Cristóbal Montoro es catedrático de Hacienda, una materia que se imparte en las facultades de Económicas y Empresariales. A un catedrático de Económicas de la Universidad de Alcalá, persona muy conocida y respetada en la ciudad, le gustaba decir que si él contaba con los votos de tres de los cinco miembros que componen un tribunal de oposiciones, “podía hacer catedrático a un poste de la luz”. Sentenciaba: “Lo primero y principal, es tener al tribunal”. Pues eso.
El 29 de enero el Gobierno cantó victoria en el apartado de ingresos. Ese día, el ministro de Hacienda convocó una rueda de prensa para sacar pecho. Montoro alardeaba de la hazaña. Había sido muy difícil, pero lo habían conseguido. "Hemos cumplido con creces", decía. Él solito había conseguido aumentar la recaudación derivada de los incrementos de impuestos en 11.237 millones de euros, un 4,2% adicional.
Con esa cifra pretendía demostrar que, tal y como él sabiamente había pronosticado, subir impuestos no solo no disminuía la recaudación, como razonaría cualquier persona medianamente pensante que alegase que el aumento de los impuestos provoca, como se está viendo, una caída libre del consumo, sino que la aumentaba. Pues muy bien, señor Montoro. Es evidente que si se mete la mano en los bolsillos de los demás algo saca, de donde se deduce la inevitable consecuencia de que cuanto más grande sea la garra más será lo que atrape en el bolsillo ajeno... siempre que quede algo. Admitido esto, el señor ministro ocultó un dato fundamental: exactamente la mitad de la cantidad recaudada, es decir, 5.600 millones, proceden de adelantos en el pago fraccionado del Impuesto de Sociedades. Ese es el trile con el que pretende engañarnos don Cristóbal.
Montoro se cree muy listo aunque su gran problema es que, además, piensa que todos somos tontos. Una vez más intenta engañar a la gente con montañas de datos esperando que engulla la píldora sin analizar su contenido. Veamos. Para empezar, lo que debería explicar Montoro es que ese aumento de la recaudación demuestra que la propaganda agitadora que él mismo y sus sobrecogedores compañeros de partido vendían durante la campaña electoral (según la cual los aumentos de impuestos perjudican tanto la actividad económica que reducen la recaudación fiscal) era mentira. Aquel salivazo al cielo le cae ahora encima, aunque no quiera verlo. Que el ministro mostrara un poco de honradez intelectual, aunque sólo fuera por respeto a su condición de catedrático, no estaría de más.
En segundo lugar, la mayor parte del cacareado aumento de la recaudación proviene, como he dicho, del impuesto de sociedades, cuya recaudación aumentó casi un treinta por ciento en relación al año anterior ¡Un treinta por ciento de aumento de la recaudación; ahí es nada! En ese momento debieron saltar todas las alarmas, pero quienes debían ocuparse del tema quedaron inmediatamente atrapados por la sobrecogedora noticia surgida de las tripas de cierto edificio de la calle Génova. Dejemos a los periodistas con ese tema y ocupémonos de las cifras de don Cristóbal. Un aumento de treinta puntos no es normal. Tiene que haber gato encerrado. Busquémosles las tres patas: al ministro y al gato.

Ahí aparece la tercera pata del gato: una de las medidas que adoptó el PP para hacer caja rápidamente fue aumentar el pago fraccionado. Como no podía ser menos, al incrementar el adelanto de los pagos empresariales no se aumenta la recaudación final porque que los pagos de más que se realizan ahora se tendrán que restar en julio del año que viene. Para entonces, todos calvos. Montoro no dará rueda de prensa y pelillos a la mar.
Pero avancemos un poco más. En un nuevo intento de enredarnos, el taimado Montoro argumentaba que la mitad de la recaudación extra por la subida de impuestos se debía al aumento de ingresos por el Impuesto de Sociedades: es decir, que las empresas (y sobre todo, las grandes empresas) habían pagado más este año. Ahora don Cristóbal se transmutaba en Robin Hood. Metía la mano en el bolsillo de los ricos para repartir el botín entre los pobres. Insisto para que no nos alejemos del meollo: las empresas no pagan más sino que adelantan los ingresos para que al Gobierno le cuadren las cuentas. Sigamos con el resto.
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Por más que Montoro y su paisana Fátima se empeñen, es evidente que los recortes de gasto público, cuyo efecto se ha visto multiplicado por la sequía de crédito, han hundido la economía española. A los datos de la Encuesta de Población Activa con sus nuevos 130.000 parados en enero y a la dramática caída de los beneficios del comercio minorista me remito. Pero aquí no se trata de salir de la crisis. ¡Es el ajuste, estúpido! Nunca se trató de salir de la crisis. El objetivo ha sido siempre cuadrar el ajuste para calmar a los banqueros alemanes, a sus vicarios políticos, a los burócratas del Bruselas, a la tropa del BCE y al FMI. Y como se trata de eso, de cuadrar, con una hoja Excel basta: sin el más mínimo pudor, tomándonos por tontos, Montoro se ha traído a 2012 ingresos que eran para 2013 y ha presentado como éxito lo que sin lugar a dudas es un monumental fracaso de su política fiscal: la recaudación no ha subido tanto como había presupuestado.
Eso sí, el déficit quedará finalmente por debajo del siete por ciento. Y todos contentos. Bueno, todos, menos seis millones de parados.