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viernes, 19 de junio de 2026

LA REPÚBLICA SILENCIOSA DE LAS HORMONAS

 

Si los seres humanos fuéramos una nación, el sistema nervioso sería el gobierno visible. Sería el presidente dando discursos, los ministros entrando y saliendo de edificios oficiales, las sirenas, los comunicados urgentes y los titulares de los periódicos. Todo muy aparatoso.

Las hormonas, en cambio, serían la administración secreta. No salen en las fotografías. No pronuncian discursos. No inauguran autopistas. Sin embargo, son ellas las que consiguen que el país funcione.

Hay quien se piensa que las hormonas eran poco más que sustancias relacionadas con la adolescencia, los cambios de humor y ciertas conversaciones incómodas entre padres e hijos. No es sólo eso: gobiernan prácticamente todo: el crecimiento, el hambre, el sueño, la reproducción, el metabolismo, la presión arterial, el estrés y hasta la velocidad con la que gastamos energía mientras estamos sentados sin hacer nada.

La imagen que acompaña este artículo resume admirablemente el asunto. En el centro aparece una pequeña estructura cerebral formada por el hipotálamo y la hipófisis. No parecen gran cosa. Ocupan un espacio ridículo dentro del cráneo. Sin embargo, constituyen uno de los centros de mando más extraordinarios de toda la naturaleza.

La historia comienza en el hipotálamo. El nombre significa literalmente «debajo del tálamo», lo que demuestra que los anatomistas, cuando no sabían cómo llamar algo, simplemente describían dónde estaba, lo cual, sin duda es muy útil. El hipotálamo pesa apenas unos gramos, pero actúa como un director de orquesta obsesivamente atento.

Controla la temperatura corporal. Vigila la cantidad de agua disponible. Supervisa el nivel de energía. Detecta el estrés. Comprueba si estamos dormidos o despiertos. Y, cuando considera que algo necesita atención, envía instrucciones químicas a la hipófisis.

La hipófisis —también llamada glándula pituitaria— es una especie de central de distribución hormonal. Durante mucho tiempo los médicos la llamaron «la glándula maestra», una descripción bastante apropiada. Desde allí parten mensajes químicos hacia prácticamente todos los rincones del organismo.

Lo sorprendente es que el sistema funciona mediante cantidades diminutas de sustancias. Una hormona puede ejercer efectos enormes en concentraciones tan pequeñas que resultarían invisibles incluso si se disolvieran en una piscina olímpica. Es como si el gobierno de un país pudiera administrarse utilizando una sola cucharadita de tinta.

Una de las primeras órdenes que salen de la hipófisis es la hormona del crecimiento, conocida por las siglas GH. En la ilustración aparece dirigiéndose hacia huesos, músculos y órganos. Su trabajo consiste en coordinar el crecimiento y regular el metabolismo. Durante la infancia ayuda a convertir a un bebé de tres kilos en un adolescente desgarbado. En la edad adulta sigue ocupándose de reparar tejidos y gestionar recursos. Sin ella, el cuerpo sería una obra de construcción abandonada.

Otro mensaje importante es la hormona estimulante de la tiroides, o TSH. La tiroides tiene forma de mariposa y descansa discretamente sobre la tráquea. A simple vista parece un órgano bastante anodino, pero produce hormonas capaces de determinar la velocidad a la que funciona todo el organismo. Si la tiroides trabaja demasiado, uno se siente como si hubiera tomado veinte cafés. El corazón se acelera, el metabolismo se dispara y el cuerpo consume energía con entusiasmo excesivo. Si trabaja poco, ocurre lo contrario. El mundo entero parece moverse dentro de una piscina de melaza.

La producción de las hormonas tiroideas está controlada por otra hormona, la TSH (hormona estimulante de la tiroides) que se sintetiza en la glándula hipofisaria que está ubicada en la base del cerebro

Lo fascinante es que la hipófisis no ordena simplemente a la tiroides que produzca hormonas. También escucha las respuestas. Cuando hay suficiente cantidad circulando por la sangre, reduce las órdenes. Cuando hay poca, las aumenta. Es un ejemplo clásico de retroalimentación negativa, una de los conceptos más interesantes de la biología.

No muy lejos de allí encontramos las hormonas LH y FSH, encargadas de regular ovarios y testículos. Las siglas suenan como matrículas de automóvil, pero controlan algunos de los procesos más trascendentales de la existencia. Gracias a ellas se producen óvulos y espermatozoides. También estimulan la fabricación de estrógenos, progesterona y testosterona. Es decir, sin estas discretas señales químicas la especie humana tendría un problema demográfico considerable.

Más abajo en la figura aparecen las glándulas suprarrenales. Su nombre describe perfectamente dónde están: encima de los riñones. Estas pequeñas estructuras producen cortisol, una hormona célebre porque interviene en la respuesta al estrés. Cuando nuestros antepasados se encontraban con un tigre dientes de sable, el cortisol ayudaba a movilizar recursos para sobrevivir.

Hoy seguimos produciendo cortisol, aunque normalmente en respuesta a correos electrónicos, reuniones de trabajo o declaraciones de Hacienda. El cuerpo aún no ha comprendido del todo que un plazo administrativo no suele intentar devorarnos.

La parte posterior de la hipófisis alberga otro conjunto de maravillas. Una es la oxitocina, famosa por su papel en el parto y en los vínculos afectivos. La otra es la vasopresina o ADH, que ayuda a los riñones a conservar agua.

La mayoría de nosotros apenas pensamos en ello, pero nuestros riñones están tomando decisiones hidráulicas extraordinariamente complejas cada minuto del día. Filtran unos ciento ochenta litros de líquido diarios y luego recuperan casi todo. La vasopresina es uno de los gestores encargados de que no terminemos deshidratados después de una noche de sueño.

Todo este entramado puede parecer una colección de sistemas independientes, pero en realidad constituye una sola red. La figura lo muestra bien. Cada hormona sale hacia un órgano diferente, pero todas proceden del mismo centro regulador y todas se comunican entre sí. Es menos parecido a una empresa y más parecido a Internet.

Diagrama que muestra los efectos de la hormona GLP-1 (glucagón tipo 1) en varios órganos del cuerpo. El GLP-1 y otras hormonas como el péptido YY (PYY) ayudan a regular el azúcar en sangre a través del páncreas. También indican a nuestro cerebro que has comido lo suficiente y ordenan a tu estómago y a tus intestinos que reduzcan su motilidad, es decir, que ralenticen el movimiento de los alimentos a lo largo del tracto digestivo para permitir la digestión. Este sistema es el llamado freno de colon o freno ileal. Fuente.

La señal hormonal llega a una célula. La célula posee un receptor específico. El receptor activa una cascada de reacciones químicas. Los genes se encienden o se apagan. Las enzimas modifican el metabolismo. Los tejidos responden.  Todo eso ocurre continuamente y a velocidades vertiginosas.

Mientras leísa el párrafo anterior, miles de millones de moléculas hormonales circularon por tu organismo transportando información. Y aquí aparece la idea más importante de todas: las hormonas no buscan producir efectos espectaculares. Buscan equilibrio. La biología rara vez aspira a máximos. Prefiere los puntos intermedios. No quiere la temperatura más alta ni la más baja. Quiere exactamente 37 grados. No quiere demasiada glucosa ni muy poca. Quiere la cantidad adecuada. No quiere exceso de agua ni escasez. Quiere el equilibrio preciso.

Las hormonas son las funcionarias invisibles encargadas de mantener ese delicado compromiso. Lo hacen con una eficacia asombrosa. Resulta tentador pensar que somos individuos autónomos que tomamos decisiones racionales mientras caminamos por el mundo. Pero, observada desde cierta distancia, la experiencia humana parece más bien el resultado de billones de células intercambiando mensajes químicos bajo la supervisión de un puñado de glándulas diminutas escondidas en lugares estratégicos.

La verdadera maravilla no es que tengamos hormonas. La maravilla es que una red molecular tan compleja, formada por señales invisibles y cantidades infinitesimales de sustancias químicas, consiga mantenernos vivos durante décadas sin que apenas nos demos cuenta de que existe. Hasta que falla.

Y entonces descubrimos que las auténticas gobernantes del cuerpo nunca fueron los músculos, ni los huesos, ni siquiera el cerebro consciente. Eran aquellas silenciosas moléculas mensajeras que llevaban toda la vida trabajando en la sombra.

LOS NIÑOS DEL INFIERNO Y LA GUERRA DEL AZUFRE

 

Niños mineros en la mina de Floristella, Sicilia a principios del siglo XX. Dominio público

La historia de la Revolución Industrial suele contarse como una sucesión de inventos brillantes: la máquina de vapor, los telares mecánicos, las fábricas de ladrillo rojo y las chimeneas que transformaron el paisaje británico. Pero la historia real era más larga, más oscura y mucho más global. Detrás de cada pieza de algodón blanco que salía de Manchester había una cadena de producción que comenzaba en los campos esclavistas de América y terminaba en las profundidades infernales de las minas de azufre de Sicilia.

Y fue precisamente ese azufre, un mineral amarillento y aparentemente poco glamuroso, el que estuvo a punto de provocar una guerra internacional en 1840.

El ingrediente secreto de la Revolución Industrial

Durante mucho tiempo, los historiadores prestaron atención a las máquinas y a las fábricas, pero menos a los productos químicos que hicieron posible la expansión industrial. Como explica el historiador Daniel Cunha en The Frontier of Hell: Sicily, Sulfur, and the Rise of the British Chemical Industry, 1750-1840, la industria textil británica no dependía únicamente del algodón producido por personas esclavizadas en América. También dependía de una compleja industria química cuyo corazón estaba en Sicilia.

Una vez tejido el algodón, la tela debía lavarse, desengrasarse, blanquearse y prepararse para la venta. Durante siglos, estas operaciones se habían realizado mediante métodos tradicionales: potasa obtenida de cenizas vegetales, leche agria y largas exposiciones al sol en campos abiertos. Los fabricantes ingleses enviaban buena parte de sus tejidos a los Países Bajos para completar este proceso, aprovechando la calidad del agua holandesa y la abundancia de productos lácteos.

Pero la Revolución Industrial alteró todos los ritmos. Los nuevos telares producían más tela de la que los métodos tradicionales podían procesar. La solución no fue mecánica sino química.

El ácido sulfúrico sustituyó a la leche agria. El carbonato sódico sintético reemplazó a la potasa. El cloro aceleró el blanqueo que antes requería semanas de exposición solar. Había nacido una nueva industria: la industria química moderna. Toda ella dependía de una materia prima fundamental: el azufre.

Sicilia, la Arabia Saudí del azufre

A finales del siglo XVIII, el azufre era un producto secundario en la economía siciliana. En 1792 ocupaba apenas el undécimo lugar entre las exportaciones de la isla. El trigo era mucho más importante.

Pero la demanda industrial británica cambió la situación con extraordinaria rapidez. En 1816, tras las guerras napoleónicas, Gran Bretaña obtuvo un tratado comercial que le concedía una posición privilegiada en el comercio del azufre siciliano. En pocos años el Reino Unido controlaba prácticamente el mercado. Hacia 1834, el azufre se había convertido en la principal exportación de Sicilia.

La isla producía entre el 80 y el 90 por ciento del azufre consumido en el mundo. Ninguna otra materia prima estratégica dependía tanto de una sola región. Si hoy imaginamos la importancia geopolítica del petróleo o de las tierras raras, podemos comprender mejor la posición que ocupaba Sicilia en la economía industrial del siglo XIX.

El infierno bajo tierra

El éxito económico tenía un precio terrible. Las minas sicilianas eran famosas en toda Europa por sus condiciones inhumanas. La extracción se realizaba en centenares de explotaciones primitivas, mal ventiladas y peligrosas. Los trabajadores más valiosos para los propietarios eran los más pequeños.

Miles de niños, conocidos como carusi, descendían diariamente a galerías sofocantes para transportar sacos de mineral que a menudo pesaban más que ellos mismos. Muchos habían sido entregados por sus familias mediante contratos de deuda de los que resultaba casi imposible escapar. Formalmente no eran esclavos. En la práctica, su situación se parecía mucho a la esclavitud.

Los observadores contemporáneos describían cuerpos deformados, espaldas destrozadas y una mortalidad espantosa. Daniel Cunha sostiene que el auge de la industria química británica no puede entenderse sin reconocer este trabajo infantil casi esclavizado como uno de sus requisitos fundamentales.

La explotación no terminaba en el interior de las minas. Los hornos donde se fundía el mineral liberaban gases sulfurosos que devastaban la vegetación circundante. Campos fértiles quedaban convertidos en paisajes estériles. La riqueza salía hacia el norte de Europa mientras los costes ambientales permanecían en Sicilia.

No era extraño que muchos comentaristas italianos vieran el dominio británico sobre el azufre siciliano como una forma de colonialismo económico.

Las raíces de la mafia

Las zonas mineras también desarrollaron un clima de corrupción y violencia. La ausencia de instituciones eficaces favoreció la aparición de redes privadas de protección, intermediarios y grupos dedicados a la extorsión. Numerosos historiadores consideran que algunas de las estructuras que más tarde formarían parte de la mafia siciliana encontraron allí un terreno fértil para crecer.

Las minas generaban enormes beneficios, y donde circulaba tanto dinero surgían inevitablemente quienes ofrecían protección... o la imponían.

Cuando el rey desafió a Gran Bretaña

En 1838, Fernando II del Reino de las Dos Sicilias decidió alterar este sistema. El monarca consideraba que los comerciantes británicos obtenían beneficios desproporcionados mientras Sicilia recibía una parte relativamente pequeña de la riqueza generada por sus propios recursos. Por ello concedió el monopolio de exportación a una compañía francesa, Taix & Aycard, que prometía mejores condiciones económicas para el reino.

La decisión equivalía a desafiar la posición dominante británica. Desde Londres, el ministro de Asuntos Exteriores, el célebre Palmerston, reaccionó con furia. El gobierno británico sostuvo que la medida violaba los acuerdos comerciales de 1816 y perjudicaba gravemente a los intereses británicos.

Pero detrás de las argumentaciones jurídicas se encontraba una realidad más simple: Gran Bretaña no estaba dispuesta a perder el control de una materia prima esencial para su industria.

La Guerra del Azufre

La tensión aumentó durante 1840. Buques británicos fueron enviados al Mediterráneo. La Royal Navy adoptó una actitud abiertamente amenazante y llegó a bloquear la bahía de Nápoles. Europa observó con inquietud cómo dos Estados parecían encaminarse hacia una guerra por un mineral amarillo extraído en una isla mediterránea.

El canciller austríaco Metternich contemplaba la situación con cierta incredulidad. Resultaba absurdo que las grandes potencias europeas pudieran acabar enfrentándose por una cuestión de azufre. Sin embargo, aquello era precisamente lo que estaba ocurriendo.

Aunque nunca se produjeron combates importantes ni una declaración formal de guerra, la llamada Crisis del Azufre o Guerra del Azufre estuvo peligrosamente cerca de convertirse en un conflicto armado. Finalmente, la mediación diplomática evitó la escalada.

Fernando II se vio obligado a cancelar el acuerdo francés. Además, el Reino de las Dos Sicilias tuvo que pagar indemnizaciones tanto a los intereses franceses como a los británicos. La paz llegó, pero a un precio elevado. La demostración de fuerza había funcionado.

 El fin del monopolio

Paradójicamente, la victoria británica llegó cuando el monopolio siciliano comenzaba a perder importancia. Poco después aparecieron nuevas fuentes de suministro: la pirita irlandesa, los depósitos de azufre españoles y, más tarde, los enormes yacimientos de Luisiana. También comenzaron a desarrollarse formas tempranas de reciclaje químico que reducían la dependencia de las minas sicilianas.

La producción de Sicilia continuó durante décadas, destinada a usos agrícolas, fabricación de pólvora y otras aplicaciones industriales. Entre 1840 y 1900 las exportaciones aún se multiplicaron por seis. Pero la época en que una sola isla controlaba casi todo el azufre del planeta estaba llegando a su fin.

Lo más parecido al infierno

A principios del siglo XX, el educador estadounidense Booker T. Washington, nacido en la esclavitud, visitó una mina siciliana. Había conocido la explotación humana desde la infancia. Sin embargo, después de descender a aquellas galerías escribió que era «lo más parecido al infierno que se pueda imaginar». Su comentario resume una historia que durante mucho tiempo permaneció oculta tras el brillo de la Revolución Industrial.

La tela blanca que salía impecable de las fábricas británicas había recorrido un camino extraordinariamente oscuro. Comenzaba en los campos de algodón trabajados por personas esclavizadas en América. Continuaba en fábricas donde las jornadas laborales agotaban a hombres, mujeres y niños. Y concluía gracias al azufre extraído por carusi sicilianos que arrastraban cargas imposibles en túneles sofocantes.

La Crisis del Azufre de 1840 fue mucho más que una disputa comercial. Fue el momento en que una potencia industrial estuvo dispuesta a movilizar su flota para defender una cadena de producción global basada en recursos estratégicos y trabajo explotado. Un recordatorio de que, mucho antes del petróleo o de las tierras raras, el mundo moderno ya libraba guerras —o estaba dispuesto a librarlas— por los minerales que alimentaban su prosperidad.

LA PLANTA QUE CONTRATÓ UN SERVICIO DE LIMPIEZA

 

Pinguicula moranensis. Oaxaca, México

Hay lugares donde la naturaleza parece haber cometido un error administrativo. Uno espera encontrar vida exuberante junto al agua, pero de vez en cuando aparece una pared rocosa empapada por una fina película de escorrentía donde apenas crece nada. El agua corre sin descanso, la roca permanece húmeda todo el año y, sin embargo, el paisaje tiene el aspecto nutricional de una nevera vacía.

Fue en uno de esos lugares donde conocí a las pinguículas (género Pinguicula), unas plantas tan discretas que podrían pasar por una ensalada olvidada sobre una piedra. Si uno no presta atención, las confunde con simples rosetas de hojas verdes pegadas al suelo. No tienen la teatralidad de la Venus atrapamoscas ni el exotismo de las plantas jarro tropicales. Las pinguículas son modestas. Parecen pertenecer a la categoría de organismos cuya principal aspiración en la vida es no llamar la atención. Sin embargo matan.

Rocas rezumantes con Pinguicula moranensis en flor. San Juan Tahitic, Puebla, México

La razón de que hayan acabado convirtiéndose en depredadoras tiene que ver con uno de los problemas más antiguos de la biología: el nitrógeno. Las plantas necesitan nitrógeno para fabricar proteínas, enzimas, clorofila y ADN. Sin él, una planta es poco más que una fábrica cerrada por falta de materias primas.

El inconveniente es que el nitrógeno soluble tiene la costumbre de marcharse con el agua. Allí donde las rocas están sometidas a escorrentías constantes, los nitratos son arrastrados una y otra vez. Es como intentar llenar una bañera cuyo desagüe permanece abierto. Hay agua de sobra, pero los nutrientes desaparecen continuamente. Las pinguículas viven precisamente en estos lugares húmedos, pero absurdamente pobres en nutrientes. La solución que encontraron hace millones de años fue sencilla: si el suelo no proporciona nitrógeno, habrá que obtenerlo de los animales.

Así nació una de las soluciones más inesperadas del reino vegetal. Las hojas de una pinguícula están cubiertas por miles de glándulas microscópicas que producen un mucílago transparente. Visto de cerca, parece una fina capa de rocío. Para un pequeño mosquito, un colémbolo o una diminuta mosca, tiene el aspecto inocente de cualquier superficie vegetal. Hasta que intenta marcharse.

La sustancia es pegajosa en un grado que probablemente provocaría admiración entre los fabricantes de cinta adhesiva. El insecto queda atrapado. Cuanto más se agita, más glándulas toca y más pegado queda. La planta, que hasta ese momento había mantenido la compostura de una lechuga, inicia entonces la segunda fase de la operación.

Digiere a la víctima. Es importante señalar que las plantas carnívoras no obtienen energía de los insectos. Ese es un error muy extendido. La energía sigue procediendo del Sol, como en cualquier otra planta. Lo que buscan es nitrógeno, fósforo y otros nutrientes difíciles de conseguir en su entorno. Los insectos son, por decirlo así, fertilizante con patas.

Las glándulas de la hoja segregan enzimas capaces de descomponer tejidos animales. Proteínas, membranas celulares y otros componentes son reducidos a moléculas absorbibles. Durante varios días la hoja actúa como una especie de estómago exterior. Todo parece muy eficiente hasta que uno considera un pequeño detalle. Los insectos tienen la costumbre de poseer esqueletos.

Tras la digestión quedan alas, patas, fragmentos de quitina y otros residuos que la planta no puede aprovechar fácilmente. Al cabo del tiempo, una hoja corre el riesgo de parecer el suelo de un restaurante después de una convención de escarabajos. Esto plantea un problema inesperado.

Presas sobre las hojas de Pinguicula gigantea. Foto de Noah Elhardt

Las hojas son paneles solares biológicos. Cuanto más limpias estén, mejor capturan la luz. Si empiezan a acumular cadáveres, la fotosíntesis disminuye. Además, los restos orgánicos pueden favorecer la aparición de hongos y otros organismos poco deseables. En otras palabras, la pinguícula había resuelto brillantemente el problema del nitrógeno para descubrir que ahora tenía un problema de basura.

La evolución, que suele trabajar con los materiales disponibles, encontró una solución aún más ingeniosa. Consiguió personal de limpieza: ácaros. Los ácaros son criaturas tan pequeñas que la mayoría de los seres humanos pasan toda su vida sin prestarles atención. Esto es comprensible. Un animal que mide una fracción de milímetro tiene dificultades para construir una campaña de relaciones públicas eficaz.

Sin embargo, los ácaros constituyen uno de los grupos animales con más éxito del planeta. Hay ácaros en los bosques, en los desiertos, en las plumas de las aves, en el suelo de las casas y entra las sábanas de tu cama, y, por supuesto, sobre las hojas de ciertas pinguículas. Algunas especies de ácaros viven entre las trampas pegajosas alimentándose precisamente de aquello que la planta no puede aprovechar a fondo: fragmentos de insectos muertos, restos orgánicos y residuos acumulados.

La relación es extraordinaria. El ácaro obtiene comida gratuita en una superficie donde aparecen cadáveres de forma regular. Para un ácaro, una pinguícula es algo parecido a una mezcla entre supermercado y restaurante de buffet libre. La planta, por su parte, recibe un servicio de mantenimiento permanente. Los restos desaparecen. La superficie fotosintética permanece despejada. Las glándulas siguen funcionando. El sistema continúa operativo. Todo el mundo sale ganando, salvo los insectos.

Lo fascinante es que, una vez comprendido el mecanismo, una simple hoja deja de ser una hoja. Se convierte en un ecosistema completo. Sobre ella aterrizan pequeños artrópodos atraídos por el entorno húmedo. Algunos quedan atrapados. Las enzimas transforman sus cuerpos en nutrientes. Los residuos son procesados por ácaros especializados. Hongos y bacterias participan en distintos grados en la descomposición. El nitrógeno pasa de un organismo a otro siguiendo rutas invisibles. Y todo ello ocurre en una superficie menor que un sello de correos.

Los ecólogos utilizan a veces la expresión “microecosistema” para describir estos mundos diminutos. Es una expresión correcta, aunque insuficiente. Porque sugiere una versión reducida de algo mayor, cuando en realidad cada uno de estos sistemas posee una complejidad propia.

En una pared rocosa cualquiera puede encontrarse una pinguícula. Sobre una de sus hojas puede haber una mosca recién capturada. Junto a ella, un ácaro estará recorriendo el terreno como un diminuto operario municipal. Bajo ambos, las células de la hoja absorberán nitrógeno procedente de una presa que horas antes estaba viva. Y alrededor de todo ello continuará fluyendo el agua que originó la historia.

Esa es quizá la parte más admirable de las pinguículas. No son espectaculares. No cierran trampas con violencia ni alcanzan tamaños impresionantes. Son pequeñas plantas de apariencia tranquila que viven pegadas a rocas húmedas. Pero cuando uno examina lo que sucede sobre una sola hoja descubre una red de relaciones ecológicas tan refinada que parece diseñada por un ingeniero obsesivo.

La roca pierde nutrientes. La planta captura insectos. Los insectos alimentan a la planta. Los ácaros limpian los restos. La hoja sigue funcionando. El ciclo continúa. Y todo porque, hace millones de años, una planta se encontró viviendo en un lugar donde el nitrógeno tenía la costumbre de escaparse con el agua.

La naturaleza, como suele ocurrir, respondió con una solución tan original que ningún comité de planificación se habría atrevido a proponerla.

lunes, 15 de junio de 2026

EL FELINO QUE MULTIPLICA CONEJOS Y PERDICES

 

El lince ibérico tiene un problema de imagen. Durante décadas ha sido presentado como una especie exquisita, un aristócrata del monte mediterráneo que solo acepta conejo fresco, preferiblemente servido a la temperatura adecuada y acompañado de una buena mata de jara. El animal más amenazado de Europa, decían. El felino que dependía de un único plato del menú. El equivalente zoológico de ese amigo que solo come pasta blanca porque “todo lo demás tiene demasiados sabores”.

Y, sin embargo, resulta que el lince también es una especie de gestor forestal. Un administrador silencioso del orden natural. Un regulador. Un funcionario con patillas y orejas rematadas en pinceles negros.

Porque la última sorpresa que nos ha dado este animal es extraordinaria: allí donde vuelve el lince, aumentan los conejos y las perdices. Lo cual parece tan razonable como afirmar que la llegada de más inspectores de Hacienda hace crecer el dinero en los bolsillos.

El hallazgo procede de un estudio publicado en una sesuda revista, Biological Conservation por investigadores del Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos, la Estación Biológica de Doñana y varias instituciones colaboradoras, quienes aprovecharon la reintroducción del lince en el valle del Matachel, en Badajoz, para observar qué ocurría cuando un gran depredador regresaba a un ecosistema del que había desaparecido.

La hipótesis parecía sencilla. El lince ibérico (Lynx pardinus) es un especialista extremo. Hasta el 95 % de su dieta puede estar compuesta por conejos. Si introduces linces en un territorio, cabría esperar menos conejos. Es una lógica impecable. Es también exactamente lo contrario de lo que sucedió.

El lince regresó y los conejos prosperaron.

Para entender esta aparente contradicción conviene recordar que la naturaleza no funciona como una suma de depredadores y presas, sino como una novela coral llena de personajes secundarios, alianzas inesperadas y ajustes de cuentas. Como ña Mafia, vamos.

Cuando desaparecieron los grandes depredadores europeos —lobos, osos, linces— ocurrió algo que los ecólogos llaman liberación de mesodepredadores. Es un nombre poco afortunado, porque suena a terapia emocional para zorros, pero describe un fenómeno muy real: sin nadie que los controle, los depredadores medianos prosperan. Son zorros, meloncillos, gatos asilvestrados y martas, todos ellos oportunistas que comen prácticamente cualquier cosa.

El zorro, por ejemplo, es el equivalente ecológico de una navaja suiza. Caza conejos, perdices, ratones, reptiles, insectos y, si hace falta, rebusca en la basura. Es adaptable, ingenioso y extraordinariamente eficiente. El meloncillo, una mangosta africana que parece diseñada por alguien que mezcló un hurón con una aspiradora, tampoco tiene demasiados escrúpulos gastronómicos.

Sin lince, estos consumidores generalistas se multiplican. Con lince, la situación cambia. Los investigadores comprobaron que apenas dos años después del establecimiento de una familia de linces, la abundancia de zorros y meloncillos había disminuido aproximadamente un 80%. En la zona de estudio desaparecieron cerca de diecinueve zorros y once meloncillos. Algunos murieron directamente a manos del lince; otros pusieron pies en polvorosa y abandonaron los territorios ocupados por el nuevo señor. Los mapas de fototrampeo mostraban un patrón inequívoco: donde el lince instalaba sus reales, los demás depredadores recogían discretamente sus cosas y se marchaban.

No cuesta imaginar la escena. Un zorro recorre cada noche el mismo sendero, convencido de que aquel monte es suyo. Ha criado allí durante años. Conoce cada madriguera y cada perdiz despistada. Entonces aparece un lince. No hace discursos. No coloca carteles. No organiza ruedas de prensa. Simplemente está. Y eso basta.

Porque el lince ocupa el escalón superior de la jerarquía. Es un depredador territorial y extraordinariamente eficiente. Su mera presencia altera la conducta de quienes viven por debajo de él. El resultado es lo que los ecólogos denominan una cascada trófica. Otro término que parece inventado por un fontanero, pero que describe uno de los mecanismos más fascinantes de la naturaleza: cuando modificas un nivel de la cadena alimentaria, las consecuencias se propagan hacia abajo como fichas de dominó.

El lince consume conejos. Pero elimina o desplaza a muchos más depredadores que consumen conejos. Y el balance final favorece a los propios conejos. Los cálculos del estudio sugieren que, tras la llegada del felino, el conjunto de la comunidad de carnívoros redujo en un 55,6% el número de conejos capturados. El lince sustituyó a una multitud de consumidores menos selectivos. Era como despedir a varios empleados poco eficientes para contratar a un único especialista brillante.

A) Densidades de comunidades carnívoras en el área de estudio de 1 021 hectáreas antes de la reintroducción del lince (2014), un año (2015) y dos años (2016) después (izquierda). B) Número estimado de conejos consumidos por el lince y por mesocarnívoros cada año (derecha) durante el periodo de estudio. Los colores usados para las especies carnívoras son los mismos en A (densidad) y B (consumo de conejos). Fuente.

El especialista, además, tenía preferencias peculiares. Los meloncillos capturan sobre todo gazapos pequeños, excavando madrigueras. Los zorros aprovechan cualquier oportunidad. El lince, en cambio, suele cazar conejos subadultos y adultos mediante acecho y emboscada. No todos los conejos corren el mismo riesgo. Y eso también importa.

Más sorprendente aún fue comprobar que las perdices rojas, que apenas forman parte de la dieta del lince, también salían beneficiadas. En las zonas ocupadas por el felino, las poblaciones de perdiz se mantuvieron o aumentaron mientras disminuían en áreas sin linces. La noticia tuvo algo de revolución cultural.

Durante generaciones, muchos cotos españoles han invertido enormes cantidades de tiempo y dinero en eliminar zorros con la esperanza de proteger la caza menor. Cada año se abaten centenares de miles de ellos. Y, sin embargo, el viejo aristócrata moteado del monte parecía lograr resultados similares simplemente haciendo aquello para lo que había evolucionado.

Quizá por eso el estudio tiene implicaciones que van mucho más allá de la biología del lince. Habla de nuestra tendencia a simplificar. Nos gustan las historias con buenos y malos. El conejo es la víctima. El lince es el verdugo. El zorro es el villano. El cazador es el gestor. Pero los ecosistemas rara vez obedecen a esos papeles.

Estimaciones de densidad de lince ibérico (depredador ápice), zorro rojo (rojo) y meloncillo (azul) (mesocarnívoros), y estimaciones de abundancia de presas antes de la reintroducción del lince (2014, sombra gris), un año (2015) y dos años (2016) después. Para los carnívoros, las barras de error representan los intervalos creíbles bayesianos. Para especies de presas, se muestran índices de abundancia medios (Error Estándar) para áreas con y sin lince (conteos transformados en logaritmos de individuos/km para perdices y latrines/km para conejos). Los latrines son los lugares donde los lagomorfos depositan sus heces.  Fuente.

Los ecosistemas son sistemas complejos, llenos de relaciones indirectas. Un animal puede matar conejos y, al mismo tiempo, favorecer que haya más conejos. Un depredador puede convertirse en aliado involuntario de quienes temían su regreso. El lince ibérico estuvo a punto de desaparecer. A comienzos de este siglo quedaban poco más de cincuenta ejemplares reproductores en dos núcleos aislados del sur peninsular. Era el símbolo perfecto de todo lo que hacemos mal con la naturaleza.

Hoy, gracias a programas de conservación y reintroducción, vuelve a caminar por territorios donde llevaba décadas ausente. Y resulta que, además de salvar al propio lince, quizá estemos restaurando algo más difícil de recuperar: el funcionamiento normal del paisaje.

Hay una cierta humildad en esta conclusión. Después de siglos intentando administrar el campo como si fuese una maquinaria simple, descubrimos que la naturaleza llevaba millones de años perfeccionando soluciones mucho más elegantes que las nuestras.

El lince no conoce el concepto de biodiversidad. No ha leído artículos científicos ni participa en congresos sobre sostenibilidad. Ignora qué es una cascada trófica y probablemente le traería sin cuidado saberlo. Solo hace lo que hacen los linces. Marca territorios. Acecha entre las jaras. Persigue conejos. Y, al hacerlo, pone orden en un pequeño rincón del caos mediterráneo.

No está mal para un gato al que creíamos demasiado exquisito para sobrevivir.

EL LINCE QUE SE EXTINGUIÓ MÁS TARDE DE LO QUE SE PENSABA

 

Lince boreal (Lynx lynx). Wikipoedi Commons

Hay animales cuya desaparición tiene la cortesía de haber sucedido hace muchísimo tiempo. Los mamuts, por ejemplo, tuvieron la delicadeza de desaparecer miles de años antes de que los periodistas pudieran preguntar a nadie qué demonios había pasado. Los dinosaurios hicieron lo propio sesenta y seis millones de años antes de que existiera la menor posibilidad de organizar una comisión parlamentaria.

Pero otras especies resultan menos colaboradoras. El lince euroasiático, Lynx lynx, acaba de demostrarnos que las extinciones no siempre suceden cuando creemos que sucedieron. A veces llegan tarde. O, mejor dicho, nosotros nos enteramos tarde.

Durante décadas, los manuales afirmaron con razonable seguridad que el lince euroasiático había desaparecido de la península ibérica varios siglos atrás. El gran felino del norte europeo pertenecía, según la historia oficial, a un pasado nebuloso compuesto por fósiles antiguos, leyendas rurales y referencias ambiguas en documentos medievales. El protagonista felino de nuestros montes era otro: el lince ibérico, más pequeño, más especializado y, durante mucho tiempo, mucho más amenazado.

Esqueleto reconstruido del lince euroasiático. Foto Universidad A Coruña

En esas estábamos cuando apareció un cadáver. No un cadáver reciente, naturalmente. La paleontología rara vez ofrece emociones tan inmediatas. El protagonista de esta historia llevaba más de dos siglos esperando pacientemente en una cavidad kárstica de los Picos de Europa llamada Sima Topinoria, en Cantabria. Allí permaneció, protegido por la geología y por la absoluta indiferencia del tiempo, hasta que un grupo de investigadores decidió examinar sus restos con la curiosidad suficiente como para alterar la historia natural de España.

El estudio, dirigido por investigadores de la Universidad de A Coruña, reveló que aquel esqueleto casi completo pertenecía inequívocamente a un lince euroasiático. La datación mediante radiocarbono situó su muerte entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. En otras palabras, mientras Beethoven componía sus sinfonías, Goya pintaba sus grabados y Napoleón reorganizaba Europa a golpe de cañón, todavía existían linces euroasiáticos vagando por las montañas cantábricas.

No es frecuente que una especie extinta cambie la fecha de su propia desaparición. Lo verdaderamente maravilloso es que las pistas siempre habían estado ahí. Los documentos históricos mencionaban una criatura llamada «lobo cerval». El nombre aparece aquí y allá en archivos, ordenanzas y relatos de cazadores. Durante mucho tiempo, estas referencias fueron tratadas con cautela. Los cronistas del pasado no destacaban precisamente por su rigor taxonómico. En una época en la que los cocodrilos podían convertirse en dragones y cualquier pez especialmente grande acababa transformado en monstruo marino, convenía mantener cierto escepticismo.

Sin embargo, aquellas descripciones persistían con una obstinación sospechosa. Ahora sabemos que probablemente decían la verdad. Existe una cierta satisfacción intelectual en descubrir que nuestros antepasados, ocasionalmente, sabían de qué estaban hablando.

El hallazgo también pone de manifiesto un aspecto incómodo de nuestra relación con las extinciones. Tendemos a imaginarlas como acontecimientos teatrales. Una especie existe. Luego desaparece. Telón. La realidad es mucho menos rotunda. Las especies suelen extinguirse del mismo modo que las librerías de barrio o los quioscos callejeros poco a poco, perdiendo territorio, refugiándose en rincones olvidados, sobreviviendo en condiciones cada vez más precarias hasta que un día alguien advierte que hace mucho tiempo que nadie las ve. No hay fanfarrias. No suena música triste. Simplemente dejan de estar.

Quizá unos pocos ejemplares persistieran durante décadas en los hayedos y robledales cantábricos, evitando a los humanos con la discreción característica de los grandes felinos. Tal vez los campesinos aún comentaran haber visto alguno cruzando un collado al amanecer. Es posible incluso que los últimos linces fueran considerados poco más que exageraciones rurales por funcionarios ilustrados convencidos de que el progreso había puesto orden en el mundo natural.

La ironía es magnífica. Un animal que había logrado sobrevivir a glaciaciones, cambios climáticos y milenios de transformaciones ecológicas terminó siendo borrado del paisaje precisamente cuando la humanidad comenzaba a catalogar científicamente la naturaleza con entusiasmo enciclopédico.

Pero la historia no termina ahí. El esqueleto de Sima Topinoria está extraordinariamente bien conservado. Incluye huesos delicados que raramente sobreviven al paso del tiempo. Los investigadores han señalado que podría proporcionar información genética valiosísima sobre aquella población relicta. ¿Era genéticamente distinta? ¿Había sufrido un empobrecimiento genético debido al aislamiento? ¿Hasta qué punto la presión humana contribuyó a su declive final?

Todavía no conocemos las respuestas. Lo que sí sabemos es que el cadáver ha dejado de ser simplemente un cadáver para convertirse en una cápsula del tiempo. Nos gusta pensar que sabemos dónde terminan las historias. Dibujamos líneas limpias en mapas y cronologías. Escribimos fechas definitivas. Declaramos especies extinguidas con admirable seguridad administrativa.

Y luego aparece un lince en una cueva para decirnos que quizá no deberíamos precipitarnos tanto. Tal vez la lección más importante de Sima Topinoria no trate realmente sobre linces. Tal vez trate sobre humildad. La naturaleza posee una extraordinaria capacidad para esconder sus secretos justo debajo de nuestras narices. O, en este caso, bajo nuestros pies.

Mientras discutimos sobre el futuro de la biodiversidad, resulta que todavía estamos corrigiendo el pasado. Descubrimos que un gran depredador habitó nuestros bosques cuando nuestros tatarabuelos aún no habían nacido. Que las leyendas rurales escondían hechos verificables. Que la desaparición de una especie puede ser más reciente, más triste y mucho más humana de lo que imaginábamos.

Y uno no puede evitar preguntarse qué otros fantasmas zoológicos permanecen aún ocultos en archivos parroquiales, cuevas olvidadas o relatos transmitidos junto al fuego. Quizá alguno esté esperando pacientemente a que alguien le pregunte.

Al fin y al cabo, si un lince muerto hace doscientos años ha conseguido modificar los libros de historia, conviene recordar que la naturaleza nunca ha sentido un respeto excesivo por nuestras afirmaciones por certeras que parezcan. Probablemente sea mejor así.

SÍRFIDOS: LOS IMPOSTORES DEL JARDÍN

 

El sírfido Volucella zonaria

Hay un momento, casi siempre a finales de primavera, en que una persona perfectamente razonable deja de serlo durante unos segundos. Está inclinada sobre una lavanda o una margarita, disfrutando de esa extraña satisfacción que produce observar a los insectos trabajar con diligencia, cuando aparece una pequeña criatura amarilla y negra zumbando alrededor de las flores. La reacción es inmediata. Uno da un paso atrás. Tal vez dos. Los más teatrales emiten incluso un pequeño sonido de alarma.

—¡Cuidado, una avispa!

Y, sin embargo, muchas veces no lo es.

Lo extraordinario es que el insecto en cuestión agradecería profundamente el error. Las moscas de las flores, o sírfidos, pertenecen a la familia Syrphidae, dentro del orden de los dípteros. Son, por tanto, parientes de las moscas domésticas. Sin embargo, han pasado millones de años perfeccionando un disfraz tan convincente que han conseguido que buena parte del planeta las tome por avispas o abejas.

EVolutivamente hablando, eso constituye un golpe maestro. En un artículo reciente sobre la polilla Sesia apiformis, describí cómo una mariposa puede sobrevivir gracias a la reputación ajena. El mismo principio se aplica a los sírfidos: no son peligrosos, pero han descubierto que aparentar peligro puede ser casi tan eficaz como poseerlo.

El engaño tiene su nombre: mimetismo batesiano. Henry Walter Bates, un naturalista inglés del siglo XIX, observó en el Amazonas que ciertas especies inofensivas parecían copias exactas de otras desagradables o peligrosas para los depredadores. Su explicación fue brillante en su sencillez.

Si un pájaro intenta comerse una avispa, recibe una lección dolorosa. Las avispas poseen aguijón, veneno y una actitud que podría describirse como "mal carácter institucionalizado". El ave aprende rápidamente a evitar cualquier cosa que presente determinadas franjas amarillas y negras. Ese disfraz lo utilizan los sírfidos.

No tienen aguijón. No producen veneno. Ni siquiera pueden morder con eficacia. Pero lleva puesto el uniforme adecuado. El depredador no acostumbra a detenerse para realizar un examen taxonómico exhaustivo. Ve el patrón cromático familiar, recuerda experiencias desagradables y decide buscar algo menos conflictivo para desayunar. Es difícil imaginar una estrategia más rentable.

Los sírfidos, esas moscas disfrazadas constituyen una familia enorme, con más de seis mil especies descritas en el mundo. Algunas imitan avispas esbeltas; otras parecen abejas peludas; unas pocas recuerdan incluso a abejorros. Sin embargo, por mucho que el disfraz impresione, la anatomía termina delatándolos.

Ahí empieza la diversión para el naturalista aficionado. ¿Cómo distinguir un sírfido de una avispa? La diferencia más importante es también la más sencilla. Los sírfidos son dípteros. Las avispas son himenópteros. Puede parecer una observación destinada exclusivamente a expertos que organizan sus vacaciones según congresos de entomología, pero tiene consecuencias muy prácticas.

Los dípteros poseen un solo par de alas funcionales. Los himenópteros poseen dos pares. Las alas posteriores de las moscas han evolucionado hasta convertirse en unas diminutas estructuras llamadas halterios, unos pequeños bastones rematados por una maza que actúan como sofisticados órganos de equilibrio. Funcionan como giroscopios biológicos y permiten realizar maniobras aéreas extraordinarias.

Repito: una avispa tiene cuatro alas. Una mosca sírfida, dos. El problema es que el insecto raramente permanece quieto para facilitar la inspección. Por fortuna, existen otras pistas.

El sírfido Syrphus ribesi posado sobre una rosa

Como buenas moscas que son, los sírfidos poseen enormes ojos compuestos que ocupan gran parte de la cabeza. En muchos machos los ojos prácticamente se tocan en la parte superior, dando la impresión de que el animal lleva unas gafas de aviador desproporcionadas. En cambio, as avispas tienen ojos más pequeños y claramente separados.

Las antenas de los sírfidos son cortas, mientras que las de las avispas suelen ser largas, articuladas y muy visibles. Las avispas exhiben la famosa "cintura de avispa": un estrechamiento muy marcado entre tórax y abdomen. Los sírfidos presentan un cuerpo más continuo y robusto.

Y quizá la característica más llamativa sea el vuelo. Mientras que las avispas vuelan con decisión como cazas lanzados de un sitios a otro, los sírfidos se ciernen, es decir, pueden quedarse suspendidos en el aire como helicópteros. Permanecen inmóviles frente a una flor, retroceden, avanzan lateralmente y vuelven a quedarse quietos con precisión admirable. De ahí procede uno de sus nombres ingleses: hoverflies, las moscas flotantes.

La historia mejora todavía más cuando uno descubre cómo viven las larvas de los sírfidos, muchas de las cuales son auténticos depredadores profesionales. Una larva de Episyrphus balteatus, uno de los sírfidos más comunes de Europa, puede consumir centenares de pulgones durante su desarrollo.

Los jardineros deberían erigirles monumentos, porque mientras los adultos visitan flores y se alimentan de néctar y polen, sus descendientes patrullan tallos y hojas devorando algunas de las plagas agrícolas más molestas.

Otras especies han adoptado ocupaciones diferentes. Algunas larvas viven en materia orgánica en descomposición. Otras habitan charcas contaminadas. Las célebres larvas de Eristalis poseen una prolongación respiratoria extensible que les ha valido el apodo de "gusanos cola de rata". Mientras permanecen sumergidas en aguas pobres en oxígeno, utilizan ese tubo como si fuera un esnórquel.

La evolución, como suele ocurrir, nunca desaprovecha una oportunidad para sorprender. Los sírfidos son los grandes olvidados de la polinización. Cuando pensamos en polinizadores, pensamos inmediatamente en abejas. Las campañas educativas, los envases de miel y los dibujos infantiles han consolidado esa asociación.

Sin embargo, los sírfidos constituyen uno de los grupos de polinizadores más importantes del planeta. Después de las abejas, probablemente sean los visitantes florales más eficaces en numerosos ecosistemas. Transportan polen. Visitan infinidad de especies vegetales y lo hacen sin exigir prácticamente reconocimiento alguno.

Su tragedia consiste en que la mayoría de la gente ni siquiera sabe que existen. O peor aún: cree que son avispas. Los sírfidos ni son especialmente fuertes, ni son venenosos, ni

disponen de aguijones ni de enjambres o colonias organizadas capaces de declarar la guerra a quien perturbe un nido. Su gran innovación evolutiva consiste en haber comprendido que la percepción importa tanto como la realidad.

Mientras las auténticas avispas invierten recursos en fabricar armas químicas y sofisticados aparatos defensivos, ellos se limitan a copiar el uniforme. La próxima vez que veas uno suspendido sobre una flor, resiste la tentación de apartarte inmediatamente. Observa las antenas cortas. Busca los ojos gigantescos. Fíjate en ese vuelo imposible, inmóvil y vibrante. Y cuenta las alas, si el insecto tiene la cortesía de colaborar desplegándolas.

Quizá descubras que no estsá ante una avispa amenazante, sino ante una de las criaturas más ingeniosas que ha producido la selección natural: una simple mosca que decidió que, en un mundo lleno de depredadores, la mejor defensa consistía en hacerse pasar por alguien mucho más temible.

La naturaleza no siempre premia a los más peligrosos. A veces recompensa a quienes dominan el arte del disfraz.

LO QUE EL PIS DE LAS SERPIENTES PODRÍA ENSEÑARNOS SOBRE LOS CÁLCULOS RENALES

 

Hay frases que uno nunca espera pronunciar en voz alta. "¿Podrías pasarme la sal?" es perfectamente razonable. "Creo que mañana va a llover", también. Pero pocas personas imaginan que algún día leerán con interés una frase como ésta: «Un grupo de químicos estadounidenses está estudiando el pis de las serpientes para prevenir los cálculos renales».

Y, sin embargo, en esas estamos. La ciencia tiene esa maravillosa capacidad para tomar una idea que parece el resultado de una apuesta perdida en el mostrador de un bar y convertirla en un artículo publicado en una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo. La historia que les voy a contar comienza con una pregunta aparentemente absurda.

¿Por qué las serpientes no sufren gota?

O, para ser más precisos: ¿cómo consiguen manejar cantidades enormes de ácido úrico sin convertir su interior en una colección de pequeñas dagas microscópicas? Los seres humanos llevamos siglos peleándonos con el ácido úrico. Cuando todo funciona correctamente, este compuesto es simplemente uno más de los residuos derivados del metabolismo. Lo fabricamos, lo eliminamos y seguimos con nuestra vida.

Pero el ácido úrico tiene mal carácter. Si sus concentraciones aumentan demasiado, tiende a cristalizar. Y no lo hace adoptando formas redondeadas. Forma agujas diminutas, puntiagudas y extraordinariamente punzantes.

Si estas agujas se depositan en las articulaciones aparece la gota, una enfermedad que ha acompañado a emperadores, papas, escritores y aficionados a la buena mesa desde tiempos inmemoriales. El dedo gordo del pie se convierte entonces en el escenario de un sufrimiento tan intenso que algunos pacientes aseguran que incluso el roce de una sábana resulta insoportable.

Cuando esos cristales aparecen en el aparato urinario, el resultado puede ser un cálculo renal. Y cualquiera que haya tenido uno sabe que existen pocas maneras más eficaces de comprender la fragilidad de la condición humana.

Las serpientes, sin embargo, parecen haberse saltado el problema. A diferencia de nosotros, que eliminamos el nitrógeno sobrante disuelto en abundante orina líquida, muchos reptiles han adoptado una estrategia completamente distinta. Viven a menudo en ambientes donde el agua es un lujo, de modo que no pueden permitirse desperdiciarla alegremente. Lo que hacen es transformar sus residuos nitrogenados en una pasta blanquecina semisólida compuesta fundamentalmente por ácido úrico.

Los uratos de la pitón bola (Python regius) son microesferas de nanocristales de ácido úrico monohidratado. (a) La pitón bola excreta uratos que se secan formando una pastilla dura. (b–e) Las imágenes del microscopio electrónico de barrido (SEM) de los uratos muestran que consisten en esferas de 1–10 micras, algunas de las cuales están cubiertas de fibras filiformes. (c) La criofractura revela que algunas esferas son sólidas, mientras que otras tienen una microestructura interna más abierta. (d, e) Las imágenes SEM de alta resolución muestran una textura superficial granular con partículas en forma de rombo de 40 ± 10 micras de ancho y 180 ± 60 micras de largo. Barras de escala (b, c) = 10 micras y (d, e) = 1 micras.

En otras palabras, las serpientes hacen algo que a cualquier nefrólogo le produciría escalofríos. Concentran enormes cantidades de ácido úrico, pero a pesar de ello viven tan ricamente. Intrigados por esta aparente temeridad fisiológica, un grupo de investigadores liderados por Jennifer Swift, de la Universidad de Georgetown, decidió averiguar qué demonios estaba ocurriendo allí.

El estudio implicó una actividad profesional que seguramente no aparece en los folletos informativos de las facultades de química: analizar excrementos y uratos de serpientes.

Conviene aclarar que los reptiles no producen exactamente orina como la nuestra. Lo que expulsan es una mezcla de heces y residuos nitrogenados a través de la cloaca, y esos residuos tienen aspecto de pequeñas masas blancas, parecidas a una pasta de dientes especialmente poco apetecible. Son lo que se llaman uratos.

Los investigadores recogieron muestras procedentes de veintiuna especies diferentes de reptiles. Había pitones, boas, víboras y otras serpientes con nombres que desaconsejan cualquier exceso de confianza. Después hicieron lo que hacen los científicos cuando sospechan que la naturaleza es más inteligente que ellos: observaron muy de cerca.

Utilizaron microscopía electrónica, difracción de rayos X y diversas técnicas cristalográficas. Descubrieron algo extraordinario. Hasta entonces se pensaba que aquellos depósitos blancos eran poco más que una acumulación amorfa de ácido úrico. Error: en realidad, estaban organizados con una sofisticación exquisita.

Los residuos aparecían empaquetados en pequeñas microesferas texturizadas, de apenas unos pocos micrómetros de diámetro. A su vez, estas esferas estaban construidas a partir de nanocristales de ácido úrico monohidratado.

En resumen, las serpientes no eliminan ácido úrico de cualquier manera. Lo empaquetan y esa es una diferencia sutil, pero enormemente importante. Imagine que debe guardar miles de cuchillos en una caja. Puede arrojarlos todos juntos al azar y confiar en la suerte. O puede introducir cada uno en su funda correspondiente. Las serpientes, por así decirlo, utilizan fundas.

El ácido úrico queda confinado en estructuras estables y redondeadas que parecen impedir la formación de cristales largos y afilados capaces de lesionar tejidos. Y aquí es donde la historia deja de ser una curiosidad zoológica para convertirse en una posible lección médica. Porque, si consiguiéramos comprender exactamente cómo los reptiles estabilizan estos agregados, quizá podríamos imitar el proceso.

Tal vez no sea necesario impedir completamente la formación de ácido úrico. Quizá baste con convencerlo para que adopte una personalidad más civilizada. Que, en lugar de agujas agresivas, formen esferas inofensivas.

No sería la primera vez que la naturaleza nos ofrece soluciones inesperadas. Las sanguijuelas proporcionaron anticoagulantes. Los mohos nos dieron antibióticos. Los tejos escondían fármacos contra el cáncer. Las ranas han inspirado nuevos antimicrobianos. Y ahora resulta que una pitón podría enseñarnos algo sobre cómo evitar que un cálculo renal convierta una tarde cualquiera en una experiencia terrorífica.

Existe cierta arrogancia en nuestra relación con el resto de los seres vivos. Tendemos a pensar que la evolución es una especie de proceso improvisado, una chapuza acumulativa llena de errores. Y, en muchos sentidos, lo es. Pero también lleva más de tres mil millones de años realizando experimentos sin descanso.

Las serpientes llevan decenas de millones de años resolviendo el problema de almacenar ácido úrico sin autodestruirse. Nosotros apenas empezamos a prestar atención. Tal vez la próxima gran idea para prevenir la gota o determinados cálculos renales no surja de una pantalla repleta de modelos matemáticos ni de una sofisticada inteligencia artificial. Quizás empiece con un investigador sosteniendo una muestra blanquecina procedente de la cloaca de una serpiente y preguntándose por qué demonios aquello funciona tan bien.

La ciencia avanza muchas veces así. No siempre mediante grandes teorías y discursos solemnes. A veces progresa gracias a personas lo bastante curiosas como para estudiar aquello que el resto de nosotros preferiríamos no mirar demasiado de cerca. Resulta reconfortante pensar que uno de los secretos de la medicina del futuro podría encontrarse precisamente ahí: escondido en el lugar menos imaginable: en el pis de una serpiente.