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lunes, 9 de marzo de 2026

LA ISLA DEL TESORO NEGRO

 

Hay lugares diminutos que pesan más que muchos países. En la geografía estratégica del petróleo existe uno de esos puntos casi invisibles en el mapa: la isla de Kharg. Apenas mide unos ocho kilómetros de largo y está situada en el Golfo Pérsico, a unos treinta kilómetros de la costa de Irán. Vista desde un satélite parece una mancha alargada en el agua. Sin embargo, en determinados momentos de tensión internacional, ese pequeño pedazo de tierra puede influir en el precio del petróleo en todo el planeta y convertirse en una pieza clave en los cálculos militares de las grandes potencias.

La explicación es sencilla y, al mismo tiempo, profundamente reveladora de cómo funciona la economía energética global. Kharg es el principal terminal de exportación de petróleo de Irán. Durante décadas ha sido el punto por el que sale al mar la mayor parte del crudo iraní destinado a los mercados internacionales. Algunas estimaciones sitúan en torno al noventa por ciento del petróleo exportado por Irán el volumen que pasa por sus instalaciones. En otras palabras, es el gran grifo energético del país.

La isla se encuentra en el norte del Golfo Pérsico, relativamente cerca de la costa iraní y también de las principales rutas marítimas por las que circulan los petroleros hacia el estrecho de Ormuz. Esa proximidad geográfica tiene una lógica histórica. Irán desarrolló allí sus terminales porque las aguas profundas permiten la llegada de superpetroleros y porque desde el interior del país pueden llegar fácilmente los oleoductos que transportan el crudo desde los grandes campos petrolíferos del suroeste, especialmente los de la provincia de Juzestán.

Antes de convertirse en una pieza clave del sistema energético mundial, Kharg tenía una historia mucho más modesta. Durante siglos fue un enclave pequeño, conocido por sus palmerales y por su posición estratégica en las rutas comerciales del Golfo. En el siglo XVIII fue ocupada por comerciantes holandeses y más tarde pasó a estar bajo control persa. Su verdadero salto a la geopolítica internacional llegó con el auge de la industria petrolera en el siglo XX.

Cuando el petróleo se convirtió en el motor energético del mundo industrial, Irán —entonces Persia— empezó a desarrollar infraestructuras para exportar grandes volúmenes de crudo. Kharg ofrecía varias ventajas: un fondeadero natural adecuado para buques de gran tamaño, una distancia relativamente corta hasta los campos petrolíferos y una posición protegida dentro del Golfo. A partir de los años cincuenta y sesenta la isla comenzó a transformarse en un gigantesco complejo industrial, con enormes tanques de almacenamiento, terminales de carga y sistemas de bombeo capaces de llenar en pocas horas las bodegas de los petroleros.

La revolución iraní de 1979 y la posterior guerra entre Irán e Irak situaron definitivamente a Kharg en el centro del tablero estratégico. Durante la llamada “guerra de los petroleros” en los años ochenta, Irak bombardeó repetidamente la isla con el objetivo de paralizar las exportaciones iraníes. La lógica militar era evidente: si se golpea el punto por el que sale el petróleo, se golpea la principal fuente de ingresos del adversario.

Los ataques fueron intensos y la infraestructura sufrió daños importantes, pero Irán logró mantener la instalación operativa durante buena parte del conflicto. Aquellos episodios dejaron una lección muy clara para los estrategas energéticos: en el mercado petrolero global existen nodos extremadamente sensibles. Kharg es uno de ellos.

El petróleo funciona como una red gigantesca de tuberías, refinerías, puertos y rutas marítimas. En esa red hay puntos que concentran grandes volúmenes de flujo. Cuando uno de esos puntos se ve amenazado o interrumpido, el impacto se transmite inmediatamente al mercado internacional. No es necesario que se corte el suministro de manera efectiva. Basta con que exista la posibilidad de una interrupción para que los precios reaccionen.

La isla de Kharg es un ejemplo perfecto de ese fenómeno. Si su terminal quedara fuera de servicio, incluso temporalmente, una parte significativa del petróleo iraní desaparecería del mercado. Irán es uno de los grandes productores de hidrocarburos del planeta. Una reducción súbita de sus exportaciones generaría tensiones en el suministro global, especialmente en un contexto donde la demanda energética sigue siendo elevada.

Los mercados del petróleo reaccionan con gran sensibilidad a estos riesgos. Los operadores financieros no esperan a que se produzca un ataque o una interrupción física. El simple aumento de la incertidumbre ya provoca movimientos en el precio del crudo. Cuando la estabilidad de una infraestructura estratégica como Kharg se pone en duda, el mercado incorpora ese riesgo en las cotizaciones.

Esto explica por qué, en momentos de crisis en Oriente Medio, los analistas energéticos miran con atención lugares que apenas aparecen en los atlas escolares. Un archipiélago, un estrecho marítimo o una pequeña isla industrial pueden tener un efecto desproporcionado sobre la economía global.

Kharg no es solo un punto de exportación. También es una especie de válvula de presión geopolítica. Para Irán, la isla representa la conexión directa entre su riqueza petrolera y los mercados internacionales. Para sus adversarios potenciales, es un objetivo que podría debilitar seriamente la economía iraní si llegara a ser neutralizado.

En los debates estratégicos que se producen en Washington, Tel Aviv o las capitales del Golfo, Kharg aparece con frecuencia como una pieza clave en escenarios de conflicto. Controlar la isla —o impedir su funcionamiento— equivaldría a intervenir directamente en el flujo de ingresos del Estado iraní. En un sistema internacional donde los hidrocarburos siguen siendo un factor central de poder, ese control tendría implicaciones enormes.

Pero también existen riesgos evidentes. Atacar o ocupar una instalación petrolera de esa magnitud podría desencadenar una escalada militar de consecuencias imprevisibles. Además, la interrupción prolongada de las exportaciones iraníes tendría efectos en los precios mundiales del petróleo, algo que afectaría tanto a países importadores como a productores.

Por esa razón, Kharg se ha convertido en un símbolo de las fragilidades del sistema energético global. El mundo consume decenas de millones de barriles de petróleo cada día, pero una parte significativa de ese flujo depende de infraestructuras concentradas en puntos muy concretos del mapa.

En términos físicos, Kharg es una isla pequeña, casi insignificante. En términos estratégicos, es una de las bisagras del mercado petrolero internacional. Su tamaño reducido no impide que concentre una enorme capacidad de carga y almacenamiento. Desde sus terminales parten petroleros que transportan millones de barriles hacia Asia, Europa y otros mercados.

Por eso, cuando las tensiones geopolíticas aumentan en el Golfo Pérsico, la isla vuelve a aparecer en los informes de los analistas energéticos. No es solo una cuestión militar. Es también un indicador del equilibrio entre oferta y demanda en el sistema energético mundial.

La paradoja es evidente. En un planeta que se mueve a escala continental, donde los flujos comerciales atraviesan océanos y los mercados financieros operan en tiempo real, un territorio de ocho kilómetros puede adquirir una relevancia desproporcionada. La isla de Kharg demuestra que la geografía sigue teniendo un peso decisivo en la política internacional. 

A veces la historia se decide en lugares muy pequeños. Y en el caso del petróleo, esos lugares suelen estar rodeados de agua, tuberías y barcos cargados de crudo que parten hacia el resto del mundo.

SIN BOTAS SOBRE EL TERRENO

 

El fin de la Guerra Fría trajo unos años de euforia. Parecía que el bien —la democracia liberal y el capitalismo de mercado— había ganado la partida para siempre. Incluso hubo quien proclamó que la historia había terminado. Lo escribió Francis Fukuyama en un libro de 1992 que se hizo famosísimo y que hoy se recuerda sobre todo por lo espectacularmente equivocado de sus pronósticos, lo cual es una desgracia considerable en un libro dedicado a hacer pronósticos.

Ese mismo año Estados Unidos se metió en la guerra de Somalia. El desembarco fue casi cinematográfico: marines llegando a la playa bajo las luces de los focos y con las cámaras de la CNN retransmitiendo en directo. Aquello parecía el comienzo de una misión humanitaria ejemplar. Como tantas veces en política internacional, la escena era más sencilla que la realidad.

Somalia era —y sigue siendo— un lugar complicado, con muchos clanes, muchas armas y poca paciencia con los extranjeros que llegan a arreglar las cosas sin haber sido invitados a la fiesta. La misión terminó en desastre tras la batalla de Mogadiscio en 1993, cuando las milicias locales derribaron varios helicópteros estadounidenses. La escena inspiró después la película Black Hawk derribado. Somalia, treinta y cuatro años después de la cinematográfica invasión playera, sigue partida en varios trozos y con un grupo yihadista, Al-Shabaab, surgido en aquel caos, que todavía hoy combate al debilitado gobierno central.

Después llegó el 11 de septiembre de 2001. Tras los atentados contra las Torres Gemelas, Estados Unidos invadió Afganistán para capturar a Osama bin Laden y echar del poder a los talibanes. Los talibanes eran un movimiento bastante peculiar: una mezcla de guerrilla religiosa y medievalismo armado que, curiosamente, había recibido ayuda estadounidense durante la guerra contra los soviéticos. La historia está muy bien contada en la película La guerra de Charlie Wilson, donde un congresista tejano y un agente de la CIA ayudan a financiar a los muyahidines afganos para que disparen misiles contra los helicópteros soviéticos.

Veinte años después, en 2021, los estadounidenses se marcharon de Afganistán. Los talibanes regresaron al poder con una rapidez sorprendente y con un programa político que no parecía haber evolucionado demasiado desde los años noventa.

Fuerzas armadas británicas evacuan a afganos en el aeropuerto de Kabul. Lphot Ben Shread/Cedida por el Gobierno británico.

Pero la gran aventura militar de principios de siglo fue otra. George W. Bush —un presidente al que hoy algunos recuerdan con cierta nostalgia, lo cual dice bastante sobre la evolución del panorama— convenció a varios aliados, entre ellos Tony Blair y José María Aznar, para invadir Irak. El argumento era que el régimen de Saddam Hussein escondía armas de destrucción masiva que amenazaban al mundo.

Irak era entonces un país debilitado por décadas de conflictos. Desde finales de los años setenta Saddam Hussein gobernaba mediante un régimen autoritario sostenido por el partido Baaz. El país había quedado exhausto tras la guerra contra Irán en los años ochenta y la guerra del Golfo de 1991, que empezó cuando Irak decidió invadir Kuwait. Después llegaron las sanciones internacionales, el aislamiento y una economía cada vez más deteriorada. El régimen seguía siendo fuerte en lo interno, pero el país era una olla a presión.

La invasión de marzo de 2003 fue rápida. Las tropas estadounidenses entraron en Bagdad en pocas semanas, el régimen se derrumbó y Saddam Hussein fue capturado ese mismo año. En 2006 sería ejecutado tras un juicio organizado por el nuevo gobierno iraquí. La victoria militar fue fulgurante. La paz, en cambio, nunca llegó.

El colapso del Estado iraquí desencadenó una insurgencia armada, atentados terroristas y una guerra sectaria entre suníes y chiíes que dejó miles de muertos y ciudades enteras destrozadas. En ese caos apareció Al-Qaeda en Irak, que más tarde evolucionaría hacia el llamado Estado Islámico (ISIS). Durante algunos años el ISIS llegó a controlar territorios enormes y ciudades importantes como Mosul.

Irak terminó adoptando un sistema político formalmente democrático. Pero el país sigue siendo frágil, con instituciones débiles, una enorme influencia de Irán y una violencia que aparece y desaparece como una enfermedad mal curada.

Mientras tanto, en 2010, la administración de Barack Obama saludó con entusiasmo el comienzo de la llamada Primavera Árabe. El fenómeno empezó en otoño y en Túnez, que por cierto no es un país árabe, lo cual ya daba alguna pista de que el nombre no era del todo preciso.


Quince años después el balance es desalentador. En varios países las protestas terminaron en guerras civiles, como en Siria, Libia o Yemen. En otros casos los regímenes autoritarios regresaron con más fuerza, como en Egipto. El único experimento democrático que parecía funcionar, el de Túnez, también se ha ido debilitando con el tiempo.

La lección, si es que hay alguna, es bastante conocida: derribar un régimen autoritario suele ser relativamente fácil; construir un Estado democrático estable resulta infinitamente más complicado.

Libia hoy está partida en dos gobiernos rivales y varias milicias. Siria vivió más de una década de guerra civil y ahora está gobernada por un antiguo combatiente yihadista que ha cambiado el uniforme por la corbata. La Casa Blanca habla de movilizar a los kurdos contra Irán, pese a que Donald Trump ya los dejó abandonados en Siria en 2019 después de utilizarlos para combatir al ISIS. La historia se repitió en 2025.

La relación entre Estados Unidos e Irán tampoco es sencilla. En 1953 Washington lideró el derrocamiento del primer ministro democrático iraní, Mohamed Mosaddeq, después de que decidiera nacionalizar el petróleo. El golpe restauró el poder del sah. Años después llegó la revolución islámica de 1979 y el ayatolá Jomeini.

En junio de 2025 Donald Trump ordenó bombardear Irán y anunció que el país ya no sería una amenaza nuclear durante años. Ahora, en marzo de 2026, asegura que los iraníes estaban a punto de fabricar la bomba. Trump llegó a la Casa Blanca prometiendo que acabaría con las guerras interminables. En su primer año ha bombardeado siete países distintos. En algunos casos, como Nigeria, todavía no está del todo claro por qué. Tampoco sabemos exactamente qué motivó el ataque contra una escuela de niñas en Irán que dejó 180 muertos.

Durante sus campañas presidenciales —especialmente en 2016 y de nuevo en 2024— Trump insistió en una idea central: Estados Unidos debía abandonar las aventuras militares que habían marcado su política exterior desde el 11-S. Criticó con dureza las guerras de Irak y Afganistán porque, decía con bastante razón, habían costado billones de dólares, miles de vidas estadounidenses y no habían traído estabilidad a la región.

Prometió reducir la presencia militar en conflictos prolongados y evitar las intervenciones destinadas a reconstruir países. Para resumir esa idea utilizó con frecuencia una expresión que se había vuelto común en Washington: “no boots on the ground”, es decir, nada de enviar grandes contingentes de tropas terrestres a ocupar territorios extranjeros.


La fórmula era sencilla: ataques aéreos, drones, misiles, operaciones especiales si hacía falta, pero sin marines patrullando calles lejanas. Ahora parece que Trump está considerando hacer una excepción. El escenario sería una pequeña isla llamada Kharg, situada a unos treinta kilómetros de la costa iraní. Es un lugar diminuto, pero estratégicamente decisivo: por allí pasa la mayor parte del petróleo que exporta Irán. En los círculos estratégicos la llaman el interruptor del petróleo iraní.

La idea sería ocuparla con marines o fuerzas de intervención rápida para controlar el flujo de exportaciones. Eso, naturalmente, implicaría algo que durante años se prometió evitar: botas sobre el terreno.

Pero esa, en realidad, ya es otra historia.

miércoles, 4 de marzo de 2026

ORIENTE MEDIO AL BORDE DEL ABISMO: DE UN ATAQUE PUNTUAL A UNA GUERRA SIN CONTROL

 

Lo que empezó como una operación militar puntual se ha convertido en cuestión de días en una guerra regional de dimensiones imprevisibles. La que Trump llamó Operación Furia Épica, lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán, no solo no ha producido el colapso del régimen iraní que algunos estrategas esperaban, sino que ha actuado como el detonante de una espiral de violencia que ya desborda Oriente Próximo y empieza a rozar directamente a Europa. 

El asesinato del ayatolá Alí Jameneí, lejos de provocar descomposición interna, ha funcionado como un catalizador emocional, político y simbólico que ha encendido todos los frentes, alimentados también por el asesinato de cuarenta niñas inocentes.

Siempre que hay guerra con Irán vuelvo a recordar el origen del conflicto. En 1908 un geólogo británico encontró petróleo en Persia, hoy Irán. Para explotar este recurso, persas y británicos se unieron para crear la Anglo-Persian Oil Company (la predecesora de BP, una de las petroleras más grandes del mundo). Al poco tiempo el gobierno británico adquirió la mayoría de la empresa, con ganancias exorbitantes para los anglosajones y migajas para los persas.

En ese momento de la historia Irán era una monarquía constitucional con mucho poder del rey y poca democracia, sin embargo, en 1951 Mohammad Mosaddegh fue elegido primer ministro y llevó a cabo fuertes reformas en las que incluyó la nacionalización de la industria petrolera. Esto no le gustó a los británicos y norteamericanos, por lo que la CIA y el MI6 planearon y efectuaron un golpe de Estado para acabar con la democracia en Irán e instalar todo el poder en el Sha Mohammad Reza Pahlavi.

Con Reza Pahlavi los iranís sufrieron un régimen marcial, pocas libertades políticas y una tremenda desigualdad social. El país estuvo sumido en pobreza mientras que el Sha y las empresas extranjeras (de Estados Unidos y Reino Unido) se llenaban los bolsillos. Las imágenes de la "buena vida" del Irán "occidentalizado" son de una minoría.

Esto generó un sentimiento antioccidental en la población, especialmente contra Estados Unidos. Este descontento contra el régimen explotó en 1979 con la revolución islámica. Un movimiento social con el que se terminó la monarquía y se estableció una república islámica; una teocracia donde el líder supremo tiene la última palabra.

Desde entonces Irán opera bajo una visión del mundo anticolonial donde Reino Unido, Estados Unidos y también Israel (visto como una extensión de Estados Unidos en Oriente Medio), son Estados opresores con los que hay que acabar. Por eso no habrá paz jamás en la región. Por eso estadounidenses e israelís han atacado Irán, por el temor del desarrollo de bombas atómicas por parte de un país que les guarda enorme resentimiento.

Ambos acaban de dar uno de los pasos más imprudentes de su historia reciente: terminar con la vida del principal líder religioso chiita durante el Ramadán, el mes más sagrado del calendario musulmán, lo que es el equivalente a ejecutar al Papa en Cuaresma. A esto se suma otro detonante: un misil que cayó sobre una escuela femenina y se cobró la vida de decenas de jóvenes iraníes.

La combinación de ambos hechos no generará rabia pasajera, sino algo mucho más profundo y duradero: décadas, si no generaciones, de enemistad del pueblo iraní hacia Estados Unidos, incluso entre quienes siempre rechazaron al régimen islámico. En otras palabras, Trump no solo no ha debilitado a sus enemigos, sino que los ha multiplicado.

Hay que ser categóricos para desmantelar la narrativa oficial de Washington: la idea de que esta guerra podría transformar positivamente las relaciones entre Estados Unidos e Irán, o incluso provocar una rebelión popular que derrumbe al régimen, es pura fantasía.

¿Por qué Reino Unido y Francia se están comprometiendo algo más en el conflicto? Porque en el origen del desastre político iraní están las maniobras de la CIA y del M15 británico para derrocar en 1953 al régimen democrático de Mohammad Mosaddegh y porque Francia es la responsable de la creación política del Líbano que ha resultado en un Estado fallido.

El Líbano moderno nació de una mezcla muy mediterránea de historia, religión y diplomacia imperial. Durante cuatro siglos, la región formó parte del Imperio otomano, un mosaico donde convivían maronitas, drusos, suníes y chiíes en las montañas que miran al Mediterráneo. Aquella convivencia era inestable. En 1860 estalló una guerra brutal entre drusos y cristianos maronitas que acabó con miles de muertos y con Francia interviniendo como protectora de los cristianos orientales, papel que asumiría con entusiasmo durante décadas.

El verdadero punto de inflexión llegó con la caída del Imperio otomano tras la Primera Guerra Mundial. Europa, que llevaba tiempo diseñando mapas sobre la mesa, aplicó el reparto previsto en el Acuerdo Sykes-Picot. A Francia le correspondió administrar Siria y el Líbano bajo el paraguas del mandato otorgado por la Sociedad de Naciones.

En 1920, el general francés Henri Gouraud proclamó el Estado del Gran Líbano. No se limitó al pequeño Monte Líbano cristiano: añadió Beirut, la costa y el valle de la Bekaa para crear un país viable. El resultado fue un territorio más amplio, pero también mucho más diverso. Los maronitas seguían siendo influyentes, aunque ahora compartían casa con una población musulmana numerosa.

Francia dejó además una arquitectura política peculiar: un sistema confesional que reparte el poder entre comunidades. Cuando el país obtuvo la independencia en 1943, ese equilibrio se formalizó en el Pacto Nacional del Líbano: presidente maronita, primer ministro suní, presidente del Parlamento chií.

Así nació el Líbano contemporáneo: un país pequeño, con vocación mediterránea, construido por la diplomacia francesa y sostenido por un delicado pacto entre religiones. Un equilibrio elegante sobre el papel y, como se vería después, extraordinariamente frágil en la práctica.

Un equilibrio inestable que ha creado un país prácticamente indefenso convertido en la percha de los palos de todo Oriente Medio.

GRACIAS A LAS RANAS LOS NEUROTRANSMISORES CAMBIARON LA PRÁCTICA DE LA MEDICINA

 

Nuestro sistema nervioso central (SNC) está dividido en dos. El SN somático controla de forma voluntaria los movimientos y la sensación consciente. El SN autónomo regula funciones involuntarias (cardíacas, respiratorias, digestivas, glandulares) que escapan al control de nuestra voluntad. En ambos casos, la vía de transmisión de los impulsos nerviosos son unas células especializadas, las neuronas.

En el siglo XVIII, los anatomistas habían desarrollado experiencia en la disección de cadáveres e identificado dos pares de nervios que provenían de la médula espinal y se conectaban con el corazón, los pulmones y los riñones. Esos pares son fibras (prolongaciones largas de las neuronas) simpáticas que salen de la médula para formar los nervios cardiopulmonares (ramas cardíacas y pulmonares derecha e izquierda que inervan corazón y pulmones) y los nervios renales (ramas simpáticas renales) que inervan los riñones.

Dado que no controlamos conscientemente estos órganos, desde los primeros hallazgos de los anatomistas estos nervios se denominaron «autónomos», a diferencia de los nervios «somáticos» que controlan nuestros movimientos musculares voluntarios. La primera pista sobre el funcionamiento de los nervios autónomos provino del descubrimiento clásico de Luigi Galvani, un médico y fisiólogo italiano quien, en la década de 1780, comprobó que la chispa de un generador electrostático hacía que la pata amputada de una rana se contrajera al tocarla con metales conductores, lo que sugería que la electricidad circulaba por un nervio; Galvani atribuyó el fenómeno a una “electricidad animal” inherente a los tejidos, sentando así las bases de la bioelectricidad y dirigiendo el desarrollo de la electrofisiología y la comprensión de señales eléctricas en nervios y músculos en la medicina moderna.

En la década de 1840, el anatomista alemán Eduard Weber usó una batería, que había sido desarrollada por Alessandro Volta, para estimular el nervio vago en perros. El nervio vago es un nervio mixto del sistema autónomo cuyos principales componentes motores son la inervación de los músculos de la faringe y laringe, del tórax y el abdomen superior (produce broncoconstricción y aumenta la secreción y motilidad gastrointestinal) y la del corazón (reduce la frecuencia cardíaca y modula la contractilidad cardíaca.

Lo que Weber comprobó por primera vez es que la estimulación del vago ralentizaba la actividad del corazón. Unos años más tarde, Moritz Schiff, en un experimento similar, estimuló otro conjunto de nervios que hicieron que el corazón se acelerara. En ese momento quedó claro que un mensaje viajaba por un nervio a través de una corriente eléctrica, pero había un enigma.

El cuerpo celular (soma) es la base de la neurona. Contiene información genética, mantiene su estructura y proporciona energía para realizar su función. El axón es una prolongación larga y delgada de las neuronas que se origina en una región especializada llamada eminencia axónica o cono axónico, a partir del soma, o a veces de una dendrita. El axón tiene la forma de un cono que se adelgaza hacia la periferia. En su superficie se observan constricciones circulares periódicas llamadas nódulos o nodos de Ranvier.

En la década de 1880, cuando Santiago Ramón y Cajal, con una paciencia y una habilidad infinitas, observó al microscopio células nerviosas teñidas comprobó que las prolongaciones de las neuronas vecinas no contactaban directamente, sino que estaban separadas por un pequeño espacio que el neurofisiólogo británico Charles Sherrington llamó más tarde la "sinapsis", del griego para "unir". Si existía ese espacio, ¿cómo pasaba el mensaje eléctrico de una célula nerviosa a otra? La hipótesis que parecía más racional era que de alguna manera desconocida un impulso eléctrico circulaba a través del espacio.

Esquema con los principales elementos en una sinapsis modelo. La sinapsis le permite a las células nerviosas comunicarse con otras a través de los axones y dendritas, transformando una señal eléctrica en otra química. 

El desmantelamiento de esa hipótesis comenzó cuando en 1901 el químico japonés Jokichi Takamine logró extraer adrenalina de las glándulas suprarrenales. John Langley, en Cambridge, hizo entonces la fascinante observación de que inyectar adrenalina en el cuerpo tenía el mismo efecto que estimular el nervio que acelera el corazón. Su discípulo Thomas Elliott conjeturó que quizás el mensaje entre las células nerviosas que hace que el corazón se acelere se transmite por una célula nerviosa que libera adrenalina para estimular a la siguiente célula nerviosa y así sucesivamente.

En 1907, el farmacólogo Walter Dixon, también en Cambridge, estimuló el nervio vago de una rana, extrajo el corazón, lo trituró e hizo un extracto que luego aplicó al corazón palpitante de otra rana y demostró que se ralentizaba. Pero extrañamente Dixon no relacionó su observación con la actividad nerviosa. Casi al mismo tiempo, Henry Dale demostró que la acetilcolina, un compuesto que se encuentra de forma natural en el hongo del cornezuelo del centeno que había sido sintetizado por Adolf von Baeyer en 1867, ralentizaba el corazón exactamente igual que la estimulación del nervio vago.

Y ahora hagamos una digresión. En la madrugada del 12 de marzo de 1938, un brutal asalto de unos agentes de la Gestapo sacó de la cama a Otto Loewi, un científico alemán, y lo arrastraron a la cárcel. ¿Su delito? Era judío. Poco importaba que dos años antes le hubieran concedido el Premio Nobel por un experimento histórico destinado a cambiar el curso de la medicina. Tras pasar meses encarcelado por los nazis, durante los cuales sufrió una pérdida de peso extrema, Loewi fue liberado con la condición de que entregara todas sus posesiones, incluido el dinero del Premio Nobel, a los nazis. Terminó en Estados Unidos como inmigrante y continuó contribuyendo a la ciencia hasta su muerte en 1961.

Mucho antes de ser apresado por los nazis, Loewi había abandonado la medicina clínica para dedicarse a la bioquímica y la farmacología, y había alcanzado un considerable reconocimiento con su demostración de que el cuerpo podía utilizar los aminoácidos del metabolismo de las proteínas ingeridas en la dieta para sintetizar las proteínas que necesita. En 1909, Loewi aceptó un puesto en la Universidad de Graz, Austria, donde se centró en comprender el sistema nervioso. Sus estancias en Inglaterra, donde aprendió al lado de Elliot y Dale, le habían despertado el interés sobre los neurotransmisores.

Según él mismo cuenta en su autobiografía, el 2 de abril de 1921 se despertó en plena noche y tomó notas sobre un sueño sobre él mismo realizando un experimento pionero.Al día siguiente no recordaba el sueño ni podía leer la nota que había garabateado. La noche siguiente, se despertó de nuevo de madrugada después de haber soñado con diseñar un experimento para comprobar una hipótesis que había formulado sobre la transmisión química nerviosa. Excitado, saltó de la cama y corrió al laboratorio.

Como había descubierto Dixon, por entonces se sabía bien que el corazón de una rana seguía latiendo durante un breve periodo si se sumergía en una solución que aportaba los iones necesarios para mantener la actividad eléctrica y mecánica. Loewi extrajo el corazón de una rana, pero dejó parte del nervio vago adherido. Colocó el corazón de una segunda rana en un recipiente aparte, pero en este caso extirpó completamente el nervio vago.

A continuación, estimuló el corazón de la primera rana aplicando corriente de una batería y, tras unos minutos, transfirió parte de la solución en la que estaba sumergido el primer corazón al segundo. El latido de este se ralentizó, como si hubiera experimentado estimulación vagal. Este asombroso experimento demostró claramente que los nervios no influyen directamente en el corazón, ya que el segundo corazón no tenía nervios adheridos. En palabras de Loewi: «Los nervios deben liberar de sus terminales sustancias químicas específicas, que, a su vez, provocan las conocidas modificaciones de la función cardíaca características de la estimulación de su nervio».

Loewi había descubierto el primer "neurotransmisor", una sustancia química que una célula nerviosa estimulada eléctricamente libera en la sinapsis, la cual se acopla a un receptor en una célula adyacente, de forma similar a como una mano se acopla a un guante. Cuando el acoplamiento es perfecto, la célula se "activa", lo que significa que una señal eléctrica se desplaza rápidamente hasta su extremo, donde se libera más neurotransmisor, lo que estimula a la siguiente célula y, de esta manera, la señal se propaga.

El neurotransmisor del experimento de Loewi resultó ser acetilcolina, la misma sustancia química que Dale había descubierto que ralentiza la actividad cardíaca al inyectarse en un animal. Dale y Loewi compartieron el Premio Nobel de Medicina de 1936 «por sus descubrimientos relacionados con la transmisión química de los impulsos nerviosos».

El concepto de neurotransmisores transformó la práctica médica al presentar la posibilidad de fármacos que pueden potenciar, bloquear o imitar su acción. La enfermedad de Parkinson se debe a una deficiencia del neurotransmisor dopamina en el cerebro y puede contrarrestarse con levodopa, un fármaco que puede atravesar la barrera hematoencefálica y liberar dopamina. Los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina aumentan la concentración en la sinapsis de este neurotransmisor que mejora el estado de ánimo, y la atropina bloquea los receptores de acetilcolina y puede acelerar el ritmo cardíaco. Actualmente, se han identificado más de cien neurotransmisores, muchos de ellos con importancia terapéutica.

Tras pasar meses encarcelado por los nazis, durante los cuales sufrió una pérdida de peso extrema, Loewi fue liberado con la condición de que entregara todas sus posesiones, incluido el dinero del Premio Nobel, a los nazis. Terminó en Estados Unidos como inmigrante y continuó contribuyendo a la ciencia hasta su muerte en 1961. Muchos otros que oyeron a la Gestapo llamar a la puerta en plena noche, no tuvieron tanta suerte.

lunes, 2 de marzo de 2026

ORMUZ Y BAB AL MANDEB: LAS PINZAS MARÍTIMAS DE IRÁN

 


Oriente Medio se explica muchas veces desde la tierra —Gaza, Damasco, Beirut—, pero se decide en el mar. Hay dos puntos en el mapa donde la geografía se convierte en política pura: los estrechos de Ormuz y de Bab al Mandeb. Dos gargantas de agua, dos cuellos de botella, dos lugares donde la economía mundial pasa en fila india. Entre ambos se dibuja una pinza. Y en el centro de esa pinza aparece Irán.

El estrecho de Ormuz, apenas 34 kilómetros en su punto más angosto, separa Irán de Omán. Es la salida obligada del golfo Pérsico. Por allí transitan cada día en torno a veinte millones de barriles de petróleo, aproximadamente una quinta parte del consumo mundial. Es decir, uno de cada cinco barriles que mueve la economía global pasa por ese corredor vigilado.

También circula por Ormuz cerca de un tercio del comercio marítimo mundial de gas natural licuado (GNL). Qatar —uno de los mayores exportadores del planeta— no tiene otra salida. Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Irak y Arabia Saudí dependen en gran medida de esa misma puerta.

En la ribera norte está Irán. Con 2 400 kilómetros de litoral en el golfo Pérsico y el mar de Omán, Teherán no necesita cerrar Ormuz para influir. Le basta con insinuarlo. Con ejercicios navales. Con la detención puntual de petroleros. Con el recordatorio constante de que la arteria es estrecha y vulnerable.


Durante la guerra Irán-Irak en los años ochenta, la llamada “guerra de los petroleros” convirtió el estrecho en campo de batalla flotante. Hoy el pulso es más sofisticado: sanciones, incautaciones, escoltas navales occidentales. Pero la lógica es la misma: Ormuz es una válvula. Y quien controla la válvula condiciona el precio del barril en Nueva York o Róterdam.

Bab al Mandeb es la puerta del mar Rojo. Al otro lado de la península arábiga, entre Yemen y Yibuti, se abre Bab al Mandeb, “la puerta de las lágrimas”. Apenas veintinueve kilómetros de ancho en su paso principal. Es la entrada sur del mar Rojo y, por tanto, la antesala del canal de Suez.

Por allí transitan entre seis y siete millones de barriles de petróleo diarios, además de productos refinados. Pero su importancia va más allá de la energía: en ese corredor se concentra cerca del 12% del comercio mundial y aproximadamente el 30% del tráfico global de contenedores. Es la autopista marítima que conecta las fábricas de Asia oriental con los mercados europeos. Cuando esa puerta se altera, el efecto es inmediato. Las rutas se desvían bordeando el cabo de Buena Esperanza, añadiendo miles de millas náuticas, semanas de navegación y sobrecostes millonarios en seguros y combustible.

En la orilla asiática está Yemen. Y en buena parte del norte y el oeste yemení gobiernan las milicias hutíes,alineadas estratégicamente con Irán. Desde allí han lanzado ataques contra buques mercantes en el mar Rojo en respuesta a la guerra de Gaza, demostrando que un actor no estatal puede tensionar una de las principales arterias del comercio global.

Los bombardeos contra posiciones hutíes han sido periódicos. No han eliminado su capacidad. Siguen ahí. Y cada vez que la región se incendia, reactivan el frente meridional.

Entre Ormuz y Bab al Mandeb se dibuja una continuidad geopolítica. Irán vigila el primero desde su propio territorio. El segundo lo influye indirectamente a través de sus aliados yemeníes. Es una pinza asimétrica, no una ocupación formal. Pero suficiente para introducir incertidumbre en los mercados energéticos. A esto se suma la presencia militar internacional. En Yibuti conviven bases de Estados Unidos, Francia y China. En el golfo Pérsico operan flotillas occidentales permanentes. La militarización de ambos estrechos es proporcional a su importancia.

La relevancia de estos pasos no se limita al crudo. Por Ormuz circulan también petroquímicos, productos refinados y una parte sustancial del GNL mundial. Por Bab al Mandeb transitan graneles, manufacturas, alimentos, automóviles y componentes industriales. Son eslabones de la gran cadena logística que une Shanghái con Hamburgo y Nueva York.

Cuando un misil cae cerca de esa ruta, no sólo se altera un conflicto regional. Se tensiona el precio del gas en Europa, se encarece el transporte marítimo y se reconfiguran calendarios de suministro en tres continentes.

Ormuz y Bab al Mandeb no son simples accidentes geográficos. Son instrumentos. Son la geografía convertida en política. Su estrechez los convierte en multiplicadores de poder. No hace falta cerrarlos de forma permanente; basta con demostrar que podrían cerrarse. En un mundo interdependiente, los cuellos de botella valen más que los desiertos que los rodean.

Y en esa cartografía de estrechos, Irán ha comprendido algo esencial: el control indirecto, la capacidad de amenaza creíble y la inserción de aliados locales bastan para situarse en el centro de la conversación estratégica global.

Mientras el petróleo y el gas sigan fluyendo por esas aguas —y mientras el 12% del comercio mundial dependa del paso por el mar Rojo—, Ormuz y Bab al Mandeb seguirán siendo algo más que líneas azules en el mapa. Serán la medida exacta de hasta qué punto la economía mundial cabe en apenas treinta kilómetros de agua.

EL TERCER NIVEL: CUANDO LAS MILICIAS HUTÍES SUSTITUYEN AL ESTADO

 

Fuente: Política exterior. Dominio público.

Oriente Medio no se entiende ya sólo con el eje clásico suní–chií. Esa fractura existe, estructura alianzas y da lenguaje simbólico a los conflictos. Pero sobre ella se ha superpuesto una segunda capa: la competencia entre potencias regionales —principalmente Irán y Arabia Saudí—. Y, finalmente, una tercera: la proliferación de actores armados no estatales que operan como prolongaciones estratégicas de esa rivalidad.

Ahí es donde entran los hutíes. Conviene aclararlo de entrada: el Movimiento hutí no constituye una nueva corriente del islam. Los hutíes pertenecen al zaidismo, una rama del chiismo históricamente asentada en el norte de Yemen. El zaidismo es probablemente la variante chií más cercana al sunismo. Reconoce que el líder legítimo debe descender de Alí, pero no le atribuye infalibilidad ni una designación divina cerrada, como ocurre en el chiismo duodecimano —la rama mayoritaria del chiismo, que cree en una sucesión de doce imanes legítimos descendientes de Alí, el yerno del profeta Mahoma— dominante en Irán. En derecho islámico y práctica religiosa, sus diferencias con el sunismo son relativamente menores.

Durante casi mil años, imanes zaidíes gobernaron amplias zonas del norte de Yemen. No era una teocracia moderna, sino un sistema híbrido entre autoridad religiosa y estructura tribal. Esa tradición cayó en 1962, pero la identidad zaidí permaneció. Los hutíes emergen de ese sustrato. Su convergencia con Irán es más geopolítica que doctrinal.

Durante siglos, los imanes zaidíes gobernaron esa región sin que el país estuviera permanentemente en guerra sectaria. La dimensión confesional se intensificó cuando la política regional entró en combustión.

En 2014 los hutíes tomaron Saná. En 2015 comenzó la intervención militar liderada por Arabia Saudí. Desde entonces, Yemen se convirtió en escenario de una guerra prolongada, con bombardeos periódicos contra posiciones hutíes. Sin embargo, la experiencia acumulada es elocuente: los bombardeos han castigado infraestructuras y capacidades, pero no han eliminado el movimiento. Es poco probable que una nueva ronda de ataques los intimide: están acostumbrados.

Aunque geográficamente alejados del conflicto de Gaza, Irán provee a los hutíes de un arsenal avanzado –drones, helicópteros y cohetes– con el que la milicia amenaza la vital ruta marítima del Mar Rojo, por donde transita un 12% del comercio mundial camino del Canal de Suez. La peligrosidad de la ruta dispara los costes de transporte y repercute directamente sobre las economías occidentales.

En otras palabras, gracias a su alianza con los hutíes, Irán es capaz de asfixiar el comercio de los países aliados de Israel. Ello ha obligado a Estados Unidos a armar una coalición naval junto con veinte países (entre los cuales se encuentran Reino Unido, Australia, Baréin y Dinamarca) para poner coto a los ataques en el mar –en lo que ha pasado a denominarse Operación Guardián de la Prosperidad. Estados Unidos, sin embargo, lidia aquí con la tibieza de algunos países árabes, como Egipto o Arabia Saudí, los cuales, aunque perjudicados por los ataques hutíes al comercio, se resisten a tomar partido en una coalición que abiertamente busca proteger uno de los flancos contra Israel.

A través de este eje que conecta Teherán, el sur de Líbano, Gaza y Yemen, Irán ha logrado subrogar su enfrentamiento con Israel y llevarlo al mismo tiempo a una multitud de frentes. En definitiva, el eje de resistencia ha causado la globalización de la guerra de Gaza.

El resultado es una paradoja estratégica: los hutíes siguen operativos, siguen armados y siguen presentes. Lo decisivo es que los hutíes ya no son sólo un actor yemení. Con el paso de los años han desarrollado capacidad de misiles y drones de largo alcance. Han atacado infraestructuras energéticas saudíes y han demostrado alcance regional.

Y cuando estalla una crisis entre Israel y los actores del llamado “eje de resistencia”, los hutíes suelen activar su propio frente simbólico. Lanzan proyectiles hacia el sur, anuncian solidaridad con Gaza o con Hezbolá y se colocan en el tablero regional.

En términos estrictamente militares, su capacidad frente a Israel es limitada. En términos políticos, no lo es tanto. Cada lanzamiento cumple una función: mostrar alineamiento con Teherán, reforzar su narrativa interna y recordarle a la región que el conflicto no se circunscribe a una sola frontera.

El esquema se repite:

Escalada en Gaza o Líbano.

Declaraciones hutíes.

Lanzamiento de misiles o drones.

Respuesta defensiva o ataques puntuales.

Y vuelta al equilibrio inestable.

Los bombardeos esporádicos contra posiciones hutíes no han alterado esa lógica. El movimiento mantiene cohesión interna, control territorial significativo en el norte de Yemen y capacidad de movilización.

No son una superpotencia. Pero tampoco un actor marginal. Si se observa el mapa de norte a sur, aparece el eje que atraviesa el mapa en una continuidad estratégica: Hezbolá en el Líbano; milicias chiíes en Irak; el régimen sirio, aliado de Teherán, y, en el extremo meridional de la península arábiga, los hutíes.

No forman un bloque homogéneo ni obedecen a un mando único, pero comparten alineamiento estratégico con Irán y una narrativa común de resistencia frente a Israel y frente a las potencias suníes. Ese es el tercer nivel del conflicto: las milicias como arquitectura regional.

Reducir todo a una guerra religiosa simplifica en exceso. El sunismo y el chiismo explican identidades profundas, pero lo que hoy determina los ciclos de violencia es la interacción entre Estados débiles y actores armados autónomos.

Yemen, como Líbano o Irak, es un Estado cuya soberanía está fragmentada. Cuando la soberanía se fragmenta, otros llenan el vacío. En ese vacío prosperan organizaciones capaces de resistir campañas aéreas, adaptarse, dispersarse y reaparecer.

El caso hutí ilustra un fenómeno más amplio: la dificultad de traducir superioridad aérea en control político duradero. Los bombardeos pueden degradar capacidades, pero no siempre desmontan estructuras sociales, redes tribales y legitimidades locales. Por eso, tras cada oleada de ataques, los hutíes siguen ahí. Declarando, movilizando y, cuando lo consideran oportuno, lanzando misiles que reinsertan Yemen en la ecuación regional.

No son una tercera rama del islam. Son algo más contemporáneo: la expresión militarizada de una fractura geopolítica que desborda fronteras. Y mientras esa fractura siga abierta, el sur de la península arábiga seguirá conectado —aunque esté a miles de kilómetros— con cualquier chispa que salte en el Levante mediterráneo.

SUNÍES Y CHIÍES: LA FRACTURA QUE CAMBIÓ EL ISLAM (Y LA POLÍTICA DE ORIENTE MEDIO)

 

La división entre suníes y chiíes no empezó como una disputa teológica, sino como una discusión política sobre el poder. ¿Quién debía suceder al profeta Mahoma tras su muerte en el año 632? De esa pregunta —aparentemente leguleya— nació una de las fracturas más duraderas del mundo islámico. Hoy, más de catorce siglos después, sigue influyendo en la geopolítica regional y en conflictos que van de Irak al Líbano.

Tras la muerte de Mahoma, la comunidad musulmana (la umma) necesitaba liderazgo. Un grupo defendió que el sucesor debía ser elegido por consenso entre los compañeros del Profeta. Eligieron a Abu Bakr, su suegro y estrecho colaborador. De esa tradición —la sunna, costumbre— proviene el término “suní”.

Otros sostuvieron que el liderazgo debía permanecer en la familia del Profeta, en concreto en Ali ibn Abi Talib, primo y yerno de Mahoma. Sus partidarios fueron llamados shiat Ali (“el partido de Alí”), de donde procede “chií”.

La elección de Abu Bakr inauguró el califato suní. Años más tarde, Alí sería también califa, pero su mandato estuvo marcado por guerras internas. El punto de no retorno llegó en 680, cuando el hijo de Alí, Huséin, fue asesinado en Karbala. Para los chiíes, Karbala es el martirio fundacional: la injusticia contra la familia del Profeta. Cada año, la conmemoración de Ashura recuerda ese trauma.

Aunque comparten el Corán y los cinco pilares del islam, entre unos y otros hay matices relevantes:

Autoridad religiosa

Suníes: la autoridad emana del consenso y de los estudiosos (ulemas). No existe una jerarquía centralizada.

Chiíes: creen en una línea de líderes espirituales legítimos, los imanes, descendientes de Alí. En el chiismo duodecimano (mayoritario en Irán), el duodécimo imán está oculto y regresará al final de los tiempos.

Ritual y memoria

Los chiíes conceden gran importancia al martirio de Huséin y a la dimensión emocional y conmemorativa de la fe (procesiones de Ashura).

Los suníes ponen más énfasis en la tradición jurídica y en la continuidad histórica del califato.

Distribución demográfica

Aproximadamente el 85-90% de los musulmanes son suníes. Los chiíes representan entre el 10-15%, concentrados en Irán, Irak, Azerbaiyán y Bahréin, con comunidades relevantes en Líbano y Yemen.

Durante siglos, la división no fue necesariamente violenta ni permanente. Hubo periodos de convivencia y cooperación. Sin embargo, en la modernidad la fractura adquirió dimensión estatal.

Las distintas corrientes en el islam marcan siglos de división y de diferentes percepciones y visiones de la religión musulmana

Irán es la gran potencia chií y ha proyectado su influencia regional apoyando a actores como Hezbolá en Líbano. Frente a ello, potencias suníes como Arabia Saudí han intentado contener esa expansión. Así, la rivalidad religiosa se superpone con intereses estratégicos, energéticos y de poder.

En Irak, tras la caída de Sadam Husein, el ascenso político de la mayoría chií alteró el equilibrio regional. En Siria, el régimen de Bashar al Asad —apoyado por Irán— pertenece a una rama minoritaria vinculada al chiismo (alauí). En Yemen, los hutíes (de rama chií zaidí) han recibido apoyo iraní frente a una coalición liderada por Arabia Saudí. Y en Líbano, la presencia de Hezbolá convierte cualquier escalada regional en un episodio doméstico.

La línea entre religión y política es difusa en Oriente Medio. La diferencia suní-chií no explica por sí sola los conflictos, pero sí los estructura. En muchos casos, las élites instrumentalizan la identidad religiosa para movilizar apoyos y legitimar alianzas.

Conviene subrayarlo: no se trata de dos religiones distintas. Suníes y chiíes comparten texto sagrado, profeta, peregrinación a La Meca y pilares fundamentales. La fractura nace de una disputa sucesoria y se convierte en tradición, memoria y, finalmente, en geopolítica.

En ciudades como Beirut o Bagdad, barrios suníes y chiíes conviven pared con pared. La división no es una línea recta en el mapa, sino una trama superpuesta de identidades. En muchos lugares, la convivencia cotidiana desmiente la narrativa de odio perpetuo. Pero cuando la región entra en combustión, la vieja fractura reaparece como lenguaje político inmediato. Es una memoria de 1.400 años activada por actores contemporáneos.

La diferencia entre suníes y chiíes empezó como una cuestión sobre liderazgo. Hoy es un eje de poder regional. Entenderla no es solo una cuestión religiosa; es comprender una de las claves del tablero de Oriente Medio.