| Aspectos botánicos de Firmiana simplex. |
Hay árboles que nos engañan. No
porque escondan algo, sino porque nuestro cerebro tiene la costumbre de
clasificar el mundo por parecidos. Si un animal tiene pico, pensamos
inmediatamente en un ave. Si un pez posee un cuerpo alargado y dientes
afilados, lo imaginamos emparentado con un tiburón. Y si un árbol produce en
otoño unos frutos secos, ligeros y papiráceos que permanecen colgando de las
ramas durante semanas, damos por hecho que se trata de un jabonero de la China (Koelreuteria
paniculata).
Sin embargo, basta acercarse unos
pasos para descubrir que las apariencias, una vez más, resultan engañosas.
El árbol que tenemos delante no
pertenece siquiera a la misma familia. Su nombre es Firmiana simplex,
conocido como árbol sombrilla chino, y aunque comparte con Koelreuteria
un aire sorprendentemente familiar cuando fructifica, ambos están separados por
una larga distancia evolutiva. Firmiana pertenece a las malváceas, donde
hoy se integran las antiguas esterculiáceas; Koelreuteria forma parte de
las sapindáceas, la misma familia de los arces, los litchis y los castaños de
Indias. Sus ancestros dejaron de compartir un camino común hace decenas de
millones de años. Y, sin embargo, han terminado fabricando frutos que, vistos
desde cierta distancia, parecen concebidos por el mismo diseñador.
Es una historia cautivadora,
porque habla menos del árbol que de la propia evolución. F.simplex crece
de forma natural en China, Taiwán, Corea y Japón, donde ocupa laderas soleadas,
claros forestales y terrenos alterados por desprendimientos o incendios. Como
ocurre con tantas especies asiáticas, llegó a Europa durante el siglo XVIII
impulsado por la fiebre botánica que llenó jardines y parques de árboles
exóticos. Desde entonces ha demostrado una notable capacidad para adaptarse a
los climas templados, soportando razonablemente bien tanto el calor estival como
los inviernos moderadamente fríos.
Su aspecto general resulta
elegante incluso cuando está completamente desnudo. Puede superar los quince o
veinte metros de altura y desarrolla una copa amplia sostenida por un tronco
recto cuya corteza lisa, gris verdosa, recuerda a la de algunos hayas jóvenes.
Pero lo verdaderamente espectacular aparece con la brotación primaveral. Las
hojas parecen exageradas.
Son hojas simples, sostenidas por
largos pecíolos y divididas generalmente en cinco lóbulos poco profundos que
irradian desde un mismo punto, como los dedos de una mano abierta. Algunas
alcanzan fácilmente los treinta centímetros de anchura e incluso más en
ejemplares vigorosos. Vistas desde abajo producen una sombra sorprendentemente
densa, motivo por el cual el árbol recibió el nombre de árbol sombrilla chino.
Resulta curioso que muchas
personas crean encontrarse ante una higuera gigantesca. No es una impresión
descabellada. Las hojas recuerdan vagamente a las de Ficus carica,
aunque son mucho mayores, más finas y con una textura completamente distinta.
También evocan, en cierta medida, a ciertos arces tropicales, demostrando una
vez más que la naturaleza dispone de un repertorio limitado de formas que
reutiliza una y otra vez en linajes completamente diferentes.
Durante el verano aparecen las
flores formando grandes panículas terminales que pueden superar los treinta
centímetros de longitud. Individualmente son pequeñas y discretas. No poseen la
espectacularidad de un magnolio ni el colorido de un jacarandá. Su tonalidad
amarillenta con matices verdosos o purpúreos apenas llama la atención desde
lejos. Sin embargo, producen abundante néctar y atraen a una gran variedad de
insectos polinizadores, especialmente abejas, sírfidos y pequeñas avispas.
Como ocurre tantas veces en
botánica, las flores pasan casi inadvertidas porque toda la atención se la
lleva lo que viene después. Los frutos de F. simplex constituyen una
auténtica obra de escultura vegetal. Al principio son verdes y carnosos. Poco a
poco adquieren tonos amarillos y rojizos hasta secarse completamente al final
del verano. Cada uno de ellos está formado por cinco folículos leñosos unidos
en la base, como si una estrella hubiera plegado ligeramente sus puntas hacia
arriba. Cuando alcanzan la madurez, cada folículo se abre longitudinalmente
transformándose en una especie de pequeña canoa.
Y entonces aparece el detalle más
sorprendente. En lugar de caer inmediatamente al suelo, las semillas negras,
brillantes y casi esféricas suelen permanecer durante bastante tiempo adheridas
al interior de esas pequeñas embarcaciones vegetales. El conjunto recuerda
vagamente a una mano abierta sosteniendo cuentas de azabache o a cinco
cucharillas ofreciendo pequeñas perlas negras al viento.
Es difícil contemplar ese diseño
sin preguntarse cómo ha podido surgir algo tan aparentemente elaborado mediante
un proceso completamente ciego. Lo más llamativo es que basta alejarse unos
pocos metros para que toda esa delicada arquitectura desaparezca ante nuestros
ojos. Desde cierta distancia ya no distinguimos las pequeñas "canoas"
ni las semillas negras. Lo único que percibimos es una masa de frutos secos, de
color pajizo, colgando de las ramas. Y es precisamente en ese momento cuando
nuestro cerebro cae en la trampa.
«Es un jabonero», pensamos. La
confusión es comprensible. Koelreuteria paniculata produce en esas
mismas fechas unas vistosas cápsulas infladas que primero son verdes, después
adquieren tonalidades amarillentas o rosadas y finalmente se secan sin
desprenderse inmediatamente del árbol. Durante semanas, incluso meses,
permanecen suspendidas en las ramas como cientos de pequeños farolillos de
papel. Desde lejos, el efecto visual guarda un parecido sorprendente con el de Firmiana.
Ambos árboles ofrecen en otoño una copa salpicada de estructuras secas, ligeras
y translúcidas que se mecen con la menor brisa.
Pero basta tomar uno de esos
frutos entre los dedos para comprobar que el parecido termina ahí. El fruto de
Koelreuteria es una auténtica cápsula inflada. Se trata de una bolsa cerrada,
de paredes finísimas, dividida en tres compartimentos. Solo cuando alcanza la
madurez termina abriéndose para dejar escapar las semillas negras que guarda en
su interior. En Firmiana, en cambio, nunca existe esa bolsa. Cada
carpelo madura de forma independiente y acaba abriéndose por una sutura
longitudinal hasta convertirse en esa curiosa barquilla donde las semillas
quedan completamente expuestas.
Aspectos botánicos de Koelreuteria paniculata.
Aunque el resultado final es
extraordinariamente parecido, son construcciones diferentes realizadas con
planos completamente distintos. Y ahí es donde la historia deja de ser una
curiosidad botánica para convertirse en una pequeña lección sobre la evolución.
Durante mucho tiempo se pensó que
los organismos semejantes debían estar necesariamente emparentados. Era una
idea razonable. Después de todo, los hijos suelen parecerse a sus padres y los
primos comparten rasgos familiares. Sin embargo, Darwin comprendió que la
semejanza no siempre significa parentesco. En ocasiones significa simplemente
que dos especies distintas han tenido que resolver problemas parecidos.
Los biólogos llamamos a este
fenómeno convergencia evolutiva. Es uno de los procesos más fascinantes de toda
la biología porque demuestra que la selección natural no trabaja siguiendo un
plano preconcebido, sino explorando posibilidades. Cuando distintos organismos
afrontan desafíos semejantes, las soluciones que resultan eficaces tienden a
repetirse una y otra vez, aunque quienes las desarrollen no tengan apenas
relación entre sí.
Los ejemplos clásicos pertenecen
al mundo animal. Los tiburones, los ictiosaurios y los delfines poseen cuerpos
hidrodinámicos extraordinariamente parecidos, aunque unos sean peces, otros
reptiles extinguidos y los últimos mamíferos. Las alas de aves, murciélagos y
pterosaurios permiten volar, pero evolucionaron de forma independiente. Incluso
el aspecto espinoso de muchos cactus americanos reaparece casi punto por punto
en numerosas euforbias africanas que jamás compartieron un antepasado reciente.
Las plantas ofrecen innumerables
ejemplos semejantes, aunque suelen pasar mucho más desapercibidos. La evolución
vegetal ha inventado hojas carnosas una y otra vez en familias completamente
distintas para soportar la sequía. Ha producido formas almohadilladas en
plantas de alta montaña de continentes diferentes. Ha desarrollado flores
tubulares muy parecidas para atraer a los mismos polinizadores. Y, en el caso
de Firmiana y Koelreuteria, parece haber encontrado dos caminos
distintos para fabricar frutos secos persistentes con un aspecto general
sorprendentemente similar.
Lo interesante es que la
semejanza no afecta a la anatomía, sino al efecto visual. Es como si dos
arquitectos hubieran recibido el mismo encargo —construir un edificio luminoso
y resistente— y uno hubiera elegido el acero mientras el otro recurría a la
madera laminada. Desde la calle ambos edificios podrían parecerse, pero sus
planos serían completamente distintos.
Eso es exactamente lo que ocurre aquí. Koelreuteria construye un farolillo. Firmiana construye una estrella de pequeñas embarcaciones. El parecido es tan solo el resultado final de dos historias evolutivas independientes.
Y puede que sea precisamente eso lo más hermoso de todo. La evolución no copia diseños existentes. No dispone de un catálogo de modelos al que acudir cuando necesita resolver un problema. Cada especie trabaja únicamente con las herramientas heredadas de sus antepasados. A partir de ellas modifica poco a poco hojas, flores, ramas o frutos durante miles y miles de generaciones. Cuando dos linajes diferentes llegan a soluciones parecidas no es porque uno haya imitado al otro, sino porque ambos han descubierto, recorriendo caminos completamente distintos, que determinadas formas funcionan especialmente bien.