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domingo, 12 de abril de 2026

LA CERILLA, EL ALQUIMISTA Y LA MANDÍBULA QUE SE DESHACÍA

 

Hay pocas cosas más tranquilizadoras que encender una cerilla. Uno raspa, aparece una llama obediente y el universo parece funcionar como es debido. Sin embargo, como ocurre con casi todo lo que parece sencillo, detrás de ese pequeño milagro doméstico se esconde una historia que incluye alquimistas obsesionados con la orina, fábricas llenas de vapores tóxicos y trabajadores cuya mandíbula decidía, sin previo aviso, abandonar la estructura facial.

Todo comienza, como tantas historias científicas memorables, con alguien haciendo algo que hoy consideraríamos profundamente sospechoso. En 1669, un alquimista alemán llamado Hennig Brandt decidió que el color amarillo de la orina podía indicar la presencia de oro. Esto, en retrospectiva, no era una línea de razonamiento particularmente sólida, pero tampoco era la peor idea que ha tenido la humanidad.

Brandt, que claramente no se arredraba ante los desafíos logísticos, reunió una cantidad considerable de orina —no entraremos en detalles, pero digamos que no fue un vaso— y se puso a hervirla con la esperanza de obtener oro. Lo que obtuvo, en cambio, fue algo mucho más interesante: una sustancia que brillaba en la oscuridad. Era fósforo.

El fósforo tiene la peculiaridad de no conformarse con existir discretamente. Le gusta participar. Le gusta reaccionar. De hecho, cuando entra en contacto con el oxígeno, lo hace con entusiasmo, lo que en términos químicos se traduce en que arde. Y arde de formas distintas, porque el fósforo es una criatura versátil que se presenta en varios “disfraces”, llamados alótropos.

En uno de ellos, el fósforo blanco, cuatro átomos se agrupan en una estructura tetraédrica que parece diseñada por alguien con un gusto dudoso por la tensión molecular. Esa tensión hace que la sustancia sea extraordinariamente reactiva: tan reactiva, de hecho, que puede inflamarse espontáneamente al contacto con el aire. También es altamente tóxica, lo que añade un matiz de peligro a su ya excitante personalidad.

En su forma más sensata, el fósforo rojo, los átomos se organizan en largas cadenas, lo que reduce considerablemente su nerviosismo químico. Sigue siendo inflamable, pero al menos hay que persuadirlo con calor, lo cual es de agradecer. Durante un tiempo, sin embargo, la humanidad decidió que lo mejor era utilizar la versión más peligrosa.

En la década de 1830 aparecieron las primeras cerillas modernas, conocidas con el encantador nombre de “Lucifer”. Y no era un nombre casual. Estas cerillas contenían fósforo blanco, azufre y clorato de potasio, una combinación que, básicamente, estaba esperando cualquier excusa para arder. Bastaba con frotarlas contra casi cualquier superficie para que se encendieran.

Esto tenía ciertas ventajas evidentes —no necesitabas un laboratorio para producir fuego—, pero también algunos inconvenientes notables, como el hecho de que podían prenderse en el bolsillo, lo que convertía la rutina diaria en una especie de ruleta rusa térmica.

Pero el problema más grave no era ese. En las fábricas donde se producían estas cerillas, los trabajadores —en su mayoría mujeres y niñas— estaban expuestos a los vapores del fósforo blanco. Y entonces empezó a aparecer una enfermedad tan espantosa que parece inventada por un novelista particularmente sombrío: la fosfomandíbula.

La enfermedad comenzaba con un dolor persistente en la mandíbula. Luego venía la infección. Después, la necrosis ósea. Finalmente, la desfiguración. La mandíbula, en términos sencillos, empezaba a descomponerse. No era un efecto secundario menor.

Cerillas Lucifers y mujer con mandíbula fosfórica. [Del Archivo Nacional de los Países Bajos a través de Wikimedia Commons.]

Lo notable es que, en una época en la que las condiciones laborales solían ser descritas como “mejorables” solo por personas con un optimismo desbordante, los trabajadores decidieron que aquello no era aceptable. Hubo huelgas. Protestas. Y, por primera vez, la sociedad empezó a prestar atención a los riesgos químicos en el lugar de trabajo. Todo esto gracias a una cerilla.

La solución llegó, como suelen llegar las soluciones en química, con una idea ingeniosa y un sueco. En 1844, Gustaf Erik Pasch desarrolló la cerilla de seguridad, que resolvía varios problemas de una sola vez, lo cual siempre es bienvenido. El truco consistía en separar los componentes peligrosos. En lugar de tener el fósforo blanco en la cabeza de la cerilla, se utilizaba fósforo rojo —mucho más estable— en la superficie de la caja. Al frotar la cerilla contra esa superficie, una pequeña cantidad de fósforo rojo se transformaba momentáneamente en fósforo blanco, lo suficiente para iniciar la combustión.

Era, en esencia, una reacción química cuidadosamente orquestada para ocurrir solo cuando uno lo deseaba, que es exactamente lo que uno busca en una reacción química. Así nacieron las cerillas tal como las conocemos hoy: discretas, fiables y, en general, poco interesadas en desintegrar la anatomía de sus fabricantes.

Volviendo a Brandt, es difícil no sentir cierta admiración por alguien que, en su búsqueda de oro, acabó descubriendo un elemento fundamental para la vida y la industria. El fósforo, después de todo, no solo sirve para encender cerillas. Es un componente esencial del ADN, la molécula que contiene las instrucciones para construir prácticamente todo lo que está vivo, incluido usted, que probablemente no esperaba compartir un vínculo químico con un alquimista alemán y un cubo de orina del siglo XVII.

El brillo que tanto impresionó a Brandt no era magia, aunque lo pareciera. Era química: fósforo que reaccionaba con el oxígeno y liberaba energía en forma de luz. Pero en una época en la que la frontera entre la ciencia y la alquimia era, digamos, flexible, no es sorprendente que pensara que había encontrado la piedra filosofal.

The Alchemist Discovering Phosphorus de Joseph Wright (1771). Derby Museum and Art Gallery. 

De hecho, esta escena fue inmortalizada en un cuadro de 1771 por Joseph Wright, en el que un alquimista —probablemente Brandt, aunque nadie lo confirma— aparece arrodillado ante su descubrimiento, iluminado por el resplandor del fósforo como si hubiera convocado una divinidad menor. Y, en cierto modo, no estaba tan equivocado.

Porque pocas sustancias han tenido un impacto tan profundo en la vida cotidiana como el fósforo. Desde las cerillas que encendían los primeros cigarrillos hasta los fertilizantes que alimentan a miles de millones de personas, pasando por su papel esencial en la biología, el fósforo ha estado discretamente presente en casi todos los avances que damos por hechos.

Todo gracias a un hombre que pensó que la orina podía contener oro. Lo cual, si uno lo piensa bien, no es tan absurdo: al fin y al cabo, terminó iluminando el mundo.

EL DÍA EN QUE LOS CLAMPETT SE HICIERON MILLONARIOS

 

Mi primer encuentro con la economía global —aunque yo entonces apenas sabía atarme los cordones— ocurrió una tarde cualquiera de los años sesenta, frente a un televisor que probablemente pesaba más que yo. Allí aparecía un señor llamado Jed Clampett, que vivía felizmente en la pobreza hasta que, de pronto, un día cualquiera, el suelo de su granja decidió vomitar un líquido negro y espeso. Y con ese gesto, sin previo aviso, Jed pasó de ser un campesino con problemas para alimentar a su familia a convertirse en millonario.

La serie se llamaba Los nuevos ricos (aunque en su idioma original tenía un título mucho más sonoro, The Beverly Hillbillies), y comenzaba con una canción que, traducida libremente, venía a decir algo así como: “Escuchad la historia de un pobre hombre… que un día encontró petróleo… y, bueno, eso fue todo”.

Y, claro, uno se preguntaba: ¿eso fue todo? ¿De verdad basta con que un líquido oscuro brote del suelo para que te compres una mansión en Beverly Hills? La respuesta, como descubriría años más tarde en una clase de química orgánica, es: sí, desde luego que sí, absolutamente sí. Lo que Jed Clampett había encontrado era el líquido que mueve el mundo.

El petróleo es una de esas cosas que, como el aire acondicionado o los calcetines limpios, damos por supuestas hasta que desaparecen. Y entonces, de repente, el mundo se vuelve incómodo, pegajoso y, en el peor de los casos, completamente inoperante. Porque el petróleo no es solo gasolina para coches (aunque eso ya sería bastante). Es, en realidad, una especie de sopa primordial de moléculas extraordinariamente útiles llamadas hidrocarburos, compuestas únicamente por carbono e hidrógeno, que tienen la notable habilidad de convertirse en casi cualquier cosa que se le ocurra a la civilización moderna.

Plásticos. Medicamentos. Fertilizantes. Cosméticos. Pinturas. Adhesivos. Detergentes. Ropa sintética. Asfalto. Incluso el teclado del ordenador con el que escribo este artículo o ese bolígrafo con el que alguien firmó el contrato de compraventa de la mansión de Jed Clampett probablemente nació, en algún momento de su vida química, como un residuo viscoso enterrado bajo un antiguo océano, sin el cual el mundo no se detendría: simplemente colapsaría con una dignidad sorprendentemente escasa.

Conviene aclarar, por cierto, que el petróleo no proviene ni de dinosaurios ni de tiburones muertos, a pesar de que la imaginación popular insista en ello con entusiasmo digno de mejor causa. En realidad, tienen un origen menos glamuroso: se formó hace millones de años a partir de organismos diminutos —algas, bacterias y plancton— que murieron, se depositaron en el fondo marino y quedaron enterrados bajo capas de sedimentos. Allí, en ausencia de oxígeno y bajo presión y calor, se transformaron lentamente en hidrocarburos. Es decir: el combustible que impulsa los aviones intercontinentales es, en esencia, una versión muy sofisticada de barro microscópico prehistórico.

Con el tiempo, esta mezcla —más ligera que el agua— migró a través de rocas porosas hasta quedar atrapada bajo capas impermeables, formando lo que llamamos yacimientos. Y cuando estas capas se fracturan, el petróleo escapa, a veces con la misma discreción que un géiser particularmente ambicioso. De ahí su nombre: petra (roca) y oleum (aceite). Aceite de roca. No suena glamuroso, pero tampoco lo es.

Los humanos descubrieron pronto que aquel líquido oscuro tenía ciertas cualidades interesantes. Hace unos 5 000 años, los mesopotámicos ya utilizaban el petróleo que afloraba de forma natural. Cuando sus componentes más ligeros se evaporaban, quedaba una sustancia espesa y pegajosa llamada brea (hoy la conocemos como betún), que resultó ser extraordinariamente útil para impermeabilizar cosas.

Los babilonios la usaban para sellar edificios y barcos. Los egipcios la aplicaban a las momias (lo que, en cierto modo, convierte al petróleo en uno de los primeros conservantes industriales de la historia). Incluso la Biblia —que nunca ha dejado que la precisión técnica estropee una buena historia— menciona su uso: Noé embadurnando el arca, la madre de Moisés sellando una cesta. Todo muy práctico, aunque probablemente sin hojas de seguridad química adjuntas.

Mientras tanto, en China, hacia el año 1000 a. C., alguien tuvo la brillante idea de perforar el suelo con cañas de bambú para extraer petróleo y gas natural. Y no solo eso: construyeron redes de tuberías de bambú para transportar el gas y usarlo para evaporar agua de mar y obtener sal. Es decir, mientras en otras partes del mundo la gente aún debatía si el fuego era una buena idea, los chinos ya gestionaban infraestructuras energéticas complejas.

Durante siglos, el uso del petróleo fue limitado. Pero todo cambió en el siglo XIX, cuando apareció un problema urgente: la iluminación. Antes de la electricidad, las lámparas funcionaban con aceite de ballena. Lo cual tenía dos inconvenientes principales: olía fatal y requería un número preocupante de ballenas. Entonces apareció un médico y geólogo canadiense llamado Abraham Gesner, que decidió calentar betún a ver qué pasaba. (Este tipo de decisiones, por cierto, han cambiado la historia más veces de lo que uno esperaría). El resultado fue una fracción líquida que ardía con una llama brillante, olía menos y no se enranciaba. La llamó keroselain, que pronto se simplificó a queroseno. Y, de repente, las ballenas pudieron respirar tranquilas.

El verdadero punto de inflexión llegó en 1859, cuando Edwin Drake perforó el primer pozo petrolero moderno en Pensilvania. Al principio, el interés se centraba en el queroseno. Pero en 1885, un tal Karl Benz construyó un vehículo que funcionaba con gasolina, un subproducto hasta entonces bastante inútil. Y entonces todo se descontroló.

Las refinerías comenzaron a separar el petróleo en sus distintas fracciones: gas, gasolina, diésel, lubricantes, asfalto. Se inventó el craqueo, un proceso para romper moléculas grandes en otras más útiles. Y la humanidad, sin darse demasiada cuenta, se volvió completamente dependiente de aquel líquido negro que había hecho rico a Jed Clampett.

En paralelo, los químicos descubrieron que los derivados del petróleo podían transformarse en todo tipo de compuestos: tintes, fármacos, materiales sintéticos. En 1906 apareció la baquelita, el primer plástico. Luego el nailon. Después, básicamente, todo lo demás.


Hoy vivimos rodeados de petróleo transformado: en nuestras casas, en nuestra ropa, en nuestros dispositivos, en nuestros medicamentos. Incluso la agricultura moderna depende de fertilizantes derivados del petróleo. Si desapareciera mañana, no solo dejaríamos de viajar: dejaríamos de funcionar. Y por eso pasa lo que pasa en el mundo

De modo que, visto en perspectiva, la pregunta infantil tenía una respuesta bastante sólida: sí, encontrar petróleo te hace millonario. Pero también explica por qué cualquier conflicto en regiones productoras —como el que involucra a Irán— provoca temblores en la economía global. No es solo una cuestión de combustible: es una cuestión de casi todo.

Una tarde lluviosa de hace ahora un año, cuando viajaba por Estados Unidos, una búsqueda en la tele del hotel rescató de mi memoria aquella serie, que en Estados Unidos se llamaba The Beverly Hillbillies. Agucé el oído y traduje la pegadiza canción con la que comenzaban todos los episodios: 

«Venid a escuchar mi historia sobre un hombre llamado Jed, un pobre montañés que apenas podía alimentar a su familia. Y entonces, un día, cuando estaba cazando para conseguir comida, del suelo brotó crudo burbujeante. Petróleo, es decir, oro negro, té de Texas. Bueno, de repente, el viejo Jed se convierte en millonario».

Aquella tarde lluviosa en un hotel de carretera, décadas después de mi infancia, cuando volví a escuchar aquella canción entendí por primera vez que no era una exageración. Cuando el suelo de la granja de Jed empezó a burbujear, no solo estaba brotando petróleo. Estaba brotando el mundo moderno.

sábado, 11 de abril de 2026

GERTRUDE ELION O EL ARTE DE NO RENDIRSE CUANDO LA CIENCIA NO QUERÍA MUJERES

 

Hay biografías que parecen escritas con la intención de tranquilizar al lector: esfuerzo, obstáculos, recompensa. Un orden lógico y moral. La de Gertrude Elion, en cambio, tiene algo de esas historias en las que el mundo se equivoca demasiadas veces antes de acertar una. En 1937, con diecinueve años y un expediente impecable, salió de la universidad convencida —o eso dicen las versiones optimistas— de que el siguiente paso era obvio. No lo era. 

Quince escuelas de posgrado le dijeron que no. No con argumentos especialmente sofisticados: los laboratorios no querían mujeres. Aquello no fue una metáfora ni un matiz cultural; fue una negativa directa, repetida, burocráticamente eficiente. Quince veces. Es una cifra lo bastante alta como para desalentar a cualquiera con menos paciencia o menos obsesión.

La obsesión, en su caso, tenía nombre propio: cáncer. Su abuelo había muerto de esa enfermedad cuando ella era joven, y ese episodio, que en otras biografías aparecería como una nota sentimental al margen, en la suya funcionó como una brújula. No era una vocación abstracta, ni siquiera particularmente romántica. Era una pregunta persistente: por qué ocurre esto y, sobre todo, por qué no sabemos detenerlo. 

Mientras las instituciones académicas cerraban filas con la convicción tranquila de que estaban preservando un orden natural, Elion empezó a moverse por los márgenes. Trabajos precarios, laboratorios menores, salarios modestos. Nada de eso encaja bien en la mitología científica, pero es ahí donde se forjan muchas carreras reales: lejos del foco, sin garantías, con una mezcla de intuición y necesidad.

La Segunda Guerra Mundial, que desordenó medio planeta, también desordenó algunas jerarquías laborales. Con muchos hombres fuera, las empresas empezaron a aceptar lo que antes rechazaban. Fue en ese contexto donde Elion encontró un hueco en Burroughs Wellcome, una compañía que no buscaba hacer historia, sino producir medicamentos. Allí conoció a George Hitchings, un científico que tenía, según cuentan, una cualidad poco frecuente: la capacidad de reconocer el talento sin necesidad de que viniera acompañado de un título prestigioso. Entre los dos empezaron a trabajar de una manera que hoy se describe con naturalidad —“diseño racional de fármacos”— pero que entonces sonaba a herejía metodológica.

Gertrude Elion y George Hitchings en el laboratorio, 1948.

La industria farmacéutica de la época operaba, en gran medida, por ensayo y error. Se probaban compuestos y se observaba qué ocurría. Era un método eficaz a largo plazo, pero torpe, caro y, sobre todo, poco elegante. Elion y Hitchings propusieron algo distinto: entender primero cómo funcionaban las células, qué las hacía diferentes cuando enfermaban, y diseñar moléculas que interfirieran de forma específica en esos procesos. No se trataba de lanzar redes al agua y esperar capturas, sino de estudiar el comportamiento del pez antes de construir el anzuelo. La diferencia no es solo técnica; es filosófica. Implica asumir que la enfermedad tiene lógica, y que esa lógica puede ser desmontada.

En algún momento de aquellos años, cuando su carrera empezaba a tomar forma, alguien le planteó una disyuntiva que hoy suena absurda y entonces era perfectamente razonable: podía continuar en el laboratorio o podía obtener un doctorado formal, pero no ambas cosas. Eligió el laboratorio. No porque despreciara el título, sino porque intuía que el tiempo —ese recurso escaso que rara vez aparece en los currículos— estaba mejor invertido en experimentar que en acreditar. Esa decisión la dejó, durante décadas, en una posición extraña: una científica sin doctorado en un mundo que medía el prestigio precisamente con ese tipo de credenciales. También la dejó, paradójicamente, más libre.

Los resultados no tardaron en llegar, aunque en ciencia “no tardar” suele significar años de trabajo paciente. Uno de los primeros hitos fue la 6-mercaptopurina, un compuesto que interfería en la proliferación de células cancerosas y que se convirtió en el primer tratamiento efectivo contra la leucemia infantil. Antes de eso, el diagnóstico era prácticamente una condena. 

Después, empezó a ser una batalla con posibilidades. No es una diferencia menor: entre la certeza de la muerte y la posibilidad de la vida hay un espacio enorme donde caben decisiones, familias, futuros. La medicina, en ese punto, dejó de ser un acompañamiento hacia el final para convertirse en una intervención real.

Luego llegó la azatioprina, un nombre menos conocido para el gran público, pero fundamental en la historia de los trasplantes. El problema de sustituir un órgano no era solo quirúrgico, sino inmunológico: el cuerpo reconoce lo extraño y lo ataca. Este fármaco ayudó a domesticar esa respuesta, a convencer al organismo de que tolerara lo que no era suyo. Gracias a eso, los trasplantes dejaron de ser experimentos heroicos para convertirse en procedimientos viables. 

Más tarde, el aciclovir abrió otra puerta: la de los antivirales específicos. Durante mucho tiempo, los virus habían sido enemigos escurridizos, difíciles de atacar sin dañar al propio paciente. Demostrar que podían ser objetivo de medicamentos diseñados con precisión cambió las reglas del juego y preparó el terreno para desarrollos posteriores, incluidos los primeros tratamientos contra el VIH.

Todo esto ocurrió sin que Elion obtuviera nunca un doctorado en el sentido convencional. Y, sin embargo, en 1988, el Premio Nobel de Fisiología o Medicina 1988 reconoció su trabajo junto a Hitchings. La escena tiene algo de justicia poética: las mismas estructuras que habían considerado que no era apta para formarse en sus programas la celebraban ahora como una de las mentes que habían transformado la medicina moderna. No fue una revancha, porque ese tipo de sentimientos rara vez aparece en los relatos de quienes están ocupados trabajando, pero sí una corrección histórica.

Conviene resistirse a la tentación de convertir esta historia en un relato edificante sobre la perseverancia individual. No es falso, pero es incompleto. Elion perseveró, sí, pero también tuvo la suerte —o la inteligencia— de encontrar un entorno donde su forma de pensar no solo era aceptada, sino necesaria. Su contribución no fue únicamente descubrir medicamentos concretos, sino cambiar la manera en que se conciben. Introdujo, junto a Hitchings, una lógica que hoy está en la base de la farmacología moderna: entender antes de intervenir, diseñar en lugar de improvisar.


Hay algo casi invisible en su legado. No es una figura que aparezca en camisetas ni en documentales espectaculares. No tiene la épica fácil de los grandes nombres asociados a descubrimientos puntuales. Su trabajo está más bien incrustado en la estructura misma de la medicina contemporánea, como una pieza que no se ve pero sin la cual el edificio no se sostiene. Cada vez que un tratamiento actúa con precisión sobre una diana molecular, hay una deuda, lejana pero real, con aquel cambio de enfoque.

Las quince negativas iniciales, vistas desde la distancia, adquieren un matiz distinto. No dejan de ser un síntoma de una época que excluía con naturalidad, pero también funcionan como un recordatorio incómodo de lo arbitrario que puede ser el acceso al conocimiento. Si alguna de esas escuelas la hubiera aceptado, es posible que su trayectoria hubiera sido más convencional, más previsible, quizá incluso más reconocible. También es posible que no hubiera tenido el mismo margen para cuestionar los métodos establecidos. Es una hipótesis imposible de demostrar, pero sugiere algo interesante: a veces, los caminos bloqueados obligan a inventar rutas que no estaban en el mapa.

Gertrude Elion no derribó las puertas a golpes ni escribió manifiestos. Simplemente siguió trabajando en los espacios donde le permitían hacerlo, con una mezcla de obstinación y claridad intelectual que acabó imponiéndose a las limitaciones externas. Su historia no es la de alguien que venció al sistema en un duelo frontal, sino la de alguien que, al no poder entrar por la puerta principal, terminó rediseñando la casa desde dentro. Y en ese rediseño, casi sin proponérselo, cambió el destino de millones de personas que nunca sabrán quién fue, pero que viven —literalmente— gracias a las decisiones que tomó cuando el mundo le dijo que no quince veces seguidas.

CON FRANCO LOS CUBANOS VIVÍAN MEJOR

 

Hay viajes que empiezan con una lista de carga y terminan con una lista de muertos.

El Sierra Aránzazu zarpó como zarpan los barcos que no sospechan nada: con papeles en regla, bodegas llenas y una rutina que no admite épica. Llevaba alimentos, maquinaria, cosas útiles y discretas, como si el mundo pudiera seguir funcionando al margen de los discursos. En cubierta, los marineros hablaban de lo de siempre: del puerto de destino, del calor que encontrarían en Cuba, de las cartas que escribirían al llegar. Nadie hablaba de la Guerra Fría. Nadie la nombraba, pero estaba allí, como una corriente invisible bajo el casco.

Aquel septiembre de 1964 el Caribe no era exactamente un mar. Era una frontera. Desde la Revolución Cubana, la isla había dejado de ser un lugar para convertirse en una idea. Y las ideas, cuando se encienden, suelen quemar lo que tienen cerca. Fidel Castro hablaba de soberanía; en Washington se hablaba de contención. Entre ambas palabras cabía un océano lleno de barcos que solo querían pasar.

El Sierra Aránzazu era uno de ellos. En la travesía, el tiempo se mide en turnos y en horizontes. El mar, cuando está en calma, tiene algo de engaño: parece que no pasa nada, como si todo lo importante ocurriera en otra parte. El capitán revisaba cartas náuticas; el maquinista escuchaba el pulso constante de los motores; alguien, quizá en popa, fumaba mirando la estela como si fuera una línea que los unía todavía con casa.

España, en aquellos años, jugaba a dos bandas sin decirlo en voz alta. Era aliada de Estados Unidos, pero no había roto del todo con Cuba. Los barcos seguían cruzando. Era un equilibrio delicado, sostenido con la fe de que nadie dispararía contra un mercante. La fe, ya se sabe, es un mal sistema de navegación.

La mañana del 13 de septiembre no tuvo nada de especial al principio. El sol cayó sobre la cubierta como cae siempre en el Caribe: sin pedir permiso. El aire era espeso, y el mar, de un azul excesivo, parecía más una pintura que una amenaza. Fue alguien —siempre hay alguien— quien vio primero las lanchas.

No eran grandes. Eran rápidas. Demasiado rápidas para ser pescadores. Se acercaban con una decisión que no dejaba espacio para dudas. Al principio hubo un instante de desconcierto, esa pausa breve en la que la mente intenta encajar lo que ve en una categoría conocida: ¿saludo?, ¿inspección?, ¿error?

Luego llegó el sonido. Las ametralladoras no suenan como en las películas. No tienen ese ritmo limpio y coreografiado. Son más bien una violencia irregular, seca, que rompe el aire en pedazos. Los primeros impactos levantaron astillas de metal. Alguien gritó. Alguien cayó.

El Sierra Aránzazu no estaba hecho para la guerra. No tenía cómo responder. Solo podía recibir. Las balas recorrieron la cubierta como una lluvia torcida. El metal vibraba, el aire se llenó de humo y de órdenes que nadie terminaba de escuchar. En el puente, el capitán intentaba entender lo que ya no tenía explicación: ¿por qué disparan?, ¿contra quién creen que disparan?

Pero la guerra, cuando llega, no suele dar explicaciones. Los atacantes eran hombres también. Hombres en lanchas, con el rostro endurecido por otra historia. Exiliados cubanos, dicen los archivos. Anticastristas. Gente que había perdido un país y ahora intentaba recuperarlo a tiros. La CIA los había adiestrado para disparar, para perseguir y para no hacer preguntas innecesarias. El Caribe, para ellos, era un campo de batalla.

Para el Sierra Aránzazu era solo una ruta. Entre ambos mundos no había puente posible. Hubo un momento —siempre lo hay— en que el barco dejó de ser un barco y empezó a ser un naufragio. El fuego, el humo, el caos. Los marineros corriendo hacia los botes, ayudándose como pueden los que no han ensayado nunca el desastre. Algunos lograron saltar al agua. Otros no tuvieron tiempo. Tres hombres quedaron atrás para siempre, atrapados en un episodio que nadie les había advertido que existía.

El mar, que unas horas antes era una promesa, se convirtió en refugio. Desde el agua, el Sierra Aránzazu debía de parecer irreal: un casco herido, escorado, como si dudara entre seguir flotando o rendirse. Al final, como tantos otros barcos antes que él, eligió lo segundo. Se hundió sin épica, con la discreción de lo que no entiende por qué le ha tocado morir.

Los supervivientes del Sierra Aranzazu se salvaron en esta pinaza. Foto de Manuel Rodríguez Aguilar en El ataque al mercante Sierra Aránzazu. Editorial Grijalvo.

Después vienen los informes. Los comunicados. Las protestas diplomáticas. Las palabras medidas. El régimen de Francisco Franco pidió explicaciones. En Estados Unidos, el asunto incomodó más de lo que sorprendió. Desde la CIA se había tejido una red de operaciones, de apoyos, de sombras. Pero las sombras tienen esa cualidad: nunca firman del todo lo que hacen.

¿Quién disparó? Unos hombres en lanchas. ¿Quién estaba detrás? Esa es otra pregunta, y quizá otra historia. Años después, el Sierra Aránzazu apenas ocupa unas líneas en muy pocos libros. Un incidente, se dice. Un episodio menor de la Guerra Fría. Como si hubiera episodios mayores y menores para quienes estaban allí.

Pero basta imaginar la cubierta aquella mañana, el sol, el humo, el desconcierto, para entender que no hay nada menor en un barco que se hunde. Porque cada barco es un pequeño mundo. Y cuando se hunde, no se pierde solo un casco de acero. Se pierde también la idea —ingenua, necesaria— de que uno puede atravesar el mundo sin que el mundo le dispare.

El Sierra Aránzazu no llevaba armas. Llevaba mercancías, conversaciones, rutinas. Y, sin embargo, terminó como terminan las cosas que pasan por el lugar equivocado en el momento exacto: convertido en historia. Una historha ia que, como el mar, seguía ahí, en silencio hasta que Juan Manuel de Prada la rescatado en una columna de ABC titulada "La derecha [española] cipaya" que comienza diciendo:

«A medida que la operación de la Alianza Epstein [Estados Unidos e Israel] en Irán se prueba cada vez más desastrosa, la marioneta [de Israel] Trump ha exacerbado su retórica matonil contra Cuba que podría acabar pagando su frustración. Escuchar a ese majadero alardear de que puede hacer con la isla lo que le dé la gana debería sublevar a cualquier español con sangre en las venas. Pero el veneno introducido por las ideologías nos ha desnaturalizado tanto que hay millones de españoles aplaudiendo cipayamente la retórica matonil del majadero gringo, e incluso justificando las criminales sanciones que asfixian a los cubanos».

Recuerda Prada que el Sierra Aránzazu, que el 13 de septiembre de 1964 transportaba «toneladas de víveres con destino a Cuba, saltándose el embargo decretado por los Estados Unidos, fue hundido por el fuego de cañones y ametralladoras de lanchas tripuladas por exiliados cubanos y agentes de la CIA». Murieron el capitán y dos tripulantes mientras que muchos más resultaron heridos.

El articulista recuerda lo que, a este propósito, editorializó en aquel momento ABC:

«La otra noche unos marineros españoles han caído por algo más que la libertad de los mares o la libertad de comercio; han caído por la soberana libertad de España de seguir su relación de familia con unos seres humanos de su sangre que hay en América». J

Juan Manuel de Prada concluye: «Resulta desolador que la derecha española haya perdido la ecuanimidad y el discernimiento».

El Sierra Aránzazu quiso romper el bloqueo porque así lo decidió Franco. Anticomunista él y comunista Fidel Castro, esa diferencia ideológica fue superada por la hermandad entre dos pueblos. Franco mantuvo a la Compañía Trasatlántica enlazando con La Habana, lo que le supuso el cierre de los puertos norteamericanos y, por esa vía, la quiebra y desaparición. Y, en cuanto a enlaces aéreos, sólo quedaron tres: Iberia, Aeroflot y Canadian Pacific Air Lines, una compañía canadiense, porque Canadá, a diferencia de Estados Unidos, no rompió relaciones con Cuba tras la Revolución Cubana.

Con respecto a la ayuda española, algunos dijeron que fue un arreglo entre gallegos, pero creo que no, que fue un pacto amasado en sangre, en solidaridad y en familia. En definitiva, que con Franco a los cubanos les iba mejor que como les iría si gobernaran los cipayos Abascal y Feijóo.

jueves, 9 de abril de 2026

MANUAL DE TRAICIONES DOMÉSTICAS: EL BIZCOCHO

 

Ah, el misterio universal del bizcocho traicionero: ese que entra en el horno con ambiciones de catedral gótica y sale con el ánimo de una losa romana. La buena noticia es que casi siempre hay una explicación. La mala es que suele ser culpa de algo que hicimos (o dejamos de hacer). Y, por lo general, tiene que ver con el mal uso de los gasificantes.

Hay un momento en la vida de todo ser humano —generalmente un domingo por la tarde, cuando uno debería estar haciendo algo más sensato— en el que decide que ha llegado la hora de hacer un bizcocho. No uno comprado, no uno razonable, sino uno casero, de esos que prometen llenar la cocina de aromas reconfortantes y, de paso, elevar la autoestima del cocinero hasta niveles peligrosamente optimistas.

Todo empieza bien. Se baten huevos con entusiasmo, se añade azúcar con generosidad y la harina entra en escena con esa solemnidad polvorienta que parece anunciar algo importante. En algún momento, casi como un gesto automático, aparece el gasificante. Ese sobrecito modesto, discreto, que uno abre sin pensar demasiado, como quien añade sal o enciende la luz. Y, sin embargo, ahí dentro está el destino del bizcocho.

Porque el gasificante —conviene decirlo cuanto antes— no es un detalle menor. Es, en realidad, el alma invisible del asunto. Sin él, un bizcocho no es un bizcocho, sino una especie de ladrillo dulce con aspiraciones frustradas.

La palabra “gasificante” no ayuda mucho. Suena a algo que uno preferiría mantener lejos de la cocina, quizá en una planta industrial o en una conversación incómoda sobre digestión. Pero en términos culinarios es bastante elegante: se trata de cualquier sustancia o proceso capaz de generar gas dentro de una masa, creando burbujas que la expanden y la vuelven ligera. Dicho de otro modo, es lo que convierte una papilla densa en algo que uno puede cortar con orgullo y ofrecer a los invitados sin pedir disculpas.

Hay varias formas de lograr este pequeño milagro. La más antigua —y quizá la más entrañable— es la biológica. Aquí entran en juego las levaduras, esos microorganismos que llevan siglos colaborando con la humanidad en una relación mutuamente beneficiosa: nosotros les damos azúcar, ellas producen dióxido de carbono. Ese gas queda atrapado en la masa y la hace crecer con una dignidad casi arquitectónica. Es el principio del pan, de la pizza y de cualquier cosa que requiera paciencia y una cierta fe en organismos invisibles.

Luego están los gasificantes químicos, que son menos románticos pero considerablemente más eficientes. El más conocido es la levadura química, ese polvo blanco que, pese a su nombre, no tiene nada de biológico. En realidad es una mezcla cuidadosamente diseñada de bicarbonato y un ácido seco. Cuando entra en contacto con la humedad y el calor, reacciona liberando dióxido de carbono con una puntualidad admirable. Es, por así decirlo, una levadura sin personalidad, pero con una ética de trabajo impecable.

Existe también una tercera vía, que podríamos llamar física y que consiste, básicamente, en atrapar aire a la fuerza. Es lo que ocurre cuando uno bate claras de huevo hasta convertirlas en una espuma blanca que desafía las leyes de la gravedad. En este caso no se genera gas: se captura. Es una técnica elegante, aunque exige cierta determinación y, en algunos casos, una batidora que no haya visto tiempos mejores.

Lo fascinante de todo esto es que, independientemente del método, el objetivo es siempre el mismo: crear una estructura llena de pequeñas burbujas que luego se solidifican con el calor. Un bizcocho, en esencia, no es más que una espuma que ha decidido tomarse la vida en serio.

Y aquí es donde empiezan los problemas.

Porque las espumas, como los castillos de naipes y ciertas promesas electorales, son inherentemente inestables. Para que un bizcocho funcione, todo tiene que ocurrir en el momento justo y en la proporción adecuada. Demasiado poco gas y la masa no sube; demasiado y sube con entusiasmo suicida para luego colapsar sin previo aviso. Es un equilibrio delicado, casi filosófico.

Uno de los errores más comunes —y también uno de los más desmoralizantes— es el del bizcocho que no sube. Sale del horno con un aspecto compacto, ligeramente triste, como si hubiera renunciado a sus sueños a mitad de camino. En estos casos, el gasificante suele ser el sospechoso principal. Puede estar caducado, lo cual es una forma elegante de decir que ha perdido las ganas de reaccionar, o puede que no haya suficiente cantidad, o que la mezcla no haya favorecido su trabajo. En cualquier caso, el resultado es el mismo: ausencia de burbujas y, por tanto, ausencia de gloria.

Luego está el caso aún más cruel del bizcocho que sí sube… y luego se hunde. Este es particularmente traicionero porque ofrece una falsa sensación de éxito. Uno mira por la ventana del horno y ve cómo la masa crece, se eleva, se convierte en algo prometedor. Incluso puede permitirse una sonrisa de satisfacción. Y entonces, en un giro dramático digno de una tragedia griega, el bizcocho colapsa. Se hunde en el centro, como si hubiera recibido una mala noticia.

Aquí el culpable suele ser el exceso de entusiasmo químico. Demasiado gasificante produce demasiadas burbujas, demasiado rápido. La estructura no tiene tiempo de consolidarse, y cuando el calor deja de sostenerla, se viene abajo. Es el equivalente culinario de construir un rascacielos sobre cimientos de gelatina.

A esto se suman otros factores igualmente capaces de sabotear el resultado: abrir el horno antes de tiempo (un acto de curiosidad que debería estar tipificado como delito menor), una temperatura inadecuada, una masa excesivamente líquida o un batido mal ejecutado. Todos ellos conspiran contra ese frágil equilibrio que convierte una mezcla de ingredientes en algo digno de ser fotografiado.

Lo curioso es que, pese a todo esto, seguimos insistiendo. Volvemos a la cocina, abrimos otro sobrecito de gasificante con renovada esperanza y confiamos en que esta vez las cosas saldrán bien. Y, en ocasiones, salen. El bizcocho sube, se mantiene firme, presenta una miga aireada y una superficie dorada que invita a la celebración. En esos momentos, uno siente que ha comprendido algo esencial sobre el universo.

Pero incluso entonces conviene recordar que no ha sido del todo mérito nuestro. Ha sido, en gran medida, obra de ese modesto gasificante, de esa pequeña reacción química o biológica que ha trabajado en silencio mientras nosotros medíamos harina con aire de superioridad.

Quizá por eso los bizcochos fallidos resultan tan desconcertantes. No es solo que no suban; es que parecen traicionarnos. Como si ese sobrecito aparentemente inocente hubiera decidido, en el último momento, no colaborar. Y, en cierto modo, así es. Porque en la cocina, como en la vida, hay pocas cosas más impredecibles que aquello que depende de un delicado equilibrio invisible.

La próxima vez que un bizcocho se niegue a cumplir con su destino esponjoso, conviene no tomárselo como algo personal. No es falta de talento, ni de esfuerzo, ni siquiera de cariño. Es simplemente química. Y, como bien sabe cualquiera que haya pasado por la escuela, la química tiene un sentido del humor bastante particular.

ACEITUNAS NEGRAS, VÍDEOS VIRALES Y UNA VIEJA HISTORIA DE QUÍMICA ALIMENTARIA

 

Las aceitunas, cuando crecen en el árbol, son verdes y a menudo se recolectan inmaduras. Al madurar en el árbol, se oscurecen y a veces se vuelven negras. Pero no todas son negras por naturaleza. Después de ser recolectadas, se someten a un proceso que incluye oxidación y fermentación, lo que suele darles su color negro. Este procesamiento es indispensable, ya que las aceitunas negras no se pueden comer sin él, pues recién cosechadas tienen un sabor amargo.

Hay algo profundamente moderno —y quizá ligeramente sospechoso— en la perfección. No en la perfección de las catedrales góticas o de los mecanismos de un reloj suizo, sino en esa otra perfección más humilde y cotidiana: la de una lata de aceitunas negras absolutamente idénticas entre sí, tan uniformes que uno sospecha que, en lugar de crecer en un árbol, debieron de salir de una impresora.

Mi sospecha se activó hace unos días, mientras veía uno de esos vídeos virales que aparecen en redes sociales con la misma insistencia que los anuncios de colchones. En él, un muchacho indignado denunciaba a una conocida cadena de supermercados por vender aceitunas negras que —según afirmaba con tono casi judicial— no eran realmente negras. El mensaje era claro: nos estaban engañando. Aquello era, poco menos, un fraude masivo a escala aceitunera.

La acusación tenía algo de teatral, pero también un atractivo irresistible. A todos nos gusta descubrir que hemos sido víctimas de una pequeña conspiración cotidiana, sobre todo si implica algo tan aparentemente inocente como un aperitivo. Sin embargo, como suele ocurrir, la realidad resultó ser menos escandalosa y bastante más interesante.

Porque sí: es cierto que muchas aceitunas negras del supermercado no nacen negras. De hecho, nacen verdes, con esa tonalidad firme y optimista que uno asociaría más bien con una ensalada que con un vermú. Luego ocurre algo curioso. Las aceitunas se someten a un proceso industrial que incluye tratamientos alcalinos y exposición al oxígeno, lo que, dicho de forma elegante, equivale a acelerar artificialmente algo parecido a la maduración. Durante ese proceso, la aceituna oscurece. No demasiado —más bien adquiere un tono marrón algo deslucido—, pero lo suficiente como para que intervenga el protagonista silencioso de esta historia: el gluconato ferroso.

El gluconato ferroso (que suena como el nombre de un personaje secundario en una novela de ciencia ficción) no es un tinte en el sentido convencional. No es pintura comestible ni un brochazo químico que vuelva negras las aceitunas como por arte de magia. Su función es más sutil y, en cierto modo, más elegante: fija el color. Reacciona con compuestos naturales de la aceituna y estabiliza ese tono oscuro que se ha generado previamente. El resultado es ese negro profundo, uniforme y ligeramente brillante que asociamos con la aceituna “perfecta”.

Conviene detenerse un momento aquí, porque este es el punto en el que la indignación suele tomar carrerilla. La palabra “químico” aparece, el prefijo “ferroso” añade un toque metálico inquietante, y uno empieza a imaginar laboratorios clandestinos donde científicos con bata oscura manipulan aceitunas con intenciones dudosas. Pero la realidad es mucho menos novelesca. El gluconato ferroso es simplemente una sal de hierro, y su uso está regulado, evaluado y aprobado por autoridades alimentarias que, en general, prefieren evitar que la población se intoxique en masa con aperitivos.

De hecho, no hay evidencia seria de que este compuesto sea perjudicial en las cantidades en las que se utiliza en alimentos. El hierro, como tantas cosas en la vida —el café, el vino o las opiniones en redes sociales—, es beneficioso en su justa medida y problemático en exceso. Pero las cantidades presentes en unas aceitunas distan mucho de acercarse a niveles preocupantes. Uno tendría que consumir aceitunas con una dedicación casi profesional para que el hierro empezara a ser un problema, y aun así probablemente le preocuparían antes otros aspectos de su dieta.

Entonces, ¿dónde está el truco? Pues, en realidad, no hay truco. Lo que hay es una diferencia entre dos tipos de aceitunas que comparten nombre pero no biografía. Por un lado están las aceitunas negras naturales, que maduran en el árbol con paciencia vegetal, pasando del verde al morado y finalmente a un negro irregular, a veces algo arrugado, siempre un poco imprevisible. Por otro lado están las aceitunas negras industriales —las del famoso “estilo californiano”—, que parten de aceitunas verdes y pasan por este proceso de oxidación y fijación de color que las convierte en esos ejemplares impecables que encontramos en latas.

No son falsas. No son sintéticas. Son, sencillamente, distintas.

Y aquí es donde la acusación del vídeo empieza a desinflarse ligeramente, como un soufflé mal calculado. Porque el producto no oculta su naturaleza. El gluconato ferroso aparece en la etiqueta, discretamente, como suelen hacerlo estas cosas, sin aspavientos ni confesiones dramáticas. El proceso es legal, conocido y utilizado desde hace décadas. No hay conspiración, salvo quizá la eterna conspiración de la industria alimentaria por ofrecernos aquello que sabemos reconocer y, sobre todo, aquello que resulta visualmente atractivo.

Porque, seamos sinceros, si las aceitunas negras fueran siempre como las naturales —irregulares, a veces parduzcas, con ese aire ligeramente melancólico—, muchos consumidores las mirarían con recelo. Queremos que las cosas sean como creemos que deben ser, aunque eso implique un pequeño rodeo químico para conseguirlo.

Quizá la lección aquí no sea que nos engañan, sino que participamos gustosamente en el engaño. Preferimos la uniformidad a la variación, el negro perfecto al marrón honesto, la simetría industrial a la imperfección biológica. Y todo ello por un precio bastante razonable y con un nivel de riesgo que, según la ciencia disponible, es prácticamente insignificante.

Así que la próxima vez que abra una lata de aceitunas negras y observe esa colección de esferas impecables, no piense en fraudes ni en conspiraciones. Piense más bien en un curioso encuentro entre la naturaleza y la química, entre el árbol y la fábrica, entre lo que las aceitunas son y lo que nos gusta que parezcan.

Y, si aún le queda un resquicio de duda, siempre puede hacer lo más sensato: comer una y decidir si le gusta. Porque, al final, pocas cosas hay más fiables que el propio paladar, incluso en un mundo donde hasta las aceitunas pueden tener una vida secreta.

EL DISCRETO ENCANTO DE COMERSE UN INSECTO SIN SABERLO

 

Hay algo especialmente perturbador en descubrir que uno ha estado comiendo insectos sin saberlo. No insectos de esos que aparecen en documentales africanos y que alguien mastica con entusiasmo tribal, sino insectos discretos, civilizados, perfectamente integrados en yogures de fresa, caramelos y bebidas rosadas. Insectos que, por decirlo de algún modo, han conseguido infiltrarse en nuestra dieta con más éxito que muchos superalimentos.

Todo empezó —como empiezan ahora tantas revelaciones modernas— con un vídeo en internet. Una voz indignada, un tono de denuncia, y una afirmación que parecía diseñada para provocar un pequeño colapso emocional: ese rojo tan apetitoso de algunos alimentos podría venir de insectos triturados. Uno siente en ese momento la necesidad inmediata de revisar retrospectivamente todas las meriendas de su vida.

Y, para desconcierto general, resulta que es verdad.

El responsable de este pequeño giro argumental gastronómico se llama carmín, también conocido como E120, un nombre que suena a modelo de droide pero que en realidad designa uno de los colorantes más antiguos y eficaces que conoce la humanidad. Su origen es un insecto diminuto llamado cochinilla (Dactylopius coccus), que vive tranquilamente en los cactus, probablemente sin sospechar que su destino es convertirse en el rubor de un yogur industrial.

El proceso, descrito sin demasiados adornos, consiste en recolectar estos insectos, secarlos y triturarlos para extraer un compuesto llamado ácido carmínico, responsable de ese rojo intenso y notablemente estable. Lo verdaderamente impresionante es la escala del asunto: se necesitan decenas de miles de insectos para producir una cantidad modesta de colorante. Es decir, detrás de cada tonalidad rosada perfectamente uniforme hay una pequeña multitud que, por así decirlo, dio lo mejor de sí misma.

Lo curioso es que, a diferencia de lo que cabría esperar, esto no es una extravagancia moderna, sino todo lo contrario. El carmín se utiliza desde hace siglos. Civilizaciones precolombinas ya lo empleaban para teñir tejidos, y durante mucho tiempo fue uno de los tintes más valiosos del mundo. En ese sentido, el yogur de fresa contemporáneo no es más que el heredero inesperado de una larga tradición textil.

Por supuesto, el hecho de que algo tenga historia no lo hace automáticamente tranquilizador. Comer insectos —aunque sea de forma indirecta— despierta en muchas personas una mezcla de fascinación y repulsión que suele resolverse en una firme decisión de mirar hacia otro lado. Sin embargo, desde el punto de vista científico, el carmín es un aditivo bastante bien conocido y estudiado.

Las autoridades alimentarias llevan décadas evaluándolo y han establecido una ingesta diaria aceptable que, traducida a lenguaje cotidiano, significa que habría que hacer un esfuerzo considerable para consumirlo en cantidades problemáticas. No es tóxico, no está asociado a efectos graves en condiciones normales, y su uso está regulado con la meticulosidad propia de quienes preferirían evitar titulares alarmantes.

Eso no significa que sea completamente irreprochable. Se han descrito casos de reacciones alérgicas en personas sensibles, lo que ha llevado a exigir un etiquetado claro. Además, presenta un pequeño inconveniente filosófico: no es apto para veganos, ni para quienes prefieren que sus alimentos no tengan pasado entomológico.

Pero más allá de estas consideraciones, el carmín tiene una cualidad que lo ha hecho casi insustituible durante siglos: funciona extraordinariamente bien. Produce un rojo brillante, estable al calor, a la luz y al paso del tiempo. Y esto, en la industria alimentaria, es prácticamente un superpoder.

De hecho, si uno empieza a investigar el mundo de los colorantes, descubre que el carmín no es una excepción, sino parte de una tradición bastante más amplia de soluciones imaginativas. Hay colores que vienen de semillas tropicales, otros de raíces, otros de algas microscópicas. La naturaleza, en este terreno, se muestra generosa hasta el exceso. Pero pocos casos resultan tan narrativamente eficaces como el de la cochinilla, quizá porque introduce un elemento narrativo irresistible: el insecto invisible.

Lo interesante no es tanto que estos colorantes existan, sino que los hayamos incorporado con tanta naturalidad a nuestra vida cotidiana. El color, al fin y al cabo, es una expectativa. Esperamos que un yogur de fresa sea rosado, que una bebida de frutos rojos sea intensamente roja, que ciertos dulces tengan un aspecto casi luminoso. Y cuando la naturaleza no proporciona exactamente ese resultado, intervenimos con entusiasmo.

Aquí es donde la historia adquiere un matiz ligeramente irónico. Muchos de estos colorantes son, en sentido estricto, naturales. El carmín lo es, sin duda. Pero su uso responde a una lógica profundamente artificial: hacer que los alimentos se ajusten a nuestra idea de cómo deberían ser.

Quizá por eso los vídeos virales funcionan tan bien. Nos ofrecen la ilusión de haber descubierto un engaño, cuando en realidad lo que descubrimos es algo más sutil: la distancia entre la naturaleza y nuestras expectativas.

Así que la próxima vez que observe ese tono perfecto en un alimento, puede elegir entre dos actitudes igualmente válidas. Puede sentirse traicionado por la existencia de insectos en su postre, o puede admirar, con una cierta curiosidad científica, la extraordinaria capacidad humana para transformar criaturas diminutas en colores irresistibles.

Y, si opta por lo segundo, es posible que la experiencia resulte incluso más interesante. Porque pocas cosas hay más reveladoras que descubrir que, en el fondo, llevamos siglos comiendo colores… y que algunos de ellos, discretamente, empezaron su vida sobre un cactus.