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martes, 7 de abril de 2026

EL CRASO ERROR DE TRUMP

 

Trump sobre Irán: "Esta noche morirá toda una civilización, para no volver jamás". El presidente estadounidense Trump gesticula mientras responde a una pregunta durante la rueda de prensa sobre Irán desde la Casa Blanca el pasado 6 de abril.

Hay conferencias de prensa que pasan sin dejar rastro y otras que, vistas con un poco de distancia, funcionan como radiografías. La del lunes 6 de abril pertenece a esta segunda categoría. En apenas unos minutos, Donald Trump condensó una forma de entender y de ejercer el poder que merece algo más que el comentario apresurado.

La escena es conocida: sala de prensa, cámaras en directo, el secretario de Defensa al lado. Nada improvisado. Trump habla del rescate de un piloto en Irán, lo presenta como una operación audaz, casi cinematográfica, y de pronto introduce una amenaza que rompe el guion democrático clásico: perseguir y encarcelar al periodista que publicó la existencia de un segundo tripulante desaparecido si no revela su fuente. No es una frase menor. No es un exabrupto. Es una declaración de principios.

Durante más de dos siglos, Estados Unidos ha construido —no sin contradicciones— un relato sobre sí mismo como garante de la libertad de prensa. Un país donde el periodista no es un enemigo, sino una pieza incómoda pero necesaria del sistema. Esa tradición no siempre se ha respetado, pero ha funcionado como horizonte. Lo que ocurrió el lunes es otra cosa: la verbalización explícita de que ese horizonte puede ser prescindible. La amenaza al periodista es lo visible. Lo relevante está un poco más abajo.

Mientras Trump señalaba al mensajero, el gobierno había activado ya un mecanismo mucho más eficaz: la oscuridad informativa. Planet Labs, una de las principales proveedoras de imágenes satelitales comerciales, comunicó a sus usuarios que retrasaría indefinidamente la publicación de imágenes recientes sobre la zona de conflicto. La ventana visual se cerraba. Sin imágenes independientes, la guerra se convierte en relato. Y el relato, en monopolio.

El Pentágono habla de éxitos, de precisión quirúrgica, de operaciones históricas. Pero sin contraste externo, esas afirmaciones flotan en el aire. No hay forma de verificar daños, ni de estimar víctimas, ni de comprobar qué ocurre realmente sobre el terreno. La guerra vuelve a un estadio anterior: el de la información administrada y censurada.

Es en ese contexto donde la filtración de la búsqueda del piloto adquiere otra dimensión. Trump, quizá sin pretenderlo, ofreció una pista durante su propia intervención. Explicó que la operación de rescate se apoyaba en maniobras de engaño para desorientar a las fuerzas iraníes. “Los estábamos distrayendo”, dijo. Si eso es cierto, la publicación de la información no solo generó incomodidad política: pudo haber alterado una operación en curso. Pero esa no es toda la pregunta.

La pregunta incómoda —la que nadie en la sala formuló en voz alta— es otra: si la información no hubiera sido publicada, ¿se habría activado el rescate con la misma urgencia? No es una cuestión retórica. Es el núcleo del conflicto entre poder e información. Y es, probablemente, lo que explica la irritación presidencial. El problema de fondo no es solo político. Es conceptual.

Trump parece operar sin distinguir entre dos tipos de verdad: aquella cuya revelación inquieta al poder y aquella cuya revelación puede poner en riesgo vidas humanas. En las democracias liberales, esa distinción es esencial. Sobre ella se construyen leyes, jurisprudencia y prácticas periodísticas. No es una línea clara ni fácil, pero existe. Cuando esa diferencia desaparece, todo se vuelve secreto. Y cuando todo es secreto, la excepción se convierte en norma.

En paralelo, la gestión política del conflicto ofrece otro síntoma de desorden. Desde el 21 de marzo, la Casa Blanca ha encadenado una serie de ultimátums a Irán que se anuncian con firmeza y se aplazan con facilidad. Plazos de 48 horas que se convierten en cinco días, luego en diez, luego en una nueva fecha definitiva que tampoco se cumple. Cada prórroga viene acompañada de mensajes optimistas: “las negociaciones van bien”, “hay una buena probabilidad de acuerdo”.

Pero cuando el acuerdo no llega, el tono cambia. Escala. Se vuelve más áspero, más imprevisible. Trump ha llegado a anunciar en su red social jornadas de bombardeos con nombres casi promocionales —“el Día de la Central Eléctrica y el Día del Puente”— acompañados de insultos y referencias religiosas fuera de lugar. Un lenguaje que mezcla provocación, espectáculo y política exterior en una misma frase. Esa mezcla tiene consecuencias.

Irán responde con su propia retórica, pero también con cálculo. Los analistas iraníes observan el patrón de ultimátums incumplidos y lo interpretan como una señal de debilidad o, al menos, de falta de coherencia estratégica. En política internacional, la previsibilidad es un activo. La volatilidad, un riesgo.

Mientras tanto, la guerra empieza a filtrarse en la economía global. El precio del crudo se mantiene por encima de los 100 dólares. Las tensiones energéticas reaparecen en Asia. En algunos países, el combustible se raciona; en otros, el transporte se paraliza. Son señales aún dispersas, pero reconocibles ante las cuales el sistema internacional reacciona.

Europa se mueve con cautela. Siguiendo el “No a la guerra” de Pedro Sánchez, Italia refuerza su presencia en el Golfo para hablar de seguridad energética. Francia plantea nuevas fórmulas de cooperación entre democracias. Alemania explora, junto a París, estructuras de defensa más autónomas. Son movimientos que, leídos en conjunto, apuntan a una misma idea: la centralidad de Washington ya no se da por descontada.

China, mientras tanto, sigue otro ritmo. Planificación a largo plazo, inversión sostenida, formación masiva de ingenieros. No necesita intervenir directamente en la crisis para beneficiarse de sus efectos. Le basta con observar.

En este escenario, la política estadounidense ofrece una imagen fragmentada. El Congreso cuestiona la falta de autorización formal para las operaciones militares, pero sus objeciones no alteran el curso de los acontecimientos. Las instituciones funcionan, pero con menor capacidad de influencia. La separación de poderes existe, pero se debilita en la práctica. Es aquí donde la amenaza al periodista adquiere su verdadero significado. No como episodio aislado, sino como síntoma.

Las democracias no suelen romperse de golpe. Se desgastan. Primero en el lenguaje, luego en las prácticas, después en las instituciones. Lo que era impensable se vuelve discutible; lo discutible, aceptable; lo aceptable, habitual. La advertencia del historiador Arnold Toynbee, la que enuncia que las civilizaciones no mueren asesinadas, sino suicidadas, no describe un acto repentino, sino un proceso. Una acumulación de pequeñas renuncias.

La presión sobre la prensa es una de esas renuncias. No porque los periodistas sean intocables —no lo son—, sino porque su función es estructural. Informar, contrastar, inquietar. Sin esa función, el sistema pierde un mecanismo de corrección. Y cuando ese mecanismo falla, los errores se multiplican. El episodio del piloto, la oscuridad satelital, los ultimátums encadenados, el lenguaje desbordado, la tensión económica: todo forma parte de una misma secuencia. No necesariamente planificada, pero sí coherente en sus efectos.

El mundo observa y toma nota. En Roma, hace más de dos mil años, un general llamado Marco Licinio Craso emprendió una campaña en Oriente convencido de su superioridad. Ignoró advertencias, subestimó al adversario, confundió fuerza con estrategia. Terminó derrotado en Carras, en una batalla que la historia recuerda como ejemplo de error irreversible. El paralelismo no es exacto —la historia nunca se repite de forma literal—, pero la intuición permanece. Hay decisiones que, una vez tomadas, generan dinámicas difíciles de revertir.

El “craso error” no es una frase retórica. Es una categoría histórica. Y quizá, dentro de unos años, cuando se revisen estos días con la perspectiva que ahora falta, la conferencia de prensa del 6 de abril aparecerá como una de esas escenas en las que el sistema mostró, sin disimulo, sus grietas. No las creó, pero las hizo visibles. 

A veces, la historia no avanza con grandes acontecimientos, sino con frases pronunciadas ante un micrófono. Frases que, en el momento, parecen una más. Y que, con el tiempo, revelan todo lo demás.

sábado, 4 de abril de 2026

LOCOS POR LAS PROTEÍNAS (o cómo convertir el agua en gimnasio)

 

Vivimos en una época en la que uno no puede beber un simple vaso de agua sin que alguien haya decidido previamente que debería llevar proteínas. Hay batidos de proteínas, refrescos proteicos, aguas proteicas —que suenan como si alguien hubiera ordeñado una nube— y una gama de alimentos enriquecidos que incluye cereales, pan, palomitas, gominolas y, por supuesto, las omnipresentes barritas, diseñadas para que mastiques algo con la textura de un ladrillo optimista.

La proteína, en definitiva, ha pasado de ser un nutriente a ser una filosofía de vida. Pero antes de que intentemos inyectarla en el café o en la almohada, conviene hacerse una pregunta sencilla: ¿qué demonios es exactamente una proteína?

Para responder hay que retroceder al siglo XIX, cuando el químico neerlandés Gerardus Johannes Mulder decidió que examinar clara de huevo, leche y sangre era una forma perfectamente razonable de pasar el tiempo. De allí extrajo sustancias que contenían carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno —lo cual, en términos químicos, es como encontrar que algo está hecho de “cosas importantes”— y escribió emocionado a su colega sueco Jöns Jacob Berzelius. Este, con gran sentido del marketing científico, sugirió llamarlas “proteínas”, del griego proteios, “de suma importancia”. Y desde entonces no hemos dejado de tomárnoslo muy en serio.

Unos sesenta años más tarde, Emil Fischer descubrió que las proteínas están formadas por aminoácidos unidos en largas cadenas, algo así como collares microscópicos que, dependiendo de cómo se doblen, pueden convertirse en músculos, enzimas o, en casos extremos, en cosas que hacen que la leche se corte con dignidad.

Hoy sabemos que hay unos veinte aminoácidos básicos que, combinados de diversas maneras, construyen prácticamente todo lo que en tu cuerpo no es agua, hueso o una vaga sensación de culpa. Tus músculos, tu piel, tus uñas, tus hormonas, buena parte de tu sangre y hasta neurotransmisores como la dopamina o la serotonina —responsables de que un lunes no sea del todo insoportable— dependen de ellos.

No es de extrañar que las proteínas hayan adquirido fama de superhéroes nutricionales. Ya los antiguos griegos creían que comer carne te hacía más fuerte, siguiendo la lógica impecable de “músculo a músculo”: comes un animal musculoso y, con suerte, te vuelves como él. Es una idea entrañable, aunque también implicaría que comer lechuga debería volverte más crujiente.

Durante años, los deportistas siguieron rituales como el famoso “filete antes del partido”, hasta que alguien tuvo la audacia de medir cosas y descubrió que la energía viene sobre todo de los carbohidratos, mientras que las proteínas sirven más bien para mantener y reparar el músculo. Es decir, no basta con comer proteína para desarrollar bíceps: también hay que levantar algo más pesado que el mando a distancia.

De hecho, el cuerpo es bastante razonable en este aspecto. Puedes entrenar todo lo que quieras, pero solo puedes ganar unos pocos gramos de músculo al día. Y esos aminoácidos necesarios los obtienes sin dificultad de una dieta normal. Lo que sí ocurre constantemente es que el cuerpo se descompone y se repara —una actividad que suena alarmante, pero es completamente normal— y para ello necesita proteínas.

Entonces, ¿cuánta proteína necesitamos realmente? Aquí entra en escena una de las ideas más elegantes de la nutrición: medir el nitrógeno. Dado que la proteína es el único macronutriente que lo contiene, los científicos decidieron alimentar a voluntarios, medir lo que ingerían y, con admirable serenidad, analizar lo que expulsaban. Así calcularon que unos 0,8 gramos por kilo de peso corporal bastan para evitar deficiencias.

Si buscas algo más ambicioso —como no desmoronarte con los años o rendir mejor físicamente—, una cifra entre 1,1 y 1,5 gramos por kilo de peso corporal es razonable. Los mayores necesitan algo más debido a la llamada “resistencia anabólica”, que es una forma técnica de decir que el cuerpo se vuelve un poco testarudo.

Lo curioso es que alcanzar estas cantidades no requiere convertirse en un batido ambulante. Un filete grande cubre buena parte de las necesidades, pero también lo hacen opciones menos dramáticas: pollo, pescado, tofu, yogur, huevos, lentejas o incluso un modesto sándwich de mantequilla de cacahuete. Es decir, puedes vivir perfectamente sin beber agua con proteínas añadidas, aunque eso decepcione a ciertos departamentos de marketing.

Incluso hay indicios de que sustituir parte de la proteína animal por vegetal puede ser beneficioso a largo plazo, lo cual añade una capa adicional de complejidad a una historia que ya incluye huevos, nitrógeno y gominolas musculadas.

En cuanto a los suplementos, funcionan, pero conviene recordar que no son magia: una cucharada de proteína de suero aporta unos veinticinco gramos, lo mismo que podrías obtener comiendo con sensatez. Son útiles, sí, pero no sustituyen a algo que sigue siendo incómodamente necesario: hacer ejercicio.

Porque, al final, todo este entusiasmo proteico se estrella contra una verdad simple y algo irritante: puedes consumir todas las proteínas del mundo, pero si no levantas pesas —o al menos algo que ofrezca resistencia—, tus músculos no recibirán el mensaje.

Y eso, por desgracia, no se puede embotellar.

ISRAEL, IDENTIDADES JUDÍAS Y EL EQUÍVOCO DEL ANTISEMITISMO

 

Hablar de Israel como si fuera un bloque homogéneo es uno de los errores más frecuentes —y más fértiles en malentendidos— del debate público. Bajo la etiqueta “judío” conviven tradiciones históricas distintas, trayectorias geográficas divergentes y experiencias sociales que no siempre encajan entre sí. Tres nombres sirven para ordenar ese mapa: ashkenazíes, sefardíes y mizrajíes.

Los ashkenazíes proceden de Europa central y oriental. Durante siglos vivieron en territorios como Alemania, Polonia o Rusia, desarrollando una cultura propia —el yidis, una rica tradición literaria y una vida comunitaria marcada por la convivencia, a menudo tensa, con sociedades cristianas. Los sefardíes, por su parte, descienden de los judíos de la Península Ibérica expulsados en 1492; su diáspora se extendió por el Mediterráneo, especialmente en el Imperio Otomano, conservando el ladino y una memoria cultural hispánica. Los mizrajíes (“orientales”) agrupan a comunidades judías del mundo árabe e islámico —Irak, Yemen, Marruecos, Irán— que nunca pasaron por Europa y cuya cultura está profundamente entrelazada con ese entorno.

En el Israel actual, estas diferencias siguen siendo visibles, aunque cada vez más difuminadas por la mezcla social. Aproximadamente, entre los judíos israelíes, los mizrajíes y sefardíes (a menudo agrupados en las estadísticas) constituyen algo más de la mitad de la población, en torno al 50–60%. Los ashkenazíes representan aproximadamente 30–40%, mientras que el resto corresponde a comunidades mixtas o de otros orígenes (incluidos judíos etíopes o inmigrantes recientes). Es una fotografía imperfecta —las identidades se solapan—, pero suficiente para entender que el Israel de hoy ya no es el de 1948.

Y, sin embargo, el Israel que nace en 1948 sí tuvo un marcado sello ashkenazí. El sionismo moderno, el movimiento político que impulsa la creación de un Estado judío, surge en la Europa de finales del siglo XIX. Sus principales impulsores eran judíos europeos, formados en Viena, Berlín o el Imperio ruso, que respondían a un problema muy concreto: el antisemitismo en sociedades europeas que, pese a la emancipación legal, seguían excluyéndolos. El sionismo fue, en ese sentido, una solución política moderna a un problema europeo, aunque apelara a una memoria histórica situada en Oriente Próximo.

Esto explica una aparente paradoja: el Estado de Israel, geográficamente en Oriente Medio, fue en su origen un proyecto concebido en buena medida por intelectuales y activistas europeos. Con el tiempo, sin embargo, la llegada masiva de judíos de países árabes y musulmanes transformó profundamente la demografía y la cultura del país, desplazando el peso exclusivo ashkenazí.

En este contexto, surge otra confusión habitual: equiparar la crítica al sionismo o al Estado de Israel con el antisemitismo. Aquí conviene ser preciso. El antisemitismo es un prejuicio contra los judíos como colectivo —religioso, cultural o étnico—. El sionismo, en cambio, es una ideología política concreta, nacida en un momento histórico determinado y sujeta, como cualquier otra, a debate, apoyo o rechazo.

No son planos equivalentes. Se puede criticar al sionismo —por razones políticas, morales o históricas— sin expresar hostilidad hacia los judíos. Del mismo modo, hay judíos que apoyan el sionismo y otros que lo cuestionan o lo rechazan. La línea se cruza cuando la crítica deja de dirigirse a una política o a un Estado y se transforma en generalización sobre “los judíos”, recurriendo a estereotipos o atribuyendo responsabilidades colectivas.

La confusión persiste por varias razones. Por un lado, el Estado de Israel se presenta a menudo como representante del pueblo judío en su conjunto, lo que tiende a fundir ambas esferas. Por otro, el término “antisemitismo” se ha cargado de un peso histórico enorme —justificado por siglos de persecución— y su uso se ha ampliado en ocasiones de forma polémica en el debate contemporáneo.

El resultado es un terreno resbaladizo donde conviven tres realidades distintas: una diversidad interna judía que no siempre se reconoce, un Estado con una historia compleja y una palabra —antisemitismo— que a veces se usa con precisión y otras con exceso.

Reducir todo eso a equivalencias simples —“judío = sionista”, “crítica a Israel = antisemitismo”— no ayuda a entender nada. Y, sobre todo, borra lo más interesante: que Israel no es una identidad única, sino un cruce de historias, y que el debate sobre él pertenece, como cualquier otro, al terreno de la política, no de las esencias.

PALESTINA, PROMESAS CRUZADAS: EL DOBLE JUEGO BRITÁNICO EN ORIENTE PRÓXIMO

 

Hay momentos en la historia en los que las grandes potencias reparten territorios que aún no controlan, como si fueran fichas sobre un mapa. Oriente Próximo, durante la Primera Guerra Mundial, fue uno de esos tableros. Y Gran Bretaña, en su pulso contra el Imperio otomano, jugó a dos bandas con notable habilidad… y consecuencias duraderas.

A comienzos del siglo XX, el mapa de Oriente Próximo no era el que hoy conocemos, sino el de un imperio en retirada. El Imperio otomano, heredero de siglos de expansión, aún controlaba amplios territorios: Anatolia, Siria, Mesopotamia, Palestina y buena parte de Arabia. Era un mosaico de pueblos y religiones, sostenido más por la inercia que por la fuerza. Y, sin embargo, cuando estalló la Primera Guerra Mundial, ese viejo rival de Europa decidió alinearse con Alemania y Austria-Hungría.

La decisión tenía lógica. El imperio estaba debilitado tras derrotas recientes y veía en Alemania una potencia capaz de modernizar su ejército y sostenerlo frente a las ambiciones coloniales de Francia, Rusia y, sobre todo, Gran Bretaña. No era una cuestión de afinidad, sino de supervivencia.

Frente a él se alzaba precisamente el mayor imperio del momento: el británico, cuya prioridad era asegurar sus rutas hacia la India y el control del Canal de Suez. Oriente Próximo no era una periferia, sino una bisagra estratégica. Derrotar al Imperio otomano implicaba abrir ese espacio a la influencia británica.

Y aquí comienza el juego de promesas.

En 1915, Londres alentó una revuelta árabe contra los otomanos. A través de la correspondencia con el jerife de La Meca, Husayn ibn Ali, los británicos sugirieron que, tras la guerra, podría surgir un gran Estado árabe independiente. Sobre el terreno, esa promesa se tradujo en la Revuelta Árabe, apoyada por oficiales británicos como T. E. Lawrence. Para muchos árabes, la ecuación era clara: luchar contra Estambul a cambio de soberanía.

Pero mientras esa promesa circulaba, en despachos europeos se negociaba otra muy distinta. En 1916, Gran Bretaña y Francia firmaron el acuerdo Sykes-Picot, que dividía el Oriente Próximo en zonas de influencia. Francia obtendría Siria y Líbano; Gran Bretaña, Irak y Palestina. No era un engaño a París —que participaba plenamente—, sino un reparto clásico entre potencias. Las aspiraciones árabes quedaban subordinadas a ese diseño.

Y aún había una tercera promesa. En 1917, el gobierno británico emitió la Declaración Balfour, apoyando el establecimiento de un “hogar nacional judío” en Palestina. Ese respaldo no surgió en el vacío. El sionismo moderno era un movimiento político nacido en la Europa de finales del XIX, impulsado en gran medida por judíos ashkenazíes —es decir, de origen centroeuropeo— como Theodor Herzl, Chaim Weizmann o Nahum Sokolow. Formados en el mundo político europeo, estos líderes supieron moverse en Londres y obtener un apoyo clave para su proyecto.

Así, en apenas dos años, Gran Bretaña había ofrecido futuros incompatibles a tres actores distintos:

A los árabes, independencia.

A Francia, un reparto colonial.

A los sionistas, apoyo político en Palestina.

Desde una mirada actual, el doble o más bien triple juego parece evidente. Pero en la lógica imperial de la época no era excepcional. Las potencias buscaban maximizar aliados inmediatos sin comprometerse con un diseño final coherente. El objetivo era ganar la guerra; el mapa vendría después.

Y el mapa llegó. Tras la derrota otomana, el imperio se disolvió y fue sustituido por un sistema de mandatos bajo control europeo. Francia administró Siria y Líbano; Gran Bretaña, Irak y Palestina. No hubo un gran Estado árabe unificado, sino fronteras trazadas desde fuera.

En Palestina, además, confluyeron dos proyectos nacionales distintos: el árabe y el judío, ambos con expectativas alimentadas durante la guerra. Lo que para unos fue una traición, para otros fue una oportunidad histórica. Esa superposición de promesas —y de legitimidades— es uno de los cimientos del conflicto posterior.

Reducir todo a un único engaño simplifica demasiado, pero tampoco es falso decir que Gran Bretaña jugó a varias bandas. Con una mano impulsó una revuelta árabe; con otra pactó con Francia el reparto; y con una tercera abrió la puerta a un proyecto nacional distinto en el mismo territorio. 

En última instancia, la historia de Palestina en el siglo XX arranca ahí: en una guerra imperial donde Gran Bretaña necesitaba aliados inmediatos y ofreció futuros incompatibles. Con una mano alentó una revuelta árabe; con la otra, abrió la puerta a un proyecto nacional distinto en el mismo territorio. El mapa que salió de esa ecuación aún no ha dejado de moverse y sigue proyectando su sombra sobre la región.

viernes, 3 de abril de 2026

¡NO HAY NADA MEJOR QUE LA REMOLACHA!.... O ESO DICEN

 


En torno a la remolacha hay una publicidad exagerada sobre ella misma o sobre los jugos, polvos o gominolas elaborados con ella. "Aumenta la energía de forma natural", "mejora la circulación", "aumenta la claridad mental", "desintoxica el cuerpo", "mejora la resistencia" y "reduce la inflamación" son algunas de las afirmaciones un tanto hiperbólicas. Aunque algunas de ellas pueden tener algo de cierto, en cuanto a densidad nutricional, la remolacha es superada fácilmente por la col rizada, las espinacas, el berro o el brócoli. Sin embargo, esto no significa que la remolacha carezca de valor nutricional. La remolacha es rica en nitratos (NO₃⁻ ) que sí ofrecen algunos beneficios potenciales.

¡Pero hombre de Dios! ¿No advertiste hace poco a tus lectores que debemos evitar las carnes procesadas porque contienen nitratos? ¿Acaso la posible formación de nitrosaminas cancerígenas a partir de nitratos no es la razón por la que la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC) clasificó las carnes procesadas en su Categoría 1A, reservada para sustancias conocidas por causar cáncer en humanos? ¿Cómo es posible entonces que los nitratos sean tan repudiados en el jamón o el tocino, pero bendecidos en la remolacha?

¡Ay, amigo: todo depende del entorno donde se encuentren los nitratos!

No existe evidencia científica alguna de que los nitratos presentes de forma natural en las verduras causen cáncer. Todo lo contrario. Numerosos estudios vinculan el consumo de verduras con un menor riesgo de cáncer. Este de The Lancet y este otro de Nature son dos de las recopilaciones más citadas y relevantes. Sin embargo, la situación es diferente cuando se trata de nitratos añadidos a la carne procesada para prevenir el botulismo, una enfermedad potencialmente mortal causada por la toxina botulínica, producida por la bacteria Clostridium botulinum. Estas bacterias son omnipresentes, pero solo producen su toxina en condiciones anaeróbicas, como dentro de una salchicha. ¡Y vaya toxina! Tan solo un gramo de toxina botulínica es suficiente para matar a millones de personas.

Los nitratos no son efectivos para prevenir la liberación de la toxina del Clostridium botulinum. Sin embargo, los nitritos (NO₂⁻ ) sí lo son. Resulta que las bacterias presentes de forma natural en la carne pueden convertir los nitratos en nitritos, que son los conservantes. Este paso se puede evitar, y generalmente se hace, añadiendo nitritos directamente a la carne. No obstante, existe un problema, ya sea que los nitritos se añadan directamente o provengan de los nitratos. Los nitritos tienen la capacidad de reaccionar con las aminas presentes de forma natural en la carne para formar nitrosaminas cancerígenas.

Eso explica por qué los estudios han demostrado que consumir unos cincuenta gramos de carne procesada al día durante toda la vida aumenta el riesgo de cáncer colorrectal en un 18%. Sin embargo, esto no es tan alarmante como parece. La incidencia de cáncer colorrectal en la población es de aproximadamente un 5%, y si se incrementa en un 18%, llega al 6%. Esto significa que si cien personas consumen cincuenta gramos de carne procesada al día, una de ellas desarrollará cáncer debido al consumo de nitrosaminas. A nivel individual, un riesgo de uno entre cien es pequeño, pero se vuelve significativo cuando se aplica a una población.

¿Por qué no surge este problema al consumir vegetales ricos en nitratos, como la remolacha? La remolacha acumula una cantidad significativa de nitratos del suelo, pero carece de microorganismos que los conviertan en nitritos. Incluso si se produjera alguna conversión, la remolacha, a diferencia de la carne, no contiene el tipo de aminas necesarias para la formación de nitrosaminas. Además, la remolacha también contiene vitamina C y diversos polifenoles que inhiben la formación de nitrosaminas. Esta es también la razón por la que el ácido ascórbico (vitamina C) o el eritrobato de sodio, un compuesto muy similar, se añaden comúnmente a la carne procesada.

Volvamos ahora a la remolacha. Cuando se ingieren los nitratos que contiene, las enzimas de la saliva los convierten en nitritos que, al no tener aminas con las que reaccionar, se transforman en óxido nítrico en el estómago; ese óxido es precisamente la sustancia química a la que se atribuyen los beneficios de los nitratos de la remolacha.

El óxido nítrico dilata los vasos sanguíneos, lo que reduce la presión arterial y mejora el flujo sanguíneo, dos factores que pueden resultar en una ligera mejora de la resistencia durante la actividad física y, quizás, una recuperación muscular algo más rápida. Varios estudios lo confirman, pero todos señalan que el efecto es pequeño.

En cuanto a las pruebas que respaldan las afirmaciones de que la remolacha, el jugo de remolacha, el polvo de remolacha o las chuches de remolacha pueden "desintoxicar el cuerpo", "mejorar la cognición" o "aumentar la energía vital", simplemente no existen salvo en la calenturienta mente de algunos publicistas.

Lo único que podemos afirmar es que una o dos tazas de jugo de remolacha al día no harán milagros, pero podrían influir positivamente en la presión arterial y la resistencia. Claro que eso no es algo de lo que aferrarse ciegamente.

NO, LA CARA OCULTA DE LA LUNA NO ESTÁ A OSCURAS

 

Mientras escribo este artículo en la mañana del Viernes Santo, la nave Artemis II se prepara para abandonar la órbita terrestre y emprender su giro, también orbital, alrededor de la Luna. Una vez que tome la órbita lunar y haga su previsto movimiento alrededor de nuestro satélite, será la primera vez que unos seres humanos observen entera la llamada “cara oculta de la Luna”.

¿Por qué desde la Tierra vemos siempre la misma faz de la Luna? Respuesta: por el “doble movimiento sincronizado” que ejecuta la Luna alrededor de la Tierra al tiempo que rota alrededor de sí misma. Para tratar de explicarlo, haré un viaje a mi infancia.

Trayectoria de Artemis II. Los astronautas orbitarán la Tierra durante aproximadamente 24 horas para revisar su nave espacial y luego encenderán los motores de sus cohetes para poner rumbo a la Luna. El viaje durará tres días, y la superficie lunar se irá haciendo cada vez más grande a través de las ventanas de la cápsula a medida que se acerquen. Al llegar, sobrevolarán la cara oculta de la Luna mediante la asistencia gravitatoria, vislumbrando regiones lunares nunca vistas por el ser humano, y luego emprenderán el viaje de regreso a casa, que durará tres días. Redibujado a partir de un esquema de Nature.

Cuando de niños “bailábamos” el trompo por las calles de Granada aún sin asfaltar, si lo hacíamos con la suficiente habilidad (lo que no se lograba siempre) el trompo ejecutaba un doble giro. Por un lado, giraba en un movimiento de rotación alrededor de su propio eje. Por otro lado, iba trasladándose hasta realizar uno o más giros completos alrededor del lanzador.

Por tanto, si el trompo hubiera tenido ojos, habría visto sucesivamente el frente, los costados y la espalda del lanzador, mientras que este lo perdería de vista salvo que, como solíamos hacer, nos giráramos alrededor de nuestro propio eje. Sustituyamos ahora el trompo por la Luna y al lanzador por la Tierra y, después de exponer las respectivas velocidades de desplazamiento, podremos entender la sincronía y la asincronía de los tres movimientos implicados: dos de la Luna (rotación sobre sí misma y traslación alrededor de la Tierra) y uno de rotación de la Tierra sobre sí misma). No, no se me olvida que la Tierra gira también alrededor del Sol en un movimiento de traslación que dura algo más de 365 días, pero este viaje no influye en absoluto en lo que ahora nos ocupa: la cara oculta de la Luna.

Con el Sol iluminando desde la derecha, en esta foto del módulo del Artemis I puede verse que la cara "oscura" de la Luna está perfectamente iluminada.

Aunque la Tierra realiza su movimiento de traslación alrededor del Sol a una velocidad escalofriante (107 000 km/h), rota sobre sí misma a una velocidad más de sesenta veces inferior (1 700 km/h), lo que hace que cualquier punto de la superficie terrestre haga un giro completo cada 24 horas. El movimiento de la Tierra es independiente de los movimientos de la Luna, es decir, unos y otros son asincrónicos. Para comprobarlo, mire la imagen superior izquierda de este video que presenta en tiempo real los movimientos de la Luna a lo largo de 2023.

En cambio, ambos movimientos lunares son sincrónicos, porque su velocidad de traslación es la misma que la de rotación: la Luna da una vuelta completa alrededor de su eje en aproximadamente 27,32 días (mes sidéreo), el mismo tiempo que emplea en completar una órbita de traslación alrededor de la Tierra. Gracias a esa sincronización vemos siempre la misma cara de la Luna y, de paso, le dimos la oportunidad a Pink Floyd para crear uno de sus mejores discos, The dark side of the Moon. Por si con el ejemplo del trompo no he explicado bien los movimientos relativos de la Tierra y su satélite, vean este vídeo tan breve como didáctico.

El próximo mes de octubre se cumplirán 67 años desde que la sonda espacial soviética Luna 3 envió a la Tierra las primeras imágenes de la cara oculta. Cuando llegaron aquellas imágenes en blanco y negro, los astrónomos descubrieron que en ese lado inexplorado había valles, montañas y cráteres, pero ninguno de los muchos mares inertes característicos de la cara lunar visible.

En este video puede ver el lado oculto de la Luna desde su polo meridional filmado por la cámara de una de las naves gemelas GRAIL, lanzadas por la NASA en 2012.

Cuando en 1959 se dieron a conocer las primeras imágenes del lado oscuro de la Luna (entonces le llamaron oscuro porque no se conocía, no porque la luz del Sol no llegara hasta allí; hubiera sido más exacto llamarle oculto, pero así son las cosas) los astrónomos se dieron cuenta a la primera, como lo hubiéramos hecho usted y yo sin mayores conocimientos de Astronomía, de que, en ese lado desconocido por estar siempre de espaldas a nuestro planeta, había valles, montañas y cráteres, pero ninguno de los extensos mares inertes que caracterizan la cara visible. Un misterio al que llamaron, vaya usted a saber por qué, el de Tierras Altas Lunares.

Aunque no fuera uno de los de Fátima, el meritado misterio tardó décadas en desvelarse. En esas estaban, devanándose los sesos para desvelar tamaño arcano, cuando unos astrónomos de la Universidad de Pensilvania lo desvelaron en un artículo publicado en 2014 en la revista The Astrophysical Journal que les dejo en este enlace para que se entretengan. Por no aburrirles mucho, lo que se concluía en aquel artículo era que, como consecuencia de su formación, la ausencia de mares en el pynkfloydiano lado se debe a una diferencia en el espesor de la corteza originada desde el mismo momento de su formación lunar.

La historia comienza hace 4 500 millones de años, cuando Theia, un objeto sideral del tamaño de Marte, chocó violentamente contra la Tierra. En aquel colosal Armagedón, capas externas de la Tierra y de Theia salieron disparadas hacia el espacio; con el tiempo algunas de ellas se ensamblaron y formaron la Luna. Ni qué decir tiene que después del enorme impacto Tierra y Luna estaban muy calientes. La Tierra y Theia no solo se derritieron; partes de ellas se convirtieron en vapor, creando un disco de roca, magma y vapor alrededor de nuestro mundo.

La Luna, de tamaño mucho más pequeño, se enfrió más rápidamente. La Tierra, todavía caliente a más de 2 500 grados centígrados, emitía calor hacia el lado próximo de la Luna. El lado contrario, más alejado de aquella Tierra en ebullición, se enfrió lentamente, mientras que el que miraba hacia nuestro planeta se mantenía fundido, creando una diferencia de temperatura entre las dos caras, un fenómeno térmico que cualquiera puede comprobar arrimando el trasero a las resistencias de una estufa.

Esa diferencia fue decisiva para la formación de la capa más externa de la Luna, la corteza, que contiene altas concentraciones de aluminio y calcio. Como la cara ahora visible estaba todavía demasiado caliente, ambos elementos se condensaron preferentemente en la atmósfera de la relativamente fresca parte que ahora permanece oculta.

Cientos de millones de años más tarde, aluminio y calcio se combinaron con los silicatos en el manto lunar para formar un tipo de feldespatos que, a modo de armadura o cáscara, formaron la corteza lunar. Por eso, la corteza de la cara oculta, que como consecuencia de la mayor concentración de aluminio y calcio posee más feldespatos, es más gruesa.

Actualmente la Luna, ya completamente fría, no está fundida bajo superficie, pero cuando comenzó a formarse y sufría el impacto de grandes meteoritos, debajo de su corteza yacía un océano de magma hipercalentado a presión comparable al que existe en el manto terrestre y que aflora en superficie por las placas tectónicas y con la erupción de los volcanes.

Los impactos de los meteoritos sobre la antigua Luna todavía recalentada liberaron grandes mantos de lava basáltica que formaron los característicos mares lunares de la cara visible. Los meteoritos también golpearon la cara oculta, pero como la corteza era allí demasiado gruesa, resistió los impactos sin que brotaran grandes coladas de basalto magmático; por eso, esa cara lunar está repleta de valles, cráteres y montañas, pero casi falta de mares.

Para otro día dejo en el aire la respuesta a otra pregunta: ¿por qué los cráteres lunares son tan redondos?

jueves, 2 de abril de 2026

UN CÁLCULO SENCILLO PARA EVALUAR LA CALIDAD DE TU DIETA

 


A todos nos gustaría comer de forma saludable. Un simple cálculo puede determinar si vamos por buen camino.

Desde hace unos 300 000 años, los humanos hemos comido prácticamente todo lo que parecía comestible. Plantas, cereales, frutas, partes de cualquier criatura que camine, vuele, nade o se arrastre, han pasado por el aparato digestivo del Homo sapiens. Podría pensarse que con toda esa experiencia ya habríamos descubierto qué tipo de dieta es beneficiosa para la salud.

Pero que más quisiéramos. Aquí estamos, 300 000 años después, hablando de dietas bajas en carbohidratos, dietas cetogénicas, dietas carnívoras, dietas bajas en grasas, dietas veganas, dietas flexitarianas, dietas de ayuno intermitente y un sinfín de otras. Aunque todas tienen sus fieles seguidores, el mayor aplauso que genera la comunidad científica se centra en la "dieta mediterránea".

Perfecto, pero hay un problema. Hay veintiún países alrededor del Mediterráneo y cada uno tiene su propia forma de comer. Los españoles no comen como los libaneses, y la baguette francesa no es como una hogaza manchega. Entonces, ¿de qué demonios hablamos cuando hablamos de esa quimérica y soñada “dieta mediterránea” que los expertos defienden con tanto entusiasmo? ¿Y por qué tamaña afición?

La esperanza de vida en la región mediterránea suele ser unos años mayor que en Estados Unidos (por poner un sitio donde se come rematadamente mal), aunque esto se aplica principalmente a países del sur de Europa como España, Italia y Grecia. Estos países presentan una menor incidencia de enfermedades cardíacas y obesidad, y su población goza de una mejor salud metabólica, lo que se traduce en niveles óptimos de cinco indicadores clave evaluados sin necesidad de medicación: circunferencia de la cintura, glucosa en ayunas, triglicéridos, colesterol HDL y presión arterial. La alimentación es un factor importante, pero las personas que viven en la región mediterránea también caminan más, tienen mayor interacción social y, en general, acceso a una atención médica de calidad.

Partiendo de la base de que la dieta influye, la pregunta es qué comen realmente los “mediterráneos”. En general, consumimos muchas verduras, frutas, cereales integrales, legumbres, frutos secos, semillas y pescado. Ingerimos poca carne roja, cantidades moderadas de lácteos (principalmente yogur), aves y huevos. Nuestra principal fuente de grasa es el aceite de oliva. Sin embargo, el secreto de la dieta mediterránea podría no estar en lo que comemos, sino en lo que no comemos. Evitamos los alimentos ultraprocesados y los carbohidratos refinados, las carnes procesadas y las bebidas azucaradas. Este patrón alimentario reduce el colesterol LDL y la presión arterial, disminuye los marcadores de inflamación y favorece una mayor sensibilidad a la insulina y una mayor saciedad, lo que se traduce en una menor ingesta calórica.

Sin embargo, para determinar con certeza los beneficios de la dieta mediterránea se necesitan más que estudios observacionales. Se requieren estudios aleatorios y rigurosos, como el ensayo "Predimed", realizado en España entre 2003 y 2011, que analizó a 7 500 adultos con alto riesgo de enfermedad cardíaca repartidosen tres grupos. Un grupo siguió la dieta mediterránea con aceite de oliva virgen extra, otro grupo consumió la dieta mediterránea con frutos secos adicionales y el tercero siguió una dieta de control baja en grasas. Tras cinco años, los grupos que siguieron la dieta mediterránea presentaron un 30% menos de eventos cardiovasculares graves (infartos, accidentes cerebrovasculares o muertes cardiovasculares). ¡Impresionante!

¿Y el cáncer? No hay diferencias drásticas, pero algunos tipos de cáncer, como el de colon y el de mama, tienen una incidencia algo menor en los países mediterráneos que en Estados Unidos. Esto podría deberse al mayor consumo de fibra y antioxidantes provenientes de las verduras. Hay otro aspecto de la salud que merece la pena considerar en relación con la dieta mediterránea: la salud mental.

Podemos hacernos una idea de esto a partir de un estudio que analizó la adherencia a la dieta "MIND", que se cree que es beneficiosa para el cerebro. La dieta MIND combina la dieta mediterránea y la dieta "DASH" (Enfoques Dietéticos para Detener la Hipertensión). Los investigadores siguieron a 1 600 adultos mayores de 60 años que habían completado cuestionarios de frecuencia de consumo de alimentos y se habían sometido a resonancias magnéticas cada cuatro años. Su dieta se evaluó en función del "Sistema de Puntuación MIND", que otorga puntos según la cantidad de porciones de alimentos "saludables para el cerebro" durante una semana y resta puntos por las porciones de alimentos "perjudiciales para el cerebro". Los alimentos saludables son verduras de hoja verde, otras verduras, bayas, frutos secos, aceite de oliva, cereales integrales, pescado, aves, frijoles, legumbres y vino. Los alimentos poco saludables son carne y productos cárnicos, mantequilla y margarina, queso, pasteles y dulces, comida rápida y frita. 

Grupos saludables para el cerebro

 

Verduras de hojas verdes

Seis o más raciones semanales

Otras verduras

Una o más raciones diarias

Frutos secos

Cinco o más veces semanales

Frutas del bosque o berries,

Dos o más veces semanales

Legumbres

Tres o más raciones semanales

Cereales integrales

Tres o más raciones semanales

Pescados (no fritos)

Una ración a la semana

Pollo

Dos raciones semanales

Aceite de oliva

Un punto si es el aceite más usado

Vino

Un vasito al día

Grupos perjudiciales para el cerebro

 

Carnes rojas y sus derivados

Menos de cuatro raciones semanales

Mantequilla y margarina

Menos de una cucharada al día

Queso

Menos de una ración a la semana

Pastas y dulces

Menos de cinco piezas semanales

Comidas rápidas y frituras

Menos de una ración a la semana

Interpretación del marcador

 

Adhesión* alta

8,5 a 15 puntos

Adhesión moderada

6,5 a 8,5

Adhesión baja

0 a 6,5

*En el año 2003 la OMS definió el término “adhesión” como «el grado en el que la conducta de un paciente, en relación con la toma de medicación, el seguimiento de una dieta o la modificación de hábitos de vida, se corresponde con las recomendaciones acordadas con el profesional sanitario».

 Ahora observa la tabla anterior y, para calcular la adhesión a la dieta MIND, suma un punto por cada alimento saludable para el cerebro o alimento poco saludable. Por ejemplo, si consumes seis o más porciones de verduras de hoja verde a la semana, te sumas un punto. Si consumes solo tres porciones, obtienes medio punto. Si consumes menos de cuatro porciones de carne roja a la semana, obtienes un punto. Hay quince categorías, por lo que el número máximo de puntos sería quince.

Los participantes que siguieron el programa MIND con mayor rigor presentaron menor atrofia cerebral y menor pérdida de materia gris, que es esencial para la memoria y la cognición. Lamentablemente, los investigadores no realizaron pruebas de memoria para determinar si una menor atrofia cerebral se asociaba con una mejor memoria. La atrofia cerebral y la pérdida de materia gris también están relacionadas con la enfermedad de Alzheimer, y se ha demostrado que incluso una adhesión moderada al programa MIND reduce el riesgo de padecerla en aproximadamente un 35%, mientras que una adhesión elevada puede reducirlo hasta en un 50%.

Creo que este sistema de puntuación también serviría para evaluar el riesgo de enfermedades cardíacas, cáncer y diabetes. Mi única objeción es que se le asigne un punto por una copa de vino al día. No creo que haya evidencia que lo justifique. Sugiero, en cambio, añadir un punto por no consumir alcohol. En cualquier caso, haz el cálculo y si obtienes una puntuación superior a nueve, tienes una dieta razonablemente buena.

Sin embargo, recuerda que lo que importa es el estilo de vida en su conjunto, así que cualquiera que piense que vivirá más tiempo añadiendo aceite de oliva a su ensalada o comiendo yogur en lugar de helado está completamente equivocado.