Hay árboles que parecen haber
sido diseñados por un comité: prudentes, discretos, incapaces de ofender a
nadie. En cambio, los canelos (Melia azedarach), dan la impresión de
haber sido concebidos por alguien con una imaginación un poco desordenada y una
vaga inclinación por las contradicciones. Es un árbol que florece con
delicadeza, fructifica con entusiasmo y, en un giro argumental que nadie ve
venir, resulta ser discretamente venenoso. Todo ello sin perder nunca el
aplomo.
Si uno se lo encuentra por
primera vez —pongamos en una calle de cualquier ciudad española o en una plaza
romana— es probable que no le preste demasiada atención. Tiene una silueta
razonablemente civilizada: tamaño medio, copa más o menos redondeada, sombra
ligera. No intimida. No compite con los plátanos de sombra ni con los tilos de
pretensiones perfumadas. Está ahí, cumpliendo.
Pero basta con acercarse un poco
para notar que hay algo distinto. Las hojas, por ejemplo, no son simples ni rotundas,
sino compuestas y generosamente divididas, como si alguien hubiera empezado a
dibujarlas y luego, incapaz de parar, hubiera añadido subdivisiones hasta que
el conjunto adquirió un aire plumoso. Técnicamente son hojas bipinnadas o
tripinnadas, lo que significa —traducido a lenguaje humano— que cada hoja está
formada por múltiples foliolos, y cada uno de estos, a su vez, puede
subdividirse. El resultado es un follaje ligero, algo deshilachado, que deja
pasar la luz con una cortesía muy mediterránea.
Luego llega la primavera y el
árbol, que hasta ese momento parecía un ciudadano más, decide destacar. Produce
racimos de flores de un lila pálido, con cinco pétalos estrechos que se abren
como pequeñas estrellas desganadas. En el centro aparece un tubo estaminal de
un púrpura más intenso, casi teatral, como si la flor llevara un chaleco oscuro
bajo una chaqueta clara. El conjunto tiene un perfume suave, nada invasivo, que
uno detecta más por intuición que por evidencia. Es un aroma que no pretende
conquistar, sino sugerir.
Hasta aquí, todo bastante
respetable. Un árbol elegante, incluso agradable. Y entonces aparecen los
frutos.
No lo hacen con discreción.
Surgen en racimos, al principio verdes, luego amarillos, casi dorados, y
perfectamente esféricos, como si alguien hubiera decidido decorar el árbol con
pequeñas canicas. Son drupas, en el sentido botánico del término, lo que significa
que tienen una pulpa exterior y una semilla dura, un “hueso”, en el interior.
Persisten durante meses, a menudo bien entrado el invierno, cuando el árbol ha
perdido las hojas y queda cubierto de estas bolitas que tintinean con el viento
seco.
Es en ese momento cuando el
observador curioso —una especie rara pero valiosa— empieza a hacerse preguntas.
¿Son comestibles? ¿Por qué siguen ahí cuando todo lo demás ha caído? ¿Y quién,
exactamente, decidió que un árbol urbano necesitaba este tipo de decoración?
La respuesta a la primera
pregunta es: mejor no comprobarlo. Los frutos contienen compuestos tóxicos,
especialmente concentrados en la pulpa, que pueden causar desde molestias
digestivas hasta síntomas neurológicos si uno se empeña lo suficiente. No es un
veneno dramático, de esos que hacen caer fulminado al primer bocado, pero sí lo
bastante eficaz como para disuadir a mamíferos poco prudentes. Curiosamente,
las aves parecen tolerarlo bastante mejor, lo que explica que el árbol se
disperse con notable eficacia. Siempre hay alguien dispuesto a hacer el trabajo
sucio de la reproducción.
La segunda pregunta —por qué
persisten— tiene una respuesta ecológica bastante elegante: los frutos sirven
como reserva visual y alimenticia en épocas en que escasea lo demás. Y la
tercera, la de quién tuvo la idea, nos lleva a un territorio más humano.
En Roma, por ejemplo, a Melia
azedarach se le conoce como el “árbol de los rosarios”. No es una metáfora
poética, sino una observación práctica. Las semillas que se encuentran dentro
de esos frutos —una vez retirada la pulpa, lo cual requiere cierta paciencia y
una prudente distancia con la boca— son duras, lisas y sorprendentemente
uniformes. Con un pequeño orificio, se convierten en cuentas. Durante siglos,
en contextos donde los materiales nobles no abundaban, estas semillas se
ensartaban para fabricar rosarios y collares devocionales.
Hay algo profundamente
satisfactorio en esta imagen: un árbol urbano, ligeramente tóxico,
proporcionando las cuentas para objetos de recogimiento espiritual. Es como si
la naturaleza hubiera decidido colaborar con la vida religiosa, pero con una
ligera sonrisa irónica.
Por supuesto, el árbol no tenía
intención de convertirse en proveedor de abalorios sacros. Su estrategia era
otra: producir muchas semillas, protegerlas con una pulpa poco apetecible y
confiar en que alguien —ave, humano o accidente— se encargara del transporte. Y
en esto ha tenido un éxito notable.
Originario de Asia, probablemente
de regiones que hoy abarcan India, China y el sudeste asiático, Melia
azedarach ha viajado con los humanos durante siglos. En muchas zonas de
España —sobre todo en Andalucía y parte del centro peninsular— Melia
azedarach recibe el nombre de “canelo” o “cinamomo”. Lo curioso es que no
tiene nada que ver con la canela verdadera.
La auténtica canela procede de
árboles del género Cinnamomum, el nombre en latín de la canela, que
durante siglos se aplicó a varias plantas aromáticas orientales sin demasiada
precisión botánica. Era una época en la que cualquier árbol venido de Asia con
un aire exótico podía acabar compartiendo nombre con una especia.
El apodo de “canelo” parece venir
de una mezcla de factores típicamente populares: el aroma algo especiado de
flores y tejidos vegetales, cierta asociación antigua con plantas “orientales”
y la tendencia humana universal a reutilizar nombres conocidos para árboles
exóticos recién llegados.
Es un fenómeno muy frecuente.
Cuando una especie nueva aparece en un país, la gente rara vez consulta un
manual taxonómico; simplemente busca algo familiar a lo que se parezca
vagamente. Así, España terminó llena de: falsos plátanos, falsas acacias, falsos
pimientos y este falso canelo. El resultado es que hoy uno puede pasear por una
ciudad española, oír a alguien decir “qué bonitos están los canelos”, mirar
hacia arriba y encontrarse con un árbol de frutos tóxicos amarillos que da
cuentas para rosarios y pertenece a la familia de la caoba. Y, honestamente,
eso hace que el árbol resulte todavía más simpático.
Apreciado por su crecimiento rápido y su capacidad para soportar veranos duros sin demasiadas queja, el canelo se ha plantado en
jardines, avenidas y plazas. En muchos lugares, incluida
buena parte de la cuenca mediterránea, ha decidido que el estatus de invitado
era insuficiente y ha empezado a comportarse como residente permanente,
colonizando espacios abiertos con una confianza admirable.
No llega a ser una invasión en el
sentido épico del término, pero sí un ejemplo clásico de especie que, una vez
introducida, encuentra pocas razones para marcharse. Tiene semillas abundantes,
dispersores eficaces y una tolerancia ambiental envidiable. Si los árboles
pudieran rellenar formularios de residencia, este marcaría todas las casillas
correctas.
Y sin embargo, a pesar de todo
esto —su origen lejano, su ligera toxicidad, su tendencia a expandirse— sigue
siendo un árbol querido en muchas ciudades. Quizá porque no impone. No tiene la
solemnidad de un cedro ni la arrogancia de un eucalipto. Es más bien un
compañero discreto, con un toque de excentricidad.
Si uno pasa bajo su copa en
primavera, verá las flores lilas filtrando la luz. Si vuelve en invierno,
encontrará las ramas desnudas adornadas con esos frutos dorados que parecen
resistirse al calendario. Y si, por casualidad, se cruza con alguien que sostiene
un rosario hecho con sus semillas, podrá experimentar ese raro placer de
reconocer la conexión entre un árbol urbano y un objeto íntimo.
No está mal para un organismo que, en apariencia, solo venía a darnos sombra.


