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martes, 3 de noviembre de 2026

AUSTRALIA: LAS MONTAÑAS QUE LOS RÍOS CONSTRUYERON AL REVÉS

 

Salgo de Sídney hacia el oeste siguiendo una carretera que parece condenada a no abandonar nunca la ciudad. El área metropolitana se extiende por la llanura de Cumberland entre autopistas, urbanizaciones y centros comerciales hasta que los edificios empiezan a escasear, aparecen los eucaliptos y comienza la subida hacia las Blue Mountains.

La ruta tiene bastante más historia de la que su aspecto moderno permite sospechar. En 1813, Gregory Blaxland, William Charles Wentworth y William Lawson emprendieron la búsqueda de un paso a través de aquellas montañas que cerraban por el oeste la colonia de Sídney. No fueron los primeros seres humanos que las recorrieron: los pueblos aborígenes llevaban decenas de miles de años habitándolas. Fueron los primeros europeos que consiguieron cruzar con éxito la barrera y alcanzar Mount York. Tardaron dieciocho días.

La clave consistió en dejar de buscar el camino por los valles. Los cursos de agua se internaban en gargantas que acababan convertidas en trampas. Blaxland y sus compañeros siguieron las crestas y divisorias. Al llegar a Mount York contemplaron hacia el oeste un territorio abierto que prometía los pastos que la colonia necesitaba desesperadamente.

Aquella ruta acabaría transformándose en uno de los grandes corredores hacia el interior de Australia. La actual Great Western Highway sigue aproximadamente el itinerario de los exploradores y atraviesa Glenbrook, Blaxland, Springwood, Lawson, Wentworth Falls, Leura y Katoomba. Los propios nombres convierten la carretera en una especie de monumento geográfico a la expedición. En algunos tramos, el espacio entre escarpes y laderas sigue siendo tan reducido que construir una carretera moderna resulta un desafío.

Desde Sídney hasta Katoomba hay unos cien kilómetros. Al llegar descubro que el nombre de «montañas» concedido a las Blue Mountains resulta un tanto generoso. No encuentro una cordillera como los Alpes, los Pirineos o nuestra Sierra de Guadarrama. Ante mí se extienden enormes superficies elevadas terminadas bruscamente en precipicios, plataformas de arenisca, gargantas y valles encerrados entre paredes casi verticales. Las Blue Mountains son, en esencia, una meseta profundamente diseccionada por la erosión. Su espectacularidad no procede tanto de lo que las fuerzas geológicas levantaron como de todo lo que el agua consiguió llevarse después.

Para comprenderlas hay que retroceder más de doscientos millones de años. Durante el Pérmico y, sobre todo, el Triásico, enormes cantidades de sedimentos se acumularon en la cuenca de Sídney. Antiguos ríos transportaron arenas que quedaron enterradas, compactadas y cementadas hasta convertirse en las poderosas areniscas que hoy forman los escarpes.

La región experimentó después levantamientos relacionados con la evolución del margen oriental australiano. Aquellas capas sedimentarias quedaron elevadas formando grandes plataformas. Entonces comenzaron a trabajar los verdaderos escultores de las Blue Mountains: los ríos.

Durante millones de años, el agua aprovechó fracturas y zonas débiles, profundizó los cauces y excavó enormes valles y cañones. Los materiales más blandos cedieron antes; las capas resistentes de arenisca permanecieron formando cornisas y precipicios. Miramos una plataforma aislada y pensamos que vemos una montaña levantada sobre el paisaje cuando, muchas veces, contemplamos exactamente lo contrario: un fragmento de la antigua superficie que la erosión todavía no ha conseguido eliminar.

Tres agujas de arenisca constituyen, las Three  Sisters, cerca de Katoomba, Nueva Gales del Sur

Las famosas Three Sisters, cerca de Katoomba, son un magnífico ejemplo. Sus tres agujas de arenisca no fueron empujadas desde abajo. Son restos de una masa rocosa recortada por el agua, las fracturas y los derrumbes. Existen, en cierto sentido, porque todo lo que las rodeaba ha desaparecido.

Algo semejante ocurre con las cascadas. En Wentworth Falls, los cursos de agua recorren superficies relativamente suaves hasta encontrarse con el borde de la meseta y precipitarse hacia los valles excavados centenares de metros más abajo. De ahí esa combinación de horizontales interminables y paredes verticales que define el paisaje.

Las alturas tampoco son extraordinarias: los puntos más elevados apenas superan los 1 200-1 300 metros. Basta asomarse, no obstante, desde Echo Point al Jamison Valley para comprender que la altura absoluta importa poco cuando uno tiene ante sí centenares de metros de precipicio y un bosque que parece no terminar nunca.

Ese bosque explica la segunda mitad del nombre. Desde los miradores, las masas forestales lejanas adquieren una tonalidad azul grisácea. La explicación popular atribuye el fenómeno a los aceites volátiles liberados por millones de eucaliptos. El mecanismo es más complejo. La vegetación emite compuestos orgánicos volátiles que contribuyen a formar aerosoles; junto con el vapor de agua y otras partículas, dispersan la luz y producen esa bruma azulada que parece llenar los valles.

Para un botánico, lo verdaderamente extraordinario no es el color de los eucaliptos, sino su diversidad. El Greater Blue Mountains alberga más de noventa especies en sentido amplio. Los cambios de altitud, suelo, humedad, exposición y frecuencia de incendios crean un mosaico que va desde bosques abiertos y secos hasta comunidades húmedas protegidas en el fondo de las gargantas.

En los terrenos expuestos dominan las formaciones esclerófilas. Las hojas duras, la resistencia a la sequía y las adaptaciones al fuego son características recurrentes. Junto a los eucaliptos aparecen Banksia, Grevillea, Hakea, Acacia y muchas otras plantas que componen esa flora australiana reconocible incluso para quien no sepa ponerles nombre.

El panorama cambia en los barrancos húmedos. Allí disminuye la insolación, aumenta la humedad y el fuego penetra con menor frecuencia. Aparecen helechos arborescentes, musgos, lianas y bosques húmedos que conservan algo del aspecto de las antiguas formaciones gondwánicas. En pocos kilómetros puede pasarse de un matorral seco expuesto al sol a una garganta umbría que parece pertenecer a otro continente.

No entraré ahora en uno de los habitantes vegetales más extraordinarios de la región, Wollemia nobilis. Su descubrimiento en 1994 y la increíble supervivencia de su linaje merecen una historia propia.

La fauna refleja la misma diversidad. Canguros y wallabíes ocupan las zonas apropiadas para el pastoreo; los wombats excavan sus madrigueras; los equidnas recorren el suelo buscando hormigas y termitas. En los árboles viven possums y marsupiales planeadores, entre ellos petauros. También sobreviven especies más difíciles de observar, como el quol de cola moteada.

Las aves aportan una banda sonora inequívocamente australiana. Cacatúas, loros, mieleros, pájaros lira y cucaburras ocupan distintos estratos del bosque. El pájaro lira merece mención aparte por su extraordinaria capacidad para imitar sonidos y por la cantidad de hojarasca que remueve mientras busca pequeños invertebrados.

Toda esa comunidad vive bajo la influencia de otro gran escultor australiano: el fuego. Muchos eucaliptos rebrotan después de los incendios gracias a yemas protegidas bajo la corteza o lignotubérculos subterráneos. En otras plantas, el calor o las sustancias presentes en el humo favorecen la germinación. Eso no convierte cualquier incendio en beneficioso: su frecuencia e intensidad determinan si el fuego renueva el ecosistema o lo destruye.

Al final resulta difícil decidir qué ha venido uno a ver a las Blue Mountains. La respuesta inicial serían las montañas. Después de recorrerlas, ya no parece tan evidente. Hace más de doscientos millones de años, antiguos ríos depositaron las arenas que acabarían convertidas en roca. Mucho después, otros ríos comenzaron a excavar esa misma roca. Entre ambos acontecimientos, el continente se desplazó, el clima cambió y una flora dominada por eucaliptos colonizó plataformas, laderas y barrancos.

En 1813 Blaxland, Wentworth y Lawson necesitaron dieciocho días para encontrar una ruta a través de aquel laberinto. Yo he llegado desde Sídney cómodamente sentado en un coche, siguiendo en buena parte el camino que ellos ayudaron a revelar a los europeos. La carretera hace que el viaje parezca fácil. El paisaje explica por qué no lo fue.

Porque las Blue Mountains no son tanto una cordillera levantada hacia el cielo como una inmensa meseta que los ríos llevan millones de años desmontando pieza a pieza. Cuando uno contempla desde Katoomba aquel océano azul de eucaliptos encerrado entre paredes de arenisca, comprende que todavía les queda mucho trabajo por hacer.

sábado, 31 de octubre de 2026

¿QUÉ DEMONIOS ES EXACTAMENTE UN CANGURO?

 

Llevo unos días viajando por Australia y hay una distinción que, pese a conocerla desde hace mucho tiempo, resulta mucho más llamativa cuando uno la escucha sobre el terreno. Los australianos hablan de kangaroos y wallabies con la naturalidad con que nosotros distinguimos un caballo de un burro. Este es un canguro, aquel es un wallabí. Ninguna duda. El problema aparece cuando uno intenta averiguar exactamente dónde termina uno y empieza el otro.

La respuesta es que, en realidad, no existe una frontera zoológica precisa entre canguros y wallabíes. Ambos pertenecen a la familia Macropodidae, nombre que procede del griego makrós, grande, y poús, podós, pie. «Los de los pies grandes» es una descripción bastante aceptable para unos animales cuyas extremidades posteriores parecen haber sido diseñadas por alguien que empezó el trabajo por los pies y después tuvo que acomodar apresuradamente el resto del cuerpo.

Los macropódidos comprenden alrededor de setenta especies de marsupiales distribuidas por Australia, Nueva Guinea y algunas islas próximas. Entre ellos encontramos animales enormes, como el canguro rojo, machos adultos de casi dos metros y que excepcionalmente pueden acercarse a los noventa kilos, junto a criaturas que apenas superan el tamaño de un conejo. Para poner algún orden en semejante variedad, los humanos hemos decidido llamar «canguros» a unos, «wallabíes» a otros, «pademelones» a algunos más y «canguros arborícolas» a los que, desafiando nuestras expectativas, decidieron subirse a los árboles.

El problema es que la evolución nunca recibió una copia de nuestra clasificación. La palabra canguro se reserva habitualmente para unas pocas especies grandes. Entre ellas se encuentran el canguro rojo (Osphranter rufus), los canguros grises oriental y occidental (Macropus giganteus y M. fuliginosus) y el canguro antilopino (Osphranter antilopinus). Son animales de espacios abiertos, con enormes extremidades posteriores, pies extraordinariamente largos y una cola musculosa que actúa como estabilizador durante el salto y como apoyo cuando se desplazan despacio.

Los wallabíes, por regla general, son macropódidos menores. Suelen tener el cuerpo más compacto, patas y pies proporcionalmente más cortos y una anatomía mejor adaptada para moverse entre bosques, matorrales o terrenos rocosos. En lugar de recorrer grandes espacios abiertos mediante saltos largos y eficientes, muchos necesitan girar, frenar y esquivar árboles, rocas y arbustos.

Hasta aquí parece sencillo: grande, canguro; pequeño, wallabí. Por desgracia, la naturaleza siente escaso respeto por las explicaciones sencillas. Hay wallabíes grandes y canguros pequeños, y existen especies que reciben nombres comunes diferentes pese a estar estrechamente emparentadas.

El asunto se complica todavía más con los wallaroos, cuyo nombre inglés parece inventado por alguien incapaz de decidirse entre wallaby y kangaroo. En realidad, eso es casi exactamente lo que ocurrió: el término procede de una palabra aborigen, aunque su semejanza con ambos nombres resulta irresistible. Los wallaroos presentan, además, un tamaño y aspecto intermedios, como si estuvieran empeñados en demostrar que nuestras categorías no les preocupan demasiado.

También están los pademelones, pequeños y rechonchos habitantes de bosques densos. En Tasmania me encuentro con Thylogale billardierii, el pademelón tasmano, que a primera vista podría pasar por un wallabí de tamaño reducido. Posee patas posteriores potentes, una cola robusta y el mismo sistema básico de locomoción. Desde el punto de vista evolutivo, todos pertenecen al mismo gran experimento australiano.

Ese experimento consiste en desplazarse dando saltos. El salto de los grandes canguros es una de las formas de locomoción más extraordinarias entre los mamíferos. A velocidades moderadas resulta sorprendentemente económico. Los enormes tendones de las patas posteriores funcionan como resortes: almacenan energía cuando el animal aterriza y la liberan durante el siguiente salto. Conforme aumenta la velocidad, el coste energético no crece como cabría esperar. Para un animal que debe recorrer grandes distancias por las llanuras australianas buscando pastos y agua, semejante mecanismo constituye una ventaja formidable.

La cola participa también en el sistema, aunque su función resulta todavía más curiosa cuando el animal deja de saltar. Al avanzar lentamente mientras pasta, el canguro apoya las extremidades anteriores y la cola en el suelo, adelanta las patas posteriores y repite el movimiento. En esa marcha de cinco apoyos, la cola funciona casi como una extremidad adicional. Un canguro tiene oficialmente cuatro patas, pero en determinadas circunstancias parece desplazarse como si la evolución le hubiera concedido una quinta.

Los wallabíes utilizan el mismo principio mecánico, adaptado a otra escala y a otros ambientes. Sus saltos suelen ser más cortos y su menor tamaño facilita las maniobras en vegetación cerrada. La diferencia entre ambos, por tanto, no consiste únicamente en pesar más o menos. Refleja también distintas especializaciones dentro de un mismo diseño corporal.

Comparten, además, una característica mucho más profunda: todos son marsupiales. Tras una gestación muy breve, las hembras paren crías diminutas y extraordinariamente inmaduras que trepan hasta el marsupio y se fijan a una mama. Allí continúan durante meses un desarrollo que los mamíferos placentarios realizamos en gran parte dentro del útero. Una hembra de canguro puede llevar simultáneamente una cría grande que entra y sale de la bolsa, otra pequeña adherida a una mama e incluso mantener un embrión en pausa hasta que las circunstancias permitan continuar su desarrollo. Comparado con semejante organización, nuestro sistema reproductivo resulta casi convencional.

Queda entonces la pregunta inicial: ¿qué demonios es exactamente un canguro?

La respuesta estricta resulta menos satisfactoria de lo esperado. «Canguro» no designa una categoría taxonómica equivalente a una familia o un género. Es un nombre común aplicado por tradición a determinados macropódidos, sobre todo a los de mayor tamaño. «Wallabí» tampoco define una unidad evolutiva única. Son etiquetas útiles para describir diferentes formas corporales y modos de vida dentro de una familia extraordinariamente diversa.

Un canguro no es, por tanto, simplemente un wallabí grande, aunque esa definición funcione bastante bien durante los primeros cinco minutos de conversación. Tampoco un wallabí es un canguro pequeño y mucho menos, como alguna vez se oye, un canguro joven. Cada especie nace, crece y muere siendo lo que es.

Después de unos días en Australia empiezo a comprender por qué los australianos no parecen tener ningún problema con el asunto. No necesitan una definición filogenética cada vez que un macropódido cruza la carretera. Lo miran y saben si es un canguro, un wallabí o un pademelón, del mismo modo que nosotros distinguimos sin consultar un tratado de zoología un gorrión de una paloma.

El problema surge cuando el biólogo pregunta dónde está exactamente la frontera. Entonces la naturaleza ofrece una de sus respuestas favoritas. La frontera la hemos puesto nosotros.

jueves, 29 de octubre de 2026

DE LAS PRADERAS DE OKLAHOMA A LAS CALLES DE MELBOURNE



Hay viajes que comienzan mucho antes de comprar un billete de avión. El mío a Melbourne empezó, sin que yo lo supiera, en 1832, cuando Washington Irving emprendió una expedición por las praderas norteamericanas acompañado de un joven aristócrata europeo y su preceptor. Casi dos siglos después, uno de aquellos viajeros ha vuelto a cruzarse en mi camino.


Uno puede viajar hasta las antípodas convencido de que va a descubrir un mundo nuevo y encontrarse con un viejo conocido. Es una de esas bromas que la geografía y la historia gastan a quienes todavía creemos que el planeta es lo bastante grande como para no tropezarnos continuamente con las mismas personas.

 

 En mi caso, el encuentro se produjo en Melbourne, una ciudad australiana de amplias avenidas, tranvías, parques magníficos y una notable afición a recordar a sus personajes ilustres poniéndoles nombre a las principales arterias del centro se llama La Trobe Street. También llevan su nombre una universidad y diversos edificios e instituciones. Nada sorprendente en una ciudad que conserva en su nomenclátor un resumen de su historia colonial. Lo inesperado fue descubrir que aquel La Trobe era alguien con quien yo había pasado bastantes horas años atrás, aunque él llevara muerto desde 1875.

 

La explicación tiene que ver con Washington Irving, el escritor estadounidense al que debemos, entre otras obras, La leyenda de Sleepy Hollow, Rip Van Winkle y, cómo no, Los Cuentos de la Alhambra. Hace años traduje para Errata Naturae su libro A Tour on the Prairies, publicado en español como La frontera salvaje. Aquella traducción me obligó a acompañar a Irving por las praderas de lo que hoy es Oklahoma, entre caballos, bosques, ríos, cazadores, indígenas y una colección de personajes que parecían salidos de una novela de aventuras. Entre ellos estaba Charles La Trobe.

 

En 1832, Irving tenía cuarenta y nueve años y acababa de regresar a Estados Unidos después de una larga estancia europea. Aquel otoño se incorporó a una expedición por territorios situados al oeste de los asentamientos estadounidenses, en una región que entonces formaba parte del llamado Territorio Indio. No era una excursión para turistas que deseaban fotografiar bisontes desde un todoterreno. Los caminos eran precarios o inexistentes, las noches se pasaban al aire libre y las posibilidades de acabar perdido, enfermo o despeñado eran bastante superiores a las de encontrar una cama limpia.

 

En aquella aventura participaron dos europeos. Uno era el joven conde Albert de Pourtalès, miembro de una familia aristocrática de origen suizo. El otro era Charles Joseph La Trobe, que lo acompañaba como preceptor, mentor y supervisor de sus andanzas. La Trobe tenía treinta y un años, una educación cosmopolita y una curiosidad por la naturaleza que lo convertía en un compañero especialmente adecuado para explorar territorios desconocidos.

 

La figura del preceptor de un aristócrata merece una explicación. Las familias acomodadas europeas confiaban frecuentemente la educación de sus hijos a hombres cultos que los acompañaban durante sus viajes, vigilaban sus lecturas, corregían sus modales y procuraban que adquirieran conocimientos sin adquirir demasiadas malas costumbres. Era una profesión que exigía paciencia y cierta disposición a soportar las ocurrencias de muchachos convencidos de que el mundo había sido creado para su entretenimiento. Ignoro cuánto necesitaba vigilancia el joven Pourtalès, pero llevarlo a las praderas americanas parece una manera bastante original de completar su formación.


La Trobe no era un simple acompañante. Era un observador interesado por la geología, la botánica, los animales y las costumbres de los pueblos que encontraba. Dibujaba, tomaba notas y poseía esa curiosidad enciclopédica característica de los naturalistas del siglo XIX, cuando todavía resultaba posible interesarse seriamente por las plantas, los insectos, las montañas y la organización política de un país sin que nadie exigiera elegir una especialidad.

 

Irving observaba aquel mundo con ojos de escritor. Le interesaban los paisajes, pero también los caracteres humanos, las conversaciones junto al fuego y las pequeñas rivalidades entre cazadores. El resultado fue A Tour on the Prairies, publicado en 1835, un libro que combina relato de viajes, observación naturalista y un humor discreto. La Trobe también escribió sobre sus experiencias americanas en The Rambler in North America, publicado ese mismo año. Dos hombres que recorrieron parte del mismo territorio y lo contemplaron desde perspectivas diferentes.

 

Ninguno podía imaginar que, pocos años después, el joven preceptor terminaría desempeñando un papel fundamental en la historia de una ciudad situada al otro lado del planeta. En 1839, La Trobe fue nombrado superintendente del distrito de Port Phillip, dependiente de Nueva Gales del Sur. Llegó acompañado de su familia y una casa prefabricada, solución razonable para instalarse donde casi todo estaba todavía por construir. Melbourne apenas tenía cuatro años como asentamiento europeo permanente y crecía rápidamente sobre territorios habitados desde hacía milenios por pueblos aborígenes, especialmente los wurundjeri y los boon wurrung de la nación kulin.

 

En 1851, cuando Victoria se separó administrativamente de Nueva Gales del Sur, La Trobe se convirtió en su primer vicegobernador. Aquel mismo año comenzaron los grandes descubrimientos de oro que transformaron la colonia. Llegaron miles de inmigrantes, se multiplicaron las actividades comerciales y Melbourne inició un crecimiento vertiginoso. Gobernar semejante explosión demográfica debió de resultar bastante menos placentero que perseguir mariposas por Oklahoma.

 

Sin embargo, lo que más me interesa de La Trobe no es su carrera administrativa, sino su condición de naturalista. Entre sus iniciativas destaca el impulso que dio a la creación del Real Jardín Botánico de Melbourne, establecido en 1846 junto al río Yarra. Fue él quien eligió su emplazamiento. Años después, Ferdinand von Mueller, uno de los grandes botánicos del siglo XIX, contribuiría decisivamente a su desarrollo científico. Para alguien que ha dedicado buena parte de su vida profesional a los jardines botánicos, descubrir que uno de sus promotores había compartido aventuras con Washington Irving constituye una coincidencia especialmente grata.

 

Irving dejó un retrato revelador de La Trobe. Lo describió como botánico, geólogo, coleccionista de escarabajos y mariposas, músico y dibujante. Añadía que era un cazador infatigable, aunque no siempre afortunado. La observación tiene esa ironía afectuosa característica del escritor: su compañero parecía dispuesto a interesarse por cualquier cosa que encontrara en el camino, aunque no necesariamente a cobrar las piezas que perseguía.

 

Mientras pienso en todo esto, recuerdo las horas que pasé traduciendo La frontera salvaje. Traducir un libro de viajes tiene algo de expedición sedentaria. Uno no atraviesa ríos ni duerme bajo las estrellas, pero acaba familiarizándose con los compañeros del narrador, sus manías y sus pequeñas desventuras. Durante aquella traducción, La Trobe era para mí un personaje secundario de una aventura americana. Jamás imaginé que acabaría encontrándomelo en Australia.


La coincidencia tiene otra dimensión. Irving escribiría también, publicado en 1837, a partir de los relatos de Benjamin Bonneville, explorador de las Montañas Rocosas y del territorio de Oregón. Todos pertenecían a aquel universo de viajeros, comerciantes y naturalistas que alimentó la literatura de la frontera norteamericana. Una frontera cuya expansión tuvo consecuencias devastadoras para muchas naciones indígenas, como también ocurrió con la colonización europea de Australia.

 

Y aquí estoy, en Melbourne, a miles de kilómetros de Oklahoma y casi doscientos años después de aquella cabalgada, descubriendo que una calle lleva el nombre de un hombre al que conocí entre las páginas de un libro que tuve la fortuna de traducir. Quizá pasee por el Jardín Botánico que contribuyó a crear. Me gustará imaginarlo examinando una planta desconocida o persiguiendo un escarabajo.

 

Los viajes sirven para descubrir lugares nuevos, pero a veces ofrecen una recompensa más inesperada: permiten reencontrarse con personas que uno creía haber dejado definitivamente entre las páginas de un libro. Charles La Trobe murió hace más de ciento cincuenta años. Yo lo conocí en las praderas de Oklahoma y he vuelto a encontrarlo en las calles de Melbourne. No está mal para alguien que nunca llegó a saber que acabaría formando parte de mi historia.

miércoles, 28 de octubre de 2026

PEQUEÑAS PARADOJAS DE UN VIAJE A LAS ANTÍPODAS

 

En el primer tramo de mi viaje a Australia, estaba examinando los horarios de los vuelos cuando descubrí algo que me pareció un tanto inquietante. Según mis billetes de Etihad Airways, había salido de Madrid el martes 27 de octubre a las 9:45 de la mañana y llegaría a Melbourne el miércoles 28 a las 16:45. Entre ambos momentos habían transcurrido treinta y una horas. Sin embargo, sumando los dos vuelos y la escala en Abu Dabi, el viaje duraba exactamente veintiuna. Me faltaban diez horas y, por más que repasaba las cuentas, no conseguía encontrarlas.

No es que me preocupe especialmente cumplir años. A determinadas edades, lo verdaderamente preocupante es cumplirlos demasiado deprisa. Pero una cosa es aceptar el inexorable transcurso del tiempo y otra consentir que te arrebaten diez horas de existencia mientras estás distraído intentando dormir en un asiento de clase turista. Lo menos que cabría esperar es alguna advertencia en el billete o una compensación económica, aunque solo fuera en forma de un bocadillo.

La explicación, naturalmente, está en los husos horarios. La Tierra gira sobre sí misma una vez cada veinticuatro horas y, como tiene la forma aproximada de una esfera, sus habitantes no pueden disfrutar simultáneamente del mediodía. Cuando en Madrid estamos desayunando, en Australia llevan horas ocupados en sus asuntos y probablemente están pensando en la cena. Para organizar semejante desbarajuste, la humanidad decidió dividir el planeta en veinticuatro franjas horarias. Después llegaron las fronteras políticas, los horarios de verano y las conveniencias administrativas, y consiguieron complicar lo que ya parecía suficientemente complicado.

El 27 de octubre, Madrid estará en horario de invierno y Melbourne en pleno horario de verano austral. La diferencia entre ambas ciudades será de diez horas. Eso significa que cuando yo despegue de Barajas a las 9:45, en Melbourne serán ya las 19:45. Los australianos habrán vivido diez horas de martes que para mí todavía no han sucedido. No sé cómo lo consiguen, pero me parece una ventaja competitiva considerable.

Mi primera escala será en Abu Dabi, donde aterrizaré a las 19:35, hora local. En realidad, habrán transcurrido solamente seis horas y cincuenta minutos desde que salí de Madrid. Las otras tres horas las habrá aportado generosamente la geografía. Después de una escala de una hora, volveré a embarcar y pasaré otras trece horas y diez minutos en el aire hasta llegar a Melbourne.

Cuando finalmente ponga los pies en Australia serán las 16:45 del miércoles, pero en Madrid apenas serán las 6:45 de la mañana. Mi organismo, que no entiende de convenciones internacionales, estará convencido de que acaba de amanecer mientras los australianos estarán terminando su jornada. No es extraño que el cuerpo proteste. Se le exige que desayune cuando debería cenar, que duerma cuando debería estar despierto y que acepte todo ello como si fuera la cosa más natural del mundo. Los médicos llaman a ese desajuste jet lag, una expresión bastante elegante para describir la situación de una persona cuyo cerebro, estómago y reloj de pulsera han dejado de ponerse de acuerdo.

Pero mis diez horas desaparecidas son una insignificancia comparadas con lo que les ocurre a algunos viajeros que cruzan el océano Pacífico. Allí se encuentra la línea internacional de cambio de fecha, una frontera imaginaria que discurre aproximadamente por el meridiano 180 y que tiene una propiedad extraordinaria: al atravesarla hacia el oeste hay que adelantar el calendario un día entero; al hacerlo hacia el este, hay que retrasarlo. Uno puede acostarse un martes y despertarse un jueves sin haber disfrutado del miércoles, lo que, dependiendo de las obligaciones previstas para ese día, puede constituir una desgracia o una bendición.

Bill Bryson, en su libro En las antípodas, cuenta que salió de Los Ángeles un 3 de enero y llegó a Sídney el día 5, después de catorce horas de vuelo. El 4 de enero había desaparecido de su calendario. Bryson se preguntaba adónde había ido a parar aquel día y consideraba que las compañías aéreas deberían advertir a sus clientes de que determinados trayectos pueden ocasionar una pérdida temporal de existencia. No parece una exigencia desmesurada. Las aerolíneas advierten de las dimensiones permitidas del equipaje de mano, de la prohibición de fumar y hasta de la conveniencia de abrocharse el cinturón, pero guardan un silencio bastante sospechoso sobre la posibilidad de que desaparezca un miércoles entero.

Mi caso es menos espectacular. No cruzaré la línea internacional de cambio de fecha y no perderé ningún día completo. En realidad, tampoco perderé diez horas. Durante mi viaje transcurrirán exactamente veintiuna, tanto para mí como para cualquier persona que permanezca tranquilamente en Madrid. La diferencia es que los relojes de Melbourne estarán diez horas adelantados. El tiempo no habrá cambiado; lo único que habrá cambiado será la manera de medirlo. Es algo parecido a expresar una distancia en kilómetros o en millas: el camino sigue siendo el mismo, aunque las cifras sean distintas. La diferencia es que nadie se siente diez kilómetros más viejo por cambiar de unidad de medida.

Afortunadamente, el viaje de regreso promete reparar el aparente atropello. El lunes 16 de noviembre despegaré de Melbourne a las 18:05 y aterrizaré en Madrid el martes 17 a las 7:25 de la mañana, después de hacer otra escala en Abu Dabi. Según los relojes de los aeropuertos, entre la salida y la llegada habrán transcurrido solamente trece horas y veinte minutos. Sin embargo, habré pasado veintitrés horas y veinte minutos viajando. Las diez horas desaparecidas en la ida habrán reaparecido durante el regreso, como si alguien las hubiera encontrado olvidadas en un cajón.

Lo extraordinario es que las compañías aéreas consiguen devolverme esas horas sin necesidad de acelerar el avión, alterar la rotación terrestre ni infringir una sola ley de la física. Basta con viajar hacia el oeste. Los husos horarios irán retrasando progresivamente la hora local respecto a la australiana y, cuando llegue a Madrid, el reloj me habrá devuelto exactamente lo que me adelantó en el viaje de ida. No recuperaré diez horas de juventud, desde luego, pero reconocerán que resulta reconfortante pensar que uno puede recobrar algo que daba por perdido.

Hay, sin embargo, un detalle que convierte esta restitución en una operación comercial bastante discutible. El regreso durará casi dos horas más que la ida. Mientras que para llegar a Australia pasaré veinte horas en el aire, para volver necesitaré veintiuna horas y cincuenta y cinco minutos. La explicación está principalmente en los vientos dominantes del oeste, que en las latitudes medias suelen soplar de oeste a este. Cuando un avión vuela a favor de esos vientos, aumenta su velocidad respecto al suelo; cuando los encuentra de frente, disminuye. Las rutas reales atraviesan regiones con vientos diferentes, pero el principio explica por qué un mismo trayecto puede durar bastante más en un sentido que en otro.

De modo que la geografía me devuelve las diez horas que aparentemente me había robado, pero la meteorología se queda con casi dos en concepto de comisión. No conozco muchas operaciones en las que para recuperar diez horas haya que invertir veintitrés, pero supongo que las compañías aéreas podrían defenderlas alegando que uno ha disfrutado durante todo ese tiempo de sus servicios.

El asunto tiene todavía otra peculiaridad. Aunque en la ida viaje hacia el este y en la vuelta hacia el oeste, no estaré acelerando ni frenando la rotación terrestre. El avión, antes de despegar, ya participa del movimiento de la Tierra, igual que la atmósfera que lo rodea. Si no fuera así, bastaría con elevarse en un globo y esperar tranquilamente a que Australia pasara por debajo, un sistema de transporte que habría revolucionado la industria turística y arruinado a las compañías aéreas hace mucho tiempo.

Así que el balance de mi aventura temporal será bastante equilibrado. En la ida, los relojes adelantarán diez horas; en la vuelta, las retrasarán. Habré envejecido exactamente lo que duren los viajes, ni un minuto más ni uno menos, aunque mi organismo probablemente tarde varios días en convencerse de ello. La ciencia ofrece una explicación impecable, pero no consigue eliminar del todo la sensación de que hay algo sospechoso en un sistema que permite salir de un aeropuerto y llegar a otro cuando el calendario parece haber corrido más deprisa que el avión. 

En cualquier caso, he decidido no presentar ninguna reclamación. Si bastara con viajar hacia el oeste para recuperar años de vida, las compañías aéreas habrían descubierto el negocio más rentable de la historia. Y, conociéndolas, seguramente cobrarían un suplemento por cada año recuperado.

domingo, 25 de octubre de 2026

BÁLSAMO DEL TIGRE: UNA SELVA EN EL BOTIQUÍN

 

Después de descubrir que mi espuma de Crackdol contenía un pequeño jardín botánico, unos amigos me hablaron del bálsamo del tigre. El nombre supone una mejora considerable en el departamento de intimidación: donde otros productos ofrecen alivio, este moviliza a un gran depredador. Uno imagina que cualquier contractura, al enterarse, considerará seriamente retirarse. Sin embargo, basta leer la composición para comprobar que el felino tiene una participación estrictamente publicitaria. Dentro hay mentol, alcanfor, aceites de plantas aromáticas y una base untuosa que permite extender el conjunto sin convertir el cuarto de baño en una destilería.

El tigre puede respirar tranquilo: el fabricante confirma que el producto no contiene ingredientes animales. Su nombre procede de Aw Boon Haw, uno de los empresarios que lo popularizaron, cuyo nombre se traduce como «tigre gentil». Resulta una elección comercial afortunada. «Bálsamo del empresario gentil» habría tenido dificultades para conquistar las farmacias. El animal aporta fuerza, velocidad y exotismo; las plantas se ocupan de la química.

Aunque solemos describirlo como un antiguo ungüento chino, su biografía comercial es más viajera. Según la historia de la compañía, sus antecedentes se encuentran en la botica que Aw Chu Kin, un practicante de medicina china, se estableció en Rangún, en la actual Myanmar, durante el siglo XIX. Sus hijos desarrollaron el negocio, lanzaron la marca Tiger Balm en 1909 y trasladaron su expansión a Singapur en 1926. Hay, por tanto, tradición china, una botica birmana y una formidable iniciativa empresarial. La evocación de recetas imperiales pertenece al relato de la marca; la trayectoria moderna tiene nombres, fechas y fábricas.

La caja que tengo delante corresponde al ungüento rojo. Su lista empieza con Petrolatum y Synthetic Wax: vaselina y cera sintética. El jardín oriental se asienta, por tanto, sobre una infraestructura industrial perfectamente contemporánea. La vaselina proporciona una base grasa y la cera contribuye a darle consistencia. Gracias a ellas, los componentes aromáticos pueden repartirse sobre la piel y permanecer allí. Son ingredientes poco adecuados para decorar un cartel con montañas y pagodas, pero muy útiles para impedir que el remedio se comporte como un perfume derramado.

A continuación aparece el mentol, un viejo conocido de quienes hemos experimentado el prodigio de beber agua después de un caramelo de menta. El agua sigue a la misma temperatura, pero parece recién extraída de un fiordo. La explicación está en TRPM8, una proteína de las neuronas sensoriales que funciona como canal iónico y responde al frío. El mentol también puede activarla: modifica la actividad de esas terminaciones y desencadena una señal de frescor sin necesidad de enfriar el tejido en la misma medida que sugeriría la sensación. Hemos aplicado una molécula; el sistema nervioso informa de un cambio meteorológico.

La etiqueta incluye asimismo aceite de Mentha arvensis, una menta de la familia de las lamiáceas. Conviene distinguir la planta, su aceite esencial y el mentol: el aceite es una mezcla de sustancias, mientras que el mentol es una molécula concreta que puede incorporarse por separado. Enumerar ambos no equivale a mencionar dos veces exactamente lo mismo. Tampoco permite averiguar de dónde procede el mentol añadido: su nombre químico no lleva incorporado un certificado de nacimiento vegetal.

El alcanfor introduce otro aroma inconfundible. Su fuente vegetal clásica es el alcanforero, Cinnamomum camphora, un árbol asiático de las lauráceas, la misma familia del laurel. Sin embargo, también puede obtenerse industrialmente, y la palabra Camphor impresa en esta caja no resuelve su procedencia. Su interés va más allá del olor: en experimentos con células y neuronas se ha observado que actúa sobre canales sensoriales como TRPV1, relacionado con el calor doloroso y con la respuesta a la capsaicina de las guindillas. Puede activarlo y después reducir su respuesta mediante desensibilización. Es una interacción farmacológica real, aunque un experimento celular no nos diga cuánto contribuye al alivio de una rodilla humana.

El resultado de combinar estas sustancias puede ser una sucesión de frescor, calor y hormigueo. Los preparados de este tipo se describen como contrairritantes: generan estímulos cutáneos capaces de modificar la percepción del dolor. El término suena a discusión entre vecinos, pero tiene un significado farmacológico preciso. Mentol y alcanfor figuran entre los ingredientes contemplados por la normativa estadounidense para determinados analgésicos externos, dentro de concentraciones establecidas. Eso respalda su uso como sustancias activas; no demuestra automáticamente la eficacia de cualquier mezcla que los contenga.

La expedición botánica continúa con el aceite de cajeput, identificado en el envase mediante la aparatosa denominación Melaleuca Leucadendron Cajuputi Oil. Los nombres de ingredientes conservan a veces nomenclaturas que harían suspirar a un taxónomo. El cajeput se asocia a melaleucas como Melaleuca cajuputi, árboles de las mirtáceas emparentados con los eucaliptos. Tampoco conviene confundir su aceite con el llamado aceite del árbol del té: compartir género o familia no convierte dos extractos en productos intercambiables. En este tarro, el cajeput forma parte de la mezcla aromática característica que declara el fabricante.

Después llega la casia, Cinnamomum cassia, pariente del alcanforero y fuente de una de las especias comercializadas como canela. Su aceite contribuye al olor y al color característicos del bálsamo rojo. La distinción entre rojo y blanco tiene así una explicación bastante más concreta que una supuesta diferencia de temperamento entre tigres. El fabricante atribuye a la incorporación del aceite de casia la tonalidad de esta variedad y advierte de su capacidad para manchar la ropa. La botánica aplicada también tiene consecuencias para la colada.

En la lista aparece además Cinnamal, el cinamaldehído, una de las moléculas responsables del aroma de la canela. Actúa sobre TRPA1, otro canal sensorial que responde a diversas sustancias irritantes. La cocina y el botiquín comparten más protagonistas de los que parece: algunas moléculas que hacen interesante una especia también pueden estimular terminaciones nerviosas. La experiencia depende de la dosis, la mezcla y el lugar de aplicación. Que una sustancia perfume un arroz con leche no significa que la piel la reciba siempre con entusiasmo.

Las plantas más significactivas que forman parte del bálsamo de tigre. 1, Cinnamomum camphora; 2, Mentha aquatica; 3, Melaleuca cajuputi; 4, Syzigium aromaticum; 5, Cinnamomum cassia.

El aceite de Eugenia caryophyllus aporta el clavo de olor. Bajo ese nombre figura el árbol conocido actualmente como Syzygium aromaticum, otra mirtácea. Los clavos de cocina son sus botones florales secos: pequeñas flores detenidas antes de abrirse y convertidas en especia. Su aceite es rico en eugenol, una sustancia de larga relación con la odontología. En experimentos se ha comprobado que el eugenol modifica la actividad de canales sensoriales, entre ellos TRPA1. Esa actividad ayuda a comprender su interés, pero no autoriza a imaginar que atraviesa la piel para anestesiar selectivamente un músculo sobrecargado.

La segunda mitad de la etiqueta parece el reparto de una película química: limoneno, pineno, terpineol, cariofileno, cumarina, carvona, eugenol, acetato de eugenilo y varios nombres más. No debemos interpretar cada uno como una planta adicional ni como una dosis terapéutica independiente. Los aceites esenciales son mezclas complejas y parte de esas moléculas puede llegar formando parte de ellos. La lista, por sí sola, no aclara cuáles se han añadido separadamente ni cuánto hay de cada una. El salicilato de metilo también figura, pero sin porcentaje sería aventurado atribuirle un papel analgésico importante. El BHT, por su parte, es un antioxidante que ayuda a proteger la fórmula del deterioro: también los aromas necesitan mantenimiento.

¿Alivia el bálsamo del tigre? Puede proporcionar alivio temporal de dolores musculares leves, que es precisamente el uso declarado para el ungüento rojo en su presentación británica. La combinación tiene una explicación sensorial plausible, pero esta etiqueta no aporta concentraciones ni permite repartir el mérito entre sus componentes. Sentir calor tampoco demuestra que el músculo se haya calentado en profundidad, que una inflamación esté desapareciendo o que un tendón se repare más deprisa. Una tregua en las molestias puede ser útil sin convertirse por ello en una reparación del tejido.

La misma química que estimula la piel puede irritarla. Debe respetarse el etiquetado de la presentación concreta, evitar ojos, mucosas y piel lesionada, y lavarse las manos después de aplicarlo. Tampoco conviene añadir una manta eléctrica o cubrir la zona con vendajes apretados para «potenciar» el efecto: se han comunicado quemaduras con analgésicos tópicos de este tipo. Una sensación moderada de calor o frescor forma parte de su funcionamiento; dolor intenso, ampollas o irritación importante son motivos para suspenderlo. La antigüedad de una receta no vuelve impermeable la epidermis.

Lo más interesante del tarro acaba siendo su reunión de mundos. Una menta, árboles aromáticos de Asia, botones florales que también sazonan guisos y una base de vaselina terminan participando en nuestra relación con el dolor. Las plantas produjeron su química durante una historia evolutiva en la que nuestras sobrecargas musculares no figuraban entre las prioridades. Nosotros aprendimos a extraerla, formularla y venderla en pequeños envases. El tigre, entretanto, ocupa la caja con una expresión de autoridad impecable: lleva más de un siglo cobrando en prestigio por un trabajo que hacen las moléculas.

ANTES DE PLANTAR UN GIRASOL, CONSULTE CON EL PÉNDULO

 

Hasta hace unos días creía que para cultivar un girasol hacían falta una semilla, tierra, agua y cierta disposición a aceptar que los pájaros se quedaran con el resultado. Era una visión ingenua de la agricultura. Una fotografía que circula por las redes sociales me ha revelado que, antes de sembrar, conviene realizar una inspección del tráfico de energías invisibles que atraviesa la parcela. Al parecer, uno puede abonar correctamente, regar con sensatez y elegir una exposición soleada, pero como coloque la semilla en una intersección cósmica, el girasol acabará pagando las consecuencias de una decisión urbanística que nadie le consultó.

La fotografía muestra dos capítulos de girasol sobre la hierba. El de la izquierda es aproximadamente circular y tiene ese aspecto ordenado que permite a las empresas de semillas seguir en el negocio. El de la derecha presenta una deformación considerable. Hasta ahí llega la información que proporciona la imagen. El texto que la acompaña, sin embargo, ha completado ya la investigación, descartado las explicaciones botánicas y localizado al culpable: el segundo girasol creció sobre una «geopatía», concretamente en un cruce de líneas de Hartmann y Curry. Para evitar semejante desgracia recomienda explorar el terreno con varillas de cobre o con un péndulo de cuarzo. Yo habría empezado examinando la planta, pero reconozco que el cuarzo proporciona una entrada en escena mucho más distinguida.

Las líneas de Hartmann y Curry son unas supuestas redes que recorrerían la Tierra y cuyos cruces resultarían perjudiciales para los seres vivos. Sus defensores les atribuyen una capacidad notable para intervenir en nuestra existencia sin dejarse identificar de manera fiable mediante mediciones físicas reproducibles. Esto constituye una ventaja extraordinaria. Un hongo puede acabar retratado al microscopio, una carencia de hierro puede ponerse de manifiesto mediante un análisis y un suelo encharcado tiene la vulgaridad de estar mojado. Las energías perjudiciales, en cambio, conservan una discreción que ya quisieran muchos delincuentes.

Conviene aclarar que la Tierra posee campos y fenómenos físicos perfectamente reales. Tiene campo magnético, radiactividad natural y procesos eléctricos que pueden estudiarse con instrumentos. La dificultad comienza cuando alguien toma prestado ese vocabulario para presentar unas redes cuya existencia no ha sido demostrada con pruebas sólidas y reproducibles. «Energía» es una palabra especialmente afortunada: en física exige definiciones, unidades y cálculos; en ciertos anuncios puede atravesar una vivienda, bloquear un chakra y estropear una lechuga sin necesidad de concretar nada. Es una cantidad considerable de trabajo para un sustantivo.

Para localizar esasinfluencias se recurre a la radiestesia, práctica iniciática y esotérica que permite sostener unas varillas o un péndulo y obtener respuestas de sus movimientos. Y los movimientos existen, desde luego. Lo que no se ha demostrado es que constituyan un sistema fiable para detectar aquello que se busca. Pequeños movimientos involuntarios de las manos pueden amplificarse y desplazar el instrumento: es el llamado efecto ideomotor. No hace falta que quien sostiene las varillas intente engañar a nadie. Puede estar completamente convencido de lo que observa. Nuestro organismo es capaz de producir una respuesta y nuestra mente de recibirla como si acabara de llegar del subsuelo.

Este detalle resulta menos espectacular que una corriente telúrica, pero tiene una virtud considerable: permite comprender por qué el instrumento parece responder a las expectativas de su propietario. Si uno sospecha que bajo el dormitorio pasa algo perjudicial, puede acabar viendo cómo las varillas confirman sus temores. Es una atención al cliente exquisita. Los análisis de laboratorio, por desgracia, carecen de esa delicadeza y a menudo entregan resultados que contradicen lo que habíamos decidido de antemano.

Volvamos al girasol, que lleva varios párrafos esperando a que alguien se interese por su anatomía. Lo que solemos llamar su flor es en realidad una inflorescencia, un capítulo formado por numerosas flores pequeñas, dispuestas sobre un receptáculo común. La organización de ese conjunto depende del desarrollo de tejidos de crecimiento que, como cualquier otro sistema biológico, pueden presentar alteraciones. Una de ellas es la fasciación, capaz de producir tallos aplanados o ensanchados e inflorescencias con formas extrañas. La botánica conoce desde hace mucho estas extravagancias, aunque ha cometido el error publicitario de darles nombres que no prometen armonizar el comedor.

El ejemplar de la fotografía presenta una deformación compatible con una alteración de ese tipo. Compatible, conviene subrayarlo: una imagen aislada no permite confirmar el diagnóstico ni identificar su causa. Las fasciaciones pueden relacionarse con factores genéticos, lesiones de los tejidos de crecimiento o determinados agentes infecciosos, entre otras posibilidades. Para averiguar qué ocurrió habría que examinar el ejemplar y conocer sus condiciones de cultivo. Es un procedimiento algo más laborioso que señalar una intersección invisible, pero ofrece la posibilidad de aprender algo sobre el girasol.

La naturaleza produce irregularidades con una despreocupación admirable. Hace flores con piezas de más, tallos retorcidos y frutos que parecen haber sido diseñados durante una discusión. Quienes trabajamos con plantas sabemos que la simetría es una tendencia, no una obligación contractual. Sin embargo, basta con que aparezca una estructura especialmente rara para que alguien descubra una conspiración bajo sus raíces. La planta puede llevar semanas desarrollándose de manera anómala; la explicación sobrenatural llega en un instante y ya viene redactada para compartirla.

El mensaje añade que las plantas cultivadas en esos cruces pueden enfermar y «contaminar a las demás». Aquí el girasol pasa de víctima de una mala ubicación a amenaza para el vecindario. Una malformación, sin embargo, no equivale por sí misma a una enfermedad transmisible. Para hablar de contagio habría que identificar un agente capaz de propagarse. Algunas alteraciones del crecimiento pueden tener causas infecciosas; otras, no. Esa distinción exige investigar, una actividad que las explicaciones universales procuran ahorrarnos.

La fotografía tampoco cuenta cuántas plantas había, si ambas pertenecían a la misma variedad, dónde crecieron ni qué trato recibieron. No sabemos si se seleccionaron dos ejemplares entre cientos precisamente porque ofrecían el contraste deseado. Con dos girasoles y libertad para inventar sus antecedentes podríamos demostrar casi cualquier cosa: los efectos de la música barroca, las consecuencias de discutir cerca del semillero o la superioridad agronómica de felicitar a las plantas por su cumpleaños. La imagen seguiría siendo la misma. Solo tendríamos que cambiar el pie de foto.

Comprobar la afirmación requeriría un experimento bastante comprensible. Primero, quienes aseguran detectar las líneas tendrían que marcar su posición sin conocer los resultados de otros observadores. Después habría que cultivar suficientes plantas en las zonas señaladas y en zonas de comparación, controlar las condiciones relevantes y evaluar los resultados sin que quien los juzga supiera dónde había crecido cada ejemplar. Si el efecto existe y es tan importante como se anuncia, debería aparecer de forma consistente. Las energías podrían seguir siendo invisibles; sus consecuencias tendrían que dejarse contar.

Entretanto, para plantar un árbol continúa siendo útil estudiar el suelo, el drenaje, la disponibilidad de agua y el espacio que necesitarán sus raíces y su copa. Son asuntos modestos que rara vez provocan entusiasmo en las redes, pero tienen la ventaja de afectar al árbol. Si el péndulo se mueve, quizá nos esté ofreciendo una interesante demostración sobre nuestros músculos y nuestras expectativas. Antes de atribuirle información sobre el terreno convendría pedirle que superase una prueba en la que nadie pudiera indicarle, siquiera involuntariamente, la respuesta.

Lo más irónico de toda esta historia es que el girasol deforme sí merece nuestra curiosidad. Examinar cómo se organizó su capítulo, qué cambió durante su desarrollo y por qué sus flores terminaron distribuidas de aquella manera podría enseñarnos algo fascinante. En su lugar, lo han tendido sobre la hierba y lo han convertido en el anuncio de un servicio de inspección de parcelas con cuarzo. Después de pasarse la vida fabricando materia orgánica con luz solar, el pobre ha terminado haciendo publicidad de unas líneas que nadie ha demostrado que existan. Hay carreras vegetales que merecían un final mejor.

sábado, 24 de octubre de 2026

QUERIDAS SEÑORAS: USTEDES SE MERECEN TODOS LOS DERECHOS QUE TENÍAN CON FRANCO

 Carta abierta a tres mujeres que levantan el brazo sosteniendo una bandera franquista

Queridas señoras:

He visto una fotografía en la que aparecen ustedes tres, sonrientes, con gafas de sol, una de ellas tocada con un elegante sombrero y todas levantando el brazo derecho ante una bandera con el águila de San Juan, el escudo que presidió buena parte de la dictadura franquista. Parecen estar pasando una mañana estupenda. Y, como no hay razón para suponer que ignoran lo que llevan entre las manos, he pensado que quizá les gustaría recordar algunas de las ventajas que el régimen del general Franco reservaba a las mujeres españolas.

Permítanme que las felicite por su entusiasmo y que les proponga un programa reivindicativo a la altura de sus nostalgias. Porque eso de agitar banderas está muy bien, pero las convicciones, cuando son verdaderamente profundas, deben traducirse en propuestas concretas. Y ustedes tienen por delante un catálogo de derechos perdidos que merece la pena recuperar.

Empecemos por algo elemental: la obediencia al marido. Durante buena parte del franquismo, el Código Civil establecía que el marido debía proteger a la mujer y esta obedecer al marido. Una distribución de responsabilidades verdaderamente admirable por su sencillez. Él mandaba y ella obedecía. Se evitaban así esas discusiones matrimoniales tan desagradables en las que ambos cónyuges pretenden tener opiniones propias.

Por eso, queridas señoras, deberían exigir la recuperación de la licencia marital, aquella institución jurídica que obligaba a las mujeres casadas a obtener la autorización de sus maridos para realizar numerosos actos civiles y económicos. ¿Qué necesidad tiene una mujer de abrir una cuenta bancaria, firmar determinados contratos o disponer de sus bienes sin consultar antes al cabeza de familia? La independencia económica está sobrevalorada y, además, genera una cantidad considerable de papeleo.

Naturalmente, también habría que devolver al marido su antigua autoridad para fijar el domicilio conyugal. El artículo 58 del Código Civil obligaba a la esposa a seguirlo donde él decidiera establecer la residencia, con determinadas excepciones judiciales. Imaginen qué tranquilidad. Nada de discutir si conviene vivir en Madrid, en Cuenca o en Albacete. El marido elegía el destino y la mujer preparaba las maletas.

Pasemos al trabajo, ese invento que ha complicado extraordinariamente la existencia femenina. Durante los primeros decenios del franquismo, numerosas reglamentaciones laborales dificultaban o impedían que las mujeres casadas continuaran trabajando. En determinados sectores existía la llamada excedencia forzosa por matrimonio, una fórmula que permitía retirar a la mujer del empleo y devolverla a su ocupación natural: atender al esposo y criar a los hijos. Las reformas posteriores fueron eliminando esas restricciones, pero ustedes podrían reivindicar su restablecimiento. Al fin y al cabo, si una mujer tiene marido, ¿para qué necesita también una nómina?

Conviene recuperar asimismo las limitaciones profesionales. La Ley de 1961 todavía excluía a las mujeres de la carrera judicial y fiscal, entre otras ocupaciones. Aquella prohibición se suprimió en 1966, cuando el propio régimen reconoció que los supuestos motivos para proteger la sensibilidad femenina habían quedado superados. Una lástima. Imaginen el disgusto que debió de causar a quienes consideraban que una mujer podía soportar perfectamente los dolores del parto, pero no las responsabilidades de un juzgado.

En materia salarial también hay mucho terreno que recuperar. Aunque la legislación franquista terminó reconociendo formalmente el principio de igual retribución por trabajos de igual valor, las desigualdades laborales persistieron. Sería coherente que ustedes defendieran una remuneración inferior para las mujeres, no vaya a ser que una esposa gane más que su marido y se altere el orden natural de las cosas.

Pero donde verdaderamente brillaba aquel sistema era en la familia. El marido ocupaba una posición jurídica predominante y la patria potestad correspondía prioritariamente al padre. Las sucesivas reformas fueron desmontando aquella desigualdad. ¿No les parece una injusticia que hoy una madre pueda participar en pie de igualdad en las decisiones sobre sus hijos? ¿Qué será lo próximo? ¿Que los niños descubran que sus madres también tienen criterio?

Por supuesto, habría que recuperar la indisolubilidad del matrimonio. La dictadura derogó la legislación republicana sobre el divorcio y España no volvió a disponer de una ley de divorcio hasta 1981. Si un matrimonio fracasaba, los esposos podían separarse en determinadas circunstancias, pero no disolver el vínculo para contraer otro matrimonio. Eso sí que era defender la familia: mantener jurídicamente unidos a dos seres humanos incluso cuando ya no podían soportarse.

También deberían reclamar el regreso de los delitos de adulterio y amancebamiento, despenalizados en 1978. La legislación castigaba de forma diferente la infidelidad femenina y la masculina. Una mujer casada cometía adulterio por mantener relaciones sexuales con otro hombre; para castigar al marido por amancebamiento se exigían circunstancias específicas, como mantener una amante en el domicilio conyugal o hacerlo notoriamente fuera de él. Una magnífica demostración de que la moral podía ser universal en los sermones y bastante selectiva en los tribunales.

Y ya que hablamos de moral, no olvidemos la sexualidad. La legislación penal castigaba la difusión y comercialización de anticonceptivos hasta su reforma en 1978. El Estado consideraba oportuno intervenir en asuntos que hoy pertenecen a la intimidad de las personas. Sería estupendo recuperar aquella tutela, porque pocas cosas expresan mejor la libertad que un Gobierno decidiendo qué puede hacer una mujer con su propio cuerpo.

Las madres solteras merecen un capítulo especial. Durante el franquismo soportaron una intensa estigmatización social, agravada por la discriminación jurídica de los hijos nacidos fuera del matrimonio. La condición matrimonial de los padres determinaba diferencias en los derechos de los hijos. También aquí la democracia introdujo reformas decisivas. Qué tiempos aquellos en los que un niño podía comenzar su existencia con menos derechos por una circunstancia sobre la que no había tenido la menor posibilidad de opinar.

No quisiera terminar sin recordarles la educación femenina. La Sección Femenina de Falange desempeñó un papel fundamental en la difusión del ideal de esposa y madre abnegada. La formación doméstica, la costura, la cocina, la puericultura y las enseñanzas morales ocupaban un lugar destacado en aquel proyecto educativo, acompañado de una enseñanza habitualmente separada por sexos. Además, el Servicio Social femenino impuso a numerosas mujeres una prestación obligatoria cuyo cumplimiento era necesario para acceder a determinados empleos, títulos y trámites administrativos.

¿No sienten nostalgia? En lugar de perder el tiempo estudiando ingeniería, medicina o física nuclear, las muchachas podían prepararse para la elevada responsabilidad de conseguir que la camisa del marido estuviera impecablemente planchada. Y si alguna manifestaba inclinaciones científicas, siempre podía aplicar sus conocimientos al cálculo de las proporciones adecuadas para un buen cocido.

Queridas señoras, comprenderán que no se puede recuperar una época escogiendo solamente sus banderas, sus himnos y sus desfiles. También hay que aceptar sus leyes, sus prohibiciones y sus jerarquías. El franquismo no fue una colección de estampas antiguas con uniformes vistosos y brazos levantados. Fue una dictadura que estableció un determinado orden político, social y familiar, en el que las mujeres ocuparon durante décadas una posición jurídicamente subordinada.

Ignoro qué piensan ustedes realmente sobre el trabajo femenino, el divorcio, la independencia económica o la igualdad ante la ley. Una fotografía no permite averiguarlo. Tal vez defiendan todos esos derechos y consideren perfectamente compatible hacerlo con la exhibición de símbolos franquistas. En ese caso, la contradicción histórica merecería, cuando menos, alguna explicación.

Porque, si lo que desean recuperar es la España de Franco, quizá deberían comenzar por formular sus reivindicaciones con la claridad que merece una causa tan importante:

¡Queremos volver a necesitar permiso de nuestros maridos para trabajar, contratar y administrar nuestros bienes! ¡Queremos que ellos decidan dónde vivimos! ¡Queremos recuperar las restricciones profesionales, la desigualdad familiar y la autoridad marital! ¡Queremos que el Estado vuelva a decidir sobre nuestra sexualidad y nuestro matrimonio! ¡Queremos educar a nuestras hijas para obedecer y servir!

Y, sobre todo, queridas señoras, no olviden la reivindicación que resume admirablemente todo el programa:

¡PORQUE NO QUEREMOS DECIDIR SOBRE NUESTRAS VIDAS!

¡QUEREMOS QUE DECIDAN POR NOSOTRAS!

Reciban un cordial saludo y mis mejores deseos. Eso sí, si consiguen recuperar íntegramente aquel ordenamiento jurídico, recuerden pedir autorización a sus maridos antes de responder a esta carta. No vaya a ser que tanta independencia termine por estropearles la nostalgia.