Hay pocas cosas más
tranquilizadoras que encender una cerilla. Uno raspa, aparece una llama
obediente y el universo parece funcionar como es debido. Sin embargo, como
ocurre con casi todo lo que parece sencillo, detrás de ese pequeño milagro
doméstico se esconde una historia que incluye alquimistas obsesionados con la
orina, fábricas llenas de vapores tóxicos y trabajadores cuya mandíbula
decidía, sin previo aviso, abandonar la estructura facial.
Todo comienza, como tantas
historias científicas memorables, con alguien haciendo algo que hoy
consideraríamos profundamente sospechoso. En 1669, un alquimista alemán llamado
Hennig Brandt decidió que el color amarillo de la orina podía indicar la presencia
de oro. Esto, en retrospectiva, no era una línea de razonamiento
particularmente sólida, pero tampoco era la peor idea que ha tenido la
humanidad.
Brandt, que claramente no se
arredraba ante los desafíos logísticos, reunió una cantidad considerable de
orina —no entraremos en detalles, pero digamos que no fue un vaso— y se puso a
hervirla con la esperanza de obtener oro. Lo que obtuvo, en cambio, fue algo
mucho más interesante: una sustancia que brillaba en la oscuridad. Era fósforo.
El fósforo tiene la peculiaridad
de no conformarse con existir discretamente. Le gusta participar. Le gusta
reaccionar. De hecho, cuando entra en contacto con el oxígeno, lo hace con
entusiasmo, lo que en términos químicos se traduce en que arde. Y arde de
formas distintas, porque el fósforo es una criatura versátil que se presenta en
varios “disfraces”, llamados alótropos.
En uno de ellos, el fósforo
blanco, cuatro átomos se agrupan en una estructura tetraédrica que parece
diseñada por alguien con un gusto dudoso por la tensión molecular. Esa tensión
hace que la sustancia sea extraordinariamente reactiva: tan reactiva, de hecho,
que puede inflamarse espontáneamente al contacto con el aire. También es
altamente tóxica, lo que añade un matiz de peligro a su ya excitante
personalidad.
En su forma más sensata, el
fósforo rojo, los átomos se organizan en largas cadenas, lo que reduce
considerablemente su nerviosismo químico. Sigue siendo inflamable, pero al
menos hay que persuadirlo con calor, lo cual es de agradecer. Durante un
tiempo, sin embargo, la humanidad decidió que lo mejor era utilizar la versión
más peligrosa.
En la década de 1830 aparecieron
las primeras cerillas modernas, conocidas con el encantador nombre de
“Lucifer”. Y no era un nombre casual. Estas cerillas contenían fósforo blanco,
azufre y clorato de potasio, una combinación que, básicamente, estaba esperando
cualquier excusa para arder. Bastaba con frotarlas contra casi cualquier
superficie para que se encendieran.
Esto tenía ciertas ventajas
evidentes —no necesitabas un laboratorio para producir fuego—, pero también
algunos inconvenientes notables, como el hecho de que podían prenderse en el
bolsillo, lo que convertía la rutina diaria en una especie de ruleta rusa
térmica.
Pero el problema más grave no era
ese. En las fábricas donde se producían estas cerillas, los trabajadores —en su
mayoría mujeres y niñas— estaban expuestos a los vapores del fósforo blanco. Y
entonces empezó a aparecer una enfermedad tan espantosa que parece inventada
por un novelista particularmente sombrío: la fosfomandíbula.
La enfermedad comenzaba con un
dolor persistente en la mandíbula. Luego venía la infección. Después, la
necrosis ósea. Finalmente, la desfiguración. La mandíbula, en términos
sencillos, empezaba a descomponerse. No era un efecto secundario menor.
Cerillas Lucifers y mujer con mandíbula fosfórica. [Del Archivo Nacional de los Países Bajos a través de Wikimedia Commons.]
Lo notable es que, en una época
en la que las condiciones laborales solían ser descritas como “mejorables” solo
por personas con un optimismo desbordante, los trabajadores decidieron que
aquello no era aceptable. Hubo huelgas. Protestas. Y, por primera vez, la
sociedad empezó a prestar atención a los riesgos químicos en el lugar de
trabajo. Todo esto gracias a una cerilla.
La solución llegó, como suelen
llegar las soluciones en química, con una idea ingeniosa y un sueco. En 1844,
Gustaf Erik Pasch desarrolló la cerilla de seguridad, que resolvía varios
problemas de una sola vez, lo cual siempre es bienvenido. El truco consistía en
separar los componentes peligrosos. En lugar de tener el fósforo blanco en la
cabeza de la cerilla, se utilizaba fósforo rojo —mucho más estable— en la
superficie de la caja. Al frotar la cerilla contra esa superficie, una pequeña
cantidad de fósforo rojo se transformaba momentáneamente en fósforo blanco, lo
suficiente para iniciar la combustión.
Era, en esencia, una reacción
química cuidadosamente orquestada para ocurrir solo cuando uno lo deseaba, que
es exactamente lo que uno busca en una reacción química. Así nacieron las
cerillas tal como las conocemos hoy: discretas, fiables y, en general, poco
interesadas en desintegrar la anatomía de sus fabricantes.
Volviendo a Brandt, es difícil no
sentir cierta admiración por alguien que, en su búsqueda de oro, acabó
descubriendo un elemento fundamental para la vida y la industria. El fósforo,
después de todo, no solo sirve para encender cerillas. Es un componente
esencial del ADN, la molécula que contiene las instrucciones para construir
prácticamente todo lo que está vivo, incluido usted, que probablemente no
esperaba compartir un vínculo químico con un alquimista alemán y un cubo de
orina del siglo XVII.
El brillo que tanto impresionó a
Brandt no era magia, aunque lo pareciera. Era química: fósforo que reaccionaba
con el oxígeno y liberaba energía en forma de luz. Pero en una época en la que
la frontera entre la ciencia y la alquimia era, digamos, flexible, no es
sorprendente que pensara que había encontrado la piedra filosofal.
The Alchemist Discovering Phosphorus de Joseph Wright (1771). Derby Museum and Art Gallery.
De hecho, esta escena fue
inmortalizada en un cuadro de 1771 por Joseph Wright, en el que un alquimista
—probablemente Brandt, aunque nadie lo confirma— aparece arrodillado ante su
descubrimiento, iluminado por el resplandor del fósforo como si hubiera convocado
una divinidad menor. Y, en cierto modo, no estaba tan equivocado.
Porque pocas sustancias han
tenido un impacto tan profundo en la vida cotidiana como el fósforo. Desde las
cerillas que encendían los primeros cigarrillos hasta los fertilizantes que
alimentan a miles de millones de personas, pasando por su papel esencial en la
biología, el fósforo ha estado discretamente presente en casi todos los avances
que damos por hechos.
Todo gracias a un hombre que
pensó que la orina podía contener oro. Lo cual, si uno lo piensa bien, no es
tan absurdo: al fin y al cabo, terminó iluminando el mundo.