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sábado, 5 de abril de 2025

LA CHAQUETA DE LINCOLN Y EL FALSO ARGUMENTO DE LA «EQUIDAD ARANCELARIA»

 

En estos días en los que “arancel” (la tarifa oficial determinante de los derechos que se han de pagar en varios servicios, como el de costas judiciales, aduanas, etcétera) se ha convertido en la estrella del diccionario, algunos han dado en recordar la vieja frase del presidente Abraham Lincoln: «yo no sé gran cosa de aranceles. Lo que sí sé es que cuando compro una chaqueta fabricada en Inglaterra, yo me quedo con la chaqueta e Inglaterra con el dinero, mientras que, si la compro en Estados Unidos, yo me quedo con la chaqueta y Estados Unidos con el dinero».

El «argumento Lincoln» confunde la posesión de dinero con la posesión de riqueza. La diferencia entre riqueza y dinero radica principalmente en su naturaleza y en cómo se perciben dentro de la economía: dinero es un medio de intercambio que se utiliza para comprar bienes y servicios. Es una unidad de medida de valor, pero por sí mismo no genera riqueza. El dinero puede ser en forma de billetes, monedas o depósitos bancarios, y su valor puede fluctuar según factores económicos como la inflación o la oferta y demanda.

Riqueza, en cambio, es un concepto más amplio. Se refiere a los recursos y activos acumulados que tienen valor, como propiedades, tierras, acciones, empresas, y otros bienes materiales o inmateriales. La riqueza incluye no solo el dinero, sino también otros elementos que pueden generar ingresos o mantener su valor a lo largo del tiempo, como inversiones o propiedades inmobiliarias. Además, la riqueza puede ser una fuente de dinero, ya que algunos activos generan rentas o ganancias.

En resumen, el dinero es solo una herramienta dentro del proceso de acumulación de riqueza, pero no toda riqueza se traduce directamente en dinero. La riqueza también incluye activos y recursos que pueden no ser líquidos o fácilmente convertibles en efectivo.

Confundir ambos conceptos, como ha hecho Trump, constituye un error de grandes proporciones, típico de los economistas conocidos como «mercantilistas», muy de moda en los siglos XVII y XVIII entre autores que, como Thomas Munn (1517-1641), pensaban que un país debe exportar más cantidad de la que debe importar: su balanza de pagos exterior debe ser siempre favorable, con lo que acumulará grandes cantidades de dinero lo que parece bueno. Es el fetichismo del dinero que subduce a políticos ignorantes, populistas y demagogos.

Acumular dinero no es acumular riqueza. Es más, la acumulación de dinero en un país provoca inflación y disminución del valor de los salarios. Ésa es la razón por la que la España de los siglos XVI y XVII, inundada por el oro y la plata procedente de América, era inflacionaria y pobre, pues los Austrias practicaron una autarquía nefasta que impedía comprar al extranjero con el argumento de que el oro y la plata españoles no debían salir de España para no empobrecer al país.

La mejor doctrina económica siempre fue y ha sido contraria al proteccionismo. La frase de la «chaqueta de Lincoln» constituye una falacia con nulo soporte económico: lo que ocurre es que el comprador de la chaqueta norteamericana es ahora más pobre y tiene menos dinero del que tendría si hubiera podido comprar la chaqueta inglesa, probablemente más barata y de mayor calidad. Si se imponen aranceles a las chaquetas inglesas, el consumidor norteamericano compra una chaqueta cara (elaborada por su propia industria textil doméstica) y probablemente peor que la chaqueta inglesa. Se ha empobrecido para premiar a los fabricantes ineficientes norteamericanos, lo que es absurdo.

El proteccionismo es negativo. Constituye una política económica errónea que comporta consecuencias nefastas para todos. Sin embargo, y paradójicamente, es una doctrina muy bien recibida por el público en general, por lo que los políticos profesionales y los populistas recurren a ella con asombrosa frecuencia. Se trata de un plantamiento que puede hacer ganar elecciones y que permite alcanzar altas cotas de popularidad a sus defensores. Es frecuente leer proclamas y soflamas del estilo «compra sólo productos españoles», «British jobs for British workers», «no a los juguetes chinos», «si compras productos extranjeros los trabajadores españoles pierden sus empleos», y otras de semejante tenor.

El argumento del presidente Trump para iniciar una guerra comercial internacional se basa en un alegato de «justicia» e igualdad que suena muy bien en la sociedad americana poco informada. Es cierto que algunos gobiernos extranjeros saquean a sus ciudadanos con elevados impuestos arancelarios sobre las importaciones americanas (y extranjeras, en general), obligándoles a pagar precios más altos por esos productos o por productos nacionales competidores.

La razón por la que se llaman aranceles «protectores» es que los precios más bajos «protegen» a los consumidores. Cuando su competidor extranjero se ve obligado a pagar un impuesto del 50% sobre sus productos y un fabricante local no, este puede aumentar su precio en, digamos, un 40% y seguir teniendo un precio inferior al foráneo por más que su producto sea de calidad muy interior y fabricado a un coste mucho menor.



Las empresas con conexiones políticas se embolsan así el botín a costa de sus desventurados conciudadanos siempre prestos a envolverse en la enseña nacional. Los impuestos arancelarios son un robo legalizado en beneficio de empresas ya ricas y nunca han sido más que otro esquema de compra de votos que empodera a los poderosos políticamente y castiga al consumidor común, emgañado por una falsa retórica patriótica y nacionalista.

La exigencia de «justicia» del presidente Trump es la siguiente: cualesquiera que sean los impuestos arancelarios que los gobiernos extranjeros impongan a las importaciones americanas, se impondrá un impuesto arancelario equivalente a sus importaciones en los Estados Unidos. Es justo, dice. y sus audiencias tipo “Village People”, como la que reunió en el jardín de las rosas de la Casa Blanca el pasado día 3, aplaude su justificación para imponer impuestos arancelarios más altos —mucho más altos— a las importaciones en Estados Unidos.

El resultado final de esto será un grado aún mayor de robo legalizado, ya que los consumidores americanos y las empresas americanas que utilizan piezas importadas para sus propios productos manufacturados (es decir, por ejemplo, las empresas automovilísticas americanas que importan piezas de automóviles de Canadá y México) son saqueados con precios más altos pagados por los mismos productos (o de peor calidad). El robo político mediante impuestos arancelarios siempre ha sido el timo de robar a Pedro para pagar a Pablo.

¿Cómo puede ser «justo» para los consumidores americanos, los fabricantes de automóviles y una miríada de otras empresas americanas verse obligados a pagar precios más altos? Por supuesto que no lo es; es injusto se mire como se mire.

Hay un dicho en economía que dice que un impuesto sobre las importaciones es también un impuesto sobre las exportaciones. Si los socios comerciales extranjeros de los americanos se ven empobrecidos por los aranceles proteccionistas, tendrán menos dólares con los que comprar productos americanos en el comercio internacional, especialmente productos agrícolas. Obviamente, esto perjudicará a los exportadores americanos, a sus empleados y a los consumidores estadounidenses. No hay nada más antisocial que los impuestos arancelarios proteccionistas.

El presidente Trump ha declarado repetidamente con gran emoción que con sus inminentes enormes aumentos de impuestos arancelarios «nosotros», refiriéndose al gobierno federal, «vamos a ingresar MUCHO dinero.» Pues bien. Debería explicar ahora desde cuándo ha sido la prioridad de su administración vaciar los bolsillos de los consumidores y empresas americanas con impuestos arancelarios para que la burocracia federal pueda agrandarse e hincharse aún más de lo que ya está. ¿No es eso una contradicción rotunda de todas las promesas de campaña del presidente Trump, por no mencionar el objetivo profesado del DOGE liderado (por el momento) por Elon Musk?

El presidente nunca se resiste a presumir de su destreza negociadora y es evidente que pretende utilizar la amenaza de los impuestos arancelarios como su principal herramienta de negociación. Si realmente fuera un maestro negociador verdaderamente interesado en la justicia y la equidad, propondría el siguiente trato a los gobiernos extranjeros: «Eliminaremos todos los impuestos arancelarios sobre sus importaciones a los Estados Unidos si ustedes eliminan todos los impuestos arancelarios sobre las importaciones americanas a su país».

Esa sería una táctica de negociación muy superior a su quijotesco llamamiento a una guerra comercial internacional al estilo del siglo pasado, en el que hubo dos actuaciones arancelarias parecidas a las propuestas por Trump cuyos resultados fueron nefastos. La Tariff Act de 1930 más conocida como Ley Hawley-Smoot aumentó unilateralmente los aranceles a los productos importados con el objetivo de proteger a los productores nacionales durante la Gran Depresión. Sin embargo, resultó en represalias comerciales de al menos veinticinco países, lo que exacerbó la crisis económica global. La Tariff Act es un ejemplo paradigmático de cómo las políticas proteccionistas pueden tener consecuencias negativas a gran escala.

Otro estrepitoso fracaso sucedió con la ley de 1971 de Nixon promulgada en plena Guerra de Vietnam. Una de las primeras medidas adoptadas por Roosevelt al alcanzar la presidencia fue derogar la Hawley-Smoot, mientras que Nixon también anuló la suya al sufrir en propias carnes las nefastas consecuencias del aumento de inflación, encarecimiento de petróleo, y subida de tipos.

Si nos atenemos a la historia, la medida adoptada ahora por Donald Trump no augura nada nuevo.