Vistas de página en total

domingo, 30 de noviembre de 2025

CUANDO HOLLYWOOD SE PUSO LA SOTANA (Y LA LITERATURA DECIDIÓ DIVERTIRSE)

 

Durante casi cuarenta años, Hollywood vivió bajo un extraño régimen teocrático que no necesitó sotanas ni incensarios, pero que olía a sacristía. Era el Código Hays, una colección de mandamientos morales redactados en 1930 que prohibían el adulterio demasiado alegre, los besos demasiado largos y, si era posible, las piernas demasiado visibles. También prohibía las insinuaciones entre personas del mismo sexo, las críticas al clero, los criminales simpáticos y las mujeres que parecían disfrutar del sexo, una categoría sorprendentemente amplia para los censores.

El cine, claro, obedeció. Nunca ha sido una industria famosa por su espíritu insumiso. Pero mientras en Hollywood se recortaban faldas y se medían besos con cronómetro, la literatura norteamericana asistía al espectáculo con una mezcla de incredulidad y una pizca de satisfacción maliciosa. Era como ver a un primo famoso meterse en un lío moralista ante millones de espectadores. La literatura, en cambio, seguía a lo suyo: fumando, bebiendo y hablando de cosas impropias.

De repente, y casi sin proponérselo, los escritores se encontraron con un territorio liberado. El Código Hays, que pretendía sanear el entretenimiento, acabó convirtiendo a la novela en el lugar donde se podía contar lo que todo el mundo sabía que ocurría. El sexo, la violencia, el racismo, la corrupción, incluso el aburrimiento conyugal: todas esas cosas que el cine escondía bajo alfombras de terciopelo encontraban en las páginas impresas un hogar confortable.

En los años treinta y cuarenta, mientras Humphrey Bogart resolvía crímenes sin despeinarse y las mujeres fatales se conformaban con ser sugerentes sin llegar a la tentación, novelistas como Faulkner, Steinbeck o Dos Passos escribían sobre pueblos hundidos, mujeres desesperadas, hombres sin épica y pecados sin redención. Era como si el cine se vistiera de domingo y la novela saliera en camiseta y con ojeras. Y, naturalmente, todos querían saber qué pasaba en la casa de los ojerosos.

El fenómeno tuvo un efecto secundario delicioso: las novelas que Hollywood no podía filmar se convirtieron en armas de prestigio. Ahí está Tobacco Road, de Erskine Caldwell, un libro tan descarnado que la adaptación cinematográfica acabó pareciendo un folleto turístico del Sur profundo. O las novelas de James M. Cain, donde la gente se mataba o se acostaba sin perder tiempo en alegorías. Hollywood las filmaba como podía, y lo que podía casi siempre era poco.

Ese contraste —el libro crudo y la película puritana— convirtió a la novela en un territorio donde reinaba algo parecido a la honestidad moral. Y ya se sabe: cuando una sociedad quiere saber la verdad, a veces termina leyendo. La ironía es que muchos escritores, conscientes de que Hollywood era la gran chequera nacional, empezaron a escribir con el ojo puesto en los estudios. Surgió entonces una especie de literatura esquizofrénica:

– por un lado, tramas adultas, llenas de esa mugre humana que hace interesante a la ficción;

– por otro, suficientemente ambiguas como para que los guionistas pudieran podarlas sin que el argumento se desmoronase por completo.

Raymond Chandler, siempre tan elegante, dominó esa técnica como un cirujano. Sus novelas eran laberintos llenos de sexo y violencia que Hollywood convertía en laberintos llenos de humo y diálogos ingeniosos. A veces las películas eran tan limpias que ya no se entendía quién mató a quién, pero eso tampoco parecía preocupar a nadie.

Y mientras en los cines se purificaban almas, en los quioscos proliferaban los pulp magazines: literatura barata, repleta de crímenes sudorosos, mujeres demasiado listas y hombres demasiado torpes. Muchos de esos relatos habrían sido ilegales en la pantalla, pero en la letra impresa encontraban una especie de exilio feliz. Fue un florecimiento literario por expulsión: todo lo que no cabía en el cine buscó refugio en páginas mal impresas y portadas estridentes.

Incluso las novelas queer —esas historias en las que nadie se atrevía a decir la palabra “amor” pero todos sabían que estaba ahí— se convirtieron en un mundo propio, gozoso y clandestino. Hollywood no podía tocarlas; la literatura, sí.

El resultado fue paradójico: el Código Hays, concebido para moralizar la cultura, terminó elevando la literatura a un papel inesperado. La convirtió, sin querer, en la voz adulta de un país que fingía ser más casto de lo que era. Hizo de la novela el lugar donde se hablaba de la vida tal cual es, con sus sombras y sus pecados, mientras el cine se refugiaba en sus atardeceres románticos y sus finales ejemplares.

Cuando el código cayó en los años sesenta —aplastado por la realidad, por el hartazgo y por el hecho de que ya nadie creía esas ficciones de moral victoriana—, Hollywood corrió a recuperar el tiempo perdido. Empezó a adaptar, casi con ansia, todas aquellas novelas que antes eran impensables: La naranja mecánica, A sangre fría, Alguien voló sobre el nido del cuco. De repente, la pantalla descubrió que el mundo era más grande, turbio e interesante de lo que sus antiguos guardianes habían permitido.

Hoy, cuando uno mira atrás, da la sensación de que el Código Hays no encogió la literatura, sino que la engrandeció. Obligó al cine a comportarse como un adulto que vive aún con sus padres y tiene que esconder sus revistas, mientras los escritores paseaban por la acera de enfrente con una libertad insolente.

No es la primera vez —ni será la última— que la censura genera efectos contrarios a los previstos. En aquel caso, la moral vino a salvar al cine de sus pecados, pero al final fue la literatura quien se llevó el botín: más lectores, más temas, más ambición y una saludable alergia al puritanismo. 

Y uno imagina a Faulkner o a Steinbeck, sentados en algún porche de madera, brindando por aquel reglamento absurdo que pretendió cerrarles la boca… y acabó regalándoles el micrófono.

martes, 25 de noviembre de 2025

SMEDLEY D. BUTLER, A REPENTANT GENERAL

 The flag follows the dollar, and the soldiers follow the flag—Major General Smedley D. Butler

Sometimes we are so confused that we no longer know where the truth of our dreams ends and the lies of our life begin. Smedley D. Butler’s case is not unique: he was one of those who dedicate their life to the military without disowning their past, but who later change course when they realize that ideas, like time itself, evolve.

On page 18 of a priceless book (Por el bien del Imperio, 2011), the historian Josep Fontana recalled one of the most lucid works ever written about the Cold War —Washington Rules: America’s Path to Permanent War (Metropolitan Books, 2010)— by Andrew Bacevich, a U.S. Army colonel who, after being stationed in Eastern Europe following the fall of the Berlin Wall and seeing for himself the miserable state of the “enemy” world against which he had fought, “began to wonder whether the truths he had accumulated over the previous twenty-three years as a professional soldier —especially truths about the Cold War and U.S. foreign policy— might not be entirely true.”

That reflection by Bacevich, which I rediscovered in a summer rereading of Fontana’s book, immediately brought to mind the most famous case of a soldier turned antimilitarist and pacifist leader: Smedley Darlington Butler, Major General of the U.S. Marine Corps. He was the youngest captain and the most decorated military officer in the nation’s history, one of only two Marines ever awarded two Medals of Honor for combat heroism. Until his death in 1940, he remained the most popular officer among the troops —a general with a farmer’s face and a preacher’s voice.

Butler took part in nearly every war that defined the American imperial century: in Cuba during the Spanish-American War; in the Philippines during the Philippine-American War; in China during the Boxer Rebellion; in the Banana Wars of Honduras and Nicaragua; in the seizure of Veracruz, Mexico, where he received his first Medal of Honor; in the occupation of Haiti, where he earned the second; in the First World War, and later again in China. Were there a list of the most distinguished American soldiers on the battlefield, Butler’s name would be near the top.

But he was also the first to pull the curtain aside. In Connecticut, on August 21, 1931, General Butler gave a startling speech denouncing the imperialist character of America’s foreign interventions. This was part of what he said:

“I spent thirty-three years and four months in active military service as a member of the most efficient fighting force in our nation —the Marine Corps. I served in all commissioned ranks from second lieutenant to major general... During that period I spent most of my time being a high-class muscle man for Big Business, for Wall Street, and for the bankers... In short, I was a racketeer, a gangster for capitalism [...] In 1924 I helped make Mexico, and especially Tampico, safe for American oil interests. I helped make Haiti and Cuba a decent place for the National City Bank boys to collect revenues. I helped in the raping of half a dozen Central American republics for Wall Street. [...] I was rewarded with honors, medals, and promotions. But when I look back on it, I feel I could have given Al Capone a few hints. He operated his racket in three districts of one city. I operated on three continents. The flag follows the dollar, and the soldiers follow the flag.”

After examining his own military career, Butler denounced the enrichment of the arms suppliers —a theme that President Eisenhower would later echo when warning of the military-industrial complex. Butler became a champion of the pacifist movement and spent years touring the country, giving speeches to veterans and civic groups.

In 1935, Round Table Press published War Is a Racket, the book in which Butler condensed his self-criticism with disarming lucidity. He exposed the plunder that the government inflicted on its own soldiers, the profits of the munitions makers who sold to both sides during World War I, and proposed that U.S. armed forces should be used solely for the defense of national territory. He suggested restricting naval operations to 200 miles and air operations to 500 miles off the American coast and requiring any offensive war to be approved through a plebiscite limited to those eligible for the draft.

It was a naïve proposal, yes —but also a brave one: an attempt to return the decision of war to those who would fight it, not to those who would profit from it.

Yet the episode that sealed his legend did not unfold on the battlefield or in a lecture hall, but in the corridors of Congress. In 1933, a group of powerful businessmen —including figures connected to J.P. Morgan, DuPont, and General Motors— approached Butler to offer him command of a private army of half a million veterans. The plan, later known as the Business Plot or Wall Street Putsch, aimed to overthrow President Franklin D. Roosevelt and install a corporate regime modeled on Mussolini’s Italy.

They wanted a patriotic dictator, a military hero with popular appeal who could halt the New Deal and return the country to the hands of big business. Believing Butler to be a man they could control, they misjudged him completely. He listened, feigned interest, and then turned them in.

Butler testified before the McCormack–Dickstein Committee of the House of Representatives, describing the details of the conspiracy with names and numbers. The committee confirmed that contacts and plans had indeed existed, though the matter was quietly buried. The coup never materialized, but the seed of suspicion took root: that patriotism in America could serve both to free nations and to enslave them; both to defend democracy and to strangle it.

Butler was called paranoid, a communist, a traitor. He answered with the calm of a man who no longer had anything to lose:

“I would rather be called a traitor to my class than a traitor to my country.”

He continued writing and lecturing until his death in 1940, at his home in Pennsylvania, with his uniform hanging in the closet and his conscience finally at rest. He had been the most decorated soldier in the nation and ended up as its most inconvenient conscience.

Some say Butler repented too late. But perhaps, as Bacevich suggests, the truth lies not in repentance but in revelation. Butler discovered that the enemy was not always across the ocean. Sometimes, he was right at home —smiling from the boardroom.

SMEDLEY D. BUTLER, UN GENERAL ARREPENTIDO

 

"La bandera sigue al dólar y los soldados siguen a la bandera". El Mayor General Smedley D. Butler, autor de la frase entrecomillada, animando en un partido de fútbol entre excombatientes y marines, en 1930.

A veces ocurre que estamos tan confundidos que no sabemos muy bien dónde termina la verdad de nuestros sueños y comienzan las mentiras de nuestra vida. El de Smedley D. Butler no es el único caso en el que alguien que ha dedicado su vida a la milicia no abomina de su pasado, pero rectifica cuando se da cuenta de que las ideas, como el tiempo, mutan.

En la página 18 de un libro impagable (Por el bien del Imperio, Pasado & Presente, 2011), el historiador Josep Fontana recordaba uno de los libros más lúcidos acerca de la Guerra Fría —Washington Rules. America’s Path to Permanent War (Metropolitan Books, 2010)—, escrito por Andrew Bacevich, un coronel de los Estados Unidos que, cuando pasó a la zona oriental tras la caída del muro de Berlín y vio con sus propios ojos cuál era el lamentable estado del mundo enemigo contra el que había luchado: «comenzó a pensar en la posibilidad de que las verdades que había ido acumulando durante los veintitrés años anteriores como soldado profesional —especialmente verdades sobre la Guerra Fría y la política exterior de Estados Unidos— podían no ser del todo verdaderas».

La cita de Bacevich, obtenida en la relectura veraniega del libro de Fontana, la he asociado inmediatamente con el caso más sonado de militar devenido en antimilitarista y líder pacifista: el de Smedley Darlington Butler, Mayor General del Cuerpo de Infantería de Marina de los Estados Unidos. Fue el capitán más joven y el militar más condecorado en la historia del país, uno de los dos únicos marines en recibir por heroísmo en combate dos Medallas de Honor del Congreso. Hasta su muerte, en 1940, fue también el oficial más querido por las tropas, un general con rostro de granjero y verbo de predicador.


Butler participó en casi todas las guerras que definieron la expansión imperial de Estados Unidos: en Cuba durante la guerra contra España; en las Filipinas, durante la guerra Filipino-estadounidense; en China, sofocando la rebelión de los bóxers; en las guerras bananeras en Honduras y Nicaragua; en la toma de Veracruz, México, donde obtuvo su primera Medalla de Honor; en la ocupación de Haití, donde obtuvo la segunda; en la Primera Guerra Mundial y, más tarde, otra vez en China. Si se elaborara una lista de los militares estadounidenses más distinguidos en los campos de batalla, Butler ocuparía uno de los primeros lugares.

Pero también sería el primero en tirar de la manta. En Connecticut, el 21 de agosto de 1931, el general Butler pronunció un sorprendente discurso en el que denunció el carácter imperialista de las intervenciones en el extranjero de las fuerzas armadas de Estados Unidos. Esta fue parte de su alocución:

«Pasé treinta y tres años y cuatro meses en el servicio activo como miembro de la fuerza militar más eficaz de nuestra nación, la Infantería de Marina. Presté mis servicios en todos los rangos de la oficialidad, desde subteniente hasta mayor general… Durante ese periodo dediqué la mayor parte de mi tiempo a ser un gánster de primera categoría al servicio de las grandes empresas, de Wall Street y de los banqueros… En pocas palabras, fui un chantajista, un matón, un pistolero a las órdenes del capitalismo…

En 1924 ayudé a hacer que México, y especialmente Tampico, quedaran asegurados para los intereses petroleros estadounidenses. Colaboré a hacer de Haití y Cuba lugares apropiados para que los muchachos del National City Bank pudieran obtener sus ingresos. Ayudé a violar a media docena de repúblicas centroamericanas en beneficio de Wall Street. [...]

Fui premiado con honores, medallas y ascensos. Pero cuando miro hacia atrás considero que podría haber dado algunas sugerencias a Al Capone. Él, como gánster, operó en tres distritos de una ciudad. Yo, como Marine, operé en tres continentes. La bandera sigue al dólar y los soldados siguen a la bandera».

Tras analizar su propia experiencia militar, Butler denunció el enriquecimiento de los proveedores de las fuerzas armadas, tema que un cuarto de siglo después retomaría el presidente Eisenhower cuando, al final de su segundo mandato, alertó sobre el poder corrosivo del que llamó “complejo militar-industrial”. Butler se convirtió en un campeón del movimiento pacifista y recorrió el país dando conferencias.

En 1935, la editorial Round Table Press publicó War is a Racket (La guerra es una estafa), el libro en el que Butler resumió su autocrítica con una lucidez extraordinaria. Denunció el latrocinio que el Gobierno ejercía sobre sus propios soldados, el negocio de los fabricantes de municiones y equipos que vendían a ambos bandos durante la Primera Guerra Mundial, y propuso que las fuerzas armadas estadounidenses sólo pudieran intervenir en defensa del territorio nacional. Para ello sugería limitar la acción de la Marina a 200 millas y la de la Aviación a 500 millas desde la costa, y someter toda guerra ofensiva a un plebiscito en el que solo pudieran votar los llamados a empuñar las armas.

Fue una propuesta ingenua, sí, pero también heroica: un intento de devolver la guerra a quienes la sufren, y no a quienes la financian. Sin embargo, el episodio que consolidó su leyenda no se libró en los campos de batalla ni en los auditorios, sino en los pasillos del Congreso. En 1933, un grupo de poderosos empresarios —entre ellos figuras vinculadas a J.P. Morgan, DuPont y General Motors— contactó con Butler para ofrecerle el mando de una milicia privada de medio millón de veteranos. El plan, que pasaría a la historia como el Business Plot o Wall Street Putsch, pretendía derrocar al presidente Franklin D. Roosevelt e instaurar un régimen corporativo al estilo de Mussolini.

Querían un dictador patriota, un militar con carisma popular que contuviera el New Deal y devolviera el país a las manos de los grandes intereses. Butler, al que creían un hombre manipulable, los escuchó con aparente interés y luego los denunció. Compareció ante el Comité McCormack-Dickstein de la Cámara de Representantes y relató los detalles del complot con nombres y cifras.

El comité corroboró que los contactos existieron, aunque el asunto fue discretamente silenciado. El golpe nunca se materializó, pero la semilla de la sospecha germinó: que el patriotismo, en los Estados Unidos, podía servir tanto para liberar pueblos como para esclavizarlos; tanto para defender la democracia como para sofocarla.

A Butler lo llamaron paranoico, comunista, traidor. Él respondió con la serenidad de quien ya no tiene nada que perder: «Prefiero que me llamen traidor a mi clase antes que traidor a mi país».

Siguió escribiendo y dando conferencias hasta su muerte, en 1940, en su casa de Pensilvania, con el uniforme colgado en el armario y el alma en paz. Había sido el soldado más condecorado de su nación y terminó siendo su conciencia más incómoda.

Hay quienes creen que Butler se arrepintió tarde. Pero quizá, como sugiere Bacevich, la verdad no está tanto en el arrepentimiento como en el descubrimiento. Butler descubrió que el enemigo no estaba siempre al otro lado del mar. A veces estaba en casa, sonriendo desde un consejo de administración.

domingo, 23 de noviembre de 2025

EL NAVEGADOR INVISIBLE DE LAS PALOMAS


Si uno quisiera escribir la biografía de un animal injustamente infravalorado, bastaría con empezar por la paloma. Cualquier paloma. Da igual que sea una mensajera entrenada o la que se pasea por la terraza de una cafetería con el aire indiferente de quien no paga impuestos. Durante siglos, la humanidad ha recurrido a ellas para llevar mensajes, para estudiar la navegación animal e incluso —hay documentos que lo confirman— para investigar técnicas primitivas de fotografía aérea. Y, sin embargo, seguimos sin entender del todo cómo demonios encuentran su camino.

En 1882, el zoólogo Camille Viguier especuló que las aves y otros vertebrados se orientaban gracias al campo magnético terrestre, algo que ningún animal sabía hacer en aquel entonces. Propuso que el campo induciría pequeñas corrientes eléctricas en el líquido de sus oídos internos, revelando la dirección como la aguja de una brújula. El trabajo de Viguier cayó en el olvido, pero resulta que estaba en lo cierto.

En los años transcurridos desde la muerte de Viguier, los investigadores han descubierto que algunos animales pueden detectar el campo magnético terrestre —un proceso llamado magnetorrecepción— y utilizarlo para orientarse. Sin embargo, otros mecanismos han dominado las explicaciones de este misterioso sentido.

Ahora, un equipo ha encontrado respaldo a la propuesta original de Viguier: el pasado 20 de noviembre, un artículo publicado en Science ha añadido una nueva capa a este misterio, una capa tan interesante como cuidadosamente descrita: un conjunto de células sensoriales en el oído interno que podrían, solo podrían, ayudar a las palomas a detectar el campo magnético de la Tierra. No es una confirmación definitiva, pero sí un paso significativo en una cuestión que lleva inquietando a biólogos, físicos y hasta a algún poeta desde finales del siglo XIX.

El problema es antiguo y, a la vez, desconcertante en su sencillez: ¿Cómo logra un animal con cerebro del tamaño de una nuez —y no de las grandes— volver a su refugio desde cientos de kilómetros de distancia sin ningún mapa, sin GPS y sin leer señales de tráfico?

La teoría clásica afirmaba que las palomas utilizaban el sol como guía y es verdad que lo hacen. Otras investigaciones de finales del siglo XXdemostraron que también recurren al olfato: detectan gradientes de olores regionales como si fuesen sabuesos con alas. Pero ninguna de esas explicaciones, ni juntas ni por separado, era capaz de explicar casos documentados de palomas que regresaban a casa desde lugares completamente desconocidos o tras haber sido transportadas dentro de cajas selladas.

De ahí la sospecha —muy persistente— de que las aves poseen algún tipo de receptor magnético, una brújula biológica que les permite orientarse con respecto al campo magnético terrestre. El problema es que llevamos buscándolo medio siglo sin encontrarlo.

Hubo épocas de entusiasmo desbordado. En los años 2000, una corriente de investigación defendía que la clave estaba en el pico: pequeñas acumulaciones de magnetita, diminutas partículas ferrosas que actuarían como agujas de brújula microscópicas. La idea parecía brillante. Hasta que un grupo de investigadores demostró que las famosas “células magnéticas” no eran neuronas, ni sensores, ni nada parecido: eran macrófagos, células del sistema inmunitario dedicadas básicamente a comerse cosas que no deben estar ahí. El misterio volvía a cero.

Otra hipótesis apuntaba a la retina: un conjunto de moléculas sensibles a campos magnéticos que, en teoría, permitirían a las aves “ver” el magnetismo como un patrón visual. El problema era que nadie conseguía demostrar más allá de toda duda que aquello funcionara fuera del laboratorio o que fuera lo bastante preciso como para guiar a una paloma de Madrid a Barcelona. En ese contexto de teorías interrumpidas, aparece el nuevo estudio publicado por Science.

No es una respuesta definitiva —la ciencia rara vez ofrece respuestas definitivas—, pero sí una pieza adicional del rompecabezas: en el oído interno de las palomas existen células ciliadas que reaccionan de manera medible a variaciones del campo magnético. De todos los órganos posibles, el oído parecía el menos sospechoso. Uno piensa en equilibrio, en vibraciones, en ruidos rituales, pero no en brújulas invisibles. Y, sin embargo, ahí estan los resultados: células que, al exponerse a campos magnéticos modificados, muestran cambios eléctricos y mecánicos, como si el magnetismo activara una especie de resorte secreto.

Los científicos que firman el estudio se apresuran a aclarar que este hallazgo no prueba que las palomas “escuchen” el magnetismo. Solo demuestra que hay células con potencial sensorial. En otras palabras: que el oído podría ser parte del sistema. Podría. Es la clase de matiz que alguien celebraría con una carcajada pensando sobre la manía humana de creer que cualquier descubrimiento recién publicado resuelve el misterio entero.

Aun así, el descubrimiento es importante. No porque resuelva la cuestión, sino porque descarta otra teoría previa y añade un candidato plausible. La ciencia avanza así: descartando ideas erróneas, refinando hipótesis mejores y celebrando cuando una pieza del rompecabezas, aunque no encaje del todo, al menos pertenece al puzzle correcto.

Lo verdaderamente fascinante es pensar en la historia evolutiva de este fenómeno. Millones de años antes de que un científico alemán inventara el imán moderno, antes incluso de que la humanidad comprendiera qué era un polo magnético, algunas criaturas ya aprovechaban ese campo invisible para navegar.

Las tortugas lo hacen. Los salmónidos también. Las ballenas, probablemente. Y ahí tenemos a la paloma, modesta, cotidiana, caminando por las calles de cualquier ciudad como si no guardara ningún secreto. Pero lo guarda. Vaya si lo guarda.

El hallazgo del oído interno como posible receptor plantea preguntas nuevas: ¿De dónde proviene esta sensibilidad? ¿Es un rasgo común a las aves o exclusivo de algunas especies? ¿Por qué evolucionó en palomas, que no son migratorias de larga distancia como las golondrinas o las águilas? ¿Forma parte de un sistema híbrido junto al olfato, la visión solar y la memoria espacial?

Cada respuesta abre dos incógnitas nuevas, lo cual es un buen indicio de que los científicos están en el camino correcto. Del artículo emerge también una sensación de humildad científica. Los autores reconocen que, aunque las células ciliadas muestran sensibilidad magnética, todavía no saben cómo esa información llega al cerebro ni cómo la interpreta el sistema nervioso. En otras palabras: sabemos que hay un cable, pero no sabemos a dónde va. Sabemos que hay un mensaje, pero no conocemos el idioma.

Es un hallazgo maravilloso, porque abre una ventana más grande que la que cierra. En cierto modo, nos recuerda que seguimos viviendo en un planeta lleno de mecanismos naturales que no entendemos ni remotamente. Que los animales —incluso los que miramos por encima del hombro— llevan millones de años haciendo cosas que nosotros somos incapaces de replicar con toda nuestra tecnología reunida.

Hay una escena imaginaria que resume muy bien esta historia. Un científico, de pie frente a una paloma, le pregunta con todos los instrumentos modernos posibles:

“¿Cómo encuentras el camino?”

La paloma, sin moverse, lo mira con el mismo gesto con que mira una miga de pan. Y no contesta, porque no lo necesita. Ella simplemente vuelve a casa.

En última instancia, lo que el artículo de Science nos recuerda es que la ciencia está llena de descubrimientos modestos que brillan más por lo que insinúan que por lo que afirman. La idea de que la orientación de las palomas esté vinculada a unas células del oído no es una revelación definitiva, pero sí una invitación a seguir buscando.

El misterio sigue vivo. La paloma sigue orientándose. El ser humano sigue maravillado. Y en un mundo que a menudo presume de haberlo cartografiado todo, resulta reconfortante descubrir que a veces basta con mirar a la paloma del alféizar para recordar que todavía vivimos rodeados de preguntas sin respuesta.


miércoles, 19 de noviembre de 2025

TODO LO QUE DEBERÍA SABER SOBRE EL HIPO

 

El hipo es una de esas molestias menores de la vida que, cuanto más se piensa en ellas, más absurdas parecen. Es una sacudida involuntaria, un espasmo del diafragma que produce un sonido tan característico como inútil. No mata a nadie, pero puede volver loco a cualquiera.

Y, sin embargo, este fenómeno aparentemente trivial ha desconcertado a la ciencia durante siglos. En algún punto entre lo cómico y lo fisiológico, el hipo ha inspirado miles de remedios caseros, desde beber agua al revés hasta dejarse asustar por un amigo, y ha dado pie a explicaciones tan diversas como la respiración de los anfibios y el sexo.

Un reflejo sin propósito claro

Todos lo hemos sentido: una contracción repentina, seguida de un sonido involuntario. El hipo es producto de un arco reflejo —un circuito automático del sistema nervioso— que conecta el diafragma con el cerebro. Cuando el diafragma se contrae sin aviso, el aire entra de golpe en los pulmones, la glotis se cierra y se produce el inconfundible “hip”.

Curiosamente, algunos científicos creen que el hipo tiene una función protectora. Sin ese reflejo, podríamos hiperventilar en determinadas circunstancias. Otros piensan que el cuerpo lo conserva simplemente porque no le molesta lo suficiente como para eliminarlo mediante la evolución, lo cual no dice mucho sobre nuestra eficiencia biológica.

Lo fascinante es que, aunque el mecanismo se conoce, las razones por las que ocurre siguen siendo un misterio. Es, literalmente, un reflejo que se dispara porque sí.

De gases, tragos y estómagos rebeldes

Las causas del hipo son tan variadas como poco glamorosas. La más común es una distensión rápida del estómago: comer demasiado, beber con prisa, tragar aire mientras uno llora o reírse con una bebida gaseosa en la boca. El alcohol y los alimentos picantes también pueden irritar el diafragma. En resumen, todo lo que da placer en la vida parece aumentar el riesgo de hipo.

Afortunadamente, la mayoría de los episodios duran apenas unos minutos. Pero cuando el hipo persiste más de 24 horas, se le considera persistente; y si se prolonga más de 48, intratable. A partir de ahí, deja de ser un chiste y pasa a ser un asunto médico.

El hipo crónico puede estar asociado a enfermedades que van desde la diabetes hasta la tuberculosis, pasando por la malaria o el herpes. También puede ser efecto secundario de anestesias, intubaciones o fármacos como la dexametasona, el diazepam o ciertos agentes quimioterapéuticos. Incluso se ha descrito como síntoma atípico de la COVID-19, lo que hace pensar que el coronavirus quiso probar todos los recovecos posibles del cuerpo humano.

Los espasmos del diafragma que no se pueden controlar ocasionan hipo. El diafragma es el músculo que separa el pecho del área estomacal y tiene un papel importante en la respiración. Los nervios frénicos son nervios bilaterales que inervan el diafragma. El espasmo hace que las cuerdas vocales se cierren brevemente y produzcan el sonido “hip”.

Una pregunta sencilla y desconcertante: ¿por qué demonios los mamíferos tienen hipo?

Una teoría sugiere que es un vestigio evolutivo de nuestros antepasados anfibios. Las ranas, por ejemplo, respiran alternando movimientos de la glotis y el diafragma muy parecidos al patrón del hipo. Otra hipótesis apunta a los mamíferos lactantes: el hipo ayudaría a los bebés a liberar aire del estómago para hacer sitio a más leche. Una especie de eructo automático de serie.

Y luego está la teoría más poética: que el hipo sirve al cerebro fetal para “mapear” el cuerpo, entrenando la coordinación entre la respiración y la deglución antes del nacimiento. Si es así, todos empezamos la vida hipando, lo que explica muchas cosas de nuestra especie.

Cómo detener el hipo (o al menos fingir que podemos)

Aunque seguimos sin saber por qué lo tenemos, sabemos cómo interrumpirlo. O al menos creemos saberlo. La clave está en romper el arco reflejo del hipo, y para eso casi cualquier estímulo vale. Contener la respiración, beber agua, recibir un susto o incluso estornudar. Lo curioso es que la mayoría de estos métodos parecen funcionar… justo cuando el hipo ya iba a desaparecer solo. Es el efecto placebo más sonoro de la historia.

Los científicos, sin embargo, han intentado aportar rigor al asunto. Una revisión médica afirmaba que “la simple introducción de una sonda nasogástrica puede detener el hipo con éxito”. No parece un remedio casero muy popular, ni algo que uno haga entre risas en la sobremesa.

Un experimento más razonable demostró que el hipo cesa cuando el nivel de CO₂ en la sangre supera los 50 mmHg. Traducido: si uno respira dentro de una bolsa de plástico durante tres minutos, el exceso de dióxido de carbono puede calmar el diafragma. (Nota: no lo intente sin supervisión o podría resolver el hipo de forma permanente).

El intento más ingenioso de domesticar el hipo vino del neurólogo Ali Seifi, de la Universidad de Texas. Cansado de ver a pacientes desesperados, inventó una herramienta llamada HiccAway, registrada como “Herramienta de Succión y Deglución Inspiratoria Forzada”. El nombre no es muy comercial, pero la idea sí: una pajita gruesa con una válvula que obliga a sorber con fuerza. Esa succión intensa provoca la contracción del diafragma, seguida del cierre inmediato de la epiglotis. En teoría, esto activa simultáneamente los nervios frénico y vago, reiniciando el sistema y deteniendo el hipo.

El invento fue probado por 249 voluntarios en distintos países: el 92 % afirmó que su hipo se detuvo, y el 90 % lo prefirió a los remedios tradicionales. Los resultados, por supuesto, se recogieron mediante una encuesta en línea, lo que no es exactamente un ensayo clínico doble ciego, pero al menos nadie salió herido.

La ciencia (o el arte) de desesperarse

Sorprendentemente, existe muy poca literatura científica sobre cómo detener el hipo. La única intervención que se ha estudiado con cierta formalidad es la acupuntura, aunque los resultados son inconsistentes. Una revisión Cochrane de 2013 concluyó que la mayoría de los estudios eran metodológicamente dudosos, y una revisión de 2020 llegó a una conclusión parecida: “la evidencia disponible es limitada y de baja calidad”.

Así que, en resumen, sabemos casi tanto sobre curar el hipo como sobre curar la mala suerte.

Cuando el hipo no tiene gracia

En los casos graves, los médicos pueden recurrir a fármacos como el baclofeno, la metoclopramida, la gabapentina o la clorpromazina, que en conjunto suenan como una alineación de la Liga búlgara pero actúan sobre el sistema nervioso.

Y luego está el caso del paciente de 40 años que los superó a todos: tras días de hipo persistente y tratamientos fallidos, descubrió que este desaparecía durante el orgasmo. Según el informe clínico, el reflejo eyaculatorio “probablemente interrumpió el arco reflejo del hipo”. A efectos prácticos, fue la primera vez que un médico prescribió sexo como antídoto para un problema respiratorio.

El hipo, ese gesto torpe y universal, sigue siendo un enigma fisiológico y una fuente inagotable de anécdotas. No es mortal, pero puede durar días, incluso años (el récord lo ostenta un agricultor de Iowa que hipó durante 68 años).

Quizá el misterio del hipo sea una pequeña lección sobre la condición humana: podemos secuenciar genomas, mandar sondas a Marte y construir reactores de fusión, pero seguimos sin poder explicar por qué a veces nuestro diafragma decide comportarse como un resorte rebelde.

Hasta que la ciencia lo resuelva, seguiremos bebiendo agua al revés, conteniendo la respiración, consultando el Kamasutra o buscando compañía inspiradora. Porque si algo nos enseña el hipo, es que incluso los reflejos más inútiles pueden tener sus momentos brillantes.

martes, 18 de noviembre de 2025

LA PARKA ESQUIMAL QUE VENCIÓ AL HIELO SIN NECESIDAD DE GORE-TEX

 

Si uno quiere sentirse insignificante, basta con imaginarse en mitad del Ártico, de pie sobre un pedazo de hielo que cruje como dientes nerviosos y bajo un cielo tan blanco que hace sentir culpable a cualquier camiseta. En ese mundo congelado, donde un error de la vestimenta puede tener consecuencias definitivas, los pueblos indígenas desarrollaron un tipo de impermeable que deja en ridículo a nuestras chaquetas modernas. Y lo hicieron sin laboratorios, sin polímeros patentados y sin anuncios de televisión con montañistas perfectos conquistando cumbres al amanecer. Su secreto estaba en los intestinos.

Sí, con tripas, a base de intestinos. Pero antes de que la idea le provoque arcadas, conviene saber que los inupiat de Alaska, los yupik siberianos y los inuit de Groenlandia y Canadá llevaban utilizándolos miles de años para fabricar prendas impermeables y transpirables. Lo extraordinario es que lo consiguieron mucho antes de que apareciera Bob Gore, el químico estadounidense que en 1969 «inventó» el Gore-Tex y cambió para siempre el vestuario de los excursionistas modernos. Cuatro milenios antes, las costureras árticas ya jugaban en esa liga.

La clave está en la biología. Los intestinos de focas, morsas y ballenas poseen una membrana casi mágica. La superficie exterior es lo bastante densa para bloquear la lluvia y las salpicaduras de agua helada, mientras que la interior está llena de poros microscópicos que permiten el paso del vapor —es decir, del sudor—. Las gotas de agua son demasiado grandes para entrar; las moléculas de sudor son lo bastante pequeñas para escapar. El mismo principio que hace que el Gore-Tex sea Gore-Tex... solo que diseñado por la evolución y aprovechado por comunidades que observaban a la naturaleza con una meticulosidad que haría llorar de felicidad a cualquier ingeniero.

Pero saber que la materia prima es buena no basta para convertirla en ropa. Los cazadores árticos, que pasaban días enteros en kayaks mientras el mar intentaba empaparlos, necesitaban prendas ligeras, flexibles y tan herméticas como un termo. Preparar intestinos para confeccionar una parka era casi un ritual. Primero había que limpiarlos por completo, una tarea que exigía paciencia, precisión y una tolerancia a los olores que situaría a cualquiera en el Olimpo de los estómagos fuertes. Luego las costureras los lavaban de nuevo, esta vez con agua helada, y los inflaban como globos largos y traslúcidos que iban colgando al aire libre hasta que se secaban.

Parka con capucha de intestinos de mamífero marino. Las parkas de membrana de intestino testimonian una alta destreza técnica unida a un gran sentido artístico adquirido de una herencia ancestral. Los hombres y las mujeres inuits las llevaban directamente sobre el cuerpo y por debajo de sus otros trajes.

El resultado era un material extraño, ligero como el papel y sorprendentemente resistente. Para un observador moderno parecería frágil, quizá algo que uno usaría para envolver flores, no para enfrentarse a una tormenta polar. Pero los pueblos del Ártico sabían lo contrario: aquella película nacarada y flexible podía salvar vidas. Una sola tripa, ya seca, medía dos o tres metros, y las costureras las cortaban en tiras que luego cosían con una precisión que haría ruborizar al mismísimo Cifonelli.

Coser intestinos, además de paciencia, tiene su ciencia. Una costura incorrecta deja pasar agua y, como cualquiera que haya intentado remendar un chubasquero barato sabe, una filtración de apenas un milímetro basta para convertir una prenda en un fracaso. Las costureras árticas desarrollaron técnicas quirúrgicas: solapaban tiras con exactitud geométrica, usaban hilo de tendón —resistente, flexible y fiable— y, a veces, sellaban las uniones con aceite de foca. Cada puntada era un acto de ingeniería empírica.

Una parka terminada podía llevar meses de trabajo, requerir intestinos de docenas de animales y contener miles de puntadas invisibles al ojo inexperto. Y, sin embargo, pesaba unos 85 gramos, lo mismo que un teléfono inteligente moderno. Imagínese una prenda más ligera que una bufanda y capaz de mantener seco a alguien mientras navega sobre aguas que podrían congelar un vaso de güisqui en segundos. Era funcional, sí, pero también extraordinariamente bella: la luz atravesaba su superficie como si estuviera hecha de vidrio esmerilado. Muchas costureras las adornaban con tiras teñidas y motivos geométricos, en un equilibrio perfecto entre arte y supervivencia.

Las parkas de tripa no eran solo ropa: eran identidad. Entre los yupik siberianos existían versiones ceremoniales con adornos que convertían a quien las llevaba en una especie de aurora boreal viviente. Durante generaciones, estas habilidades se transmitieron de madres a hijas como un tesoro familiar. Y lo eran: en un entorno donde una ola inesperada podía significar la muerte en minutos, una buena parka era tan importante como un arpón o un kayak.

Pero llegó el siglo XX, y con él la revolución sintética. El nailon, la goma impermeable y, finalmente, el Gore-Tex parecieron soluciones fáciles, rápidas y —sobre todo— comerciales. No hacía falta cazar ni dedicar meses a la costura; bastaba con comprar. En muchas comunidades, las técnicas tradicionales empezaron a desaparecer. Para finales del siglo XX apenas quedaban ancianas capaces de preparar adecuadamente una tripa o de coser las costuras sin que permitieran filtraciones.

Algunas partes del conocimiento se perdieron para siempre, como los patrones exactos de ciertas puntadas o los tipos de agujas de hueso que funcionaban mejor con cada animal. Pero no todo se desvaneció. En las últimas décadas ha surgido un movimiento de recuperación cultural que mira al pasado con orgullo y al futuro con curiosidad. En talleres comunitarios, museos y escuelas se intenta reconstruir, puntada a puntada, aquello que estuvo a punto de desaparecer.

En 2022 ocurrió algo hermoso. Un anciano sugpiaq de Cordova, Alaska, reunió a un grupo de artistas y costureras para confeccionar una parka de tripa de oso, un tipo de prenda que no se había hecho en generaciones. El proyecto llevó meses. Hubo que aprender de nuevo a limpiar las tripas sin dañarlas, a inflarlas correctamente, a secarlas sin que se agrietaran. Las agujas modernas no funcionaban como las tradicionales y hubo que improvisar herramientas. A veces el material se rompía. A veces las costuras no quedaban bien. Pero lo consiguieron: una parka nueva, tan ligera y eficaz como las que vestían los ancestros.

La experiencia demostró algo que solemos olvidar: la ciencia no siempre viene con bata blanca. A veces viene en forma de generaciones enteras observando el comportamiento de la naturaleza hasta deducir cómo aprovecharlo. Hoy, las grandes empresas de ropa invierten millones en estudiar membranas impermeables, en diseñar poros microscópicos y en crear materiales sintéticos capaces de lo que los pueblos árticos descubrieron con animales, hielo y mucha paciencia. Y aun así, muchas prendas comerciales pesan más, transpiran peor y duran menos que aquellas parkas translúcidas.

El regreso de estas técnicas tradicionales es más que una moda. Es un recordatorio de que el ingenio humano está por todas partes. Resolver un problema con lo que se tiene a mano puede ser tan brillante como inventar un polímero nuevo. Las costureras del Ártico no tenían empresas mercadotécnicas detrás. No buscaban revolucionar el mundo del montañismo. Solo querían mantener con vida a sus familias. Y, en el proceso, crearon uno de los primeros tejidos verdaderamente tecnológicos de la historia.

Hoy, en comunidades de Alaska, Siberia, Canadá y Groenlandia, se están rescatando esas habilidades antiguas. Se enseña a los jóvenes a preparar intestinos, a reconocer el grosor adecuado, a tensar una costura sin romperla. Se mezcla tradición y modernidad: algunos usan guantes quirúrgicos, otros prefieren hacerlo con las manos. Pero todos comparten la misma sensación: la de estar conectando con miles de años de ingenio acumulado.

Es fácil pensar que la tecnología avanza siempre hacia delante. Pero a veces el camino pasa por mirar atrás. Las parkas de intestinos nos recuerdan que el conocimiento humano es frágil y extraordinario, y que puede desaparecer en una sola generación si no se cuida. También nos recuerdan que los pueblos etiquetados como «primitivos» solo lo fueron en la imaginación de quienes no supieron ver su brillantez.

Quizá, la próxima vez que nos pongamos una chaqueta impermeable moderna, deberíamos pensar en aquellas costureras del Ártico cosiendo a la luz débil del invierno, transformando tripas en vida, puntada a puntada. Porque antes de que existiera el Gore-Tex, ya había una tecnología capaz de vencer al hielo. Y era, literalmente, de tripa.

lunes, 17 de noviembre de 2025

SELVAS EN MINIATURA: GUERRAS MICROSCÓPICAS, ESPIONAJE, SABOTAJES Y SEÑALES QUÍMICAS EN LA JUNGLA

 

La antigua pelea entre plantas e insectos herbívoros es, de algún modo, la versión natural del tira y afloja entre vecinos que no se soportan. Imagínate vivir anclado al suelo —sin posibilidad de correr, esconderte o fingir que no estás en casa— mientras hordas de criaturas hambrientas revolotean a tu alrededor como clientes impacientes ante un bufé libre.

Las plantas, a pesar de su fama de seres tranquilos y pacíficos, llevan millones de años defendiéndose de este acoso constante. Y lo hacen con una creatividad que haría palidecer a cualquier departamento de defensa que se precie: sustancias amargas que desaniman al primer mordisco, venenos capaces de arruinar el día —o la vida— de un intruso, e incluso moléculas que engañan, despistan o envenenan.

Pero los insectos, que son la personificación del entusiasmo por la comida, no se dan por vencidos. Necesitan a las plantas más que estas a ellos, y han ido evolucionando para resistir, esquivar o directamente ignorar esas barreras químicas. Algunos, muy astutos, incluso usan los venenos en su propio beneficio, como si fueran pequeños alquimistas capaces de convertir un intento de asesinato en un suplemento vitamínico. Esta carrera armamentística lleva en marcha unos 400 millones de años, así que no es de extrañar que cada cierto tiempo aparezca un episodio nuevo que nos deja con la boca abierta.

Un artículo publicado en 2025 en el número 21 de Biology Letters volvió a encender los focos sobre una de las batallas más fascinantes entre árboles tropicales y mariposas. Porque las plantas, cuando las armas químicas no bastan, se buscan aliados: avispas que acuden en su ayuda cuando perciben ciertos gases de alarma, u hormigas guerreras que actúan como guardaespaldas a cambio de un poco de comida. En las selvas asiáticas, este tipo de asociaciones se convierte en una auténtica telenovela natural: traiciones, pactos, engaños, sobornos y un elenco de personajes dignos de un culebrón.

En este escenario encontramos a Macaranga, un género de árboles tropicales emparentados, aunque no lo parezca, con la flor de Pascua que adorna tantos salones en Navidad. Algunos de estos árboles segregan gotitas de néctar en puntos estratégicos para atraer a hormigas dispuestas a defenderlos. Otros ofrecen cápsulas nutritivas como si fueran aperitivos permanentes, y los más sofisticados construyen auténticos apartamentos de lujo para que las hormigas instalen su colonia en el interior de sus tallos huecos. Las hormigas, a cambio, patrullan las hojas, expulsan visitantes no deseados y, en general, actúan como un servicio de seguridad algo irascible pero bastante eficaz.

Follaje y flores de Macaranga tanarius. Parque Nacional Mount Archer. Rockhampton, Queensland. Foto.

El problema es que todo guardián, por muy feroz que sea, tiene un punto débil. En el caso de las hormigas que protegen a los Macaranga, su perdición llega en forma de unas orugas sorprendentemente ingeniosas: las larvas de ciertas mariposas azules del género Arhopala. Estas pequeñas saboteadoras han desarrollado un órgano capaz de producir una sustancia dulzona que, para las hormigas, es poco menos que una golosina irresistible. Funciona como un soborno perfecto: una gota de ese licor mágico y las hormigas olvidan su misión, su honor y su contrato tácito con el árbol. Se convierten en comparsas de las orugas, que mientras tanto devoran tranquilamente las hojas de su anfitrión. Como sistema de seguridad, es el equivalente a convencer a un vigilante nocturno de que cierre los ojos durante un robo a cambio de una napolitana de chocolate.

Ante semejante escenario, cabría pensar que las plantas están condenadas al fracaso. Pero la evolución, que nunca se rinde, tenía preparada una sorpresa. Dentro del amplio club Macaranga existe una especie singular, Macaranga trachyphylla, originaria de la isla de Borneo. A diferencia de sus parientes, esta planta está cubierta de tricomas, unos diminutos pelos en forma de gancho que le dan una textura áspera al tacto. Los tricomas son una defensa vegetal clásica —una especie de muralla medieval hecha de espinas microscópicas—, pero los de esta especie eran tan peculiares que un grupo de investigadores de Brunéi y del Reino Unido decidió examinar de cerca su funcionamiento.

Vistas ampliadas de los tricomas ganchudos de Macaranga trachyphylla bajo un microscopio electrónico de barrido. Fotos de Chowdhury et al . (Biology Letters, 21; 2025).

Para ello se adentraron en las selvas húmedas de Brunéi en busca de orugas rebeldes. Las recogieron, las pusieron sobre tallos y pecíolos de M. trachyphylla, y esperaron a ver qué ocurría. Y lo que ocurrió fue, en términos científicos estrictos, una catástrofe para las orugas. Nada más intentar dar sus primeros pasos, los tricomas se comportaron como diminutas trampas de pinchos. Los cuerpos blandos de las larvas quedaban perforados, inmovilizados sin remedio. Muchas se desangraban en cuestión de minutos. No tenian forma de avanzar, ni siquiera de retroceder. Era como si la planta hubiera desplegado un ejército de soldados minúsculos especializados en detener intrusos.

La observación al microscopio reveló algo aún más curioso: las hojas de la planta tenían muchos menos tricomas letales que los tallos y los pecíolos. Es decir, las orugas podían moverse y alimentarse sobre las hojas sin demasiados problemas. El verdadero muro defensivo estaba en los “puentes” que conectan las hojas entre sí y con el resto del árbol. Así, cualquier oruga nacida en una hoja joven, tarde o temprano, tendría que cruzar un pecíolo para llegar a la siguiente. Y esa travesía equivalía a una sentencia de muerte. Los tricomas no protegían tanto la hoja como la ruta de escape.

Hasta aquí, todo parecía indicar que M. trachyphylla había dado con una estrategia infalible, un golpe maestro en su largo duelo con las mariposas Arhopala. Por fin, una planta parecía haber encontrado un modo de poner a raya a unos herbívoros particularmente insistentes. Pero la naturaleza nunca concede victorias fáciles.

Porque en medio del estudio, los investigadores hallaron algo desconcertante: una especie de oruga que vive habitualmente en M. trachyphylla y que parece moverse sobre los tricomas como un faquir que camina descalzo sobre una tabla de pinchos. Es decir, notan el terreno, se enredan de vez en cuando, pero no sufren heridas y consiguen liberarse con la misma calma con la que uno se sacude una pelusa del jersey. Su piel, por razones aún desconocidas, resiste las púas que atraviesan a otras orugas en segundos.

¿Significa eso que estas orugas han desarrollado una defensa evolutiva especializada, una especie de blindaje cutáneo pensado para burlar el escudo peludo del árbol? Tal vez… o tal vez no. Los investigadores proponen una posibilidad aún más intrigante: puede que estas orugas ya poseyeran esa resistencia antes incluso de que la planta desarrollara sus tricomas ganchudos. Es decir, el ‘superpoder’ podría ser una casualidad evolutiva, algo que evolucionó con otra finalidad y que, por pura coincidencia, las hace inmunes a esa defensa vegetal. Sería una de esas horas tontas de la evolución, cuando dos líneas independientes terminan encajando como piezas de un rompecabezas por azar.

Lo realmente fascinante es que los tricomas de M. trachyphylla son únicos entre sus parientes. Esta especie ha apostado por una armadura especializada mientras otras Macaranga confían en la ayuda de las hormigas. Tal vez ambas estrategias convivan; tal vez compitan; tal vez la planta esté ensayando nuevas combinaciones defensivas mientras los herbívoros afinan sus trucos. En cualquier caso, observar este pulso —una carrera armamentística de millones de años comprimida en unos milímetros de tallo— es asomarse a un conflicto silencioso, tenaz y casi épico. 

Y lo mejor es que aún no sabemos quién va ganando. Pero, como en toda buena historia evolutiva, el suspense está garantizado. Hay pocas cosas tan asombrosas como ver cómo una guerra antigua y microscópica sigue desplegándose ante nosotros, hoja a hoja, tricoma a tricoma.