Esta mañana, mientras revisaba el
correo, encontré un mensaje de uno de los jardineros del Jardín Botánico. No
contenía ninguna consulta botánica ni avisaba de una incidencia. Solo incluía
una preciosa fotografía. Despistado, me hice una pregunta: «¿Qué es esto?».
La imagen mostraba una pequeña
esfera cubierta de extraños tentáculos rojo anaranjados. Durante un instante
pensé en una anémona marina o quizá en uno de esos organismos de las
profundidades oceánicas que parecen salidos de una película de ciencia ficción.
Sin embargo, aquello colgaba tranquilamente de la rama de un árbol que llevo
años viendo casi a diario. Era una morera del papel (Broussonetia
papyrifera).
Lo más sorprendente es que
aquellas llamativas estructuras no eran pétalos ni frutos. Cada uno de esos
tentáculos era el estilo rematado por el estigma de una diminuta flor femenina,
desplegado para capturar un grano de polen transportado por el viento. La
fotografía había inmortalizado un instante muy fugaz de la vida del árbol, un
momento que suele pasar inadvertido incluso para quienes pasean con frecuencia
bajo su copa. Y, sin embargo, aquella imagen escondía una historia
extraordinaria.
La morera del papel pertenece a
la familia de las moráceas, la misma de las higueras y de las moreras. Es
originaria del este de Asia, donde el ser humano comenzó a cultivarla hace más
de dos mil años. Mientras que el nombre del género está dedicado al naturalista
francés Pierre Marie Auguste Broussonet, su nombre específico, papyrifera,
significa «productora de papel», una denominación que no podría ser más
apropiada. Mucho antes de que Gutenberg revolucionara Europa con la imprenta,
los artesanos chinos ya habían descubierto que la corteza interna de este árbol
proporcionaba unas fibras largas, resistentes y sorprendentemente flexibles.
Tras cocerlas, lavarlas y machacarlas obtenían una pulpa que, extendida sobre
un bastidor y secada cuidadosamente, daba lugar a un papel de extraordinaria
calidad.
No es exagerado afirmar que una
parte importante de la cultura asiática nació gracias a este árbol. Sobre hojas
elaboradas con sus fibras se escribieron poemas, tratados filosóficos,
documentos administrativos y obras científicas. En Japón dio origen al famoso
papel washi, declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad;
en Corea permitió fabricar el resistente hanji; y en numerosas islas del
Pacífico su corteza se golpeaba pacientemente con mazos de madera hasta
transformarla en un tejido llamado tapa, utilizado durante siglos para
confeccionar vestidos ceremoniales, mantos y objetos rituales.
Sin embargo, toda esa
extraordinaria historia cultural resulta casi anecdótica cuando uno descubre la
forma en que este árbol resuelve un problema mucho más antiguo: cómo
transportar el polen desde una flor masculina hasta una femenina.
La inmensa mayoría de las plantas
con flores han llegado a un acuerdo con los animales. Ofrecen néctar y polen
como recompensa y, a cambio, insectos, aves o murciélagos trasladan el polen de
unas flores a otras. Es un sistema extraordinariamente eficaz, pero tiene un
coste elevado. Hay que fabricar pétalos vistosos, producir aromas, sintetizar
néctar y mantener toda esa infraestructura durante la floración.
La morera del papel decidió
prescindir de semejante despliegue. Renunció a seducir a los insectos y apostó
por un mensajero mucho más antiguo, gratuito e imprevisible: el viento. La
estrategia parece sencilla, pero encierra un problema evidente. El viento
carece de rumbo. No distingue unas flores de otras. La inmensa mayoría de los
granos de polen jamás alcanzarán una flor de la misma especie. Acabarán
depositados sobre el suelo, sobre el tejado de una casa, en el agua de un
estanque o sobre las hojas de cualquier otra planta. La polinización anemófila
es, en cierto modo, un gigantesco ejercicio de estadística.
La primera solución consiste en
fabricar cantidades inmensas de polen. Pero nuestra morera de papel añadió un
segundo refinamiento que durante mucho tiempo pasó inadvertido para los
botánicos. Sus árboles suelen ser dioicos: existen ejemplares masculinos y
ejemplares femeninos. Los masculinos producen pequeños amentos cilíndricos de
aspecto bastante discreto. Nadie diría, al observarlos, que esconden uno de los
mecanismos más rápidos conocidos en el reino vegetal.
Cada flor masculina mantiene sus
cuatro estambres doblados hacia el interior bajo una intensa tensión mecánica.
Es un sistema comparable al arco de un arquero cuando la cuerda está
completamente tensada. Mientras el polen madura, esa energía permanece almacenada
en los filamentos. Pero llega un momento en que basta una ligera variación de
humedad o un pequeño estímulo mecánico para liberar toda la tensión acumulada.
Entonces sucede algo
extraordinario. En menos de una milésima de segundo los estambres se enderezan
violentamente y lanzan el polen hacia el aire como una diminuta catapulta. Las
aceleraciones alcanzadas durante ese movimiento figuran entre las mayores
registradas en organismos vegetales. Todo ocurre tan deprisa que el ojo humano
es incapaz de percibirlo. Solo las cámaras de alta velocidad permiten
contemplar el espectáculo.
¿Por qué tanto esfuerzo para
recorrer apenas unos milímetros?
Porque esos pocos milímetros
bastan para sacar el polen de la fina capa de aire casi inmóvil que envuelve
las flores. Una vez superada esa frontera invisible, las corrientes de viento
hacen el resto del trabajo y transportan los granos a distancias mucho mayores.
Es una solución elegante a un problema físico que ningún ingeniero habría
sospechado encontrar en una flor.
Mientras tanto, en otro árbol
cercano, las flores femeninas permanecen inmóviles. Forman pequeñas cabezuelas
esféricas de las que sobresalen los largos estilos rematados por estigmas de
color rojo intenso que aparecen en la fotografía. Aquellos llamativos
tentáculos no están ahí para atraer insectos. Funcionan como una red de pesca.
Cuanto mayor sea la superficie expuesta al viento, mayor será la probabilidad
de interceptar uno de los millones de granos de polen que flotan en el aire.
Su color rojo probablemente
tampoco tenga relación con la polinización. Todo indica que se debe a la
acumulación de antocianinas, pigmentos que protegen esos delicados tejidos
frente a la intensa radiación solar y frente al daño oxidativo. En otras palabras,
esos tentáculos rojos son, además de una red para capturar polen, una pequeña
sombrilla química.
Cuando un grano de polen logra
aterrizar sobre uno de esos estigmas comienza un viaje completamente invisible.
Absorbe agua, germina y desarrolla un tubo microscópico que atraviesa
lentamente el estilo hasta alcanzar el ovario, donde fecunda el óvulo. La
misión está cumplida. Los tentáculos rojos empiezan entonces a marchitarse y
desaparecen pocos días después.
Sin embargo, la historia no
termina ahí. Poco a poco la inflorescencia se transforma en una esfera carnosa
de color naranja o rojizo que recuerda vagamente a una mora. No es un fruto
propiamente dicho, sino una infrutescencia formada por la unión de decenas de
pequeños frutos individuales, cada uno procedente de una de aquellas diminutas
flores que antes exhibían orgullosamente sus estigmas escarlatas.
Resulta curioso que un árbol
capaz de fabricar el soporte sobre el que se escribieron millones de libros
haya permanecido casi siempre en un discreto segundo plano. Quizá porque sus
flores carecen del atractivo de un cerezo o de una magnolia. Quizá porque sus
mayores prodigios ocurren demasiado deprisa para que podamos contemplarlos. O
quizá porque el auténtico espectáculo no está en lo que vemos, sino en lo que
sucede cuando nadie mira.
Mientras paseamos bajo una morera
del papel, miles de diminutas catapultas vegetales disparan silenciosamente
nubes invisibles de polen. Muy cerca, decenas de pequeños tentáculos rojos
permanecen inmóviles esperando capturar uno solo de esos proyectiles microscópicos.
Todo ocurre sin ruido, sin perfumes y sin insectos revoloteando.
La naturaleza tiene una curiosa
habilidad para esconder sus obras maestras a plena vista. Basta una fotografía
enviada por un jardinero para descubrir que un árbol aparentemente corriente
lleva millones de años resolviendo un complicado problema de ingeniería con una
elegancia que todavía hoy sigue asombrando a los botánicos. Y quizá esa sea la
mayor lección de la morera del papel: que algunas de las historias más
extraordinarias de la naturaleza no empiezan con una explosión de color, sino
con una sencilla pregunta surgida de un correo electrónico: «¿Qué es esto?».