El golpe de Estado de 1953 en Irán no fue un episodio aislado, sino el inicio de una cadena de decisiones que todavía hoy condicionan la política iraní y la de Washington.
Foto de Amnistía Internacional
En 1950, sin que nadie
pareciera advertirlo del todo, Washington tomó una decisión que cambiaría la
política internacional para siempre. La Guerra Fría estaba en marcha y los
servicios de inteligencia estadounidenses habían señalado un punto rojo en el mapa:
Irán. No tanto por lo que era, sino por dónde estaba.
Irán tenía petróleo.
Mucho. Pero, sobre todo, tenía vecinos. Al norte, la Unión Soviética. Al oeste,
Turquía e Irak. Al sur, Arabia Saudí y el Golfo Pérsico. Al este, Afganistán y
Pakistán. Desde Teherán se podía vigilar media región y, llegado el caso, proyectar
fuerza sobre Israel, Líbano, Jordania o Siria. En geopolítica, eso no es un
país: es una tentación.
Esa condición de
territorio codiciado no era nueva. Irán —la antigua Persia— llevaba siglos
acostumbrado a sobrevivir entre imperios. Fue un Estado organizado ya en el
siglo VI antes de nuestra era, cuando Ciro el Grande fundó el Imperio
aqueménida. Desde entonces, con conquistas, invasiones y dominaciones
parciales, la idea de un Estado persa nunca desapareció del todo.
Alejandro Magno pasó por
allí en el siglo IV antes de nuestra era. Los árabes musulmanes llegaron en el
siglo VII. Los mongoles gobernaron entre los siglos XIII y XIV. Nadie “liberó”
Irán de los mongoles: simplemente se diluyeron, se iranizaron y dejaron paso a
nuevas dinastías locales. En Persia, incluso los conquistadores acaban
pareciendo de la casa.
La reconstrucción de un
Estado iraní fuerte y reconocible llegó en 1501, cuando Ismail I fundó la
dinastía safávida. Unificó el territorio, expulsó rivales e impuso el chiismo
duodecimano como religión oficial. Fue una decisión política más que espiritual,
pero funcionó: dotó al país de una identidad propia frente a sus vecinos
suníes.
Cuatro siglos después, en
diciembre de 1925, el Parlamento iraní depuso a la debilitada dinastía kayar y
proclamó sha a Reza Shah Pahlavi. No fue una revolución popular, sino una
operación desde arriba. Reza Khan, un oficial cosaco, había dado un golpe de
Estado en 1921 y desde el cargo de primer ministro fue acumulando poder
mientras el último sha quedaba reducido a figurante.
Con Reza Shah comenzó la
construcción del Irán moderno: centralización, secularización,
infraestructuras, debilitamiento del clero y de las élites tribales. Todo ello
bajo un régimen autoritario, pero con ambición nacional. En 1935, incluso
cambió el nombre del país: Persia pasó a llamarse oficialmente Irán.
La soberanía duró poco.
En 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, británicos y soviéticos ocuparon el
país, forzaron la abdicación de Reza Shah y sentaron en el trono a su hijo,
Mohammad Reza Pahlavi. El mensaje era claro: Irán era un corredor estratégico,
no un Estado soberano.
Ese contexto abrió un
breve paréntesis de libertad. El Parlamento recuperó peso, los partidos
proliferaron, la prensa respiró. Y de ahí emergió Mohammad Mossadegh:
aristócrata, nacionalista, legalista hasta la obsesión y enormemente popular.
En 1951 fue nombrado primer ministro tras unas elecciones parlamentarias que el
sha no promovió, pero tampoco pudo frenar.
Mossadegh había prometido
algo sencillo y explosivo: que el petróleo iraní beneficiara a los iraníes.
Nacionalizó los activos petrolíferos y, con ello, encendió todas las alarmas en
Londres y Washington. El Reino Unido protestó. Estados Unidos calculó.
El presidente Eisenhower
descartó una invasión directa. Irán estaba demasiado cerca de la URSS y nadie
quería provocar una guerra nuclear. Pero la CIA tenía otra idea. Se llamaba
Kermit Roosevelt, era nieto de Theodore Roosevelt y llegó a Teherán con maletas
llenas de dólares.
Con ese dinero contrató
matones, financió disturbios, compró voluntades y fabricó la sensación de que
Mossadegh era un líder incapaz y detestado. En 1953 fue derrocado. Pasó por la
cárcel y terminó el resto de su vida bajo arresto domiciliario.
El premio fue para el
sha. Washington le otorgó poder absoluto, lo coronó como Shahanshah —Rey de
reyes— y lo convirtió en garante de los intereses occidentales. Las compañías
petrolíferas regresaron. Los contratos se multiplicaron. Irán volvió a ser fiable.
La CIA aprendió entonces
una lección decisiva: con unos pocos millones de dólares se podía hacer el
trabajo que antes exigía ejércitos enteros. Sin invasión. Sin titulares. Sin
que la mayoría de los estadounidenses supiera que su país acababa de derrocar
una democracia.
El modelo se repetiría
después en Guatemala, Chile y varios países africanos. Irán fue el ensayo
general. Kermit Roosevelt había inaugurado una nueva forma de imperio:
discreta, barata y eficaz.
Durante los años sesenta
y setenta, Irán se llenó de asesores estadounidenses. Convencieron al sha de
invertir los petrodólares en proyectos diseñados, gestionados y ejecutados por
corporaciones extranjeras. General Electric, Boeing, IBM, Citibank. Americanizar
el país era una cuestión de estilo y de contratos.
Mientras tanto, la
dictadura se iba pudriendo. La represión crecía. El apoyo social se evaporaba.
En 1978, las protestas estallaron. El ayatolá Jomeini regresó del exilio. El
sha huyó, enfermo de cáncer. Estados Unidos y Reino Unido le negaron asilo. Murió
en Egipto, con una fortuna intacta de unos 4 000 millones de dólares.
Los nuevos gobernantes
iraníes gritaron contra el imperialismo estadounidense. Tomaron la embajada de
Estados Unidos en Teherán y retuvieron a 52 diplomáticos durante 444 días. Las
empresas estadounidenses fueron expulsadas. Todavía no han vuelto.
Hoy, la Casa Blanca
vuelve a hablar de ataques militares contra Irán. Como respuesta a una
inestabilidad que, conviene recordarlo, fue causada por una intervención
estadounidense hace tres cuartos de siglo.
El eterno retorno de lo
mismo.Los mulás clamaban contra el imperialismo estadounidense. Sus
seguidores irrumpieron en la embajada de Estados Unidos en Teherán, tomaron
como rehenes a cincuenta y dos estadounidenses y los retuvieron durante 444
días. La mayoría de las empresas estadounidenses fueron expulsadas de Irán
durante treinta años. Todavía no han regresado.
La inestabilidad política
de Irán es consecuencia de la intervención de los Estados Unidos. Trump ha
advertido públicamente que la Casa Blanca no descarta ataques a objetivos
militares iraníes como parte de su respuesta. Una respuesta a un problema de
inestabilidad política causada por la intervención de Estados Unidos hace casi setenta
y cinco años.
El eterno retorno de lo
mismo.