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miércoles, 4 de marzo de 2026

ORIENTE PRÓXIMO AL BORDE DEL ABISMO: DE UN ATAQUE PUNTUAL A UNA GUERRA SIN CONTROL

 

Lo que empezó como una operación militar puntual se ha convertido en cuestión de horas en una guerra regional de dimensiones imprevisibles. La que Trump llamó Operación Furia Épica, lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán, no solo no ha producido el colapso del régimen iraní que algunos estrategas esperaban, sino que ha actuado como el detonante de una espiral de violencia que ya desborda Oriente Próximo y empieza a rozar directamente a Europa. El asesinato del ayatolá Alí Jameneí, lejos de provocar descomposición interna, ha funcionado como un catalizador emocional, político y simbólico que ha encendido todos los frentes, alimentados también por el asesinato de cuarenta niñas inocentes.

Siempre que hay guerra con Irán vuelvo a rescatar este texto para explicar el origen del conflicto: En 1908 un geólogo británico encontró petróleo en Persia, hoy Irán. Para explotar este recurso, persas y británicos se unieron para crear la Anglo-Persian Oil Company (la predecesora de BP, una de las petroleras más grandes del mundo). Al poco tiempo el gobierno británico adquirió la mayoría de la empresa, con ganancias exorbitantes para los anglosajones y migajas para los persas.

En ese momento de la historia Irán era una monarquía constitucional con mucho poder del rey y poca democracia, sin embargo, en 1951 Mohammad Mosaddegh fue electo primer ministro y llevó a cabo fuertes reformas en las que incluyó la nacionalización de la industria petrolera. Esto no le gustó a los británicos y norteamericanos, por lo que la CIA y el MI6 planearon y efectuaron un golpe de Estado para acabar con la democracia en Irán e instalar todo el poder en el Sha Mohammad Reza Pahlavi.

Con Reza Pahlavi los iranís sufrieron un régimen marcial, pocas libertades políticas y una tremenda desigualdad social. El país estuvo sumido en pobreza mientras que el Sha y las empresas extranjeras (de Estados Unidos y Reino Unido) se llenaban los bolsillos. Las imágenes de la "buena vida" del Irán "occidentalizado" son de una minoría.

Esto generó un sentimiento antioccidental en la población, especialmente contra Estados Unidos. Este descontento contra el régimen explotó en 1979 con la revolución islámica. Un movimiento social con el que se terminó la monarquía y se estableció una república islámica; una teocracia donde el líder supremo tiene la última palabra.

Desde entonces Irán opera bajo una visión del mundo anticolonial donde Reino Unido, Estados Unidos y también Israel (visto como una extensión de EEUU en Oriente Medio), son Estados opresores con los que hay que acabar. Por eso no habrá paz jamás en la región. Por eso EEUU e Israel han atacado Irán, por el temor del desarrollo de bombas atómicas por parte de un país que les guarda enorme resentimiento.

Ambos acaban de dar uno de los pasos más imprudentes de su historia reciente: terminar con la vida del principal líder religioso chiita durante el Ramadán, el mes más sagrado del calendario musulmán, lo que es el equivalente a ejecutar al Papa en Cuaresma. A esto se suma otro detonante: un misil israelí que cobró la vida de decenas de jóvenes iraníes.

La combinación de ambos hechos no generará rabia pasajera, sino algo mucho más profundo y duradero: décadas, si no generaciones, de enemistad del pueblo iraní hacia Estados Unidos, incluso entre quienes siempre rechazaron al régimen islámico. En otras palabras, Trump no solo no ha debilitado a sus enemigos, sino que los ha multiplicado.

Hay que ser categóricos para desmantelar la narrativa oficial de Washington: la idea de que esta guerra podría transformar positivamente las relaciones entre EEUU e Irán, o incluso provocar una rebelión popular que derrumbe al régimen, es pura fantasía.

¿Por qué Reino Unidos y Francia se están comprometiendo más en el conflicto? Porque en el origen del desastre político iraní están las maniobras de la CIA y del M15 británico para derrocar en 1953 al régimen democrático de Mohammad Mosaddegh y porque Francia es la responsablede la creación política del Líbano que ha resultado en un Estado fallido.

GRACIAS A LAS RANAS LOS NEUROTRANSMISORES CAMBIARON LA PRÁCTICA DE LA MEDICINA

 

Nuestro sistema nervioso central (SNC) está dividido en dos. El SN somático controla de forma voluntaria los movimientos y la sensación consciente. El SN autónomo regula funciones involuntarias (cardíacas, respiratorias, digestivas, glandulares) que escapan al control de nuestra voluntad. En ambos casos, la vía de transmisión de los impulsos nerviosos son unas células especializadas, las neuronas.

En el siglo XVIII, los anatomistas habían desarrollado experiencia en la disección de cadáveres e identificado dos pares de nervios que provenían de la médula espinal y se conectaban con el corazón, los pulmones y los riñones. Esos pares son fibras (prolongaciones largas de las neuronas) simpáticas que salen de la médula para formar los nervios cardiopulmonares (ramas cardíacas y pulmonares derecha e izquierda que inervan corazón y pulmones) y los nervios renales (ramas simpáticas renales) que inervan los riñones.

Dado que no controlamos conscientemente estos órganos, desde los primeros hallazgos de los anatomistas estos nervios se denominaron «autónomos», a diferencia de los nervios «somáticos» que controlan nuestros movimientos musculares voluntarios. La primera pista sobre el funcionamiento de los nervios autónomos provino del descubrimiento clásico de Luigi Galvani, un médico y fisiólogo italiano quien, en la década de 1780, comprobó que la chispa de un generador electrostático hacía que la pata amputada de una rana se contrajera al tocarla con metales conductores, lo que sugería que la electricidad circulaba por un nervio; Galvani atribuyó el fenómeno a una “electricidad animal” inherente a los tejidos, sentando así las bases de la bioelectricidad y dirigiendo el desarrollo de la electrofisiología y la comprensión de señales eléctricas en nervios y músculos en la medicina moderna.

En la década de 1840, el anatomista alemán Eduard Weber usó una batería, que había sido desarrollada por Alessandro Volta, para estimular el nervio vago en perros. El nervio vago es un nervio mixto del sistema autónomo cuyos principales componentes motores son la inervación de los músculos de la faringe y laringe, del tórax y el abdomen superior (produce broncoconstricción y aumenta la secreción y motilidad gastrointestinal) y la del corazón (reduce la frecuencia cardíaca y modula la contractilidad cardíaca.

Lo que Weber comprobó por primera vez es que la estimulación del vago ralentizaba la actividad del corazón. Unos años más tarde, Moritz Schiff, en un experimento similar, estimuló otro conjunto de nervios que hicieron que el corazón se acelerara. En ese momento quedó claro que un mensaje viajaba por un nervio a través de una corriente eléctrica, pero había un enigma.

El cuerpo celular (soma) es la base de la neurona. Contiene información genética, mantiene su estructura y proporciona energía para realizar su función. El axón es una prolongación larga y delgada de las neuronas que se origina en una región especializada llamada eminencia axónica o cono axónico, a partir del soma, o a veces de una dendrita. El axón tiene la forma de un cono que se adelgaza hacia la periferia. En su superficie se observan constricciones circulares periódicas llamadas nódulos o nodos de Ranvier.

En la década de 1880, cuando Santiago Ramón y Cajal, con una paciencia y una habilidad infinitas, observó al microscopio células nerviosas teñidas comprobó que las prolongaciones de las neuronas vecinas no contactaban directamente, sino que estaban separadas por un pequeño espacio que el neurofisiólogo británico Charles Sherrington llamó más tarde la "sinapsis", del griego para "unir". Si existía ese espacio, ¿cómo pasaba el mensaje eléctrico de una célula nerviosa a otra? La hipótesis que parecía más racional era que de alguna manera desconocida un impulso eléctrico circulaba a través del espacio.

Esquema con los principales elementos en una sinapsis modelo. La sinapsis le permite a las células nerviosas comunicarse con otras a través de los axones y dendritas, transformando una señal eléctrica en otra química. 

El desmantelamiento de esa hipótesis comenzó cuando en 1901 el químico japonés Jokichi Takamine logró extraer adrenalina de las glándulas suprarrenales. John Langley, en Cambridge, hizo entonces la fascinante observación de que inyectar adrenalina en el cuerpo tenía el mismo efecto que estimular el nervio que acelera el corazón. Su discípulo Thomas Elliott conjeturó que quizás el mensaje entre las células nerviosas que hace que el corazón se acelere se transmite por una célula nerviosa que libera adrenalina para estimular a la siguiente célula nerviosa y así sucesivamente.

En 1907, el farmacólogo Walter Dixon, también en Cambridge, estimuló el nervio vago de una rana, extrajo el corazón, lo trituró e hizo un extracto que luego aplicó al corazón palpitante de otra rana y demostró que se ralentizaba. Pero extrañamente Dixon no relacionó su observación con la actividad nerviosa. Casi al mismo tiempo, Henry Dale demostró que la acetilcolina, un compuesto que se encuentra de forma natural en el hongo del cornezuelo del centeno que había sido sintetizado por Adolf von Baeyer en 1867, ralentizaba el corazón exactamente igual que la estimulación del nervio vago.

Y ahora hagamos una digresión. En la madrugada del 12 de marzo de 1938, un brutal asalto de unos agentes de la Gestapo sacó de la cama a Otto Loewi, un científico alemán, y lo arrastraron a la cárcel. ¿Su delito? Era judío. Poco importaba que dos años antes le hubieran concedido el Premio Nobel por un experimento histórico destinado a cambiar el curso de la medicina. Tras pasar meses encarcelado por los nazis, durante los cuales sufrió una pérdida de peso extrema, Loewi fue liberado con la condición de que entregara todas sus posesiones, incluido el dinero del Premio Nobel, a los nazis. Terminó en Estados Unidos como inmigrante y continuó contribuyendo a la ciencia hasta su muerte en 1961.

Mucho antes de ser apresado por los nazis, Loewi había abandonado la medicina clínica para dedicarse a la bioquímica y la farmacología, y había alcanzado un considerable reconocimiento con su demostración de que el cuerpo podía utilizar los aminoácidos del metabolismo de las proteínas ingeridas en la dieta para sintetizar las proteínas que necesita. En 1909, Loewi aceptó un puesto en la Universidad de Graz, Austria, donde se centró en comprender el sistema nervioso. Sus estancias en Inglaterra, donde aprendió al lado de Elliot y Dale, le habían despertado el interés sobre los neurotransmisores.

Según él mismo cuenta en su autobiografía, el 2 de abril de 1921 se despertó en plena noche y tomó notas sobre un sueño sobre él mismo realizando un experimento pionero.Al día siguiente no recordaba el sueño ni podía leer la nota que había garabateado. La noche siguiente, se despertó de nuevo de madrugada después de haber soñado con diseñar un experimento para comprobar una hipótesis que había formulado sobre la transmisión química nerviosa. Excitado, saltó de la cama y corrió al laboratorio.

Como había descubierto Dixon, por entonces se sabía bien que el corazón de una rana seguía latiendo durante un breve periodo si se sumergía en una solución que aportaba los iones necesarios para mantener la actividad eléctrica y mecánica. Loewi extrajo el corazón de una rana, pero dejó parte del nervio vago adherido. Colocó el corazón de una segunda rana en un recipiente aparte, pero en este caso extirpó completamente el nervio vago.

A continuación, estimuló el corazón de la primera rana aplicando corriente de una batería y, tras unos minutos, transfirió parte de la solución en la que estaba sumergido el primer corazón al segundo. El latido de este se ralentizó, como si hubiera experimentado estimulación vagal. Este asombroso experimento demostró claramente que los nervios no influyen directamente en el corazón, ya que el segundo corazón no tenía nervios adheridos. En palabras de Loewi: «Los nervios deben liberar de sus terminales sustancias químicas específicas, que, a su vez, provocan las conocidas modificaciones de la función cardíaca características de la estimulación de su nervio».

Loewi había descubierto el primer "neurotransmisor", una sustancia química que una célula nerviosa estimulada eléctricamente libera en la sinapsis, la cual se acopla a un receptor en una célula adyacente, de forma similar a como una mano se acopla a un guante. Cuando el acoplamiento es perfecto, la célula se "activa", lo que significa que una señal eléctrica se desplaza rápidamente hasta su extremo, donde se libera más neurotransmisor, lo que estimula a la siguiente célula y, de esta manera, la señal se propaga.

El neurotransmisor del experimento de Loewi resultó ser acetilcolina, la misma sustancia química que Dale había descubierto que ralentiza la actividad cardíaca al inyectarse en un animal. Dale y Loewi compartieron el Premio Nobel de Medicina de 1936 «por sus descubrimientos relacionados con la transmisión química de los impulsos nerviosos».

El concepto de neurotransmisores transformó la práctica médica al presentar la posibilidad de fármacos que pueden potenciar, bloquear o imitar su acción. La enfermedad de Parkinson se debe a una deficiencia del neurotransmisor dopamina en el cerebro y puede contrarrestarse con levodopa, un fármaco que puede atravesar la barrera hematoencefálica y liberar dopamina. Los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina aumentan la concentración en la sinapsis de este neurotransmisor que mejora el estado de ánimo, y la atropina bloquea los receptores de acetilcolina y puede acelerar el ritmo cardíaco. Actualmente, se han identificado más de cien neurotransmisores, muchos de ellos con importancia terapéutica.

Tras pasar meses encarcelado por los nazis, durante los cuales sufrió una pérdida de peso extrema, Loewi fue liberado con la condición de que entregara todas sus posesiones, incluido el dinero del Premio Nobel, a los nazis. Terminó en Estados Unidos como inmigrante y continuó contribuyendo a la ciencia hasta su muerte en 1961. Muchos otros que oyeron a la Gestapo llamar a la puerta en plena noche, no tuvieron tanta suerte.

lunes, 2 de marzo de 2026

ORMUZ Y BAB AL MANDEB: LAS PINZAS MARÍTIMAS DE IRÁN

 


Oriente Medio se explica muchas veces desde la tierra —Gaza, Damasco, Beirut—, pero se decide en el mar. Hay dos puntos en el mapa donde la geografía se convierte en política pura: los estrechos de Ormuz y de Bab al Mandeb. Dos gargantas de agua, dos cuellos de botella, dos lugares donde la economía mundial pasa en fila india. Entre ambos se dibuja una pinza. Y en el centro de esa pinza aparece Irán.

El estrecho de Ormuz, apenas 34 kilómetros en su punto más angosto, separa Irán de Omán. Es la salida obligada del golfo Pérsico. Por allí transitan cada día en torno a veinte millones de barriles de petróleo, aproximadamente una quinta parte del consumo mundial. Es decir, uno de cada cinco barriles que mueve la economía global pasa por ese corredor vigilado.

También circula por Ormuz cerca de un tercio del comercio marítimo mundial de gas natural licuado (GNL). Qatar —uno de los mayores exportadores del planeta— no tiene otra salida. Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Irak y Arabia Saudí dependen en gran medida de esa misma puerta.

En la ribera norte está Irán. Con 2 400 kilómetros de litoral en el golfo Pérsico y el mar de Omán, Teherán no necesita cerrar Ormuz para influir. Le basta con insinuarlo. Con ejercicios navales. Con la detención puntual de petroleros. Con el recordatorio constante de que la arteria es estrecha y vulnerable.


Durante la guerra Irán-Irak en los años ochenta, la llamada “guerra de los petroleros” convirtió el estrecho en campo de batalla flotante. Hoy el pulso es más sofisticado: sanciones, incautaciones, escoltas navales occidentales. Pero la lógica es la misma: Ormuz es una válvula. Y quien controla la válvula condiciona el precio del barril en Nueva York o Róterdam.

Bab al Mandeb es la puerta del mar Rojo. Al otro lado de la península arábiga, entre Yemen y Yibuti, se abre Bab al Mandeb, “la puerta de las lágrimas”. Apenas veintinueve kilómetros de ancho en su paso principal. Es la entrada sur del mar Rojo y, por tanto, la antesala del canal de Suez.

Por allí transitan entre seis y siete millones de barriles de petróleo diarios, además de productos refinados. Pero su importancia va más allá de la energía: en ese corredor se concentra cerca del 12% del comercio mundial y aproximadamente el 30% del tráfico global de contenedores. Es la autopista marítima que conecta las fábricas de Asia oriental con los mercados europeos. Cuando esa puerta se altera, el efecto es inmediato. Las rutas se desvían bordeando el cabo de Buena Esperanza, añadiendo miles de millas náuticas, semanas de navegación y sobrecostes millonarios en seguros y combustible.

En la orilla asiática está Yemen. Y en buena parte del norte y el oeste yemení gobiernan las milicias hutíes,alineadas estratégicamente con Irán. Desde allí han lanzado ataques contra buques mercantes en el mar Rojo en respuesta a la guerra de Gaza, demostrando que un actor no estatal puede tensionar una de las principales arterias del comercio global.

Los bombardeos contra posiciones hutíes han sido periódicos. No han eliminado su capacidad. Siguen ahí. Y cada vez que la región se incendia, reactivan el frente meridional.

Entre Ormuz y Bab al Mandeb se dibuja una continuidad geopolítica. Irán vigila el primero desde su propio territorio. El segundo lo influye indirectamente a través de sus aliados yemeníes. Es una pinza asimétrica, no una ocupación formal. Pero suficiente para introducir incertidumbre en los mercados energéticos. A esto se suma la presencia militar internacional. En Yibuti conviven bases de Estados Unidos, Francia y China. En el golfo Pérsico operan flotillas occidentales permanentes. La militarización de ambos estrechos es proporcional a su importancia.

La relevancia de estos pasos no se limita al crudo. Por Ormuz circulan también petroquímicos, productos refinados y una parte sustancial del GNL mundial. Por Bab al Mandeb transitan graneles, manufacturas, alimentos, automóviles y componentes industriales. Son eslabones de la gran cadena logística que une Shanghái con Hamburgo y Nueva York.

Cuando un misil cae cerca de esa ruta, no sólo se altera un conflicto regional. Se tensiona el precio del gas en Europa, se encarece el transporte marítimo y se reconfiguran calendarios de suministro en tres continentes.

Ormuz y Bab al Mandeb no son simples accidentes geográficos. Son instrumentos. Son la geografía convertida en política. Su estrechez los convierte en multiplicadores de poder. No hace falta cerrarlos de forma permanente; basta con demostrar que podrían cerrarse. En un mundo interdependiente, los cuellos de botella valen más que los desiertos que los rodean.

Y en esa cartografía de estrechos, Irán ha comprendido algo esencial: el control indirecto, la capacidad de amenaza creíble y la inserción de aliados locales bastan para situarse en el centro de la conversación estratégica global.

Mientras el petróleo y el gas sigan fluyendo por esas aguas —y mientras el 12% del comercio mundial dependa del paso por el mar Rojo—, Ormuz y Bab al Mandeb seguirán siendo algo más que líneas azules en el mapa. Serán la medida exacta de hasta qué punto la economía mundial cabe en apenas treinta kilómetros de agua.

EL TERCER NIVEL: CUANDO LAS MILICIAS HUTÍES SUSTITUYEN AL ESTADO

 

Fuente: Política exterior. Dominio público.

Oriente Medio no se entiende ya sólo con el eje clásico suní–chií. Esa fractura existe, estructura alianzas y da lenguaje simbólico a los conflictos. Pero sobre ella se ha superpuesto una segunda capa: la competencia entre potencias regionales —principalmente Irán y Arabia Saudí—. Y, finalmente, una tercera: la proliferación de actores armados no estatales que operan como prolongaciones estratégicas de esa rivalidad.

Ahí es donde entran los hutíes. Conviene aclararlo de entrada: el Movimiento hutí no constituye una nueva corriente del islam. Los hutíes pertenecen al zaidismo, una rama del chiismo históricamente asentada en el norte de Yemen. El zaidismo es probablemente la variante chií más cercana al sunismo. Reconoce que el líder legítimo debe descender de Alí, pero no le atribuye infalibilidad ni una designación divina cerrada, como ocurre en el chiismo duodecimano —la rama mayoritaria del chiismo, que cree en una sucesión de doce imanes legítimos descendientes de Alí, el yerno del profeta Mahoma— dominante en Irán. En derecho islámico y práctica religiosa, sus diferencias con el sunismo son relativamente menores.

Durante casi mil años, imanes zaidíes gobernaron amplias zonas del norte de Yemen. No era una teocracia moderna, sino un sistema híbrido entre autoridad religiosa y estructura tribal. Esa tradición cayó en 1962, pero la identidad zaidí permaneció. Los hutíes emergen de ese sustrato. Su convergencia con Irán es más geopolítica que doctrinal.

Durante siglos, los imanes zaidíes gobernaron esa región sin que el país estuviera permanentemente en guerra sectaria. La dimensión confesional se intensificó cuando la política regional entró en combustión.

En 2014 los hutíes tomaron Saná. En 2015 comenzó la intervención militar liderada por Arabia Saudí. Desde entonces, Yemen se convirtió en escenario de una guerra prolongada, con bombardeos periódicos contra posiciones hutíes. Sin embargo, la experiencia acumulada es elocuente: los bombardeos han castigado infraestructuras y capacidades, pero no han eliminado el movimiento. Es poco probable que una nueva ronda de ataques los intimide: están acostumbrados.

Aunque geográficamente alejados del conflicto de Gaza, Irán provee a los hutíes de un arsenal avanzado –drones, helicópteros y cohetes– con el que la milicia amenaza la vital ruta marítima del Mar Rojo, por donde transita un 12% del comercio mundial camino del Canal de Suez. La peligrosidad de la ruta dispara los costes de transporte y repercute directamente sobre las economías occidentales.

En otras palabras, gracias a su alianza con los hutíes, Irán es capaz de asfixiar el comercio de los países aliados de Israel. Ello ha obligado a Estados Unidos a armar una coalición naval junto con veinte países (entre los cuales se encuentran Reino Unido, Australia, Baréin y Dinamarca) para poner coto a los ataques en el mar –en lo que ha pasado a denominarse Operación Guardián de la Prosperidad. Estados Unidos, sin embargo, lidia aquí con la tibieza de algunos países árabes, como Egipto o Arabia Saudí, los cuales, aunque perjudicados por los ataques hutíes al comercio, se resisten a tomar partido en una coalición que abiertamente busca proteger uno de los flancos contra Israel.

A través de este eje que conecta Teherán, el sur de Líbano, Gaza y Yemen, Irán ha logrado subrogar su enfrentamiento con Israel y llevarlo al mismo tiempo a una multitud de frentes. En definitiva, el eje de resistencia ha causado la globalización de la guerra de Gaza.

El resultado es una paradoja estratégica: los hutíes siguen operativos, siguen armados y siguen presentes. Lo decisivo es que los hutíes ya no son sólo un actor yemení. Con el paso de los años han desarrollado capacidad de misiles y drones de largo alcance. Han atacado infraestructuras energéticas saudíes y han demostrado alcance regional.

Y cuando estalla una crisis entre Israel y los actores del llamado “eje de resistencia”, los hutíes suelen activar su propio frente simbólico. Lanzan proyectiles hacia el sur, anuncian solidaridad con Gaza o con Hezbolá y se colocan en el tablero regional.

En términos estrictamente militares, su capacidad frente a Israel es limitada. En términos políticos, no lo es tanto. Cada lanzamiento cumple una función: mostrar alineamiento con Teherán, reforzar su narrativa interna y recordarle a la región que el conflicto no se circunscribe a una sola frontera.

El esquema se repite:

Escalada en Gaza o Líbano.

Declaraciones hutíes.

Lanzamiento de misiles o drones.

Respuesta defensiva o ataques puntuales.

Y vuelta al equilibrio inestable.

Los bombardeos esporádicos contra posiciones hutíes no han alterado esa lógica. El movimiento mantiene cohesión interna, control territorial significativo en el norte de Yemen y capacidad de movilización.

No son una superpotencia. Pero tampoco un actor marginal. Si se observa el mapa de norte a sur, aparece el eje que atraviesa el mapa en una continuidad estratégica: Hezbolá en el Líbano; milicias chiíes en Irak; el régimen sirio, aliado de Teherán, y, en el extremo meridional de la península arábiga, los hutíes.

No forman un bloque homogéneo ni obedecen a un mando único, pero comparten alineamiento estratégico con Irán y una narrativa común de resistencia frente a Israel y frente a las potencias suníes. Ese es el tercer nivel del conflicto: las milicias como arquitectura regional.

Reducir todo a una guerra religiosa simplifica en exceso. El sunismo y el chiismo explican identidades profundas, pero lo que hoy determina los ciclos de violencia es la interacción entre Estados débiles y actores armados autónomos.

Yemen, como Líbano o Irak, es un Estado cuya soberanía está fragmentada. Cuando la soberanía se fragmenta, otros llenan el vacío. En ese vacío prosperan organizaciones capaces de resistir campañas aéreas, adaptarse, dispersarse y reaparecer.

El caso hutí ilustra un fenómeno más amplio: la dificultad de traducir superioridad aérea en control político duradero. Los bombardeos pueden degradar capacidades, pero no siempre desmontan estructuras sociales, redes tribales y legitimidades locales. Por eso, tras cada oleada de ataques, los hutíes siguen ahí. Declarando, movilizando y, cuando lo consideran oportuno, lanzando misiles que reinsertan Yemen en la ecuación regional.

No son una tercera rama del islam. Son algo más contemporáneo: la expresión militarizada de una fractura geopolítica que desborda fronteras. Y mientras esa fractura siga abierta, el sur de la península arábiga seguirá conectado —aunque esté a miles de kilómetros— con cualquier chispa que salte en el Levante mediterráneo.

SUNÍES Y CHIÍES: LA FRACTURA QUE CAMBIÓ EL ISLAM (Y LA POLÍTICA DE ORIENTE MEDIO)

 

La división entre suníes y chiíes no empezó como una disputa teológica, sino como una discusión política sobre el poder. ¿Quién debía suceder al profeta Mahoma tras su muerte en el año 632? De esa pregunta —aparentemente leguleya— nació una de las fracturas más duraderas del mundo islámico. Hoy, más de catorce siglos después, sigue influyendo en la geopolítica regional y en conflictos que van de Irak al Líbano.

Tras la muerte de Mahoma, la comunidad musulmana (la umma) necesitaba liderazgo. Un grupo defendió que el sucesor debía ser elegido por consenso entre los compañeros del Profeta. Eligieron a Abu Bakr, su suegro y estrecho colaborador. De esa tradición —la sunna, costumbre— proviene el término “suní”.

Otros sostuvieron que el liderazgo debía permanecer en la familia del Profeta, en concreto en Ali ibn Abi Talib, primo y yerno de Mahoma. Sus partidarios fueron llamados shiat Ali (“el partido de Alí”), de donde procede “chií”.

La elección de Abu Bakr inauguró el califato suní. Años más tarde, Alí sería también califa, pero su mandato estuvo marcado por guerras internas. El punto de no retorno llegó en 680, cuando el hijo de Alí, Huséin, fue asesinado en Karbala. Para los chiíes, Karbala es el martirio fundacional: la injusticia contra la familia del Profeta. Cada año, la conmemoración de Ashura recuerda ese trauma.

Aunque comparten el Corán y los cinco pilares del islam, entre unos y otros hay matices relevantes:

Autoridad religiosa

Suníes: la autoridad emana del consenso y de los estudiosos (ulemas). No existe una jerarquía centralizada.

Chiíes: creen en una línea de líderes espirituales legítimos, los imanes, descendientes de Alí. En el chiismo duodecimano (mayoritario en Irán), el duodécimo imán está oculto y regresará al final de los tiempos.

Ritual y memoria

Los chiíes conceden gran importancia al martirio de Huséin y a la dimensión emocional y conmemorativa de la fe (procesiones de Ashura).

Los suníes ponen más énfasis en la tradición jurídica y en la continuidad histórica del califato.

Distribución demográfica

Aproximadamente el 85-90% de los musulmanes son suníes. Los chiíes representan entre el 10-15%, concentrados en Irán, Irak, Azerbaiyán y Bahréin, con comunidades relevantes en Líbano y Yemen.

Durante siglos, la división no fue necesariamente violenta ni permanente. Hubo periodos de convivencia y cooperación. Sin embargo, en la modernidad la fractura adquirió dimensión estatal.

Las distintas corrientes en el islam marcan siglos de división y de diferentes percepciones y visiones de la religión musulmana

Irán es la gran potencia chií y ha proyectado su influencia regional apoyando a actores como Hezbolá en Líbano. Frente a ello, potencias suníes como Arabia Saudí han intentado contener esa expansión. Así, la rivalidad religiosa se superpone con intereses estratégicos, energéticos y de poder.

En Irak, tras la caída de Sadam Husein, el ascenso político de la mayoría chií alteró el equilibrio regional. En Siria, el régimen de Bashar al Asad —apoyado por Irán— pertenece a una rama minoritaria vinculada al chiismo (alauí). En Yemen, los hutíes (de rama chií zaidí) han recibido apoyo iraní frente a una coalición liderada por Arabia Saudí. Y en Líbano, la presencia de Hezbolá convierte cualquier escalada regional en un episodio doméstico.

La línea entre religión y política es difusa en Oriente Medio. La diferencia suní-chií no explica por sí sola los conflictos, pero sí los estructura. En muchos casos, las élites instrumentalizan la identidad religiosa para movilizar apoyos y legitimar alianzas.

Conviene subrayarlo: no se trata de dos religiones distintas. Suníes y chiíes comparten texto sagrado, profeta, peregrinación a La Meca y pilares fundamentales. La fractura nace de una disputa sucesoria y se convierte en tradición, memoria y, finalmente, en geopolítica.

En ciudades como Beirut o Bagdad, barrios suníes y chiíes conviven pared con pared. La división no es una línea recta en el mapa, sino una trama superpuesta de identidades. En muchos lugares, la convivencia cotidiana desmiente la narrativa de odio perpetuo. Pero cuando la región entra en combustión, la vieja fractura reaparece como lenguaje político inmediato. Es una memoria de 1.400 años activada por actores contemporáneos.

La diferencia entre suníes y chiíes empezó como una cuestión sobre liderazgo. Hoy es un eje de poder regional. Entenderla no es solo una cuestión religiosa; es comprender una de las claves del tablero de Oriente Medio.

LÍBANO: EL PAÍS QUE SIEMPRE CAE PRIMERO

 

Hay países que aparecen en los mapas como promesas. Y hay países que aparecen como advertencias. Líbano ha sido ambas cosas en menos de un siglo. Cuando estalla una crisis en Oriente Medio —Gaza, Siria, Irán— el cielo de Beirut empieza a vibrar. No falla. Siempre hay un momento en que alguien dice: “Y ahora, el Líbano”. Y el Líbano cae.

La explicación inmediata es conocida: la presencia de Hezbolá, milicia chií, partido político, actor regional armado por Irán y enfrentado a Israel. Pero reducir el bombardeo recurrente del Líbano a Hezbolá es quedarse en la superficie. El problema es más antiguo, más estructural y trágico. Es la historia de un Estado frágil construido sobre un equilibrio imposible.

El Líbano moderno nació bajo mandato francés tras la Primera Guerra Mundial. París imaginó un pequeño Estado mediterráneo con mayoría cristiana maronita, puertos abiertos y vocación financiera. En 1943, la independencia cristalizó en un pacto no escrito: el presidente sería un cristiano maronita, el primer ministro suní, el presidente del Parlamento chií. El reparto confesional se convirtió en arquitectura constitucional.

Funcionó… durante un tiempo. Beirut era banca, prensa, universidad, ocio. “La Suiza de Oriente Medio”, decían. Capital cosmopolita, neutralidad flexible, dinero árabe refugiado en sus bancos. Pero aquella prosperidad descansaba sobre una aritmética demográfica congelada y sobre la ficción de que las guerras de los vecinos no entrarían por la puerta.

Entraron. Y lo hicieron a través de una guerra que lo partió todo. En 1975 estalló la guerra civil. Quince años. Milicias cristianas, facciones palestinas, partidos musulmanes, intervención siria, invasiones israelíes. El país quedó triturado. Cuando en 1990 se firmaron los acuerdos de Taif, el Líbano seguía existiendo en el mapa, pero ya no era el mismo. El poder cristiano se redujo, Siria se convirtió en árbitro y el sistema confesional se consolidó en vez de reformarse.

En ese paisaje devastado emergió Hezbolá, creado en 1982 con apoyo iraní tras la invasión israelí. Se presentó como resistencia frente a Israel y como protector de la comunidad chií, históricamente marginada. Con el tiempo se convirtió en algo más: una milicia con capacidad militar superior al propio Ejército libanés y un partido con representación parlamentaria. Un Estado dentro del Estado.

El sur del Líbano se convirtió en una conflictiva frontera permanente. Cada vez que la tensión escala entre Israel e Irán, el sur del Líbano se convierte en tablero. Hezbolá lanza cohetes, Israel responde con bombardeos. La lógica es disuasiva y circular: castigar al Líbano para debilitar a Hezbolá; golpear a Israel para reforzar la “resistencia”. El problema es que el Estado libanés no controla plenamente su territorio ni monopoliza la fuerza. Y cuando un Estado no controla su frontera, la frontera lo controla a él.

En 2006, la guerra entre Israel y Hezbolá devastó infraestructuras, puentes, barrios enteros de Beirut sur. El mensaje fue claro: el precio de albergar a una milicia enemiga lo paga el país entero. Desde entonces, el equilibrio es precario. Basta un intercambio de fuego en Gaza o un ataque en Siria para que el sur libanés vuelva a arder.

Líbano es un país rehén de su pluralidad. No todo es geopolítica global. Líbano es también rehén de su propia fórmula interna. El sistema confesional reparte poder, pero bloquea reformas. Las élites de cada comunidad gestionan ministerios como feudos. La corrupción se normalizó. La deuda creció. En 2019, el sistema financiero colapsó. En 2020, la explosión del puerto de Beirut —una montaña de negligencia acumulada— terminó de hundir la confianza.

Un país que no puede pagar su electricidad, que no garantiza servicios básicos, que depende de remesas y de equilibrios externos, es un país vulnerable. Cuando suena el primer misil, no hay Estado fuerte que amortigüe el golpe.

Líbano fue imaginado como puente entre Oriente y Occidente, como espacio de convivencia. Y, en efecto, lo es. En ningún otro lugar de la región conviven tantas confesiones con tanta naturalidad cotidiana. Pero esa riqueza plural es también su fragilidad política. El consenso es lento; la decisión estratégica, casi imposible.

Hezbolá se justifica como escudo frente a Israel. Israel justifica sus bombardeos como respuesta a Hezbolá. Irán ve en el Líbano una pieza de su arco de influencia hasta el Mediterráneo. Las potencias árabes lo miran con desconfianza. Francia mantiene un vínculo sentimental. Estados Unidos observa el equilibrio con prismáticos. Y mientras tanto, el ciudadano libanés cambia dólares en el mercado negro y enciende generadores privados.

¿Por qué siempre el Líbano? Porque es frontera. Porque es frágil. Porque alberga a un actor armado que forma parte de un conflicto mayor. Porque su Estado no monopoliza la fuerza. Y porque su geografía —esa franja entre Siria e Israel, abierta al Mediterráneo— lo convierte en corredor estratégico. Cuando estalla Oriente Medio, el Líbano no es el origen, pero sí el eco. Un eco amplificado por su historia reciente y por su arquitectura institucional.

La metáfora de “la Suiza de Oriente Medio” era atractiva, pero engañosa. Suiza construyó su neutralidad con un Estado fuerte y una defensa cohesionada. Líbano intentó sostener la neutralidad con equilibrios comunitarios y protección externa. En un vecindario inflamable, eso era insuficiente.

Hoy el país sobrevive en modo interino. Sin presidente durante largos periodos, con gobiernos provisionales, con una moneda pulverizada. Y, sin embargo, sigue habiendo cafés llenos en Gemmayzeh —el Soho de Beirut—, universidades activas, prensa vibrante. El Líbano tiene una capacidad asombrosa para resistir el colapso sin desaparecer. Quizá esa sea su tragedia: no termina de hundirse, pero tampoco logra reconstruirse.

Cada vez que los misiles cruzan el cielo del sur, la pregunta vuelve: ¿por qué otra vez el Líbano? La respuesta corta es Hezbolá. La larga es un siglo de equilibrios precarios, intervenciones cruzadas y un Estado que nunca llegó a consolidarse del todo.

En Oriente Medio, las guerras raramente respetan fronteras. Pero hay fronteras que parecen hechas para absorberlas. Líbano es una de ellas.

ESTADOS UNIDOS LIBRA GUERRAS; CHINA CONSTRUYE PUERTOS

 

Algunos analistas se plantean una posible intervención militar de China en Irán. No lo hará, sencillamente porque eso iría con la estrategia geopolítica de los chinos, empeñados en conquistar comercialmente, no militarmente, el mundo.

Cada cierto tiempo reaparece la misma pregunta, formulada siempre con un punto de inquietud: ¿está China a punto de dominar el mundo? La cuestión suele ir acompañada de gráficos ascendentes, cifras mareantes y alguna metáfora histórica inevitable: Roma, el Imperio británico, Estados Unidos tras 1945.

La pregunta está mal planteada. China es hoy una potencia enorme, probablemente la mayor que ha existido en términos demográficos y productivos. Pero eso no significa que quiera —ni que pueda— ejercer una hegemonía global al estilo clásico. De hecho, observada con algo de calma, China aparece menos como un aspirante a gobernar el mundo que como un país gigantesco obsesionado con no desestabilizarse a sí mismo. ¿Por qué? Porque mientras Estados Unidos está obsesionado con dominar el mundo militarmente, China ha optado por dominarlo comercialmente.

Desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos ha participado directa o indirectamente en numerosos conflictos. Entre los más significativos están: guerra en Afganistán (2001–2021), guerra de Irak (2003–2011), operaciones contra el Estado Islámico (ISIS) en Irak y Siria (2014–presente), intervención en Siria, operaciones contra grupos terroristas en Yemen, operaciones en Somalia y acciones militares en otros países del Sahel y África contra yihadistas (por ejemplo, en Libia, Mali, etc.) o para impedir la presunta fabricación de armas nucleares (ahora mismo en Irán).

Mientras tanto, China no ha iniciado ni participado en guerras interestatales significativas en ese periodo. En lugar de gastar sus recursos en el sustento de su expansión militar (bases y ejércitos de ocupación), China ha empleado sus recursos en su propio y espectacular desarrollo interno y en la extensión de sus ramas exportadoras para dar salida a su extraordinaria capacidad productiva.

China no sólo construye puertos nuevos dentro de su territorio, sino que también expande puertos existentes y participa en proyectos portuarios en el extranjero. Aquí va un resumen basado en la mejor evidencia disponible. China tiene hoy más de 2 000 puertos menores y alrededor de 34 puertos mayores a lo largo de su costa y ríos importantes. Desde hace dos décadas, muchas de las grandes instalaciones portuarias chinas han sido ampliadas o modernizadas (incluyendo Shanghai, Ningbo-Zhoushan, Shenzhen, Qingdao, Tianjin, etc.) para transformarse en gigantes del comercio global.

En los últimos veinte años China ha intensificado de forma muy notable su presencia en infraestructuras portuarias globales, lo que incluye construcción, expansión, financiación y gestión de puertos en muchos países, a menudo dentro del marco de la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Según datos recopilados hasta 2021, China financió o construyó 123 proyectos portuarios en el extranjero, que abarcan 78 puertos en 46 países, entre construcción nueva o expansión sustancial de infraestructura.

Por lo demás, China ha apostado claramente por la “economía verde”, que se refleja en una comparación clara de la producción —no sólo instalada o vendida— de tres tecnologías clave para la transición energética: paneles solares, aerogeneradores (turbinas eólicas) y vehículos eléctricos (VE) en China frente a Estados Unidos.

Paneles solares: alrededor del 80% de la producción global de paneles solares proviene de fábricas chinas. Además, domina etapas clave de la cadena: casi el 95% de la producción de materias primas como polisilicio y wafers está en China. Por volumen físico, algunos informes incluso estiman que sobre 90 % de paneles (células, módulos) a escala mundial se producen en instalaciones chinas.

Estados Unidos tiene producción propia limitada; por ejemplo, la gigafábrica de paneles de Tesla en Nueva York fabrica módulos solares, pero su escala es pequeña comparada con la producción china. No hay datos globales que indiquen que Estados Unidos produzca más de un solo dígito porcentual del total mundial.

Aerogeneradores: las empresas chinas cuentan con alrededor de 60% del mercado global de fabricación de turbinas eólicas y suministran aproximadamente el 60% de los aerogeneradores mundiales. China también lidera mundialmente en capacidad instalada de energía eólica + solar y en construcción de nuevos parques.

Estados Unidos también tiene industria eólica doméstica, pero suele concentrarse más en la instalación de capacidad que en fabricar las piezas principales (que muchas veces importan). Los datos disponibles sugieren que tiene presencia, pero muy por detrás en volumen.

Producción de vehículos eléctricos: Según el último informe de la Agencia Internacional de la Energía, en 2024 China produjo cerca de 12,4 millones de vehículos eléctricos, lo que representa más del 70% de la producción mundial ese año. Según la misma fuente, Estados Unidos produjo en 2024 produjo menos de un millón. Datos de 2025 refuerzan eso: en una medición reciente, China produjo unos 16,1 millones de vehículos eléctricos frente a un millón en Estados Unidos.

Como puede verse en el mapa, la capacidad industrial de China frente a Estados Unidos se refleja en las diferencias en el balance comercial entre ambas potencias o lo que es lo mismo el aumento experimentado por el comercio de China a lo largo del tiempo.

En el año 2000, el comercio estadounidense ascendía a 2 billones de dólares, más de cuatro veces los 474 000 millones de dólares de China. En aquel entonces, China era el principal socio comercial de tan solo unos pocos países, entre ellos Cuba, Irán, Libia, Myanmar, Mongolia, Corea del Norte, Omán, Sudán, Tanzania y Vietnam.

Entre 2000 y 2024, el comercio de Estados Unidos creció un 167% (una tasa de crecimiento anual compuesta del 4,2%), mientras que el comercio de China aumentó un 1.200%, superando al de Estados Unidos ya en 2012. En 2024, el comercio total alcanzó los 5,3 billones de dólares para Estados Unidos y los 6,2 billones de dólares para China.

China es ahora el socio comercial dominante de la mayor parte de Asia, Europa del Este, Oriente Medio, Oceanía, América del Sur y África. De cara al futuro, se espera que China siga profundizando sus relaciones con los mercados emergentes, importando combustibles, minerales y productos agrícolas y exportando productos manufacturados.

Por eso, y por otras dos razones, China no quiere gobernar el mundo: quiere influir, que es menos peligrosos y mucho más rentable. El liderazgo chino entiende perfectamente sus límites. Sabe que no puede sostener una hegemonía militar global. Por eso su estrategia es lenta, paciente y profundamente poco épica. No busca golpes decisivos, sino desgaste. No pretende sustituir un orden mundial por otro de la noche a la mañana, sino modificar las reglas lo justo para poder seguir funcionando. China no quiere ser el policía del mundo. Quiere que no haya demasiados incendios cerca de su casa.

Esto explica también su retórica sobre el “nuevo orden mundial”. No es un proyecto de dominación, sino una petición interesada de estabilidad. Un mundo multipolar, en la visión china, no es un mundo más justo; es un mundo menos peligroso para un país que necesita previsibilidad para sobrevivir.

China avanza porque no puede permitirse retroceder, pero tampoco puede correr. Su poder es enorme, sí, pero está constreñido por geografía, cultura y demografía. Quizá por eso genera tanta incomodidad. No encaja en los modelos clásicos. No invade, pero presiona. No coloniza, pero condiciona. No gobierna, pero influye. Es un poder sin épica, sin banderas clavadas en mapas lejanos, sin discursos de misión civilizadora. Un poder aburrido, casi administrativo. Y, sin embargo, profundamente eficaz.

La paradoja es que China parece más peligrosa cuanto menos intenta parecerlo. No porque quiera dominar el mundo, sino porque no necesita hacerlo para alterar su funcionamiento. Le basta con seguir existiendo, comerciando y creciendo lo suficiente como para que el sistema tenga que adaptarse a ella.

En ese sentido, el verdadero “nuevo orden mundial” no consiste en un imperio chino, sino en algo mucho más prosaico: un mundo que gira cada vez más en torno a un país que no quiere gobernarlo, pero que no puede dejar de estar en el centro.

Y quizá esa sea la forma más estable —y más inquietante— de poder que existe.