Vistas de página en total

domingo, 17 de mayo de 2026

LA FARMACIA SECRETA DE LOS MURCIÉLAGOS Y LA MALA PRENSA DE UNOS ANIMALES EXTRAORDINARIOS

 

Hay animales que han tenido la desgracia de tropezar con la literatura equivocada. Los lobos tuvieron a Perrault. Los tiburones tuvieron a Spielberg. Y los murciélagos tuvieron a Bram Stoker. Desde entonces, millones de personas siguen viendo en ellos poco más que ratones alados especializados en transmitir enfermedades, enredarse en el pelo de las señoras y protagonizar películas de serie B.

Es una injusticia notable, porque los murciélagos, lejos de ser criaturas siniestras, constituyen uno de los grupos zoológicos más útiles del planeta. Son polinizadores, dispersores de semillas, ingenieros ecológicos, productores de fertilizante natural y, además, una especie de ejército nocturno que trabaja gratis cada noche eliminando cantidades industriales de insectos. Y por si eso fuera poco, algunos de ellos han terminado colaborando —sin saberlo— con la neurología moderna y la investigación farmacéutica.

Los murciélagos llevan en la Tierra unos cincuenta millones de años. Son los únicos mamíferos que han conquistado el vuelo verdadero, y lo hicieron desarrollando una ingeniería biológica que todavía asombra a los físicos. Sus alas no son alas, exactamente, sino manos hipertrofiadas: una membrana finísima de piel tensada entre dedos descomunalmente largos. Un murciélago es, anatómicamente, una mano que aprendió a volar.

Y luego está el asunto del radar. Mucho antes de que los británicos inventaran el suyo para detectar bombarderos alemanes, los murciélagos ya navegaban en la oscuridad mediante ecolocalización. Emiten ultrasonidos y construyen una imagen acústica del mundo a partir del eco. Gracias a ello son capaces de detectar un mosquito del tamaño de una lenteja en mitad de la noche mientras vuelan a toda velocidad y esquivan ramas, cables y compañeros de colonia.

Lo verdaderamente extraordinario es la eficacia del sistema. Un solo murciélago insectívoro puede consumir centenares de insectos en una noche. Algunas estimaciones hablan de entre quinientos y mil mosquitos nocturnos en apenas unas horas de actividad. Y determinadas especies llegan a ingerir cada noche hasta el equivalente a su propio peso corporal en insectos.

Cuando uno multiplica eso por una colonia entera, las cifras se vuelven absurdas. En ciertas cuevas de Texas viven colonias de millones de individuos capaces de devorar entre 45 y 250 toneladas de insectos por noche. No es una metáfora: toneladas.

Desde el punto de vista agrícola, esto equivale a disponer de una gigantesca flota aérea de insecticidas biológicos trabajando todas las noches sin salario, sin combustible y sin contaminar acuíferos. Polillas, escarabajos, grillos, mosquitos y otros insectos potencialmente dañinos desaparecen gracias a ellos antes de reproducirse masivamente. Diversos estudios han mostrado que donde faltan murciélagos aumentan de forma notable las poblaciones de artrópodos y los daños en los cultivos.

Y, sin embargo, seguimos persiguiéndolos a escobazos. Parte del problema es que los murciélagos sufren una extraordinaria campaña de desprestigio evolutivo. Son nocturnos, tienen dientes pequeños y visibles, cuelgan boca abajo y algunas especies —muy pocas— beben sangre. Todo eso resulta fatal para las relaciones públicas.

En realidad, de las más de mil cuatrocientas especies conocidas de murciélagos, apenas tres son hematófagas. Tres. Todas pertenecen a América Latina y se alimentan fundamentalmente de sangre de aves o ganado. El más conocido es Desmodus rotundus, un animal bastante menos terrorífico de lo que sugieren las novelas góticas.

Su técnica alimentaria es tan refinada que parece diseñada por un cirujano vascular, una especie de doctor Jekyll con inclinaciones criminales. El murciélago aterriza cerca de la víctima, realiza una pequeña incisión casi indolora con los dientes y comienza a lamer la sangre que fluye. El detalle importante es que la sangre no coagula. Y no coagula porque la saliva del murciélago contiene una sofisticada combinación de anticoagulantes, vasodilatadores y compuestos anestésicos desarrollados por la selección natural durante millones de años.

Y aquí es donde la historia se vuelve inesperadamente médica. Los investigadores descubrieron que la saliva de estos murciélagos contenía moléculas extraordinariamente eficaces para impedir la coagulación sanguínea. Una de ellas recibió el apropiadísimo nombre de draculina. Otra, más famosa aún, fue la desmoteplasa, una enzima derivada de la saliva de Desmodus rotundus capaz de disolver coágulos sanguíneos.

La neurología se interesó inmediatamente por el asunto. El gran problema del ictus isquémico consiste en que una arteria cerebral queda bloqueada por un trombo. Cada minuto mueren millones de neuronas privadas de oxígeno. La idea de utilizar una sustancia inspirada en la saliva de un murciélago vampiro para destruir esos coágulos parecía salida de una novela de Michael Crichton, pero durante años la desmoteplasa fue estudiada como posible tratamiento para accidentes cerebrovasculares agudos.

Los resultados clínicos fueron variables y el compuesto no terminó convirtiéndose en el tratamiento estándar, pero abrió nuevas líneas de investigación sobre trombolíticos más seguros y específicos. Y todo gracias a un pequeño mamífero nocturno que solo intentaba cenar tranquilamente una vaca dormida. No deja de ser una ironía deliciosa: el mismo animal que durante siglos simbolizó la enfermedad y la muerte terminó proporcionando pistas para combatirlas.

Y no es el único servicio que prestan. Muchos murciélagos tropicales son además polinizadores fundamentales. Sin ellos desaparecerían o disminuirían numerosas plantas nocturnas. Los agaves, por ejemplo, dependen en gran medida de murciélagos nectarívoros. De modo que una parte apreciable de la industria del tequila existe gracias a unos mamíferos voladores que la mayoría de la gente considera poco menos que demonios con alas.

Otros dispersan semillas a enormes distancias y ayudan a regenerar selvas enteras. En algunos bosques tropicales, buena parte de las semillas que llegan al suelo han pasado antes por el aparato digestivo de un murciélago.

Incluso sus excrementos resultan valiosos. El guano de murciélago fue durante décadas un fertilizante muy cotizado por su riqueza en nitrógeno y fósforo. Algunas cuevas norteamericanas llegaron a explotarse industrialmente para extraer toneladas de él.

Todo esto convierte a los murciélagos en uno de esos raros casos en que la naturaleza parece trabajar simultáneamente para la agricultura, la ecología y la medicina. Y, aun así, basta que uno aparezca revoloteando una noche de verano para que media familia salga huyendo como si hubiera regresado la peste negra.

Tal vez el verdadero problema de los murciélagos sea simplemente estético. Un panda come bambú y parece un peluche diplomático. Un murciélago cuelga cabeza abajo mostrando los dientes y parece un ministro de Hacienda. La biología tiene esas injusticias.

EL HOMBRE QUE EXPRIMÍA VEJIGAS PARA FABRICAR REFRESCOS

 

Hubo un tiempo en que las burbujas eran cosa de brujería. No una brujería especialmente emocionante —nadie invocaba demonios ni aparecían machos cabríos lujuriosos—, pero sí una forma de magia hidroterapéutica que llevaba a miles de personas a viajar durante días para beber agua que hacía “pssssst” al salir de la roca. En el siglo XVIII, si uno sufría de gota, melancolía, artritis, cálculos renales o simplemente de una vaga sensación victoriana de decadencia espiritual, lo recomendable era acudir a un balneario como Mondariz o Lanjarón y beber litros de agua naturalmente carbonatada mientras se paseaba con aire enfermo bajo una columnata de hierro forjado.

El razonamiento médico era impecablemente nebuloso. Las aguas burbujeaban; por tanto, algo extraordinario debían contener. Y si además olían ligeramente a azufre y sabían como si alguien hubiese lavado monedas en ellas, mucho mejor. En aquella época, cuanto más desagradable sabía un remedio, más probabilidades había de que los médicos lo considerasen milagroso.

El problema, naturalmente, era logístico. Las fuentes minerales tenían la molesta costumbre de encontrarse justo donde brotaban. Si uno vivía lejos de Lanjarón, no podía beneficiarse de sus famosas aguas salvo que estuviera dispuesto a cruzar España en carruaje, algo incómodo incluso para quienes no sufrían artritis.

Entonces apareció Joseph Priestley. Priestley es recordado sobre todo por haber descubierto el oxígeno, aunque, de manera muy británica, pasó buena parte de su vida sin aceptar del todo que lo hubiese descubierto. También era teólogo, filósofo, polemista político y poseedor de una curiosidad científica tan hiperactiva que hoy probablemente habría tenido un canal de YouTube donde explotaría sandías en nombre de la química experimental.

Vivía cerca de una cervecería y observaba fascinado las burbujas que ascendían desde los toneles de fermentación. Aquello era dióxido de carbono, aunque entonces se llamaba “aire fijo”, un nombre que suena menos a gas químico y más a algo que un fontanero victoriano cobraría muy caro por reparar. Priestley sabía que las aguas minerales naturales debían sus burbujas a ese mismo gas y se preguntó si podría fabricarlas artificialmente.

La idea era brillante. Ponerla en práctica resultó menos elegante. Joseph Black ya había demostrado que el dióxido de carbono podía obtenerse haciendo reaccionar tiza con ácido sulfúrico. Priestley construyó entonces un dispositivo que parecía diseñado por alguien que hubiese aprendido ingeniería leyendo novelas de piratas: un recipiente de vidrio para generar gas, conectado a una vejiga de cerdo y, desde allí, a una botella invertida llena de agua. La vejiga se apretaba manualmente para forzar el gas a atravesar el líquido.

Conviene detenerse un momento a apreciar la escena. Uno de los grandes científicos de la Ilustración, futuro descubridor del oxígeno, sentado junto a una vejiga de cerdo inflada, exprimiéndola para meter burbujas en agua. La historia de la ciencia tiene muchos momentos gloriosos. También tiene esto.

El resultado fue aceptable. El agua burbujeaba. Se le podían añadir sales para imitar composiciones minerales naturales y producir algo parecido a un agua medicinal embotellada. Priestley estaba encantado y convencido de que su invento podía incluso prevenir el escorbuto. Llegó a persuadir a James Cook para que llevase agua carbonatada en su segundo viaje alrededor del mundo, lo cual resulta especialmente curioso porque Cook ya sabía perfectamente que el chucrut prevenía el escorbuto. Pero quizá pensó que el repollo fermentado tenía un problema de relaciones públicas.

El siguiente capítulo de esta historia pertenece al doctor escocés John Nooth, quien examinó el invento de Priestley y llegó a una conclusión inquietante: el agua tenía un sospechoso sabor a orina. Nooth creyó identificar el culpable: la vejiga de cerdo utilizada para almacenar el gas. Decidió entonces diseñar un aparato completamente de vidrio para evitar cualquier matiz urinario en la experiencia terapéutica.

Priestley reaccionó con la serenidad habitual de los hombres ilustrados del siglo XVIII: acusó públicamente a los sirvientes de Nooth de haber orinado en el agua por diversión. Es difícil no sentir ternura ante estas disputas científicas antiguas. Hoy los investigadores se insultan mediante artículos de revisión por pares y mensajes pasivo-agresivos en X. En 1770 bastaba con insinuar que el mayordomo del colega se dedicaba a mearse en las muestras.

Finalmente, Priestley reconoció que el aparato de Nooth era mejor. Y entonces llegó Jacob Schweppe. Schweppe, relojero e inventor suizo, tuvo la intuición verdaderamente revolucionaria: si la gente estaba dispuesta a pagar por agua con burbujas, quizá aquello podía convertirse en negocio. Mejoró el sistema, añadió bombas de presión y comenzó la producción industrial de agua carbonatada. Había nacido la industria moderna de los refrescos.

En la Gran Exposición de Londres de 1851, el público fue recibido por una gigantesca fuente de agua carbonatada Schweppes. El Imperio Británico dominaba los mares, construía locomotoras, tendía cables telegráficos submarinos y, además, era capaz de fabricar agua que eructaba. No está mal para una civilización obsesionada con hervir verduras hasta destruirlas.

Hoy las aguas con gas viven un curioso renacimiento. Mucha gente sensata evita los refrescos azucarados y se pasa al agua carbonatada natural o artificial. Lo cual, inevitablemente, ha despertado nuevas inquietudes sobre su seguridad. Cada generación necesita encontrar algo cotidiano que temer. Hubo épocas en que preocupaban las novelas, luego la electricidad, después el microondas y ahora las burbujas.

La química real, sin embargo, es poco dada a dramatizar. El dióxido de carbono disuelto forma ácido carbónico, sí, pero el agua permanece tan poco tiempo en contacto con los dientes que el riesgo para el esmalte es mínimo. Para sufrir daños importantes probablemente habría que cepillarse los dientes con agua Perrier ocho horas al día.

También apareció hace unos años un estudio con uno de esos títulos científicos que parecen escritos por una inteligencia artificial especialmente nerviosa: “El dióxido de carbono en las bebidas carbonatadas induce la liberación de grelina y aumenta el consumo de alimentos en ratas macho: implicaciones en la aparición de la obesidad”. La grelina, para quien no frecuente el poco placentero oficio de leer revistas de endocrinología, es una hormona relacionada con el apetito. El estudio sugería que las ratas macho que bebían bebidas carbonatadas comían más.

¿Qué conclusiones podemos extraer de esa publicación? Pues ni más ni menos que en el improbable caso de que usted crie ratas macho sedentarias con problemas de sobrepeso, quizá debería mantenerlas alejadas del sifón. En humanos, la evidencia es muchísimo menos convincente. El efecto secundario más frecuente del agua con gas sigue siendo el mismo desde tiempos de Priestley: la liberación socialmente inoportuna de dióxido de carbono por ambos extremos del aparato digestivo.

Y eso nos devuelve al punto de partida. Las supuestas propiedades milagrosas del agua carbonatada probablemente eran exageradas. No cura la artritis, no devuelve la vitalidad perdida y tampoco convierte a nadie en un atleta alpino de anuncio escandinavo. Pero tampoco parece ser el enemigo químico que algunos imaginan.

Lo verdaderamente transformador no fue su efecto medicinal, sino económico. Toda la industria moderna de refrescos nació de aquella obsesión ilustrada por imitar las aguas minerales de un balneario alemán. Coca-Cola, Pepsi, la gaseosa de limón del bar de la esquina y esa lata fluorescente que promete sabor “tropical nuclear” existen gracias a un clérigo inglés que exprimía vejigas de cerdo llenas de dióxido de carbono.

La historia de la ciencia rara vez decepciona.

PELUCAS, FTALATOS Y OTRAS HISTORIAS CAPILARES

 

El pelo postizo siempre ha tenido algo de alquimia social. Cleopatra probablemente habría matado por unas buenas extensiones de queratina, María Antonieta habría necesitado un tráiler entero para guardar las suyas, Luis XIV convirtió la calvicie prematura en una cuestión de Estado gracias a unas pelucas tan monumentales que parecían diseñadas por un arquitecto barroco con delirios ecuestres y, si uno mira ciertas alfombras rojas contemporáneas, resulta evidente que buena parte del glamur de Hollywood está sostenida por botox y pegamento capilar. El negocio, en cualquier caso, va magníficamente: el mercado mundial de extensiones de pelo podría superar los 14 000 millones de dólares en 2028.

Lo interesante es que nadie parece haber dedicado demasiado tiempo a preguntarse qué demonios contienen exactamente esas extensiones que millones de personas llevan pegadas a la cabeza durante semanas o meses. Esto recuerda un poco a la historia de los cigarrillos en los años cuarenta, cuando la gente fumaba Camel o Lucky recomendados por los médicos sin que nadie pareciera inquietarse demasiado por los detalles químicos. Aunque, naturalmente, las extensiones de pelo están varios órdenes de magnitud por debajo del tabaco en cuanto a motivos reales de alarma.

Un estudio publicado este año en la revista Environment and Health analizó 44 muestras de extensiones y detectó 169 sustancias químicas distintas, 48 de ellas incluidas en listas de compuestos potencialmente peligrosos. Había de todo: ftalatos utilizados para flexibilizar fibras sintéticas, compuestos de estaño empleados para estabilizar PVC, residuos de pesticidas y componentes habituales de tintes. Dicho así, parece el inventario de una nave industrial soviética en 1973.

En sus conclusiones, los investigadores sugieren que pelucas, bisoñés y otros aditamentos capilares podrían representar un riesgo por el contacto continuo con la piel, la inhalación de compuestos volátiles o el simple hecho de que los seres humanos nos tocamos la cabeza unas quinientas veces al día y luego nos llevamos las manos a la boca con una alegría que alguien podría considerarse suicida.

Ahora bien, aquí es donde conviene separar el drama químico de internet de la realidad. Porque existe una diferencia enorme entre peligro y riesgo, y la humanidad lleva décadas confundiendo ambas cosas con un entusiasmo extraordinario. Un tiburón blanco es peligroso. Un tiburón blanco en la piscina municipal de tu pueblo sería además un riesgo considerable. Pero un tiburón blanco nadando a seis mil kilómetros de distancia no debería impedirle a uno bajar a comprar el pan.

Con las sustancias químicas sucede algo parecido. El monóxido de carbono es mortal en un garaje cerrado, pero no parece causar demasiados problemas en medio de una avenida venteada. El alcohol es tóxico en grandes cantidades, pero la civilización mediterránea entera se derrumbaría si una copa de vino representara una amenaza inmediata. Incluso las semillas de manzana contienen compuestos capaces de liberar cianuro, aunque nadie ha visto jamás a alguien desplomarse después de zamparse una Golden Delicious.

La realidad, aunque pueda antojarse inquietante, es que vivimos sumergidos en un océano químico permanente. Se calcula que podríamos estar expuestos diariamente a decenas de miles de sustancias distintas, muchas de ellas perfectamente naturales. El café, por ejemplo, contiene más de mil compuestos químicos diferentes, incluidos algunos con nombres tan tranquilizadores como acrilamida, furano o hidrocarburos aromáticos policíclicos, todos ellos carcinógenos en determinadas condiciones de laboratorio. Sin embargo, nadie mira una cafetería como si fuera Chernóbil con espuma de leche.

Fuente

Lo mismo ocurre con las verduras. Las patatas contienen solanina, ciertas plantas producen toxinas naturales y la cocción genera sustancias potencialmente dañinas con nombres que parecen bandas alemanas de techno experimental: acroleína, aminas heterocíclicas o productos finales de glicación avanzada.

Y luego están los plásticos, los cosméticos, las fragancias, los envases alimentarios y los productos de limpieza. Solo en los envases de comida se utilizan unas 14 000 sustancias químicas diferentes. De ellas, unas 3 600 ya se han detectado en sangre, cabello o leche materna humanas. Dicho de otro modo: si alguien quisiera vivir completamente libre de químicos, tendría que mudarse a una cueva estéril en Marte y probablemente acabaría encontrando allí algún basalto sospechosamente carcinógeno.

La toxicología clásica se resume en una frase atribuida a Paracelso, médico y alquimista del siglo XVI: «La dosis hace el veneno». Una pequeña dosis de Lorazepam ayuda a dormir; una muy grande convierte el problema del insomnio en algo definitivamente secundario. La idea parece razonable y durante siglos funcionó bastante bien.

Pero entonces llegaron los disruptores endocrinos y la química decidió volverse interesante.

Algunas sustancias —como el BPA de ciertos plásticos o los ftalatos utilizados en perfumes y materiales sintéticos— pueden interferir con las hormonas humanas incluso a dosis extremadamente bajas. Lo extraño es que no siempre siguen la lógica habitual de «más dosis, más efecto». A veces ocurre justo lo contrario: pequeñas cantidades producen respuestas biológicas importantes, mientras que dosis mayores generan menos efecto porque el organismo activa mecanismos de defensa y desintoxicación.

Es lo que los toxicólogos llaman una «respuesta no monótona», expresión que suena como el título de una novela existencialista francesa pero que básicamente significa que el cuerpo humano es bastante más complicado que una hoja de Excel.

Esto preocupa especialmente durante etapas sensibles como el embarazo o la infancia, cuando el sistema endocrino todavía se está desarrollando. Por eso muchos científicos consideran prudente reducir la exposición innecesaria a ciertos compuestos conocidos, especialmente ftalatos, BPA o PFAS.

Ahora bien, también aquí conviene mantener cierta perspectiva. Un estudio de 2018 atribuyó cientos de miles de muertes cardiovasculares al ftalato DEHP presente en plásticos. Pero existe un pequeño detalle metodológico: el DEHP aparece sobre todo en alimentos ultraprocesados, y resulta que las personas que consumen grandes cantidades de alimentos ultraprocesados tienden a desarrollar enfermedades cardiovasculares aunque jamás hayan oído hablar de los ftalatos. La correlación, como siempre, no implica causalidad. Los gallos cantan antes del amanecer y, sin embargo, nadie cree seriamente que sean ellos quienes empujan al Sol por el horizonte.

Así que, ¿qué deberíamos pensar sobre los postizos? Probablemente lo mismo que sobre la mayoría de las cosas modernas: contienen sustancias químicas que preferiríamos no inhalar en grandes cantidades, pero cuyo riesgo real depende de dosis, duración y contexto. Nuestro organismo dispone además de un ejército extraordinariamente competente de enzimas desintoxicantes, antioxidantes y células inmunitarias que llevan millones de años enfrentándose a moléculas hostiles con bastante eficacia.

Conviene exigir regulaciones mejores y materiales más seguros. Conviene investigar más. Conviene reducir exposiciones innecesarias cuando sea posible. Pero, sinceramente, si tuviera que elaborar una lista personal de amenazas químicas contemporáneas, las extensiones de pelo quedarían muy abajo. Bastante por debajo de los alimentos ultraprocesados. Y probablemente también por debajo de esas salchichas fluorescentes que sobreviven intactas a un invierno nuclear en la parte trasera de algunas neveras.

sábado, 16 de mayo de 2026

PEKÍN DOMESTICA A TRUMP

 

Trump llegó a Pekín con el gesto habitual de los hombres que se saben observados. Ese modo suyo de caminar como si avanzara hacia un plató y no hacia una reunión diplomática. Durante años ha convertido la política internacional en un espectáculo de dominación personal: el apretón de manos interminable a Macron, el recibimiento glacial a Zelenski, las fotografías en el Despacho Oval donde parece más un propietario que un presidente. Pero en China ocurrió algo extraño. Allí, en medio de salones silenciosos, lacados rojos y ceremonias medidas al milímetro, Donald Trump pareció de pronto menos expansivo, menos teatral, casi contenido. Como si hubiese comprendido que había entrado en un escenario diseñado por otro.

Quizá eso fue lo más interesante de la visita. Porque más allá de los comunicados triunfales, de los “acuerdos fantásticos” y de las fotografías sonrientes, el viaje dejó la sensación de que Estados Unidos y China están intentando algo muy delicado: competir sin romperse mutuamente el cuello. Una coexistencia armada. Una tregua incómoda entre dos potencias que desconfían profundamente la una de la otra, pero que al mismo tiempo saben que ya no pueden permitirse una guerra económica total.

Trump, fiel a sí mismo, presentó el viaje como un éxito extraordinario. Habló de acuerdos “beneficiosos para ambos países”, aseguró que Pekín quiere comprar petróleo estadounidense, soja y hasta doscientos aviones Boeing, aunque los chinos, prudentemente, evitaron confirmar cifras concretas. En el universo político de Trump los detalles técnicos nunca son importantes. Lo importante es la narrativa. Y la narrativa era clara: el gran negociador había vuelto a domesticar la relación con China.

Pekín, sin embargo, contó otra historia. Xi Jinping utilizó la visita para proyectar exactamente la imagen que más interesa hoy al Partido Comunista chino: estabilidad, control y paciencia estratégica. Frente al estilo impulsivo de Washington, China quiso aparecer como la potencia adulta de la sala. No hubo grandes anuncios formales ni tratados espectaculares. Hubo algo más chino: señales, gestos, símbolos cuidadosamente calculados.

Uno de los mensajes centrales fue Irán. Trump y Xi coincidieron públicamente en que Teherán no debe obtener armas nucleares y en la necesidad de mantener abierto el estrecho de Ormuz. La coincidencia no es menor. China es el principal comprador de petróleo iraní y posee una capacidad de influencia sobre Teherán que Occidente jamás ha conseguido. Pekín dejó entrever que podría ejercer cierta presión, aunque sin comprometerse demasiado. China nunca regala influencia gratuitamente. La acumula. La administra. La convierte en moneda diplomática.

Pero el momento realmente importante de la visita llegó con Taiwán. Xi lanzó allí el mensaje más duro de todo el encuentro. Advirtió que una mala gestión del asunto podría conducir a “choques e incluso conflictos”. En lenguaje diplomático chino eso equivale prácticamente a un golpe sobre la mesa. Pekín considera Taiwán una línea roja absoluta y quiso recordárselo a Trump en público y delante de las cámaras.

Lo notable fue el tono del presidente estadounidense. Acostumbrado a la confrontación verbal, esta vez evitó el choque directo. No hubo bravatas ni amenazas. Trump elogió constantemente a Xi, habló de una “relación muy fuerte” y llegó incluso a insinuar un “futuro fantástico juntos”. Escucharlo era casi desconcertante. El mismo hombre que suele humillar a sus interlocutores parecía ahora practicar una cortesía casi reverencial.

Tal vez porque intuía algo elemental: Xi Jinping no es Emmanuel Macron ni un dirigente europeo vulnerable a las oscilaciones políticas internas. Xi gobierna como un emperador moderno respaldado por el aparato entero del Estado chino y por una economía que, pese a sus problemas, sigue siendo decisiva para el capitalismo global.

Y precisamente ahí apareció el verdadero protagonista del viaje: el dinero. La delegación estadounidense parecía más una convención de Davos que una misión diplomática. Elon Musk, Tim Cook, Jensen Huang, ejecutivos de Boeing, BlackRock, Visa, Mastercard, Goldman Sachs, Meta. El corazón empresarial de Estados Unidos aterrizó junto a Trump en Pekín. Aquello revelaba una realidad incómoda para ambos países: la rivalidad estratégica no ha destruido todavía la dependencia económica mutua.

El caso de Jensen Huang, fundador de Nvidia, fue especialmente simbólico. Nvidia se ha convertido en uno de los epicentros de la guerra tecnológica entre Washington y Pekín por el control de los semiconductores y la inteligencia artificial. Sin embargo, allí estaba Huang recorriendo Pekín, dejándose fotografiar mientras probaba fideos tradicionales chinos. La escena parecía banal, casi turística, pero encerraba un mensaje profundo: incluso en medio de la confrontación tecnológica, las élites económicas estadounidenses siguen necesitando China.

Y China lo sabe perfectamente.

Por eso el banquete de Estado tuvo tanta importancia. Las cenas diplomáticas no son simples cenas. Son teatro político. Xi recibió a Trump en lugares cargados de simbolismo, incluidos espacios reservados a muy pocos líderes extranjeros, como Zhongnanhai o las inmediaciones del Templo del Cielo. Todo estaba diseñado para transmitir continuidad histórica, poder sereno y sofisticación imperial.

Trump habló de conversaciones “extremadamente positivas y productivas”. Xi se mantuvo más sobrio, casi distante. Pero permitió algo fundamental: que las imágenes mostrasen armonía.

Los mercados entendieron inmediatamente el mensaje. Si Musk, Cook o los directivos de Boeing siguen sentándose a cenar en Pekín, entonces la ruptura total entre ambas potencias todavía está lejos. La economía global continúa demasiado entrelazada para soportar un desacoplamiento absoluto.

Sin embargo, bajo toda esa cortesía flotaba una sensación extraña. Como si Trump hubiese comprendido, quizá por primera vez en mucho tiempo, que estaba frente a alguien imposible de intimidar.

En Washington Trump domina el espacio físico. Interrumpe, invade, exagera. Pero en Pekín el espacio pertenecía a Xi Jinping. A su ceremonial. A su tempo lento. A esa manera china de ejercer el poder sin levantar apenas la voz.

Y por eso las imágenes resultaron tan reveladoras. El Trump acostumbrado a ser adulado parecía, de pronto, un invitado disciplinado. Casi un gatito diplomático ante un líder chino tan corpulento como él y muchísimo más paciente.

Puede que ahí resida la verdadera conclusión del viaje.

No en los acuerdos comerciales difusos ni en las promesas sobre Boeing, sino en una constatación psicológica: Trump descubrió que hay escenarios donde el espectáculo deja de funcionar y donde el poder no necesita gritar para imponerse.

EL CANSANCIO WOKE

 

Woke empezó siendo una expresión positiva dentro de la cultura afroamericana para describir conciencia social. Hoy se usa sobre todo en guerras culturales y debates políticos, a menudo como término polémico o despectivo. Por eso, cuando alguien dice “eso es woke”, casi siempre conviene preguntar qué quiere decir exactamente.

A veces las guerras civiles no necesitan trincheras. Les basta con X (Twitter para entendernos), una universidad privada y un actor secundario despedido por un tuit escrito en 2011. Cada uno de estos elementos tiene un simbolismo. Twitter representa la indignación instantánea, la viralidad y el juicio público permanente. La universidad privada simboliza el mundo intelectual o progresista donde muchas de las discusiones hoy llamadas wokistas nacen o se sofisticaron. El actor secundario despedido por un tuit de 2011 alude a la llamada “cultura de la cancelación”: personas castigadas años después por comentarios antiguos que hoy se consideran ofensivos.

Estados Unidos lleva años librando una de esas guerras civiles. No deja demasiados muertos, aunque sí abundantes damnificados, y sus combatientes rara vez pisan el mismo territorio mental. La línea del frente atraviesa redacciones, campus universitarios, platós de televisión, supermercados orgánicos y, sobre todo, teléfonos móviles. A un lado está el woke. Al otro, el antiwoke. Y en medio, como un vendedor de biblias en un incendio, aparece Donald Trump.

El término woke nació con buenas intenciones. Procedía del viejo inglés afroamericano y significaba algo bastante razonable: permanecer despierto ante las injusticias. Estar alerta. No mirar hacia otro lado. Durante años la palabra tuvo una dignidad tranquila, casi sindical. Pero en Estados Unidos ninguna palabra permanece tranquila mucho tiempo. Acabó absorbida por el gigantesco parque temático ideológico del país y se convirtió en otra cosa: una mezcla de progresismo cultural, activismo identitario, corrección política y fervor moral capaz de discutir durante tres semanas sobre el peinado apropiado para una sirena de dibujos animados.

El antiwokismo apareció poco después, como aparecen siempre las contrarreformas: cansado, enfadado y convencido de estar defendiendo la civilización occidental del colapso absoluto provocado por estudiantes de sociología y ejecutivos de plataformas televisivas. Su crecimiento fue meteórico porque comprendió algo elemental: casi todo el mundo tolera que le suban los impuestos; muy poca gente soporta que le expliquen cómo debe hablar.

Ahí entró Trump. Trump entendió antes que nadie que la política norteamericana ya no consistía en discutir presupuestos federales sino emociones culturales. Mientras los viejos republicanos hablaban de déficit y libre mercado, él hablaba de banderas, hamburguesas, villancicos y periodistas arrogantes. Descubrió que millones de estadounidenses sentían que el país empezaba a parecerse demasiado a un seminario universitario dirigido por recursos humanos.

Trump ofreció una revancha emocional. El trumpismo tiene mucho de eso: una insurrección sentimental contra una parte de la élite cultural estadounidense. No importa demasiado si el votante vive en Ohio o en Arizona; lo importante es que sospecha que alguien, en alguna universidad de la Costa Este, considera problemático el chiste que acaba de hacer durante una barbacoa. Trump convirtió esa irritación difusa en identidad política.

Los progresistas más militantes cometieron, además, el error clásico de las religiones jóvenes: la pureza doctrinal. En ciertos ambientes norteamericanos empezó a desarrollarse una vigilancia moral agotadora. Libros infantiles revisados como si escondieran códigos nucleares. Profesores investigados por frases ambiguas. Comediantes obligados a pedir disculpas públicas por bromas que en 1997 les habrían valido un contrato televisivo. Hubo algo profundamente puritano en todo aquello, y Estados Unidos, país fundado por puritanos, reconoce inmediatamente el olor de sus viejas obsesiones.

Naturalmente, el antiwokismo exageró hasta el delirio. Acabó viendo conspiraciones marxistas en películas de superhéroes y dictaduras bolcheviques en los formularios escolares. Algunos gobernadores republicanos parecían convencidos de que el principal problema nacional no era la deuda pública ni la sanidad, sino las drag queens leyendo cuentos infantiles en bibliotecas municipales. El debate se volvió tan histérico que uno tenía la impresión de que el Imperio Romano no cayó por los bárbaros, sino por el lenguaje inclusivo.

Lo fascinante es que ambos bandos se necesitan. El woke militante necesita al trumpista enfurecido para demostrar que el fascismo acecha tras cada camioneta con pegatina patriótica. Y el trumpismo necesita a algún estudiante progresista explicando los pronombres no binarios para confirmar que Occidente se encuentra al borde del abismo. Son ecosistemas complementarios. Se alimentan mutuamente con una eficacia casi ecológica.

Entre tanto ruido queda una mayoría silenciosa bastante desconcertada. Gente que cree que el racismo existe, pero no desea asistir a seminarios de deconstrucción lingüística. Personas que consideran razonable respetar minorías sin necesidad de reinterpretar toda la historia universal como una reunión de villanos coloniales. Ciudadanos que sospechan, quizá con razón, que tanto el woke extremo como el antiwoke profesional son industrias culturales extraordinariamente rentables.

Porque al final todo esto también es negocio. Las cadenas de televisión viven del escándalo. Las redes sociales viven de la indignación. Los políticos viven del miedo. Y las guerras culturales son perfectas porque nunca terminan. Siempre habrá un nuevo motivo para enfadarse: una estatua, una película, una mascota deportiva, un disfraz de Halloween o un emoji sospechoso.

Estados Unidos descubrió hace tiempo que las batallas culturales producen más audiencia que las económicas. Nadie organiza manifestaciones multitudinarias por el sistema de alcantarillado. Pero basta cambiar el género de un personaje de ficción para que el país parezca al borde de otra guerra de Secesión.

Trump no creó ese clima, pero supo explotarlo mejor que nadie. Entendió que millones de personas no querían únicamente menos impuestos o gasolina barata. Querían sentirse culturalmente defendidas. Querían dejar de pedir disculpas. Querían reírse otra vez de los chistes antiguos sin mirar alrededor antes de pronunciarlos.

Y así Estados Unidos terminó atrapado en una discusión interminable donde todos hablan de libertad mientras vigilan cuidadosamente las palabras de los demás. Un país que inventó Hollywood y el jazz convertido en una gigantesca asamblea universitaria permanentemente ofendida.

Probablemente dentro de veinte años nadie recordará exactamente qué significaba woke. Pero el cansancio cultural que lo rodea quizá siga ahí. Porque las guerras culturales nunca desaparecen del todo. Solo cambian de uniforme.

viernes, 15 de mayo de 2026

BELEÑO NEGRO: LA PLANTA QUE HACÍA VOLAR A LAS BRUJAS

 

Beleño negro o hierba mora (Hyoscyamus niger) en la fortaleza de Suomenlinna, cerca de Helsinki, Finlandia. Foto de Anneli Salo. 

Las solanáceas son una familia botánica con problemas de personalidad. En un extremo producen patatas, tomates, berenjenas y pimientos; en el otro, plantas capaces de provocar delirios, amnesias, alucinaciones y alguna que otra conversación con el demonio. Pocas familias vegetales han contribuido tanto al progreso de la cocina y, simultáneamente, al desarrollo histórico de la brujería europea. Uno puede cenar tranquilamente una tortilla de patatas mientras contempla, a escasos metros, un beleño negro creciendo en una cuneta con aspecto de conocer secretos desagradables.

El beleño negro, Hyoscyamus niger, pertenece precisamente a esa rama sombría de las solanáceas. Toda la planta es tóxica. Hojas, semillas, raíces y flores contienen alcaloides tropánicos como la hiosciamina y la escopolamina, sustancias que actúan sobre el sistema nervioso con la eficacia brutal de una ganzúa química. La hiosciamina es además precursora de la atropina, célebre compuesto utilizado todavía hoy en medicina para dilatar pupilas, tratar ciertas bradicardias o combatir intoxicaciones concretas. Lo fascinante —y alarmante— es que las mismas moléculas que permitieron avances farmacológicos notables también podían convertir una sobremesa medieval en una experiencia metafísica de consecuencias inciertas.

Porque el beleño posee una larga carrera médica y criminal a partes iguales. Durante siglos se empleó para aliviar dolores dentales, combatir el insomnio, tratar espasmos, calmar ataques asmáticos o sedar a pacientes con delirium tremens. La antigua farmacopea mantenía con estas plantas una relación muy parecida a la de un domador con un tigre hambriento: mientras todo saliera bien, el espectáculo resultaba admirable; cuando salía mal, el desenlace era rápido y bastante educativo para los espectadores.

El efecto del beleño negro no es exactamente una alucinación convencional. Las descripciones históricas coinciden una y otra vez en sensaciones de ligereza extrema, flotación o vuelo. El sujeto intoxicado siente que abandona el suelo con una perseverancia tan sólida que resulta inútil discutirlo. Esto explica buena parte de la reputación mágica de la planta. Durante siglos formó parte de ungüentos y pócimas atribuidos a hechiceras y brujas, normalmente acompañado de otras amables especies de la familia como la belladona, la copa de oro y el estramonio, además de invitados externos igualmente poco recomendables, como la cicuta. La teoría moderna sostiene que muchos relatos medievales de vuelos nocturnos y aquelarres probablemente nacieron menos de Satanás y más de la absorción cutánea de alcaloides tropánicos.

Lo cierto es que la química de las solanáceas tiene algo de teatral. La misma familia vegetal que alimentó a media Europa con la patata también produjo algunas de las plantas más peligrosas del continente. La patata, por ejemplo, pertenece a la especie Solanum tuberosum, el pimiento al género Capsicum y el tomate a la especie Solanum lycopersicum. Las tres, como su compadre el tabaco (Nicotiana tabacum) contienen asimismo alcaloides defensivos, aunque en concentraciones mucho menores y generalmente inocuas en los frutos maduros. Las plantas no producen estas sustancias pensando en la humanidad; las producen porque no desean ser comidas por insectos, mamíferos o cualquier criatura con malas intenciones. Nosotros simplemente aprendimos, a base de siglos de ensayo y error, qué partes podían cocinarse sin terminar viendo ángeles o notarios celestiales.

El género Hyoscyamus posee un aspecto característico y ligeramente inquietante. Son plantas robustas, cubiertas de pelos glandulosos que les proporcionan una textura pegajosa y un olor desagradable, mezcla de tabaco viejo, establo húmedo y medicina caducada. No parecen plantas amistosas. El beleño negro, en particular, presenta hojas grandes, blandas y sinuosas, con un tono verde oscuro algo enfermizo. Sus flores son extraordinarias: amarillentas, atravesadas por venas púrpuras o violáceas que recuerdan pequeñas redes capilares. Hay algo anatómico en ellas, como si la flor hubiese sido diseñada por un estudiante de medicina obsesionado con las disecciones.

Botánicamente, distinguir el beleño negro del beleño blanco, Hyoscyamus albus, no resulta demasiado complicado una vez conocidos algunos detalles. El beleño blanco suele presentar flores más claras y uniformes, de amarillo pálido o crema, sin el marcado reticulado violáceo que convierte a H. niger en una especie tan reconocible. También tiene un aspecto general más limpio y luminoso, si semejante adjetivo puede aplicarse a una planta venenosa. El beleño negro, por el contrario, parece siempre ligeramente sucio, sombrío, como si hubiera dormido vestido bajo la lluvia.

Las hojas ofrecen también pistas útiles. En H. niger suelen ser más oscuras, viscosas y densamente pubescentes. La planta entera transmite una impresión pegajosa y áspera. H. albus, mucho más frecuente en ambientes mediterráneos cálidos y secos, posee un porte algo más delicado y menos agresivo visualmente. Ambos, sin embargo, comparten cierta predilección por terrenos removidos, ruinas, corrales abandonados y bordes de caminos. Son plantas de lugares marginales, como si sospecharan que la civilización humana no termina de apreciarlas. Y quizá tengan razón.

La literatura sobre los beleños es inmensa. De Materia medica, el tratado escrito por Dióscorides, ya les dedicaba extensas observaciones hace casi dos mil años. Desde entonces, médicos, herboristas, botánicos, toxicólogos y aficionados a lo oculto no han dejado de escribir sobre ellos. Hay plantas útiles; hay plantas bellas; y luego están las plantas que parecen arrastrar una biografía. El beleño negro pertenece claramente a esta última categoría.

Hoy sigue creciendo en descampados y cunetas europeas, silencioso y casi ignorado. Los automóviles pasan junto a él sin sospechar que esa hierba pegajosa formó parte de rituales mágicos, anestesias primitivas y pesadillas medievales. Mientras tanto, sus parientes domésticos continúan llenando cocinas de salsa de tomate, pimientos asados y purés de patata. Las solanáceas nunca eligieron entre alimentar a la humanidad o intoxicarla. Decidieron hacer ambas cosas al mismo tiempo, quizá porque la naturaleza, a diferencia de nosotros, jamás ha visto contradicción alguna entre el remedio y el veneno.

jueves, 14 de mayo de 2026

LOS HOMBRECILLOS DE LOS TESTÍCULOS

Las orquídeas europeas tienen muchos talentos, pero quizá el más inesperado sea haber dado a la ciencia uno de los nombres más anatómicamente explícitos del reino vegetal.

El género Orchis debe su nombre directamente al griego órkhis, que significa “testículo”. No es una metáfora moderna ni una travesura etimológica descubierta por estudiantes aburridos de biología. Los primeros naturalistas llamaron así a estas plantas porque sus tubérculos subterráneos aparecen normalmente en pares redondeados y carnosos, con un parecido anatómico tan evidente que ni siquiera Linneo intentó suavizarlo con alguna elegante perífrasis latina. En otras palabras: buena parte de la botánica europea descansa sobre una observación que cualquier adolescente habría hecho exactamente igual.

La consecuencia inevitable fue que durante siglos las orquídeas quedaron asociadas a toda clase de supersticiones masculinas. Según la antigua doctrina renacentista de las signaturas, que sostenía que Dios dejaba pistas visuales sobre el uso medicinal de las plantas, una raíz con aspecto de órgano masculino debía necesariamente servir para tratar problemas masculinos. El razonamiento científico era aproximadamente tan sólido como pensar que una nuez mejora la memoria porque parece un cerebro, pero eso jamás detuvo a la medicina antigua, que durante milenios avanzó impulsada principalmente por la imaginación y un optimismo suicida.

Así fue como las especies de Orchis acabaron convertidas en afrodisíacos oficiales de medio Mediterráneo. Sus tubérculos se secaban, se molían y daban lugar al famoso salep, una bebida espesa y ligeramente viscosa muy popular en el Imperio Otomano. El salep tenía reputación de restaurar la virilidad y aumentar la energía sexual, aunque probablemente su principal mérito consistía en aportar calorías y estar caliente en invierno. Pero cuando una planta se llama literalmente “testículo”, las expectativas populares se disparan inevitablemente.

La imaginación colectiva fue todavía más lejos. Como muchas especies poseen dos tubérculos de tamaño desigual —uno viejo y arrugado, otro joven y lleno de reservas— surgió la creencia de que comer uno u otro influía en el sexo de los futuros hijos. Algunos herbarios medievales ofrecen instrucciones minuciosas sobre qué tubérculo debía consumir cada miembro de la pareja dependiendo de si deseaban niño o niña. Leyéndolos hoy, uno tiene la sensación de que gran parte de la farmacología medieval consistía en personas muy serias inventando cosas con absoluta convicción.

Detalles de la flor del género Ophrys. 1-2, O. apifera de frente y perfil. 3, O. tenthredinifera. 4, despiece de la misma flor. 5, ampliación de una polinia de la misma especie.

Y sin embargo, bajo toda esa acumulación de malentendidos anatómicos, las orquídeas escondían algunos de los mecanismos evolutivos más sofisticados del planeta.

Darwin quedó fascinado por ellas. Pasó años estudiando sus sistemas de polinización y descubrió estructuras tan complejas que parecían diseñadas por un ingeniero ligeramente trastornado. Algunas especies engañan sexualmente a los insectos imitando hembras de abeja; otras lanzan paquetes de polen como diminutas catapultas; algunas obligan al polinizador a recorrer auténticos laberintos vegetales. Las orquídeas no seducen a los insectos: los manipulan psicológicamente.

Y entre todas ellas hay una especialmente extraña: Orchis anthropophora.

El nombre puede traducirse aproximadamente como “la orquídea que lleva hombrecitos”. Proviene del griego ánthropos —hombre— y phoros —portador—, porque cada una de sus flores parece una pequeña figura humana suspendida boca abajo. Y no hace falta demasiada imaginación para verlo. El labelo forma algo parecido a unas piernas abiertas; los lóbulos laterales parecen brazos; arriba queda una especie de cabeza cubierta por un casco vegetal. Una inflorescencia completa recuerda a una fila de acróbatas microscópicos realizando ejercicios gimnásticos para un público de hormigas. Es difícil contemplarla sin sonreír. Parece menos una planta que un experimento humorístico de la evolución.

Inflorescencias y detalle floral de Orchis anthropophora

Los botánicos del siglo XVIII, que pasaban cantidades alarmantes de tiempo observando flores con lupas, quedaron fascinados por estas semejanzas. Y hay algo profundamente humano en ello. Solemos imaginar a los naturalistas antiguos como figuras solemnes rodeadas de herbarios polvorientos, pero muchos parecían escolares brillantes incapaces de resistirse a un parecido absurdo. Uno observaba dos tubérculos y pensaba inmediatamente en anatomía masculina. Otro miraba las flores y veía hombrecillos danzando. Luego ambos traducían sus ocurrencias al griego clásico y las convertían en latín científico para toda la eternidad.

De modo que hoy seguimos paseando por praderas mediterráneas llenas de plantas cuyo nombre significa literalmente “testículo” y que producen flores conocidas como “las que llevan hombres”.

Y quizá eso sea lo más extraordinario de la historia. La ciencia suele presentarse como una actividad fría y rigurosa, pero muchas veces empieza exactamente igual que empiezan los chistes: alguien mira algo raro y dice “eso parece otra cosa”. Después llega el latín, las monografías y las sociedades botánicas. Pero en el fondo sigue estando la misma sorpresa infantil.

Las orquídeas europeas, vistas de cerca, tienen el raro talento de recordárnoslo.