Vistas de página en total

lunes, 2 de febrero de 2026

LA MADERA QUE SE BEBÍA LA LUZ

Durante casi medio milenio, los botánicos buscaron la “verdadera” identidad del Lignum nephriticum, una misteriosa maravilla que confundió a los científicos pioneros de la ciencia moderna.

Hubo un tiempo —un tiempo largo, testarudo, de casi quinientos años— en que la ciencia europea se vio superada por un vaso de agua. No por el agua en sí, que era corriente y transparente, sino por lo que ocurría cuando alguien introducía en ella un trozo de madera americana de aspecto inofensivo. Entonces el líquido empezaba a brillar en azul, como si alguien hubiese disuelto un pedazo de crepúsculo. No hervía, no olía raro, no hacía espuma. Simplemente emitía luz. Y nadie sabía por qué.

A esa madera se la conocía como Lignum nephriticum: la madera del riñón. El nombre prometía salud urinaria y serenidad interior, pero lo que ofrecía, sobre todo, era perplejidad.

Transportada en las bodegas de los barcos españoles que regresaban de la Nueva España cargados de cacao, grana cochinilla, plumas, rumores y exageraciones, la misteriosa madera llegó a Europa en el siglo XVI. Los chamanes indígenas ya lo utilizaban como remedio para las dolencias renales, y los boticarios europeos —siempre dispuestos a creer que cualquier cosa exótica era mejor— lo aceptaron con entusiasmo. Se vendía en astillas, se maceraba en agua y se bebía con fe.

Pero pronto alguien se dio cuenta de algo inquietante: el agua cambiaba de color. Y no de una manera educada, predecible, alquímica. No se volvía roja como el vino ni amarilla como el azafrán. Se volvía azul, a veces verde, a veces casi invisible, dependiendo de la luz, del fondo, del recipiente y —parecía— del humor del universo.

La historia del Lignum nephriticum comienza en 1569, cuando el médico sevillano Nicolás Monardes, encargado de supervisar las muestras botánicas llegadas de la América colonial, publicó sus observaciones sobre una madera extraordinaria de Nueva España (México), conocida por tratar afecciones renales y urinarias, a la que llamó «palo para los males de los riñones y de orina». Monardes, aunque nunca visitó México, describió la preparación y los efectos de la madera con gran detalle:

Toman la madera y la cortan en muchas astillas finas, tantas como sea posible y no muy grandes, las ponen en agua clara de una fuente... Después de media hora empieza a verse un color azul celeste muy claro, y se vuelve cada vez más azul, aunque la madera es blanca.

La conexión con México se vio reforzada por relatos directos basados en encuentros con el uso indígena de la madera en México. El misionero franciscano español Bernardino de Sahagún, el primero en describir Lignum nephriticum,  lo identificó por su nombre en náhuatl, coatl, y escribió: «Una medicina que colorea el agua de azul; su jugo es medicinal para la orina».

Ilustración del coatl por Bernardino de Sahagún. Wikimedia Commons

Francisco Hernández de Toledo, médico de la corte que dirigió la primera expedición científica a las Américas en 1570, también describió una madera de México que se creía que poseía poderes místicos:

 Su agua, con la que se han infusionado trozos del tronco de la planta, adquiere un color azul celeste y, si se bebe, sus propiedades curativas son numerosas: “refresca y alivia los riñones y la vejiga, alivia la acidez de la orina, apaga la fiebre…”

Estos relatos cimentaron la asociación entre el Lignum nephriticum y la flora mexicana, y el término coatl sirvió como puente lingüístico entre los sistemas de conocimiento indígenas y europeos.

Pero entonces sobrevino la confusión. En su ambiciosa Historia plantarum universalis, publicada unas décadas más tarde de la de Monardes, el botánico suizo Johann Bauhin ofreció un relato paralelo, aunque intrigantemente diferente. Bauhin describió una copa, «de casi un palmo de diámetro y de una belleza inusual», hecha de madera rojiza. Al sumergir en agua virutas de la misma madera que la copa, el espectáculo resultante fue aún más llamativo:

Las virutas remojadas en agua lo colorearon en poco tiempo de un maravilloso azul y amarillo; en la luz anversa (reflejada) exhibía de una manera hermosa los colores cambiantes del ópalo, de modo que variaba como esa gema desde un naranja brillante, amarillo y rojo hasta un púrpura resplandeciente y verde mar.

Tanto Monardes como Bauhin creían haber encontrado una especie de madera única, capaz de transformar el agua en un espectro de colores. Sin embargo, sus descripciones divergían: la madera de Monardes era blanca y producía un tono azul, mientras que la de Bauhin era rojiza y producía un caleidoscopio de colores.

Durante siglos, el misterio se mantuvo gracias a un error botánico de proporciones respetables, que perduró hasta principios del siglo XX cuando finalmente el botánico estadounidense William Safford resolvió el misterio. Safford estableció sin lugar a discusión que los bosques descritos por Monardes y Bauhin no eran una, sino dos especies distintas: Eysenhardtia polystacha, endémica de México, y Pterocarpus indicus, un árbol nativo del archipiélago filipino. Solo esta última brillaba con luz propia.

Flores de Eysenhardtia polystachya. Wikimedia Commons

Pero mucho antes del hallazgo de Safford, en una época en que la mayoría de los líquidos hacían exactamente lo que se esperaba de ellos, aquello era intolerable. El enigma de aquel extraño leño acabó inevitablemente en manos de los sabios. Aquellos caballeros del siglo XVII que llevaban pelucas imponentes, escribían en latín y se dedicaban a descubrir las leyes fundamentales del cosmos sin despeinarse (en parte gracias a los pelucones).

Uno de ellos fue Robert Boyle, químico, aristócrata y fundador involuntario de la ciencia moderna. Boyle era un hombre meticuloso, obsesionado con los experimentos repetibles y profundamente escéptico ante lo maravilloso. Precisamente por eso, después de dejarlo patidifuso, el Lignum nephriticum lo obsesionó.

Boyle observó que el agua teñida por la madera cambiaba de color según el ángulo de observación. Que el azul era más intenso si el recipiente se colocaba sobre un fondo oscuro. Que parecía apagarse y encenderse según la luz ambiental. Aquello no encajaba con nada conocido. No era pigmentación. No era reflexión. No era un truco del ojo. Era… algo. Lo peor era que funcionaba siempre.

El fenómeno también llegó a oídos de Isaac Newton, un hombre que no tenía tiempo para tonterías, pero sí una obsesión patológica por la luz. Newton había demostrado que la luz blanca podía descomponerse en colores mediante un prisma. Había puesto orden en el arcoíris. Había domado al espectro. Y entonces apareció este vaso de agua azul que no obedecía a sus leyes, que juzgaba tan perfectas que debían justificarlo todo.

El Lignum nephriticum no se dejaba explicar por refracción ni por dispersión. No producía color al dividir la luz, sino al transformarla. Newton, prudentemente, pasó de puntillas e hizo mutis por el foro. A otro perro con ese hueso, debió pensar. A veces el silencio de los genios es la mejor prueba de su desconcierto.

La confusión permitió que el fenómeno fuera tan intermitente como desconcertante. Algunos experimentadores no veían nada. Otros veían demasiado. La ciencia, que ya entonces era bastante susceptible, empezó a desconfiar del asunto. El Lignum nephriticum fue relegado poco a poco a la categoría de curiosidad. Algo digno de un gabinete barroco, pero no de una teoría seria. Y así, sin hacer ruido, desapareció.

Flores del árbol Pterocarpus indicus. Foto

Hubo que esperar hasta el siglo XIX para que alguien pusiera nombre a lo que llevaba siglos ocurriendo en silencio: fluorescencia, un fenómeno físico por el cual una sustancia absorbe luz de alta energía —normalmente ultravioleta o azul— y la reemite casi de inmediato como luz de menor energía, visible para el ojo humano.

A escala molecular, la fluorescencia ocurre cuando un electrón es excitado a un estado energético superior y, al regresar a su estado fundamental, libera el exceso de energía en forma de fotón. El proceso es extremadamente rápido —del orden de nanosegundos— y cesa casi instantáneamente cuando se retira la fuente de excitación, lo que distingue la fluorescencia de otros fenómenos luminosos como la fosforescencia.

El Lignum nephriticum había estado haciendo exactamente eso desde el primer día. La madera contiene un flavonoide —la matlalina— que se disuelve en el agua y se comporta como un traductor óptico: recibe energía que no vemos y nos la devuelve en un azul delicado, casi tímido. No era magia. No era alquimia. Era física moderna antes de la física moderna.

Hoy, el Lignum nephriticum se menciona en los libros como una nota al pie culta, una rareza histórica. Pero su historia encierra una lección inquietante: la naturaleza no espera a que tengamos las palabras adecuadas para comportarse como le da la gana. Durante siglos, la fluorescencia existió sin nombre, sin teoría y sin permiso. Simplemente sucedía. Y los humanos, tan orgullosos de sus sistemas y clasificaciones, no sabían qué hacer con ella.

Quizá por eso aquella desconcertante madera terminó olvidada. No porque fuera falsa, sino porque era demasiado verdadera. Y todo empezó —como tantas cosas importantes— con alguien mirando dentro de un vaso y pensando: “Esto no debería estar pasando”.

MAGIA FLORAL: POR QUÉ LAS FLORES ROJAS ATRAEN A LAS AVES Y ALEJAN A LAS ABEJAS

 

Un pájaro mielero de Nueva Holanda (Phylidonyris novaehollandiae) polinizando un arbusto australiano, el waratah (Telopea speciossisima). Australian Garden, Melbourne.

Para muchas plantas con flores la reproducción es una cuestión de aves y abejas. Atraer al polinizador adecuado puede ser una cuestión de supervivencia. Unas recientes investigaciones muestran que los mecanismos usados por las flores para lograrlo pueden ser más intrigante de lo que se pensaba.

En un artículo publicado en Current Biology los investigadores exponen cómo una única característica "mágica" de algunas plantas hace que sus flores sean invisibles para las abejas y, en cambio, logra que destaquen para las aves.

Veamos en primer lugar cómo vemos los animales. En los ojos humanos normales hay tres tipos de receptores de luz que permiten una buena percepción de los colores. Esas células fotorreceptoras son sensibles a la luz azul, verde o roja. Una vez que la luz se incorpora a estas células, el cerebro genera muchos colores, incluido el amarillo, mediante lo que se llama procesamiento de colores opuestos.

El procesamiento de colores opuestos es una de las formas mediante las cuales el sistema visual organiza y compara la información sobre los colores desde que la luz entra en el ojo hasta que se interpreta en el cerebro. La idea clave es que el cerebro no codifica los colores de manera aislada, sino en pares opuestos.

Cuando la luz entra en el ojo, los tres tipos de conos (las células fotorreceptoras) de la retina responden a distintas longitudes de onda: Los conos L son más sensibles a longitudes de onda largas (rojos); los conos M son más sensibles a longitudes de onda medias (verdes) y, finalmente, lo conos S son más sensibles a longitudes de onda cortas (azules).

Pero el cerebro no lee estos conos directamente como “rojo”, “verde” o “azul”. Primero los compara como “opuestos”, un proceso que consiste en que los canales neuronales funcionan como balanzas: Rojo ↔ Verde; Azul ↔ Amarillo, y Blanco ↔ Negro (luminancia). En cada canal si un lado se activa, el otro se inhibe, de modo que nunca se perciben ambos extremos a la vez.

Por ejemplo, una neurona puede excitarse con el rojo e inhibirse con el verde, mientras que otra puede excitarse con el azul e inhibirse con el amarillo. Por eso no existe un “verde rojizo”, ni un “azul amarillento”. Gracias a este proceso, vemos algunas señales como rojas y otras como verdes, pero nunca como un color intermedio.

El proceso empieza muy pronto en la retina (células ganglionares), continúa en el núcleo geniculado lateral del tálamo y se refina en la corteza visual. Es decir, la oposición de colores es una propiedad fundamental del circuito cerebral, no un adorno perceptivo.

Este sistema aumenta el contraste cromático, hace que la visión sea más eficiente y estable, permite detectar bordes y cambios de color con mucha precisión y reduce anomalías (iluminación variable, sombras). Una prueba sencilla de que existe es la de las postimágenes. Si miras fijamente algo rojo, después lo verás verde. Si haces lo mismo con el azul, luego lo verás amarillo. Eso ocurre porque uno de los polos del sistema oponente se “fatiga” y el contrario domina.

Muchos otros animales también ven el color y muestran evidencias de que también utilizan el procesamiento por oponentes. Las abejas ven su mundo usando células fotorreceptoras que detectan la luz ultravioleta (UV), azul y verde, mientras que las aves tienen un cuarto tipo de fotorreceptor sensible también a la luz roja.

Diagrama que muestra diferentes longitudes de onda a lo largo del espectro lumínico. Nuestra percepción del color, ilustrada el ojo dibujado a la derecha de la barra espectral, es diferente a la de abejas sensibles a los rayos UV, azul y verde, y la de las aves con cuatro fotorreceptores de color, incluyendo la sensibilidad al rojo. Imagen de Adrian Dyer y Klaus Lunau, CC BY

El problema al que se enfrentan las plantas con flores con las diferencias en la visión del color tiene que ver con la genética y con una especie de “magia”. Para que su polen acabe en la parte correcta del cuerpo del animal y así pueda ser transportado eficazmente a otra flor para permitir la polinización, las flores necesitan atraer polinizadores del tamaño adecuado.

Por ello, las aves tienden a visitar las flores más grandes. Estas flores, a su vez, necesitan proporcionar grandes volúmenes de néctar para recompensar a sus visitantes hambrientos. Pero cuando hay grandes cantidades de néctar dulce, existe el riesgo de que las abejas vengan a aprovecharse de él y que, en el proceso, recolecten el valioso polen. Y eso es un problema porque las abejas no tienen el tamaño adecuado para transferir el polen de forma eficiente entre las flores más grandes.

Todas las flores polinizadas por animales "señalan" a los polinizadores con colores y patrones brillantes, pero en el caso de las polinizadas por aves necesitan también una señal que atraiga a las aves sin llamar la atención de las abejas.

Sabemos que la polinización de los insectos (incluidas las abejas) y la señalización floral evolucionaron antes de que apareciera la polinización por aves. Luego, ¿cómo pudieron las plantas lograr el cambio a ser polinizadas por aves, un mecanismo que permite la transferencia de polen a distancias más largas de las que logran las abejas?

El dilema hamletiano es: ¿evitar a las abejas o atraer a las aves? Un paseo por el campo, al menos en los trópicos, permite ver con nuestros propios ojos que la mayoría de las flores rojas son visitadas por pájaros, no por abejas. Así que las flores polinizadas por aves han logrado hacer la transición con éxito, considerando como éxito que ellas, las aves, y no las abejas sean las que detecten el color de las flores. Se han desarrollado dos hipótesis diferentes que pueden explicar lo que ha sucedido. Recuerda algo: lo que hay son dos hipótesis, no dos teorías. Se habla de teoría cuando una determinada hipótesis (es decir, algo que se supone) se confirma con pruebas.

Una de las dos hipótesis que se han formulado con respecto a las flores rojas y su relación con la polinización es la que dice que las flores polinizadas por aves simplemente usan un color difícil de ver para las abejas. Una segunda hipótesis supone que las aves podrían preferir el rojo. Pero ninguna de estas hipótesis parece completa, ya que oa preferencia por el rojo no es innata en las aves porque las jóvenes no demuestran preferencia por el rojo. Sin embargo, las flores polinizadas por aves tienen un tono rojo muy distintivo, lo que sugiere que evitar a las abejas no explica únicamente por qué evolucionaron los colores rojos muy acentuados.

Un pájaro mielero de Nueva Holanda (Phylidonyris novaehollandiae) polinizando un arbusto australiano, el waratah (Telopea speciossisima). Australian Garden, Melbourne. 

Hay surge una tercera vía: una solución mágica. En la ciencia evolutiva, el término rasgo mágico se refiere a una solución evolucionada en la que una sola modificación genética puede aportar beneficios de múltiples maneras. Un equipo que trabajaba en cómo esto podría aplicarse a plantas con flores, demostró que un gen que modula los pigmentos absorbentes de la luz UV en los pétalos puede, efectivamente, tener múltiples beneficios. A este gen obedece cómo las abejas y las aves ven las señales de color de forma diferente.

Las flores polinizadas por las abejas se presentan en una amplia variedad de colores. Las abejas incluso polinizan algunas plantas con flores rojas. Pero estas flores también tienden a reflejar mucho el UV, lo que ayuda a las abejas a encontrarlas. El gen mágico tiene el efecto de reducir la cantidad de luz ultravioleta reflejada por el pétalo, haciendo que las flores sean más difíciles de ver para las abejas. Pero (y aquí es donde entra la magia) reducir la reflexión ultravioleta de un pétalo de una flor roja hace que parezca más roja para animales —como las aves— de los que se piensa que tienen un sistema de colores opuestos.

Diagrama que muestra la intensidad relativa de las señales rojas para aves, abejas y humanos. Las flores rojas son apreciadas para los humanos, pero a medida que evolucionaron para la visión de las aves, un cambio genético redujo la reflexión ultravioleta, haciendo que las flores sean más coloridas para las aves y menos visibles para las abejas. Adrian Dyer y Klaus Lunau, CC BY

Las aves que visitan las flores rojas brillantes obtienen recompensas y, con la experiencia, aprenden a visitarlas repetidamente. Al conseguir evitar a las abejas y, a la vez, mostrar colores intensos para atraer múltiples visitas de aves, un pequeño cambio genético para la percepción del ultravioleta produjo múltiples resultados beneficiosos para las plantas.

Gracias a este ingenioso truco de la naturaleza para producir colores florales rojos, nosotros, los humanos, poseedores de un perfeccionado sistema de colores opuestos, tenemos la suerte de poder disfrutar de los hermosos colores rojos que embellecen el paisaje. Así que cuando disfrutes esta primavera de algún paseo campestre, tómate un minuto para contemplar una de las grandes respuestas de la naturaleza para encontrar una solución ingeniosa a un problema complejo.

domingo, 1 de febrero de 2026

NITRITOS: VILLANOS MODERNOS CON UN PASADO HEROICO

El problema no es el nitrito: es morirse. Por qué un ingrediente sospechoso del envase está ahí por tu bien.

Durante años, el nitrito de sodio ha sido uno de esos ingredientes que habitan en la parte oscura del envase, junto a los códigos E y las palabras que nadie pronuncia en voz alta. Está ahí, pequeño, discreto, sospechoso. El tipo de sustancia que hace que alguien en el supermercado frunza el ceño, deje el paquete de salchichas en su sitio y murmure algo sobre “química” antes de irse a por hummus. Y, sin embargo, si el nitrito pudiera hablar, probablemente se defendería con una frase muy poco dramática: estoy aquí para que no te mueras.

Porque esa fue su misión original. No mejorar el color, ni uniformar sabores ni arruinar la cocina tradicional, sino impedir una de las intoxicaciones alimentarias más temidas que se conocen: el botulismo. Una enfermedad tan seria que no admite bromas, aunque lleguemos a ella a través de una humilde salchicha.

Los nitritos inhiben el crecimiento de Clostridium botulinum, la bacteria que produce la toxina botulínica, una sustancia tan potente que una milmillonésima de gramo puede ser letal. No hablamos de una simple indisposición digestiva, sino de parálisis muscular progresiva, dificultad respiratoria y, en ausencia de tratamiento, un riesgo real de muerte.

Lo inquietante es que Clostridium botulinum se siente como en casa en muchos alimentos que, hasta hace relativamente poco, comíamos con absoluta normalidad: carnes cocidas, húmedas, poco ácidas y conservadas sin aire. Es decir, justo el tipo de productos que hoy llenan las vitrinas refrigeradas: jamón de york, lacón cocido, salchichas, mortadela o carnes mechadas envasadas al vacío. No es casualidad que “botulismo” venga del latín botulus, salchicha. El nombre ya era una advertencia, y bastante clara.

El uso de los nitritos no nació, sin embargo, de una brillante comprensión microbiológica. El camino fue largo, empírico y bastante accidental, y comienza con uno de los métodos de conservación más antiguos conocidos por la humanidad: la salazón. La sal común no envenena a las bacterias; las deshidrata. Sin agua, las células microbianas colapsan. Pero los antiguos observaron algo curioso: cuando la sal procedía de regiones áridas, la carne no solo duraba más, sino que adquiría un atractivo tono rosado.

Aquella “sal” no era exactamente cloruro de sodio. Los griegos la llamaron nitrón; en la Edad Media se conoció como salitre. Aparecía como costras blancas en rocas, sótanos o establos, y parecía brotar de la piedra misma. En realidad, era el resultado de un proceso biológico poco glamuroso: bacterias que transformaban los desechos orgánicos, como orina y estiércol, en nitratos cristalinos.

El salitre se volvió un bien estratégico cuando, en el siglo IX, alquimistas chinos descubrieron accidentalmente la pólvora mientras buscaban una pócima de la inmortalidad. Europa tardó poco en comprender que aquella mezcla de azufre, carbón y nitrato servía mejor para matarse que para vivir para siempre. Durante siglos, el nitrato fue sinónimo de guerra, cañones y ejércitos, pero también acabó salvando vidas por una vía mucho más doméstica: la carnicería.

A comienzos del siglo XIX, el médico alemán Justinus Kerner describió centenares de casos de parálisis, visión borrosa y muerte asociados al consumo de salchichas. Sospechó de una toxina, aunque no pudo identificarla. Fue en 1895 cuando el bacteriólogo belga Émile van Ermengem aisló por fin a la culpable y bautizó la enfermedad como botulismo, de nuevo en honor a la salchicha.

No todas las salchichas provocaban la enfermedad. Las elaboradas con salitre raramente causaban botulismo, lo que intrigó a carniceros y médicos por igual. El misterio se resolvió en la década de 1920, cuando Karl Friedrich Meyer demostró que no era el nitrato del salitre el responsable, sino el nitrito en el que este se transformaba dentro de la carne. La solución fue directa y muy poco romántica: añadir nitrito de forma controlada. Desde entonces, el riesgo de botulismo en carnes procesadas cayó en picado.

De paso, el nitrito explicó otro pequeño milagro: el color rosado. Parte del nitrito se convierte en óxido nítrico, que se une a la mioglobina de la carne formando un compuesto estable y visualmente apetecible. Sin él, muchas salchichas serían de un gris hospitalario poco compatible con el placer gastronómico cotidiano.

¿Significa todo esto que todas las carnes procesadas llevan nitrito? No. Aparece sobre todo en productos cocidos, húmedos y envasados sin oxígeno: salchichas tipo Frankfurt, mortadela, bacon, jamón cocido, pavo loncheado o carnes listas para consumir. En ellos, el riesgo teórico de botulismo existe y el nitrito actúa como una barrera de seguridad clave dentro de un sistema más amplio.

Otros productos tradicionales no lo necesitan. El jamón serrano, la cecina o muchos embutidos artesanos se conservan gracias a la sal, el tiempo y la deshidratación. Reducen tanto el agua disponible que Clostridium botulinum no puede prosperar. Aquí la seguridad no depende de un solo truco químico, sino de un equilibrio lento y acumulativo de factores.

En los últimos años han proliferado los productos “sin nitritos añadidos”. Conviene leer con atención la letra pequeña: muchos utilizan extractos vegetales ricos en nitratos que, durante el procesado, se transforman en nitritos. El compuesto no desaparece; simplemente llega con una narrativa más verde y tranquilizadora.

En la década de 1950, se identificaron en el laboratorio unos compuestos llamados nitrosaminas como carcinógenos. Esto impulsó la búsqueda de su presencia en los alimentos, gracias a los avances en química analítica que permitieron la detección de sustancias presentes en cantidades muy pequeñas. Efectivamente, se encontraron nitrosaminas en carnes curadas con nitratos o nitritos. La carne contiene aminas naturales que pueden reaccionar con los nitritos durante el procesamiento para formar nitrosaminas. Esta reacción no solo puede ocurrir durante el procesamiento, sino también en las condiciones ácidas del estómago.

Los investigadores se pusieron manos a la obra para ver cómo se puede reducir la exposición a las nitrosaminas. Se disminuyeron las temperaturas de cocción, se redujeron los niveles de nitritos al mínimo necesario y se exigió el uso de ascorbato de sodio o eritorbato de sodio como aditivos al comprobarse que reducían la formación de nitrosaminas. Estas intervenciones han reducido drásticamente el riesgo de formación de nitrosaminas, pero no lo han eliminado.

¿Son peligrosos los nitritos? En las cantidades reguladas, no especialmente. El consenso científico señala más bien al consumo frecuente de carnes procesadas en general. No pasa nada por comer embutidos de vez en cuando; el problema es convertirlos en la base de la dieta durante años.

Resulta casi irónico que un compuesto introducido para evitar muertes sea hoy objeto de sospecha. El botulismo no ha desaparecido: sigue apareciendo, sobre todo, en conservas caseras mal elaboradas, donde no hay nitritos ni controles. Así que no, el problema nunca fue el nitrito. El problema era morirse. Y el resto, como tantas veces en alimentación, es cuestión de contexto, de memoria histórica y de cuántas salchichas decidimos comer.

viernes, 30 de enero de 2026

LOS CABALLEROS DEL CÍRCULO DORADO Y LA OBSESIÓN IMPERIALISTA DE ESTADOS UNIDOS POR CUBA

 Cuando la obsesión imperialista de Estados Unidos por Cuba tomó forma de hermandad secreta.


El pasado 29 de enero, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, declaró una “emergencia nacional” respecto a Cuba y firmó una orden ejecutiva que permitirá imponer aranceles a bienes de países que suministren petróleo a la isla. Trump argumenta que las políticas del gobierno cubano representan una amenaza para la seguridad nacional estadounidense y promete castigar a terceros países que ayuden a La Habana con crudo.

Cuando se piensa en las grandes historias de ambición imperial del siglo XIX, no suele aparecer en los libros de texto un grupo misterioso, exuberante y profundamente polémico: los Caballeros del Círculo Dorado. Sin embargo, su historia —entre la conspiración, la aventura y la política racial— es una de las claves olvidadas para entender cómo parte de la élite estadounidense concebía a Cuba no como un vecino, sino como una pieza predestinada del destino expansionista.

Hacia mediados de la década de 1850, en una América inquieta por la expansión territorial y atormentada por el creciente conflicto entre estados esclavistas y libres, surgió un grupo que combinaba la retórica secreta de una sociedad fraternal con la ambición política de un movimiento expansionista: los Caballeros del Círculo Dorado. Esta hermandad —reflejo de una órbita intelectual y política que reivindicaba el supremacismo sureño— imaginó un “círculo dorado” que se extendía desde el Golfo de México hasta el corazón del Caribe, incluyendo México, Centroamérica y, de manera especial, una Cuba libre de España, pero alineada con la Unión estadounidense esclavista.

Para sus miembros, Cuba no era simplemente un territorio para conquistar; era la pieza que podría inclinar la balanza del poder en Washington, garantizando una hegemonía sureña y esclavista que resistiera las presiones abolicionistas del Norte.

El imaginario de los Caballeros del Círculo Dorado estaba lejos de ser una simple fantasía. Su estructura se inspiraba en sociedades secretas como los masones, con grados de iniciación y rituales, pero con una agenda explícitamente política: crear un imperio regional sometido a los intereses de los estados esclavistas del Sur.

Cuba, con sus fértiles tierras azucareras, su posición estratégica en el Caribe y su cercanía a las costas de Florida se convirtió en el gran objeto de deseo. Sus planes no eran discretos: contemplaban la invasión, “liberación” de España y posterior incorporación a los Estados Unidos como uno o varios estados esclavistas. Lo que para algunos historiadores parecía un fantasioso sueño conspirativo, para muchos sureños fue —en aquel momento— una idea plausible, incluso una ambición deseable. Y aunque no contaban con apoyo oficial del gobierno, sí influenciaron el discurso expansionista y la idea de que Cuba estaba destinada a caer bajo la sombra estadounidense.

Color verde oscuro: nuevos territorios que los miembros del Círculo Dorado planeaban incorporar a Estados Unidos.

Aunque pintorescos en su organización interna, es importante distinguir entre actos simbólicos y maniobras con consecuencias reales. Los Caballeros del Círculo Dorado no lanzaron invasiones de gran escala por su cuenta. Pero sí fueron un caldo de cultivo para filibusteros y aventureros que organizaron expediciones armadas hacia Cuba, como las de Narciso López. Estas acciones, aunque no tuvieron éxito, ocuparon espacios políticos y mediáticos en Estados Unidos y alimentaron la percepción de que Cuba era “objetivo legítimo” de una expansión.

Más aún, la existencia de grupos como este contribuyó a un clima político en el que anexionar territorios ultramarinos se debatía abiertamente, y donde la retórica racista y imperialista se fusionaba con la política pública. Los Caballeros del Círculo Dorado alcanzaron su punto máximo justo antes del estallido de la Guerra Civil estadounidense. La lucha entre Norte y Sur redirigió la atención política y militar hacia cuestiones internas, haciendo que las ambiciones caribeñas quedaran en un segundo plano. Tras la derrota confederada, el grupo se desintegró y sus planes quedaron como una anécdota oscura en la historia expansionista del país.

Hoy, con la política estadounidense de nuevo bajo los focos por sus recientes medidas contra Cuba —incluyendo aranceles a países que suministran petróleo a la isla y la declaración de emergencia nacional por parte de Donald Trump—, recordar a los Caballeros del Círculo Dorado es más que una curiosidad histórica. Es entender que la relación entre EE. UU. y Cuba ha estado marcada por la ambición, la injerencia y la creencia persistente de que la isla debía integrarse en la órbita estadounidense, ya fuera por la fuerza, la diplomacia o el poder económico.

La historia de este grupo revela que las raíces del anexionismo no fueron solo oficiales, sino también culturales y colectivas, arraigadas en imaginarios políticos que perduraron más allá de su tiempo.

EL FASCISMO COMO PROCESO Y LA POLÍTICA ESTADOUNIDENSE ACTUAL

 

El auge del autoritarismo no es patrimonio de los márgenes del sistema democrático ni de países supuestamente “atrasados”. A la luz del análisis del historiador Robert O. Paxton, Estados Unidos muestra síntomas reconocibles de degradación democrática. No como ruptura súbita, sino como proceso. Y eso debería preocuparnos a todos.

En su ensayo Anatomía del fascismo (Capitán Swing), Paxton, historiador estadounidense especializado en el fascismo europeo del siglo XX, decidió desmontar ese ruido con un análisis que se ha vuelto canónico. Su propuesta era dejar de preguntar quién es fascista y empezar a observar qué comportamientos lo son. Ni ideologías cerradas, ni símbolos, ni estéticas reconocibles. Lo que importa son las prácticas. Aplicar ese marco a los Estados Unidos actuales no conduce a una etiqueta definitiva, pero sí a un diagnóstico inquietante.

Paxton parte de una intuición simple: el fascismo no cae de repente desde el cielo. Avanza por etapas y se adapta al terreno. No irrumpe con tanques; entra con discursos de decadencia. En Estados Unidos, ese discurso lleva tiempo instalado. «Nos han robado el país», «ya no somos respetados», «antes éramos grandes». El lema trumpista Make America Great Again no es un programa económico: es una emocionalidad política. Sugiere una pérdida, una humillación y una promesa de restitución. Para Paxton, ese es el primer ingrediente.

La obsesión con el declive no necesita datos; necesita sensaciones. Estados Unidos sigue siendo la mayor potencia del planeta, pero una parte considerable de sus ciudadanos se siente derrotada. No por el PIB, sino por la cultura. Por la demografía. Por el lenguaje. Cuando la política se convierte en terapia del agravio, el terreno queda abonado.

El siguiente paso, según Paxton, es la identificación del enemigo interno. El fascismo no prospera sin culpables cercanos. En Estados Unidos, el repertorio es amplio y móvil: inmigrantes, periodistas, jueces, burócratas, universidades, minorías, feministas. El enemigo cambia, pero la estructura permanece. La política deja de ser una discusión sobre intereses para convertirse en una batalla moral. El adversario ya no se equivoca: traiciona. No gobierna mal: conspira.

Ese desplazamiento tiene efectos prácticos. Deshumaniza. Simplifica. Permite justificar lo injustificable. Paxton subraya que el fascismo necesita un “nosotros” imaginado, puro y homogéneo, frente a un “ellos” contaminante. No importa que ese “nosotros” sea una ficción: importa que se sienta real.

Llega entonces el momento clave: la relación con la democracia. El fascismo, escribe Paxton, no desprecia la democracia en abstracto. La usa mientras sirve y la desacredita cuando estorba. En Estados Unidos, la erosión de la confianza electoral no es un accidente retórico; es una estrategia. Si solo una victoria propia es legítima, la derrota se convierte en fraude por definición. La ley pasa a ser un obstáculo, no un marco compartido.

Leído con las herramientas de Paxton —no con el dramatismo de la consigna—, el asalto del Capitolio el 6 de enero de 2021 deja de ser una anomalía grotesca y pasa a encajar como un síntoma. No hubo golpe militar ni plan elaborado; hubo una movilización emocional contra una legalidad percibida como ilegítima. El fascismo, advierte Paxton, suele avanzar por vías legales hasta que decide que la ley sobra. Ese umbral no se cruza de golpe; se desgasta.

Otro elemento central es la normalización de la violencia. El fascismo no necesita violencia constante; le basta con justificarla. Minimizarla. Presentarla como reacción comprensible. Cuando la violencia “de los nuestros” se relativiza y la del adversario se exagera, el listón moral se desplaza. En Estados Unidos, la retórica armada, la indulgencia con las milicias que asaltaron el Capitolio y la normalización de prácticas estatales de violencia extrajudicial presentadas como defensa del orden encajan con lo que Paxton llamaba violencia redentora: no criminal, sino purificadora. Al comportamiento de los paramilitares trumpistas del ICE me remito.

Pero el punto más inquietante del análisis de Paxton no está en las masas, sino en las élites. El fascismo no llega solo. Necesita la colaboración, la resignación o el cálculo de quienes creen poder domesticarlo. Empresarios que priorizan beneficios. Políticos que miran a otro lado. Medios que amplifican por interés o miedo. Paxton fue tajante: el fascismo avanza cuando las élites creen que pueden usarlo como herramienta. Nunca lo consiguen.

En Estados Unidos, esa connivencia no es total ni homogénea, pero existe. Sectores del Partido Republicano toleran comportamientos que antes habrían sido inaceptables. Se justifica lo injustificable por disciplina, cálculo o temor al votante. Es una alianza incómoda, exactamente como la describía Paxton. Para la izquierda, esta lección es especialmente incómoda: el autoritarismo no siempre llega desde fuera del sistema, sino a menudo con la complicidad de quienes creen poder administrarlo.

¿Significa todo esto que Estados Unidos es un régimen fascista? Según sus etapas, el país muestra rasgos claros de las primeras fases: creación de un movimiento de masas, relato de declive, deslegitimación del adversario, desgaste de las reglas y coqueteo con la violencia. El acceso pleno al poder y la radicalización final no son inevitables, pero tampoco imposibles.

Aquí conviene introducir un matiz decisivo. Estados Unidos no es la Italia de Mussolini ni la Alemania de Weimar. Tiene instituciones robustas, federalismo, tribunales, prensa plural y una sociedad civil resistente. Pero Paxton insistía en que el fascismo se adapta al terreno. No copia modelos; los reescribe. En Estados Unidos no necesita abolir la Constitución; puede vaciarla. No necesita cerrar periódicos; puede desacreditarlos. No necesita un partido único; le basta con colonizar uno.

La gran aportación de Paxton es obligarnos a abandonar la comodidad del «eso aquí no puede pasar». El fascismo, escribió, no llega prometiendo dictaduras, sino restauraciones. No se presenta como ruptura, sino como salvación. Cuando una democracia empieza a aceptar que el poder debe imponerse a la ley para “salvar” a la nación, el problema ya no es semántico.

Paxton insistía en algo aún más inquietante: las democracias no suelen morir por exceso de enemigos, sino por exceso de excusas. Excusas para ignorar normas, para relativizar abusos, para aceptar que “esta vez” el fin justifica los medios. El fascismo no entra cuando la democracia es derrotada, sino cuando empieza a explicarse por qué ya no puede permitirse ser democrática del todo.

Estados Unidos sigue siendo una democracia. Pero, a la luz de Paxton, es una democracia bajo estrés. El espejo no devuelve una imagen definitiva, sino una pregunta. Y las preguntas, en política, suelen ser más peligrosas que las respuestas.

Por lo demás, conviene recordar que el fascismo no llega hasta nosotros como una brisa suave, sino más bien como un vendaval, porque como señala Hervé Le Tellier en su nueva novela ensayística, El nombre en el muro (Seix Barral), apenas nueve semanas separaron el ascenso a la Cancillería de Hitler de las primeras medidas antisemitas. Los fascismos avanzan más rápido que cualquier democracia.

domingo, 25 de enero de 2026

ANDROCYMBIUM: LA COPITA MASCULINA DE LOS BOTÁNICOS

 

Los nombres científicos, cuando están bien escogidos, funcionan como pequeñas cápsulas de conocimiento. Androcymbium es uno de esos casos en los que la etimología no es un adorno, sino una descripción casi anatómica disfrazada de griego clásico.

El término procede de dos raíces griegas: andros, “hombre” o “varón”, y kymbíon, “copita”, “vaso pequeño”, algo cóncavo que contiene. El resultado —literalmente, la copita del macho— alude a la disposición de los órganos reproductores masculinos, los estambres, alojados dentro de una estructura floral que recuerda a un pequeño cuenco protector. Es una imagen precisa y muy propia de la botánica ilustrada del siglo XVIII, cuando el latín y el griego se usaban como herramientas conceptuales.

Desde el punto de vista botánico, Androcymbium es un género de plantas geófitas, es decir, de plantas que pasan buena parte de su vida escondidas bajo tierra gracias a órganos de reserva como bulbos o tubérculos. Esa estrategia les permite sobrevivir a veranos abrasadores o inviernos secos y reaparecer cuando las condiciones son favorables.

Las plantas del género suelen ser bajas, compactas y pegadas al suelo. Sus hojas, generalmente basales, forman una roseta que abraza el sustrato. Las flores, a menudo solitarias, no se elevan sobre largos tallos: emergen casi a ras de tierra, como si no quisieran llamar demasiado la atención. Y, sin embargo, al mirarlas de cerca, revelan una arquitectura floral compleja, con tépalos (pétalos y sépalos indistinguibles) que envuelven con cuidado el aparato reproductor.

Androcymbium pertenece a la familia Colchicaceae, un grupo de plantas que combina elegancia floral con una bioquímica nada inocente. Muchas especies de esta familia producen alcaloides tóxicos, el más famoso de los cuales es la colchicina, una sustancia que interfiere con la división celular y ha sido tanto veneno como medicamento.

El género se distribuye principalmente por el sur de África y la cuenca mediterránea, dos regiones separadas pero unidas por climas estacionales y suelos donde sobrevivir bajo tierra es una ventaja evolutiva clara.

Androcymbium europaeum es una rareza ibérica. Es la única especie europea del género y, por tanto, una rareza botánica que sobrevive en algunos enclaves del litoral mediterráneo occidental, incluidos puntos muy concretos del sureste de la península ibérica.

Es una planta discreta hasta la invisibilidad. Florece en invierno o a comienzos de la primavera, cuando el paisaje aún parece dormido. Sus flores, blanquecinas o ligeramente verdosas, se abren casi a ras de suelo, protegidas del viento y del frío, como si la planta desconfiara del mundo exterior. No busca polinizadores vistosos ni exhibiciones llamativas: apuesta por la eficiencia y el bajo perfil.

Su presencia suele pasar desapercibida, pero es un indicador de hábitats bien conservados, asociados a suelos arenosos o pedregosos poco alterados. Precisamente por eso, A. europaeum ha sufrido el retroceso de los espacios costeros naturales y hoy se considera una especie de interés para la conservación.

En el fondo, su nombre le viene como anillo al dedo: una pequeña “copita” botánica, modesta y cerrada sobre sí misma, que guarda en silencio una larga historia evolutiva y lingüística. Una planta que no grita, pero que, si uno se agacha lo suficiente, tiene mucho que contar.

jueves, 22 de enero de 2026

CÓMO GROENLANDIA ACABÓ SIENDO DANESA (Y POR QUÉ TRUMP NO ENTENDIÓ NADA)

 

Ricard Ferrandiz: El capitán Trueno y Sigrid se casan.

Groenlandia me ha llamado desde que era niño y leía los tebeos del Capitán Trueno. Me fascinaba la bella y elegante Sigrid, la amada del Capitán, que no era una princesa ornamental sino reina de Thule, un reino del norte remoto y helado donde los hombres hablaban poco, cumplían su palabra y no parecían especialmente interesados en conquistar el mundo. Como suele ocurrir con los mitos infantiles bien asentados, un día quise saber más. Así que recurrí a la enciclopedia Espasa, ese Google en papel que exigía bíceps y paciencia, y busqué Thule. Descubrí entonces que no era solo un escenario de tebeo, sino también un lugar real o casi real: el asentamiento más septentrional del mundo conocido, situado al norte de Groenlandia, allí donde los mapas empiezan a pedir disculpas.

Mi imaginación quedó atrapada para siempre en ese punto del planeta. Y más aún cuando tropecé con la historia de Erik el Rojo, el vikingo que tuvo la brillante idea de llamar Greenland (Tierra Verde) a uno de los mayores pedazos de hielo del hemisferio norte. Lo hizo para atraer colonos y funcionó. Aquello me pareció prodigioso: cambiar la realidad con una palabra. Años después comprendí que esa habilidad —rebautizar el mundo para hacerlo más vendible— no se perdió con los vikingos, sino que ha tenido una larga y próspera descendencia.

Por eso, cuando Donald Trump afirmó en televisión que el hecho de que un barco danés llegara a Groenlandia hace quinientos años no da derecho a poseer la isla, sentí una mezcla de déjà vu y alarma histórica. La frase tiene esa cualidad tan suya de sonar razonable durante tres segundos y luego desplomarse como una silla plegable mal abierta. Porque, con el mismo argumento, cabría preguntarse qué derecho tienen los anglosajones a poseer Estados Unidos, si llegaron a las costas de Nueva Inglaterra hace prácticamente el mismo tiempo, armados de Biblias, escopetas y una extraordinaria fe en que Dios siempre estaba de su lado… inmobiliario.

El problema de ese razonamiento es que no desmonta solo a Dinamarca: haría saltar por los aires medio planeta. América entera, Australia, buena parte de África y Asia quedarían en suspenso jurídico, como si la historia internacional funcionara con tiques de aparcamiento que caducan a los cinco siglos. Pero Trump no hablaba de coherencia histórica; hablaba de propiedad, una palabra muy peligrosa cuando se aplica a territorios, pueblos y milenios.

Para empezar, conviene corregir el dato. Los primeros europeos que llegaron a Groenlandia no eran daneses. Eran noruegos, y llegaron hacia el año 985 empujados por el destierro, la violencia interpersonal y una notable resistencia al frío. Erik el Rojo, nacido en Noruega, fue expulsado primero de su país y luego de Islandia, antes de decidir que siempre quedaba un oeste más lejano al que huir.

Los asentamientos que fundó en Groenlandia fueron colonias noruegas: dependían políticamente del rey de Noruega, pagaban diezmos a la Iglesia noruega y mantenían lazos constantes con Islandia. Dinamarca no pintaba absolutamente nada en ese momento. Groenlandia formaba parte del mundo atlántico noruego, ese arco de islas y costas donde los vikingos sobrevivían más por tozudez que por comodidad.

Otros tipos fascinantes los vikingos, unos tipos fortachones a los que no importaba lucir una hermosa cornamenta. Parte del malentendido moderno procede de imaginar a los vikingos como una franquicia homogénea del tipo Starbucks: todos iguales, todos daneses, todos astados como mihuras, todos con el mismo mapa mental. En realidad, hubo tres grandes áreas vikingas, con rutas y destinos bien distintos.

Los vikingos noruegos miraron al Atlántico: Irlanda, Escocia, Islandia, Groenlandia y, finalmente, América del Norte. Colonizaron islas y costas donde el viento no perdonaba. Los vikingos daneses miraron al sur y al oeste: Inglaterra, Francia, el mar del Norte. Gobernaron, cobraron impuestos y dejaron una huella política duradera. Los vikingos suecos, los varegos, miraron al este: ríos interminables, comercio con Bizancio y el mundo islámico.

Groenlandia pertenece sin discusión al mundo noruego, no al danés. Así que el famoso “barco danés” de Trump no solo llega tarde: llega al sitio equivocado.

Los colonos nórdicos sobrevivieron en Groenlandia durante varios siglos. Luego, desaparecieron. Probablemente por una combinación letal de enfriamiento climático, aislamiento, falta de recursos y mala suerte. Europa miró hacia otro lado y Groenlandia quedó, durante generaciones, como un territorio inuit, habitado por los antepasados de los actuales Kalaallit, expertos en hielo, caza marina y supervivencia extrema.

Y aquí es donde Groenlandia empieza a estropear los discursos coloniales clásicos. No hubo una conquista continua ni una expansión imparable. Hubo llegada, retirada y olvido. Algo muy poco compatible con las narrativas épicas. Dinamarca entró en escena no por exploración heroica, sino por herencia política. En 1380, Noruega y Dinamarca quedaron unidas bajo un mismo monarca. Más tarde se sumó Suecia en la Unión de Kalmar, uno de esos inventos políticos medievales que sobre el papel parecían una gran idea y en la práctica funcionaron como una mesa coja: se mantenía en pie, pero nadie se atrevía a apoyar demasiado peso.

La arquitecta de la Unión fue Margarita I, reina de Dinamarca y una de las figuras políticas más impresionantes de la Europa medieval. Su objetivo era simple y muy sensato: frenar el poder de la Liga Hanseática y de los principados alemanes, que se estaban quedando con el comercio del Báltico como quien se queda con las mejores mesas del restaurante. Unir Escandinavia significaba controlar rutas comerciales, recursos y defensa común, al menos en teoría.

Así que, entre 1397 y 1523, Dinamarca, Noruega y Suecia estuvieron reunidas bajo un mismo monarca. No era un Estado unificado, sino tres reinos distintos con un solo rey. Cada uno conservaba sus leyes, su nobleza y sus problemas, lo cual garantizaba que los problemas se multiplicaran. Groenlandia, como colonia noruega, quedó incluida automáticamente en esa Unión.

En 1523, Gustavo Vasa lideró la ruptura definitiva. Suecia se separó, creó su propio Estado moderno y dejó a Dinamarca y Noruega unidas un par de siglos más. La Unión se disolvió, pero sus efectos duraron siglos: explica rivalidades, guerras posteriores y, sobre todo, por qué Dinamarca heredó territorios noruegos como Groenlandia, Islandia y las Feroe.

Cuando en 1814 Dinamarca perdió Noruega tras las guerras napoleónicas, conservó Groenlandia, Islandia y las Feroe. No por capricho, sino por tratados internacionales. A partir de entonces, Groenlandia fue danesa por continuidad legal, no por desembarco reciente ni por entusiasmo imperial.

Durante los siglos XVIII y XIX, Dinamarca recolonizó Groenlandia de forma lenta, administrativa y relativamente silenciosa. Fue colonia, luego provincia, y finalmente territorio autónomo. Hoy, Groenlandia gobierna casi todos sus asuntos internos y mantiene un debate abierto sobre su independencia futura.

No es un botín olvidado esperando comprador. Es una sociedad viva, con lengua propia, instituciones propias y memoria histórica. Algo que no encaja bien en el pensamiento inmobiliario aplicado a la geopolítica.

Cuando Trump reduce Groenlandia a “un barco danés hace quinientos años”, no solo yerra el dato —ni era danés, ni hace quinientos años—, sino que convierte mil años de historia en una caricatura televisiva. Es la misma lógica que permitiría cuestionar cualquier frontera que no haya sido dibujada esta misma mañana con rotulador permanente.

La ironía final es que Estados Unidos, el país desde el que se pronuncian estas frases, es uno de los ejemplos más claros de continuidad colonial: llegada europea, desplazamiento indígena, construcción estatal y legitimación posterior. No es una acusación moral; es un hecho histórico. Y precisamente por eso resulta tan llamativo que el argumento se use contra Groenlandia, un territorio donde el proceso fue más torpe, más discontinuo y, en algunos aspectos, menos brutal.

Como Thule en los tebeos del Capitán Trueno, Groenlandia sigue estando en el borde del mapa mental de muchos. Pero convendría recordar que, en ese borde, la historia no se deja resumir sin pelear. Y que, a veces, el hielo conserva mejor la memoria que la televisión.