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domingo, 4 de enero de 2026

LOS REYES MAGOS TAMBIÉN SON LITERATURA

La historia sagrada, vista de cerca, se parece menos a una revelación y más a una novela escrita a muchas manos, con capítulos añadidos, personajes reciclados y giros de guion oportunos. Desde los dioses solares nacidos de vírgenes hasta los Reyes Magos que llegan puntuales cada enero, la teología ha funcionado durante siglos como una poderosa fábrica de relatos. Borges lo sabía bien: donde otros veían dogma, él veía literatura. Y quizá tenía razón.

La teología, para Jorge Luis Borges, no era una enfermedad infantil de la razón ni un error a corregir, sino un territorio literario de primer orden. Le fascinaba como le fascinaban los laberintos, los espejos y las paradojas: no por su verdad, sino por su potencia imaginativa. Decía —con esa precisión engañosamente casual suya— que la teología era la rama más frondosa de la literatura fantástica, y no lo decía para provocar a los creyentes, sino para colocarlos en el sitio que más le interesaba: el de los narradores involuntarios. Borges pensaba que ninguna antología seria de lo fantástico podía prescindir de las construcciones teológicas, esas ficciones colosales levantadas durante siglos con la convicción de quien no sabe que está escribiendo literatura.

Desde el siglo XVIII, cuando Juan Jacobo Brucker acuñó el término “sincretismo” para describir una conciliación mal hecha de doctrinas incompatibles, la palabra arrastra una sombra de sospecha. En filosofía primero y en religión después, el sincretismo pasó a significar mezcla impura, origen dudoso, identidad falseada. En el ámbito religioso, cualquier indicio de sincretismo suele interpretarse como una amenaza: si una fe es resultado de muchas, ¿qué queda de su pretendida revelación única?

El cristianismo institucional —el catolicismo, para ser precisos— es un ejemplo casi de manual. No nació como una religión de poder, pero se convirtió en una cuando el Imperio romano necesitó una. En la época de Constantino, tras el experimento fallido de la tetrarquía de Diocleciano, la unidad política exigía una unidad espiritual. Un solo Dios, un solo emperador. El lema no era teológico, sino administrativo. Y funcionó.

El Jesús que emerge de ese proceso no es sólo el predicador judío de Galilea, sino un arquetipo cuidadosamente ensamblado. A su figura se le fueron adhiriendo mitos más antiguos, muchos de ellos importados de Oriente desde los tiempos de Alejandro Magno, cuando el Mediterráneo empezó a funcionar como una coctelera cultural. El resultado fue eficaz, pero tuvo un coste: el mensaje original quedó sepultado bajo capas de mitología precristiana.

Las similitudes no son discretas. En las religiones anteriores al cristianismo, los dioses nacen con frecuencia de vírgenes celestiales y están asociados al sol. El solsticio de invierno, celebrado en Roma como el triunfo del sol invencible, coincide con el nacimiento del Jesús cristiano. Ese mismo día habían nacido Atis, de la virgen Nana; Buda, de la virgen Maya; Krishna, de la virgen Devaki; Horus, de Isis, en un pesebre y en una cueva. Mitra también nació el 25 de diciembre, de una virgen, en una cueva, y fue visitado por pastores con regalos. Zoroastro no se quedó atrás.

Atis murió por la salvación de la humanidad, clavado a un árbol, descendió al infierno y resucitó al tercer día. Mitra tuvo doce discípulos, pronunció un sermón en la montaña, fue llamado el Buen Pastor, la Verdad, la Luz, el Verbo y el Salvador. Su religión celebraba una eucaristía con pan y vino y proclamaba, sin complejos, la comunión corporal con la divinidad. El domingo era su día sagrado. El parecido no es sutil; lo sutil es haberlo hecho pasar por único.

Buda fue bautizado con agua, con el Espíritu presente, enseñó en el templo a los doce años, curó enfermos, caminó sobre las aguas y multiplicó panes. Fue llamado Señor, Maestro, Luz del Mundo y Redentor. Resucitó y ascendió. Dionisos también resucitó y acumuló títulos que cualquier cristiano reconocería. Horus fue bautizado por Anup el Bautista —que, como Juan, acabó decapitado—, enseñó en el templo, hizo milagros, resucitó a un muerto llamado Azarus, caminó sobre el agua, fue crucificado entre dos ladrones y resucitó tras tres días. Krishna nació anunciado por una estrella, esperado por pastores, hijo de un carpintero, con doce discípulos y una trinidad a la espalda. Zoroastro fue tentado por el diablo en el desierto, predicó sobre el juicio final y expulsó demonios.

Nada de esto prueba que Jesús no existiera. Lo que demuestra es que la historia que se contó sobre él fue escrita con materiales reutilizados. Como toda gran construcción ideológica.

Y entonces llega la noche del 5 de enero. Los niños católicos —no todos los cristianos, conviene recordarlo— dejan los zapatos preparados para que tres reyes depositen regalos con nocturnidad y sigilo. Melchor, Gaspar y Baltasar llegan desde Oriente, guiados por una estrella, para adorar al recién nacido rey de los judíos y ofrecerle oro, incienso y mirra. La escena es entrañable. También es literaria.

Porque todo lo que sabemos de los Reyes Magos cabe en un párrafo del Evangelio de Mateo, escrito hacia el año 50. Un párrafo escueto, casi tímido: unos magos de Oriente llegan a Jerusalén preguntando por el rey nacido, guiados por una estrella. Nada más. No eran reyes. No eran tres. No tenían nombres. Todo lo demás es añadidura.

La cabalgata, los camellos, las coronas, los pajes, los colores, las razas, los regalos personalizados: todo eso es una elaboración posterior. Una leyenda paciente, tejida entre los siglos IV y IX, mezclando elementos mazdeístas, mitraicos, gnósticos, judíos y cristianos. Una ficción exitosa, incorporada a la tradición católica con la misma lógica que otras: cohesionar, fidelizar y, de paso, mover la economía en diciembre.

Borges habría sonreído ante todo esto. No con desprecio, sino con placer estético. Porque pocas cosas hay más literarias que una historia repetida tantas veces que acaba pareciendo verdad. Y pocas más humanas que necesitar creerla.

“¡RECORDAD EL MAINE! ¡AL INFIERNO CON ESPAÑA!”

La explosión del USS Maine en el puerto de La Habana no solo hundió un barco: encendió una guerra, precipitó el final del imperio español y reveló hasta qué punto un suceso confuso puede convertirse en una certeza política cuando la prisa, la prensa y el patriotismo empujan en la misma dirección.

Naufragio del USS Maine, 1898. Fuente Wikipedia.

La noche del 15 de febrero de 1898 no había Luna sobre la bahía de La Habana. Es un detalle menor, pero ayuda a imaginar el fogonazo: una llamarada breve, seca, tremenda, seguida de un silencio que no correspondía a nada humano. Luego llegaron los gritos, el olor a carbón quemado, el agua iluminada por incendios flotantes. En menos de diez minutos, el USS Maine —el buque más potente del Caribe— se convirtió en un amasijo torcido de hierro y cadáveres. Murieron 266 hombres. Y con ellos murió también la posibilidad de que en el conflicto hispano-cubano las cosas se solucionaran de otra manera.

El Maine había entrado en el puerto de La Habana el 25 de enero como quien deja el coche aparcado frente a la casa del vecino con el que discute: un gesto de presencia, de advertencia muda. Un gesto que semanas atrás ha repetido una flota estadounidense frente a las costas de Venezuela. Oficialmente era una visita de cortesía. Extraoficialmente, nadie dudaba de que Estados Unidos estaba al borde de intervenir en Cuba, donde desde 1895 se libraba una guerra sangrienta entre el ejército español y los independentistas. Washington observaba, calculaba, esperaba. El barco no venía a guerrear, pero sí a mirar de cerca.

Cuando explotó, la pregunta no fue qué había pasado, sino a quién había que culpar. La respuesta estaba decidida antes de que se enfriara el agua del puerto. Desde el primer momento, la prensa norteamericana —sobre todo la más ruidosa— señaló a España. No porque hubiera pruebas, sino porque encajaba. Si algo estalla en una colonia española en guerra, la lógica emocional dicta que el culpable es el poder colonial. Y la lógica emocional, en tiempos de titulares, suele imponerse a cualquier otra.

Los testigos hablaron de dos explosiones: una primera, seca, “como un disparo”; otra, devastadora, que levantó llamas, fragmentos metálicos y una nube espesa. El barco se partió casi por la mitad y se hundió junto a la boya donde estaba anclado, a apenas diez metros de profundidad. Técnicamente, aquello ofrecía material para muchas hipótesis. Políticamente, sólo para una.

Pañoles de munición que estallaron espontáneamente tras la ignición espontánea de las carboneras contiguas. En la imagen se muestra dónde tuvieron lugar las explosiones y los daños que causaron en la quilla del barco, así como la sección de la quilla dañada. En las miniaturas, de izquierda a derecha, se ha marcado el área afectada, el daño interior en la quilla y una posible explosión exterior en la misma zona. Imagen de AEME.

La Marina estadounidense creó una comisión de investigación. Tras interrogar a testigos y examinar los restos accesibles, concluyó que sólo una mina situada bajo el casco podía haber provocado una destrucción semejante. No se designó culpable, pero no hacía falta. “Mina” y “España” formaban un binomio tácito. El informe llegó al Congreso el 29 de marzo y, menos de un mes después, Estados Unidos declaraba la guerra. El grito era perfecto:

¡Recordad el Maine! ¡Al infierno con España!

No explicaba nada, pero lo decía todo. La prensa hizo el resto. Los periódicos de William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer no preguntaban: afirmaban. No investigaban: señalaban. El lector no abría el diario; entraba en una trinchera. La explosión dejó de ser un suceso naval para convertirse en una herida nacional. Cada marino muerto era un argumento. Cada duda, una traición.

España, mientras tanto, se ofreció a colaborar. El puerto era suyo, la ciudad también, y la explosión había ocurrido bajo sus narices. Los españoles, en realidad, eran los menos interesados en provocar al gigante norteamericano. Esperaban que la concesión de autonomía a Cuba enfriara el conflicto. También se barajó la hipótesis de un atentado independentista, una provocación para forzar la intervención estadounidense. Nunca apareció una sola prueba sólida. Y la teoría de que la propia tripulación hubiera volado el barco —una especie de suicidio estratégico— pertenece más al territorio de la fantasía que al de la historia.

Había, sin embargo, un problema con la versión de la mina. No se observaron los efectos típicos de una explosión submarina: ni columna de agua, ni oleaje significativo, ni peces muertos flotando en la superficie. El sonido, según muchos testigos, no fue el sordo estampido que suele acompañar a una detonación bajo el agua. Además, un boquete externo importante habría provocado una inundación inmediata, haciendo improbable que los depósitos de munición llegaran a explotar como lo hicieron. Buzos españoles inspeccionaron los restos a distancia y no encontraron indicios claros de una explosión exterior.

El Maine, botado en 1895, era un prodigio de la ingeniería… y una bomba con chimenea. Medía cien metros de eslora, desplazaba 6 700 toneladas y llevaba una combinación delicada: carbón para alimentar ocho calderas y unas sesenta toneladas de pólvora negra almacenadas en polvorines. El carbón, mal ventilado, podía arder de forma espontánea. En los tres años anteriores, una docena de barcos estadounidenses habían sufrido incendios por ese motivo. Bastaban unas horas y una temperatura elevada para que el calor se transmitiera a los pañoles adyacentes.

Aunque la publicación de un informe de investigación de la Marina de los Estados Unidos tardaría un mes, este periódico de Washington DC fue uno de los que afirmaron en un día que la explosión no fue accidental. Fuente

La pólvora tampoco ayudaba. Su estabilidad dependía de la nitrocelulosa y de condiciones ambientales muy concretas. Cambios de temperatura, humedad o una eliminación defectuosa de los productos de descomposición podían provocar una inflamación lenta, invisible, hasta que el calor alcanzaba al resto de la munición. Explosiones de este tipo siguieron produciéndose en buques de guerra durante todo el siglo XX. No eran épicas, pero sí frecuentes.

Desde el primer momento, muchos expertos —incluidos los norteamericanos— pensaron que el hundimiento había sido un accidente. La investigación oficial descartó esa posibilidad por razones patrióticas y, probablemente, para no señalar negligencias en la cadena de mando. La duda se mantuvo durante décadas, flotando como un resto incómodo. En 1911, el gobierno estadounidense reflotó el pecio, construyó un encofrado y examinó los restos a cielo abierto. El informe fue tan vago que no aclaró nada. Luego el barco fue remolcado mar adentro, dinamitado y hundido de nuevo. A partir de ahí, todo serían pruebas circunstanciales.

Hubo que esperar hasta 1975 para que un estudio serio, dirigido por el almirante Hyman Rickover —patriarca de la marina nuclear— concluyó que la explosión había sido interna, probablemente causada por un incendio en una carbonera que prendió un cartucho y desencadenó la reacción en cadena. Otras investigaciones posteriores llegaron a conclusiones similares. La versión heroica se desmoronaba, pero ya era tarde para cambiar el relato.

Porque la historia rara vez se decide con informes técnicos. Se decide con emociones, con oportunidades, con el momento justo. El Maine fue el fósforo, no la gasolina. La gasolina llevaba tiempo acumulándose: intereses económicos, ambiciones estratégicas, una nueva idea de Estados Unidos como potencia llamada a ordenar el mundo.

El presidente que debía firmar la declaración de guerra, William McKinley, era un hombre prudente, más contable que cruzado. Había visto la guerra de cerca y no le tenía cariño. Intentó ganar tiempo, habló de diplomacia, pidió calma. Pero la calma no vendía periódicos y la diplomacia no llenaba plazas. El Congreso empujaba. La calle rugía. La bandera necesitaba un mástil más alto.

Cuando McKinley cedió, lo hizo envuelto en un lenguaje higiénico: no era una guerra de conquista, sino de liberación; no se atacaba a España, se ayudaba a Cuba. La palabra imperio no apareció por ninguna parte, aunque ya estaba esperando en la puerta con las maletas hechas. La guerra duró poco, fue desigual y definitiva. España perdió Cuba, Puerto Rico y Filipinas, y con ellos la última ilusión de gran potencia. Estados Unidos ganó algo más que territorios: ganó confianza. Descubrió que podía intervenir lejos de casa, ganar rápido y contarlo como una obra de caridad.

¿Aprovechó Estados Unidos el hundimiento del Maine para declarar la guerra? Sí, sin rodeos. No importaba que la verdad fuera más compleja; la complejidad no moviliza ejércitos. El barco ofreció algo invaluable: una historia simple, un enemigo claro, una emoción compartida.

Hoy, los restos del Maine ya no están en La Habana. Parte del casco fue enterrado con honores en Arlington. El barco descansa, por fin, lejos del ruido que provocó. Pero su eco sigue ahí. Cada vez que una explosión conveniente acelera una decisión política. Cada vez que una investigación se cierra demasiado pronto. Cada vez que un titular sustituye a una prueba.

El Maine no causó la guerra. Solo la hizo inevitable para quienes ya la deseaban. Y esa, quizá, es la lección más incómoda de todas. Recuérdalo cuando te pronuncies sobre Venezuela.

viernes, 2 de enero de 2026

EL SOCIALISTA QUE SORPRENDIÓ A NUEVA YORK NUNCA SERÁ PRESIDENTE

Zohran Mamdani ganó las primarias demócratas de Nueva York cuando no tocaba ganar. Derrotó a un apellido con aparato, rompió una previsión cómoda y obligó a la ciudad a hacerse la pregunta que más le molesta: si esta vez el cambio iba en serio.

La noche en que Zohran Mamdani ganó las primarias demócratas de Nueva York, la ciudad hizo ese ruido peculiar que solo hace cuando se sorprende de sí misma: una mezcla de entusiasmo, alarma y una súbita necesidad de explicarlo todo con teorías. En la política neoyorquina, donde el cinismo suele ir por delante del calendario, la sorpresa no es un accidente, es un acontecimiento.

Mamdani llegó a la meta con la estética y la mecánica de la nueva izquierda urbana: vídeos cortos, actos pequeños que parecían grandes, y una idea fija repetida con la disciplina del martillo neumático: Nueva York es demasiado cara. No era un eslogan poético; era un diagnóstico contable. Su campaña se construyó alrededor de la palabra affordability “asequibilidad”, que en la ciudad suena casi a religión civil: alquileres, transporte, guarderías, comida. Y, por supuesto, el viejo antagonista local: el propietario.

En el papel, el programa parecía escrito para irritar a los engominados de Manhattan y seducir a la gente que vive con la cuenta atrás del alquiler. Congelar subidas de renta en vivienda estabilizada, autobuses gratuitos, guardería gratuita, economatos de comestibles municipales, más vivienda asequible y un aparato de “seguridad comunitaria” que no se parece a la policía tradicional. Era, en conjunto, una propuesta de Estado del bienestar a escala municipal, financiada —según su plan— con impuestos más altos sobre los más ricos y las grandes corporaciones.

Hasta ahí, la teoría. La sorpresa fue llegar a donde ha llegado gracias a ganar las primarias demócratas, algo que todo el mundo pensaba que no podía ocurrir. Su rival era Andrew Cuomo: apellido con historia, aparato con memoria y una biografía que, en Nueva York, funciona como un pasaporte. Las primarias se leyeron durante meses como un retorno del viejo orden con barniz de “experiencia”: Cuomo como candidato inevitable, Mamdani como nota exótica a pie de página. La noche electoral invirtió el guion: Cuomo aceptó inmediatamente su derrota y Reuters describió el resultado con una palabra que en política se usa cuando el analista se queda sin excusas: “sorprendente”.

¿Por qué sorprendió tanto? Porque, según la narrativa dominante, Mamdani era demasiado joven, demasiado “socialista” (esa palabra en Estados Unidos siempre viene con comillas implícitas) y demasiado outsider para ganarle a una figura tan conocida. La campaña demostró que en Nueva York la notoriedad puede ser una ventaja… hasta que se convierte en un recuerdo. Brookings habló de “talento generacional” y, sobre todo, de lo instructivo del vuelco: no solo ganó, sino que lo hizo con contundencia para el contexto.

Hubo un ingrediente clave: la edad como relato. Mamdani era el candidato de una generación que paga alquileres imposibles, usa el metro como sistema circulatorio y no siente nostalgia por las viejas jerarquías demócratas. En resumen, ese enfrentamiento de las primarias fue el veterano con pasado de poder frente al treintañero con gramática de redes y organización de base.

El otro ingrediente fue el método. Su campaña, según crónicas posteriores, creció desde abajo: voluntarios, presencia en barrios y una comunicación digital que no parecía publicidad sino conversación. En su investidura, ya como alcalde, la narrativa quedó oficializada: outsider, socialista democrático y un ascenso construido con discursos ilusionantes, organización y redes.

Nueva York no elige alcaldes: elige debates ambulantes. Mamdani convirtió la campaña en una discusión sobre qué tipo de ciudad quiere ser Nueva York cuando se mira al espejo y ve que el espejo cuesta tres mil dólares al mes.

Su “asequibilidad” tenía la virtud de ser concreta. No hablaba de “oportunidades”; hablaba de autobuses y alquileres. Y eso, en una ciudad donde la política a menudo suena como un seminario, fue un arma. El alquiler estabilizado —un mundo legal y emocional propio— no es un tema abstracto. Congelar subidas es una promesa que se entiende sin traductor.

Al mismo tiempo, el programa le dio munición a sus adversarios. Los críticos lo llamaron radical; sus partidarios lo presentaron como realista en una ciudad irreal. La combinación de programa material y símbolos potentes produjo un efecto doble: entusiasmo en una parte del electorado y rechazo visceral en otra. Eso también es Nueva York.

Y, además del tono de su agenda “democrático socialista” centrada en costes como guardería universal, congelación de rentas, buses gratis y reformas fiscales, está la dimensión simbólica, que en Nueva York cuenta casi tanto como el presupuesto. Mamdani se convirtió en el primer alcalde musulmán de la ciudad y también el primero nacido en África; juró sobre un Corán en una ceremonia de medianoche en una estación de metro clausurada, como si quisiera dejar claro desde el principio qué ciudad gobierna y qué ciudad imagina.

Uno de enero de 2026. Zohran Mamdani jura como alcalde de la ciudad de Nueva York en la estación Old City Hall.

Tras el triunfo en las primarias —y más aún tras ganar la alcaldía— apareció el comentario automático: “este acabará en la Casa Blanca”. En Estados Unidos, cuando alguien gana joven y con relato, el país ensaya la película completa de F. D. Roosevelt y J. F. Kennedy. Pero en este caso hay un problema muy poco cinematográfico: la Constitución.

El artículo II de la Constitución establece que para ser presidente hay que ser “natural born citizen” (ciudadano por nacimiento), tener al menos 35 años y haber residido 14 años en Estados Unidos. El punto decisivo es el primero. Según la biografía oficial de la Asamblea del Estado de Nueva York, Mamdani nació en Kampala, Uganda, y se mudó a Nueva York con siete años.

Y diversas fuentes biográficas indican que obtuvo la ciudadanía estadounidense por naturalización (es decir, no al nacer). Si eso es correcto, entonces no cumpliría el requisito constitucional de “natural born citizen”, y por tanto no podría ser candidato a la presidencia, por popular que sea y por mucho que lo pidan las tertulias.

En este asunto suele aparecer la confusión: mucha gente entiende “ciudadano” como sinónimo de “elegible”. Pero, en estados Unidos, la presidencia tiene una puerta de entrada distinta. Puedes ser senador, juez del Supremo o alcalde de la ciudad más importante del país sin haber nacido con pasaporte estadounidense; pero presidente, no. Así que quienes imaginan a Mamdani como futuro presidente se equivocan por una razón simple y contundente: la épica no modifica una cláusula constitucional.

Lo interesante, en realidad, no es si Mamdani puede o no puede aspirar a Washington, sino lo que su campaña ya ha conseguido en Nueva York: ha demostrado que una plataforma abiertamente centrada en costes y servicios puede derrotar a un nombre pesado del aparato demócrata. 

jueves, 1 de enero de 2026

NAZARET, BELÉN Y LA CONSTRUCCIÓN DE UN MESÍAS

Cuando el lugar importa más que el hecho: ¿Nació realmente Jesús en Belén?

Cada diciembre, cuando los belenes vuelven a ocupar aparadores, iglesias y salones familiares, un pueblo pequeño y obstinado reaparece en el centro del escenario: Belén. Un punto minúsculo en el mapa de Oriente Próximo que, desde hace dos mil años, carga con una afirmación rotunda: allí nació Jesús. El problema es que los propios Evangelios —los documentos fundacionales del cristianismo— no parecen ponerse del todo de acuerdo. Algunos cuentan la historia con lujo de detalles; otros pasan de largo como si el asunto no tuviera mayor importancia. Y eso, tratándose del nacimiento del personaje central, resulta llamativo.

Si uno lee el Nuevo Testamento con un mínimo de atención —y con menos fe de la habitual—, descubre que la pregunta “¿nació Jesús en Belén o en Nazaret?” no es un capricho moderno ni una provocación laica. Es una duda que late dentro de los propios textos.

Los Evangelios no son biografías en sentido moderno. No aspiran a la exactitud cronológica ni al detalle neutral. Son relatos teológicos escritos para convencer. Y, como ocurre siempre que hay una tesis previa, los hechos se ordenan, se ajustan o se silencian según convenga.

Mateo: Belén como punto de partida

En el Evangelio de Mateo, José y María ya están en Belén cuando nace Jesús. No hay viaje previo ni empadronamientos incómodos. La historia comienza con una escena eficaz desde el punto de vista narrativo: unos magos orientales, astrónomos o algo parecido, observan una estrella extraña y deducen que ha nacido un rey. No uno cualquiera, sino “el rey de los judíos”.

El detalle no es menor. En Jerusalén gobierna Herodes el Grande, un hombre con más paranoia que legitimidad dinástica. Cuando los magos preguntan por el recién nacido, Herodes no se alegra: calcula. Y decide matar.

La estrella conduce a los magos hasta una casa —no un establo— donde ofrecen oro, incienso y mirra. Regalos caros y simbólicos, más propios de una entronización que de un parto humilde. Advertido en sueños, José huye con su familia a Egipto. Después de la muerte de Herodes, regresan… pero no a Belén. Se instalan en Nazaret, casi como una solución secundaria, forzada por el miedo.

Mateo no improvisa. Cada paso está diseñado para encajar a Jesús en el molde del Mesías davídico, nacido en Belén, la ciudad del rey David, y perseguido, como Moisés, por un tirano asesino de niños.

Lucas: el viaje obligado

El Evangelio de Lucas cuenta otra historia. Aquí José y María viven en Galilea, en Nazaret. Belén no es el punto de partida, sino una escala obligatoria provocada por un decreto administrativo del emperador César Augusto. Un censo. El poder romano, una vez más, como motor involuntario de la historia sagrada.

Lucas explica que José, descendiente de David, debe empadronarse en Belén, “la ciudad de David”. Llegan tarde, encuentran todo lleno y el niño nace en un pesebre. No hay magos ni estrella. Hay pastores, avisados por ángeles, gente humilde y local. Tras ocho días, la familia presenta al niño en Jerusalén y regresa tranquilamente a Nazaret. Sin huidas, sin matanzas, sin Egipto.

Dos relatos, dos geografías emocionales, dos teologías distintas. Conciliarlos es prácticamente imposible sin forzar alguno de los textos.

Marcos y Juan: un silencio elocuente

El asunto se complica cuando entran en escena los otros dos Evangelios. El Evangelio de Marcos, el más antiguo, no dice una sola palabra sobre el nacimiento de Jesús. Empieza con un adulto que viene “de Nazaret de Galilea”. Así lo llaman todos. Nadie menciona Belén. Nadie parece necesitar hacerlo.

En Marcos, incluso cuando un ciego llama a Jesús “hijo de David”, la conexión con Belén no se explicita. Y eso resulta extraño, porque David era, precisamente, de Belén. El dato habría reforzado la identidad mesiánica sin coste narrativo.

El Evangelio de Juan tampoco se molesta en narrar un nacimiento. Para Juan, Jesús “desciende” más que nace. Galilea es su escenario natural. Allí predica, allí tiene familia, allí lo conocen. Juan incluso recoge una discusión entre judíos que recuerdan que el Mesías debería venir de Belén. Pero el texto no corrige la confusión. Jesús sigue siendo, para todos, el galileo.

¿Ignorancia o desinterés?

Ni Marcos ni Juan parecen interesados en Belén. Tampoco Pablo de Tarso, autor de los textos cristianos más antiguos, que afirma que Jesús desciende de David pero no menciona dónde nació. Ni siquiera el Apocalipsis, tan dado a las genealogías simbólicas, se acuerda de Belén.

Esto ha llevado a muchos historiadores a una conclusión incómoda: si Jesús nació en Belén, no fue un dato conocido ni relevante para los primeros cristianos. O no lo sabían. O no les importaba.

El bibliólogo John P. Meier lo formula con claridad: el nacimiento en Belén no es un hecho histórico comprobable, sino una afirmación teológica presentada en forma de relato. Otro investigador bíblico, Raymond E. Brown, va más allá y señala que los relatos de Mateo y Lucas no solo son distintos, sino directamente contradictorios en puntos clave.

Genealogía y poder

Para entender por qué Belén acaba siendo importante, conviene salir un momento del cristianismo y mirar alrededor. En el mundo grecorromano, las genealogías eran herramientas políticas. No servían para saber de dónde venía una enfermedad hereditaria, sino para legitimar el poder.

Alejandro Magno era hijo de Hércules. César Augusto descendía de Apolo. Fundadores míticos, héroes divinos, linajes gloriosos. No importaba tanto que fuera cierto como que funcionara. En la tradición judía, el Mesías debía pertenecer a la casa de David. Y David era de Belén. El profeta Miqueas lo había dejado por escrito siglos antes. 

Mateo y Lucas no inventan Belén por capricho: la necesitan. Al incluir Belén en el relato, conectan a Jesús con una genealogía reconocible, respetable y profética. La ciudad actúa como una palabra clave. Un certificado de autenticidad mesiánica.

Belén como idea

Probablemente, Jesús nació en Nazaret o en algún punto cercano de Galilea. Es lo que sugieren los Evangelios más antiguos y menos interesados en cumplir profecías al detalle. Belén, en cambio, funciona como una declaración de intenciones.

Belén no es tanto un lugar físico como un argumento. Una manera de decirle al lector: este hombre pertenece al linaje correcto. Tiene derecho a ser escuchado. Por eso Belén sigue apareciendo cada Navidad, en canciones, figuritas y sermones. No porque resuelva una cuestión histórica, sino porque resuelve una cuestión simbólica. Vincula a Jesús con un pasado glorioso y con una esperanza antigua.

Quizá la pregunta no sea dónde nació Jesús, sino por qué era tan importante decir que nació en Belén. Y la respuesta, como suele ocurrir, tiene menos que ver con la geografía que con el poder de las historias bien contadas.

miércoles, 31 de diciembre de 2025

1876: CUANDO LA DEMOCRACIA ESTADOUNIDENSE APRENDIÓ A PERDER SIN PROTESTAR

Hace ciento cincuenta años, en 1876, la elección presidencial que no ganó quien más votos obtuvo, reveló que la democracia estadounidense podía sobrevivir al fraude siempre que este se negociara en silencio y desde arriba. Según Gore Vidal, allí nació la política moderna del imperio: estable, cínica y extraordinariamente eficaz.

Las democracias no suelen morir de forma dramática. No caen con un golpe de Estado ni se desploman bajo el peso de un dictador con uniforme. A menudo aprenden, más bien, a doblarse. A sobrevivir a base de excepciones, apaños y acuerdos presentados como inevitables. Según Gore Vidal, la democracia estadounidense aprendió esa elección decisiva en 1876, durante la elección presidencial más turbia del siglo XIX y, probablemente, la más reveladora de todas.

Los hechos históricos son bien conocidos, pero rara vez se cuentan con toda su crudeza. En noviembre de 1876, el demócrata Samuel J. Tilden, gobernador reformista de Nueva York y enemigo declarado de la corrupción política, obtuvo una clara victoria en el voto popular. Para cualquier observador razonable, Tilden había ganado las elecciones. Sin embargo, el resultado en cuatro estados —Florida, Luisiana, Carolina del Sur y Oregón— quedó en disputa debido a acusaciones cruzadas de fraude, intimidación y manipulación de votos.

Estados Unidos entró entonces en una situación sin precedentes. Dos partidos proclamaban la victoria. Dos candidatos se preparaban para asumir la presidencia. El país aún estaba traumatizado por la Guerra Civil y exhausto tras una década de Reconstrucción. Y la Constitución, sorprendentemente, no ofrecía un procedimiento claro para resolver un conflicto de ese calibre. La joven república descubría que su sistema democrático tenía agujeros peligrosos.

La solución no fue jurídica, sino política. El Congreso creó una comisión electoral “independiente” formada por senadores, congresistas y jueces del Tribunal Supremo. Su independencia duró lo que tardaron en contarse los votos: por una mayoría estrictamente partidista, la comisión otorgó todos los votos electorales en disputa al republicano Rutherford B. Hayes. Hayes perdió el voto popular, pero ganó la presidencia.

Para que la operación fuera aceptable, se selló un acuerdo tácito que la historia conoce como el Compromiso de 1877. Los republicanos conservarían la Casa Blanca; a cambio, retirarían las tropas federales del Sur, poniendo fin a la Reconstrucción y devolviendo el control político a las élites blancas sureñas. El acuerdo no se votó públicamente ni se debatió de cara a los ciudadanos. Simplemente se ejecutó.

Desde el punto de vista institucional, el sistema sobrevivió. No hubo guerra, ni secesión, ni colapso del Estado. Desde el punto de vista moral, sin embargo, algo se quebró de forma irreversible. Y es ahí donde Gore Vidal sitúa el verdadero significado de 1876.

En su novela 1876, Vidal no describe aquel episodio como una anomalía corregida por la sensatez de los líderes, sino como el momento fundacional del fraude político contemporáneo. Para él, la lección aprendida por la clase dirigente fue devastadoramente simple: cuando el resultado democrático amenaza el equilibrio del poder, puede ser corregido desde arriba sin que el sistema deje de funcionar.

Lo verdaderamente inquietante, en la lectura de Vidal, no es que hubiera fraude o manipulación —eso ha existido siempre—, sino que no hubo consecuencias. Nadie fue castigado. Nadie pidió perdón. Nadie cuestionó seriamente la legitimidad del nuevo presidente una vez consumado el acuerdo. El sistema absorbió el golpe con una elegancia escalofriante. La democracia estadounidense demostró ser extraordinariamente resistente… precisamente porque era capaz de traicionarse a sí misma.

Vidal insiste en que 1876 marca el paso definitivo de una república de principios a una república de intereses. A partir de ese momento, las elecciones dejan de ser un mecanismo sagrado de expresión popular y se convierten en un ritual negociable, administrado por élites políticas, económicas y mediáticas que se consideran a sí mismas las verdaderas guardianas del orden. La voluntad del pueblo importa, pero solo hasta cierto punto. Cuando estorba, se reinterpreta.

El precio humano de esa “estabilidad” fue enorme. El fin de la Reconstrucción significó abandonar a millones de afroamericanos del Sur a un siglo de segregación, violencia y privación de derechos civiles. Las leyes de Jim Crow, el terror del Ku Klux Klan y la exclusión sistemática del sistema político no fueron errores colaterales, sino consecuencias directas del pacto. Para Vidal, este detalle es esencial: la democracia se salvó sacrificando deliberadamente a quienes no tenían poder para defenderse.

En 1876, Vidal retrata a políticos, periodistas y financieros como hombres que ya no creen en la democracia como ideal, sino como herramienta. La política se convierte en una gestión cínica del poder, donde lo importante no es ganar limpiamente, sino garantizar la continuidad del sistema y de quienes lo controlan. La legalidad se vuelve flexible; la moral, prescindible.

Esta visión resulta incómoda porque rompe con el relato épico de la democracia estadounidense como una historia de progreso continuo interrumpido solo por errores ocasionales. Vidal propone lo contrario: que el sistema funciona precisamente porque sabe cuándo traicionar sus propios principios sin que el edificio se derrumbe. El imperio —en el sentido político y cultural— no nace de una ruptura violenta, sino de una renuncia elegante a la verdad democrática.

Vista desde el presente, la elección de 1876 adquiere un aire inquietantemente familiar. Elecciones disputadas, recuentos interminables, comisiones “independientes” con mayorías calculadas, pactos entre élites presentados como actos de responsabilidad nacional. Todo estaba ya allí, en germen. Vidal no escribe historia para tranquilizar, sino para señalar el origen del virus.

Quizá por eso 1876 sigue siendo una novela tan perturbadora. No porque revele un fraude concreto, sino porque explica cómo una democracia aprende a convivir con el fraude sin dejar de llamarse democracia. A partir de ese aprendizaje, sugiere Vidal, ya no hay marcha atrás. El sistema no colapsa; se adapta. Y en esa adaptación silenciosa nace el imperio moderno: no como una tiranía explícita, sino como un consenso tácito entre quienes deciden que la estabilidad vale más que la verdad.

En 1876, Estados Unidos no perdió su democracia. Aprendió algo mucho más peligroso: que podía perderla un poco… y seguir adelante como si nada hubiera pasado. 

ABRIR UNA BOTELLA DE CHAMPÁN CALIENTE PRODUCE UN COLOR AZULADO

Si abres una botella de champán caliente, presta mucha atención a la nube que sale del cuello. A más de 20 °C, se volverá azul. Ese destello de color es causado por el mismo proceso que colorea el cielo con sus tonos azules.


Es un sonido típico muchas fiestas navideñas: el estallido de una botella de champán. Si el champán se enfrió a la temperatura adecuada de 7-12 °C, el ruido se acompaña de un humillo blanco y frío que sale del fino cuello de la botella. Pero esta micronube es aún más fría si el champán está caliente, tornándose azul brevemente a 20 °C.

Utilizando cámaras de alta velocidad, investigadores de la Universidad de Reims-Champagne-Ardenne, en pleno corazón de la denominación de origen Champagne, registraron lo que sucede al abrir una botella de champán refrigerada a diferentes temperaturas. Los resultados, fueron publicados en la revista Scientific Reports, lo que es toda una garantía de calidad.

La nube blanca que parece emanar del champán frío no es gas atrapado que sale disparado de la botella. En realidad, es vapor de agua del aire exterior. Al liberarse el CO2 atrapado dentro de la botella, se expande rápidamente, provocando un descenso de la temperatura en un proceso llamado enfriamiento adiabático, es decir, un descenso de la temperatura sin intercambio de calor motivado por el cambio en la presión. Esta caída de temperatura es tan drástica que provoca la condensación del vapor de agua en el aire, creando la nube alrededor de la botella. De hecho, la investigación demuestra que la nube no sale de la botella, sino que fluye hacia su interior.

Pero cuando los investigadores enfocaron sus cámaras a las botellas de champán a una temperatura ambiente de 20 °C, descubrieron algo aún más extraño. El humo de la botella se tiñe de azul celeste durante unos milisegundos. Según el estudio, el humo aparece primero en el propio cuello de la botella y la neblina producida dura mucho menos y tiene menos volumen que el vapor producido por las botellas refrigeradas. 

Esto se debe a que, cuanto mayor es la temperatura, mayor es la presión dentro de la botella. Esto significa que el enfriamiento adiabático es aún más extremo durante la liberación de dióxido de carbono. Las botellas a 20 °C están sometidas a tal presión (unos ocho bares) que la expansión adiabática hace que la temperatura del gas que escapa de la botella caiga en picado a una temperatura glacial de 90 °C bajo cero.  

Diferencias de color en las nubes de champán en burbujas enfriadas a 43 °F (a), 54 °F (b) y 68 °F (c). Fuente.

Debido a que esta temperatura gélida se encuentra por debajo del punto de congelación del dióxido de carbono, los investigadores plantean la hipótesis de que la nube azul se forma a medida que se forman pequeñas partículas de hielo seco. La luz se refleja en esas partículas heladas creando el tono azul.

Esta nube azul tiene el mismo origen físico que el color azul del cielo. ¿No es extraordinario? Es simplemente un hermoso experimento de física realizado con un producto conocido. ¿Quién hubiera pensado que en tan solo unos milisegundos encontraríamos condiciones tan extremas al abrir una botella de champán?

Esta no es la primera vez que el mismo equipo examina el champán con cámaras de alta velocidad. Los investigadores ya habían estudiado cómo la física de las burbujas del champán afecta la apariencia, la textura y el sabor de la bebida, y cómo la cristalería influye en su sabor (sin duda, las mejores copas para beber champán son del tipo flauta). Y el champán no es el único elixir para adultos que recibe este tratamiento científico.

Así que la próxima vez que abras una botella de champán, piensa en la física que se produce después del estallido. En otra ocasión me ocuparé de la física des burbujas, que es un tema fascinante.

ONCE NO ES UN ERROR: BREVE HISTORIA DE UN NIÑO QUE ENTENDIÓ DEMASIADO BIEN LAS MATEMÁTICAS

 

Hay errores escolares que son entrañables: el niño que escribe “baca” cuando quería decir “vaca”, el que asegura que Colón descubrió América en 1942 o el que cree firmemente que los romanos hablaban latín porque no existían todavía los idiomas modernos. Y luego están los errores inquietantes. Los que no encajan. Los que, cuando uno los mira con atención, obligan a preguntarse si el que se ha equivocado no es el alumno, sino el sistema.

La imagen es sencilla: un ejercicio de primaria que dice “Escribe con cifra los siguientes números”. Debajo aparecen cinco números escritos con palabras. El alumno responde. Todas las respuestas están tachadas con una gran X roja. Caso cerrado. Error múltiple. Suspenso en números.

Pero si uno se detiene medio minuto más —algo que rara vez sucede en la corrección escolar— aparece un detalle curioso: todas las respuestas son incorrectas… exactamente en la misma dirección. Diez se convierte en once. Noventa y ocho en noventa y nueve. Ochenta y uno en ochenta y dos. Sesenta y seis en sesenta y siete. Treinta en treinta y uno.

No hay errores aleatorios. No hay confusión. No hay números mal escritos. Hay, en cambio, una regla impecable: a cada número se le suma uno. Matemáticamente hablando, es una función perfecta. Lingüísticamente hablando, es una interpretación incómoda. Pedagógicamente, es dinamita.

Para un adulto, el enunciado es transparente. “Los siguientes números” significa “los que vienen a continuación en la lista”. Es una convención implícita, aprendida por costumbre. Nadie la explica porque nadie cree que haya que explicarla. El niño, sin embargo, no vive en ese mundo de acuerdos tácitos. Vive en el mundo literal.

Y en el mundo literal, “el siguiente de un número” es su sucesor. No es una metáfora. Es un término técnico. Es algo que se enseña en matemáticas con bastante solemnidad. El siguiente de diez es once. El siguiente de noventa y ocho es noventa y nueve. El niño no improvisa. Ejecuta.

Aquí es donde la X roja empieza a resultar sospechosa. Porque ese alumno:

sabe leer números escritos en palabras;

conoce perfectamente la secuencia numérica;

sabe escribir cifras sin errores;

aplica una regla de forma constante.

Es decir, hace exactamente lo que se supone que debe hacer un alumno competente, solo que no lo hace como esperaba el corrector.

En el ámbito académico solemos confundir dos cosas muy distintas: equivocarse y no ajustarse a la expectativa. El problema es que solo una de ellas indica falta de comprensión. La otra suele indicar algo mucho más interesante: pensamiento independiente.

El niño no ha fallado por desconocimiento. Ha fallado por exceso de coherencia. Ha leído el enunciado con una literalidad que los adultos hemos perdido hace tiempo, quizá porque la literalidad resulta incómoda. Obliga a hacerse cargo de lo que uno dice, no solo de lo que cree estar diciendo.

El lenguaje escolar está lleno de trampas de este tipo. Decimos “resuelve el problema” cuando no hay ningún problema. Decimos “explica con tus palabras” y luego penalizamos si no son exactamente las nuestras. Decimos “razona la respuesta” y tachamos en rojo cuando el razonamiento es correcto pero llega a un sitio inesperado.

La gran X roja de la imagen no corrige un error: cierra una conversación que nunca llegó a empezar. Porque la pregunta verdaderamente interesante no era “¿cuánto es diez?”, sino “¿por qué escribiste once?”. Y esa pregunta, formulada con curiosidad en lugar de con tinta roja, habría revelado algo mucho más valioso que una respuesta correcta: un proceso mental claro, lógico y sofisticado.

La educación moderna dice valorar el pensamiento crítico, pero se pone nerviosa cuando aparece sin previo aviso. Nos gusta el pensamiento creativo siempre que sea decorativo, no cuando desafía la estructura del ejercicio. Queremos alumnos que piensen “fuera de la caja”, pero solo si regresan rápidamente a ella.

Este niño no volvió. Se quedó fuera, aplicando una regla perfectamente razonable a un enunciado ambiguo. Y por eso fue castigado.

Tal vez el error no esté en escribir once donde pone diez. Tal vez el error esté en un sistema que no sabe qué hacer cuando alguien entiende demasiado bien lo que se le dice. Porque pensar, al fin y al cabo, no consiste en adivinar lo que el otro quiere oír, sino en seguir una lógica hasta sus últimas consecuencias.

Y en ese sentido, once no es un error. Es una respuesta incómoda. Que, como casi todas las respuestas incómodas, merece más una conversación que una X.

Nota: La imagen la he tomado de un mensaje de Linkedin escrito por Sofía Alegría Midane, profesora de EGB.