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domingo, 15 de marzo de 2026

LA ENERGÍA QUE EL “ELECTROESTADO” CHINO ALMACENA EN SILENCIO

 

Estados Unidos trabaja en erosionar la red de soporte internacional tejida por China en los últimos 20 años, aprovechando la ventaja de Washington como líder mundial de la energía sucia, pero el gigante asiático tiene la despensa llena de petróleo desde antes de comenzar el conflicto iraní.

El concepto “electroestado” es un término reciente utilizado por algunos analistas de geopolítica y energía para describir a un país cuya base de poder económico, industrial y estratégico descansa en el dominio de la electricidad, especialmente la producida mediante energías renovables y tecnologías electrificadas. El término se ha aplicado a China, porque su estrategia industrial y energética está orientada a sustituir progresivamente la dependencia de combustibles fósiles por un sistema económico basado en la electricidad.

Mientras Occidente entra en pánico ante la posibilidad de que el barril supere los 110 dólares, en Pekín reina una calma inquietante. El gigante asiático observa la crisis con la frialdad de quien lleva años preparándose para ella. Durante meses el debate energético global giró en torno al exceso de oferta, pero el verdadero ganador de esta tormenta no está disparando misiles ni desplegando portaaviones: lleva tiempo llenando depósitos de crudo en silencio.

La geopolítica mundial saltó por los aires a pocas semanas de la esperada cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping. Los ataques coordinados de Estados Unidos e Israel —bautizados como “Operación Furia Épica”— culminaron con el asesinato del líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei. La respuesta de Teherán fue inmediata: una lluvia de misiles y drones contra aliados estadounidenses en la región. La política interna se asentó sustituyendo rápidamente al líder asesinado por su hijo.

El impacto más inmediato se sintió en el agua. El estrecho de Ormuz, por donde circulan unos veinte millones de barriles diarios —aproximadamente el 20% del petróleo mundial—, ha quedado bloqueado de facto. Las tarifas para contratar superpetroleros en la ruta del Golfo a Asia se han disparado y las aseguradoras han elevado las primas de riesgo de guerra. El mercado ha reaccionado con nerviosismo.

Sobre el papel, la crisis debería ser una pesadilla para Xi Jinping. China es el mayor importador de petróleo del planeta y depende del exterior para cerca de tres cuartas partes de su consumo. La estrategia estadounidense parece clara: presionar a los productores que alimentan la maquinaria industrial china con crudo barato.

La ofensiva comenzó antes. A principios de este año, la captura militar de Nicolás Maduro inauguró lo que algunos analistas han bautizado como la “Doctrina Donroe”: el intento de Washington de dominar el mapa energético global. Si Estados Unidos lograra integrar la producción venezolana con la suya propia y con la de Guyana, podría controlar alrededor del 30% de las reservas mundiales.

En teoría, eso debería haber golpeado directamente a Pekín. El petróleo venezolano representaba aproximadamente el 4% de sus importaciones marítimas. Pero la geología y la realidad industrial han frenado el entusiasmo estratégico de Washington. La infraestructura venezolana está tan deteriorada que cargar un superpetrolero puede tardar cinco días, y el crudo llega tan contaminado que varias refinerías asiáticas han cancelado pedidos. Recuperar el sector requeriría inversiones cercanas a los 10 000 millones de dólares anuales durante una década.

La crisis iraní tampoco ha sido menor. China compró el año pasado alrededor del 80% de las exportaciones marítimas de crudo iraní —unos 1,38 millones de barriles diarios—, lo que supone más del 13% de sus importaciones marítimas totales. Durante años, Pekín aprovechó el petróleo sancionado y barato de Irán y Venezuela para alimentar su competitividad industrial. Perder ambos suministros habría sido un golpe serio. Las refinerías independientes chinas —las llamadas “teteras” de la provincia de Shandong— habrían tenido que acudir al mercado abierto, mucho más caro, importando inflación y frenando el crecimiento.

Sin embargo, si los analistas occidentales esperaban ver a China arrinconada, se equivocaban. Pekín lleva años anticipando un escenario de aislamiento energético y ha construido un plan de cuatro pilares para amortiguar crisis como la de Ormuz.

El primero fue el almacenamiento. Mientras en 2025 el mundo temía un exceso de oferta petrolera, China compraba discretamente millones de barriles adicionales. El año pasado gastó unos 10 000 millones de dólares en adquirir 150 millones de barriles que no necesitaba de inmediato, absorbiendo más del 90% de la capacidad de almacenamiento comercial disponible en el planeta. Gracias a una nueva ley energética que obliga a empresas públicas y privadas a mantener reservas, el país dispone hoy de existencias equivalentes a unos tres meses de importaciones.

El segundo pilar es la producción doméstica. Bajo la bandera de la seguridad nacional, China invierte cerca de 80 000 millones de dólares al año en sus campos petroleros estatales. En marzo de 2025 alcanzó un pico de producción de 4,6 millones de barriles diarios y completó la perforación del pozo petrolero más profundo de Asia, con más de diez kilómetros de profundidad. El objetivo no es la rentabilidad inmediata, sino reducir la vulnerabilidad estratégica.

El tercer movimiento ha sido geográfico. Con Irán y Venezuela debilitados, Pekín ha girado hacia Rusia y Arabia Saudí. Las refinerías chinas están absorbiendo volúmenes récord de crudo ruso, mientras Riad ha reducido el precio oficial de su petróleo para ganar cuota en Asia. El resultado es un flujo creciente de barriles hacia los puertos chinos justo cuando otras rutas energéticas se vuelven inciertas.

El cuarto pilar es, paradójicamente, salir del petróleo. China está acelerando su transición energética con una lógica claramente estratégica. El año pasado los vehículos eléctricos representaron aproximadamente la mitad de las ventas de automóviles nuevos en el país. Al mismo tiempo, el nuevo plan quinquenal impulsa una expansión masiva de la energía solar y eólica: solo en un año se añadieron más de 430 gigavatios de capacidad renovable. A diferencia del petróleo que cruza Ormuz, la luz del sol no puede ser bloqueada por una flota militar.

Estados Unidos está asumiendo enormes riesgos militares para dominar los puntos de estrangulamiento del petróleo del siglo XX. Occidente teme un repunte inflacionario que golpee directamente a los consumidores. Pero a miles de kilómetros del caos de Oriente Medio, el tablero energético se ve de otra manera.

China domina ya cerca del 74% de la fabricación mundial de tecnologías renovables y ha utilizado durante años el petróleo barato para financiar su propia transición energética. Mientras el mundo discute sobre barriles atrapados en aguas turbulentas, Pekín observa desde la distancia con los depósitos llenos.

El concepto “electroestado” parte de un contraste histórico. Durante el siglo XX, el poder internacional estuvo muy ligado a los llamados “petroestados”, países que dominaban reservas de petróleo o controlaban las rutas del crudo. En el siglo XXI, según esta interpretación, el poder podría desplazarse hacia los países que controlen la generación eléctrica barata y las tecnologías que la utilizan. En ese sentido, China reúne varias características que explican el término:

Produce cerca de tres cuartas partes de los paneles solares y componentes renovables del mundo.

Es el mayor fabricante de baterías y vehículos eléctricos.

Instala más capacidad solar y eólica cada año que cualquier otro país.

Ha construido una enorme red eléctrica nacional y sistemas de almacenamiento energético.

El objetivo estratégico es claro: sustituir gradualmente la dependencia del petróleo importado por un sistema basado en electricidad doméstica abundante, generada por renovables, nuclear e hidroeléctrica. En ese marco, el “electroestado” no se define solo por producir electricidad, sino por dominar toda la cadena tecnológica de la electrificación: generación, redes, baterías, vehículos, industria y almacenamiento. Según muchos analistas que usan el término, esto podría dar a China en el siglo XXI una posición comparable a la que tuvieron los grandes productores de petróleo en el siglo XX.

Las guerras energéticas rara vez se deciden en el momento del estallido. Se ganan mucho antes, en silencio, cuando nadie está mirando. Y en esta crisis, China parece haber llegado preparada.

EL HOMBRE QUE CAMBIÓ EL AK-47 POR LA CORBATA

 


Una transición bajo vigilancia: Siria intenta renacer tras la caída de Bashar al Asad.

Subió al atril de la Asamblea General de Naciones Unidas con un traje de raya diplomática, corbata roja, un pulcro peinado y una barba bien cuidada. Desde allí, el actual presidente de Siria, Ahmed al Sharaa, pronunció su discurso con semblante sereno y un tono moderado, casi académico. Pocos habrían reconocido en ese hombre a Abu Mohammad al-Julani, el antiguo líder de Jabhat al Nusra, la rama siria de Al Qaeda, durante años uno de los yihadistas más buscados del planeta.

La escena tenía algo de parábola política. Durante más de una década, el nombre de Julani estuvo asociado a las milicias islamistas que combatieron en la guerra civil siria. Jabhat al Nusra surgió en 2012 como filial de Al Qaeda y se convirtió en una de las fuerzas insurgentes más eficaces contra el régimen de Bashar al Asad. Años después, tras sucesivas mutaciones organizativas y estratégicas, aquella milicia acabaría integrándose en Hayat Tahrir al Sham, el movimiento que terminaría dominando gran parte del noroeste sirio. Cuando el régimen de Damasco colapsó en diciembre de 2024 tras una ofensiva rebelde fulminante, Julani —ya bajo su nombre civil Ahmed al Sharaa— emergió como el hombre fuerte del nuevo país. Hoy es presidente.

Al Sharaa aseguró en su discurso que Siria ha emprendido profundas transformaciones tras la huida de Al Asad. «Desde el mismo momento en que cayó el régimen anterior, establecimos una política estratégica clara construida sobre tres pilares: diplomacia equilibrada, seguridad y estabilidad, y desarrollo económico», afirmó. «Estamos construyendo instituciones y leyes que garanticen los derechos de todos sin excepción».

En el plano internacional, su gobierno ha cosechado algunos éxitos notables. Estados Unidos, Naciones Unidas y varios países occidentales han levantado progresivamente sanciones que durante años asfixiaron la economía siria. Al Sharaa ha visitado el Kremlin y también el Despacho Oval, convirtiéndose en el primer presidente sirio en hacerlo. En términos diplomáticos, Siria ha dejado de ser un Estado paria.

Pero dentro del país la historia es más compleja. Un año después de la caída del régimen, Naciones Unidas ofrece un balance ambivalente. Desde la oficina de Derechos Humanos reconocen algunos avances: la creación de comisiones nacionales de justicia transicional y de búsqueda de desaparecidos, o la celebración de unas elecciones preliminares para elegir un Parlamento provisional. Son señales de institucionalización en un país que durante décadas estuvo dominado por un aparato de seguridad omnipresente.

Al mismo tiempo, persisten sombras inquietantes. «Continuamos recibiendo denuncias preocupantes de ejecuciones sumarias, asesinatos y abducciones arbitrarias, a menudo dirigidas contra miembros de comunidades acusadas de afinidad con el antiguo gobierno», advertía recientemente Thameen Al Kheetan, portavoz de la oficina de derechos humanos de la ONU.

La violencia contra la comunidad alauí —la minoría chií a la que pertenecía la familia Asad— reavivó este año uno de los mayores temores desde el colapso del régimen: el riesgo de que Siria derive hacia un conflicto sectario. En marzo, hombres armados, muchos afiliados a Hayat Tahrir al Sham, llevaron a cabo ataques coordinados en más de treinta localidades alauíes, con cientos de muertos.

No fue el único episodio. En verano, enfrentamientos en la ciudad drusa de Suweida dejaron alrededor de 1 200 muertos y miles de desplazados. La violencia ha reabierto heridas profundas y ha recordado a muchos el origen yihadista del propio presidente. Otros, simplemente, dudan de su capacidad para controlar a las facciones más radicales de su movimiento o a sectores indisciplinados de unas fuerzas armadas aún en proceso de reorganización.

Las sospechas recaen también sobre la propia genealogía política del nuevo poder. Hayat Tahrir al Sham, el movimiento que hoy domina el aparato estatal, nació de la antigua red insurgente vinculada a Al Qaeda. Aunque Al Sharaa insiste en que su proyecto político ha evolucionado hacia un modelo nacionalista y pragmático, la memoria de esa procedencia sigue pesando.

Mientras tanto, la nueva Siria afronta una tarea colosal: reconstruir un país devastado. Según estimaciones del Banco Mundial, la guerra provocó una caída del 53 % del PIB sirio entre 2010 y 2022. La destrucción material es inmensa. Las infraestructuras básicas —agua potable, electricidad, hospitales, transporte— representan cerca del 48 % de los daños totales. A ello se suman ciudades enteras reducidas a escombros. El coste estimado de la reconstrucción asciende a unos 216 000 millones de dólares.

Para el gobierno de Damasco, esa es ahora la prioridad absoluta. Pero el desafío es descomunal. El Banco Mundial calcula que los costes de reconstrucción superan en diez veces el PIB proyectado de Siria para 2024. Al Sharaa ha firmado acuerdos de inversión con varios países de la región. Las petromonarquías del Golfo —Arabia Saudí y Catar— han prometido fondos para infraestructuras, mientras que Turquía participa en proyectos de transporte y energía. Aun así, el horizonte sigue siendo incierto y cualquier estallido de violencia interna podría ralentizar los avances.

El coste humano de la guerra sigue siendo aún más devastador. Entre 300 000 y 470 000 personas murieron en el conflicto. Más de seis millones huyeron al extranjero y once millones fueron desplazadas dentro del país. Tras catorce años de guerra, Siria está profundamente desestructurada socialmente. Hoy, cerca del 90% de la población vive por debajo del umbral de la pobreza.

Aun así, la caída del régimen de Asad abrió una ventana de esperanza. Según datos de ACNUR, entre diciembre de 2024 y junio de 2025 más de un millón de refugiados sirios regresaron al país. Muchos volvieron a ciudades irreconocibles, barrios convertidos en montañas de hormigón roto y campos abandonados.

La euforia inicial por el final de una dictadura de décadas ha ido dando paso a un sentimiento más prudente. La reconstrucción será larga, los fantasmas del pasado siguen presentes y la nueva Siria deberá aprender a caminar sobre un terreno político frágil. Incluso las amenazas externas —la más reciente, la tensión con Israel— añaden presión a una transición que todavía está lejos de consolidarse.

Quizá por eso la imagen del presidente en Naciones Unidas resulta tan simbólica. El hombre que durante años fue conocido como Abu Mohammad al Julani —combatiente islamista, líder insurgente, comandante de milicia— aparece ahora vestido con traje oscuro y corbata diplomática ante el mundo.

Cambió el AK-47 por la corbata. Pero Siria aún tiene que demostrar que también ha cambiado de destino.

HEZBOLÁ, EL PARTIDO DE DIOS

 

Las banderas de Hezbolá ondean en el sur de Beirut

La huida de sus hogares de cientos de miles de civiles libaneses no es un simple daño colateral del enfrentamiento militar de Estados Unidos e Israel con Irán, sino que supone un nuevo y trágico fracaso en el respeto al derecho internacional y un peligroso factor de desestabilización para un país de cinco millones de habitantes, muy fragmentado política y religiosamente, que no acaba de sacudirse el estigma de la guerra.

La población libanesa es rehén del nuevo enfrentamiento a gran escala entre Hezbolá e Israel, que no parecen tener miramiento alguno con una ciudadanía extenuada tras años de hostilidades. Esta vez, al control férreo de los milicianos islamistas se le suman las órdenes israelíes de evacuación, que vulneran claramente el derecho internacional humanitario. Si la milicia se opone al desplazamiento forzoso de civiles no es por cuestiones morales sino porque pierde una cobertura de la que se ha aprovechado durante décadas.

Ocho países en el mundo entre ellos Estados Unidos han incluido a toda la organización de Hezbolá o Hizbulá dentro de la lista de grupos terroristas. Otros, como los veintiocho de la Unión Europea, Australia o Argentina lo han hecho solo con el brazo armado. No obstante, el propio Hezbolá no establece diferencia entre sus distintas ramas y la consideran parte de un todo. Para muchos observadores, la compleja organización a veces parece un “estado dentro de un Estado”. Quizá por eso se ha convertido en un actor de vital importancia en toda la región: forma parte del llamado “creciente chií”.

Desde sus inicios, el movimiento ha mantenido un gran secretismo sobre sus estructuras. Hezbolá, que en árabe significa el Partido de Dios, surgió en un contexto de guerra civil como el gran movimiento de protección de la comunidad chií libanesa bajo el patrocinio del Irán del ayatolá Jomeini. Treinta y cuatro años después, la organización libanesa se ha convertido en un actor determinante en la vida del país.

Su origen se fecha en 1982, como resultado de la unión de varios grupos religiosos chiís de Líbano, la mayoría de ellos financiados por Irán, y la incorporación de algunos desencantados del popular y más moderado grupo chií, Amal. Sin embargo, no se formalizó hasta que en febrero de 1985 estos grupos publicaron la “Carta Abierta a los Oprimidos en el Líbano y el Mundo” en la que afirmaba que su razón de ser era la expulsión de los ocupantes israelíes de Líbano, Palestina y Jerusalén. El manifiesto se revisó en 2009 para eliminar la parte que reclamaba un Estado islámico y afirmar el compromiso de Hezbolá de trabajar dentro del marco de un Estado libanés multisectario, dando lugar al autoproclamado Partido de Dios.

Desde su creación, Hezbolá ha mantenido tres pilares ideológicos que inspiran sus decisiones estratégicas: La resistencia contra Israel, el Islam como sistema absoluto y la obediencia al líder espiritual de Irán (Waly al Faquih) que en sus inicios fue el ayatolá Jomeini y ahora es Alí Jamenei hijo. La organización fue asesorada y formada por las tropas de élite de Irán, los Guardianes de la Revolución, y aún siguen recibiendo su asesoramiento, entrenamiento y apoyo. De hecho, el escudo de Hezbolá y el de las tropas de elite iraní guardan una gran similitud.

La cadena de mando del Partido de Dios está construida a modo y manera de la iraní. Los máximos dirigentes forman el Consejo Consultivo, compuesto por siete miembros, la mayoría de ellos clérigos formados en escuelas coránicas chiíes de Irán e Irak. Entre ellos hay un primus inter pares, el secretario general, con atribuciones especiales, y un vicesecretario general. De este Consejo dependen todas las decisiones estratégicas y sólo rinde cuentas al líder espiritual de Irán, aunque en la práctica lo combina con su propia hoja de ruta doméstica.

Bajo el Consejo Consultivo se organiza un Departamento político y administrativo que coordina a cinco consejos —el judicial, el parlamentario, el ejecutivo, el ‘politburó’ y el de la ‘Jihad’—con atribuciones en las respectivas materias.

La mayor fuerza de Hezbolá reside en el fuerte apoyo social con el que cuenta. En buena medida, esa influencia la logra por su capacidad de ofrecer las asistencias propias de un Estado allí donde no llega (o no se lo permiten) el Estado libanés. Los beneficiados son las clases más humildes, nutridas en su mayoría por chiíes. Allí, su presencia política, social o militar es constante y tenaz.

La organización tiene escuelas, hospitales, centros de salud, cadenas de televisión y servicios policiales con los que ofrece asistencia a los sectores de la población que habitan los territorios que dominan. Por eso se acostumbra a calificar a Hezbolá como un “estado paralelo”, que, como si fueran ministerios, se organiza en ocho unidades (social, sanitaria, educación, sindical, finanzas, relaciones exteriores, información y coordinación) desplegadas en tres regiones: los suburbios de Beirut, el Valle de la Beqaa y el sur de Líbano.

Ver Hezbolá en un mapa más grande

Hezbolá cuenta con un Consejo Militar que solo rinde cuentas al Consejo Consultivo, y que coordina otras dos estructuras: un órgano de seguridad interna y un ejército miliciano llamado Resistencia Islámica. El órgano de seguridad interna actúa como una suerte de servicio secreto tentacular. Su composición es alto secreto y la desconocen incluso para algunos mandos de máximo nivel de la organización. Según varios autores, depende directamente del secretario general de Hezbolá, actualmente Naim Qassem.

La Resistencia Islámica es el poderoso ejército guerrillero de la organización. Ha sido la única fuerza militar capaz de plantar cara a Israel desde que las tropas jordanas llegaran a las puertas de Jerusalén en 1948. Lo hizo en la guerra de Líbano de 2006, que terminó con la retirada israelí. Se desconoce el número de milicianos con los que cuenta. Según el Gulf Research Centre de Catar, entre 6.000 y 15.000 milicianos. Según la agencia de noticias iraní Fars, son más de 65.000. Realmente es difícil de saber ya que ambas cifras proceden de fuentes interesadas.

La Resistencia Islámica es disciplinada y altamente cualificada. Maestra en la guerra de guerrillas, cuenta con todo tipo de batallones y divisiones, desde soldados rasos o francotiradores entrenados por Irán, a divisiones especializadas en el lanzamiento de misiles y cohetes. La organización cuenta además con un sofisticado armamento que consigue adaptar a las circunstancias. Desde cohetes Katyusha (una versión del Grad) hasta misiles Fajr-3, Fadjr 5 y Zelzal 1 de fabricación iraní, con un alcance de 150 kilómetros.

Junto con Irán, Hezbolá es uno de los actores que conforman lo que algunos expertos han llamado ‘el “creciente chií”. Aunque la organización trata de marcar independencia en cuestiones estratégicas y apuesta más por la “agenda doméstica”, su obediencia al líder supremo iraní le compromete en estrategia regional con Irán, su gran patrocinador.

El cordón umbilical que le une a Teherán era la desaparecida Siria de Asad, socio y aliado que le concedía una continuidad territorial entre Irán y Líbano. De ahí que el compromiso de la organización en la guerra siria fuera también una cuestión de supervivencia. Con la caída del régimen de Bachar Al Asad, ese vínculo tan estrecho ha mermado mucho y la relación ha enfrentado tensiones recientes y cambios significativos.

A principios de 2026 han surgido enfrentamientos directos en la zona fronteriza sirio-libanesa, con el ejército sirio tomando medidas contra el contrabando y milicianos de Hezbolá en áreas como Al-Qusayr. En marzo de 2026, el ejército sirio ha acusado a Hezbolá de disparar proyectiles contra su territorio. A pesar de estos choques de intereses en la frontera, ambos siguen siendo parte de la alianza estratégica contra Israel en la región.

lunes, 9 de marzo de 2026

LA ISLA DEL TESORO NEGRO

 

Hay lugares diminutos que pesan más que muchos países. En la geografía estratégica del petróleo existe uno de esos puntos casi invisibles en el mapa: la isla de Kharg. Apenas mide unos ocho kilómetros de largo y está situada en el Golfo Pérsico, a unos treinta kilómetros de la costa de Irán. Vista desde un satélite parece una mancha alargada en el agua. Sin embargo, en determinados momentos de tensión internacional, ese pequeño pedazo de tierra puede influir en el precio del petróleo en todo el planeta y convertirse en una pieza clave en los cálculos militares de las grandes potencias.

La explicación es sencilla y, al mismo tiempo, profundamente reveladora de cómo funciona la economía energética global. Kharg es el principal terminal de exportación de petróleo de Irán. Durante décadas ha sido el punto por el que sale al mar la mayor parte del crudo iraní destinado a los mercados internacionales. Algunas estimaciones sitúan en torno al noventa por ciento del petróleo exportado por Irán el volumen que pasa por sus instalaciones. En otras palabras, es el gran grifo energético del país.

La isla se encuentra en el norte del Golfo Pérsico, relativamente cerca de la costa iraní y también de las principales rutas marítimas por las que circulan los petroleros hacia el estrecho de Ormuz. Esa proximidad geográfica tiene una lógica histórica. Irán desarrolló allí sus terminales porque las aguas profundas permiten la llegada de superpetroleros y porque desde el interior del país pueden llegar fácilmente los oleoductos que transportan el crudo desde los grandes campos petrolíferos del suroeste, especialmente los de la provincia de Juzestán.

Antes de convertirse en una pieza clave del sistema energético mundial, Kharg tenía una historia mucho más modesta. Durante siglos fue un enclave pequeño, conocido por sus palmerales y por su posición estratégica en las rutas comerciales del Golfo. En el siglo XVIII fue ocupada por comerciantes holandeses y más tarde pasó a estar bajo control persa. Su verdadero salto a la geopolítica internacional llegó con el auge de la industria petrolera en el siglo XX.

Cuando el petróleo se convirtió en el motor energético del mundo industrial, Irán —entonces Persia— empezó a desarrollar infraestructuras para exportar grandes volúmenes de crudo. Kharg ofrecía varias ventajas: un fondeadero natural adecuado para buques de gran tamaño, una distancia relativamente corta hasta los campos petrolíferos y una posición protegida dentro del Golfo. A partir de los años cincuenta y sesenta la isla comenzó a transformarse en un gigantesco complejo industrial, con enormes tanques de almacenamiento, terminales de carga y sistemas de bombeo capaces de llenar en pocas horas las bodegas de los petroleros.

La revolución iraní de 1979 y la posterior guerra entre Irán e Irak situaron definitivamente a Kharg en el centro del tablero estratégico. Durante la llamada “guerra de los petroleros” en los años ochenta, Irak bombardeó repetidamente la isla con el objetivo de paralizar las exportaciones iraníes. La lógica militar era evidente: si se golpea el punto por el que sale el petróleo, se golpea la principal fuente de ingresos del adversario.

Los ataques fueron intensos y la infraestructura sufrió daños importantes, pero Irán logró mantener la instalación operativa durante buena parte del conflicto. Aquellos episodios dejaron una lección muy clara para los estrategas energéticos: en el mercado petrolero global existen nodos extremadamente sensibles. Kharg es uno de ellos.

El petróleo funciona como una red gigantesca de tuberías, refinerías, puertos y rutas marítimas. En esa red hay puntos que concentran grandes volúmenes de flujo. Cuando uno de esos puntos se ve amenazado o interrumpido, el impacto se transmite inmediatamente al mercado internacional. No es necesario que se corte el suministro de manera efectiva. Basta con que exista la posibilidad de una interrupción para que los precios reaccionen.

La isla de Kharg es un ejemplo perfecto de ese fenómeno. Si su terminal quedara fuera de servicio, incluso temporalmente, una parte significativa del petróleo iraní desaparecería del mercado. Irán es uno de los grandes productores de hidrocarburos del planeta. Una reducción súbita de sus exportaciones generaría tensiones en el suministro global, especialmente en un contexto donde la demanda energética sigue siendo elevada.

Los mercados del petróleo reaccionan con gran sensibilidad a estos riesgos. Los operadores financieros no esperan a que se produzca un ataque o una interrupción física. El simple aumento de la incertidumbre ya provoca movimientos en el precio del crudo. Cuando la estabilidad de una infraestructura estratégica como Kharg se pone en duda, el mercado incorpora ese riesgo en las cotizaciones.

Esto explica por qué, en momentos de crisis en Oriente Medio, los analistas energéticos miran con atención lugares que apenas aparecen en los atlas escolares. Un archipiélago, un estrecho marítimo o una pequeña isla industrial pueden tener un efecto desproporcionado sobre la economía global.

Kharg no es solo un punto de exportación. También es una especie de válvula de presión geopolítica. Para Irán, la isla representa la conexión directa entre su riqueza petrolera y los mercados internacionales. Para sus adversarios potenciales, es un objetivo que podría debilitar seriamente la economía iraní si llegara a ser neutralizado.

En los debates estratégicos que se producen en Washington, Tel Aviv o las capitales del Golfo, Kharg aparece con frecuencia como una pieza clave en escenarios de conflicto. Controlar la isla —o impedir su funcionamiento— equivaldría a intervenir directamente en el flujo de ingresos del Estado iraní. En un sistema internacional donde los hidrocarburos siguen siendo un factor central de poder, ese control tendría implicaciones enormes.

Pero también existen riesgos evidentes. Atacar o ocupar una instalación petrolera de esa magnitud podría desencadenar una escalada militar de consecuencias imprevisibles. Además, la interrupción prolongada de las exportaciones iraníes tendría efectos en los precios mundiales del petróleo, algo que afectaría tanto a países importadores como a productores.

Por esa razón, Kharg se ha convertido en un símbolo de las fragilidades del sistema energético global. El mundo consume decenas de millones de barriles de petróleo cada día, pero una parte significativa de ese flujo depende de infraestructuras concentradas en puntos muy concretos del mapa.

En términos físicos, Kharg es una isla pequeña, casi insignificante. En términos estratégicos, es una de las bisagras del mercado petrolero internacional. Su tamaño reducido no impide que concentre una enorme capacidad de carga y almacenamiento. Desde sus terminales parten petroleros que transportan millones de barriles hacia Asia, Europa y otros mercados.

Por eso, cuando las tensiones geopolíticas aumentan en el Golfo Pérsico, la isla vuelve a aparecer en los informes de los analistas energéticos. No es solo una cuestión militar. Es también un indicador del equilibrio entre oferta y demanda en el sistema energético mundial.

La paradoja es evidente. En un planeta que se mueve a escala continental, donde los flujos comerciales atraviesan océanos y los mercados financieros operan en tiempo real, un territorio de ocho kilómetros puede adquirir una relevancia desproporcionada. La isla de Kharg demuestra que la geografía sigue teniendo un peso decisivo en la política internacional. 

A veces la historia se decide en lugares muy pequeños. Y en el caso del petróleo, esos lugares suelen estar rodeados de agua, tuberías y barcos cargados de crudo que parten hacia el resto del mundo.

SIN BOTAS SOBRE EL TERRENO

 

El fin de la Guerra Fría trajo unos años de euforia. Parecía que el bien —la democracia liberal y el capitalismo de mercado— había ganado la partida para siempre. Incluso hubo quien proclamó que la historia había terminado. Lo escribió Francis Fukuyama en un libro de 1992 que se hizo famosísimo y que hoy se recuerda sobre todo por lo espectacularmente equivocado de sus pronósticos, lo cual es una desgracia considerable en un libro dedicado a hacer pronósticos.

Ese mismo año Estados Unidos se metió en la guerra de Somalia. El desembarco fue casi cinematográfico: marines llegando a la playa bajo las luces de los focos y con las cámaras de la CNN retransmitiendo en directo. Aquello parecía el comienzo de una misión humanitaria ejemplar. Como tantas veces en política internacional, la escena era más sencilla que la realidad.

Somalia era —y sigue siendo— un lugar complicado, con muchos clanes, muchas armas y poca paciencia con los extranjeros que llegan a arreglar las cosas sin haber sido invitados a la fiesta. La misión terminó en desastre tras la batalla de Mogadiscio en 1993, cuando las milicias locales derribaron varios helicópteros estadounidenses. La escena inspiró después la película Black Hawk derribado. Somalia, treinta y cuatro años después de la cinematográfica invasión playera, sigue partida en varios trozos y con un grupo yihadista, Al-Shabaab, surgido en aquel caos, que todavía hoy combate al debilitado gobierno central.

Después llegó el 11 de septiembre de 2001. Tras los atentados contra las Torres Gemelas, Estados Unidos invadió Afganistán para capturar a Osama bin Laden y echar del poder a los talibanes. Los talibanes eran un movimiento bastante peculiar: una mezcla de guerrilla religiosa y medievalismo armado que, curiosamente, había recibido ayuda estadounidense durante la guerra contra los soviéticos. La historia está muy bien contada en la película La guerra de Charlie Wilson, donde un congresista tejano y un agente de la CIA ayudan a financiar a los muyahidines afganos para que disparen misiles contra los helicópteros soviéticos.

Veinte años después, en 2021, los estadounidenses se marcharon de Afganistán. Los talibanes regresaron al poder con una rapidez sorprendente y con un programa político que no parecía haber evolucionado demasiado desde los años noventa.

Fuerzas armadas británicas evacuan a afganos en el aeropuerto de Kabul. Lphot Ben Shread/Cedida por el Gobierno británico.

Pero la gran aventura militar de principios de siglo fue otra. George W. Bush —un presidente al que hoy algunos recuerdan con cierta nostalgia, lo cual dice bastante sobre la evolución del panorama— convenció a varios aliados, entre ellos Tony Blair y José María Aznar, para invadir Irak. El argumento era que el régimen de Saddam Hussein escondía armas de destrucción masiva que amenazaban al mundo.

Irak era entonces un país debilitado por décadas de conflictos. Desde finales de los años setenta Saddam Hussein gobernaba mediante un régimen autoritario sostenido por el partido Baaz. El país había quedado exhausto tras la guerra contra Irán en los años ochenta y la guerra del Golfo de 1991, que empezó cuando Irak decidió invadir Kuwait. Después llegaron las sanciones internacionales, el aislamiento y una economía cada vez más deteriorada. El régimen seguía siendo fuerte en lo interno, pero el país era una olla a presión.

La invasión de marzo de 2003 fue rápida. Las tropas estadounidenses entraron en Bagdad en pocas semanas, el régimen se derrumbó y Saddam Hussein fue capturado ese mismo año. En 2006 sería ejecutado tras un juicio organizado por el nuevo gobierno iraquí. La victoria militar fue fulgurante. La paz, en cambio, nunca llegó.

El colapso del Estado iraquí desencadenó una insurgencia armada, atentados terroristas y una guerra sectaria entre suníes y chiíes que dejó miles de muertos y ciudades enteras destrozadas. En ese caos apareció Al-Qaeda en Irak, que más tarde evolucionaría hacia el llamado Estado Islámico (ISIS). Durante algunos años el ISIS llegó a controlar territorios enormes y ciudades importantes como Mosul.

Irak terminó adoptando un sistema político formalmente democrático. Pero el país sigue siendo frágil, con instituciones débiles, una enorme influencia de Irán y una violencia que aparece y desaparece como una enfermedad mal curada.

Mientras tanto, en 2010, la administración de Barack Obama saludó con entusiasmo el comienzo de la llamada Primavera Árabe. El fenómeno empezó en otoño y en Túnez, que por cierto no es un país árabe, lo cual ya daba alguna pista de que el nombre no era del todo preciso.


Quince años después el balance es desalentador. En varios países las protestas terminaron en guerras civiles, como en Siria, Libia o Yemen. En otros casos los regímenes autoritarios regresaron con más fuerza, como en Egipto. El único experimento democrático que parecía funcionar, el de Túnez, también se ha ido debilitando con el tiempo.

La lección, si es que hay alguna, es bastante conocida: derribar un régimen autoritario suele ser relativamente fácil; construir un Estado democrático estable resulta infinitamente más complicado.

Libia hoy está partida en dos gobiernos rivales y varias milicias. Siria vivió más de una década de guerra civil y ahora está gobernada por un antiguo combatiente yihadista que ha cambiado el uniforme por la corbata. La Casa Blanca habla de movilizar a los kurdos contra Irán, pese a que Donald Trump ya los dejó abandonados en Siria en 2019 después de utilizarlos para combatir al ISIS. La historia se repitió en 2025.

La relación entre Estados Unidos e Irán tampoco es sencilla. En 1953 Washington lideró el derrocamiento del primer ministro democrático iraní, Mohamed Mosaddeq, después de que decidiera nacionalizar el petróleo. El golpe restauró el poder del sah. Años después llegó la revolución islámica de 1979 y el ayatolá Jomeini.

En junio de 2025 Donald Trump ordenó bombardear Irán y anunció que el país ya no sería una amenaza nuclear durante años. Ahora, en marzo de 2026, asegura que los iraníes estaban a punto de fabricar la bomba. Trump llegó a la Casa Blanca prometiendo que acabaría con las guerras interminables. En su primer año ha bombardeado siete países distintos. En algunos casos, como Nigeria, todavía no está del todo claro por qué. Tampoco sabemos exactamente qué motivó el ataque contra una escuela de niñas en Irán que dejó 180 muertos.

Durante sus campañas presidenciales —especialmente en 2016 y de nuevo en 2024— Trump insistió en una idea central: Estados Unidos debía abandonar las aventuras militares que habían marcado su política exterior desde el 11-S. Criticó con dureza las guerras de Irak y Afganistán porque, decía con bastante razón, habían costado billones de dólares, miles de vidas estadounidenses y no habían traído estabilidad a la región.

Prometió reducir la presencia militar en conflictos prolongados y evitar las intervenciones destinadas a reconstruir países. Para resumir esa idea utilizó con frecuencia una expresión que se había vuelto común en Washington: “no boots on the ground”, es decir, nada de enviar grandes contingentes de tropas terrestres a ocupar territorios extranjeros.


La fórmula era sencilla: ataques aéreos, drones, misiles, operaciones especiales si hacía falta, pero sin marines patrullando calles lejanas. Ahora parece que Trump está considerando hacer una excepción. El escenario sería una pequeña isla llamada Kharg, situada a unos treinta kilómetros de la costa iraní. Es un lugar diminuto, pero estratégicamente decisivo: por allí pasa la mayor parte del petróleo que exporta Irán. En los círculos estratégicos la llaman el interruptor del petróleo iraní.

La idea sería ocuparla con marines o fuerzas de intervención rápida para controlar el flujo de exportaciones. Eso, naturalmente, implicaría algo que durante años se prometió evitar: botas sobre el terreno.

Pero esa, en realidad, ya es otra historia.

miércoles, 4 de marzo de 2026

ORIENTE MEDIO AL BORDE DEL ABISMO: DE UN ATAQUE PUNTUAL A UNA GUERRA SIN CONTROL

 

Lo que empezó como una operación militar puntual se ha convertido en cuestión de días en una guerra regional de dimensiones imprevisibles. La que Trump llamó Operación Furia Épica, lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán, no solo no ha producido el colapso del régimen iraní que algunos estrategas esperaban, sino que ha actuado como el detonante de una espiral de violencia que ya desborda Oriente Próximo y empieza a rozar directamente a Europa. 

El asesinato del ayatolá Alí Jameneí, lejos de provocar descomposición interna, ha funcionado como un catalizador emocional, político y simbólico que ha encendido todos los frentes, alimentados también por el asesinato de cuarenta niñas inocentes.

Siempre que hay guerra con Irán vuelvo a recordar el origen del conflicto. En 1908 un geólogo británico encontró petróleo en Persia, hoy Irán. Para explotar este recurso, persas y británicos se unieron para crear la Anglo-Persian Oil Company (la predecesora de BP, una de las petroleras más grandes del mundo). Al poco tiempo el gobierno británico adquirió la mayoría de la empresa, con ganancias exorbitantes para los anglosajones y migajas para los persas.

En ese momento de la historia Irán era una monarquía constitucional con mucho poder del rey y poca democracia, sin embargo, en 1951 Mohammad Mosaddegh fue elegido primer ministro y llevó a cabo fuertes reformas en las que incluyó la nacionalización de la industria petrolera. Esto no le gustó a los británicos y norteamericanos, por lo que la CIA y el MI6 planearon y efectuaron un golpe de Estado para acabar con la democracia en Irán e instalar todo el poder en el Sha Mohammad Reza Pahlavi.

Con Reza Pahlavi los iranís sufrieron un régimen marcial, pocas libertades políticas y una tremenda desigualdad social. El país estuvo sumido en pobreza mientras que el Sha y las empresas extranjeras (de Estados Unidos y Reino Unido) se llenaban los bolsillos. Las imágenes de la "buena vida" del Irán "occidentalizado" son de una minoría.

Esto generó un sentimiento antioccidental en la población, especialmente contra Estados Unidos. Este descontento contra el régimen explotó en 1979 con la revolución islámica. Un movimiento social con el que se terminó la monarquía y se estableció una república islámica; una teocracia donde el líder supremo tiene la última palabra.

Desde entonces Irán opera bajo una visión del mundo anticolonial donde Reino Unido, Estados Unidos y también Israel (visto como una extensión de Estados Unidos en Oriente Medio), son Estados opresores con los que hay que acabar. Por eso no habrá paz jamás en la región. Por eso estadounidenses e israelís han atacado Irán, por el temor del desarrollo de bombas atómicas por parte de un país que les guarda enorme resentimiento.

Ambos acaban de dar uno de los pasos más imprudentes de su historia reciente: terminar con la vida del principal líder religioso chiita durante el Ramadán, el mes más sagrado del calendario musulmán, lo que es el equivalente a ejecutar al Papa en Cuaresma. A esto se suma otro detonante: un misil que cayó sobre una escuela femenina y se cobró la vida de decenas de jóvenes iraníes.

La combinación de ambos hechos no generará rabia pasajera, sino algo mucho más profundo y duradero: décadas, si no generaciones, de enemistad del pueblo iraní hacia Estados Unidos, incluso entre quienes siempre rechazaron al régimen islámico. En otras palabras, Trump no solo no ha debilitado a sus enemigos, sino que los ha multiplicado.

Hay que ser categóricos para desmantelar la narrativa oficial de Washington: la idea de que esta guerra podría transformar positivamente las relaciones entre Estados Unidos e Irán, o incluso provocar una rebelión popular que derrumbe al régimen, es pura fantasía.

¿Por qué Reino Unido y Francia se están comprometiendo algo más en el conflicto? Porque en el origen del desastre político iraní están las maniobras de la CIA y del M15 británico para derrocar en 1953 al régimen democrático de Mohammad Mosaddegh y porque Francia es la responsable de la creación política del Líbano que ha resultado en un Estado fallido.

El Líbano moderno nació de una mezcla muy mediterránea de historia, religión y diplomacia imperial. Durante cuatro siglos, la región formó parte del Imperio otomano, un mosaico donde convivían maronitas, drusos, suníes y chiíes en las montañas que miran al Mediterráneo. Aquella convivencia era inestable. En 1860 estalló una guerra brutal entre drusos y cristianos maronitas que acabó con miles de muertos y con Francia interviniendo como protectora de los cristianos orientales, papel que asumiría con entusiasmo durante décadas.

El verdadero punto de inflexión llegó con la caída del Imperio otomano tras la Primera Guerra Mundial. Europa, que llevaba tiempo diseñando mapas sobre la mesa, aplicó el reparto previsto en el Acuerdo Sykes-Picot. A Francia le correspondió administrar Siria y el Líbano bajo el paraguas del mandato otorgado por la Sociedad de Naciones.

En 1920, el general francés Henri Gouraud proclamó el Estado del Gran Líbano. No se limitó al pequeño Monte Líbano cristiano: añadió Beirut, la costa y el valle de la Bekaa para crear un país viable. El resultado fue un territorio más amplio, pero también mucho más diverso. Los maronitas seguían siendo influyentes, aunque ahora compartían casa con una población musulmana numerosa.

Francia dejó además una arquitectura política peculiar: un sistema confesional que reparte el poder entre comunidades. Cuando el país obtuvo la independencia en 1943, ese equilibrio se formalizó en el Pacto Nacional del Líbano: presidente maronita, primer ministro suní, presidente del Parlamento chií.

Así nació el Líbano contemporáneo: un país pequeño, con vocación mediterránea, construido por la diplomacia francesa y sostenido por un delicado pacto entre religiones. Un equilibrio elegante sobre el papel y, como se vería después, extraordinariamente frágil en la práctica.

Un equilibrio inestable que ha creado un país prácticamente indefenso convertido en la percha de los palos de todo Oriente Medio.

GRACIAS A LAS RANAS LOS NEUROTRANSMISORES CAMBIARON LA PRÁCTICA DE LA MEDICINA

 

Nuestro sistema nervioso central (SNC) está dividido en dos. El SN somático controla de forma voluntaria los movimientos y la sensación consciente. El SN autónomo regula funciones involuntarias (cardíacas, respiratorias, digestivas, glandulares) que escapan al control de nuestra voluntad. En ambos casos, la vía de transmisión de los impulsos nerviosos son unas células especializadas, las neuronas.

En el siglo XVIII, los anatomistas habían desarrollado experiencia en la disección de cadáveres e identificado dos pares de nervios que provenían de la médula espinal y se conectaban con el corazón, los pulmones y los riñones. Esos pares son fibras (prolongaciones largas de las neuronas) simpáticas que salen de la médula para formar los nervios cardiopulmonares (ramas cardíacas y pulmonares derecha e izquierda que inervan corazón y pulmones) y los nervios renales (ramas simpáticas renales) que inervan los riñones.

Dado que no controlamos conscientemente estos órganos, desde los primeros hallazgos de los anatomistas estos nervios se denominaron «autónomos», a diferencia de los nervios «somáticos» que controlan nuestros movimientos musculares voluntarios. La primera pista sobre el funcionamiento de los nervios autónomos provino del descubrimiento clásico de Luigi Galvani, un médico y fisiólogo italiano quien, en la década de 1780, comprobó que la chispa de un generador electrostático hacía que la pata amputada de una rana se contrajera al tocarla con metales conductores, lo que sugería que la electricidad circulaba por un nervio; Galvani atribuyó el fenómeno a una “electricidad animal” inherente a los tejidos, sentando así las bases de la bioelectricidad y dirigiendo el desarrollo de la electrofisiología y la comprensión de señales eléctricas en nervios y músculos en la medicina moderna.

En la década de 1840, el anatomista alemán Eduard Weber usó una batería, que había sido desarrollada por Alessandro Volta, para estimular el nervio vago en perros. El nervio vago es un nervio mixto del sistema autónomo cuyos principales componentes motores son la inervación de los músculos de la faringe y laringe, del tórax y el abdomen superior (produce broncoconstricción y aumenta la secreción y motilidad gastrointestinal) y la del corazón (reduce la frecuencia cardíaca y modula la contractilidad cardíaca.

Lo que Weber comprobó por primera vez es que la estimulación del vago ralentizaba la actividad del corazón. Unos años más tarde, Moritz Schiff, en un experimento similar, estimuló otro conjunto de nervios que hicieron que el corazón se acelerara. En ese momento quedó claro que un mensaje viajaba por un nervio a través de una corriente eléctrica, pero había un enigma.

El cuerpo celular (soma) es la base de la neurona. Contiene información genética, mantiene su estructura y proporciona energía para realizar su función. El axón es una prolongación larga y delgada de las neuronas que se origina en una región especializada llamada eminencia axónica o cono axónico, a partir del soma, o a veces de una dendrita. El axón tiene la forma de un cono que se adelgaza hacia la periferia. En su superficie se observan constricciones circulares periódicas llamadas nódulos o nodos de Ranvier.

En la década de 1880, cuando Santiago Ramón y Cajal, con una paciencia y una habilidad infinitas, observó al microscopio células nerviosas teñidas comprobó que las prolongaciones de las neuronas vecinas no contactaban directamente, sino que estaban separadas por un pequeño espacio que el neurofisiólogo británico Charles Sherrington llamó más tarde la "sinapsis", del griego para "unir". Si existía ese espacio, ¿cómo pasaba el mensaje eléctrico de una célula nerviosa a otra? La hipótesis que parecía más racional era que de alguna manera desconocida un impulso eléctrico circulaba a través del espacio.

Esquema con los principales elementos en una sinapsis modelo. La sinapsis le permite a las células nerviosas comunicarse con otras a través de los axones y dendritas, transformando una señal eléctrica en otra química. 

El desmantelamiento de esa hipótesis comenzó cuando en 1901 el químico japonés Jokichi Takamine logró extraer adrenalina de las glándulas suprarrenales. John Langley, en Cambridge, hizo entonces la fascinante observación de que inyectar adrenalina en el cuerpo tenía el mismo efecto que estimular el nervio que acelera el corazón. Su discípulo Thomas Elliott conjeturó que quizás el mensaje entre las células nerviosas que hace que el corazón se acelere se transmite por una célula nerviosa que libera adrenalina para estimular a la siguiente célula nerviosa y así sucesivamente.

En 1907, el farmacólogo Walter Dixon, también en Cambridge, estimuló el nervio vago de una rana, extrajo el corazón, lo trituró e hizo un extracto que luego aplicó al corazón palpitante de otra rana y demostró que se ralentizaba. Pero extrañamente Dixon no relacionó su observación con la actividad nerviosa. Casi al mismo tiempo, Henry Dale demostró que la acetilcolina, un compuesto que se encuentra de forma natural en el hongo del cornezuelo del centeno que había sido sintetizado por Adolf von Baeyer en 1867, ralentizaba el corazón exactamente igual que la estimulación del nervio vago.

Y ahora hagamos una digresión. En la madrugada del 12 de marzo de 1938, un brutal asalto de unos agentes de la Gestapo sacó de la cama a Otto Loewi, un científico alemán, y lo arrastraron a la cárcel. ¿Su delito? Era judío. Poco importaba que dos años antes le hubieran concedido el Premio Nobel por un experimento histórico destinado a cambiar el curso de la medicina. Tras pasar meses encarcelado por los nazis, durante los cuales sufrió una pérdida de peso extrema, Loewi fue liberado con la condición de que entregara todas sus posesiones, incluido el dinero del Premio Nobel, a los nazis. Terminó en Estados Unidos como inmigrante y continuó contribuyendo a la ciencia hasta su muerte en 1961.

Mucho antes de ser apresado por los nazis, Loewi había abandonado la medicina clínica para dedicarse a la bioquímica y la farmacología, y había alcanzado un considerable reconocimiento con su demostración de que el cuerpo podía utilizar los aminoácidos del metabolismo de las proteínas ingeridas en la dieta para sintetizar las proteínas que necesita. En 1909, Loewi aceptó un puesto en la Universidad de Graz, Austria, donde se centró en comprender el sistema nervioso. Sus estancias en Inglaterra, donde aprendió al lado de Elliot y Dale, le habían despertado el interés sobre los neurotransmisores.

Según él mismo cuenta en su autobiografía, el 2 de abril de 1921 se despertó en plena noche y tomó notas sobre un sueño sobre él mismo realizando un experimento pionero.Al día siguiente no recordaba el sueño ni podía leer la nota que había garabateado. La noche siguiente, se despertó de nuevo de madrugada después de haber soñado con diseñar un experimento para comprobar una hipótesis que había formulado sobre la transmisión química nerviosa. Excitado, saltó de la cama y corrió al laboratorio.

Como había descubierto Dixon, por entonces se sabía bien que el corazón de una rana seguía latiendo durante un breve periodo si se sumergía en una solución que aportaba los iones necesarios para mantener la actividad eléctrica y mecánica. Loewi extrajo el corazón de una rana, pero dejó parte del nervio vago adherido. Colocó el corazón de una segunda rana en un recipiente aparte, pero en este caso extirpó completamente el nervio vago.

A continuación, estimuló el corazón de la primera rana aplicando corriente de una batería y, tras unos minutos, transfirió parte de la solución en la que estaba sumergido el primer corazón al segundo. El latido de este se ralentizó, como si hubiera experimentado estimulación vagal. Este asombroso experimento demostró claramente que los nervios no influyen directamente en el corazón, ya que el segundo corazón no tenía nervios adheridos. En palabras de Loewi: «Los nervios deben liberar de sus terminales sustancias químicas específicas, que, a su vez, provocan las conocidas modificaciones de la función cardíaca características de la estimulación de su nervio».

Loewi había descubierto el primer "neurotransmisor", una sustancia química que una célula nerviosa estimulada eléctricamente libera en la sinapsis, la cual se acopla a un receptor en una célula adyacente, de forma similar a como una mano se acopla a un guante. Cuando el acoplamiento es perfecto, la célula se "activa", lo que significa que una señal eléctrica se desplaza rápidamente hasta su extremo, donde se libera más neurotransmisor, lo que estimula a la siguiente célula y, de esta manera, la señal se propaga.

El neurotransmisor del experimento de Loewi resultó ser acetilcolina, la misma sustancia química que Dale había descubierto que ralentiza la actividad cardíaca al inyectarse en un animal. Dale y Loewi compartieron el Premio Nobel de Medicina de 1936 «por sus descubrimientos relacionados con la transmisión química de los impulsos nerviosos».

El concepto de neurotransmisores transformó la práctica médica al presentar la posibilidad de fármacos que pueden potenciar, bloquear o imitar su acción. La enfermedad de Parkinson se debe a una deficiencia del neurotransmisor dopamina en el cerebro y puede contrarrestarse con levodopa, un fármaco que puede atravesar la barrera hematoencefálica y liberar dopamina. Los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina aumentan la concentración en la sinapsis de este neurotransmisor que mejora el estado de ánimo, y la atropina bloquea los receptores de acetilcolina y puede acelerar el ritmo cardíaco. Actualmente, se han identificado más de cien neurotransmisores, muchos de ellos con importancia terapéutica.

Tras pasar meses encarcelado por los nazis, durante los cuales sufrió una pérdida de peso extrema, Loewi fue liberado con la condición de que entregara todas sus posesiones, incluido el dinero del Premio Nobel, a los nazis. Terminó en Estados Unidos como inmigrante y continuó contribuyendo a la ciencia hasta su muerte en 1961. Muchos otros que oyeron a la Gestapo llamar a la puerta en plena noche, no tuvieron tanta suerte.