El puré, cuando está caliente,
inspira una confianza que no merece. Uno lo mira y piensa: esto está resuelto.
Todo está integrado, todo es suave, todo parece haber llegado a un acuerdo
razonable. El puré caliente es un alimento socialdemócrata. No hay tensiones
visibles, no hay bandos. La patata ha renunciado a su pasado sólido, el agua ha
aceptado quedarse en segundo plano y el conjunto se presenta como una masa
homogénea, educada, que no plantea problemas. Es entonces cuando cometemos el
error: apartarlo del fuego y dar por hecho que seguirá siendo el mismo, pase lo
que pase, por siempre jamás.
Al volver al cabo de un rato —no
hace falta mucho, basta con que se enfríe— el puré ya no es uno. Hay grumos,
hay líquido alrededor, hay una especie de archipiélago triste flotando en un
mar de aguachirle. El puré no está malo, pero ha cambiado de estado. Y lo ha
hecho sin consultarnos, como suelen hacerse las cosas importantes.
Lo que ocurre ahí no es un
capricho culinario ni una mala praxis del cocinero. Son la física y la química
actuando con la frialdad que las caracteriza. La patata, la calabaza, el arroz,
todos esos vegetales que parecen tan dóciles contienen almidón, y el almidón es
una sustancia con carácter. En caliente se comporta de manera expansiva:
absorbe agua, se hincha, forma una red que atrapa el líquido y da esa textura
cremosa que asociamos con la felicidad doméstica. Pero ese estado es
transitorio. Es el equivalente molecular a una noche de verano en la que todo
el mundo se lleva bien.
Un poco de química elemental nos
vendrá bien. Como pueden ver en la figura de arriba, el almidón tiene una composición
química muy sencilla. Es la unión de dos polisacáridos (si lo prefieren, dos
carbohidratos): la amilosa y la amilopectina. Ambos están formados por unidades
de glucosa; las de amilosa unidas entre ellas por enlaces que dan lugar a una
cadena lineal y las de amilopectina por enlaces que hacen que las cadenas de
glucosa se ramifiquen. Los dos polisacáridos se modifican con la adición de
agua.
En el proceso de adición de agua
(hidrólisis) que tiene lugar cuando digerimos, las amilasas, unas
enzimas secretadas por el páncreas y las glándulas salivales, son las
encargadas de degradar los polisacáridos que se encuentran en los alimentos, los
cuales se transforman en glúcidos más simples, en moléculas más sencillas, que
pueden atravesar la pared digestiva o ser absorbidas en el intestino.
Como no hay enzimas, lo que sucede
al hacer puré no es una hidrólisis, sino un proceso llamado gelatinización,
que ocurre durante la cocción de la patata (entre 58°C y 66°C). Lo que sucede
es que los gránulos de almidón absorben agua, se hinchan y eventualmente se
rompen, liberando amilosa y amilopectina. Como resultado, se forma una pasta o
gel espesante que da la textura característica al puré. No hay una ruptura
masiva de los enlaces químicos para crear azúcares simples; las moléculas de
almidón siguen siendo largas. Siguen ahí, a la espera de reorganizarse.
Cuando la temperatura baja, el
almidón empieza a hacer memoria. Sus moléculas, especialmente la amilosa,
sienten una irresistible necesidad de ordenarse como si se tratase de
regimientos prusianos. Se alinean, se juntan, se compactan. Donde antes había
una red flexible ahora hay una estructura rígida y concentrada. El agua, que ya
no tiene sitio en ese nuevo orden, es expulsada sin miramientos. No hay drama:
simplemente ya no la necesitan. El puré se separa porque el almidón ha decidido
que en la intimidad cualquier pareja también cansa.
Este proceso tiene un nombre que
parece inventado para tranquilizarnos: retrogradación del almidón. Suena
técnico, pero viene a significar algo bastante cotidiano: las cosas tienden a
volver a su estado más estable, aunque ese estado no nos guste. Para la
molécula, el puré frío es un éxito. Para nosotros, una decepción templada.
Eso explica una de las
frustraciones más persistentes de la cocina doméstica: el puré recalentado
nunca vuelve a ser exactamente igual. Uno puede calentarlo con cuidado,
removerlo con paciencia, añadir leche, mantequilla, aceite de oliva, incluso
optimismo. El puré mejora, sí, pero no regresa del todo a su ser original. Algo
irrecuperable, como la niñez o la virginidad, se ha perdido por el camino. El
almidón, una vez reorganizado, no vuelve a desorganizarse completamente. El
calor puede aflojar la estructura, pero no borrar lo ocurrido. Como los viejos
Biscúter, no tiene marcha atrás.
Todo esto debería servirnos para
mirar los purés con un poco más de respeto y algo menos de ingenuidad. La
textura no es un atributo fijo: es un equilibrio temporal. El calor mantiene a
raya a las moléculas, las obliga a convivir. El frío les devuelve la libertad.
Y cuando cada componente puede elegir, elige el orden, no la cremosidad.
Quizá por eso los recalentados
nos producen una leve melancolía. No están mal, pero nos recuerdan que el
momento bueno ya pasó. El puré recién hecho es una promesa; el puré frío es
otra cosa. No hay traición, solo sinceridad tardía.
Al final, los grumos no son un
error ni un castigo. Son el almidón haciendo exactamente lo que lleva millones
de años haciendo: buscar estabilidad. Que esa estabilidad no coincida con
nuestra idea de una cena perfecta es un problema filosófico, no culinario. El
puré no se estropea. Se reorganiza. Y, como tantas reorganizaciones, llega
cuando ya no podemos hacer mucho más que mirarla con resignación y coger la
cuchara.
Cuando el puré se congela, la
reorganización íntima que ya había empezado al enfriarse se vuelve radical. Al
congelar ocurren varias cosas, todas poco favorables para la mesa y
perfectamente razonables desde el punto de vista de la física. El agua forma cristales
de hielo que crecen, empujan y rompen. Al hacerlo, perforan las paredes
celulares que quedaban y destrozan la red gelatinosa del almidón que sostenía
la ilusión de unidad.
Además, la retrogradación del
almidón se acelera y se consolida. Las moléculas se ordenan con convicción
definitiva. Cuando el puré se descongela, ese almidón ya no está dispuesto a
volver a colaborar. Ha encontrado una forma estable y no piensa abandonarla. El
resultado aparece de inmediato: agua separada, grumos más firmes y una textura
que recuerda vagamente a lo que fue, pero que ya no responde al proyecto
original.
No es que el puré “se haya
cortado”. Es que ha dejado de existir como puré en sentido estructural. Es una
agregación de fases que antes estaban obligadas a convivir y ahora no. El
recalentado ayuda poco. El calor puede suavizar los grumos y engañar al ojo
durante unos minutos, pero no reconstruye las células rotas ni deshace la
compactación del almidón. El daño ocurrió a escala microscópica. El puré
congelado no envejece: sufre una metamorfosis.
Por eso algunos purés congelan mejor que otros. E mito de que "el puré no se puede congelar" nace de errores comunes: usar patatas con bajo contenido de almidón o omitir grasas protectoras. Las variedades harinosas mantienen hasta un 92% de su textura original cuando se congelan con al menos un 10% de grasa añadida. La mantequilla o nata forman una barrera que evita la cristalización del agua, previniendo la degradación del almidón.
Por eso, los que llevan grasa o proteínas resisten más: esos ingredientes interfieren en la formación de grandes cristales de hielo y lubrican la estructura al descongelar. Los purés “puros”, solo verdura y agua, son los más castigados. La pureza tiene un precio.
Desde el punto de vista
sensorial, el puré descongelado pierde cohesión. La cuchara ya no encuentra
resistencia uniforme. El puré no acompaña: cede. Se comporta como algo que ha
pasado por una experiencia intensa y ya no quiere fingir normalidad. No está
malo, pero ya no es un puré recién hecho: es la memoria
congelada de uno.
Si el puré frío es una
advertencia, el puré congelado es una muestra forense. Y la física, como
siempre, ha hecho exactamente lo que prometía, no lo que queríamos.
Lo dicho para el puré no vale
para la crema, pero esa es otra historia.
