó el procedimiento a las anastomosis linfático-venosas y lo convirtió en una intervención fiable para determinados casos de linfedema. Una revisión publicada en 2018 resume la historia y las aplicaciones de esta proeza técnica.

Xie no inventó la anastomosis ni la supermicrocirugía. Su innovación consistió en trasladarlas desde los brazos y las piernas hasta las profundidades del cuello y atribuirles una finalidad mucho más ambiciosa: facilitar la evacuación de residuos cerebrales. En septiembre de 2020 operó experimentalmente a un paciente de 84 años con deterioro cognitivo grave. Según el informe publicado dos años después, el hombre recuperó algunas funciones básicas.

El Alzheimer parecía un candidato perfecto para aquella fontanería experimental. En la enfermedad se acumulan beta-amiloide y formas anómalas de tau. Ambas proteínas pueden aparecer en el líquido intersticial y en el líquido cefalorraquídeo. Además, en animales, la alteración de las vías glinfáticas y linfáticas reduce la eliminación de beta-amiloide y agrava algunos rasgos de la enfermedad.

La denominada anastomosis linfático-venosa cervical profunda pretende actuar al final de ese recorrido. El cirujano identifica colectores linfáticos cervicales y los conecta con pequeñas venas. La diferencia de presión debería facilitar el paso de la linfa a la sangre y, en teoría, arrastrar beta-amiloide, tau y otros productos procedentes del cerebro, que después serían eliminados por los mecanismos periféricos.

La hipótesis resulta atractiva, pero contiene varios saltos todavía no demostrados. Que la anastomosis reciba linfa no prueba que ésta proceda del cerebro. Encontrar proteínas cerebrales en la sangre tampoco demuestra que hayan salido de placas u ovillos. Y ensanchar el desagüe final puede servir de poco si el principal atasco está en los espacios perivasculares, los astrocitos, las paredes arteriales o el interior de las neuronas.

Pese a ello, la intervención se difundió con enorme rapidez por China. Aparecieron vídeos de pacientes que parecían volver a conversar, reconocer a sus familiares o caminar sin ayuda. Algunos hospitales anunciaron tasas de éxito superiores al ochenta o noventa por ciento. Pero las mejorías observadas en pocos días eran difíciles de conciliar con una enfermedad que destruye neuronas y sinapsis durante años. Los síntomas de la demencia fluctúan y pueden verse afectados por el sueño, la hidratación, las infecciones, la medicación, la atención recibida y las expectativas de familiares y médicos.

En julio de 2025, la Comisión Nacional de Salud de China prohibió ofrecer la operación como tratamiento ordinario del Alzheimer. Sólo podría practicarse dentro de investigaciones autorizadas. La decisión no significaba que se hubiera demostrado su inutilidad, sino que se estaba aplicando antes de averiguar si funcionaba.

En febrero de 2026 se publicó el estudio más amplio hasta entonces: 139 pacientes con Alzheimer grave seguidos durante seis meses después de la operación. Los investigadores encontraron una mejoría cognitiva modesta, algunos cambios conductuales y variaciones en los biomarcadores de beta-amiloide y tau. No hubo muertes ni complicaciones quirúrgicas graves.

Los resultados justifican continuar investigando, pero no demuestran eficacia. Todos los participantes fueron operados y no existía un grupo de control. Sólo 95 completaron la evaluación de seis meses y los biomarcadores se midieron en grupos menores. Algunos cambios aparecieron apenas 48 horas después de la intervención, cuando la anestesia, la inflamación y el estrés quirúrgico podían alterar las mediciones.

Para averiguar si la operación elimina realmente proteínas del cerebro no basta con medirlas en la sangre o en el líquido cefalorraquídeo. La tomografía por emisión de positrones —PET, por sus siglas en inglés— permite observar su distribución dentro del encéfalo. Para ello se administran trazadores radiactivos que se unen selectivamente a las placas de beta-amiloide o a los agregados de tau; cada una de esas dos proteínas requiere un trazador diferente. Al comparar las imágenes obtenidas antes y después de la intervención puede estimarse si los depósitos han disminuido y en qué regiones. La PET tampoco demuestra por sí sola que mejore la función cerebral, pero proporcionaría una prueba mucho más directa de la supuesta «limpieza» que una variación pasajera de los biomarcadores sanguíneos.

En 2026 ya se habían registrado ensayos aleatorizados destinados a comparar la operación más donepezilo con eltratamiento farmacológico convencional. Deberán demostrar que las anastomosis permanecen abiertas, medir si aumenta realmente el drenaje cerebral, utilizar PET para comprobar la evolución de los depósitos de beta-amiloide y tau y seguir a los pacientes durante años.

Es posible que Xie viera en aquel cuello algo que los demás no habían sabido ver. También es posible que confundiera una coincidencia con una causa. La hipótesis no es absurda: el cerebro posee vías de drenaje que se deterioran con la edad y cuya alteración puede contribuir a la acumulación de proteínas. Lo que continúa sin demostrarse es que una derivación realizada en el cuello baste para limpiar el tejido cerebral y recuperar la función perdida.

La supermicrocirugía permite unir vasos de tres décimas de milímetro. Lo que todavía no ha conseguido unir de manera convincente es una mejor evacuación linfática del cuello con la recuperación de la memoria. Entre ambas cosas queda una distancia diminuta bajo el microscopio y enorme en la ciencia.

UN VIAJE A TRAVÉS DE LAS CAPAS CEREBRALES

 

El cerebro dirige nuestros movimientos, interpreta cuanto percibimos, conserva los recuerdos y hace posible el lenguaje, la atención y el pensamiento. Sin embargo, se trata de un órgano extremadamente blando y vulnerable. Su protección no depende de una única envoltura, sino de una sucesión de tejidos, huesos, membranas y líquidos que se extiende desde el cabello hasta la superficie cerebral.

El recorrido comienza con el cabello, que no constituye propiamente una capa anatómica. Los pelos nacen en folículos incluidos en la piel y proporcionan una protección modesta frente a la radiación solar, las pequeñas rozaduras y la pérdida de calor.

Debajo aparece la piel del cuero cabelludo, relativamente gruesa, muy vascularizada y provista de abundantes folículos pilosos, glándulas sebáceas y glándulas sudoríparas. Forma la primera barrera verdadera frente a los traumatismos leves, los agentes químicos y los microorganismos.

La sigue una capa de tejido conectivo denso subcutáneo, rica en grasa, vasos sanguíneos y nervios. La grasa amortigua los golpes y contribuye al aislamiento térmico. Los vasos permanecen firmemente sujetos por las fibras conjuntivas y por eso, cuando se cortan, no se retraen con facilidad: una herida del cuero cabelludo puede sangrar de forma sorprendentemente abundante.

Más profundamente se encuentra la galea aponeurótica, una resistente lámina fibrosa que une los músculos frontal y occipital. Junto con la piel y el tejido subcutáneo forma una cubierta relativamente móvil, pero firme, que distribuye las fuerzas ejercidas sobre la cabeza y permite desplazar el cuero cabelludo.

Bajo la galea se extiende el tejido conectivo areolar laxo. Sus fibras poco compactas permiten que las capas superficiales se deslicen sobre el cráneo. Esa movilidad resulta útil para absorber y repartir algunas fuerzas, pero tiene una contrapartida: la sangre o una infección pueden extenderse con facilidad por este plano. Sus venas emisarias comunican con vasos situados en el interior del cráneo, razón por la cual tradicionalmente se lo denomina «zona peligrosa» del cuero cabelludo.

La última capa del cuero cabelludo es el pericráneo, nombre que recibe el periostio que recubre externamente los huesos craneales. Es una membrana resistente, vascularizada y adherida al hueso, especialmente en las suturas. Participa en su nutrición, reparación y crecimiento. Estas cinco capas —piel, tejido conectivo denso, galea, tejido areolar laxo y pericráneo— forman el cuero cabelludo propiamente dicho, resumido en anatomía mediante el acrónimo inglés SCALP.

A continuación aparece el cráneo, la gran defensa mecánica del encéfalo. Los huesos de la bóveda craneal presentan una tabla externa compacta, una zona intermedia de hueso esponjoso llamada diploe y una tabla interna también compacta. Esta construcción combina resistencia y una relativa ligereza. El cráneo evita deformaciones del encéfalo y reparte la energía de muchos impactos, aunque su rigidez plantea un inconveniente: si se produce una hemorragia o un edema, el tejido cerebral no dispone de espacio para expandirse y aumenta la presión intracraneal.

Pegada a la cara interna del cráneo se encuentra la duramadre, la más externa, gruesa y resistente de las tres meninges. En el interior del cráneo posee una capa perióstica, adherida al hueso, y otra meníngea. Esta última forma tabiques, como la hoz del cerebro y la tienda del cerebelo, que sostienen el encéfalo y limitan sus desplazamientos. Entre ambas capas discurren los senos venosos durales, encargados de recoger la sangre cerebral.

El llamado espacio epidural craneal, situado entre el hueso y la duramadre, no es un espacio abierto en condiciones normales: ambas estructuras permanecen unidas. Por eso se considera un espacio potencial. Puede aparecer cuando un traumatismo rompe un vaso —a menudo una arteria meníngea— y la sangre separa la duramadre del cráneo, originando un hematoma epidural.

Entre la duramadre y la siguiente meninge se encuentra el espacio subdural, también potencial y omitido en la figura. Solo se abre cuando se acumula líquido o sangre, generalmente tras la rotura de las venas que atraviesan la zona para desembocar en los senos durales. Así se forma el hematoma subdural, especialmente frecuente después de traumatismos y en personas mayores.

La aracnoides es una membrana fina, translúcida y prácticamente desprovista de vasos. No penetra en los surcos cerebrales, sino que pasa por encima de ellos como una cubierta. Recibe su nombre de las delicadas trabéculas que parten de ella y le dan un aspecto semejante al de una telaraña. Sus granulaciones intervienen en el retorno del líquido cefalorraquídeo a la circulación venosa.

Bajo ella se abre el espacio subaracnoideo, que, a diferencia de los dos anteriores, es un espacio real. Contiene líquido cefalorraquídeo, trabéculas aracnoideas y los principales vasos que irrigan el cerebro. El líquido mantiene el encéfalo en una especie de flotación, reduce enormemente su peso efectivo y amortigua movimientos y golpes. También ayuda a mantener estable el medio químico y participa en la eliminación de productos de desecho. En algunos lugares, el espacio se ensancha formando cisternas.

La piamadre es la meninge más interna: una membrana muy fina y vascularizada que se adhiere íntimamente a la superficie cerebral. A diferencia de la aracnoides, acompaña todas las circunvoluciones y penetra en cada surco. Envuelve los vasos cuando estos abandonan el espacio subaracnoideo y se introducen en el tejido nervioso, contribuyendo a sostener y proteger la delicada superficie del encéfalo.

Finalmente llegamos a la corteza cerebral. Ya no es una cubierta protectora, sino el propio tejido nervioso que todo el sistema anterior protege. Se trata de una capa de sustancia gris de apenas unos milímetros de grosor, formada por cuerpos neuronales, dendritas, sinapsis, axones y células gliales. Debajo se encuentra la sustancia blanca, compuesta principalmente por fibras nerviosas mielinizadas que conectan distintas regiones.

La corteza se pliega formando circunvoluciones o giros, separados por surcos. Este plegamiento permite alojar una superficie cortical mucho mayor sin aumentar excesivamente el volumen del cráneo y, con ella, un número enorme de neuronas y conexiones. Sus distintas regiones intervienen en la percepción sensorial, el control del movimiento, el lenguaje, la memoria, la atención, la planificación, las emociones y el pensamiento consciente.

Desde el cabello hasta las neuronas, por tanto, no existe una simple sucesión de envoltorios. Cada estrato cumple una tarea distinta: la piel aísla, el tejido conectivo amortigua, la galea da consistencia, el plano areolar proporciona movilidad, el pericráneo nutre al hueso, el cráneo resiste los impactos, las meninges sostienen y compartimentan, y el líquido cefalorraquídeo mantiene el encéfalo suspendido. En el centro de todo se encuentra la corteza cerebral, una lámina extraordinariamente compleja protegida por una arquitectura construida, literalmente, capa sobre capa.

sábado, 29 de agosto de 2026

LA COMIDA QUE NO QUIEREN QUE DEJEMOS DE COMER

 

¿Alguna vez se ha sentido adicto a la comida? No a toda, claro. Nadie se levanta de madrugada incapaz de pensar en otra cosa que no sea un plato de acelgas hervidas. La tentación suele tener otra forma: una bolsa de patatas fritas, una tableta de chocolate, una pizza, unas galletas o ese helado que uno pensaba probar a cucharadas y acaba desapareciendo misteriosamente mientras ve la televisión.

Es lo que llamamos «comida basura», una expresión poco científica pero bastante elocuente. Designa alimentos que ofrecen muchas calorías, una recompensa sensorial inmediata y, con frecuencia, poca fibra, vitaminas, minerales o compuestos vegetales beneficiosos. Su principal virtud comercial es que saben bien. Tan bien que activan los mecanismos cerebrales que nos impulsan a repetir la experiencia: una cucharada más, y luego otra, hasta que el paquete vacío pone fin a la discusión.

El concepto de «adicción a la comida» no es nuevo. Apareció en la literatura científica en 1956, cuando el alergólogo estadounidense Theron G. Randolph publicó un artículo científico en el que aplicó el término a alimentos tan diversos como el maíz, el trigo, el café, la leche, los huevos y las patatas, a los que atribuía reacciones comparables a las observadas en otras dependencias. Su interpretación mezclaba alergia, adaptación fisiológica y conducta compulsiva y está muy alejada de la concepción actual, pero tuvo el mérito de plantear la cuestión.

Hoy las sospechas no recaen sobre los huevos o el trigo, sino sobre ciertos alimentos elaborados industrialmente, ricos en hidratos de carbono refinados, grasas añadidas, azúcar o sal y diseñados para resultar extremadamente apetecibles. Algunos investigadores prefieren llamarlos «altamente procesados»; otros, «hiperpalatables»; y otros los incluyen dentro de la categoría más amplia de los ultraprocesados. Los tres términos se solapan, pero no significan exactamente lo mismo.

«Comida basura» es una denominación coloquial basada en la mala calidad nutricional. «Ultraprocesado», en cambio, es una categoría técnica del sistema NOVA, creado por investigadores de la Universidad de São Paulo, que clasifica los alimentos según la naturaleza, intensidad y finalidad de su procesamiento. Su cuarta categoría reúne los ultraprocesados: formulaciones industriales elaboradas con ingredientes refinados o modificados y aditivos producidos principalmente con sustancias extraídas o derivadas de alimentos —aceites refinados, almidones, aislados proteicos o azúcares— y aditivos destinados a conservarla o modificar su color, sabor, aroma y textura.

Muchas comidas basura son ultraprocesadas: refrescos, chocolatinas, patatas de bolsa, cereales azucarados, bollería industrial y buena parte de los platos preparados. Pero ambas categorías no coinciden por completo. Un cereal integral enriquecido, una bebida vegetal, un yogur de sabores o determinadas fórmulas infantiles pueden ser ultraprocesados sin merecer necesariamente el nombre de basura. Por el contrario, unas patatas fritas en casa, unas galletas artesanas o una tarta casera pueden ser nutricionalmente deplorables sin pertenecer a la categoría industrial NOVA 4. Y, como ya expliqué al hablar de los helados y los ultraprocesados, tampoco todo procesamiento es perjudicial: el aceite de oliva, el queso, las legumbres en conserva y las verduras congeladas son productos procesados perfectamente compatibles con una alimentación saludable.

La palabra «adicción» exige todavía más cuidado. La adicción a la comida no figura como diagnóstico independiente en los principales manuales psiquiátricos. Sin embargo, algunas personas muestran ante ciertos alimentos una conducta parecida a la observada en los trastornos por consumo de sustancias: deseo intenso, pérdida de control, intentos fallidos de reducir el consumo y persistencia a pesar de conocer sus consecuencias.

La Escala de Adicción a la Comida de Yale, creada en 2009, trasladó a la alimentación varios criterios utilizados para diagnosticar las adicciones. A partir de numerosos estudios realizados con esta herramienta se ha estimado que aproximadamente el 14% de los adultos y el 12% de los niños presentan conductas alimentarias de tipo adictivo. Son cifras considerables, aunque deben interpretarse con prudencia: proceden de cuestionarios y no equivalen a un diagnóstico clínico universalmente aceptado. Un análisis publicado en 2023 en The BMJ sostienen que algunos ultraprocesados ricos en hidratos refinados y grasas añadidas pueden desencadenar patrones de consumo que cumplen varios criterios propios de una adicción.

La comida, además, sí actúa sobre el cerebro. Afirmar que no modifica su actividad ni provoca liberación de dopamina sería incorrecto. Comer es imprescindible para sobrevivir y la evolución se ha encargado de que resulte gratificante. Un estudio realizado mediante tomografía por emisión de positrones mostró que la ingestión de alimentos produce dos oleadas de actividad dopaminérgica: una asociada al sabor y otra, más tardía, a las señales que llegan desde el aparato digestivo. La intensidad de algunas de esas respuestas se relaciona con lo agradable que resulta la comida.

Eso no significa que un helado actúe igual que la cocaína. Las drogas introducen en el organismo sustancias capaces de alterar directamente la neurotransmisión y, por lo general, producen efectos más rápidos e intensos. La comida activa circuitos de recompensa creados precisamente para estimular la alimentación. La cuestión es si la tecnología industrial ha aprendido a explotar esos circuitos hasta provocar, en determinadas personas, una conducta compulsiva comparable en algunos aspectos a una dependencia.

La hipótesis resulta verosímil. La fruta ofrece azúcar, pero también agua, fibra y una estructura celular que ralentiza su ingestión y absorción. Los frutos secos contienen grasa, pero encerrada en tejidos que exigen masticación. En la naturaleza es poco frecuente encontrar grandes cantidades de grasa, azúcar, almidón refinado y sal reunidas en un alimento blando, concentrado, de absorción rápida y que casi no requiere esfuerzo para ser ingerido. La industria puede fabricarlo.

No existe un único «punto de placer» válido para todos los productos, pero sí una formulación sistemática de combinaciones capaces de potenciarse entre ellas. Tera Fazzino y sus colaboradores propusieron una definición cuantitativa de alimento hiperpalatable basada en tres combinaciones: grasa y sodio, grasa y azúcares simples, o hidratos de carbono y sodio. Al aplicarla a una gran base de datos estadounidense, comprobaron que el 62% de los alimentos examinados cumplía al menos uno de esos criterios.

La textura también importa. Los ultraprocesados suelen ser blandos, crujientes o solubles, con poca fibra y escasa resistencia a la masticación. Se comen deprisa y permiten ingerir muchas calorías antes de que las señales de saciedad tengan tiempo de imponer cordura. En el experimento controlado de Kevin Hall y sus colaboradores, veinte voluntarios recibieron durante dos semanas una dieta ultraprocesada y durante otras dos una dieta mínimamente procesada. Aunque las comidas ofrecidas estaban equiparadas en calorías, azúcar, grasa, fibra y macronutrientes, los participantes podían comer cuanto quisieran. Con la dieta ultraprocesada consumieron unas 500 kilocalorías diarias adicionales, comieron más deprisa y ganaron cerca de 0,9 kilos; durante la dieta no procesada perdieron una cantidad equivalente.

La sal contribuye al problema sin aportar una sola caloría. Combinada con grasas y almidones refinados hace mucho más atractivos aperitivos, pizzas y platos preparados. Como señalé en un artículo anterior sobre el exceso de sal, el sodio no solo favorece la hipertensión: también puede alterar el microbioma intestinal y participa en combinaciones hiperpalatables que estimulan el picoteo y facilitan la sobreingesta.

La comparación con la industria tabacalera no es solo una metáfora. Philip Morris y R. J. Reynolds adquirieron durante las últimas décadas del siglo XX grandes empresas alimentarias, entre ellas Kraft y Nabisco. Un estudio publicado en 2024 en una revista científica que lleva el significativo título de Adiction, examinó los productos comercializados entre 1988 y 2001 y descubrió que los pertenecientes a compañías controladas por la industria tabaquera tenían un 29% más de probabilidades de combinar grasa y sodio y un 80 % más de combinar hidratos de carbono y sodio en proporciones hiperpalatables que los productos de otras empresas. Los autores no demostraron que las tabaqueras inventaran la comida basura, pero sí que contribuyeron de manera selectiva a difundir productos formulados para estimular su consumo.

Conviene, no obstante, evitar la conclusión fácil de que todo ultraprocesado es adictivo o de que el procesamiento industrial, por sí solo, secuestra el cerebro. El estudio de Finlayson y colaboradores que hemos comentado muestra que, una vez consideradas la densidad energética, la fibra, las grasas, los hidratos de carbono y las percepciones del consumidor, la categoría de ultraprocesado solo añadía entre un cero y un siete por ciento a la explicación de cuánto gustaba un alimento o cuánto se creía que podía inducir a comer en exceso. Su diseño se basaba en fotografías y respuestas declaradas, no en consumo real, pero obliga a matizar el relato: quizá el problema no sea una misteriosa propiedad del «ultraprocesamiento», sino el modo en que algunos productos concentran calorías, aceleran la ingestión, retrasan la saciedad y combinan estímulos que rara vez aparecen juntos en la naturaleza.

Por eso, afirmar que los ultraprocesados son «tan adictivos como la heroína» sería científicamente excesivo. Pero también lo sería reducir su consumo a una cuestión de voluntad. Algunos productos han sido formulados, probados y comercializados para que resulte difícil dejar de comerlos. Y cuando el consumidor es un niño, rodeado de anuncios, personajes de dibujos animados y paquetes de colores, hablar de libertad de elección empieza a sonar tan convincente como cuando las tabaqueras defendían que fumar era simplemente una decisión personal.