Hay invenciones humanas que
parecen concebidas expresamente para irritar a las generaciones futuras. La
escala Fahrenheit es una de ellas. No porque no funcione —funciona
estupendamente— sino porque parece diseñada por alguien que se levantó una
mañana y pensó: “Voy a medir algo perfectamente natural usando números que no
tengan ningún sentido evidente”.
Según esta escala, el agua se
congela a 32 grados, hierve a 212, y el cero no coincide con ninguna de las dos
cosas, ni siquiera intenta caer cerca. Es como si alguien hubiera numerado los
pisos de un edificio empezando por el sótano, saltándose el tercero y llamando
“ático” al quinto. Y, sin embargo, durante más de tres siglos millones de
personas han vivido perfectamente bien con este sistema sin arder de
indignación (aunque a veces sí de calor).
El responsable de todo esto fue Daniel Gabriel
Fahrenheit, un físico del siglo XVIII que no tenía ni la más remota
intención de fastidiarnos la vida. De hecho, su problema era exactamente el
contrario: quería que las cosas funcionaran de una vez. En su época, medir la
temperatura era un ejercicio cercano al arte adivinatorio. Dos termómetros
distintos podían dar lecturas distintas para el mismo día, el mismo lugar y la
misma habitación, lo cual no es ideal si uno intenta hacer ciencia y no
simplemente comentar el tiempo mientras toma café.
Fahrenheit decidió que la única
forma de imponer orden era fabricar termómetros fiables y, para ello,
necesitaba una escala estable. Estable no en el sentido filosófico, sino
práctico: que pudiera reproducirse en cualquier laboratorio sin depender de inviernos
excepcionales, veranos tórridos o estados de ánimo del observador. Y ahí es
donde empezó el problema, por el principio de todo sistema de medida: el cero.
Hoy damos por hecho que el cero
debe significar algo profundo y solemne, como “nada”, “inicio” o “a partir de
aquí pasan cosas importantes”. Pero en el siglo XVIII el cero era, ante todo,
un número incómodo, y los números negativos eran vistos con una mezcla de
sospecha matemática y anomalía estética. Fahrenheit decidió evitar ambos
fijando el cero en la temperatura más baja que podía generar de forma fiable en
su laboratorio: una mezcla de hielo, agua y sal. Un brebaje tan frío como poco
apetecible, pero maravillosamente constante. Ese fue el 0 °F. Ni el frío
absoluto, ni el invierno de 1709, ni el Polo Norte. Simplemente, lo más frío
que puedo hacer sin cambiar de continente.
Una vez decidido el cero,
Fahrenheit necesitaba puntos de referencia útiles. El primero era obvio: el
punto de congelación del agua. Cuando lo midió en su escala recién creada, cayó
en 32 grados. Y aquí ocurrió algo revelador: no hizo absolutamente nada al
respecto. No redondeó, no reajustó, no pensó “qué número tan feo”. Aceptó el 32
con la seguridad de alguien que entiende que el mundo no tiene obligación
alguna de ser elegante. El termómetro funcionaba. El punto era reproducible.
Caso cerrado.
Después vino la temperatura del
cuerpo humano, que le pareció un referente práctico y universal. Midió,
probablemente en sí mismo o en alguien disponible y cooperativo, y obtuvo 96
grados. De nuevo, no 100, no un número bonito para los pósteres educativos,
sino uno útil. Entre 32 y 96 hay 64 grados, una potencia de dos, lo que
permitía dividir intervalos una y otra vez sin recurrir a fracciones
endiabladas. Era una escala pensada para manos, no para pizarras; para
artesanos, no para filósofos.
El último gran hito fue el punto
de ebullición del agua, que resultó estar en 212 °F. Esto dejó exactamente 180
grados entre congelación y ebullición, un número extraordinariamente
cooperativo. Divisible por casi todo, ideal para cálculos en una época sin
calculadoras, sin hojas de cálculo y sin paciencia infinita. A esas alturas, la
escala ya estaba completa. No era bonita, pero era sólida. Y, sobre todo, era
consistente.
Lo que ocurre es que la escala
Fahrenheit tuvo la mala suerte de ser comparada más tarde con la escala
Celsius, que apareció cuando la ciencia ya había decidido que, además de
funcionar, debía tener buena presencia. Celsius estableció que, por narices, el
agua se congelara a 0 y hirviera a 100, creando una escala tan limpia y
pedagógica que parece diseñada por un comité de profesores con regla y compás.
Frente a eso, Fahrenheit parece un manuscrito medieval lleno de tachones.
Pero aquí viene la ironía: para
la vida cotidiana, la escala Fahrenheit
es sorprendentemente buena. Tiene más grados en el mismo rango, lo que permite
describir cambios pequeños pero perceptibles. Entre 68 y 72 °F hay una
diferencia clara que cualquiera nota al salir de casa. En Celsius, 20 y 22
grados parecen casi la misma cosa, como si el clima se encogiera de hombros.
Fahrenheit, en cambio, susurra matices. Es una escala con oído fino.
Por eso, cuando los
estadounidenses hablan del tiempo en Fahrenheit, suenan extraordinariamente
precisos, como si el clima estuviera afinado al milímetro. No es que la escala
sea más científica; es que es más gradual. Está ajustada a la experiencia
humana, no a la elegancia conceptual.
Así que la escala Fahrenheit no
es complicada porque sea mala, sino porque es antigua. Nació antes de que la
ciencia decidiera que debía ser intuitiva, bonita y fácil de explicar a
adolescentes. Nació en un mundo donde lo importante era que dos instrumentos
distintos dijeran lo mismo, aunque los números parecieran sacados de una rifa.
Y lo consiguió.
Al final, Fahrenheit no nos dejó
una escala absurda, sino un fósil funcional: algo que no encaja del todo con
nuestras expectativas modernas, pero que sigue haciendo su trabajo con una
dignidad imperturbable. Como muchas reliquias del siglo XVIII, no tiene sentido
a primera vista, pero basta usarla un rato para darse cuenta de que, por
extraño que parezca, sabe exactamente lo que está haciendo.