En algún lugar del norte de
México, bajo un sol que parecía decidido a derretir el mundo, un soldado
irlandés observaba cómo avanzaban las tropas estadounidenses. Las conocía bien.
Había marchado con ellas. Había comido con ellas. Había vestido su uniforme. Y en
ese momento se preparaba para dispararles.
Se llamaba John Riley, y su
historia tiene algo que incomoda a todos los patriotas. Porque los patriotas
prefieren las líneas rectas: héroes y villanos, leales y traidores, buenos y
malos. Riley fue algo más difícil de clasificar.
Nació hacia 1805 en Irlanda,
probablemente en el condado de Galway. Era una época complicada para ser
irlandés. La isla formaba parte del Reino Unido, la pobreza era una vieja
compañera de viaje y el futuro parecía reservado para otros. Como millones de compatriotas,
Riley decidió probar suerte al otro lado del Atlántico. Estados Unidos se
presentaba entonces como una tierra de oportunidades. También era una tierra de
prejuicios.
La historia oficial
norteamericana suele recordar el siglo XIX como una época de expansión y
optimismo. Lo fue para algunos. Para otros, no tanto. Los inmigrantes
irlandeses, especialmente los católicos, ocupaban uno de los peldaños más bajos
de la escala social. Eran vistos como pobres, ignorantes, alcohólicos y
sospechosamente leales al Papa de Roma.
En muchas ciudades aparecían carteles que anunciaban puestos de trabajo con una condición sencilla y brutal: No Irish Need Apply: No se necesitan irlandeses.
Riley acabó enrolándose en el
ejército estadounidense. Era una salida frecuente para los recién llegados. El
uniforme garantizaba comida, una paga modesta y cierta estabilidad. A cambio
había que aceptar disciplina, marchas interminables y oficiales que, en muchos
casos, despreciaban a los soldados irlandeses. El ejército era su salida más
frecuente: el ochenta por ciento de los soldados rasos del 7º de Caballería que
murieron a las órdenes de Custer en Little Big Horn, eran emigrantes irlandeses.
Mientras Riley aprendía a
sobrevivir en los cuarteles, Estados Unidos miraba hacia el sur. El país vivía
los años del llamado Destino Manifiesto, aquella idea según la cual los
estadounidenses tenían casi la obligación moral de extenderse desde el
Atlántico hasta el Pacífico. Era una mezcla de ambición territorial, convicción
religiosa y confianza nacional que resultó muy útil para justificar conquistas.
México poseía entonces enormes
territorios en el norte: Texas, California, Arizona, Nuevo México y otras
regiones inmensas y poco pobladas. Washington las observaba con creciente
interés. Cuando estalló la guerra entre Estados Unidos y México en 1846, muchos
estadounidenses la vieron como una empresa gloriosa. Otros la consideraron un
robo a gran escala.
Entre estos últimos estaba John
Riley. No fue el único. Pero sí el más famoso. Las razones de su deserción
siguen siendo objeto de discusión. Probablemente hubo varias. La discriminación
religiosa desempeñó un papel importante. También el maltrato dentro del
ejército. Y quizá existiera un elemento moral difícil de medir: Riley veía cómo
soldados protestantes invadían un país mayoritariamente católico.
En cualquier caso, cruzó las
líneas y se presentó ante las autoridades mexicanas. No llegó solo. Otros
inmigrantes europeos comenzaron a seguir el mismo camino. Irlandeses en su
mayoría, aunque también alemanes, polacos, franceses e italianos. Muchos eran
católicos. Muchos estaban cansados de ser ciudadanos de segunda categoría.
Así nació el famoso Batallón de
San Patricio. La unidad llevaba una bandera verde. En ella aparecía San
Patricio y un arpa dorada, símbolos inequívocamente irlandeses. Aquellos
hombres combatían para México, pero no habían dejado de ser irlandeses. Era una
situación extraordinaria.
La historia estadounidense estaba
llena de inmigrantes que luchaban por Estados Unidos. Los hombres de San
Patricio hicieron exactamente lo contrario. Y además combatieron muy bien. Su
especialidad era la artillería. Durante varias batallas demostraron una
resistencia feroz. Los oficiales mexicanos descubrieron pronto que aquellos
desertores eran algunos de los soldados más disciplinados y eficaces de todo el
ejército.
La guerra avanzó inexorablemente
hacia el corazón de México. Las tropas estadounidenses, dirigidas por Winfield
Scott, desembarcaron en Veracruz y emprendieron una campaña que hoy sigue
estudiándose en academias militares de todo el mundo. Ciudad tras ciudad,
México entero fue cayendo en manos estadounidenses.
En agosto de 1847 llegó uno de
los episodios decisivos. La Batalla de Churubusco. Los San Patricios defendían
un convento fortificado en las afueras de Ciudad de México. Durante horas
resistieron ataques superiores en número y armamento. Cuando los mandos
mexicanos intentaron rendirse, algunos miembros del batallón rompieron varias
veces las banderas blancas para seguir luchando.
No era precisamente el
comportamiento habitual de hombres que habían cambiado de bando buscando una
vida fácil. Finalmente fueron derrotados. Muchos murieron. Otros fueron
capturados. Entonces comenzó la parte más oscura de la historia. Las
autoridades estadounidenses consideraban a aquellos hombres desertores y
traidores. La mayoría fueron sometidos a consejos de guerra. Decenas recibieron
condenas a muerte.
Las ejecuciones se realizaron con
una teatralidad deliberada. En septiembre de 1847, varios grupos de prisioneros
fueron ahorcados en distintos lugares. El episodio más conocido ocurrió
mientras la bandera estadounidense ascendía sobre el castillo de Castillo de
Chapultepec. Los condenados permanecieron con la soga al cuello esperando la
señal. Cuando la bandera llegó a la cima, las trampillas se abrieron.
Era un mensaje. La deserción
tenía un precio. John Riley evitó la horca por una cuestión técnica. Había
abandonado el ejército antes de la declaración formal de guerra entre ambos
países. Aun así, recibió un castigo ejemplar. Fue azotado públicamente. Después
marcaron su rostro con una letra D, de deserter. Según algunas
versiones, el soldado encargado de grabar la marca lo hizo mal la primera vez y
tuvo que repetir el procedimiento en la otra mejilla.
La historia resulta tan cruel que
parece inventada. Sin embargo, el siglo XIX tenía una capacidad especial para
convertir la humillación en ceremonia. Tras la guerra, Estados Unidos obtuvo un
territorio gigantesco. California, Nevada, Utah y grandes partes de otros
estados cambiaron de soberanía. México perdió aproximadamente la mitad de su
territorio.
John Riley desapareció lentamente
de la historia. Murió en México en 1850. Ni siquiera los detalles de su
fallecimiento están completamente claros. No dejó memorias. No escribió grandes
manifiestos políticos. No fundó ningún movimiento. Simplemente desapareció.
Pero los personajes incómodos
suelen regresar. Con el paso de los años, México convirtió a Riley y a sus
hombres en símbolos de resistencia frente a la invasión extranjera. Varias
calles llevan su nombre. Existen monumentos en su honor. Cada septiembre se
celebran actos conmemorativos.
En Estados Unidos la memoria fue
diferente. Durante mucho tiempo los San Patricios aparecieron poco más que como
traidores. La realidad, probablemente, es menos cómoda para todos. Riley no fue
un santo. Tampoco un demonio. Era un inmigrante pobre atrapado entre dos
países, dos lealtades y dos visiones del mundo. Vivió en una época en la que la
nacionalidad era algo más difuso de lo que solemos imaginar. Los pasaportes
apenas importaban. Las identidades eran móviles. La supervivencia pesaba más
que las banderas.
Por eso su historia sigue
fascinando. Porque obliga a formular una pregunta para la que no existe
respuesta definitiva. Si un hombre abandona un ejército que considera injusto
para combatir junto a quienes cree que tienen razón, ¿es un traidor? O, dicho
de otra manera: ¿La lealtad se debe a una bandera o a la propia conciencia?
John Riley pasó el resto de su
vida cargando con esa pregunta. Y, ciento setenta años después, sigue sin estar
claro quién ganó realmente aquella discusión.

