La primera avioneta apareció
sobre el estrecho poco después de las tres de la tarde, blanca, pequeña, con
ese aspecto inofensivo de aparato alquilado para fumigar naranjales o llevar
turistas a las Bahamas. Desde tierra apenas parecía más peligrosa que una
gaviota. Pero en los radares cubanos llevaba años siendo otra cosa: una
provocación periódica, un mosquito político que zumbaba sobre La Habana dejando
caer octavillas, insultos y amenazas. Los hombres de “Hermanos al Rescate”
decían que salvaban balseros. En Miami los llamaban héroes. En La Habana los
llamaban piratas.
Aquella tarde de febrero de 1996,
el cielo sobre el Caribe tenía el color metálico de las tormentas lejanas. Los
pilotos hablaban por radio con la despreocupación teatral de quienes saben que
alguien los escucha. Reían. Uno de ellos dijo algo sobre “dar otra vuelta”.
Otro mencionó el Malecón.
En una sala del Ministerio de las
Fuerzas Armadas cubanas, varios oficiales y el ministro Raúl Castro seguían el
trayecto sobre una pantalla verde donde los puntos luminosos parecían insectos
atrapados dentro de una botella. Nadie gritaba. Nadie necesitaba hacerlo. Cuba
llevaba décadas viviendo dentro de un estado de alarma permanente, y la
burocracia del miedo tiene una cualidad curiosa: funciona en voz baja.
Después despegaron los MiGs
cubanos.
En Miami todavía era mediodía
cuando las cadenas comenzaron a interrumpir la programación. Primero llegaron
rumores confusos: una pérdida de contacto, una señal desaparecida, llamadas
entrecortadas. Luego aparecieron las imágenes. Unas manchas de humo sobre el
agua. Pedazos flotando en el estrecho. Una zapatilla. Un asiento arrancado. Un
chaleco salvavidas balanceándose entre las olas como si alguien invisible
siguiera respirando dentro.
Los presentadores empezaron a
hablar más despacio. Ese tono grave y patriótico que en la televisión americana
anuncia funerales o guerras. “Han derribado aviones civiles estadounidenses”.
Todavía no había terminado de hundirse el segundo aparato cuando Washington ya
había encontrado el vocabulario adecuado. “Asesinato”. “Terrorismo”. “Ataque
deliberado”. Las palabras llegaron antes que las pruebas, como suele ocurrir
cuando un imperio necesita ordenar emocionalmente los hechos.
En los bares de la Calle Ocho la
gente golpeaba las mesas. Viejos exiliados lloraban frente a las cámaras.
Congresistas cubanoamericanos exigían represalias inmediatas. Un senador habló
de “un acto de guerra”. Otro dijo que el régimen cubano “había cruzado una
línea roja”. Nadie parecía interesado en discutir dónde estaban exactamente las
avionetas cuando fueron alcanzadas.
Lo importante era la imagen.
Cuatro hombres muertos sobre el mar. Un enemigo reconocible. Y una nación
herida mirando televisión.
Treinta años después, Donald
Trump descubrió que aquella escena seguía intacta, como una vieja herramienta
guardada en un cajón. Bastaba sacudirle el polvo. Venezuela había servido de
ensayo: primero se construye el retrato criminal del adversario; luego se habla
de narcotráfico, terrorismo, protección de ciudadanos americanos, amenaza
hemisférica; finalmente se presenta cualquier intervención como una obligación
moral. El lenguaje cambia poco. Sólo cambian los nombres de los dictadores.
Raúl Castro —un anciano de
noventa y tantos años escondido entre uniformes verde oliva y retratos
descoloridos de la revolución— apareció de pronto transformado en una especie
de Pablo Escobar tropical. La acusación judicial estadounidense sonaba menos a
derecho internacional que a tráiler de Netflix: conspiración, asesinato,
derribo de aeronaves civiles, sangre americana sobre aguas internacionales.
Washington no hablaba todavía de
invasión. Los imperios modernos ya no utilizan esa palabra. Hablan de
operaciones limitadas, restauración democrática, captura de criminales,
coaliciones internacionales. Pero el mecanismo emocional era idéntico al de siempre:
fabricar una indignación lo bastante intensa para que cualquier respuesta
parezca razonable.
Y entonces, inevitablemente, Cuba
empezó a parecerse otra vez a 1898. Porque hay historias que regresan como
regresan los huracanes: con nombres distintos pero trayectorias familiares.
La noche del 15 de febrero de
1898 tampoco había luna sobre la bahía de La Habana. Un navío de guerra, el USS
Maine descansaba frente al puerto español iluminado apenas por algunas
lámparas amarillas y el resplandor aceitoso de los carbones. Los marineros
jugaban a las cartas, fumaban, escribían cartas aburridas a casa. La guerra
todavía no existía oficialmente, aunque llevaba meses creciendo en los
periódicos de Nueva York como una fiebre tropical.
Naufragio del USS Maine, 1898. Fuente Wikipedia.
A las 21:40 llegó la explosión. Primero
un estruendo sordo, interior, casi telúrico. Después una llamarada gigantesca
que abrió el casco como una lata golpeada con un hacha. El acero salió
despedido por el aire. Algunos cuerpos cayeron al agua ya muertos; otros ardían
todavía mientras flotaban entre restos de madera y carbón.
La Habana entera escuchó el
ruido. Los cristales temblaron en las casas coloniales. Los caballos se
encabritaron. Durante unos segundos nadie entendió nada. Luego comenzaron los
gritos desde el puerto.
El Maine, el orgullo naval
americano, se estaba hundiendo. Murieron más de doscientos sesenta hombres. Y
casi inmediatamente murió también la prudencia.
Porque en Estados Unidos la
pregunta no fue qué había ocurrido, sino quién debía pagar por ello. William
Randolph Hearst y Joseph Pulitzer transformaron la tragedia en una maquinaria
de furia patriótica. Los periódicos imprimieron dibujos imaginarios de minas
submarinas españolas. Inventaron conspiraciones. Fabricaron certezas. Hearst
entendió antes que nadie que una guerra moderna no empieza con disparos, sino
con titulares suficientemente grandes.
“¡Recordad el Maine! ¡Al infierno
con España!”
La frase apareció en carteles,
canciones, tabernas, mítines políticos y vasos de whisky. Era un eslogan
perfecto porque convertía la duda en emoción pura. No importaba que las
investigaciones posteriores sugirieran una explosión interna causada probablemente
por un incendio en las carboneras del barco.
La verdad técnica tenía menos
fuerza narrativa que una traición española. Y además Estados Unidos necesitaba
Cuba. Eso era lo esencial. Necesitaba el Caribe. Necesitaba una guerra breve.
Necesitaba demostrar que el siglo XX le pertenecía antes incluso de que
empezara.
España era vieja, pobre y estaba
lejos del futuro. Estados Unidos era joven, industrial y estaba aprendiendo que
los imperios modernos no siempre conquistan territorios: a veces conquistan
relatos. Igual que ahora.
Porque más de un siglo después,
las imágenes vuelven a repetirse con inquietante precisión: aviones derribados,
ciudadanos estadounidenses muertos, televisión indignada, congresistas
exigiendo justicia, presidentes hablando de libertad, periódicos buscando
culpables antes que pruebas.
El decorado cambia, pero el guion sigue oliendo a pólvora mojada y tinta de imprenta.






